Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: FRANCISCO DE PAULA
NotaPublicado: 23 Oct 2008 22:53 
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Ha pasado a la historia como "el infante del 2 de mayo". También podría haber pasado por el hecho de que, antes de morir, manifestó su voluntad de no ser enterrado en El Escorial, sino en la iglesia de San Francisco el Grande: los madrileños, con lengua viperina, declararon que eso se debía a que, sabiéndose hijo ilegítimo de la reina María Luísa con Manuel Godoy, no se había considerado digno de ocupar plaza en el panteón reservado a los infantes de España. Sin embargo, se le enterró en El Escorial: sus deseos pesaron menos en la balanza que la tradición de la dinastía. El epitafio de Francisco de Paula resulta, cuando menos, sorprendente: "El que se compadece del pobre, será bienaventurado".

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NotaPublicado: 23 Oct 2008 23:07 
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Otro hombre en candelero.


Saenz de Medrano dice que lo pidió para no estar enterrado en el mismo lugar que su primera esposa. ;)


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NotaPublicado: 23 Oct 2008 23:42 
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"Desdeñaron su interés sin ocuparse más que de la injuria recibida. Se indignaron con la afrenta y se sublevaron ante nuestra fuerza. Los españoles en masa se condujeron como un hombre de honor".
(Palabras dictadas por Napoleón Bonaparte, ex emperador Napoleón I, a su asistente, Les Cases, durante su exilio en la isla atlántica de Santa Helena).


MODO DE BREVE INTRODUCCIÓN...

El 1 de Mayo de 1808 cayó en domingo. Era un "día feriado", lo que sirvió de excusa para que muchas personas acudiesen a la ciudad de Madrid procedentes de localidades situadas en lo hoy se engloba dentro de los tres primeros anillos concéntricos del mapa de transportes de la comunidad. Había una atmósfera bastante enrarecida, una atmósfera densa, pesada, sofocante, que hacía presagiar un gran estallido. Ese día en concreto, el general Murat, duque de Berg, se sintió muy ultrajado, y mortalmente ofendido por ello, cuando, al cruzar a caballo, al frente de los miembros de su distinguido Estado Mayor, la Puerta del Sol, recibió un aluvión de burlas soeces e insultos por parte de los madrileños, que llevaban un tiempo resintiéndose a cuenta de la ocupación francesa personificada en veinte mil soldados cada vez más soberbios y arrogantes.

A Murat, que era un tipo orgulloso, jactancioso y bravucón, se le hincharon bastante las narices, por no mencionar otra parte menos noble de su anatomía, ante aquella muestra de desdén popular. En pleno recalentón, se dirigió en términos muy duros a la Junta Suprema del Reino. La Junta estaba presidida por el infante don Antonio Pascual, uno de los hermanos del rey Carlos IV, quien ya se encontraba en Bayona al igual que su esposa, María Luísa, y su hijo primogénito, Fernando, que unos meses atrás, en marzo, se había convertido en Fernando VII después de que se produjese el famoso motín de Aranjuez que había puesto en serio peligro la vida de Manuel Godoy -hasta entonces, todopoderoso valido de los monarcas Carlos y María Luísa-. En realidad, aquello era un increíble enredo político: Carlos IV y María Luísa habían sido atraídos hacia Bayona por el carismático Napoleón, dispuesto a escuchar sus "reclamos" acerca de cómo les había "usurpado el poder" su denostado hijo Fernando VII; Fernando VII no había tardado en tomar también el camino a Bayona, decidido a conseguir el refrendo de Napoleón e incluso a solicitar la mano de alguna de las sobrinas del emperador de los franceses. A esas alturas, Napoleón no pensaba permitir que volviesen a España ni Carlos IV ni Fernando VII. Tenía otros planes: situar en el trono de España a su hermano José Bonaparte. Murat, duque de Berg, dominaba Madrid y preparaba el terreno para el advenimiento de la dinastía Bonaparte.

