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 Asunto: Re: REGINA ELISABETTA
NotaPublicado: 21 Mar 2010 21:10 
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gracias veronica
en la segunda parece menos cria... en la primera tiene un expresion tan ingenua...


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 Asunto: Re: REGINA ELISABETTA
NotaPublicado: 13 May 2010 21:40 
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Registrado: 17 Feb 2008 21:47
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Mon Dieu...esos daguerrotipos de Vero son auténticas alhajas. Me ha fascinado ver a Marie tan joven...y a Hermann, por supuesto. Esa Elisabetta niña aún, por completo ajena a lo que le depararía la vida, es entrañable.

Elisabetta y Carol, su esposo:

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 Asunto: Re: REGINA ELISABETTA
NotaPublicado: 14 May 2010 02:04 
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Preciosos esos cabinets!
Me encanta ver imagenes nuevas de Elisabetta de joven, son bastante raras en comparación con sus imagenes de vejez...
Esta imagen es de la misma sesión del de Elisabetta, lástima la calidad :(

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 Asunto: Re: REGINA ELISABETTA
NotaPublicado: 14 May 2010 14:52 
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Registrado: 01 Oct 2008 13:45
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A mi lo que me gusta de Elisabeth es que gran parte de su vida , no se ciño tantyo a las reglas de la moda y uso vestidos muy "Aesthetic" que la hacian diferente a las demas monarcas de la epoca. Eso se le aprecia millones!

Dejo un par de fotos

Esta me parece que es del compromiso. Elisabeth del brazo de Carol junto a su madre y hermano

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Esta estaba pero no completa

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Una de sus imagenes mas lindas

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_________________
Carolath Habsburg (as seen on Tumblr!!)

http://carolathhabsburg.tumblr.com/


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 Asunto: Re: REGINA ELISABETTA
NotaPublicado: 14 May 2010 21:27 
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Registrado: 25 Nov 2008 19:19
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Katyusha escribió:
A mi lo que me gusta de Elisabeth es que gran parte de su vida , no se ciño tantyo a las reglas de la moda y uso vestidos muy "Aesthetic" que la hacian diferente a las demas monarcas de la epoca. Eso se le aprecia millones!


Cierto, no se mataba ciñéndose tanto la cintura, y además de viejita tenía un estilo muy particular y único de vestir con esa especie de túnicas que usaba.


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 Asunto: Re: REGINA ELISABETTA
NotaPublicado: 16 May 2010 10:03 
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Registrado: 17 Feb 2008 21:47
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Otra imagen que a mí me encanta, porque luce muy regia:

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 Asunto: Re: REGINA ELISABETTA
NotaPublicado: 16 May 2010 11:41 
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Registrado: 17 Feb 2008 21:47
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Como a mí Elisabetta me atrae muchísimo, por su singularidad en el extenso repertorio de la realeza del siglo diecinueve, me he quedado un poco "plof" al revisar este tema y constatar cuán poco me he fijado en la infancia y en la primera juventud de la dama en cuestión. Soy de las que creo firmemente que nuestro carácter, nuestra personalidad, nuestra manera de enfocar la vida, va forjándose a medida que transitamos por la infancia, la adolescencia y la primera juventud. Por eso me toca las narices haber sido tan escueta en lo relativo a Elisabetta.

Lo cierto es que nació siendo una princesa de una de las muchas dinastías germánicas, sólidamente arraigadas pero sin un lustre extraordinario. Hermann de Wied, que sería el padre de nuestra protagonista, era un príncipe bastante ilustrado, eso sí. Había completado sus estudios en la célebre universidad de Göttingen, había viajado a lo largo y ancho de Alemania, había adquirido el necesario barniz de refinamiento social y cultural en Francia; todo eso para servir en un regimiento de la guardia en Berlín antes de hacerse cargo de la administración de sus estados hereditarios, no demasiado extensos. Le interesaban en especial la filosofía y la teología, así como la historia, a cuyo estudio dedicaba el tiempo libre. A su debido tiempo, contrajo matrimonio con Marie de Nassau. Un matrimonio bastante ventajoso, sin lugar a dudas.

Marie de Nassau es aquí una figura relevante. Había nacido en Briebich, en el ducado de Nassau, gobernado por su padre, el duque Wilhelm. La llegada al mundo de Marie a finales de enero de 1825 devastó por completo la salud de su madre, Luise de Saxe-Hildburghausen, que ya había tenido previamente otros siete retoños de los que habían muerto tres. Marie estaba destinada a ser la última criatura puesta en el mundo por Luise, ya que esta falleció pocos días antes de que la niña cumpliese tres meses de edad. Wilhelm permaneció viudo durante cuatro años, lamentando el deceso de su esposa; pero con cinco hijos a su cargo, resultaba obvio que necesitaba una nueva mujer, así que acabó contrayendo segundas nupcias con Pauline princesa de Wurttemberg. A diferencia de las madrastras de los cuentos de hadas, Pauline fue muy afectuosa con los huérfanos de Luise, especialmente con Marie. Y Marie creció considerando a Pauline una auténtica madre, no una simple madrastra. Por esa misma regla de tres, los hijos que tuvo Pauline -Helene, Nikolaus y Sophie- eran tan hermanos a los ojos de Marie como los hermanos mayores alumbrados por la difunta Luise.

