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 Asunto: SANDRA DE COBURG, PRINCESA HOHENLOHE-LANGENBURG
NotaPublicado: 26 Ene 2009 21:52 
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Para Naila...

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Alexandra Louise Olga Victoria de Saxe-Coburg-Gotha fue la primera de los hijos del príncipe Alfred con su consorte rusa María Alexandrovna en nacer en el ducado de Coburgo. Acaeció el 1 de septiembre de 1878, en el Schloss Rosenau...

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Schloss Rosenau, en Coburgo, una imagen de finales del siglo XIX.

...y, por supuesto, ese detalle resultó muy enternecedor para la abuela paterna de la niña, la formidable reina Victoria de Inglaterra. A fín de cuentas, Schloss Rosenau había sido en su momento el lugar de nacimiento y escenario de infancia de su amado esposo, Albert.


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NotaPublicado: 26 Ene 2009 22:34 
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Cuando llegó al mundo esta diminuta Alexandra a la cual rápidamente se aplicó el cariñoso diminutivo de Sandra...

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...el ducado de Coburgo estaba regido por su tío abuelo paterno, Ernest II. Por aquel entonces, se trataba de un hombre que avanzaba hacia la ancianidad, pues acababa de convertirse en sexagenario. Que su vida conyugal con Alexandrine de Baden, a la que llevaba unido la friolera de treinta y seis años, resultase apacible, incluso armónica, constituía casi por entero un mérito de la esposa. Alexandrine había sido, en su juventud, una princesa razonablemente bonita, incluso hermosa si se la comparaba con su con-cuñada Victoria de Inglaterra; también había sido delicada, suave, tolerante y paciente. Mientras Ernest, que había heredado la propensión a perderse detrás de cualquiera que llevase faldas de su padre, andaba por ahí de picos pardos, Alexandrine aguardaba, mansa y sumisa, su vuelta a casa. Por parte de ella jamás hubo reproches, nunca una escena violenta. En la lejana Inglaterra, Albert, el hermano menor de Ernest, exhortaba a éste a comportarse como un buen marido. También Victoria consideraba que su cuñado Ernest hubiera debido mostrarse más devoto y afectuoso hacia la "pobre Alexandrine".

Lo peor para la "pobre Alexandrine", en cualquier caso, no había resultado tener que lidiar con un marido jaranero e infiel. Seguramente, ella se hubiese considerado la más dichosa de las mujeres si hubiese podido tener un hijo o, siquiera, una hija. Pero mientras su con-cuñada Victoria se quejaba amargamente del "lado oscuro del matrimonio", que la puso en situación de vivir una "experiencia casi animal" en nueve ocasiones, Alexandrine hubo de resignarse a la esterilidad de su matrimonio con Ernest.

Así las cosas, al no tener Ernest y Alexandrine vástago alguno, la sucesión en Coburg pasaba a la descendencia masculina de Albert. Entre Ernest y Albert, el acuerdo había sido cosa fácil: el primogénito, Bertie, no podía recibir el legado de Coburgo porque se trataba del príncipe de Gales, heredero del trono de Inglaterra; así que, de inmediato, las expectativas sucesorias surgieron en torno al príncipe Alfred, Affie, segundo varón de la reina Victoria. No está nada claro que a Affie le hiciese particular ilusión la idea de suceder en Coburg al tío Ernest. En su adolescencia, había emprendido, con franco entusiasmo, una carrera en la Marina Real; poco a poco, había ído progresando de forma más que notable, en gran medida porque, a su rango principesco, se sumaba el hecho de que tenía todas las cualidades inherentes a un excelente oficial de la Navy. Seguramente, Affie, que ostentaba en Inglaterra el título de duque de Edimburgo, se hubiese considerado plenamente realizado compatibilizando sus largos períodos embarcado o en cualquiera de las bases navales que certificaban el dominio británico de los mares con periódicas estancias en su magnífica residencia londinense o en su mansión campestre del condado de Kent.

