Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: Re: LEOPOLD I
NotaPublicado: 18 Nov 2014 22:23 
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hip, hip,hip, HURRA!!! :cheerleader:

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 Asunto: Re: LEOPOLD I
NotaPublicado: 19 Nov 2014 00:29 
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Es curioso, el encanto de los Coburgo, yo solo lo veo en Missy, Ella y algo en Ena.

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Desde luego, no en Carlota. Desaparece para súbitamente reaparecer en Mª José de Italia.
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 Asunto: Re: LEOPOLD I
NotaPublicado: 19 Nov 2014 18:44 
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Mnnnn...no sé qué decirte, Josefita, porque a mí ese tipo de cosas se me dan verdaderamente mal. Las fisonomistas del foro son Katyusha y Verónica, jajajaja, yo no valgo para buscar patrones genéticos. Hasta dónde yo sé, por ejemplo en el caso de Ella o en el de Missy, los genes Hesse también podían tener mucho que ver. Los Hesse tenían fama de ser príncipes en general bastante atractivos. Por lo que se refiere a Ena, la rama Battenberg de los Hesse también destacaba en ese aspecto. No sé si su encanto era encanto Coburgo o si les llegaba de otras vías, jajaja. A veces, lo que resulta afortunada es una determinada combinación genética en una persona concreta. Missy, por ejemplo, tiene un tipo de belleza que, para mí, no se parece a la de su hermana Ducky. Por ejemplo. Las dos tenían el mismo padre y la misma madre, idéntica base genética, pero las combinaciones fueron distintas y produjeron resultados diferentes...

En esas cuestiones, repito que soy un poquito desastre ;-)


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 Asunto: Re: LEOPOLD I
NotaPublicado: 19 Nov 2014 20:03 
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Rusos en París.


¿Os imagináis a los destacamentos de cosacos, con su notable apariencia física, haciendo alarde de su arrogancia de vencedores en plenos Campos Elíseos? Para los parisinos, tuvo que ser poco menos que un shock colectivo. Pero aquella etapa en la que los victoriosos soberanos de la Tercera Coalición esperaban finiquitar en modo exprés el imperio de Bonaparte llevaba aparejadas escenas así de chocantes. De nuevo resumiendo mucho, pero muchísimo, os diré que la denominada Batalla de París se libró en los suburbios de la capital entre el 30 y el 31 de Marzo. Ya el día 31 de Marzo, el zar Alexander, que era un poquito dado a las declaraciones grandilocuentes, afirmó en tono lo bastante sonoro que a pesar de lo que podría pensarse, él no estaba allí para tomarse venganza sobre la ciudad de París de la tremenda destrucción que le había deparado a la ciudad de Moscú la campaña rusa de Napoleón en 1812. Alexander no quería ver París reducido a escombros, con los parisinos mordiendo el polvo de la derrota ante el zar de Rusia. Lo que quería era alcanzar rápidamente un acuerdo de paz suficientemente decoroso para todos, vencedores y vencidos. Bajo esas premisas, Talleyrand, que era un zorro capaz de olfatear claramente en el aire el inmediato reemplazo de los Bonaparte por los Borbones, se apresuró a ofrecerle la llave de París a Alexander. Esa misma tarde del 31, Alexander entró en París al frente de su ejército, acompañado por el rey de Prusia y el mariscal austríaco príncipe Schwarzenberg. Al día siguiente, el 1 de abril, el Senado, formado sobre todo por conservadores, ofreció a Talleyrand la presidencia de un órgano de gobierno provisional integrado por cinco dignatarios. El 2 de abril, el mismo Senado reconoció el fín de la etapa imperial de Napoleón, aprobando sin discusiones el Acte de déchéance de l'Empereur. Siguiendo al dedillo los dictados de Talleyrand, el presidente del Senado, Barthelemy, estaba ya en disposición de asegurar el acceso al trono del pretendiente borbónico, el conde de Provenza, que pasaría a ser Louis XVIII.

