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 Asunto: Re: SOFÍA, ARCHIDUQUESA, NACIDA PRINCESA DE BAVIERA
NotaPublicado: 19 Ene 2020 00:08 
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El más guapo Max. Desde luego que difícil el papel de los segundones. A la mínima se dispersan.


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 Asunto: Re: SOFÍA, ARCHIDUQUESA, NACIDA PRINCESA DE BAVIERA
NotaPublicado: 19 Ene 2020 09:28 
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josefita escribió:
El más guapo Max. Desde luego que difícil el papel de los segundones. A la mínima se dispersan.


Mnnnn...¿tú crees? Eso es muy subjetivo, ya se sabe, jajajaja. Yo en sus retratos de juventud veo a Franzi mucho más apuesto. Es adelantar un poco el curso de los acontecimientos, pero Franzi, de joven, con su uniforme de húsar, tenía una figura excelente y buena planta.

Mira...aquí Franzi niño:

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Y aquí joven:

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No estaba nada mal, sin ser un bombonazo tipo Leopold I de Bélgica (ya sabéis que es mi crush :tongue: ).

De Max también hay imágenes muy bonitas, la verdad. Este retrato me gusta mucho:

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Pero otras le reflejan con esa "cara de besugo" tan típica en los archiduques de la casa de Habsburgo :whistling:

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 Asunto: Re: SOFÍA, ARCHIDUQUESA, NACIDA PRINCESA DE BAVIERA
NotaPublicado: 19 Ene 2020 09:34 
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También es verdad que los retratos hacían guapo hasta a Karl Ludwig, el tercer hijo. Aquí retratado a los quince años de edad:

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Aquí Karl Ludwig en un retrato y una litografía ambos del mismo año, 1853:

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Y otro retrato, algo posterior en el tiempo:

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 Asunto: Re: SOFÍA, ARCHIDUQUESA, NACIDA PRINCESA DE BAVIERA
NotaPublicado: 19 Ene 2020 10:00 
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Pero hay algo muy real, Josefita, en tu puntualización sobre los "segundones". La posición de Max era la de un segundón y no se trata de una posición fácil de llevar ni cómoda. En realidad, si uno lo piensa, había un elemento de mayor confortabilidad en ser el tercero, puesto que le tocó a Karl Ludwig. Tenía todas las ventajas derivadas de su situación destacada dentro del núcleo príncipal del muy extenso clan imperial, pero con un grado de exigencia y por tanto de posible estrés mucho menor que el que tuvieron que manejar sus dos hermanos mayores.

Afortunadamente, Franzi tenía el carácter que tenía. Era un niño dócil y aplicado, serio, formal y reflexivo. Asumió con naturalidad unas jornadas de estudio e instrucción física prolongadas, a menudo extenuantes. Alcanzada cierta edad, se levantaban antes de las seis de la madrugada, hora a la que iniciaban su programa formativo; por lo general, no remataban con sus obligaciones hasta las nueve de la noche. Aunque por supuesto había "pausas", para el desayuno o para la comida, les tenían desde temprana edad absolutamente enfocados al estudio. Resultó que tanto Franzi como Max poseían mente despejada e inteligencia suficientes. Franzi, en un reflejo de su carácter, era más concienzudo y metódico en todo. Max, en cambio, poseía una naturaleza algo voluble e imaginativa, lo cual hacía que se distrajese con cierta facilidad, pero cuando un tema le gustaba, volcaba en ello una pasión que le hacía destacar. Los dos mostraron una misma buena predisposición para los idiomas, algo que sí se les demandaba por cuenta de la multiculturalidad de sus territorios hereditarios.

El francés era un imprescindible. Recuérdese que Sofía se había criado en francés y en francés había sido toda su constante correspondencia familiar. Franzi, con menos de ocho años, tenía adquirida la facilidad de dirigir a su madre cartas (sí, le escribía cartas...) en un francés bastante elaboradas considerando su edad. A los once años, Franzi estaba metido de lleno en el estudio del húngaro y el checo, dos idiomas bastante complicados. Las lenguas clásicas, latín y griego, entraban también en el programa educativo de los dos archiduques. Max, por cierto, demostró un interés vehemente por la Grecia clásica, que estaba "muy a la moda".

Pese a sus diferentes caracteres, o quizá a cuenta de ello, Franzi y Max estaban extraordinariamente unidos. Quizá Franzi, encorsetado desde la nursery en su papel de futuro perfecto emperador, envidiaba un poco la personalidad un tanto Wittelsbach de Max; y no cabe duda de que Max, en cierta medida, siempre se resintió por su papel de sempiterno secundario detrás de Franzi. Pero, aparte esas cosillas, pelillos a la mar...los dos hermanos se adoraban. Cuando Max tenía unos siete años, contrajo sarampión, lo que obligó a ponerle en cuarentena: significativamente, Franzi escribía una carta diaria a su hermano en las que expresaba cuánto echaba de menos su presencia. Había un vínculo innegable, que se aflojaría un poco a medida que alcanzaban la juventud. Pero Max también mantenía una relación de compañerismo y afecto con Karl Ludwig, que le seguía en edad. Al hacerse mozos, con un Franzi convertido en emperador mucho antes de lo que se había esperado que ocurriese tal cosa, Max y Karl Ludwig se convirtieron en un tandem de estudios, formación militar e incluso viajes.


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 Asunto: Re: SOFÍA, ARCHIDUQUESA, NACIDA PRINCESA DE BAVIERA
NotaPublicado: 19 Ene 2020 11:26 
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Dice mucho de nuestra archiduquesa Sofía...

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...que su nombre no volviese a verse asociado a maliciosos comentarios sobre su posible vida sentimental al margen de su matrimonio. Muerto Reichstadt, su vida parecía haber entrado en una fase que la reina Karoline hubiese definido en dos palabras: "si raisonnable". Su vida eran sus hijos y se ocupaba con afecto de un marido en quien veía un niño grande necesitado de atención constante y cuidados. Paseaba con su prima Amalie o con su camarera favorita, otra Sofía, por nacimiento princesa "von und zu" Liechtenstein, por matrimonio condesa Esterházy von Galántha. Sofía tuvo la rara virtud de saber hacerse respetar por cada uno de los miembros de la de por sí resbaladiza corte de Viena.