Pero, evidentemente, Affie era hijo de Albert. Así que no podía de ninguna de las maneras hacerle un corte de mangas al ducado de Coburg o a su tío Ernest II. Además, la esposa rusa de Affie, María Alexandrovna, que detestaba todo lo inglés, desde el pastel de riñones al clima, estaba deseando establecerse en Coburgo. El simple pensamiento de que en un futuro vivirían en Coburgo, en calidad de herederos del ducado e incluso de duques soberanos, compensaba a María Alexandrovna de tener que aguantar mucha quina, como las reiteradas ausencias prolongadas de un esposo marino.


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NotaPublicado: 26 Ene 2009 22:38 
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Éste cuadro perteneciente a la Royal Collection es una joya que le debemos a Sabba. Se plantó y le dijo a Lilibeth: "préstamelo, que me lo llevo, lo copio y te lo devuelvo intacto". Bueno, metafóricamente, claro, jajaja.

Muestra a Alfred y María, los padres de nuestra protagonista, con sus dos hijos mayores, Affie Jr y Marie, apodada Missy.

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NotaPublicado: 26 Ene 2009 22:54 
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Affie Jr, el mayor, había nacido en octubre de 1874, dentro de los muros de Buckingham Palace. Missy había aparecido en escena en Eastwell Park, en Kent, en octubre de 1875.

Todavía había una tercera criatura, Victoria Melita, llamada Ducky. Era la más exótica, pues había nacido en el palacio de San Antonio, cerca de Attard, en la isla mediterránea de Malta. Sucedió que en aquella época -noviembre de 1876- el príncipe Alfred se encontraba al mando de uno de los buques fondeados en Malta; su esposa María no había dudado en reunirse con él, llevando consigo a Affie y Missy, con la que sería Ducky plácidamente alojada en su útero.

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Affie Jr.

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Missy.

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Ducky.


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NotaPublicado: 26 Ene 2009 22:55 
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La aparición de Sandra completaba, de momento, la nursery. Hizo posible esta bonita imagen de los niños Edimburgo:

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NotaPublicado: 26 Ene 2009 23:22 
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Los primeros años de Sandra, que es aquí la que centra nuestra atención, estuvieron marcados por la carrera de su padre. Después del nacimiento de Sandra en Coburg, los Edimburgo regresaron a Inglaterra, dónde el príncipe Alfred se incorporaría a la denominada flota del Canal, la cual comandaría de 1883 a 1884. En ese período, María Alexandrovna trataba de pasar el menor tiempo posible en Clarence House, su residencia londinense, para, a cambio, asentarse en Eastwell Park, en Kent, con sus hijos.

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Eastwell Park.

La casi constante ausencia del padre redoblaba la significación de la madre en la crianza y educación de los hijos. Y María Alexandrovna se caracterizaba de manera especial por dos hechos: su rotundo orgullo de casta, que debía transmitir a sus retoños costase lo que costase, así como su profundo desagrado hacia cuanto fuese inglés. A ella, medio rusa y medio alemana, le venía de perlas considerar que estaban a su cargo unos niños cuyo padre acabaría convirtiéndose, más prono o más tarde, en soberano de un ducado germánico. Eso le permitió designar un preceptor alemán para su Affie Jr -el doctor Rolfs- y una institutriz alemana para las niñas -fraulein von Truchsees-. Rolfs y von Truchsees, que acabarían contrayendo matrimonio, explotaban hábilmente los sentimientos antibritánicos de su señora, quien depositó en ellos plena confianza.

