Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: LEOPOLDINA DE AUSTRIA, EMPERATRIZ DE BRASIL
NotaPublicado: 08 May 2009 18:27 
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Esta dama de biografía fascinante no podía faltar en nuestro repertorio
;)

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Carolina Josefa Leopoldina Francisca Fernanda de Habsburgo-Lorena, nacida en Viena el 22 de enero de 1797. Considerando el lema de la casa de Habsburgo-Lorena...

Bella gerant alii, tu felix Austria nube

...era muy de suponer que si aquella diminuta archiduquesa llegaba a superar la infancia y pubertad, épocas con una elevada tasa de mortandad, en su primera juventud se le arreglaría un matrimonio dinástico que, con toda probabilidad, la llevaría a establecerse en otra corte europea. Lo que nadie pudo vaticinar, en aquel domingo de 1797, fue que la criaturita acabaría casándose con un príncipe europeo, sí, pero instalado en el lejano y exótico Brasil. Tampoco había modo de vaticinar que llegaría a convertirse en la primera emperatriz de Brasil, por supuesto.


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NotaPublicado: 08 May 2009 19:48 
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Aquí tenemos al kaiser Franz. El 1 de marzo de 1792, había sucedido a su padre, Leopold II, en el título de emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Por tanto, a partir del 1 de marzo de 1792, se le mencionaba como Franz II, Kaiser des Heiligen Römischen Reiches Deutscher Nation.

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Se trataba, sin duda, de un título que llevaba implícita una profunda carga histórica, un inmenso prestigio. Pero Franz se elevó a tan alta dignidad en una época claramente marcada por la tumultuosa revolución que había estallado en suelo francés y que sacudió a todo el continente europeo. Para ser exactos, en 1792 la república francesa aún no se había atrevido a asestar el golpe definitivo a la noción de la realeza por derecho divino llevando al cadalso al "citoyen Louis Capet" (anteriormente rey Louis XVI) y a su esposa, la "citoyenne Capet" (anteriormente, reina Marie Antoinette). El destino de Louis y Marie Antoinette, encerrados en el Temple con una hermana soltera de él (Madame Elisabeth) así como con sus dos pequeños hijos (Louis, el dauphin, y Marie Therese), constituía todavía una incógnita. En la corte de Viena, Franz no podía evitar sentirse muy violento por la situación. A sus ojos imperiales, obviamente, la república francesa era una peligrosísima hidra de siete cabezas a la que los monarcas de entonces, por su propio bien, debían combatir; en otro sentido, muchos esperaban a que él tomase la iniciativa porque Marie Antoinette, la esposa de Louis, era "la autrichienne", es decir, una archiduquesa austríaca. De hecho, Marie Antoinette había sido hermana de Leopold II, el padre de Franz II.

Franz II aceptaba que las nuevas ideas que llegaban desde Francia constituían un dramático desafío. Los franceses no se habían amilanado por el hecho de que el resto de las naciones se mostrasen hostiles y beligerantes hacia la flamante república. Se creían capaces de defenderla. Y se creían, tambien, capaces de conseguir que el ideario preconizado entonces se expandiese por su propia fuerza. Emperadores y reyes, príncipes y duques soberanos, tendrían ante sí el desafío de impedir que en sus diferentes países surgiesen réplicas del seísmo francés. Sin embargo, a Franz le preocupaba menos la suerte de Louis (ce pauvre homme...había nacido para pasar sus días trabajando en la fragua, honesto y aplicado herrero, no para reinar, desde luego) e incluso la de Marie Antoinette (cabeza de chorlito...no había empezado a actuar con sensata firmeza hasta que había sido demasiado tarde para que su nueva actitud amortiguase el peso de su mala reputación). Ulteriormente, Franz tendría mala conciencia, eso sí, por no haber hecho más en favor de Marie Antoinette. Una Habsburgo encerrada, juzgada, sentenciada, paseada en carreta hasta el patíbulo y guillotinada a la vista de las tricoteuses, suponía una infamia para la casa imperial.