Pintaba, en un estilo muy Biedermeier, y escribía constantemente a sus hermanas y a sus primas. Le gustaba acoger a miembros jóvenes de la familia en el entramado cortesano austríaco. Los mejores amigos de infancia de Franz Josef y Max, sus compañeros de estudios y de distracciones, habían sido, significativamente, los hijos de sus tutores: Charly Bombelles, hijo de Bombelles, y Franzl Coronini, hijo de Johann Coronini-Cronberg. Pero con el tiempo se añadieron al grupo jóvenes cuidadosamente elegidos, de las principales familias en la corte, como el príncipe Jablonowsky o el aristócrata húngaro Dénes Széchényi. Sin embargo, a partir de cierta edad, significativamente, el mejor amigo de Franzi sería uno de sus primos que se educaban en la corte de viena: el príncipe Albert de Sajonia.

En eso de "mantener lazos", Sofía era nivel pro. De todas sus hermanas, naturalmente estaba unida en particular a su gemela, María, que en abril de 1833 se había casado con el príncipe Friedrich Augustus de Sajonia, reciente viudo de la archiduquesa María Carolina de Austria, una hermana de Franz Karl. La sucesión sajona hasta entonces era un asunto de hermanos en esa generación: Friedrich Augustus sucedería en el trono a su hermano mayor Anton en 1836. María, su mujer, gemela idéntica de Sofía, no logró tener hijos, igual que no lo había logrado previamente María Carolina. Esto significaba que el potencial heredero de Friedrich Augustus era su hermano menor Johann, casado con una hermana mayor de María y de Sofía, Amalia. A Sofía le parecía que María, al llegar a Dresde, había tenido toda la suerte del mundo de encontrar allí a Amalia firmemente establecida. Las dos bávaras pasaban todo el tiempo del mundo juntas. Los correos entre Dresde y Viena eran constantes, por supuesto.

Si María no tuvo hijos, Amalia en cambio había demostrado ser absolutamente prolífica. Con su Johann, tuvo desde 1827 a 1845 nada menos que nueve hijos: María Augusta, Albert, Elisabeth, Ernst, Georg, Sidonia, Anna, Margarete y Sofía. Desde Viena, tía Sofía estaba muy pendiente de la evolución de cada sobrino de Sajonia. Albert, el primero de los hijos varones de Johann y Amalia, era poco más de dos años mayor que Franzi, así que pasó largas temporadas formándose en Viena junto a su primo imperial, antes de que, ya buen mozo, desde Dresde decidiesen enviarle a la universidad de Bonn (recuérdese que su Tante Elise, gemela idéntica de su madre Amalia, era reina sin hijos de Prusia).

No era el único príncipe pariente de Sofía que se recibía con agrado en Viena. Una de las habituales corresponsales de Sofía era precisamente su prima Sofía Wilhelmina de Baden, que, por cierto, ya os comento yo que siempre que veo sus retratos, creo encontrar en ella un gran parecido con nuestra archiduquesa. Aquí uno retratos de Sofía Wilhelmina:

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Esta Sofía Wilhelmina, haciendo un poco de historia, había nacido princesa de Suecia. Era la segunda de los retoños de Tante Frique, y para cuando su familia había marchado al exilio, ya había alcanzado edad suficiente para llevarse consigo a Baden no pocos recuerdos del palacio de Haga y de Estocolmo. La habían casado con su primo Hochberg, Leopold I margrave de Baden: era un asunto obviamente de familia, para seguir reforzando con la sangre de la rama principal Zahringen de Sofía Wilhelmina la rama morganática de Hochberg que había acabado llegando a ocupar el trono en el margraviato. El asunto había tenido cola en su día para la casa de Baden, pero esa es otra historia trufada de rumores que incluían niños desaparecidos y asesinatos mediante venenos.

Sofía Wilhelmina tenía en Viena a su hermano mayor, Gustav de Vasa, y a una hermana menor, Amalie, dama de compañía favorita de la archiduquesa Sofía. Las conexiones eran, por tanto, óptimas. De modo que, en su momento, sus hijos Federico y Guillermo también pasaron una época en la corte de Viena. Federico era cinco años mayor que Franzi, pero Guillermo sólo le sacaba una ventaja de dos años.

Los hijos de Gustav de Vasa y su prima y esposa Luise Amelie, un matrimonio muy desafortunado desde sus inicios, que daba mucho que hablar en Viena, también nacieron en Viena. El primogénito, Ludwig, nacido en 1832, hubiese sido perfecto compañero de Franzi, de no ser porque murió al poco de su llegada al mundo. Sólo quedó de esa nada grata vida conyugal una niña, Carola de Vasa, nacida en el mismísimo Schönbrunn en 1833, era particularmente mimada por la archiduquesa Sofía. Gustav y Luise Amelia se cansaron de hacer el paripé con su matrimonio y, después de una serie de infidelidades mutuas, se divorciaron en 1844, pero Carola permaneció en Viena.


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 Asunto: Re: SOFÍA, ARCHIDUQUESA, NACIDA PRINCESA DE BAVIERA
NotaPublicado: 20 Ene 2020 11:54 
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El año crucial en la vida de Sofía íba a ser 1848.

Sofía lo inició cumpliendo cuarenta y tres años de edad. Estaba, por así decirlo, en el apogeo de su vida. Después de veintitrés años casada, su relación de matrimonio era perfectamente confortable y cordial: ella se ocupaba del bienestar de su marido, que la adoraba, con la misma tranquila eficacia con la que supervisaba las vidas de sus cuatro hijos en común. De vez en cuando salían de Viena, y en particular les agradaban las visitas de cada verano a Bad Ischl. Pero Sofía, con su prima y su dama de compañía favorita, también estaba bien a gusto en Viena. Al cabo de tanto tiempo, representaba una figura importante en la corte imperial. La emperatriz María Anna era un alma cándida y la emperatriz viuda, Caroline Augusta, vivía en un plácido semi retiro, así que Sofía tenía una posición destacada en su papel de esposa del heredero del trono.

