Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: JANE SEYMOUR
NotaPublicado: 26 Nov 2018 18:55 
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Retrato, evidentemente una idealización romántica, de Jane Seymour.


El 20 de mayo del año 1536, la joven Jane Seymour fue conducida en una falúa desde cierta residencia en las orillas del río Támesis, en la zona de Chelsea, hasta Hampton Court. Allí la esperaba el rey Enrique VIII de Inglaterra, su galanteador desde hacía ya unos cuántos meses, y allí se celebró una ceremonia de compromiso entre los dos, rodeada de secretismo.

Ese secretismo, desde luego, obedecía al hecho de que la segunda esposa de Enrique, Ana Bolena, había sido decapitada solamente un día antes en el recinto de la Torre de Londres. Los despojos de Ana Bolena yacían en su discreta tumba de la iglesia de San Peter ad Vincula desde hacía menos de veinticuatro horas, ya que se la había enterrado al atardecer. Enrique VIII no tenía la menor intención de "honrar" ni siquiera mínimamente la memoria de la difunta, por mucho que se tratase de la madre de su hija pequeña, Elizabeth, que había sido rebajada de "princesa" a "lady". Pero cierta dosis de prudencia política (convenía guardar ligeramente las apariencias ante la opinión pública, no ya de sus súbditos, sino la que se fraguaba en el resto de cortes europeas) hizo que el compromiso con Jane se llevase a efecto de forma privadísima.

Jane, de veintiocho años de edad, se retiró a continuación a una distancia prudencial. Es probable que la hayan llevado a Wolf Hall, la residencia de sus padres en Wiltshire, e incluso se puede considerar la hipótesis de que Enrique la acompañase durante unos días. El 25 de mayo, no obstante, Enrique estaba de regreso en su residencia real londinense, ya que tenía una audiencia concedida a los embajadores franceses. Con un considerable desparpajo y cinismo, Enrique les confesó que se sentía en completa libertad de volver a casarse y que elegiría con tiento una nueva alianza, en lo que parecía una sugerencia para que le propusiesen princesas francesas. Libre, lo que se dice libre, no era: estaba comprometido.

El 30 de mayo, Juana y Enrique se casaban ante el obispo Gardiner en el camarín de la reina del palacio de Whitehall. Unas horas después, ella se sentó por primera vez en el asiento de la reina, bajo el dosel real, un gesto de alto valor simbólico. Aún así, hasta el 2 de junio, no comieron juntos en presencia de la corte Enrique y Juana, que en esa jornada recibió juramentos de lealtad. Seguidamente, cubrieron la distancia entre Whitehall y Greenwich, dónde se conmemoraría el 4 de junio Pascua de Resurrección: ése fue el día elegido para la proclamación pública, con la apropiada fanfarria, de la nueva reina. Faltaba sólo la presentación a los londinenses: el 7 de junio una falúa les devolvió de Greenwich a Whitehall, con un cortejo espectacular y disparos de cañón desde la Torre cuando pasaron ante ella.

Impresionante la secuencia, desde luego. Una se pregunta si Jane no sentiría una especie de escalofrío en aquellos momentos: al fín y al cabo, Ana Bolena, a la que ella misma había servido en calidad de dama de la reina, había iniciado su terrible camino hacia el cadalso el 1 de mayo, poco más de un mes antes. Todo el sensacional y dramático proceso Bolena estaba muy reciente, los recuerdos absolutamente frescos en la memoria colectiva. Pero Jane nunca había mostrado afinidad ni simpatía hacia Ana: de hecho, en un tiempo pasado, no había ocultado que se inclinaba por la "pobre buena reina Catalina de Aragón", a la que la Bolena había removido de su puesto. Seguramente Jane tenía una pobrísima opinión de Ana, o, siquiera, le interesaba hacer como si la tuviese.