En la familia real británica, no caía demasiado simpática María. La reina Victoria siempre había manifestado una notable aversión hacia la idea de una eventual alianza por matrimonio con los Romanov; se había mostrado completamente reacia, por no decir abiertamente hostil, al noviazgo de su hijo Alfred con María, la única fémina entre la numerosa prole del zar Alexander II con la zarina María Alexandrovna, por nacimiento princesa de Hesse. Pero Alfred se había casado con María incluso a pesar de los reparos de Victoria. A fín de cuentas, María no le disgustaba, pero, a mayores, se trataba de una gran duquesa imperial con una dote de cien mil libras esterlinas (una auténtica fortuna para la época) y una asignación anual de veintiocho mil libras esterlinas. Eso sí: ni siquiera considerando la fabulosa riqueza que aquella rusa aportaría a su segundo hijo aceptó Victoria la petición de su inminente consuegro el zar Alexander II de que María tuviese precedencia en la corte inglesa sobre todas las damas a excepción de la propia soberana. Victoria dejó meridianamente claro que no sólo ella misma, sino también la esposa del príncipe de Gales, la danesa Alexandra, estaría por delante de María en términos de protocolo.

María misma no había pasado por alto el "desaire" de Victoria, para quien ella, por muy Alteza Imperial que hubiese nacido, pasaba a ser, en territorio insular, sencillamente Su Alteza Real la duquesa de Edimburgo. La sociedad inglesa, por supuesto, asumió la postura de Victoria. Aunque en principio recibieron a María con agrado y curiosidad, no la pusieron, en ningún momento, por delante de la princesa de Gales. Y María se consideró ofendida, muy ofendida. A partir de ahí, no dejó títere con cabeza: si no se quejaba de la espesa niebla que emanaba del Támesis, se lamentaba del espantoso budin con grumos de tapioca que se servía incluso en las cenas de la realeza; no entendía el gusto de los ingleses por los trajes de tweed, por la caza de faisanes en los páramos ni por el críquet. Estaba dispuesta a mantenerse enteramente rusa...y alemana, algo que no le costaba trabajo teniendo en cuenta que su madre era una princesa hessiana.

De las hijas de María, curiosamente sería Sandra la más "alemana". Esto, de por sí, no puede atribuírse simplemente al hecho de que hubiese nacido en Schloss Rosenau. Pero Missy tendía a sacar un ramalazo perfectamente británico, en tanto que Ducky, con su carácter reconcentrado e intenso, exhibía a menudo una personalidad muy rusa.


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NotaPublicado: 26 Ene 2009 23:54 
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Affie, en tartán escocés, tras sus hermanas: Ducky, Sandra y Missy. Sandra, situada entre Ducky y Missy, parece enfurruñada.

¿Eran felices aquellos niños?.
Probablemente, lo hubiesen sido más sin recibir tanta presión para que cumpliesen las elevadas expectativas de su madre. Pero quizá habría que entender a María: ella no olvidaba nunca, ni permitía que nadie a su alrededor olvidase nunca, que pertenecía a la estirpe de los Romanov. Había crecido como la hija adorada de su padre y de su madre, referencia afectiva ineludible para todos sus hermanos varones. Eso sí: aunque se la había rodeado de cuidados y atenciones, no se había descuidado en ningún momento su formación principesca. A su nanny inglesa (curiosa paradoja, sí...) Kitty Strutton, se había unido desde el principio la gobernanta que jamás la abandonaría hasta que se casó: la condesa Alexandra Tolstoy. Y Alexandra Tolstoy era una dama firme y resuelta: no se andaba con melindres, no se permitía muchas indulgencias, imponía pautas y requería disciplina en su pupila. María había asimilado aquellos conceptos de forma natural. De hecho, sentía un profundo amor hacia la condesa Tolstoy que jamás se diluiría.

Lamentablemente, ni el doctor Rolfs ni fraulein von Truchsees estaban a la altura de una Alexandra Tolstoy. Pero María valoraba en exceso a aquella pareja, que llegó a dominar por entero la situación. Los niños se resentían, pero sólo Ducky llegaría a plantarles cara en más de una ocasión durante las ausencias de la duquesa María.

