Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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NotaPublicado: 02 Abr 2009 20:39 
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Amélia escribió:
Bravo Minnie!!
Bellisimo hilo!
Después voy a ver si escribo algo sobre la Princesa Leopoldina.....
Legris, bellisimos retratos.... pero, te olvidaste del mio :cry: (Fui muy importante en la vida de mi entenado.... ;) )
Amélia queria mucho a Pedro II, escribió un poema donde lo llama algo como "hijo de mi corazón"...tenia el poema.....voy a ver si lo encuentro.
PedroII siempre tubo en su memória la imagén de Amélia.....Al buscar novia, pedia alguien parecida a ella( Freud explica eso :D ) le mandarón, un bello retrato de Teresa Cristina...pero la verdadera Tereza Cristina no tenia nada que ver con el retrato....El pobre Pedro casi se desmayó cuando la conoció.....Parece que solo consumaron el matrimonio después de un año....La pobre Tereza lloraba, lloraba.....


Gracias por el cumplido, Amélia ;)

Realmente, tu homónima y homenajeada en el avatar fue una dama extraordinaria. Me gustaría dedicarle su propio tema a Amelia de Leuchtenberg. Curioso que ella encontrase un marido solícito y atento en Pedro I, que no había mostrado mucha delicadeza de sentimientos hacia la pobre Leopoldina. Pero el quid de la cuestión está en Pedro I. Hacia Leopoldina, no sentía nada; había sido un brillante matrimonio concertado entre los Braganza y los Habsburgo, en una época en que las viejas dinastías trataban de reforzar al máximo sus vínculos, pero ella no le inspiró amor, ternura ni atracción.

Cuando Pedro I solicitó la mano de Amelia de Leuchtenberg, la idea sonó muy provocadora en numerosas cortes europeas. Se sabía que Pedro no había sido caballero gentil con Leopoldina, así que, para empezar, la familia de Amelia se encargó de dejar claro que la famosa Domitília tenía que desaparecer de la escena imperial de Río de Janeiro. Luego, la llegada de Amelia debió ejercer un poderoso efecto en Pedro. Porque Amelia, hija del apuesto Eugene de Beauharnais y la hermosa Augusta Amalia de Baviera, era muy pero muy bonita, al igual que sus hermanas Josephine (reina de Suecia), Eugénie (princesa Hohenzollern-Hechingen) y Théodolinde (duquesa de Urach). Pero, aparte, Amelia también en cuanto a carácter era un trasunto de su madre bávara, de quien nadie podía decir nada malo...

Los huérfanos de Leopoldine eran pequeños cuando Amelia entró en sus vidas. Leopoldina había muerto en diciembre de 1826, cuando la mayor de sus retoños, María da Gloria, contaba siete años; Januária tenía cuatro años; Paula Mariana tres años; Francisca Carolina dos años y Pedro, el varón, un añito recien cumplido. Los niños imperiales de Brasil carecían de abuelas que pudiesen, al menos, intentar llenar el hueco que dejaba la madre; en cuanto a las tías, paternas y maternas, residían en Europa. Así que la referencia sentimental para Pedro, en cuanto al sexo femenino, era su gobernanta, la condesa de Belmonte, a la cual conservaría un gran apego toda la vida. Al casarse su padre con Amelia, en 1829, Pedro, de cuatro años, se quedó fascinado con aquella madrastra de notable belleza, amable y cariñosa. Una de las mayores tristezas de Pedro, el futuro Pedro II, fue que, en 1831, su padre partiese hacia Portugal a intentar asegurar el trono lusitano a María da Gloria. Con Pedro I -ya duque de Braganza- se marchó Amelia -esposa leal y embaraza en esa época-.

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Amelia de Leuchtenberg con su única hija biológica, María Amelia de Braganza, que -¡lo que son las cosas!- sería el gran amor del archiduque Maximilian de Austria, luego emperador de México.

Para Pedro II, Amelia quedó en su mente como el modelo de princesa adornada con todas las virtudes. Al llegar el momento de casarse, a Pedro le presentaron -vía retrato- a una prima muy cercana suya, Teresa Cristina de Borbón-Dos Sicilias. Ofrecer una imagen embellecida de Teresa Cristina con el Vesubio al fondo al futuro marido no resultó demasiado inteligente. Pedro se imaginaba ya una especie de Amelia, pero llegó una muchacha bajita (él era muy alto, además de bien proporcionado), de rostro poco agraciado, con tendencia a redondearse y ocultando cuidadosamente un defecto físico (creo que era coja). Pedro por poco no se cayó redondo de la impresión al verla por primera vez; de inmediato, buscó apoyo en su gobernanta la condesa de Belmonte. La boda se celebró, pero el vínculo no se consumó hasta pasados largos meses. Se dice incluso que Pedro había pensado anular el matrimonio, remitiendo a Teresa Carlota de vuelta a Nápoles, pero que la condesa de Belmonte, una mujer muy piadosa, le había convencido de que aquella no era manera de proceder hacia la emperatriz...