Había intensificado su interés, natural, por la política. Hay algo curioso a tener en cuenta: conjuntamente con sus hermanas, se había criado en aquella corte bávara de Max I Josef y Karoline de sesgo bastante liberal y con una sorprendente cota de tolerancia religiosa que empezaba por el mismo hecho de que la reina siguiese siendo protestante y que el príncipe heredero se casase con otra protestante. La hermana menor de Sofía, Ludovika, que no tenía nada de meapilas, solía presumir de que eran tan liberales en la corte bávara de su niñez y juventud, que la gente "les tenía por protestantes". Sofía había crecido admirando a su padre, "le bon père", y asimilando sus perspectivas; de hecho, recuérdese que había sido bastante bonapartista. Pero a medida que se hacía mayor, Sofía adquirió una religiosidad que rayaría en cierta dosis de santurrona beatería y una visión tremendamente conservadora respecto al ejercicio del poder.

En parte, habían influído las revoluciones liberales de 1830. Por supuesto, aquello tuvo su arranque en París, Francia, y estábamos en los tiempos en que cuando Francia estornudaba, toda Europa se constipaba. En Francia, esa revolución había conseguido "cargarse" al último rey absolutista de los Borbones, Carlos X, con su autorcrático gobierno. Carlos X, forzado a huir de Saint Cloud en una manaña de julio de 1831 mientras una marea de gente se acercaba con la intención evidente de saquear su palacio...

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...buscó cierto refugio en Versailles e intentó reconducir la situación que se salía de control abdicando y forzando a su hijo el delfín a abdicar también en un nieto del primero y sobrino del segundo, Enrique duque de Burdeos, de doce años de edad. Aquello no funcionó porque un primo de Carlos X, Luís Felipe de Orleáns, siguiendo con la tradición un poquito traicionera de esa rama del árbol familiar, se había presentado en París, se había convertido en Lugarteniente del Reino y, resumiendo mucho, acabó siendo el primer rey no de Francia sino de los franceses, sin ceremonia sacra de coronación en Reims. Un rey ciudadano, volcado en favorecer los intereses de la burguesía, nueva clase social que quería hacerse valer en detrimento de los viejos estados de la nobleza hereditaria y el clero.

Hubo movidas en Bélgica, que logró desligarse del reino de los Países Bajos tras una revuelta poderosa en Bruselas, y que, gracias al resuelto apoyo de una potencia como Inglaterra, lograría establecer un reino independiente con un príncipe germano, Leopold de Saxe Coburg Saalfeld, viudo de la que había sido heredera de la corona británica Charlotte, en el papel de flamante rey. Hubo movidas en Polonia. Hubo revueltas en Italia, que afectaron a territorios dónde gobernaban los Habsburgo, como Módena y Parma, lo que obligó a Metternich a enviar tropas imperiales en abundancia. Hubo problemas en los mismísimos Estados Pontificios. Hubo disturbios en los reinos y principados de lo que hoy conocemos como Alemania y hasta un pronunciamiento fallido en España, el de Torrijos, fusilado sumariamente con cuarenta y ocho compañeros de armas en la playa de San Andrés en Málaga.

Las fuerzas de la Santa Alianza urdida por Metternich en su día habían conseguido remontar la ola de esas revoluciones liberales de inicios de los años 30 del siglo XIX. Pero aquello causó una perdurable impresión en Sofía, que pronto se convertiría en madre de un potencial futuro emperador de Austria. Ella estableció en su mente una equiparación entre los derechos sagrados al trono de su hijo con la necesidad de apuntalar, sostener y fortalecer un sistema de siglos, con una sociedad fuertemente jerarquizada en la que estaba claro qué lugar ocupaba cada uno en la estructura del Estado. No había espacio para veleidades liberales, aunque en momentos de tensión hubiese que realizar algunas concesiones.

Más o menos, el status quo se conservó hasta 1848. Porque en 1848 íba a producirse otro estallido, más resuelto y virulento, que -¡cómo no!- tuvo su punto de arranque también en Francia, ahora la Francia de los Orleans. Estudiar la suma de factores que llevó a esa situación sería materia para una tesis doctoral y no un foro, jejejeje; pero puede decirse que en años anteriores había habido graves hambrunas en distintos puntos del continente (un ejemplo fue la gran hambruna en Sajonia en 1836, que había causado devastación en el Erzgebirge, que lindaba con la Bohemia de los Habsburgo, y en Vogtland, una area extensa compartida con países limítrofes como Baviera: la hermana gemela y favorita indiscutible de Sofía, María, había vivido con semejante espanto aquella hambruna que llenaba de muertos su reino, que había fundado comités de auxilio integrados por mujeres de la corte); crisis bancarias en una Inglaterra que también estaba en plena revolución industrial; la industrialización había llevado a la proletarización, de miles de personas desplazadas del campo a las ciudadas en las que malvivían, etc. La cosa estalló en París, porque, a ver, los franceses eran muy de protestar tomando las calles con sus barricadas y venirse arriba.

Sin extendernos: Luis Felipe, con su familia (que ya incluía a una infanta española, Luisa Fernanda, casada con uno de los hijos del monarca ciudadano, Montpensier...), tuvo que cruzar el Canal a toda prisa para buscar asilo en Inglaterra. Se proclamó la Segunda República, con un presidente, Luís Napoleón Bonaparte, el hijo de Hortense de Beauharnais. Pero después se extendió esa furia revolucionaria por Alemania, empezando por Prusia, dónde reinaban Federico Guillermo IV y su esposa Elise, nacida princesa de Baviera, recordad, hermana de Sofía (Elise, by the way, se había convertido al protestantismo unos siete años después de su boda, pero seguía siendo una católica de corazón). Los disturbios en Berlín en marzo de 1848 alcanzaron tal entidad, que los Hohenzollern le vieron las orejas al lobo. En Dresde, dónde reinaba Federico Augusto II, casado con María la gemela de Sofía, también hubo problemas serios: el rey, absolutista convencido, reaccionó disolviendo el parlamento sajón, pero los revolucionarios se hicieron fuertes en Stuttgart y necesitó pedir auxilio a su concuñado de Prusia para resolver la papeleta. En Italia, de hecho, habían empezado antes que los franceses con una algarada a la que no se concedió toda la importancia debida, a escala continental, en el reino de las Dos Sicilias; pero al cabo de meses, los problemas brotaron en los Estados Pontificios, el reino Lombardo-Veneto dominado por Austria y los ducados de los Habsburgo.

