Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

Nuevo tema Responder al tema  [ 116 mensajes ]  Ir a página 1, 2, 3, 4, 5 ... 10  Siguiente
Autor Mensaje
 Asunto: REGINA ELISABETTA
NotaPublicado: 20 Sep 2008 21:56 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17157
Un pequeño hueco para una dama impactante entre los royals de su época...

Imagen

Elisabeth Pauline Ottilie Luise zu Wied, nacida en Schloss Monrepos, en Neuwied am Rhein, el 29 de diciembre de 1843. Falleció siendo Elisabeta reina de Rumanía, en Bucarest, el 2 de marzo de 1916.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 20 Sep 2008 22:07 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17157
Pudo haber sido princesa de Gales y posteriormente reina de Gran Bretaña e Irlanda así como emperatriz de la India, ya que figuró en la lista de eventuales novias para Bertie, el hijo mayor de Victoria. También pudo haber sido princesa de Gran Bretaña e Irlanda y duquesa de Edimburgo, para convertirse más tarde en duquesa de Coburgo, ya que figuró entre las posibles esposas para Alfred o Affie, el segundo hijo varón de Victoria.

Ninguna de esas posibilidades cuajó, obviamente. Ya veremos porqué se quedaron en agua de borrajas.

Pero acabó casándose con un príncipe germano, Karl de Hohenzollern-Sigmarigen, que había sido designado príncipe soberano de una recientemente independizada Rumanía. Con el tiempo, Karl se transformó en el rey Carol I, fundador de la dinastía de los Hohenzollern en Rumanía. Y ella, Elisabeth, se metamorfoseó en la reina consorte Elisabeta.

Demostró que un espíritu artístico y una notoria tendencia a mostrarse extravagante pueden combinarse con una concienzuda representación del papel de reina en un país extraño. A diferencia de su gran amiga, la emperatriz Elisabeth de Austria, Elisabeta de Rumanía se tomaba muy en serio su posición, cumpliendo con el máximo esmero sus deberes protocolarios y participando activamente en la vida rumana. Incluso su talento literario lo puso, en gran medida, al servicio de su patria adoptiva. No se limitó a crear aforismos o románticas novelas, sino que también realizó una gran labor de recopilación y difusión de las leyendas que se habían transmitido de generación en generación entre los rumanos. Así, contribuía a darle presencia, y una presencia muy sugestiva por cierto, a aquel país entre los demás países europeos.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 20 Sep 2008 22:11 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17157
Una bonita imagen, poco conocida, de la joven Elisabeta:

Imagen


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 20 Oct 2008 01:35 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 26 Mar 2008 18:57
Mensajes: 9698
Reseña de su muerte publicada por la Esfera en marzo de 1916

Imagen


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 04 Nov 2008 23:13 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17157
¡Gracias, Jane! ;)

Venga, empezamos con Elisabeta...


Imagen

Esta residencia erigida a orillas de un lago se llama Schloss Monrepos. Se encuentra cerca de Ludwigsburg, una ciudad que antaño se ubicaba dentro de un área conocida por el nombre de Neuwied.

Ahí, en Monrepos, el 29 de diciembre de 1843, casi a punto de finiquitar ese año, la princesa Marie de Nassau-Weilburg, esposa del príncipe Hermann zu Wied-Neuwied, dió a luz una niña. Era el primer bebé concebido por el matrimonio, así que no les molestó en absoluto el sexo femenino de la recien llegada, a la cual, en el bautizo, se daría una ristra de nombres: Pauline Elisabeth Ottilie Luise. Se la conocería siempre por su segundo nombre de pila: Elisabeth.

Los Wied-Neuwied eran una de esas dinastías germánicas sin excesivo lustre, pero generalmente bien consideradas. Se mantenían en un discreto segundo plano en el entorno de la realeza, pero tenían su propio papel a desarrollar en ese círculo notablemente endogámico. A través de su madre, en cambio, Elisabeth estaba vinculada a una serie de dinastías significativas.