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NotaPublicado: 02 Abr 2009 21:19 
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¡Ya me gustaría poder aportar alguna foto de la joven Teresa Cristina, emperatriz de Brasil! Pero las imágenes que tengo de ella, la muestran ya en edad madura...

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Creo que fue la reina Victoria de Inglaterra quien la definió como una criatura que añadía a la sencillez afán de complacer, mansa, sumisa. Lo cierto es que me encantaría saber más de lo que sé acerca de ella, para poder obtener mi propia impresión de su carácter.

Teresa Cristina tuvo por padre al rey Francesco I de Nápoles y a la segunda esposa de éste, María Isabel de España, una de las hijas de Carlos IV con María Luísa de Parma (por tanto, la madre de Teresa Cristina era hermana de Carlota Joaquina, "a arpía de Queluz" , abuela paterna de Pedro II). Francesco I había estado casado en primeras nupcias con una archiduquesa, María Clementina de Austria, que apenas había logrado poner en el mundo una niña, Carolina (la futura duquesa de Berry...), antes de morir. La propia madre de Francesco I, la reina María Carolina, también nacida archiduquesa de Austria, juzgó con gran dureza al hijo cuando éste, nada más enterrar a María Clementina, mostró unas prisas indecentes por encontrar una segunda esposa. Francesco I adujo que él no estaba hecho para el celibato, algo que la reina María Carolina encontró de pésimo gusto teniendo en cuenta que aún no se había descompuesto en el sarcófago el cadáver de su nuera.

María Isabel de España parece haber sido una esposa devota. Sólo a la muerte de su marido decidió recuperar el tiempo perdido lanzándose a una sucesión de amoríos que provocaron considerable escándalo...hasta el punto de que sus hijos acabarían apañándole una boda con un aristócrata siciliano, para, de alguna manera, apagar los fuegos que ardían en su madre viuda.

Curiosamente, las dos hermanas mayores de Teresa Cristina eran mujeres de rompe y rasga. María Cristina, la mayor, pizpireta y coqueta, se convirtió en la cuarta esposa de su tío materno, Fernando VII rey de España. Luisa Carlota, la siguiente chica, audaz y tempestuosa, ya estaba casada para entonces con un hermano menor de Fernando VII...el infante Francisco de Paula. María Cristina y Luisa Carlota vivieron existencias ajetreadas, intensas de principio a fín. Nadie las hubiera confundido con unas delicadas florecillas de invernadero. Después de María Cristina y Luisa Carlota, había nacido María Antonieta, a quien el matrimonio convertiría en gran duquesa de Toscana: ésta ya era apacible, discreta y muy piadosa. A María Antonieta la seguía María Amalia, que se casaría con don Sebastián, infante de Portugal y España: vivió sufriendo por la falta de hijos y se murió antes de cumplir los cuarenta años. María Antonieta y María Amalia parecían anodinas comparadas con la hermana siguiente, María Carolina, que se casó con el pretendiente carlista conde de Montemolín. María Carolina, una ultraconservadora, se mostraba rotunda y firme; no aceptaba componendas cuando se trataba de sus ideas ni de su amor completamente obsesivo hacia su marido, en quien trataba de infundir el vigor que a ella le sobraba.

Teresa Cristina, nuestra protagonista, estaba más cerca, en cuanto a forma de ser, de María Antonieta y María Amalia. No tenía las hechuras de María Cristina ni de Luisa Carlota. Tampoco había en ella la arrolladora e imperiosa naturaleza de María Carolina.


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NotaPublicado: 02 Abr 2009 21:41 
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Una imagen más de Teresa Cristina, pero en edad avanzada...

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Quizá Amélia pueda arrojar más luz sobre los inicios de la vida conyugal de Pedro y Teresa Cristina en Río de Janeiro. Considerando que se trataba de una princesa sencilla, sin pretensiones, bondadosa, compasiva, con escasa inclinación por los fastos ni oropeles ya que prefería cantar mientras tocaba el piano, estudiar arqueología o rezar en la capilla, se manejó bastante bien. Sobre todo, teniendo en cuenta que el marido casi se había desmayado en su primer encuentro...y había tardado un año en compartir lecho con ella, pese a la necesidad perentoria de procrear una nueva generación de príncipes imperiales brasileños.

