Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: Re: LEOPOLD I
NotaPublicado: 17 Nov 2014 17:22 
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Konradin escribió:
Minnie, hagamos un acuerdo, revivo a Lauzun, termino los Condé, sigo a toda máquina con los palacios & estancias argentinas y a cambio tú me concluyes el tema, ¿trato hecho? :XD:

Mirá que estoy jugando a perder eh. :ooops:


:)) :))

Me permito recoger el guante, Konradin.

Veamos...estábamos con la princesa Sophie de Coburg...

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...que solía visitar a su hermana Antoinette, convertida por matrimonio en princesa de Württemberg...

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..en una magnífica residencia de estampa inconfundiblemente barroca llamada Fantaisie.

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Y, allí, Sophie, que había visto cómo los brillantes matrimonios concertados para sus hermanas Juliane y Antoinette habían deparado a ambas magnífica posición en el entramado de la realeza europea pero ni un ápice de felicidad personal, se permitió el gusto de enamorarse de un emigrado francés, un hombre que descendía de una sólida estirpe de la nobleza lorenesa. La elección de Sophie fue una elección sentimental, pero no anduvo nada desatinada la moza. Emmanuel de Mensdorff-Pouilly, uno de los dos hijos varones de Albert Louis de Pouilly y de Marie Antoinette de Custines, se había convertido en el último de su linaje en 1799, al morir su hermano mayor Albert luchando en Italia contra los ejércitos de la Francia revolucionaria, una Francia que no tenía ya nada que ver con la Francia del Ancien Régime en la que se habían sentido cómodos sus antepasados. Podía parecer que Sophie se conformaba con cualquier cosa...a fín de cuentas, Emmanuel de Mensdorff-Pouilly no era más que un militar que había puesto su espada al servicio del emperador de Austria. Pero resultaba que Emmanuel de Mensdorff-Pouilly no sólo poseía un apellido muy sonoro. Se trataba de un individuo dotado de talento, que sabía prosperar por su propia capacidad y méritos en la corte de los Habsburgo. Hacia el futuro, resultó que Emmanuel desempeñó un papel muy significativo en las vidas de sus cuñados Coburgo, los hermanos varones de Sophie. Él dedicó considerable esfuerzo a convencer a los Coburgo de que, siendo quienes eran, debían participar en la defensa del viejo orden y los viejos principios, luchando encarnizadamente contra el nuevo sistema, heredero del caos producido por la estampida revolucionaria francesa, que lideraba el advenedizo Napoleón Bonaparte.

Emmanuel contribuiría, y no poco, en que el elevado nivel de competencia demostrado por uno de sus cuñados, Ferdinand, en el ejército austríaco, se viese complementado por una calurosa acogida de ese joven príncipe Saxe Coburg en los salones imperiales, como luego veremos...

De momento, para no adelantar acontecimientos, resulta que en 1802, Juliane, la hermana casada en la corte imperial rusa, dió la espantada, dejando a su marido gran duque para escaparse a la bucólica Suiza. En años siguientes, sus horrorizados parientes intentarían, denodadamente, "arreglar las cosas" mediante un "acuerdo" en el que el gran duque plantado se comprometiese a tratar con puntillosa deferencia a su mujer. Pero los intentos de acuerdo no prosperaron, y en un tiempo muy ulterior, nuestro protagonista, Leopold, culparía abiertamente de la desgracia conyugal de su hermana Juliana a la "hipocresía de la emperatriz de Rusia".

Asimismo, conviene tener presente que para cuando se produjo la boda de Emmanuel y de Sophie, en febrero de 1804, se daba la circunstancia de que ya se había casado la hermana menor de la novia: Viktoria. Viktoria había nacido en pleno verano de 1786, en una época en la que Sophie ya contaba ocho años, Antoinette siete años y Juliane casi cinco años. Pero tal y como íban las cosas, la vieja tradición de casar antes que a ninguna otra hija a la mayor de todas no íba con los Coburgo: primero se había casado la tercera hija, Juliane; el segundo lugar en aquella carrera nupcial le había correspondido a Antoinette y el tercer turno le tocó en suerte a Viktoria. Eso sí, el matrimonio de Viktoria, celebrado en diciembre de 1803, casi tres meses antes de la romántica pero acertada boda Mensdorff-Pouilly de Sophia, no tuvo nada de sentimental. Fue un asunto eminentemente práctico.

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A Viktoria la casaron con un hombre veintitrés años mayor que ella, que había sido cuñado de su propia madre y por tanto tío político suyo. Él, Emich Carl, príncipe de Leiningen, había estado casado con Henriette Reuss-Ebersdorff, una hermana menor de Augusta Reuss-Ebersdorff. Henriette sólo había tenido un hijo muerto en plena infancia, poco antes de que falleciese la infortunada mujer. A Emich Carl, un hombre que sólo parecía interesarse por los deportes al aire libre, en particular el ejercicio cinegético, y por gastar más de lo que debía en los tapetes de juego, le urgía volver a casarse, pero no tenía ganas de romperse la cabeza en la búsqueda de su segunda esposa. Fue para él un golpe de suerte que su cuñada Augusta le endosase a la joven Viktoria, toda frescura juvenil por comparación con la difunta Henriette.


