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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 26 Mar 2010 19:06 
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Os preguntaréis: ¿y nuestra Marie Therese, Mousseline la Serieuse?.

No es mucho lo que se puede contar acerca de la existencia de Marie Therese en esa etapa concreta. Al fracaso de la fuga a Montmédy había seguido el amargo regreso a las Tuilleries. A partir de entonces, sus padres, en particular su madre, debían embarcarse en una nueva trama política que había que urdir con cuidado, hilo a hilo. Estaban más vigilados que nunca. De hecho, se les sometía a una estricta vigilancia. Una cosa era que la Asamblea Nacional, de forma mayoritaria, hubiese optado por salvar las apariencias con aquella rocambolesca manera de explicar que el rey nunca había huído sino que le habían llevado fuera de la capital contra su expreso deseo, pero otra cosa era que la Asamblea Nacional se creyese su propia mentira. La guarda y custodia de las Tuilleries se convirtió en un punto crucial para la seguridad del país.

Pero la chiquilla, dentro de lo que cabe, lo que vivió fue un retorno a la vieja rutina. Allí estaba Madame de Tourzel. Allí estaba Madame de Campan, con su hermana Madame Augié. El entorno de damas al que estaba acostumbrada la muchacha se mantenía. También tenía a su tía Elisabeth, fielmente atendida por Madame de Mackau. Incluso la princesa de Lamballe regresó de nuevo a escena.

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Princesa de Lamballe.

La princesa de Lamballe no había sido incluída, en su momento, en el proyecto de fuga a Montmédy. Marie Antoinette la informó en fecha tardía de la escapada que íban a protagonizar, pidiéndole a su amiga que se pusiese a salvo dirigiéndose a Inglaterra. Se juzgaba que Lamballe podría representar un papel en Inglaterra en favor de la familia real francesa, tan injustamente tratada por la Asamblea Nacional. Así que aquella mujer de lealtad extrema se enteró, estando en el extranjero, de lo que había ocurrido en Varennes. El impacto de la noticia fue tremendo. Estaba decidida a volver cuánto antes al lado de Marie Antoinette, a las Tuilleries. En principio, Marie Antoinette no dió la venia; por el contrario, le escribió en tono fervoroso:

"Ah, no vengas, querida amiga; regresa lo más tarde posible, pues tu corazón sufrirá un desengaño y derramarás demasiadas lágrimas por todas nuestras desdichas, tú que tanto cariño me tienes".

A la persistencia de la princesa, la reina siguió negándose:

"No, insisto, no regreses, corazón mío; no te arrojes a las fauces del tigre; ya tengo yo suficientes preocupaciones por mi esposo y mis pobres hijos".

Pero Marie Antoinette había modificado su actitud a finales de septiembre de 1791, después de la charada de la Constitución monárquica que les había llevado a representar la Asamblea Nacional, luego Asamblea Constituyente, después reconvertida en Asamblea Legislativa. Para entonces, Barnave, que a esas alturas era un partidario encendido de la soberana a la que tiempo atrás había escoltado por orden de la Asamblea en la vuelta de Varennes a París a partir de Châlons-sur-Marne, había asegurado demasiadas veces que la princesa de Lamballe debía reasumir su posición junto a Marie Antoinette. Era la manera de demostrar que la monarquía seguía establecida en su pauta, firme, sin concesiones a la debilidad fruto del pesimismo o, peor aún, del fatalismo político. En previsión de que en cualquier momento se la llamase a París, la princesa de Lamballe había cruzado el Canal de la Mancha y se había establecido en Aquisgrán. Allí recibió la carta de Marie Antoinette dónde se le pedía que regresase a las Tuilleries, algo que hizo en octubre de 1791. Llevaba consigo, a modo de regalo para su amiga la reina Marie Antoinette, dos perritos cocker de pelaje blanco y rojizo respectivamente. Los perritos eran auténticas preciosidades; encantaron a la soberana, pero también a la princesa y al pequeño delfín.

Al iniciarse 1792, por lo tanto, el "entourage" en el que se movía Marie Therese era prácticamente el de siempre, lo que, desde luego, debía conferirle una sensación de cierta seguridad. Si lo pensamos un instante, para una criatura que estaba adentrándose en la pre-adolescencia y que había experimentado tan bruscos giros de la rueda del azar o del destino en los años anteriores, debía ser muy reconfortante permanecer aún con su familia y con un grupo de leales que volvían a estar con ellos en palacio. Esa gente era la que les arropaba. Su presencia debía representar más o menos lo mismo que representa un maravilloso edredón de plumón cuando nos metemos en cama en una noche fría y desapacible, oyendo el batir de las gotas de lluvia en los cristales de la habitación.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 26 Mar 2010 20:37 
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Como diría nuestra Sabba, que para las analogías es genial, leer este tema es parecido a sentarse a ver una película que se titule "Titanic". Por muy bonito que te lo presenten, sabes de antemano que al final el buque se encontrá con un iceberg, chocará con él, hará aguas y se irá irremisiblemente a pique.

Me gustaría volver al punto en que muere Leopold II y asciende al trono imperial su hijo Francis II. Ya se ha dicho que Leopold practicaba con natural parsimonia una verdadera realpolitik; era cuidadoso a la hora de medir pros y contras. Ser el hijo de quien era le ponía en la tesitura de no poder lavarse las manos con respecto a su hermana Marie Antoinette. Pero aunque tarde o temprano acudiría en su apoyo, escogería siempre la ocasión que menos costosa le saliese a su Imperio. Una muestra de este pragmatismo elevado a la enésima potencia lo tenemos en el hecho de que Leopold había decidido tomarse al pie de la letra el refrán "a río revuelto ganancia de pescadores" por lo que concernía a Francia. Francia había sido una gran potencia, razón por la cual la casa de Austria había tenido que medir mucho sus reivindicaciones sobre ciertas áreas fronterizas entre el país galo y los dominios habsburgueses de los Países Bajos, gobernados por Albrecht duque de Teschen y su Mimí (otra hermana de Leopold, por tanto de Marie Antoinette). Pero la Francia revolucionaria estaba metida hasta las cejas en un constante y enfervorizado debate político que tenía su eje en la Asamblea Nacional. Era un momento perfecto para que Austria, desde sus provincias de los Países Bajos, quisiese acrecentar sus territorios a costa de Francia. Tratando, además, de "hacerlo bonito", Leopold insistió ante Louis y Marie Antoinette en que debían aceptar que tomasen ciertas fortalezas fronterizas, entre ellas Donai y Valenciennes, en concepto de pago adelantado por el apoyo eventual que les ofrecería Austria.

