Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: CAROLINA MATHILDE, REINA DE DINAMARCA.
NotaPublicado: 16 Mar 2008 13:15 
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Tema para una de las reinas más desgraciadas de la historia...

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Aviso para almas sensibles: esta es una historia triste de principio a fín.


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NotaPublicado: 16 Mar 2008 14:05 
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Esta pequeña princesa de aspecto grave retratada por Liotard es Caroline Mathilde de Gales. Había nacido en Leicester House, en Londres, en circunstancias bastante dramáticas: su madre, la princesa Augusta de Saxe-Gotha, la había dado a luz tres meses después de haberse quedado viuda del príncipe Frederick Louis de Gales, hasta el momento de su muerte heredero del trono británico.

Hay que rebuscar mucho en las páginas de la historia para encontrar una biografía parecida a la de Frederick Louis de Gales, el padre al que nuestra Caroline Mathilde jamás conoció excepto a través de retratos y de los relatos de sus coetáneos. Sin embargo, merece la pena conocer la trayectoria de ese personaje porque marcó, ineludiblemente, la infancia y adolescencia de su hija póstuma, a quien está dedicado este foro. Así que, para empezar por el mismísimo principio, empezaremos evocando a Frederick Louis, príncipe de Gales, odiado por sus padres (los reyes George II y Caroline de Ansbach) pero adorado por el pueblo inglés, que se quedó literalmente conmocionado ante su temprana defunción.


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NotaPublicado: 16 Mar 2008 14:42 
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Frederick Louis, retratado cuando era un joven príncipe.

Frederick Louis había nacido con el nombre de Friedrich Ludwig de Hanover en el palacio de Herrenhausen. En el momento en que se produjo su llegada al mundo, el primer día del mes de febrero de 1707, su abuelo paterno, George, aún ostentaba el rango de elector de Hanover, si bien a éste ya se le consideraba heredero del trono británico entonces ocupado por la última soberana de la dinastía Stuart, Anne I. George, el abuelo paterno, estaba divorciado de Sophie Dorothea, la abuela paterna, quien, acusada de haber cometido adulterio con el apuesto aventurero sueco Philip von Königsmark, languidecía encerrada en la fortaleza de Ahlden, en Celle. Mientras la pobre Sophie Dorothea afrontaba tan cruel destino, su ex marido George no dudaba en exhibirse al lado de la amante durante décadas, la condesa Melusine von der Schulenburg.

El hijo de George y la infortunada Sophie Dorothea, otro George, había crecido sintiendo un profundo resquemor hacia su padre surgido precisamente del comportamiento nada honroso de éste. Dicho en pocas palabras: los dos Georges se detestaban. Al hacerse un hombre, George hijo había conseguido casarse con una de las princesas más hermosas e ilustradas de su época: Caroline de Brandenburg-Ansbach. Los dos se avenían perfectamente, aun contando con que el príncipe George mantenía un romance paralelo con la más célebre de sus amantes, Amalie von Wallmoden. Eso entraba dentro de los cánones de la época, por lo que la bella e inteligente Caroline asumía con garbo el hecho de compartir a su marido con Amalie (la misma tónica se seguiría en las décadas posteriores con otras favoritas de él, en especial con lady Henrietta Howard, condesa de Suffolk).

En 1705, Caroline tuvo su primer bebé: una niñita a la que se decidió llamar Anne, en un gesto halagador hacia la prima Anne I de Inglaterra que algún día se pondría a criar malvas y les dejaría un trono a los Hanover. Luego, en 1707, llegó Frederick Louis, quien enseguida se convirtió en el predilecto indiscutible del abuelo paterno George, para gran enojo del padre George y la madre Caroline. Tras Frederick Lewis, habría otras dos niñas: la princesa Amelie Sophie -denominada Emily- y la princesa Caroline Elizabeth.

La infancia de los cuatro niños sufrió una notable alteración en el año 1714: para entonces, Anne contaba nueve años, Frederick Louis siete, Emily tres y Caroline Elizabeth un añito escaso. El fallecimiento de la reina Anne I hizo del abuelo paterno George el rey George I de Gran Bretaña e Irlanda, por lo que el hombre, que por cierto no sabía hilvanar una frase en inglés, se preparó con su amante Melusine a emprender viaje hacia un Londres que aguardaba conteniendo la respiración a los Hanover. George I determinó que le acompañase su detestado hijo George, quien debía transformarse en príncipe de Gales, con la nuera Caroline. A su vez, declaró que George y Caroline podían llevarse consigo a sus tres niñas (Anne, Emily y Caroline Elizabeth), pero NO a Frederick Louis, quien permanecería en Hanover representando a su abuelo paterno pese a su corta edad.

