Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: Re: FEODORA
NotaPublicado: 06 Ene 2015 14:08 
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Una jovencísima Feodora...

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...y la pequena Drina:

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El rico tío Leopold fue, qué duda cabe, un asidero constante para su hermana Vickerl o Vickerlchen. Por lo que a George IV se refería, si su cuñada Victoria carecía de medios para sostenerse en Inglaterra junto a Drina, podía coger a la mocosita e irse de vuelta a Amorbach o a Coburgo, a él se la traía al pairo. Leopold en cambio era muy consciente de que Drina debía crecer entre los ingleses para que los ingleses la conociesen y aprendiesen a quererla. No en vano, Leopold había sido el marido de la Esperanza de la Nación, la princesa profundamente amada por la gente cuya dramática muerte al dar a luz un bebé también sin vida había originado un intenso duelo popular. La historia, triste historia en muchos aspectos, de su querida difunta Charlotte, servía a Leopold de referencia. Si los británicos tenían que aclamar un día a su sobrinita Drina como reina, había que hacer que la niña creciese en el país en el que había nacido.

Leopold hubiera podido pagar las enormes deudas heredadas por su hermana Victoria, pero NO lo hizo. De hecho, cuando nuestra Drina heredó el trono a los dieciocho años, uno de los primeros asuntos que hubo de resolver fue el pago de las cuantiosas deudas que había dejado en la tierra un padre que había muerto contando ella apenas ocho meses. Lo que hizo Leopold por Vickerl fue simplemente ofrecerle un subsidio anual de tres mil libras esterlinas. Teniendo en cuenta que Leopold recibía anualmente del Parlamento cincuenta mil libras esterlinas, no parece especialmente oneroso cederle tres mil libras esterlinas a su hermana Victoria para que ésta les añadiese a las escasas seis mil libras esterlinas que le garantizaba la Nación como estipendio de viuda para que se ocupase de su hija. Adicionalmente, lo único que hizo Leopold fue servir de avalista a su hermana para que la duquesa de Kent pudiese recibir en 1820 un préstamo de 12.000 libras esterlinas de la prestigiosa banca Coutts. Cabe indicar, no obstante, que ni siquiera fue avalista él sólo, sino en concurso con un amigo del difunto Edward, el general Wetherall. En abril de 1821, después de la muerte de la pequeña Elizabeth Clarence, la duquesa de Kent, cuya hija Drina había vuelto a subir un peldaño en el camino hacia el trono, de nuevo pidió un préstamo a Coutts, esta vez de 6.000 libras esterlinas.

La duquesa, todo sea dicho, tampoco fue un modelo de gestión de créditos para sus hijas. Años más tarde, Drina también hubo de hacerse cargo de cancelar aquellos créditos con la banca Coutts, porque su madre jamás había acabado de devolver todo lo que íba pidiendo según veía necesario acondicionar y reacondicionar sus apartamentos en Kensington.


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 Asunto: Re: FEODORA
NotaPublicado: 06 Ene 2015 18:01 
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¡Excelente y entrañable relato! (like)

Leopold, como siempre, bien tacaño . . . :rayos:


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 Asunto: Re: FEODORA
NotaPublicado: 06 Ene 2015 20:05 
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Joy escribió:

Leopold, como siempre, bien tacaño . . . :rayos:


Cuidadoso con los dineros :ooops: :ooops:

Leopold "calculaba" todo. También "calculó" cada penique que invertía en Drina. Porque Drina era su sobrina, sí, pero también una inversión de cara al futuro, en el que confiaba en que la muchacha, una Coburgo por vía materna, se sentase en el trono de Inglaterra. Leopold tuvo sus detalles: les ofrecía hospitalidad en Claremont con frecuencia y uno de sus motivos para proporcionarles 3.000 libras esterlinas cada año era que su hermana pudiese llevar a su sobrinita en período estival a rincones de la costa británica que se juzgaban beneficiosos para la salud en general. Pero todo tenía su "porqué". Había un interés detrás de cada atención.

Aún así, pienso que Leopold fue lo más cercano a una figura paterna que tuvo Drina en su infancia. No tenía apenas contacto con sus tíos Hanover. El único a quien se encontraba de cuando en cuando en los rincones de Kensington era el duque de Sussex, y resultaba que Uncle Sussex le inspiraba temor. Para Drina los vínculos afectivos familiares quedaban prácticamente reducidos a su madre, sus medio hermanos y tío Leopold, con el añadido de la abuela Augusta duquesa de Coburg que hizo alguna visita a Inglaterra en esos años. Sin embargo, Victoria recordaba que aunque Augusta podía ser muy amable con los niños, también era una mujer recta y estricta, que no aceptaba travesuras. Alguna reprimenda de Augusta dejó bastante impresionada a la pequeña Drina, que, sin embargo, no era en ese sentido fácil de impresionar. A mí me parece reveladora la famosa anécdota, aquella escena en la que la duquesa de Kent trató de meter en vereda a su hija menor: "Cuando eres traviesa, nos haces infelices a mí y a tí misma". La niña la miró de hito en hito y replicó: "No a mí, mamá, no a mí misma; sólo a tí".

Pero éste no es el tema de Drina, jajajajaja, aunque sea personaje destacado y esencial.