La abuela materna de Elisabeth, Luise von Sachsen-Hildburghausen, había sido una sobrina carnal de la famosa reina Luise de Prusia. En su momento, el rey Ludwig I de Baviera había dudado acerca de si contraía matrimonio con Luise o con una hermana de ésta, llamada Therese. Al final, se decantó por Therese, que sobrellevó con considerable resignación las notorias infidelidades de aquel hombre culto, fantasioso y no poco extravagante. Luise, que hubiese podido convertirse en una reina bávara, se convirtió, en cambio, en la esposa de Wilhelm, duque de Nassau. Junto a su duque de Nassau, Luise tuvo una abundante prole. Uno de sus hijos varones, Adolph, acabaría convirtiéndose en gran duque de Luxemburgo. Entre las hijas, destacaron Therese y Marie. Therese se casó con un gran duque de Oldenburg, mientras que Marie, como hemos visto, unió su vida a la del príncipe de Wied-Neuwied.

De momento, la pequeña Elisabeth no era consciente de todo ese entramado de relaciones que constituía la norma entre la realeza. Cuando era una niñita de dos años, tuvo un hermano, Willem...

Imagen
Elisabeth y Willem.

A los siete años, apareció en escena otro varón, Otto. Elisabeth quería mucho a Willem, pero sentía un fervoroso afán protector hacia el pequeño Otto, un minusválido que fallecería con apenas doce años de edad. Aunque en cierto modo la muerte liberó a Otto de una vida marcada por las limitaciones y el sufrimiento, aquella pérdida afectó mucho a la hermana que, para entonces, había cumplido dieciocho años. Dos años después, a los veinte, Elisabeth volvió a sentir el zarpazo en el corazón con la muerte de su padre, Hermann.

Desde la niñez, Elisabeth reveló una naturaleza hipersensitiva. Se trataba de una chiquilla sentimental, emotiva, muy fantasiosa. Para entretener a Otto, solía relatarle largas historias; a veces, esas historias surgían del acervo de leyendas de transmisión oral, pero muy a menudo ella las adornaba, las extendía o alteraba sustancialmente el final. Le gustaba dejarse arrastrar por su imaginación, con lo que deleitaba al pobre niño. Paralelamente, Elisabeth mostró una singular atracción por la música. No sólo le gustaba, sino que, mientras desarrollaba la técnica, mostraba un singular talento, en especial para tocar el violín (un instrumento que, en general, no se consideraba femenino: lo ideal era que las princesas, aristócratas y muchachas de buena familia aprendiesen a desenvolverse ante un piano porque quedaba más fino, más decorativo, en las veladas musicales tan en boga).

En general, fue una muchachita encantadora, que ansiaba aprender, que estudiaba con ahínco, que evolucionaba favorablemente no sólo en las materias de tipo creativo-artístico que tan bien cuadraban con su carácter romántico. Lo que sí se vió, a medida que crecía, es que carecía de belleza. No era fea, desde luego, pero tampoco particularmente agraciada. Sus facciones carecían de la delicadeza que sí poseían los rasgos de su madre, Marie de Nassau-Weilburg. Elisabeth, además, carecía de elegancia innata o adquirida. Por resumirlo, era una de esas chicas "de interiores", no "cara el exterior".


Última edición por Minnie el 05 Nov 2008 21:25, editado 1 vez en total

Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 05 Nov 2008 16:46 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17157
La joven Elisabeth:

Imagen

La vida de la princesa transcurrió por cauces discretos hasta que surgió su primera oportunidad de entrar en la historia por la puerta grande. O, mejor dicho, surgió una oportunidad de pasar por el arco triunfal de un ventajosísimo matrimonio dinástico que la hubiese llevado directamente a las páginas de la historia.

Esto acaeció hacia 1860. La reina Victoria de Inglaterra y su consorte, Albert, siempre habían temido que el mayor entre sus hijos varones, Bertie príncipe de Gales, les saliese un mujeriego irredento como habían sido algunos de los tíos paternos de la soberana. Así que existía una necesidad de amañar lo antes posible una boda conveniente para el heredero del trono inglés, a ver si, encontrando todo el desfogue posible dentro del legítimo marco conyugal, se abstenía de buscarlo de cama en cama (una perspectiva que mataba de espanto a Victoria y Albert, epítome de la moral y la decencia).

