Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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NotaPublicado: 12 Mar 2008 21:29 
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En un sentido amplio, Marie Antoinette tenía culpa de lo acontecido.

Una trama así hubiese sido impensable para Jeanne de La Motte de haber sido rey de Francia Louis XV, teniendo éste por reina consorte a María Leczynska. De ningún modo se hubiese podido sugerir que la sencilla y piadosa María Leczynska necesitaba intermediarios para adquirir a espaldas de su marido un fastuoso collar de diamantes. La virtud y la honorabilidad de María Leczynska, dicho de otra forma, le habían servido siempre de escudo protector: ni la embaucadora más osada de la historia hubiese tenido agallas para utilizar su nombre en un asunto de tales características, porque no hubiese llegado a nada. En otro orden de cosas, Louis XV, en una situación de ese tipo, habría sabido manejar los hilos con tal maestría que el Parlamento reunido en París no se habría atrevido a absolver, y casi vitorear, al estúpido príncipe cardenal de Rohan. El alarde de fuerza de Louis XVI, en cambio, había dejado al descubierto su absoluta debilidad porque un rey no manda a un príncipe a comparecer ante una dieta para que esa dieta le declare inocente. El que Louis, a continuación, mandase a Rohan partir hacia el exilio empeoró su imagen, de por sí rota en mil pedazos: su decisión sonaba a berrinche infantil, a tonta revancha.

Enfrentada a la realidad, Marie Antoinette hubo de reconocer que no contaba ni con una escasísima cuota de credibilidad o prestigio personal entre los franceses. Hasta entonces, ella se había permitido encogerse de hombros y esbozar una media sonrisa ante la hiperinflación de panfletos dónde se la infamaba y vilipendiaba. No podía evitar que circulasen, pero sí podía fingir que no íban con su persona y que no le importaba lo más mínimo, mientras seguía adelante con su rumboso estilo de vida. Ahora, de pronto, admitía que se había equivocado al subestimar el influjo social de esos asquerosos libelos.

La soberana, que recibía el soporte emocional de Axel, persuadido de que ninguna reina había sido tan dañada por las calumnias, se preguntó asimismo en qué medida podía desbaratarse el futuro de sus queridos hijos.

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Marie Antoinette con Louis-Joseph y Louis-Charles. Cortesía de SABBATICAL.

Louis-Joseph estaba llamado a heredar la corona un día; en el caso de que Louis-Joseph no pudiese suceder, porque su pésima salud podría llevarle a un final prematuro, le correspondería ocupar el trono a Louis-Charles. Había que recomponer lo mejor posible la imagen de la monarquía, en beneficio de esos niños inocentes.

Ahí, en ese contexto, hay que ubicar el en apariencia repentino desapego de la reina hacia Jules y Yolande de Polignac. Aquellos favoritos a los que se había otorgado el uso de nada menos que trece lujosas habitaciones en Versalles más una casa propia en el maravilloso entorno del Trianon, a los que se habían abonado las cuantiosas deudas que contraían, a los que se habían asignado buenas rentas y se les había ofrecido una dote impresionante con motivo de la boda de su hija, ya le sobraban a Marie Antoinette. La reina se daba cuenta de que necesitaba otra clase de "entourage", porque ese "entourage", definitivamente, había salido muy caro en términos económicos y había contribuído a arruinar su reputación por completo.

De repente, Marie Antoinette confió a una de sus damas, Jeanne Louise Henriette Genest, Madame Campan...

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La inteligente y discreta Madame Campan.

lo poco que le satisfacía la presencia de los Polignac. Ese mensaje, de alguna manera, se transmitió a Yolande de Polignac. En honor de Yolande, hay que decir que, aunque llevaba años disfrutando de su posición encumbradísima en la corte, no dudó en facilitarle las cosas a su reina Marie Antoinette anunciando su voluntad de marcharse por una larga temporada a Inglaterra. Deseaba, indicó, un tiempo de plácido retiro de las obligaciones cortesanas, disfrutando de la hospitalidad de su buena amiga la duquesa Georgiana de Devonshire. Así, se despejó el camino para que Marie Antoniette pudiese retomar su antigüa amistad con la princesa de Lamballe, que nunca había acaparado tantas prebendas como Yolande y, aparte, mantenía una sólida reputación.

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Yolande, lo bastante digna para retirarse de la escena.

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Georgiana Spencer, duquesa de Devonshire, anfitriona inglesa de Yolande.

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La decente princesa de Lamballe.

Con todo, lo verdaderamente patético era que el intento denodado de Marie Antoinette por rehacerse estaba condenado al fracaso de antemano. Unos años atrás, quizá lo hubiera logrado. A esas alturas, no había forma de enderezar lo que se había torcido y retorcido. Pocos franceses hubiesen podido aceptar, a esas alturas, que la perra en celo austríaca, la derrochona compulsiva que tenía la culpa de que el país se acercase peligrosamente a la bancarrota, albergase las mejores intenciones hacia el porvenir.


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NotaPublicado: 12 Mar 2008 21:30 
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Paradójicamente, la reina hubiera salido muy bien parada si la gente hubiese podido adentrarse en su intimidad, algo, desde luego, impensable.

Por esa época, su mayor preocupación, a nivel humano, la constituía el delfín Louis-Joseph. Aquellas primeras fiebres que le habían debilitado en abril de 1784, cuando todavía no había cumplido tres años de vida, resultarían ser un anticipo de muchas otras crisis bastante peores. En marzo de 1785, se le vacunó de viruela, entonces un procedimiento nuevo e innovador que, en principio, debía mantenerle a salvo de esa enfermedad que podía causar la muerte; la vacuna produjo una seria reacción en el frágil chiquillo, que salió adelante pero quedándose aún en peor estado.

