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JUANA I DE CASTILLA, LA REINA QUE ENLOQUECIÓ POR AMOR.
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Autor:  Minnie [ 19 Feb 2008 21:48 ]
Asunto:  JUANA I DE CASTILLA, LA REINA QUE ENLOQUECIÓ POR AMOR.

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Juana, por nacimiento infanta de Aragón e infanta de Castilla. Una de las figuras más dramáticas de la historia española...

Autor:  Minnie [ 23 Feb 2008 16:01 ]
Asunto: 

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Fernando, rey de Aragón.

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Isabel, reina de Castilla.

Juana nació en Toledo el 6 de noviembre de 1479, siendo la tercera hija de una pareja extremadamente singular: la que formaban Fernando, rey de Aragón, e Isabel, por derecho propio reina de Castilla. Los dos promocionaban una idea de reinado conjunto en plena igualdad (tanto monta, monta tanto...), pero la realidad era bastante más compleja: sus territorios mantenían cada uno su estructura de gobierno, sus cortes, sus tribunales, sus leyes, sus fueros y sus monedas. Ahora bien, existía una concordancia expansionista, aunque la aragonesa se dirigiese, por tradición, a no perder e incluso incrementar su presencia en el ámbito geográfico mediterráneo, en tanto que la castellana, una vez expandida hacia el sur peninsular, acabaría tomando una ruta nueva a través del oceano atlántico.

En 1479, cuando Juana llegó al mundo, sus padres Fernando e Isabel ya habían tenido una hija llamada Isabel (contaba a la sazón nueve años) y un hijo bautizado Juan (de veintidós meses de edad). A Juana se le impuso el nombre de Juana recordando a su abuela paterna, muerta once años atrás. Aquella Juana había nacido Juana Enríquez, hija del gran almirante de Castilla Fadrique Enríquez y la esposa de éste, Marina Díez de Córdoba; ya adulta, se había casado con el rey Juan II de Aragón, viudo de Blanca de Navarra. Juana había empeñado su vida en la tarea de asegurarle la ascensión al trono de su único hijo varón, Fernando, hasta el punto de que se rumoreó que ella había mandado envenenar al hermanastro mayor de éste, Carlos de Viana, legítimo heredero; por otro lado, su hija, también una Juana, marchaba a Sicilia a casarse con el rey Fernando I.



No sólo heredó Juana el nombre de su célebre abuela paterna sino un enorme parecido físico con ella. La reina Isabel, sorprendida por el grado de similitud, se dirigiría en ocasiones a su hija Juana denominándola, en broma, "mi querida suegra". Pero en cuestión de carácter, parece más probable que Juana sacase los genes no de la decidida, resuelta y vibrante Juana Enríquez de Aragón, a quien la gente de a pié consideraba lo suficientemente dura e implacable para ordenar asesinar a un hijastro, sino de la otra abuela, la abuela materna: Isabel de Portugal. Juana tuvo ocasión de conocerla, ya que esa dama confinada en el castillo de Arévalo no fallecería hasta 1496. Sin duda, resultaba una figura triste e incluso patética, pues su carácter inestable y con una profunda veta de melancolía añadida le habían perturbado la razón.

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Juana, niña.

Sin embargo, en su infancia, nuestra Juana resultaba una niña bonita y encantadora. Junto a sus hermanas pequeñas María (nacida en 1482) y Catalina (que apareció en escena en 1485), Juana recibió una esmeradísima educación. La madre, Isabel, había acogido en su corte a un nutrido grupo de famosos humanistas, desde un Lucio Marineo Sículo hasta los hermanos Geraldino pasando por un Pedro de Anglería; la biblioteca se expandió para abarcar el mayor número de obras prestigiosas, en tanto que se auspiciaba una capilla musical de brillantez inenarrable. Isabel creía firmemente que sus princesas debían recibir una formación clásica lo más amplia posible en esa atmósfera ciertamente estimulante: ella misma había aprendido buen latín en edad adulta, a costa de un gran esfuerzo personal, y no estaba dispuesta a que sus hijas se encontrasen en una situación similar. Una amiga de la reina Isabel, Beatriz Galindo, se encargó de ese aspecto de la educación de las infantas castellano-aragonesas.