Todo ese movimiento lo presenciaba, de cerca, nuestro joven Leopold. Hay que decir que Napoleón, desde Fontainebleau, convencido in extremis de no volver a París a intentar darle la vuelta a la tortilla inflingiendo con su tropa de leales una derrota a los aliados, trataba de maniobrar para garantizarle el Imperio que él había fundado a su único hijo, el pequeño Rey de Roma. Napoleón estaba dispuesto a hacerse a un lado, pero esperaba encontrar en el emperador de Austria, su suegro bien a pesar de éste, apoyo para que el Rey de Roma fuese quien se sentase en el trono, cerrando el paso a la vuelta al poder de los Borbones. La jugada no le salió bien a Napoleón. El 11 de abril, tiró la toalla, aceptó abdicar sin poner ninguna condición en su abdicación. Los aliados le mandaban al exilio en la isla de Elba, pero le permitían seguir usando el título, vacío de contenido, de emperador y le prometían que cada año recibiría un estipendio de dos millones de francos. Era una cifra generosísima, pero en realidad no tenían intención de abonarla ni un sólo año, ya no digamos año tras año durante los años que le quedasen de vida al que había mantenido en un puño a Europa prácticamente entera.

En ese contexto, Alexander estaba empeñado en desempeñar el papel de zar galante. Le faltó tiempo para solicitar ser recibido por la que había sido primera esposa, y primera emperatriz consorte, de Napoleón: la criolla Josephine. El repudio por no poder proporcionar heredero a la naciente dinastía imperial Bonaparte no había privado a Josephine de una posición absolutamente distinguida durante el Primer Imperio. Era un signo de reconocimiento que ahora Alexander desease cumplimentarla en Saint-Leu, el castillo situado en Saint-Leu-la-Forêt, en un paraje encantador del Val d´Oise, dónde la dama se hallaba en compañía de su hija Hortense, ex reina de Holanda.

Nuestro apuesto Leopold formó parte del séquito que acompañó a Alexander a Saint-Leu. En ese momento en que todo el entramado del poderío napoleónico se había venido abajo con estrépito, Josephine se hallaba en estado de profunda ansiedad, sobre todo porque temía el futuro de sus hijos Eugene -¡tan leal a su padrasto!- y Hortense -cuyos niños formaban parte de la casa Bonaparte-. Pero pese a la tristeza y los miedos que la reconcomían por dentro, dos sentimientos que había confesado a su dama Mademoiselle Cochelet, Josephine mantenía una apariencia de festiva ligereza y toda su coquetería. Aquel 14 de mayo recibió a los visitantes con un ligero vestido de verano, pese a que aún había un clima un tanto inestable, y mientras paseaba con Alexander por los jardines de Saint-Leu, sólo se echó encima del traje una bonita chalina que no la mantenía a salvo del relente. Sería interesante saber en qué pensaba en verdad Josephine. ¿Se acordaba de lo que le había escrito Napoleón allá por el año 1807: "Si yo fuese una mujer, creo que me enamoraría locamente del zar de Rusia"?

A nadie sorprendió que Josephine, que tan encantadoramente había pedido a Alexander que protegiese a su descendencia, cogiese un constipado. Normal, con aquellos vestidos tan finos y aquellas chalinas tan decorativas pero escasamente abrigosas. Pese a encontrarse afligida por el trancazo, el 23 de mayo volvió a componer su personita de la cabeza a los pies para recibir al rey de Prusia, Friedrich Wilhelm III, y al gran duque Constantino, el hermano de Alexander. Aunque el 24 de mayo la mujer no pudo moverse de la cama, su médico, Horeau, tranquilizó a Hortense. El 25 de mayo, Josephine insistió en presidir una pequeña fiesta en honor al zar de Rusia. A partir de ahí, empeoró rápidamente de lo que ya no era un resfriado, sino que se había transformado en una neumonía. El 27 de mayo, en un nuevo gesto de afectuosa deferencia, Alexander mandó a su médico principal a que ayudase a Horeau en el tratamiento de Josephine. Aunque estaba literalmente hecha polvo, Josephine disimuló cuanto pudo ante el médico del zar, afirmando, con su gracia inimitable, que esperaba que aquel detalle tan amable de parte de Alexander le deparase a ella buena suerte para sobreponerse a sus males. Estaba deseando volver a recibir a Alexander en la Malmaison, agregó. Pero el médico de Alexander, aunque en apariencia le siguió el juego a Josephine, avisó a Hortense, antes de irse, de que la vida de la emperatriz se hallaba en peligro. Asustadísima, Hortense no reparó en nada y mandó buscar a los más prestigiosos doctores parisinos: Lamoureux, Lasserre y Bourdois de la Motte.