Ducky llamaba la atención -aunque ella misma, por su acendrada timidez, deplorase ese hecho-. Físicamente, era la más alta y de aspecto más vigoroso; había sacado un fuerte parecido a su padre, con sus cabellos oscuros y unos ojos de un color violeta. Criatura profundamente reflexiva, nada le importaba tanto como mostrarse coherente con sus pensamientos y sentimientos. Ducky era incapaz de sobrellevar medias verdades, de resistir hipocresías o de resignarse a cualquier componenda que salvase las apariencias. Ya en su infancia, exhibía un peligroso grado de franqueza consigo misma y con quienes la rodeaban. No callaba para evitarse situaciones incómodas o embarazosas. Se mantenía imperturbable en sus convicciones.

Missy admiraba sinceramente a su hermana Ducky. En realidad, Missy le llevaba un año a Ducky, pero, por lo general, parecía que era Ducky quien le llevaba por lo bajo un año a Missy. Missy manifestaba una personalidad risueña, animosa y conformista. Prefería sonreír y exhibir sus lindos hoyuelos antes que batirse el cobre de la manera en que lo hacía Ducky. Pero la disparidad entre ambas las hacía perfectamente complementarias. El vínculo sentimental que las unía incrementaba su solidez y su fuerza a medida que crecían.

En esa tesitura, Sandra tuvo que sentirse a menudo bastante excluída. No se trataba, desde luego, de que Missy y Ducky no la quisieran; no la dejaban olvidada en un rincón cuando jugaban o cuando salían a pasear en sus poneys por el parque de Eastwell. Pero por mucho que Sandra compartiese cada hora del día con sus hermanas mayores, percibía que el grado de complicidad entre Missy y Ducky la situaba a ella en un segundo plano en el afecto de éstas. Missy tenía a Ducky, Ducky tenía a Missy; las dos veían en Sandra una "segunda opción".


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NotaPublicado: 27 Ene 2009 00:01 
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A Sandra ni siquiera le quedaría el privilegio de ser la pequeña. Un año después de su nacimiento, María Alexandrovna daría a luz un varón que ni siquiera llegó a recibir un bautismo de emergencia porque murió al instante. En esa ocasión, nuestra protagonista mantuvo su posición de benjamina. Pero en el verano de 1883, la duquesa de Edimburgo se embarazó por sexta vez. Y el sexto parto, que discurrió con normalidad, produjo una cuarta niña: Beatrice, apodada Bee.


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NotaPublicado: 27 Ene 2009 11:46 
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Un millon de gracias. Un besote enorme y un abrazo mayor.
Gracias es un personaje que creo que siempre ha estado muy escondido por el brillo de sus hermanas.
Muackisssssssssssssssssssssssssssss :D :D :D


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NotaPublicado: 27 Ene 2009 18:24 
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Me alegro de que te guste, Naila. Aunque he de aclarar que necesitaré todas las contribuciones que sean posibles para proyectar cierta luz sobre Sandra, la menos conocida de las chicas Edimburgo. Pienso que Sandra tuvo una trayectoria muy convencional...y que realmente hubiera pasado completamente desapercibida, en términos históricos, de no ser por el hecho de que acabó convirtiéndose, junto a su esposo e hijos, en una de los miembros de la realeza que apoyaron decididamente al partido nazi de Adolf Hitler. Eso todavía la hace aparecer en cualquier relatorio específico de las vinculaciones de la realeza con el nazismo...


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NotaPublicado: 27 Ene 2009 18:56 
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Pero...para no avanzar en exceso la historia...

El nacimiento de Bee terminó por eclipsar a Sandra. Delante de ella, tenía a ese formidable tándem formado por Missy y Ducky. Detrás de ella, a la muñequita de la casa, Bee.

Esa situación se fue haciendo más y más evidente con el paso del tiempo. En 1886, al príncipe Alfred se le encomendó el mando de la denominada flota del Mediterráneo, que tenía su base en la isla de Malta. Alfred guardaba un hermoso recuerdo de Malta, dónde ya había permanecido durante un breve período en el año 1876, época en la cual le había acompañado su mujer con sus dos hijos mayores y en la que había nacido la tercera hija. María Alexandrovna tampoco tenía nada que oponer a la idea de regresar a Malta para establecerse allí durante una larga temporada: siempre estaba deseosa de abandonar Inglaterra. De modo que Alfred y María se dirigieron a La Valletta con sus hijos.