Para no variar, en ese punto Victoria confiaba en Albert y Albert confiaba en su viejo amigo así como consejero aúlico, el barón Stockmar. Stockmar, un tipo bastante avezado, fue el encargado de compilar una lista de posibles princesas. Acabó reduciéndose a seis nombres, dado que había que rebuscar entre las princesas de religión protestante, a poder ser con un impecable linaje vinculado al luteranismo. Adicionalmente, que fuesen germánicas suponía un "plus" para la pareja real británica, porque Albert seguía pensando de sí mismo que era un buen alemán de Gotha, en tanto que Victoria poseía también una ascendencia netamente alemana. No resulta extraño que la lista de Stockmar contuviese cinco princesas ALEMANAS y una princesa DANESA, que, en realidad, tenía un árbol genealógico plagado de apellidos germanos.

Entre las posibles novias para Bertie, figuraba Elisabeth zu Wied-Neuwied.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 05 Nov 2008 17:09 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17157
Vicky, la queridísima hija primogénita de Victoria y Albert que se había casado con el príncipe heredero de Prusia, fue la encargada de "hacerle la revisión" a las candidatas. Dado que todas ellas cumplían, a priori, los requisitos esenciales, se trataba de encontrar la que más se ajustase al patrón de futura princesa de Gales considerando los gustos de Bertie. Evidentemente, si querían mantenerle a salvo de "la tentación" mediante un oportuno matrimonio, más valía elegirle a una novia que pudiese ser de su agrado.

Hay que hacer notar que Vicky cumplió su cometido con entusiasmo y delectación. Hija diligente dónde las hubiera, estudió con interés a las princesas sugeridas por el respetado consejero de sus progenitores para determinar cuál podía encajar con Bertie. Dadas sus -indudables- dotes de observación, su perspicacia y su naturaleza crítica, Vicky podía remitir a Inglaterra informes que servían para descartar. Entre los descartes de Vicky figuró rápidamente Anna de Hesse, que, sin embargo, había contado, de entrada, con la ventaja de ser hermana del marido de la princesa Alice, hermana preferida de Bertie. También Elisabeth zu Wied-Neuwied se encontró con un rápido descarte.

En opinión de Vicky, a Bertie no le íba a entrar por el ojo Elisabeth. No podía catalogarse de belleza, ni mucho menos; no poseía un encanto peculiar que supliese la falta de hermosura; era demasiado llamativa y un poquito estridente. Vivía en un mundo de ensueños y fantasía, creyéndose dotada de un gran talento para la literatura y la música. Probablemente, Vicky pensó que a Bertie le pondría bastante nervioso aquella muchacha singular.

Bertie acabaría casándose con Alexandra de Dinamarca, una de las grandes beldades de la época, suave, sentimental, no demasiado brillante en el plano intelectual y nada inclinada a veleidades artísticas.

Y, sin embargo...las pegas que se le habían puesto a Elisabeth tampoco constituían un serio hándicap. Quizá no había sido apropiada para Bertie, pensó la reina Victoria al cabo de unos meses, pero bien podría servir para su segundo hijo varón, el príncipe Alfred, Affie, duque de Edimburgo. Alfred, que se hallaba inmerso en el desarrollo de su carrera naval, había sido, desde niño, un gran aficionado a tocar el violín. Al menos, el gusto por la música de violines serviría de nexo con Elisabeth. Esperanzada, Victoria instó a Alfred a aprovechar un viaje a Alemania para visitar a los tíos de Coburgo, cuyo ducado heredaría en un futuro por carecer éstos de hijos propios, para visitar Wied.

Alfred cumplió, por supuesto. Nadie podía hacerle un corte de mangas a la reina Victoria, así que se dirigió, muy atildado, hacia Wied. Pero Elisabeth no sólo no le atrajo, sino que le asustó la vehemencia con la que ella, a la cual se le había insistido en que debía agradar al príncipe británico a toda costa, le obsequió con un concierto de violín en los espesos bosques que rodeaban Schloss Monrepos.

