Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: ANA, LA REINA DE LOS MOSQUETEROS
NotaPublicado: 27 Sep 2010 14:57 
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Es muy probable que esta mujer...

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...represente, en el imaginario popular, la reina más romántica de la historia. La culpa, por supuesto, recae en Alexandre Dumas, con su serie de novelas acerca de aquellos tres mosqueteros que en realidad eran cuatro. Ana de Austria ha quedado inmortalizada en la literatura folletinesca como una soberana plena de hermosura y gracia, descuidada por su esposo, perseguida por el poderoso valido cardenal de éste, calumniada, situada al borde del abismo del desprestigio por un asuntito que incluía un duque inglés, una espía turbadora y unos herretes de diamantes, salvada por los formidables mosqueteros. Lo curioso es que la biografía de Ana todavía me parece más entretenida que la versión novelada. Contiene todos los elementos para fascinar a quienes buscan una aproximación veraz a su figura.

Así que allá vamos con la infanta Ana Mauricia de Austria, para los franceses Anne Mauricette.

(love)


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 Asunto: Re: ANA, LA REINA DE LOS MOSQUETEROS
NotaPublicado: 27 Sep 2010 16:02 
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El relato arranca, inexcusablemente, en otra mujer...

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...que nació siendo archiduquesa de Austria-Estiria, con el nombre de pila de Margareta. Había llegado al mundo en un día particularmente señalado del calendario cristiano: el 25 de diciembre. En este caso, hablamos del 25 de diciembre de 1584, jornada durante la cual en la ciudad de Gratz, capital de la región austríaca de Estiria, María Ana de Baviera, sobrina carnal a la vez que esposa del archiduque Carlos, dió a luz a su undécimo retoño en común. Diez criaturas habían precedido a Margareta y todavía llegarían cuatro más después de ella. No podía negarse que la unión de Carlos y María Ana había resultado extraordinariamente fecunda.

El 18 de abril de 1599, Margareta, que todavía no había llegado a cumplir quince años, contrajo matrimonio por poderes con el príncipe Felipe, heredero de España. Se trataba de un pariente cercano, por supuesto, ya que los Habsburgo estaban cogiéndole el gusto a casarse dentro de su propio círculo. Carlos V había decidido renunciar a sus posesiones para retirarse a la vida contemplativa en el monasterio de Yuste, dejando los dominios hispánicos y las provincias flamencas en manos de su hijo Felipe II, pero los territorios centroeuropeos de los Habsburgo a su hermano, que se transformó en emperador con el nombre de Ferdinand I. Ferdinand I había sido a su vez el padre de quince hijos con su esposa Ana Jagellon, por derecho propio reina de Bohemia y de Hungría; entre esos quince hijos, figuraban el emperador Maximilian I y el archiduque Carlos de Austria-Estiria. El emperador Maximilian, casado con su prima española María, hermana de Felipe II, había tenido una hija, Ana, que al crecer se había convertido en la cuarta esposa de Felipe II, madre de ese príncipe Felipe con el que luego casarían a Margareta de Austria-Estiria, a su vez hija de un hermano y una sobrina de Maximilian I.

Asegura la tradición que Margareta recibió la noticia de que viajaría a España para casarse con Felipe cuando se encontraba atendiendo enfermos en un hospital de la ciudad de Graz. Había heredado la religiosidad, la sincera piedad y la compasión por los menos afortunados que distinguían a su madre, María Ana. Precisamente la madre, María Ana, decidió acompañar a Margareta cuando ésta se puso en camino, con el gran séquito habitual en esas circunstancias. En el momento en que el cortejo acababa de adentrarse en tierras italianas, se enteraron de que el gran rey Felipe II había fallecido en El Escorial: el prometido de Margareta ya no era, por lo tanto, el príncipe Felipe, sino Su Católica Majestad Felipe III. En la ciudad de Ferrara, el 13 de noviembre de ese año de 1598, Margareta contrajo matrimonio con un Felipe III representado por su primo y cuñado el archiduque Alberto. El enlace por poderes se hizo coincidir con la festividad de san Leopoldo, patrón de los Habsburgo.