Muerto Leopold, Francis se anduvo con menos miramientos que su padre, que había tenido los justitos. La actitud beligerante de los austríacos, que por cierto contaban con el apoyo de numerosos emigrés franceses, gente que se había exiliado para eludir el embate revolucionario, despertó un rugido del tradicional orgullo nacional francés. Para la mayoría de los franceses, era obvio que el país no podía quedarse de brazos cruzados mientras, aprovechándose de su supuesta debilidad, los imperiales se hacían con el control de lugares estratégicos y emblemáticos como Valenciennes. Paralelamente, se incrementó la rabia de los revolucionarios hacia los emigrés, que estaban bailándole el agua a una potencia extranjera. A la vez, rayaba en el paroxismo el odio hacia la reina. A Marie Antoinette no le habían hecho ni pizca de gracia las pretensiones habsburguesas en zonas fronterizas; recuérdese que, cuando la archiduquesa de Austria entraba en colisión con la reina de Francia, solía prevalecer la reina de Francia debido a que se trataba del país que tendría que gobernar su hijo. Pero es bien cierto que la posición de Marie Antoinette era tremenda, porque, a la vez, no podía dejar de recordar que esperaba recibir soporte de los imperiales para que su hijo llegase a gobernar una Francia que no era la revolucionaria.

Louis XVI hubo de afrontar momentos de alta tensión desde finales de 1791. Los girondinos, cada vez más potentes en la Asamblea, habían presentado un durísimo decreto sobre los emigrés. Los exiliados que insistiesen en permanecer en territorio enemigo, presumiblemente apoyando a potencias rivales, serían condenados a muerte in absentia, sus propiedades inmediatamente confiscadas; se confiscarían igualmente las propiedades de los príncipes emigrados (i.e los hermanos del rey) y de los familiares de los emigrés que permaneciesen aún en el interior de Francia. Louis ejerció su derecho de veto hacia ese decreto, igual que lo ejercería en otro que pretendía reducir a la categoría de delincuentes a los católicos que siguiesen acudiendo en secreto a misas oficiadas por sacerdotes no juramentados. Pero el veto era lo mismo que rociar un fuego con gasolina. Aumentaba la impopularidad del rey, dando nuevos argumentos de peso a los republicanos. Finalmente, Louis hubo de firmar otro decreto condenando a los príncipes emigrados (especialmente a sus hermanos). También tuvo que plegarse, llegado el momento, a firmar un decreto declarando la guerra a Austria.

La -notoria- pesadumbre del rey al firmar tales decretos añadieron puntos negativos a su imagen de nuevo. Pero el auténtico problema lo tenía la reina. Marie Antoinette no veía con gusto, sino con verdadera indignación, el comportamiento de Austria. Pero eso no significaba que fuese a renunciar a sostener correspondencia con Mercy-Argenteau ni con Hans Axel von Fersen, quienes estaban en Bruselas. Para ella, era natural comentar los avatares de la guerra. Sin embargo, cartearse "con el enemigo" no suele ser aceptable en una reina. La impresión general era que "l´autrichienne" trabajaba para Austria y que preferiría ver Francia hundida en la mayor de las miserias antes de aceptar la situación creada por la Revolución.

Al iniciarse junio de 1792, entre unas cosas y otras (resumiendo mucho), aquello era una gigantesca caldera en permanente ebullición a punto de reventar...


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 26 Mar 2010 21:22 
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Considerando ese ambiente, no hay nada de extraño en que la familia real que vivía prácticamente confinada en las Tuilleries temiese la cercanía de algunas fechas concretas. Por ejemplo, el 20 de junio era un día crucial, pues se daba la circunstancia de que un 20 de junio de 1789 se había producido el célebre juramento del Jeu de Paume durante la convocatoria de los Estados Generales en Versailles y, por añadidura, un 20 de junio de 1790, los reyes transladados a las Tuilleries se habían escapado, en el famoso episodio de Varennes. Otro día nefasto era el 14 de julio, fecha en la que se celebraría otro aniversario de la toma de la Bastilla.

Es sintomático de lo abrumada que se sentía la familia ante la inmediatez de esas fechas el que no participasen en las fiestas religiosas del Corpus, que cayó el 10 de junio. A decir verdad, los rituales habían dejado de tener significado para Louis, Marie Antoinette y ya no digamos la piadosísima Elisabeth desde el momento en que quienes los celebraban eran sacerdotes juramentados, que habían elegido servir a la Revolución antes que servir a Roma. Aún así, celebrar el Corpus era una tradición de siglos y precisamente en el nuevo marco constitucional, se suponía que los miembros de la familia real asistirían a la capilla de las Tuilleries. Pero sólo se presentó Louis a esa capilla de las Tuilleries para los oficios del Corpus; tenía un aspecto deplorable, en una especie de letárgico estupor, de perplejidad elevada a la enésima potencia, de no saber ni quien era ni dónde estaba. Aquello no pasó inadvertido en absoluto. Las hojas volantes, los panfletos y los periódicos más radicales llevaban tiempo machacando la imagen que le quedaba a Louis asegurando que buscaba olvido a sus males en la bebida. Hubo muchos que atribuyeron su pasmo en el Corpus a una embriaguez previa.