Se suele comentar que Pedro quería anular la boda con aquella muchacha carente de atractivo, pero que le disuadieron por un lado las cariñosas exhortaciones de su gobernanta de la infancia, la condesa de Belmonte, y, por otro lado, el hecho de que poco a poco había descubierto con agrado que podía entenderse en el plano intelectual con la mujer que le habían endilgado gracias a un retrato exageradamente favorecedor. Teresa Cristina compartía los intereses de Pedro. Al igual que su marido, ella se interesaba por la historia, la arqueología, las bellas artes...pero también por las ciencias y las novedades tecnológicas. Superada la barrera inicial de la timidez, estaba tan ansiosa por agradar que ofrecía a Pedro lo que estaba en su mano ofrecer: una grata compañía. Quizá el triunfo personal de Teresa Cristina fue lograr que su marido la apreciase y respetase profundamente. Crearon una relación bastante armoniosa. Pienso que, en su fuero interno, quizá ella sufría por no haber estado a la altura de las elevadísimas expectativas de él; su esposo no experimentaba ni amor ni la clase de atracción que hubiese podido desembocar en amor. Por otro lado, se había salvado de la peor de las humillaciones públicas: ser devuelta, intacta, a su palacio napolitano. Eso habría suscitado un aluvión de rumores malévolos en las cortes europeas. La sincera religiosidad de Teresa Cristina tal vez la hubiese ayudado a soportarlo con resignación. Pero, seguramente, agradecía que Dios hubiese apartado de ella ese cáliz.

Pedro no fue un esposo fiel. A decir verdad, Pedro tampoco era un mujeriego contumaz como lo había sido su padre. El extinto emperador Pedro I había coleccionado amantes, al punto de que se decía que contaba con nueve hijos ilegítimos. Cierto que se había enmendado la plana al casarse en segundas nupcias con la bella Amelia de Leuchtenberg, pero era un mujeriego. Pedro II sencillamente no podía evitar buscar el romance que no había podido encontrar en su unión con Teresa Cristina, optando, preferiblemente, por mujeres que recordaban a su hermosa madrastra Amelia de Leuchtenberg. En ese sentido, descolló Luísa Margarida de Barros Portugal, esposa de Eugene de Barral, emparentado con los Bonaparte de Francia. La condesa de Barral, Luísa Margarida, había entrado en el círculo de Pedro II al convertirse en amiga y dama de honor de una de las hermanas de él: Francisca Carolina. A posteriori, Luísa Margarida sería dama de la emperatriz Teresa Carolina, a la vez que preceptora de las hijas que ésta tuvo con Pedro II. A Teresa Carolina le lastimaba más el vínculo afectivo de Pedro II con la condesa de Barral que las efímeras aventuras de él con otras señoras, como madame de La Tour o la condesa de Villeneuve.

La presencia en la corte de la condesa de Barral no pasaba desapercibida. Algunos murmuraban, con sorna, que seguía los pasos de Domitília, la célebre querida del primero de los Pedros. En realidad, es probable que Luísa Margarida, una católica convencida, fuese sólo un amor platónico, el gran amor, de Pedro II. Pero aunque no hubiese sexo entre el emperador y la aristócrata, a la emperatriz Teresa Cristina le ofendía la situación creada. Era humillante tener que aceptar que la amada de su esposo fuese su dama y, por ende, la preceptora de sus niñas.


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NotaPublicado: 02 Abr 2009 22:07 
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A los veintitrés años, en Río de Janeiro, Teresa Cristina se convirtió en madre por primera vez. Había rezado, durante el embarazo, para que el parto se desarrollase con normalidad y proveyese un heredero al trono imperial. Dios escuchó sus oraciones, porque pudo ofrecer a la nación un niñito grande y lozano. Pedro II estaba tan emocionado, que las lágrimas asomaron a sus ojos y su voz se rompió al presentar al pequeño príncipe a los ciudadanos que aguardaban junto a palacio algo que festejar.

Ese príncipe imperial, el segundo en nacer en territorio brasileño después de su propio padre, recibió los nombres de Afonso Pedro de Alcântara Cristiano Leopoldo Filipe Eugênio Miguel Gabriel Rafael Gonzaga. Generalmente, se le denominaba Alfonso Pedro, pero, para sus orgullosos papás, era "Afonsinho". En cuanto dejó de ser estrictamente un bebé, se ordenó un cuadro que se convirtió en el favorito de Pedro II. Refleja a un chiquillo adorable, muy parecido al autor de sus días:

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Teresa Cristina estaba embelesada con Afonsinho, pero también con la hermanita de éste. Lo cierto es que, después de tener a Afonsinho, la emperatriz había tardado exactamente nueve meses en embarazarse por segunda vez. Así que el principito contaba diecisiete meses cuando la dama se puso de parto, proporcionando, en esa ocasión, una niña. La princesita fue nuestra protagonista: Isabel Cristina.

No cabía dudar de la fertilidad de la pareja imperial. Tres meses después del natalicio de Isabel Cristina, Teresa Cristina volvió a quedarse encinta. Pedro II estaba encantado con la perspectiva de un nuevo retoño para la nursery, así que Teresa Cristina también se mostró entusiasmada.

