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 Asunto: ANA BOLENA
NotaPublicado: 05 Nov 2018 12:24 
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Mi propia fascinación hacia Ana Bolena es “relativamente” reciente. Mi visión del personaje era absolutamente estereotípica y debo decir que bastante negativa hasta que, años atrás, descubrí la magnífica biografía coral sobre las seis esposas de Enrique VIII obra de Antonia Fraser. El mérito de lady Antonia es que su forma de reflejar a cada una de aquellas mujeres me llevó a sentir empatía hacia todas. Esa empatía se hizo particularmente acentuada en el caso de la que, hasta entonces, más había desdeñado: Ana Bolena.

En los últimos tiempos, la producción de obras en torno a Ana Bolena, y muy específicamente en torno a su caída en desgracia, tan fulminante y tan escandalosamente trágica, ha sido notable. Mencionaría, como campanazo, “The Rise and Fall of Anne Boleyn” de Retha M. Warnicke…aunque, en mi caso, me impresionó doblemente “Lady in the Tower: the Fall of Anne Boleyn”, de Alison Weir. Quizá, aparte del valor intrínseco del relato en sí, ocurre que estaba muy favorablemente predispuesta hacia Weir por lo mucho que había disfrutado en su momento leyendo su amplio estudio centrado en “Enrique VIII: el Rey y la Corte”.

Si nos movemos hacia un plano no biográfico, sino literario, pero en este caso con un sustrato histórico muy cuidado, tendría que mencionar, sí o sí, la fabulosa “Una reina en el cadalso” de Hilary Mantel.

Las mencionadas no son, ni mucho menos, las únicas autoras que inspiran mi propia visión de Ana Bolena. Pero este post no aspira a constituír una amplia bibliografía, que estamos en algo tan pero tan ligero como un simple foro de enamorados de la Historia. Y por otro lado, innegablemente, son las que siento como referencias ineludibles así como mis grandes recomendaciones para cualquiera interesado en ese período y ese elenco de personajes.

Otro aspecto interesante que me gustaría comentar a modo introductorio es que Ana ha sido representada innumerables veces en la pantalla grande o pequeña. Merle Oberon la encarnó en “La vida privada de Enrique VIII”, allá por el año 1933, y Geneviève Bujold en “Ana de los Mil Días”, del año 1969. Corriendo 1972, Dorothy Tutin le ofreció su aspecto y su capacidad interpretativa en “Las seis esposas de Enrique VIII”, serie casi mítica. Hubo que esperar, esos sí, a 2007 para que Ana resurgiese con la imagen de Natalie Dormer en la afamada “Los Tudor”. En 2008, otra Natalie, ahora apellidada Portman, fue Ana en “La Otra Chica Bolena”, dónde el protagonismo recaía en María Bolena. Por último, Claire Foy se metió en el papel de Ana en la serie “Wolf Hall”, de 2015, que bebe directamente de la trilogía de Hilary Mantel. Y esto es un resumen, solamente un resumen. Porque otras actrices han sido Ana: de Joan Sutherland a Charlotte Rampling, pasando por Vanessa Redgrave, Helena Bonham Carter o Jodhi May.

Esto quiere decir que cada uno, al leer sobre Ana, tenemos tendencia a representarla en nuestra mente con el rostro de alguna de estas actrices, y, habitualmente, con el rostro de alguna de las más recientes: Natalie Dormer, Natalie Portman o Claire Foy. A lo largo del tema, para hacerlo ilustrado, se incluirán, aparte de los retratos habituales y cuadros conocidos, imágenes de dichas actrices reconstruyendo para nosotros la fisonomía, el estilo y el carácter atribuídos en cada caso a Ana Bolena.

Y sin más introducción…

Ana Bolena, a quien espero que concedáis, como mínimo, el beneficio de la sincera curiosidad.


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 Asunto: Re: ANA BOLENA
NotaPublicado: 05 Nov 2018 12:29 
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Cuando se trata de datar el nacimiento de Ana Bolena, se han manejado hipótesis diversas que permitieron a algunos autores señalar a 1499 y a otros llegar a señalar a 1512, lo que representa un arco temporal de nada menos que trece años. En época reciente, la historiografía ha acotado, tras un estudio minucioso de fuentes disponibles, ese período. Ana llegó al mundo quizá en 1501, quizá en 1507; a lo sumo, podríamos colegir que lo hizo entre 1501 y 1507. Nadie se ocupó de dejar un registro para la posteriodad: no existían todavía, en etapa tan temprana, los archivos parroquiales y, en otro orden de cosas, jamás algún coetáneo cercano a ella hubiese imaginado que esa niña, una retoña de buena familia, con ciertas conexiones interesantes y quizá una dote aceptable, mereciese especial interés. Porque, siendo claros, lo plausible, lo probable, era que Ana, de sobrevivir a las altas tasas de mortalidad infantil, se convirtiese, en su juventud, en una moza bien colocada en alguna mansión distinguida, incluso en la corte, e hiciese un casamiento conveniente, pero en absoluto brillante.

Al igual que ignoramos cuándo nació, ignoramos dónde nació. Tal vez su madre, Elizabeth Howard, la diese a luz en Blicking Hall...

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...una mansión ubicada en el pueblo de Blicking, cerca Aylsham, en Norfolk. Desde luego, si Ana fue puesta en el mundo antes de 1505, Blicking Hall tiene casi todas las papeletas e incluso después de ese año no podría descartarse como lugar. De hecho, junto a un retrato de Ana exhibido en Blicking Hall, figura una inscripción en latin señalando que ella nació allí en 1507.