Una cosa preocupaba a Napoleón: aún quedaban en España algunos miembros de la familia real. El más destacado, desde luego, era el infante Antonio Pascual, presidente del Consejo de Castilla y flamante presidente, también, de la Junta Suprema del Reino constituída en ausencia de Fernando VII. Luego, en palacio, se hallaba también una de las hijas de Carlos IV y María Luísa, Luísa, apodada Luisetta, que era la reina viuda de Etruria en Italia, junto con sus niños. Asimismo, no había que olvidar al menor de los chicos de Carlos IV y María Luísa, Francisco de Paula, de catorce años de edad.

Evidentemente, Napoleón manejó los hilos para que esos personajes aceptasen salir lo antes posible hacia Bayona. A don Antonio Pascual se le ofreció una excelente posición en territorio francés al garantizársele rentas anuales por valor de cuatrocientos mil francos. Ese hombre, de pocas luces y corrosivo sarcasmo, se las prometió muy felices: podría vivir a su gusto, según su capricho, dedicado a sus pasatiempos preferidos, que eran los bordados (sí, los bordados: no se trata de un gazapo...) y la pintura. Estaba dispuesto a salir corriendo rumbo a Bayona. La misma actitud tenía Luisetta de Etruria, que esperaba que Napoleón le restituyese sus dominios italianos para su hijo mayor, Carlos Luís. A Francisco de Paula, previsiblemente, ni se le consultó al respecto. Simplemente, se le informó de que tendrían que emprender viaje el 2 de mayo.

Los rumores se expandían rápidamente, inflamando los ánimos de los madrileños. Los ilustres miembros de la Junta Suprema pasaron horas enteras de vigilia, deliberando acerca de cuál debía ser su postura en aquellas circunstancias históricas. No sólo les juzgarían sus coetáneos: también gentes que nacerían décadas, incluso siglos después, revisarían con lupa sus declaraciones y sus actos. Estaban -lógicamente- atenazados por el miedo. Cualquier paso en falso podía significar una catástrofe. Un alzamiento popular constituiría de hecho un desastre de grandes proporciones, porque daría a los franceses una excusa perfecta para completar su programa de ocupación después de haber demostrado su superioridad militar y su capacidad para represaliar. Lo cierto es, para ser justos, que aquellos hombres estaban en un auténtico brete. Uno de ellos quiso animar a los otros a mostrar una actitud de rebeldía ante las exigencias francesas, trasladadas por los edecanes de Murat duque de Berg. Para levantarles la moral, recordó a sus compañeros que Alejandro, al frente de un contingente verdaderamente escaso, había logrado imponerse a un enemigo que le excedía por completo. Otro de los asistentes de la reunión pinchó rápidamente la burbuja al replicar, en tono cargado de ironía: "Sí, pero...¿quién de nosotros es Alejandro?".

Mientras la Junta se estrujaba las meninges buscando una forma de nadar y guardar la ropa, los madrileños no permanecían inactivos. El 2 de mayo, lunes, se caracterizó porque, desde muy temprano, casi desde la alborada, empezaron a formarse grupos de gente que convergía en la zona centro, acercándose, como si les atrajese igual que un imán al hierro, a Palacio. No se trataba de la gente fina, de los ilustrados, porque esos, en buena medida, estaban muy afrancesados, y, los que no, al menos habían decidido abstenerse de broncas o escaramuzas. Era gente sencilla, gente inculta y a la vez gente brava. Ni sabían ni querían saber de un posible rey José que llegase trayendo consigo una notable evolución social. Eso quedaba por completo fuera de su alcance. Lo que deseaban era quitarse de encima a los gabachos, los "mosiús", para que volviese a ocupar el trono Fernando VII.

Un cerrajero llamado Blas Molina, ardiente partidario de Fernando VII, fue el que suscitó un estallido entre la masa congregada ante Palacio al gritar, desaforadamente, que se perpetraba la traición y que los "mosiús" se llevaban al infante Francisco de Paula. Tocó la fibra sensible de los que le rodeaban, por supuesto. Todos habían visto con indiferencia, o con clara frialdad, la marcha de Luisetta reina de Etruria. Ella les importaba un bledo, si quería arrimarse a los "mosiús" que le diesen dos duros. Pero un infante de catorce años era harina de otro costal. Se trataba de un chiquillo al que íban a llevarse "con engaños y a la fuerza". La multitud entró en tropel en Palacio, para toparse, en una escalinata, con el mismísimo Francisco de Paula. El muchacho estaba, al parecer, muy pálido, con los ojos casi saliéndose de las órbitas. Le asustaba aquella marea popular que había anegado Palacio, profiriendo gritos y amenazas hacia los franceses. Hubo un instante de desconcierto entre los que acababan de irrumpir en la residencia real al verse frente a ese muchacho que les agradecía su feliz disposición hacia él y les aseguraba que nada ocurría. Salieron de allí aparentemente más sosegados, pero enseguida surgió una nueva alarma al surgir los primeros contingentes franceses que llegaban a galope para dar un escarmiento a aquellos "rebeldes sin causa".