Haceos una idea: zafarrancho general. Y Austria no íba a constituír una excepción.


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 Asunto: Re: SOFÍA, ARCHIDUQUESA, NACIDA PRINCESA DE BAVIERA
NotaPublicado: 20 Ene 2020 12:39 
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Como el Imperio era tan amplio, extenso y una completa miscelánea de pueblos dispares, distintas etnias, lenguas y religiones, el estallido se produjo desde diferentes lugares convergiendo en lo que podría denominarse un calamitoso mes de marzo de 1848.

Abrió las hostilidades la Dieta de la Baja Austria, que, tras un primer alzamiento popular llevado a efecto por los estudiantes universitarios informados de lo acontecido en París en las mismísimas calles de Viena, exigió que el emperador Ferdinand destituyese a Klemens von Metternich, aquel canciller de puño de hierro que ya tenía setenta y cinco años de edad. Dentro de palacio, la atmósfera estaba, por así decirlo, al rojo vivo: Metternich tuvo que informar al pobre emperador Ferdinand I de que se había producido una revolución y el hombre, incapaz de más, preguntó en dialecto vienés

-Ja, dürfen's denn des?

Traducible por:

-Sí, pero...¿tienen permiso?.

Ante semejante dislate, la archiduquesa Sofía decidió tomar postura y acusó a Metternich a la cara de estar intentando un imposible, "liderar una monarquía sin un emperador y con un imbécil como representante de la Corona". Las palabras de Sofía representaban, huelga decirlo, una verdadera falta de respeto hacia el "imbécil representante de la Corona": su cuñado el bondadoso emperador Ferdinand. Pero reflejaban que ella estaba dispuesta a forzar la mano al máximo antes de ver caer a la casa de Habsburgo como habían caído en su día los Borbón y recientemente los Borbón-Orleans en Francia.

Metternich tuvo que dimitir el 13 de marzo, tras esas escenas tan violentas que nunca le perdonaría a Sofía la princesa Melanie. El canciller ni siquiera podía quedarse en Austria: con su esposa e hijos menores, tomó ruta a Londres para pasarse en Inglaterra un considerable período de tiempo. Para sustituir a Metternich, el emperador Ferdinand I designó al conde Franz Anton von Kolowrat, lo que apuntaba, a decir verdad, a una solución continuísta. Pero las noticias que llegaban a Viena ponían los pelos de punta: el 15 de marzo hubo levantamientos en las ciudades de Pest y Buda (Budapest aún no existía como tal), que aunque parecieron al principio cosa de unos pocos estudiantes que se habían puesto revoltosos después de tomar café con pasteles en el Pilvax, desembocaron enseguida en la proclamación de la autonomía de Hungría respecto al imperio, con dos nobles, Lajos Kossuth y Lajos Batthyány, en los papeles de presidente y primer ministro. A continuación, se iniciaron los tremendos Cinco Días de Milán, del 18 al 22 de marzo, mientras en Venecia los sublevados proclamaban la República de San Marcos: el mariscal austríaco Josef von Radetzky (sí, el de la marcha!) no daba abasto para sofocar insurreciones en el reino Lombardo-Véneto. El mismísimo joven archiduque Franz Josef, que aún tenía diecisiete años, fue enviado a Italia a que participase en la lucha de los imperiales frente a los rebeldes que estaban recibiendo todo el apoyo del reino de Cerdeña.

Von Kolowrat estaba sobrepasado por la situación. El 4 de abril perdió su puesto, siendo reemplazado por el conde Karl Ludwig von Ficquelmont. Se trató de arreglar aquel casos haciendo que Ferdinand I, el emperador, firmase una Constitución el 25 de abril, pero los liberales, más contemporizadores, eran ahora sobrepasados por las demandas de los radicales, de contenido menos formalista y más rotundo. A principios de mayo, mientras llegaban noticias de nuevos brotes revolucionarios esta vez por parte de los serbios de la Voivodina, todo estaba otra vez en ebullición en las calles vienesas: estudiantes y trabajadores armaron una buena alrededor de la palaciega residencia personal de von Ficquelmont, que se sintió absolutamente amenazado por el curso de los acontecimientos. El barón barón Franz von Pillersdorf sustituyó a von Ficquelmont el 3 de mayo. Pero no había forma. Las barricadas en Viena eran el pan de cada día ya:

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Barricadas en Viena, mayo de 1848.


Como en toda esa vorágine acontecimientos, se había hecho imposible garantizar la seguridad de la familia imperial en Viena. En principio, todos abandonaron la capital para irse a Innsbrück, en el Tirol; todos menos Franz Josef, que seguía con el ejército en Italia y el 5 de mayo recibió su "bautismo de fuego" en Santa Lucía. Hacia mediados de junio, Franz Josef recibió el mandato de reunirse con su familia en Innsbrück. Allí, por cierto, Sofía fue visitada por su hermana Ludovika duquesa de Baviera, quien pudo relatarle, con todo lujo de detalles, como las algaradas de marzo en el querido Munich habían forzado al hermano mayor de ambas, Ludwig I, a abdicar en su hijo primogénito, Max, nuevo rey Maximilian II. Con Ludovika estaban varios de sus vástagos, entre ellos una niña de diez años llamada Elisabeth (en honor a la tía reina de Prusia) que enseguida hizo buenas migas con el archiduque Franz Karl.

