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 Asunto: ANA DE CLEVES Y CATHERINE HOWARD
NotaPublicado: 20 Ene 2019 11:49 
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Las celebraciones por la llegada del Año Nuevo de 1541 en la corte inglesa consistieron principalmente en un fabuloso banquete con baile que se prolongó durante horas y horas. En ese baile, se produjo, sin lugar a dudas, una de las escenas más curiosas de la Historia de las casas reales. Dos mujeres jóvenes participaron, con alegre despreocupación y claro entusiasmo, en una danza. Una tenía veinticinco años y se llamaba Ana, la otra tenía diecinueve años y se llamaba Catherine o Katheryn. La serie Los Tudor recreó bellamente ese instante casi mágico:

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Ana y Catalina bailando, en Los Tudor.


Suena tan increíble, que igual los que lo vieron en la serie se lo tomaron como una licencia de los guionistas. Pero sucedió, sucedió verdaderamente. Por eso, por ese baile, he decidido unirlas a las dos en este tema. Son...

Ana, princesa de Cleves

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y Catherine Howard

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cuarta y quinta esposas, respectivamente, del rey Enrique VIII de Inglaterra, quien, por cierto, mientras ellas bailaban y bailaban, se retiraba arrastrando su pierna gotosa a sus aposentos para ceder al cansancio y al sueño. Muy lejos habían quedado ya los tiempos en que Enrique había sido guapo mozo y gallardo galán cuando se casó con la casi adolescente Catherine Howard.

En la vida de Enrique, se dan curiosos paralelismos. En su momento, había sacudido el mundo al repudiar a una auténtica princesa llamada Catalina de Aragón para enredarse en una prolongada aventura que acabaría en controvertido matrimonio con la aristocrática Ana Bolena. Más adelante, le tocó sacudir de nuevo al mundo al consensuar una anulación con otra verdadera princesa, ahora llamada Ana de Cleves, para casarse a toda prisa con una muchachita que le había fascinado como ninguna, la aristocrática Catherine Howard. Y otro detalle que acaba de rematar el cuadro: Catherine Howard era una prima hermana de aquella Ana Bolena que había acabado sus días prematuramente en un cadalso, decapitada por adúltera e incestuosa tras un proceso amañado contra ella.

No me diréis que no hay aquí chicha, mucha chicha. Este tema promete emociones fuertes, ya os lo digo yo.


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 Asunto: Re: ANA DE CLEVES Y CATHERINE HOWARD
NotaPublicado: 20 Ene 2019 13:06 
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Esta mujer es Ana de Cleves:

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Para situarnos, había nacido el 22 de septiembre de 1515 en Düsseldorf, siendo la segunda de los hijos que la duquesa María de Julich-Berg proporció a su marido Johann III duque de Kleve (llamémosle desde ya Cleves) y conde de La Marck. Johann IIi de Cleves había hecho lo que podemos considerar un excelente negocio dinástico y territorial al casarse con María en 1510, ya que ella era, por derecho propio, heredera de Julich, Berg y Ravensberg; ese casamiento, en realidad, se había acordado por los padres de ambos, gente con visión de futuro, en un tiempo en el que Johann había tenido seis años de edad y María solamente cinco años de edad. Al casarse Johann con María, aún vivía el padre de ella, el duque Wilhelm; pero éste tenía ya la salud bastante endeble y enseguida se extinguió. Aunque formalmente Johann tomó posesión de los territorios de su mujer convirtiéndose en el nuevo duque "iure uxoris", la madre de María, la formidablle Sybilla de Brandenburgo, estaba aún en perfecta forma física y mental y se decidió que ejerciese un papel de gobernadora en el que se mostró bastante eficaz.