Los que estaban en las calles plantaron cara, en inferioridad de condiciones. Hombres, mujeres e incluso niños, armados con tijeras, cuchillos, navajas albaceñas, frente a tropas napoleónicas incluyendo alguna que otra unidad de élite, como los mamelucos que se lanzarían a la carga, unas horas después, en la Puerta del Sol.

Era el alzamiento del 2 de mayo.


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NotaPublicado: 23 Oct 2008 23:57 
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Lo cierto es que el órdago lanzado a los franceses estaba perdido de antemano. Los que se levantaron lo hicieron movidos por el resentimiento, la animadversión, la cólera que consideraban justa. Luchaban a veces en solitario, a veces formando parte de pequeños grupos y en algunos casos concretos, integrándose en una marabunta dónde alguno con más conocimiento de causa trataba de poner orden y concierto, o, lo que es lo mismo, una pizca de estrategia y táctica (caso de lo acaecido en la Puerta de Toledo). Sólo unos pocos fueron conscientes del paso que estaban dando: los artilleros liderados por Luís Daoíz y Pedro Velarde que se enfrentaron al enemigo desde el Parque de Monteleón. Daoíz, Velarde y sus compañeros de oficialidad sabían, de antemano, que estaban solos. Velarde todavía se permitía el pequeño lujo de creer que el resto de guarniciones militares no les abandonarían a su suerte, que lo que ellos hacían resonaría como un aldabonazo en las conciencias de los demás miembros de ejército o milicias. Incluso tenía algo de fé en que la Junta Suprema reaccionaría con un apoyo claro ahora que la suerte estaba echada. Daoíz, más sereno, más sensato, con los pies firmemente asentados en el suelo, representa el mayor ejemplo de gallardía y honor. Comandó a los suyos habiendo asumido que se trataba de un gesto "para el futuro", que quizá el sacrificio de sus vidas tendría algún valor con el tiempo, pero que no lograrían nada excepto dejar meridianamente claro que aún había militares comprometidos con su pueblo.

En la madrugada del 3 de mayo, mientras se ajusticiaba a los madrileños levantiscos que habían sido detenidos a medida que se sofocaba la "gran algarada", los franceses sacaron finalmente de Madrid al infante Francisco de Paula. El pueblo ni se enteró: los que no estaban encerrados en cualquier escondite muertos de miedo, estaban confinados en sus casas esperando a que aquella sangrienta pesadilla concluyese. Al día siguiente, 4 de mayo, se marchó el infante don Antonio Pascual, a quien, para expresarlo gráficamente, le ardía el culo por irse. Dejó a los miembros de la Junta Suprema una nota que debió de helar la sangre en las venas de tan destacados caballeros:

"A la Junta, para su gobierno, la pongo en noticia cómo me he marchado a Bayona por ordendel Rey, y digo a dicha Junta que ella siga en los mismos términos, como si yo estuviese en ella. Dios me la dé buena. Adiós, señores, hasta el valle de Josafat.- Antonio Pascual".


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NotaPublicado: 24 Oct 2008 00:01 
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Y aquí se acaba este breve resumen de lo acaecido el 2 de mayo. Son acontecimientos importantes para este tema porque marcan un hito significativo en la vida de Francisco de Paula.

Hasta entonces, había sido el menor de los infantes. No suscitaba ningún interés, a no ser por los rumores que circulaban a propósito de "su indecente parecido con Godoy el choricero". A partir de ese momento, se transformaría en un símbolo de aquel gran levantamiento que constituiría el prolegómeno de la Guerra de la Independencia. Francisco de Paula dejó de ser otro infante "insignificante", de los que pasan por la historia sin pena ni gloria...


