Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: LOS BATTENBERG.
NotaPublicado: 08 Nov 2008 10:28 
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Este tema surge de una foto colectiva.

Recientemente, he descubierto en las páginas de uno de mis libros una foto global dónde los Battenberg aparecen mezclados con los miembros de la familia ducal de Hesse. En puridad, los Battenberg siempre habían constituído una rama menor, morganática, de los Hesse, pero, además, el vínculo se había reestablecido, con particular intensidad, a raíz de la boda del primogénito Battenberg, Louis, con la primogénita del duque Louis IV de Hesse, Victoria, así llamada en honor a su abuela materna la reina de Inglaterra.

La foto es la siguiente:

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Y resulta francamente sugestiva. La dama que se encuentra sentada en el centro de la imagen es la matriarca del clan Battenberg, la princesa Julia, nacida Julia Theresa Hauke. Junto a Julia aparece, en pié, con las manos cruzadas, su reciente nuera: la princesa Beatrice de Inglaterra. Sentada, con un bebé en brazos, se distingue a la otra nuera de Julia, Victoria de Hesse, a su vez sobrina carnal de su con-cuñada Beatrice. Victoria de Hesse sostiene orgullosa a la primera de los nietos de Julia: la princesa Alice de Battenberg.

En primer plano, acomodados en el suelo recubierto de mullido césped, aparecen tres de los hermanos de Victoria de Hesse. De izquierda a derecha: la princesa Irene de Hesse, la princesa Alix de Hesse (una futura zarina de Rusia...) y el príncipe Ernest, llamado Ernie. Yendo a la fila posterior, de izquierda a derecha, distinguimos a Marie de Battenberg, condesa Erbach-Schönberg (de costado), su hermano Alexander (Sandro) de Battenberg, su padre Alexander de Hesse (marido de Julia), su hermano Henry (Liko) de Battenberg justo detrás de Julia, su marido Gustav de Erbach-Schönberg (el hombre maduro que se distingue justo entre Henry y Beatrice), su hermano Franz Joseph (Franzjos) de Battenberg tapado por el sombrero de Beatrice, el gran duque Louis IV de Hesse (padre de Victoria, Irene, Alix y Ernie) y Louis de Battenberg, yerno del anterior tras el casamiento con Victoria.

La imagen, fantástica, sirve como un excelente punto de arranque para analizar a esta familia con una trayectoria absolutamente impresionante teniendo en cuenta que se fundó a partir de un matrimonio desigual que causó un considerable revuelo en las cortes europeas de la época empezando por la corte imperial rusa...


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NotaPublicado: 08 Nov 2008 11:37 
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En el punto de partida de esta historia aparece otra mujer:

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Nació siendo la princesa Maximilienne Wilhelmine Marie de Hesse sobre el Rhin. Oficialmente, su padre era el gran duque soberano de Hesse sobre el Rhin Louis II, en tanto que su madre era la legítima esposa de éste, Wilhelmine, en origen una princesa de Baden que tenía entre sus hermanas mayores a la mismísima zarina de Rusia Elizaveta Alexeyevna, consorte de Alexander I. Sin embargo, siempre hubo dudas razonables respecto a la verdadera filiación de la pequeña Maximilienne Wilhelmine Marie.

Wilhelmine de Baden se había visto impelida a casarse con su primo Louis de Hesse sobre el Rhin en el año 1804. Por entonces, Louis contaba veintisiete años, mientras que Wilhelmine frisaba en los dieciséis años. Ella era, según muestran los escasos retratos y según los testimonios de sus coetáneos, una preciosa criatura de carácter apacible y dulce. De haberla tratado su esposo con deferencia y ternura, probablemente se hubiese contentado con su situación. Pero Louis era un tipo al que le cuadraba el adjetivo de "desagradable". Poco agraciado, enseguida adquirió un considerable volumen porque le perdía su inclinación a los banquetes pantagruélicos generosamente regados con vino; no se recataba a la hora de perseguir otras compañeras de cama mientras esperaba que le tocase la hora de gobernar su ducado, lo cual, llegado el caso, haría desde una posición tremendamente reaccionaria. La vida en común de Louis y su prima Wilhelmine resultó un completo desastre. Y aquella mujer plácida, sosegada, acabó rebelándose después de haber dado a luz dos niños perfectamente saludables: Louis y Karl.