Navíos magníficamente pertrechados surcaron el Mediterráneo para conducir a Margareta a Valencia. En la localidad de Murviedro, se produciría el primer encuentro entre el rey Felipe III, de veintiún años, y su reina Margarita, casi a punto de festejar su decimoquinto aniversario. Él no hablaba alemán y ella no hablaba español, de manera que esos Habsburgo tuvieron necesidad de un intérprete para intercambiar los primeros cumplidos en presencia de la madre de la chica, María Ana. Los esposos por poderes tuvieron un segundo encuentro a los pocos días en el santuario de Nuestra Señora del Puig, en el que ambos rezaron para que su vida conyugal fuese grata a los ojos de Dios. Después se verían en la catedral de Vinaroz, durante un nuevo acto religioso, y, finalmente, en la Seo de Valencia, en la que se realizó la misa de velaciones que complementaba el casamiento por poderes de Ferrara.

A sus quince años, Margarita había llegado dispuesta a entregar su corazón al marido que le habían elegido. Felipe poseía unos cabellos de un rubio intenso y tez clara; el rostro en su conjunto era bastante agraciado a pesar de la mandíbula prognática típicamente habsburguesa; lo único que le faltaba era buena planta, porque carecía de una constitución fornida, adoleciendo por tanto de una figura un tanto enclenque. A los ojos de Margarita, lo que contaba era que en él se mezclaban una natural timidez con una profunda gentileza; en sus cartas a casa, ella nunca se cansaría de repetir que se trataba de un hombre bondadoso, afectuoso, inclinado a la clemencia y que se postraba ante cada fraile que se cruzaba en su camino solicitando la bendición. Por lo que concierne a Margarita, todos coincidían en que su maravilloso cutis compensaba la fea nariz y un prognatismo más acentuado que el de Felipe. Era una mujer de carácter agradable, simpática y complaciente, aparte de intensamente devota. Los dos compartían cierta pasión por los trajes ostentosos, por la danza y por las cacerías. Estaba claro que se entenderían fácilmente, una vez superada la barrera idiomática.

Una sombra se proyectaba, no obstante, sobre su existencia en común. Felipe se había criado según los designios de su formidable padre Felipe II, quien, después de los serios conflictos en que se había visto envuelto por causa de los desequilibrios mentales de su difunto primogénito el príncipe don Carlos, deseaba un heredero completamente obediente y sumiso a su voluntad, incapaz de provocar ni el menor quebradero de cabeza. La cuestión estribaba en que el príncipe Felipe se había plegado completamente a la voluntad de su progenitor y se había perdido cualquier oportunidad de desarrollar su propio carácter. Para la época en que se juzgó necesario que empezase a tomar contacto con los asuntos de estado, se descubrió que había en él capacidad analítica ni criterio alguno. Era de mente letárgica y de naturaleza indolente. Lo primero que había hecho al ascender al trono había sido delegar por completo el gobierno en su favorito, el conde de Lerma, que pronto llegaría a ser el duque de Lerma.

Margarita íba a detectar rápidamente que quien tenía la sartén por el mango era Lerma. El aristócrata había decidido de antemano que la reinecita importada de la lejana Estiria no íba a disponer de recursos para ganar una ascendencia en el espíritu del rey que quizá a la larga perjudicase al valido. Sus primeros movimientos se orientaron a someter a su influencia a Margarita. Empezó tratando de imponerle un nuevo confesor a la consorte de Felipe, un franciscano llamado fray Mateo de Burgos. En esa tesitura, Margarita se defendió con brillantez: puesto que aún no balbuceaba el español, adujo, por la salud de su alma requería mantener a su lado a quien había sido su confesor desde la niñez, el jesuíta alemán Richard Haller. El argumento de Margarita prevaleció, porque nadie podía discutir su lógica aplastante. Pero en cuanto la pareja real se estableció en Valladolid, auténtica capital de los dominios de Felipe por deseo expreso de Lerma, que tenía en esa ciudad su palacio, el noble volvió a interferir abiertamente en la composición del conjunto de damas de la muchacha. Ésta no pudo mantener por mucho tiempo a su camarera mayor, la duquesa de Gandía, a quien profesaba sincero afecto. La duquesa de Gandía hubo de abandonar la corte en diciembre de 1599, reemplazándola nada menos que Catalina de la Cerda, esposa del duque de Lerma. Esa sustitución produjo, evidentemente, aluviones de rumores entre la gente común y corriente. Puesto que Catalina duquesa de Lerma mostraba una salud en franco declive, su marido determinó que la asistiría en sus funciones otra señora de su cuerda, Magdalena de Guzmán, marquesa del Valle.

