Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: Re: VICTORIA I (DINASTÍA: HANNOVER).
NotaPublicado: 10 Nov 2010 14:01 
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que bellas, Gracias Kalistenes :bravo:

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 Asunto: Re: VICTORIA I (DINASTÍA: HANNOVER).
NotaPublicado: 10 Nov 2010 15:32 
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Estaba pensando si valdrá la pena un hilo de "retratos numismáticos" o si será mejor poner las monedas en el hilo de cada personaje..... no se ni siquiera si realmente vale la pena ponerlas.......


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 Asunto: Re: VICTORIA I (DINASTÍA: HANNOVER).
NotaPublicado: 11 Nov 2010 04:04 
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Claro que vale la pena. A mi me encantan. Yo subí unas monedas (conmemorativas), en el hilo de los duques de Windsor.
No se si es mejor clasificarlas por personaje o por artículo.
Yo prefiero por personaje.

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Queenalix


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 Asunto: Re: VICTORIA I (DINASTÍA: HANNOVER).
NotaPublicado: 12 Nov 2010 03:20 
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Seguramente,nos será más comprensible.


Encontré algunos retratos de Victoria que no conocía;si ya fueron subidos en otro hilo,los borran.Pertenecen creo a los primeros tiempos de su coronación.
Eso sí,son chiquitos.

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Condesa de San Fernando


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 Asunto: Re: VICTORIA I (DINASTÍA: HANNOVER).
NotaPublicado: 12 Nov 2010 03:56 
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 Asunto: Re: VICTORIA I (DINASTÍA: HANNOVER).
NotaPublicado: 12 Nov 2010 03:59 
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 Asunto: Re: VICTORIA I (DINASTÍA: HANNOVER).
NotaPublicado: 12 Nov 2010 04:02 
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 Asunto: Re: VICTORIA I (DINASTÍA: HANNOVER).
NotaPublicado: 12 Nov 2010 04:05 
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Bueno...no todos eran chiquitos.
En realidad,debía de haberlos subido más adelante.Mil disculpas.

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 Asunto: Re: VICTORIA I (DINASTÍA: HANNOVER).
NotaPublicado: 11 Mar 2012 09:29 
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Acuarela de William Drummond, que representa a Victoria el día de su boda.

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 Asunto: Re: VICTORIA I (DINASTÍA: HANNOVER).
NotaPublicado: 12 Mar 2012 10:11 
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 Asunto: Re: VICTORIA I (DINASTÍA: HANNOVER).
NotaPublicado: 16 May 2012 19:23 
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:thumbup: Viendo los cuadros anteriores vemos la imaginación que tenían los pintores, aquí vemos como era en realidad la reina Victoria en 1840

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y en 1844, aquí la vemos con el príncipe de Gales

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 Asunto: Re: VICTORIA I (DINASTÍA: HANNOVER).
NotaPublicado: 17 May 2012 20:17 
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Registrado: 17 Feb 2008 20:47
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Allá en noviembre del 2008 :oops: :oops: se quedaron colgados los últimos post, a la altura de la página 5, tratando de recrear de forma sucinta los primeros años de la jovencísima Drina de Kent, la futura reina Victoria I. Para que nadie tenga que ir hacia atrás como los cangrejos, rememoro esos dos últimos post unidos en un texto en cursiva...

El papel de John Conroy en todo este entramado histórico es, cuando menos, dudoso.

Fue Conroy -sin lugar a dudas...- quien estableció sobre el papel el esquema de lo que se denominaría "el sistema Kensington". Esto coincidió, en el tiempo, con la muerte del rey George IV, que significó el ascenso al trono de William de Clarence bajo el nombre de William IV. Junto a William, en calidad de consorte, estaba su Adelaide, incapaz de proveer herederos a la corona. Para entonces, se había consolidado la posición de Drina, una niña de once años que estaba justo a un paso del trono británico.