María se puso a cumplir con lo que se esperaba de ella: procrear y parir. Su primer retoño, nacido en 1512, fue una niña llamada Sybilla en honor a la abuela materna. El segundo retoño, nacido en 1515, fue otra niña a quien se llamó Ana. El nombre de nuestra protagonista era un claro homenaje a su tía paterna, Ana de Cleves, hermana de Johann, que todavía estaba soltera: de hecho, se casaría tres años después con Felipe III de Waldeck-Eisenberg. María siguió pariendo: en 1516 llegó el deseado varón, al cual se dió el nombre de Wilhelm por su abuelo materno; y más adelante, en octubre de 1517, nacería la tercera fémina, Amalia.

El Schloss Burg, el castillo de Burg, ubicado en Burg an der Wupper, en Solingen, actualmente situada en Renania del Norte-Westfalia, fue el escenario en el que se criaron los hijos de Johann y María. Estaba meridianamente claro que Wilhelm debía recibir una esmerada educación como futuro soberano de los estados de sus ancestros paternos y maternos; no cabe duda de que se concentraron muchas energías en ello, ya que el duque Johann era también hombre instruído y gran admirador del humanista Erasmo de Rotterdam. En términos religiosos, Johann era un hombre centrado y prudente; podría considerársele un reformista de talante moderado que, no obstante, enseguida se adhirió a la Liga de Esmalcalda, una asociación militar de príncipes protestantes germánicos creada para hacerle frente al muy católico emperador Carlos V. Para que se ocupase de hacer de su hijo un futuro líder que supiese calibrar adecuadamente el espíritu de los tiempos (nada plácidos), Johann designó enseguida como preceptor de su hijo Wilhelm al comedido e inteligente Konrad von Herresbach.

Paradojas de la vida, María de Julich-Berg era una católica estricta, absolutamente rigurosa en el cumplimiento de sus preceptos religiosos y que se oponía frontalmente al reformismo, ya no digamos al protestantismo. María, para entendernos, podría ser definida con el término ultraconservadora. Adicionalmente, no veía de ninguna necesidad instruír a las mujeres: bastaba con prepararlas para ser absolutamente inocentes, virtuosas a tal punto que no cupiese ni la menor sombra de duda sobre ellas, discretas y hábiles en el manejo de la aguja. De hecho, cardar la lana, hilar y coser debían ser las perpetuas ocupaciones de Sybilla, Ana y Amalia -aparte de asistir a todos los oficios religiosos pegadas a las faldas de su rígida madre-. No se las enseñó, por ejemplo, ni a tocar instrumentos musicales ni a danzar, porque María no quería darle ningún cuartelillo "a la frivolidad".

Sus hijas tenían un excelente linaje: aparte de las conexiones con distintas dinastías germánicas, estaban cercanamente emparentados con los duques de Borgoña y con los reyes de Francia. Pero, desde luego, no se les proporcionó una educación formal ni esa clase de barniz social que suele permitir a las mujeres destacarse en una corte.

Esto es algo a considerar. Nuestra Ana de Cleves era nada menos que treinta años menor que Catalina de Aragón, y unos catorce años menor que Ana Bolena. Cualquiera de las dos, tanto Catalina en la severa corte castellana como la joven Bolena enviada a pulirse al extranjero, habían recibido enseñanzas y habilidades sociales que le estuvieron vedadas a las muchachas de Cleves. Hasta Jane Seymour, que se había incorporado jovencísima a la casa de Catalina de Aragón y había formado parte después de la casa de Ana Bolena, era una mujer "sofisticada" en comparación con Ana de Cleves.

Aunque la corte inglesa de entonces proporcionaba jugoso y abundante material para el cotilleo en toda Europa, es muy probable que la duquesa María considerase preferible mantener alejadas de sus hijas aquellas historias truculentas excepto por alguna ocasional versión resumida de los acontecimientos. También es cierto que aquellos enredos se desarrollaban muy lejos de Schloss Burg. En lo que se refería a casar a las niñas, el duque Johann era tan mesurado y pragmático como en el resto de los asuntos que les concernían. Hacia 1526, la primogénita, Sybilla, de catorce años, fue casada, con todo su candor e ignorancia sexual a cuestas, con Johann Friedrich, Elector de Sajonia, educado por Spalatin, amigo íntimo de Lutero, y considerado el líder carismático de los príncipes protestantes. La duquesa María tuvo que tragar con eso, evidentemente: la boda, tras muchas discusiones sobre la dote de la novia, se celebró en Torgau en febrero de 1527. Afortunadamente para ella, Sybilla de Cleves...