Margarita lo tenía complicado para hacer frente a Lerma, que dominaba por entero a Felipe III. Dice mucho a favor de ella, sin embargo, que tratase de apuntalar su independencia en numerosas ocasiones. Después de haber sufrido un aborto natural en su primer embarazo, la reina multiplicó sus peregrinaciones a santuarios marianos; tributó una constante devoción a Nuestra Señora de la Esperanza en Valladolid y llegó a desplazarse a Zaragoza para rezar a la Virgen del Pilar. Se consideró recompensada al producirse un segundo embarazo en noviembre de 1600. A principios de septiembre de 1601, ante la inminencia del parto de la reina, el duque de Lerma propuso que se trasladase al palacio de los Lerma en Valladolid. Pero Margarita, que acababa de pedir que le mandasen el báculo de Santo Domingo de Silos para que le ayudase a parir bien, se empeñó en establecerse en el palacio de los condes de Benavente. A Lerma le sentó peor que mal ese "desaire" de Margarita; se puso tan melancólico que Felipe III, tratando de apaciguarle, le regaló una ristra de perlas valorada en treinta mil escudos.

En la tarde del día viernes 21 de septiembre de 1601, Margarita experimentó los dolores previos al alumbramiento. Felipe III, movido por su amor hacia Margarita, insistió en quedarse a su lado, sosteniéndole la mano y murmurando palabras de aliento, hasta que las parteras le rogaron que les permitiese cumplir con su tarea sin la presión que suponía esa constante vigilancia de su monarca. Margarita expulsó la criatura a la una y media de la madrugada del sábado 22 de septiembre de 1601. Aunque no cabe duda de que se habían multiplicado las oraciones para que se les concediese un varón a los reyes, no causó ningún disgusto la llegada de una minúscula infanta de España. Felipe III estaba tan contento con la primogénita que solicitó que se celebrasen luminarias en Valladolid durante tres noches consecutivas.

La pequeña infanta de España sería bautizada en la iglesia del convento de San Pablo de Valladolid, el domingo 7 de octubre de 1601. El duque de Lerma la condujo en brazos a la pila bautismal ante la que aguardaba el oficiante, el cardenal obispo de Toledo, flanqueado por dos cardenales y cuatro obispos. Lerma representaba al padrino oficial, el duque de Parma. La madrina, en cambio, era la esposa de Lerma, Catalina de la Cerda, a la que seguía la marquesa del Valle, designada aya gobernanta de la chiquitina que recibió en esa jornada los nombres de ANA MAURICIA.


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 Asunto: Re: ANA, LA REINA DE LOS MOSQUETEROS
NotaPublicado: 27 Sep 2010 16:03 
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Aleluya querida Minnie por sacar a Ana Mauricia del ropero... =D>