Esto tendría su importancia en la vida de nuestra Elisabetta. Para una princesa de una dinastía de moderado prestigio, las conexiones constituyen un asunto crucial. En su caso, las conexiones vendrían por vía materna, a través de Marie de Nassau. Dos de los hermanos mayores de Marie de Nassau realizaron bodas espléndidas: Therese, que era muy guapa, se casó con Peter de Oldenburg, cuya madre había sido la gran duquesa rusa Ekaterina -Katia- Paulovna, hija del zar Paul I, hermana de los zares Alexander I y Nicholas I. Katia Paulovna había sido gran duquesa de Oldenburg a través de un primer matrimonio y reina de Wurttemberg a través del segundo matrimonio. Peter, fruto del primer matrimonio, se estableció ventajosamente en la imperial San Petersburgo, dónde después se le reuniría la mujer con la que se casó, Therese de Nassau. Asimismo, Adolph de Nassau, hermano de Therese y de Marie, contrajo nupcias con la gran duquesa Elisabeta Mikhailovna, hija del gran duque Mikhail Paulovich -un hermano menor de la citada Katia- y de su esposa Helena, nacida princesa de Wurttemberg, hermana de Pauline.

Cuando Marie, reciente esposa de Hermann de Wied, dió a luz a su primogénita, enseguida se decidió llamarla Elisabeth (después sería Elisabetta). El nombre hacía honor a las dos madrinas de bautismo de la niña: Elisabeth Ludovika, princesa de Baviera, por matrimonio reina de Prusia, y la encantadora gran duquesa Elisabeth Mikhailovna de Rusia, a la sazón todavía prometida con Adolph de Nassau. De esa manera, ya se estaba estableciendo un eje de conexiones Berlín-San Petersburgo en torno a la criaturita.

La infancia de Elisabetta discurrió en un entorno de notable placidez. En primera instancia, se hizo cargo de ella fräulein Lavater, una sobrina nieta del gran filósofo Lavater, que ya había sido gobernanta de Marie de Nassau. Fräulein Lavater era inteligente, excepcionalmente culta, aficionada a las viejas leyendas teutónicas y dotada de una singular paciencia, lo que hacía de ella una extraordinaria gobernanta para la niña. Bajo la tutela de fräulein Lavater, Elisabetta no tuvo conciencia del segundo embarazo y parto de su madre Marie, pues el niño, Wilhelm, nació cuando a la hermanita mayor le faltaban cuatro meses para cumplir los dos años. Asunto distinto sería, cinco años más tarde, la llegada el mundo del menor de los vástagos, otro varón que recibiría el nombre de Otto. Elisabetta, de casi siete años, había desarrollado a esas alturas un intenso vínculo afectivo con su madre Marie, así que las pasó canutas cuando se vió separada de ésta porque la mujer hubo de ser confinada para el parto y ese parto resultó tan difícil que la dejó convaleciente durante semanas. El niño, Otto, había sufrido el parto no menos que Marie; llegó al mundo en penosas condiciones, aquejado de una severa minusvalía.

Fue el primer golpe. Dos años después, la salud del padre, Hermann, también ocasionaba serias preocupaciones. Nunca había sido un hombre robusto y vigoroso, pero por entonces estaba lo suficientemente delicado para pasarse media vida recorriendo los spas de moda, desde Wiesbaden a Kissingen. En el otoño-invierno de 1852 a 1853, Hermann se dió el gusto de buscar alivio para sus achaques en una prolongadísima gira empendida con su cuñado Nikolaus de Nassau, pasando por la isla de Cuba hacia Norteamerica.

Entre tanto, Marie estaba sola con sus hijos. Ocupaba el tiempo viajando a Briebich y Wiesbaden, para visitar a su queridísima madrastra Pauline, que, en su viudedad, residía con sus hijas Helene y Sophie. Elisabetta, con su viveza, parece haber sido una favorita de la abuelastra Pauline. Cuando la dama falleció, en el verano de 1856, todos estaban congregados en torno a su lecho esperando ese fatal desenlace de la última enfermedad. Elisabetta, una muchacha de trece años, tuvo una reacción peculiar: salió corriendo a los jardines del palacio para regresar con los brazos repletos de manojos de rosas que ella misma había cortado, a fín de colocarlas, artísticamente, alrededor del cadáver de la abuelastra Pauline. La escena, pensándolo bien, debió resultar bastante impactante. Pero quizá a Marie de Wied no le causase excesiva sorpresa, pues sabía que su hija era altamente emocional.