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 Asunto: Re: LEOPOLD I
NotaPublicado: 17 Nov 2014 17:36 
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Entre tanto, el destino de los varones no pasaba, de momento, por agenciarse esposas dignas de su rango. Ernst, el heredero de los territorios familiares, había hecho carrera en Rusia y por un tiempo se había considerado seriamente la opción de que se casase con la más joven de las hermanas del futuro zar Alexander I y del gran duque Constantino, el marido de Juliane. Hubiera sido un casamiento de aúpa para un futuro soberano de unos casi se diría que insignificantes ducados germánicos, pero el asunto se quedó en humo de pajas. Tras su etapa rusa, Ernst hubo de regresar a casa para ayudar en la administración ducal a su enfermo padre.

Ferdinand se benefició del casamiento de Sophie con Emmanuel Mensdorff-Pouilly. Desde febrero de 1802, cumplía con eficacia el papel de oficial en el regimiento de caballería ligera príncipe Rosenberg, pero en septiembre de 1804, unos meses después de la boda de Sophie, Ferdinand se encontró con que le promocionaban al rango de Mayor. Enseguida llegó el cambio de regimiento, para integrarse en el sexto regimiento de húsares del conde Blankenstein. Fue cuestión de apenas unos meses que el mozo llegase a ser Teniente Coronel, un escalafón inmediatamente superior al de Mayor. Tres años después, en septiembre de 1808, Ferdinand, que lucía admirablemente sus galones sobre un magnífico uniforme cada vez que le tocaba hacerse visible en los palacios vieneses, se convirtió en "Oberst", grado superior al de Teniente Coronel, del tercer regimiento de húsares archiduque Ferdinand d´Este. Su progresión estaba basada en parte a sus dotes militares, pero en parte al respaldo de su cuñado Emmanuel, aún más talentoso que él.

¿Y nuestro Leopold...?


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 Asunto: Re: LEOPOLD I
NotaPublicado: 17 Nov 2014 18:45 
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El joven Leopold hace su primera aparición en las páginas de la historia militar europea en el año 1805. Y lo hace formando parte de las fuerzas imperiales rusas, algo perfectamente coherente con el hecho de que años atrás, en plena infancia, la boda de su hermana Juliane con un nieto de la zarina autócrata Catalina II le hubiese valido el título meramente honorífico de coronel del prestigioso regimiento Izmaylovsky. Mientras Ferdinand vívía permamentemente movilizado junto a su regimiento de húsares austríaco, Ernst y Leopold viajaron juntos a Moravia para unirse al emperador ruso Alexander I para plantarle cara al avance arrollador hacia territorio germánico de Napoleón Bonaparte. Así, participaron en la que fue primera batalla significativa de Leopold: Austerlitz.

Leopold tenía quince años cuando le tocó vivir Austerlitz, también denominada con frecuencia Batalla de los Tres Emperadores, porque Alexander I de Rusia y Francis II de Austria comandaban personalmente sus dos ejércitos coaligados frente al que ya era Napoleón I de Francia. La batalla de Austerlitz sería definida posteriormente como una clase maestra de estrategia y táctica militar impartida por Napoleón; se consideró un hito más o menos en la línea de Gaugamela o de Cannae, que pertenecen al Mundo Antigüo. Fue una victoria formidable de Napoleón, una derrota personalmente muy humillante para Alexander y para Francis. La consecuencia directa fue que Napoleón hizo pedazos el viejo Sacro Imperio Romano Germánico. Simplemente, dejó de existir mientras las tropas francesas avanzaban de modo espectacular en territorio alemán. Un año después, en 1806, Napoleón se daría el gustazo de hacer de sí mismo un Protector de la Nueva Confederación del Rhin, creada según sus propios designios.

Para cuando Napoleón proclamó la Nueva Confederación del Rhin, el reino de Prusia tomó plena conciencia de que su propia existencia se veía seriamente amenazada. En Berlín había un partido de halcones y un partido de palomas, como suele acontecer. Entre quienes abogaban por no ceder al miedo ante aquel corso que parecía invencible, estaba la mismísima reina Luise, la esposa de Friedrich Wilhelm III. Al final, los beligerantes fueron los que se salieron con la suya. En aquella época, el duque de Saxe Coburg Saalfeld, Francis, estaba seriamente enfermo y se retiró a la fortaleza de Saalfeld junto a su esposa, Augusta. Aunque el hijo heredero, Ernst, corrió a cumplir con el rey de Prusia, en una demostración de fidelidad que llamó bastante la atención, Leopold fue conminado a quedarse junto a sus padres y a su hermana Sophie, la condesa Mensdorff-Pouilly. A fín de cuentas, Saalfeld podía verse convertido en campo de batalla durante las hostilidades franco-prusianas, así que convenía que Leopold estuviese presente junto a Francis y Augusta, que no debían tener como único apoyo inmediato a Sophie Mensdorff-Pouilly.

