Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: Re: LA REINA DE WESTFALIA
NotaPublicado: 14 Ene 2012 22:17 
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Unos retratillos

Catalina

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 Asunto: Re: LA REINA DE WESTFALIA
NotaPublicado: 14 Ene 2012 22:41 
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Gorje San escribió:
Unos retratillos

Catalina

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Uy, éste me ha encantado, aunque todos son muy bonitos. Me gusta la imagen de Catherine a caballo, con Napoleonshöhe al fondo, recortándose en el horizonte. Precioso ;)

Y me viene bien para seguir incidiendo en esa atmósfera de la corte de Cassel. En mi opinión, de todas las intrigas que surgieron, una de las que más afectó a Catherine fue la que surgió en torno a una mujer a la que ella misma había ofrecido una posición destacada en Napoleonshöhe. La mujer había nacido siendo la princesa María Antonia von Hohenzollern-Hechingen, la mayor de las tres hijas que el príncipe Hermann von Hohenzollern-Hechingen había tenido con su tercera esposa, María Antonia de Waldburg-Zeil-Wurzach. María Antonia von Hohenzollern-Hechingen, lo mismo que sus hermanas Therese von Hohenzollern-Hechingen y Maximilianne von Hohenzollern-Hechingen, habían acudido con frecuencia a la corte de Stuttgart cuando Catherine era todavía una jovencita. Luego, María Antonia se había casado en 1803, cinco años antes de que le tocase el turno a la propia Catherine. En el caso de María Antonia, el marido designado había sido Friedrich Ludwig von Truchsess Waldburg.

La condesa von Truchsess Waldburg llegó a Cassel dispuesta a representar un papel que le diese incluso trascendencia histórica. Desde luego, su presencia tuvo un impacto casi inmediato, porque desde la llegada de los soberanos, se habían formado en Napoleonshöhe de manera absolutamente natural y espontánea dos partidos: un partido francés, conformado por todos los favoritos que habían llegado en el cortejo del rey Loustic, y un partido alemán, que se sentía en franca desventaja pese a jugar en su propio territorio. El partido alemán, lógicamente, encontró que le convenía aupar a la condesa von Truchsess Waldburg, que no sólo gozaba de la confianza de la reina, sino que había atraído el interés depredatorio del rey. Simultáneamente, el partido francés inició su campaña de acoso y derribo a la Truchsess Waldburg. La acusaron de hacer el papel de gobernanta arrogante con la reina y de pretender emular a Madame de Pompadour con el rey. Conscientes de que una mancha de mora con otra se quita, los franceses empezaron a buscar una mujer que pudiese sustituir a la Truchsess Waldburg. Finalmente, triunfaron en diciembre de 1808. Jérôme elevó al título de conde von Berntenrode a un militar francés, François Ducoudras o Du Coudras, por el simple motivo de que la esposa de éste era, aparte de muy guapa, sumamente complaciente.


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 Asunto: Re: LA REINA DE WESTFALIA
NotaPublicado: 14 Ene 2012 23:16 
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Lo admirable en esa corte era la templanza de la reina Catherine. Quizá eso de llevar sangre azul de siglos circulando por las venas le da a una cierta facilidad para ir de un lado para otro sin querer ver las canas al aire del marido, pese a que son tantas y tan frecuentes que casi se podría pensar que no le quedaba tiempo para otra cosa a nuestro Jérôme. Cierto que contaba con mucha ayuda. Por ejemplo, su fiel Le Camus actuaba a menudo como un alcahuete. Una historia que circuló profusamente fue la relativa a cierta actriz de Breslau a la que Le Camus introdujo de contrabando en Napoleonshöhe.