El segundo encuentro de Elisabetta con la muerte fue más duro. Otto, el hermano inválido, había sido especialmente mimado por la hermana, que solía pasar largas horas sentada junto a la cama en la que permanecía el chico entreteniéndole con viejas historias en las que solía incluír notables variaciones. Quizá fue una liberación para ese chico espabilado y vivaracho, condenado a una dolorosa semiparálisis, fallecer a los doce años, llevándose consigo los recuerdos de un reciente viaje con sus padres y hermanos por el norte de Italia, dónde le había fascinado el Duomo de Milan. Pero la familia quedó consternada. Después del entierro en Monrepos, se retiraron a Baden-Baden. Tardaron semanas en hallar en sí mismos el ánimo suficiente para retornar a Monrepos. Elisabetta estaba deprimida: dedicaba largas horas a componer poemas y buscaba alivio a su pesadumbre en la lectura de sus autores favoritos, que incluían a Molière. De la depresión pasaría a una melancolía duradera que causó no poca preocupación a su madre Marie.

En esa tesitura, en 1863 se presentó de visita en Monrepos la formidable gran duquesa Helena Paulovna de Rusia. Hay que recordar que Helena había sido hermana de Pauline, la madrastra de Marie y abuelastra de Elisabetta. Asimismo, una de las adoradas hijas de Helena, Elisaveta Mikhailovna, había sido madrina bautismal de Elisabetta poco antes de casarse -por amor- con un tío materno de la niña, Adolph duque de Nassau. Adolph había sido extraordinariamente feliz con su Elisaveta Mikhailovna, a la que solían llamar Lily. La muchacha rusa se hizo popular en Wiesbaden, por su naturaleza dulce y compasiva. Pero aquello fue como un cuento de hadas con final demasiado rápido y trágico: Lily murió en el trance de dar a luz su primer hijo, que tampoco sobrevivió. Por supuesto, Elisabetta conocía esa dolorosa historia; si bien ella no recordaba a su tía y madrina, dado que Lily había fallecido cuando la niña contaba dos años, había crecido oyendo a sus mayores cantar las alabanzas de la difunta.

La forma en que Elisabetta se dirigió a Helena Paulovna conmovió intensamente a la augusta dama, una de las figuras femeninas más destacadas de la corte Romanov. Helena estaba en ruta hacia Ginebra, en Suiza, dónde pensaba deleitarse con unas prolongadas vacaciones en el famoso hotel Beaurivage. Pidió a Marie de Wied que le dejase llevar consigo a Elisabetta. Marie, que había estado devanándose los sesos en busca de una manera de sacudir a Elisabetta de la melancolía, se mostró encantada con la petición de Helena Paulovna, a la que acostumbraba llamar "tante". La estancia en Suiza resultó tan agradable para Helena y Elisabetta que la gran duquesa volvió a la carga: ¿estaría de acuerdo Marie en que Elisabetta la acompañase a San Petersburgo, para permanecer en la capital imperial durante el otoño e invierno de 1863-1864?.

Ahí, Marie tuvo un instante de vacilación. Su marido estaba delicado, el único hijo varón que le quedaba -Wilhelm- vivía en un prestigioso centro de estudios berlinés, lo único que la confortaba era la presencia constante de su hija Elisabetta. La perspectiva de privarse durante meses de Elisabetta le pellizcaba dolorosamente el corazón. Pero Marie debía ser pragmática. Su hija había alcanzado la edad en la que había que empezar a situarla ventajosamente en el mercado matrimonial. Estaba claro que las oportunidades podían surgir en Berlín o en San Petersburgo, de forma prioritaria. Así que convenía tomarse con agrado la invitación de Helena Paulovna. La egregia señora, con su pupila, viajaron de Suiza a Rusia realizando una escala en Wiesbaden para que Elisabetta se despidiese de sus padres, Hermann y Marie.

San Petersburgo cautivó por entero a Elisabetta. La opulencia de la ciudad imperial la dejó atónita en primera instancia, para atraparla en sus redes después. No sólo contaba con el patronazgo de Helena Paulovna. Allí estaba también su tía Therese, la hermana mayor de Marie. La hija mayor de Therese, Alexandra de Oldenburg, ya se había casado con un gran duque imperial, Nicholas Nicoalevich; en esas fechas, estaban a punto de tener su segundo hijo. Por otro lado, Therese tenía otras hijas. Elisabetta enseguida trabó una cariñosa amistad con su prima Catherine de Oldenburg, Katia, así como con la pequeña de la casa, Therese de Oldenburg, a quien solían denominar Thesa. La amistad con Catia fue particularmente destacable, pues le hacía añorar menos a su amiga de la infancia y adolescencia, la condesa Thekla de Solms-Laubach. Otra dama de fuste con la que Elisabetta podía tratarse a menudo fue la princesa Eugenie de Leuchtenberg.

El entusiasmo de Elisabetta por San Petersburgo se ponía de relieve en su profusa correspondencia con sus padres y su hermano. Nunca se cansaba de enviar cartas prolijas en detalles acerca de su estancia en la capital imperial. Pero ésta se interrumpiría de manera un tanto abrupta, tras serles comunicado que Hermann de Wied había fallecido en marzo de 1864. Naturalmente, Elisabetta hubo de retornar a Wied; su madre, Marie, enlutada y apenada, le salió al encuentro en Leipzig, de dónde completaron juntas el trayecto hasta Monrepos.