Última edición por hernangotha el 27 Sep 2010 17:55, editado 1 vez en total

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 Asunto: Re: ANA, LA REINA DE LOS MOSQUETEROS
NotaPublicado: 27 Sep 2010 16:18 
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Después de poner en el mundo a Ana Mauricia, Margarita padeció un acceso de fiebres puerperales. Esas fiebres, que solían acompañar a la subida de la leche, la debilitaron considerablemente, pero pudo sobreponerse a ellas. Sin embargo, la enfermedad de la reina contribuyó a resaltar el hecho de que la duquesa de Lerma, cuyos achaques se multiplicaban, no estaba en condiciones de atenderla, lo que hacía que cobrase excesiva importancia la marquesa del Valle, Magdalena de Guzmán. El duque de Lerma se decidió a meter baza en el asunto. Removió del cargo de camarera mayor a su esposa Catalina; ésta había rogado ser sustituída por su hermana la condesa de Cifuentes, pero Lerma desestimó a su cuñada en favor de su hermana Catalina condesa de Lemos, según los cronistas la única mujer en el mundo en cuya presencia temblaba el todopoderoso valido de Felipe III. Margarita, la reina, no aceptó de buen grado que la condesa de Lemos ascendiese al rango de camarera mayor.

Por suerte, un nuevo embarazo centró por entero los desvelos de la reina Margarita. El 1 de enero de 1603, de nuevo en el palacio de los condes de Benavente, otra vez protegida por el báculo de Santo Domingo de Silos, la consorte de Felipe III alumbró una hija. La niña se bautizó con el nombre de María, en honor a la emperatriz germánica María, hija de Carlos V, viuda de Maximilian II, tía abuela de Felipe III y tía carnal de Margarita, que, a la sazón, había tomado los velos de religiosa en el monasterio de las Delcalzas Reales en Madrid. Por desdicha, la pequeña infanta María falleció en marzo de 1603, con apenas dos meses de vida. Para Margarita supuso un golpe durísimo.

En el mes de junio, en una etapa en la que Margarita empezaba a consolarse por el fallecimiento de su María, perecía, en Buitrago, la duquesa de Lerma. El duque de Lerma aprovechó la desaparición de la que había sido su mujer para volver a entrometerse en la organización de la casa de la reina. De manera precipitadísima, y por eso mismo dando origen a un escándalo público, se expulsó de la corte a la aya gobernanta de la infantita Ana Mauricia, la marquesa del Valle. Ésta fue sustituída por una hermana del duque de Lerma y de la camarera mayor condesa de Lemos, la condesa de Altamira. A Margarita le rechinaron los dientes, pero no encontró la forma de plantarle cara abiertamente al duque de Lerma.

A mediados de 1604, Margarita experimentó las señales de una nueva preñez. El período de gestación se desarrolló apaciblemente, para desembocar en un parto sorprendentemente breve y carente de complicaciones el día 8 de abril de 1605, que coincidía con un Viernes Santo. El bebé fue un varón, recibido con una extraordinaria algarabía. Se bautizó con los nombres de Felipe Domingo.


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 Asunto: Re: ANA, LA REINA DE LOS MOSQUETEROS
NotaPublicado: 27 Sep 2010 16:30 
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Echando cuentas, podéis colegir que Ana Mauricia había sido prácticamente hija única durante sus primeros tres años y medio de existencia. Prácticamente, con un breve interludio de dos meses en los que permaneció viva su hermanita María, de la que Ana Mauricia no guardaría ninguna remembranza porque esa criatura había nacido y muerto cuando la primogénita tenía menos de dos años. A los tres años y medio, sí sería vagamente consciente de la aparición en escena de Felipe Domingo.

Ana Mauricia, por cierto, fue un bebé muy retratado. Aquí se pueden apreciar dos cuadros magníficos que reflejan a la infanta en distintos períodos del año 1602:

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Y aquí se la puede contemplar con tres añitos, poco antes del natalicio de Felipe Domingo:

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 Asunto: Re: ANA, LA REINA DE LOS MOSQUETEROS
NotaPublicado: 27 Sep 2010 16:42 
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Éste retrato muestra a Margarita de Austria, reina de España, en avanzado embarazo del que sería Felipe Domingo, teniendo consigo a su única hija viva, Ana Mauricia.

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Aunque he de decir que lamento no haber podido encontrarlo en buena resolución, porque lo encuentro francamente original para la época.