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Sybilla retratada por Cranach en la época de sus esponsales.


encontró en su marido protestante a un hombre comprensivo y afectuoso. La relación entre Johann y Sybilla fue cálida a través del tiempo y ella demostraría, en un período ulterior, ser una mujer resuelta en la defensa de su marido y de los intereses de su marido.

Nuestra Ana tenía once años cuando Sybilla se casó en Torgau, y ese mismo año a ella la prometieron en matrimonio con un niño de diez años, Francis, hijo y heredero de Antoine duque de Lorena y de la esposa de éste, Renée de Borbón. Antoine de Lorena se había criado literalmente junto a Francisco de Angulema, posteriormente rey Francisco I de Francia, y eran lo que se dice amigos íntimos. Por supuesto, Antoine era adalid de la causa del catolicismo y enfrentó con dureza a los protestantes en sus dominios. Como se puede ver, el duque de Cleves mantenía su equilibrio: casaba a una hija con un protestante, comprometía a una hija con un futuro dirigente católico. Muy medido cada paso -y es de suponer que en esta ocasión la duquesa María se mostraría bastante más conforme con la decisión de su marido. Sin embargo, había un "fallo" en ese precontrato matrimonial: la edad de Francis de Lorena. Con diez años, estaba ligeramente por debajo de la edad de consentimiento, doce añios, que Ana, de hecho, acababa de alcanzar. Esto suponía que se trataba de unos esponsales "a futuro" no "a presente", un matiz de considerable significación.

No se sabe, en realidad, cuándo decayó el compromiso con Lorena. Probablemente el quid de la cuestión estribe en la muerte del meticuloso y prudente duque Johann III, acaecida el 6 de febrero de 1539. A Johann le sucedió de inmediato su hijo Wilhelm, de veintitrés años, que no tenía la sensatez ni la capacidad para hilar fino de su progenitor. Wilhelm era, eso sí, un mozo dotado de una enorme ambición. Estaba decidido a fortalecer sus territorios, a lanzar un gran proyecto para mejorar los baluartes defensivos de sus principales ciudades y a buscarse un gran matrimonio. Su sueño era que el emperador le reconociese también la posesión del ducado de Guelders, y en esa línea enseguida se propuso como marido a una querida sobrina del emperador Carlos V, la princesa Cristina de Dinamarca, ya duquesa viuda de Milán y felizmente instalada en Bruselas. El movimiento de Wilhelm era osado, desde luego. A Cristina en ese momento también la pretendía el rey Enrique VIII de Inglaterra, dicho sea de paso, y por otra parte la pretensión al ducado de Guelders que evidenciaba Wilhelm de Cleves sentó fatal en Lorena, ya que el duque Antoine consideraba que Guelders debería ser suyo por tener como antepasada directa a Philippa de Guelders. Total que, en medio de todo ese embrollo, en algún instante difícil de precisar, se fue al garete el precontrato nupcial de Ana de Cleves y Francis de Lorena (que muchos años después se casaría, la de vueltas que da la vida, precisamente con Cristina de Dinamarca).


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 Asunto: Re: ANA DE CLEVES Y CATHERINE HOWARD
NotaPublicado: 20 Ene 2019 14:12 
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Ahora os pido un pequeño esfuerzo mental: vamos a resituarnos en Inglaterra, dejando atrás las tierras de Cleves-Julich-Berg.