Resultó que todo afán era ya inútil. La rosa de la Martinica, el pájaro del paraíso de Napoleón, que así la habían llamado a veces, estaba muriéndose. Falleció a mediodía del 29 de mayo de 1814, después de una agonía en la que había murmurado a veces: "Bonaparte...la isla de Elba...el Rey de Roma...". La que había sido emperatriz tendría una capilla ardiente a la altura de su rango: durante tres días, su cadáver permaneció expuesto en la Malmaison con todos los honores, recibiendo un sentido homenaje de alrededor de veinte mil personas. Considerando cómo estaban las cosas en Francia en aquellos momentos, es una señal de que la gente seguía guardando un recuerdo afectuoso de Josephine, que había demostrado al final ser de mucha mejor pasta que la hija de Austria, María Luisa, que se había puesto junto a su retoño "bajo la protección del emperador Francis, su augusto padre".


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 Asunto: Re: LEOPOLD I
NotaPublicado: 19 Nov 2014 21:21 
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Sé que me he liado un poquito, pero siempre me pasa cuando aparece en escena Josephine. No lo puedo evitar, jajajaja. De todas formas, en este tema echo especialmente de menos a Upridge, que tiene un talento extraordinario para reflejar esos personajes y esa época. Aunque no siempre coincidamos en nuestros favoritismos, me encantan sus descripciones y sus crónicas, jajajaja.

Vamos a ver...Leopold estuvo allí, cerca de Alexander, mostrando su gentileza a Josephine y a Hortense. Sobre todo, de lo que se trataba era de seguir manteniéndose en la estela de Alexander, el zar de Rusia, un tipo cuando menos singular. En realidad, a mí la historia que más me gusta relacionada con su estancia en París, es aquella en la que aparece visitando un atardecer, en la sencilla vivienda de ella, a la viuda del que había sido maestro del emperador en la infancia de éste, Frédéric La Harpe. Probablemente, la señora La Harpe no sabía ni qué hacer para agasajar al zar en su humilde casa; desde luego, se sintió un tanto azorada, pero muy halagada, cuando él la cubrió de valiosos regalos en el momento de la despedida.



Aquel era el momento de apogeo personal de los tres soberanos...

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Caja alemana de 1815, mostrando las efigies del emperador de Austria, el emperador de Rusia y el rey de Prusia.


...y los tres tendrían que desempeñar el papel protagonista en definir el nuevo orden europeo. En cooperación, claro, con el cuarto poder de la época: Inglaterra, la Inglaterra que había resistido el bloqueo continental napoleónico y había participado en las coaliciones para acabar con el imperio de Bonaparte.

Tras haber dejado las cosas "más o menos apañadas" en Francia, los vencedores decidieron...cruzar el Canal e irse a Londres a conferenciar con el príncipe regente George, el futuro George IV.

George se había pasado los años anteriores siguiendo de cerca cualquier avance en la larga, larga lucha contra "Bonney", que era cómo llamaban los ingleses, socarronamente, a Bonaparte. Nunca había dejado de mostrar su admiración absoluta hacia el general Wellington por sus acciones en la Península Ibérica, y, paralelamente, estaba muy pendiente de todo lo que acontecía en Alemania. Sir John MacPherson estaba seguro de que, entre bambalinas, había desempeñado un papel significativo en la urdimbre, desde el lado británico, de la Tercera Coalición. En septiembre de 1813, por ejemplo, George casi había entrado en éxtasis al comunicarle a su madre, la reina Charlotte, que se había liberado de la ocupación francesa el ducado de Mecklenburg, territorio natal de ella. Fue George quien invitó a Charlotte a presidir junto a él un brindis de la corte a la salud del ex mariscal francés Bernadotte, a la sazón Príncipe Real de Suecia, que había tenido mucho que ver con la liberación de Mecklenburg. Posteriormente, la noticia de la entrada de los aliados victoriosos en París en abril de 1814 había sido recibida con entusiasmo no sólo por parte de George, sino también de su hermano Adolphus.


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 Asunto: Re: LEOPOLD I
NotaPublicado: 20 Nov 2014 16:38 
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Esto...¿nadie ha visto por ahí a Konradin? :)) :))

Mirad qué cuadro más cuqui.

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Es una escena que se produjo en el Marble Hall de Petworth House, una mansión del siglo XVII rodeada de setecientos acres de parque ubicada al oeste del condado de Sussex. Petworth House, por lo que leo en la Wiki, ha pertenecido a la familia Wyndham durante los últimos 250 años. El cuadro, obra de Thomas Phillips, refleja el instante en el que George, Príncipe de Gales, Regente, hace la presentación del dueño de la mansión, George O’Brien Wyndham, tercer conde de Edgremont, al mismísimo zar Alexander I de Rusia. En la reseña del cuadro no se indica quién es la hermosa dama colgada del brazo de Alexander I de Rusia, pero desde luego no es la zarina Elizaveta y me inclino a postar doble a nada a que se trata de la hermana favorita del monarca Romanov, Ekaterina, Catalina, duquesa viuda de Oldenburg.

