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 Asunto: MARIE MANCINI
NotaPublicado: 18 Dic 2019 14:18 
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María, o Marie, Mancini.


PRÓLOGO


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Giulio Raimondo Mazzarini, nació en Pescina, en el reino de Nápoles, porque su madre, la hermosa y cultivada dama Ortensia Bufalini, había buscado en esa localidad meridional un respiro respecto al sofocante calor de Roma. El esposo de Ortensia, Pietro Mazzarini, se había convertido ya por entonces en chambelán del condestable Filippo I Colonna, que se encargaba de ejercer el poder en tierras sicilianas. Por tanto, Pescina fue un buen lugar para que llegase al mundo su primogénito Giulio Raimondo. Tras ese nacimiento, pasaron cinco años antes de que se produjese el advenimiento de otro niño: Michele Alessandro Mazzarini. A partir de ahí, Ortensia se dedicó a producir únicamente hijas, que en orden de mayor a menor fueron Anna María, Laura Margherita, Clelia y la benjamina Girolama.

Pietro y Ortensia aprovecharon su excelente conexión con la poderosa familia de los Colonna para proveer de educación a sus hijos varones. Nuestro Giuilio, a los siete años de edad, fue enviado al Collegio Romano de los jesuítas, dónde enseguida demostró que tenía muchas luces. Eso animó, por supuesto, a mandarle después a formarse a la universidad de Alcalá de Henares, en España, junto con su buen amigo Girolamo Colonna, hijo del condestable Filippo I Colonna. Para entonces, también se había incorporado a la vida académica Michele, el segundo vástago de Pietro y Ortensia, quien poseía, asimismo, capacidad y voluntad de aprendizaje.

Verdaderamente, Giulio estaba dotado de un talento muy notable para la diplomacia, y en ese ámbito desarrollaría una carrera espectacular. Resumiendo mucho, tras haberse distinguido en el servicio diplomático del Papa manejando con habililidad los hilos en el norte de la península italiana en un esfuerzo por mover el suelo bajo los pies al duque de Saboya en beneficio del reino de Francia, Giulio Mazzarini sostuvo una famosa entrevista con el poderoso ministro francés cardenal de Richelieu. Richelieu ya tenía un concepto magnífico de Giulio Mazzarini, pero ese encuentro le llevó a invitar al italiano a que se instalase en la corte de Francia. Giulio Mazzarini, a quien los franceses llamarían Jules Mazarin, llegó al Louvre en 1637...y le bastaron dos años para lograr una posición única como consejero tanto del rey Luís XIII como del mismísimo cardenal Richelieu. En 1641 se le nombró cardenal y cuando ese mismo año falleció Richelieu, Mazarino ocupó un lugar en el consejo de ministros real. Pero el poder absoluto le llegaría a las manos después de la muerte de Luís XIII, durante la regencia de Ana de Austria. Con muchas revueltas contra su autoridad que sofocar, Mazarino se mantuvo en la cresta de la ola desde 1643 hasta 1661, año de su defunción.

Bueno: el triunfo de Mazarino sobrepasó todo lo que se hubiese podido esperar. Mientras él se labraba su fulgurante carrera, su hermano Michele entraba en la orden de los dominicos y se formaba en la universidad de Bologna, en la que llegaría a ejercer también la docencia en Teología y Filosofía.

Las hermanas, por supuesto, habían crecido con plena consciencia de lo estupendamente que les íban las cosas a "Giulio" y "Michele". La mayor de ellas, Anna-María, profesó en religión, y era cuestión de tiempo, por supuesto, que alcanzase el rango de priora en su convento. Las tres menores -Laura Margherita, Clelia y Girolama- formalizaron matrimonios absolutamente apropiados y convenientes. Laura Margherita se casó con el conde Geronimo Martinozzi; Clelia se casó con el marqués Pietro Muti y finalmente Girolama se casó con el barón Lorenzo Mancini.

Si bien Pietro Muti y Clelia Mazzarini murieron, ambos, mucho antes de lo esperado, en 1649, sin dejar hijos que les sucedieran, tanto la hermana mayor de Clelia, Laura Margherita, como la hermana menor, Girolama, demostraron ser fértiles. Laura Margherita tuvo con su conde Martinozzi dos hijas, Anna María Martinozzi y Laura Margherita. Girolama, por su parte, tuvo con su barón Lorenzo Mancini una prole abundante. Tomando en cuenta la edad, los hijos Mancini de Girolama fueron: Paolo Giulio, Laura Vittoria, Olimpia, María, Filippo Giuliano y Marianna. Y, ojo, no estamos descontando los que, aún llegando a existir y a llevar nombre de pila, fallecieron en la primera infancia: Margherita, Lorenzo, Alfonso y Anna.


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 Asunto: Re: MARIE MANCINI
NotaPublicado: 18 Dic 2019 16:12 
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Un "detalle" nada banal: nuestro amigo Mazarino era "muy italiano" en su concepto de familia. La familia poseía una enorme significación, la familia representaba un pilar fundamental en la vida y el triunfo de cada individuo debía contribuír a la prosperidad general de todos los que compartían estirpe. Por eso, Mazarino estaba constantemente pendiente de sus hermanas Laura Margherita y Girolama.