Esa determinación de George I abriría una enorme brecha en la familia. George y Caroline se establecieron felizmente en el palacio de St James con sus hijas, pero allí incrementarían su prole con cuatro criaturas adicionales: George William en 1717, William Augustus en 1721, Mary en 1723 y Louise en 1727. Si uno examina los hechos, George y Caroline, que estaban sorprendentemente unidos, ofrecieron a sus hijos una buena dosis de afecto paternal. Querían mucho a Anne, Emily, Caroline Elizabeth, George William (su muerte en la infancia les causó verdadera desolación), William Augustus (el innegable favorito, el "chico marcial" adorado por el padre y mimado por la madre), Mary o Louise. Sólo Frederick Louis se quedó completamente excluído de ese círculo familiar. Permanecía lejos y resultaba preferible no pensar en él, pero si pensaban en él, lo hacían con franco desapego e incluso animadversión porque ese "extraño" estaba en la línea de sucesión por delante de su hermano William Augustus, el "chico marcial".


Última edición por Minnie el 16 Mar 2008 18:47, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: 16 Mar 2008 15:27 
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En junio de 1727, murió finalmente George I. George príncipe de Gales se transformó en el rey George II...

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...lo que hizo de Caroline de Ansbach la flamante reina consorte (de hecho, la primera consorte de la casa de Hanover en Inglaterra, ya que George I no había llevado consigo a su repudiada Sophie Dorothea):

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Obviamente, debían ordenar que su hijo Frederick Louis dejase atrás Herrenhausen en Hanover para viajar a Londres. Por mucho que les molestase, se trataba del nuevo príncipe heredero y había que mostrarlo ante sus súbditos británicos. Así que, bien a disgusto, cursaron el oportuno mandato en ese sentido. Frederick Louis llegó a pisar suelo inglés en 1728: para esa época, ya había cumplido veintiún años. Habían transcurrido CATORCE años desde que había visto por última vez a sus padres y a sus hermanas Anne, Emily y Caroline Elizabeth. Nunca había conocido a su hermano George William, muerto en la niñez. Y le tocaba conocer a esas alturas a su hermano William Augustus, su hermana Mary y su hermana Louise.

La situación de Frederick Louis era, por decirlo finamente, penosa. George y Caroline trataban de encontrar una forma de "saltarse" el orden de sucesión, de modo que ese muchacho perdiese la condición de heredero a favor del hermano menor. Obviamente, al chico le resultó insultante saber que su padre le llamaba "griff" (en una alusión a los grifos, unas bestias mitológicas) o "Wechselbag" (haciendo clara referencia a los niños ajenos que sustituían a los propios en la cuna), pero más le dolió darse cuenta de que querían postergarle para favorecer al chico marcial. Durante un tiempo, pareció un tarambana, dedicado a las fiestas, la bebida, las mujeres de dudosa reputación y el juego, lo que no mejoraba las cosas con sus padres. Claro que tampoco mejoraron, sino que empeoraron sustancialmente, cuando decidió enmendarse a sí mismo: Frederick estaba dispuesto a "anglicanizarse" por entero.

Los británicos no apreciaban a sus nuevos monarcas: les había irritado el orgullo patrio que George I no hablase inglés y les tocaba las narices que George II lo hablase con un espantoso acento gutural, muy germánico. Para marcar diferencias, Frederick pulió al máximo su inglés. También se presentó ante la gente como un joven mozo aficionado al cricket, juego de moda en las islas, y al tenis; a la vez, ejercía patronazgo en los ámbitos de las artes (se le consideraba un magnífico cellista, a la vez que un consumado pintor) y las ciencias (le entusiasmaba la botánica). Gracias a esa actitud, Frederick Louis alcanzó una enorme popularidad; de hecho, su popularidad subía como la espuma de semana en semana, de mes en mes y de año en año.

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Frederick Louis príncipe de Gales.

