Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: CHARLOTTE DE BÉLGICA
NotaPublicado: 04 Ene 2009 23:31 
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Un tema para la emperatriz más trágica de la historia...

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NotaPublicado: 04 Ene 2009 23:35 
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Interesante tema Minnie ;)


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NotaPublicado: 04 Ene 2009 23:49 
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¡Ánimo Minnie! Te seguimos...

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Perlery


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NotaPublicado: 04 Ene 2009 23:50 
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Se llamaba Marie Charlotte Amalie Victoire Clementine Leopoldine de Saxe-Coburg-Gotha. Había nacido en el palacio de Laeken, situado entonces en las inmediaciones de Bruselas, a la una de la madrugada del día 7 de junio de 1840. Su madre, la bondadosa Louise Marie de Orléans, nacida princesa de Francia, convertida por matrimonio en reina de Bélgica, había arrostrado un embarazo plagado de incomodidades y un parto tan largo como laborioso, pero se sintió recompensada por la llegada de esa niñita. Con anterioridad, Louise Marie ya había dado a luz tres veces, siempre varones: su primogénito, el príncipe Louis-Philippe, había muerto a los diez meses de edad, pero le quedaban otros dos niños, Leopold duque de Brabante y Philippe, destinado a convertirse en conde de Flandes. Teniendo a Leopold y a Philippe, Louise Marie deseaba ardientemente una criatura de sexo femenino pese a ser consciente de que su marido prefería otro chico porque estaba absolutamente obsesionado con la idea de garantizar la continuidad dinástica.

La madre de Louise Marie, la reina Marie Amelie de Francia, en origen princesa de Nápoles, había acudido a Bruselas a medida que se acercaba la fecha en que su hija debía parir a su cuarto retoño. Marie Amelie no había acudido sola, sino que había llevado consigo a una querida amiga de infancia de Louise Marie: la condesa Maurice d´Hulst, nacida Antoinette-Denise de Grimoard de Beauvoir du Roure de Beaumont Brison. Las dos, Marie Amelie y Antoinette, fueron testigos de la expresión decepcionada del rey belga Leopold I cuando se le anunció que su nuevo vástago era una nena. Sin embargo, Louise Marie, con su encantadora sonrisa, les aseguró que no tenían que preocuparse por la reacción de Leopold. En cuanto se le pasase el mosqueo practicando la caza en su propiedad rural favorita de las Ardennes, el monarca volvería y, entonces, no tardaría en caer rendido ante la hermosura de la chiquitina a la que se decidió llamar Charlotte, en honor a la primera esposa de Leopold.

Y Louise Marie no se equivocaba. Leopold pronto estaría absolutamente embelesado con Charlotte, a la cual, en familia, se otorgó el sobrenombre de "Trésor", es decir, "Tesoro".


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NotaPublicado: 05 Ene 2009 00:18 
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Charlotte.

El sobrenombre de la princesa lo dice todo. Nunca hubo una criatura tan enteramente amada y consentida por sus padres, que, sin embargo, lograron mimarla de forma escandalosa sin que por ello se convirtiese en una malcriada exigente y tiránica. Charlotte tenía el cabello espeso y sedoso de color negro, heredado de su progenitor; formaba bucles en torno a su carita, de tez clara, en la que destacaban los grandes ojos oscuros, una nariz finamente delineada y la boca. Se trataba de una niña guapa, que añadía a su excelente aspecto inteligencia y desparpajo. Para el día en que Charlotte cumplió cuatro años, Leopold, convencido de que no existía en el mundo entero una pequeña comparable a la suya, le permitió presidir la mesa de los adultos a la hora de la comida. Charlotte, con una diadema floral sobre la cabeza, repartía sonrisas a diestra y siniestra mientras trataba de mantener una conversación que le daba un aire de adulta en miniatura. Con cinco años, se expresaba con tal fluidez que desconcertaba a los mayores. Parecía demasiado lista, demasiado avispada y segura de sí misma. En cierto modo, recordaba a la princesa Vicky de Inglaterra, la brillante primogénita de la reina Victoria y el príncipe Albert. No tenía nada de extraño, si bien se miraba: a fín de cuentas, la reina Victoria y el príncipe Albert eran, ambos, sobrinos carnales de Leopold I de Bélgica. Charlotte tenía el privilegio de contar entre sus primos carnales a Victoria y a Albert, lo que la hacía doble prima de Vicky.


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NotaPublicado: 05 Ene 2009 01:07 
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ORÍGENES

Retratos de los padres de Charlotte: Leopold I, rey de Bélgica desde el 4 de junio de 1831, y la segunda esposa de éste, Louise Marie de Orléans, princesa de Francia.

