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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 21 Mar 2010 20:19 
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Indigo y Laura...sois un auténtico aliciente para continuar en esta tarde de domingo ;)

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Marie Antoinette. Retrato de una época anterior, innegablemente más feliz.

En las Tuilleries es dónde Marie Antoinette inicia su transformación. Ella tiene la suficiente lucidez para comprender por fín aquella advertencia que el ministro Saint-Priest había ofrecido a Louis XVI, en el sentido de que debía abandonar Versailles y ponerse a buen resguardo en Rambouillet para no correr el riesgo de que las mujeres que acudían en masa "a pedir pan" acabasen reclamando el traslado de la familia real a París. Saint-Priest no se había andado con chiquitas: un traslado forzoso de la familia real a París equivalía a aceptar por adelantado que se finiquitase la monarquía. Cierto que Louis, cachazudo y flemático, podía creer que, en realidad, el traslado a París no había sido tan malo; habían conseguido sobrellevar el viaje con la peculiar escolta de mujeres harapientas, para llegar a una capital que, en apariencia, les había recibido con alborozo y les había visto instalarse en las Tuilleries. Pero Marie Antoinette no se engañaba: las Tuilleries era, de hecho, su primera prisión, en particular por el modo en que se les había arrastrado hasta allí.

La reina ha tenido que contemporizar con la realidad: a la fuerza ahorcan, no en vano durante el traslado desde Versailles algunas mujeres presumían de que tal vez acabasen "colgando a la reina de una farola" (otra señal de hasta qué punto las décadas con cientos y miles de hojas volantes machacando sistemáticamente la reputación de la soberana habían hecho su efecto, creando un poso de resquemor, amargura y odio hacia su persona). Pero Marie Antoinette no quiere asumir y menos aún aceptar la nueva escena política, dominada por una Asamblea en perpetua ebullición entre los elementos más moderados y los que se van haciendo día a día más radicales. La reina desea plantar cara...y luchar. Su combate se inicia, paradójicamente, en el semi-enclaustramiento de las Tuilleries, por el procedimiento de rebuscar en su interior para sacar a flote cualidades que estaban allí aunque nadie jamás lo hubiera imaginado.

Años atrás, cuando Louis XVI y Marie Antoinette acababan de ascender a la condición de reyes de Francia, la abuela materna homónima de nuestra Mousseline, la simpar emperatriz María Theresa, había escrito a su embajador en la corte francesa, Mercy Argentau, una carta esclarecedora. Se declaraba muy triste y preocupada, pues nada en el joven rey su yerno, en sus ministros y en la organización del Estado francés le daban motivos para sentirse razonablemente a gusto con el estreno de la nueva etapa; un motivo adicional de aprensión lo constituía, precisamente, su hija menor, casi una adolescente todavía. María Theresa, que desde luego no se dejaba cegar por el amor maternal, había escrito de Marie Antoinette: "Jamás hubo en su pecho ninguna aspiración hacia algo serio y no la tendrá nunca o la tendrá muy rara vez". María Theresa había exhortado en largas misivas dirigidas a Marie Antoinette a la flamante soberana para que ésta abandonase sus frivolidades y no cayese en la fácil tentación de convertirse en la reina del rococó. Quería que se tomase su papel con comedimiento, mesura y dignidad, con la profunda carga de responsabilidad que íba aparejada a semejante puesto, por así decirlo. Pero las admoniciones de María Theresa habían caído, invariablemente, en saco roto.

Otra persona de su sangre había intentado "encauzar debidamente" a Marie Antoinette. Se trataba de Joseph II, el emperador Joseph II, co-regente junto a María Theresa, hermano mayor de Marie Antoinette. Joseph II no tenía demasiada fe en sus cuñados reyes. Al parecer, le había resumido la situación en pocas palabras al rey Friedrich I El Grande de Prusia:

-Tengo tres cuñados y los tres son una desdicha: el de Versailles[Louis XVI] es un imbécil; el de Nápoles [Ferdinando I, esposo de María Carolina, la hermana predilecta de Marie Antoinette] es un loco y el de Parma[el duque Ferdinando, esposo de María Amalia] es un idiota.

Inciso: Joseph había sido un imprudente al confiar semejante idea a Friedrich I de Prusia, pues éste se lo había contado al barón von Goltz, su embajador en Francia, con instrucciones de que hiciese circular la frasecita por París.

Aparte lo anterior, Joseph se había tomado la libertad de dirigirse en términos bastante reprobadores a la reina de Francia. Con notable acritud, Joseph había escrito, por ejemplo:

"¿Te has preguntado alguna vez con qué derecho te metes en los asuntos de la corte y de la monarquía francesa?¿Qué conocimientos has adquirido para atreverte a participar en ellos; para imaginarte que tu opinión pueda ser importante desde cualquier punto de vista, y especialmente en los asuntos del Estado, que exigen muy especial y profundo saber?¿Tú, una amable personilla que en todo el día no piensa más que en frivolidades, en sus toilettes y diversiones; que no lee nada, que no emplea ni un cuarto de hora al mes en una conversación instructiva, que no reflexiona, que nada acaba y nunca, estoy seguro de ello, piensa en las consecuencias de lo que dice o hace?".

Esta misiva de Joseph (una de varias transcritas literalmente por el gran Zweig) es particularmente hiriente. Marie Antoinette...la que sólo se dedicaba a sus toilettes y diversiones, la frívola sin remedio, la coquetuela rococó, incapaz de leer e incapaz de centrar su atención "ni un cuarto de hora al mes" en una conversación seria, de las que podrían haberle dado materia suficiente para ejercitar el cerebro, algo que, por otro lado, no entraba dentro de sus planes porque bastante tenía con elegir nuevos aderezos para sus elaborados peinados...