Louis XVI y Marie Antoinette se desvivían por ese niño. Al igual que muchos otros críos aquejados desde la más tierna infancia por una serie de enfermedades, el pequeño desarrolló una extraordinaria paciencia hacia su lamentable situación, una entereza que le permitía remontar las peores crisis. Se mostraba sensible y dulce, un auténtico deleite para sus padres y hermanos. Louis XVI, consciente de la inteligencia del crío, no escatimaba esfuerzos en lo que atañía a su educación: los preceptores recibían constante material, incluyendo un enorme globo terráqueo desmontable. Marie Antoinette aprovechaba los períodos en los que el pequeño se encontraba mejor para llevarle al parque y jugar con él a la sombra de los árboles. Hay una escena realmente preciosa de la reina con sus hijos mayores, Marie Therese y Louis-Joseph:

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Marie Antoinette con Marie Therese y Louis-Joseph en el parque de Versalles.

Ese niño que inspiraba verdadera ternura todavía se vería más perjudicado a partir de abril de 1786. Una virulenta subida de temperatura acompañada de fuertes convulsiones constituyeron el primer síntoma de una tuberculosis que, según los indicios, había contraído a través de la leche de una de sus nodrizas, Madame Poitrine. Paralelamente, todos advirtieron que su espina dorsal empezaba a curvarse gradualmente. Esa curvatura de la espina dorsal significó que casi de inmediato se fabricaron para él una serie de corsés de hierro que debían enderezarle: el sufrimiento que llegaron a causarle dichos artilugios es inenarrable.

Por contraste con ese niño, la hija mayor, Marie Therese, y el segundo varón, Louis-Charles, mostraban una buena salud en general. Marie Therese, al igual que ocurre con muchas criaturas de sexo femenino, tendía a mostrarse "una niñita de su papá": es probable que a la pequeña, introvertida y reflexiva, le resultase más accesible aquel hombre corpulento, de aspecto sencillo e incluso simple, bienhumorado y bonachón. Por otro lado, Marie Therese asumía una actitud protectora hacia Louis-Joseph, que adoraba a su hermana mayor.

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Marie Therese y Louis-Joseph.

En cuanto a Louis-Charles, el duque de Normandía íba moldeando su propio carácter. En el plano afectivo, estaba muy apegado a su niñera, Agathe de Rambaud. Agathe se encargaba de acunarle, cambiarle, alimentarle y proporcionarle además de todos esos cuidados, los necesarios mimos. Marie Antoinette procuró a menudo evitar que los mimos echasen a perder a ese niño, pero a ella misma le costaba ponerse seria con su "chou d´amour", que podía volverse muy obstinado cuando quería algo y pillarse buenas rabietas si no lo obtenía.


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NotaPublicado: 12 Mar 2008 21:32 
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Madame Royale.

Marie Therese, Madame Royale, que a fín de cuentas es ella la protagonista de ese foro, crecía felizmente en un entorno privilegiado. Sin embargo, Marie Antoinette no quería que viviese absolutamente aislada de la realidad y se convirtiese en una princesa tan rancia como lo eran por ejemplo Madame Adelaide y Madame Victoire, las tías de su esposo.

Hay una anécdota que ilustra a la perfección la voluntad de Marie Antoinette de no ocultarle a su hija lo que sucedía en el país del que había nacido princesa. Marie Therese solía obtener todo lo que se le antojaba de su embelesado padre, pero su madre no pensaba actuar de la misma manera. 1783 había sido un año muy duro para los franceses de a pié, debido a una feroz crisis económica que puso en riesgo la subsistencia de miles de ellos; por tanto, en el año nuevo de 1784, Marie Antoinette mostró a su hija todos los juguetes que los comerciantes del ramo habían mandado a palacio con la esperanza de que los soberanos los adquiriesen a guisa de regalo para sus niños. Mientras le enseñaba a la niña los juguetes, Marie Antoinette le dijo en voz suave:

-Desearía ofrecerte todos estos regalos de Año Nuevo. Pero este invierno se presenta muy duro, hay miles de infelices personas que carecen de pan para llevarse a la boca, de ropas para cubrirse y de madera para hacer fuego en sus casas. Les he dado todo el dinero que atesoraba; no me he guardado ni unas monedas para comprarte regalos, de modo que, este año, no habrá ninguno.

Ante la argumentación de su regia madre, Marie Therese hubo de resignarse a no tener ni uno solo de todos aquellos hermosos juguetes que abarrotaban la habitación. De los que ya tenía en sus aposentos, tampoco podía disponer siempre a su antojo. Niños de clase humilde fueron llevados con cierta frecuencia a los palacios en los que residían para que jugasen con la princesita, a petición de la reina. En esas ocasiones, Madame Royale sabía que su madre no consentiría ningún gesto prepotente ni soberbio y se veía en la tesitura de tener que compartir, de buen grado, sus muñecos.

En realidad, por lo que a Marie Antoinette se refería, el modelo de princesa hacia el que debía tender su querida "Mousseline la serieuse" era Madame Elisabeth. En una corte tan ligera y desenfrenada como la francesa, dónde se sucedían los episodios galantes, las aventuras picantes y los enredos folletinescos, la hermana pequeña de Louis XVI parecía totalmente fuera de lugar. A veces, resultaba un tanto "plúmbea", con sus inamovibles principios religiosos, su actitud piadosa e incluso un tanto santurrona, que le habían sido insuflados por su gobernanta, Madame de Mackau; pero, a decir verdad, se trataba de una joven dulce y generosa con los menos favorecidos por la fortuna.