Los Habsburgo volvieron de nuevo a Viena, pero en pocas semanas la situación volvía a ser tan tensa, que se creyó preferible alejarse de nuevo de la ciudad. El único territorio de la corona que parecía estar a salvo de aquella efervescencia revolucionaria general era Bohemia , así que allá que se fueron todos a establecerse en plena región de Moravia, en la fortaleza de Olmütz. Los Habsburgo, por supuesto, se pasaban los días en un sinvivir, tratando de trazar una salida que fuese carta ganadora ante semejante panorama que incluía ya el estallido de una guerra en Hungría. Los ejércitos imperiales tenían que hacer malabares para sostener una lucha contra las fuerzas independentistas húngaras, las Honvédség, mientras en Italia seguía la constante lucha por aplacar Lombardía y Venecia, regiones demasiado ricas como para perderlas.

La necesidad de que Ferdinand abdicase se hacía evidente y hasta perentoria. El liderazgo no podía ejercerlo un hombre que había llegado a preguntar con perfecta inocencia si los vieneses sublevados tenían permiso para ello. Pero el heredero natural del trono, el archiduque Franz Karl, era, a todas luces, sólo un poquito más espabilado que Ferdinand. Cierto que Franz Karl ofrecía la ventaja de estar casado con la muy enérgica y dispuesta a todo archiduquesa Sofía, pero incluso Sofía comprendía que aquello (otro emperador débil de carácter y con fama de obtuso manejado abiertamente por su mujer) sólo hubiera podido ser una componenda en tiempos menos conflictivos. El príncipe Alfred de Windischgraetz fue quizá el primero en sugerir que sería un golpe inteligente reemplazar a Ferdinand por aquel joven Franz Josef. Por otro lado, el príncipe Félix zu Schwarzenberg había llegado al poder en noviembre de 1848, y era el hombre implacable que necesitaban: no se cansaba de repetir que las bayonetas valian para todo excepto para sentarse sobre ellas, así que no pensaba moderar el uso de la fuerza. Schwarzenberg sugería, y a Sofía le pareció muy bien, que si Franz Karl cedía sus derechos al trono, el heredero de Ferdinand I sería Franz Josef, un muchacho serio, competente y decidido.

El Olmütz, el 2 de diciembre, Ferdinand I abdicó al trono y como Franz Karl, al dictado de Sofía, había cedido sus derechos a favor de su hijo mayor, Franz Josef se convirtió en el nuevo emperador con dieciocho años de edad.


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 Asunto: Re: SOFÍA, ARCHIDUQUESA, NACIDA PRINCESA DE BAVIERA
NotaPublicado: 20 Ene 2020 14:29 
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Existe una imagen absolutamente fantasiosa, pero poderosa visualmente, mostrando a una Sofía que conduce a su hijo Franz hacia el trono:

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Obsérvese cuán anacrónicos son los vestidos que le han endiñado a Sofía (vestida de lila pálido) y a la emperatriz María Anna (azul claro). Nada propios de la época, esos modelitos habían estado "a la moda" unos cuántos siglos atrás :)) :)) pero...no dejes que la veracidad te estropee el romanticismo de una imagen.

El buen emperador Ferdinand I no se había tomado su abdicación bajo presión como ningún trauma. Lejos de eso, su "Diario" (en ese tiempo, bendito sea el Señor, todos escribían diarios...) recoge un relato sosegado y desapasionado de cómo cede lugar a su sobrino Franzi, quien pide su bendición en un gesto de respetuosa solicitud, lo cual él otorga de todo corazón antes de retirarse con su esposa a sus habitaciones, en las que se preparan sus equipajes. Ferdinand y María Anna, gente sencilla y sin pretensiones de ninguna clase, preferían vivir en un tranquilo retiro para no ser un recordatorio constante de que había un emperador que había sido ungido y coronado, con todo el ceremonial de rigor, en Pressburg 18 años antes. Se fueron al Hradcany de Praga, tan a gusto los dos; en adelante, dividirían su tiempo entre el palacio de Praga y dos hermosas residencias estivales también en tierras bohemias, en Reichstadt y en Ploschkowitz. Jamás darían ni un "pío" fuera de lugar.

Sofía...

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...quedó nimbada para siempre, a ojos de su corte, con esa aura de santidad maternal que sólo puede generar el hecho de renunciar a ser emperatriz a cambio de presenciar, reventando de orgullo, el ascenso de su hijo primogénito al rango de emperador. Franzi tampoco íba a olvidar, nunca, el "sacrificio" de su madre, que, teniendo todas las hechuras de una gran emperatriz, se había quedado para siempre con el título de archiduquesa. A fín de cuentas, todo había sido obra de ella. Franzi no olvidaba que apenas unos meses atrás, en febrero de ese año, su mundo no parecía para nada a punto de convulsionar, y él, junto a sus hermanos y amigos, no habían tenido mayor preocupación que representar en el palacio una obrita de teatro, "Wirrwarr", al gusto de la archiduquesa Sofía.

Inicialmente, la archiduquesa Sofía quedaba dotada de una capacidad de influencia formidable. Estaba en perfecta sintonía con el general príncipe zu Schwarzenbeg...

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...que había conformado un gobierno mezclando elementos claramente tan conservadores como él mismo (como el nuevo ministro de Interior, el conde Franz von Stadion) con algunos liberales moderados (Alexander von Bach, Karl Ludwig von Bruck, Anton von Schmerling o Leopold von Thun und Hohenstein). Schwarzenberg tenía clara su hoja de ruta: fuerza, fuerza y más fuerza hasta que quedase claro transparente que los Habsburgo seguirían al frente de una monarquía de carácter absoluto con las mínimas concesiones al signo de los tiempos y con el poder completamente centralizado en Viena, lo que rompía la baraja de las aspiraciones de autonomía de Hungría o de la Voivodina.

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Schwarzenberg "presenta" al nuevo emperador Franz Josef su primer gobierno.