Durante años, Jérôme había tenido siempre la opción de darse un homenaje con la genovesa Blanche Carrega, a la que había otorgado una mínima apariencia de respetabilidad al casarla con Constantin La Flèche. En esa ocasión, tuvo la ocurrencia de que su valet de chambre, Albertoni, estaría encantado de casarse con la actriz de Breslau, junto a la cual recibiría una sustanciosa dote. Albertoni, desde luego, se mostró receptivo a la propuesta, pero en cuanto se le entregó la cuantiosa dote, cogió a la novia y se largó con ella a París porque no pensaba hacer el papel de cornudo complaciente que ya hacía La Flèche. La anécdota saltó de boca en boca en los salones del I Imperio.

A decir verdad, Jérôme no corría el riesgo de verse escaso de favoritas. El punto álgido de su reinado se sitúa entre los años 1811 y 1813, cuando dos mujeres se disputan la hegemonía -aunque ni siquiera ellas dos eran las únicas con las que se permitía mantener relaciones el rey Loustic-. Una de ellas era la condesa Ernestine Luise von Lowenstein-Wertheim-Freudenberg, nacida Ernestine Louise von Pückler-Limpourg. La otra era Diane Waldner von Freundstein, condesa von Pappenheim. Por lo que se refiere a Diane, personalmente la encuentro muy atractiva, como una versión más madura y sofisticada de la americana Betsy Patterson. Para muestra, un retrato de Diane:

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Un detalle curioso es que ambas parecían competir también por proporcionarle hijos a Jérôme. En 1811, Ernestine le dió, supuestamente, un hijo llamado Charles, mientras que Diane le daba una hija llamada Jenny. En 1813, ambas alumbraron hijas concebidas con Jérôme: Ernestine tuvo a Mélanie, en tanto que Diane ponía en el mundo a Pauline. Esa situación sí que tuvo que ejercer un impacto psicológico en Catherine, que al cabo de seis años de vida conyugal, seguía sin haberse embarazado siquiera una vez. El no haber podido demostrar aún su fertilidad causaba verdadera tensión nerviosa en Catherine en particular desde que Napoleón había repudiado a Josephine por ese motivo, para luego casarse con la archiduquesa Marie Louise de Austria, a quien se suponía capaz de proveer numerosos retoños.


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 Asunto: Re: LA REINA DE WESTFALIA
NotaPublicado: 15 Ene 2012 09:02 
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Minnie,tu y tus personajes :bravo: :bravo: :bravo: =D> =D> =D>

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 Asunto: Re: LA REINA DE WESTFALIA
NotaPublicado: 15 Ene 2012 09:29 
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sambone escribió:
Minnie,tu y tus personajes :bravo: :bravo: :bravo: =D> =D> =D>


Jajajaja. Bueno, Sambone...ya ves que de momento Catherine parece un personaje con muy poquita sustancia...¿verdad? Si lo pensamos, aparece como una muchacha que no me movía ni un milímetro hacia derecha o izquierda respecto al patrón universal de princesas más que apropiadas. No parece haber heredado nada de su pasional y controvertida madre, Zelmira; tampoco de su ferozmente independiente abuela materna, Augusta, ni de su vivaz abuela paterna, Sophia Dorothea. Catherine va cubriendo sus etapas sin el menor traspié y, desde luego, sin salirse ni un ápice del camino que le han marcado. En conjunto, resulta una buena chica pero tan convencional en su desempeño que parece tremendamente sosa...

Ahí estaba, en la corte de Westfalia, que tenía la atmósfera festiva y un tanto picante de la más atrevida comedia de enredo de la época; y sin embargo ella figura siempre al margen de tanto jaleo, excepto en momentos muy puntuales. Mientras su marido seguía enviando mensajes a la primera mujer norteamericana Betsy Patterson, mientras Madame Du Coudras adelantaba por la izquierda en la ruta hacia la cama del monarca alegre a la condesa von Truchsess Waldburg o mientras la condesa von Lowenstein-Wertheim-Freudenberg se disputaba el papel de favorita indiscutible con la condesa von Pappenheim...Catherine está ahí, en su puesto, ejerciendo con dignidad. Dignidad era la palabra, por lo que a ella le concernía.