Jane era, por otro lado, una moza que comprendía cabalmente que su propia mayor virtud a ojos de Enrique residía en que no se parecía nada a la difunta Ana. Jane encarnaba el prototipo de perfecta muchacha de buena familia inglesa, con unas gotas de sangre real en las venas y una crianza tradicional; no la habían mandado a "sofisticarse" a ninguna corte extranjera, ni a los Países Bajos, ni a Francia. Cubría sus cabellos con el típico tocado Gable, no con graciosas caperuzas francesas; y no le gustaban, sino que le disgustaban, las mangas de los corpiños exageradamente anchas y flotantes, a la francesa. Tampoco era Jane muchacha que buscase solaz en leer autores controvertidos y no manifestaba ninguna atracción por las ideas reformistas en lo que concierne a la religión. Se la podía considerar una buena católica.

Enrique, a sus cuarenta y cinco años, había tenido bastante del prototipo de extraña fascinante que había encarnado Ana. Ana ni siquiera se había ajustado al estándar de belleza femenino de los ingleses, con su pelo negro cual ala de cuervo y su tez no demasiado clara. Bailaba con gracia incomparable, sí, y ponía todo el entusiasmo en los pasatiempos favoritos de la corte, desde jugar a las cartas o los dados hasta las apuestas en peleas de perros o las cacerías. Jane no se distinguía en esos aspectos del modo en que lo había hecho su predecesora. Lo que ella ofrecía era otro modelo de mujer: suave, delicada, inclinada a guardar a su alrededor una atmósfera de decoro, dada a las labores de aguja. Si Ana se había proclamado a sí misma, con notable osadía, "The Moost Happi", la Más Feliz, Jane eligió un lema que no dejaba lugar a dudas sobre su voluntad de agradar al rey: "Obligada a obedecer y servir". A obedecer y servir a la majestad del rey, se sobreentendía.

Para cumplir su misión, pensaba echar mano de dos cualidades destacadas: la templanza y el tacto, un tacto perfeccionado durante años de estancia en la corte de los Tudor. Quizá haya sido la propia Jane la que, enfrentada a la tarea de decidir cuál sería su animal heráldico, haya optado por una pantera. Ana había escogido en su momento el leopardo, había muchos leopardos a reemplazar y resultaba relativamente fácil "transformar" los leopardos en panteras. Desde luego, parece una ocurrencia muy propia de la naturaleza conciliadora de Jane Seymour.

Allí estaba...para obedecer y servir.


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 Asunto: Re: JANE SEYMOUR
NotaPublicado: 26 Nov 2018 19:36 
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Annabelle Wallis como Jane Seymour en la serie Los Tudor.


Puede que Jane hubiese nacido en Wolf Hall, pero también es posible que su llegada al mundo se produjese en West Bewer Manor. Las dos residencias pertenecían a su padre, John Seymour, hijo de otro John Seymour y de Elizabeth Darrell: quizá el antepasado más notable de aquel caballero del Wiltshire fuese William Marshal, Guillermo el Mariscal, primer conde de Pembroke, quien siglos atrás había servido a cuatro reyes (Enrique II, Ricardo Corazón de León, Juan I y Enrique III). La esposa de John Seymour, Margery Wentworth, había sido objeto de elogios por su hermosura e incluso le había dedicado versos John Skelton. Pero más significativo que la belleza, algo pasajero, Margery Wentworth poseía un linaje que incluía sangre real: Margery descendía de Eduardo III gracias a la madre de su bisabuela Elizabeth Mortimer.

Jane fue la cuarta de los hijos de Margery con John. Antes de ella, habían nacido tres varones: John, Edward y Thomas. Eso convierte a nuestra Jane en la primera hija. Tras ella, aún vendrían al mundo Elizabeth, Henry, Dorothy, Anthony y Margery, llamada Meg. Anthony y Meg, por cierto, murieron a temprana edad, con casi total certeza en uno de aquellos brotes de "sudor inglés" que provocaban tanta devastación y temor.

En aquellos tiempos, la posible fertilidad de una moza era a menudo supuesta a partir de la fertilidad de la propia madre. En ese sentido, no cabía duda de que, a tenor del registro obstétrico de Margery Wentworth, se podía creer que Jane llegaría a tener una verdadera camada de hijos e hijas.

