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 Asunto: JOSEPHINE DE BEAUHARNAIS (DINASTÍA: BONAPARTE)
NotaPublicado: 19 Feb 2008 21:37 
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Tema para los interesados en la figura histórica de...

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Josephine Tascher de la Pagèrie, después Josephine de Beauharnais, más tarde Josephine Bonaparte, emperatriz de los franceses.


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NotaPublicado: 25 Feb 2008 19:44 
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En el hermoso palacio denominado Malmaison, cuyos extensos jardines repletos de rosales causaban admiración de cuantos acudían hasta allí, se produjo una defunción en la mañana del veintinueve de mayo de 1814. La fallecida era una mujer a quien le habían faltado apenas unas semanas para cumplir cincuenta y un años de edad. Había nacido muy lejos de Francia, en la isla de Santa Lucía, aunque la habían bautizado y se había criado en la isla de Martinica. Su nombre, por entonces, había sido Marie Josèphe Rose Tascher de la Pagerie. Por lo general, la llamaban Rose, aunque familiares y allegados le aplicaban con frecuencia el cariñoso diminutivo "Yeyette". En una etapa posterior de su existencia, se la denominaría Rose de Beauharnais, más tarde todavía Josephine de Beauharnais. Luego su nombre pasaría a ser Josephine Bonaparte. Con algo más de tiempo, se transformaría en la emperatriz Josephine. Ni siquiera el divorcio la privaría de su rango imperial.

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"Ha ído al encuentro de la muerte con la misma gentileza y dulzura con que vivió la vida", declararía, conmovido, su hijo Eugène de Beauharnais, que enseguida tendría que romperse la cabeza cuadrando las -siempre desastrosas- cuentas de la madre. En realidad, llevaba un tiempo con la salud quebrantada: había enflaquecido de manera considerable, su piel había perdido lustre y se había cubierto de arrugas, tosía convulsivamente. Aún así, Josephine no olvidaba, ni por un instante, que debía hacer honor a su fama de gran anfitriona. Todos los monarcas, príncipes, militares y políticos que se habían coaligado para derrotar al hombre a quien ella amaba acudían por esa época a visitarla en Malmaison, pues confiaban en que la mujer aportaría su granito de arena para facilitar la transición desde el imperio napoleónico a una nueva etapa de reinado borbónico en el país.
Josephine no podía enemistarse con nadie. Necesitaba la buena voluntad de los vencedores para garantizar su propia tranquilidad existencial, así como una posición digna a sus dos hijos. Quizá, también, esa actitud conciliadora asumida le permitiría interceder para que el exilio de Napoleón en la isla de Elba no alcanzase un extremo rigor. Con su habitual elegancia, ataviada con un finísimo vestido de muselina, salió a pasear una tarde en carruaje descubierto por los alrededores de Malmaison con su hija Hortense y el zar Alexander I de Rusia. Cogió un buen resfriado, con un notable acceso de fiebre, pero, aún así, se prestó a preparar una magnífica cena a la que asistiría, en calidad de invitado de honor, el zar Alexander I de Rusia.

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Josephine, con su hija Hortense y sus dos nietos, recibe al zar Alexander en Malmaison.


Concluídos los postres, Josephine se ofreció a mostrar sus jardines, de los que se sentía legítimamente orgullosa, a Alexander. Salieron a pasear cuando soplaban ráfagas de un aire, pero ella apenas se había echado un leve chal por encima de los hombros. Tras haberse dado por finalizada la velada, en el momento en que se encontró sola en su dormitorio, Josephine sintió que la fiebre volvía a apoderarse de ella. No volvería a levantarse de su cama nunca: permanecería cinco días en un penoso estado, delirando la mayor parte del tiempo. En su delirio, se la oía susurrar con voz rota: "Bonaparte...la isla de Elba...el rey de Roma...". Así se agotaron sus días en la tierra.


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NotaPublicado: 25 Feb 2008 19:45 
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Éste es el regio dormitorio de Josephine en Malmaison, con el lecho doselado en el cual agonizó y murió la emperatriz. Jamás hubiera podido imaginar, durante su infancia, que acabaría residiendo en formidables palacios, luciendo trajes de ensueño y alhajas fabulosas. Sus orígenes, en realidad, eran bastante "humildes".

A día de hoy, lo que queda de la gran plantación La Pagerie, en Martinica, se ha convertido en un museo dedicado a Josephine. Quienes acuden a tan paradísiaco lugar encuentran solamente esta edificación, que formaba parte de la hacienda en la cual creció Josephine:

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La peripecia existencial de nuestra protagonista estuvo marcada por un destino singular, que le permitió dar el salto desde La Pagerie al palacio de las Tullerías en París. El momento álgido de su vida lo representó la impresionante ceremonia de consagración y coronación de su esposo, quien acto seguido la enaltecería a la posición de consorte imperial, en la catedral de Nôtre Dame:

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Pero antes de llegar a ese instante sublime, Josephine ya había completado varios episodios absolutamente fascinantes de su biografía. Para cuando Napoleón depositó en su cabecita orlada de pequeños rizos una corona superpuesta a esta impresionante tiara...

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...Josephine ya podía presumir de haber salido reforzada de un matrimonio desastroso, una maternidad que su esposo había reputado ilícita basándose en calumnias, una separación escandalosa, una reclusión en un convento, un divorcio difícil, una revolución, la prisión, el terror a la guillotina, etc. No había faltado de nada en su trayectoria.