A partir de 1647, Mazarino, tan encumbrado, requirió que Laura Margherita y Girolama se trasladasen a París, dónde él proveería el futuro de sus sobrinas y de su sobrino. Aquel elenco de niñas -las dos de Laura Margherita, las cinco de Girolama- podrían aspirar, merced a la posición inigualable de su tío Mazarino, a matrimonios mejores que los que habían hecho sus respectivas madres. En cuanto a los niños, siendo ambos potenciales herederos varones del linaje Mazarino, se trazarían, por supuesto, planes ambiciosos. Mazarino tenía todo calculado, no tenía intención de desaprovechar ninguna baza en su propia partida de naipes.

Y una vez contado todo esto...

...vamos a recuperar a nuestro personaje central: María, o Marie, Mancini.

Nuestra María había nacido el 28 de agosto de 1640 en la Ciudad Eterna. Por entonces, su hermana Laura Vittoria contaba diez años, su prima Anna María frisaba en los nueve años, su hermana Olimpia acababa de cumplir dos años y su prima Laura Margherita superaba en poco el año de edad. En resumidas cuentas, nuestra María fue la quinta si consideramos todo ese elenco de sobrinas del cardenal italiano que en Francia denominarían, con cierto retintín, "las Mazarinettes".

Resultó que el barón Lorenzo Mancini (de nombre completo Michele Lorenzo Mancini, hijo de Paolo Lucio Mancini y de Vittoria Capocci) era, además de aristocrático poseedor de un viejo palazzo situado entre la plaza de los Santos Apóstoles y la calle del Corso, un notable astrólogo y nigromante. En esa época, queridos y queridas, lo de dedicarse a trazar horóscopos y profetizar el futuro daba mucho caché social. Cuando Girolama dió a luz a María, su cuarto retoño en común después de Paolo Giulio, Laura Vittoria y Olimpia, Lorenzo Mancini se apresuró en preparar una carta astral para la criatura que le dejó hondamente preocupado. La posición de los planetas no permitía pronosticar una existencia feliz, pero, peor aún, vaticinaba que esa criatura berreante en su cuna causaría serios problemas a la familia. Y, recordad, la familia...es la familia, por encima incluso de cada uno de sus miembros.

Girolama fue conocedora del nada alentador horóscopo de María. Posiblemente, en ese momento tampoco le daría excesiva importancia, porque tenía que ocuparse ya de gestionar una casa y una progenie en constante aumento. Justo después de María, nació Filippo Giulio y, a continuación, hubo tres hijos consecutivos nacidos para morir en la niñez: Margherita, Lorenzo y Alfonso. La racha se rompe con la llegada al mundo de Hortensia, que debía su nombre a su famosa abuela materna. Entre Hortensia y la benjamina Marianna, hubo una efímera Anna. Subida a ese carrusel reproductivo, siempre entre embarazos y partos, parece obvio que Girolama pocas veces se acordaría de las profecías inquietantes relativas a María.

Las Mazarinettes irían llegando a Francia en distintas tandas, cuando tenían entre siete y trece años de edad. Las primeras en hacer acto de presencia en París fueron Anna María Martinozzi y sus primas Laura Vittoria y Olimpia Mancini: esas tres muchachitas aparecieron en la capital el 11 de septiembre del año 1647, recibiendo de inmediato la protección afectuosa de la reina regente Ana de Austria (sigue abierta a conjeturas, por cierto, la naturaleza exacta de su relación con el cardenal Mazarino). Transcurrieron más de seis años hasta que, a principios de 1654, se unió una nueva remesa de sobrinas italianas formada por Laura Margherita Martinozzi y sus primas María y Hortensia Mancini. La menor del clan, Marianna Mancini, no se añadiría al conjunto hasta el 11 de septiembre del año 1655.

En la primera remesa, que no incluía a nuestra protagonista, la mayor era Laura Vittoria Mancini, de once años en ese momento concreto; Anna María Martinozzi tenía diez años y Olimpia Mancini frisaba en los nueve años. Enseguida, Mazarino empezó a analizar posibles matrimonios adecuados empezando por la mayor, Laura Vittoria Mancini.

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Laura Vittoria Mancini.


Estamos, yendo muy al meollo de la cuestión, en años agitados, años turbulentos, en los que la reina regente tiene que pasarlas canutas con sus dos hijos, el rey niño y su hermano monsieur el duque de Anjou, para asentar la autoridad sobre un buen hatajo de príncipes de la sangre que disputan constantemente por el poder. Mazarino, el todopoderoso Mazarino, es la pieza a abatir por parte de la Fronda de los Príncipes, aquella liga de rebeldes contumaces. Las cosas se ponen feas con pasmosa regularidad, y más de una vez Mazarino debe poner pies en polvorosa, pero siempre acaba retornando sobre sus pasos habiéndose impuesto al nutrido elenco de adversarios.