Hubo que solicitar ayuda exterior, claro. Específicamente, se demandó la cooperación de Prusia y de Rusia, para poder resolver las "tensiones territoriales" que habían estallado. El zar Nicholas I de Rusia fue expeditivo en enviar un buen contingente de hombres armados a Hungría, en auxilio de Austria, representada ahora allí por el príncipe Alfred de Windischgraetz al mando de nada menos que 70000 efectivos militares. Los rebeldes húngaros, que habían tenido la suerte de cara en algunas batallas iniciales, vieron cambiar las tornas paulatinamente, máxime cuando se presentó también en su tierra magiar el generall austríaco Julius Jacob von Haynau, con la vítola de haber reducido por completo a los italianos del Lombardo-Véneto. Llegado el mes de octubre, en la ciudad transilvana de Arad, von Haynau, a quien no en vano se había apodado por parte de sus enemigos "la Hiena de Brescia", decidió la ejecución de trece caudillos del ejército rebelde húngaro que habían caído en manos de los austríacos. El fusilamiento de los que pasarían a la historia como "los 13 mártires de Arad" anunciaba casi el final del conflicto: muchos nobles rebeldes se largaron al exilio antes de diciembre, entre ellos Lájos Kossuth.

La archiduquesa Sofía nunca perdonó a los húngaros el "tiempecito" que les habían hecho pasar de 1848 hasta el final de 1849. Habían sido meses de guerra dentro de sus territorios, meses de incertidumbre y temor. Para cuando se pudo someter completamente a Hungría, la impresión personal de Sofía acerca de ellos no podía ser peor y tampoco llevaba trazas de mejorar en el futuro.


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 Asunto: Re: SOFÍA, ARCHIDUQUESA, NACIDA PRINCESA DE BAVIERA
NotaPublicado: 20 Ene 2020 14:59 
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Franz Josef. joven emperador.


La muerte se llevó a Félix zu Schwarzenberg demasiado pronto, en 1850; pero su lugar fue ocupado por el que hasta entonces había sido temible y temido ministro de interior, Alexander von Bach, cuyos "húsares" (llamados por eso "Bach Husards") se dedicaban con ahínco a mantener aplastados a los húngaros.

Para Franz, la juventud había quedado atrás, siendo sustituída por extenuantes jornadas de trabajo que dejaban pocos momentos al esparcimiento personal. Era un joven tranquilo, reservado y muy cumplido con su devota madre. Todos consideraban a Sofía la única autoridad en la residencia imperial, estuviesen en el Hofburg, en Schönbrunn, en el Laxenburg o en la casa de veraneo que alquilaban en agosto en Bad Ischl. Ella era quien hacía y deshacía a su entera conveniencia. Las malas lenguas afirmaban que su control sobre la vida privada del emperador era absoluto. Ella había puesto junto al mozo, para que le guiase pero también para que le refrenase en caso de necesidad, al ghambelán y ayudante personal de Franzi, el conde Karl Ludwig von Grünne. Sofía le había elegido por el simple hecho de que von Grünne era tan rotundamente antiliberal como ella misma, y porque le veía capaz de mantener bien sujeto a Franzi. La esposa de Grünne, a la que este bien poca atención prestaba, era una de las damas destacadas de la corte: Caroline, de soltera Gräfin von Trauttmansdorff-Weinsberg.

Cabe preguntarse si Franzi no sentía en el fondo alguna envidia de Max y Karl Ludwig, los hermanos que le seguían en edad (Ludwig Viktor era todavía un chiquillo). En 1850, mientras Franz se quemaba las neuronas con las preocupaciones propias de su cargo, Max y Karl Ludwig se fueron de viaje por mar hasta Grecia y Asia Menor. Acompañados de su profesor de dibujo Geiger y el médico doctor Fritsch, además de por sus camaradas de estudios Jablonowsky y Kaltenbeck, ambos de ilustres linajes, los archiduques viajaron hasta Trieste para embarcarse en la corbeta imperial "Vulcano". El viaje dejó a Max tan absolutamente enamorado del mar, que siempre le había atraído, que decidió que quería formar parte de la marina. Franz se lo permitió con gusto: en 1851, también en el puerto de Trieste, Max se convirtió en un flamante teniente de fragata. Dos años después, en 1853, ya era el capitán de la corbeta "Minerva". Aunque por supuesto su rango imperial tenía casi todo que ver con la rápida progresión de Max, el caso es que, a juzgar por los testimonios de sus coetáneos, el chico desplejaba una gran energía, parecía casi hiperactivo y tenía ideas, buenas ideas.

También hacia 1853, Karl Ludwig fue enviado a Galitzia, en la actual Polonia, a que participase en la actividad del gobierno designado desde Viena para esa región, que presidía un hombre de total confianza de la archiduquesa Sofía, el conde Agenor Romuald Gołuchowski. Karl Ludwig era de temperamento impresionable: se había contagiado de un catolicismo un tanto excesivo de tanto escuchar los sermones encendidos del cardenal de Viena, Rauscher, admirado por la archiduquesa y motivo de burlas entre los vienes que le apodaban Plauscher, "parlanchín". No tenía ningún interés en la política, en esa absoluta indiferencia había salido a su padre Franz Karl. Pero Sofía tenía sus ideas respecto a que ese tercer hijo podía acabar sirviendo al imperio en relativamente pocos años como gobernador en el Tirol, así que no le quedó otra que plegarse al mandato expreso de Franzi.


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 Asunto: Re: SOFÍA, ARCHIDUQUESA, NACIDA PRINCESA DE BAVIERA
NotaPublicado: 20 Ene 2020 15:56 
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Joven archiduque Max.


Una madre imperial, como nuestra Sofía, con hijos varones en edad de hormonas a flor de piel y ansia de galanteo, no gana para sustos. En su caso concreto, el primer susto se lo proporcionó su Max del alma, allá por 1852.

Suele situarse hacia finales de 1851 el momento en que, en el curso de alguna de las celebraciones de la corte imperial, Max posó sus ojos azules como el mar que tanto amaba en una jovencita de diecinueve años. Se llamaba Paula, Paula von Linden, y su padre, Su Excelencia Franz von Paulen, era el embajador del reino de Württemberg en Viena. La posición de su padre, naturalmente, le permitía acudir a aquellos bailes en los que tanto disfrutaba el emperador Franzi (se le consideraba generalmente un gran bailarín) y que también eran del agrado de Max.