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NotaPublicado: 25 Feb 2008 19:46 
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LOS ORÍGENES

En el año 1726, un caballero francés llamado Joseph Gaspard Tascher desembarcó en Fort Royal, en la isla de Martinica. Podía alardear de un pequeño título de nobleza, pues ostentaba la condición de "seigneur de La Pagerie", así como lucir los galones de un teniente de marina. Su grado de refinamiento llamaba la atención, lo que le permitía relatar, con orgullo, que había permanecido en su adolescencia nada menos que cinco años en la corte de Versalles en calidad de "paje" de la princesa Marie Josèphe de Saxe, convertida en delfina a raíz de su matrimonio con Louis, hijo mayor y presumible heredero del rey Louis XV. El hecho de haber servido a la delfina Marie Josèphe confería un aura especial a aquel recien llegado a la isla.

Enseguida, Rose Claire des Vergers de Sanois, joven perteneciente a una de las familias más distinguidas del lugar, se enamoró locamente de Joseph Gaspard. Los padres de Rose Claire, el terrateniente Joseph François des Vergers de Sannois y su esposa inglesa Marie Brown, no se mostraron nada contentos con la situación. Por mucho que Tascher se hiciese lenguas acerca de sus años mozos en la corte francesa, no pasaba de ser un simple "seigneur" con una adecuada pero no brillante hoja de servicio militar, sin fortuna y, peor aún, demasiado inclinado al juego. En cualquier caso, los Sannois acabaron cediendo al chantaje sentimental de su queridísima Rose Claire. Habían esperado un mejor partido para ella, pero se resignarían con tal de verla feliz. Patrocinaron la boda, por supuesto, y entregaron a la pareja una magnífica plantación de caña de azúcar denominada La Petite Guinee, rebautizada con el nombre Le Sanois y, ulteriormente, con el de La Pagerie.

Fruto de aquel enlace consentido a duras penas por la orgullosa familia de la novia, nacería enseguida una niña. Para dejar claro de nuevo que él había sido un paje en Versalles, Tascher decidió llamarla Marie Josèphe Rose. El nombre se había demasiado largo, así que pronto se decantaron por Rose. Sin embargo, su nodriza, una esclava negra bautizada Euphèmie, empezó a usar el diminutivo "Yeyette", que enseguida obtuvo éxito.

Tras Josephine, vendrían otras dos niñas: Catherine Dèsirée y Marie Françoise, a quien se apodaba "Manette". Lo único que tendría que echar en falta Tascher sería el preciado varón que asegurase la continuidad dinástica en la plantación de azúcar conseguida gracias a su suegro.

La vida no estaba exenta de complicaciones para la familia. Las Antillas se encontraban en una "ruta" muy frecuentada por ciclones y huracanes, lo que implicaba un riesgo constante pendiendo sobre sus vidas y sus fortunas. Precisamente cuando Josephine contaba tres años de edad, un virulentísimo huracán arrasó La Pagerie. Todo quedó arrasado: el edificio principal, varios de los edificios anexos, la plantación en sí misma. Tuvieron que mudarse, apresuradamente, al segundo piso de la única edificación que permanecía en pie. Se trataba de "la sucrerie", el lugar en el cual se destilaba el azúcar desde la caña.

A corto y medio plazo, podía decirse que estaban arruinados. Saldrían adelante, claro, pero nunca alcanzarían la prosperidad, entre otras cosas debido a la mala cabeza para los negocios y la excesiva afición al juego del padre. Josephine, Catherine y Mannette crecieron, a decir verdad, en una familia de buen árbol genealógico pero empobrecida por las circunstancias adversas. La escolarización de Josephine, por ejemplo, resultó de corta duración: la enviaron durante cuatro años a educarse en un convento de monjas de Fort Royal, pero en 1777 debió regresar a casa porque su hermana Catherine se estaba muriendo de tuberculosis. Ya no se hizo ningún intento para que retomase los estudios.

Por esas fechas, flotaban en el aire proyectos matrimoniales. La instigadora se llamaba Euphèmie Dèsirée, si bien la denominaban Edmé. Era la única hermana fémina de Tascher, una mujer de biografía un tanto escandalosa, como veremos a continuación, que había buscado la manera de asegurarse de que la fortuna de su amante siguiese ligada a la familia casando a una de sus sobrinas con el hijo de él...
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Cuando Joseph Tascher de la Pagerie se había establecido en Martinica, dónde enseguida dió el campanazo casándose con la señorita Sannois, llegaron también desde la lejana Francia su hermano -Robert- y su hermana -Edmé-. Robert había seguido un buen camino, contrayendo nupcias con otra joven de sólida posición, Jeanne Louise Leroux de Chapelle, con quien tendría nada menos que doce hijos. En cuanto a Edmé, había empezado su carrera estupendamente al lograr que la pidiese en matrimonio el hacendado Alexis de Renaudin. Pero esa boda había resultado un completo fiasco, así que Edmé asumió el desprestigio social derivado de un divorcio y enseguida emprendió una aventura con el marqués François de La Ferté-Beauharnais, por aquel entonces gobernador general de Martinica.

François de La Ferté-Beauharnais aunaba linaje, prestigio y riqueza, una considerable fortuna. A su lado, Edmé vivía rodeada de lujos, lo que la tenía más que satisfecha. Siguieron compartiendo casa cuando él abandonó la isla para volver a su país natal, lo que hacía la relación pública y notoria. Sin embargo, no era tan escandalosa como podría haber sido porque la esposa del marqués, Marie Henriette, aceptaba encantada la situación. De hecho, Marie Henriette distinguía a Edmé, la amante de su marido, con su amistad. En esas condiciones, los dos hijos varones de François y Marie Henriette, llamados François y Alexandre, no encontraban motivos de queja sobre Edmé.