Pero mejor un poquito de orden en el relato, jejejeje, que yo me hincho a meter personajes y acabo formando unos embrollos de aúpa.

El 6 de junio de 1814, la ciudad de Boulogne era un hervidero. William, duque de Clarence, puso a disposición su buque insignia, el HMS Impregnable, todavia casi recién salidito del astillero, pues le habían botado cuatro años atrás...para que cruzasen el Canal, de Boulogne en la parte francesa a Dover con sus blancos acantilados en la parte inglesa, numerosos personajes de la Historia. Veinte horas antes, a bordo de la fragata de guerra británica Nymph, ya había viajado hasta Dover, en sólo cinco horas de feliz navegación, el canciller austríaco Klemens von Metternich, que representaría a su señor el emperador Francis. Alexander I de Rusia había tenido que esperar en Boulogne, por una cuestión de protocolo, a que llegase el rey de Prusia, Friedrich Wilhelm III, viudo de la mítica reina Luise. Finalmente, Friedrich Wilhelm había llegado con sus dos hijos varones de mayor edad, Fritz (indiferente soldado, a decir verdad: le interesaba más el diseño de jardines...) y Wilhelm. Por fín pudieron subir todos al Impregnable : los dos soberanos, los príncipes prusianos, el canciller pusiano von Hardenberg, el mariscal de campo prusiano Blucher, el general von Yorck, el general Bulow, el conde Michael Barclay de Tolly, etc, etc. Entre todos, nuestro Leopold...¿eh? Ni penséis que se quedó en el Continente. De hecho, en una carta de entonces, reconoció estar encantado con la posibilidad que se le brindaba de conocer Inglaterra.

Alexander de Rusia, que hablaba un inglés absolutamente fluído, estaba especialmente interesado en llegar cuánto antes a Londres: allí estaba desde finales del mes de marzo su hermana Katia. Katia, de veintiséis espléndidos años, hija preferida de su madre María Feodorovna y hermana favorita del zar Alexander I, estaba acostumbrada a ser siempre poco menos que la más brillante de las estrellas en cualquier cielo. La habían casado con su primo Georg, duque de Oldenburg; aunque él no era el tipo más guapo de la realeza alemana, más bien al contrario, ella le había prodigado muestras de amor y devoción incluso cuando él había contraído la fiebre tifoidea que le llevó a la tumba. Katia se había quedado viuda con dos niñitos, uno de dos años y uno recien nacido, en 1812. Esa repentina viudedad la había convertido en uno de los partidos más ventajosos de Europa. Pero, de momento, en Londres, se entretenía metiendo las narices en cosas que no eran de su incumbencia. No le agradaba el príncipe regente George, por la forma en que éste había despachado a su desgraciada esposa Caroline y por el modo en que había forzado la mano para que la única hija de aquel infausto enlace, la princesa Charlotte, se comprometiese en matrimonio con el príncipe de Orange (que nunca se cansaba de darle coba a su futuro suegro). Adicionalmente, el primer encuentro entre George de Inglaterra y Katia de Oldenburg no había sido nada agradable. George no sabía contener su lengua a menudo: nada más visitar a Katia, recien llegada a Londres a finales de marzo, en el Hotel Pulteney, el príncipe se encontró teniendo que esperar una hora antes de que apareciese en un salón, poco arreglada y vestida con escaso gusto, la duquesa de Oldenburg; decidido a vengarse, él había declarado al príncipe y a la princesa Lieven, embajadores rusos en suelo británico: "Su Gran Duquesa no es nada atractiva". Enterada de ese comentario de George, Katia había contestado: "Y el Príncipe no es nada educado".