Los que tuvieron plena conciencia de aquel cambio fueron los mayores. Bee, la chiquitina, contaba menos de dos añitos cuando se mudaron a la soleada isla mediterránea. Les tocaría dejarla atrás en 1889, es decir, teniendo Bee cinco años de edad. Por lo tanto, en su caso, aquello no tuvo una especial trascendencia.

Pero Missy, Ducky e incluso Sandra eran harina de otro costal. Missy llegó a Malta con once años y la abandonaría con catorce años. Ducky llegó a Malta -el país en el que había nacido...- con diez años y la abandonaría con trece años. En cuanto a nuestra Sandra, tenía ocho años al llegar a Malta...y once al salir de Malta.

A esas edades, las que se correspondían con Missy, Ducky y Sandra, se percibe ya claramente el impacto de cualquier cambio de escenario. Las chicas se encontraron en una atmósfera menos estricta y exigente de la que las había rodeado en Inglaterra. Ciertamente, seguían cumpliendo con un exhaustivo programa formativo, algo que no había forma de eludir. Pero disponían también de mucho tiempo libre. Enseguida tomaron aprecio a los hermosos caballos de raza árabe de los que disponían, con los que daban amplios paseos por unos entornos naturales que no se parecían en absoluto a los que les había ofrecido el condado de Kent. Bajaban a menudo a la rada del puerto, para observar la flota comandada por su padre, pero también para participar en rutas costeras a bordo del yate privado del príncipe. Missy, una preadolescente, vivió su primer enamoramiento, puramente platónico: el elegido resultó ser Maurice Bourke, capitán del yate de Alfred.

Maurice Bourke no representó el único personaje masculino destacado en esa época maltesa para Missy. Se daba la circunstancia de que el menor de los dos hijos varones de los príncipes de Gales, el príncipe George, destinado a convertirse con el tiempo en duque de York, había emprendido, siguiendo los pasos de su tío paterno Alfred en una generación anterior, una carrera en la Navy. El joven George, que había descubierto su vocación a raíz de una larguísima singladura compartida con su hermano Eddie duque de Clarence en el buque HMS Bacchante, se encontró, a continuación, colocado bajo la tutela efectiva del tío Alfred, estacionado en Malta. Lo más natural del mundo era encontrarse a George, cuando estaba fuera de servicio, en la residencia de los Edimburgo, con su tío Alfred, su tía María y los hijos de éstos. Quizá de forma inevitable George se fijó de manera especialmente intensa en la prima Missy: aunque ella era todavía una chiquilla, se percibía ya la belleza rubia, el considerable encanto, la alegría de vivir que la caracterizaban. Por contraste con Missy, Ducky resultaba muy "oscura", en tanto que Sandra pasaba desapercibida.

Se sabe que Ducky experimentó pelusilla a propósito de la inicial infatuación de Missy con Maurice Bourke, pero que, después, hubo un fuerte ramalazo de celos ante la progresiva amistad de Missy con el primo George de Gales. En cuanto a Sandra, para ella siempre había sido más duro encajar la clara preferencia recíproca entre Missy y Ducky que el que Missy, la mayor, empezase a dar signos de una naturaleza graciosa y coqueta con los mozos gallardos que las rodeaban.


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NotaPublicado: 27 Ene 2009 19:39 
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Missy, Ducky, Sandra y Bee retratadas en 1888, en la isla de Malta.

La madre de las muchachas, María Alexandrovna, observaba con vista aguda y penetrante la evolución de éstas. María rara vez permitía que sus sentimientos maternales interfiriesen a la hora de repasar el catálogo de puntos fuertes y puntos débiles de cada una de ellas. El elevado sentido crítico de la duquesa, que se transmitía en punzantes observaciones y comentarios, ejercía su efecto en las hijas.