De luto riguroso por el difunto George IV, esa chiquilla asistió a la solemne ceremonia de la Orden de la Jarretera que tuvo lugar en el palacio de St James en julio de 1830, y, en agosto de 1830, también acudió a Buckingham para la fiesta de cumpleaños de la reina Adelaide. Adelaide era siempre muy dulce con Drina, de modo que a la niña le hubiera gustado corresponder a sus amorosas efusiones; pero su madre la había exhortado a mostrarse circunspecta y formal, algo que hizo porque tenía miedo a una escena doméstica posterior; la actitud envarada de la princesa ofendió mucho al rey William IV, que no entendía en absoluto esa falta de cortesía hacia la bondadosa Adelaide.

La duquesa Victoria y Conroy se enfrentaban abiertamente, pues, a William IV. La princesa Drina hubiese debido asistir a la fastuosa coronación de sus tíos soberanos, programada para el 3 de septiembre de 1831, pero no fue porque, en la procesión, se le había asignado un lugar detrás de sus tíos paternos, los duques reales. Victoria de Kent, espoleada por Conroy, insistió en que dado que a su hija no se le permitía caminar justo detrás de los monarcas, no accedería a que participase en aquel solemne evento. Entre tanto, sin embargo, Conroy estaba ya planificando, al detalle, una serie de viajes de la joven Drina a lo largo y ancho de Inglaterra, que tenían como objeto que los británicos conociesen a la heredera.

Se tratataba de un claro desafío a William IV. Le estaban diciendo: "Tu Adelaide ni ha tenido hijos ni los tendrá, así que nosotros promocionamos a nuestra chiquilla, que un día será la soberana a través de la cual gobernaremos". Seguramente, de ser otra la actitud de la duquesa viuda, William IV y su Adelaide hubiesen sido los primeros en promocionar a la chiquilla de Kensington, pero, desde ese palacio, se planificaron las cosas pasando por encima de los monarcas, algo que el rey no podía aceptar y que a la reina le causaba una infinita tristeza. Drina era el arma que esgrimían Victoria de Kent y John Conroy, sin ningún miramiento, sin escrúpulos.

A partir de 1832, Drina cumplió fielmente con una serie de viajes planificados por el interventor de finanzas de su madre. Hasta tres meses llegó a durar la primera gira por las Middlands y Gales. Al año siguiente, se programó otro extenso periplo por el Sur y el Oeste. En esos trayectos que tanto molestaban al rey porque se hacían "a pesar suyo", hubo instantes que pudieron explotar hábilmente la duquesa y su amigo. En Torquay, una procesión de niñas había acudido hacia Drina para ofrecerle una corona. En la Biblioteca Bodleian de Oxford a Drina se le mostró, con la adecuada prosopopeya, el libro de ejercicios de latín de la reina Bess (Elizabeth I). En Portsmouth, Drina subió a bordo del buque insignia del legendario almirante Nelson, el "Victoria", para compartir la pitanza de los marineros.

Y no quedaba ahí la cosa...

La principal escaramuza con la corte real se produjo cuando se hizo evidente el juego de la duquesa y su adláter. Querían asegurarse de que, en caso de que Drina accediese al trono durante su minoridad, la regencia se le confiaría a Victoria de Kent. Eso equivaldría a que el poder detrás del trono lo encarnase el mismísimo John Conroy. Se trataba de una gran apuesta -que lógicamente sentaba a cuerno quemado en la corte.

Hasta qué punto era consciente Drina de todos los tejemanejes es una cuestión delicada. Desde pequeñita, se había preguntado, con su característica curiosidad, porqué los ingleses se habían sacado el sombrero de la cabeza en su presencia y no en presencia de su medio hermana mayor, quien, por cierto, había sido enviada en su adolescencia de vuelta a tierras germánicas para que se casase con un príncipe Hohenlohe-Langeburg. Pero Drina, aunque sabía que formaba parte de la familia real, no estaba al tanto de su posición en el orden de sucesión. Según la leyenda fue Lehzen quien, tras la muerte de George IV, entregó a la niña, acostumbrada a recitar de memoria la lista de reyes ingleses desde Alfredo el Conquistador, un árbol genealógico exhaustivo; mientras lo repasaban punto por punto, la baronesa animó a la princesa a trazar hacia adelante la línea de sucesión a la corona. En ese instante, Drina habría adquirido plena consciencia de que ella era la inmediata sucesora de su tío William IV. Y habría levantado la manita para pronunciar su famoso juramento: "Seré buena".