A finales de 1537, Enrique había enviudado de Jane Seymour, que se había muerto doce días después de alumbrar a Eduardo, príncipe de Gales, conde de Carnarvon, duque de Cornualles, conde de Chester, etc etc. Enrique ya tenía un heredero varón indiscutible, Eduardo; y dos hijas cuyos eventuales derechos sucesorios variaban según se las considerase legítimas/ilegítimas, lady María y lady Elizabeth. Cuando aún estaba la corte británica de luto por la pobre reina Jane, Cromwell ya hacía sus cábalas para organizarle un nuevo casamiento que fuese ventajoso a su señor el rey Enrique. No venía nada mal buscarse conexiones políticas interesantes y de paso tratar de asegurar la sucesión con la procreación de nuevos príncipes. Después del interludio que había significado la llegada al trono de dos jóvenes nobles inglesas, Ana Bolena y Jane Seymour, sin mayor mérito que el de haber atraído el interés romántico de Enrique, había llegado la hora de volver a explorar la vía de los casamientos dinásticos. Cromwell echó la vista de águila hacia el Continente.

Cromwell debió pensar que también valía darse prisa por si Enrique, aún vestido de negro, se encaprichase con otra dama de la corte. Se puso a repasar con ahínco la nómina de princesas francesas disponibles: estaba la joven Marguerite de Valois, cuya hermana Madeleine se había casado con el rey Jacobo V de Escocia, sobrino carnal de nuestro Enrique, y había muerto de tuberculosis en junio de 1537. Marguerite de Valois, tristemente, tenía sólo quince años y a Cromwell debió parecerle que no cuadraba con un Enrique obeso y gotoso que ya frisaba en los cuarenta y siete años. Se volvió entonces la atención hacia las primas del rey Francis I, las princesas de la casa de Guisa: Marie, Louise y Renée. Si con ellas no hubiese opciones, quedaba otra parienta cercana del monarca, Marie de Vendôme.

La casa de Guisa, la verdad, lucía más. Había rumores de que Marie, la mayor, nacida el 22 de noviembre de 1515, estaba ya comprometida con el rey Jacobo V de Escocia que se había quedado viúdo de Madeleine de Valois. Marie de Guisa tenía fama de ser físicamente muy atractiva...

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Marie de Guisa


...y también instruída, ingeniosa y con ese aire de sofisticación tan francés. Era una moza con experiencia: se había casado a los dieciocho años con el duque de Longueville, con quien había sido muy feliz aunque él la había dejado viúda antes de cumplir veintiún años. Marie de Guisa, en ese breve y afortunado matrimonio, había probado su fertilidad, dando a luz un varón, Francis de Longueville.

Como se puede apreciar, todo eran ventajas en el caso de María de Guisa. Aparte, a Enrique le picaba en el amor propio que ella estuviese, se suponía, prometida en secreto a un sobrino de él, Jacobo de Escocia. El espíritu orgulloso y extremadamente competitivo de Enrique se vió espoleado por ese hecho. Desde luego, no podía concebir que la princesa y duquesa viuda prefiriese ir a ser reina en la pobre Escocia en vez de ser reina en la espléndida Inglaterra. Pero se supone que Marie de Guisa dejó claro que prefería irse a Edimburgo, indicando que quizá ella fuese mujer de buen tamaño (era alta y proporcionada), pero de cuello pequeño. Esto era una clara alusión al fatídico desenlace de la vida de Ana Bolena -y un recordatorio de cómo veían a Enrique en el Continente, como un Barbazul.

El rey, despechado, no veía las cosas claras con respecto al resto de princesas francesas. ¿Louise de Guisa?¿Renée de Guisa?¿Marie de Vendôme?¿Ana de Lorena? Para él era algo absolutamente nuevo casarse con una princesa desconocida: de hecho, su primera esposa, Catalina de Aragón, llevaba años en Inglaterra, él la había conocido casi niño y se había prendado de ella, porque ella, en su juventud, había sido muy agraciada; asimismo, sus relaciones con Ana Bolena y Jane Seymour habían derivado de la atracción hacia ambas. La cosa cambiaría, se atrevió a decir, si pudiesen organizarle un encuentro con todas las princesas disponibles, si pudiese verlas con sus ojos antes de decidirse por alguna de ellas. Ante semejante ocurrencia, el embajador francés en la corte inglesa, Castillon, se quedó atónito. Para salir del paso, preguntó en tono pretendidamente jocoso si el rey, que por lo visto quería que desfilasen las princesas ante él como jacas en una feria de caballos, no prefería también montarlas antes de decidirse. Enrique no pudo por menos que sonrojarse violentamente -y es de suponer que a Cromwell se le torcería bastante el ánimo, pero no podía reprocharle a Castillon su "broma".