Habiéndose fijado en Paula, Max esperó pacientemente a los Carnavales de 1852. Los Carnavales tenían muchísima tradición en Viena, eran una época de gran brillantez también en la corte imperial y se vivían intensamente, antes de que llegase la Cuaresma con todas sus restricciones. Antes de un baile de corte, Max envió, de forma anónima, un brazalete de flores a Paula von Linden. Ella, quizá divertida y curiosa acerca de quién sería su admirador secreto, llevó el brazalete de flores al baile y Max tuvo el desparpajo suficiente para decirle que, puesto que lucía sus flores, esperaba que le concediese un vals. Así empezó una larga serie de valses. Franzi, por su parte, bailaba sobre todo con la hermosa y vivaz condesita húngara Julia Hunyady de Kéthely, a quien llamaban afectuosamente Juppy.

En el curso de esa temporada de bailes, a Sofía le quedó claro que lo de Max con Paula no era un bailar por bailar, como lo de Franz con Juppy. Max estaba, o creía estar, absolutamente enamorado de Paula y a la archiduquesa se le encendieron todas las alarmas. La archiduquesa tardó nada y menos en conferenciar con Franz Josef: Max fue invitado a regresar rápidamente a Trieste, a que retomase sus deberes navales en la flota austríaca, mientras que el rey de Württemberg recibía un mensaje en el que se le sugería transferir a von Linden a otro destino y reemplazarlo con cualquier diplomático de su elección. Franz von Linden, con su familia, abandonó Viena para irse a servir a Berlín (y alli Paula se casaría con un conde von Bülow).

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Retrato de Paula von Linden, ya condesa von Bülow.


El episodio von Linden había dejado claro cuán traicionero podía ser el corazón. Pero Max pareció recuperarse bien: enseguida estaba ya estaba navegando hacia Madeira y realizó una escala en Lisboa, dónde visitó, para presentar sus respetos, a la emperatriz viuda de Brasil, Amelia de Leuchtenberg, que era una hija de Eugène de Beauharnais y Augusta de Baviera, por tanto sobrina de la archiduquesa Sofía. Con Amelia estaba la única hija de ella, la princesa María Amelia...

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...que había heredado la belleza propia de las mujeres Leuchtenberg. María Amelia era además una criatura intelectualmente brillante, que había destacado durante sus estudios en distintas materias incluyendo la filosofía y las matemáticas. Se le daban de maravilla el dibujo y la pintura y podía pasar horas tocando el piano. En resumen, era una princesa encantadora, sin tacha alguna. Max y ella se habían encontrado siendo niños, en 1838, en la corte de Viena; pero aunque ninguno recordaba aquel precedente, en esa reunión en Lisboa se enamoraron bajo la mirada benévola y cariñosa de la emperatriz Amelia.

A ese noviazgo, la archiduquesa Sofía no tenía ninguna objección. María Amelia, nacida princesa imperial brasileña, bisnieta de su propio padre Max I Josef de Baviera, cumplía perfectamente con los requisitos que debía reunir una esposa para Max, quien, a la sazón, era el heredero de su hermano mayor Franzi. Por desgracia, María Amelia contrajo una escarlatina de la que quedó muy debilitada y ya durante su convalecencia empezó a preocupar seriamente a su madre al agarrar un trancazo que parecía no abandonarla. Para que se recuperase, ese verano Amelia llevó a su hija desde Lisboa a Funchal, en Madeira, con su clima tan propicio para curar cualquier afección de bronquios y pulmones. Pero la tuberculosis estaba destrozando por dentro a la joven princesa: era imposible combatir aquel fatal diagnóstico. Maria Amelia murió con apenas veintiún años, recien estrenado febrero de 1853: en su agonía, hablaba entrecortadamente en un último intento por confortar a su madre, que tenía el aire de una Dolorosa.


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 Asunto: Re: SOFÍA, ARCHIDUQUESA, NACIDA PRINCESA DE BAVIERA
NotaPublicado: 20 Ene 2020 16:15 
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Por cierto, éste es un retrato de Juppy, la condesa Julia Hunyady con la que tanto le gustaba bailar a Franzi:

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Y os lo pongo porque, como a todos nos gusta el salseo, merece la pena citar que Juppy dió la campanada al casarse en el verano de 1853 con el príncipe Mihailo III Obrenović de Serbia. El príncipe de Serbia era muy conocido en Viena; tenía fama de ser un poco "rudo y salvaje", aunque es cierto que influían lo suyo los prejuicios, bastante generales, sobre los serbios. Hubo quienes reprocharon vivamente a la madre de Juppy, la húngara Julia Zichy de Zich y Vásonkeő, que hubiesen consentido tan alegremente la boda de la chica con un Obrenovic que se la había llevado a los Balcanes. Pero la madre de Juppy debía ser muy práctica y encogiendose de hombros se limitó a responder:

-Que voulez vous? Elle será couverte de diamants!
(¿Que quiere usted?¡Ella será cubierta de diamantes!

Buen resumen, sí.
Spoiler: Juppy no fue feliz en su matrimonio.

Desaparecida Juppy de escena, parece que la condesa favorita de Franzi para los valses, las polcas y las conversaciones intrascendentes fue Elisabeth von Ugarte. Ella era mayor que él, tenía cierto rodaje y se la consideraba bastante espabilada, así que la archiduquesa Sofía no estaba precisamente satisfecha con la predilección de su hijo. Casi le dió un parraque de alivio, me figuro, cuando Franzi empezó a alternar los valses con ugarte y las polcas con otra moza de origen polaco, la condesa Isabella Potocka.

Llegados a ese punto, cobraba importancia, y no poca, empezar a mover los hilos para casarle convenientemente.