Por tradición, el mismo día de Año Nuevo en que los pequeños recibían regalos era el día en que Louis XVI aprovechaba para entregarle un generoso aguinaldo a su hermana soltera Elisabeth. Pero en 1784, si Marie Therese se quedó sin sus regalos por decisión de la reina Marie Antoinette, Elisabeth prescindió de su aguinaldo por propia voluntad para ese año...y los cuatro siguientes. La beneficiaria fue Virginie de Causans, una adorable muchacha educada en un convento cuya madre, la viuda Marie de Causans, ejercía desde tiempo atrás el cargo de superintendente de la casa de Elisabeth, Montreuil. Para que Virginie tuviese una dote apropiada al contraer nupcias con el marqués de Raigecourt y pudiese establecerse en calidad de dama de honor de la princesa Elisabeth, ésta pactó con su hermano que el rey entregase el importe de cinco aguinaldos de año nuevo a la joven. Cuando posteriormente se le recordaba a Elisabeth que ya no contaba con ese extra anual de treinta mil francos, ella se limitaba a sonreír y, observando a su apreciada Virginie, replicaba con desperpajo: "Mais je tiens a Madame de Raigecourt" ("Pero tengo a Madame de Raigecourt").


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NotaPublicado: 12 Mar 2008 21:34 
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El punto de inflexión, el punto de ruptura, en la existencia de Marie Therese llegaría con el año 1789. Hasta ese año, fue una protegida y mimada princesa de Francia, aunque le tocase quedarse sin regalos en alguna ocasión especial debido a la profunda crisis económica del país, una crisis que en general se achacaba a los despilfarros de su madre. A partir de 1789, la situación sería radicalmente distinta.

Escenas como ésta íban a quedar definitivamente atrás:

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Marie Therese se despide con un beso de su madre mientras se dispone a dar un paseo con una de sus damas.

Una Revolución no estalla de repente, sino que significa la eclosión final tras una larga serie de convulsiones. La Francia del siglo XVIII había ído experimentando una serie de transformaciones que no casaban bien con el mantenimiento de las estructuras del Ancien Regime. El movimiento filosófico denominado Ilustración abrió la caja de Pandora de nuevos conceptos, mucho más acordes con las aspiraciones de una pujante clase: la burguesía. El constante deterioro de la imagen de la monarquía coincidió con una etapa en la que los burgueses se sentían realmente indignados por el hecho de que perviviesen todos los privilegios acumulados por la aristocracia; los de noble cuna se resistían a ceder siquiera una parte de las prebendas adquiridas y consolidadas durante centurias, de forma que la burguesía se sentía en franca desventaja. Otro punto a debatir era la considerable cuota de poder de la iglesia, en un momento en que surgía una tendencia laica. Lo más grave, no obstante, radicaba en que la gente común y corriente, la inmensa mayoría de la población, había tenido que afrontar una crisis económica de gran envergadura mientras las clases superiores hacían alarde de extravagancia.

Louis XVI había intentado, sin éxito, reflotar las finanzas de ese país al borde de la ruína general. Pese a que experimentaba una aversión personal hacia Charles Alexandre de Calonne, a éste se le había confiado el cargo de Controlador General de Finanzas de 1783 a 1787. Posteriormente, Calonne señalaría, con absoluta franqueza, que nada más acceder al cargo había encontrado deudas que superaban los cien millones de libras y ningún medio inmediato para poder abonar siquiera una parte. La participación en la guerra de independencia americana, sumada al ritmo de vida de la corte, habían vaciado las arcas del tesoro; llenarlas de nuevo requería tomar medidas muy drásticas, que no íban a gustar a casi nadie. Las subidas de impuestos siempre resultan francamente impopulares, se mire por dónde se mire, pero el asunto estalló cuando el hombre comprendió que había que rescatar la vieja idea de Turgot y Necker de imponer un gravamen sobre sus posesiones tanto a la nobleza como al alto clero. Éstos no estaban por la labor de perder ni un ápice de sus privilegios; apelar a su solidaridad hacia la corona y la nación no servía de nada. Calonne, a quien se llamaba en tono despectivo Monsieur Déficit, tuvo que partir hacia el exilio.

Para entonces, todos reclamaban a gritos que el vacío que dejaba Calonne lo llenase Jacques Necker, que había pasado unos años sin ejercer cargos políticos. Necker no había estado quietecito durante la etapa Calonne, pero menos aún se había quedado quietecita su bella esposa, Suzanne Curchod.

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Suzanne Curchod, la influyente Madame Necker.

Ella presidía un agitado y vivo salón en su residencia parisina todos los viernes: desde allí se había minado paulatinamente la posición de Calonne, desde allí habían surgido panfletos generosamente distribuídos por todo el país, allí se había ído forjando la creencia de que sólo el retorno de Necker podía evitar la catástrofe final. Evidentemente, Louis XVI hubo de ceder a la fuerte presión. Necker se hizo cargo del timón en plena tempestad.

Ya estaba meridianamente claro que las reformas que había que introducir en la economía francesa no podían ponerse en marcha sin una reunión previa de los Estados Generales. Los Estados Generales constituían una auténtica asamblea, que debía convocar el rey en momentos en que se hiciese necesario alcanzar un amplio consenso para abordar un asunto de capital trascendencia. El Primer Estado lo constituían representantes designados por el clero; el Segundo Estado representantes de la nobleza; el Tercer Estado en teoría lo formaba el pueblo, en la práctica la burguesía. A cada Estado le correspondía un voto colectivo, lo cual implicaba, de antemano, que el Primer y el Segundo Estado siempre se aliarían para evitar cualquier transformación en la sociedad que pudiese minar su posición. Pero eso íba a cambiar pronto, aunque todavía nadie se hizo cargo de ello en el momento en que Louis XVI, en agosto de 1788, acordó con el ministro Necker convocar a los Estados Generales para el mes de mayo de 1789.