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 Asunto: Re: FEODORA
NotaPublicado: 06 Ene 2015 20:52 
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Duquesa de Kent:

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Por resumir las cosas mucho, con el paso del tiempo la duquesa viuda de Kent se convirtió en una mujer plenamente convencida de que los parientes de su difunto marido no sólo miraban con desagrado a su Drina, sino que incluso deseaban que la pequeña princesa dejase de existir. En ese sentido, el "peligro" no procedía de los que estaban por delante en el orden de sucesión al trono. El duque de York sólo necesitaba tener un hijo o una hija si quería desplazar a Drina hacia atrás. El duque de Clarence sólo necesitaba tener un hijo o una hija si quería desplazar a Drina hacia atrás. Pero Drina estaba POR DELANTE de otros tíos varones que sí habían tenido hijos varones. Una muerte temprana de Drina hubiera acercado al trono a su tío el duque Ernst Augustus de Cumberland, que tenía un único hijo varón, George, nacido en el mismo mes y mismo año que la prima Kent. Por largo tiempo, la duquesa de Kent estuvo segura de que Cumberland, que tenía una reputación negra pero negra, conspiraba para eliminar a Drina, de modo que él mismo y su retoño acabarían heredando los dominios de la familia.

En esas circunstancias, Victoria de Kent decidió mantener a su hija en un férreo aislamiento, la base de lo que se ha dado en llamar "el sistema Kensington". Aquella idea había sido insertada en la mente de la duquesa por un hombre, el controlador de finanzas de su casa, que, en realidad, parecía manejarlo absolutamente todo: sir John Conroy. La dependencia de Victoria de Kent respecto a Conroy llegó a ser tan fuerte, tan acusada, que no hay nada de extraño en que se extendiesen rumores persistentes acerca de una relación que íba más allá de la propia de una princesa y su controlador de finanzas. Se decía que eran amantes, lo cual hubiese podido explicar a gusto de la mayoría el hecho de que ella le permitiese hacer y deshacer.

Conroy era un individuo que caía en gracia al hijo mayor de la duquesa, el joven príncipe Karl Friedrich de Leiningen, un visitante habitual durante años en Kensington House. Los viajes del príncipe Leiningen para permanecer semanas junto a su madre y a sus hermanas complacían grandemente tanto a Victoria como a Feodora y Drina. Pero el caso es que el mozo siempre concordó con "la visión de las cosas" de Sir John, según la cual había que mantener a Drina aislada de su familia paterna y en la medida de lo posible controlada para que cuando le correspondiese ascender al trono siguiese sometida a su influencia y no a otras influencias.

No era así en lo que concernía a Feodora. Ni la baronesa von Späth ni Louise Lehzen apreciaron nunca a Conroy, que tenía tendencia a mostrarse demasiado disciplente y arrogante con ellas. Feodora enseguida pareció "contagiarse" de aquella aversión hacia el irlandés que ocupaba una posición demasiado llamativa en el círculo privado de la duquesa de Kent.

Así que...no queda otra opción que dedicarle cierta dosis de interés a Conroy.


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 Asunto: Re: FEODORA
NotaPublicado: 06 Ene 2015 21:29 
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Sus padres eran irlandeses de pura cepa y por eso mismo suele definírsele como un irlandés, aunque él mismo nació en Maes-y-castell, un recóndito lugar de la recóndita Caerhun, en Gales. Durante toda su vida, presumiría de descender -muy remotamente, claro que sí...- de casi míticos reyes irlandeses, de la época en que la Isla Esmeralda no formaba parte del Reino Unido. Pero la verdad es que procedía de una familia con sólidos antecedentes, con un padre jurista que quiso que todos sus hijos tuviesen ocasión de prosperar. En el caso de John, esa prosperidad le vino a través del ejército. La carrera de las armas ofrecía bastantes posibilidades de ascenso en una época marcada por las guerras napoleónicas, siempre que uno tuviese la habilidad de destacar pero sin exponer el pellejo, claro, porque en las guerras, mala suerte, muchos quedan tullidos de por vida cuando no se mueren en las peores circunstancias. John Conroy se ganó fama entre sus compañeros oficiales de "zafarse" siempre de los escenarios en los que había peligro. Es un arte como otro cualquiera, aunque a uno le llamen cobarde y rata de alcantarilla.

John se casó pronto y se casó bien, con la hija de un coronel que gozaba de buena reputación: Benjamin Fisher. La chica Fisher, Elizabeth, no tenía una mente demasiado preclara, era más bien una cabeza de chorlito, pero poseía excelente presencia y aunque Conroy diese a entender a menudo que él, por ser quien era, podía haber picado más alto, lo cierto es que representó un excelente partido. No sólo por tener el papá que tenía, sino porque un hermano de dicho papá, obispo de la iglesia anglicana, había sido durante años tutor de un príncipe real: Edward duque de Kent. De ahí acabó derivando que John conociese a Edward...y pudiese maniobrar con habilidad para ganarse la plena confianza del duque de Kent.