Los celos de sus padres hacia el hijo alcanzaron el paroxismo. Lord Hervey, un cortesano que se dedicaba a coleccionar los chismes más suculentos, relataría que la reina Caroline habría declarado, con expresión de absoluto desdén: "Dios, el asunto de la popularidad siempre me pone enferma, pero en lo que se refiere a Fretz, me hace vomitar". En otra ocasión, Caroline se mostró igualmente explícita en su rechazo visceral hacia su hijo mayor: "Nuestro primogénito es el mayor asno, el mayor mentiroso, el mayor canalla y la mayor bestia del mundo, así que deseo de todo corazón que se muera".

A esas alturas de la película, la boda de Frederick Louis todavía echó más leña al fuego. Mientras permanecía soltero y sin hijos legítimos, sólo él se interponía en el camino hacia el trono del querido William Augustus, nombrado duque de Cumberland. Pero un casamiento de Frederick Louis podía llevar al nacimiento de numerosos retoños que se colocarían por delante del tío paterno en la línea sucesoria. Para George y Caroline se trataba de apurar hasta el final una copa de vinagre. Al final, autorizaron la boda de Frederick Louis, de veintiocho años, con una princesa llamada Auguste de Saxe-Coburg, que contaba apenas dieciséis, una chiquilla de aspecto modesto y tímido, asombrosamente cándida e incapaz de expresar un simple pensamiento en idioma inglés.

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Augusta princesa de Gales.

Pese a las divergencias de edad, crianza y personalidad, Augusta decidió, desde el principio, ofrecerle a Frederick su absoluta confianza y lealtad. Fredrick no estaba acostumbrado a que nadie se posicionase claramente junto a él frente a la corte: por supuesto, tenía amigos y partidarios, pero a todos les movía la necesidad de aglutinarse en torno al príncipe porque no contaban con el favor del rey o el deseo de encumbrarse a sí mismos durante el futuro reinado del príncipe. En cambio, Augusta estaba con Frederick porque se trataba de su esposo y un esposo merecía la máxima adhesión de su mujer, desde su punto de vista. Conmovido, Frederick se enamoró lo suficiente para transformarse en un devoto marido para Augusta.


Última edición por Minnie el 16 Mar 2008 18:37, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: 16 Mar 2008 15:48 
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Augusta.

Hubo episodios bochornosos en aquella larga querella familiar que tenía atónitos a los ingleses, que no entendían la "antinatural" animadversión de los monarcas hacia el heredero. A los pocos meses de su boda con Frederick, Augusta quedó embarazada y el país entero esperó con ilusión el nacimiento de un bebé que representaría el futuro de la dinastía. La muchacha rompió aguas tras experimentar las primeras contracciones hallándose en el palacio de Hampton Court: al saberse que George II y Caroline viajaban hacia allí para asistir al natalicio del nieto o la nieta, Frederick ordenó sacar a Augusta de la cama, introducirla en un carruaje y moverla apresuradamente hacia Saint James. Aunque se trataba de un corto trayecto, las circunstancias hicieron que Augusta lo pasase francamente mal.

Cuando George II y Caroline llegaron a Hampton Court, el enojo de ambos se hizo notar. La "fuga" de su hijo y su nuera constituía un terrible desaire, por lo que estaban que rayaban el suelo con los dientes. Entre tanto, Frederick celebraba con entusiasmo la llegada de una niñita, a la que decidió llamar Augusta Frederika sin consultar previamente a los abuelos.

Al año siguiente, con el nacimiento de un niño en Norfolk House, no hubo necesidad de dar esquinazo a los abuelos. Dado que el bebé se adelantó considerablemente a la fecha prevista para el parto, todo sucedió de forma demasiado rápida y sin tomar ninguna disposición previa. De hecho, el bebé prematuro parecía destinado a morir en cuestión de horas tras su nacimiento, de manera que se le bautizó de urgencia con el nombre de George (pero, como diría Frederick, no en honor a su padre George II, sino en honor a su abuelo paterno George I, bisabuelo del niñito). Contra todo pronóstico, el pequeño George sobrevivió. Un año después, tuvo un hermanito, Edward Augustus.

A partir de ahí, Frederick y Augusta, que repartían su tiempo entre Leicester House o Norfolk House en Londres y la magnífica mansión de Cliveden en el condado de Buckingham, siguieron aumentando la familia: su cuarto retoño fue una niña llamada Elizabeth Caroline, el quinto otro varón bautizado William Henry, el sexto otro varón a quien se impusieron los nombres de Henry Frederick, el séptimo una niña a la que se decidió bautizar Louise Anne, el octavo un niño llamado Frederick William. Sorprendentemente para lo que son las estadísticas de la época, ninguno sucumbió a la infancia.