Katia, en sus cartas a Alexander, había trazado un retrato en absoluto favorecedor de Prinny, el Príncipe Regente George. Alexander estaba, por tanto, predispuesto en contra del Regente, aunque decidido a ocultar sus sentimientos y a causar una impresión perdurable en Dover (dónde desembarcaron en la tarde del mismo día 6 de junio) y en Londres. El Hotel Pulteney, en el que se alojaba Katia, había preparado más habitaciones para acoger a Alexander y parte de su séquito. Nuestro héroe, Leopold, no fue a parar al Pulteney, situado en Harley Street. El alojamiento de Leopold de Saxe Coburg Saalfeld era considerablemente más modesto, por tanto más económico; se encontraba ubicado en High Street, en Marylebone. Leopold disponía de unos ingresos anuales que, a lo sumo, podrían estimarse en unas cuatrocientas libras esterlinas, de modo que, realmente, no cabía aspirar a otra cosa más que mantener el decoro propio de su rango al elegir hospedaje para su estancia en la capital británica.

Por una cuestión de protocolo, hubiera debido ser Prinny (el Príncipe Regente George, recordemos, era a quien se daba ese sobrenombre...) el que se desplazase al Pulteney a dedicarle el discursito de bienvenida a Alexander. Pero acabó siendo Alexander quien se dirigiese a Carlton House a cumplimentar a Prinny. Los londinenses se arracimaban en las calles para vitorear, con delectación, al zar ruso, con fama de apuesto, gallardo y galante. En realidad, no todos le veían tan apuesto. Una joven de buena familia inglesa que había presenciado su triunfal desembarco en Dover dejaría constancia para la posteridad de que no le había considerado nada guapo, con aquella cara sonrosada y un aspecto general que le hacía recordar a un pudding tembloroso en el plato. Pero sí es cierto que, entre la mayoría, Alexander ejercía cierto hechizo. Aunque Alexander visitó a George en Carlton House, declinó la invitación a cenar porque prefería cenar en el Pulteney con su Katia. En cambio, el canciller austríaco Metternich sí que se aprestó a disfrutar de la mesa de Carlton House.


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 Asunto: Re: LEOPOLD I
NotaPublicado: 24 Nov 2014 21:41 
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Ubicación: Buenos Aires, Argentina
Minnie escribió:
Iselen escribió:
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Shhhh...yo lo que quiero saber es debajo de qué piedra se esconde mi Konradin :)) :)) En un par de semanas, le veo viviendo en el foro, literalmente. :ooops:

Cuanta maldad pero certera, he prometido y cumpliré, hoy me pongo a tono. Pero tienes que terminarlo, fue el acuerdo, me tienes embelesado, es el mejor regalo de cumpleaños. (love)

Update: "Estancias Argentinas" actualizado... ;D Una vez que Admin reactive el de "Palacios de Bs. As." haré lo propio.

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"Ma fin est mon commencement,
et mon commencement ma fin".


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 Asunto: Re: LEOPOLD I
NotaPublicado: 25 Nov 2014 13:11 
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Totalmente off topic:

Querida Minnie: te pregunté por las muñeiras en el hilo de Feliz Cumpleaños . . . :hehe: :hehe: :hehe:


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 Asunto: Re: LEOPOLD I
NotaPublicado: 30 Nov 2014 10:41 
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Konradin: decidida estoy, jajajajaja. Hoy sigo con nuestro Leopold. Que al final me enrollo y hablo de todos, jejejeje, pero es que me encanta esa época y ese elenco de personajes. Eso sí, echo en falta a Upridge, con lo que me chiflan sus descripciones del período, podría enriquecer mucho, pero que mucho, este relato.

Joy: ninguna muiñeira bailé, chiquilla. Ese día no. Pero me permití el lujo de las gotitas de aguardiente en el café. Una delicia.

:love:


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 Asunto: Re: LEOPOLD I
NotaPublicado: 30 Nov 2014 17:06 
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Gran duquesa Ekaterina, Katia, duquesa viuda de Oldenburg.


Es que yo tampoco puedo resistirme a ella...
:-D

La archifamosa Dorothea Lieven, esposa del embajador ruso en Londres, escribió a propósito de nuestra Katia:

"I've never met a woman who was so much afflicted with the need to move, act, play a role and overshadow others..:"

La frasecita lo dice todo. Katia estaba, quizá, demasiado acostumbrada a ser poco menos que el centro del Universo. Lieven haría notar que hablaba poco, pero estaba dotada de elocuencia, y que, por encima de cualquier otra consideración, su tono era siempre imperioso.