Como tantas jóvenes de buena posición, Jane entró a temprana edad en la corte. Epítome de muchacha inglesa criada en el campo, no constan aventuras en el extranjero previas para ella al estilo de las de Ana Bolena (aunque la historiadora victoriana Agnes Strickland consideraba que podía haber formado parte del grupo de damitas que en su momento había acompañado a María Tudor a Francia, no existe la menor prueba de ello). Había servido a Catalina de Aragón, con la que, quizá, acudió al Campo de la Tela de Oro, y después le tocó servir a Ana Bolena. Dice mucho de Jane que, pese a tanto tiempo en la corte, conservase una sólida reputación de casta y virtuosa. Únicamente se especulaba con que, en determinado momento, había atraído el interés de un joven vecino del campo, de la familia Dormer; pero los padre del muchacho habían creído que ella representaba un partido de escasa conveniencia. La historia, tal y como se relataba, no causaba ningún desdoro a Jane. No se prestaba a chismorreos maledicentes.

No se sabe cuándo se fijó Enrique en Jane. Desde su boda con Ana Bolena, había habido algún que otro affaire sentimental en su vida: hacia 1534, la reina había estado verdaderamente frenética por culpa de una "bella joven" cuya identidad se desconoce, y cabe pensar que a ella misma se le ocurrió promover un posterior enredo de su marido con una de sus primas Shelton, quizá Madge. Se suele considerar que Enrique reparó en Jane cuando se encontraron en Wolf Hall, la residencia de los Seymour: él se había detenido allí igual que se había detenido en otras muchas casas campestres de sus cortesanos durante un Progreso Real, una gira, en verano de 1535. El galanteo de Enrique hacia Jane, no obstante, probablemente había surgido como un pasatiempo ligero, algo entretenido, pero no una arrolladora pasión. Hacia el mes de octubre, la reina Ana estaba de nuevo embarazada, lo que hacía que su marido se considerase libre de buscar la compañía de otras damas; si el bebé de Ana hubiese nacido a término y hubiese perdurado, seguramente ella hubiese asegurado su posición de reina de por vida. Pero Ana había abortado a las quince semanas de gestación y un Enrique frustrado y enojado a partes iguales se había volteado, con mayor empeño, hacia Jane Seymour.

En este punto, resultó crucial la familia de Jane, muy especialmente su hermano mayor, Edward, tremendamente ambicioso y recien casado con lady Anne Stanhope. Edward parece haber sido quien calculaba y recalculaba cada paso a dar por Jane. En la corte, los anti Bolena se estaban preparando para lanzar un gran ataque definitivo contra "la Concubina" que había desplazado a Catalina de Aragón. Si se podía promover a otra muy distinta para desplazarla a ella, mejor que mejor. Pero ahí lo que cobraba importancia era que Jane gustaba por representar la antítesis de Ana. Le íba a tocar cuidarse muy mucho de romper esa imagen cándida y virginal, una doncella sin mácula que prefería guardar su honor a recibir cualquier otra ventaja mundana.

Por otro lado, como ha subrayado inteligentemente lady Antonia Fraser, debemos andarnos con ojo respecto a los prejuicios. Podemos prejuzgar a Jane, tildándola de hacer un papel, un papelón, de damisela mojigata y gazmoña por pura estrategia. Pero es posible que Jane fuese así. No es muy verosímil pensar que le despertase ningún acceso de pasión Enrique VIII, de unos cuarenta y cinco años, con una formidable corpulencia, pero que empezaba a mostrar una notable calvicie, los carrillos hinchados y más barriga de la que sentaba bien a sus ropajes cortesanos. Enrique ya estaba lejos de aquel príncipe guapo y apuesto que había desposado a Catalina de Aragón. Posiblemente, lo que Jane sintiese hacia Enrique, en ese punto, se pareciese más a un reverencial temor. Se trataba del rey, un rey de fuerte voluntad, acostumbrado a salirse siempre con la suya. Por lo demás, el tratamiento que había dispensado a Catalina de Aragón e incluso a Ana Bolena cuando ésta demostró su "incapacidad" para poner un príncipe en el mundo, animaba a extremar las precauciones. Ninguna muchacha sensata dejaría de tener todos esos factores en cuenta. Jane, quizá, era una muchacha sensata...y su sensatez se veía reforzada por la actitud calculadora de sus allegados. Su hermano mayor y su cuñada sabían a lo que se jugaba.