Edmé veía que su amante envejecía y le constaba que algún día fallecería. Entonces, ella perdería el control de la fortuna Beauharnais. El único modo de mantener la ligazón entre los Tascher y los Beauharnais consistía en favorecer la boda de una de sus sobrinas con uno de los hijos de su amante. Pronto se sugirió un casamiento entre Catherine Dèsirée, la segunda de las chicas, con Alexandre. El asunto prosperaba, pero la chiquilla contrajo una tuberculosis que la llevó a la tumba. Edmé, angustiada, pidió por carta a su hermano que le enviase a Manette. Sin embargo, Joseph consideró más inteligente presentar a Josephine, la mayor, que se encontraba en una edad adecuada para el matrimonio, lo que no ocurría con la benjamina, a quien todavía no le había llegado la primera menstruación.

Y así fue como Josephine viajó de Fort Royal, en Martinica, las Antillas, hasta el puerto de Brest, en Francia. La acompañaban su padre, Joseph, y su nodriza de color, Euphèmie.


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NotaPublicado: 25 Feb 2008 19:47 
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Alexandre de Beauharnais.


Alexandre de Beauharnais tenía en esa época diecinueve años y ya se le consideraba "un hombre de mundo". Compaginaba los períodos de servicio en el regimiento al cual pertenecía con largas estancias en París, dónde participaba en las animadas tertulias de los salones, muy en voga, así como en todos los saraos. Se decía que ninguno bailaba mejor que él, lo que le permitía cosechar un gran éxito entre las mujeres. No se cansaba de coleccionar aventuras galantes, aunque estaba enamorado hasta los tuétanos de una "creole" oriunda de Martinica a quien había conocido en Bretaña un año atrás: Laure Girardin de Montgérald, madame de Longpré.

En realidad, Laure era una prima lejana de Josephine, pues los Girardin de Montgérald estaban emparentados con los Vergers de Sannois. Doce años mayor que Josephine, Laure se había establecido en la Bretaña francesa a raíz de su boda con Alexandre Levassor Latouche de Longpré, padre de su hija Elizabeth, "Betsy". Alexandre Beauharnais se había quedado absolutamente fascinado con Laure en cuanto se encontraron, iniciando una relación íntima de la cual ella parece haberse embarazado con rapidez.

Con esos antecedentes, Alexandre no tenía ninguna prisa por conocer a su prometida e inminente esposa. Cuando los Tascher con Euphèmie desembarcaron en Brest, sólo les aguardaba Edmé. Para Josephine, una chiquilla ingenua y sentimental, debió suponer un duro revés la ausencia de su novio. Aquel detalle no auguraba un romántico cortejo ni un feliz matrimonio, precisamente.

Al cabo de seis semanas, Alexandre y Josephine, quien todavía ignoraba la existencia de Laure Longpré, se casaron en una ceremonia que tuvo lugar en Noisy-le-Grand. A partir de entonces, ya no se trataba de mademoiselle Tascher, sino de madame de Beauharnais.

Los años siguientes supondrían una concatenación de crueles desengaños para la joven Josephine. Para empezar, la luna de miel se hizo muy breve, porque el marido enseguida volvió con su regimiento. Entre ausencias debidas a su carrera militar y ausencias debidas a sus "entretenimientos", Alexandre apenas pasaba algunas semanas al año con Josephine. De hecho, los biógrafos han echado sus cuentas, con el resultado de que en los cuatro años de matrimonio, no pasaron juntos, en total, más de diez meses.

La convivencia, por otra parte, se hacía extremadamente difícil. Alexandre, refinadísimo, muy sofisticado, había encontrado muy pero muy decepcionante a Josephine. La juzgaba una criatura ignorante, una muchacha sin ninguna educación ni cultura, a la que le daba vergüenza presentar en público. Si ella abría la boquita, no sólo se descubrían sus dientes cariados, sino la falta de conocimientos y de ese rápido ingenio tan valorado en los salones de ese tiempo. Decidido a remediar en lo posible ese desastre sin paliativos, Alexandre impuso a Josephine, antes de dejarla sola, un exhaustivo programa de estudios; se suponía que ella debía informarle de sus avances puntualmente a través del correo. Para Josephine, desde luego, esa presión ejercida por Alexandre se hacía penosa, casi insufrible. A su edad, se le hacía difícil sentarse rodeada de libros, cumplimentar sus "tareas formativas" y, para colmo, redactar los informes que él le demandaba en tono perentorio.

Josephine siempre fue una mujer de buen corazón ansiosa por complacer a los demás. Una persuasiva dulzura por parte de un esposo atento y considerado quizá hubiese surtido efecto, pero esa clase de tratamiento no funcionaba. A Alexandre le exasperaba que ella no completase su "necesaria metamorfósis". A Josephine la hería la exasperación de Alexandre. Entre los dos, trazaban un círculo vicioso que no les llevaba a ninguna parte.

En otro aspecto, las cosas fueron también a peor cuando Josephine, ya embarazada de su primer retoño, descubrió las relaciones amorosas de Alexandre con Laure Longpré. La llantina de Josephine no recibió ni la menor comprensión de su afectuosa tía Edmé. Según Edmé, Josephine demostraba "falta de luces" al no querer adaptarse a una situación muy común en la época. Los matrimonios constituían un asunto de negocios, mediante una adecuada planificación de los casorios de los jóvenes en edad de merecer las familias reforzaban sus conexiones o adquirían ventajas. Nadie buscaba amor ni fidelidad en el matrimonio. El amor se buscaba precisamente fuera del matrimonio, mientras que la fidelidad...Edmé se encogía de hombros al llegar a ese punto. Ella misma había prosperado al convertirse en la querida de un hombre casado con una dama comprensiva y tolerante.