Con seguridad, después del nacimiento de su segundo varón, Wilhelmine consideró que, habiendo proporcionado a la línea ducal de Hesse sobre el Rhin el necesario heredero (Louis) y un recambio por si éste se malograba (Karl), ya había cumplido con creces. No estaba por la labor de seguir residiendo bajo el mismo techo que Louis, aguantando el trato descortés y vergonzoso que él le deparaba. Así que adquirió un palacete en Heiligenberg y allí se estableció con su chambelán el barón August von Senarclens de Grancy. August fue, sin asomo de duda, el gran amor de Wilhelmine. Juntos compartieron largos años de tranquila convivencia, en el curso de la cual nacieron cuatro hijos cuya paternidad biológica se atribuía al barón, si bien, para evitar un escándalo monumental, los niños fueron reconocidos por el duque soberano. El primer bebé de esa tanda fue una niña cariñosamente acogida por la mamá y se llamaría Elisabeth. Tras Elisabeth hubo una criatura que nació muerta, por lo cual ni siquiera se le pudo proporcionar nombre a través de un bautizo de emergencia. Después llegaría un varón: Alexander, dos años menor que Elisabeth. La benjamina, Maximilienne Wilhelmine Marie, a quien denominarían Marie, apareció en el mundo un año después que Alexander.

Nuestra Marie no recordaría a su hermana Elisabeth, muerta a los cinco años de edad. En realidad, el entorno familiar de la chiquilla Marie estaría representado por su madre, Wilhelmine; el siempre presente barón Senarclens de Grancy y su hermano Alexander, a quien adoraba. Alexander y Marie tenían poco contacto con la corte ducal, en la cual residían sus "hermanos" (seguramente medio hermanos...) mayores, Louis y Karl. Las relaciones entre los chicos, sin embargo, eran excelentes pese a que pocas veces se encontraban en una atmósfera relajada y alegre.

En cierto modo, Alexander y Marie se quedaron solos en el mundo el día en que murió su madre Wilhelmine. Alexander tenía trece años y Marie doce, edades críticas para afrontar la desaparición de una madre que había representado todo para ellos. El barón Senarclens de Grancy se vió instado a abandonar Heiligenberg ahora que ya no estaba al frente de la residencia la princesa gran duquesa que tanto le había querido. Puso rumbo a Baviera, dónde reinaba otra hermana mayor de la difunta Marie, Karoline. En Munich, Senarclens de Grancy no tardaría en contraer un ventajoso matrimonio con Luise, condesa von Otting und Fünfstetten, descendiente ilegítima de la casa real bávara de la que tuvo varios hijos.

La suerte de Alexander y Marie experimentó un giro de ciento ochenta grados cuando, un buen día, se acercó hasta Heiligenberg el zarevitch de Rusia, Alexander Nicolaevich. Hijo mayor del zar Nicholas I y la zarina Alexandra Feodorovna, que había sido anteriormente la princesa Charlotte de Prusia, el joven y apuesto Alexander se encontraba "de gira" por los distintos estados germánicos para determinar quién sería su futura esposa. Los zares, una pareja enamorada y feliz, no habían puesto a su heredero ante una elección realizada por la cancillería rusa. Mientras el chico escogiese dentro del amplio elenco de princesas germánicas con buen linaje y reputación sin tacha, se le permitía decantarse por la que más le gustase.

Resultó que Alexander se enamoró de Marie, mientras que Marie se quedaba embelesada ante aquel atractivo zarevitch llegado de San Petersburgo. Era, en cierto modo, un cuento de hadas: el futuro emperador de uno de los países más poderosos del mundo se prendaba de la princesita relegada a un plano discretísimo porque se suponía la "irregularidad" de su concepción. Ese hecho -la presunta bastardía de Marie- levantó ampollas en la corte rusa. La zarina Alexandra Feodorovna se opuso a los designios de su hijo Alexander, a quien, no obstante, quería ver feliz. Al final, tras algunos tira y afloja, Alexander se salió con la suya, comprometiéndose con Marie.