Sólo en una ocasión debió pasarlo mal...y fue a cuenta de Blanche Carrega, Madame La Flèche, baronesa Keudelstein. Pero la historia no implicaba tanto a su marido, Jérôme, como al hermano mayor de la propia Catherine, el príncipe heredero de Württemberg...


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 Asunto: Re: LA REINA DE WESTFALIA
NotaPublicado: 15 Ene 2012 10:24 
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Aquí el hermano mayor de Catherine, Wilhelm, príncipe heredero de Württemberg:

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Wilhelm no tenía precisamente una relación fácil con su padre, pero tampoco le ocurría a su hermano menor, Paul. Hay que señalar que Paul, siquiera, había sido siempre el indiscutible favorito de la madrastra, la británica Charlotte, que le encontraba un parecido con su propio hermano preferido, el príncipe Adolphus, duque de Cambridge. Charlotte creía que Paul tenía la misma vis cómica de Adolphus de Cambridge, una coincidencia que la predisponía a ella hacia el tercero de los tres hijos de su marido Friedrich.

Pero ni Wilhelm ni Paul fueron buenos chicos en su juventud. Si la hermana, Catherine, encaja a la perfección en el estereotipo de princesa no demasiado agraciada ni dotada de particular atractivo, pero sí modélica en su conducta y sus modales, los dos hermanos caen de lleno en el cliché de "ovejas descarriadas". Ambos mostraban una gran afición a las correrías nocturnas, les gustaban las mujeres a rabiar y bebían mucho más de la cuenta; también jugaban, apostando fuertes sumas de dinero e incurriendo en deudas. A Friedrich, desde luego, siempre le preocupó más la falta de mesura de William que la de Paul: para algo era William el heredero. No obstante, Paul, el tranquilizador reemplazo del heredero, también tenía su importancia dinástica.

A principios del siglo diecinueve, tanto uno como otro se habían sumergido de lleno en aventuras amorosas con mujeres que no eran aceptables. Wilhelm se había enamorado de Therese von Abel, mientras que Paul se había enredado con la joven Friederike Porth. En ambos casos se produjeron embarazos "inconvenientes": Therese dió a luz gemelos que murieron poco después, mientras que Friederike tuvo una niña que sobrevivió a los peligros de la infancia llamada Karoline. Ni Paul ni Wilhelm se casaron por propio deseo. Paul fue el primero a quien mandaron situarse frente a un altar para intercambiar sus votos con la princesa Charlotte von Saxe-Hildburghausen , en septiembre de 1805. Su boda, por tanto, fue anterior a la de Catherine con Jérôme. En lo que atañe a Wilhelm, el primogénito se casó más tarde, en junio de 1808, a instancias del mismísimo Napoleón I, empeñado en crear nuevos vínculos entre dos países germánicos aliados suyos, Württemberg y Baviera. Wilhelm desposó a Charlotte Augusta, una hermana de la Amalie Augusta que se había casado con Eugène de Beauharnais. La cuestión radicaba en que Amalie era una auténtica preciosidad, un bomboncito muy del gusto de Eugène. En cambio, Charlotte hubiera sido quizá razonablemente bonita de no haberle estropeado la cara las marcas de una inoportuna viruela, por lo que Wilhelm la encontró más bien desagradable a la vista. Tras decirle que él pensaba que ambos habían sido víctimas de las circunstancias geopolíticas de la época, Wilhelm se desentendió de Charlotte. Ella vivía en una serie de aposentos del palacio de Stuttgart, añorando terriblemente Munich; era profundamente desdichada, se sentía humillada por la completa indiferencia de su marido sólo de nombre, pero, debido a su naturaleza genuínamente complaciente y a su alergia a crear problemas, mantuvo un digno silencio.

Pues bien: a partir de 1809, Wilhelm visitó con relativa frecuencia la corte de su cuñado Jérôme y su hermana Catherine en Cassel. El ambiente extravagante de Napoleonshöhe le atraía igual que la luz a las polillas. Y en esa tesitura, resultó que se encaprichó de Blanche Carrega La Flèche, la baronesa Keudelstein.