Todo transcurría felizmente...hasta que llegó el mes de junio de 1847. A Teresa Cristina le faltaba un mes para salir de cuentas; vivía prácticamente retirada de cualquier acto o evento cortesano, disfrutando del suave verano en su Quinta da Boa Vista, pendiente de Afonsinho e Isabel. En esa tesitura, Afonsinho empezó a sentirse mal un día. La simple picadura de un mosquito había introducido en su cuerpo un virus infeccioso. La fatiga se unió a un fuerte dolor de cabeza y subida de temperatura; luego, los dolores abdominales añadidos a la diarrea persistente se acompañaron de una fiebre que producía delirios así como convulsiones. Los médicos enseguida se quedaron horrorizados al constatar que el niño había contraído fiebre amarilla, una enfermedad letal.

El día cuatro de junio, Afonsinho padeció convulsiones durante casi cinco horas. Pedro y la embarazadísima Teresa Cristina asistieron, impotentes, al martirio de su hijo de dos años de edad. Todos temían, especialmente, el efecto que la muerte de Afonsinho pudiese tener en su madre. En cuanto el niño murió, la destrozada mujer hubo de confinarse para alumbrar. Ignoro si se le comunicó que, entre tanto, Pedro II permanecía muy atento a su hija Isabelita, quien también había padecido fiebre y convulsiones en esos días aciagos. Una carta de Pedro a su adorada madrastra Amelia de Leuchtenberg refleja la angustia del emperador, tanto a cuenta de la pérdida de Afonsinho como a cuenta de la enfermedad que había amenazado a Isabelita. Paralelamente, el 13 de junio, Teresa Cristina tuvo a su tercer vástago.

Fue otra niña: Leopoldina, bautizada así en honor a su infeliz abuela paterna.


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NotaPublicado: 02 Abr 2009 22:25 
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Teresa de Borbón sicilias de joven


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NotaPublicado: 02 Abr 2009 22:34 
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La condesa de Barral ya mayor.



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La condesa de Barral de joven. Las dos imágenes son de wikipedia.


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NotaPublicado: 02 Abr 2009 22:37 
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Es fácil adivinar cuán atribulada debió sentirse Teresa Cristina aquel mes de junio de 1847. No podía exhibir felicidad por el advenimiento de la princesa Leopoldina, ya que la embargaba la pesadumbre porque acababa de morir su príncipe imperial Alfonso. Sólo podía encontrar consuelo en la práctica religiosa...y en su nuevo entretenimiento favorito, que consistía en formar mosaicos encajando pacientemente las pequeñas teselas. No se trató de una etapa dichosa, sino de una mezcla de amargura y resignación.

Seis meses después, Teresa Cristina se descubrió de nuevo embarazada. Resultaba evidente que su marido, la corte y la nación deseaban un varón que reemplazase al príncipe malogrado. Ella misma no se atrevía a hacerse ilusiones en ese sentido. Las probabilidades estaban repartidas, a un cincuenta por ciento. Pero, al final, fue un niño: Pedro Alfonso, Pedrinho, nacido el 19 de julio de 1848. Su sexo, obviamente, le situaba en el primer puesto de la línea de sucesión, seguido de su hermana Isabel (segunda) y de su hermana Leopoldina (tercera).

Por desgracia, Pedrinho fue una bella pero efímera ilusión en la vida de sus progenitores. El delicado bebé apenas logró alcanzar los seis meses. De nuevo, los emperadores hubieron de ver cómo la muerte se llevaba a un hijo. Sólo les quedaban las dos hijas.


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NotaPublicado: 02 Abr 2009 22:39 
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legris escribió:
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Teresa de Borbón sicilias de joven


Tengo entendido que ése fue precisamente el retrato muy embellecido que le enviaron a Pedro II. La mismísima Teresa Cristina experimentaría, en una época posterior, una gran vergüenza por el hecho de que su familia napolitana hubiese hecho trampas en ese sentido...


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NotaPublicado: 02 Abr 2009 22:39 
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La condesa de Barral. Revista Veja.


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NotaPublicado: 02 Abr 2009 22:46 
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Si alguien tiene...o obtiene...este cuadro obra de Ferdinand Krumholz en buena calidad...será muy pero muy apreciado en el tema ;)

El cuadro, que reproduzco en pequeño tamaño y borroso, muestra a Teresa Cristina con sus hijas Isabel y Leopoldina, así como su hijo Pedro. El niño se vé demasiado grande en el regazo de la mamá, teniendo en cuenta que murió bebé. Pero resulta encantador, en su conjunto.


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NotaPublicado: 02 Abr 2009 22:47 
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Y éstas son, finalmente, Isabel y Leopoldina de Brasil:

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NotaPublicado: 02 Abr 2009 22:50 
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Grabados de época:

*Isabel:

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*Leopoldina:

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