Marie abandonó Heiligenberg para dirigirse a San Petersburgo igual que una encantadora, pero frágil y tímida, Cenicienta. Su hermano Alexander la acompañaba, decidido a aprovechar la ocasión, única, de labrarse un futuro en el entorno de los Romanov. San Petersburgo acogió con algunas reservas a Marie, quien se convirtió a la ortodoxia con el nombre de María Alexandrovna. Sí, se trataba de una preciosa muchacha, pero apenas se atrevía a abrir la boca -lo que hacía que pareciese insustancial por no decir tonta de remate...- y enseguida se hizo evidente que adolecía de una delicada salud, habiendo heredado la "debilidad pulmonar" de su controvertida madre Wilhelmine. Pero, a pesar de los pesares, Alexander y Marie conformaron una pareja dichosa durante muchos años...


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NotaPublicado: 08 Nov 2008 11:43 
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Una bonita imagen de la futura zarina María Alexandrovna:

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Y, también para ilustrar, una imagen conjunta de María con su esposo Alexander en una etapa posterior, ya como zares de Rusia:


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NotaPublicado: 08 Nov 2008 11:50 
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Debe ser una foto del bautizo de la criatura si tenemos en cuenta que por un lado están los Battenberg, familia del padre, y los Hesse, familia de la madre. ¿No...??

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NotaPublicado: 08 Nov 2008 12:03 
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A diferencia de su discreta y melancólica hermana Marie, Alexander de Hesse enseguida se abrió hueco en la corte imperial de San Petersburgo. El zar Nicholas y la zarina Alexandra le acogieron con benevolencia y simpatía. Podían comprender la necesidad de su hijo Alexander, el que un día sería zar, por colocar decorosamente al hermano, tan querido, de Marie. Enseguida, Alexander de Hesse recibió rango de oficial en uno de los más significativos regimientos de húsares. El uniforme cuadraba estupendamente con su magnífica planta, realzando su apostura y donaire.

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Alexander de Hesse.

A falta de imágenes de Alexander en esa etapa inicial en la corte rusa, hemos de colegir su excelente aspecto y su nada desdeñable encanto personal a partir de un hecho evidente: su triunfo entre las mujeres. Parecía atraerlas igual que un panal de miel a las moscas. En ese sentido, uno de sus primeros triunfos lo constituyó el conseguir enamorar a una de las hermosas hijas del zar, la gran duquesa Olga Nicolaevna...

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Olga Nicolaevna.

No obstante, los zares estaban "ojo avizor". En cuanto se detectó la faiblesse, la debilidad, de Olga por el hermano de su cuñada Marie, Nicholas se encargó de dejar meridianamente claro que nunca, bajo ninguna circunstancia, aceptaría que su hija se casase con el príncipe de Hesse. Olga era la única hija que le quedaba soltera al zar. La mayor, María Nicolaevna, le había puesto en un brete al enamorarse apasionadamente de "un simple" duque Maximilian de Leuchtenberg, hijo de Eugène de Beauharnais, a su vez el hijastro de aquel Napoleón que se había atrevido a invadir Rusia con su Gran Armada. Ante la obstinación de María, que aseguraba que sólo aceptaría casarse con su Maximilian, Nicholas I había cedido, concediendo a ese yerno la nacionalidad rusa conjuntamente con el título de príncipe Romanovsky. La otra hija de Nicholas I, la muy hermosa y adorable Alexandra Nicolaevna, apodada Adine en familia, había muerto, inesperadamente, tras su boda, también por amor pero en ese caso acorde con las expectativas de los zares, con el príncipe Fritz de Hesse-Cassel.

