Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: PRINCESAS de LUXEMBURGO.
NotaPublicado: 14 Jul 2008 19:34 
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Un espacio para seis hermanas...

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Luxemburgo, año 1893.

El gran duque soberano, Adolf, y su esposa, Adelheid, exhortan encarecidamente a su hijo mayor, heredero de aquel pequeño país, a contraer matrimonio. Adolf había sido, hasta 1890, simplemente el cuarto duque de Nassau, mientras que el hermano mayor, Willem III, ostentaba la soberanía de los Países Bajos, que incluían Holanda y Luxemburgo. Sólo en 1890, a la muerte de Willem III, la Ley Sálica vigente en Luxemburgo había hecho imposible que le sucediese, en dicho territorio, su hija Wilhelmina. Wilhelmina se había convertido en la reina de Holanda, en tanto que el tío Adolf pasaba a ser gran duque soberano de Luxemburgo.

Por supuesto, Adolf comprendía que estaba inaugurando una nueva dinastía para el ducado. Y una dinastía se basa, ineludiblemente, en el constante engarce de generaciones en una cadena que no debe romperse. Por tanto, Adolf y Adelheid animaron al príncipe Guillaume Alexandre, de cuarenta y un años, a escoger una esposa de rango equiparable al suyo propio con la que empezar a procrear más pronto que tarde.

Guillaume Alexandre, al igual que sus padres, profesaba la religión protestante. Sin embargo, la mayoría de la población luxemburguesa profesaba la religión católica. Dispuesto a complacer a sus futuros súbditos, Guillaume Alexandre decidió abandonar su cómoda soltería de la mano de una princesa católica. Así, tras un período de reflexión, se declaró a María Anna de Braganza, infanta de Portugal. En realidad, María Anna jamás había pisado suelo portugués, ya que su padre, el rey Miguel I, había perdido su trono, partiendo hacia el exilio, varios años antes que se celebrase su boda con Adelaide de Löwenstein-Wertheim-Rosenberg. Miguel y Adelaide, que se habían casado en Kleinheubach, repartieron su tiempo entre Alemania y Austria. Sus hijas (Maria das Neves, Maria Teresa, Maria José,
Aldegundes, María Anna y María Antonia) así como su único hijo varón (Miguel) crecieron, pues, en un entorno absolutamente germánico. Portugal lo llevaban en el apellido.

Adelaide de Löwenstein-Wertheim-Rosenberg, "rainha" de Portugal pero jamás vista por los portugueses, demostró, con el tiempo, ser una magnífica casamentera. Seis hijas para dotar y casar adecuadamente constituyen un reto para cualquier madre con plena conciencia de su rango, pero Adelaide no se dejó amilanar sino que buscó, afanosamente, las mejores oportunidades para cazarlas al vuelo. María das Neves, la mayor, se casó, en 1871, con el infante Alfonso, hijo del pretendiente carlista al trono de España, don Carlos duque de Madrid, lo que la destinaba a convertirse en una "reina de requetés" a no ser que la situación española, tan inestable, diese un vuelco que llevase a su suegro al trono en Madrid. Más sustancioso fue el casorio, en 1873, de María Theresa, una preciosidad, con el archiduque Karl Ludwig de Austria, mayor que ella, dos veces viudo, pero, a fín de cuentas, hermano del emperador de Austria. María José, a su vez, se casó, en 1874, con el duque Karl Theodor en Baviera, hermano de la emperatriz Elisabeth de Austria y de la ex reina María de Nápoles. Luego, en 1876, Adelgundes contrajo nupcias con el príncipe Enrique de Borbón-Parma, conde de Bardi.

Hacia 1893, permanecía solteras la penúltima: María Anna.María Antonia, la benjamina, se había casado en 1884 con Roberto de Parma, quien, viudo de María Pía de las Dos Sicilias, había tenido de ésta nada menos que doce hijos (María Antonia contribuiría a extender la familia con otros doce retoños). Adelaide, muy religiosa, casi se había conformado a que María Anna, cuya edad prometedora se había agotado, permaneciese soltera, quizá profesando en religión. Pero aún no se había tirado la toalla: a fín de cuentas, siendo prácticos, cinco hermanas bien situadas allanaban el camino para hermana por situar. En esa tesitura, cuando Guillaume Alexandre enfiló el camino que llevaba a su casa, quedó sellado el destino de María Anna: se transformaría en la futura gran duquesa soberana de Luxemburgo.


