Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: ATHENAÏS DE MONTESPAN
NotaPublicado: 12 Dic 2019 14:31 
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Françoise-Athénaïs de Rochechouart podía haber sido una Francisquita toda su vida, pero en edad juvenil decidió ser una Athénais porque el nombre, sin duda, sugería mayor refinamiento y sofisticación, dos cualidades esenciales en la cada día más glamurosa corte que presidía en Versalles Luís XIV, le Roi Soleil. Porque cuando Francisquita dejó de ser Francisquita y pasó a ser Athenaïs, ya estaba casada con un marqués y frecuentaba un salón, el salón del poderoso mariscal d´Albret, dónde todos la admiraban por su hermosura y por su extraordinario ingenio. Para entonces, Madame de Sevigné ya se había hecho cargo de la poderosa atracción de aquella mujer bella y de lengua afilada, a quien puso el sobrenombre de “el Torrente”.

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Pero…vayamos por partes.

Todo en Athénais la condicionaba a obtener cuánto más relumbrón social, mejor. Su padre, Gabriel de Rochechouart de Montemart, se preciaba de un ilustre linaje iniciado en el pretérito siglo XII: como bien señala Benedetta Cravieri, en esa familia existía un dicho según el cual “Antes de que el mar viniese al mundo, Rochechouart llevaba las olas”. Baladronadas aparte, Gabriel de Rochechouart de Montemart había echado anclas en su niñez en la corte dónde reinaban aún Henri IV, el primer rey Borbón, y Marie de Médici, para convertirse en compañero favorito del entonces delfín Luís, que enseguida se convertiría en el rey Luís XIII. Gabriel no exhibía únicamente una notable presencia y aplomo, sino que, aparte, era listo, tan listo que supo mantener la privanza con Luís XIII, llevarse bien con la no muy feliz esposa de éste Ana de Austria y no tocarle nunca las narices al omnipotente cardenal Richelieu.

Tendréis que estar de acuerdo conmigo en que a Gabriel no le faltaba una notable capacidad para manejarse en una corte plagada de camarillas e intrigas, lo que le diferenció para siempre de dos parientes caídos en desgracia durante esos años de constante agitación: su propio hermano el conde de Maure y su primo François de Rochechouart. Igual que supo avenirse con Richelieu, se congraciaría posteriormente con Mazarin, y eso le sirvió para convertirse incluso en gobernador de París. En resumidas cuentas: una carrera en constante progresión, con los privilegios que eso llevaba aparejados.

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Inciso: esto me estropea un poco el cuento, porque el único retrato del duque de Mortemart que he encontrado le muestra ya como un señor entrado en años, no un mozo gallardo. Aquí Gabriel, muy bien vestido, pero nada galán.


Nuestro –espabilado- Gabriel no se casó temprano. Esperó hasta los treinta y dos años para contraer matrimonio con Diane de Grandseigne, hija de Jean marqués de Marsillac, un noble establecido en el Limousin, y de Catherine de La Béraudière, por derecho propio dama de Villenon. Diane era una de las damas de compañía de Ana de Austria, al igual que la propia hermana de Gabriel llamada Anne de Rochechouart de Mortemart, y se había ganado cierta fama porque, aunque muy agraciada físicamente, mostraba también un carácter apacible y una notable religiosidad. Posiblemente, en la corte se elevaron algunas cejas, en señal de escepticismo, cuando Gabriel de Rochechouart, aquel bon vivant, habituado a alegres dispendios y francachelas, formó pareja con la serena y piadosa Diane. No parecen haberse entendido, lo que se justificaba plenamente por la gran disparidad en cuanto a sus respectivas naturalezas y aficiones en la vida, pero Diane fue una esposa intachable, dedicada a la crianza de sus hijos.


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 Asunto: Re: ATHENAÏS DE MONTESPAN
NotaPublicado: 12 Dic 2019 14:37 
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La primogénita de Gabriel y Diane fue una niña, bautizada Gabrielle. A continuación, llegaría al mundo un ansiado varón, bautizado con los nombres de Louis Victor. En los siguientes años, Diane siguió alumbrando féminas: por orden de mayor a menor, serían nuestra Françoise-Athénaïs; Marie Christine y finalmente Marie Madeleine. Considerando la posición que sus progenitores ocupaban en la corte francesa, se hizo evidente que los hijos enseguida hallarían colocación adecuada en el entorno real. De hecho, igual que él había sido de niño compañero de estudios y juegos de Luís XIII, Gabriel de Rochechouart se ocupó de que su único varón, Louis Victor, compartiese infancia y adolescencia con Luís XIV: esa clase de vínculos, forjados prontamente, suelen ser, si se cuidan, de una considerable firmeza. Por supuesto, de las niñas se esperaba que formasen parte del círculo de damitas destinadas por su origen y su crianza a asistir a reinas o princesas. Se tomó en serio su formación inicial: fueron enviadas a la célebre abadía de las monjas benedictinas para Damas de Sainte Marie, en Saintes. en el Sudoeste de Francia. Todas aprovecharon esos años para cultivar sus intelectos, partiendo de una buena materia prima. Destacaría mucho la pequeña de las cuatro chicas Rochechouart, Marie Madeleine: niña aún, manifestó una sorprendente fascinación por la filosofía y por aprender lenguas muertas o vivas. Pero la pasmosa brillantez en esas esferas del conocimiento de Marie Madeleine no debería hacernos olvidar que también Gabrielle, Athenaïs y posiblemente Marie Christine tenían excelentes cabecitas encima de sus bien torneados hombros. A ninguna se le achacaría jamás simpleza, falta de luces ni de ingenio, sino al contrario.