Ahora, en las Tuilleries, Marie Antoinette...¿se acuerda de las quejas de María Theresa y de Joseph II? Seguramente, tiene que acordarse. En dos décadas, ha tratado de eludir siempre la lectura de cartas; le fatigaba demasiado esa tarea. Sólo bajo presión se sentaba a garabatear algunos párrafos dirigidos a Viena, principalmente en vida de María Theresa. Lo había hecho sin ganas y sin entusiasmo, porque no le quedaba más remedio si no quería que María Theresa alargase el brazo lo suficiente desde Schonnbrunn para que ella la recibiese en Versailles. Marie Antoinette nunca había mostrado interés por cultivar el arte epistolar, tan en boga entre las damas profusamente ilustradas del siglo de las Luces: ella no estaba entre ellas, indudablemente, pues había recibido una formación deficiente y carecía de intenciones de mejorarla. No leía un libro ni de pura casualidad. Ni siquiera hojeaba un libro ni de pura casualidad. Cutivar el intelecto hubiese sido excesivo. Tenía que rendir culto al cuerpo, a fín de cuentas, crear modas y jugar a pastorcitos de la Arcadia en su Petit Trianon, de una naturalidad puramente artificiosa.

Pero en las Tuilleries, Marie Antoinette ya no es la reina del rococó en la gran Galería de los Espejos. Es una reina de nombre, a la que han privado de cualquier poder y a la que se somete a una cuidadosa vigilancia. No se fían de ella en la Asamblea Nacional. Hay quien habla abiertamente de conseguir que Louis XVI la repudie, para que se la pueda enviar a un convento en el que haga penitencia por sus alegres despilfarros. Todos temen que traicione a la Asamblea Nacional, lo que equivale a decir a la Nación, ese nuevo concepto en boga, estableciendo contactos con las potencias extranjeras para que les ayuden a Louis y a ella misma a restaurar el anterior sistema de la monarquía de Versailles. Por ese lado, no van desencaminados. Marie Antoinette nunca ha dudado de que más pronto que tarde hará lo posible por zafarse del control de la Asamblea Nacional. Si eso implica tener que solicitar apoyo exterior...¿cómo no hacerlo? Pero en su posición debe ser, por una vez en la vida, cautelosa, prudente, astuta. Como una serpiente, ha de permanecer enroscada sobre sí misma, en un plácido letargo, hasta sentirse lo bastante segura para, en un abrir y cerrar de ojos, erguirse con un rápido silibeo y clavar el colmillo a sus adversarios. No se puede permitir ningún gesto impulsivo: está en juego el trono, están en juego sus hijos. Por fín aprende a hacer de su boudoir una especie de pequeña cancillería; se sienta ante una mesa y lee las cartas que le llegan aprendiendo a captar mensajes entre líneas; escribe utilizando una clave cifrada, en un denodado esfuerzo por transmitir adecuadamente los mensajes que debe transmitir envueltos de manera deliberadamente engañosa en la habitual serie de vanalidades e intrascendencias que se consideran típicas de ella.

Éste no es el tema de Marie Antoinette, sino el de su hija Marie Therese. Lo interesante es preguntarse hasta qué punto la chiquilla de once años se percata de la transformación de su madre en el nuevo entorno en el que deben moverse, allí en las Tuilleries. Mousseline era una niña seria y reflexiva, en una edad fuertemente impresionable, en la que se percibe mucho más de los acontecimientos de lo que pueden preveer los adultos que rodean a una muchacha a punto de cruzar el umbral de la pubertad. Desde luego, había advertido el cambio de escenario, por mucho que se hubiesen acondicionado sus aposentos de las Tuilleries de manera que se pareciesen siquiera un poquito a los que habían dejado atrás en Versailles. Se trataba de que se pareciesen siquiera un poquito, porque, obviamente, las Tuilleries no tenían ni punto de comparación con Versailles. Pero lo sustancial había sido que sus existencias discurrían ahora de una manera más sencilla, incluso contando con que seguían rodeándoles docenas de criados que trataban de ajustarse a la etiqueta.

Los niños desayunan cada mañana con su gobernanta, antes de ser conducidos a los aposentos de Marie Antoinette, que les recibe con muestras de afecto. Todos juntos acuden a misa en la capilla. Después, por lo general, tanto la princesa como el delfín se centran en sus estudios, mientras el rey se entretiene como puede (ya no tiene su fragua ni sus cacerías, las dos cosas que añora por encima de cualquier otra) y la reina se dedica a sus asuntos (es decir, a reflexionar acerca de los métodos para conseguir que se restablezca la autoridad real). Comen en famille. En la sobremesa -detalle simpático- Marie Antoinette juega invariablemente una partida de billar con Louis. A Louis le encanta el billar, y esa partida sustituye -tiene que sustituír- al placer que antes obtenía en su fragua o en sus cacerías. Marie Antoinette muestra, ahí, su deseo de confortar a Louis. En la tarde, Marie Antoinette, con Madame Elisabeth, suele dedicar bastante atención a su hija Marie Therese y a Louis-Charles. Marie Antoinette pone interés en tejer un tapiz, en tanto que Madame Elisabeth lee con Marie Therese obras centradas en las vidas de los santos, que a la niña le atraen mucho desde que hizo su primera comunión. A Marie Antoinette le agrada constatar que Mousseline sigue en gran medida los pasos de Madame Elisabeth. Su joven cuñada, tan sinceramente piadosa, tan virtuosa, es un espejo magnífico para la pequeña princesa.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 21 Mar 2010 20:38 
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¡¡ Millones de gracias Minnie !! :bravo:
Pobrecita Marie Therese ... le tocó lo mejor de lo mejor y lo peor de lo peor ...

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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 21 Mar 2010 21:06 
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Mª Teresa y su hermano Luis .Ludwig Guttenbrunn.wikipedia


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 21 Mar 2010 21:51 
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Gracias Minnie, las nuevas entradas al relato será un nuevo aliciente en la larga semana que se me presenta... (wink)

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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 21 Mar 2010 22:33 
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1790 no va a ser en absoluto un año fácil.

Se inicia con los peores augurios, pues en el mes de febrero, concretamente el día 20, fallece, en Viena, el emperador Joseph II, hermano mayor de Marie Antoinette. Es el mismo Joseph que se había lamentado amargamente de los reales cuñados que le había deparado la suerte, mientras dirigía severas recriminaciones a Marie Antoinette. Desde finales de 1788, había estado gravemente enfermo, prácticamente confinado en sus habitaciones, en una dolorosísima soledad. Seriamente afectado en su ánimo por esa situación, llegó a sugerir que, cuando falleciese, le enterrasen poniendo en la tumba un epitafio que dijese: "Aquí yace Joseph II, quien fracasó en todo lo que emprendió". Pero la noticia de su fallecimiento ejerce un penoso impacto en Marie Antoinette, la reina de Francia que ya sólo lo es de nombre. Marie Antoinette recuerda, afligida, cuán inocente y cándida había sido ella misma cuando, disfrazada de pastorcita pero con un traje en versión de luxe, había participado en un intrincado ballet con el resto de sus hermanos para celebrar la primera boda de Joseph, con la nunca olvidada Isabella de Parma.