En 1792, Franz tenía otras preocupaciones referentes a su familia: el trágico sino de Marie Antoinette no se cumpliría hasta finales de 1793. En mayo de 1792, apenas dos meses después del ascenso de Franz, murió la queridísima madre de él, la kaiserina María Ludovica. Supuso una pérdida terrible para Franz. La única mujer cuya desaparición había llorado amargamente, con anterioridad, había sido su primera esposa: una preciosa rubia, Elisabeth de Württemberg.

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Elisabeth, la guapa primera esposa de Franz.

Franz, casado con Elisabeth en enero de 1788, se había creído el más afortunado de los hombres porque se le hubiese arreglado una boda con aquella bonita y elegante princesa. Habían sido felices, incluso se podría decir que sorprendentemente felices. Pero el 18 de febrero de 1790, la archiduquesa Elisabeth había muerto a consecuencia de unas viruelas que le sobrevinieron justo después de un durísimo parto de veinticuatro horas de duración. Su hijita, Ludovika Elisabeth, apenas sobrevivió a la madre dieciséis meses.

Franz había podido permitirse sólo un breve período de duelo por Elisabeth. Enseguida, su padre, Leopold II, le había buscado una novia apropiadísima. Se trataba de Maria Theresa de Nápoles-Sicilia, una doble prima carnal de su prometido. En efecto, se daba la circunstancia de que Leopold, el padre de Franz, era hermano de María Carolina, la madre de María Theresa, mientras que María Ludovica, la madre de Franz, era hermana de Ferdinand IV de Nápoles, padre de María Theresa. Los contrayentes compartían a sus cuatro abuelos.

En realidad, María Theresa no tenía un aspecto muy agraciado. La mezcla de genes Borbón -por vía paterna- y Habsburgo -por vía materna- no había resultado particularmente afortunada en su caso. Resultaba evidente que no podía resistir una comparación con su predecesora, Elisabeth de Württemberg:

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María Theresa, segunda esposa de Franz.

Pero, por suerte, Franz era uno de esos hombres maravillosamente predispuestos hacia el matrimonio. Su sentido de la moral y el decoro hacían que no quisiese buscarse aventuras pasionales fuera del ámbito conyugal. Prefería, en cambio, enfocar sus sentimientos directamente hacia las mujeres que se le íban ofreciendo en calidad de consortes. Había sido fácil enamorarse de Elisabeth, tan atractiva y musicalmente talentosa. Pero tampoco se le hizo difícil encariñarse con su doble prima María Theresa, que no era un bombón, pero sí poseía una naturaleza alegre, retozona y sensual. A María Theresa le gustaban las veladas musicales, las obras de teatro representadas en palacio y, de manera especial, los bailes. Podía contarse con que danzaría con verdadero entusiasmo en cada noche de fiesta, sobre todo si se trataba de una fiesta de disfraces. Las mascaradas ejercían una fuerte atracción sobre ella.

Incluso embarazada o recién parida, Maria Theresa no se perdía un sarao. Y resultó que estuvo embarazada o recién parida durante la mayor parte de sus años de casada. Franz no andaba escaso de apetito sexual, María Theresa se mostraba complaciente en ese aspecto y aconteció que ambos demostraron con creces su fertilidad. El primer retoño llegó en diciembre de 1791, a los catorce meses de la boda. Se trató de una niñita mofletuda y sonrosada, a la que decidieron llamar Maria Luísa en honor a la abuela paterna María Ludovica. En abril de 1793 llegó el ansiado varón, Ferdinand. En junio de 1794, apareció otra niña bautizada María Carolina en tributo a la abuela materna: esa niña murió con once meses de vida, cuando la madre estaba de nuevo embarazada; y como quiera que María Theresa tuvo otra hija en diciembre de 1795, la llamó Carolina Ludovika en recuerdo de la recien fallecida.

Luego, en enero de 1797, se produjo el natalicio de Leopoldina, que aquí es la protagonista. Casi catorce meses más tarde, a la nursery imperial se le agregó otra fémina: Clementina. En abril de 1799, se agregaría un segundo varón, el archiduque Joseph; le seguiría la archiduquesa María Carolina en abril de 1801 (se le dió ese nombre, tan repetido, porque Carolina Ludovika había perecido en junio de 1797). El archiduque Franz Karl nació en diciembre de 1802. La archiduquesa María Anna nació en junio de 1804. todavía hubo otro archiduque, Johann Nepomuk, alumbrado en agosto de 1805. La cuenta finaliza con la archiduquesa Amalie Theresa, nacida y muerta en abril de 1807.