El estudio de los autores clásicos se combinaba, por supuesto, con una profunda revisión de los textos sagrados. Los padres estaban claramente decididos a que sus descendientes hiciesen honor al hecho de que el Papado les había conferido la distinción de "reyes muy católicos" a medida que avanzaban por el camino de expulsar de sus territorios a los judíos y moriscos que no se convirtiesen, tras completar la famosa "Reconquista". Un sacerdote dominico, Andrés de Miranda, se ocupó de inculcar una dosis apropiada de devoción en las muchachas a las que Beatriz Galindo hacía sorprendentemente cultas para la época.

Por supuesto, no era todo. Las chicas sabían montar a caballo con estilo y practicar la caza con aves rapaces, igual que sabían cardar la lana, tejer, coser o bordar con primorosa solicitud. En su día, les repetía su madre, se negociarían para ellas brillantes matrimonios dinásticos; pero en el fondo, su papel principal debía consistir en ocuparse de sus maridos y de las casas en que éstos las situasen, lo que incluía asuntos tan prosaicos como confeccionar ropa o zurzir con el mayor de los cuidados.

Autor:  Minnie [ 02 Mar 2008 18:54 ]
Asunto: 

No debió resultar difícil de encajar en los esquemas mentales de las princesas el modelo femenino que encarnaba Isabel, la madre.

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Isabel era una reina, de la cabeza a los pies: se había ganado su corona luchando a brazo partido contra los partidarios de su sobrina y ahijada, Juana, a quien se tachó de hija bastarda de la reina consorte Juana de Portugal, por tanto no engendrada en realidad por el rey Enrique IV. Puede que la pobre Juana fuese en realidad fruto de la relación adulterina de Juana de Portugal con el noble Beltrán de la Cueva, pero también es probable que, sencillamente, se sacase partido de viejos rumores para quitársela de enmedio. En cualquier caso, que Isabel se impusiese a Juana revela la fuerza de su carácter, su firme resolución y su capacidad para aprovechar unas circunstancias dudosas a su favor.

Ya en el trono, Isabel no se había dormido en los laureles. Se había trazado unas pautas de actuación que debían redundar en un apogeo nunca visto de la corona castellana. Isabel podía tomar decisiones duras. Podía asegurar que expandiría sus dominios hacia el sur, acabando con el reino nazarí con sede en Granada. Podía llevar a sus ejércitos a la guerra y triunfar. Podía declarar que ya no quería judíos ni moriscos en sus tierras. Quienes se convirtiesen a la religión católica se quedarían, quienes no lo hiciesen debían marcharse de inmediato. A Isabel no le temblaba la voz ni la mano al ejecutar esa clase de resoluciones. También sabía arriesgar a una carta, como demostró cuando el navegante de orígenes controvertidos Cristóbal Colón acudió a ella en busca de respaldo para llevar a cabo una gran aventura.

Y sin embargo esa Isabel fuerte, enérgica, valiente, que no cedía ni un ápice de su poder real a Fernando sino que, graciosamente, compartía lo suyo con él a cambio de que él compartiese lo suyo con ella, propugnaba ante las hijas un tipo de matrimonio puramente tradicional basado en la sumisión de la esposa hacia el esposo. Las muchachas sabían que su madre cosía con esmero las camisas del marido, una tarea a la que se atribuía profundo significado en la época. En otro sentido, Isabel era la que bullía de celos, pero debía ejercer el máximo autocontrol, cuando Fernando se íba de picos pardos. Y no era un misterio para nadie que Fernando se íba de picos pardos con relativa frecuencia. Algunas de sus amantes pasaron de puntillas por la historia, sin dejar ni la menor huella, pero otras proporcionaron bastardos reconocidos por el padre. Las muchachas tenían conciencia de la existencia de esos niños, engendrados por el mismo progenitor que las había engendrado a ellas: conocían a Alonso y Juana, los hijos de la catalana Aldonza de Ivorra, o a Alfonso, hija de Luisa Estrada, a la vez que tenían noticia de otros pequeños esparcidos por ahí.