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 Asunto: Re: ANA, LA REINA DE LOS MOSQUETEROS
NotaPublicado: 27 Sep 2010 16:58 
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Margarita siguió cumpliendo su misión principal, de proveer sucesión al linaje de Austria en España. Cuando el principito Felipe Domingo frisaba en los dieciséis meses, la madre completó su cuarto embarazo con el parto de otra infanta: María Ana. Se trató de una criaturita tan rubia como el padre pero con los rasgos habsburgueses atenuados; la barbilla era solamente ligeramente prognática, lo que constituía una señal de que podría convertirse en una linda muchacha si no se malograba por el camino. El duque de Lerma fue su padrino de bautizo.

En septiembre de 1607, en esa ocasión en el Alcázar de Madrid para variar, la reina llevó a feliz término un quinto embarazo con el natalicio de un infante varón. El bebé surgió del útero materno con un aspecto extremadamente delicado, de modo que los médicos de cámara pronosticaron que se moriría casi en el acto, razón por la cual se procedió a un bautizo inmediato en el que se le otorgó el nombre de Carlos, en honor a su abuelo materno y al gran emperador que había sido su bisabuelo paterno. Aunque ni Felipe ni Margarita creían en su supervivencia, en virtud del pronóstico de los doctores, el niño demostró una notable voluntad de llevarles la contraria. Retirada a El Escorial, Margarita produciría otro varón, en ese caso bautizado Fernando, el 16 de mayo de 1609. Después de este nacimiento, se podría juzgar que la sucesión estaba asegurada y que Margarita podía tomarse un respiro, pues, en realidad, ya se había arriesgado demasiado con semejante concatenación de embarazos-partos. Pero la soberana tenía muy en mente el ejemplo de su madre, María Ana de Baviera, y de su abuela paterna, Ana Jagellón: ambas mujeres habían pasado por el trance de dar la vida en quince ocasiones. El 24 de mayo de 1610, durante una estadía en el vallisoletano palacio de Lerma, Margarita tuvo una niña que se llamaría Margarita Francisca.


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 Asunto: Re: ANA, LA REINA DE LOS MOSQUETEROS
NotaPublicado: 27 Sep 2010 17:04 
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Más retratos.

Nuestra Ana, a los seis años, es decir, en 1607, cuando ya habían nacido sus hermanos María (muerta bebé), Felipe Domingo, María Ana y Carlos.

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Y aquí Ana, algo más crecidita, con su hermano heredero del trono, Felipe Domingo:

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 Asunto: Re: ANA, LA REINA DE LOS MOSQUETEROS
NotaPublicado: 27 Sep 2010 17:07 
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La infantita María Ana con el infante Carlos:

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 Asunto: Re: ANA, LA REINA DE LOS MOSQUETEROS
NotaPublicado: 27 Sep 2010 17:23 
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:DD MINNIE :DD , mil enormes gracias >:D< por este tema :bravo: . En agradecimiento, te ofrezco pintarte la casa a nuevo,jeje, que es mi tarea de estos últimos meses :ufff:

_________________
Deja que todo te suceda


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 Asunto: Re: ANA, LA REINA DE LOS MOSQUETEROS
NotaPublicado: 27 Sep 2010 17:34 
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Tras Fernando (respecto al cual se decidió, tratándose de un recién nacido, que seguiría una carrera eclesiástica...) y de Margarita Francisca, la reina Margarita volvió a concebir a finales de 1610. La mayor de sus hijas, Ana Mauricia, tenía diez años y medio cuando la madre se puso de parto por octava vez en El Escorial el 22 de septiembre de 1611. Hubo el natural regocijo por el nacimiento de Alfonso Mauricio, pero ese jolgorio se vió bruscamente interrumpido a los tres días a causa de un repentino empeoramiento en la salud de la debilitada Margarita. Empezaron a sacudirla los escalofríos y la fiebre se cebó en su pobre cuerpo. Por supuesto, enseguida la rodearon de sagradas reliquias: aquella mujer tan devota llevaba años experimentando visiones, oyendo voces y fundando conventos en los que invitaba a que ingresasen muchas de sus damas. Dado que merecía la pena ayudar un poco a los santos, los médicos procedieron a efectuar sangrías. Margarita, en un atisbo de lucidez, declaró que no viviría ni siquiera ocho días cuando empezó a sufrir paroxismos. Ella misma solicitó la extrema unción antes de fallecer el 2 de octubre. A su último retoño, Alfonso Mauricio, se le atribuyó entonces el apelativo de Caro, pues el precio de su existencia había sido la vida de su piadosa madre.