En algún momento, se barajó la opción de cambiar radicalmente de escenario y buscar en vez de una alianza con los franceses, un nuevo pacto de amistad con el emperador Carlos V. En ese contexto, surgió el nombre de Cristina de Dinamarca, duquesa viuda de Milán.

Cristina de Dinamarca es uno de esos personajes femeninos absolutamente deliciosos, que merecerían un gran tema propio.

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Retrato de Cristina

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Sonia Cassidy como Cristina de Dinamarca en Los Tudor.


Cristina de Dinamarca o Cristina de Milán cumpliría diecisiete años de edad en noviembre de 1538. Era, por tanto, joven, aunque no como Marguerite de Valois; tampoco se trataba de una inexperta doncella, pues ya había enviudado de un primer marido, Francesco II Sforza. Cristina había sido una criatura de dos años cuando a su padre, rey de Dinamarca, le mandaron al exilio tras forzarle a abdicar; le acompañó su devota esposa Isabel de Austria, una hija de Felipe el Hermoso y Juana de Castilla, así como los hijos de ambos: Juan, Cristina y Dorotea. Los exiliados recalaron en los Países Bajos. Isabel, de salud frágil y consumida por las penas, murió pronto, pero a sus hijas Cristina y Dorotea las criaron dos mujeres formidables: sus tías Margarita de Austria y María de Hungría, ambas regentes consecutivas de los Países Bajos.

Todos habéis caído ya, por supuesto, en que Cristina era nieta de Juana de Castilla, tristemente llamada Juana la Loca, hermana mayor de Catalina de Aragón. Por tanto, Cristina era sobrina nieta de Catalina de Aragón, la primera esposa cruelmente despachada por Enrique VIII. Cristina y Dorotea, habiendo crecido bajo la égida de sus tías regentes, tuvieron que escuchar con frecuencia la historia de cómo Enrique había relegado a su legítima esposa Catalina en favor de la concubina Ana Bolena (que por cierto muy jovencita había servido en Mechelen a Margarita de Austria). Tiene su aquel que Enrique considerase que podía casarse con una Cristina que le fascinó por completo en cuanto vió el cuadro de la dama despachado por Holbein, que se dedicaba a ir de corte en corte retratando princesas:

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Cristina, en su atuendo de duquea viuda, por Holbein.


Los informes sobre Cristina eran también de su gusto. Era "instruída" y "muy sabia", a la vez que "modesta". Todo ese combinado de virtudes por fuerza tenía que complacer a Enrique. Además, se le daba de maravilla jugar a los naipes y su entretenimiento favorito era ni más ni menos que la caza. Tomando todo en cuenta, Cristina parecía una joya que no se podía dejar escapar. Por entonces, Wilhelm, joven duque de Cleves-Julich-Berg, se postuló como marido para Cristina, una forma de obtener respaldo imperial a su pretensión sobre el ducado de Guelders. A Enrique le dió un arrebato de cólera al enterarse. Empezaba a creer que los españoles jugaban al despiste con él, porque no había manera de amarrar nada definitivo en lo tocante a Cristina. Los enviados ingleses a la corte de los Países Bajos pudieron hablar con ella en presencia de la tía María de Hungría. Cristina fue un modelo de finura: "ella estaba a las órdenes del emperador".