Tened esto en cuenta...porque es importante. Aquello no es, para nada, una balsa de aceite. Aquello es una turbamulta cada dos por tres y cada tres por cuatro. Así, grosso modo.

En un determinado instante, Mazarino busca congraciarse con uno de sus rivales más encarnizados: César, duque de Vendôme.

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César de Vendôme.


César había nacido para la gloria, o al menos eso esperaba, al alumbrarle, su madre Gabrielle d´Estrées, amante muy querida del rey Henri IV, el primer rey Borbón, el Vert Galant de tantas aventuras. Gabrielle d´Estrées había muerto, muy oportunamente, cuando Henri IV, ya anulado su matrimonio con Marguerite de Valois, estaba a punto de casarse con ella. César de Vendôme nunca había olvidado ni había permitido que nadie olvidase que era un hijo reconocido de Henri IV, tío carnal de Luís XIII y tío abuelo del rey niño Luís XIV.

En su juventud, había hecho lo que se diría una excelente boda, con una mujer de linaje adecuado y heredera de una enorme fortuna: Françoise de Lorraine, condesa de Penthièvre, hija del duque de Mercoeur y sobrina de Louise de Lorraine, la reina viuda de Henri III, el último monarca Valois. César de Vendôme era muy probablemente homosexual, pero ese casamiento con la riquísima Françoise representaba un éxito que no se podía dejar escapar. Entre 1612 y 1616, Françoise cumplió con su deber de proporcionar retoños a la casa ducal de Vendôme: tuvo primeramente a Louis, después a Elisabeth y finalmente a François. Louis sería duque de Mercoeur, hasta que heredase a su padre, y François, por su parte, llegaría a hacerse archifamoso como duque de Beaufort.

Para congraciarse con César de Vendôme, con quien había vivido un verdadero conflicto, Mazarino propuso la boda entre el primogénito de Vendôme, Louis duque de Mercoeur, y su sobrina Laura Vittoria Mancini.

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Louis duque de Mercoeur.


A fín de preparar el terreno, Mazarino había otorgado al (poco fiable en general) César de Vendôme el título de gobernador de la Bretaña. Cuando se empezó a tratar de un eventual casamiento de Mercoeur con Laura Vittoria, Mazarino era consciente de que su sobrina, simple hija de un barón romano, representaba desde el punto de vista genealógico un bocado pequeño para el heredero de César y Françoise. Pero Mazarino podía asegurar una dote principesca a la muchacha...y sugerir que haría al marido nada menos que gobernador de la Provenza. Con esos alicientes, el parentesco con Mazarino, que además complacería a la reina Ana de Austria, resultaba perfectamente digerible para los Vendôme.

Por añadidura, ocurrió una cosa poco corriente: cuando se encontraron en lal corte, Louis de Mercoeur y Laura Vittoria Mancini se gustaron. Él era apuesto y ella bastante bonita, así que formaban una linda pareja que además se caía en gracia. Eso adquirió particular relevancia cuando, en uno de aquellos altibajos de fortuna, Mazarino, para salvarse de otra algarada de príncipes de la sangre, tuvo que largarse apresuradamente, llevando consigo a sus sobrinas porque no era cosa de dejarlas atrás. Buscaron un refugio seguro en la ciudad de Brühl, situada actualmente entre Bonn y Colonia, en Renania del Norte-Westfalia. Louis de Mercoeur tuvo suficiente espíritu y lealtad como para apresurase a viajar a Brühl, algo que complació enormemente a Mazarino. Allí, en la capilla de la fortaleza, el nieto del rey Henri IV contrajo matrimonio con la nieta de Pietro Mazzarini.

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Laura Mancini duquesa de Mercoeur.


Laura Mancini sabía mostrar la suficiente finura de espíritu y modales como para haberse ganado la simpatía de Ana de Austria, y también se ganó la de su piadosa suegra Françoise de Lorraine. La nueva duquesa de Mercoeur enseguida acompañaría a su esposo Louis a Provenza, para que éste se hiciese cargo del gobierno de aquella estratégica región. Cuando no estaba en Provenza, podía encontrársela a menudo en la corte junto a la soberana o en el château d´Anet, antaño residencia favorita de Diana de Poitiers, que era un lugar de retiro predilecto de Françoise duquesa de Vendôme. El primer hijo de Laura Mancini fue Louis-Joseph, nacido en París el 1 de julio de 1654: aunque entonces no lo sabían, ese niño, ya adulto, sería "le Grand Vendôme". En agosto de 1655 nacería otro hijo, Philippe de Vendôme, y posteriormente, en 1657, se cerraría la cuenta con el nacimiento de Jules César, que moririría en la niñez, con tres años.

Tras la boda de Laura Vittoria Mancini, la siguiente que arregló Mazarino fue la de la prima de éste, Anna-María Martinozzi, en febrero de 1654, precisamente cinco meses antes de que la duquesa de Mercoeur diese a luz a su muy celebrado primogénito. Para Anna-María Martinozzi...

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Anna-María Martinozzi.