Y Saalfeld fue, efectivamente, el lugar en el que se produjo un choque militar significativo en aquella guerra. Los prusianos liderados por el joven y popular príncipe Louis Ferdinand, un mozo de considerable atractivo físico con un talento absolutamente notable para el piano, se enfrentaron a los franceses que avanzaban dirigicos por el mariscal Lannes. La batalla de Saalfeld se saldó a favor de los franceses, para no variar, y su víctima más ilustre, entre las numerosas víctimas, fue precisamente Louis Ferdinand, que dejaba una esposa morganática viuda con un hijo pegado a las faldas y dos huérfanos más, un niño y una niña, de su querida oficial.

Francis, Augusta, Sophie y Leopold dejaron Saalfeld, a pesar de que para el duque, de salud ya tremendamente frágil, suponía un esfuerzo titánico dejarse conducir en aquel riguroso invierno hasta Coburg. Los franceses habían tomado Coburg, pero aunque tenían ocupada militarmente la ciudad, no se tomaban ningún interés en molestar al duque moribundo ni a la duquesa que se afanaba en la cabecera del enfermo. Leopold, más tarde, recordaría que aquellos habían sido días extraños, en los que todos habían sentido la mordida de una intensa melancolía por una época que estaba a punto de morir con su propio padre. Efectivamente, en cuanto Francis expiró el 9 de diciembre, los franceses preguntaron dónde estaba el nuevo duque que reemplazaba al duque que debía ir al mausoleo familiar. Hubo que explicarles que el nuevo duque, Ernst I, se encontraba sirviendo lealmente a su soberano, el rey de Prusia. Era todo lo que necesitan oir los franceses para dejar de ser tan considerados con la administración ducal de aquellos territorios. Inmediatamente, designaron a un tal Villain como gobernador militar de Coburgo. Leopold diría después que el apellido, Villain, cuadraba admirablemente con el carácter de aquel gobernador militar que se les impuso como represalia por la toma de posición de Ernst a favor de Friedrich Wilhelm III de Prusia.

En esas circunstancias, hubo algaradas en el ducado que los franceses reprimieron con dureza y Villain pronto fue sustituído por otros hombres que también estaban decididos a emplear mano de hierro para administrar aquel rincón de Thuringia: Monsieur Dumolart fue nombrado auditor del Consejo de Estado y el coronel Parigot comandante militar. Las cosas íban de mal en peor y fue entonces cuando sacó a relucir su determinación y su coraje la duquesa viuda, Augusta. Acababa de enterrar a su marido y no estaba en absoluto dispuesta a que los franceses le arrebatasen el ducado hereditario a su hijo primogénito, así que, ni corta ni perezosa, tomó el camino, largo camino, hacia Varsovia, dónde le constaba que se encontraba por entonces Napoleón I Bonaparte.


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 Asunto: Re: LEOPOLD I
NotaPublicado: 17 Nov 2014 19:04 
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Joven Leopold


Mucho, mucho tiempo después, Leopold evocaría ese esfuerzo denodado de Augusta con una mezcla de admiración y compasión hacia su madre. Ella nunca logró llegar más allá de Berlín, dónde el general francés Henri-Jacques-Guillaume Clarke, gobernador de Erfurt y Berlín, le explicó, con la mayor gentileza, que no obtendría ninguna simpatía de Napoleón si se presentaba inopinadamente en Varsovia. Entre tanto, Augusta fue informada de que su hijo Ernst se encontraba enfermo de fiebre tifoidea, el entonces peligroso tifus, en Königsberg. Ante el avance implacable de los franceses, le sacaron de su cama de enfermo delirante para afrontar un penoso viaje que incluyó el cruce del rio Niemen, en el que flotaban carámbanos. En aquella ordalía, Ernst cayó a las aguas semi heladas del río y fue a duras penas rescatado por un hombre de asombrosa fidelidad, el coronel Hardenberg. Hardenberg logró llevarle hasta Memel, dónde Ernst pasó varias semanas literalmente entre la vida y la muerte.

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]Ernst I.


Todavía muy debilitado por el tifus del que consiguió reponerse a duras penas, Ernst tomó camino hacia Austria, pero hubo de detenerse en Bayreuth. Entre tanto, Augusta había logrado recibir noticias detalladas de la situación de su hijo mayor. Ella y Leopold viajaron a su encuentro, por caminos que daban cuenta de la devastación provocada por la guerra. La idea de Augusta consistía en regresar ella a Coburgo, pero no antes de ver reunidos a sus dos hijos varones: Ernst podría apoyarse en Leopold y Leopold apoyarse en Ernst. Así sucedió que Ernst y Leopold acabaron cubriendo por etapas la distancia entre Bayreuth y Franzensbad, en plena Bohemia. Allí aguardaron a que Rusia, la imperial Rusia, pudiese acudir en auxilio de la familia ducal de Coburgo.