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NotaPublicado: 12 Mar 2008 21:35 
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Marie Antoinette, 1788.

Tal y como se desarrollaban las cosas, era inevitable que Marie Antoinette, hacia finales de 1788, se sintiese verdaderamente deprimida. El pueblo, que había llamado a Calonne "Monsieur Déficit", la llamaba ahora a ella "Madame Déficit": daba la impresión de que había sido ella la única responsable, la única culpable, de que no hubiese más que telarañas en las arcas del tesoro público. Claro que la guerra americana había tenido mucho que ver, pero resultaba fácil pasar por ese acontecimiento casi de puntillas y en cambio estimular el odio colectivo hacia esa mujer que vivía solazándose rodeada de sus "mignons" y sus "mignonnes" en el Trianon.

La única luz en la vida de Marie Antoinette la proyectaba el hecho de que volvía a tener consigo tanto a Axel von Fersen como a Yolande de Polignac, aunque la princesa de Lamballe se mantenía igualmente a su lado. Axel von Fersen había tenido que establecerse en Suecia a principios de 1788, cuando parecía inevitable que ese país escandinavo entrase en una guerra contra Rusia por la posesión de Finlandia: efectivamente, así ocurrió, de modo que el noble hubo de acompañar durante la contienda a su rey Gustav III. Pero en otoño de 1788, Gustav III le mandó de vuelta a Francia. En realidad, Gustav III no confiaba en su embajador oficial ante la corte francesa, el barón Erik Magnus Staël von Holstein, quien se había casado dos años atrás con Anne Louise Germaine Necker, la única hija de Jacques Necker con Suzanne Curchod. Fersen sí tendría pleno acceso a la pareja real francesa y podría mantenerle informado en detalle de la verdadera evolución de acontecimientos.

Para Marie Antoinette, ese retorno del amigo a quien tanto había añorado significaba mucho. Le infundía ánimo, en un momento en que le hacía más falta que nunca. Desde enero de 1788, rey y reina vivían consumiéndose de angustia por su hijo Louis-Joseph. Un nuevo acceso de fiebre parecía ir minándole poco a poco, en una lenta agonía: según parecía, esos años poniéndole corsés de hierro para intentar enderezar la curvatura en su espina dorsal habían derivado en que tuviese dos vértebras gangrenadas, lo que indicaba una muerte inevitable. Todos los avatares políticos privaban al rey y la reina de consagrarse en cuerpo y alma a ese niño que se les íba, pero aún así procuraban pasar con él el máximo tiempo posible; la tensión psicológica estaba haciendo mella en el padre y la madre.

Marie Therese contaba diez años, por lo que se daba ya cuenta de lo que ocurría en su entorno familiar e incluso a un nivel más amplio. Desde luego, era una niña afligida por las circunstancias en las que se hallaba su hermano Louis-Joseph. Afortunadamente para ella, ese verano, hacia agosto, había sido instalada en sus mismos aposentos otra muchachita de su edad: Marie Philippine Lambriquet. La chiquilla Marie Philippine era hija de Jacques Lambriquet y la esposa de éste, Maire Philippine Noirot, quienes trabajaban al servicio de la familia real francesa. Dado que Marie Philippine Noirot falleció en abril de 1788, Marie Antoinette tomó la decisión de hacerse cargo de la huérfana Marie Philippine Lambriquet, que, por orden suya, debía recibir el mismo trato que Madame Royale. Marie Therese tuvo, por primera vez, una amiga.


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NotaPublicado: 12 Mar 2008 21:36 
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La solemne ceremonia de apertura de los Estados Generales quedó fijada, finalmente, para el día cuatro de mayo de 1789. Los reyes y sus hijos, junto con el resto de miembros de la familia, estarían presentes en el gran recibimiento que había que brindar a los mil ciento treinta y nueve diputados que participarían en la asamblea. Desde muy temprano, repicaron alegremente todas las campanas de todas las iglesias de Versalles, ciudad que se encontraba al límite de su capacidad debido a la inmediata afluencia de parisinos que deseaban presenciar el evento histórico, ver a su familia real y contemplar a los representantes de los distintos estamentos.

El cortejo regio salió del palacio hacia las diez de la mañana. Docenas de pajes y halconeros sosteniendo sus aves de presa en el guantelete que recubre sus manos preceden en el desfile a la carroza dorada, acristalada, en la que viaja el rey con sus dos hermanos, los condes de Provenza y Artois, así como con los jovencísimos duques de Angulema, de Berry y de Borbón. En una segunda carroza, se vé a la reina con su hija, su cuñada Elisabeth y sus con-cuñadas, Marie Josephine y Marie Theresa, así como los niños reales, Louis-Joseph y Louis-Charles. El pueblo observa con mayor simpatía a la primera carroza: el rey es un pobre calzonazos, hay que comprenderle y quererle. La segunda carroza se observa con franca hostilidad: la reina es la culpable de todos los males.

La familia real desciende de sus carruajes ante la puerta principal de la iglesia denominada Notre-Dame. Allí les aguardan los más de mil diputados. Para los monarcas resulta un momento difícil: conocen al menos a la inmensa mayoría de los representantes del Primer y Segundo Estado, aristócratas así como miembros distinguidos de la clerecía; pero les causan cierta inquietud los enviados por el Tercer Estado. Lo peor, de cara a los reyes, es encontrarse con que, en el recorrido desde Notre-Dame a la catedral de San Luís, su primo, el duque de Orleáns, ha rechazado acompañarles porque prefiere mezclarse con los representantes del Tercer Estado...