Para decirlo de forma breve: Alfred salió huyendo de Wied. No tenía ninguna intención de casarse con una chica tan talentosa y vibrante. Esperaría algunos años antes de contraer nupcias (para horror de Victoria, siempre furiosamente reluctante en lo que se refería a "casamientos rusos") con la riquísima gran duquesa Marie Alexandrovna, única fémina entre los hijos del zar Alexander II.

Elisabeth se encontró, por tanto, en una posición peculiar. No una vez, sino dos veces, había estado en situación de poder convertirse en nuera de la mismísima reina de Inglaterra. Pero ni Bertie ni Affie habían estado interesados en desposarla. Ciertamente, su madre, Marie de Nassau-Weilburg, a duras penas podía ocultar su desilusión: cualquier marido que pudiese hallarse para Elisabeth, no sería, ni de lejos, un partido tan brillante. De hecho, Elisabeth parecía destinada a acabar convirtiéndose en la mujer de alguno de los muchos príncipes que pululaban por los más de treinta estados germánicos...


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 05 Nov 2008 17:31 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17157
Aquí la historia se pone romántica...

:D

Allá por el año 1861, desvanecida cualquier esperanza de boda con Bertie y poco antes del episodio con Affie, Elisabeth había acompañado a su madre, Marie, en una visita a la corte de Prusia. Una versión indica que, hallándose ambas damas en un evento palaciego, la cola del magnífico vestido de gala que se había preparado para la joven (a fín de cuentas, en esas visitas había que lucirse y mucho: eran el mejor escaparate para mostrar princesas en edad de merecer...) se enredó entre sus piernas. Elisabeth trastabilló, perdió por completo el equilibrio y estuvo a punto de caerse por las escaleras. En el último momento, un caballero se acercó, raudo, a sostenerla para evitar que protagonizase, bien a su pesar, tan bochornosa escena pública.

El caballero era un príncipe: Karl Eitel von Hohenzollern-Sigmarigen. Era hijo de Karl Anton, príncipe de Hohenzollern-Sigmarigen, y la esposa de éste, Josephine de Baden, emparentada a través de su madre, Stephanie de Beauharnais, con la a esas alturas casi legendaria emperatriz Josephine de Francia. Karl Eitel había recibido formación militar en la prestigiosa Escuela de Artillería de Berlín, de dónde salió con rango de oficial para incorporarse al gran ejército prusiano. Se trataba de un mozo firme y decidido, con una buena cabeza encima de los hombros y un acusado pragmatismo.

El episodio de la escalera entre Karl Eitel y Elisabeth podía haberse quedado en nada. De hecho, la princesa retornó a Neuwied con su madre sin que se hubiese avanzado por el camino del romance con el guapo príncipe oficial que la había salvado de una caída aparatosa en palacio. Poco después, se presentaría el príncipe Affie en Neuwied y Elisabeth, a instancias de su madre, hizo lo que pudo por gustarle al segundo hijo varón de la reina Victoria. Si a Affie le hubiese seducido el concierto de violín en la arboleda clareada por la luz de la luna, la suerte de Elisabeth habría estado echada. Pero Affie salió corriendo, despavorido. Y Elisabeth permanecía soltera.

Karl Eitel, en cambio, se había quedado muy impresionado con Elisabeth. Al cabo de cinco años, en 1866, una nación que acababa de conseguir su independencia, Rumanía, que englobaba los territorios de la antigua Valaquia y de Moldavia, le llamó para que se convirtiese en su príncipe soberano...lo que en rumano se denominaba "Domnitor". Al abandonar su Alemania natal para establecerse en Bucarest, capital de la flamante Rumanía, Karl, cuyo nombre se vertió al rumano en la forma Carol, tenía claro que no podría permanecer soltero más tiempo. La constitución otorgada para los rumanos incluía un artículo que él mismo había introducido, prohibiendo a los príncipes rumanos de la actualidad o del futuro contraer matrimonio con una súbdita: era una forma de dejar claro que ningún clan, ninguna potente familia válaca o moldava, podría aspirar a colocar a sus hijas en el trono en calidad de consortes para acrecentar influencias. Así que Carol, evidentemente, se planteó la necesidad de efectuar una gira por los principados germánicos en busca de una mujer con personalidad, lo bastante osada para acompañarle en la aventura balcánica (bastante incierta, podía acabar como el rosario de la aurora...).