El golpe definitivo a las esperanzas de Enrique lo representó el hecho de que el Papa, trabajando incansablemente, lograse que España y Francia se aviniesen a un acuerdo de amistad en el verano de 1538. En ese punto, el Papa estaba decidido a lograr que ambos países cooperasen con él para deponer a Enrique VIII como rey de Inglaterra, por aquello de cobrarse la factura del cisma anglicano. El primo de Enrique, el cardenal Reginald Pole, fue enviado a España por el Papa, en calidad de legado, para explorar opciones en esa dirección. Obviamente, en Inglaterra la cosa cayó peor que una plaga de langostas. Enrique, que se puso extremadamente paranoide, decidió vengarse a lo grande de los Pole -y el primer arrestado sería sir Geoffrey Pole en agosto de 1538. Le siguió el hermano mayor, Enrique Pole, lord Montague, junto a su pariente y amigo Enrique Courtenay, marqués de Exeter. No hubo piedad con mujeres y niños: la esposa de Exeter, Gertrude, que había llevado al príncipe Eduardo a cristianar, fue detenida y enviada a la Torre con su hijo también llamado Eduardo y, para rematar, se detuvo y se llevó a la Torre a la anciana Margaret Pole, la matriarca de los Pole...


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 Asunto: Re: ANA DE CLEVES Y CATHERINE HOWARD
NotaPublicado: 20 Ene 2019 14:30 
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NotaPublicado: 20 Ene 2019 20:47 
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Cuando fue arrestada en noviembre de 1538, Margaret Pole condesa de Salisbury tenía sesenta y cuatro años, una edad avanzada en su tiempo. Pocos podían recordar ya que había sido una joven princesa en la corte de su prima Elizabeth de York y del suspicaz marido de ésta, Enrique VII. Más podían situarla en la corte del joven Enrique VIII y Catalina de Aragón, de quien había sido entrañable amiga. En un determinado momento de la historia, cuando estuvo claro que Catalina ya no tendría hijos varones y que la única heredera legítima a la corona era su hija María, la reina y su amiga Pole habían fantaseado con casarla con Reginald Pole, hijo segundo de Margarita. La fantasía había quedado en eso, por supuesto. Reginald era aquel exiliado en Roma, que había enfurecido al primo Enrique VIII por aceptar un capelo cardenalicio y, últimamente, por ejercer con vehemencia su posición de legado papal ante el emperador Carlos V, para urgir a éste a consensuar con Francisco I de Francia la mejor forma de invadir Inglaterra y deponer a Enrique.

Podía ser entendible, en el contexto de un áspero "juego de tronos", que Enrique hubiese encerrado a Geoffrey Pole y posteriormente, tras lograr una confesión de éste que incriminaba a su propio hermano Enrique lord Montague y a Enrique Courtenay marqués de Exeter, hubiese detenido a ambos nobles de linaje real. Pero otra cosa era llevar a la Torre al pequeño Enrique hijo de lord Montague, a Gertrude Exeter con su hijo Eduardo y, en última instancia, a la mismísima Margaret Pole condesa de Salisbury.

El 9 de diciembre, Exeter, Montague y el también prisionero sir Edward Neville, cuñado de Montague, fueron ejecutados. A Gertrudis lady Exeter, ahora viuda, se le permitió retornar a su casa, aunque dejando en la Torre a su hijito Eduardo junto al niño Enrique Pole, ambos junto a la digna Margaret Pole. Mientras la corte inglesa celebraba en relativa discreción las Navidades de 1538 en Greenwich, el Papa, en Roma, puso literalmente el grito en el cielo. La reacción inmediata de Pablo III fue ordenar que entrase en vigor la Bula de Excomunión contra Enrique dictada en 1533 por su predecesor; esa Bula estaba, siempre había estado, pero nunca se había hecho de ella bandera para romper hostilidades, llegado el caso, con el Tudor. Evidentemente, la forma de actuar de Pablo III tuvo repercusiones: dejaba a Inglaterra sin posibilidad de entendimiento ni con la corte de Francia ni con e Imperio encarnado en Carlos V. Un Enrique tremendamente frustrado decidió seguir apostando fuerte, dejando que Cromwell aprovechase la ocasión para hacer una purga de elementos católicos conservadores en su corte. Sir Francis Bryan se llevó un enorme sofoco cuando se le relevó de su posición de principal caballero de la Cámara Privada para que le sustituyese Anthony Denny, reformista amigo de Cromwell. Pero peor fue el destino del influyente sir Nicholas Carew, que ya tenía mosqueado también a Enrique después de un desencuentro entre ambos durante una partida de bolos. Cromwell fue a por él, presentó unas cartas que supuestamente le convertían en un traidor e hizo que le detuviesen el 14 de febrero para ejecutarle el 3 de marzo. La impresión general era que Carew había perdido la vida porque siempre había honrado la memoria de Catalina de Aragón y se había adherido apasionadamente a la causa de lady María.