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Las tres hijas más famosas de Gabriel de Rochechouart y su esposa Diane: de izquierda a derecha, Gabrielle, la mayor; Marie Madeleine, la menor y Athenaïs, la segunda en edad detrás de Gabrielle y por delante de la ausente Marie Christine.


La idea era que, completados sus años bajo la supervisión de las monjas benedictinas, se colocasen “bien” en la corte. Gabrielle perteneció a la casa del joven rey Luís XIV antes de que se la destinase al “cercle” del hermano menor de éste, Felipe duque de Anjou, en una etapa posterior de su vida Monsieur le duc d´Orleans. La amistad que surgió entre la vivaz Gabrielle y Felipe de Anjou íba a demostrarse auténtica a la vez que duradera.

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Gabrielle de Rochechouart de Mortemart, de casada Madame Thianges.



Gabrielle se casó con Claude Leonor Damas de Thianges, marqués de Thianges, en 1655 y la primera hija de ambos, Diane Gabrielle de Thianges, nacería en 1656. Por aquel tiempo, nuestra Athenaïs todavía se hallaba en Saintes, al igual que Marie Christine y Marie Madeleine. Pero el turno de acceso a la alegre y despampanante vida cortesana se acercaba a Athenaïs: su tía Anne de Rochechouart estaba ya maniobrando para que la muchacha fuese solicitada para integrarse en la camarilla de la joven princesa inglesa casada con Felipe de Anjou, la encantadora Henrietta Anne Estuardo, llamada Minette. Cuando en 1658 AthenaÏs se hizo con su hueco junto a Minette, que por cierto recibía mucha más admiración y muchos más obsequios de su cuñado Luís XIV que de su homosexual marido Felipe de Anjou, lo hizo con el nombre, formal y pomposo, de “mademoiselle de Tonnay-Charente”, que le correspondía en calidad de hija de su ilustre progenitor Gabriel de Rochechouart duque de Montemart. Hacia 1660, Athenaïs ya había sido trasladada desde el servicio a Minette al servicio de la flamante reina importada para Luís XIV desde España, María Teresa. En ese “ascenso” a la cámara de la reina María Teresa influyeron de forma determinante el desempeño de su religiosa madre Diane y de su tía Anne en el círculo de la reina madre Ana de Austria, así como las fervorosas alabanzas que le dedicaba Felipe de Anjou.


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 Asunto: Re: ATHENAÏS DE MONTESPAN
NotaPublicado: 12 Dic 2019 14:44 
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 Asunto: Re: ATHENAÏS DE MONTESPAN
NotaPublicado: 12 Dic 2019 14:48 
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Athenaïs.


Athenaïs era bellísima: eso le hacía destacar en una corte plagada de mujeres hermosas entre las cuales estaba su propia hermana mayor Gabrielle Madame de Thianges. Todos se hacían lenguas acerca del largo cabello rizado de color del trigo bajo el sol de mediodía, de sus ojos azules, su nariz aguileña, su boca bien formada y unos dientes parejos a la vez que blanquísimos. Nadie encontró ningún defecto físico en Athenaïs: su figura tendía a adquirir cierta voluptuosidad, pero eso se consideraba ventaja, no desventaja, en aquellos tiempos. Llamaba tan favorablemente la atención, que, aunque carecía de una dote sustanciosa, atrajo enseguida el interés formal del marqués de Montespan, Louis-Henri de Pardaillan de Gondrin.

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Montespan: a éste también le encuentro retratado ya entrado en carnes y años.


Los dos, Athenaïs y Louis-Henri, habían coincidido en el servicio a Minette, y, de hecho, él siguió adscrito a la casa de la joven duquesa de Orleáns cuando Athenaïs se desplazó a la casa de la nueva reina María Teresa.