En esencia, un año después de su boda, Josephine era una muchacha mal casada con un bebé a quien atender: Eugène Rose de Beauharnais, el tres de septiembre de 1781 en una casa de la rue Thévenot de París.


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NotaPublicado: 25 Feb 2008 19:48 
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Alexandre estuvo presente cuando se produjo el alumbramiento de Eugène, pero enseguida partió hacia Italia, dónde permanecería por espacio de ocho meses. A su regreso, engendró una criatura, pero, con una Josephine de nuevo embarazada, no vaciló en embarcarse rumbo a Martinique. En el mismo buque, viajaba su amante Laure Longpré, ya viuda del primer marido, y que había alumbrado un bastardo de Alexandre. Ahora, Laure debía asumir en la isla el trámite de aceptar la parte que le correspondía en la herencia de su difunto padre.

El día del nacimiento de Hortense Eugènie Cécile, Alexandre se encontraba muy lejos en compañía de Laure Longpré. La noticia, por lo demás, no le sentó bien. La pequeña había nacido quizá con un ligero adelanto respecto a la fecha prevista, casi una quincena antes de tiempo, y esa circunstancia fue aprovechada por Laure: ella sugirió a Alexandre la idea de que tal vez no se tratase de una niña ligeramente prematura, sino de una niña engendrada por otro hombre mientras él recorría territorio italiano.

A causa de la maliciosa intervención de la prima Laure, Hortense se convirtió en el motivo de un ataque de funesta cólera en Alexandre. Espoleado por la amante, el hombre no dudó en ofrecer mucho dinero a esclavos que pertenecían a los Tascher de la Pagerie para que confesasen haber practicado sexo con Josephine en la época precedente al viaje de ella a Francia. Realmente, el asunto no salió como sin duda hubieran deseado Alexandre y Laure. Sólo un esclavo se avino, previo pago, a relatar sus encuentros íntimos con la esposa de Alexandre. Y estaba meridianamente claro que mentía, ya que el esclavo no sobrepasaba los cinco años de edad en el momento de la partida de Josephine de Trois-Îlets.

De cualquier forma, Alexandre redactó una durísima carta para Josephine. La acusaba de promiscuidad y, peor aún, de adúltera. Rechazaba, de plano, la paternidad de la recien nacida Hortense. Una criatura podía venir a este mundo con retraso, no con adelanto, aseguraba con rotundidad. El adelanto implicaba que el embarazo se había iniciado en un mes en el que él no había compartido el lecho con la madre. Con semejantes argumentos, Alexandre daba a Josephine la orden de recluírse en un convento parisino a expiar la falta cometida. Y, para añadir saña al golpe definitivo que se pretendía asestar, se acordó que la carta se la entregaría a Josephine la misma Laure, quien, habiendo dado por finiquitados sus asuntos en Martinique, volvía a Francia en esas fechas.


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NotaPublicado: 25 Feb 2008 19:49 
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Josephine tuvo que sacar fuerzas de flaqueza y batallar como una leona para defender su honor, al igual que la legitimidad de su hija Hortense. Se negó a irse a un convento, porque hubiera equivalido a reconocer su culpa, y esperó el regreso de Alexandre para mantener un enfrentamiento cara a cara con su esposo. Cuando Alexandre volvió a casa en octubre de 1783 carecía de pruebas mínimamente consistentes de la mala conducta atribuida a su mujer. Aunque hizo el papel de santo varón con una salud quebrantada por el descubrimiento acerca de la falta de moral de su consorte, no le quedó más remedio que admitir la paternidad negada de antemano. Y, para lograr una separación de mutuo acuerdo, hubo de ofrecer a la injuriada Josephine una renta anual de once mil libras.

A continuación, Alexandre trató de herir a Josephine privándola de su hijito varón, Eugène. Hortense, la niña tildada de bastarda, le importaba un bledo a Alexandre, pero Eugène era harina de otro costal.

Alexandre decidió llevarse consigo a Eugène a un largo viaje. Se suponía que Josephine se quedaría quietecita, para que no la salpicase un escándalo de grandes proporciones. Pero, a esas alturas, Josephine no estaba dispuesta a anteponer su reputación a su hijo. Acudió al preboste de París a demandar la conducta de Alexandre, una acción novedosa por parte de una mujer. El preboste falló a favor de Josephine, ordenando a Alexandre que reintegrase al niño a un selecto internado en el que se instruía desde corta edad. La niña Hortense quedará al cuidado de tía Edmé en los dos años siguientes, mientras su madre busca la educación y el refinamiento social que no posee en el convento de Penthémont.

Para describirlo, habría que describir un establecimiento extremadamente confortable situado en una zona de residencias aristocráticas parisinas, que posibilitaba el alquiler de habitaciones a damas de buen linaje que necesitaban, por cualesquiera circunstancias, un tiempo de retiro. Dos años permanecerá Rose en ese sitio, adquiriendo todas las cualidades que la harán célebre. Aprende a sacar partido a sus rasgos físicos más hermosos, a sonreír con encanto sin enseñar los dientes picados, a manejarse con aplomo y gracia en diferentes situaciones, a mantener una conversación sin que se hagan notar sus lagunas culturales sino creando en el interlocutor la impresión de que disfruta aprendiendo. Se vuelve el tipo de mujer a la que ningún hombre en su sano juicio podrá desdeñar nunca.