En su mente, persistía la imagen de Elisabeth zu Wied-Neuwied haciéndose un lío con la cola del traje de baile. El tiempo había proporcionado al episodio un considerable encanto. Carol no era un hombre particularmente sensible ni romántico, pero, a su manera, consideró lo sucedido un guiño del destino, así que incluyó en su tour una escala en Neuwied. Y, allí, se declaró a Elisabeth...


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 05 Nov 2008 17:53 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17157
Imagen
Elisabeth con Carol, en una bonita imagen de la pareja.

Para Elisabeth, resultó lo más natural del mundo aceptar la proposición matrimonial de Carol. Siendo ella como era, los confines de Neuwied se le hacían demasiado estrechos. Necesitaba un cambio en aquel estilo de vida pausado, absolutamente monótono, previsible y aburrido.

Lo que Carol, el serio y concienzudo Carol, le proponía era lo que ella más podía apreciar: un desafío de grandes dimensiones. Rumanía podía ser una nación de nuevo cuño, pero los territorios que la integraban -Valaquia, Moldavia...- ejercían el poderoso encanto de las zonas tradicionalmente cerradas en sí mismas, aisladas, cargadas de misterio. Al hablar con Elisabeth, Carol se mostró muy franco: tenía la intención de trabajar a destajo para arrastrar de su secular atraso a esas regiones sombreadas por el macizo carpático, quería crear un país en permanente progreso, moderno, pero sin perder la esencia, la tradición, pues él, un extranjero, no podía permitirse la soberbia de mirar por encima del hombro a sus recientes súbditos por aferrarse éstos a sus costumbres, sus ritos populares, su folklore, etc. Un rasgo fundamental en Elisabeth era su imaginación. Se visualizó a sí misma ejerciendo el papel de una princesa gentil y magnánima, pero, a la vez, absorviendo todo el hechizo de aquellas tierras que la atraían porque no tenían nada que ver con lo que ella conocía.

Carol pulsó las teclas adecuadas en lo que se refería a Elisabeth. La madre de ella, Marie, se mostró gozosa ante la nueva oportunidad que se les brindaba. Su hija sería la consorte de un príncipe soberano que quizá acabase ostentando el rango de rey (como, de hecho, acabaría sucediendo a partir de 1881). La alianza era ventajosa, se mirase por dónde se mirase.

Lo de menos, en esa tesitura, era la evidente diferencia de caracteres e inclinaciones en Carol y Elisabeth. En los apaños dinásticos, detalles de esa índole nunca recibían la menor consideración. Pero, en un plano más humano, al menos se percibía que Carol mostraba atracción hacia Elisabeth. En esa atracción estaba, quizá, la clave de una posterior satisfacción de ambos respecto a su matrimonio. Mientras fundaban juntos una dinastía balcánica, podían surgir el afecto perdurable y una buena compenetración. La seriedad y la sobriedad de él se compensarían con la fantasía y el gusto por lo colorido de ella, teniendo en cuenta, además, que ella, por muy despegada del suelo que pudiese parecer a priori, tenía el declarado propósito de cumplir a rajatabla los deberes inherentes a su rango.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 05 Nov 2008 19:12 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17157
La boda de Carol y Elisabeth, a la que los rumanos llamarían Elisabeta, se celebró el 15 de noviembre de 1869. Pronto, los novios se hallaban ya establecidos en Bucarest, dónde a Carol le aguardaba un período de gran actividad política y pública.