Según parece, Athenaïs misma estaba enamorada de Louis Alexandre de la Trémoïlle, futuro duque de Noirmoutier. Pero Louis Alexandre, mozo gallardo y galante, se había visto envuelto en un duelo que había costado la vida a su adversario, un hermano de nuestro marqués de Montespan que ostentaba el bonito título de marqués d´Antin, y, para evitarse consecuencias desagradables, se le había sugerido que abandonase la corte durante un tiempo prudencial. En ausencia de Noirmoutier, Montespan no tardó en indicar a los Rochechouart que estaba dispuesto a desposar a Athenaïs sin tomar en cuenta la escuetísima dote de la moza. A los Rochechouart, obviamente, les pareció un negocio ventajoso y negociaron un enlace. El contrato previo se firmó el 28 de enero de 1663 y la boda en sí misma tuvo por escenario la iglesia de Saint Sulpice nueve días después, el 6 de febrero de 1663.

Para ser propios, conviene decir que hasta ahora, hablando en puridad, a nuestra chica se la había llamado Françoise. Empezó a usar el nombre Athenaïs recién casada, cuando, junto a su esposo, se hizo asidua al gran salón del mariscal d´Albret. Athenaïs resultaba más cautivador al oído que un sencillo y digno Françoise.

Digamos que Athenaïs se resignó a su matrimonio con Montespan. En los dos años siguientes, dio a luz sin mayores dificultades una niña, llamada Marie Christine y un niño, Louis Antoine. Aunque podríamos pensar que llamó a la primogénita Marie Christine para honrar a la hermana que la seguía en edad, también influyó que la madre del difunto Antin y del vivo Montespan se llamaba Marie Christine, en concreto Marie Christine de Zamet de Murat..Se trataba de una dignísima señora que pasaba casi todo su tiempo en castillos de la Gascuña, dando tanto ejemplo de virtuosa conducta como su consuegra Diane de Grandseigne.


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 Asunto: Re: ATHENAÏS DE MONTESPAN
NotaPublicado: 12 Dic 2019 14:48 
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As usual, me haces un gran honor.
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 Asunto: Re: ATHENAÏS DE MONTESPAN
NotaPublicado: 12 Dic 2019 14:53 
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Cuando la niña Marie Christine llegó a los tres años, fue enviada con la abuela paterna, con quien la uniría siempre un vínculo especial. Para entonces, cabe señalar que Athenaïs ya estaba hasta el último pelo de la coronilla de un marido posesivo, extremadamente celoso, abusivo y manirroto. Montespan, hablando en plata, no le daba más que disgustos. Un momento particularmente desagradable lo experimentó cuando tuvo conciencia de que Montespan había vendido las joyas con las que ella gustaba de adornarse para saldar una deudas de juego. Pero, aparte, ese rápido deterioro de su vida conyugal coincidió con un hecho que íba a adquirir una enorme relevancia: en algún momento durante el año 1666, el rey Luís XIV, aburrido por entones de su amante oficial Louise de La Vallière, una tímida y modesta violeta, fijó su interés en la resplandeciente Athenaïs, en quien admiraba su temperamento y la agudeza de sus observaciones o réplicas. Athenaïs podía usar con verdadera maestría la ironía o el sarcasmo más hiriente, según la ocasión, y aquello la hacía francamente entretenida.

Sin embargo, Athenaïs no pertenecía al tipo de mujeres con inclinación por el adulterio. Cabe recordar que su madre, Diane, era extremadamente rigurosa, al igual que su estimada suegra Marie Christine. Las chicas Rochechouart se habían criado en ese ambiente de elevados estándares morales. Gabrielle Madame de Thianges, su hermana mayor, cuidada su reputación. En cuanto a sus hermanas menores, Marie Christine optó por hacerse monja, y Marie Madeleine, que era dama también de la reina María Teresa sorprendiendo a propios y extraños por su formidable intelecto, decidió tomar asimismo los velos en 1664. Como se puede apreciar, Athenaïs estaba más condicionada a ejercer el papel de esposa infiel que el de esposa infiel y motivo de habladurías en una corte plagada de enredos.

También Louise de La Vallière había sido una muchacha cándida y nada proclive a las aventuras galantes, sino claramente renuente a ellas. En lo que atañe a Louise de La Vallière...

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Aquí Louise.


...lo que supuso su perdición fue que, sin pretenderlo ni buscarlo, se enamoró locamente de Luís XIV. A su manera, Louise hubo de aplacar su conciencia diciéndose a sí misma que en su pecado no íba implícito un gusto por figurar, ni el afán de hacerse con títulos y propiedades, sino un genuíno amor hacia Luís XIV. Athenaïs tal vez nunca hubiese cedido de no ser porque sí le picaba el tradicional afán por destacar y la ambición absolutamente terrenal de los Rochechouart. Si Athenaïs empezó a esponjarse ante las señales de interés de Luís XIV, lo hizo porque tenía claro que, gobernando los apetitos y afectos de ese hombre concreto, se convertía en la auténtica dueña del reino a través del rey.