Si Ana fue puesta en el mundo después de 1705, no obstante, ganaría puntos la candidatura del castillo de Hever, en Hever, cerca de Edenbridge, Kent.

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Hever, a una distancia de unas treinta millas al sur de Londres, puede presumir, y de hecho presume, de haber albergado quizá el nacimiento, pero con seguridad la infancia, de Ana Bolena. Hever, por cierto, había sido adquirido para los Bolena en tiempo reciente, concretamente por sir Geoffrey Bolena, un rico mercader, abuelo paterno de nuestra Ana.

A la hora de reconstruír, siquiera someramente, la niñez de Ana Bolena a uno no le queda más remedio que centrar el interés en sus padres, Tomas Bolena y Elizabeth Howard. Conocerles a ambos permite suponer la clase de crianza y educación temprana proporcionados a los hijos que no se les malograron, que, en este caso, fueron únicamente tres: María, Jorge y Ana. Hubo otros dos varones, Tomás y Enrique, muertos en corta edad, de los que Ana, dependiendo de cuál haya sido en verdad su fecha de nacimiento, podría haber guardado algún recuerdo vago, difuso…o ninguno en absoluto. Desde un punto de vista de Tomas y Elizabeth quizá representó una suerte quedarse solamente con tres hijos para los que proveer, porque, aunque disponían de cierta posición social, derivada en gran medida de la ya casi legendaria habilidad de los Bolena para trepar y de las conexiones que aportaba en su mayor parte Elizabeth, una hija del segundo duque de Norfolk…no era el suyo, por entonces, un patrimonio considerable. Criar vástagos de modo acorde a un rango y en particular a unas aspiraciones elevadas nunca ha salido barato y aquella pareja debió considerar que tres representaba un número perfecto.

Antonia Fraser define, de forma breve y certera, a Tomás Bolena, en lo que se refiere a sus orígenes y a su propia forma de situarse en el panorama de la época. Tomás había tenido por progenitores a Sir William Bolena, muerto en 1505, y a su esposa lady Margaret Butler, natural de Kilkenny, en Irlanda, la cual sobrevivió a su marido por no menos de treinta y cuatro años. De Sir William Bolena, hijo del rico comerciante y Lord Mayor de Londres Sir Geoffrey Bolena, sabemos que consolidó una posición respetable durante los reinados de Ricardo III y Enrique VII, este último el primero de los Tudor, y que llegó a ocupar el cargo de Alto Sherif para Kent, primero, y para Kent y Suffolk a continuación y hasta su muerte. Sir William había aprendido las lecciones de su padre Sir Geoffrey acerca de contraer casamiento ventajoso y sostenerse o elevarse pero nunca rebajarse. La boda con Margaret Butler, por ejemplo, se podría considerar un buen punto, ya que ella, junto a su hermana Ana, casada con sir James de Saint Leger, se proclamaban co-herederas del padre, conde de Ormond. Aquello produjo un litigio familiar perdurable en el tiempo, ya que un primo de Margaret y Anne, Piers Butler, fue quien se hizo con el control del condado de Ormond y aseguraba poseer mejor derecho que las hijas de su antecesor en virtud de su condición de varón.

Sir William y la irlandesa Margaret fueron prolíficos: nada menos que seis hijos y cuatro hijas se arracimaban en torno a ellos. Junto a nuestro Tomas, futuro padre de nuestra Ana, se criaron sus hermanos y hermanas, por sus nombres: Anne, John, Anthony, Jane, Alice, Margaret, William, James y Edward. Hubo que consumir recursos, y no pocos, para asegurarle un porvenir a la altura de la ya destacada ambición de los Bolena. La mayor de las hijas, Ana, así llamada por la tía irlandesa Anne Butler, lady Saint Leger, hizo, por ejemplo, una boda muy apropiada en 1503 con sir John Shelton, que sucedería a su suegro sir William Bolena como Alto Sherif para Kent y Suffolk a raíz de la muerte de éste en 1504.

Tomas, nuestro Tomas, disponía de algunas cualidades que su padre supo advertir. Era un hombre de mente aguda, ingenioso, con capacidad para dar siempre respuestas adecuadas y una facilidad sorprendente para aprender lenguas extranjeras. Esto le hacía valioso de cara a situarse como uno de aquellos “hombres nuevos” que requería la reciente dinastía Tudor de cara a consolidar, mediante la diplomacia, un poder adquirido por la fuerza de las armas, cerrando el largo ciclo de la Guerra de las Rosas.

Tomas se había casado, además, como convenía en alguien con semejantes proyectos. Su mujer, Elizabeth Howard, representaba, en lo concerniente a su pedigree, un puntazo para esos Bolena tan inclinados a calcular cada elección de esposa. Porque, al fín y al cabo, Elizabeth Howard era hija de Thomas Howard, segundo duque de Norfolk, servidor destacado de los reyes Edward IV, Richard III y Enrique VII, y de Elizabeth Tilney, la hija del notable Frederick Tilney y de Elizabeth Cheney. Elizabeth Tilney, que se había casado con Norfolk ya viuda de John Bourchier, había sido dama destacada en el entorno de la reina Elizabeth Woodville, la bellísima y controvertida esposa de Edward IV, madre de los desdichados Príncipes de la Torre pero también de Elizabeth de York, la princesa Bess, esposa de Enrique VII. Elizabeth Tilney duquesa de Norfolk fue honrada, incluso, con el nombramiento como madrina de una de las hijas de Enrique VII y Bess, la princesa Margaret Tudor, posteriormente reina de Escocia (celebrada su boda en 1503 había sido precisamente Norfolk encargado de conducirla hasta Edimburgo).