John no se limitó a ganarse a Edward sino que, a posteriori, se empleó a fondo en engatusar a la princesa alemana con la que éste se casó, Victoria. Vickerl no había heredado, desde luego, la rotunda personalidad y capacidad de manejar su vida y las vidas ajenas que poseía su madre, la duquesa viuda Augusta de Coburgo. Por mucho que Vickerl se creyese talentosa y capaz, lo cierto es que siempre necesitaba apoyarse en algún hombre que la guiase y que, en realidad, moviese las cosas en su entorno. En Amorbach, después de enviudar de su primer marido el príncipe Karl Emich de Leiningen, a Vickerl le había faltado tiempo para
ceder el control de sus cuentas y de sus asuntos al canciller Herr Schindler. Considerando este antecedente, no hay nada de extraño que, con la neumonía que se llevó de manera inopinada al duque de Kent ocho meses después de que ella hubiese parido a Drina, se dejase mangonear en adelante por John Conroy, que era cien veces más astuto y manipulador de lo que había sido Schindler.

La capacidad de John Conroy para someter por completo la voluntad de algunas mujeres quedó de relieve cuando acompañó a la duquesa viuda de Kent a los apartamentos que ésta recibió en Kensington Palace...y de paso cautivó por entero a otra princesa que residía en otro sector del edificio. La princesa era Sophia, la duodécima de los hijos que la reina Charlotte había dado a George III. Por entonces, hablamos de 1820, Sophia contaba cuarenta y tres años. Según los rumores, en su etapa de veinteañera había alumbrado en secreto un hijo concebido en una relación clandestina con uno de los ayudantes de su padre, Thomas Garth; otros preferían afirmar que el hijo no había sido un bastardo de Garth, sino el producto de una violación en la que Sophia había sido víctima de su hermano el duque de Cumberland. En cualquier caso, Sophia quedó marcada para siempre por el hecho de haber tenido un hijo ilegítimo, entregado a la custodia de Thomas Garth. Si bien Sophia pudo visitar al niño Tom en Weymouth de cuando en cuando, la situación fue devastadora para ella en el plano emocional.

En 1820, esa mujer cuyas expectativas de juventud se habían visto absolutamente frustradas, que había tenido que asumir con entereza el papel de solterona y hacerse a una vida confortable pero vacía de contenido en sus aposentos de Kensington, quedó tan encandilada por John Conroy que no sólo se convirtió sin siquiera caerse en la cuenta en una "espía" de éste dentro del entorno de la familia real, sino que, de rebote, le confió la gestión de su fortuna. Con los años, Conroy malversó mucho dinero de Sophia, igual que malversó bastante dinero en la casa de la duquesa Victoria de Kent.

Lo curioso es que Conroy, que ponía tanto interés en tener comiendo en la palma de su mano a Victoria de Kent y a la princesa Sophia, nunca se tomó la molestia de tratar de caerle en gracia a Feodora y a Drina. De hecho, a Feodora la ignoraba abiertamente y a Drina le dispensaba un trato claramente burlón e irrespetuoso. Esa forma de dirigirse a Drina ha sido a veces objeto de muchas conjeturas, en particular porque ha habido quienes han sugerido que la princesita había sido engendrada no por el muy maduro duque de Kent sino por su ayudante irlandés Conroy. Algún autor ha sugerido que Conroy estaba seguro de que su propia mujer, Elizabeth, era una hija ilegítima del duque de Kent, y que de ahí surgía la animosidad hacia la hija legítima que "se lo llevaba todo", el rango, el tratamiento y el puesto en el orden de sucesión al trono. Fuere como fuere, Conroy no era nada atento ni con Feodora ni con Drina. Y en el caso de Feodora, ésta enseguida demostró que no le gustaba ni pizca Conroy. A veces era tan expresiva en su disgusto, que su hermanita Drina, doce años menor, se admiraba y trataba de imitarla. Era algo que molestaba mucho a Conroy...


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 Asunto: Re: FEODORA
NotaPublicado: 06 Ene 2015 22:08 
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Drina adoraba a Feodora. Su hermana era para ella, alternativamente, Feo, Fidi, Cissy o incluso Sissy. Había en la menor una tendencia, por otro lado bastante natural teniendo en cuenta que Fidi le sacaba doce años a Drina, a idealizar a la mayor. Todo lo que Fidi decía o hacía, le parecía pluscuamperfecto a Drina.

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Fidi.


Considerando lo unidas que estuvieron durante la infancia de Drina, es curioso que no exista ningún retrato, ni siquiera ningún dibujo, de las medio hermanas. Por ejemplo, cuando Drina contaba tres años, la duquesa de Kent se llevó a sus dos hijas en verano a una bonita mansión alquilada en Ramsgate. Lady Elizabeth Keith Heathcote, una dama de considerable talento para el dibujo, estuvo también en Ramsgate en aquellas semanas y, a cuenta de su amistad con la duquesa viuda de Kent, visitó a ésta asiduamente, llevando siempre consigo a su propia hijita Elizabeth Anne, cinco meses menor que la propia Drina. De ahí surgió una serie de dibujos maravillosos, reflejando a la pequeña princesa, cómo era y cómo discurría su tiempo entre las queridas muñecas a las que trataba con auténtico esmero. Lady Elizabeth, en cambio, no se molestó en incluír en la serie de dibujos a la también presente Feodora. El porqué es algo abierto a especulaciones. Es probable que se considerase mejor para la imagen pública de Drina mostrarla a solas, sin que pudiese parecer que era simplemente "la pequeña de la casa" y por tanto un posible títere manejable por sus medio hermanos mayores, Karl y Fidi, extranjeros ambos.