Lo cierto es que si hay una cosa que me entristezca en relación con este tema, es no haber conseguido encontrar un retrato, siquiera un pequeño retrato, de Blanche baronesa Keudelstein. Ella puso una formidable dosis de sal y pimienta en la corte de Cassel desde diciembre de 1807 hasta muy avanzado 1811.

Recapitulemos en lo que le toca a Blanche baronesa Keudelstein, porque os aseguro que merece la pena.


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 Asunto: Re: LA REINA DE WESTFALIA
NotaPublicado: 15 Ene 2012 10:25 
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No es solo Catherine sino todo el elenco y la trama que hay alrededor.

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 Asunto: Re: LA REINA DE WESTFALIA
NotaPublicado: 15 Ene 2012 11:37 
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Desde su llegada a Cassel, Blanche había tenido sus buenos motivos para sentirse la mar de satisfecha. Jérôme seguía encontrándola, al cabo de años, lo bastante atractiva como para visitar con cierta asiduidad su cama; aunque no se trataba de la única amante del nuevo soberano, sí era una amante a la que se reconocía el mérito de poseer cierta "antigüedad en el cargo", por así decirlo. De ahí que su marido, Constantin La Flèche, hubiese sido colocado en un cargo de relevancia, con una asignación más que generosa a cargo de la Lista Civil de Jérôme y un título tremendamente sonoro, barón von Keudelstein, que compartía con la propia Blanche. El barón von Keudelstein asumía sin complejos e incluso con animoso desparpajo su papel de cornudo oficial en Napoleonshöhe. A fín de cuentas, él, que unos pocos años atrás era apenas un pequeño comerciante en Marseille, había aprendido que esa actitud resultaba ser muy ventajosa en todos los aspectos

Blanche no encontraba motivos para mantenerse fiel a un amante esporádico como Jérôme. Dado que éste no le reservaba a ella el privilegio de la exclusividad, ella no se sentía en la obligación de dividirse únicamente entre su esposo y su regio protector, sino que consideraba que podía mostrarse receptiva a otras relaciones. No creo que esa gente tuviese tiempo de acomodarse en una chaise longue con un libro en las manos, pero desde luego si alguna vez dedicaron media hora o una hora a la lectura, tengo claro que la obra de referencia obligatoria debía ser "Les Liaisons Dangereuses". Sólo así se explica, por ejemplo, la competencia establecida entre Blanche y su joven cuñada Jenny La Flèche por conquistar a cada buen mozo que se hacía presente en los salones de Napolenshöhe.

En algún momento de 1809, en los salones de Napoleonshöhe se hizo notar, y no poco, la rotunda presencia de un hombre: el marqués Armand Guerri de Maubreil. Algunos definen a Maubreil como un aventurero sin escrúpulos y otros directamente le llaman rufián, lo que, de entrada, ya da una idea bastante clara de que nos encontramos ante un tipo peligroso. Era oficial en un regimiento de caballería ligera westfaliana y se rumoreaba que también uno de los muchos agentes que reportaban al mefistotélico Talleyrand, el ministro de Asuntos Exteriores franceses. El caso es que cuando llegó a Cassel, ese oficial de caballería ligera westfaliana que quizá jugase a los espías tenía cierta vítola de héroe de guerra obtenida a costa de una herida recibida en combate en España.