Las conexiones de Norfolk y Tilney eran ciertamente apabullantes, teniendo Elizabeth Tilney tres hijos Bourchier bien situados en la corte aparte de sus diez retoños Howard. Y estaba ahí también la cuestión de la sangre real: el abuelo John Howard de Elizabeth Howard, el primer duque de Norfolk, había podido alardear de descender de reyes de Inglaterra por lado paterno y por lado materno. El padre del John Howard primer duque de Norfolk, descendía de Richard conde de Cornwall, a su vez hijo del rey Juan y de Isabella de Angulema. Richard de Cornwall se había ocupado de su hijo ilegítimo Richard y una hija de éste, conocida como Joan de Cornwall, era antepasada directa de John Howard. Del lado de su madre, más significativamente aún, John descendía del primer conde de Norfolk, doblemente descendiente del rey Eduardo I de Inglaterra y la segunda esposa de éste, la princesa Margarita de Francia.
Los Howard, obviamente, tenían árbol genealógico de los buenos y bonitos en un tiempo en el que, como ha señalado acertadamente Fraser, llevar en las venas unas gotas de sangre real siempre sumaba méritos. En un aspecto más práctico, al ser Tomas segundo duque de Norfolk uno de los máximos responsables de la diplomacia Tudor bajo el reinado de Enrique VII, pudo acoger y promover a su yerno Bolena, que tan estupendas cualidades poseía.


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 Asunto: Re: ANA BOLENA
NotaPublicado: 05 Nov 2018 12:32 
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La inteligencia y la habilidad para el cálculo (¿legado de sus ancestros mercaderes?) de Tomas hicieron el resto. Le permitieron destacar y le hicieron medrar. Bolena empezó formando parte del séquito de Margaret Tudor camino a Escocia, esa Margaret ahijada de la suegra de él a quien conducía hacia su destino el suegro Norfolk. Poco a poco adquirió la experiencia y supo hacerse apreciar por Enrique VIII, el hijo heredero de Enrique VII, que le nombró caballero de la Orden del Baño (todo un honor) con motivo de su ascensión al trono en 1509. Con posterioridad, Tomas se distinguiría en varias misiones en la Europa Continental, siendo la más famosa su estadía como embajador en la corte de la muy notable archiduquesa Margarita de Austria en los Países Bajos.

Margarita, una mujer de extraordinaria brillantez, mostró simpatía a aquel Tomas Bolena capaz de conversar con ella en francés elocuente o en fluído latín, algo nada corriente en un emisario inglés. El aprecio justifica que la regente Margarita aceptase recibir en su palacio de Mechelen y en el círculo de sus damas de honor a una chiquilla inglesa, la hija menor de Tomas Bolena: Ana Bolena.

Ana debía haber superado en poco los diez años cuando se la envió a Mechelen, a que completase su educación y adquiriese maneras cortesanas, una suave pátina de refinamiento y sofisticación, bajo el ala protectora de la brillante Margarita, quien solía denominarla, en tono afectuoso, “la petite Boulin”. Parece obvio que, fuese cual hubiese sido la formación recibida por Ana en Inglaterra, todo se centró en hacerla una muy plausible dama de honor entre damas de la mejor calidad. Junto a sus hermanos María y Jorge, debió estudiar lectura, escritura, gramática, historia, aritmética y etiqueta, así como ser cuidadosamente instruída en danza y labores de aguja, equitación y cetrería. Pero algo sugiere que destacaba más que su hermana María: quizá fuese más aplicada y más voluntariosa que la mayor, lo que explicaría que Tomas, viéndose por un golpe de suerte capaz de obtener de la archiduquesa Margarita patrocinio para una chica Bolena, apostase por Ana en vez de por María.


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 Asunto: Re: ANA BOLENA
NotaPublicado: 05 Nov 2018 12:36 
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Minnie, qué buena idea tratar sobre Ana Bolena. Y gracias por volver a las biografías. :cheerleader: :cheerleader:


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 Asunto: Re: ANA BOLENA
NotaPublicado: 05 Nov 2018 12:54 
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 Asunto: Re: ANA BOLENA
NotaPublicado: 05 Nov 2018 12:59 
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En 1514, una hermosa y emocionalmente intensa princesa Tudor, Mary, hubo de abandonar el reino para casarse en tierra lejana. Si a su hermana Margaret en 1503 le había tocado poner rumbo a Escocia, a Mary en cambio se la enviaba, rodeada de lujo y oropeles, a Francia, dónde la aguardaba un enlace nada deseado por su parte con el rey Luís XII de Francia. Mary, a los dieciocho años, tenía cero ganas de verse unida a aquel monarca de cincuenta y dos, porque, preciosa como era, se había enamorado del gran amigo de su hermano Enrique VIII, el llamativo Charles Brandon; pero por mucho que llorase, sola o en brazos de su gobernanta Joan Vaux, llamada Mother Guildford, y por mucho que sus lágrimas afligiesen de verdad a Enrique, el ser princesa de una dinastía tan reciente le obligaba a sacrificarse en aras de la conveniencia de los Tudor.

Entre las damas escogidas para acompañar a Mary Tudor en su viaje a Francia figuraba María Bolena, la mayor de las hijas de Tomas y Elizabeth. A mayores, Tomas había arreglado las cosas para que su hija menor Ana, tras esos años transcurridos en los Países Bajos, se dirigiese a la corte francesa a unirse, ella también, al servicio de la princesa Mary. Las hermanas Bolena íban, por lo tanto, a estar juntas de nuevo.