El -innegable- amor entre Fidi y Drina tenía el aliciente de incluír a Louise Lehzen. Esta joven mujer hija de un pastor luterano...

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...había llegado a Inglaterra en el séquito de Victoria de Kent como gobernanta de Fidi, aunque, con los años, pasó a representar ese papel en lo que atañía a la pequeña Drina. Cierto que, en su momento, el rey George IV, por aquello de cumplir con las tradiciones, designó gobernanta de la princesa de Kent a una dama de la rancia aristocracia británica, la duquesa de Northumberland. Pero aquello fue una concesión al protocolo de siglos y a la galería. En realidad, Lehzen era más que una gobernanta para Fidi y Drina, era una especie de educadora pero también una madre sustituta. De hecho, de puertas para adentro, Drina llamaba a Lehzen por el cariñoso apelativo de Daisy, pero también la llamaba, a menudo, "Madre". Eso dice mucho de la naturaleza de su relación.

Años después, Feodora lamentaría profundamente la reclusión en que ambas habían crecido, por mor de aquel "sistema Kensington" implementado por Conroy. Apenas podían relacionarse con nadie, y, como afirmó Feodora, no poder dar rienda suelta a la vitalidad de sus pocos años y disfrutar de cada ocasión para explorar mundo era poca pérdida comparada con la pérdida, enorme, que había representado no interactuar con otras personas de sus edades. Estaban solas, tremendamente solas. Entre las pocas visitantes que accedían a Kensington estaban las dos hijas de John y Elizabeth Conroy, niñas llamadas Jane y Victoire. Jane (su nombre completo era Elizabeth Jane) había nacido en 1811, por lo que en términos de edad estaba más cerca de Feodora. Victoire era coetánea de Drina. Las chiquillas Conroy no eran del gusto de Fidi y Drina. Drina podía ser extremadamente cortés, imitando a Fidi, pero la forma en que se refiere a Miss V. Conroy en sus Diarios revela que guardaba cuidadosamente las distancias. A Conroy, lógicamente, le sentaba mal aquella "altivez" de las princesas. En lo que atañe a Drina, el irlandés intentó molestar afirmando en tono irónico que la chiquilla jugaba a imitar la arrogancia que antaño había exhibido su abuela paterna la reina Charlotte.

La falta de contacto con otras muchachas hizo que sus muñecas llegasen a ser cada día más preciosas para Drina. Fidi, al igual que Lehzen, participaba gozosa de una de las actividades favoritas de Drina: confeccionar prendas para sus muñecas, que llegaron a ser nada menos que 132. Aparte las muñecas, lógicamente había una casa de muñecas, con todo su equipamiento. El modo en que se volcaban en aquellos juegos es harto revelador de lo duro que podía resultar el dichoso "sistema Kensington". Y por cierto que en la Royal Collection aparecen imágenes de muchas de esas muñecas tan especiales, así que he seleccionado tres de ellas, que representan a tres personajes ficticios: una tal Juno condesa de Durham, una tal lady Arnold y una tal Martha the Housekeeper. Van en orden:

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Toca admirarse, otra vez, de la generosidad de Fidi. En ningún momento cayó en la cuenta, y si cayó en la cuenta para sí se lo guardó, de que aquella forma de vida tan peculiar se debía únicamente a la posición que ocupaba en el mundo su medio hermana Drina. Ella misma, como princesa de Leiningen, hubiese disfrutado de una existencia más relajada y entretenida, con constantes relaciones sociales, en Amorbach, la Amorbach que se había visto obligada a abandonar en la infancia precisamente porque su madre y su fallecido padrastro se habían empeñado en que su criatura común, Drina, tenía que nacer y crecer en Inglaterra.


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 Asunto: Re: FEODORA
NotaPublicado: 20 Feb 2020 14:49 
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Fidi se transformó en una jovencita de muy buena presencia. Hacia los catorce años, ya todo apuntaba a que íba a ser más que razonablemente bonita y que de ella emanaba cierta gracia. Esas expectativas se cumplieron:

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Como ya se ha indicado, la duquesa de Kent nunca había permitido que sus hijas se relacionasen con el rey George IV: no sólo existía una desavenencia profunda entre los dos desde siempre y una brecha cada vez más ancha separándoles, sino que, por encima, la vida de crápula licencioso del príncipe daba a su corte un tono "demasiado inmoral". Así que rara vez se habían producido encuentros, y todos lo más escuetos posible, claro.

Es hasta "famoso" el episodio en el que el carruaje ligero utilizado para un paseo de esos de "ohhh, hoy tenemos ciertamente un tiempo espléndido, dear" de la duquesa de Kent con sus hijas Fidi y Drina se encuentra, de manera por completo imprevista, con el coche del rey George IV. Precisamente porque la de Kent nunca le manda a la niña a la corte, George IV, que va acompañado por su hermana Mary duquesa de Gloucester, coge la ocasión al vuelo y, señalando a Drina, grita: "¡Que la traigan aquí!". Varios lacayos, con sus vistosas libreas, se apresuran a cumplir el mandato: antes de que la duquesa de Kent o la propia Fidi puedan reaccionar, "sustraen" a la niña Drina...