Marie Antoinette afirmaría en una ocasión que ella no temía a los venenos, porque no eran el arma de su siglo; en su siglo, añadió, se usaba preferentemente la calumnia para matar al adversario. La frase de la reina adquiere toda su carga de veracidad cuando se piensa en lo que estaba a punto de abatirse sobre ellos el 20 de junio. Para conmemorar la fecha, se habían organizado manifestaciones populares en la capital francesa; dentro de la atmósfera que ya se ha descrito, resultaba inevitable que la turbamulta acabase dirigiéndose hacia las Tuilleries.

Los hombres de la Garde Nationale, como era de esperar, no formaron ninguna barrera de protección en torno a las Tuilleries ante el avance de aquella multitud. Era un día de verano bastante caluroso, incluso un poco sofocante debido a la humedad que ascendía desde el Sena. La gente que se acercaba a palacio no se caracterizaba mayoritariamente por su higiene personal, sino más bien al contrario; era gente humilde, arrabalera, que no solía prestar atención a su aseo ni a la limpieza de sus ropas. Estaban cubiertos de mugre y para rematar la faena la alta temperatura sumada a la humedad les hacía sudar con profusión. El olor debía ser mareante para los guardias que les habían permitido alcanzar las verjas de acceso al palacio, pues ese olor se filtraba incluso en el interior de la residencia real a través de las ventanas.

Los habitantes de palacio sabían lo que se les avecinaba. Louis había decidido mantenerse en su sitio, una decisión en la que le secundaron Marie Antoinette y Madame Elisabeth. Pero todos en su "entourage" insistían en que Marie Antoinette debía esconderse rápidamente, pues su mera presencia junto a su marido exaltaría a los de por sí ya exaltados; quizá por tenerla a ella delante, se saliesen de madre y acabasen despedazando al monarca. Además, había que pensar en los niños, Marie Therese y Louis-Charles, que estaban terriblemente asustados. Así que Marie Antoinette fue a buscarse un escondite con Madame Royale y el Dauphin, mientras con Louis se quedaba con Madame Elisabeth y con el duque de Mouchy, que estaba decidido a perder la vida por defender la integridad de su rey.

Quienes habían avisado a Marie Antoinette de que ella constituía la mayor de las provocaciones posible no andaban errados. Esa multitud de gente mugrienta que olía a sudor espeso entró en el palacio armada con picas y con hachas, pero también portaban "estandartes". Uno de sus "estandartes" preferidos era una muñeca que representaba a la reina, manchada de sangre y con un cartel que rezaba: "Marie Antoinette à la lanterne". Ese grito ("Marie Antoinette à la lanterne") era uno de los más frecuentes. Se diría que todos soñaban con colgar a la pobre mujer de una farola. A Louis le odiaban, pero menos. Lo que pretendían era hacerle sentir acorralado y absolutamente humillado.

La principal debilidad de un ser humano puede constituír en ciertos momentos, paradójicamente, su mayor fortaleza. Louis tenía horchata en las venas...y eso le había llevado a no reaccionar,a no actuar, en instantes decisivos en los que un gesto o una palabra acertados de su parte hubieran podido cambiar el curso de la historia. Pero ante la invasión de las Tuilleries, ese carácter impertérrito le vendría igual de bien que le había venido en Versailles cuando había tenido que recibir en audiencia a unas mujeres que "sólo pedían pan". Se quedó tan ancho y tan pancho al irrumpir en la habitación en la que él se encontraba los que íban en primera línea de la invasión; no vaciló en coger un bonnet rouge, un gorro frigio, que le tendía sostenido por la punta de una pica -algo bastante amenazador...- uno de los revolucionarios. También ignoró que algún revolucionario llevaba, por ejemplo, unos enormes cuernos de buey en evidente alusión a los cuernos que le hacía la reina. Con su habitual sencillez, se mostró dispuesto a colocarse en la cabeza el gorro frigio y a brindar a la salud del pueblo. Madame Elisabeth mantenía el tipo admirablemente.

Una docena de diputados enviados de urgencia por la Asamblea llegaron con más guardias nacionales para socorrer al rey cuya vivienda había sido tan cruelmente allanada. Para cuando llegaron, la turba, que seguía buscando infructuosamente a la reina, había devastado parte del palacio. Pero por fín pudo contenerse el tumulto y mandar fuera a los intrusos. Al verse a salvo, Louis sólo pidió que le llevasen a su familia. Se produjo una escena impactante desde el punto de vista humano: Marie Antoinette se arrojó a los brazos de Louis, mientras que los niños corrían a echarse a sus pies. Madame Elisabeth acabó rodeando el pecho de Louis con sus brazos situada a su espalda, por lo que los tres adultos y los dos chiquillos acabaron fundidos en un revoltijo enternecedor.

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Cuadro representando el 20 de junio. Marie Antoinette aparece plantando cara, con altanería, a la masa, mientras su hijo y su hija se aferran a ella. Una dama les acompaña. La escena no llegó a producirse.

Esa violencia abrumadora del 20 de junio provocaria episodios de lo que hoy llamaríamos stress post-traumático en los hijos de los reyes. Desde la fuga abortada en Varennes y el retorno a París, Marie Therese y Louis-Charles habían podido hacerse la ilusión de haber recobrado cierto grado de seguridad en las Tuilleries. Si la gente no les había atacado más que con sus berridos en el regreso de Varennes, era dudoso que llegase a hacerlo justo después, cuando empezó esa charada de la reconciliación entre el monarca y su pueblo previo a la aceptación de la Constitución de septiembre de 1791. Estaban rodeados de guardias, sí; se les sometía a riguroso control día y noche; pero precisamente por eso, se suponía que estaban a salvo. Para los chicos, necesariamente tuvo que ser un mazazo emocional constatar que esos guardias habían permitido el acceso a palacio a una muchedumbre iracunda, insultante y armada hasta los dientes. Las horas que pasaron escondidos junto a su madre, sin saber ninguno de ellos lo que estarían aguantando su padre y su adorada tía, por fuerza íban a originarles un sentimiento de miedo, incluso de pánico, perdurable.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 26 Mar 2010 21:41 
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Lo peor fue que, para decirlo de manera muy coloquial, Marie Antoinette se lo tuvo que comer con patatas. Con pommes de terre, que suena más francés. Porque Louis y ella debían actuar como si lo que había ocurrido hubiese sido "un pequeño descuido" en las medidas de seguridad. No era cuestión de acusar a la Asamblea y a la Garde Nationale de haber consentido alegremente el acceso a palacio de una muchedumbre descontrolada, por tanto peligrosa. Lo cierto era que acababan de entrar en acción, a lo grande, los "sans-culottes", ante lo cuales la Garde había preferido apartarse a un lado para no hacerles frente, en tanto que la Asamblea había tardado lo suyo en mandar una delegación de socorro. Pero Louis y Marie Antoinette se lo tenían que tragar.