Por lo visto, Blanche se dejó seducir rápidamente por Maubreil, que, a su vez, debió pensar que la situación adquiría nueva intensidad si, de paso, conseguía meterse en la cama de Jenny La Flèche -algo que tampoco requería especial persistencia-. La aventura picante entre Maubreil y las dos mujeres conectadas entre sí se complicó inesperadamente por culpa de otro pretendiente de Jenny La Flèche, quien se creyó con derecho a mostrarse celoso. Hubo un desafío a muerte, momento en el que el jefe de policía de Cassel se creyó obligado a avisar al rey Jérôme de que se produciría semejante duelo, con el consiguiente escándalo. Jérôme ya estaba más o menos enterado de la historia y se sentía muy picado. Decidió aplicarle un fuerte correctivo a Maubreil, mandando ponerle bajo arresto. Lo cierto es que, en esa ocasión, la más perjudicada al andar su nombre en boca de todos fue Jenny La Flèche. Blanche había quedado un tanto al margen de la historia en su aparatoso desenlace, lo que le vino muy bien. No obstante, Jérôme se empecinó en que Blanche von Keudelstein les acompañase a Catherine y a él, en el papel de dama de la reina de Westfalia, cuando tuvieron que viajar a Compiègne para asistir a la boda, a principios de marzo de 1810.

El episodio Maubreil no escarmentó a Blanche. En el otoño de 1810, aprovechando una de las visitas del príncipe heredero Wilhelm de Württemberg, logró atraer la atención del hermano mayor de Catherine. Prácticamente toda la temporada otoño 1810-invierno 1811 la pasó Wilhelm haciendo visitas a Napoleonshöhe en Cassel, dónde su tórrida aventura con la Keudelstein estaba en boca de todos junto con la disputa a brazo partido entre Madame von Lowenstein-Wertheim-Freudenberg y Madame von Pappenheim por el puesto de maîtresse preferida de Jérôme. El caso es que a Jérôme le molestó compartir con su cuñado Wilhelm los favores de Blanche. Era una especie de pique entre ambos que daba más materia para cotilleo. Simultáneamente, el rey de Württemberg, Friedrich, estaba que trinaba con la aventura de Wilhelm con la Keudelstein. Desde Baviera se le quejaban de que Wilhelm no sabía ser un marido siquiera medianamente cortés con Charlotte Augusta, pero, por añadidura, el príncipe estaba gastándose más dinero del que tenía en complacer los antojos de Blanche.

Aunque en apariencia Wilhelm se retiró de escena, para evitar mayores conflictos con Jérôme y para satisfacer a su despótico padre Friedrich, siguió intercambiando encendidas misivas con Blanche. Usaba de intermediario al barón von Otterstedt, que ocupaba el cargo de Inspector General o Superintendente de los Bosques de Westfalia, y a la esposa de éste, Madame von Otterstedt, que, antes de casarse, había sido condesa von Zeppelin. Un hermano de ella, el conde von Zeppelin, era ministro de Asuntos Exteriores en Stuttgart, en la corte del rey Friedrich. Todo aquello era material de alta graduación, como pensó Bongars, el jefe de Policía de Cassel, al interceptar una serie de cartas. En aquel momento concreto, Blanche ni siquiera estaba en Cassel, porque había emprendido un viaje a Génova con su cuñada Jenny La Flèche, pero Bongars llevó las cartas interceptadas a Jérôme, que fue consciente de que su cuñado había estado engañándole con la complicidad de los von Otterstedt. El barón von Otterstedt fue inmediatamente desposeído de su cargo, por lo que su esposa, muy querida por Catherine, decidió renunciar asimismo a su puesto; la pareja se retiró fuera del reino, a Francfort-am-Main, mientras desde Cassel se advertía a Blanche de que era preferible que se no volviese nunca a Westfalia.

Todo el enredo ocupa bastante espacio en el "Diario" de Catherine, lo que refleja que ésta, por lo general muy prudente a la hora de consignar sus pensamientos, vivió el asunto como una enorme complicación que, a la postre, la privó de la compañía de Madame von Otterstedt.


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 Asunto: Re: LA REINA DE WESTFALIA
NotaPublicado: 15 Ene 2012 11:59 
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sambone escribió:
No es solo Catherine sino todo el elenco y la trama que hay alrededor.


Uy, eso sí es cierto, jajaja. La muchacha estaba rodeada mujeres de dudosa virtud, asi como de una buena banda de pícaros y rufianes. Es todo un mérito que conservase su virtud y su reputación.