Una vez más, Elisabetta dió rienda suelta a una amarga desolación. Se reprochaba que su padre hubiese muerto mientras ella, ajena a la circunstancia, disfrutaba de los fastos de San Petersburgo. Por suerte, Helena Paulovna volvió a acudir en su rescate en ese otoño de 1864: la gran duquesa había planeado una nueva estancia en Ouchy, junto a Ginebra, pasándose primero por Wied a recoger a Elisabetta. Y cuando la muchacha volvió a casa, la reclamó su tía materna, Helene, una de las medio hermanas menores de Marie. Helene llevaba varios años casada con el príncipe de Waldeck-Pyrmont, junto al cual residía en el castillo de Arolsen. Elisabetta viajó a Arolsen para quedarse en el invierno de 1864 a 1865. A sus veintiún años, resultó de extrema utilidad a la tía Helene, pues se ocupó de entretener a las hijas que ésta había tenido: Sophie Nikoline, de casi diez años; Pauline, de ocho años; Marie, de seis años; Emma, de cinco años y Helena, de tres años. Mientras Elisabetta les hacía gracias a sus primas Waldeck-Pyrmont, su tía Helene dió a luz por séptima vez, en esa ocasión el tan ansiado heredero varón: Friedrich. Elisabetta estaría presente en el bautismo del niño que representaba el futuro de los Waldeck-Pyrmont.

En 1866, Elisabetta tuvo un nuevo encuentro con la muerte. Se quedó francamente desolada al enterarse del fallecimiento de su joven prima favorita, Catherine -Katia- de Oldenburg. La tía Therese estaba devastada por la pérdida, al punto de que sus médicos le recomendaron que viajase al sur de Italia con los hijos menores hasta que recobrase el apetito y el sueño. Therese escribió a su hermana Marie: ¿no podría quizá reunirse Elisabetta con ellos en Roma? Seguramente, la presencia de Elisabetta les haría bien, en particular a su hija menor, Thesa, tan abatida por la desaparición de Katia. Marie accedió. Elisabetta marchó a Roma y luego, con sus parientes Oldenburg, a Nápoles. La isla de Capri, por cierto, la sedujo por completo.

Y volviendo a hermanas, en este caso medio hermanas, de Marie, resultaba que, si Helene había hecho una buena boda al casarse con Georg Viktor de Waldeck-Pyrmont, la hermana menor de Helene, Sophie, había "roto el techo", por así decirlo. Estaba casada con el kronprins Oscar, heredero de las coronas de Suecia y Noruega. A Sophie no le íba del todo bien en Estocolmo: su marido, un apasionado marino, mostraba también la facilidad de los hombres de la casa Bernadotte para coleccionar aventuras amorosas extraconyugales. A Sophie le dolían extraordinariamente los deslices de Oscar. En 1868, su hermanastra Marie de Wied decidió visitarla llevando consigo a Elisabetta. Para Sophie constituyó una enorme satisfacción la presencia de Marie y Elisabetta. Durante tres meses viajaron por tierras suecas, visitando diferentes lugares emblemáticos. Elisabetta estaba encantada. Tanto, que incluso manifestó el deseo de empezar a aprender sueco.

La conclusión que extraemos de todo este relato es simple: a pesar de ser una princesa de Wied, Elisabetta, merced al entramado de relaciones familiares, había tenido una vida que había incluído numerosos viajes por toda Europa. Había recibido una esmerada educación, con particular énfasis en los idiomas. Dado que era por naturaleza muy artística, se le había animado a leer y escribir, pero también se le habían facilitado los mejores maestros para que aprendiese a tocar diversos instrumentos. No obstante, no era una muchacha hermosa y tenía un carácter que llamaba la atención. Los proyectos de boda inglesa no habían prosperado. Había estado en la lista de posibles novias para Bertie príncipe de Gales, pero no se la había considerado una opción seria. El intento posterior de emparejarla con el hermano que seguía en edad a Bertie, Alfred, había fracasado estrepitosamente. A esas alturas, en 1868, no había surgido ningún pretendiente de fuste, ni desde San Petersburgo ni desde Berlín. Pero era cuestión de tiempo que conviniese a algún príncipe.

La romántica historia de que Karl Hohenzollern, o lo que es lo mismo Carol I de Rumanía, se prendó de Elisabetta al coincidir con ella en un baile de la corte prusiana en el que la muchacha se enredó los pies con la cola de su vestido de gala y estuvo a punto de rodar por una escalera habría que cogerla con pinzas. Elisabetta era, naturalmente, una romántica, pero Carol no lo era en absoluto. Él tenía una cabeza firmemente asentada encima de los hombros. Sabía que necesitaba una esposa con el linaje y el rango adecuados, pero, más aún, necesitaba una esposa lo bastante intrépida para estar dispuesta a crear una nueva dinastía en un país balcánico que estaba emergiendo. Cuando Carol vió a Elisabetta en Berlín, seguramente evaluó con cuidado a la joven princesa de Wied. Luego, años después, habló con sus padres para que éstos cursasen una invitación a la princesa Marie y a Elisabetta. Hay que decir que la princesa Marie de Wied no encontró nada sorprendente la invitación. Durante décadas, había mantenido una relación muy cordial, por no decir amistosa, con los príncipes de Hohenzollern-Sigmaringen, Karl Anton y Josephine, née Baden; les había visitado frecuentemente en Düsseldorf, aparte de los ocasionales encuentros en Berlín. De hecho, Elisabetta había tratado desde la infancia a la princesa Marie de Hohenzollern-Sigmaringen, hermana menor de Carol. Las dos chicas, Elisabetta y Marie, solían intercambiar cartas.