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NotaPublicado: 12 Mar 2008 21:40 
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quote author=sabbatical
¿Le dedicaremos un poco de tiempo a la princesa de Lamballe?
Aunque me horroriza todo lo de su final, es importante saber que fué relegada de la corte para luego ser requerida otra vez en tiempos difíciles y como a pesar de ello, se mantuvo a su lado, lo que le costó la vida.

¿Es cierta la frase de Maria Antonieta, cuando le dicen que el pueblo no tiene para pan, ella responde pues que coman bollos, ó es otra leyenda urbana?


Respecto a la princesa de Lamballe: sí, claro que se lo dedicaremos ;)

Respecto a la famosa frase: no, Marie Antoinette nunca dijo "si no tienen pan que coman brioches". Curiosamente, esa frase, exactamente con esas palabras, ya se había atribuído, probablemente también en falso, a una anterior reina de Francia que tampoco era querida debido a su procedencia: María Teresa de Austria, infanta de España, la consorte de Louis XIV. Igual que en su día se había utilizado para tratar de desprestigiar a María Teresa, en esa época se volvió a emplear para minar todavía un poco más a Marie Antoinette ;)

Me edito para decirte que no hace falta que wikipees: sí, Madame de Stäel tenía por madre a Suzanne Curchod. Madame no heredó la hermosura de su madre, pero sí su inteligencia, su rápido ingenio y su capacidad de manejarse en la sociedad de los salones.


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NotaPublicado: 12 Mar 2008 21:42 
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Retomando el tema...

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Philippe de Orleans.

Éste hombre que parece contemplar el mundo con franca simpatía era, quizá, uno de los máximos exponentes de demagogia populista que jamás haya habido. La postura que había adoptado de participar en las procesiones inaugurales de aquella convocatoria de los Estados Generales que íba a cambiar el curso de la historia no sólo francesa, sino europea, representaba una sonora bofetada en los rostros de sus reales primos, el rey Louis XVI y Marie Antoinette; pero también, de rebote, estaba desligándose de otros príncipes de la sangre, como eran los dos hermanos y los sobrinos del monarca. Él se postulaba como un auténtico príncipe del pueblo, sabiendo que así cosecharía, para empezar, una clamorosa salva de aplausos mezclados con gritos de entusiasmo dirigidos a su persona.

No se trataba del primer alarde de populismo de Philippe de Orleans: durante las peores épocas de escasez en París, había tenido a gala promover masivos repartos de productos básicos en los jardines de su Palais Royal, unos jardines que, por elección suya, estaban a disposición de los parisinos, como un inmenso parque público. Pero, sin duda, caminar entre los representantes del Tercer Estado constituía un desafío mayor hacia la familia real con la cual estaba emparentado.

Merece la pena analizar los antecedentes de ese hombre, que ocupará una posición destacada en nuestra historia.

El rey Louis XIII y su consorte Anna de Austria habían tenido dos hijos de sexo masculino. Uno de ellos se convertiría en Louis XIV, le Roi Soleil, el que declaró que "l´État c´est moi" (El Estado soy yo) y que "après de moi, le deluge" (después de mí, el diluvio). El otro se convertiría en Philippe, duque de Orleans, evidentemente afeminado y de claras tendencias homosexuales, pese a lo cual había contraído dos matrimonios dinásticos: el primero con Henriette Anne "Minette" de Inglaterra, fallecida prematuramente, según los rumores envenenada por orden del amante preferido de su esposo, y el segundo con la nada agraciada pero fascinante Charlotte Elisabeth "Liselotte" von der Pfalz. Liselotte había tenido un hijo, el brillante Philippe duque de Orleans, a quien, para enojo de su orgullosa madre, le tocó casarse con una hija natural legitimada de Louis XIV con Athenaïs de Montespan: Mademoiselle de Blois. A su vez, Philippe de Orleans y su Mademoiselle de Blois habían sido los padres de, entre otros retoños, Louis duque de Orleans. Louis se casaría a su debido tiempo con Augusta María Jeanne, princesa de Baden.

El hijo de Louis y Augusta de Baden, Louis Philippe duque de Orleans, había matrimoniado con una prima lejana de quien se esperaba que, habiéndose criado en un respetabilísimo convento, fuese una joven cándida, inocente y virtuosísima: Louise Henriette de Bourbon-Conti. Las elevadas expectativas depositadas en esa mujer no se cumplieron en absoluto: resultó que le gustaba coleccionar aventuras eróticas y que no sólo pasaba de amante en amante, sino que lo hacía con tan desvergonzada actitud que nadie ignoraba ni una sola de sus infidelidades hacia el esposo. Su muerte prematura, tal vez debida a una enfermedad venérea que habría contraído tiempo atrás, dejó huérfanos a dos chiquillos: Philippe y Bathilde.

Philippe es nuestro Philippe, el hombre a quien está dedicado este espacio. Durante una época se había considerado muy seriamente la posibilidad de casarle con la princesa Cunegunde de Sajonia, cuya hermana Marie Josephe estaba casada con el hijo heredero de Louis XV. Sin embargo, ese proyecto no cuajó. Al final, Philippe contraería nupcias con Louise Marie Adélaïde de Bourbon, hija del riquísimo duque de Penthièvre. La dote de Louise Marie Adélaïde fue una de las mayores jamás proporcionadas a una novia: alcanzaba un valor de seis millones de libras, una parte en tierras que generaban fabulosas rentas anuales.

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Louise Marie Adélaïde de Bourbon-Penthièvre.