El reinado francés de Mary Tudor, no obstante, fue de gran brevedad. No habían transcurrido ni siquiera tres meses de aquella boda celebrada en Abbeville cuando Louis XII de Francia murió, seguramente por los efectos devastadores de la gota, aunque los rumores de su época culparon de tan rápida muerte a los esfuerzos del cincuentón en el lecho de su joven y guapa mujer inglesa, tratando de luchar contra su sino de irse del mundo sin haber producido heredero varón. La bella Mary, con su duelo blanco, hubo de permanecer confinada hasta que se descartó que hubiese podido llevar en su vientre un hijo póstumo de Louis XII. A falta de ese retoño, heredaba el trono un primo del extinto monarca, Francisco de Angulema, que era también su yerno, porque, para arreglar las cosas de la mejor manera, se había casado en su día con la princesa Claudia, una hija de Louis XII con su segunda mujer la duquesa Ana de Bretaña.

La buena y decorosa reina Claudia vivió, tras el ascenso al trono de Francisco, constantemente eclipsada por dos personalidades femeninas descollantes: su suegra Luisa de Saboya, madre coraje del marido, y su cuñada Marguerite de Angulema, tan brillante que creó en torno a sí misma un salón, Le Parnase, que se haría célebre en todo el orbe. Pero Claudia era la reina, eso sí, aunque recibiese menos atenciones que Luisa y Marguerite. Y Claudia “heredó” a su servicio a las chicas Bolena, cuando Mary Tudor viuda retornó a Inglaterra tras haberse casado, en presencia de Francisco y sin autorización de Enrique VIII, con el amigo de éste que habían enviado a recogerla: Charles Brandon, creado duque de Suffolk.

Dicho lo cual...la etapa francesa de María y Ana Bolena siempre ha suscitado el máximo interés. En una etapa ulterior, tras el regreso a Inglaterra de las jóvenes, se destacaría la gracia y la vivacidad adquiridas en la más renombrada de las cortes europeas, así como el particular atractivo que les conferían sus tocados y atuendos de inspiración claramente francesa. Pero, por otro lado, se harían múltiples especulaciones, a menudo desde la más absoluta malicia, acerca de cuánto se habría resentido la virtud y la moral, en sentido amplio, de las muchachas expuestas a la "voluptuosidad desmedida y sin freno" de la corte del rey sátiro por antonomasia Francisco I.

Lo cierto es que, en primera instancia, María volvió "manchada" por rumores que hacían de ella una mujer corrompida, que había cedido a los instintos carnales y había perdido cualquier atisbo de pudor femenino. Más adelante se repetirían unas palabras supuestamente pronunciadas por el rey Francisco I, jactándose de que María no había sido más que su yegua inglesa o "una gran puta, la más infame de todas". La rotundidad del rey Francisco I señalaba para siempre, sin posibilidad apenas de remisión, a una María de quien se diría que había sido despedida de Francia y devuelta a Inglaterra precisamente por su promiscuidad. Como han señalado los historiadores, cabe la posibilidad de que haya interesado exagerar ese pasado francés de María Bolena cuando ésta se convirtió en amante de Enrique VIII de Inglaterra. Resulta bastante significativo que, por el contrario, Ana Bolena, en su retorno, no se haya visto sacudida por el vendaval de ese tipo de rumores altamente perniciosos. Ana podía haber importado contigo cierta ligereza, cierta joie de vivre y sus preciosas caperuzas a la francesa, que favorecían mucho más que los rígidos tocados británicos, pero no estuvo en boca de todos por haberse pervertido en la corte de Francisco.

En una época ulterior, a Ana también le convino presentarse como una joven con la cabeza bien asentada sobre los hombros y de la mejor conducta gracias al patrocinio de princesas tan esclarecidas como la regente Margarita de Austria o la mismísima Marguerite de Angulema, también intitulada, por su casamiento, Margarita de Navarra. De alguna forma, subrayar su vinculación con mujeres de la talla de las dos Margaritas la situaba en un plano muy distinto. Esto no significa que Ana haya llegado a Inglaterra en una completa inocencia sexual por contraposición a su hermana María, convertida a ojos de muchos en un perfecto ejemplo de perversión sexual. Como suele ocurrir, quizá la verdad esté, siempre, en un cuidadosamente establecido punto intermedio.

Es posible que Ana fuese, por naturaleza, más avispada y más calculadora que María, lo cual explicaría, como ya se mencionó anteriormente, que Tomas hubiese enviado a Mechelen, en su día, a la menor en vez de a la mayor. Nunca nadie ha descrito a Ana Bolena como una mujer de belleza destacable, ni mucho menos; pero, en general, se ha resaltado que poseía un notable atractivo y cierta cualidad indefinible que podríamos llamar "magnetismo". Residiese ese "magnetismo" en su mirada intensa o en sus medias sonrisas, allí estaba y perduraría en el tiempo. Pero quizá ella aprendió muy pronto a gestionar sus encantos. No podía contar con la baza de una hermosura deslumbrante, pero podía contar con la baza de esa especie de poder de seducción que residía más en su actitud y en sus maneras que en su presencia. Dicho de otra forma, Ana aprendió que insinuar es más rentable que exhibir y prometer más efectivo que ceder a las primeras de cambio. Aprendió a hacerse valer, lo que, seguramente, la distinguió de María. Pero es probable que Ana tuviese también su propio historial. Después de su boda con Ana, Enrique había confesado con cierta amargura a Cromwell que su mujer se había corrompido en Francia, algo que, a ojos de él, representaba una barrera cierta a su intimidad con ella. Alison Weir es clara al señalar que Enrique era, en términos sexuales, bastante pacato y convencional; quizá percibiese en Ana mayor experiencia de la que hubiera correspondido a una moza soltera, aunque técnicamente ella pudiese haberse mantenido virgen. Existe, y en eso lleva toda la razón Alison Weir, un amplio abanico de prácticas sexuales que permiten dar y recibir satisfacción al margen de la penetración en sí.