Olga era la hija que le quedaba a los zares "por colocar". Y Nicholas, respaldado por su Alexandra, estaba decidido a que Olga se casaría "comme il faut". Así que constantemente llegaban a la corte rusa pretendientes de cierta envergadura, como el mismísimo príncipe heredero de Baviera Maximilian. Olga frustró las esperanzas de su padre al preguntarle, a bocajarro: "¿No pretenderás que me case con ese imbécil?". Nicholas aceptó que su Olga no sería reina de Baviera, pero eso no significaba que fuese a aceptar para ella a aquel Alexander de Hesse sin ninguna esperanza de heredar tierras ni fortuna. Al final, Olga acabaría casándose con Karl, príncipe heredero de Württemberg, sin que nadie se hubiese tomado la molestia de advertirla de las inclinaciones homosexuales de aquel príncipe de buen aspecto y gran cultura.

Quebrada la ilusión de poder cortejar nada menos que a la gran duquesa Olga Nicolaevna, Alexander de Hesse mantuvo una serie de aventuras sin mayor trascendencia hasta que se volvió a enamorar. En ese caso, la elegida de su corazón era una condesa rusa, Sophie Shouvalova, cuyo padre, el conde Shouvalov, figuraba en los primeros puestos en el ranking de las grandes fortunas del imperio...


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NotaPublicado: 08 Nov 2008 12:06 
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sabbatical escribió:
Debe ser una foto del bautizo de la criatura si tenemos en cuenta que por un lado están los Battenberg, familia del padre, y los Hesse, familia de la madre. ¿No...??


Pues muy probablemente tengas razón, Sabba. Pero no puedo confirmártelo ;)


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NotaPublicado: 08 Nov 2008 12:17 
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Ésta es Sophie Shouvalova, la condesa por la que bebió los vientos Alexander de Hesse...

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(Gracias a Sabba por la fotografía).

Según parece, Sophie correspondía a los sentimientos de Alexander. Con la complicidad de una amiga de la Shoulavola que pertenecía al entorno de la esposa del zarevitch María Alexandrovna, la aristócrata Antonia Hendrikova, Alexander y Sophie solían encontrarse, en secreto, en el denominado "jardín chino" del palacio imperial. En esas citas, podían jurarse amor eterno o compartir algunos gestos de ternura, pero lo cierto es que el asunto estaba destinado a quedarse en agua de borrajas.

Por un lado, el zar Nicholas, que no había considerado a Alexander de Hesse un partido apropiado para su queridísima hija Olga, sí le consideraba, en cambio, adecudo para su sobrina la gran duquesa Ekaterina Mikhailovna. Ekaterina era hija del gran duque Mikhail Paulovich, hermano pequeño del zar Nicholas I, quien se había casado con la princesa Charlotte de Württemberg, convertida a la ortodoxia con el nombre de Helena Paulovna. Helena Paulovna sólo había logrado tener con su Mikhail cinco hijas, de las cuales las dos menores habían muerto en plena juventud para su inmensa pesadumbre. Sólo le quedaban María, Elizaveta y Ekaterina. Evidentemente, soñaba con casarlas a las tres magníficamente. Y no estaba nada interesada en un eventual matrimonio de su Ekaterina con Alexander de Hesse: si éste no había bastado para Olga, a sus ojos tampoco era ventajoso para Ekaterina. No obstante, el zar Nicholas insistía en esa línea trazada hacia un enlace de Alexander con Ekaterina que tampoco agradaba al príncipe de Hesse enamorado de su Sophie Shouvalova.

Los Shouvalov, por otra parte, tenían OTROS planes para Sophie. Querían ver a su hija casada con un príncipe...ruso. La idea que barajaban era la de comprometerla con Alexander, príncipe Bobrinsky, un descendiente de la zarina Catherine II La Grande aunque "del lado equivocado de la cama". Los Bobrinsky constituían una familia muy importante...y con una riqueza considerable gracias a su habilidad para los negocios.


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NotaPublicado: 08 Nov 2008 12:20 
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Y ahora llegamos a un momento crucial de la historia...