Es en ese contexto en el que Cromwell empieza a plantearle al rey Enrique VIII que ya no cabe buscarse novia ni en el campo imperial, ni en los aledaños de la corte francesa. Necesitan alguna alianza que permita romper el aislamiento en el que el Papa ha colocado a Inglaterra, y, por lógica, esa alianza hay que buscarla en el entourage de los príncipes protestantes. Por ejemplo, el joven ambicioso duque Wilhelm de Cleves-Julich-Berg, cuñado del elector de Sajonia y que tiene dos hermanas casaderas: Ana y Amalia. Cromwell se atreve (y esto sí que es para nota) a decirle a Enrique que ha oído elogiar la belleza de Ana en términos que la sitúan por encima de la mismísima Cristina de Dinamarca. Se mandaron emisarios a Düsseldorf, a explorar el terreno, junto con Hans Holbein, retratista. La miniatura de Ana se conserva (en el Louvre, hoy en día), en tanto que la de Amalia se ha extraviado. Quizá porque estaba predispuesto por las alabanzas de Cromwell, Enrique optó por Ana de Cleves en vez de por Amalia de Cleves.


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 Asunto: Re: ANA DE CLEVES Y CATHERINE HOWARD
NotaPublicado: 20 Ene 2019 21:25 
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Ana de Cleves, retratada por Holbein.


El matrimonio inglés de Ana fue una decisión deliberada del hermano de ésta, el duque Wilhelm, contra el parecer y la voluntad de la madre de ambos, María de Julich-Berg. Presumiblemente, María "amaba mucho a aquella hija" y "deseaba mantenerla para su compañía". Esto puede ser cierto, desde luego. También cabe pensar que a una católica recia como María de Julich-Berg le causase serios escrúpulos de conciencia imaginar a su hija Ana unida a Enrique, el mismo que había roto la obediencia al Papa, disuelto conventos y abadías y mantenía en prisión (tras declararla proscrita para privarla de sus títulos y posesiones materiales) a Margaret Pole, madre del cardenal Reginald Pole. En otra vertiente, el historial marital de Enrique no era precisamente tranquilizador se mirase por dónde se mirase. Enviar a Ana con Enrique por fuerza debió provocar gran angustia a una mujer del tipo de María Julich-Berg.

El tratado de matrimonio entre Enrique y Ana se ratificó solemnemente el 6 de octubre de 1539, una vez que el duque Wilhelm había logrado reunir la relativamente modeta dote de la hermana que debía afrontar un largo viaje a Inglaterra. Recordad: estamos hablando de una joven de veinticuatro años que había vivido casi al margen de las realidades del mundo, al lado de una madre ultraprotectora con ella y con su hermana menor. Sería interesante, y mucho, conocer el estado de ánimo de lady Ana cuando junto con su séquito de caballeros ataviados de negro (en sus tierras aún guardaban oficialmente el luto por el duque Johann III) y pocas damas escogidas por su extrema virtud, emprendió viaje de Düsseldorf a Amberes. En Amberes, en los Países Bajos, dónde podían entrar gracias a que previamente se habían solicitado los preceptivos permisos, Ana fue recibida de manera alborozada por un grupo de cincuenta comerciantes ingleses asentados en aquella estratégica ciudad. Quisieron demostrarle su simpatía con una procesión de antorchas, lo que quizá contribuyó a animarla antes de seguir su ruta costera hacia Gravelines. Ana llegó a la frontera de Calais, por esa época territorio inglés, entre las siete y las ocho de la mañana del 11 de diciembre de 1539. De recibirla con toda reverencia se encargó, por supuesto, el gobernador de la ciudad, Arthur Plantagenet, lord Lisle.