Ni os molestéis en echar cuentas, que las he echado yo para todos. La emperatriz María Theresa, consorte de Franz II, tuvo doce hijos desde finales de 1791 hasta principios de 1807.

Cierto que la fuerte sobrecarga genética, fruto del casamiento de unos primos hermanos POR PARTIDA DOBLE, hizo estragos en la descendencia de Franz y María Theresa. Siempre había que contar con una tasa notable de mortalidad infantil, pero, en su caso, fue realmente elevada: fallecieron en la niñez la primera María Carolina, Carolina Ludovika, Joseph, Johann Nepomuk y Amalie Theresa. Es decir, cinco niños entre doce...un porcentaje altísimo. Aparte, otros hijos sufrían graves "taras". Para desolación de Franz, su ansiado heredero, Ferdinand, era retrasado mental y epiléptico. También era retrasada y epiléptica la archiduquesa María Anna. Franz Karl no llegaba a ser retardado...pero poco le faltaba; en el mejor de los casos, se consideraba que poseía una mente letárgica y un carácter abúlico.

En esas circunstancias, representaba un consuelo que hubieran eludido los riesgos de la exagerada consanguineidad las archiduquesas María Luísa, Leopoldina, Clementina y la segunda María Carolina. Ellas, que no estaban limitadas en ningún sentido, debían recibir una excelente educación que les permitiese desarrollar todo su potencial, en un futuro, cuando se decidiesen sus matrimonios a mayor gloria de la casa de Habsburgo-Lorena...


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NotaPublicado: 08 May 2009 20:46 
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Pero como aquí no nos interesa ir demasiado deprisa...pisamos freno.
;)

Maria Theresa tuvo tiempo de poner en el mundo doce hijos, aunque varios se malograsen y otros se juzgasen, con no poca tristeza, muy defectuosos. Entre tantos embarazos y partos, su salud se fue llevando sus buenos quebrantos, como era de esperar. Poco a poco, se le hacía más difícil mantener el ritmo de vida que a ella le agradaba. Aún podía interesarse por la política...sin meter demasiado la borbónica nariz, a petición de su marido. Le preocupaba el sesgo que estaban tomando los acontecimientos en todo el continente y dentro de su imperio en particular. No hay duda de que lamentó más que Franz la muerte en la guillotina de la tía Marie Antoinette. María Theresa mantenía un sólido vínculo afectivo con su madre, María Carolina, que había sido, incuestionablemente, la hermana favorita de Marie Antoinette.

Sin embargo, trató de no incomodar a Franz más de lo estrictamente necesario durante esos tiempos revueltos. Prefería seguir de cerca la crianza de sus retoños, patrocinar a grandes músicos -su favorito resultaba ser un tal Joseph Haydn...- y seguir organizando sus mascaradas en el Hofburg o en Schönnbrunn. Entre tanto, veía que su salud se mermaba de manera progresiva pero alarmante. La debilidad pulmonar se hizo cada vez más evidente.

En sus últimos años, no obstante, extrajo fuerzas de flaqueza para animar a su esposo a plantar cara a un general corso, un tal Napoleón Bonaparte, que con su fabuloso talento para la estrategia estaba conduciendo a los ejércitos franceses de victoria en victoria, tanto en territorio italiano como germánico. María Theresa, al igual que su madre en el reino siciliano, experimentaba una mezcolanda de miedo y animadversión hacia el Bonaparte que había protagonizado una extraordinaria progresión social aprovechando el caos sanguinario surgido de la revolución. El hombre no se había conformado con ser un genial caudillo; se había convertido en miembro de un triunvirato de cónsules, luego en cónsul vitalicio, después ni más ni menos que...¡¡en Emperador de los franceses!! Se había coronado a sí mismo, con laureles de oro, en la catedral de Nôtre Dame, en presencia del Papa a quien se había presionado para que viajase desde Roma a París pese a su avanzada edad; también había coronado, con sus manos, a su esposa criolla, Josephine de Beauharnais, con un pasado de lo más colorido. Pensar que aquella Josephine dormía en el lecho de Marie Antoinette, la Habsburgo casada con un Borbón que había muerto decapitada, agravaba los males de María Carolina en Nápoles y de María Theresa en Viena.