Dado que Joseph carece de hijos que le sucedan, pues ni su primera esposa -tan amada- ni su segunda mujer -tan ignorada- le han proporcionado ningún heredero, le sucede en el trono el hermano varón que le sigue en edad, Leopold, hasta ese momento gran duque de Toscana. Leopold llega en el mes de marzo a Viena para ocuparse de su Imperio con su esposa María Ludovica, nacida infanta de España, una mujer de gran lucidez y con un sorprendente sentido del humor que le ha permitido bromear incluso acerca del gran número de bastardos concebidos por su marido. ¿Puede confiar Marie Antoinette en el apoyo de su hermano Leopold, el flamante emperador Leopold II? Ella espera que sí: de hecho no tarda en enviarle cartas en las que, en términos apasionados, solicita su ayuda.

No es fácil valorar la actitud de Leopold II hacia su hermana Marie Antoinette. En realidad, el Leopold II que asumía el trono imperial tenía que echarse encima de los hombros bastantes problemas relativos a sus propios extensos dominios. Debía aplacar a los húngaros definitivamente, pues llevaban años en abierto conflicto con la monarquía. Debía asegurarse de obtener una tregua ventajosa con los otomanos, situados en sus fronteras orientales. Debía ordenar sus relaciones con Prusia y con Inglaterra, a la vez que clarificar su posición respecto a los Países Bajos. Tenía muchos frentes abiertos, por lo tanto. Se trataba de un hombre con un notable instinto político. Era demasiado buen político como para no agradecer, en el fondo, que en Francia una revolución imprevista hubiese aplastado a la monarquía de Versailles. Mirándolo fríamente, le convenía una Francia agitada, convulsa, tan inmersa en resolver sus propias tensiones socio-políticas que, de repente, perdía posiciones en el tablero de juego de las potencias de Europa. Cierto que eso no podía expresarlo. A fín de cuentas, Louis XVI era su cuñado y Marie Antoinette era su hermana, una Habsburgo-Lorena de la cabeza a los pies. Por otra parte, el Imperio había acogido en Graz, en calidad de huéspedes de honor, al conde de Artois y a su mujer Marie Josephe. Así que Leopold debía guardar las apariencias. Optó por una especie de compromiso a medias: aseguró a Marie Antoinette que Louis XVI y ella contarían su apoyo una vez que hubieran conseguido salir de las Tuilleries, abandonar París y establecerse firmemente en alguna plaza fuerte desde la que iniciar la tarea de restaurar la autoridad real que se había visto drásticamente recortada por los acontecimientos.

En esa tesitura, resultaba que había un hombre a quien Louis XVI y Marie Antoinette debían intentar ganarse: Honoré Gabriel Riquetti, marqués de Mirabeau.

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Mirabeau es uno de esos personajes de trayectoria curiosa que adquieren una dimensión histórica siempre y cuando confluya en su momento una serie de factores absolutamente únicos, lo bastante para generar una situación de ruptura de las que sacuden por entero un país. Vamos, en dos palabras: una revolución.

Había nacido en Le Bignon-Mirabeau, en 1749, es decir, cinco años antes de que naciese en Versailles el futuro Louis XVI y seis años antes de que naciese en el Hofburg la archiduquesa María Antonia, futura reina Marie Antoinette. Honoré Gabriel Riquetti no tenía la panoplia de regios ancestros de los dos mencionados, pero sí un aristocrático pedigree. Su padre era Victor Riquetti, marqués de Mirabeau, conde Beaumont, vizconde de Saint-Mathieu y barón de Pierre-Buffière; pertenecía a un linaje de orígen italiano firmemente asentado en la Provenza. Su madre era Marie Geneviève de Vassan, hija del marqués de Vassan y viuda del marqués de Sauveboeuf antes de su boda con el marqués de Mirabeau; según sus coetáneos, compensaba una patente falta de atractivo físico con una colosal fortuna, por lo que Victor Riquetti había estado encantado de casarse con ella sin renunciar por ello a sus numerosas amantes. El matrimonio resultó prolífico, pues tuvieron juntos diez hijos de los cuales Honoré Gabriel fue el segundogénito, aunque la temprana muerte del primogénito le convirtió en el heredero de los Mirabeau.

Si es la infancia "la que nos hace" como personas, hay que reconocer que la de Honoré Gabriel justificaría bastantes rasgos del carácter que mostraría en su edad adulta. Su padre, Victor, nunca le quiso ni siquiera una pizca. Quizá había amado al primogénito que se le malogró, pero a ese segundogénito beneficiado por la muerte del hermano que le había precedido no le quería en absoluto. No era un niño agraciado: había nacido con la cabeza demasiado grande, absolutamente desproporcionada respecto al cuerpo, lo que hacía presumir que padecía hidrocefalia; además, tenía un pie torcido y cuando empezó a hablar, se advirtió que el frenillo le trababa la lengua. Para empeorar las cosas, una viruela se cebó con él a la edad de tres años, dejándole la cara repleta de pústulas. El padre le escribió a uno de sus hermanos una frase absolutamente despiadada: "Ton neveu est laid comme celui de Satan". Uno puede ser realista al evaluar el aspecto físico de los hijos, pero no es nada común que un padre asegure a un tío que su sobrino es tan feo como si lo hubiese engendrado el mismísimo demonio. Para rematar las cosas, Victor de Mirabeau, un auténtico hijo del siglo de la razón, ilustrado, con un sorprendente talento para las ciencias económicas, sometió a Honoré Gabriel a una muy estricta disciplina que incluía castigos frecuentes de orden físico. En cuanto fue posible, ese progenitor hiperexigente e hipercrítico envió al muchacho a sumarse a un regimiento. La cosa salió peor que mal: el chico, que hasta entonces había vivido sometido a una fortísima represión, se desmandó enseguida; empezó a participar en francachelas y juergas con sus camaradas de armas, aficionándose de tal manera a invitar a los demás y a participar en partidas de cartas que acumuló unas deudas astronómicas, lo que sacaría de sus casillas al marqués de Mirabeau. Honoré Gabriel, a pesar de su fealdad, se las apañó entonces para enredarse en una aventura con la mujer que era la amante oficiosa del coronel de su regimiento. Cuando la relación alcanzó un punto peligroso, se fugó a París. Allí fue detenido y encarcelado. No se le liberó excepto para enviarle a participar en una campaña bélica en Córcega.