Ante esa realidad, lo único que Isabel podía sugerirles a sus hijas era que tuviesen en cuenta, siempre, que una mujer portadora de sangre real constituía algo tan valioso que por mucho que el marido se desviase para "folgar" con cualquier dama de mayor o menor fuste, ninguna de ellas amenazaba la posición de la esposa legítima. Isabel, Juana, María y Catalina aportarían a sus maridos una formidable genealogía, sangre real de siglos corriendo por las venas y conexiones dinásticas: eso las situaría por encima de las posibles canas al aire de los susodichos.

Autor:  Minnie [ 02 Mar 2008 19:17 ]
Asunto: 

A la hora de trazar el futuro de sus hijas, Fernando e Isabel valoraron cuidadosamente las diferentes posibilidades de alianza dinástica. Siempre habían tenido claro que una de las muchachas debía destinarse a la corona portuguesa, para reforzar los vínculos históricos y quizá, con el tiempo, lograr una unificación de reinos ibéricos en uno de sus descendientes. En ese sentido, Isabel, la hija mayor, fue comprometida en matrimonio con el príncipe Alfonso de Portugal, hijo del rey Juan II con Leonor de Viseu.

La boda de Isabel y Alfonso se celebró con la pompa requerida en el año 1490. La novia contaba veinte años, en tanto que el novio contaba quince, una diferencia que hubiese podido suponer un claro obstáculo para que "se aviniesen". Pero cuando la novia se encontró con el novio, vió en él a un muchacho robusto, vigoroso, dotado de una gran energía física y de un cultivado intelecto. Ella se quedó prendada de su apostura y gallardía, en tanto que él se enamoraba de la belleza rubia y la dulce naturaleza de la castellana, lo que auguraba un matrimonio venturoso, aparte de prolífico. Por desgracia, Alfonso se cayó de su caballo mientras cabalgaba a orillas del río Tajo. La caída resultó estrepitosa...y de fatales consecuencias: no recobró la consciencia, falleciendo tras unas horas de agonía, un año después de haberse casado.

Isabel, viuda, volvió a Castilla. Estaba desolada por la pérdida: en señal de duelo no sólo se había cortado su magnífica cabellera dorada y se empeñaba en vestir una tosca túnica de sarga que debía producirle espantosos picores en la piel, sino que insistía en que deseaba tomar el velo en un convento. Las hermanas menores -Juana, de doce años; María, de nueve e incluso Catalina, de cinco-se quedaron impresionadas por esas muestras de devoción de la hermosa Isabel hacia Alfonso. En cambio, Fernando e Isabel vieron el asunto desde otra perspectiva: su hija había dejado un felicísimo recuerdo en la corte portuguesa, así que, en cuanto pasasen los meses, se podía negociar la boda con el siguiente heredero, el príncipe Manuel, duque de Beja, tío paterno del difunto Alfonso.

Manuel mismo estaba interesado no sólo por las ventajas políticas, sino porque había tenido ocasión de tratar brevemente a Isabel mientras ésta era la esposa de Alfonso y la consideraba una criatura adorable. Esto facilitó la tarea de los reyes Fernando e Isabel en lo que se refería a cerrar las negociaciones. La joven Isabel, que no quería en absoluto esa nueva boda, trató de evadirse poniendo una dura condición a su inminente marido: los judíos, a quienes él apreciaba y admiraba por su laboriosidad y sus conocimientos, debían ser expulsados de Portugal. Manuel dudó, vaciló, le dió mil vueltas al asunto...y acabó cediendo. En 1497, Isabel contrajo su segundo matrimonio portugués.

Autor:  Minnie [ 03 Mar 2008 00:37 ]
Asunto: 

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Juana, muy joven.

Para cuando Isabel contrajo sus segundas nupcias con Manuel de Portugal, nuestra Juana ya no estaba en Castilla. Hacia 1496, mientras esperaban a cerrar el círculo de la alianza portuguesa, Fernando e Isabel habían negociado, brillantemente, un doble matrimonio con la casa Habsburgo. Una gran flota española debía llevar a Flandes a la princesa Juana, para que se casase con Felipe de Austria; cuando los barcos regresasen, lo harían formando la comitiva de Margarita de Austria, hermana de Felipe, escogida para casarse con el príncipe Juan, único varón de Fernando e Isabel.