Última edición por Minnie el 14 Jul 2008 20:58, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: 14 Jul 2008 20:01 
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Se puede decir que Adelaida cumplió con creces su papel de madre de la época. 8)


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NotaPublicado: 14 Jul 2008 20:04 
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Adelaida de lowenstein-Wertheim-rosenberg. Wikipedia


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NotaPublicado: 14 Jul 2008 20:18 
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legris escribió:
Se puede decir que Adelaida cumplió con creces su papel de madre de la época. 8)


Y tanto que sí ;) Educó a sus hijas para que fuesen perfectas princesas católicas: rectas, intachables en su moral, devotas, piadosas, capaces de entregarse a los demás con absoluta generosiad. Pero también para que fuesen perfectas esposas: serenas, complacientes, siempre dispuestas a mantener la armonía familiar a cualquier precio.

Volvemos a María Anna, que es la que interesa en este tema ;)

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Guillaume Alexandre y María Anna.

El 21 de junio de 1893, después de que el protestante Guillaume Alexandre hubiese aceptado de mil amores que la progenie que se les concediese se educaría en la religión católica de María Anna, ambos celebraron su enlace en el Schloss Fischhorn (Zell am See, Salzburgo, Austria). El novio, de cuarenta y un años, llevó a su novia, de treinta y dos, al castillo de Berg, en Colmar-Berg, Luxemburgo. Allí establecieron su residencia, dispuestos a crear una familia lo más amplia posible (la madre de Guillaume Alexandre, Adelaide, había tenido cinco hijos, pero sólo un hijo y una hija sobrepasaron los dieciocho años de edad; la alta tasa de mortalidad infantil y juvenil era algo a tener en cuenta siempre cuando se trataba de asegurar una dinastía).


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NotaPublicado: 14 Jul 2008 20:35 
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María Anna.

Si se hubiera producido una gran apuesta europea acerca de la familia por venir de Guillaume Alexandre y María Anna, seguramente nadie se hubiese llevado el bote acumulado. Lo que íba a suceder, en los años siguientes, representó una creciente frustración para la pareja, razonablemente bien avenida, que se había asentado en Colmar-Berg.

Con promisoria prontitud, María Anna se quedó encinta por primera vez. Pese a que se podría haber pensado que tanto Guillaume Alexandre como María Anna habían dejado atrás la etapa de mayor fertilidad, la princesa se embarazó en los tres meses posteriores a la boda. Casi coincidiendo con su aniversario, el período de gestación llegó a un feliz desenlace con el nacimiento de un bebé en perfecto estado de salud. ¿La pega? Pues que se trataba de una fémina, a la cual se impondría el nombre de Marie Adelaide o María Adelheid, según se emplease la versión francesa o la versión germánica, en honor a sus dos abuelas.

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Guillaume Alexandre, María Anna y "baby" Adelaide.

De momento, no saltó ninguna alarma. Nadie consideró necesario preocuparse, ni nadie se sintió amargamente desilusionado. A fín de cuentas, María Anna había demostrado su capacidad para concebir y llevar a buen término el embarazo en un breve lapso de tiempo. Cabía esperar que llegasen más criaturas saludables en los años siguientes, alguna de ellas de sexo masculino. La princesita Adelaide no estorbaba ni sobraba: con el tiempo, serviría para cimentar alguna interesante y ventajosa alianza en el concierto de las familias reales europeas. Se podía esperar que, en su momento, hiciese una boda ventajosa, como su única tía paterna, Hilde, casada con el gran duque de Baden, o sus tías maternas, María das Neves, María Theresa, María José, Adelgundes o María Antonia.

Por lo tanto, no hubo nada onimoso en torno a la llegada al mundo de Adelaide. Sólo surgió cierta desazón cuando, en el transcurso de los meses, no se produjo un siguiente embarazo, tan deseado, por parte de María Anna. Pero al cabo de diez meses, la corte ducal pudo anunciar, con satisfacción, que de nuevo María Anna se hallaba grávida. Paulatinamente, se hicieron los preparativos para recibir a un segundo bebé que, en opinión general, debía ser el ansiado heredero.

El nacimiento de Charlotte, en enero de 1896, supuso un pequeño chasco. Había otra niña para Luxemburgo, no el precioso niño por cuyo advenimiento se había rezado en todas las iglesias del país. Aún así, todavía no cundió el desánimo. María Anna, a sus treinta y cinco años, estaba aún lejos de la menopausia.


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NotaPublicado: 14 Jul 2008 20:55 
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Incluso a nivel literario, es un recurso clásico "la tercera hija" que llega para gran fastidio de los padres que van quemando cartuchos en su búsqueda ansiosa de heredero. Si Charlotte había sido acogida con cierta resignación, hubo que apelar a las últimas reservas de buena voluntad para hacerse a la idea de que el tercer embarazo de María Anna había derivado, en febrero de 1897, a la llegada de Hildegarde, o Hilda, así bautizada para halagar a la hermana de Guillaume Alexandre.