Su hermana Gabrielle, muy próxima a ella, fue, seguramente, de las primeras en comprender por dónde íban a discurrir los acontecimientos. La historia empezó a trenzarse en junio de 1667, cuando Luís XIV se enzarzó en un nuevo conflicto bélico con España, país natal de su propia madre Ana de Austria y de su esposa María Teresa. De hecho, con el argumento de que España no había satisfecho la dote comprometida para María Teresa, Luís se dispuso a moverse con su ejército para apoderarse de Flandes, posesión de los Habsburgo. El monarca tuvo a bien ordenar a María Teresa que abandonase la corte con gran pompa y se reuniese con él en el escenario de operaciones bélicas. Probablemente María Teresa se sintiese francamente infeliz por tener que cumplir ese mandato, pero disimuló haciendo gala de su excelente crianza y su mejor voluntad. María Teresa se desplazó con un muy notable séquito de damas que incluía a Athenaïs de Montespan y a la hermana de ésta, Gabrielle de Thianges.

Louise de la Vallière, adscrita formalmente a la casa de Henrietta Anne, Minette, duquesa de Orleans, tendría que haberse quedado en París. Pero La Vallière, embarazada del que sería su sexto hijo, estaba cada vez más aterrada por el creciente desapego que percibía en su amante Luís XIV, y temía que una larga separación física apagase para siempre en él cualquier rescoldo de la vieja pasión. Haciendo trizas las exigencias de su posición, y cualquier convención cortesana, Louise abandonó París y se las arregló para sumarse al nutrido cortejo de la reina a la altura de La Fère. Cuando María Teresa se enteró de la presencia inesperada de la amante de su marido, se sintió profundamente humillada y herida en lo más vivo: pasaría el resto de viaje hecha un mar de lágrimas. Athenaïs de Montespan, criatura avispada, no perdió oportunidad de manifestar toda su simpatía a la reina, poniendo a pan pedir a La Vallière por su falta de dignidad y de un mínimo decoro. El resto de las damas, por unos u otros motivos, hicieron causa común con la carismática Athenaïs, siempre secundada por su hermana Gabrielle de Thianges.


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 Asunto: Re: ATHENAÏS DE MONTESPAN
NotaPublicado: 12 Dic 2019 15:00 
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En ese escenario, Louise acabó de estropearlo todo cuando avistaron a lo lejos, en una amplia extensión de terreno situada cerca de la ciudad de Avesnes, el magnífico campamento militar de Luís XIV. La favorita hizo que su cochero azuzara a los caballos, para que su carroza adelantase a la de la reina. Quería llegar antes que María Teresa ante Luís, quizá para justificarse por estar allí cuando supuestamente tendría que haber permanecido en París. Luís XIV no guardaba respeto por la moral, pero, en cambio, resultaba que era extremadamente puntilloso en todo lo que se relacionaba con la etiqueta de Corte. Encontró intolerable que su amante se hubiese permitido adelantar a la carroza de la reina y no dudó en hacerlo claramente visible, con unas palabras de reprensión pronunciadas en un tono absolutamente gélido. Para la pobre Louise de La Vallière debió ser claro como el cristal que no había medido bien la jugada.

En esos días en Avesnes, Luís, que ya había dado por finiquito su amor aunque no aún su vinculación oficial con La Vallière, vió incrementarse su pasión por Madame de Montespan. Esta seguía sin ceder a sus galanteos: exhibía su viveza, daba pruebas cumplidas de su ingenio, pero guardaba sus sentimientos y su cuerpo. Por lo visto, Luís decidió forzar la mano: sabedor de que Madame de Montespan compartía aposentos con su prima Bonne de Pons, Madame de Heudicourt, había enviado mensaje a ésta para que abandonase la cámara en cuanto Athenaïs hubiese conciliado el sueño.

Inciso: ahora armaros de paciencia, que me encanta Bonne de Pons y tengo que poner no solamente un retrato de la época...

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Bonne de Pons


...sino también una representación modernísima de Bonne, obra inspirada de Sacha Goldberger!!

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Obra de Sacha Goldberger.


Y vuelvo a la trama...tan feliz por haberos puesto un 2x1 de Bonne de Pons. :-)

Bonne de Pons no era ninguna ingenua: ella misma estaba considerada una de las grandes beldades de la corte y dos años antes, había vivido una aventura de breve duración con Luís XIV, tras la cual, no habiendo cumplido aún los veintidós años, se había dado prisa en casarse con Michel Sublet, Marqués de Heudicourt, gracias a los buenos oficios del mariscal d´Albret. Como el Marqués de Heudicourt ocupaba un puesto destacado en la corte, en calidad de Grand Louvetier de Francia, Bonne, apodada por eso mismo la Grande Louve, disfrutó en delante de una situación destacada en aquel elitista círculo de caballeros y damas.

En la segunda parte de esa historia, Luís, disfrazado de guardia, accede a la alcoba en la que ya solamente duerme Athenaïs, ajena (o no…) al oportuno mutis por el foro de su prima Heudicourt. El asunto, cuando menos, suscita cierto rechazo instintivo: ¿sedujo Luís a Athenaïs?¿Se aprovechó Luís de Athenaïs tras haberla pillado por completa sorpresa en la soledad de la habitación? Fuese como fuese, Athenaïs era lo bastante lista para entender que, una vez que había pecado con el rey, había que sacar de aquello todas las ventajas posibles y más. No pensaba agachar la cabeza ni perder la ocasión de reemplazar a Louise de La Vallière en el papel de amante oficial de Su Majestad.