...el cardenal Mazarino eligió a un extremadamente orgulloso príncipe de la sangre, Armando de Borbón-Conti, príncipe de Conti. La participación de Armando de Contí en la Fronda le había obligado a exiliarse en Pézenas, en la Occitania, a dónde tardaban bastante en llegar los ecos de París. Allí, un hombre tan susceptible respecto a su propia posición como él era se aburría y sentía que se le escapaba la vida entre los dedos. Por suerte, estaba soltero, ya que, un tiempo atrás, su hermano mayor, jefe de familia, le había prohibido casarse con Charlotte de Lorraine, la hija de la controvertida duquesa de Chevreuse, confidente de Ana de Austria.

El precio de poder retornar a la corte, y con honores, consistía en casarse con Anna-María Martinozzi, sobrina de Mazarino. Bien pensado, se podía pagar ese precio. Anna-María era una prima carnal de la flamante duquesa de Mercoeur, un punto a favor, y además Mazarino prometía para ella la fabulosa cantidad de 60.000 libras de dote.


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 Asunto: Re: MARIE MANCINI
NotaPublicado: 18 Dic 2019 16:41 
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Nuestra María, conjuntamente con su hermano Filippo y su hermana Hortensia, habían viajado desde el puerto de Civitavecchia a Marseille junto a la madre, Girolama Mazarino, y junto a la prima, Laura Margherita Martinozzi, después de la boda de Laura Vittoria con el duque de Mercoeur y cuando ya se estaba negociando la boda con el príncipe de Contí de Anna-María Martinozzi.

Recordando quizá ahora el horóscopo de su hija María, a quien Girolama consideraba asimismo la más fea de todas las chicas, la señora estuvo pensando en dejarla todavía un tiempo en Roma, a buen recaudo en algún convento. Pero María era una criatura espabilada y ansiosa por descubrir nuevos horizontes. Tuvo suficiente aplomo para insistirle a su madre en que, si se juzgaba preciso completar su formación en un convento, por falta de conventos no íba a descartarse París. Girolama se dejó convencer.

Cuando llegaron a Provenza, el recibimiento fue muy animado. A fín de cuentas, Girolama Mazarino, hermana del todopoderoso cardenal Mazarino, era también la suegra del flamante gobernador de Provenza, el duque de Mercoeur. Durante varias semanas, Girolama y sus acompañantes permanecieron con Louis y Laura Vittoria. Después, se dirigieron a París, ciudad en la que estaban a punto de descubrir con cuánto lujo vivía "el tío Giulio" y a asistir a las fiestas derivadas del casamiento de Anna-María con el príncipe de Contí.

Por mucho que Laura Vittoria de Mercoeur hubiese tratado de impartir un "cursillo acelerado" de maneras cortesanas a sus hermanas menores, el caso es que ni María ni Hortensia estaban preparadas para hacer un buen papel aún. Mazarino, que poseía mirada aguda y penetrante, dueño de una sagacidad extraordinaria, se percató casi a simple vista. Laura Margherita Martinozzi era una cosa...y María y Hortense otra distinta, parecían dos alegres potrillas a punto de desbocarse. El cardenal tomó sus disposiciones para que sus sobrinas María y Hortensia no se convirtiesen en un dolor de cabeza: mandó que se las internase en un reputado establecimiento educativo, el convento de la Visitación en el Faubourg Saint-Jacques.

Laura Margherita Martinozzi íba a ser la siguiente en casarse. Una vez convertida Anna-María Martinozzi en flamante princesa de Contí...

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Anna-María, princesa de Contí.


...Mazarino consideró que para la hermana de ésta, Laura Margherita...

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Laura Margherita Martinozzi.


...podía aspirarse a un futuro duque soberano, en concreto Alphonse IV d'Este, destinado a ser duque de Módena. El padre de Alphonse d´Este era François Ier d'Este, duque de Módena, y la madre había sido la fallecida Marie-Catherine Farnèse, hija de Ranucio duque de Parma. Con esos antecedentes, el casamiento resultaba importante para afirmar la influencia francesa en la península italiana y, de paso, engrandecía notablemente a los Mazzarini entre "sus paisanos". Así que la boda se preparó con esmero, y se celebro en Compiègne, con la reina Ana de Austria y el joven rey Luís XIV presidiendo todo el intrincado ceremonial, el 30 de mayo de 1655.

Como se puede ver, en un plazo de pocos años, Mazarino había "arreglado" bodas lustrosísimas para Laura Vittoria, Anna María y Laura Margherita. Cualquiera podía suponer que su búsqueda de alianzas ventajosas no íba a detenerse en ese punto. Le quedaban por colocar cuatro mazarinettes: Olimpia, María, Hortensia y Marianna. A esas alturas, las chicas andaban de boca en boca por media Francia en forma de versos satíricos, no porque la gente tuviese nada en particular contra ellas, sino porque sí tenían muchas ganas de tocarle las narices a Mazarino.


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 Asunto: Re: MARIE MANCINI
NotaPublicado: 19 Dic 2019 12:36 
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A partir del verano de 1656, Girolama Mazarino empezó a padecer unas fiebres sin razón clara, que aparecían, la consumían y desaparecían para más adelante volver a aparecer. Esas fiebres recurrentes, que se prolongaron en el tiempo cuando el verano cedió lugar al otoño, la sumieron en una profunda preocupación.