Al principio, los austríacos, que participaban en las coaliciones formadas para frenar los avances de Napoleón, cosechaban derrota tras derrota. En diciembre de 1805, se produjo la formidable batalla de Austerlitz. También se la llamó la Batalla de los Tres Emperadores, porque Napoleón I condujo a sus ejércitos contra un gran ejército liderado personalmente por el kaiser Franz II y el zar Alexander I de Rusia. En pocas palabras: Napoleón I les dió sopas con hondas en aquellos campos situados a pocos kilómetros de Brno, en Moravia. Los victoriosos franceses avanzaron a través de territorio austríaco hasta ocupar la ciudad de Viena. La emperatriz María Theresa hubo de huír con sus hijos, un trago muy amargo.

Para quitarse de encima la "plaga" que suponían miles de soldados franceses acampando en la capital imperial, Franz hubo de firmar la muy humillante paz según las cláusulas del Tratado de Pressburg. El Sacro Imperio Romano Germánico desaparecía; sencillamente, al cabo de siglos, dejaba de existir para que Napoleón crease, a su gusto, la Confederación del Rhin, formada por todos los estados germánicos. Franz II se convertía en Franz I emperador de Austria. Y cedía grandes porciones de territorio a los reinos de Baviera y Württemberg, así como al ducado de Baden, porque éstos se habían aliado con Napoleón esperando obtener ventajas -de hecho, las obtuvieron a costa de los abatidos austríacos-.

Aquello fue tremendamente impactante para María Theresa. A sus achaques se añadió el desánimo. Veía que el zar ruso Alexander I había llevado mucha razón al declarar, justo después de Austerlitz, que ellos (los representantes de dinastías de tanta solera, Habsburgo y Romanov nada menos...) eran bebés en manos de un gigante (Napoleón). El final de 1806 se le hizo dolorosísimo a la emperatriz de Austria. Murió, consumida, el 2 de marzo de 1807.


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NotaPublicado: 08 May 2009 20:55 
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Vamos con nuestra protagonista.

He aquí una bonita miniatura representando a Leopoldina fundida en un tierno abrazo con su hermana Clementina:

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Leopoldina tenía ocho años cuando Napoleón se transformó en Napoleón I. Tenía nueve años cuando Napoleón I venció a Franz II y Alexander I en Austerlitz. Entonces, le comunicaron que su papá ya no era Franz II del Sacro Imperio Romano Germánico, sino, simplemente, Franz I emperador de Austria. Eso significaba un duro revés para los Habsburgo-Lorena, pero les permitía mantener un rango imperial y dirigir una potencia (aunque arruinada, pues la guerra les había salido por un pico...).

Finalmente, Leopoldina tenía diez años cuando falleció su madre, María Theresa.


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NotaPublicado: 08 May 2009 21:24 
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María Theresa había visto morir a algunos de su hijos: la primera María Carolina (en 1795) y Carolina Ludovika (en 1797). Pero, desde luego, su propio fallecimiento le ahorró el dolor de enterrar a otros. Amalie Theresa, la pequeña de la familia, se murió el 9 de abril, es decir, cuando María Theresa llevaba un mes enterrada. Luego, el 30 de junio, le tocó el turno al archiduque Joseph, de apenas ocho años de edad.

Hubo una concatenación de fallecimientos que hizo de aquel año un año nefasto. Lógicamente, la archiduquesa María Luisa, a sus dieciséis años, fue la más dolorosamente consciente de hasta qué punto les estaba poniendo a prueba la Providencia. A Ferdinand, de catorce años, su retraso mental no le impedía acusar el golpe. Leopoldina, de nueve años, y Clementina, de ocho años, estaban anonadadas. María Carolina, a sus seis años, se quedó particularmente impresionada ante la idea de que jamás volvería a ver con vida a su hermanito Joseph y a su hermanita Amalie Theresa. Sólo Franz Karl, de cinco años; la retrasada y deforme Maria Anna, de tres años y Johann Nepomuk, de poco más de un año, se vieron protegidos de la realidad porque apenas podían comprenderla.