A finales de 1750, Augusta quedó encinta por novena vez. Se hallaba en el sexto mes de gestación cuando Frederick murió de forma absolutamente imprevista, a causa de un estúpido accidente: una bola de cricket le golpeó la cabeza, desencadenando una hemorragia interna. A los treinta y dos años, se quedaba viuda, con ocho hijos de distintas edades y un bebé todavía por nacer. Una suerte nada envidiable, teniendo en cuenta que no había contado nunca con el apoyo de su familia política...


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NotaPublicado: 16 Mar 2008 17:12 
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Pero que fuerte la historia de estos padres, estoy atónita.

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NotaPublicado: 16 Mar 2008 18:46 
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sabbatical escribió:
Pero que fuerte la historia de estos padres, estoy atónita.


Sí, a mí me dejó muy impresionada el caso cuando lo descubrí hace años. Me he guardado una anécdota final que refleja hasta qué extremo llegaron las relaciones de ambos padres con ese hijo en concreto...

George II sobrevivió a Frederick Louis, pero Caroline no. Esa inteligente reina consorte falleció en noviembre de 1737, es decir, se fue a la tumba trece años y cuatro meses antes que su hijo primogénito. Cuando Caroline se encontraba en su lecho de muerte, el príncipe, pese a todo lo acontecido, solicitó la venia para visitar a la reina. George II negó a Frederick permiso para acceder al dormitorio de Caroline, algo por lo que se asegura que Caroline se sintió inmensamente agradecida a su marido. De sus labios surgió entonces una última frase absolutamente cruel respecto al hijo: "Al final, hallaré algo reconfortante en que mis ojos se queden cerrados eternamente y es que no tendré que ver con ellos al monstruo nunca más".


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NotaPublicado: 16 Mar 2008 18:50 
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Pero, por Dios ¿Qué les había hecho ese hijo si lo habían abandonado a los siete años?
Pero que personas tan absolutamente odiosas, solamente porque querían el trono para otro hijo que no tuvo la mala suerte de tener que crecer sin sus padres, no doy crédito... ¿Y ellos son los que inauguran la dinastía Hanover?

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NotaPublicado: 16 Mar 2008 19:04 
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Augusta viuda.

Aunque el viudo George II tuvo la "grandeza" de ofrecerle a su abatida nuera Augusta una serie de elegantes apartamentos en St James, ella decidió mantenerse en su residencia habitual, Leicester House, con los niños. Cubrían todo un amplio abanico de edades: la hija mayor, Augusta Frederika, había cumplido ya catorce años; el príncipe George, ahora heredero aparente del trono que ocupaban las reales posaderas del abuelo paterno, tenía trece años; a continuación venían: Edward con doce; Elizabeth Caroline con once; William con ocho; Henry con seis; Louise Anne con dos y Frederick William con uno. Estaba claro que en adelante Augusta debería preocuparse especialmente por George, hacia quien, de pronto, el abuelo George manifestaba cierto interés. Ella no estaba dispuesta a que ese suegro con quien llevaba años peleando a cara de perro junto a su difunto marido le arrebatase a Georgie con el pretexto de que debía ocuparse de formar a su eventual sucesor en el trono. Además, Augusta logró que el Parlamento estipulase que, si el viejo moría durante la minoridad de su hijo, a ella se le confiaría la regencia, lo cual suponía una patada en las narices del tío paterno del chico, el duque de Cumberland, eterno favorito de George II igual que lo había sido de la fallecida Caroline. Era un gran triunfo de la viuda de Frederick.

En cualquier caso, Augusta estaba en una situación difícil. Frederick había dejado a su muerte cuantiosas deudas (siempre habían vivido por encima de sus posibilidades), de forma que necesitaba a alguien que la ayudase a organizar su patrimonio tanto como a encauzar la formación de sus retoños, en especial el nuevo príncipe de Gales. Cierto que Georgie partía con ventaja: era el primer Hanove nacido en suelo inglés y angloparlante desde la primera infancia, lo cual le hacía objeto de un enorme cariño popular; pero al chaval había que proporcionarle una adecuada formación para el futuro. Después de haber dado a luz a una niñita a la que decidió llamar Caroline Mathilde, su benjamina, Augusta empezó a apoyarse cada vez más en el hombre que Frederick Louis, dos años antes de su fallecimiento, había escogido como tutor del principito Georgie.