Años atrás, su marido astrólogo Lorenzo, muerto en 1650, había advertido a Girolama de que ella no rebasaría la edad de cuarenta y dos años. Habiendo nacido en 1614, precisamente esa era la edad que había alcanzado en la época en que empezó a ser pasto de fiebres para las que sus médicos no encontraban explicación. Poco a poco, Girolama fue dejándose envolver por el fatalismo. Pero al constatar, de nuevo, cuán acertado solía estar Lorenzo Mancini en sus predicciones, se renovaron sus temores relativos a la menos guapa y más rebelde de sus hijas, María.

Olimpia...

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Olimpia.


...estaba a punto de colocarse, lo que representaba una verdadera tranquilidad, porque en ella no había nada de la "delicadeza de espiritu" de su hermana mayor Laura de Mercoeur. Olimpia era toda impetuosidad y brío, y todos comentaban que sus ojos estaban "repletos de fuego". Desde hacía un tiempo, el joven rey Luís, que había admirado mucho, en un estilo meramente platónico, a Laura de Mercoeur, demostraba una notable predilección por Olimpia Mancini, a quien en la corte estaban llamando ya "la perle des précieuses". Los rumores acerca de que el monarca estaba dejándose arrastrar por la seductora Olimpia Mancini molestaban, y no poco, a la reina Ana de Austria. Girolama era consciente de que "eso no podía ser" y de que Mazarino ya estaba ocupado negociando un matrimonio ventajoso para Olimpia. La idea consistía en casarla con Eugène-Maurice de Savoie-Carignan, flamante conde de Soissons y Dreux.

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Eugenio conde de Soissons.


Quizá podía parecer menos relevante que los maridos obtenidos para Laura Vittoria, Anna-Maria y Laura Margherita, pero el conde de Soissons era rico y ostentaba un rango elevado en las armas del rey. Así que Girolama, mientras languidecía en el último trimestre de 1656 en los espléndidos aposentos que su hermano el cardenal ocupaba en el mismísimo Louvre, podía estar en paz por lo que concernía a esa Olimpia "de fuego en los ojos".

Quedaban, no obstante, otros hijos. El mayor de los chicos, Paolo Giulio, a quien los franceses habían llamado Paul, había sido mozo gallardo y de buen carácter, enseguida se había hecho amigo del rey Luís y tenía un futuro prometedor en la carrera de las armas. Pero en 1652 había muerto de forma inesperada y prematura, tras recibir heridas mortales durante una escaramuza de la que se dió en llamar batalla du faubourg Saint-Antoine, el último episodio de la Fronda (las tropas reales dirigidas por Turenne se habían impuesto a las tropas frondistas lideradas por Condé). Para Girolama, que entonces aún lamentaba la muerte de su marido, la muerte de Paul había representado un golpe. Desde entonces, las esperanzas de futuro del linaje masculino de los Mazarino se centraban en su hijo menor, Filippo Giuliano, Philippe Mancini. El mozo, por supuesto, estaba en manos de Mazarino.

De las niñas, estaban María, Hortense y "la petite" Marianna. Girolama, postrada, trató de convencer a su hermano el cardenal Mazarino de que instase a María, la alborotada María de horóscopo inquietante, a tomar los velos en un convento. No dudaba de que, a su tiempo, habría maridos apropiados para Hortense y para Marianna, que le inspiraban, ambas, poca preocupación. Todo ese ambiente familiar estropeó los últimos encuentros de María con su madre Girolama. La chica se resentía por esos esfuerzos de Girolama de "condenarla" a una vida de reclusión conventual que no le apetecía ni lo más mínimo. Su actitud llegó a ser tan desafiante, que Girolama ordenó que no la dejasen entrar a visitarla nunca más, lo que acabó por solidificar el poso de resentimiento en el interior de María.

La muerte de Girolama el 29 de diciembre fue, por lo que concernía a María, un motivo para suspirar con verdadero alivio. Su madre ya no estaría en condiciones de presionar para que a ella se la obligase a ser una monja. Mazarino mismo estaba demasiado ocupado, naturalmente, para encargarse de gestionar las vidas diarias de María, Hortensia y Marianna, así que tenía claro que necesitaba una gobernanta para las chicas.

En principio, no eligió una ya que otros acontecimientos requirieron atención. Febrero de 1657 resultó un mes crucial en las vidas de dos Mazarinettes. El mes empezó desdichadamente, ya que el ocho de febrero, Laura Vittoria Mancini, duquesa de Mercoeur, murió en el puerperio tras dar a luz a su tercer hijo consecutivo, también tercer varón consecutivo: Jules César. Laura de Mercoeur tenía solamente veinte años...y ya íba a fallecer dejando un viudo sinceramente desconsolado y varios huérfanos que no lograrían recordarla en el futuro porque eran demasiado pequeños al perderla. Mazarino, que había prodigado a su sobrina de Mercoeur los últimos auxilios, se quedó felizmente impresionado por una de las damas de honor de la pobre duquesa que lloraban su pérdida: era madame de Venelle. En ese momente, Mazarino decidió que madame de Venelle ocuparía la posición de gobernanta de María, Hortensia y Marianna Mancini.