Si el marqués de Mirabeau había albergado la esperanza de que ese hijo al que empezaba a despreciar tanto como odiaba volvería reformado de tierras corsas, se comió esa esperanza sin patatas. A la vuelta, el chaval hizo algo apropiado: Emilie de Marignane, hija de un marqués y supuesta heredera de una gran fortuna. El matrimonio concibió un niño, por cierto, muerto prematuramente. Por lo demás, fue un fiasco desde el principio, pues lo único que le interesaba al marido de su mujer era la fortuna que un día recibiría. Eso, a decir verdad, no era algo que pudiese reprocharle a Honoré Gabriel su padre Victor, pues éste había hecho exactamente lo mismo en lo que concernía a Marie Geneviève de Vassan: se había casado con ella por motivos meramente pecuniarios, la había engañado a conciencia con otras mujeres y habían acabado en una escandalosa separación. Pero Honoré Gabriel se pasó de la raya al solicitar una serie de empréstimos ofreciendo a modo de garantía la fortuna que se presumía que heredaría su mujer; estaba dilapidando por adelantado un dinero que no sabía si llegaría a tener algún día y sumando unos intereses astronómicos. Su padre Victor, enfurecido de nuevo, presentó una demanda en los tribunales. El hijo Honoré Gabriel pisó por segunda vez una cárcel. Eso sí: le liberaron pronto, pero en una especie de libertad condicional que le impedía moverse de su residencia. Que le restringiesen de tal manera los movimientos no cuadraba con su naturaleza: se fugó para presentarse en los dominos de una de sus hermanas, Marie Louise, casada a la sazón con el influyente marqués de Cabris. Enseguida se metió en nuevos líos, que incluyeron un duelo y un enamoramiento absolutamente inconveniente de Marie Therese de Monnier, a la que llamaban Sophie, esposa del marqués de Monnier, en esa época poderoso presidente de la Cámara de Cuentas de la región de Dole.

Honoré Gabriel puso entonces tierra de por medio: se fugó a Suiza, dónde se le reuniría su Sophie, yéndose los dos juntos a los Países Bajos, a la zona denominada Provincias Unidas que gobernaban los Orange. Por esa época, Honoré Gabriel multiplicó su celebridad al publicar un opúsculo titulado Essai sur le despotisme, Ensayo sobre el Despotismo, en el que hacía una crítica acerba al poder absoluto de los monarcas. En rigor, el opúsculo se publicó de manera anónima, pero en un breve lapso de tiempo el nombre del autor -Honoré Gabriel de Mirabeau- no era un secreto para nadie. El panfleto circulaba alegremente, conteniendo frases tan exaltadas como las que siguen:

"El despotismo es una manera de ser, horrenda y convulsiva. El deber, el interés y el honor ordenan resistir a las órdenes arbitrarias del monarca, y de arrancarle el poder con cuyo abuso puede destruir la libertad, si no existen recursos para salvarla (...). El rey es un asalariado, y el que paga tiene el derecho de despedir al que es pagado".

Estaba claro que Honoré Gabriel se había metido en un auténtico berenjenal, pues semejante actividad literaria le ganaría la enemistad perpetua de la corona. En los años siguientes, sus problemas arreciaron; se le persiguió por el "rapto" de Sophie de Monnier a la vez que por su famoso opúsculo. El asunto de Sophie de Monnier tuvo un final desolador: incluso aunque el "corruptor" y "secuestrador" Honoré Gabriel de Mirabeau hubiese abonado una indemnización elevadísima al esposo de ésta, ella, a quien se otorgó una separación inmediata, fue condenada a ser internada de por vida en una especie de correccional para mujeres. En cuanto a Mirabeau, si caro le había salido el amor por Sophie, más caro le salió haber denunciado a la monarquía absolutista, pues se le había condenado a la muerte por decapitación, sentencia que se le conmutaría por varios años en prisión. Salió libre por designio del rey a cambio de quedar sujeto a la tutela de su padre. A esas alturas, encima, no se le ocurrió otra cosa que tratar de obtener la separación de su esposa, con la que aún estaba legalmente vinculado, acusándola de abandono. El proceso fue sensacional. Le sirvió para hacerse celebérrimo gracias a la oratoria y elocuencia que desplegó en las sesiones ante el tribunal.

Menuda trayectoria...¿verdad? En los años anteriores a la Revolución, Mirabeau siguió su camino, con publicaciones arriesgadas y una tendencia a pronunciar discursos inflamados que le hicieron extremedamente popular. La gente le llamaba la Torche de Provence, la Antorcha de Provenza. Es evidente que Mirabeau debía gozar de un extraordinario carisma cuando se dirigía a los demás mediante la palabra, porque era un hombre de aspecto horrible y sin embargo lograba crear una atmósfera incandescente con sus alocuciones. Cuando se produjo la convocatoria de los Estados Generales, había esperado asistir en su condición de miembro del Primer Estado, considerando su árbol genealógico. Como eso no le fue otorgado, se las apañó para ganarse los votos que le hicieron representante del Tercer Estado. Ahí empezó a llamársele también l´Orateur du Peuple, el Orador del Pueblo.

En 1790, Mirabeau no sólo formaba parte de la Asamblea Nacional. Era, por definición, la voz de la Asamblea Nacional, ya que cada una de sus intervenciones en ese foro alcanzaba una extraordinaria difusión en el exterior de la cámara parlamentaria. Por decirlo llanamente, no había en Francia nadie que pudiese crear un estado de opinión, dirigiendo a las masas en la dirección que él quisiese señalar con su formidable retórica. Se hallaba en una posición única.