Es muy natural que ante esa circunstancia, a los monárquicos se les pusiesen los pelos de punta. Podía haber ocurrido algo terrible aquel 20 de junio en las Tuilleries. La familia estaba expuesta a una repetición de los hechos con el fatal desenlace que ese 20 de junio no se había producido casi de puro milagro. Hubo "realistas" que fraguaron planes apresurados, de última hora, para sacar a la familia real de palacio y ponerla a salvo. Hubo una idea, por ejemplo, consistente en llevarles al château de Gallon, cerca de Rouen, porque el duque de Liancourt estaba al frente de un enorme destacamento de tropas normandas y se le veía dispuesto a usar sus tropas para proteger a los monarcas con los príncipes. Pero esos planes se quedaron en agua de borrajas.

A finales de julio, un tribunal de París anuló de modo oficial la condena que había recaído años atrás sobre la condesa Jeanne de Lamotte Valois, la aventurera estafadora del asunto del collar de diamantes. Esa "rehabilitación pública" de Jeanne de Lamotte Valois era una afrenta deliberada hacia Marie Antoinette, porque, en el escabroso tema del collar de diamantes, si Jeanne surgía de pronto como una víctima inocente, automáticamente se asumía la culpabilidad de Marie Antoinette. Los "sans-culottes" festejaron con entusiasmo la sentencia que exoneraba a Jeanne. Sus gritos se cebaban con Marie Antoinette. El 21 de julio, Marie Antoinette escribió una carta dolorida a su amado Fersen, explicándole que habían dejado de salir a tomar el aire a los jardines del palacio para no escuchar los gritos preñados de insultos y amenazas desde el exterior. No era sano para ellos, menos aún para los niños, oír ciertas obscenidades y barbaridades.

Así las cosas, el 25 de julio ocurrió algo que volvería a forzar la máquina de los acontecimientos. En esa fecha, salió a la luz, en la ciudad de Coblenza, en Renania-Palatinado, el denominado Manifiesto de Brunswick.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 26 Mar 2010 22:05 
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Este caballero tan opulentamente retratado...

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...es Karl II. Wilhelm Ferdinand, herzog von Braunschweig-Wolfenbüttel, o, lo que es lo mismo, duque de Brunswick. Gobernaba sus extensos territorios germánicos desde que había sucedido a su padre, Karl I, en 1780. Su madre era la princesa Philippine Charlotte de Prusia, una de las hermanas de Friedrich II rey de Prusia. Además, estaba casado con la princesa Augusta de Gran Bretaña, hija del rey George III y su reina Charlotte.

Como gobernante, Karl II Wilhelm Ferdinand era un déspota ilustrado bastante atinado en sus juicios y benevolente. Además, se trataba de un excelente militar. En ese mes de julio de 1792, se encontraba en Coblenza al mando de un gran ejército conformado por las tropas del emperador de Austria y del rey de Prusia, coaligados contra Francia. Se estaban lanzando a la invasión de Francia y se suponía que pretendían dirigirse hacia París sumando triunfos a su paso.

Pues bien: a este señor se le atribuyó la autoría de un Manifiesto, denominado por tal motivo Manifiesto de Brunswick. Lo cierto es que no lo escribió él. Se ha supuesto que su autor inicial pudo haber sido Louis Joseph de Bourbon, príncipe de Condé, uno de los más destacados "emigrés" del momento, que se había unido a las fuerzas dirigidas por Brunswick. Pero es más probable que lo redactasen en conjunto otros emigrados de menor fuste que el príncipe de Condé, en concreto Jacques Mallet du Pan, Jérôme-Joseph Geoffroy de Limon y Jean-Joachim Pellenc, inspirados, tal vez, por Hans Axel von Fersen.


Déclaration de SAS le duc régnant de Brunswick-Lunebourg, commandant les armées combinées de LL.MM. L'Empereur et le roi de Prusse, adressée aux habitants de la France.

Leurs majestés l'empereur et le roi de Prusse m'ayant confié le commandement des armées combinées qu'ils ont fait rassembler sur les frontières de France, j'ai voulu annoncer aux habitants de ce royaume les motifs qui ont déterminé les mesures des deux souverains, et les intentions qui les guident...


Así se iniciaba un Manifiesto claramente contrarevolucionario, en el cual se amenazaba con asaltar París en un despliegue de fuerza y violencia inmisericorde si los franceses revolucionarios osaban tocar siquiera un cabello de la cabeza del rey o de la reina, que lo eran por derecho divino, que habían sido ungidos a la par que coronados. Se llamaba al pueblo francés a alzarse contra los revolucionarios, contando con el apoyo de ese ejército extranjero dispuesto a castigar con extrema dureza a quienes osasen comprometer la seguridad de los monarcas. En esencia, es un texto políticamente reaccionario, pero, sobre todo, muy hostil hacia la Revolución.

El Manifiesto de Brunswick se publicó íntegro en el "Moniteur" el 3 de agosto. Desde la distancia, no es fácil hacerse una idea precisa del enorme impacto que tuvo entre los franceses, pues los que sabían leer, se encargaban de recitarlo en voz alta para que conociesen su contenido los iletrados. Al darse por cierto que provenía del duque de Brunswick, comandante en jefe de los imperiales coaligados con los prusianos, adquiría tintes de gran amenaza que no hubiese tenido si lo hubiesen firmado sus verdaderos autores -unos emigrés-.