La primera señal clara de la determinación de Athenaïs consistió en su rechazo implacable a la idea de volver a cohabitar con el marqués de Montespan, quien, rápidamente advertido de la “seducción” de su esposa por parte de Luís XIV en Avesnes, le exigió que regresase de inmediato al hogar familiar. Athenaïs no estaba dispuesta, en absoluto, a ello y por lo visto buscó refugio temporal en casa de una amiga. En ese punto, la inmensa mayoría de los maridos hubiesen guardado un cuidadoso y prudente silencio, pero Montespan decidió sacar la cara públicamente por sí mismo haciendo todo el ruído posible. Ordenó decorar su carroza con cuernos, un símbolo claro de su situación, y no escatimaba críticas ni al rey ni a su mujer. Como era de esperar, propios y no tan propios le advirtieron de que le convenía aceptar la realidad y tratar de obtener ciertas prebendas a cambio de su discreción; pero el marqués no hizo el menor caso. Si bien a requerimiento de un capitán de la Guardia Real abandonó la capital, para reunirse ostensiblemente bajo un mismo techo en la Gascuña con sus pequeños hijos, siguió reprobando a Luís y a Athenaïs. En la segunda mitad de septiembre de 1668, Montespan consideró que ya se había aburrido de la Gascuña y mandó pintar en su carroza negra de enormes astas de ciervo, tan signo de cornudos como los cuernos en sí mismos, y así mismo, tan ricamente ataviado, se presentó ante la corte reunida en Saint Germain en Laye. La escena tuvo que resultar impresionante. Al rey, como es obvio, no le hizo ni pizca de gracia, pero la situación aún empeoró cuando Montespan le hizo frente y le llamó nada menos que “canaille”, canalla. Aquello no podía quedar impune: el marqués fue hecho prisionero y encerrado varios días en Fort l'Évêque, lugar bastante tenebroso. Luego, Louis tuvo a bien liberarle pero enviando orden de que se exiliase a la Guyena. El marqués seguía siendo un hombre de notable teatralidad en la expresión de su disgusto: no dudó en organizar un réquiem por su esposa, como si Athenaïs hubiese muerto, e incluso mandó preparar una curiosa tumba con la inscripción 1663-1667


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 Asunto: Re: ATHENAÏS DE MONTESPAN
NotaPublicado: 12 Dic 2019 15:10 
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Todo el barullo que organizó Montespan supuso, en cierto modo, una prueba para los nervios de Athenaïs, que también tenía que encontrar su espacio en una corte dónde su condición de mujer casada le impedía relevar definitivamente a Louise de La Vallière.

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Aquí La Vallière.


Aquella era una extraña cohabitación: el rey tenía una reina, María Teresa; una amante oficial a la que ya no deseaba, La Vallière, y otra amante con la que compartía una pasional relación pero que tenía, por desgracia, un marido de lo más fastidioso, que era nuestra Athenaïs. En 1668, justo coincidiendo con ese monumental escándalo, Athenaïs debió quedarse embarazada y estaba meridianamente claro que el bebé había sido engendrado por Luís. Hubo un interés por parte de ambos de llevar aquella situación en casi absoluto secreto, dado que Montespan vivo seguía constituyendo un impedimento: todavía hoy, no se sabe a ciencia cierta si Athenaïs llegó a alumbrar a principios de 1669 una niña (en teoría se la habría bautizado como Louise Françoise) o un niño (al que no se atribuyen nombres de pila). Apenas unos meses después, Athenaïs se embarazó por segunda vez y de nuevo se recurrió a las tretas habituales para que no se conociese su estado: el niño, Louis Auguste, parece haber nacido en Saint Germain en Laye el 31 de marzo de 1670. Los dos pequeños bastardos, la niña Louise Françoise y el niño Louis Auguste, quedaron a cargo de una nueva incorporación a la corte: Françoise d’Aubigné, Madame Scarron.

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Aquí Madame Scarron.


Madame Scarron había quedado viuda con apenas 25 años de su esposo Paul Scarron, que la había contagiado de una profunda sed de cultura, pero la había dejado literalmente sin un céntimo. Dotada de finura y educación, aunque pobre, y avalada por su respetabilidad, atrajo la simpatía de la reina madre Ana de Austria y posteriormente de la favorita Madame de Montespan, a quien conoció en el salón del mariscal d´Albret. Muy inteligentemente, Craveri sugiere en su estudio sobre amantes reales y reinas que Athenaïs, tan excelentemente dotada para la esgrima verbal, encontró en Françoise una rival a su altura en tan entretenido juego de salón. En principio, esto sirvió para crear un vínculo entre ambas. Fue enteramente una decisión de Athenaïs convertir a Madame Scarron en la gobernanta de sus hijos bastardos, con quienes compartiría un plácido retiro en Vaugirard. Evidentemente, no pudo presuponer lo que aquello acabaría representando en su propia biografía.