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Desde su infancia, Charlotte supo perfectamente quien era, qué linajes confluían en su preciosa persona. Siempre estaría orgullosa de su padre, Leopold, que había nacido príncipe de Saxe-Coburg-Saalfeld. Cuando Leopold había llegado al mundo, su natalicio no había suscitado particular interés: se trataba, simplemente, del séptimo hijo que la atractiva condesa Augusta Carolina de Reuss-Ebersdorff tenía en su legítimo matrimonio con el duque Franz Friedrich von Saxe-Coburg-Saalfeld. Augusta Carolina había dado a luz en los años anteriores a Sophie, Antoinette, Juliana, Ernest, Ferdinand y Viktoria. Aún descontando a las cuatro chicas, resultaba que por delante de Leopold ya había dos varones, Ernest -heredero del padre- y Ferdinand -el "repuesto" por si fallaba el heredero-. Así que, en principio, no existían grandes expectativas respecto al futuro de Leopold. Al crecer, se transformaría en uno más entre el amplio conjunto de príncipes germánicos que tenían que labrarse un futuro en el ejército. Quizá lograse establecerse con cierta dignidad.

Y, sin embargo, los Saxe-Coburg-Saalfeld estaban destinados a protagonizar un caso de vertiginoso ascenso social. En 1796, la condesa Augusta Carolina creyó tocar el cielo con la punta de los dedos al obtener un brillantísimo matrimonio para la tercera de sus hijas, Juliana. La entonces casi todopoderosa zarina Catalina II "La Grande" de Rusia había necesitado consortes para sus dos nietos mayores, Alexander y Constantino. Alexander, el heredero del heredero, se había comprometido con la princesa Louisa de Baden, que, al abrazar la ortodoxia, había asumido el nombre de Elizaveta Alexeyevna. Para Constantino, gran duque imperial, se eligió a Juliana de Saxe-Coburg-Saalfeld, que se transformaría en la gran duquesa Ana Feodorovna. La magnífica boda de Juliana se acompañó de una lluvia de honores y privilegios sobre sus parientes. Incluso Leopold, entonces un niño de cinco años, había recibido el rango de coronel honorario de uno de los más prestigiosos regimientos rusos, el célebre regimiento Izmailovski.

Pocos enlaces concertados han resultado más desdichados que el de Juliana con Constantino. El aspecto externo de Constantino resultaba deplorable, pero su carácter y temperamento todavía eran peores; inflingió a su esposa incontables humillaciones, así como malos tratos sistemáticos, hasta el punto de que ella, sintiéndose incapaz de seguir a su lado, protagonizó una escandalosa huída. Aunque se produjo una reconciliación forzada por las familias de ambos, la convivencia de ambos siguió mereciendo el calificativo de desastrosa. La separación definitiva tuvo lugar en 1801: de vuelta en Coburgo, Juliana enseguida daría a luz un hijo ilegítimo fruto de su relación con el aristócrata francés Jules Gabriel Emile de Seigneux. Más adelante, Juliana se trasladó a Suiza. Allí convivía abiertamente con su amante, el cirujano helvético Rodolphe Abraham de Schiferli, de quien tuvo una niña, Louise Hilda Agnes, dada en adopción para evitar que el nombre de la madre fuese de nuevo pasto de la maledicencia. Al cabo de diecinueve años desde su separación, Constantino y Juliana verían su unión disuelta en el año 1820. Para entonces, la idea general entre los Saxe-Coburg-Saalfeld era que, si bien Juliana había arruinado por completo su virtud y su reputación, ciertamente la conducta miserable de Constantino hacia ella había tenido la culpa de que la princesa "se echase al arroyo".

Pero lo sustancial es que aquel enlace imperial de Juliana marcó el inicio de la movilidad ascendente de los Saxe-Coburg-Saalfeld. Una conexión con los Romanov siempre representaba una ventaja. Dos años después de casar a Juliana con Constantine, la condesa Augusta Caroline pudo darse el gustazo de casar a Antoinette con el príncipe Alexander de Württemberg. Sophie, la primogénita, seguía aún soltera y casi sacó de sus casillas a la ambiciosa madre al casarse, morganáticamente, con Emmanuel de Mensdorff-Pouilly. Pero Viktoria, en cambio, se comportó como una hija obediente. En primer lugar, accedió a casarse con un hombre maduro y bastante disoluto que acababa de quedarse viudo de una de sus tías. Se trataba del príncipe Carl de Leiningen, junto al cual se estableció en Amorbach y al cual dió dos hijos, Karl Emich y Feodora de Leiningen.