Sí, ya sé, ya sé: este es el tema de Marie Therese. Pero había que detenerse en Mirabeau, porque en un hombre se ve encarnado el espíritu de esa revolución en su primera fase. Mirabeau no contaba con las simpatías de Louis XVI, por razones bien obvias. Por descontado, Marie Antoinette le consideraba "le monstre", un monstruo. Si Marie Antoinette hubiese retenido la potestad a vida o muerte de los anteriores monarcas de Francia, sin duda se hubiera dado el gustazo, a esas alturas, de emitir una lettre de cachet que enviase a Mirabeau a la peor de las mazmorras de la Bastilla a perpetuidad. Pero Marie Antoinette carecía de esa potestad, las lettres de cachet eran algo del pasado igual que la Bastilla.

Los que rodeaban a Louis y Marie Antoinette insistían en que debía intentarse una aproximación a Mirabeau. A fín de cuentas, era un partidario de la monarquía constitucional, en la que el parlamento jugaría un papel destacado pero que, no obstante, reservaría al rey la posibilidad de ejercer el veto sobre sus decisiones. Además, Mirabeau seguía viviendo, para no variar, en un despilfarro constante; gastaba a manos llenas, lo que tenía y lo que no tenía, lo que le había hecho acumular, de nuevo, deudas colosales. Un hombre sin recursos y con numerosos acreedores es un hombre susceptible a escuchar los cantos de sirenas que le prometan dinero, dinero en abundancia. Es un hombre que se puede comprar.

La primera vez que el conde de La Marck, después de haber conferenciado en secreto con el embajador austríaco Mercy-Argenteau, esgrimió esas argumentaciones ante Marie Antoinette, la reina se había indignado. En voz trémula por la vergüenza y la rabia, había declarado:

-Espero...espero que jamás llegaremos a ser tan desgraciados para vernos reducidos a la última penosa extremidad de recurrir al auxilio de Mirabeau.

Pero a medida que avanzaba 1790, en un plazo de cinco meses, Marie Antoinette hubo de volverse menos íntegra y más pragmática. Marie Antoinette comunica su nueva posición en ese enojoso punto a Mercy-Argenteau, quien, a su vez, lo traslada al conde de La Marck. Lo que La Marck plantea a ese Mirabeau ídolo del pueblo pero acosado por alguaciles y curiales que le exigen que solvente sus deudas es ni más ni menos que un contrato. Louis XVI, le explica, ha rubricado con su firma cuatro pagarés, cada uno de ellos con un valor de doscientas cincuenta mil libras; sólo hay que sumar: se trata de un millón de libras, una inmensa cantidad de dinero que el monarca -tan ahorrativo el pobre...- se compromete a entregar a Mirabeau cuando finalice esa legislatura de la Asamblea Nacional siempre que durante ese tiempo Honoré Gabriel "me haya prestado buenos servicios". A Mirabeau le entusiasma la propuesta de La Marck. En realidad, exhibe más que entusiasmo: pura euforia. De repente, en un santiamén, se vuelve "monárquico hasta el tuétano". Está dispuesto a componer la trama más fina que se haya urdido jamás, para salvar al rey, a la Asamblea y al país, todo sea por un millón de libras.

A partir de ahí, Mirabeau el revolucionario es un hombre comprado por el rey. Claro que Mirabeau no es tonto en absoluto: sabe que quien lleva la batuta en las Tuilleries no es Louis, sino Marie Antoinette, a la que pretende halagar mencionándola siempre como la hija de la inmortal María Theresa. Por razones obvias, Mirabeau no puede ir a bailar el agua a las Tuilleries. Pero empieza a remitir cartas, una copiosa correspondencia secreta en la que detalla sus planes para favorecer al rey, que, en realidad, aunque dirigidas al rey, están escritas para que las lea la reina. Más aún: Mirabeau desea ardientemente sellar la alianza a través de un encuentro, por supuesto cuidadosamente orquestado y que no debe trascender al público. Se entrevista con La Marck, quien en principio lo vé absolutamente inviable debido a "las circunstancias" que mantienen confinada a la familia real en las Tuilleries. Pero Mirabeau no ceja en su empeño: si de eso se trata, se puede apañar algo en verano. Por ejemplo, una pequeña excursión de los reyes con sus príncipes a Saint Cloud.

Saint Cloud era una piedra de toque sentimental para Marie Antoinette. El palacio, muy hermoso y rodeado de extensos parques, había pertenido a la casa de Orléans. Louis XVI se lo había comprado a su primo Louis-Philippe en el año 1785 al precio de seis millones de libras, sólo porque Marie Antoinette se había persuadido de que los aires puros de Saint Cloud le sentarían bien a sus tres hijos empezando por el delicado delfín Louis-Joseph, aún vivo. Por esa razón, Saint Cloud representaba para Marie Antoinette las esperanzas perdidas con la posterior muerte de su querido hijo Louis-Joseph. Sería bastante razonable, adujo Mirabeau, que se concediese a los reyes la posibilidad de hacer una excursión de un día a Saint Cloud con Marie Therese y Louis-Charles. A fín de cuentas, Saint Cloud estaba a tiro de piedra de París, sólo a diez kilómetros en dirección oeste; les escoltaría la Garde Nationale, con lo que ni el más desconfiado podría poner pegas con la eterna cantinela de que quizá los monarcas se las apañasen para darse las de Villadiego con los niños...


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 21 Mar 2010 22:43 
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legris escribió:
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Mª Teresa y su hermano Luis .Ludwig Guttenbrunn.wikipedia


Gracias, querido Legris. Ese cuadro de Guttenbrunn es tan bonito, que me tomo la libertad de repetirlo en mayor tamaño:

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Además, sin irnos del topic, resulta que Guttenbrunn también realizó un retrato encantador de Marie Antoinette como si fuese la musa Erato. Es éste:

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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 21 Mar 2010 22:55 
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que arte no tendras escribiendo, que hasta me estoy haciendo ilusiones con que al final salven la cabeza!!!!! :eyes: :eyes: :eyes:


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 21 Mar 2010 23:06 
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Ya os podéis imaginar que uno de los grandes sacrificios de Marie Antoinette fue tener que reunirse en Saint-Cloud con Mirabeau y tenderle su mano para que él depositase el beso de rigor en el dorso. Supongo que a la reina le costaría un triunfo aguantarse las ganas de limpiarse rápidamente la mano.