Como se ha comentado, Louise de La Vallière

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había parido seis hijos del rey. Los cuatro primeros, varones, habían muerto en la más temprana infancia, causando el hecho gran desolación en una madre que se sentía profundamente culpable de amar a un hombre que tenía esposa. Pero en octubre de 1666, apenas unos meses después de la muerte de Ana de Austria, había nacido una niña a la que se dio el nombre Marie Anne; y posteriormente, en octubre de 1667, un año después, nacería un hermano de ésta, Louis. Louise de La Vallière merecía cierto reconocimiento: Luís XIV la había elevado al rango de duquesa de La Vallière y de Vaujours tras el natalicio de Marie Anne, que sería legitimada por el rey y ostentaría la denominación oficial de Mademoiselle de Blois. El pequeño Louis, que llevaba el apellido “de Borbón” por no poder llevar el apellido “de Francia”, recibió a los dos años, en 1669, el –rico- condado de Vermandois, así como el vistoso rango de Almirante del reino.

Cabe hacerse idea de que la excelente colocación en el mundo de los dos queridos hijos de La Vallière representaba para Athenaïs un constante recordatorio acerca de la “oscuridad” en la que tenía que mantenerse su progenie. Muerta su primogénita (recordemos, dudosa: puede haber sido un primogénito y haber fallecido antes), le quedaba Louis Auguste y siguió pariendo con notable regularidad que daba testimonio de una intimidad constante con Luís XIV. A Louis Auguste le siguieron Louis César en 1672, la quizá segunda Louise Françoise en 1673. Para nuestra Athenaïs, de manera natural, se hizo cada vez más intenso el deseo de desembarazarse de la presencia en su vida de Montespan: por mucho que él hubiese organizado un entierro simbólico de la mujer perdida en brazos de un rey, la cruda realidad es que seguían consituyendo un matrimonio.


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 Asunto: Re: ATHENAÏS DE MONTESPAN
NotaPublicado: 12 Dic 2019 15:14 
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Nuestra Athenaïs.


En abril de 1674, Athenais volvía a estar encinta. Louise de La Vallière, que desde 1670 se había dedicado de con renovado fervor religioso a componer reflexiones piadosas y a la oración constante para expiar sus pecados de la carne, decidió finalmente seguir los buenos consejos de retirarse de la corte a un convento, el convento de las Grandes Carmelitas en la rue de Saint Jacques, en París. Ya os podéis imaginar la inmensa alegría de Athenaïs: la marcha de Louise de La Vallière íba de la mano con los trámites legales iniciados para lograr una “separación de cuerpo y bienes”, una separación legal que la hiciese independiente a cualquier efecto de Montespan. Peeeero…en la vida suele haber “peros”…precisamente, Montespan, cuyos hijos con Athenaïs seguían a cargo de su buena madre en el castillo de Bonnefort allá en tierras gasconas, se hartó de ser un exiliado y, en un gesto de desafío muy propio de su carácter, se plantó en París, dónde, a fin de no pasar inadvertido a nadie, alquiló unos recoletos apartamentos situados en la rue Saint Jacques, a tiro de piedra del convento dónde vivía como una monja Louise de La Vallière. La imagen resultaba tan potente que aquello enseguida se convirtió en la comidilla de todo el mundo, nadie dejaba de darle a la lengua a propósito de la reciente ocurrencia de Montespan, tan mortificante para Athenaïs y tan enojosa para el rey Luís XIV.

A Luís XIV le faltó tiempo, claro, para pedirle explicaciones a su eficiente ministro, Jean-Baptiste Colbert, a quien se le había encomendado la tarea de lograr una separación digna para Athenaïs. Colbert trató de salir del paso recordando al monarca que, a fín de cuentas, la presencia de Montespan iba a ser requerida en el proceso legal que daría carpetazo a su matrimonio. Que Montespan se encontrase en París, a la postre, ayudaría a meterle un poco de prisa a ese asunto. Luís se conformó, y Athenaïs cruzó los dedos para que Montespan, una vez satisfecho su orgullo con el nuevo barullo que había originado, se aviniese a negociar amistosamente a través de su representante, el abogado Claude François Bierre. Sin embargo, los cielos se nublaron de nuevo, y de qué manera, cuando, precisamente por boca de Bierre, Montespan hizo saber su voluntad de reclamar en el tribunal la devolución de la entera dote de Athenaïs, lo cual impactaba directamente en el padre de nuestra protagonista, Gabriel de Rochechouart, duque de Montemart, que estaba en una situación financiera digamos “bastante apurada”. A la irritada Athenaïs no le quedó otro remedio que confiar en que su propio abogado, Gaspard de Fieubert, amigo del rey y suyo, encontrase la manera de reconducir la situación.