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La nueva Josephine se reintegra al ámbito familiar, con su suegro François, su tía Edmé y Hortense establecidos en Fontainebleau. Para esa época, François, viudo de su esposa, se había casado con Edmé, de manera que forman, al fín, una pareja muy respetable. Los dos apoyan a Josephine cuando ésta les informa que piensa viajar a Martinica con Hortense, para visitar la plantación de sus padres.

Dos años transcurrirán en La Pagerie. Hasta octubre de 1790, Hortense se criará en el mismo escenario en el cual se ha criado Rose. Se quedará grabada en sus retinas la imagen de la casa, de los campos que la rodean, de la profusión de plantas, de los frondosos bosques. La atmósfera exótica y vibrante le dejará su huella. La niña ha podido ser el juguete favorito de sus abuelos, Joseph Gaspard y Rose Claire; de su frágil tía Mannette, confinada en el lecho; de las niñeras mulatas que habían cuidado a su madre y tías, Marion, Genevieve y Mauricette. En conjunto, una gran experiencia vital.

En Francia, el Antigüo Régimen ha entrado en pleno colapso, pero Josephine decide volver con Hortense al producirse un violento estallido revolucionario en Martinica. Las dos embarcan precipitadamente, sin haber podido llevar sus ropas en baúles, apenas sin dinero, mientras las balas de cañón retumban en Fort Royal. No lo saben, pero se dirigen hacia la etapa decisiva en la vida de Josephine, que, por supuesto, también señalará el rumbo de la vida de Hortense.


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NotaPublicado: 25 Feb 2008 19:50 
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La Revolución se cierne sobre Francia con una intensidad que irá a mayores poco a poco. En cierto sentido, Josephine había querido saltar fuera de una olla que hervía a borbotones -Martinica- pero se encontró dentro de una sartén al rojo vivo -Francia-. Los acontecimientos de los años siguientes la marcarían profundamente.

Josephine había estado casada con Alexandre, vizconde de Beauharnais. Esto la situaba dentro de la aristocracia, aunque su matrimonio hubiera sido una catástrofe que habían tratado de paliar mediante un divorcio. Los revolucionarios de la etapa del Terror no se andaban con miramientos. Que Josephine se hiciese llamar simplemente ciudadana Beauharnais no implicaba que no le hiciesen pagar el precio de haber ostentado en su día un título de nobleza. Sobre todo, a raíz de que Alexandre, que había apostado por la Revolución y había luchado valientemente al frente de un destacamento del ejército del Rhin, fuese sentenciado a prisión porque "no había defendido correctamente" la ciudad de Mainz asediada por tropas extranjeras.

Porque Alexandre no había hecho lo que esperaban de él en Mainz, le mandaron a la temible prisión de Carmes en marzo de 1794. Su ex esposa Josephine, por el simple hecho de haber estado casada con él, fue arrestada y conducida a Carmes unas semanas después, el veintiuno de abril. La aguardaban tres meses de auténtico espanto, temiendo ser guillotinada en cualquier momento.


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NotaPublicado: 25 Feb 2008 19:51 
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La prisión de Carmes constituyó una fase traumática en la vida de Josephine. En aquel lugar absolutamente tétrico y lúgubre, en el cual se hacinaban en condiciones de miseria aguardando con el corazón en un puño y el alma en vilo que viniese alguien a comunicarles si les había tocado darse el paseo en la carreta forrada de heno hasta la plaza en la que funcionaban las guillotinas a pleno rendimiento, Josephine vivió episodios muy significativos.

Se "reconcilió" con su ex marido, Alexandre. Una reconciliación, entendámonos bien, a un nivel puramente amistoso. Los dos tuvieron ocasión de "saltar por encima" de los reproches, los resquemores, que habían surgido de su convivencia matrimonial. Ahora estaban unidos ante un peligro absoluto e inminente. Alexandre se sabía condenado: su cabeza rodaría en un sentido literal para aviso hacia otros revolucionarios que no "cumpliesen" con las expectativas depositadas en ellos. Pero rogaba para que Josephine saliese indemne, ya que, a fín de cuentas, dos hijos de ambos permanecían en el exterior.

En un ámbito sentimental, Alexandre vivió en esas terribles circunstancias una última historia de amor, con la viuda Delphine Custine. A su vez, los biógrafos suelen coincidir en que Josephine encontró consuelo en los brazos del joven y bizarro general Hoche.

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Louis Lazare Hoche.


En cierto modo, la historia de Louis Lazare Hoche discurría paralela a la de Alexandre de Beauharnais. Al igual que Alexandre, Louis Lazare tenía tras de sí una buena hoja de servicios en el ejército, por lo que puso "su sable" a disposición de la flamante república revolucionaria. Se le encomendó un puesto significativo, también dentro del Ejército del Rhin, que trataba de frenar el avance prusiano hacia las fronteras francesas. Si Alexandre había fracasado en el asedio de Mainz, Louis Lazare había encajado una dura derrota en en Kaiserslautten. Aún así, Louis Lazare tardó un poco más que Alexandre en "caer en desgracia". El ominoso Comité de Seguridad Nacional ordenó encerrar a Alexandre de Beauharnais en Carmes el 2 de marzo de 1794. Por entonces, Louis Lazare Hoche seguía en libertad: de hecho, incluso celebró su boda con Anne Adelaide Dechaux el 11 de marzo de 1794. Pero la luna de miel se vió bruscamente concluída cuando el 21 de marzo de 1794 se mandó a Hoche también a Carmes. Luego, el 21 de abril de 1794, llegaría a Carmes la aterrorizada Josephine, como hemos visto.