Las cosas habían empezado a moverse en abril de 1536. En ese mes, Edward y Anne recibieron unos aposentos palaciegos que, previamente, había desalojado a toda velocidad Thomas Cromwell, primer interesado en minar el suelo bajo los pies de Ana Bolena. Los aposentos, obviamente, alojaron también a Jane, quien, allí, podía recibir visitas asiduas del monarca. Éste cogió costumbre de enviarle, asimismo, numerosos obsequios, pero la escena más destacable se produjo cuando le hizo llegar, por mensajero, una bolsa con dinero. Enrique, durante años previos a su boda con Ana, había sufragado el ostentoso estilo de vida de ella, facilitándole recursos para que jugase apostando a cartas, dados y peleas de perros. Seguramente creyó lo más natural remitirle dinero asimismo a la joven Jane, pero ésta, por propia iniciativa o inspirada por los suyos, reaccionó besando la bolsa y devolviéndola al mensajero, a quien suplicó que transmitiese a Su Majestad que siendo ella una muchacha que no tenía ningún bien que ofrecer excepto su honor, preferiría morir mil veces antes de comprometerlo. Agregó, sagazmente, que si la bondad del rey deseaba manifestarse hacia ella, podía hacerlo ofreciendo el dinero a modo de dote cuando se le ofreciese un matrimonio digno. Cuando el mensajero relató lo acontecido a Enrique, éste se había conmovido. Juzgaba que Jane se había comportado con una notable modestia en todo ese asunto -y prometió que nunca la buscaría a solas, sino que la vería en presencia de otros, para evitarle daño reputacional a la muchacha. Esto, en sí mismo, podía representar una victoria para Jane: él dejaba de verla, definitivamente, como una posible amante.


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 Asunto: Re: JANE SEYMOUR
NotaPublicado: 27 Nov 2018 13:56 
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Jane también tenia su cuota de sangre real, pues a través de su madre, Margaret Wentworth, descendía directamente del rey Eduardo III. Su antepasado royal era un poco lejano, pero, a fin de cuentas, ahí estaba.


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 Asunto: Re: JANE SEYMOUR
NotaPublicado: 27 Nov 2018 17:14 
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=D> =D> =D> Me encanta este tema!


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 Asunto: Re: JANE SEYMOUR
NotaPublicado: 27 Nov 2018 17:47 
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NicholasR. escribió:
Jane también tenia su cuota de sangre real, pues a través de su madre, Margaret Wentworth, descendía directamente del rey Eduardo III. Su antepasado royal era un poco lejano, pero, a fin de cuentas, ahí estaba.


De hecho, la ascendencia real de Jane, aunque lejana, era más cercana que la de Ana. En ese aspecto, salía ganando en la comparación. Pero, por supuesto, Ana pertenecía gracias a su madre al clan de los poderosos Howard en su versión extensa. Si bien...a la hora de la verdad...esto último le sirvió de poco o de nada.

:wink:


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 Asunto: Re: JANE SEYMOUR
NotaPublicado: 27 Nov 2018 17:48 
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la marquesa escribió:
=D> =D> =D> Me encanta este tema!


Me alegra mucho saberlo. Ya sabes, siéntete libre de participar cuánto quieras.
:bravo:


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 Asunto: Re: JANE SEYMOUR
NotaPublicado: 27 Nov 2018 18:29 
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Edward Seymour, hermano mayor de Jane.


El mismo día de Pascua de Pentecostés en que Jane fue proclamada, con toda la fanfarria habida y por haber, reina de Inglaterra, su hermano mayor, Edward, también adquirió nuevos honores y cargos. Se le otorgó el sonoro título de vizconde Beauchamp de Hache y se le confirieron las dignidades de Gobernador de la isla de Jersey y de Canciller del Norte de Gales. Así, de una tacada, se había convertido en el caballero más influyente de la Cámara Privada del rey. Y no solamente gozaba de tan privilegiada posición para sí mismo, sino que eso le permitía maniobrar para favorecer el nombramiento de sus allegados, amigos o aliados en puestos clave del entramado cortesano.