Con todo, Philippe no se portó galantemente con su Louise: mientras ella daba a luz seis hijos, dos de los cuales murieron al nacer, cuatro que sobrevivieron a la infancia, él repartía sus favores entre su maîtresse oficial, Marguerite Bouvier de la Mothe de Cépoy, por matrimonio condesa de Buffon, y otra mujer, Madame Félicité de Genlis, también casada, a quien había encomendado la educación de los niños de Orleans. Dicho de otra forma, Louise se encontró con que su esposo tenía una amante fuera de casa y otra amante dentro de casa que encima tenía mayor potestad sobre la crianza de sus propios hijos que ella misma. La humillación resultaba demasiado fuerte, y Louise, hermana del marido de la princesa de Lamballe, decidió abandonar a Philippe para ir a establecerse en casa de su padre el duque de Penthièvre, que venía siendo habitualmente el castillo de Bizy, en Normandía.


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NotaPublicado: 12 Mar 2008 21:43 
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La reina.

Las lágrimas llegaron a anegar los ojos de la reina Marie Antoinette, aunque tuvo la dignidad suficiente para tragárselas, mientras la gente que la observaba a ella con franca hostilidad se deshacía en vítores hacia ese duque de Orleans que dejaba en la estacada, públicamente, a sus parientes de sangre real. Indudablemente, se trataba de una nueva humillación pública de la reina, que se sentía especialmente herida por el hecho de que nadie apreciase los sacrificios que Louis y ella misma estaban realizando: el mayor de ellos consistía en haber incluído en la ceremonia al "dauphin" Louis-Joseph, un niño que se encontraba al límite de sus pocas fuerzas y que, de hecho, moriría al mes siguiente. Nadie mostró una pizca de compasión hacia el pequeño deforme que no podía caminar, tendido entre cojines, envuelto en mantas, que, aún enmedio de grandes dolores, hacía, por amor a sus padres y hermanos, el esfuerzo de sonreír a la gente congregada en Versalles. En cambio, todos los del Tercer Estado deliraban de entusiasmo con el nuevo gesto demagógico de un duque que parecía dispuesto a renunciar a sus privilegios de clase. Ante semejante contraste, el corazón de Marie Antoinette sangró.

Al día siguiente, 5 de mayo, la primera convocatoria de los Estados Generales en la enorme sala de los Menus Plaisirs no resultó más gratificante. El Primer Estado, constituído por los 291 representantes del clero, se situaba a la derecha del trono; el Segundo Estado, integrado por los 270 representantes de la nobleza, se situaba a la izquierda del trono; el Tercer Estado, al cual pertenecían 578 representantes del pueblo, estaba ubicado FRENTE al trono. Louis XVI sacó fuerzas de flaqueza para pronunciar su discurso, para luego asistir al discurso del guardián del sello real, Charles de Barentin, y al del ministro de finanzas, Jacques Necker (éste último se explayó durante tres horas, para dar cuenta pormenorizada de la pésima situación económica del país...). Marie Antoinette observa la escena luciendo una magnífica pluma de avestruz como tocado y un vestido violeta y blanco, bordado con hilos de plata. Una parte de su mente se encuentra ausente...ausente en los aposentos en los que padece su suplicio diario el delfín. Otra parte de su mente trata de repasar en detalle esa apertura real de la asamblea, queriendo captar, en el rostro de los congregados, señales claras de lo que puede acontecer durante las siguientes semanas.

Lo que va a acontecer, en resumen, es que el Tercer Estado manifestará su rechazo al tradicional sistema de votación. Esa tradición estipula que cada uno de los Estados se reúne y cuenta con un voto, un voto único y colegiado de todos sus miembros. Obviamante, el Primer y Segundo Estado saben que sólo necesitan ponerse de acuerdo entre sí para que se apruebe solamente lo que les conviene, junto con alguna pequeña concesión que no les perjudique apenas. Ahora, el Tercer Estado exije el día 6 de mayo que se reúnan todos los diputados juntos, que se revise distrito a distrito la representatividad de cada uno de ellos y que no se utilice ese modelo de voto en bloque, sino un modelo nuevo: el voto individual, cada diputado, pertenezca al cuerpo al que pertenezca, un voto. Sin duda el sistema parece más lógico e incluso más justo, visto desde una perspectiva actual. Pero, entonces, constituía un salto enorme, desde una época de estamentos bien definidos a una nueva en la que los del Tercer Estado pretendían revalorizar enormemente su papel por su condición mayoritaria.


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NotaPublicado: 12 Mar 2008 21:44 
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Una atmósfera densa, cargada de tensión, se cernía sobre Versalles.
Tratando de pensar en su hijo, Louis XVI y Marie Antoinette deciden que Louis-Joseph sea trasladado al château de Meaudon, que se alza a orillas del Sena, en la ruta que une Versalles con París. Si al niño le quedaba apenas un hálito de vida, deseaban que, al menos, se consumiese por entero lejos de un ambiente tan ominoso. Había una apariencia de orden y concierto: hasta el 27 de mayo, los Tres Estados siguieron reuniéndose juntos, aunque no avanzaban en su feroz debate hacia ninguna parte. Para el 28 de mayo, sin embargo, el Tercer Estado se decidió a adoptar el nombre de "Communers", de resonancia más popular, y empezó a congregarse por su cuenta. El hecho en sí mismo constituía un punto de inflexión.

En París, los jardines del Palais Royal del duque Philippe de Orleans servían de punto de encuentro diario a miles de ciudadanos que devoraban, con ansia, cualquier panfleto recien publicado, con la tinta aún fresca, en los que se aludiese a lo que estaba ocurriendo en Versalles. El inglés Arthur Young, que se encontraba presente en la capital francesa, señalaría que en un día podían llegar a circular hasta VEINTITRÉS panfletos nuevos, lo cual implicaba casi un panfleto por hora. Resultaba evidente que gente encumbrada y adinerada se estaba dejando un buen dinero en asegurarse de que aquellos textos fluyesen constantemente, hasta inundar el país.