Podría decirse, resumiendo el asunto, que el zar Alexander I cumplió. El Tratado de Tilsit fue un duro ejercicio de diplomacia, en el que no pudo hacer nada en favor de Prusia pero sí utilizó toda su capacidad de presión para devolver el lustre perdido a los Saxe Coburg Saalfeld. Tras la firma del Tratado, la cancillería imperial francesa envió órdenes precisas a Parigot, el comandante militar de Coburgo, para que evacuase con sus hombres el ducado. No era necesario mantener la ocupación, dado que aceptaban, según lo pactado en Tilsit, que Ernst I fuese a tomar posesión de aquellos territorios que antaño había administrado su fallecido padre Francis. El 28 de julio de 1807, para satisfacción de Augusta, Ernst, escoltado por su hermano Leopold, pudo hacer una entrada bastante solemne, dadas las circunstancias, en Coburgo.


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 Asunto: Re: LEOPOLD I
NotaPublicado: 17 Nov 2014 19:23 
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Una regla de oro, para los príncipes poco relevantes en el concierto internacional debido a que gobiernan sobre diminutos ducados, consiste en mostrarse agradecidos. Alexander I había demostrado que no les dejaba en la estacada a pesar del estropicio monumental en que había derivado el casamiento de Constantino con Juliane, pero correspondía también mostrar la adecuada deferencia hacia el que, para entonces, detentaba una posición hegemónica en Europa: Napoleón I, emperador de los franceses. Nada más tomar posesión de su ducado, Ernst tuvo que afrontar cuestiones de tipo práctico que no permitían dilaciones, por ejemplo decidir si privaba de su puesto al que había sido administrador general en tiempos de su padre, Kretschmann. Kretschmann no era popular, porque las gentes de los ducados estaban convencidas de que aprovechaba su posición para enriquecerse derivando fondos públicos a sus arcas privadas...vamos, que le tenían por un corrupto. De hecho, tras la muerte de Francis, la gente se había levantado contra Kretschmann, en una acción callejera que los franceses no entendieron; estaban tan seguros de que había sido algo dirigido a ellos, no a tumbar a Kretschmann como en realidad era, que habían sustituído al primer gobernador militar, Villain, por el duo formado por Dumolart y Parigot. Ahora, al establecerse en Coburgo, Ernst quería borrar de un plumazo a Kretschmann, pero decidió que le convenía esperar unos meses. Otros temas requerían su dedicación: de inmediato, se puso a preparar un viaje en el que debía acompañarle su hermano Leopold. El punto de destino estaba claro: Fontainebleau, dónde Napoléon presidía por entonces su corte imperial. Se trataba, poniendo las cosas negro sobre blanco, de hacerle la rosca a Napoleón...y de paso a ver si le refrescaban la memoria acerca de unas indemnizaciones por los daños provocados durante la ocupación militar de las que se había hablado, de forma menos concreta de lo que sería deseable, en Tilsit.

La visita de Ernst y Leopold a Fontainebleau tuvo lugar en noviembre de 1807. Napoleón estaba, por entonces, muy pendiente de la Península Ibérica y tenía pocas ganas de mostrarse afable con príncipes alemanes que llegaban a hacerle reverencias mientras pedían dinero. Convencido de que allí no habría nada que hacer, a medida que avanzaba el invierno Ernst decidió volver a Coburg con Leopold y, desde allí, partir a San Petersburgo a pedirle apoyo a su benefactor de siempre, el zar Alexander I. La razón por la que Leopold, que había acompañado a Ernst a París, no acompañó en ese momento a Ernst a San Petersburgo, radica en que el joven Coburgo había contraído la misma enfermedad que tiempo atrás por poco no había matado al mayor: tifus.

Así que Leopold, enfermo de tifus, se quedó en Coburg al cuidado de su madre Augusta, mientras Ernst se íba a San Petersburgo. Cuando Leopold mejoró un poco, Augusta decidió acelerar la recuperación total del chico llevándoselo a algunos de los más famosos spas de Bohemia. Sus hijas Sophie Mensdorff-Pouilly y Antoinette Württemberg les acompañaban en esa gira por los spas. Así estaban cuando recibieron un mensaje para que fuesen a Erfurt, dónde Alexander estaba a punto de iniciar una ronda de negociaciones bastante complejas con Napoleón. Leopold y Antoinette viajaron a Erfurt: allí fue dónde, por primera vez, los rusos advirtieron que el hermano menor de Ernst poseía unas dotes innatas para el ejercicio de la diplomacia.


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 Asunto: Re: LEOPOLD I
NotaPublicado: 17 Nov 2014 21:51 
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Muchas gracias Minnie por retomar el tema, estoy deseando leer los comentarios, que sin duda, dedicarás a este ¨dechado de virtudes¨. Tan indispensable, que fue capaz de seguir siendo protestante, como Rey del muy católico nuevo país, que había buscado la independencia por razones fundamentalmente, religiosas. Tan convincente, que ya muerta Charlotte, fue elevado, por el Principe Regente, al rango de Alteza Real. Tan admirado, que nadie se atrevió a criticar su relación con Caroline Bauer y no hay una solo mención en las cartas, de la habitualmente metomentodo VR, relativa a Arcadie Meyer o los hijos que con ella tuvo.