Pero esa reunión auspiciada por los Hohenzollern-Sigmaringen selló el destino de Elisabetta. Se le propuso un matrimonio con Carol...y aceptó. Encontraba a Carol y a la posición de Carol en Rumanía un auténtico aliciente, un desafío. De alguna forma, estimulaba su imaginación y su creatividad verse a sí misma en el papel de esposa del fundador de una dinastía germánica en la balcánica Rumanía, que parecía tan atávica y misteriosa. A partir de ahí, Elisabetta se tomó su nuevo trabajo con gran dedicación.


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 Asunto: Re: REGINA ELISABETTA
NotaPublicado: 16 May 2010 12:44 
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Celebrada la boda de Carol y Elisabetta, los recien casados apenas pudieron permitirse una breve luna de miel en Monrepos, en Neuwied. El enlace había tenido lugar el 15 de noviembre de 1869 y el 18 de noviembre salieron de Neuwied para dirigirse por tren hasta Budapest, la capital húngara, dónde se reunieron con el emperador Franz Joseph. Franz Joseph estuvo muy fino con la nueva pareja rumana; un buque austríaco que debía su nombre al emperador les estaba esperando en Bazins, explicó, para llevarles, remontando el curso del Danubio hasta ese punto en el que el gran río confluye con otro de menor caudal, el Czerna. Era una frontera natural entre el imperio austro-húngaro y el país rumano.

La ciudad fronteriza de Verzerova fue el primer rincón de Rumanía que pudieron contemplar los ojos de Elisabetta. Luego, seguirían navegando el Czerna, hasta alcanzar la ciudad de Turnu Severin. Allí se produjo el desembarco de Carol y Elisabetta, clamorosamente recibidos el 22 de noviembre de 1869. Por supuesto, tras la escala en Turnu Severin, continuaron la ruta hasta Giurgevo. De Giurgevo a Bucarest les esperaba un viaje en tren, cruzando la Wallachia. El 25 de noviembre de 1869 se produjo la entrada en Bucarest.

Lo que siguió fue el habitual torbellino de ceremonias solemnes, festejos que se enlazaban unos con otros formando una especie de vertiginoso carrusel y audiencias. La primera audiencia significativa que presidió Elisabetta se le había concedido a una amplia representación de damas de las principales familias rumanas, que acudieron llevando a modo de regalo de bienvenida para la princesa una fabulosa diadema de perlas con diamantes. Elisabetta supo manejar admirablemente aquella serie de escenas en las que representaba un papel protagonista, en un entorno completamente nuevo en el que todos esperaban que ella destacase favorablemente. Pero eso le pasó factura: a mediados de diciembre, la extrema fatiga mental y física le hicieron sentir un malestar general. Los médicos sugirieron en tono amable que necesitaba reposo en un lugar apacible. Carol la mandó al palacete de Cotroceni, situado en los aledaños de Bucarest. Puesto que Elisabetta se manejaba con facilidad en latín y tenía amplio dominio del italiano, empezó a consagrar su tiempo al estudio del rumano partiendo con cierta ventaja.

1870 fue un año no exento de preocupaciones. Aquel fue el año en que la candidatura del nuevo cuñado de Elisabetta, Leopold de Hohenzollern-Sigmaringen, a la corona española acabó envenenando las relaciones entre Prusia y Francia hasta el punto que acabó estallando una guerra. La guerra íba a culminar con la victoria aplastante de Prusia, lo que haría colapsar por completo el segundo imperio francés de Napoleón III -forzado a un doloroso exilio en Inglaterra con su esposa Eugenie y su hijo Louis- pero a cambio llevaría a la proclamación de un Reich alemán con Wilhelm de Prusia en el rol de káiser Wilhelm I. Para Elisabetta, la guerra franco-prusiana fue motivo de gran angustia, ya que el único hermano que le quedaba, Wilhelm, luchó en el bando alemán, exponiéndose bastante en la batalla de Sedan. Elisabetta estaba muy atenta a las noticias que recibía de Neuwied, mientras avanzaba paulatinamente en una gestación que desembocó en el nacimiento de su hijita, bautizada en la iglesia ortodoxa con el nombre de Marie.

Aquí ya se ha hablado, y no poco, de lo que significó la maternidad para Elisabetta. Marioara se convirtió en el centro de su universo, su alegría y orgullo, su constante desvelo y auténtica esperanza. Estaba tan emocionalmente vinculada a su bebé Mariora que cuando en abril de 1871 hubo de separarse de la criatura para acompañar a Carol en un viaje hasta la histórica ciudad de Iassi a través de Moldavia, sufrió bastante la privación de la hija. Pero el sentido del deber y su natural entusiasmo por los viajes salieron en su ayuda. Cuando retornó a Bucarest, Elisabetta escribió a su madre Marie cartas entusiásticas relatando el periplo por Moldavia.