Hay que colegir que los primeros meses no fueron fáciles para Elisabeta. Bucarest, recien llegada, le produjo una triste impresión: era una ciudad bastante destartalada, desangelada, que transmitía una imagen de pobreza. Poco a poco, iría descubriendo parajes de gran hermosura en su nuevo país, pero, de entrada, Bucarest resultaba decepcionante. Además, se encontraba con la inevitable barrera del idioma. Elisabeta dominaba varias lenguas, por lo que estaba convencida de poder aprender rumano en un razonable plazo de tiempo. Pero, al principio, el rumano le era incomprensible y ajeno. Evidentemente, podía manejarse en francés dentro de la corte o al mezclarse con las más distinguidas familias del país; sin embargo, fuera de esa élite, no existía forma de comunicación excepto las miradas, las sonrisas y los signos.

Imagen
Elisabeth, en una melancólica estampa.

A la inevitable añoranza de su tierra natal, su familia y su entorno de siempre, que es algo que constituye la red de seguridad de cualquier persona incluso en edad adulta, se añadían las lógicas dificultades de adaptación al medio; pero, además, resultó que Elisabeta se vió lidiando con esa situación en un período en que tenía los sentimientos a flor de piel. Llevaba un mes casada cuando se embarazó. Para Carol, se trató de una noticia absolutamente maravillosa: acaba de presentar a los rumanos a su inteligente y decidida esposa, pero ahora, ambos ofrecían la esperanza de continuidad hacia el futuro de la rama Hohenzollern-Sigmarigen trasplantada en Bucarest. Elisabeta también estaba encantada en relación con su inminente maternidad, pero no podía evitar las inquietudes, las aprensiones y el lógico nerviosismo de una primeriza. Aún no había nadie, a su alrededor, en quien pudiese confiar plenamente. Se encontraba librada a su suerte, teniendo que depender en exclusiva de la comprensión y el apoyo emocional que le brindase Carol. Y Carol era un tipo básicamente honrado y fiable, pero no un hombre particularmente expansivo ni cariñoso.

En cualquier caso, Elisabeta sacó a relucir su voluntad y su tesón. Estudiaba con ahínco, leía con afán cualquier obra que tratase aspectos históricos relacionados con su patria adoptiva y preparaba con interés los aposentos que albergarían a su bebé, sin olvidarse de intercambiar una copiosa correspondencia con su madre en la cual se reflejaban sus sentimientos mientras discurrían los meses.

El ocho de septiembre de 1870, la gestación de Elisabeta desembocó en el nacimiento de una niña a la que se daría el nombre de María, aunque se la conoció por la cariñosa versión rumana Marioara. Desde el mismo instante en que recibió a la criatura en sus brazos, Elisabeta se notó inundada por una gran oleada de amor maternal. Carol estaba evidentemente complacido con la niña que había llegado al mundo apenas diez meses después de la boda de sus padres, porque parecía constituír la primera en una prole abundante. Pero Elisabeta estaba literalmente transida de amor hacia la niña. Pensaba ser una madre cercana, siempre accesible y atenta en lo que concernía a la princesita. Habría amas de leche, niñeras, ayas, preceptores. Pero ella era la madre y pensaba ejercer como madre, sin descuidar por ello su papel de representación oficial.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 05 Nov 2008 21:22 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17157
Los que me "conocéis", sabéis que tengo por norma no apropiarme nunca de fotos con firma. Pero una vez, hice una excepción. Salvé una imagen de Elisabeta con su pequeña Mariora, bellamente coloreada por Mandie, del AP, debido a que la imagen me parece un documento extraordinario...

Imagen

Refleja, a la perfección, la genuína felicidad que vivía Elisabeta siempre que tenía consigo a Mariora. Un niño hubiese pertenecido a la nación, pero la niña le pertenecía a ella. Podía volcarse en esa hija, y esa hija le dió fuerzas para sobreponerse a algún aborto espontáneo en los años siguientes al de su nacimiento.

Son pocas las imágenes de Mariora. Aquí os muestro una de la pareja, Carol y Elisabeta, con la niñita. La foto fue tomada al parecer durante unas vacaciones en la península de Sinaia, el lugar preferido de Carol y también muy del gusto de Elisabeta. Todavía no estaba construído su hermoso castillo de Peles, así que, en esa época, cuando íban a Sinaia, se alojaban en un monasterio de la zona.