Luego, cuando Hilde estaba a punto de cumplir un año, María Anna se embarazó por cuarta vez. A finales del verano de 1899, los príncipes Guillaume Alexandre y María Anna, con sus tres hijas, viajaron a Baviera para visitar a la familia de ella. Estaba tan avanzada la gravidez, que no consideraron oportuno emprender ya viaje de vuelta a Luxemburgo. En realidad, de por sí el detalle resulta bastante revelador del estado de ánimo de los dos miembros del matrimonio: si hubiesen creído que íban a tener un hijo, probablemente hubiesen permanecido en casa o se habrían preocupado de volver a casa a tiempo para el natalicio que tanto regocijo provocaría entre sus futuros súbditos. Pero a esas alturas se habían preparado más bien para lo peor, es decir, para una cuarta niña. Y no se equivocaron: en Schloss Hohenburg, en la Alta Baviera, María Anna se puso de parto para acabar ofreciendo otra fémina a la que se decidió llamar Antonia.

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Una imagen, no demasiado alegre, de Guillaume Alexandre y María Anna con sus cuatro hijas: Adelaide, Charlotte, Hilde y la recien nacida Antonia.

Otra pareja quizá hubiese tirado la toalla. A fín de cuentas, Guillaume ya frisaba en los cuarenta y siete años, en tanto que María Anna rondaba los treinta y siete. Pero seguir intentándolo, en su caso, era un deber hacia los padres de él y hacia los luxemburgueses.


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NotaPublicado: 14 Jul 2008 21:35 
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Un bonito retrato de las cuatro princesas: Adelaide, Charlotte, Hilda y Antonia de Luxemburgo.

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Cuando se plasmó en el lienzo a las cuatro niñas, María Anna estaba embarazada otra vez. Trataba de mantener la calma, aunque se sentía bastante desasosegada. Por pura ley de probabilidades, se diría que alguna vez tendría que aparecer un varón, pero...¿y si sólo sabían engendrar hijas? El problema sucesorio flotaba en el aire. Su suegro había heredado el ducado precisamente para evitar que la soberanía recayese en una chica, Wilhelmina de Holanda. Ahora, se daba el caso de que, tras su marido, no había nadie en línea de sucesión directa a no ser que se acudiese a una rama menor de la familia "contaminada" por un matrimonio morganático.

Si miraba hacia su entorno, considerando a sus propias hermanas, María Anna encontraba motivos para cultivar la resignación cristiana. Su hermana mayor, María das Neves, sólo había tenido un niño con su esposo Alfonso Carlos, duque de San Jaime: un preciado varón que se había malogrado, para desolación de la madre que no lograría volver a serlo. María Theresa únicamente había proporcionado dos hijas, Maria Annunziata (Miana) y Elisabeth (Liesel) a su esposo el archiduque Karl Ludwig, aunque, en su caso, podía conformarse alegremente porque él tenía hijos de su matrimonio previo y no había que garantizar, en teoría, ninguna sucesión a un trono. María José había conseguido dar a Karl Theodor dos hijos (Ludwig Wilhelm y Franz Joseph) además de tres hijas (Sophie, Gabrielle y Elisabeth). En cuanto a Adelgundes, carecía de descendencia, pero, por contraste, María Antonia, la pequeña María Antonia, ya había proporcionado para entonces diez retoños a su duque Roberto de Parma, de los cuales cinco eran varones (Sisto, Xavier, Félix, Renato y Luís) en tanto que cinco eran féminas (Adelaide, Francesca, Zita, María Antonia e Isabella).

Ciertamente, María Anna había recibido cuatro bendiciones en forma de cuatro princesas. Pero ella hubiese dado lo que fuese por asegurarse de que el quinto bebé fuese un niño.

Y el quinto bebé, sin embargo, fue una niña: Elisabeth.


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NotaPublicado: 14 Jul 2008 21:59 
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Hubo un sexto nacimiento, en 1902. Ya nadie se atrevía a confiar en la buena suerte, y, de hecho, esa absoluta pérdida de confianza supuso la mejor actitud ante la llegada de una preciosa niña que recibió los nombres de Sophie Caroline.

Luxemburgo tenía seis princesas.

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Las seis niñas fotografiadas en 1903.

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Las tres niñas mayores, Adelaide, Charlotte y Hilda, fotografiadas poco después del nacimiento de la sexta princesita, Sophie.