Puede que Ana no fuese una inmaculada criatura, que hubiese sostenido sus flirteos y escarceos a la francesa y hubiese vuelto a Inglaterra sabiendo manejarse en aquellas lides amorosas. Pero, desde luego, había sido más lista que María al evitar comprometer e incluso arruinar su reputación, y eso, en sí, ya dice bastante de ella.


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 Asunto: Re: ANA BOLENA
NotaPublicado: 05 Nov 2018 13:00 
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andrea.monti escribió:
Minnie, qué buena idea tratar sobre Ana Bolena. Y gracias por volver a las biografías. :cheerleader: :cheerleader:


Gracias a tí por acoger con simpatía a Ana.
;) ;)


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 Asunto: Re: ANA BOLENA
NotaPublicado: 05 Nov 2018 13:01 
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Iselen escribió:
:bravo: :bravo: :bravo: :bravo: :bravo: :bravo: :bravo: :bravo: :bravo: :bravo: :bravo: :bravo: :bravo: :bravo: :bravo: :bravo: :bravo: :bravo: :bravo: :bravo: :bravo: :bravo: :bravo: :bravo: :bravo: :bravo:



Siéntete en absoluta libertad para intervenir toooooodo lo que desees. Estoy segura de que hasta la más ligera de las matizaciones enrquece, y de qué manera, el texto.

;)


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 Asunto: Re: ANA BOLENA
NotaPublicado: 05 Nov 2018 13:43 
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Los Tudor. Ana Bolena, interpretada por Natalie Dormer, se enfrenta, altiva, a su padre Tomas Bolena.


María Bolena se convirtió en dama de la reina Catalina y luego en amante de Enrique VIII quizá poco después de su casamiento con sir William Carey, celebrado en febrero de 1520. William Carey, de una familia razonablemente distinguida del Wiltshire, era uno de esos cortesanos de presencia más que grata a la vista que se había hecho un hueco en el círculo de favoritos del rey Enrique VIII porque se le daba de maravilla montar a caballo, cazar y participar en justas. Formaba parte, dicho de otra manera, de la "alegre compañía del rey". A pesar de que María Bolena no había vuelto de Francia con buen nombre sino al contrario, seguía siendo hija de un Tomas Bolena en franco ascenso y de una Elizabeth Howard excelentemente situada, así que William Carey estuvo encantado de casarse con ella. A los esponsales acudió el propio Enrique VIII, y se supone que, poco tiempo después, María pasó a compartir el lecho real, algo de lo que obtuvieron no poco beneficio tanto los Bolena en su conjunto como el propio Carey.

Llegados a este punto, es buena idea contextualizar la historia de María Bolena.

En febrero de 1520, cuando asiste a las celebraciones nupciales de Carey y María, Enrique VIII va camino de cumplir 29 años y lleva casi once años casado con Catalina de Aragón, viuda previa de su hermano Arturo príncipe de Gales. Dado que Catalina había nacido en diciembre de 1485, era seis años mayor que su marido y estaba frisando en los 35 años. Este detalle posee su propia relevancia: allá en 1509, cuando se había casado con ella, Catalina era una joven con una maravillosa mata de pelo rubio y tez sonrosada, unas hechuras muy inglesas heredadas de su abuela Catalina de Lancaster, y metidita en carnes, pero no en exceso, lo suficiente para sugerir que sería cuando menos tan fértil como su propia madre Isabel I de Castilla, la gran Isabel la Católica. Los años habían causado estragos en una Catalina que había pasado por el trance de seis embarazos con un tristísimo resultado.

La primera criatura de Catalina, de sexo femenino, había sido mortinata, en enero de 1510. Luego, entre 1511 y 1514, la pobre reina había dado a luz a tres Enriques de Cornualles, tres, de los cuales el que más tiempo había permanecido en la tierra lo había hecho solamente durante cincuenta y tres días. En 1516 había alumbrado una hija, la princesa María, su consuelo, su orgullo, el amor de su vida. En noviembre de 1518 había cerrado la cuenta pariendo otra niña (decepción absoluta) muerta en pocos días. En conjunto, el historial obstétrico de Catalina era tal que movía a una absoluta piedad hacia ella. Pero lo peor era que Enrique vivía con una permanente quemazón, una sensación de agravio absoluto porque él, tan gran rey, no había obtenido un hijo de su reina aunque se sabía que era perfectamente capaz de engendrarlos: ahí estaban no solamente aquellos perdidos Enriques de Cornualles, sino también su querido hijo bastardo reconocido, Enrique FitzRoy, habido con su amante Elizabeth "Bessie" Blount, nacido en junio de 1519.

Precisamente ese niño Enrique FitzRoy que no se moría en la cuna hacía que Enrique "se viniese arriba". Todavía había en él la pujanza necesaria para crear príncipes, pero la cuestión estribaba en su esposa española, cada vez más ajada, aparentemente incapaz de llevar a feliz conclusión el negocio de producir un heredero Tudor. Cierto que estaba la niña María, a quien Enrique amaba profundamente y de la que presumía siempre que surgía ocasión. Pero las mujeres no se avenían con el gobierno, esa era consideración general, a pesar del éxito de la abuela materna de la susodicha niña en Castilla.