Respecto a los chicos -Ernest, Ferdinand y Leopold- sus carreras progresarían en la convulsa época napoleónica. Las etapas históricas de gran agitación también proporcionan numerosas oportunidades a los jóvenes con suficiente inteligencia, firmeza de carácter y resolución. Cierto que, en el año 1806, durante su expansión germánica, las tropas napoleónicas tomaron por las bravas el ducado de Saalfeld, dónde el duque Franz Friedrich había muerto después de tres años de enfermedad dejando una complicada herencia al joven Ernest, proclamado Ernest I. Para tratar de resolver la situación, Leopold, que destacaba por su astucia y su natural talento para la diplomacia, viajó a París. Desde luego, causó una muy favorable impresión en Napoleón, que le ofreció hacer de él uno de sus ayudantes de campo. Sin embargo, Leopold rechazó el honor, aunque según las murmuraciones no rechazó en cambio mantener una breve aventura con la hijastra de Napoleón, Hortense de Beauharnais. El sentido de la lealtad familiar era muy fuerte en Leopold: no podía interpretar el papel de edecán de aquel corso que se había adueñado de Saalfeld.

Ernest recobraría su ducado en 1807, gracias al apoyo que le brindaron los rusos, que impusieron esa devolución de territorio al cuñado de su gran duque entre las cláusulas del Tratado de Paz de Tilsit. En los años siguientes, los hermanos Saxe-Coburg lucharon contra Napoleón, Ernest integrado en el ejército de Prusia, Ferdinand integrado en el ejército de Austria y Leopold integrado en el ejército de Rusia. En ese curioso hecho, se percibe, de nuevo, el cuidadoso cálculo que guiaba los pasos de los muchachos. Para cuando tocó a su fín la época napoleónica, con la debacle de ese imperio creado sobre las ruínas de la etapa republicana que había seguido al formidable estallido revolucionario francés, los Saxe-Coburg-Saalfeld se encontraban en excelente posición debido a que habían barajado con habilidad sus cartas.

La campanada, sin embargo, la darían Ferdinand y Leopold, el primero en 1815, el segundo en 1816. Ferdinand contrajo un matrimonio excelente con una princesa húngara que era, por añadidura, heredera de una inmensa fortuna: se trataba de Maria Antonia Koháry de Csábrág. Juntos, fundaron una rama católica de los Saxe-Coburg, al tener cuatro hijos en los años siguientes: Ferdinand, Augustus, Victoire y Leopold. Pero si ese enlace de Ferdinand con Antonia otorgó nuevo lustre a los Coburgo, el caso es que nuestro Leopold multiplicó por diez la gloria de la estirpe al contraer nupcias en 1816 con la princesa Charlotte de Gales, heredera del trono de Inglaterra en su condición de única hija de George IV con Caroline de Brünswick.

Nunca hubo, quizá, una pareja tan popular entre los ingleses como la princesa Charlotte, hacia la cual experimentaban gran simpatía y compasión por las tristes circunstancias que habían rodeado su infancia, y ese príncipe Leopold que había llegado para hacerla feliz. Los dos se establecieron en Claremont, dónde recibían constantes muestras de amor por parte de sus futuros súbditos. Todo parecía ir viento en popa cuando Charlotte se embarazó. Sin embargo, el parto de Charlotte tuvo los visos de una auténtica ordalía. Al cabo de CINCUENTA horas de parto, Charlotte logró librarse de un bebé, de sexo masculino, que era enorme, razón por la cual le había sido terriblemente difícil ponerlo en el mundo. Pero la criatura falleció, al igual que la madre, a consecuencia de una profusa hemorragia, cinco horas después. Inglaterra estaba aturdida, conmocionada. El luto se expandió por el país, la gente lloraba sin rebozo en las calles mientras doblaban las campanas por la malograda Charlotte. Sin ella, no había un futuro para la dinastía a no ser que sus tíos paternos se casasen a toda prisa y se dedicasen a procrear.

Leopold, el viudo de Charlotte, conservó el afecto de los ingleses, al igual que la propiedad de Claremont y una generosísima anualidad que le había sido otorgada en sede parlamentaria a raíz de su boda. En su posición, pudo influír para que uno de los tíos de Charlotte embarcados en la denominada "carrera matrimonial" de los príncipes británicos, Edward Augustus, duque de Kent, solicitase la mano de Viktoria de Saxe-Coburg-Saalfeld, viuda para entonces de Carl de Leiningen. A Viktoria le costó decidirse: estaba bien establecida en Amorbach, con sus hijos Carl Emich y Feodora, apodada Fidi. Pero los buenos argumentos de su madre, Augusta Caroline, y de su hermano, Leopold, la convencieron a aceptar aquella oportunidad. En poco tiempo después de la boda, Viktoria se quedó embarazada. Daría a luz fácilmente su tercer retoño, primero del segundo marido: Alexandrina Victoria de Kent.