Aquí va, un poquito por adelantado, un retrato de los tres hijos menores de Margarita: Fernando, Margarita Francisca y Alfonso.

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El fallecimiento de Margarita, acaecido el 2 de octubre de 1611, era, desde una óptica moderna, previsible: la devota mujer se había arruinado la salud con tantas gestaciones y alumbramientos; por ley de probabilidades, tarde o temprano la mataría un parto o el aún más temible sobreparto. Pero en aquella época, el deceso de la soberana provocó una verdadera conmoción en el pueblo. Margarita había sido muy querida por la gente; todos percibían que era amable y dispuesta a hacer el bien, pero, además, se había filtrado fuera de los círculos cortesanos el hecho de que poseía mayor fortaleza de carácter que su marido, lo que la había llevado a manifestarse crítica con el gobierno del duque de Lerma. Margarita había reprochado a Lerma el empobrecimiento general, el vaciado sistemático de las arcas reales y la corrupción en la administración. Eran acusaciones bien fundadas...y duras.

Eso significó que el pueblo frunció el ceño con evidente recelo al enterarse de que Margarita había expirado en El Escorial. Se concentraron las miradas hacia el médico que la había atendido en sus últimos días, el doctor Mercado. A éste parecía que le había mirado un tuerto: a los cinco días de que se muriese la reina de España, perdió a su propia esposa. Pero lo peor era que los españoles creían los rumores acerca de que había sido negligente en las atenciones hacia la finada consorte de Felipe III. Hubo quien sugirió que no se trataba de que hubiese errado el diagnóstico y el tratamiento; se tiró en la dirección de que a la desdichada Margarita se le había suministrado alguna pócima destinada no a curarla sino a rematarla. Supuestamente, Mercado habría actuado así para complacer a Lerma o al privado de Lerma, don Rodrigo Calderón. En Valladolid, una muchedumbre furiosa llegó a atacar a pedradas el coche en el que viajaba Mercado. Aunque seguramente ese acto brutal fue injusto para Mercado, hay que admitir que el enojo de los vallisoletanos expresaba mejor que cualquier otra acción la pesadumbre en que les había dejado la desaparición prematura de Margarita de Austria-Estiria.


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 Asunto: Re: ANA, LA REINA DE LOS MOSQUETEROS
NotaPublicado: 27 Sep 2010 18:00 
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Felipe III...

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...podía ser un rey marcado por la debilidad de carácter y la falta de voluntad, que todo lo fiaba en el duque de Lerma. Un autor -británico, creo recordar- le ha descrito como el rey más holgazán o más vago en la historia de España. Quizá por ese lado no podamos reivindicarle en absoluto. Pero lo que se puede reconocer es el mérito de haber amado profundamente a su esposa y de querer apasionadamente a sus hijos. La muerte de Margarita le causó una verdadera aflicción; el tiempo aplacaría su angustia inicial pero no diluiría la pena. No sólo no volvería a casarse jamás sino que sorprendió a cuántos le rodeaban negándose a mantener relaciones con cualquier otra mujer. Rindió tributo a la memoria de su difunta consorte a través de un estricto celibato.

Se sabe que de sus retoños fue Ana Mauricia...

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...la más afectada por el fallecimiento de Margarita. Esto es comprensible, debido a la edad de la infanta. Por otro lado, hay que señalar que Felipe y Margarita constituían una rareza en el sentido de que incluso dentro del muy estricto ceremonial de la corte española, habían logrado transmitir afecto y calidez a sus hijos. Muerta Margarita, se diría que la dolorida Ana había conseguido obtener consuelo en el cariño de su padre Felipe, quien, a su vez, encontró un lenitivo a sus pesares en sus vástagos.