La desaparición de Laura de Mercoeur proyectó su sombra sobre el día veinticuatro de febrero, en el que Olimpia Mancini se convirtio,mediante matrimonio, en la nueva condesa de Soissons. A Olimpia le agradaba su marido, porque éste mostraba hacia ella una actitud amistosa y nada restrictiva. Casi desde el primer momento quedó patente que Soissons dejaría que Olimpia viviese en la corte como a ella más le apeteciese, sin sentirse en absoluto molesto ni agraviado por las galanterías que rodeasen a su mujer italiana. Y aquella era, pensaba Olimpia, una actitud muy pero muy conveniente, considerando que estaba embarcada en un romance con el mismo rey Luís XIV.


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 Asunto: Re: MARIE MANCINI
NotaPublicado: 19 Dic 2019 13:28 
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María Mancini.


Que el rey Luís XIV conocía y frecuentaba a María Mancini es un hecho indudable, pero también parece claro que ella no había causado en él ninguna gran impresión. El mismo atractivo monarca que había admirado a Laura de Mercoeur y se sentía constantemente excitado en presencia de Olimpia de Soissons, no parecía experimentar ninguna curiosidad especial en lo relativo a la morena María Mancini.

En realidad, María Mancini atraería la atención de Luís de una forma bastante original: llorando mucho y con sinceridad por causa de un quebranto en la salud de él. Sí, tal como léeis.

Resultó que en el año 1658, nuestro Luís XIV...

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Aquí Luís, se ve en el retrato un poco joven de más, pero en el resto de los que encuentro parece considerablemente mayor de lo que corresponde a este período..
.

...se fue a la guerra. En marzo de 1657, acontecía que Francia e Inglaterra habían firmado con toda solemnidad una nueva alianza, en el denominado "tratado de París", para ir contra el dominio de España en Flandes. La idea, por supuesto, era ir arrebatando esos territorios estratégicos, plagados de ciudades de notable relevancia. Los ejércitos franceses, que contaban con sólido apoyo de tropas británicas, estaban comandadas por el prestigioso Turenne y Luís, por supuesto, no íba a perdérselo, así que el mismísmo monarca estuvo presente en la denominada batalla de las Arenas, cuando pusieron sitio a la ciudad de Dunkerke defendida por menos de tres mil hombres de armas españoles al mando de marqués de Leyde. Aunque una armada española de quince mil hombres se dirigió a Dunkerke a marchas forzadas para levantar el sitio de veinte mil franceses asistidos por unos seis mil ingleses, la batalla subsiguiente, que se libró el catorce de junio en las dunas de Leffrinckoucke, fue ganada por Francia e Inglaterra.

Pero todo ese episodio en Flandes no había sido como irse a pasar revista en unas maniobras, precisamente. Cerca de Dunkerke, Luís acabó instalado en la fortaleza de Mardyck y lo consideró un pequeño alivio tras semanas en un campamento situado en una zona de aguas estancadas y pútridas y aire infecto por todos los cadáveres que producía la guerra (literalmente, les faltaba tiempo para enterrar tanto muerto, vamos). Aquella "corrupción ambiental" afectó rápidamente a la salud de Luís, que empezó a experimentar dolor de cabeza y calenturas. De inmediato se trasladaron a Calais, lugar en el que se había congregado la corte (recuérdese que aún estamos en épocas de cortes itinerantes, que se instalaban dónde estaba el rey o cerca de dónde estaba el rey cuando el rey se íba a la guerra).

Luís tenía diecinueve años...y la fiebre era tan violenta que su médico principal, Antoine Vallot, estaba casi desesperado viendo que le consumía ante sus ojos. No ha podido establecerse un diagnóstico rotundo, pero, probablemente, el soberano padecía un acceso de tifus y daba la impresión de que la muerte estaba demasiado próxima para aquel buen mozo. Ana de Austria y Mazarino se mostraban preocupados hasta el límite mientras avanzaban las purgas y sangrías de Vallot: de hecho el cardenal no acababa de confiar en los métodos del galeno y buscó la presencia de otros reputados físicos, como Guénaur y Daquin. En paralelo, no faltaban quienes tomaban posiciones en torno a aquel gallito de corral que venía siendo Philippe de Anjou, el hermano de Luís XIV. El 7 de julio fue un día crítico, tan crítico que se esperaba ya la muerte de Luís y la proclamación inmediata de Philippe.

En una corte que era un hervidero de rumores e intrigas para ir tomando posiciones según viniesen dados los acontecimientos, una muchacha morena llamada María Mancini...

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Nuestra María de nuevo.