Ya había un clima republicano en las jornadas precedentes. Ahora, ante ese Manifiesto, la reacción visceral era hacer justo lo contrario de lo que exhortaba a hacer Brunswick. Cuarenta y seis de las cuarenta y ocho secciones administrativas en las que estaba dividida París se pronunciaron a favor de proclamar una República, mientras se importaban a toda prisa tropas desde otras ciudades de Francia para defender la Nación. Los regimientos más importantes fueron los que llegaron de Marseille, que llevaron consigo a París un nuevo himno. Era La Marselleise.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 27 Mar 2010 09:08 
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La concentración de tropas afectas a la Revolución en París tenía dos razones elementales. En primer lugar, había que evitar que los contrarevolucionarios, galvanizados por aquel Manifiesto de Brunswick, lanzasen una fulminante ofensiva para sacar a la familia real de las Tuilleries y de París. En segundo lugar, había que crear la sensación de que la capital estaba suficientemente guarnecida incluso para el caso de que ejércitos extranjeros lograsen acercarse a su perímetro amurallado.

El 9 de agosto, día de extremo calor, la ciudad era un hervidero de rumores. La suspicacia, las sospechas, se habían condensado en la atmósfera. Se decía aquí y allí que, al caer la noche, los ultramonárquicos actuarían a través de la vistosa Guardia Suiza, formalmente los Cent-Suisses du Roi, cuyo coronel jefe, a la sazón, era el duque de Brissac. Habían estado en el punto de mira desde principios de mes, razón por la cual aquellos batallones llegados de Marseille con su "Marselleise" en los labios solían ufanarse de que tendrían que reducir a fosfatina a la Guardia Suiza, en tanto que los miembros de la Guardia Suiza, conscientes de esas amenazas, respondían que venderían caras sus vidas. Por resumir: se barruntaba una auténtica tempestad, pero si llegaba a estallar, no se vertería agua desde el cielo, sino ríos de sangre en la tierra.

En las Tuilleries, todos permanecían sobrecogidos y temerosos. Ese día, temprano, el rey había acudido a la misa en la capilla, flanqueado por la reina y por su hermana menor. A nadie le había pasado desapercibida la tensión que emanaba de la reina y de la princesa. Ambas ejercieron, no obstante, un completo ejercicio de autodominio. Pero al llegar la noche, los adultos no se acostaron; sólo los dos niños, Madame Royale y el Dauphin, fueron conducidos a sus lechos. Por tanto, estaban despiertos cuando empezaron a tañer en París las campanas, señal para que se congregasen los revolucionarios a fín de evitar ese presunto ataque inminente de los ultramonárquicos.

Hacia las cinco de la madrugada, se sabía que unos diez mil hombres avanzaban sobre las Tuilleries. Esa vez, las Tuilleries no estaba sólo resguardada por soldados de la Garde Nationale que pudiesen echarse a un lado ante la muchedumbre, en una repetición de lo acontecido menos de dos meses atrás, el 20 de junio. Había alrededor de mil Guardias Suizos, muchos de ellos desplegados en perfecta formación en las escaleras de entrada. Para reforzarles, se habían presentado alrededor de trescientos aristócratas dispuestos a morir por su rey y por su delfín. Las Tuilleries hubieran podido ofrecer una cierta resistencia, incluso una resistencia bastante enconada. En cualquier caso, antes de que llegasen los revolucionarios en oleada, se dispuso que el rey saliese al exterior para elevar la moral de la Garde Nationale (sus suizos y sus aristócratas no necesitaban ese refuerzo emocional, porque eran fieles hasta los tuétanos). Fue un episodio horrible para Louis, porque se encontró con que...¡le abucheaban!.

Hacia las ocho, el tumulto externo era considerable. Dentro de palacio, Roederer insistía en que los reyes y los príncipes debían largarse para solicitar refugio en el único lugar que tendría que ofrecerle seguridad absoluta: la Asamblea Legislativa. Marie Antoinette se resistió bravamente a dar ese paso. Pero Roederer le tocó la fibra sensila al preguntarle si de verdad quería ser la responsable de que los exaltados que estaban a las puertas y decididos a entrar costase lo que costase la despedazasen para matar luego, en un paroxismo sangriento, al rey, a los príncipes y a sus leales servidores. Marie Antoinette se conmovió profundamente; con voz dolorida, replicó:

-Al contrario...¡Qué no haría por ser la única víctima!.

Llegado ese punto, Marie Antoinette aceptó marcharse con Roederer a solicitar asilo protector en la Asamblea junto a su marido, sus hijos y su devota cuñada. La princesa de Lamballe y Madame de Tourzel consiguieron salirse con la suya: acompañarían a la reina, no la dejarían sola en aquel trance. Otra de las damas, Louise Emmanuelle de la Tremoille, princesa de Tarento, se quedaba en palacio, igual que la baronesa de Mackau, por ejemplo. La princesa de Tarento percibió la angustia desoladora de Madame de Tourzel porque su infinito sentimiento de lealtad para con los niños de Francia la obligaba a separarse de su hija Pauline. En tono afectuoso, la princesa de Tarento aseguró a Madame de Tourzel que ella cuidaría a Pauline como si fuese carne de su carne y sangre de su sangre.