Por contraste, como indicaría con la mayor congoja Marie Antoinette, nadie quiso enterarse de que el delfín se moría en Meudon. El fallecimiento de aquel niño extremadamente dulce, que había resistido años de lucha contra penosas enfermedades, tuvo lugar el cuatro de junio y pasó claramente inadvertido. Louis XVI se encontraba en Versalles, presidiendo las largas y embrolladas sesiones de la Asamblea. Al recibir la noticia, se sintió lleno de angustia que necesitaba desahogar en forma de lágrimas, por lo que solicitó, modestamente, no que se suspendiese la Asamblea, sino que se aplazase el debate durante unas horas. Recibió una negativa. Atónito ante esa muestra de insensibilidad, esa clamorosa mezquindad, preguntó con evidente amargura: "N'y a-t-il pas de pères à l'assemblée nationale?" (¿Acaso no hay padres en la Asamblea Nacional?). La pura verdad era que a nadie le importaba, a esas alturas, que Louis-Joseph hubiese desaparecido y le hubiese reemplazado en el título de delfín su hermanito Louis-Charles:

Imagen
Louis-Charles, delfín de Francia desde principios de junio de 1789.

Que las cosas íban de mal a peor se demostró el diez de junio. El abad Sieyes, autor del famoso panfleto titulado "¿Qué es el Tercer Estado?", exhortó a dicho estamento que ahora prefería el nombre de "Communers" a reunirse por su cuenta para constituírse en una auténtica Asamblea Nacional; debían invitar a los miembros de los demás estamentos a reunirse con ellos, cada uno a título individual, pero no tenían porqué esperar a que esa invitación surtiese efecto. Los "Communers" comprendieron que había llegado la hora y empezaron a cursar esas invitaciones dos días más tarde: desde el 13 al 17 de junio, fueron apareciendo una gran parte de representantes del clero (Primer Estado) y un porcentaje menor, pero aún así interesante, de representantes de la aristocracia (Segundo Estado). El 17 de junio los Communers, con sus agregados de los días anteriores, se proclamaron Asamblea Nacional, no encarnaban una soberanía dividida entre estamentos sociales sino la soberanía que emanaba "del Pueblo".

Louis XVI y sus consejeros percibieron claramente el peligro. En un intento por remediar lo irremediable, se anunció que no podía haber más reuniones de los Estados porque se cerraba temporalmente la sala de los Menus Plaisirs para que los carpinteros erigiesen un nuevo estrado de madera desde el cual el monarca tendría que pronunciar un discurso. Los diputados reaccionaron con bravura: se congregaron el 20 de junio en otra enorme sala palaciega que servía para jugar al tenis, la Salle du Jeu de Paume. Allí se pronunciaron vibrantes discursos y se juramentaron entre todos: nadie les separaría mientras ellos, la Asamblea Nacional Constituyente, no hubiesen elaborado una Constitución.


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NotaPublicado: 12 Mar 2008 21:45 
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Hubiera hecho falta un rey de otra pasta para dominar la secuencia de hechos a esas alturas. Louis XVI nunca había sido una pálida sombra de su bisabuelo Louis XIV, ni siquiera de su abuelo Louis XV: probablemente, en un plano meramente humano, les diese ciento y raya, porque se trataba de un hombre sencillo, cordial, bien intencionado hacia todo el mundo, sin dobleces, incapaz de actos claramente arbitrarios y alardes gratuítos de puro despotismo; pero, si se observa la cuestión desde un punto de vista político, carecía de sagacidad, de astucia, de mañas, de energía, de resolución; en suma, carecía de fuerza.

Sus consejeros no se ponían de acuerdo. Era el rey quien, de acuerdo a la sacrosanta tradición, convocaba y desconvocaba a los Estados Generales, organizados por estamentos; desde el momento en que el Tercer Estado se había autodenominado "Communers" y habían empezado a marcar la pauta de acontecimientos, se habían posicionado contra las prerrogativas reales. Sí, al reunirse en la Salle du Jeu de Pame para formular aquel juramento cuyos ecos resonaban en el país, y cuyo contenido (promulgar una Constitución) excedía completamente el motivo por el que incialmente se les había convocado (adoptar medidas para arreglar la crisis económica) los diputados le habían puesto en solfa al monarca. Pero...¿qué hacer, de qué modo abortar aquel proceso peligrosísimo? Había quienes abogaban por una respuesta contundente: que los soldados del rey expulsasen de Versalles a aquella turbamulta de diputados, mientras otros regimientos se hacían con el control de París. El rey vacilaba, no acababa de decidirse a actuar de semejante manera porque no concordaba con su naturaleza. Lo único que estaba dispuesto a autorizar de momento era que se tomasen medidas para impedir una nueva reunión de la autodenominada Asamblea Del Pueblo en la Salle du Jeu de Pame. Pero se quedó boquiabierto cuando los diputados, arqueando las cejas en un claro gesto sardónico, fueron a reunirse a la iglesia de Saint Louis.

Louis se armó de valor para dirigirse a esos rebeldes diputados el día 23 de junio. Pese a su evidente voluntad conciliadora, se encontró los miembros de la Asamblea le observaban con manifiesta frialdad en tanto que sus palabras rebotaban en las paredes. Cansado, el rey ordenó que todos se dispersaran: gran parte de los nobles y clérigos así lo hicieron, pero algunos (y entre ellos destacaba el primo Philippe de Orleáns…) se quedaron junto a los "Communers", que no se movían de sus sitios. Mirabeau empezó a bramar que las tropas rodeaban el edificio, pero que eso no significaba nada: aunque los soldados desenfundasen sus bayonetas contra la Nación, que eran ellos, ellos no se separarían porque habían jurado no hacerlo hasta no haber elaborado la Constitución. La escena, tan teatral en cierto sentido, dejaba meridianamente claro hasta qué punto había llegado la tensión.