...se entregaba a un llanto incesante y desconsolado. Vertía tantas lágrimas, con semejante aire de absoluta angustia por el rey Luís XIV, que no pasó desapercibida a ojos del resto de damas. Poniéndonos cínicos, podríamos decir que María lloró muy bien, con ese llanto que abrasa los ojos, hincha los párpados y abotarga todo el rostro, pero no vamos a ponernos cínicos, ya que la chica lloraba de corazón, con un sentimiento interno de desgarro y sin que le importase ponerse en boca de todos.

El resumen es que Luís sobrevivió y que Philippe de Anjou se quedó con un palmo de narices. También que Luís, aún absolutamente debilitado, en un momento en que se hallaba afectado psicológicamente por el conocimiento de haber estado al mismo borde de la muerte, se enteró enseguida de que María Mancini, la hermana de su Olimpia de "ojos de fuego", sí se que se había quemado los ojos oscuros llorando a mares.


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 Asunto: Re: MARIE MANCINI
NotaPublicado: 20 Dic 2019 11:42 
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Retratos de María Mancini.


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La Maria Mancini recreada por la artista contemporánea Sacha Goldberger.


La baza de María Mancini fue no estar jugando ninguna baza...es decir, su autenticidad. Se trataba de una muchacha con una naturaleza emocional e intensa de por sí, exaltada todavía más con la lectura compulsiva de los romances surgidos de la pluma de Ariosto o Tasso. Pero en ella no había habido ni un ápice de fingimiento ni de cálculo. Sus escenas de dolor habían sido genuínas, de una sinceridad deslumbrante a ojos del debilitado Luís XIV.

Un joven rey podía estar ya muy al cabo de las distintas tretas que utilizaban las mujeres para atraer su atención. Las había que adoptaban poses virginales y las había que adoptaban poses seductoras; las había que combinaban belleza con refinamiento y las había que tiraban de una mezcla se sensualidad con ingenio rápido. Pero María, que recordemos que no era particularmente guapa, había tocado el corazón de Luís por un hecho innegable: ella había llorado como nadie la grave enfermedad de él. Luís estaba conmovido y agradecido. Luís se enamoró como nunca se había enamorado en sus diecinueve años de vida.

La corte asistió, entre divertida y atónita, a la repentina eclosión amorosa del monarca respecto de la chica Mancini. Él no perdía ocasión de estar con ella y los dos se entretenían mutuamente paseando por atractivos parajes mientras leían el poema épico de Tasso sobre Armida (la heroína favorita de María) y Rinaldo. Aquella historia de una bella hechichera sarracena que debería haber matado a un apuesto y honorable cruzado cristiano pero se enamora de él hasta el punto de retenerle consigo en un jardín secreto creado con magia sencillamente entusiasmaba a María -y eso, en cierto modo, también nos dice mucho de ella. Era una joven arrastrada por la impetuosidad de su verdadero amor hacia el rey Luís -algo a lo que él ni podía ni quería resistirse, claro-.

Es difícil establecer en qué momento concreto empezó a inquietarse y preocuparse la regente Ana de Austria...

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...pero su disgusto y su aprensión se manifestarían enseguida. A Ana de Austria le enojaba esa situación, pero lo que le hacía estallar la cabeza era que estaba circulando la (sensacional) noticia de que Luís incluso consideraba posible hacer de María no una amante pasajera sino su futura esposa.

Ana de Austria conferenció con Mazarino, quien, con el ceño fruncido y recordando seguramente la insistencia mostrada antaño por su difunta hermana Girolama acerca de confinar a María en un convento por el bien de todo el clan, mostró su plena coincidencia con la reina Ana de Austria. Él había "elevado" cuanto había podido a sus sobrinas y, ciertamente, una de ellas, Anna-María Martinozzi, era nada menos que princesa de Contí...

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Anna-María princesa de Contí.


...en tanto que otra, Laura Margherita Martinozzi...

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Laura Martinozzi duquesa de Módena.


...era duquesa de Módena y Reggio, presidiendo una corte desde el magnífico palacio ducal de su familia política.

Pero María estaba picando "demasiado alto". María estaba aspirando a recibir una alianza de bodas del mismísimo rey Luís XIV de Francia. María estaba convocando, en cierta medida, el espectro de Gabrielle d´Estrées, la favorita que, en su día, por poco no había logrado casarse con Henri IV, el abuelo paterno de Luís XIV. Eso resultaba absolutamente inaceptable.

Ana y Mazarino coincidían en que había llegado el momento de casar a Luís, pero de casarle, por supuesto, con una princesa real que aportase sus conexiones dinásticas además de otras posibles ventajas a presente y futuro. Había una posible novia que reunía en su persona todos los requisitos para haberse convertido en "pieza más codiciada" por parte de la reina Ana de Austria: se trataba de su propia sobrina, la infanta María Teresa de España.