Hoche se había casado enamorado con Anne Adelaide, pero parece muy probable que sucumbiese al hechizo de Josephine de Beauharnais un mes y medio después de su matrimonio. En todo caso, para ser justos con Louis Lazare y con Josephine, hay que tener en cuenta la situación en la que se hallaban inmersos. No había una prisión más dura y cruel para los detenidos que Carmes. Allí se vivía en un puro espanto, un horror que consumía rápidamente las esperanzas de salvación. Basta un dato para ilustrar ese drama humano: cuando entró Josephine, había en Carmes seiscientas personas; dos meses después, en junio, sólo quedaban vivas doscientas de las seiscientas personas que habían compartido el angustioso cautiverio.

Era una reacción básica, instintiva, buscar amistad e incluso amor. Que alguien te tomase de la mano en un gesto compasivo, que alguien te abrazase en un gesto reconfortante, adquiría un significado especial en semejante tesitura. Enseguida se cruzaba la línea, porque se llegaba a un instante en el que se sentía que ya no había nada más allá de los gruesos muros de Carmes. El mundo se había reducido a ese lugar oscuro y opresivo, de piedras que rezumaban humedad y miedo. Todos se aferraban a quien irradiaba cierta calidez.


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NotaPublicado: 25 Feb 2008 19:52 
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De cualquier modo, la relación más profunda e intensa que Josephine entabló en Carmes fue con otra mujer, también prisionera. Una extranjera de orígenes franceses, igual que ella misma, que estaba destinada a jugar un papel crucial en la historia de su época.
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La llamaban Therese de Fontenay. Los que ya la conozcáis os váis a alegrar de reencontraros con ella. Los que no la conozcáis os llevaréis la primera sorpresa al saber que nuestra heroína había recibido al nacer el nombre de Juana Maria Ignacia Teresa Cabarrús. Su venida al mundo se había producido el último día del mes de julio de 1773 en Carabanchel Alto. Hoy en día, Carabanchel Alto constituye un barrio de Madrid. Por aquellos tiempos, se trataba de un pueblo en los aledaños de Madrid.

Tiempo atrás, en Bayonne, una ciudad francesa próxima a la frontera española, había nacido François de Cabarrus, hijo de un mercader que también ejercía de armador de buques. En su juventud, François había sido enviado por su padre a Zaragoza, en España, para que siguiese incrementando su preparación como futuro negociante en casa de un francés apellidado Galabert que había triunfado en la ciudad aragonesa. Enseguida, François se había enamorado de María Antonia Galabert Casanova, la hija de su anfitrión. Los dos contrajeron matrimonio y decidieron establecerse cerca de Madrid.

En pleno Siglo de las Luces, todo lo que proviniese de Francia se acogía con el mayor entusiasmo en los círculos más elitistas de la capital española. Pronto, François se había granjeado la amistad de un grupo de políticos reformistas que gozaban de la simpatía del rey Carlos III: Jovellanos, Aranda, Campomanes, Floridablanca. Los distinguidos señores se quedaron muy impresionados cuando Cabarrus les sugirió financiar la guerra contra el Reino Unido mediante una fuerte emisión de "vales reales", el antecedente de lo que hoy denominaríamos "Letras del Tesoro". Con esa trayectoria, le apoyaron en el momento en que el inmigrante francés fundó en Banco de San Carlos, germen del mismísimo Banco de España.

A los doce años, Teresa, hija de Cabarrus, era una preciosidad que, además, sabía expresarse no sólo en español y francés, sino también en italiano y latín clásico. Tocaba el arpa con gran estilo y dibujaba a las mil maravillas. Por supuesto, le salían pretendientes hasta de debajo de las piedras. Pero ella tuvo la ocurrencia de aceptar el galanteo del príncipe de Lutenay, a quien se suponía a punto de comprometerse con la aristocrática hija del embajador de Francia en España. Para evitar un desastre, los Cabarrus decidieron mandar a su hija a que "se refinase todavía más" en París. Madame de Boisgeloup, una amiga, se encargó de acoger a la muchacha en su casa parisina.

Luego, Teresa, a quien ya denominaban Therese, atrajo, con quince años, el interés apasionado de Jean Jacques Devin, marqués de Fontenay. Los dos decidieron contraer matrimonio. En un principio, el casamiento proporcionó a Therese una vida esplendorosa. Su esposo la llevó a Versalles, para que hiciese su presentación ante los reyes Louis XVI y Marie Antoinette, pero también le permitió ejercer de anfitriona en numerosas soirées en su domicilio a las que asistían Mirabeau, Vergniaud, Chanfort...todos los "revolucionarios de moda".

La pareja se desmoronó cuando Therese se cansó de que su marido se gastase el dinero a manos llenas en las mesas de juego y en los más célebres lupanares parisinos. Ella no estaba por la labor de mantenerse recatada, pura y fiel mientras que él hacía mangas y capirotes con sus promesas nupciales. Decidieron llevar vidas separadas, lo que les convenía a ambos. Therese se convirtió en una de las "merveilleuses", las damas que proporcionaban una brillantez inigualable a los agitados salones parisinos.

El estallido de la Revolución señaló un punto de inflexión. Fontenay, temiendo el devenir de los acontecimientos, optó por marcharse al extranjero, subiéndose al primer barco que pudo encontrar con rumbo a Martinica, en las Antillas. Therese, en esos instantes, se consideraba una ferviente revolucionaria, y de hecho estaba vinculada sentimentalmente a Félix Lepeletier de Saint-Fargeau, un buen mozo a quien se tenía por el "Alcíbiades" de la Revolución; en esa tesitura, no quería que proyectase dudas sobre su persona el hecho de ser la esposa de un "emigrée". De modo que pidió el divorcio, que se le concedió rápidamente. Unos meses más tarde, espantada por el cariz excesivamente sangriento que tomaba la república revolucionaria, también ella prefirió alejarse de París, poniendo rumbo a Burdeos.