El proceso acabó dirimiéndose en junio, cuando Athenaïs empezaba a disimular como podía su quinta preñez por gracia del rey Luís. Por regla general, se consideraba imposible que una esposa obtuviese del tribunal su separación sin cooperación por parte del marido, pero Montespan se había negado a cooperar. Fieubert tuvo que lanzarse a algo que no se había deseado en un principio: presentar entre los días 19 y 20 de junio una procesión de testigos que afirmasen el trato humillante y vejatorio que Montespan había deparado a su mujer. Montespan había sido un fiasco de marido y, de paso, había utilizado para sus vicios no solamente recursos económicos suyos, sino también los que pertenecían a Athenaïs en concepto de bienes dotales. Los jueces aceptaron que Montespan se había comportado con rudeza hacia su esposa, que no había observado unas reglas de conducta mínimamente decorosas y que había dilapidado dinero que no debería haber tocado. Fallaron a favor de la separación y condenaron a Montespan a devolver a Athenaïs nada menos que 60.000 libras, importe que, en teoría, él había dilapidado absurdamente en su día.


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 Asunto: Re: ATHENAÏS DE MONTESPAN
NotaPublicado: 12 Dic 2019 15:31 
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Athenaïs.


Era una sentencia sin precedentes –y por tanto, extraordinaria. Montespan y su abogado, Bierre, no daban crédito a lo que había acontecido en el tribunal. Afirmaban que Montespan carecía de dinero para afrontar aquel pago de 60.000 libras, pero antes de que se apagase el eco de sus voces, Athenaïs solicitó, y obtuvo, el embargo de los muebles, alfombras y tapices que decoraban los apartamentos de su ex marido, para poder sacarlos a la venta y empezar a recuperar su dinero. Era obvio que el siguiente paso consistiría en embargar los muebles y adornos del resto de propiedades de Montespan, incluyendo Bonnefort en la Gascuña, razón por la cual el ofendidísimo ex marido empezó a quejarse de que se le estaba causando un gravísimo quebranto no solamente a él, sino también a los dos hijos comúnes de la pareja.

En ese punto, Athenaïs se decidió a hacerse la magnánima señora. Se había salido con la suya en lo relativo a la separación legal y bien podía permitirse “abrir la mano”. El primer inventario de lo obtenido de los apartamentos de Montespan dejaba claro que Athenaïs únicamente había logrado 950 libras…aunque siguiese por ese camino de embargar aquí y allá, íba a recibir una ínfima parte de las 60.000 libras y resultaba cierto que perjudicaba las expectativas futuras de sus hijos mayores. Estaba dispuesta, declaró, a esperar a que Montespan estuviese en mucho mejor posición, cuando hubiese heredado a su propio padre (aún vivo), para cobrarse la factura. Montespan, que se había visto con el agua al cuello, se apresuró a aceptar la mano tendida. Un acuerdo de separación que recogía esos buenos términos se firmó el 23 de julio por parte de la Dama Françoise de Rochechouart, en Versailles, y Montespan lo rubricó con estusiasmo.

Aquello suponía un triunfo personal también para Luís XIV. 1674 había empezado como un año complicado, de nuevo marcado por un conflicto con España que era algo parecido al Guadiana, ahora aparezco, ahora desaparezco y luego vuelvo a aparecer. Recordad que cuando en 1667 Luís y Athenaïs se habían convertido en amantes en las proximidades de Avesnes, Luís estaba inmerso en una campaña bélica frente a los españoles con el pretexto de que no le habían pagado la dote de su prima y esposa María Teresa, así que pretendía al menos pillar buen cacho de territorio en Flandes. Aquella campaña había sido un éxito para Luís: al firmar la paz en 1668, se le había reconocido la posesión del Franco Condado. En 1774, Luís quería alcanzar los territorios aún españoles en Flandes, pero en su camino se interponía Holanda, tradicionalmente asistida por Inglaterra. Con falta de escrúpulos, Luís había manipulado en los años anteriores a su cuñada Minette para que ésta, a su vez, manipulase al hermano que tanto la quería, el rey de Inglaterra, a fín de que franceses e ingleses se coaligasen. Los holandeses se quedaron helados cuando los ingleses, nuevos amigos de los franceses, atacaron un convoy holandés desde la isla de Wight en marzo de 1672. En 1674, los franceses avanzaban y parecían imparables: habían entrado en los Países Bajos conquistando ciudadelas fortificadas de alto valor estratégico como Weinberg, Wesel, Burick...A Guillermo de Holanda, elegido stadtholder por los holandeses, no le llegaba la camisa al cuerpo y había tenido que mandar volar puentes sobre el Rhin mientras Luís con sus tropas ponía bajo asedio la mismísima Amsterdam.