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Cuando décadas atrás Ana de Austria había abandonado su España natal para convertirse en la esposa de Luís XIII de Francia, en realidad se la había intercambiado por una princesa francesa hermana de dicho Luís XIII, Isabel de Francia, destinada a su vez a casarse con Felipe IV de España. María Teresa venía siendo hija de Felipe IV de España y de Isabel de Francia, por tanto doble prima hermana de Luís XIV. Aparte su linaje y su dote, que podía ser duramente negociada, María Teresa aportaba la ventaja de unos derechos sucesorios muy valiosos sobre el imperio español de los Habsburgo. Felipe IV tenía en ese momento dos hijos varones de muy corta edad, ambos fruto de su segundo matrimonio con su sobrina Mariana de Austria: eran el príncipe Felipe Próspero y el infante Fernando. Pero los niños se malograban con frecuencia en la corte española, y eso hacía importantes los derechos sucesorios que recaían en María Teresa, la mayor, y en la medio hermana de ésta Margarita Teresa.


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 Asunto: Re: MARIE MANCINI
NotaPublicado: 20 Dic 2019 12:21 
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Cuando décadas atrás Ana de Austria había abandonado su España natal para convertirse en la esposa de Luís XIII de Francia, en realidad se la había intercambiado por una princesa francesa hermana de dicho Luís XIII, Isabel de Francia, destinada a su vez a casarse con Felipe IV de España. María Teresa venía siendo hija de Felipe IV de España y de Isabel de Francia, por tanto doble prima hermana de Luís XIV. Aparte su linaje y su dote, que podía ser duramente negociada, María Teresa aportaba la ventaja de unos derechos sucesorios muy valiosos sobre el imperio español de los Habsburgo. Felipe IV tenía en ese momento dos hijos varones de muy corta edad, ambos fruto de su segundo matrimonio con su sobrina Mariana de Austria: eran el príncipe Felipe Próspero y el infante Fernando. Pero los niños se malograban con frecuencia en la corte española, y eso hacía importantes los derechos sucesorios que recaían en María Teresa, la mayor, y en la medio hermana de ésta Margarita Teresa.


La negociación entre Francia y España, dos países atrapados en una red de mutuas rivalidades, rencillas y guerras durante largos años, era tan extremadamente pedregosa que hubiese sido demasiado "cándido" y "políticamente absurdo" apostar todo a una boda de Luís con María Teresa. En parte para demostrar a Felipe IV que la mayor de sus hijas no era la única novia apetecible y conveniente, se tomaron en cuenta otras princesas.

La candidata más apetecible resultaba ser la princesa Marguerite Yolanda de Saboya...

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...una hija de Victor-Amédée duque de Saboya y de la esposa de éste, la princesa Christina de Francia. Cristina de Francia era una de las últimas Valois, hija de Enrique IV y de Maria de Medici, hermana del difunto Luís XIII y por ese lado tía paterna de Luís XIV. Cristina, denominada Madame Royale en atención a sus orígenes, era una mujer resuelta y capaz, que, por cierto, se pasó mucho tiempo tratando de lograr que su corte piamontesa fuese deslumbrante, y otro tanto enredada en aventuras amorosas al margen de su matrimonio. Tan conocidos eran los enredos de Madame Royale que, por ejemplo, en la corte se consideraba a la mayor de sus hijas, Luisa Cristina, fruto de una relación adúltera de la duquesa con el cortesano francés Pommeuse.

Madame Royale estaba encantada de facilitar la boda de su hija Marguerite Yolanda con su sobrino Luís XIV, por supuesto: el enviado especial de Mazarino, el inteligente abad d´Ambreti, no tuvo que esforzarse apenas. Las conversaciones prosperaron, se llegó a un acuerdo y se convocó a Marguerite Yolanda en la ciudad de Lyon.

El viaje de Luís a Lyon movilizó prácticamente a toda la corte. Las hermanas Mancini formaban parte, desde luego, de aquel séquito fastuoso que avanzaba a través de Francia: estaban Olimpia condesa de Soissons, estaba María Mancini y también estaba ya Hortensia Mancini. Las tres participaban en los entretenimientos que procuraban aligerar el tedio de la larga ruta por etapas, con algunas escalas cuidadosamente planificadas, como la que tuvo lugar en Dijon.

Cuando llegaron a Lyon, se les prodigó un magnífico recibimiento ante la iglesia de San Juan, con todos los notables encabezados con el arzobispo. Cuando se supo que el carruaje de Madame Royale, que viajaba con su hija Marguerite Yolanda y también con la mayor de sus hijas, Luisa Cristina, viuda a los veintisiete años de su propio tío Mauricio de Saboya, estaba ya relativamente cerca de la ciudad, se organizó el comité de bienvenida. En primer lugar avanzarían al encuentro el cardenal Mazarino y Philippe de Anjou, monsieur el hermano del rey, todavía presunto heredero del trono. Después, al cabo de un tiempo cuidadosamente medido, saldrían en carruaje la reina madre Ana de Austria y el mismo rey Luís: a ella la acompañaba la duquesa de Noailles, mientras que junto al monarca se distinguía la figura del mariscal de Villeroi. El momento encuentro estuvo, por tanto, coreografiado como si se tratase de un exquisito ballet: en eso consistía el juego de la diplomacia, que alcanzaba su cumbre cada vez que se organizaba un compromiso real.


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 Asunto: Re: MARIE MANCINI
NotaPublicado: 27 Dic 2019 17:01 
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