Burdeos era una ciudad empapada en sangre, algo de lo que se podía considerar responsable, en buena medida, a Jean Lambert Tallien, enviado a aquella región por el Comité de Seguridad General. Therese tendrá ocasión de conocerle en persona cuando sea detenida por su antigua condición de marquesa de Fontenay. De algún modo, logra conmover y seducir a ese hombre brutal, que la salva de la guillotina y la hace su amante. En esa época turbia, convulsa, Therese utiliza su influencia sobre Jean Lambert para "arrancarle víctimas a la guillotina". Ella experimentaba una viva repugnancia hacia ese aspecto terrorífico de la revolución, de modo que intercedía constantemente a favor de muchos de los condenados. Poco a poco, en París cundió la sensación de que Tallien se estaba "relajando demasiado", de lo que se culpaba, con buen tino, a Therese de Fontenay. Los miembros del círculo de Maximilien Robespierre, en aquella etapa líder indiscutible, insisten en que éste debe llamar a París a Tallien, para que se "justifique", y detener de inmediato a Therese, "la influencia perniciosa". Borlanger y Lavallet se encargaron de la tarea de arrestar a la dama para ponerla a disposición de un tribunal revolucionario. Se dictó sentencia en un día: debía ser recluída en Carmes, a la espera de que la mandasen a la guillotina.


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NotaPublicado: 25 Feb 2008 19:53 
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Cuadro que representa a Josephine con sus hijos Eugène y Hortense despidiéndose de Alexandre de Beauharnais, quien va a ser ejecutado.


Alexandre subiría al cadalso, para ser guillotinado, el veintitrés de julio de 1794. Su muerte representó un episodio muy traumático para Josephine.

Ante todo, Josephine había demostrado hasta entonces y demostraría siempre que en su pecho latía un "buen corazón". La simple idea de que un hombre de treinta y cuatro años, en el apogeo de su madurez, íba a perecer ajusticiado como si hubiese cometido los peores delitos jamás concebidos cuando en realidad no había hecho nada que mereciese siquiera prisión en Carmes, la llenaba de angustia. Por otra parte, si Alexandre había sido un pésimo marido, Josephine no olvidaba que él había engendrado a Eugène y Hortense. Eugène y Hortense quedarían huérfanos de un padre declarado culpable de haber traicionado a la república francesa, lo que representaba una ignominia. Josephine también pensaba en el golpe que aquello representaría para el viejo marqués de La Ferté-Beauharnais, su ex suegro casado con tía Edmé. François siempre había ejercido de benévolo y afectuoso protector hacia su nuera-sobrina Josephine, razón por la cual ella le tenía un inmenso afecto. Que François y Edmé tuviesen que pasar por semejante trance le dolía en el alma a Josephine.

Tal vez entonces recordase Josephine, con angustia, la profecía que le había hecho una vieja bruja negra que vivía aislada del mundo en los bosques de su isla natal. Se dice que, siendo una chiquilla, Josephine se había arriesgado a visitar en su choza a la adivinadora de futuros. La mujer, contemplando la palma de la mano de Josephine, se había quedado alelada. Luego había enunciado: "Irás a Francia, contraerás un matrimonio desgraciado, enviudarás y luego serás más que reina...pero por poco tiempo". Josephine no había entendido, y seguía sin entender ahora, a qué podía referirse la segunda parte de la profecía. Pero comprendía, demasiado bien, que se había cumplido al cien por cien en lo tocante a su boda con Alexandre, de quien estaba a punto de convertirse en viuda.

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Alexandre.


En ese día aciago, el mejor apoyo emocional de Josephine lo representó Therese de Fontenay, vivamente conmocionada por todo lo que sucedía en torno a ellas. Sabe que el ritmo de las ejecuciones va "in crescendo". Pronto, demasiado pronto, les tocará el turno a ellas. Para el veinticinco de julio está pendiente la ejecución de varias damas muy significativas. Una de ellas se llama Madeleine de Senozan de Viriville: es la esposa de Archambaud de Talleyrand-Périgord, el primogénito de una ilustre dinastía. Otra se llama Françoise Thèrése de Choiseul-Stanville: también pertenece a una gran familia de la nobleza y está casada con Joseph de Grimaldi, segundo hijo del príncipe Honoré III de Mónaco. Las dos se habían exiliado con sus esposos, pero ambas habían cometido el mismo "error fatal": preocupadas por la suerte que hubieran podido correr sus respectivos pequeños hijos, que habían tenido que dejar en manos de gentes de confianza antes de emprender la huída, habían vuelto a poner sus pies en suelo francés para buscar a sus niños. Entonces habían sido detenidas, llevadas ante tribunales revolucionarios y enviadas a Carmes para esperar el turno en la guillotina.

Therese está al límite de sus fuerzas. El veinticinco de julio, logra enviar hacia el exterior una breve nota dirigida a su amante Tallien. La nota se convertiría en un documento clave para la historia europea. En ella decía simplemente: "Me dicen que de un momento a otro voy a la guillotina. Tu cobardía es la que me va a matar". El mensaje está claro: "Pensaba que a tu lado estaba a salvo, pero tus amigos me han encerrado en este sitio infernal dónde aguardo una muerte atroz y tú no haces nada para salvarme el pellejo". Ante la nota de Therese, a Jean Lambert le arde la cara de vergüenza.