Al final de esa “séance royale”, el rey hubo de claudicar…hasta cierto punto. Garantizó que rubricaría con su firma una “Carta otorgada”, es decir, una constitución surgida del favor real. Quizá Louis, de buena fé, pensase que habiendo llegado a ese extremo, se había alcanzado un punto de equilibrio; pero, desde luego, ya no cabía esperar que tuviese éxito una componenda de ese estilo.

El 9 de julio, los miembros de la Asamblea Nacional Constituyente ( y obsérvese que insistían en manejar el término Constituyente…) se dirigieron en términos bastante educados pero firmes al rey, para que éste ordenase retirarse a la tropa que acordonaba el recinto dónde seguían reuniéndose. Louis replicó que la citada Asamblea quizá pudiese desarrollar mejor su trabajo en Noyen o en Soissons, localidades situadas a considerable distancia de Versalles. Por supuesto, los representantes no eran tan tontos para aceptar verse de pronto trasladados a esas ciudades, pues se daban cuenta de que no sólo se alejarían del palacio, sino también de la capital, París, de dónde no cesaban de llegar mensajes de ánimo.

Luego, el once de julio, los acontecimientos se precipitaron a raíz de que Louis XVI destituyese, fulminantemente, a su ministro de finanzas, Jacques Necker. ¿El motivo? La "extrema condescendencia" de Necker hacia esos Estados Generales que habían decidido convertirse, por su cuenta y riesgo, en una novedosa Asamblea Nacional Constituyente.

La noticia del cese cae como una bomba. En París, la gente está claramente soliviantada ante nuevo giro de los acontecimientos, el movimiento inesperado del rey, que hace presagiar que vaya a ordenar a su ejército que actúen con contundencia para reafirmar la autoridad real: a fín de cuentas, se ha producido una notable concentración de tropas en Versalles, Sevrès, el Champs de Mars y Saint-Denis, todos ellos lugares estratégicos para poder controlar de un lado Versalles, de otro lado París. Ya el 12 de julio, se habían producido algaradas callejeras en París en protesta por la sustitución de Necker por Breteuil; las algaradas se consideraron lo bastante importantes para que se cerrasen los teatros e incluso el edificio de la ópera. El 13, la situación empeoró: mientras Necker, con su esposa Suzanne, se marchaba rumbo a Bruselas, bandadas de parisinos mostraron su furia arrojando piedras a los soldados del denominado regimiento real alemán, que tenía por comandante al príncipe de Lambesc; éste ordenó responder al ataque, según explicó luego para evitar que la turbamulta se apoderase del famoso puente giratorio tendido sobre el río Sena. Como daba la casualidad de que el príncipe de Lambesc era un primo lejano de Marie Antoinette a través del padre lorenés de ésta, Franz Stephan, el pueblo consideró peor aún el hecho de que un comandante al mando de tropas del rey hubiese mandado a sus soldados usar los sables contra los parisinos.

El 14 de julio, llegó el colofón a esas jornadas violentas: la toma de la Bastilla por parte de los parisinos. Louis XVI y Marie Antoniette, en Versalles, se enteraron de lo ocurrido a horas muy tardías, cuando el duque de Liancourt llegó a palacio procedente de la capital para comunicar la noticia. Louis, tras escuchar las primeras frases pronunciadas por Liancourt, preguntó, asombrado: "¿Es una revuelta?". La respuesta de Liancourt pasaría a los anales de la Historia: "No, Sire...¡Es una revolución!".


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NotaPublicado: 12 Mar 2008 21:46 
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La toma de la Bastilla.

La Bastilla, más exactamente La Bastille de Saint-Antoine, era una gran fortaleza con ocho torreones, rodeada de fosos de ocho metros de profundidad, que había servido de bastión militar, ocasionalmente empleado asimismo para celebrar recepciones reales, hasta que en tiempos del cardenal Richelieu se había decidido convertirla en la gran prisión de Estado. Millones de franceses, a lo largo de siglos, habían temblado de puro espanto con sólo pensar en las "lettres de cachet", cartas que llevaban la rúbrica del rey o en su caso de alguno de sus poderosos ministros y que significaban que el que las recibía ingresaría, sin juicio previo, en aquella mole pétrea.

En julio de 1789, la Bastilla tenía por gobernador al aristócrata Bernard Jordan de Launay, que para su custodia y defensa contaba con una guarnición permanente formada por ochenta y dos veteranos de guerras pasadas, casi todos aquejados de invalidez parcial, así como treinta y dos guardias suizos enviados desde un regimiento acantonado en Salis. Evidentemente, esos hombres eran suficientas para guardar la prisión en circunstancias normales, pero ese día 14 se encontraron con que se acercaban a sus muros unos cuarenta o cincuenta mil parisinos que se habían proclamado milicianos y habían arrasado previamente Les Invalides, haciéndose con un botín de unos treinta mil o cuarenta mil fusiles, doce cañones y un mortero. Los milicianos reclamaban la pólvora que, según se decía, estaba almacenada dentro de la Bastilla. Dado que Bernard Jordan de Launay se negó a sus requerimientos, aquellos milicianos que enarbolaban banderas tricolores acabaron protagonizando un ataque violento sobre el recinto en cuanto se vieron reforzados por la llegada de sesenta y un guardias franceses dirigidos por un ex sargento de la guardia suiza. El resultado fue nefasto para Bernard Jordan de Launay, que perdió literalmente la cabeza a manos de la muchedumbre.


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