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...para depositarla en el vehículo del monarca, sentada entre George IV con sus mejillas más coloradas que nunca...

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Imaginadle así pero algo más gastado, algo más rubicundo y algo sofocado.


...y Mary de Gloucester, que adopta la actitud instantánea de una gallina clueca.

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El coche se aleja ante la vista de la conmocionada duquesa de Kent y la asustada Fidi. Aunque la duquesa ya se figura que acaban de secuestrarle a la hija, en realidad el monarca quiere mostrarle a la pequeña Virginia Water, uno de sus retiros preferidos, con dos barcazas siempre atracadas allí, una para disfrute de él y sus invitados, otra para la gran orquesta que se encarga de que no falte música ambiental.

Esa escena es una de las raras ocasiones en que se produce un destello de complicidad entre George IV y Drina. La niña es lista, muy lista, y enseguida adivina qué puntos calza el rey: en una siguiente ocasión en que George IV la recibió en su Royal Lodge, él le preguntó, galante, qué música desearía que interpretasen los músicos, y Drina, rápidamente, había contestado

-Oh, tío rey...¡quisiera que tocaran "God save the King"!.

Probablemente George piense que "todo" hubiese fluído perfectamente de no ser por la amargada, resentida, repelente y paranoica de su cuñada de Kent [no estoy describiéndola, ojo, sólo trato de imaginar cómo la veía Prinny]. De repente, el soberano se percata de que Drina es un cielo y de que Fidi, por cierto, ha crecido y es monísima. Con su habitual "ojo clínico" para las féminas, parece evaluar con la mirada de forma distinta a Feodora...y a la duquesa de Kent le da un pasmo. Es fácil, muy fácil, que se generen rumores, rumores del tipo de que quizá el decrépito (estaba obeso, sufría por lo de pronto arterioesclerosis, hidropesía y gota, aparte de terribles indigestiones, lo cual tiene todo el sentido si se piensa que algunos días se levantaba tarde y desayunaba un pichón y un pastel de carne, todo ello acompañado de tres cuartos de vino de mosela, una copa de champán seco, dos copitas de oporto y una de brandy, así para rematar faena, antes de meterse su láudano, claro, que era adicto o casi) y disoluto Prinny esté pensando en CASARSE de nuevo. A Victoria de Kent y a los miembros de su entourage se les ponen los pelos cual escarpias: el "esquema Coburgo" se basa en asistir a la ascensión al trono de Drina bajo la regencia de su madre y con la entusiasta colaboración del tío de Claremont, NO en que una posible boda de George IV con Fidi produzca hijos que lo trastoquen irremediablemente. Entran unas prisas locas, muy locas, por casar a Fidi, y se busca, por supuesto, faltaría más, un príncipe germánico.

El elegido para Fidi sólo la verá dos veces antes de la boda. Tampoco hacía falta más, debía pensar Victoria, porque a ella lo suyo con el príncipe de Leiningen se lo habían dado todo hecho y en lo tocante al duque de Kent los dos habían llegado a un acuerdo conveniente para ambos en una simple entrevista. Allí se íba a lo que se íba: a resolver.


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 Asunto: Re: FEODORA
NotaPublicado: 20 Feb 2020 16:03 
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Fidi.

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Ernst Hohenlohe-Langenburg.


Ernest Christian Karl, fürst zu Hohenlohe-Langenburg, era príncipe, pero príncipe de un territorio "mediatizado". El proceso de mediatización se había llevado a cabo a partir de 1806: muchos minúsculos principados germánicos se vieron integrados en reinos más grandes, aunque las familias que habían dispuesto de ellos durante centurias precedentes mantuvieron un rango especial, sus propiedades y generalmente buenas condiciones para prosperar en la vida. Leiningen, con su capital en Amorbach, había sido mediatizado en Baviera, por ejemplo. A Langenburg le había correspondido ser mediatizado en Württemberg. Todo estaba más o menos en una misma área geográfica: al casarse con un fürst zu Hohenlohe-Langenburg, Fidi se establecería cerca de su Amorbach natal, el escenario de sus primeros años de vida, y, por supuesto, estaría también a una cómoda distancia de su hermano Carl Emich y de su abuela materna la formidable duquesa de Coburgo.

El propio Ernest, diez años mayor que Fidi, debió considerar que se le ofrecía "un apaño más que adecuado". Tiempo atrás había completado sus estudios, principalmente de leyes, en las universidades de Tübingen y Heidelberg, había servido por un lapso de tiempo en el ejército y a esas alturas era miembro de la "Kammer der Standesherren" (simplificando mucho, una especie de Cámara de los Lores) dentro del Württembergische Landstände (algo así como un parlamento, aunque no en un sentido inglés ni menos aún moderno del término). La vida de Ernst discurría de forma predecible y rutinaria, en particular desde que en 1825 había "heredado" a su difunto padre. Su madre, nacida condesa Amalie Henriette zu Solms-Baruth, seguía viva y la tenía generalmente consigo en Langenburg, aunque había seis hermanas y dos hermanos más. Las dos hermanas todavía solteras, Johanna y Agnes, residían con la madre.