En fin, demasiado perfecto.


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 Asunto: Re: LEOPOLD I
NotaPublicado: 18 Nov 2014 17:50 
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Buen punto, Josefita :-D :-D

¿Sabes lo que siempre he pensado? Que Leopold era uno de esos tipos dotados de un encanto fácil y un carisma notable, capaces de venderse muy bien. No caía en gracia a todos, pero casi. Si no recuerdo mal, George IV de Inglaterra, su suegro, apenas le soportaba, pero ese tipo de reacción podía deberse más que nada a la extraordinaria popularidad que la pareja formada por Charlotte y Leopold disfrutaban entre sus súbditos. Era difícil, para un hombre como George IV, considerar que a él le hacían blanco de las críticas en la misma medida en que incensaban a sus presumibles sucesores.

En general, Leopold sabía cómo cultivar las simpatías de la gente, tenía ese don igual que otros tienen el don de destacar en cualquier pista de baile. También era un buen propagandista de sí mismo. Acabó ganándose la reputación de ser el Néstor entre los monarcas europeos. Eso dice mucho del personaje...y de la persona detrás del personaje.


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 Asunto: Re: LEOPOLD I
NotaPublicado: 18 Nov 2014 18:26 
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Antes de seguir...señalar que a Leopold siempre le valió de mucho su excelente presencia física. Cuando en 1807 estuvo con Ernst en París, no tuvieron éxito en conseguir que Napoleón les recibiese en privado, les escuchase y asumiese como sensatas y oportunas sus pretensiones. Sin embargo, Napoleón no dejó de fijarse en el joven Napoleón. Muchos, muchos años después, ya perdida la corona imperial que él mismo se había colocado encima de la cabeza, ya retirado de la gloria mundana en su penoso exilio de Santa Helena, Napoleón llegaría a afirmar: "Si je m´en souviens bien, c´est le plus beau jeune homme que j´aie vu aux Tuileries". Se aseguraría durante largo tiempo que la emperatriz Josephine admiraba profundamente a tan guapo príncipe, que llevaba con notable estilo su uniforme de oficial del ejército ruso. Por lo visto, la hija de Josephine, Hortense, malcasada con un hermano de su padrastro Napoleón, también se mostró fascinada por la apostura de Leopold. Hubiese o no hubiese algún ligero flirteo entre Hortense y Leopold, aquello empezó a proyectar cierta aureola romántica en torno a la figura del muchacho Coburgo.

Como sabemos, Ernst y Leopold volvieron a Coburg un tanto decepcionados con respecto a la corte de Bonaparte. Ernst marchó a San Petersburg, y Leopold se quedó atrás librando su propia personal batalla contra el tifus. Para superar la enfermedad, su madre se lo llevo a una serie de spas dónde recibió el mandato de reunirse con el zar Alexander en Erfurt. A fín de cuentas, era lo más lógico y natural que Leopold, volviese a prestar sus servicios a Alexander, una especie de ccumplidor patrón en lo que se refería a la familia ducal de Coburgo. Mientras demostraba una nada desdeñable dosis de talento para la diplomacia, Leopold hizo saber al zar que estaba dispuesto a volver a ocupar una posición no tanto nominal u honorífica como real en el ejército imperial. Napoleón, cuando se enteró de ello, elevó una especie de protesta a oídos de Alexander. A él mismo, por lo visto, se le pasó por la cabeza ofrecerle entonces un cargo de cierta relevancia en la armada francesa. Pero Leopold nunca se dejó tentar en esa dirección. A partir de 1812, coincidiendo con la puesta en marcha por parte de Napoleón de la tremendamente ambiciosa campaña rusa para someter finalmente al zar Alexander, Leopold aparece ya claramente dibujado entre los más firmes oponentes a Bonaparte y a su sistema europeo. Al igual que Ernst, que seguía tributando lealtad a Friedrich Wilhelm III de Prusia y al igual que Ferdinand, un fiel oficial del emperador Francis I de Austria. De hecho, mientras Ersnt permanecía siempre al lado de Friedrich Wilhelm III de Prusia, Leopold viajó a Munich para llegar a una entente cordiale con el príncipe heredero bávaro, Ludwig. El asunto hizo que Napoleón, en un determinado momento, declarase, con cierto enojo, que a dónde quiera que dirigiese la atención, encontraba siempre a un príncipe Coburg entre sus adversarios. Esto, en un futuro cercano, se recordaría como algo a beneficio de aquellos príncipes Coburg.