Pese a su extraordinario nivel de frustración acumulada, Enrique aún mantenía a Catalina como su respetada consorte, muy popular entre las gentes del reino, aunque buscaba entretenimiento y solaz en otras mujeres. Con todo, no era el suyo un patrón de comportamiento asimilable al de Francisco I. Alguien dijo con guasa, en cierta ocasión, que Enrique era el rey que había sumado más esposas que amantes y la frase se aproxima bastante a la realidad. No era, aparentemente, especialmente promiscuo, y prueba de ello la tenemos en que, hasta entonces, Catalina solo había tenido que tragarse públicamente el sapo que representaba la bonita y fértil Bessie Blount.

Cuando María Bolena sustituyó a Bessie Blount en los afectos de Enrique, ese hecho pasó bastante desapercibido. En realidad, los historiadores encuentran problemas para desenredar la madeja de la aventura extraconyugal de Enrique con María. Aparte los réditos, en cuanto a ventajas y propiedades obtenidas, por los Bolena e incluso por sir William, no es mucho lo que se sabe sobre el curso de aquella relación, que en cierto modo ha quedado registrada para la Historia por una simple razón: parece en sí misma una obertura previa al GRAN ASUNTO del rey, la vinculación subsiguiente entre Enrique y Ana Bolena. Porque, como bien estableció Antonia Fraser, en aquel mundo cuidadosamente construído y en conjunto bastante equilibrado de relaciones cortesanas, de repente en marzo de 1522, Ana Bolena, que acababa de volver de Francia, debutó en un baile de máscaras palaciego, atrajo la atención del monarca por su gracia y desparpajo...y Enrique se enamoró.


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 Asunto: Re: ANA BOLENA
NotaPublicado: 05 Nov 2018 14:01 
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Cuando Ana había llegado a la corte, había triunfado rápidamente por sus maneras a la francesa. Belleza, ya se ha dicho, no poseía. Quizá resultase un tanto exótica con su pelo negro como ala de cuervo, su tez aceitunada y el cuello largo y esbelto, cuello de cisne. Pero esos rasgos, siendo sinceros, la alejaban del ideal de hermosura femenina en boga en Inglaterra. De hecho, Catalina de Aragón en 1509 o Bessie Blount en 1519 se acercaban bastante más a ese canon generalmente admitido.

Ana lo que sí desprendía, o debía desprender, era un raro magnetismo para los hombres. También sabía, ante el criterio unánime, sacarse partido con sus caperuzas y sus vestidos, de modo que se distinguía en cualquier evento cortesano. No es baladí señalar que, por entonces, la cortejaba nada menos que Henry Percy, hijo del muy rico y poderoso conde de Northumberland. Ana, con su sangre de los duques de Norfolk y su tendencia a presumir de su relación con las Margaritas, tan eximias señoras, podía considerarse a sí misma perfectamente a la altura de un Henry Percy, pero es dudoso que el conde de Northumberland viese ventaja en que su sucesor desposase a una chica Bolena. Se hubiese tratado, a decir verdad, de un gran match para Ana. La naturaleza exacta de la relación entre Percy y Ana constituye aún hoy motivo de elucubraciones, pero es probable que ella le hubiese fascinado irremisiblemente y que ambos hubiesen alcanzado tal punto de familiaridad como para considerarse prometidos -a despecho de la renuencia que pudiese exhibir el conde de Northumberland llegado el momento.

La cuestión estriba en que Enrique VIII reparó en Ana, hacia 1522, debió gustarle la moza lo suficiente como para que exista una teoría de que el mismísimo cardenal Wolsey recibió el encargo de hacer trizas el asunto Percy. Por supuesto, los historiadores no son coincidentes en ese punto: muchos creen que el asunto Percy lo liquidó el conde de Nortumberland por sí mismo, en cuanto llegó a sus oídos que su hijo estaba demasiado enganchado con la Bolena. Pero es significativo que otros muchos crean que, en verdad, Enrique, que aún estaría manteniendo una aventura con María Bolena, se interesase en Ana al extremo de poner a Wolsey en la tesitura de tener que amedrentar al joven Percy y mandarle de vuelta a casa, en Northumberland. La propia Ana, que probalemente dado su carácter se sentiría injustamente tratada y humillada, fue expedida a Hever a que aprendiese la lección antes de volver a la corte. El episodio en conjunto es bastante ominoso.

Presumiblemente, Ana retornaría más desencantada...y cínica. Nos ocurriría a cualquiera, en realidad: todos los juramentos de amor eterno de Percy no habían valido nada frente al puño de hierro del cardenal Wolsey y del conde de Northumberland. A ella le habían arruinado un posible gran casamiento, cien mil veces más rutilante que el de su hermana María con William Carey, pero también, de paso, le habían enseñado, por si acaso no lo había aprendido en Francia, que quien incomoda o estorba a los poderosos acaba pisoteado y apartado, por muy injusto que eso sea. Si Ana había sido antes calculadora, a partir de ese instante, pienso, tuvo que serlo bastante más.