Aunque Franz estaba devastado (tener que enterrar a su querida mujer y a dos niños en un lapso de menos de cinco meses provoca un serio impacto emocional en cualquiera), lo cierto es que no tardó en planificar su tercera boda. De Franz I de Austria dirían sus coetáneos que era un excelente marido, pero un pésimo viudo: en cuanto se quedaba sin una mujer, no tardaba en encontrarle sustituta. En diciembre de 1807 (es decir, sólo nueve meses después del sepelio de María Theresa) aquel emperador de treinta y nueve años de edad tomó una nueva consorte. La tercera.


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NotaPublicado: 08 May 2009 21:27 
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Minnie:como siempre tus relatos amenísimos :D


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NotaPublicado: 08 May 2009 21:45 
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Esta dama se llamaba Maria Ludovika Beatrix de Módena o, alternativamente, de Austria-Éste. Era una de las hijas del archiduque Ferdinand, a su vez uno de los hijos menores de Franz I Stephen y María Theresa, emperador y emperatriz. Ferdinand se había casado con la heredera de los ducados de Módena y de Reggio, Maria Beatrice Ricciarda d’Este; sobre el papel, él ostentaba la soberanía de esos territorios italianos que habían pertenecido durante siglos a los ancestros de su esposa, pero, en el fragor de la época napoleónica, se hallaba cómodamente exiliado en Viena junto a su familia.

Ferdinand (tío de Franz) y su Maria Beatrice Ricciarda habían tenido abundante prole. Tres hijas habían sobrevivido a la infancia: María Theresa, María Leopoldina y María Ludovika. La mayor, María Theresa, era la queridísima, devota, fiel y prolífica esposa del rey Vittorio Emanuele I de Cerdeña. La siguiente, María Leopoldina, había sido la muy escandalosa esposa del elector Karl Theodor de Baviera y, viuda de este hombre a quien había puesto cuernos alegremente, se había casado en segundas nupcias, morganáticamente, con el conde Ludwig von Arco. Conociendo a la benjamina, María Ludovika, se podía vaticinar que seguiría el ejemplo de su hermana María Theresa reina de Cerdeña y no el de su hermana María Leopoldina condesa de Arco.

Porque María Ludovika era una criatura angélica. Poseía una naturaleza cálida y afectuosa; era comprensiva, tolerante, compasiva y, en conjunto, irradiaba una gran dulzura. Franz la conocía bien, en primer lugar porque se trataba de su prima hermana (una prima hermana diecinueve años menor que él, eso sí). La joven María Ludovika mantenía una sincera amistad con María Luisa, la hija primogénita de Franz, que sólo era tres años menor que ella.

María Ludovika constituye uno de esos ejemplos de madrastra magníficamente recibida. María Luisa no se resintió de que su amiga se transformase en su madrastra, sino que, por el contrario, manifestó un gran alborozo. Las cartas de María Luisa a otra de sus amigas, Victoria de Poutet, reflejan cuán entusiasmada estaba a raíz de la boda de Franz con María Ludovika. El resto de las hijas de Franz (Leopoldina, Clementina, María Carolina y la pobre María Anna) la adoraban. Desde el primer instante empezaron a llamarla "chère maman", querida mamá. También los chicos -Ferdinand, Franz Karl- estaban fascinados por aquella nueva esposa del padre tan afectuosa.


Última edición por Minnie el 08 May 2009 21:47, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: 08 May 2009 21:46 
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Halcón escribió:
Minnie:como siempre tus relatos amenísimos :D


Siempre se agradece un cumplido ;)


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NotaPublicado: 08 May 2009 22:13 
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Siendo ella misma culta y refinada, María Ludovika ejercía una influencia positiva sobre sus hijastras. Le constaba que éstas vivían muy protegidas, en una atmósfera que rezumaba moralidad y pudibundez, hasta el extremo de que se comentaba con cierta sorna en la ciudad que las jovencísimas archiduquesas solamente estaban autorizadas a tener mascotas de sexo femenino para evitar que se planteasen "ciertas cuestiones". Viena podía ser una ciudad decadentemente pecaminosa, pero en el emperador Franz, por su parte, se mostraba digno nieto de María Theresa; quizá agotase a sus esposas en el lecho, pero no se íba de picos pardos y, desde luego, quería que sus hijas se mantuviesen absolutamente cándidas e inocentes. Sin embargo, las chicas recibieron una educación extraordinariamente completa.