Ese año de 1871, en julio, Wilhelm, el hermano de Elisabetta, contrajo matrimonio. Se casó en Wassenaar con la princesa Marie de Holanda, nieta del rey Willem I y sobrina del rey Willem II. Marie pertenecía a la distinguida casa de Orange y se suponía que recibiría una gran dote, pero casarla no había sido fácil. Al igual que su hermana mayor Luise, esposa de Karl XIV de Suecia y Noruega, un hermano mayor del Oscar que estaba casado con la tía Sophie de Elisabetta, Marie no era nada guapa y padecía serias dificultades auditivas. Aún así, se juzgó que Marie representaba un partido excelente para Wilhelm príncipe de Wied. Elisabetta se perdió la boda en La Haya, desde luego, pero, después de completadas las celebraciones, la princesa viuda Marie de Wied viajó a Bucarest para reunirse con su hija Elisabetta y conocer por fín a su nieta Marioara. La reunión fue motivo de inmensa alegría para Elisabetta.

A esas alturas, Elisabetta se había hecho querer por los rumanos. Con su facilidad para los idiomas, enseguida había asimilado un rumano ciertamente fluído y, a causa de su natural predisposición a aprender, había tratado de conocer en detalle la tradición oral de su nuevo país. Le parecía que los rumanos habían tenido la grandeza de mantener el legado de sus antepasados en forma de un riquísimo folkore transmitido de padres a hijos mediante la palabra hablada. A Elisabetta le entusiasmaba imaginar que todo aquello podía recopilarse, trasladarse al papel y servir de base a un sentimiento de orgullo patrio. Por otro lado, le gustaba dedicarse a favorecer las instituciones educativas y sanitarias, para mejorar las condiciones de vida de los menos favorecidos. En especial, ponía énfasis en dirigirse a las mujeres; ellas serían las más interesadas y las más beneficiadas por una implantación de hábitos más higiénicos, un mejor acceso a los cuidados médicos y un paulatino desarrollo de la educación infantil. La energía de Elisabetta sólo cedía cuando le flaqueaba la salud: era propensa a desarrollar una actividad incesante que la consumía y la dejaba a merced de ataques de fiebre, quizá de origen nervioso. Por supuesto, a eso también contribuían las dificultades de su matrimonio con Carol -las diferencias de carácter estaban pasándoles factura- y las presiones para concebir un heredero rumano, dado que sólo había tenido una hijita.

Elisabetta llegó a estar bastante delicada a principios de 1872. Los doctores aseguraron, en esa ocasión, que requería un clima templado, cálido, que ejerciese un efecto tonificante en su organismo; se le recomendó que marchase por un tiempo a Italia. Puede que Elisabetta pillase la idea al vuelo para permitirse cierta distancia respecto a Carol, aunque no hay duda de que le costaba separarse de la princesa Marioara. En marzo, Elisabetta abandonó su nueva patria para marchar a Roma con un reducido séquito. Estuvo en Roma durante casi dos meses, pues hasta avanzado mayo no regresó a Rumanía. Entró en Rumanía en barco, remontando el Danubio, en el buque Stephen; Carol le salió al encuentro a bordo del buque Romania. Sorprendentemente, Elisabetta describió el instante en que los dos navíos tomaron contacto en el río como algo "muy romántico". Además, Carol había tenido el detalle de ordenar que trasladasen a Marioara desde Bucarest a Comana, para que la madre pudiese ver lo antes posible a la hija a quien tanto había añorado. Dado que Carol no solía tener tiempo para esa clase de gentilezas, es posible que se hubiese convencido de que necesitaba invertir unos días en restaurar las relaciones con su mujer a fín de tratar de obtener el preciado heredero.

Luego, en el verano de 1873, Elisabetta volvería a abandonar Rumanía, pero esa vez llevando consigo a Marioara. El destino de su viaje era Neuwied, la querida Neuwied. Su madre, Marie, ya no residía en el Schloss Monrepos, dado que el palacio lo ocupaban ahora Wilhelm y su esposa holandesa Marie, que ya habían tenido un niño bautizado Wilhelm Friedrich. A cambio, la princesa viuda Marie se había mudado con fräulein Lavater, la misma que había sido su gobernanta y después la gobernanta de su hija, a una residencia cercana bautizada con el nombre de Segenhaus. Elisabetta disfrutó de su estancia en Segenhaus con Marioara, que empezaba a ser una niña muy espabilada y en cierto modo sorprendente. Una anécdota curiosa se relaciona con la chiquilla, que, una tarde, se entretenía sola en los jardines de Segenhaus sin querer atender a las llamadas de su madre Elisabetta. Cuando Elisabetta logró finalmente que Marioara acudiese a sus reclamos, le preguntó qué había estado haciendo. La niña replicó, con aspecto serio, que había estado tratando de atrapar en sus manos los rayos de sol, pero que estos haces de luz se le escapaban entre los dedos. Seguramente a Marie de Wied debió hacerle gracia, pues era la clase de respuesta que hubiese podido dar la propia Elisabetta a la edad de Marioara.