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 Asunto: Re: ANA BOLENA
NotaPublicado: 05 Nov 2018 15:34 
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Fraser sitúa el inicio de la persecución real a Ana Bolena en algún momento del carnaval de 1526. Es decir: por mucho que Ana hubiese atraído el interés de Enrique, a la vez que había llamado la atención de la corte, representando el bonito papel de Perseverancia en una mascarada cortesana allá por marzo de 1522, de momento sólo había sido justamente eso, ni más ni menos. A esas alturas se había frustrado un proyecto familiar de comprometerla y casarla con su primo James Butler para resolver la vieja querella por el condado de Ormonde, que seguía vigente; y poco después se vería brutalmente cercenado de raíz el romance no tan secreto con Henry Percy. Ana había pasado su "penitencia" en el campo y había vuelto. A Henry Percy le habían casado hacia 1524 con lady Mary Talbot, hija del conde de Shrewsbury. Puede que, en privado, Ana derramase lágrimas de resentimiento y amargura...o que prorrumpiese en una catarata de insultos, a saber. Pero nada ha trascendido al respecto.

En esos años Ana mantuvo su sobrenombre de "espejo de la moda" en el círculo de la corte real, pero también mantuvo, más importante, una reputación buena o al menos tan buena como la de cualquier otra dama. En ese período se situarían sus flirteos con sir Thomas Wyatt, famoso poeta. En realidad, siendo Wyatt oriundo de Allington Castle, cerca de Maidstone, en Kent, es probable que conociese a los Bolena de Hever; adicionalmente, en 1520 se había casado con Elizabeth Brooke, cuya abuela materna había sido una hermana del abuelo paterno de Tomas Bolena. Pero, en cualquier caso, sir Thomas Wyatt parece haberse prendado de Ana al encontrarla en la corte. La relación, reflejada en algunos famosos poemas, no debió superar el límite de la coquetería elegante y refinada que sirve de buena inspiración. Ana no debía tener ningún interés en ceder a los requiebros de un cortesano mal casado con una parienta lejana: ¿qué íba a sacar en claro de algo así?.

Cuando en 1526 el rey cayó fulminado por el dardo del amor, aquello supuso un verdadero punto de inflexión en su vida. Había alcanzado los treinta y cinco y su esposa, recordemos, le sacaba seis años, por lo que ya se había adentrado en la década de los cuarenta. No es detalle poco relevante señalar que Catalina había alcanzado la menopausa hacia los treinta y ocho años, por lo que atrás había quedado su fertilidad -y con ello cualquier remota esperanza de un embarazo que por fín produjese el ansiadísimo niño Tudor. María era la joya de la corona, pero María, a la sazón de diez años, niña aplicadísima y precoz en el aprendizaje, capaz de traducir a Tomás de Aquino del latín, parecía una inconveniencia dinástica, no una solución dinástica.

De repente, Enrique se enamoró de Ana, de un modo nuevo, distinto. Aquello no tenía nada que ver con sus relaciones pasadas con Bessie Blount o María Bolena. Era un sentimiento distinto, profundo, intenso y por todo ello francamente perturbador para el monarca. Ana, que tal vez se encontró sorprendida por aquella eclosión de romanticismo del maduro soberano, supo mantener el control de la situación. No estaba dispuesta a ser una breve compañera de cama y acabar convirtiéndose en un descarte real, al estilo de Bessie y María. Ella tenía mucho más orgullo.

La pasión de Enrique hervía tan a borbotones que él, que odiaba escribir cartas de su propia mano y siempre recurría a la comodidad del dictado, se lanzó a redactar apasionadas esquelas a su Ana Bolena, alternando inglés y francés, esto último para gusto de la damisela. Aún sabiendo todo lo que acontecería a posteriori, en los años subsiguientes, hay algo extrañamente conmovedor en ese rey que empieza a tener hechuras de hombretón bien maduro tratando de plasmar en el papel su ansia por obtener la gracia y favores de la morena Ana, en el apogeo (presumiblemente) de su fertilidad. La inteligencia le dictó a Ana su línea de actuación. Fue jugando a amagar y no dar con tanto cuidado y tanto esmero que Enrique estaba completamente pillado. Por el camino, empezó a plantearse una idea cuánto menos peligrosa en lo que concernía a la pía y recta reina Catalina: ¿porqué no íba Dios a proporcionarle a él, tan gran soberano, una nueva oportunidad de compaginar su felicidad personal con el interés de la dinastía y el reino, esto es, la obtención de un hijo aceptado como legítimo y llamado a sucederle?.


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 Asunto: Re: ANA BOLENA
NotaPublicado: 05 Nov 2018 16:23 
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Catalina de Aragón constituye, sin lugar a dudas, uno de esos personajes que inspiran amor, respeto y, en última instancia, una sincera compasión. Llevaba ya veinticinco años viviendo en suelo británico, demostrando siempre una enorme dignidad y un coraje extraordinario; nunca había olvidado su condición de princesa española, manifestaba un profundo aprecio por sus orígenes y su familia de sangre, pero se había convertido en una buena reina inglesa, devota a los intereses de su marido y cumplidora con sus súbditos. De hecho, gozaba de una gran popularidad. La única pega era que se le habían muerto tres principitos y solamente había proporcionado una princesa, aunque, eso sí, una princesa precoz y de muy cultivado intelecto. Pero...¿podía culpársela por ello? Había pluguido a Dios enviarle hijos y había pluguido a Dios arrebatarle hijos. Había sido la voluntad de Dios dejarle a María, para su solaz y consuelo. Miles de mujeres, de cualquier clase social, debían sentirse por fuerza muy empáticas en ese sentido. Todas conocían las incertidumbres, zozobras y molestías de los embarazos, los dolores atroces mezclados con el miedo abrasador del parto, el rigor del puerperio. Y luego...una no tenía garantía de nada, el bebé podía nacer muerto o morir al poco de nacer.