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NotaPublicado: 16 Mar 2008 19:12 
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sabbatical escribió:
Pero, por Dios ¿Qué les había hecho ese hijo si lo habían abandonado a los siete años?
Pero que personas tan absolutamente odiosas, solamente porque querían el trono para otro hijo que no tuvo la mala suerte de tener que crecer sin sus padres, no doy crédito... ¿Y ellos son los que inauguran la dinastía Hanover?


Bueno...en ese sentido, los orígenes de la dinastía Hanover son patéticos. Piensa que George I llegó a Inglaterra dejando a su mujer, a la que había repudiado por un adulterio que no llegó a probarse, encerrada en una triste fortaleza de Celle, llevaba consigo en cambio a su amante Melusine y a las tres hijas bastardas que ella le había proporcionado. George II quería mucho a su Caroline, que aceptaba con estilo incomparable a sus amantes, pero repitió la pésima relación con su padre con su hijo Frederick Louis. Tienes razón en que Frederick Louis no había hecho nada para merecer ese odio por parte de los padres: ¿qué culpa tiene un niñito de que su abuelo paterno se arrogue la atribución de dirigir su crianza y su educación, de que su abuelo paterno le aparte de sus padres y hermanos, de quedarse solo en el territorio ancestral del abuelo paterno mientras éste y el resto de la familia marchan a un reino recien adquirido por herencia? Obviamente, no había culpa. Tampoco hay mucho que reprocharle en que, cuando finalmente le hicieron ir a Inglaterra, hubiese llegado convertido en un mozo un tanto disoluto y derrochador: ambos son rasgos muy Hanover, compartidos por casi todos los varones de la familia. Y Frederick, a fín de cuentas, se enmendó la plana al casarse con su Augusta, formando una familia magnífica. Eso podría haber remediado muchos males, pero, paradójicamente, estropeó todavía más las cosas.


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NotaPublicado: 16 Mar 2008 19:56 
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John Stuart, tercer conde de Bute.

Frederick Louis había elegido a John Stuart para encomendarle la tutela formativa de sus hijos Georgie y Edward porque ambos adultos compartían la pasión por la filosofía natural y la botánica. Ese interés les había hecho fraguar una amistad recíproca y había derivado en que el príncipe considerase que aquel noble escocés podía dirigir mejor que nadie la etapa formativa de los muchachitos. Él pondría el acento en las matemáticas, la astronomía, las ciencias naturales y la filosofía natural.

Augusta apreciaba a John. Él se dirigía a ella con respetuosa solicitud, ofreciendo un punto de referencia en una época en que, reciente viuda a cargo de una abundante prole, se sentía desorientada en extremo. Como no podía contar con nadie que la asesorase y la guiase con cuidado dentro del entorno familiar, hubo de buscarlo en el círculo de allegados. John, conde Bute, estaba en el lugar apropiado en el momento adecuado, por lo que se refería a Augusta. Con él podía compartir cualquier duda respecto a la crianza de los chicos, pero, además, él podía estimularla a llevar a cabo proyectos como, por ejemplo, la ampliación de los maravillosos Kew Gardens.

Por desgracia, la evidente dependencia de Augusta respecto a Bute enseguida levantó sospechas. A una viuda de treinta y dos años, suficientemente guapa y elegante, se la consideraba, en general, una débil criatura propensa a caer víctima de sus pasiones. Resultaba fácil que se extendiese el rumor de que, en efecto, Augusta había sucumbido...en brazos de Bute. Los chismorreos fueron arreciando paulatinamente, hasta alcanzar un nivel increíble al difundirse a través de panfletos y ser luego transmitidos en la prensa diaria. Mientras los libelos circulaban por el país y los periódicos se hacían eco de ello, la reputación de Augusta caía en picado.