Una fragata al mando del mismísimo duque de Clarence había llevado a Katia a través del Canal para llegar a Sheerness el 31 de Marzo. De allí, como ya sabemos, se había dirigido a Londres, estableciéndose en el Pulteney, un hotelazo lo suficientemente cerca de Green Park, Hyde Park y Saint James Park en el que cada semana de alojamiento de la gran duquesa costaba 210 guineas (una suma notable de dinero). Y desde su aparición en escena, Katia se había convertido en un auténtico quebradero de cabeza para el príncipe Regente, con quien no había hecho migas en absoluto. Allí no se trataba de que Katia se mofase de los intentos de cortejo de dos de los hermanos de George, el propio duque de Clarence y el duque de Sussex. Había más tela que cortar que ésa. Katia había querido conocer, aunque no se le fue otorgado el gusto, a la esposa repudiada y apartada de la esfera pública de George, Caroline. Katia se había permitido a sí misma mostrarse abiertamente antipática con la amante del momento de George, la influyente lady Hertford. Katia, que escribía regularmente al zar Alexander poniendo verde a George, se las apañó para convertirse en la confidente de la hija de éste con Caroline, la princesa Charlotte.

Casar a Charlotte era la gran meta de George. Casarla, por supuesto, con quien él juzgaba apropiado y conveniente: el príncipe heredero de Holanda, Wilhelm, a quien los ingleses llamaban Slender Billy, haciendo alusión a su figura largirucha y fina.

Slender Billy se había pasado años "haciendo méritos" en Inglaterra. A fín de cuentas, Napoleón, Bonny para los británicos, se había hecho con el control de los Países Bajos. Un hermano de Napoleón, Louis, (mal)casado con la hija de Josephine, Hortense, había sido intitulado rey de Holanda, pasando por encima de siglos de gobierno de los Orange en aquellos territorios. Slender Billy había dejado de ser un estudiante (no de los más brillantes precisamente...) en Oxford para dedicarse al oficio de la guerra. Se había convertido en ayudante de campo de Arthur Wellesley, el duque de Wellington: ese puesto, verdaderamente codiciable, había llevado al príncipe holandés directo a algunas de las más conocidas guerras peninsulares en las que tuvo arte y parte el famoso general inglés. Cerca de Wellington, Slender Billy prosperó: en octubre de 1811 ya era coronel. Cuando abandonó a Wellington, fue para convertirse en ayuda de campo de alguien que no íba a oler la guerra ni de lejos, pero que jugaba un papel crucial en la época: el príncipe de Gales, Regente debido a la enfermedad del buen rey George III.

Se dice que Slender Billy tendía a darle mucho jabón a su patrón, Prinny, el Príncipe Regente, pero eso entraría dentro de la lógica. Los Orange no pudieron recuperar para ellos Holanda hasta 1813. Los estragos de casi veinte años de guerra europea estaban ahí. Holanda necesitaba el apoyo de Inglaterra, una de las grandes potencias de la época. Inglaterra, por su lado, quería ratificar su tradicional alianza, y de paso su proverbial excelente relación comercial, con Holanda. Tenía sentido que George, Prinny, quisiese casar a su hija Charlotte con Slender Billy. Charlotte se iría lejos, a Holanda. La boda, que permitiría subrayar de nuevo la vieja amistad angloholandesa, resolvía decorosamente el hecho de que a Prinny no le gustaba pero nada que su jovencísima hija fuese aclamada constantemente por la misma gente que a él le hostigaba desde las aceras londinenses. "¿Cuando vuelves con tu esposa?" era lo más suave y delicado que le preguntaban los londinenses, a gritos, a Prinny. Y a Prinny le daban arcadas con sólo escucharlo. Jamás, jamás, admitiría una reconciliación de ninguna clase con Caroline, la nada agraciada prima con quien le habían obligado a contraer nupcias; incluso en la noche de bodas, él había necesitado mucho cognac para cumplir con la tarea de encamarse con ella y nunca había repetido la experiencia, ni bebido ni menos aún sobrio. Por suerte para Inglaterra, Caroline se había embarazado en aquel penoso encuentro sexual y el embarazo había prosperado hasta el natalicio de Charlotte Augusta.


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 Asunto: Re: LEOPOLD I
NotaPublicado: 30 Nov 2014 17:28 
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George, futuro George IV. En ese momento, aún Prinny, el Príncipe Regente:

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Caroline, su infortunada princesa consorte, a la que no deseaba ni tener cerca ni permitir siquiera el acceso a eventos importantes:

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Wilhelm, Slender Billy, heredero de Holanda:

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 Asunto: Re: LEOPOLD I
NotaPublicado: 30 Nov 2014 17:32 
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Last but not least, la princesa Charlotte, única hija del Regente:

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