Conviene decir aquí que lo de Ludwig de Baviera tiene, por así expresarlo, sus bemoles. Al padre de Ludwig, Maximilian I Joseph, le había hecho rey de Baviera el mismísimo Napoleón tras las negociaciones de Erfurt. Y aunque la segunda esposa de aquel flamante primer rey bávaro, Karoline, nacida Baden y a la que en un tiempo se había considerado como una posible e incluso probable esposa para el duque de Enghien, echaba espumarajos contra Napoleón, no le quedó otra que acceder a que su hijastra Amalia Augusta, hija del primer matrimonio de Maximilian Joseph y por tanto hermana de Ludwig el kronprinz, se casase nada menos que con el hijastro querido de Napoleón, Eugene de Beauharnais. Ludwig de Baviera era cuñado de Eugene. La vinculación con los Bonaparte de los Wittelsbach no había sido precisamente flor de un día. Pero a aquellas alturas de la Historia, Ludwig se presentaba a sí mismo como un adalid de la liberación de todos los territorios germanos del dominio ejercido por el Napoleón a través de la Confederación del Rhin.

El 28 de febrero de 1813, en Kalisch, el zar Alexander y el rey Friedrich Wilhelm sellaron con ferviente empeño una nueva alianza anti-napoleónica. Es en ese punto cuando Leopold deja de rondar por los salones bávaros y se presenta en el cuartel general ruso, dispuesto a asumir una responsabilidad militar directa. En Austerlitz había estado...pero siendo un muchacho de quince años, no había participado más que de forma, digamos, nominal. Ahora, reintegrado con rango de comandante a las filas de la caballería rusa, con veintitrés años de edad, tampoco le permitieron tomar una parte activa en las batallas de Lützen y Bautzen. Estaba, pero sólo estaba; no entraba verdaderamente en combate. Eso de entrar en combate empezó a ser una realidad en la batalla de Kulm (Chlumec), al norte de Bohemia. Esa batalla se libró entre el 29 y el 30 de agosto de 1813, considerándose un hito significativo dentro de la guerra de la Tercera Coalición frente a Napoleón. Las tropas coaligadas -Austria, Rusia y Prusia...- vencieron a las francesas. Los franceses soportaron gran pérdida de vida humanas, pero sobre todo cayeron prisioneros por millares, empezando por el propio comandante Dominique Vandamme. Para dejar clara la derrota francesa, se suele decir que de 84 grandes cañones, perdieron a manos de sus enemigos 80 cañones. Ese éxito de Kulm, por otra parte, supuso toda una inyección de moral para la Tercera Coalición.


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 Asunto: Re: LEOPOLD I
NotaPublicado: 18 Nov 2014 19:20 
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Mono era...esta es una imagen del joven Leopold, incluso me atrevería a decir que le muestra en una etapa anterior a la que refleja la miniatura de Aubry posteada hace unos cuantos mensajes...

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Resumiendo muchísimo las cosas (estamos pasando de puntillas sobre el enorme y extremadamente complejo tapiz de la etapa de hegemonía napoleónica, porque sólo nos interesa saber en qué medida los Coburgo, unos escasamente relevantes príncipes alemanes, participaron de una etapa tan convulsa), la Tercera Coalición acabó obteniendo su victoria para la Historia, con mayúsculas, en la denominada Batalla de las Naciones o Batalla de Leipzig. Se libró en territorio sajón, y ahí no sólo saltó por los aires la Confederación del Rhin que había auspiciado Napoleón, sino que empezó a desmoronarse todo el sistema de hegemonía continental bonapartista. La victoria de la coalición Batalla de Leipzig le valió al sagacísimo Metternich el título de Fürst y para devolverle la gracia a su señor, el emperador Francis, Klemens organizó rápidamente en Frankfurt un encuentro en el que el propio Francis fue tratado con almibarada cortesía por el zar Alexander I de Rusia. Pronto surgirían los recelos y los enojos mútuos, a medida que las tropas coaligadas, tras cruzar el Rhin en diciembre de 1813, se adentraban en territorio francés.

La rueda de la fortuna había dado un giro completo. Pocos años antes, las tropas francesas, imparables, habían campado a sus anchas en Alemania. Ahora, le tocaba el turno a las tropas de la Coalición de ir progresando en su avance hacia París. El 31 de marzo de 1814, los ejércitos de la Coalición hacían una entrada espectacular en París. Leopold, que había recibido la orden rusa de San Jorge y al poco tiempo la Cruz de Hierro del reino de Prusia y la orden de María Teresa por gentileza de Austria, podía hinchar pecho mientras contemplaba la que había sido orgullosa capital del imperio Bonaparte. Allí estaban también sus hermanos, Ernst y Ferdinand, y su cuñado, Emmanuel Mensdorff-Pouilly.

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Ferdinand, el Coburgo del ejército austríaco.


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Emmanuel Mensdorff-Pouilly, el cuñadísimo.


Antes de llegar allí, a Francia, a la mismísima París, conviene señalar que Leopold, que ya le había cogido gusto a eso de hacer el papel de diplomático, había intentado apañar las cosas entre su hermana Juliane, para los rusos la gran duquesa Anna Feodorovna, y el gran duque Constantino. Y eso sí que fue una misión imposible, incluso para el despliegue de encanto y simpatía fraternal de nuestro Leopold...