María Luisa, Leopoldina, Clementina y María Carolina podían expresarse no sólo en alemán, su idioma natural, ni en italiano, que habían aprendido por deseo de su madre. Añadían a esas lenguas un perfecto dominio del francés y del inglés, así como un gran conocimiento de latín clásico. Se las había enseñado historia, genealogía y geografía, por supuesto, pero también aritmética, geometría, ciencias naturales (en especial botánica). Las materias artísticas se daban por descontadas. Tenían que saber dibujar y pintar, tocar instrumentos musicales y danzar con estilo. Formaba parte del "entrenamiento especial para jóvenes archiduquesas".

María Ludovika las alentaba a perfeccionarse. En su atractiva madrastra tenían un paradigma de elegancia innata cuidadosamente cultivada. No era una marisabidilla ni una pretenciosa. Sencillamente, sabía sostener con gracia una conversación sobre cualquier tema. Y, por muy delicada y cariñosa que fuese, tenía sus convicciones. Por ejemplo, detestaba a Napoleón, lo mismo que su predecesora María Theresa. No tenía nada de particular, claro: el control de gran parte de la península italiana por parte de Napoleón, privaba a la familia de María Ludovika de sus ducados de Módena y Reggio. Por añadidura, Austria había salido muy malparada en cada enfrentamiento bélico contra el emperador francés. Así que María Ludovika tenía sus razones para considerar a Napoleón "un ogro".


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NotaPublicado: 08 May 2009 22:50 
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Todo esto tiene su "guasa", por decirlo de alguna manera. Si bien se piensa, las niñas austríacas habían crecido temiendo y odiando a Napoleón. Napoleón era el "ogro" o "el monstruo", no sólo el "terrible advenedizo". Ninguna de ellas se podía imaginar de qué manera acabarían vinculadas a aquel hombre tan denostado.

Al alcanzar María Luísa la edad núbil...

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...se empezó a considerar su matrimonio. Franz era un padre profundamente implicado, a nivel afectivo, con sus hijas; por su gusto, las hubiese mantenido en casa muchos años más, claro, pero era consciente de que la pauta dinástica tradicional de los Habsburgo requería que las muchachas jugasen el mismo papel que habían jugado a través de siglos todas las archiduquesas austríacas. En ese tiempo aciago en el que se hacía más necesario que nunca reforzar los vínculos entre las "familias reales de siempre", su primera idea fue arreglar un compromiso entre María Luisa y el príncipe Friedrich Augustus de Sajonia, sobrino del rey Anton I. El asunto estaba prácticamente concluído, de modo que María Luisa ya podía imaginarse a sí misma viviendo en la corte de Dresde, cuando surgió una posibilidad que nunca se había contemplado ni de refilón.

Napoleón I se había divorciado de su emperatriz Josephine. La bella criolla había tenido dos hijos en su primer matrimonio con Alexandre de Beauharnais, Eugène y Hortense, pero, sin embargo, nunca había podido concebir durante su segundo matrimonio con Napoleón. Él parecía haberse resignado...hasta que su amante polaca, María Walewska, le dió un hijo varón. Para entonces, Napoleón experimentó el deseo multiplicado por mil de conseguir una esposa, por supuesto de impecable linaje, que le proporcionase el heredero del imperio que él había fundado.

En primera instancia, Napoleón, que había alcanzado una entente cordiale con el zar Alexander I de Rusia, se empecinó en que quería una Romanov. La madre de Alexander I, la zarina viuda de Paul I, María Feodorovna, se puso de los nervios con sólo pensarlo. Se apresuró a casar a su hija Catherine -Katia- con el gran duque de Oldenburg para evitar que Napoleón la requiriese formalmente. Una cosa que tenía Napoleón es que era inasequible al desaliento: enseguida sugirió a Alexander que también le alegraría tomar por esposa a Anna, una hermana menor de Katia. A Alexander no le quedó más remedio que usar su natural encanto para explicar que Anna no estaba bajo su tutela, sino bajo la tutela de la madre de ambos, María Feodorovna, que juzgaba a la muchacha "aún sin formar" y no íba a negociarle un matrimonio adecuado hasta que no se hubiesen regularizado las menstruaciones de la gran duquesa.