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 Asunto: Re: LA REINA DE WESTFALIA
NotaPublicado: 15 Ene 2012 12:34 
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Vamos a centrar la mirada, por un momento, a una mujer inolvidable: Josephine de Beauharnais, después Madame Bonaparte, luego primera emperatriz de Francia, un destino absolutamente singular para una criolla de La Martinique.

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La historia de su matrimonio con Napoleón puede, quizá, condensarse en pocas líneas. Ella había sido una mujer de mundo, refinada, sofisticada y de más que dudosa reputación, que había cedido a la persuasión de sus allegados para casarse con el corso Napoleón, que la creía más joven y rica de lo que era. Una boda calculada, pues se suponía que Napoleón tenía un brillante futuro por delante y podría ofrecerle no sólo protección sino una más que respetable prosperidad. Los sentimientos de Josephine hacia Napoleón, en esa primera etapa de vida conyugal, eran de una burlona condescendencia y se considera seguro que le fue infiel mientras él luchaba por coronarse de laureles en la campaña de Italia. A partir de ahí, Napoleón se tomó su revancha, pues aunque la mantuvo como esposa, estaba lo suficientemente picado en su orgullo masculino para asegurarse de que ella estaba al tanto de que no le faltaban amantes más o menos esporádicas. La incapacidad de Josephine para proveer un heredero añadió un motivo de tensión nerviosa adicional en aquella mujer que, poco a poco, acabó más dependiente en el plano afectivo de su marido de lo que había podido imaginarse siquiera en la época en que se habían casado.

La cuestión de la falta de un hijo en común adquirió más relevancia a partir de la coronación imperial. Un Primer Cónsul vitalicio podía lamentar la falta de hijo varón, pero un emperador de una nueva dinastía sin duda lo lamentaba infinitamente más, a pesar de que la boda de la hija de Josephine con uno de los hermanos menores de Napoleón había producido niños que se consideraban los más apropiados sucesores. Napoleón no íba a conformarse con ello. Empezaron a proliferar comentarios en el sentido de que Napoleón acabaría divorciándose de Josephine para buscar un segundo matrimonio que aportase sangre real de siglos a su dinastía, algo que se plasmaría después en los hijos que pudiesen nacer.

La primera vez que alguien se permitió el lujo de plantear la cuestión a Josephine fue, al parecer, en noviembre de 1807. El hombre que lo hizo fue el reptilíneo Joseph Fouché, ministro de la Policía. Josephine debió sentir que una mano helada le estrujaba el corazón mientras sostenía la mirada de Fouché para contestar, con una sorprendente dignidad imperial, que ella sólo trataría un asunto de ese calibre con el emperdor mismo, a cuyas órdenes se sometía siempre. Las cosas permanecieron en stand by a lo largo de 1808, pero en julio de 1809 Napoleón fue padre de un varoncito, Alexandre, concebido en su relación con la polaca María Walewska. La filiación del bebé que había puesto en el mundo María Walewska no admitía duda alguna, lo que provocó en Napoleón un júbilo inenarrable. A partir de ahí nutrió como nunca había nutrido su sueño dinástico. En noviembre de 1809, cuatro meses después, Napoleón se entrevistó con su hijastra y cuñada Hortense, la reina de Holanda, para que fuese ésta la que transmitiese en términos adecuados a Josephine la voluntad de su marido de lograr un divorcio rápido, amigable, en el que estaría encantado de asegurarle a ella no sólo títulos y propiedades, sino una vida cómoda hasta el fín de sus días. Josephine aguantó lo mejor que pudo aquel golpe: el divorcio se hizo efectivo el 15 de diciembre de 1809, en el curso de una ceremonia en la que ella, aunque visiblemente afectada, conmovida en extremo, representó con elegancia su papel. A partir de ahí, Josephine se retiraría al château de Navarre y, desde luego, a su adorada Malmaison, el palacete encantador en Rueil Malmaison en el cual antaño se había sentido la más dichosa de las mujeres.