"He venido aquí para evitar un grave crimen...". Las palabras de Louis fueron escuchadas en silencio por los diputados que habían salido del edificio de la Asamblea a recibir a la familia real. Se les acogió con una nota de deferencia, pero era una deferencia más falsa que las monedas de chocolate: de inmediato fueron conducidos todos a una especie de cubículo situado detrás del estrado en el que se hallaba la silla del presidente de la cámara. Era un cubículo que no medía más de tres metros cuadrados, sin ventana, pero con una rejilla que permitía entrar el sol a raudales. Allí tenían que permanecer, mientras en las Tuilleries que acababan de abandonar la Guardia Suiza había intentado frenar a los asaltantes, instante en el cual estos asaltantes decidieron que no se irían de allí sin haber pasado por las armas a todos aquellos monárquicos contrarevolucionarios. Se produjo una carnicería en las Tuilleries, una tremenda matanza; hasta en el altar de la capilla palatina, tradicionalmente lugar seguro de refugio, se asesinó esa mañana de agosto. Sólo las damas de honor que se habían quedado, con las cuales se encontraba la joven Pauline de Tourzel, lograron salvarse; se habían arrejuntado, pálidas, descompuestas, tratando de prepararse mentalmente para asumir el martirio, en la habitación del delfín, iluminada con velas. Cuando los sans-culottes las encontraron, quizá estuviesen ya cansados de mutilar y matar seres humanos, a la vez que devastaban las pertenencias de la familia real; prefirieron ser magnánimos y perdonar a esas "coquines" (marranas).

Cuando llegó la noche del 10 de agosto, se planteó el dilema de qué hacer con la real familia. Devolverles a las Tuilleries era imposible; no se podía garantizar su seguridad allí, aparte de que el palacio había quedado arrasado por la turbamulta y todavía no se había secado la sangre en los suelos ni en las paredes. El pueblo parisino hacía cola para poder entrar a ver ese estropicio; les gustaba especialmente regalarse los ojos con el guardarropa de la reina, que había quedado hecho un cisco. Lógicamente, a las Tuilleries no podían retornar. La Asamblea decidió mandarles al convento de los feuillants, situado en la rue Saint-Honoré, a tiro de piedra de las Tuilleries. El convento podía proveer un alojamiento bastante modesto, pero decoroso, en sus celdas.

El rey se lo tomaba con su habitual impasibilidad. Al llegar al convento, no le impresionó tener que quedarse alojado en una celda francamente espartana y enseguida pidió comida. Era comprensible que tuviese hambre, puesto que, en ese día traumático, sólo habían podido tragar algunos bocados a las dos del mediodía y hacía tiempo que había oscurecido. Para Marie Antoinette, Madame Elisabeth, la princesa de Lamballe y Madame de Tourzel, el problema más acuciante era conseguir ropa de recambio, porque todos ellos habían salido de las Tuilleries "con lo puesto". Los niños ofrecían un aspecto tristísimo. Marie Therese, Madame Royale, llevaba el espanto y la desolación en su mirada, en tanto que Louis-Charles, el delfín, no podía contener el llanto. Marie Antoinette explicaría que ambos estaban sinceramente angustiados porque a esas alturas no sabían que le había ocurrido a su amiga Pauline de Tourzel. Más tarde, algunos de los que se habían salvado de la matanza en las Tuilleries, incluyendo la princesa de Tarento y Pauline de Tourzel además de Madame Campan, lograron entrar en el convento -también con lo puesto, por cierto-. Marie Therese tuvo un estallido puramente emocional al ver a Pauline de Tourzel: se lanzó a sus brazos mientras exclamaba...

-¡Querida Pauline! Ahora no volveremos a separarnos jamás.

A ninguno de los presentes se les escapaba que Madame Royale estaba aún en shock. Mucho después, en una etapa posterior de su vida, Marie Therese haría brotar de su pluma relatos profusos acerca de varios episodios desoladores de su existencia, pero, en cambio, no escribiría ni media palabra sobre los sucesos del 9 y 10 de agosto de 1792. Lo que pasó ese día la muchacha no fue peor que otros episodios posteriores, pero es probable que evocar el 9 y 10 de agosto le provocase un dolor insoportable porque ahí se inició su viacrucis propiamente dicho.

Estaba claro que el convento de los feuillants era un alojamiento muy provisional, en tanto la Asamblea se tomaba tiempo para escoger una nueva residencia. No era tarea fácil, porque había que contar también, a la hora de tomar la decisión, con la Comuna de París, que consideraba función propia la custodia efectiva de los miembros de la realeza que estaban albergados en el convento de los feuillants. Se barajó la opción de recurrir al Palais du Luxembourg, que antaño había sido el hogar parisino de los condes de Provenza. Hubo otras posibilidades, hôteles de la nobleza que se ofrecieron por si agradaban más que el Luxembourg a la Comuna. Pero, a la postre, se determinó que los reyes con sus hijos debían ser instalados en el Temple. Llegarían allí a las ocho de la tarde del 13 de agosto, un lunes, por más señas. Y lo harían con un séquito muy reducido que habían tenido que negociar bravamente. Con ellos, estarían dos ayudas de cámara de lealtad probada, Chamilly y François Huë, así como la princesa de Lamballe, Madame Tourzel, Pauline Tourzel, Madame Thibault, Madame Saint-Brice y Madame Navarre. Podríamos decir que esos dos hombres y seis mujeres eran los últimos de Filipinas...


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 27 Mar 2010 09:38 
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La expresión Le Temple, el Temple, se utilizaba para referirse a un curioso complejo que se elevaba en el corazón de París. Puede decirse que se estaba aludiendo a dos edificios contiguos. Uno, era un bonito palacete del siglo diecisiete cuyo propietario más reciente había sido el conde de Artois, hermano menor de Louis XVI; anteriormente había pertenecido a los príncipes de Contí. Detalle curioso: la gran sala de ese palacio rococó todavía exhibe en una de sus paredes un cuadro de vibrante colorido titulado "Un té en casa del príncipe de Contí" en el que se distingue a un niñito y una niña, ataviados con extrema formalidad, interpretando música al piano para entretener a los anfitriones y a sus invitados durante el té, siendo esos niños nada menos que Wolfgang Amadeus y Nannerl Mozart.