A fin de cuentas, de eso se trataba: Jane no había ascendido sola, con ella ascendía su familia. Cabía recordar, en ese sentido, a la abuela materna de Enrique VIII, Elizabeth Woodville, quien, tras convertirse en la esposa de Edward IV, había favorecido en modo superlativo a todos sus parientes. Ana Bolena constituía un ejemplo mucho más reciente, claro: aunque su caída había arrastrado, y de qué manera, a su hermano Jorge, el padre de ambos, el conde de Wiltshire, seguía gozando de una buena posición en la corte.

Edward Seymour, al igual que en su momento Jorge Bolena, era un hombre muy culto y, otra similitud, simpatizaba con las ideas de los reformistas religiosos, pero, y ése es el matiz, se comportaba en ese aspecto con tanta moderación que todos, reformistas o conservadores, le creían un potencial aliado. Su mayor talento, sin duda, era de naturaleza militar: el duque de Norfolk no dejaba de admirarle sus dotes para dirigir tropas. Destacaba por su ambición, que se complementaba a la perfección con la energía exhibida por su segunda esposa Anne Stanhope. El único "escándalo significativo" en la trayectoria de Edward Seymour lo había constituído el divorcio de su primera mujer, Catherine Fillol, a quien acusó de haberle sido infiel -y, presuntamente, el cooperador necesario en dicha infidelidad había sido nada menos que John Seymour, esposo de Margery Wentworth, padre de Edward y suegro de Catherine. La "legitimidad " de los dos hijos de Catherine Fillol, John y Edward, había quedado seriamente en entredicho (aunque un cínico podría argüir en ese sentido que Edward debería considerar que si no eran sus hijos, tal vez fuesen siquiera sus medio hermanos, por lo que todo quedaba en casa).

Se podía confiar en que Edward, y el resto de los Seymour, prosperarían en el reinado de Jane.


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 Asunto: Re: JANE SEYMOUR
NotaPublicado: 28 Nov 2018 11:13 
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Es curioso, cuando lees acerca de las esposas de Enrique VIII, desde siempre, la que menos interés me ha suscitado es precisamente Jane Seymour, quizás precisamente por la imagen de sumisa y perfecta rosa inglesa que existe sobre ella. Y sin embargo, en un primer momento, fue la que tuvo más significación en términos dinásticos, ya que fue la única capaz de darle el tan ansiado hijo varón que sobreviviese no sólo a la primera infancia sino también al propio padre. Enfermizo es cierto, pero fue el primero de los hijos de Enrique en reinar, aunque fuese un reinado corto.
También es cierto que le tengo bastante aversión a la figura de su hermano Thomas Seymour, por sus relaciones con Calatina Parr y con la que sería Isabel I...
Sin embargo, reconozco que este tema me tiene enganchada, aporta una visión de conjunto sobre ese momento concreto mucho más amplia que la que yo tenía. =D>


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 Asunto: Re: JANE SEYMOUR
NotaPublicado: 29 Nov 2018 17:54 
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la marquesa escribió:
Es curioso, cuando lees acerca de las esposas de Enrique VIII, desde siempre, la que menos interés me ha suscitado es precisamente Jane Seymour, quizás precisamente por la imagen de sumisa y perfecta rosa inglesa que existe sobre ella.


Es que yo creo que nos pasa a todos, marquesa. Jane llega justo detrás de dos pedazo de figuras como Catalina de Aragón y Ana Bolena: primer handicap. A menudo la gente pasa por alto el "timeline", pero 1536 fue el año de las tres reinas: a día uno de enero, Catalina todavía había estado viva, aunque enferma, en el lejano Kimbolton y nadie hubiese imaginado que Ana, que la había desplazado en el trono, íba a ser decapitada en mayo, cuatro meses después de la muerte de su predecesora. Jane "aparece" (lo pongo entre comillas porque Jane nunca "apareció", siempre "estuvo ahí", pero, en términos históricos, era una simple extra en la gran película dónde los otros desempeñaban roles destacados) tras la desaparición, altamente dramática, de Catalina y Ana, que pueden caer mejor o peor, pero eran indudablemente dos señoras dotadas de gran carisma.