Esta historia tuvo su importancia para Catherine de Württemberg, reina de Westfalia, que, en diciembre de 1809, llevaba más de dos años casada con Jérôme y no había dado señales de embarazo nunca. Considerando que su marido no cesaba de engendrar hijos e hijas en otras mujeres, era obvio que habría no pocos rumores acerca de la posible esterilidad del rey de Württemberg. El temor de Catherine era acabar teniendo que pasar por lo mismo que había pasado Josephine. No obstante, de momento, Napoleón parecía convencido de la utilidad de mantener su alianza con el padre de Catherine. Además, ella aportaba otras valiosas conexiones familiares, empezando por el hecho de que era una prima hermana del zar Alexander I. En esa época concreta, Napoleón estaba interesado en no tocarle en absoluto las narices al zar Alexander I: de hecho, pretendía casarse con una de las hermanas de éste, la gran duquesa Anna Paulovna.

El proyecto Anna Paulovna no cuajó. Alexander se quitó de encima la presión diplomática indicando que, en lo que concernía a los compromisos de sus hermanas, él había dejado el asunto por entero en manos de su madre, la zarina María Feorodovna. María Feodorovna, por su lado, temblaba de horror ante la perspectiva de enviar a su hija Anna a Compiègne. Así que se excusó en la Anna todavía no se había desarrollado.

Así que Napoleón encauzó sus aspiraciones en otra dirección, concretamente en dirección al imperio austríaco. Los Habsburgo siempre disponían de un buen conjunto de archiduquesas para fraguar sus alianzas por vía matrimonial. Cierto que la última archiduquesa de aquella dinastía que había llegado a suelo francés había acabado en la guillotina, pero eso no íba a impedir ni que el emperador francés hiciese avances por ese lado, ni que el emperador austríaco sacase cuentas de si le convenía o no entregar a una de sus -por otro lado queridas...- hijas a Napoleón, el enemigo de años.

La archiduquesa María Luísa acabó viajando a Francia, siguiendo los pasos de su tía abuela Marie Antoniette.


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 Asunto: Re: LA REINA DE WESTFALIA
NotaPublicado: 15 Ene 2012 13:11 
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Todos se habían congregado en Compiègne para recibir a María Luísa. Napoleón no hubiera permitido la ausencia de ningún miembro de la dinastía Bonaparte, de quienes se esperaba que asistiesen en éxtasis al momento en que se verificaba el enlace con la antiquísima así como venerable casa de Habsburgo-Lorena. Pero, fundamentalmente, Napoleón apreciaba la presencia de la esposa de su hermano Jérôme y de la esposa de su hijastro Eugène. A fín de cuentas, Catherine de Wurttemberg y Amalie Augusta de Baviera eran las únicas mujeres vinculadas a su casa que poseían un linaje real.

Desde Compiègne todos se trasladaron a Saint-Cloud, dónde tuvo lugar el matrimonio civil en la gran Galería de Apolo, profusamente decorada con frescos de Mignard, el 1 de abril de 1810. Al día siguiente, 2 de abril de 1810, sería el imponente Salon Carré del Louvre de París el escenario de la ceremonia religiosa. Entre una ceremonia y la otra, en la noche que separó el día 1 del día 2, Saint-Cloud albergó una representación de gala de la ópera "Iphigenia en Áulide". Probablemente, ninguno de los asistentes reparó en el hecho, ominoso, de que esa pieza musical había sido la preferida de la tía abuela de María Luisa, Marie Antoinette.

Jérôme y Catherine no solamente permanecieron allí durante la serie de celebraciones que acompañó el enlace dinástico de Napoleón, que disfrutó de una breve luna de miel en Compiègne. Se había previsto que, al concluír dicha luna de miel, Napoleón y María Luisa saldrían de gira por el norte de Francia, en una ruta que incluía muchas ciudades situadas actualmente en Bélgica. Cuando salieron de Compiègne a las siete en punto de la mañana del día 27 de abril de 1810, estaban presentes, por parte austríaca, el gran duque de Würzburg, el príncipe Schwarzenberg y el conde Metternich. El séquito de los recien casados incluía, de parte francesa, a la reina de Nápoles, los reyes de Westfalia y el príncipe Eugène, virrey de Italia.