Mirabeau estaba muy imbuído de su nuevo papel de defensor de la monarquía desde que había firmado el diez de mayo el contrato que le había puesto por delante el conde de La Marck. Tenía una especie de "plan" en mente que deseaba exhibir con su brillante oratoria ante sus nuevos patrones, tras deshacerse en cumplidos con ellos. La idea en realidad era simple, por mucho que la adornase. Él utilizaría su don de la palabra, que ni su peor enemigo pondría en cuestión, para ir agitando día a día a la Asamblea y creando una imagen de penosa inestabilidad entre el pueblo. Paralelamente, consideraba que la reina -evidentemente, el rey pusilánime no le cuadraba en ese papel...- debía zafarse de las Tuilleries para dirigirse a alguna ciudad "noble y leal" desde la cual avanzar hacia la capital al frente de un ejercito de realistas que acudiesen para resolver el clima de incertidumbre. Marie Antoinette cortó a Mirabeau, indicándole que ella jamás abandonaría París sin tener a su lado al rey Louis XVI. En realidad, a Marie Antoinette no le interesaba que Mirabeau insistiese en esa dirección, porque, por entonces, había en curso un plan trazado por otro partidario suyo que le inspiraba mayor confianza y seguridad, el barón Louis Auguste de Breteuil. El plan del barón del Breteuil, significativamente, consistía en planificar la huída de los reyes de París hasta la ciudad de Montmédy, cuya importante guarnición de soldados estaba al mando del general Bouillé, un monárquico hasta la médula (de los de verdad, de los que no se compran ni se venden por cuatro pagarés que representen un millón de libras...).

La fuga a Montmédy no llegó a producirse, como sabemos. Asimismo, Mirabeau no tuvo demasiado tiempo para servir al rey y ganarse su millón de libras. La muerte actuó de oficio, como suele decirse, pues a principios de abril de 1791 le fulminó una pericarditis. Los excesos de toda una vida se cobraron su tributo en esa inflamación de pericardio que le dejó en cama postrado, incapaz de hablar, privado por una vez de la capacidad de exhibir su elocuencia; pidió papel para escribir una única palabra: "dormir", antes de fallecer. Es dudoso que le hayan llorado Louis XVI y Marie Antoinette, que sólo le habían buscado por pura necesidad y que nunca se habían fiado ni un pelo de un hombre a quien habían comprado con pagarés. Pero los franceses se sintieron conmocionados por la pérdida repentina de la Antorcha de Provenza; fue algo imprevisto, demasiado rápido y por tanto sospechoso: hubo quien sugirió que sus adversarios le habían envenenado. Las exequias de Mirabeau fueron uno de los grandes acontecimientos de aquella etapa revolucionaria; los parisinos lloraban sin rebozo mientras el ataúd se conducía al Panthéon de París.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 21 Mar 2010 23:07 
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carmela escribió:
que arte no tendras escribiendo, que hasta me estoy haciendo ilusiones con que al final salven la cabeza!!!!! :eyes: :eyes: :eyes:

:mdr: :mdr: :mdr:


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 22 Mar 2010 00:35 
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Jaja, carmela, es lo malo que tiene la historia, que siempre fastidia los happy ends...!!

Minnie no creas que no estoy encantada con el rattrapage de l'orpheline, (¿Dónde está nando...??) pero es que quiero volver desde el principio de la historia (wink), no me esperes que lo mío es preguntar luego a destiempo todo >:)

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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 22 Mar 2010 22:10 
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Bien, retomando, jajajaja, que Sabba ya nos alcanzará.

En el mensaje anterior, comentaba:

"La fuga a Montmédy no llegó a producirse, como sabemos".

La frase no es muy afortunada, en el sentido de que puede inducir a equívoco. Pero en vez de editarme para suprimirla, prefiero matizarla de manera que nos sirva para abordar el siguiente capítulo de esta historia.

La fuga a Montmédy, hablando con propiedad, sí llegó a producirse, pero se quedó en el famoso intento de huída abortado en Varennes-en-Argonne, razón por la cual, de manera general, se la acaba denominando la Fuga de Varennes o, alternativamente, la Noche de Varennes. El episodio, a decir verdad, corrobora aquello de que todo lo que pueda salir mal, saldrá aún peor. Se frustró de manera lamentable, pues los protagonistas no sólo no alcanzaron su objetivo -Montmédy- sino que al ser obligados a retornar desde el lugar en el que se les había interceptado -Varennes- perdieron definitivamente la ya escasa consideración que se les mostraba, viéndose lanzados de ello a lo que podríamos denominar "la etapa dura de su cautiverio".

Aclarado esto...vayamos con tiento, que pasito a pasito se avanza mejor.

A partir del primer trimestre de 1790, la idea del barón de Breteuil de que los reyes debían evadirse mediante un plan de fuga preparado en detalle de las Tuilleries para recabar los apoyos necesarios en una plaza fuerte estuvo muy presente en la cabeza de Marie Antoinette. Cobró nuevo impulso cuando su hermano Leopold II, que había sustituído en el otro imperial a otro hermano difunto, Joseph II, le hizo saber a través de Mercy-Argenteau que él movilizaría sus recursos para prestar sostén a Louis XVI y Marie Antoinette una vez que éstos hubiesen conseguido salir de las Tuilleries, dónde se encontraban absolutamente en manos de la Asamblea Nacional. En sus conciábulos nocturnos con sus fieles, que se comunicaban los unos con los otros, Marie Antoinette fue desbrozando el campo. Cuál era la plaza fuerte a la que había que acudir fue el primer detalle importante a dilucidar. Se barajaron distintas opciones, pero Montmédy surgía, indefectiblemente, como la mejor de las "candidatas". El argumento crucial a su favor -se ha mencionado en el post anterior- es que en Montmédy estaban acantonados los regimientos al mando del general Bouillé, que no era menos monárquico que una flor de lis. Pero influyeron otros factores interesantes. Montmédy se encontraba situada en la Lorraine, en Lorena, la tierra que habían gobernado los antepasados paternos de Marie Antoinette; ella siempre se había ufanado de ser una lorenesa y albergaba la esperanza de que los loreneses no les fallarían. Simultáneamente, Lorraine, o Lorena, limitaba geográficamente con el Imperio Germano que pertenecía a Leopold II. Hay un hecho revelador: Montmédy se encontraba a solamente a dieciséis kilómetros de la villa de Stenay, a orillas del Mosa, dónde permanecía un gran regimiento alemán, constantemente atento a lo que se moviese o se dejase de mover en la frontera francesa que estaba a tiro de piedra.