La temprana muerte de Edward Augustus de Kent dejó a Viktoria sola con su pequeña Drina. En esa época, Leopold se transformó en un solícito consejero para su hermana, así como una presencia cariñosamente protectora a ojos de su sobrina Drina. Leopold vislumbraba el futuro. Un día, Drina sería reina de Inglaterra, tras sus tíos paternos George IV y William de Clarence, que sería William IV. Necesitaría un consorte adecuado...y bien podía valer el pequeño Albert, el segundo de los dos hijos varones que Ernest, el hermano mayor de Leopold, había tenido en su desgraciadísimo matrimonio con Louise de Saxe-Gotha-Altenburg. Las opciones de futuro estaban abiertas.

Leopold mismo tuvo su gran oportunidad en 1831, cuando, gracias a sus vinculaciones británicas, los belgas, que acababan de independizarse del hasta entonces denominado Reino de los Países Bajos, le escogieron para que se transformase en su primer rey. Así, Leopold se metamorfoseó en Leopold I de Bélgica, fundador de la dinastía de Saxe-Coburg-Gotha en aquel país. Necesitando una esposa adecuada y conveniente, enseguida dirigiría la mirada hacia Francia, dónde ocupaban el trono Louis Philippe de Orleáns y la esposa de éste, Marie Amelie.


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NotaPublicado: 06 Ene 2009 10:48 
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Otro excelente retrato de Leopold:

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Leopold había trazado con extraordinario cuidado y esmero su camino. Dotado de una fina inteligencia y de considerable encanto personal, había utilizado ambos rasgos distintivos de su carácter para elevarse; solía calcular meticulosamente cada paso que daba, sorteando los obstáculos cuando no podía saltar por encima de ellos, siempre atendiendo las atinadas sugerencias de su ambiciosa madre, Augusta Caroline, y de un hombre, orginariamente su médico, que se había transformado en su consejero aúlico, el barón Christian Friedrich von Stockmar. En una etapa ulterior, hay que hacer notar que von Stockmar prestaría los mismos buenos servicios a uno de los sobrinos predilectos de Leopold: Albert de Saxe-Coburg-Gotha, segundo de los hijos de Ernest I y consorte de Victoria I de Inglaterra.

En cuanto Leopold se estableció en Laeken, después de haberse visto proclamado rey de los belgas, tomó como secretario personal a Jules van Praet, un avezado diplomático; pero eso no restó en absoluto preponderancia a Christian Friedrich von Stockmar, dedicado a elaborar en su mente proyectos cuya finalidad última residía en acrecentar y reafirmar la pujanza de aquellos Saxe-Coburg que, apenas medio siglo atrás, pasaban completamente inadvertidos, sin pena ni gloria, entre las docenas de familias principescas asentadas en territorios germánicos.

Sin embargo, curiosamente, von Stockmar estuvo directamente implicado en un asuntillo que pudo haber afectado de forma muy negativa al flamante monarca de los belgas. Un punto débil de Leopold lo constituían las mujeres. Antes de su matrimonio con Charlotte princesa de Gales, ya tenía una trayectoria sentimental que había incluído, al parecer, una cacareada aventura parisina con Hortense de Beauharnais. Durante su etapa conyugal con Charlotte, Leopold fue, en cambio, un marido devoto y fiel. A fín de cuentas, aquella Charlotte que arrastraba desde la infancia fuertes carencias afectivas, estaba absolutamente enamorada de Leopold; ese hecho permitía que Leopold pudiese "encauzar" desde "el cariño" a su esposa, consolidando día a día una influencia que un día, cuando ambos ascendiesen al trono británico, previsiblemente se haría notar. Aparte de las cualidades de Charlotte, ella valía por una corona...y no una corona cualquiera, sino una de las coronas más importantes del mundo. De modo que Leopold había ejercido con entusiasmo el papel de consorte. Y, sin duda, se había quedado devastado con la muerte de Charlotte. Lo cierto es que cualquiera, a no ser un completo insensible, se hubiese sentido afligido y angustiado por la forma en que se malogró Charlotte, a consecuencia de un parto extremadamente duro en el que la escasa habilidad del médico que la atendía para usar fórceps con el propósito de extraer el bebé de gran tamaño acabó en tragedia.

Pero, obviamente, el duelo por Charlotte se difuminó a medida que avanzaba el tiempo. Al principio, Leopold, que permanecía en Claremont, no dejaba que se ajase ni se marchitase el recuerdo de Charlotte porque cualquier tributo a la memoria de su efímera mujercita repercutía beneficiosamente en su persona. Los ingleses estaban dispuestos a seguir respetando y apreciando al viudo de su añorada princesa de Gales. Con esta idea siempre en mente, estaba claro que Leopold debía mantener en una casi absoluta discreción sus escarceos. Stockmar era muy consciente de que su señor no íba a permanecer célibe, pero de que les convenía que no trascendiese ninguna de las posibles aventuras amorosas. De modo que el quid de la cuestión estaba en emparejar a Leopold con una muchacha "de plena confianza" de Stockmar. Y a Stockmar enseguida le vino a la cabeza un nombre: Karolina "Lina" Bauer.