De Catalina nada malo podía decirse -y Enrique tenía que ser muy consciente de ello-. Pero en algún momento, Enrique empezó a preguntarse si aquella secuencia de hijos malogrados no era, en realidad, una señal de enojo de Dios para con ellos dos por su matrimonio. Quizá ni siquiera se le ocurrió a Enrique de modo espontáneo, aunque quepa esa posibilidad: hay autores que apuntan a que el capellán y confesor del rey, John Longland, obispo de Lincoln, fue quien sugirió al rey seguir esa línea de pensamiento. A posteriori, en realidad, se hizo imposible discernir si Longland señaló al rey semejante dirección o si el rey demandó persistentemente a Longland que le condujese en semejante dirección. Lo sustancial es que esa dirección llevaba a un punto en el que el previo matrimonio de Catalina con Arturo príncipe de Gales adquiría de pronto una nueva relevancia. Si ese matrimonio entre Catalina y Arturo no se había consumado, como se había aducido vehementemente muchos años antes, el matrimonio de Enrique con la viuda de Gales era un matrimonio grato a los ojos de Dios. Pero...¿y si Catalina había sido esposa de hecho, mediante la unión de la carne, de Arturo, y luego había mentido respecto a ese aspecto crucial de la consumación, negándola y proclamándose doncella para casarse en segundas nupcias con Enrique? Entonces, Enrique había "descubierto la desnudez" de la "mujer de su hermano", algo reprobable y repugnante a ojos de Dios. Y por eso Dios habría sido implacable en su castigo: tendrían hijos, sí, pero ningún varón prosperaría, todos se malograrían y los Tudor carecerían de sucesión masculina.

Debemos tener cuidado con suponer que Enrique no era nada sincero en sus "repentinos escrúpulos", coincidentes en el tiempo con su encaprichamiento con Ana Bolena, tan joven y fresca y probablemente fértil. En aquella época, y Alison Weir lo refleja estupendamente, un historial obstétrico compuesto por una concatenación de abortos o partos de hijos muertos, o simplemente el nacimiento de hijos sucesivos que morían rápidamente, se podía considerar, y de hecho se consideraba a menudo, una señal de enojo divino con los progenitores. Podía ocurrir porque los padres no estuviesen casados o porque no estuviesen VÁLIDAMENTE casados, es decir, porque su boda hubiese sido contraria a la ley divina. Puede que Enrique, desde el mismo momento en que había visto crecer en edad al hijo bastardo engendrado con Bessie Blount, se hubiese preguntado qué error fatal había lastrado su progenie con la reina Catalina. Existe la posibilidad de que los escrúpulos de conciencia expresados por Enrique a John Langdon hayan sido muy verdaderos. Pero, obviamente, también está el hecho de que esas reticencias morales se plantearon cuando se plantearon, en una época en que Catalina ya había cruzado la raya de la menopausia pero Enrique todavía podía aspirar a crear una "segunda familia". Un rasgo muy sobresaliente de la personalidad de Enrique es el de querer equiparar sus propios deseos y conveniencias con la voluntad divina, para que fuesen las dos cosas "de la mano"; por eso en dicho momento confluyeron todos los factores necesarios para que encontrase en el Levítico una perfecta vía de salida de su matrimonio, tan gastado, con Catalina, lo que le permitiría desposar a una mujer de buena estirpe y conducta y ser feliz procreando junto a ella. Su obstinación en ese punto no dejó de impresionar al legado papal en suelo inglés, Campeggio.

Naturalmente, el asunto empezó a manifestar sus potenciales efectos devastadores sobre el status quo en 1527, cuando Enrique encargó a Wolsey una investigación de oficio acerca de la validez/invalidez del vínculo contraído en 1509 con Catalina, princesa viuda de Gales. De momento, Wolsey no consideró oportuno informar oficialmente a Catalina, pero una corte es siempre el peor de los lugares para mantener en secreto esa clase de asuntos. Don Íñigo de Mendoza, embajador español en la corte de los Tudor, se enteró de lo que se estaba pergeñando y, como es lógico, tardó menos de lo que canta un gallo en reunirse con la reina Catalina para ponerla sobre aviso. Resulta fácil, por desgracia demasiado fácil, sentir la mordida de la terrible conmoción y disgusto que debió experimentar Catalina.

Si antaño, allá por 1509, Catalina había sostenido vehementemente que su unión con Arturo había sido sólo una ceremonia no refrendada por la consumación y que ella había enviudado siendo virgen...no era de esperar que modificase su discurso en 1527, teniendo una hija de once años a la que proteger y defender, sólo para permitirle a Enrique librarse de ella y hacerle la corte a aquella segunda chica Bolena. Catalina había sobrellevado los asuntos extramaritales de Enrique con Bessie o con María; de todo ello, lo peor había sido, a nivel emocional, ver cómo se enaltecía al hijo varón de Bessie Blount, proclamado duque de Richmond y de Somerset. El loco enamoramiento de su marido hacia Ana, la hermana de María, no representaba plato de gusto para ella, claro que no. Pero los hombres controlaban mal sus instintos más básicos y el mundo estaba lleno de mujeres livianas, que les provocaban y aspiraban a manejarles. Eso era así y Catalina lo sabía, del mismo modo en que lo había sabido la bondadosa reina Claudia en Francia. Otra cosa era que, de repente, el marido quisiese echar por tierra, recurriendo al Levítico, un matrimonio de décadas con seis hijos procreados en común aunque sólo una hija quedase con vida de todos ellos.


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