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NotaPublicado: 24 Oct 2008 16:29 
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Retrocediendo en el tiempo, vamos a conocer el entorno en el cual nació y creció ese Francisco de Paula que alcanzaría tal distinción a los catorce años de edad. Así que empezamos con

UNA FAMILIA QUE PARECÍA UN NIDO DE VÍBORAS...


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Aquí os presento a Carlos, quien ascendió al trono español bajo el nombre de Carlos IV el 14 de diciembre de 1788. No llegó a convertirse en rey siendo un mozalbete inexperto e inseguro, ni mucho menos. Para cuando se produjo el citado advenimiento, había cumplido los cuarenta años, pues su nacimiento se había verificado en Portici, Nápoles, el 11 de noviembre de 1748. De hecho, a esas alturas llevaba ya veintitrés años de matrimonio con María Luísa de Parma, la cual le había proporcionado, por esa época, diez hijos.

Carlos III, el padre de ese Carlos IV, había sido un hombre firme y recto. Afirmaba que no había conocido, en el sentido bíblico de la palabra, más que una mujer: la princesa María Amalia de Sajonia, una quejicosa de cuidado con la que se había casado en plena juventud de ambos. Pese a que María Amalia carecía de belleza y andaba sobraba de mal carácter, los dos conformaron una feliz pareja. Cuando falleció María Amalia, Carlos III llegó a declarar que "ese era el único disgusto serio que le había causado ella en veintidós años de matrimonio". Estaba dispuesto a honrar su memoria, manteniéndose célibe por lo que le quedase de vida. Nadie le presionó para que variase su actitud, ya que la sucesión había quedado asegurada: la difunta señora había tenido seis hijos varones que superaron la infancia, aparte de siete féminas de las sobrevivieron a la mamá dos.

Cierto que la descendencia de Carlos III y María Amalia ofrecía algunas taras. El mayor entre los varones, Felipe, se había visto excluído de la sucesión debido a que padecía un profundo retraso mental. Cuando sus padres viajaron de Nápoles a España para hacerse cargo del reino ibérico, habían dejado a ese chico retardado en la ciudad italiana bajo la tutela del tercero de los varones, Ferdinando, ya convertido en el rey Ferdinando II de Nápoles. A España, con los progenitores, llegarían Carlos, el segundo varón, príncipe de Asturias y futuro monarca; Gabriel; Antonio Pascual y Francisco Javier. De todos esos varones, Gabriel, inteligente, culto, sensible y artístico, resultó el gran favorito de Carlos III. En realidad, la muerte de Gabriel aceleraría el deceso de Carlos III, que sólo se mantuvo en el mundo veinte días más que el predilecto de su corazón.

Nuestro Carlos, Carlos IV, no contaba con el favor de su padre. Carlos III sabía que Carlos príncipe de Asturias era un buen tipo, pero increíblemente simple e indolente en grado máximo. Se trataba del típico pachorro, que no pone energía ni dedicación seria en nada de lo que emprende. Todo lo hacía cuando le empujaban a hacerlo, pero sin demasiadas ganas y, por supuesto, sin desgastarse. Aquella falta de brío preocupaba y no poco a Carlos III, que, además, lamentaba la escasísima enjundia intelectual de su heredero.


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NotaPublicado: 24 Oct 2008 16:41 
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En cierta ocasión, Carlos III no había podido espetarle a su hijo Carlos, en tono de dolorida incredulidad, la famosa frase...

-¡Pero qué imbécil eres, hijo mío!.

Le había dedicado esas palabras después de que el joven Carlos se ufanase ante su padre de que para él, gracias a Dios, el matrimonio nunca comportaría el riesgo de llevar una lucida cornamenta dado que había nacido príncipe y se transformaría en rey. Evidentemente, Carlos III se quedó literalmente pegado al suelo ante el absurdo razonamiento de su vástago: hacía falta una buena dosis de cretinez para dar por garantizada la fidelidad de la esposa basándose en el alto rango del marido.