Una de las primas hermanas de Stockmar, por quien éste experimentaba profunda simpatía, se llamaba Christiane. Christiane Stockmar se había casado, en su momento, con Heinrich Bauer, junto al cual se había establecido en Heidelberg, teniendo varios hijos entre los que figuraba Karolina, apodada Lina. Al quedarse viuda de Bauer, quien falleció en el campo de batalla hacia 1814, Christiane se trasladó con su prole a Karlsruhe, en Baden. Allí, todavía en plena adolescencia, Lina destacó por su belleza rubia, muy del gusto de la época Biedermeier; también había en ella talento para la interpretación, con una fuerte vis cómica pero sin excluír capacidad dramática. Lina deseaba convertirse en actriz, un proyecto en el que Christiane la apoyó resueltamente. La muchacha tenía condiciones, de forma que, hacia 1824, ya se había hecho un nombre entre el elenco de artistas del Königsstädtische Theater en Berlín.

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Cuadro de Franz Krüger representando una Parada de Artistas en Berlín. La dama rubia, con parasol en la mano, que aparece en primer término, es precisamente la actriz Karolina Bauer.

No fue en el Königsstädtische Theater, sino en el cercano Hofbühne, dónde la conoció Leopold. Mientras se encontraba en Coburg, visitando a los suyos, Stockmar le había persuadido de que debían permitirse una velada teatral en Berlín, la no muy lejana capital de Prusia. Stockmar había concertado allí un encuentro con su prima Christiane, algo que, en principio, parecía lo más natural del mundo. Desde luego, el barón preveía de antemano que su señor se quedaría fascinado al ver a Lina, que guardaba un extraordinario parecido físico con la difunta princesa de Gales Charlotte, pero en versión "muy mejorada". En esa primera noche, efectuadas las presentaciones, se percibió el interés de Leopold por Lina. Pero el asunto se concretaría poco después durante otra cita en Füllbach, en las inmediaciones de Coburg.

La "liaison" iniciada así en 1828 adquirió nueva consistencia en 1829, cuando Leopold y Lina firmaron un "acuerdo matrimonial privado", que, no obstante, no fue ratificado por ninguna ceremonia en presencia de testigos como era preceptivo. Dicho de otra forma, fue un casamiento muy dudoso desde el principio. Leopold se había empecinado en ello, porque le constaba que Lina se sentiría halagada al dejar de ser "sólo" una querida; de hecho, una de las cláusulas incluídas en el documento elevaban a la muchacha a la categoría de condesa de Montgomery, título que, sin embargo, no podría utilizar al no reconocerse públicamente lo sucedido ni siquiera admitiendo la cualidad morganática del enlace.

Pero esa "boda privada" con Lina puso nervioso a Stockmar, desde luego. Él había contado con que su linda prima proporcionase una suerte de "felicidad doméstica" a Leopold sin que hubiese ningún papel de por medio. En 1831, surgió la oportunidad de que Leopold se transformase en el primer rey de Bélgica, lo que hizo terriblemente "inconveniente" el que éste hubiese estampado su firma en aquel documento que se guardaba a buen recaudo. Stockmar no tardó en señalar a Leopold que, para fundar una dinastía belga, necesitaría una princesa europea, de buen linaje y buenas conexiones familiares. Lina sobraba: como amante hubiese valido, pero ese "contrato matrimonial privado sin efecto público" había enredado las cosas de mala manera. Si salía a la luz que el viudo de Charlotte tenía una actriz alemana por esposa morganática, todo podía irse al traste en un santiamén, como precisó Stockmar.

Así que, en 1831, se arregló discretamente, por cuenta del barón, una "anulación" de aquel "casamiento" que en realidad tenía una validez más que cuestionable desde el principio. Lina fue alejada de Leopold. Y Leopold supo que tenía que dedicarse a obtener la mano de una de las princesas de Francia, ya que a los belgas recientemente separados de los holandeses les interesaba contar con la alianza de los franceses...


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NotaPublicado: 06 Ene 2009 11:32 
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Dos retratos de Louise Marie.

Louise Marie Thérèse Charlotte Isabelle d'Orléans, que ése y no otro era su nombre completo, había nacido en Palermo, en la isla de Sicilia, el 3 de abril de 1812. El lugar de su nacimiento tiene un profundo significado: hacia la primavera de 1812, el padre de la neófita, Louis Philippe, duque de Orléans, era un príncipe exiliado que pretendía un trono inexistente entre las mofas y befas de gran parte de la realeza europea; en cambio, la madre de la neófita, Marie Amelie, se contaba como una de las hijas del rey Ferdinando I de las Dos Sicilias junto a su consorte María Carolina, una archiduquesa de Austria.