Pero para Louis y Marie Antoinette, no se ha preparado alojamiento en el palacio rococó que conocían perfectamente. Se había elegido la estructura anexa al palacete, una fortaleza mucho más antigua, cuyo orígen había que remontar a los mismísimos caballeros templarios -de ahí su nombre-. Ofrecía una estampa de solidez apabullante y un tanto lúgubre, con sus enormes torreones puntiagudos, sus paredes macizas, las puertas de hierro, los patios internos entre murallas. Se trataba de La Tour du Temple. No existe hoy: Napoleón la mandó derruír a principios del siglo XIX. Pero este cuadro de época muestra La Tour du Temple hacia el año 1795:

Imagen

Como se puede apreciar, desde el exterior parece bastante tétrica. Otro cuadro muestra a Louis XVI en el Temple: cada vez que lo veo, experimento un pellizco en el corazón.

Imagen

La llegada de la familia real, con su reducido séquito, fue un espectáculo público. Los revolucionarios y los curiosos se arracimaban en los alrededores del Temple para que como la reina subía a la torre. Probablemente a muchos les hubiera gustado más ver a la reina colgando de una farola, pero no era mal principio que la hiciesen subir a la torre, pensaban. Los gritos burlescos e insultantes se mezclaban con canciones claramente amenazadoras. Lo peor, para Marie Antoinette, es que no podía cerrar los oídos de Marie Thèrése o de Louis-Charles. Era penoso para los chicos darse cuenta, después de la comida servida en la gran sala del palacete rococó, que quedarían instalados en la Torre Menor bajo una vigilancia fortísima, que ya no ejercían soldados, sino carceleros designados por la Comuna de París.

La Torre Menor no había sido acondicionada para recibir al grupo. Prueba de ello es que, en la primera noche en el Temple, tres mujeres tuvieron que dormir tendidas en sencillos camastros colocados en el suelo...de la cocina. Las tres mujeres fueron una auténtica princesa, Madame Elisabeth; la dama de honor Madame Navarre y la joven Pauline de Tourzel.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 27 Mar 2010 09:57 
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Marie Antoinette en el Temple:

Imagen


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 27 Mar 2010 15:03 
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A Marie Antoinette se le erizó el vello de la nuca al serle comunicado que, en adelante, residirían en el Temple bajo la tutela efectiva de la Comuna de París. Sin embargo, en un principio, no parecía que la familia real fuese a sufrir un trato riguroso en el Temple. Ebanistas y tapiceros fueron convocados para que arreglasen los aposentos que debían ocupar los reyes con sus hijos, en la Torre Menor. Se pretendía hacer esas habitaciones cómodas e incluso agradables. Habían llegado con lo puesto: en concreto, la reina sólo disponía de un vestido en un tono rosa oscuro y otro de color azulado. Pero la Comuna autorizó que pudiesen encargar y recibir ropa, tanto interior como exterior; la modista Rose Bertin siguió cosiendo trajes para la soberana. Es revelador que en un plazo de dos meses llegasen a gastarse, asimismo, casi veinticinco mil libras en ropa de cama, ropa interior y complementos. El rey Louis aún estaba en condiciones de pedirle zapatos nuevos a su zapatero de los años anteriores, Giot.

Tampoco podían quejarse de la comida. En las cocinas del Temple, trece personas trabajaban entre fogones para que la mesa de los soberanos no fuese peor que la que se les había otorgado en Versailles y en las Tuilleries. En la comida de mediodía, por lo general, se les ofrecían tres clases de sopa, cuatro platos ligeros, cuatro platos principales que solían incluír carne de excelente calidad, dos tipos de asado, compotas y fruta en abundancia. Bebían Malvasía, magníficos caldos de la región de Bordeaux y champagne.

Así que, en ese sentido, la Comuna mostraba buena voluntad inicial. Cuando Louis solicitó libros, se le hizo llegar una biblioteca compuesta por nada menos que doscientos cincuenta y siete volúmenes, entre ellos la totalidad de los clásicos latinos. La reina y Madame Elisabeth disponían de un clavicordio, pero también se les facilitaban los materiales para dedicarse a labores finas de aguja. Tenían cartas y un hermoso ajedrez para jugar. Se le entregaron cometas al pequeño delfín, porque al niño le encantaba salir con su augusto padre a los patios interiores a intentar hacerlas volar.

Pero eran unos prisioneros...y enseguida se vieron muy solos. El 19 de agosto, los ejércitos austro-prusianos que había mantenido el duque de Brunswick acantonados en Coblenza se adentraron en suelo francés basándose en que la familia real había sido encerrada en el Temple. La Convención, nuevo gobierno republicano de Francia, envió comisarios al Temple para explicarles a los reyes que debían privarles de su séquito. La princesa de Lamballe, madame de Tourzel, Pauline de Tourzel, Madame de Saint-Brice y Madame Navarre, al igual que los ayudas de cámara Chamilly y Huë, serían conducidos de inmediato desde el Temple a la prisión de La Force. Louis se lo tomó con ecuanimidad (su típica sang froid...), pero Marie Antoinette y su cuñada Elisabeth se sintieron desfallecer. A Marie Antoinette le preocupaba especialmente el sino que pudiese aguardar fuera de esos muros a la princesa de Lamballe. Despidió a su amiga con infinita ternura, regalándole un anillo que contenía un mechón de cabellos de la reina, sobre el cual campeaba la inscripción "Encanecidos por la desgracia"; asimismo, le rogó a Madame de Tourzel que respondiese favorablemente por la princesa de Lamballe.

De repente, se vieron sin su séquito. Ya quedaban únicamente Louis, Marie Antoinette, Madame Elisabeth, Marie Therese y Louis-Charles, es decir, el núcleo familiar propiamente dicho con el agregado de una tía que jamás hubiera consentido en abandonarles. Era bueno seguir todos juntos, por supuesto, pero añoraban por anticipado a los leales servidores de los que habían sido privados. Cuando a François Huë, después de ser interrogado, se le permitió retornar al Temple porque nunca había desarrollado ningún papel en la trama política (por ejemplo, no había tenido arte ni parte en la fuga a Varennes, a diferencia de Madame de Tourzel, ni había abogado por los monarcas en el extranjero, del modo en que lo había hecho la princesa de Lamballe en Inglaterra...), hubo una auténtica explosión de júbilo en el seno de la familia real. Volver a tener con ellos a François Huë les devolvía ese mínimo de optimismo que todos necesitamos en especial en las horas críticas.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 27 Mar 2010 16:12 
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Se sabe que Marie Therese las pasó canutas en esas semanas.