Ana se acercaba a la edad núbil. Hasta ese momento, había sido una infanta niña en la que pocas veces se había reparado fuera del ámbito de la corte. En el año 1608, es decir, casi tres años antes de que pereciese Margarita, un diplomático veneciano de nombre Francesco Priuli había tenido ocasión de coincidir con la infantita en el curso de un evento religioso. Priuli se había sorprendido ante el aplomo que puso de manifiesto, al punto de introducir algunas líneas elogiosas en un despacho remitido a la Serenissima. Un año más tarde, en 1609, fue un embajador francés, Monsieur de Vaucellas, quien reparó en la gracia que emanaba de Ana. Esto en sí mismo fue llamativo en su momento. Se daba la circunstancia de que Ana había nacido sólo cinco días antes de que la reina consorte de Henri IV de Francia, Marie de Medici, alumbrase en el Palais du Louvre de Paris al heredero de éste, Louis, que había ascendido al trono con ocho años y medio de edad tras el asesinato de su progenitor, obra de un fanático católico. Puesto que Ana y Louis habían llegado al mundo casi simultáneamente, hubo la natural predisposición a considerar que quizá en un futuro las tradicionales querellas entre España y Francia podían solventarse con un matrimonio. Pero en 1609, cuando Monsieur de Vaucellas vió a Ana, la perspectiva que había respecto a un casamiento hispano-francés se cifraban en obtener para Louis XIII la mano de la hermanita menor de Ana, María Ana. En esa circunstancia, es particularmente meritorio que Ana lograse interesar a Monsieur de Vaucellas.

Hacia 1610, Marie de Medici necesitaba reforzarse en su posición de regente de Francia. Para imponerse a los príncipes de la sangre y poderosos aristócratas franceses que podían atacarla por su condición de mujer extranjera ("esa gorda banquera florentina"....), Marie revirtió la política exterior que había seguido su finado marido Henri IV buscando a cualquier precio una alianza con España. La idea de Marie pasaba por un doble enlace nupcial: estaba dispuesta a que se negociase a la vez la boda de Louis XIII con una infanta española y la de la mayor de las hermanas de éste, Elisabeth, con el heredero del trono hispano, Felipe Domingo. Por supuesto, Marie de Medici desearía a Ana, la primogénita, para Louis, pero en principio creyó tener que contentarse con la infanta María Ana. El duque de Lerma barajaba distintas opciones. Por ejemplo, en 1611, le parecía sugestivo buscar un compromiso de la infanta Ana Mauricia con el príncipe Henry de Gales, hijo mayor del rey James I con Anne de Dinamarca, a la vez que se combinaría un doble enlace francés con intercambio de María Ana por Elisabeth. Asimismo, en 1611, el duque de Saboya, Carlo Emanuele, preocupadísimo porque veía venir una alianza hispano-francesa que le perjudicaría muy directamente, reclamó la mano de Ana Mauricia para su hijo heredero Vittorio Amedeo, cuya madre, Catalina Micaela, había sido una medio hermana de Felipe III.

Mientras los dados estuvieron girando por el aire, no se sabía hacia qué lado caerían. Ana Mauricia pudo haber sido la primera infanta española expedida a Inglaterra desde la época, ya remota, de Catalina de Aragón. Ese plan tuvo mayores posibilidades de éxito que el plan de hacer de ella una duquesa de Saboya: Felipe III no tenía ganas de mandar a su hija a Turín a que se casase con el príncipe de Piamonte. Ya hacia 1612, las cosas empezaron a decantarse. El príncipe Henry de Gales falleció en noviembre, de una fiebre tifoidea, aunque surgieron rumores persistentes de que había sido envenenado. Desde Francia habían presionado para que Louis XIII recibiese a Ana Mauricia en lugar de a la pequeña María Ana, algo que a Felipe III de pronto le encajó perfectamente en su mente. Por tanto, acabó cuajando la idea de una doble alianza con intercambio de Ana Mauricia con Elisabeth, dejando libre a la pequeña María Ana por si interesase para Charles, el hermano de Henry que acababa de elevarse al título de príncipe de Gales.


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