Preparar la huída a Montmédy requería tiempo y dinero, aparte del concurso de una serie de personas tan absolutamente adictas a la monarquía que hubiesen preferido arrancarse la lengua antes que soltar ni media palabra susceptible de incrementar el ambiente de sospecha hacia una eventual fuga de los reyes. Lo cierto es que pocos franceses se fiaban de Louis XVI y Marie Antoinette. El hecho de que se hubiera querido reproducir al milímetro el intrincado ceremonial de Versailles en las Tuilleries, para aquellos monarcas privados de cualquier soberanía, no había surgido de un deseo de suavizar las cosas, manteniendo apariencias, etc. Pensad que ese ceremonial regulaba de la mañana a la noche la existencia de los reyes, desde el elaborado ritual del "lever" al no menos escenografiado "coucher"; en ambos momentos del día, Louis XVI se veía rodeado de personas entre las que se incluía a La Fayette, el comandante de la Garde Nationale que custodiaba el palacio. Nunca ha sido fácil para los reyes sacudirse de encima ese entramado de rituales que elevaban lo privado a la categoría de espectáculo semipúblico y con ribetes oficiales. Igual que no íba a ser fácil salir de palacio burlando a la guardia, envueltos en los pertinentes disfraces, para reunirse en el exterior y tomar un carruaje que les llevase por una ruta que equivalía a doscientos noventa kilómetros. Hoy en día, doscientos noventa kilómetros nos parece una nadería: usando autovías, sin rebasar los ciento veinte kilómetros hora, se cubrirían en un lapso inferior a dos horas y media. Pero en la Francia del siglo XVIII, doscientos noventa kilómetros equivalían a veinticuatro horas de viaje incluyendo las frecuentes paradas en las denominadas "postes" para el refresco o cambio de caballos de tiro. Había que marcar la ruta, señalar los tramos y asegurar protección a los fugitivos en cada momento.

La empresa, en sí misma, puede calificarse de "desafiante". Añadidle a eso que los habitantes de las Tuilleries no eran los únicos miembros de la familia real que preparaban su fuga. Hasta entonces, recordad que únicamente el hermano menor y más agraciado físicamente de Louis XVI, el conde de Artois, se había "dado el piro" con su mujer e hijos, dos días después de que los parisinos alborotados hubiesen tomado la Bastilla. Seguían en París, en el Palais Laxemburg, el conde de Provenza con su mujer, que era hermana de la esposa del ya exiliado conde de Artois. También estaban en París, en el Palais Bellevue, las viejas tías del rey Louis, Mesdames Tantes, Madame Adelaide y Madame Victoire.

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Las formidables Mesdames.

Curiosamente, Mesdames Tantes fueron las primeras en tomar la decisión de salir de Francia...y lo hicieron por una cuestión religiosa. Avanzado el verano de 1790, la Asamblea Nacional había aprobado una serie de leyes destinadas a sujetar con rienda corta a la Iglesia, que siempre había ocupado una posición preevalente en la sociedad del Antiguo Régimen. Básicamente, los revolucionarios habían percibido la necesidad de crear una Iglesia Nacional de Francia, sustrayéndola a la influencia determinante de Roma después de haber confiscado sus bienes (enormes) y de haber eliminado sus privilegios que habían incluído el de recaudar ciertos impuestos. Por tanto, se decretó que sólo podrían ejercer su ministerio religioso aquellos clérigos que se juramentasen, es decir, que pronunciasen un juramento de adhesión a la Asamblea. Para los católicos tradicionales, aquello de la Constitution civile du clergé que Louis XVI se vió obligado a rubricar con su firma en diciembre de 1790 suponía una verdadera aberración. Al estrenarse 1791, para muchos católicos, incluyendo los miembros de la real familia, suponía un serio problema de conciencia pensar en que tendrían que ceñirse al "nuevo guión" y depender de "sacerdotes juramentados", a los que ellos no reconocían, para la siguiente Pascua. Madame Adelaide y Marie Victorie decidieron que habían tenido más que suficiente en febrero de 1791: no se quedarían a sobrellevar esa Pascua.

Las egregias señoras informaron de sus planes a Louis XVI -apabullado por la situación, en su línea- y a Marie Antoinette. Marie Antoinette escribió a su hermano emperador Leopold: "Ya sabes que mis tías se marchan...". Y añadía, en tono algo lastimero: "No creemos que podamos evitarlo". Un Louis XIV hubiera podido imponerse a esas magníficas hijas de Louis XV, pero, desde luego, la tarea excedía ampliamente a la capacidad de Louis XVI. También hay que decir, en descargo de Louis XVI, que el asunto le pilló en el peor momento. En su fuero interno, había sufrido mucho al verse en la tesitura de tener que firmar las leyes contra la Iglesia; se había violentado a sí mismo mientras estampaba aquella rúbrica histórica. El resultado de tantas tensiones sería que acabaría enfermando en la primavera de 1791, con un virulento acceso febril acompañado de esputos de sangre.

En fín: Mesdames se largaban...a Roma. Nada menos que a Roma, a la sombra beatíficamente protectora del Papa. Las mujeres preparan con cierta parsimonia su abultado equipaje antes de abandonar Bellevue, el 27 de febrero. La Garde Nationale interceptó a las princesas en Arnay-le-Duc, en la Bourgogne. Durante cinco días, se produjeron intensos debates en la Asamblea Nacional respecto a qué tratamiento había que darles a esas hijas de Francia empeñadas en marcharse a Italia. Quizá porque eran las hijas de Louis XV y de Marie Leczynska, es decir, unas reliquias del pasado, ya en la ancianidad, acabó permitiéndoseles que continuasen el viaje. Pudieron llegar a Turín sin mayores contratiempos, siendo recibidas por su sobrina Clothilde, la hermana oronda de Louis XVI, convertida por matrimonio en princesa del Piamonte. Tras pasar unas semanas con Clothilde, las Tantes se dirigieron a Roma. Alcanzaron la Ciudad Eterna el 16 de abril de 1791.