Imagen


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: 05 Nov 2008 21:43 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 17157
Imagen
Foto en extraordinaria calidad de la pequeña domnita Mariora, ataviada en traje típico rumano, posteada por Laurra en el AP.

Esa niña tan querida se murió demasiado pronto. El 9 de abril de 1874, cuando le faltaban cinco meses para cumplir cuatro años de edad, una fiebre escarlatina le causó la muerte. Se había producido una epidemia de escarlatina y la epidemia no había respetado a la pequeña "domnita" de Rumanía, la primera princesa Hohenzollern nacida en Bucarest.

Carol estaba sinceramente afectado por la pérdida, pero a Elisabeta poco le faltó para volverse loca de dolor. A esa mujer de casi treinta y un años, se le hacía imposible asumir la idea de tener que amortajar y enterrar a la única criatura que había logrado en su matrimonio. La desaparición de Mariora tuvo efectos irreversibles en Elisabeta. Dentro de que la muerte prematura de un hijo no se supera del todo jamás, quizá hubiera podido reponerse en parte si se le hubiese concedido otro hijo o hija en quien volcar su afecto. Pero, en los años posteriores, cada embarazo de Elisabeta concluía en un penoso aborto.

Aquello, además, abriría una brecha en el matrimonio. Se suele decir que ante un suceso tan dramático como es la pérdida de un hijo, los padres pueden reaccionar compartiendo el duelo de tal forma que su relación de pareja sale reforzada o bien distanciándose irremisiblemente el uno del otro. En el caso de Carol y Elisabeta, la muerte de Mariora, sumada a la incapacidad de ella por proporcionar más hijos, acabó creando una fuerte tensión entre los dos. Carol se había casado con Elisabeta dando por hecho que ambos fundarían una dinastía; la rapidez con la que Elisabeta había concebido a su primer bebé le hizo ratificarse en esa convicción íntima. Pero lo cierto es que tras el nacimiento de Mariora, Elisabeta no había podido ofrecer ningún otro bebé, ni de sexo masculino (que hubiese representado la apoteósis) ni de sexo femenino (a falta de pan, buenas son tortas). El hecho de que Marioara les abandonase creó un vacío que tampoco se pudo llenar con otra criatura a posteriori.

Carol no podía evitar que la decepción se reflejase en su mirada y Elisabeta se sentía doblemente castigada por el destino. No tener hijos suponía un drama para ella. Llegó a confesar, en una etapa ulterior, que una mujer incapaz de generar vida era como una bella campana de bronce pero sin bagajo; el bronce hubiera podido resonar de la forma más cautivadora, pero al no haber un bagajo, el sonido no llegaba a producirse y nadie lo oíría jamás. Ese sentimiento de profunda desolación en Elisabeta se veía acentuado por el hecho de que tenía plena consciencia de que la falta de hijos implicaba la falta de herederos. No habría una dinastía, el sueño de su marido se había roto en pedazos.

Paulatinamente, Carol y Elisabeta empezaron a girar en órbitas distintas.


Arriba
 Perfil  
 


Mostrar mensajes previos:  Ordenar por  
Nuevo tema Responder al tema  [ 116 mensajes ]  Ir a página 1, 2, 3, 4, 5 ... 10  Siguiente


¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: No hay usuarios registrados visitando el Foro y 0 invitados


No puede abrir nuevos temas en este Foro
No puede responder a temas en este Foro
No puede editar sus mensajes en este Foro
No puede borrar sus mensajes en este Foro
No puede enviar adjuntos en este Foro

Buscar:
Saltar a:  



Style by phpBB3 styles, zdrowie zdrowie alveo
Powered by phpBB © 2000, 2002, 2005, 2007 phpBB Group
Base de datos de MODs
Traducción al español por Huan Manwë para phpbb-es.com
phpBB SEO
Crear Foro | Subir Foto | Condiciones de Uso | Política de privacidad | Denuncie el foro