Nuestra Louise Marie apenas conoció a su abuela materna, María Carolina. Esa gran señora falleció cuando la niña contaba dos añitos de edad, en septiembre de 1814. Para entonces, Louis Philippe y Marie Amelie se encontraban en el Palais Royal de París, pues habían conseguido romper la maldición del exilio; se habían establecido unos meses atrás en la capital francesa, junto a su primogénito, Ferdinand-Philippe, y las dos niñas, Louise Marie y Marie, una hermanita que nuestra protagonista había tenido con apenas doce meses de edad. De hecho, en septiembre de 1814, al producirse el deceso de María Carolina, Marie Amelie se hallaba en avanzadísimo estado de gestación: en octubre daría a luz al cuarto de sus retoños, Louis, futuro duque de Nemours. Por tanto, Louise Marie jamás pudo sentarse en el regazo de la abuela María Carolina para que ésta le relatase "las viejas historias". Pero, si hubiese ocurrido, seguramente la primera de "las viejas historias" que María Carolina le hubiese narrado a su nieta hubiese girado en torno a una tía abuela de la criatura: Marie Antoinette, la última reina de los franceses, guillotinada después de una tenebrosa etapa de reclusión en el Temple.

En realidad, Louise Marie tuvo que enterarse, en algún momento, de la "peculiaridad dinástica" que representaba el matrimonio de sus padres. Su madre, Marie Amelie, había crecido en la corte siciliana con constantes referencias a la tía Marie Antoinette, que había sido la queridísima hermana menor de María Carolina. Evidentemente, María Carolina había transmitido a sus hijos, incluyendo esa hija, la animadversión hacia los Orléans habían traicionado vilmente a Louis XVI y Marie Antoinette. Al recibir noticia de que se le había sentenciado a morir en la guillotina, Louis XVI se reservó sus emociones; sin embargo, no pudo evitar que la tristeza y la amargura flotasen en su mirada en el momento en que se le especificó que entre quienes habían votado a favor de la ejecución estaba su primo Philippe duque de Orléans, que, a aquellas alturas, se hacía llamar Philippe Egalité. Con esos mimbres, no tiene nada de extraño que María Carolina hubiese puesto el grito en el cielo cuando su hija Marie Amelie, cercana a la treintena, destinada a quedarse para vestir santos, se enamoró fervientemente de Louis Philippe de Orléans, hijo varón de Philippe Egalité.

Louis Philippe y Marie Amelie, no obstante, conformaron una pareja sorprendentemente feliz. La propia María Carolina, mal predispuesta hacia su yerno Orléans, admitió poco después de la boda que su hija y su yerno no tenían nada, eran pobres como ratas (según los estándares de la realeza), pero se mostraban enamorados y entusiasmados por el hecho de compartir sus vidas. Si Louis Philippe cometió alguna vez algún desliz, lo hizo de modo tan increíblemente discreto que jamás existió ni un levísimo rumor. A ojos del mundo entero, Louis Philippe rodeaba de atenciones y delicadezas a Marie Amelie, la "más amante y solícita" de las esposas. Los dos establecieron su hogar contando con la hermana solterona de él, la egregia Madame Adelaïde. Madame Adelaïde jugaría un papel significativo en la crianza de sus sobrinos, particularmente de sus sobrinas.


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NotaPublicado: 06 Ene 2009 12:19 
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Pero centremos la atención en Louise Marie, nieta de Philippe Egalité a la par que sobrina nieta de Marie Antoinette...

En 1814, Louis Philippe y Marie Amelie, como hemos visto, pudieron romper la maldición del exilio. El derrumbe estrepitoso del imperio napoleónico significaba que los Borbones podían retornar a Francia. Así que, conjuntamente con la hermana de él y los tres niños pequeños que habían tenido en tierras sicilianas, los flamantes duques de Orléans fueron a instalarse al Palais Royal de París, lugar en el que Marie Amelie puso en el mundo a Louis, su cuarto vástago. El recien nacido Louis se unía en la nursery a Ferdinand-Philippe, Louise Marie y Marie.

Por entonces, se produjo el gran sobresalto. Napoleón logró huír de la isla de Elba, regresando a Francia para protagonizar la "resurrección" de su imperio. Fue una resurrección de corta duración, que ha pasado a la historia como el imperio de los Cien Días. Pero, desde luego, los Orléans, en cuanto se enteraron de que Napoleón había desembarcado en Marsella procedente de Elba, para dirigir a sus todavía numerosos partidarios hacia París, pusieron pies en polvorosa. Enseguida cruzarían el Canal de la Mancha, buscando refugio en Inglaterra. Una casa solariega rebautizada Orléans House, en Twickenham, se convirtió en el hogar de Louis Philippe, Marie Amelie, Madame Adelaïde y los niños hasta bien entrado el año 1817. De hecho, en Twickenham nació el quinto bebé, una fémina bautizada Françoise que, para gran pesadumbre de los padres, murió en la tierna infancia.