Los viajes organizados por Conroy habían permitido que Drina apareciese ante los ingleses, pero también le habrían hecho darse cuenta de las exigencias inherentes a su futura condición de reina. En cuanto ascendiese al trono, tendría que demostrar aplomo y madurez aunque fuese demasiado joven, quizá, en aquel momento. Lehzen parece haber sugerido a Drina que debería estar preparada para cualquier trampa que le tendiese Conroy, que estaba convencido de poder manejar a la muchacha a través de la madre de ésta.


Como se puede apreciar, estábamos inmersos en la etapa de esplendor de John Conroy:

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Y es que John Ponsonby Conroy, un hombre natural de Gales aunque sus antepasados procedían de Irlanda, había progresado mucho desde la muerte de su patrón, Edward duque de Kent. La viuda de Edward, la duquesa Victoria de Kent, había desarrollado una fuerte dependencia respecto a Conroy. De dónde surgía aquella dependencia, la naturaleza exacta del vínculo que la unía a aquel controlador de finanzas de su casa que ejercía a la vez de consejero áulico, era motivo de no poco cotilleo. Pero, en realidad, esa situación no era nueva. Antaño, la viuda del príncipe Frederick Louis de Gales, Augusta, había sido objeto de la misma clase de rumores por su vinculación a un hombre que ejercía de tutor del hijo mayor de ella, George, futuro rey George III: John Stuart, tercer conde de Bute.

Aquí un retrato de Victoria de Kent que yo considero de los menos conocidos...

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Espoleada por Sir John Conroy, Victoria adoptó posiciones que difícilmente podían agradar en la corte. George IV la había aborrecido, pero William IV tampoco estaba precisamente satisfecho con los manejos de su cuñada de Kent, y menos aún con los manejos entre bambalinas de John Ponsonby Conroy, a quien denominaba, muy ácidamente, "King Conroy". Pero, al margen de la completa falta de estima de William IV hacia la duquesa de Kent y King Conroy, nuestra Drina también había cogido auténtica tirria al amigo de su mamá.

King Conroy, como se ha comentado anteriormente, había tenido una única gran idea por lo que concernía a Drina: él había sido quien le había regalado aquel perrito que ella adoraba, el "dear dear Dashy". Pero otras ocurrencias de Conroy impactaron de forma demasiado ruda en el entorno afectivo de la muchacha Kent. Recordaréis que había dos damas claramente asociadas a la crianza y educación de Drina: la baronesa Späth y la baronesa Lehzen. La baronesa Späth era la misma mujer que, por ejemplo, había enseñado a Drina a decorar cajitas de cartón con flores primorosamente pintadas y lentejuelas. Pero a aquella mujer no se le trabó la lengua precisamente a la hora de criticar a King Conroy: no sólo se quejaba de los humos que gastaba el galés, sino que le parecía fatal el tono excesivamente familiar que éste adoptaba con la princesita Drina. La revancha de King Conroy resultó durísima: a pesar de sus años de servicio a la duquesa de Kent, a "Fidi" (la princesa Feodora de Leiningen) y a Drina, la Späth fue enviada de vuelta a Alemania con pocos miramientos. Su lugar fue ocupado, en un abrir y cerrar de ojos, por una dama avalada por el mismísimo King Conroy: lady Flora Hastings. Flora Hastings fue, de manera casi instantánea, detestable a los ojos de Drina. Es muy de suponer que la princesa no sólo deplorase la "patada en el trasero" que se le había propinado a Späth para luego colocar en su puesto a Hastings. Además de eso, la forma en que se había dado la "patada en el trasero" a Späth para beneficio de Hastings, sumió a Drina en un profundo temor a que King Conroy también quisiese enviar de vuelta a Alemania a su adorada baronesa Lehzen.