Jane resulta "muy plana" en comparación. Fue reina durante diecisiete meses, un tiempo bastante breve, y murió de la manera en la que morían millones de mujeres de su época, en el puerperio. Algo muy común, casi demasiado común. Cierto que había dejado un hijo tras sí -y esto supone un gran triunfo para Enrique, en su momento-. Pero debemos ser también realistas: el niño tenía doce días cuando falleció la madre y...¡¡cuántos niños no se malograban en sus primeros meses!! Sin ir más lejos, Enrique de Cornualles, el niño que Catalina de Aragón había parido en 1511, había vivido cincuenta y tres días. El bebé Eduardo representaba, en términos sucesorios, una garantía de futuro muy pobre, tanto que enseguida se urgió a Enrique a tomar nueva esposa.

Sin embargo, fíjate...yo pienso (cosas mías) que tanto Jane como Ana de Cleves fueron dos mujeres de nervios de acero muy bien templado. Había que tener una dosis de coraje para manejarse en las distancias cortas con un Enrique que aún no tenía una reputación global de Barbazul, pero sí ya cierta mala fama en el papel de marido. Ni el trato que había dispensado a Catalina (cuando Enrique, en 1529, llevó adelante el proceso para librarse de ella, llevaban veinte años de casados y habían tenido juntos seis hijos, seis) ni a Ana (por quién, recuérdese, había puesto el mundo patas arriba) resultaba nada tranquilizador...ni esperanzador.


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 Asunto: Re: JANE SEYMOUR
NotaPublicado: 29 Nov 2018 18:38 
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Reina Jane.


Jane "heredó" no sólo los leopardos heráldicos rápidamente transformados en panteras heráldicas, sino también el círculo de damas de la extinta Ana. Mary Zouche se convirtió en su doncella de honor: puede que Jane, que durante años había convivido con aquellas mujeres, le tuviese aprecio especial, pues, aparte de distinguirla, le hizo valiosos obsequios, por ejemplo unos ribetes con piedras preciosas incrustadas para adornar el escote de algún vestido. Anne Gainsford, lady Zouche tras su matrimonio con George Zuche de Codnor, era otra de las damas principales. Grace, lady Parker, cuñada de por el momento exiliada en el campo lady Rochford, estaba en el grupo, igual que Mary Brandon, lady Monteagle (una de las hijas de aquel controvertido matrimonio de Charles Brandon duque de Suffolk con Anne Browne). El ascenso de Jane, además, representó un gran golpe de suerte para Elizabeth Darrell, antaño amante de sir Thomas Wyatt. Elizabeth Darrell llevaba tiempo apartada de la corte y vivía con grandes estrecheces, casi en la pobreza; pero Jane se acordó de que ambas habían servido juntas a la reina Catalina de Aragón y que Elizabeth Darrell, con sus virtudes y sus defectos, había probado una enorme lealtad hacia Catalina de Aragón. Dado que la propia Jane nunca había ocultado, en su momento, su afecto y respetuosa admiración por Catalina, quiso añadir a su enjambre de damas a Elizabeth Darrell, que vió mejorar su suerte de un día para otro. En cambio, lady Sussex tuvo serios problemas para introducir a dos hijas de lady Lisle, Katherine y Anne Basset (apunte: las dos habían nacido del primer matrimonio de Honor Grenville, esposa en segundas nupcias de Arthur Plantagenet, lord Lisle). Jane no tragó con Katherine, sólo aceptó a Anne tras hacerse bastante de rogar y fue clara al establecer que no podría conservar sus ropas francesas mediante el truco de añadir una toca y un frentero. Ropas inglesas, sí o sí, marcando la diferencia con el pasado inmediato.

Jane resultó ser una señora exigente en cuanto a protocolo y decoro. Quizá por saberse de orígenes bastante modestos, había en ella una veta de inseguridad que trató de paliar mostrándose absolutamente quisquillosa en cuanto a cuestiones de protocolo. Por otro lado, quería una corte "de buen tono moral". Puede que esto respondiese a su propia educación religiosa, pero también representaba una manera de blindar su reputación de un modo en que podía resultarle muy útil en el futuro (a fín de cuentas, estaba muy reciente el proceso contra Ana Bolena). Las damas fueron invitadas a usar tocado Gable, típico británico, en vez de caperuzas francesas; debían vestir de forma suntuosa, como correspondía a una corte de primer orden, pero con cierto recato y no se les permitía en adelante usar colas que superasen los 2 metros 74 centímetros.