Cuando Elisabetta y Marioara volvieron a Bucarest, la madre se encontró con la desagradable sorpresa de que en la capital rumana se habían extendido plagas de escarlatina y de fiebres tifoideas. El miedo a la difteria la hizo salir inmediatamente hacia Sinaia con Marioara. La epidemia se prolongó durante meses, con brotes de particular intensidad en determinados momentos, que causaron la muerte a miles de niños para desconsuelo de las mujeres. Elisabetta estaba horrorizada, como reflejaba en sus cartas a Marie de Wied. De nuevo se ratificaba en la idea de que había que mejorar los hábitos higiénicos de la población y reforzar las instituciones sanitarias. En abril de 1874, la pequeña Marioara empezó a manifestar en su persona síntomas de una fiebre escarlatina desarrollada a partir de una faringitis. Fue difícil en extremo convencer a la niña de que estaba enferma y debía meterse en cama para que la cuidasen. Con una escalofriante precocidad, la niña se negaba a dormirse porque aseguró que temía no volver a despertarse nunca. Marioara murió el 9 de abril, un Jueves Santo, rodeada por los brazos de su nannie británica y mientras su madre le estrechaba las manitas. La escena subsiguiente tuvo que ser desgarradora, con la madre y la nannie deshechas en llanto.

Los rumanos de la corte intentaron aligerar la natural angustia de Elisabetta explicándole que era un privilegio morir en Jueves Santo. Le explicaron que, en ese día tan especial, las puertas del cielo estaban abiertas de par en par, por lo que la niña habría volado rápidamente al encuentro de Dios. La idea era muy poética, y Elisabetta se apresuró a contárselo en una carta a su madre Marie de Wied. Pero por mucho que Elisabetta intentase confortarse con esa clase de pensamientos, estaba destrozada por la pérdida de la hija a la que había adorado. La salud declinó rápidamente, llegando al extremo de que, en el verano de 1874, los médicos la urgieron a marcharse para una cura de aguas en Franzensbad. En Franzensbad, Elisabetta se dedicó a escribir de modo compulsivo; era el único consuelo que hallaba en esa época aciaga.


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 Asunto: Re: REGINA ELISABETTA
NotaPublicado: 16 May 2010 15:51 
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Me gustaría aclarar que he optado por llamar a Carol siempre Carol I aunque en la época a la que acabamos de referirnos todavía no era rey. Para ser rigurosos, desde un punto de vista histórico, hay que señalar que Carol, en su momento, fue llamado para reemplazar a su predecesor Alexandru Ioan Cuza, que había ostentado el título de Domnitor, el mismo que se aplicó al Hohenzollern llegado a Bucarest. Elisabatta, al casarse con Carol, se convirtió, si queremos hablar con propiedad, en Domnita Elisabetta. La plena legitimización de Rumania como nación se obtuvo no sin sangre, sudor y lágrimas: provino del desarrollo de la guerra turco-rusa que tuvo lugar entre los años 1877 y 1878. Y un acta del Parlamento de Bucarest convirtió Rumanía en un reino el día 24 de marzo de 1881. Si realmente queremos ser exactos, Carol llega a ser el rey Carol I de Rumanía a finales de marzo de 1881; consecuentemente, su esposa deja de ser la Domnita Elisabetta para tranformarse en la regina Elisabetta.

Para un país que acaba de dar ese paso de reafirmación nacional después de una época tremendamente incierta y azarosa, es obvio que una ceremonia de coronación adquiere una enorme significación. En países "que vienen de antiguo", firmemente establecidos y reconocidos internacionalmente, una coronación suele ser un reconocimiento solemne de que se ha producido un relevo en lo que concierne a la ocupación del trono. En cambio, los rumanos, en la primavera de 1881, se disponían a festejar que habían dejado de ser un principado balcánico bastante endeble y de futuro cuestionable para conformarse en un reino, con una dinastía hereditaria, con vocación de perdurabilidad. Se fijó una fecha: el 22 de mayo. Hasta entonces, había que preparar todo lo necesario, desde una corona a unos cronos resguardados por un baldaquino con el correspondiente escudo bordado.

Si nos centramos en Elisabetta, tuvo que haber en su paladar un regusto agridulce. En vísperas de la ceremonia de coronación, llegaron a Bucarest el hermano mayor de Carol, Leopold Hohenzollern-Sigmaringen, y los dos hijos varones que éste había tenido en su -feliz- matrimonio con Antonia de Portugal: Ferdinand y Karl. La presencia de Leopold con Ferdinand y Karl obedecía no sólo al natural deseo de participar en el momento más glorioso de la trayectoria de Carol, sino a una necesidad de hacer visible la dinastía. Porque lo cierto es que Carol y Elisabetta llevaban casados doce años, en el curso del cual ella había concebido varias veces, pero cada embarazo se había malogrado excepto aquél en el que había alumbrado una niña destinada a vivir sólo tres años: Marioara. En la primavera de 1881, Elisabetta contaba casi treinta y ocho años de edad. Si de los veintiséis a los treinta y ocho sólo había proporcionado una hija que había muerto en la infancia por culpa de una fiebre escarlatina, era absolutamente improbable que, rondando en los cuarenta, fuese a dar a luz un surtido de hijos e hijas para la rama rumana de los Hohenzollern-Sigmaringen. Eventualmente, los rumanos debían ver que Carol tenía un hermano varón, Leopold, que a su vez tenía hijos varones, en ese caso Ferdinand y Karl. La sucesión, por esa vía colateral, estaba garantizada. Pero para Elisabetta, que jamás dejó de sufrir por su incapacidad para crear una extensa familia, la presencia de su cuñado y de sus dos jóvenes sobrinos políticos tuvo que representar, por fuerza, un recordatorio doloroso de ese trauma íntimo.