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 Asunto: Re: LEOPOLD I
NotaPublicado: 18 Nov 2014 21:13 
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La expresión suprema de la belleza es la sencillez.
Alberto Durero.


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 Asunto: Re: LEOPOLD I
NotaPublicado: 18 Nov 2014 22:21 
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Juliane, gran duquesa Anna Feodorovna:

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Desde una perspectiva fríamente dinástica, Juliane cumplió con creces el cometido principal atribuíble a cualquier princesa, dado que fue absolutamente instrumental en la progresión hacia la primera línea de su familia de origen, una más entre las muchas familias asociadas a la extensa panoplia de principados y ducados germánicos. Eso, considerándolo desde una perspectiva fríamente dinástica. La descarnada realidad es que su matrimonio, brillantísimo en el sentido de que hizo de ella una gran duquesa en la muy opulenta corte imperial de aquella potencia llamada Rusia, constituyó un calvario para ella.

Punto número uno: Juliana era muy joven, contaba catorce años de edad, cuando se vió catapultada desde la corte ducal de sus padres a la corte imperial presidida por la imponente Catalina II. Los principios de Catalina también habían sido los de una insignificante princesa alemana importada como novia apropiada para un zarevitch que no parecía nada promisorio, pero eso quedaba muy, muy atrás. A Juliana le tocaba casarse con uno de los queridos nietos varones de Catalina, el gran duque Constantino. El hermano mayor de Constantino, Alexander, destinado a heredar en su día el trono Romanov, se había casado igualmente con una princesa germana que se había metamorfoseado, por obra y gracia de una fastuosa boda en el rito ortodoxo, en la gran duquesa Elizaveta Alexeyevna.

Constantino, de dieciseis años, no poseía ni de lejos el atractivo físico de Alexander. Tampoco era dueño, todo hay que decirlo, de un carácter atractivo. Podía ser endemoniadamente orgulloso, rayando en una soberbia de dimensiones ciertamente imperiales; se mostraba distante y prepotente, pero también hosco, malencarado y bien dispuesto a sonoras explosiones de cólera. En cierto modo, su ira restallaba en el aire como un látigo de nueve colas. No llevaba una vida precisamente contenida y ejemplar, al contrario, mostraba signos de cierta disipación. La abuela Catalina consideraba urgente proporcionarle una esposa mansa y complaciente. Él acogió la idea con bastante frialdad. Casarse no era algo que le apeteciese, más bien le repelía tener que unirse a cualquier princesa que importasen para él. Pero...cualquiera se oponía a los designios de Catalina. Igual que poco tiempo atrás dos princesas de Baden habían llegado a San Petersburgo para que Alexander eligiese entre ellas a su gran duquesa, para Constantine se hizo viajar desde Coburg tres princesas que, en ese caso, se presentaron junto a la madre y el hermano varón de mayor edad, heredero de los dominios familiares.

Las niñas Coburgo eran muy bonitas, pero la primera reacción de la corte de San Petersburgo fue reírse de sus alhajas demasiado sencillas y de sus vestidos pasados de moda. Juliane, la elegida para verse insumida en el proceso de conversión religiosa que haría de ella la muy creyente gran duquesa Anna Feodorovna, pronto pudo presumir de disponer de un fantástico joyero y de un no menos espléndido ropero, pero en su marido no encontró precisamente un buen mozo dispuesto a cortejarla o por lo menos a dispensarle una cortesía que con el tiempo derivase en cierta medida de afecto recíproco. Ella enseguida demostró una habilidad para las relaciones palaciegas, pese a su juventud, que la hizo destacar en el entorno de la corte imperial. A Constantino le apetecía cero a la izquierda que su mujer fuese objeto de parabienes y floridos halagos. La relación se estropeó cada vez más. Para colmo, cuando Catalina II murió, ascendió al trono su hijo Paul, que, conjuntamente con su esposa María Feodorovna, mantenía una relación plagada de recelos y sospechas hacia los dos hijos varones que la difunta autócrata había apartado de ellos para moldearles según su propio criterio: Alexander y Constantino. Paul decidió que Alexander y Constantino empezasen a participar activamente en una serie de maniobras militares que les mantenían alejados de la corte en la que habían sido los niños mimados de la abuela Catalina. Eso dejó a las jóvenes esposas de ambos, Elizaveta Alexeyevna y Anna Feodorovna, prácticamente obligadas a mantenerse semi recluídas, participando lo justo de los eventos palaciegos y tratando de confortarse la una a la otra. Cuando los maridos podían visitarlas, nada era precisamente miel sobre hojuelas. Juliane sufría los malos tratos de Constantino. Años después, una mujer importante en la vida de Leopold, Caroline Bauer, lo resumiría afirmando que "el brutal Constantino trataba a su mujer como si fuese una esclava".