Los Orléans retornaron a Francia a principios de 1817. Para esa época, nuestra Louise Marie estaba a punto de cumplir cinco años, así que ya pudo darse cuenta del nuevo giro en la rueda del destino. Orléans House en Twickenham se transformó en un vago recuerdo en la mente de la niña mientras se acostumbraba a la nueva residencia de la familia: el château de Neuilly, en Neuilly-sur-Seine. Recién instalados en Neully, Marie Amelie tuvo a su sexto bebé: fue una princesita, bautizada con el nombre de Clémentine.

La familia se completó en los años posteriores con el advenimiento de François de Orléans (príncipe de Joinville), Charles de Orléans (duque de Penthièvre), Henri de Orléans (duque de Aumale) y Antoine de Orléans (duque de Montpensier).

Hay que resaltar que Louis Philippe y Marie Amelie, a diferencia de otros padres de la realeza que delegaban por completo el cuidado de sus hijos, se mostraban afectuosos, tiernos, constantemente accesibles y protectores respecto a los niños. Estaban saludablemente orgullosos de sus retoños, a cuya perfecta formación contribuía la tía Madame Adelaïde. Las horas más amargas de ambos surgieron de las muertes prematuras de su hijita Françoise y de su hijito Charles. Pero centraron todas sus atenciones en los que sobrevivieron a la niñez: Ferdinand, Louise Marie, Marie, Louis, Clémentine, François, Henri y Antoine. Cada uno de ellos pudo evocar, con posterioridad, una infancia y una adolescencia sorprendentemente equilabradas, armónicas e incluso dichosas, mérito de la atmósfera doméstica que había sabido crear Marie Amelie en Neuilly.

En esta historia, las que nos interesan son las tres princesas Orléans, las féminas que tuvo Marie Amelie. Estos pequeños retratos de la época muestran a las hermanas: Louise Marie, Marie y Clémentine.

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Louise Marie.

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Marie.

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Clémentine.

La madre, Marie Amelie, creía firmemente en la importancia de que las princesas recibiesen una amplia y cuidadosa educación. En ese aspecto, se veía espoleada por su cuñada, Madame Adelaïde. El hecho de que a Madame Adelaïde se la considerase la "Egeria" de Louis Philippe, es decir, su más aventajada consejera política, surgía de la atinada inteligencia y la extraordinaria cultura de ésta. Evidentemente, las dos damas, Marie Amelie y Madame Adelaïde, se encargaron de que Louise Marie, Marie y Clémentine estuviesen a cargo de los mejores preceptores que se podían encontrar.

Así, el muy erudito Jules Michelet fue el que afrontó la tarea de enseñar Historia a las princesas Orléans, en tanto que el abad Guillon las instruía en materia religiosa. Pierre-Joseph Redouté gozaba de un enorme prestigio entre sus coetáneos, debido a su inmenso talento para la pintura a la acuarela centrada en el mundo de las flores; llegó a adquirir profundos conocimientos de botánica para dar a sus cuadros la precisión que, añadida a la belleza de las composiciones, hicieron de él un artista mundialmente reconocido. Pues bien: ese Redouté consagró parte de su tiempo en enseñar dibujo y pintura a las princesas Orléans. El pintor holandés de origen francés Ary Scheffer completó el trabajo de Redouté.

El resultado se hizo particularmente visible en Marie, cuyas obras pictóricas y escultóricas la avalan como una de las más notables artistas del romanticismo. Todavía hoy, en nuestro siglo, se producen algunas exhibiciones de la obra de Marie de Orléans con gran éxito. Pero aunque no alcanzasen la genialidad de Marie, Louise Marie y Clémentine también revelaron buenas aptitudes para el arte. Los dibujos de Louise Marie, por ejemplo, cosecharon sinceros elogios por parte de Horace Vernet.

En conjunto, las muchachas hacían gala de una educación exquisita. Ni Marie Amelie ni Madame Adelaïde podían dejar de experimentar un ramalazo de orgullo. En cuanto a sus personas, a sus caracteres y temperamentos, existían notables diferencias...


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NotaPublicado: 06 Ene 2009 12:32 
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Sólo venía a encourager, jaja... no tengo tiempo de quedarme a leer (wink)

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NotaPublicado: 06 Ene 2009 13:40 
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sabbatical escribió:
Sólo venía a encourager, jaja... no tengo tiempo de quedarme a leer (wink)


Bueno...yo diría que encourager también tiene su mérito, jajaja.