Carlos príncipe de Asturias se casó en 1765 con María Luísa, princesa de Parma. Aquí es preciso echar a un lado la imagen mental que todos nos hemos hecho de María Luísa tal y como la retrató Goya. En la época de su matrimonio, María Luísa, de catorce años, era una muchachita bastante mona, aparte de que tenía un carácter resuelto y un desparpajo que contrastaban con la casi abulia de Carlos...

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NotaPublicado: 24 Oct 2008 19:04 
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Buenísimo...
Hubiera estado bien iniciarlo cuando tuvimos lo del 2 de Mayo, pero nunca es tarde... desde que te ha dado por los personajes hombres, no puedo por menos que decir que has hecho unas elecciones de personajes estupendas...

Te sigo con atención (wink)

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NotaPublicado: 24 Oct 2008 19:31 
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Gracias, Sabba ;)

Por cierto, aquí tenéis mi retrato favorito de la joven María Luísa. Lo realizó Pecheux y se encuentra, actualmente, en El Pardo...

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Como podéis ver, para los cánones de la época, era un "buen bocado". Su madre, la princesa Louise Elisabeth de Francia, a la que en famille denominaban Babette, era la hija favorita del rey Louis XV porque poseía, en su opinión, una presencia y un encanto singulares. Babette se había casado con el entonces infante Felipe de España, uno de los hijos de Felipe V de España con Isabel de Farnesio, la parmesana. Con el tiempo, Felipe y Babette se marcharían a Parma tras convertirse en duques de aquel territorio italiano.

Felipe y Babette tuvieron tres retoños: Isabella, Ferdinando y María Luísa. El chico, Ferdinando, que heredaría el ducado de Parma a la muerte del padre, era, sin duda, menos interesante que sus hermanas. Fue un muchacho bastante inmaduro, con rasgos de infantilismo; le encantaba subir a los campanarios para echar a repique las campanas de las iglesias, asar castañas y jugar a los soldaditos de plomo incluso en la época en que le casaron con una archiduquesa austríaca, María Amalia, tan excéntrica que sus nuevos súbditos la apodarían "la matta", es decir, la loca. Para cuando Ferdinando se casó con María Amalia, ya había muerto la hija mayor de Felipe y Babette, Isabella, un personaje ciertamente singular: se la había enviado a la corte de Viena como esposa para el futuro emperador Joseph, hijo varón primogénito de la célebre María Theresa. En Viena, Isabella de Parma causó sensación: era muy bella, pero también muy inteligente, una excelente matemática y una virtuosa de la música. Su marido la amaba apasionadamente, pero parece que Isabella, de temperamento melancólico y depresivo, concibió un "rapport" amoroso hacia una de sus cuñadas, María Christina, apodada Mimí. La muerte prematura de Isabella, a causa de unas viruelas, dejó devastado a Joseph II.

María Luísa no era una muchacha ni tan hermosa ni tan sorprendentemente culta como había sido su hermana Isabella. Pero María Luísa era guapa, airosa, desenvuelta...y había recibido una educación de sesgo ilustrado, al igual que en su momento Isabella. No era precisamente una mentecata, pues había absorvido, igual que una esponja, la atmósfera, tan particular, de la pequeña pero floreciente corte parmesana. Su actitud "abierta y liberal" le causaría problemas en adelante, al llegar, en calidad de esposa para el príncipe de Asturias Carlos, a la corte española, más encerrada en sus tradiciones, más pacata y religiosa, más rígida.


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 Asunto: Re: FRANCISCO DE PAULA
NotaPublicado: 12 Sep 2010 21:25 
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Hola: he llegado a leer en un libro que francisco de paula estuvo apunto de
presidir un reino que hubiese sido el de la plata y he llegado a ver que estuvo apunto de ser el sucesor de agustin I iturbide en el imperio mexicano.
He llegado a ver que de joven ,estuvo apuntito de ser cardenal-arzobispo de toledo y pudo haber sustituido a su primo luis maria de borbón y vallabriga,hijo del infante don luis,conde de chinchon :D :thumbup:


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 Asunto: Re: FRANCISCO DE PAULA
NotaPublicado: 17 Sep 2010 19:16 
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Registrado: 11 Sep 2009 20:51
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Minnie, no dejes este tema, aunque sea para llegar a su tremenda esposa y sus espectaculares hijas...(esa Isabel Fernandina, esa Amalia fumadora de puros...esa Pepita...).