La cuestión es que ese estentóreo "ahí os pudráis que nosotras nos largamos" de Mesdames a los señores diputados de la Asamblea Nacional y por extensión a los franceses hizo que se crease una fuerte presión sobre el resto de miembros de la familia real. Las sospechas de que los reyes con sus niños querrían evadirse de las Tuilleries siempre habían estado ahí. Las sospechas en torno a una eventual marcha al exilio de los Provenza y de Madame Elisabeth combinaban con lo anterior. Pero en ese punto de la historia, esas sospechas arreciaron, adquirieron un tinte más ominoso. Marie Antoinette comprendió que había que capear el temporal y seguir preparándose sin poner aún fecha a sus planes de largarse a Montmédy. Paralelamente, su cuñado Provenza intentaba practicar la equitación a diario; necesitaba perder peso (el buen yantar, regado con suculentos caldos, le había puesto bastante fondón) y recobrar tono físico antes de pensar en emprender su propia fuga con su mujer. Inicialmente, en las Tuilleries, los reyes Louis y Marie Antoinette habían tenido en mente que la menor de las hermanas del monarca, Madame Elisabeth, se largaría cuando se largasen los Provenza. Pero Madame Elisabeth tenía un carácter firme y resuelto además de un extremado sentido de la lealtad hacia el rey y la reina. Dejó claro que no se iría con los Provenza. Se iría con los reyes y con los niños de los reyes...o no se iría.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 22 Mar 2010 23:01 
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En esa circunstancia, el "listo" fue el conde de Provenza, todo hay que decirlo...

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Louis-Stanislas conde de Provenza.

Por cierto...permitidme un inciso aclaratorio antes de seguir. Estoy escribiendo del tirón, de forma compulsiva casi, jajajaja. Es probable que luego, con calma, tenga que revisar algunos mensajes e introducir alguna corrección, porque hay en mí una tristísima tendencia a intercambiar los nombres de las esposas de los condes de Provenza y Artois. Ya sabéis que los dos hermanos se casaron con dos hermanas de la dinastía de Saboya. La mujer que le correspondió a Louis-Stanislas conde de Provenza, el intelectual y el experto en finanzas de su generación, fue Marie Josephe de Savoie. La mujer que le correspondió al conde de Artois fue Marie Thèrése de Savoie. Por alguna razón inexplicable, siempre las acabo "cruzando" de mala manera. My fault...

Tengo a mano dos retratos de las dos princesas que no me resisto a poner, jajaja. Sé que interrumpen un poquito el relato, pero es que en ellos Marie Josephe aparece en tono carmesí y Marie Thèrése en azul. Aunque trato de asociar cada dama a un color, para quedarme con la copla, a veces tengo que hacer un esfuerzo serio para no confundir también los cuadros. Una pena lo mío con estas dos hermanas de Saboya. Lo diré de nuevo: my fault...

Así que os pido disculpas de antemano por cualquier gazapo con estas dos. Siempre me pasa y temo que siempre me pasará (necesitaría ir con más calma de la que llevo para pulir esas cosillas). Los dos retratos, para que me entendáis un poquito mejor:

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Imagen superior: Marie Josephe de Savoie, condesa de Provenza. Imagen inferior: Marie Thèrése de Savoie, condesa de Artois. Y dentro de dos días os diré lo contrario...y me quedaré tan pancha, para mi vergüenza.

Bien, cierro paréntesis.

Decía que el "listo" fue el conde de Provenza. Por supuesto, Louis XVI tuvo la deferencia de informarle de sus planes de huída a medida que se aproximaba la última fecha señalada para ello (se habían producido varios aplazamientos sucesivos en los meses precedentes). Pero el conde, con su condesa, debían formar parte del juego de las apariencias en el que estaban inmersos los soberanos desde que la fuga de Mesdames Tantes les había hecho percatarse de que tenían que fingir más que nunca haberse resignado a su suerte, para que quienes les vigilaban empezasen a relajarse en esa labor. Así, en la tarde del 20 de junio de 1791, Louis-Stanislas y Marie Josephe acuden para el "souper" a las Tuilleries. Cenan con el rey Louis y con la reina Marie Antoinette, sabiendo ya el conde pero ignorando hasta ese instante la condesa que, en cuanto abandonen las Tuilleries para retornar al Luxemburg, deben ocuparse de sí mismos.

Louis-Stanislas captó al vuelo un hecho básico: para que una fuga sea exitosa, hay que reducir al mínimo las posibilidades de que fracase. Os parecerá una obviedad, pero cuando luego sometamos a examen la escapada frustrada de los reyes, veréis cuánta razón encierra esa frase. El príncipe voluminoso, de doble papada y abultado abdomen que daban cuenta de sus excesos, había estado ejercitándose de manera regular, porque necesitaba cierto grado de resistencia física. Se largaría esa noche, disfrazado de comerciante inglés, montando él mismo su caballo con la única compañía de un fiel gentilhombre. Tomaría la ruta que llevaba hacia la actual Bélgica, entonces gobernada por el archiduque Albrecht duque de Teschen y su esposa Marie Christina, Mimí, una hermana de Marie Antoinette.

La condesa Marie Josephe fue informada de que ella se iría al mismo tiempo, en la misma dirección, pero siguiendo una ruta ligeramente distinta, en una humilde berlina con su dama de honor favorita, Marguerite de Gourbillon.

Se puede apreciar que Louis-Stanislas había afinado sus planes al máximo. Marcharse él con un gentilhombre, dejando que la dama de honor de su mujer se ocupase de sacar del país a la condesa, simplificaba mucho las cosas. Si los Provenza hubiesen viajado juntos en una berlina, con el gentilhombre y la dama de honor, se habrían incrementado las probabilidades de que alguien les reconociese en cualquier parada de la ruta, en cualquier "poste". Pero un presunto comerciante inglés con su criado no llamaría la atención. Y una señora visiblemente achacosa, con su criada, moviéndose en un carruaje sencillo hacia el norte, tampoco daría la nota. En ese sentido, Provenza acertó de lleno.


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