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NotaPublicado: 06 Ene 2009 14:28 
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Registrado: 17 Feb 2008 20:47
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Lo cierto es que Louise Marie y Marie compartían aquella aura de fragilidad. Las dos parecían delicadas y quebradizas; desde luego, ambas se mostraban de salud débil, lo que ocasionaba no poca preocupación a los padres. Asimismo, ambas destacaban por sus naturalezas sensitivas, emocionales y compasivas. Sin embargo, en Marie se acenturaba la sensibilidad debido a su extraordinaria inclinación artística. Los ramalazos de inspiración se mezclaban con una veta de melancolía: en conjunto, era una perfecta exponente del romanticismo, la corriente preponderante de la época. En una etapa posterior, tras su prematura muerte, Marie Amelie declararía que su Marie "no había sido de este mundo". Era como si se vislumbrase en ella una existencia breve, efímera, curiosamente evanescente.

Por contraste, estaba la pequeña, Clémentine. Ni Louis Philippe había sido un apuesto galán ni Marie Amelie había gozado de los privilegios que otorga la belleza; quienes la veían con buenos ojos, la juzgaban común y corriente, mientras que el resto tendía a considerarla "poco agraciada" por no emplear la expresión "feúcha". Eso sí: Marie Amelie no carecía de "porte". Con esos antecedentes, Louis Philippe y Marie Amelie no dejaban de sorprenderse de haber concebido a Clémentine, una criatura dotada de excepcional presencia a pesar de la nariz "borbónica". Winterhalter legó a la posteridad un cuadro de la joven Clémentine que permite comprender porqué el rey Charles X declaró extático ante su pariente Louis Philippe que si tuviese cuarenta años menos, hubiese hecho de la princesa la reina de Francia en un abrir y cerrar de ojos:

Imagen
Clémentine.

No cabe duda de que Clémentine se habrá sentido halagada por las palabras de Charles X. Y, probablemente, habrá lamentado que Charles X no tuviese, efectivamente, cuarenta años menos, vista la predisposición de él a hacerla su reina consorte. Porque Clémentine, a diferencia de sus hermanas mayores, había heredado la intensa ambición, el afán de medrar y de expandir su influencia, de los Orléans. Se trataba de una auténtica "social climber", que en una etapa ulterior demostraría su talento para crear un entramado de relaciones del que poder beneficiarse o beneficiar a su progenie. No en vano, algunos llegarían a denominarla "la Médici de los Orléans".

Esto tenía que chocarle necesariamente a Marie Amelie, en la que no había ni una ligera traza de aquella pulsión por el poder. Al contrario, Marie Amelie sólo aspiraba a que la vida se deslizase apaciblemente, sin grandes sobresaltos ni penurias excesivas. Mientras su esposo e hijos se encontrasen sanos y salvos, no necesitaba nada más para considerarse afortunada. Resulta muy significativa la reacción de Marie Amelie cuando, en 1830, su Louis Philippe se encaramó al trono de Francia -el primer Orléans que lo lograba...- bajo el nombre de Louis Philippe I. Entre lágrimas cuya sinceridad no se cuestionó por parte de nadie, ni siquiera de los más críticos con aquella familia, declaró simplemente al tener noticia de la proclamación de Louis Philippe: « Quelle catastrophe ! ». Pero, por supuesto, ella se enjuagó el llanto...y cumplió con su deber. A decir verdad, su presencia creaba cierta simpatía entre los realistas a ultranza, férreamente conservadores, que recelaban o sencillamente detestaban lo que representaba el "liberalismo" de Louis Philippe. Louis Philippe, el Orléans, podía verse, en esos círculos, como un advenedizo de la peor ralea (recordando que su padre se había transformado en Philippe Egalité y su tía paterna Bathildis en la Citoyenne Verité...). Pero Marie Amelie era harina de otro costal, nada menos que la sobrina carnal de la "reina mártir" Marie Antoinette.

Pero, retornando a Louise Marie...ella no tenía el menor interés en que la hiciesen reina. Se mostraba conforme, al igual que la hermana que la seguía en edad, manteniéndose bajo el techo de sus padres. Constituían una familia estrechamente unida, en la que no había roces ni fricciones. La mera idea de separarse de ese núcleo amoroso y cálido provocaba temor en Louise Marie o en Marie. Clémentine hubiese batido palmas con las orejas ante una petición mano de cualquier rey. En cambio, Louise Marie se mostró disgustada cuando supo que Leopold I de Bélgica quería casarse con ella, la mayor entre las hijos de esa pareja Louis Philippe-Marie Amelie que finalmente había ascendido al trono de Francia.


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