El veintiséis de julio, Maximilien Robespierre se encuentra acorralado. Pronuncia por la mañana un discurso de dos horas ante la Convención Nacional, defendiéndose de las acusaciones de ejercer una dictadura y hacerlo como el peor de los tiranos, advirtiendo, de paso, de que se está tramando una conjura contra él. El mismo discurso lo repite por la noche en el Club Jacobino. Para el veintisiete de julio, el diputado Saint Just debe hacerse cargo de otros discursos en defensa de su amigo Robespierre. Pero, para entonces, la desesperada situación de Therese había proporcionado a Tallien la osadía suficiente para preparar un golpe que luego se llamaría el golpe de Thermidor o la reacción de Thermidor. El golpe obtiene éxito: la Convención ordena el arresto de Robestierre, Saint Just, Couthon, Le Bas, and Hanriot el mismo veintisiete de julio. El veintiocho de julio, fueron llevados ante un tribunal que, sin molestarse en celebrar siquiera una parodia de juicio, les sentenció a probar su propia medicina: la guillotina. Murieron ejecutados ese día, en la Plaza de la Revolución.


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NotaPublicado: 25 Feb 2008 19:54 
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Jean Lambert Tallien, el héroe del día, se apresura a abrir las puertas de la prisión de Carmes. Su Therese, la viuda Josephine de Beauharnais, Louis Lazare Hoche...todos recuperan la libertad. Therese, cuyo papel en el drama se ha difundido en poco tiempo, es aclamada con delirante entusiasmo por miles de personas que abarrotan las calles de París. La llaman, a gritos, "Notre Dame de Thermidor", Nuestra Señora de Thermidor.

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Therese, Notre Dame de Thermidor.


Josephine se da cuenta de que ha tenido la suerte de cara, al haberse encontrado con la formidable Therese en Carmes. Está muy agradecida a su amiga. Ocurra lo que ocurra en el futuro de ambas, nunca dejará de sentir ese sincero agradecimiento.

De momento, mientras Therese se dispone a compartir el poder del que goza su amante Tallien, con quien se casará en diciembre de ese año y de quien tendría una niña llamada Rose Thermidor, Josephine se encuentra en una triste situación. Sentimentalmente, está sola, pues Hoche se ha apresurado al encuentro con su joven y adorable esposa. Los acontecimientos vividos la han traumatizado y han minado su salud. Probablemente, estaba afrontando una pre-menopausia, lo cual, para una mujer de treinta y un años, no deja de ser un golpe emocional. Para rematar las cosas, tampoco tenía dinero. Sólo contaba con el apoyo de los Beauharnais, con sus hijos y con sus nuevos amigos.

Inicialmente, Josephine aparece como la protegida de Therese, pero pronto estarán a la par. En esos años cruciales, la viuda Beauharnais es comúnmente considerada la amante de Paul Barras, originario de una noble familia provenzal, que, en la época posterior a la reacción thermidoriana, se convirtió en uno de los cinco hombres que integraban el Directorio, nuevo sistema de gobierno de la Francia revolucionaria. A decir verdad, aunque había cinco miembros del Directorio, Paul Barras enseguida adquirió la posición hegemónica. Él mandaba en Francia, hasta el punto de que llegó a llamársele "le Roi de la Republique", el Rey de la República.

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Paul Barras.


Las -presuntas- relaciones de Paul Barras con Therese Tallien y con Josephine Beauharnais siguen constituyendo un interesante tema de debate. Amoral y disoluto en extremo, no está claro si le dominaban tendencias homosexuales o si por el contrario ejercía una bisexualidad. De tratarse de un bisexual, es posible y probable que hubiese compartido lecho con esas mujeres que necesitaban apoyarse en hombres poderosos para mantenerse en el candelero. Si, por el contrario, era estrictamente homosexual, ellas no habrían pasado nunca de la condición de amigas predilectas. A Barras le encantaba pavonearse en los salones de moda, sentía una especial debilidad por las "merveilleuses" y,aparte, ese tipo de conexiones siempre proporcionaban ventajas. Parece muy probable que Josephine obtuviese fondos de Barras a cambio de tenerle al corriente de lo que se cocía y recocía en los salones parisinos.

La amistad de Barras representaba "buenas oportunidades de hacer negocios" para Josephine. El grado de venalidad y corrupción en la época se estaba elevando día a día. Una persona situada junto al mismísimo "Roi de la Republique" gozaba de información privilegiada que podía utilizar a su favor, además de que, obviamente, no sólo cobraba de él por facilitarle algunos chismes de salón, sino que, a mayores, había muchos dispuestos a mostrarse generosos con la presumible amante de Barras sólo "por si acaso". Josephine no dejaba de ser una viuda arruinada con dos hijos a su cargo; la leyenda que circulaba entonces según la cual poseía una fortuna ya que le pertenecía "casi la mitad de las Antillas" se quedaba en eso, en una historia fabulosa sin ningún fundamento real. Para vivir "con estilo" se requiere una economía saneada. Aparte, la pura verdad era que Josephine no sabía -de hecho no llegaría a saber nunca...- mantener un equilibrio entre sus ingresos y sus gastos. Las deudas la perseguirían de por vida, ya que incluso cuando se veía "pobre" o al menos "en una discreta posición" le hacía falta llenar sus armarios. Nunca lograba resistir la tentación de adquirir más sombreros...los sombreros la volvían loca. Con los sombreros íban las estolas, los vestidos, los guardapolvos, los escarpines, las botas...un equipamiento completo en constante renovación. Una no podía pretender formar parte del grupo de las "merveilleuses" con cuatro trapos, para entendernos


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