La jovencita había nacido siendo "una verdadera princesa". ¿Os acordáis del cuento infantil en el que se determina quien es una verdadera princesa porque la susodicha se acuesta en un elevado lecho a dormir y no soporta la molestia de un guisante colocado debajo de una montaña de colchones de plumas? Pues algo así. Marie Therese había sido, incluso en su tierna infancia, muy consciente de su rango principesco. Había en ella una curiosa inclinación a la altanería derivada de tener una acentuada conciencia de sí misma, de lo que era y de lo que representaba. Ahora, desde la distancia, hace sonreír el hecho de que los asiduos a Versailles que tenían ocasión de tratar a Madame Royale atribuyesen el acendrado orgullo de la criatura a su madre Habsburgo. Porque, en realidad, como bien ha señalado Fraser, el orgullo de Marie Therese era muy Borbón.

A pesar de los giros de la fortuna, la muchacha siempre había visto tratar con respetuosa deferencia a su padre...excepto en momentos concretos en que se habían visto a merced de exaltados revolucionarios, en particular de los sans-culottes. Pero eso ocurría en el exterior. Dentro de las Tuilleries, se habían guardado las normas de etiqueta con el mismo afán con que se habían seguido antaño en Versailles. La cortesía más absoluta también les había rodeado durante su efímera estancia en el convento de los feuillants.

Por eso, para Marie Therese fue terrible descubrir que en el Temple la inmensa mayoría de sus carceleros no manifestaban ningún miramiento. Los más educados se dirigían al monarca llamándole Monsieur, aunque en ocasiones lo hacían en un tono tan desdeñoso que parecía que le estaban escupiendo culebras. Otros preferían dirigirse a él llamándole Louis y tuteándole. Aquello era inconcebible para Madame Royale. Ni siquiera la reina Marie Antoinette trataba al rey en público usando el nombre de pila del mismo o tuteándole. Madame Elisabeth, una hermana tan querida por el soberano, tenía cuidado de hablarle con propiedad si había testigos. Por tanto, que unos simples carceleros designados por la Comuna de París le apeasen el tratamiento a su padre era algo que causaba sincera indignación en Madame Royale.

Sumar a eso la marcha de Pauline de Tourzel equivale a entender la tristeza que envolvía a Madame Royale igual que una espesa niebla. Ella había sido, por naturaleza, seria y reflexiva, de ahí que su padre le hubiese aplicado el mote de Mousseline la Serieuse. Pero la concatenación de acontecimientos negativos la estaban convirtiendo en una criatura replegada en sí misma, afligida y hosca.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 27 Mar 2010 22:41 
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por favor, que angustia, minnie!!
estoy deseando que pase ya el hundimiento del titanic para ver como sale a flote madame royale...


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 27 Mar 2010 23:14 
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carmela escribió:
por favor, que angustia, minnie!!
estoy deseando que pase ya el hundimiento del titanic para ver como sale a flote madame royale...


Despierta mucha penita...¿verdad? A la criatura le pilló de lleno el colapso del Ancien Regime en una etapa de la vida en la que todos somos altamente permeables. Íba camino de cumplir los once años cuando se produjo la toma de la Bastilla y también cuando, con su familia, hubo de abandonar precipitadamente Versailles para acabar en las Tuilleries. Tenía menos de doce años cuando sobrevino el fracaso en la huída a Montmédy. A los doce años trece años y medio le tocó pasar por el trance de tener que dejar atrás las Tuilleries con sus padres, que acudían a buscar refugio en la Asamblea; a continuación, la corta estancia en el convento de los feuillants y ya...el Temple.

Para el delfín, debido a su edad, todo era tremendamente confuso y a veces lo pasaba verdaderamente mal, pero también había una vía de escape precisamente en la facilidad con la que los niños pequeños se adaptan incluso al ambiente más hostil. Pero ella veía, oía y entendía perfectamente lo que estaba ocurriendo; se daba cuenta de que estaban haciéndose eslabón a eslabón una cadena de infortunios. Como hija de su padre, lo que más le hería era ver que se inflingían deliberados desprecios y humillaciones gratuítas a Louis en el Temple. Eso le hacía un daño inmenso, igual que verse privada, de repente, de personas que habían formado parte de su cotidianeidad durante años, a veces en circunstancias bastante adversas. Cuando todo viene mal dado, uno tiende a aferrarse a los que quiere, a los que ama, a los que de alguna forma ofrecen amparo y seguridad emocionales. Perder a las Tourzel, por ejemplo, fue un mazazo psicológico importante para Marie Therese.

A partir de ese instante, sólo contaba con su madre y con su tía. Uno de los rasgos de carácter más conmovedores tanto en Marie Antoinette como en Elisabeth (por otro lado mujeres muy diferentes entre sí) fue la tenacidad que sacaron a relucir en su intento por aportar cierto aire de normalidad a la vida que los niños estaban constreñidos a llevar en el Temple. El interés de Marie Antoinette en que Marie Therese compartiese con ella la pasión por los bordados sobre cañamazo. O la ilusión con la que Louis XVI ayudaba a Louis-Charles a tratar de hacer volar cometas en los patios de la fortaleza. Ese empeño con el que Madame Elisabeth impartía lecciones incluso de matemáticas y supervisaba cuidadosamente los ejercicios de los chicos, por ejemplo. Las partidas de cartas o de ajedrez, también. Marie Antoinette se reservaba para sí misma el privilegio de meter en cama cada noche tanto a su Mousseline la Serieuse como a su delfín. Esa parte de la historia siempre me pone hipersensible...


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