:D

Mientras Alexander de Hesse, que no había podido casarse con Olga, soñaba con casarse con Sophie Shouvalova mientras el zar Nicholas se empeñaba en emparejarle con Ekaterina Mikhailovna y los Shouvalov trataban de amañar la boda de su hija con el príncipe Bobrinsky...

...en medio de todo ese embrollo sentimental, una joven mujer observaba de cerca los acontecimientos. Ponía el mayor interés en seguir el desarrollo de la historia por una sencilla razón: estaba locamente enamorada de Alexander de Hesse.

La joven se llamaba Julia Theresa Salomea von Hauke:

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NotaPublicado: 08 Nov 2008 12:42 
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Y efectivamente en esta foto está muy Salomé(a).

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NotaPublicado: 08 Nov 2008 13:41 
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Aquella joven dama de corte tenía una historia interesante para contar.

En realidad, había nacido como Julia Theresa Salomea Hauke, sin la deseable partícula "von" delante de su apellido. Su padre, Hans Moritz Hauke, procedía de Seifersdorf, en Sajonia. Los orígenes de Hans Moritz eran comparativamente modestos aunque respetables: el progenitor, Friedrich Karl Emanuel Hawke, era un hombre de letras, un profesor, que rindió buenos servicios al influyente conde Brühl, ministro del rey de Sajonia, Augustus el Fuerte, que también se convirtió en rey de Polonia. Friedrich Karl Emanuel Hawke se había casado dentro de su esfera social, con la piadosa luterana Salomea Schweppenhäuser.

Entre los hijos de Friedrich y Salomea, Hans Moritz destacó por su viva inteligencia. Supo aprovechar, a su favor, las convulsiones de la etapa napoleónica, una época en la que hombres avezados y audaces podían encontrar constantes oportunidades de progreso. Decidió emprender una carrera militar, sirviendo primeramente en una legión polaca, pero incorporándose, más tarde, al gran ejército francés. La trayectoria de Hans Moritz Hawke incluye participaciones en distintas batallas libradas frente a los austríacos y prusianos, antes de incorporarse a la guerra en la península Ibérica. Pero cuando la estrella de Napoleón dejó de brillar y se apagó por completo, Hans Moritz Hawke se estableció en Varsovia con su esposa, Sophie LaFontaine, para, en adelante, servir al imperio ruso, una de las potencias vencedoras.

Polonia, anexada al imperio ruso por decisión del zar Alexander I, tenía, de hecho, un virrey: el gran duque Constantin, hermano que seguía en edad a Alexander. Dada la circunstancia de que Alexander carecía de hijos con su esposa Elizaveta Alexeyevna, el gran duque Constantin, virrey de Polonia, también era, de facto, el heredero del trono de los zares. Sin embargo, Constantin contaba con la desventaja ya no sólo de su mal carácter sino también de su pésima reputación personal, que había surgido a raíz de su escandaloso divorcio de Anna Feodorovna, nacida princesa Julianne de Saxe-Coburg. En Polonia, Constantin enseguida se echó una amante de la nobleza: Joanna Grudzińska, con la que, tras cinco años de relación, contraería matrimonio morganático.

En ese entorno del gran duque Constantin figuraba Hans Moritz Hauke, que, entre tanto, íba convirtiéndose en el padre de numerosos retoños. Sophie, su mujer, dió a luz nada menos que once criaturas, si bien sus gemelos Leopold y Emilie se murieron con dos añitos, algo que se repetiría en el caso del benjamín, Alexander. Aún descontando a esos pequeños malogrados a tierna edad, Sophie LaFontaine Hauke tenía a su cargo cinco hijos varones (Maurycy; Wladislaw Leopold; Jozef; Vicenty y Konstanty) así como tres hijas: Zofia Salomea Theresa, Emilia Joanna Viktoria y Julia Theresa Salomea.

Las cosas parecían bien encarriladas para esa familia, a la que beneficiaba el curso de los acontecimientos...