Jane misma tenía gustos sencillos, nada ostentosos. Sus labores de aguja habían sido célebres por la atención puesta en cada detalle incluso antes de que se fijase en ella el rey; célebres, entendámonos, en el círculo de damas de la corte, muchas de las cuales realizaban ese tipo de tarea más por obligación que por gusto. Si Catalina, antaño, había hecho cuestión de honor de coser y bordar con esmero las camisas de su marido el rey Enrique, podía esperarse que Jane siguiese la misma línea. Generalmente, a sus pies tenía, mientras trabajaba en sus costuras, a su perro favorito, un caniche. Pero, si no estaba dándole a la aguja sobre el bastidor, podía encontrarse a Jane en los jardines palaciegos. Le encantaban la floricultura y, sobre todo, la horticultura: su jardinero en jefe en Hampton Court, un hombre apellidado Chapman, encontró en ella a la señora más interesada que hubiera podido existir en el mundo entero. A Jane también le gustaba cabalgar, pescar y cazar: imaginarla en movimiento, disfrutando de esas actividades al aire libre, rompe un poco la tendencia a verla siempre como una mujer eminentemente doméstica, de las que viven de puertas para adentro. Jane, en conjunto, no era tan sosa, ni tan pacata, y tenía sus tentaciones: se moría por la carne de venado y por las perdices estofadas.

La corte era una corte alegre, incomparablemente alegre, en el verano de 1536, el primer verano que se perdieron tanto Catalina de Aragón como Ana Bolena. El 15 de junio, por ejemplo, un orondo Enrique y su Jane presidieron una gran procesión festiva, para conmemorar el Corpus Christi, hasta Westminter;la cola del vestido de la reina la llevaba lady Margaret Douglas, sobrina de Enrique. Hubo castillos de fuegos artificiales y jornadas cinegéticas, para deleite de la reina. El 3 de julio un Whitehall profusamente engalanado acogió el desarrollo de un gran torneo, para celebrar la boda, muy del gusto del rey, de tres hijos del conde de Westmorland. Enrique no se permitió participar en la justa (su agilidad ya no era la adecuada), pero sí en una mascarada, disfrazándose de sultán de Turquía: aunque con su figura era muy fácil adivinar quién era el rey, con cualquier disfraz que usase, Jane fingió sorpresa con admirable buena voluntad al descubrirle. El 29 de julio hubo nuevas festividades, en esta ocasión para conmemorar a San Pedro: Enrique y Jane contemplaron juntos desde un gran ventanal del Mercer´s Hall, en Cheapside, la procesión que año tras año, en esa fecha, llevaba a cabo la Guardia de la Ciudad de Londres con trajes de gala escarlata y antorchas en las manos.

En conjunto, Enrique estaba entusiasmado. Su nueva reina le tenía razonablemente contento (la evidente falta de experiencia sexual previa de ella debía resultarle tranquilizadora, aparte de que se tratase de una mujer sensata y calma, no una deslenguada como la anterior) y se estaba dedicando, sobre todo, a adquirir nuevas residencias y propiedades. Con motivo de la boda con Jane, había sido generoso y le había entregado a ella una amplia dote, que incluía ciento cuatro fabulosas mansiones distribuidas a lo largo y ancho del país, en diecinueve condados distintos; cinco castillos y varios cotos de caza, así como bosques. Luego, en el verano de 1536, Enrique se "resarció": le cambió a su amigo el duque de Suffolk una casona en el Strand, Norwich House, por el espléndido Suffolk Place, en Southwark; obtuvo de lord Sandys en ventajosas condiciones un "manor" en Chelsea; anexionó Durham House, antiquísima residencia londinense de los obispos de Durham, a Whitelhall; recibió del obispo de Waltham como regalo el pabellón de caza de Copt Hall en Essex, etc etc. Enrique era un potentado, desde luego, y cada año se hacía más notorio en ese sentido.