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Las seis niñas juntas, pocos años después, en 1907.


Última edición por Minnie el 14 Jul 2008 22:27, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: 14 Jul 2008 22:26 
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Que las seis niñas de Colmar-Berg conformasen una estampa encantadora no representaba un consuelo. El gran duque Adolf, abuelo paterno de las niñas, falleció el 17 de noviembre de 1905 en el Schloss Hohenburg de Baviera, llevándose a la tumba consigo una honda preocupación acerca del porvenir de la dinastía de Nassau-Weilburg en Luxemburgo. Su viuda, Adelheid, se dedicó, más que nunca, a sus actividades de patronicio y a la pintura, actividad para la cual demostraba una notable sensibilidad.

Guillaume Alexandre se convirtió en el gran duque Guillaume IV de Luxemburgo, con su María Anna en calidad de consorte. La ausencia de un heredero se hacía más evidente, reabriendo la herida y echándole un puñadito de sal. Nadie podía reprocharles que no lo hubiesen intentado, pero los intentos se habían quedado en un claro fracaso: un único niño hubiese valido más que las seis niñas, en términos dinásticos.

Si se atenían a la Ley Sálica, Guillaume debía considerar su sucesor a su primo, Georg Nikolaus, conde de Merenberg. El problema radicaba en que Georg Nikolaus provenía de un matrimonio morganático, ya que su padre, Nikolaus Wilhelm de Nassau-Weilburg, medio hermano del difunto gran duque Adolf de Luxemburgo, se había casado, para pesar de la familia, con una bellísima rusa, Natalia (Natasha) Pushkhina, hija del gran escritor Alexander Pushkin con la controvertida Natalya Goncharova. Curiosamente, los hijos de Nikolaus Wilhelm y Natasha Pushkhina siguieron la estela de los matrimonios morganáticos: la hija mayor, Sophie de Merenberg, se había casado con el gran duque ruso Mikhail Mikhailovich (Miche Miche), exiliado tras haberse realizado esa boda, en tanto que el propio Georg Nikolaus se había casado con la princesa rusa Olga Alexandrovna Yurievskaya, hija ilegítima pero legitimada a posteriori del zar Alexander II con Ekaterina (Katia) Dolgorukaya. A Guillaume no le daba la real gana de hacer sus herederos a los Merenberg, Nikolaus Wilhelm y Olga; podía permitirse el lujo de descartarlos aludiendo a ese entramado de alianzas morganáticas.

Ante semejante panorama, se hacía necesario, imperativamente necesario, convertir la Ley Sálica, que excluía totalmente a las mujeres de la sucesión, por una Ley Semi-Sálica, que concediese primacía al varón pero permitiese la sucesión femenina en caso de que no hubiese heredero de sexo masculino. Contando con la ayuda de su primer ministro y con la comprensión de los luxemburgueses, que a fín de cuentas deseaban preservar la reciente dinastía asociada a la independencia del país, Guillaume IV logró introducir ese cambio sustancial en el año 1907.

Su hija mayor, Adelaide, acababa de transformarse en LA heredera.


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NotaPublicado: 14 Jul 2008 22:52 
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Adelaide, flamante heredera de Luxemburgo:

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Sobre los frágiles hombros de la niña, acababa de caer una responsabilidad histórica. Por haber nacido la primera entre las seis niñas, se erigía en la garante de la continuidad de los Nassau-Weilburg en Luxemburgo. No sólo Guillaume sino también María Anna se esforzaron por hacer comprender a la pequeña el alcance de aquella variación introducida en la legislación: ella debía aplicarse y esforzarse incluso el doble que sus hermanas, dado que, en un futuro, le correspondería gobernar el país. Paradojas de la vida, podría tomar como ejemplo a la prima Wilhelmina de Holanda, aunque, eso sí, Wilhelmina era una excelente reina protestante y Adelaide estaba destinada a convertirse en un parangón de duquesa soberana católica.

La religión era una nota predominante. La abuela materna de las niñas luxemburguesas, Adelheid, habiendo enviudado a los treinta y cinco años, profesó, después de haber asegurado el porvenir de sus hijas e hijo, en la Orden Benedictina. Esa Adelheid sinceramente devota había transmitido su ferviente catolicismo a sus hijas. En el caso de María Anna, ella pensaba encargarse de transmitirlo asimismo a sus hijas, aunque, como veremos, la más proclive a seguir esa línea resultó ser, precisamente, Adelaide.


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NotaPublicado: 14 Jul 2008 23:32 
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Otra imagen de Adelaide:

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