Autor:  Minnie [ 04 Mar 2008 22:36 ]
Asunto: 

Desde una perspectiva moderna, no dejan de inspirar compasión esas princesas que estaban a punto de ser "intercambiadas" para sellar de forma rotunda el vínculo político entre sus familias.

A Juana le tocaba cambiar Castilla por Flandes...

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Juana.

...y a Margarita le tocaba cambiar Flandes por Castilla:

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Margarita.

Esos habían sido los destinos que se habían trazado para ellas, después de haber descartado otras opciones previas. Así, sabemos que, en un tiempo, se había meditado seriamente la posibilidad de comprometer a Juana con el delfín Carlos de Francia, y que, dado por finiquitado ese mero proyecto que nunca se plasmó en una intrincada negociación, se tomó en cuenta una petición de mano de James IV, rey de Escocia. En lo que atañe a Margarita, había estado formalmente comprometida con el mismo Carlos de Francia que se había destacado entre los candidatos a la mano de Juana previamente. El compromiso se deshizo, para que Carlos, ya Carlos VIII, pudiese casarse con la duquesa Anne de Bretaña: Margarita, que llevaba años educándose en la corte de su novio-futuro marido, a la que había llegado con una formidable dote, fue devuelta, de manera un tanto humillante, a los Habsburgo.

Ni Juana ni Margarita podían esperar mucho de sus matrimonios. Las dos eran conscientes de su valor dinástico, de que se las ponía en la tesitura de tener que servir de enlace entre casas significativas y de perpetuar la estirpe regia. Sorprendentemente, ambas se enamorarían de sus maridos: Juana de Felipe, Margarita de Juan.

Autor:  princesaguaraní [ 07 Abr 2008 14:32 ]
Asunto: 

¡Muchísimas gracias por este foro que tanto deseaba y me entusiasma ! =D>
Por favor, que siga adelante y otra vez, muchas gracias :DD

Autor:  legris [ 07 Abr 2008 19:22 ]
Asunto: 

Para nosotros es muy dificil de entender lo de los matrimonios dinásticos.Pero hay que tener en cuenta que vivimos en una sociedad en que lo normal es el matrimonio por amor; sin embargo este tipo de matrimonio no empieza a tomarse en serio hasta el romanticismo, que considera el amor la fuerza que mueve el mundo y que todo lo supera.
Por eso nos aterroriza pensar en esas princesa que tenian que ir a casarse a la otra parte de Europa sin saber que se iban a encontrar.
Lo más chocante es que muchos de esos matrimonios fueron inmensamente felices y mucho más duraderos que los llamados matrimonios por amor. No hay más que ver los matrimonios de Carlos V e Isabel de Portugal, Felipe II e Isabel de Valois, Felipe III y Margarita de Austria, los dos matrimonios de Felipe V, Fernando VI e Isabel de Braganza y Carlos III y Amalia de Sajonia. Otros fueron muy desgraciados como los dos de Felipe IV, los de Fernando VII o el de Isabel II, pero en los dos primeros casos , y dado el carácter de los dos reyes, cualquier matrimonio hubiese fracasado.En cuanto al de Isabel, fue una mala elección, siempre he pensado que su cuñado y ella hubiesen construido un matrimonio bastante feliz: me refiero a Montpensier.

Autor:  princesaguaraní [ 09 Abr 2008 13:45 ]
Asunto: 

Leyendo todas las actividades que hacían las princesas, me estoy sintiendo un poco haragana. :roll: En comparación a las actuales, a simple vista "parecería" que tenían sus días más ocupados.
Pregunto: ¿por qué Margarita fue devuelta a los Habsburgos? No recuerdo mis clases de Historia.

Autor:  princesaguaraní [ 09 Abr 2008 13:58 ]
Asunto: 

¿No hay retrato de Isabel de Portugal? Gracias :)

Autor:  legris [ 09 Abr 2008 21:58 ]
Asunto: 

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Retrato de los reyes católicos y sus hijos Juán porincipe de Asturias y de Isabel reina de Portugal. Está debajo de su madre rubia y rezando. El chico es el marido de Margarita.

Autor:  princesaguaraní [ 10 Abr 2008 13:09 ]
Asunto: 

Muchas gracias, Legris :)

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