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 Asunto: Re: JANE SEYMOUR
NotaPublicado: 29 Nov 2018 18:45 
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Para este momento, ya Enrique había sufrido el accidente que le acabó de amargar la vida. De joven, había sido muy deportista y se había destacado en las armas, la caza, arco y flecha, el tenis, en fin, en todos los deportes de la época. En 1536 decide participar en una justa para demostrar sus habilidades, con tan mala suerte que el caballero al cual se enfrentó lo tumbó del caballo. Enrique cayó al suelo, quedando inconsciente, y estuvo sin conocimiento dos horas. En la caída, recibió también un fuerte golpe en una pierna, y se le abrió una herida que había sufrido años antes, en otra justa. Esta herida se infectó rápidamente y constantemente botaba pus y sangre, amén de una peste increíble. Una de las debilidades de Enrique eran sus piernas largas y bien formadas, y ahora tenía que llevar una de ellas vendada fuertemente para que las secreciones de la herida no mancharan el resto de su ropa. El rey casi no podía caminar del dolor, y esa inmovilidad (junto con la cantidad bárbara de comida que ingería) le hizo ponerse cada vez más gordo. Todo esto le producía un humor de mil demonios. Ya no era "el príncipe más guapo del cristianismo".


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 Asunto: Re: JANE SEYMOUR
NotaPublicado: 29 Nov 2018 19:19 
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Jane.


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María.


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Annabelle Wallis como Jane y Sarah Bolger como María en Los Tudor.


Probablemente el aspecto más simpático de Jane fue su tratamiento afectuoso en extremo hacia María, la hija de Catalina.

No hay que olvidar un detalle: María había cumplido veinte años en febrero de 1536. Lejos, muy lejos, quedaba aquella infancia recordada con apasionado anhelo, cuando había sido una princesita adorada por sus queridos padre y madre. A partir de determinado momento, todo se había torcido...y de qué manera. Ella no sólo se había visto privada de su madre, sino también distanciada de un padre a menudo arbitrario y que exigía cruelmente que, desposeída de su condición de princesa, convertida en una simple lady, se sometiese por entero a él si deseaba volver a tener una posición en la corte. María había mantenido durante años su posición, la posición de una hija leal a la buena reina Catalina; se había distinguido por un catolicismo conservador, que le impedía aceptar, por ejemplo, la ruptura con el Papa. Pero esa firmeza se había cobrado un alto precio en María. Su salud se había resentido tremendamente, padecía desarreglos menstruales, sufría migrañas y cólicos y atravesaba por una auténtica depresión. En Hackney, paradojas de la vida, su principal alegría residía en cuidar a su medio hermana, Elizabeth. Dice bastante a favor de María que, en ese punto, lograse considerar a su medio hermana pelirroja un ser independiente con respecto a su siempre odiada Ana Bolena. María quería, y no poco, a Elizabeth y se preocupaba por su bienestar, sin tener en cuenta -¡de momento!- quién había sido la madre de la pequeña, otra ex princesa, otra nueva lady.

Todos los amigos de María, empezando por Chapuys, confiaban en que Jane fuese una intercesora constante a favor de la joven. Jane, en ese sentido, no les defraudó. Enrique era un hueso duro de roer: estaba dispuesto a no concederle ninguna gracia o merced a su hija mayor a no ser que ella renunciase a su "obcecación" y a su "ceguera" e hiciese pública profesión de su absoluta sumisión a la voluntad de su padre el rey. María capituló, a mediados de junio; una capitulación muy amarga para ella, que, en adelante, se reprocharía a menudo no haber seguido completamente fiel a sus principios en materia religiosa, un asunto de conciencia pero también una especie de deuda eterna con Catalina. Pero ese sufrimiento moral se vió un tanto paliado cuando aquel 6 de julio (justo tres días después de las bodas Westmorland de las que se hablaba en el post anterior), Enrique, junto a Jane, visitó Hackney. El rey, muy suavizado el carácter gracias a Jane, entregó a su hija mayor dinero de bolsa, prometiéndole que enseguida recibiría una notable cantidad; Jane estuvo especialmente atenta, con obsequio de nuevas ropas, elegantes y ricas, a su "hija" de veinte años. Para María la actitud de Jane debió ser un verdadero bálsamo sobre las heridas, porque concibió instantáneamente un profundo y sincero afecto por su "madre". Aunque Elizabeth era muy chiquitina aún, no hay motivo alguno para suponer que Jane no mantuviese la misma buena voluntad hacia ella. Las dos tenían sitio en su corte, por lo que a la reina se refería.


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