Las rusas no eran la única opción. Enseguida se indujo a Napoleón a volver su mirada hacia la Viena imperial. Una Habsburgo podía ser la perfecta consorte, con centurias de sangre regia fluyendo por las venas y un pedigree excepcional que se transmitiría a los eventuales descendientes. En otro aspecto, los Habsburgo quizá fuesen más "receptivos" de lo que lo habían sido los Romanov, a pesar de que la última Habsburgo enviada a Francia -Marie Antoinette- había acabado con la cabeza cercenada de un tajo. Napoleón recibió indicios de que podía conseguir lo que pidiese a través de los Metternich. El poderoso estadista austríaco Klemens von Metternich era lo suficientemente pragmático como para considerar ventajoso entregarle una archiduquesa al corso y mantenerle entretenido en el juego de fundar una dinastía mientras se organizaba con cuidado una nueva gran alianza continental contra Napoleón. La esposa de Klemens, Eleonore, nacida von Kaunitz, compartía esa línea de pensamiento.

No cabe duda de que para Franz I suponía un tremendo sacrificio asumir aquel proyecto nupcial. A su orgullo de casta, le ofendía tener que mandar a su hija al lecho de Napoleón Bonaparte. Por otro lado, Napoleón Bonaparte había sido el gran enemigo durante años y años. El resquemor estaba vivito y coleando. A mayores, María Ludovika no disimuló su espanto ante la perspectiva de empacar a María Luisa camino de París. Y la abuela materna de María Luísa, la reina María Carolina de Nápoles, aún estaba en disposición de quejarse ruidosamente.

Fue Metternich el encargado de conferenciar con la archiduquesa de dieciocho años. Klemens andaba sobrado de carisma...y encanto. Los empleó para persuadir a la muchacha, a quien el padre había prometido que no la casaría a la fuerza, de que tenía que cumplir su destino. Se hacía necesario y perentorio, explicó Metternich; era algo así como una cita con la historia. Por lo demás, Napoleón seguramente la trataría igual que a una diosa.

Obviamente, nadie tuvo las narices de decirle a María Luísa que Napoleón había asegurado que "se casaba con un útero". No se le mostró el aspecto más crudo de la realidad. A fín de cuentas, lo que se quería era convencerla de que el monstruo de antaño, el ogro a quien había que temer y detestar, se había convertido de pronto en un aliado imprescindible para Austria...


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NotaPublicado: 23 May 2009 13:45 
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Hay un cuadro que -para mi disgusto- sólo he podido encontrar en pequeño tamaño y con marca de agua para más inri. Si alguien aquí puede aportarlo en excelente resolución, me hará inmensamente feliz...

El cuadro refleja el momento en que la archiduquesa María Luisa, en Viena, se despide de sus hermanos antes de emprender viaje hacia Francia. Nuestra Leopoldina aparece enganchada de uno de los brazos de su hermana, con la cabeza apoyada en el hombro de ésta, en actitud de añorar por anticipado a la que se va lejos:

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Así, de esa manera, inicio María Luisa su peculiar aventura.

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María Luisa.

Una sobrina nieta de Marie Antoinette se dirigía a Compiègne, en Francia, para contraer matrimonio con Napoleón Bonaparte...y convertirse en emperatriz de los franceses. En Viena, atrás, quedaban un padre que contenía su disgusto por haber tenido que sacrificar a una de sus hijas, una madrastra con el corazón en vilo y hermanos que esperaban ansiosamente recibir las primeras noticias.


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NotaPublicado: 23 May 2009 23:01 
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Ubicación: Argentina
Hola Minnie, fascinante tu relato como siempre!
Aqui está el cuadro de Maria Luisa despidiéndose de su familia un poco más grande:

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Y también el cuadro que muestra la llegada de Maria Luisa a Compiègne del brazo de Napoleón:

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