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 Asunto: Re: SOFÍA, ARCHIDUQUESA, NACIDA PRINCESA DE BAVIERA
NotaPublicado: 20 Ene 2020 17:48 
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En algún momento a principios de los años 50 del siglo XIX, Franz Josef mostró una particular simpatía por una de sus primas de la rama húngara, la archiduquesa Elisabeth Franziska, una de las hijas del palatino Josef (Oncle Josef) y su esposa Dorothea de Württemberg, pareja de la que ya hablamos en su momento. Dorothea había enviudado en 1847, y le hubiera gustado seguir residiendo con sus hijos en el palacio de Obuda, pero el entonces emperador Ferdinand I le había negado el gusto, por lo que había tenido que retornar a Viena. En la ciudad imperial, no obstante, se estableció en el palacio Augarten y la mantenían a cierta distancia de la corte. Podía deberse a que mantenía su religión protestante y también a su amistad con el rabino judío Lazar Horowitz. Todo eso no encajaba con la atmósfera cada día más rancia de la familia imperial.

Elisabeth Franziska, la mayor de las hijas de Dorothea, era muy bonita:

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Y también resultaba que, pese a su gran juventud, tenía ya una triste historia que contar. Se había casado con su pariente Fernando Carlos Víctor de Austria-Este, príncipe de Módena, formando los dos una pareja atractiva que congeniaba muy bien. Los deberes militares del archiduque les llevaron a ambos a establecerse en la ciudad de Brno, dónde Elisabeth Franziska quedó embarazada y dió a luz una pequeña archiduquesa, bautizada como María Teresa en honor a la hermana predilecta de su padre, en julio de 1849. Cuando la niña tenía cinco meses, hubo una epidemia de tifus en la ciudad, y el padre se contagió durante una visita a sus soldados enfermos repartidos por los distintos hospitales. Cinco días tardó en morir el pobre hombre, atendido por su hermana María Teresa de Módena.

Cuando Elisabeth Franziska volvió a Viena con María Teresa para quedarse en el Augarten con su madre Dorothea, era, por tanto, una mujer joven, hermosa, atractiva y con ese je ne sais quoi que le proporcionaba el relato de su propia tragedia amorosa. De alguna forma, al emperador Franz Josef le resultó, primero, muy conmovedora, y, a continuación, muy interesante como mujer. La archiduquesa Sofía, que no perdía ni ripio, se quedó horrorizada: con toda la manía que había tomado a cuánto sonase a húngaro, se negaba por entero a que su hijo fuese a poner la intención en una moza nacida y criada en la lejana Buda. La rama palatina, con sus evidentes vínculos emocionales y afectivos con Hungría, no resultaba del interés de Sofía. Más bien, le causaban instintivo rechazo.

La solución de Sofía fue organizarle a su hijo una visita a las cortes de sus queridas hermanas y asiduas corresponsales. Empezó por Prusia, en el invierno de 1852. Las relaciones de Austria con Prusia estaban en una fase de notable tensión: lo que estaba en juego, en realidad, era el liderazgo sobre los distintos reinos y principados germánicos, que una conseguiría en detrimento de la otra. Buscando darle a aquella desavenencia política una solución dinástica, Sofía envió a Franz Josef a que revisase las princesas disponibles en la casa Hohenzollern. El pretexto, claro, era que Franz Josef visitase a su Tante la reina Elise, y al marido de ésta, el rey de Prusia. Elise estaba completamente emocionada por recibir en Berlín al hijo mayor de su hermana Sofía. Le constaba que Sofía estaba dispuesta a aceptar una futura nuera luterana, aunque, claro, de haber alguna, ella, fuese quien fuese, tendría que convertirse al catolicismo para ser emperatriz de Austria -y como la propia Elise había pasado del catolicismo al protestantismo, si bien en su interior se sentía aún católica, no veía tampoco un problema en ese pequeño detalle.

Hubo suerte: Franzi encontró que una de las princesas era absolutamente ravissante, es decir, preciosa. Se trataba de Anna de Prusia:

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Dos retratos de Anna de Prusia.


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Una foto, tomada algunos años después, de Anna de Prusia.


Anna era la hija más joven de los tres retoños de una pareja real inusualmente feliz: la formada por el príncipe Karl de Prusia, cuñado de nuestra Elise, y la princesa María de Saxe-Weimar-Eisenach, cuya madre, por cierto, había sido una gran duquesa de los Romanov. Con su excelente pedigree, Anna había recibido una amplia y esmerada educación. Muy talentosa pianista, más adelante se distinguiría por su patrocinio y amistad a algunos de los más célebres músicos de su tiempo.

Aunque solamente tenía diecisiete años, Anna ya estaba comprometida. La cancillería prusiana se había dado prisa en arreglarle un matrimonio con el landgrave Friedrich de Hesse-Cassel, dieciséis años mayor que ella y viudo desconsolado de una primera esposa por la que había bebido literalmente los vientos: la gran duquesa rusa Alexandra Nikolaïevna de Russie, "Adini". Adini, la primera mujer de Friedrich a quien este seguía llorando, había sido prima de la encantadora Anna.

Sofía estaba convencida de que su hijo, emperador de Austria, era un partido cien mil veces mejor que el landgrave de Hesse-Cassel. Adicionalmente, también estaba segura de que Anna no íba a encontrar felicidad en un enlace con un hombre incapaz de superar el duelo por su anterior mujer. Con esa situación en mente, Sofía escribió cartas extensas a la reina Elise para rogarle que intercediese a favor de Franz Josef, que estaba, según afirmaba, completamente prendado de Anna. Ese amor de Franz Josef, consideraba Sofía, le garantizaría a la pequeña encantadora Anna una situación plenamente dichosa en el papel de emperatriz de Austria.

La reina Elise hubiese estado encantada...encantadísima...de poder romper los proyectos que la cancillería había trazado para su sobrina Anna y verla casándose con su apuesto sobrino Franz Josef. Pero nada de lo que dijo pudo revertir un proyecto de la diplomacia prusiana, que carecía de alicientes, en esa etapa, para buscar un matrimonio de una Hohenzollern con un Habsburgo. Franz Josef, con enorme tristeza, hubo de encajar las calabazas de Berlín. A Sofía le dolió de verdad esa humillación a su hijo.


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