No obstante, Elisabetta recordaría con afecto el día de la coronación. Con anterioridad a la fecha señalada, se había establecido en el bonito palacio de Cotroceni. En el amanecer del día 22 de mayo, las jóvenes pensionistas del muy cercano Asyle Hèléne se pusieron sus mejores galas, tomaron entre sus manos ramilletes o guirnaldas de flores y avanzaron, formando filas, a través del parque de Cotroceni, para situarse frente a un ala determinada de palacio a entonar un himno patriótico en honor a Elisabetta. Eso tenía un trasfondo particularmente conmovedor, porque Elisabetta había descubierto la existencia del Asyle Hèléne poco después de su llegada a Rumanía, cuando una repentina flojera física después de haber presidido las ceremonias de bienvenida la había hecho trasladarse de Bucarest a Cotroceni. Desde ese instante, Elisabetta había sido una generosa protectora del Asyle Hèléne. Que las muchachas huérfanas o abandonadas que se educaban en ese centro estuviesen esa madrugada cantando bajo las ventanas de sus aposentos tuvo que emocionarla profundamente.

Un carruaje tirado por ocho caballos negros llevó a Elisabetta, ya perfectamente ataviada, de Cotroceni a Bucarest. La escoltaban su cuñado Leopold y los jóvenes hijos de éste, Ferdinand y Karl. Ya reunidos con Carol, vieron sucederse los acontecimientos en ese día, en un ritual cuidadosamente elaborado para la ocasión a instancias del primer ministro, Demeter Bratianu. Después del banquete de gran gala, ya al atardecer los reyes salieron a un balcón de su palacio para observar cómo se iluminaba la ciudad de Bucarest. La luz eléctrica suponía algo nuevo, algo enteramente misterioso e incluso pura magia a ojos de los miles de rumanos que se habían congregado en la capital; muchos se quedaron absolutamente conmocionados al constatar que "se hacía día en plena noche". Un paseo en carruaje, precedido por una tradicional procesión de antorchas, puso fín a una jornada agotadora, máxime para una mujer como Elisabetta, cuyo organismo acusaba recibo, invariablemente, de la tensión acumulada.


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 Asunto: Re: REGINA ELISABETTA
NotaPublicado: 16 May 2010 21:53 
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Elisabetta:

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Ejem...si habéis llegado hasta aquí, alguno estaréis pensando que he perdido la chaveta hoy domingo, pues en los últimos post, os he repasado lo que ya sabíamos de la vida de Elisabetta, hasta alcanzar la muerte de su hija y su transformación en reina. Es cierto, pero no me negaréis que el añadir detalles le confiere más carne y más hueso, más cercanía, al personaje.

Pienso que con Elisabetta es fácil equivocarse. La primera imagen que uno se hace de una reina balcánica que viste trajes folk o se pone toca y túnica amplia en su ancianidad, tras haber publicado un alto número de obras literarias bajo un seudónimo tipo Carmen Sylva, es automáticamente la de una extravagante. Yo no creo en la extravagancia de Elisabetta. Creo que ella podía ser hipersensible, emotiva y con una fantasía notable, pero todo eso lo ponía en gran medida al servicio de su papel histórico que, como he dicho, se tomaba muy en serio. Elisabetta se llevaba muy bien, por ejemplo, con la emperatriz Elisabeth de Austria, pero las dos mujeres no podían ser más distintas pese a la pasión literaria que compartían. De hecho, Elisabetta jamás comprendió que Elisabeth eludiese constantemente sus deberes, sus obligaciones, quedándose solamente con los privilegios derivados de su posición y yendo de un lado a otro en busca de su realización personal. Elisabetta tenía un elevado grado de compromiso con Rumanía y con los rumanos. Cuando Elisabetta se hacía fotografiar luciendo trajes típicos rumanos, lo hacía para dar visibilidad a Rumanía. Cuando Elisabetta se dedicaba, con la colaboración de diversas personas, a compilar leyendas tradicionales de los Cárpatos, lo hacía para dar visibilidad a Rumanía. Se trataba de poner a Rumanía, una nación reciente, un reino que acababa de constituírse, en el mapa. Elisabetta no se escaqueaba nunca; sólo cuando se encontraba verdaderamente enferma, se concedía períodos de descanso. Pero desarrolló una intensa actividad social.


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 Asunto: Re: REGINA ELISABETTA
NotaPublicado: 17 May 2010 00:14 
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Para ilustrar la infancia de Elisabetta, aqui con sus hermanos:

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 Asunto: Re: REGINA ELISABETTA
NotaPublicado: 18 Jul 2010 15:05 
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