Los franceses arrollaron y los holandeses se dispusieron a pagar un altísimo precio por sobrevivir como un ente político independiente, aunque fuese más reducido en tamaño. Ofrecieron diez millones de libras, una cifra verdaderamente astronómica, y un número importante de ciudades, entre las que figuraban la emblemática Maastricht y Brabante. Pero Luís tenía ya el apetito del conquistador desatado. Si ellos ofrecían diez millones de libras, él pedía 14 millones. En cuanto a ciudades, solicitaba también Nijmegen, Moers...etc. La jugada le había salido redonda, por lo que en ese verano de 1674 la separación legal de Athenaïs sirvió de perfecto colofón a su triunfo sobre los holandeses.


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 Asunto: Re: ATHENAÏS DE MONTESPAN
NotaPublicado: 12 Dic 2019 16:06 
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El actor George Blagden caracterizado como Luís XIV en la serie Versailles.


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La actriz Anna Brewster caracterizada como Athenaïs de Montespan en la serie Versailles.


En julio y agosto, Luís organizó un verdadero carrusel de fiestas de una opulencia extraordinaria en el ya de por sí tradicionalmente fastuoso entorno de Versalles, que en gran medida supuso la presentación pública de Athenaïs como nueva maîtresse oficial del rey en sustitución de la ya olvidada La Vallière. Aquello fue un monumental despliegue de banquetes, ballets, óperas y fuegos artificiales, sin escatimar en nada, para desespero del ministro Colbert, que vivía con la permanente angustia de que las arcas reales se vaciaban constantemente en Versalles. A Luís le daría igual, pero Colbert, encargado del asunto de renovar los fondos a un ritmo endiablado, aquello le costaba la salud y casi la existencia a diario.

Aquella fue, por así decirlo, la apoteósis de Montespan. Había triunfado, su ascendiente sobre el rey la había elevado a la mismísima cima del éxito cortesano. Sus tres hijos habían sido legitimados en 1673, aunque las letras patentes que los legitimaban no la mencionaban a ella en calidad de madre por haber estado aún en esas fechas casada con el marqués. Louis Auguste era flamante duque de Maine, un título bien hermoso que mostraba la gran preferencia de Luís XIV por aquel niño; su hermano Louis César era conde de Vexin y la hermana menor de ambos, Louise Françoise, apodada en familia Poupotte porque parecía una delicada muñeca, era ya Mademoiselle de Nantes. En 1674, el mayor, Louis Auguste, recibió nuevas prebendas, como el cargo de coronel general de dos regimientos tan afamados como los Suisses y los Grisons. Aprovechando la ocasión, su tía materna, Gabrielle de Thianges, quiso marcarse un detallazo con el niño que, de paso, halagaba la vanidad de Athenaïs y le regaló la fascinante Estancia de lo Sublime, una reproducción cuidada hasta el más nimio detalle de una lujosa habitación en la que aparecía el pequeño duque de Maine rodeado de los mayores ingenios de su época, a saber, Racine y Boileau, Bossuet y La Fontaine. En cierto modo, la gente en la corte pudo elevar la ceja y decirse que los y las Rochechouart de Mortemart eran siempre "así de pretenciosos".

Pero esa Madame Athenaïs que presidía en los salones con el rey, o en su lujosa mansión de Clagny que decoraba con absoluta esplendidez a costa de las arcas reales para desespero del pobre Colbert, tenía sus servidumbres. En noviembre de 1674, concretamente el día dieciocho, dió a luz una nueva hija, Louise Marie Anne, entregada rápidamente a Madame Scarron. La creciente prole de Athenaïs era un poco, como se suele decir, el secreto de Polichinela, un secreto que saltaba de lengua en lengua. Sin embargo, aunque ya estaba separada, la nueva niña no fue reconocida por letras patentes haste 1676, recibiendo el título de Mademoiselle de Tours (y a partir de ahí, sus padres la apodarían, afectuosamente, Toutou).

En mayo de 1677, Athenaïs tendría otra hija, Françoise Marie, cuyo reconocimiento no se produciría hasta 1681, fecha en la que se convertiría en la segunda Madame de Blois. Es de notar que entre el nacimiento de Mademoiselle de Tours y el nacimiento de la futura Mademoiselle de Blois, nuestra Athenaïs había recibido una triste noticia desde la lejana Gascuña: la mayor de sus hijas, Marie Christine, había fallecido en Bonnefort. Probablemente aquello causó poca impresión en Athenaïs que, como madre, era en general bastante desapegada (de hecho, con sus hijos bastardos se mostraba mucho más asiduo en visitas y atenciones el mismísimo rey Luís XIV). Louis Alexandre, el último hijo común de Luís XIV y Athenaïs, nacería en junio de 1678, y sería reconocido, e intitulado conde de Toulouse, conjuntamente con su hermana Françoise Marie en 1681.


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 Asunto: Re: ATHENAÏS DE MONTESPAN
NotaPublicado: 12 Dic 2019 21:12 
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Luis XIV, lo mismo que su abuelo Enrique IV, era bastante niñero


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