Ernest no tuvo inconveniente en viajar a Inglaterra para casarse con Feodora en el palacio de Kensington el 18 de febrero de 1828. A su buena presencia unía un carácter sosegado, amable y discreto. Muchos, muchos años después, con ocasión de su muerte, el príncipe Alberto, el querido Alberinchen, realizaría en una carta a Wilhelm de Prusia una semblanza altamente positiva, considerando sus propios estándares éticos, de Ernest:

"[La muerte de...] El pobre Ernest ha sido una gran pérdida. Aunque no se trataba de un hombre de mente poderosa, capaz de alcanzar una visión global del mundo, era un gran personaje -es decir, un hombre completamente bueno, noble, sin mancha alguna, honorable...lo cual en estos días son mejores títulos para que se le reconozca a alguien como grande que la astucia, el maquiavelismo y la ambición".

En 1828, la valoración de Alberinchen correspondía a un futuro lejano, pero no cabe duda de que Ernest causó excelente impresión en sus parientes y allegados. Aquel 18 de febrero, la duquesa de Kent casaba a su hija y había organizado las cosas con sobriedad pero con buen gusto. En el vestíbulo de sus apartamentos fueron congregándose a partir de las dos los miembros de la familia real: se había invitado a todos, pero el rey George IV NO asistió y tampoco lo hizo la princesa Augusta por hallarse entonces en Brighton {por supuesto, faltaban los Cambridges, pero es que ellos se encontraban ejerciendo de virreyes en Hanover...). William duque de Clarence, que íba a ser quien entregase a la novia en el altar, llegó junto a su esposa, la dulce Adelaide. También estaban Augustus duque de Sussex, el duque y la duquesa de Gloucester, la princesa Sofía, la princesa Sofía Mathilde de Gloucester y, cómo no, tío Leopold de Saxe Coburg Saalfeld, el señor de Claremont. Hacia las tres de la tarde todos se acomodaron en el salón anexo al vestíbulo, en el que se había preparado un altar para la ocasión, y escucharon atentamente al pastor luterano, Kuper, que no se extendió más de lo estrictamente necesario. La posterior celebración careció de estridencias, con una pequeña Drina a la que Fidi recordaría siempre vestida de encaje blanco repartiendo obsequios que extraía de un cestillo, y los novios pudieron disponer de una luna de miel inglesa antes de marcharse a Alemania -algo que, con franqueza, Fidi estaba deseando.

Que los años de "sistema Kensington" se le habían hecho ingratos, opresivos y deprimentes a Fidi, queda claro por unas palabras que, años más tarde, dirigiría a su hermana menor:

"Escapé a algunos años de prisión que tú, mi pobre querida hermana, tuviste que soportar después de que yo me casase".

Y, muy significativo, Fidi añadía una frase que no tiene desperdicio:

"A menudo agradezco a Dios que enviase a mi querido Ernest, porque me habría casado con cualquiera simplemente por escapar...".

Vamos, que había dicho sí a Ernest y hubiese dicho dí al Jorobado de Nôtre Dame: el caso era zafarse para siempre del control asfixiante del dichoso "sistema Kensington". Sin embargo, de la propia expresión utilizada por Fidi, se desprende que consideraba una bendición que le hubiese tocado su "querido" Ernest. El matrimonio, en principio un mecanismo liberador, fue afortunado porque ambos congeniaron enseguida.


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 Asunto: Re: FEODORA
NotaPublicado: 20 Feb 2020 19:35 
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Seis años.

Seis años pasaron hasta que Drina volvió a ver a su hermana Feodora...

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...y ya os digo yo que la ausencia se hizo larga. Fidi estaba muy feliz en Langenburg, en su residencia, que en esta foto os va a parecer un Schloss bastante bonito e incluso un lugar "con encanto", que se diría...

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...pero, en su momento, era una residencia grande un tanto deteriorada por aquello de que las reformas se íban haciendo "cuando se podía" y se podía muy de tarde en tarde, porque la familia disponía de una economía modesta para los estándares de las familias principescas. Uno podía tener su castillito, pero sostenerlo apropiadamente era harina de otro costal. Eso sí: dado que el marido, por su actividad en el parlamento, pasaba mucho tiempo en Stuttgart, se hicieron con una casa apropiada allí enseguida.

No obstante, Fidi estaba feliz. Su marido era un encanto, y después de aguantar el modus operandi de su propia madre en Kensington, su suegra le parecía cosa fácil de llevar, aparte de que hizo buenas migas con sus cuñadas solteras.

En febrero de 1829, el hermano mayor de Fidi y Drina, Carl, se casó sin encomendarse a nadie, que para algo él era el príncipe de Leiningen...

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La elegida fue una "simple" condesa bohemia, María von Klebelsberg, hija del conde Maximilian von Klebelsberg y de su esposa, Maria Anna von Turba. María von Klebelsberg, según dirían luego Fidi y Drina, no era particularmente bonita, pero sí de aspecto agradable y muy femenina:

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María, nueva princesa Leiningen.


Y nos lo tendremos que creer, porque tampoco es que abunden los retratos. Lo que sí es cierto es que no representaba un "partido" para Carl, que había construído recientemente un nuevo palacio neogótico para que le sirviese de hogar...

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Waldleinlingen Schloss
.