Catherine emprendió el viaje con buen ánimo. Durante las diversas escalas de ese trayecto que les llevó en primera instancia a Saint Quentin, población en la que todos embarcarían en las góndolas para ascender a través del canal que unía el Sena con el Scheldt. Íban a visitar numerosas poblaciones: Bois-le-Duc, Berg-op-Zoom, Breda, Middleburg, Flushing, la isla de Walcheren recientemente reconquistada a los británicos, Amberes, Bruselas (parada de tres días en el palacio de Laeken), Gante, Brujas, Ostende y Dunkerke, para bajar después a Lille, Calais, Dieppe, Havre y, finalmente, Rouen. Lo cierto es que María Luisa carecía de la encantador gracejo que había exhibido Josephine en sus visitas a ciudades, pero Napoleón debía considerar que la plúmbea dignidad de su nueva esposa era una señal de auténtica realeza. Catherine se mostraba también un tanto solemne en sus apariciones públicas, aunque hay destellos de entusiasmo en cada una de las numerosas cartas que remitió a su tía favorita, Henriette de Nassau-Weildburg, Tía Emmy. Pero en el fondo de su corazón, la evidente satisfacción de Napoleón por tener a una María Luísa presumiblemente muy fértil a su lado, que permitía albergar la esperanza de un hijo, removió otra vez el miedo de Catherine a acabar pasando por lo mismo que había pasado Josephine de Beauharnais. El repudio, ni más ni menos.

En realidad, el tema del repudio de Catherine llegó a surgir de boca de Jérôme, pero no en esa época, sino en una época muy posterior, en el verano de 1813. A principios de 1813, el Imperio Napoleónico, sobredimensionado, situado entre una serie de clamorosas derrotas en España y la formidable masacre que había representado la campaña en Rusia, estaba claramente al borde de su colapso. Pero Jérôme, que se apresuró a ordenar a Catherine que abandonase Westfalia para irse a Francia, seguía viviendo en su propio mundo. En junio, fue a reunirse con Napoleón en la ciudad de Dresde...y le explicó a su hermano que había pensado, por fín, que de todas sus favoritas, la más querida a su corazón era Ernestine. Estaba dispuesto a divorciarse de la estéril Catherine para hacer de Ernestine su siguiente consorte. Napoleón debió hacer un gran esfuerzo para no estrangular allí mismo a Jérôme: con la que estaba cayendo, era el colmo de los absurdos que su hermano pequeño añadiese esa clase de ocurrencia estúpida al marasmo de preocupaciones del emperador. Además, el planteamiento de Jérôme no podía de ninguna manera agradar a Napoleón. Napoleón había dejado a una mujer incapaz de darle un hijo, sí, pero esa mujer había sido una criolla de La Martinique, sin una sola gota de sangre real en las venas, sin conexiones dinásticas ventajosas; y la había dejado por una archiduquesa Habsburgo-Lorena. No era comparable a pensar siquiera en abandonar a una princesa de Württemberg para desposar a una simple condesa Löwenstein que estaba en boca de todos por haber sido una de las amantes preferidas de Jérôme.


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 Asunto: Re: LA REINA DE WESTFALIA
NotaPublicado: 15 Ene 2012 23:40 
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Registrado: 06 Dic 2008 00:48
Mensajes: 4804
Minnie, eres inigualable en la forma de describir los personajes. Lo haces de tal forma que parece que tomasen cuerpo a medida que vas relatando sus intrigas, sus tristezas, sus alegrias....És algo exepcional :bravo: :bravo: :bravo: :bravo: :bravo:
Una ironia del destino: la viuda del hermano de Betsy Patterson contrajo segundas nupcias con con un noble ingles..... Nada de raro en eso....pero éste caballero era Richard , marques Wellesley...Hermano del Duque de Wellinngton <o>


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