Fue un durísimo golpe psicológico para Augusta. En su calidad de viuda de Frederick Louis, el pueblo la había elevado a los altares de la veneración pública. Pero sólo porque algunos libelistas habían querido explotar su amistad con John Stuart, de pronto se veía arrojada al arroyo de la infamia. La mayoría de los biógrafos coinciden en señalar que no había nada impropio en la relación de Augusta y John. Ella guardaba fidelidad a su difunto marido, en tanto que él, un sincero episcopaliano que se expresaba en términos reprobatorios hacia el adulterio desde su juventud, estaba muy felizmente casado con la encantadora Mary Wortley Montagu, de quien había tenido cinco hijos a los que ambos adoraban antes de que muriese el príncipe de Gales y de quien tendrían cuatro hijos más en el período en que se supone que él estaba "beneficiándose" a la princesa viuda de Gales. No obstante, la verdad nunca puede estropear un rumor jugoso, de manera que la gente siguió vituperando a Augusta cada vez que la mujer salía de su residencia. Aunque ella resistía, en apariencia con digno estoicismo, los insultos que le vociferaba la gente, en cuanto se encontraba de nuevo dentro de casa, cedía a la angustia y el abatimiento.


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NotaPublicado: 16 Mar 2008 20:47 
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En esa triste atmósfera discurrió la infancia de nuestra princesita Caroline Mathilde. La niña, que por su edad tenía por compañeros de juegos a su hermana Louise Anne y a su hermano Frederick William, creció mientras el pueblo perdía poco a poco memoria del padre al que ella ni había llegado a conocer y en cambio calumniaba duramente a su madre. No era, ni mucho menos, una situación grata, si bien a las niñas se las mantenía cuidadosamente resguardadas.

La educación de esas princesas fue bastante esmerada. Por lo que atañía a las mayores (Augusta Frederika y Elizabeth Caroline) las pautas básicas las había trazado el padre, Frederick Louis. Él, que había mostrado un gran talento artístico además de un profundo interés por diversas materias, deseaba que sus chicas sacasen buen rédito de la atmósfera especialmente refinada que había recreado en sus residencias. Este esquema se siguió también con las dos hijas menores: Louise Anne y Caroline Mathilde.

Hubo un punto de ruptura en 1759. Fue un año muy difícil para la princesa viuda Augusta por dos motivos: en primer lugar, su hijo Georgie príncipe de Gales, su orgullo y esperanza, se enamoró de lady Sarah Lennox; en segundo lugar se produjo el hecho irreversible de la muerte de la princesa Elizabeth Caroline, una prometedora muchacha de dieciocho años. Mientras sus otras hijas -Augusta Frederika, Louise Anne y Caroline Mathilde- se sentían desoladas por la pérdida de la hermana, Augusta, profundamente deprimida, tuvo que delegar en el conde Bute el dar solución al problema que representaba el enamoramiento de Georgie.

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Georgie, joven príncipe.

Charles Lennox, segundo duque de Richmond, uno de los pares del reino más destacados e influyentes, había tenido tres hijas que se harían verdaderamente célebres en su época: Emily, Caroline y Sarah. Emily, la mayor, había hecho un excelente matrimonio al casarse con el duque de Leinster; Caroline, en teoría, había dado un traspié al fugarse en su juventud con el político Henry Fox, quien, sin embargo, había prosperado después de la boda de ambos, y, a la sazón, ostentaban el rango de barón y baronesa Holland. Sarah, la pequeña, era una muchachita muy guapa que coqueteaba alegremente con Lord Newbattle, nieto del rico marqués de Lothian. Todo parecía ir en esa dirección cuando George de Gales se prendó de Sarah Lennox: los parientes de ella la indujeron a romper cualquier promesa sentimental efectuada a Lord Newbattle ahora que podía aspirar a comprometerse con el heredero del trono. No obstante, la princesa Augusta no pensaba resignarse a que su hijo se casase con una hija de un duque en vez de con una auténtica princesa continental. El conde Bute fue el encargado de conminar a Georgie a que detuviese el cortejo apasionado hacia Sarah. Por suerte para la muchacha, a ella "sólo le agradaba" el príncipe: su corazón seguía latiendo por Newbattle. De modo que la herida únicamente afectó a su orgullo.

En adelante, Augusta y Georgie mismo unieron fuerzas para evitar que el viejo abuelo George II casase al nieto con una princesa de Brunswick-Wolfenbüttel, Sophie Carolina. El riesgo de verse forzado a asumir ese noviazgo desapareció para George al año siguiente, en octubre de 1760: su abuelo abandonó el mundo tras una breve agonía, dejando abierto el camino a la entronización del muchacho como George III.


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