La abuela materna Augusta duquesa de Coburgo se supone que tenía una edad en la que ya era capaz de lidiar con todo, desde los matrimonios infortunados de dos hijas (Jülchen y Antoinette), al divorcio escandaloso de su hijo Ernest (marcado previamente por la tremenda publicación de las Memorias de Pauline Panam) o los matrimonios secretos tipo el de Leopold con Caroline Bauer. Pero gracia la boda de Carl, no le hizo, desde luego: se daba la circunstancia de que su nieto había conocido a María porque ésta era una de las damas de compañía de su ex consuegra Caroline Amalie de Saxe-Gotha-Altenburg. Y qué os voy a decir de la duquesa de Kent...pues tampoco batía palmas con las orejas, desde luego. Carl hubiera podido demostrar "cierta capacidad de juicio", ella hubiera esperado más de un chico que había estudiado en una selecta escuela de Bern en Suiza, que había cumplido con su período en la universidad de Göttingen y que servía bien al reino de Baviera.

Recién casado con María von Klebelsberg, Carl se presentó con su mujer en Langenburg para que Fidi conociese a su reciente cuñada. Fidi estaba predispuesta a aceptar aquel matrimonio "por amor desesperado" y a que le cayese en gracia María. Unos años más tarde, en una carta a Drina, elogiaría a María indicando que

"Me gusta mucho y su conducta desde su matrimonio con Carl ha sido tan inteligente y ha estado siempre tan [i]à sa place que todo el mundo la aprecia".[/i]

En comparación con la boda "estoy dando campanazo" de Carl con María, la boda de Agnes, la hermana de Ernest, celebrada en el mes de mayo, resultó una balsa de aceite. Aquí sí existía concordancia entre el rango de la novia y el de su marido, Konstantin Josef zu Löwenstein-Wertheim-Rosenberg, que por cierto era extraordinariamente conservador, diría que reaccionario, un partidario a ultranza de sostener el viejo orden costase lo que costase, pero que, dicho esto, a juzgar por las imágenes, estaba como un queso.

Para cuando Agnes se casó, Fidi ya estaba embarazada y esperaba el momento de dar a luz. Su primer hijo, Carl Ludwig Wilhelm Leopold de Hohenlohe-Langenburg, nació el 25 de octubre de 1829 y la joven madre estaba en éxtasis Fidi describió al bebé con todo lujo de detalles en una de las extensas cartas que se cruzaba con Drina, pese a la notable diferencia de edad entre ambas, pese a que una era una mujer casada experimentando ya la maternidad y la otra una chiquilla. Según relataba Fidi a Drina, el pequeño Carl Ludwig...

"Desearía poder enseñártelo, porque creo que te gustaría aunque no es demasiado guapo. Tiene unos ojos azules grandes y vivos, que gira inmediatamente cuando se le habla; su nariz es grande y fea, pero tiene una boca bonita y que refleja una naturaleza amable; su cabello, del que te envío un mechón, es del mismo color que el mío, pero suave como la seda".

Drina se lo cuenta, extasiada, al tío Leopold, al que le insiste con alegría en que el niño de Fidi lleva su nombre. Leopold ahí está un poquito borde, porque señala que lo suyo hubiera sido LLAMARLE Leopold, de primer y destacado nombre. La niña sigue empeñada en enviarle al bebé el "mug" y el "porringer" de sus propios desayunos de la temprana infancia, para que ahora los use Carl Ludwig. Aunque se trata de un presente sin ningún valor material, a Fidi le falta tiempo para escribirle una carta de agradecimiento a Drina, explicándole que no le cabe duda de que el bebé "sabe" que han sido el regalo de una tía que le quiere.
Un año después, en 1830, Fidi se extendería en otra carta sobre los avances de su hijo, que por el tamaño de manos y pies se veía que sería alto y daba sus primeros vacilantes pasos. La verdad es que en el retratito de rigor es muy "cute", no hay palabra que mejor le cuadre al pequeño Carl Ludwig:

Imagen

Carl Ludwig, primer hijo de Fidi.


Nótese que todo esto pasaba en 1829. 1829...y George IV seguía reinando mientras que Drina se seguía contentando mal que bien en Kensington con sus muñecas, sus cartas a la ausente Fidi, su baronesa Lehzen y las visitas de cada miércoles tarde del tío Leopold, que llegaba para aquellas "veladas musicales" que tanto complacían a la duquesa de Kent, una mujer de cierto talento para el piano. Por cierto, queridos y queridas, pasadme A MÍ el pomo de sales porque me acabo de enterar de que Leopold (sí, mi Leopold, aunque entre Pauline Panam y Caroline Bauer casi le estoy cogiendo tirria...) usaba una peluca negra mal ajustada y pordentro de sus zapatos unas plantillas de corcho para ganar varios centímetros de altura -era el Sarkozy del siglo XIX-.

Lo más emocionante y estimulante que le había pasado a Drina ese año, es que, antes incluso de cumplir diez años, su tío George IV ha reclamado su presencia en un baile de corte. El motivo es que la homenajeada con el baile es otra niña de su edad, María de Portugal, que desde 1826 vive exiliada. Drina y María bailarán juntas una contradanza, pero muchos de los testigos de la escena encuentran "falta de gracia en sociedad" o directamente "torpe" a la inglesa en comparación con la portuguesa -y eso que son ingleses...-. El "sistema Kensington" desde luego no ayudaba nada a coger fluidez para cuando tocase un memorable baile de corte.