Hay que decir que María pronto manifestó cierta preferencia hacia Ducky y Bee. Ducky imponía respeto por su notable inteligencia y su capacidad analítica; no se conformaba con quedarse en la superficie de las cosas, sino que su propia naturaleza la llevaba a sumergirse de lleno en las honduras. Esto enorgullecía a María Alexandrovna, pero también le inspiraba no poca preocupación. De hecho, le preocupaba aún más que la notoria timidez de Ducky, una timidez que hubiera podido suponer un hándicap para participar en la vida social de las cortes europeas: María en persona se había ocupado de que la chica practicase cada tarde, día tras día, el cercle, hablando con personas "invisibles" que ocupaban las sillas distribuídas en grupos dentro de un amplio salón del palacio de San Antonio. En ese aspecto, María Alexandrovna había podido forzar a Ducky a superar las limitaciones derivadas de la timidez. En cambio, María Alexandrovna, ella misma con una excelente cabeza encima de los hombros y sorprendentemente ilustrada, no podía restarle a Ducky ni un ápice de inteligencia ni de gusto por aprender. Y el caso es que le asustaba que su hija fuese demasiado lista.

En cuanto a Bee, era la pequeña mimada y adorada. Incluso el duque Alfred, que se las daba de "viejo lobo de mar", se entontecía con Bee, que manifestaba un gran interés por todo lo manual y artístico. Ninguna tenía el talento de Bee para hacer crochet, para bordar, para pintar acuarelas o aguafuertes y para la música. Llegaría a ser, con los años, una apasionada wagneriana -para enorme satisfacción de la duquesa María-.

Aparte Ducky y Bee, la duquesa valoraba con frialdad el potencial de Missy y Sandra. Missy gozaba de las ventajas que proporciona la hermosura y un atractivo particular, quizá derivado de su temperamento sensitivo, soñador y fantasioso. Había en ella esa clase de brillo que podía llevarla a un excelente matrimonio. Lo único que se hacía necesario era "guiarla" o "encauzarla" en la dirección correcta, pero de eso, sin duda, se encargaría María Alexandrovna.

¿Y Sandra, nuestra Sandra? A decir verdad, María Alexandrovna nunca se formó una opinión favorable de Sandra. Poseía un aspecto pulcro y agradable, pero no presagiaba la belleza de sus hermanas (incluso a Ducky se la consideraba una belleza exótica sobre todo a causa de sus ojos como violetas combinados con el cabello oscuro). En otro sentido, Sandra también resultaba "desalentadora": mostraba dificultades de aprendizaje, porque no aprehendía los conceptos nuevos fácilmente ni demostraba una buena memoria; cada lección, cada materia, le suponía un esfuerzo mucho mayor que a Missy y Ducky o que, posteriormente, a Bee. Los preceptores que atendían a las chicas (el doctor Beck, que les impartía Literatura; el profesor Riedma, que les ilustraba en Geografía e Historia; el profesor Newman con su Aritmética o el doctor Hein con las Ciencias Naturales, haciendo particular hincapié en la Botánica...) subrayaban, invariablemente, que Sandra necesitaba un extra de dedicación. No se trataba de informes que pudiesen agradar a una María Alexandrovna.

Y a eso había que añadir un tercer factor. Sandra, la menos guapa, la menos intelectual, era, por añadidura, la que padecía fortísimas migrañas. Los dolores de cabeza, cuando la asolaban, le hacían perder el control de sus nervios. Se volvía "intempestiva", por decirlo suavemente. Podía ser demasiado brusca en sus maneras. En la infancia, parecía una cuestión de falta de autodominio o de disciplina personal: los ramalazos de Sandra transmitían la impresión de que la niña cedía a los berrinches para llamar la atención o para sacar ventaja. Y esto, obviamente, se le antojaba a María una forma de retarla, de poner a prueba su autoridad y su firmeza. Poco a poco, se fue determinando que Sandra tenía "aquellos momentos". Se trataba de "episodios" que había que manejar con cuidadosa discreción.


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