El 1 de diciembre de 1825, falleció el zar Alexander I sin un hijo para sucederle. El inmediato sucesor, Constantin, se hallaba en Varsovia, en su calidad de gobernador general de Polonia, ya casado con Joanna, que había recibido el título de cortesía de duquesa de Lowicz. En San Petersburgo se encontraba el hermano que seguía en edad a Constantin, Nicholas, felizmente unido a la princesa Charlotte de Prusia. Muchos esperaban que Nicholas aprovechase la ausencia de Constantin para hacerse a sí mismo zar en detrimento de su hermano mayor, pero Nicholas resultó ser un tipo decente y leal que proclamó a Constantin. En cualquier caso, ese advenimiento de Constantin al trono provocó un masivo alzamiento de los liberales rusos, que temían el talante profundamente reaccionario del que, hasta entonces, había dirigido el territorio polaco. Este episodio pasaría a la historia como el alzamiento de los Decembristas. Fue brutalmente sofocado, por supuesto, pero Constantin, inteligentemente, cedió el trono a Nicholas, que contaba con mayor simpatía popular.

Mientras Nicholas se transformaba en el zar Nicholas I, Constantin se veía ratificado en el cargo de gobernador general de Polonia. Su vida no cambiaba, ya que permanecía en el palacio de Varsovia con su duquesa de Lowicz. Sin embargo, había que reforzar el gobierno con nuevos hombres. Hans Moritz Hawke, miembro del parlamento polaco, se encontró de pronto distinguido con el cargo de ministro de la guerra, lo que conllevó su ascenso a la nobleza. Por decreto imperial, pasó a ser el conde de Hauke, lo que le permitió incorporar la ansiada partícula "von" entre sus nombres de pila y su apellido. Sophie, su esposa, era ya la condesa von Hauke. Y sus hijos habían dejado de ser plebeyos, lo que abría nuevas oportunidades hacia el futuro.

No obstante, Polonia era un polvorín a punto de estallar. El gobierno autocrático y exageradamente conservador dirigido por Constantin había hecho crecer un sentimiento de disgusto hacia la ominosa ocupación rusa en los polacos, un pueblo orgulloso que siempre soñaba con recobrar su perdida independencia. Constantin había dado cada vez mayor presencia a la Ochrana, la temible policía secreta; las delaciones llevaban a prisión a los elementos liberales, que se veían juzgados de forma sumaria y enviados a la remota Siberia. Los polacos aguantaron esa presión brutal hasta que decidieron que ya no pasaban ni una más. En noviembre de 1830, una insurrección surgió en Varsovia extendiéndose rápidamente por el resto de ciudades de Polonia. Entre sus líderes, figuraban muchos de los principales aristócratas, lo que incluía al marido de María Grudzinska, hermana gemela de la esposa del gran duque Constantin.

Constantin tuvo que huír del palacio de Varsovia para ponerse a salvo de las iras de los sublevados. Otros personajes de su entorno, en cambio, no pudieron escapar. Para facilitar la fuga del gran duque gobernador, Hans Moritz von Hauke se situó como un blanco demasiado fácil para los polacos en armas. Fue asesinado ante la horrorizada esposa, Sophie, de cuyas faldas se agarraban los hijos menores.

Sophie LaFontaine von Hauke se quedó absolutamente traumatizada. Su equilibrio psíquico se rompió, a la vez que se consumía físicamente. En pocos meses, se reunió en la tumba con Hans Moritz.

A medida que se sometía la insurrección polaca, el zar Nicholas, en San Petersburgo, fue informado de la muerte de los von Hauke. Conmovido ante aquella tragedia familiar, el zar decidió tomar bajo su protección personal a los huérfanos de la pareja. Los chicos recibirían una cuidadosa formación militar que, en el futuro, les colocaría como oficiales de alta graduación en regimientos polacos o rusos. Las tres muchachas, en cambio, se incorporaron a la corte de San Petersburgo en calidad de damas de compañía.


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NotaPublicado: 08 Nov 2008 13:58 
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Julia, guapa y perfectamente educada, se incorporó al grupo de damas destinadas a rodear a María Alexandrovna tras la boda de ésta con el zarevitch Alexander. María Alexandrovna, por cierto, enseguida se encariñó con Julia, que era un modelo de tacto y delicadeza. En esa situación, obviamente, Julia veía casi a diario al príncipe Alexander de Hesse. Y se enamoró de él.