Juliane sucumbió a aquella atmósfera absolutamente enrarecida. En 1799 estuvo seriamente enferma, al punto de que en la corte imperial rusa aceptaron que viajase a Coburg para reestablecerse con las cariñosas atenciones de su madre Augusta. Al verse rodeada de sus padres y hermanos, Juliane intentó desesperadamente convencerles de que aceptasen su vuelta a casa. Pero los Coburg no tenían ninguna intención de quedarse sin la gallina de los huevos de oro que venía siendo Juliane metamorfoseada en gran duquesa Anna Feodorovna. La forzaron a regresar a San Petersburgo, dónde el sentimiento de angustia de ella fue en aumento. En 1801, el 23 de marzo, el muy paranoico zar Paul I fue asesinado y Alexander ascendió al trono como Alexander I. Fue un balón de oxígeno para Juliane, que vió en ese giro de los acontecimientos una opción para escapar en cuanto le permitiesen volver a ver su hogar natal. Al cabo de pocas semanas, mostró signos de enfermedad: estaba al borde del colapso físico y mental, así que de nuevo consintieron en mandarla a Coburg. Previsiblemente, la intención era la misma que en 1799: ya se encargaría la enérgica Augusta de mejorar en un plazo de tiempo razonable el estado de salud de la hija para devolverla a San Petersburgo. Pero esa vez Juliane se mantuvo firme en su propósito de no regresar a San Petersburgo. No quería seguir siendo la esposa de Constantino. Quería un divorcio que le permitiese vivir con cierta dignidad, a salvo de la tiránica naturaleza del marido que le habían proporcionado. Los Coburg, comprendiendo que no había nada que hacer, sondearon a la corte imperial. Pero la zarina de Paul, María Feodorovna, se negó en redondo a colaborar para que Constantino y Juliana obtuviesen un divorcio. La zarina temía que su tempestuoso hijo contrajese matrimonio morganático con la querida del momento, así que prefirió mantenerle atado a la fugitiva Juliane.

Juliane era muy joven y aunque las experiencias vividas en la corte rusa le habían causado un enorme sufrimiento, no pensaba renunciar a la posibilidad de encontrar el amor en cualquier recodo del camino. En algún momento da partir de 1805, parece haber vivido un romance apasionado con un emigrado francés que servía en el ejército prusiano Jules Gabriel Emile de Seigneux, divorciado de Christiane Friederike de Anhalt, y el resultado fue un embarazo que trastornó profundamente a los miembros de la familia ducal de Coburg. Aquella era una época en que "no estaban" para distraerse de los asuntos políticos que condicionaban incluso el futuro de la familia en Thuringia, pero, obviamente, tampoco podían desentenderse de la situación delicada en que se había puesto Juliane. Había que tapar el asunto y proporcionar soluciones a los problemas que se derivasen del inminente nacimiento de un hijo a todas luces ilegítimo de la aún esposa oficial del gran duque Constantino. El niño, Eduard Edgar Schmidt-Löwe, nació en el mes de octubre de 1808. Los Coburg se encargaron de proveerle un nombre y unos apellidos, en un hogar adecuado dónde podía crecer rodeado de atenciones. Pero Juliane, obviamente, se vió privada de ejercer la maternidad.

Consumida la llama de su relación con Jules de Seigneux, Juliane se trasladó a Suiza en un estado de ánimo bastante melancólico. Se estableció en Berna, dónde eligió, para dirigir su casa, a un caballero de excelente formación, cirujano de cierto prestigio, llamado Rodolphe Abraham de Schiferli. Enseguida surgió una notable afinidad entre Juliane, aficionada al arte y a la música, y Rodolphe. La amistad se vió temporalmente interrumpida por un romance que fructificó en un nuevo embarazo ni buscado ni deseado. Los Coburg, informados, probablemente se echaron las manos a la cabeza antes de decidir que había que obrar con el mismo cuidado con que se había obrado en 1808. En 1812, Juliane dió a luz a la hija de Schiferli: Louise Hilda Agnes, rápidamente adoptada por otro refugiado francés de los que buscaban que la suerte les sonriese en tierras germanas llamado Jean François Joseph d'Aubert.

En 1814, Juliane era una mujer de considerable belleza, que había tenido aventuras sentimentales y había dado a luz dos hijos de dos padres distintos, niños a los cuales se había visto obligada a renunciar para evitar un escándalo de proporciones épicas. Decidida a quedarse en Suiza, había adquirido una bonita villa en el cantón de Berna, a orillas río Aare, a la que se dió el nombre de Elfenau. Y en ese lugar, la irrupción de Constantino con Leopold desde luego debió resultar bien poco grata para Juliane, que, a pesar de los esfuerzos de su hermano para persuadirla de que debía reconciliarse con el marido a quien seguía unida legalmente, se negó en redondo a considerar siquiera aquella posibilidad.


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 Asunto: Re: LEOPOLD I
NotaPublicado: 18 Nov 2014 22:21 
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Shhhh...yo lo que quiero saber es debajo de qué piedra se esconde mi Konradin :)) :)) En un par de semanas, le veo viviendo en el foro, literalmente. :ooops:


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