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 Asunto: Re: FEODORA
NotaPublicado: 20 Feb 2020 20:21 
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Minny, no leas "Royal Babylon, the alarming history of European royalty" de Karl Shaw, o te da ya el pasmo completo con tu Leopold.

En el libro dice que Leopold envejeció mal y en sus años finales, además de la peluca y los tacones, se pintaba las cejas y se ponía rouge en sus cada vez más hundidas mejillas.

Está claro que a la historia de ciertos royals hay que enfrentarse provista de una botella de Dubonnet.


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 Asunto: Re: FEODORA
NotaPublicado: 20 Feb 2020 20:40 
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Registrado: 17 Feb 2008 20:47
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El 26 de junio de 1830 muere en Inglaterra el rey George IV.

Su hermano William, duque de Clarence, de sesenta y cinco años, ha madrugado, como tiene por costumbre: se ha levantado antes de las seis de la madrugada y ha salido a respirar el aire fresco en los jardines que rodean Bushy House. Al poco tiempo, ve llegar, montando en un caballo al galope, a sir Henry Halford, el reputado médico personal de George. Clarence no necesita siquiera preguntar porqué acude a su encuentro, a tales horas, el médico de George. La respuesta a esa pregunta es tan evidente que sobran las palabras.

Aquí he leído dos versiones distintas de lo ocurrido a continuación. En la versión medio pícara medio irónica, William de Clarence, que acaba de saber que es el rey William IV de Reino Unido, afirma que siempre había deseado dormir al lado de una reina y vuelve a su cama, en su habitación, dónde permanece aún en profundo sueño su mujer, la muy entrañable Adelaide. En otra versión, más seria, William explica que la reina está durmiendo y que siempre había temido que llegase ese momento, alguien tendrá que despertarla y comunicárselo. Halford se ofrece a encomendar la tarea a una de las damas de compañía de la nueva reina, supongo que la primera que se cruce en el interior de Bushy House.

William IV y Adelaide no tienen hijos. Las criaturas que lograron poner en el mundo se malograron, lo que resulta particularmente triste si se piensa que él había tenido un montón de hijos con su amante de muchos años previos a su casamiento, la actriz Dorothy Jordan. Diez hijos, diez, le había dado Dorothy, y de los diez, nueve siguen con vida. Les quiere y se preocupa por el bienestar de todos ellos; afortunadamente, Adelaide es una madrastra solícita y atenta también. La verdad es que Adelaide es lo que se dice un cacho de pan.

Imagen

Adelaide.


Ya no queda ninguna otra barrera entre Drina y el trono: cuando el tío William se muera, ella se convertirá en reina. Su educación es, más que nunca, una prioridad para la Nación, aunque ya a partir de 1826 el Parlamento había aprobado una asignación anual extraordinaria para cubrir los gastos derivados de una correcta instrucción de la princesa Alexandrine Victoria de Kent. Guillermo y Adelaide hablan largo y tendido del tema: les gustaría "encauzar" personalmente la crianza de la heredera del trono, igual que están encargándose de la de su sobrino George, cuyos padres Cambridge permanecen con las hijas Augusta y Mary Adelaide en Hanover. Hay cierta ilusión en Guillermo y Adelaide, la de que George sea un perfecto modelo de príncipe británico y se convierta en príncipe consorte de Alexandrine Victoria. En realidad, no son ideas nada descabelladas, pero, una vez más, claro, chocan de frente con el esquema Coburgo.

A finales de 1830, en noviembre, Fidi vuelve a dar a luz sin mayores complicaciones. Esta vez, el parto conluye en el nacimiento de una niña, Elise Adelheid Victorie de Hohenlohe-Langenburg. Curiosamente, Elise nace el día 8 y al día siguiente, el 9, María, la esposa de Carl de Leiningen, tiene a su primogénito: Ernest Leopold Victor Carl August Joseph Emich. La duquesa de Kent ve cómo sus nietos pasan a ser tres, y Drina se convierte en tía el mismo número de veces. Pero todo eso sucede lejos, en suelo germánico, y la vida diaria discurre sin verse afectada más que por el puntual intercambio de largas cartas.


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 Asunto: Re: FEODORA
NotaPublicado: 20 Feb 2020 20:42 
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Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 18377
Octavius escribió:
Minny, no leas "Royal Babylon, the alarming history of European royalty" de Karl Shaw, o te da ya el pasmo completo con tu Leopold.

En el libro dice que Leopold envejeció mal y en sus años finales, además de la peluca y los tacones, se pintaba las cejas y se ponía rouge en sus cada vez más hundidas mejillas.

Está claro que a la historia de ciertos royals hay que enfrentarse provista de una botella de Dubonnet.


Pero cómo es posible que nadie me haya regalado aún ESE libro en alguna Navidad, con todas las Navidades que llevo en mi cuerpo serrano :(( :(( :((

Plantillas de corcho y peluca cutre, Octavius. Es que cuando lo he visto...de verdad, me he quedado con cara de sota. Lo peor es que es probable que lo haya visto otras veces, en alguna ocasión que otra, y mi cerebro no haya registrado esa información, bien porque ha fallado la agudeza mental, bien porque me he autobloqueado...

:mdr:


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