Prometo estar aqui apoyando tus esfuerzos!!!!


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 Asunto: Re: FRANCISCO DE PAULA
NotaPublicado: 17 Sep 2010 20:15 
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Cierto que este tema NO es para dejarlo. Merece la pena seguirle la pista a Francisco de Paula ;)

Fíjate qué curioso. Estábamos con los padres, Carlos IV y María Luísa, cuando interrumpí el hilo (una penosa costumbre mía, lo sé). Y justamente hoy, María Luísa me ha estado acompañando una parte de la jornada...en concreto, durante mis trayectos en metro. Así que tiene guasa que por la tarde haya subido un poquito en el ranking foreril el tema de Francisco de Paula.

Otro famoso retrato de María Luísa, obra de Maella:

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Decía en un post anterior, tras colgar mi retrato favorito de la reina, obra de Pecheux, que según los cánones de la época, María Luísa era "un buen bocado". El autor a quien releía hoy en el metro, Vidal, la describe de manera más ilustrativa, como "una belleza rubia, de ojos claros, precioso talle, envidiable cutis y excepcionales brazos". El único "pero" que se le puso fue una boca quizá un tanto grande. Pero en conjunto la chica estaba divinamente. Es una de las cosas que siempre conviene recordar al hablar de María Luísa, porque ese nombre evoca, automáticamente, los retratos en los que menos favorecida la sacó el genial Francisco de Goya. Está claro que con los años la soberana "se estropeó", pero también que Goya le tenía bastante tirria ;)

Otra cuestión importante: la virtud de María Luísa. Había relatado ya la famosa escena entre Carlos III y su hijo Carlos, el futuro Carlos IV, en el que éste, en un alarde de candidez rayando en lo absurdo, declaró que se alegraba de que su rango y el de su eventual futura esposa le colocase a resguardo de acabar llevando cuernos. Comentaba que Carlos III le miró de hito en hito, sin dar crédito a lo que había salido de la boca del chico y replicó:

-¡Pero qué imbécil eres, hijo mío!...

Varios autores ponen en labios del rey ilustrado el siguiente colofón:

-...¡Las princesas también pueden ser putas!.

Desde luego, no había peligro de que nadie pudiese encontrar ni un leve vestigio de acrimonia personal hacia su esposa en la afirmación de Carlos III. Había compartido con su María Amalia de Sajonia un amor recíproco que se prolongó en el curso del tiempo, incluso después de que a ella se le agriase por completo el carácter y se volviese, por decirlo finamente, bastante insoportable. No está claro qué mató a María Amalia de Sajonia: tal vez una tuberculosis, quizá un carcinoma broncopulmonar. Pero Carlos III se mostró sinceramente afectado por la pérdida de la antipática señora, reflejando su pena en la famosa frase: "En 22 años de matrimonio, éste es el primer disgusto serio que me da Amalia". No había habido infidelidades nunca, ni por parte de ella ni, más sorprendente, por parte de él; pero lo que ya remata la historia es que Carlos III decidió mantener un escrupuloso celibato en memoria de su María Amalia.

Esto es un detalle relevante. Carlos III, viudo, quiso dar a su corte un tono de estricta moralidad. Desde el preciso instante en que María Luísa llegó a Madrid para convertirse en la esposa del príncipe Carlos, se encontró con que el rey Carlos III sometía ambos miembros de la pareja a un cuidadoso escrutinio, por no decir una intensa vigilancia. Ningún detalle se le escapaba al monarca, ni en relación a la conducta privada de su hijo ni menos aún en lo que concernía a la conducta privada de su nuera. María Luísa, a sus quince floridos años, podía ser una criatura un poquito cascabelera y con ciertos ribetes de frivolidad, naturales por otra parte; pero en épocas posteriores ella misma recordaría que se veía refrenada incluso en las más inocentes diversiones, para que no se originasen rumores maliciosos que causasen ni un ápice de desdoro en su reputación. En los primeros quince años de matrimonio de Carlos y María Luísa, en efecto, nadie tuvo nunca motivos para sugerir coqueteos peligrosos o flirteos que la llevarían a cometer algún desliz. Ya se cuidaba Carlos III de eso.


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