Ciertamente, Conroy hubiera querido despachar a Lehzen del modo en que había despachado a Späth, pero no se atrevía a ir tan lejos. Hastings enseguida empezó a mofarse de Lehzen, en concreto del gusto de la baronesa alemana por masticar granos de comino. Fue el pequeño detalle que faltaba para que Drina dejase de considerar a lady Flora detestable y empezase a considerarla odiosa.

Esas tensiones domésticas se entremezclaban con los ecos que llegaban hasta la muchacha de la sempiterna bronca entre su tío el Rey y su madre la duquesa, ésta última constantemente alentada por Conroy. Drina había sido testigo antaño de los acerbos reproches de George IV y ahora le tocaba serlo de las no menos amargas quejas de William IV. Como hemos visto, no pocas de las reconvenciones de William IV estaban relacionadas con los viajes "promocionales" de la princesa que organizaban ex aqueo la duquesa de Kent y John Conroy. Si bien Drina disfrutaba de esas giras en las que la gente se mostraba tan ansiosa por verla y por complacerla, era tremendamente incómodo para ella que su madre y al amigo de su madre la llevasen de un lado a otro sin tomar en cuenta para nada a Su Majestad.

La tensión aumentó -y de qué manera- al alcanzar Drina los dieciséis años de edad. Era un momento destacado, porque correspondía que la princesa tuviese un bailes de presentación en sociedad y, csi en paralelo, su ceremonia de confirmación en la iglesia anglicana. La fiesta organizada en el palacio de Kensington por la duquesa Victoria fue una velada amenizada por grandes cantantes de la época, algo que no sólo entusiasmó a la Drina de entonces, sino que permaneció posteriormente en la memoria de la gran reina Victoria como un espléndido recuerdo a través de las décadas. Harina de otro costal fue la confirmación. El Rey no sólo era el Rey, sino también cabeza de la iglesia anglicana, y deseaba que los detalles de la confirmación de la princesa presunta heredera, que debía llevarse a efecto en alguna de las capillas reales por parte del obispo de Londres, los organizase una dama que gozaba de su plena simpatía: la duquesa de Northumberland. Lady Charlotte Florentia Clive, por matrimonio duquesa de Northumberland, había gozado durante años del título de gobernanta de la princesa Alexandrina Victoria de Kent y William IV apreciaba la discreción de esa gran señora, en su opìnión "no contaminada" por el "sistema Kensington" diseñado por Conroy. Pero precisamente por ese motivo, Conroy deseaba que el papel atribuído a la duquesa de Northumberland lo desempeñase su predilecta, lady Flora Hastings. Aunque los sentimientos de la duquesa hacia lady Flora no estaban exentos de una fuerte rivalidad, secundó activamente a Conroy. William IV montó en cólera...literalmente. En una cólera típica de los miembros de la dinastía hannoveriana, para decir más. Se dirigió al obispo de Londres para decirle que, en esas condiciones, prohibía que su sobrina fuese confirmada en cualquiera de las capillas reales. Ante semejante reacción de Su Majestad, en Kensington tuvieron que recular apresuradamente. La confirmación se llevó a efecto finalmente en la capilla de Saint James, el 30 de julio de 1835. Y no transcurrió plácidamente, ni mucho menos: William IV, que asistió con su esposa Adelaide, se enfureció al ver a King Conroy escoltando a la duquesa de Kent, al punto de que ordenó que el "controlador de finanzas" se largase del palacio en un santiamén. Después de aquel altercado, el obispo de Londres, que había seguido el curso de los acontecimientos desde la perspectiva de William IV, recitó un sermón muy duro acerca de los deberes de la realeza. Drina apenas logró controlar las lágrimas, porque sintió que se la estaba reprendiendo por la "presunción" y la "arrogancia injustificada" de su madre y del amigo de su madre. La chica retornó a Kensington en un estado de muy profunda agitación.


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