Otra muchacha hubiese asumido, desde el principio, ese enamoramiento como algo que tendría que quedarse, irremisiblemente, en el plano de lo platónico o concretarse, a lo sumo, en una efímera aventura sexual. A fín de cuentas, existía una enorme distancia, en cuanto a rango, entre Alexander y Julia. Aunque sobre Alexander se proyectaba la sombra de una posible bastardía, oficialmente era un príncipe de Hesse. En cuanto a Julia, su título de condesa era demasiado reciente. Nadie olvidaba que había podido agregar a su apellido el anhelado "von" un año después de su nacimiento, lo que dejaba claro que no tenía un pedigree aristocrático aunque contase con un título nobiliario de carácter "menor".

Pero Julia debe haber sido tan osada y temeraria como su padre, Hans Moritz. La biografía de Hans Moritz reflejaba que, en determinadas circunstancias, quien sabe atrapar al vuelo la oportunidad se eleva por encima del lugar que le hubiese correspondido ocupar en la sociedad. La guapa Julia estaba decidida a mantenerse atenta y a no dejar que se le escapase una ocasión propicia para convertirse en la pareja sentimental de Alexander de Hesse.

El primer episodio en ese romance es más bien curioso. En un baile de corte, Alexander deseaba invitar a bailar una mazurca a su amada, Sophie Shouvalova. Pero, adivinándole las intenciones, la madre de Sophie le pidió a la dama Julia von Hauke que transmitiese un recadito a Alexander: antes de permitir que su hija danzase con él, la arrastraría fuera del salón. En apariencia muy compungida (es de suponer que para su fuero interno estaría tremendamente complacida...) Julia le transmitió ese mensaje a Alexander. Y Alexander, para resarcirse por la afrenta de la madre de su querida Sophie, invitó a danzar a Julia von Hauke.

Esa mazurca supondría un inicio, aunque no todavía de un romance, sí de una relación más amistosa entre Alexander y Julia. Los encuentros secretos de Alexander con Sophie no representaban un misterio para Julia, pero ésta contaba con que los Shoulalov no darían el brazo a torcer porque estaban completando las negociaciones para el casamiento de la muchacha con el príncipe Bobrinsky. Al enterarse de que Sophie se veía a escondidas con Alexander, la madre de ésta temió que la reputación de la joven se dañase irreparablemente, lo que habría anulado cualquier compromiso adquirido con Bobrinsky. Una pálida y llorosa Sophie fue obligada a abandonar San Petersburgo, para residir, durante un tiempo, en una remota propiedad de los Shouvalov en la que se la sometería a estricta vigilancia para impedir intercambios epistolares indeseados.

La marcha de Sophie dejó a Alexander devastado. El zar Nicholas seguía presionándole para que cortejase a Ekaterina Mikhailovna, en tanto que la madre de Ekaterina, Helena Paulovna, invitaba por su cuenta a un nutrido grupo de príncipes alemanes para que acudiesen a conocer a sus hijas. La situación no tenía nada de agradable para Alexander. Poco a poco, se dejó arrastrar por la simpatía que le demostraba Julia von Hauke.

Hay que hacer constar que Alexander era un conquistador. El día en que cumplió veintiséis años, recibió ramos de flores, con entusiastas felicitaciones, de cinco damas de la corte, como refiere el historiador Egon Caesar Conti. Ente las cinco damas que le enviaron el ramillete con la notita, figuraba Julia. Pero, evidentemente, había otras cuatro mujeres lo bastante interesadas como para haber tenido aquel revelador detalle hacia el príncipe. Y las otras cuatro mujeres podían ser igual de guapas, más sofisticadas e incluso mejor situadas en las páginas del Gotha.

Lo que distinguió a Julia fue que supo jugar bien sus cartas...


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NotaPublicado: 08 Nov 2008 14:00 
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Una fotografía de Julia von Hauke:

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