Arthur Plantagenet, lord Lisle, hijo bastardo pero reconocido del rey Eduardo IV, había sido, por tanto, un medio hermano de Elizabeth de York, lo que le convertía en tío carnal de Enrique VIII. Estaba casado con Honor Grenville, cuyas hijas de un matrimonio previo eran las famosas señoritas Anne y Mary Basset que su madre había tratado desesperadamente de endosar como damas de corte a la difunta Jane Seymour. Los Lisle tuvieron que hospedar a Ana -y a su séquito- hasta que se consideró que el clima permitía levar anclas y dirigirse por mar hacia Dover. Honor, lady Lisle, percibió inmediatamente, y así lo haría constar, que Ana tenía verdadero deseo de agradar. Pese a las dificultades de comunicación, la princesa alemana hacía gala de un carácter complaciente, y lady Lisle informó por carta a su hija Anne Basset de que sería fácil de servir y de agradar. El tiempo pasaba entre torneos y banquetes organizados por los Lisle, hasta que llegó el conde de Southampton, que ostentaba en cargo de Lord Gran Almirante, con los hermanos
Edward Seymour conde de Hertford y sir Thomas Seymour, así como Gregory Cromwell, esposo de Elizabeth Seymour. Esas presencias evocaban, inevitablemente, a Jane Seymour, que llevaba dos años muerta. En aquel repertorio de personajes que íban a escoltar a Ana figuraba también un joven caballero llamado Tomás Culpeper...y conviene quedarse con ese nombre.

Pasada ya la Navidad, pareció que se íba suavizando considerablemente la climatología y que las aguas del Canal encontraban cierta calma. Se hicieron a la mar en Calais, rumbo a Dover; el rudimentario inglés de Ana mejoró ligeramente y al menos le enseñaron a jugar a sent, uno de los juegos de naipes favoritos de Enrique VIII. Es probable que los avezados caballeros ingleses se preguntasen, ya, cómo íba a encajar aquella moza alemana con un hombre del talante de Enrique VIII. Ana poco podía hacer para no ser "tan alemana" como era, igual que la formidable matrona que la acompañaba, Madre Lowe, que gobernaba a las doce doncellas del séquito e inspiraba saludable respeto en los miembros masculinos de la expedición. Hasta trescientas cincuenta personas rodeaban a Ana, pero ninguno y ninguna estaba bien preparado para manejar las situaciones que se les pudiesen presentar tras tocar tierra en Dover.


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 Asunto: Re: ANA DE CLEVES Y CATHERINE HOWARD
NotaPublicado: 22 Ene 2019 17:01 
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Y ahí, os lo confieso, es dónde yo "me encariño" con Ana de Cleves. Con sólo imaginar a una princesa que estaba tan pobremente equipada, en cuanto a recursos mentales y emocionales, para afrontar su curioso destino. Era capaz de leer y escribir únicamente en su idioma materno, el alemán, así que hay algo conmovedor en la imagen de Ana tratando de aprender algunas frases en inglés mientras el barco surca las aguas, agitadas pero no demasiado, del Canal de la Mancha. No sabe jugar a naipes, ni a dados, ni a dardos, ni canta mientras tañe algún instrumento. Por eso emociona pensar en ella aprendiendo a jugar a "scent" mansamente sólo porque le explican que ese juego complace especialmente a Enrique VIII.

Lo que a Ana le sobra, desde un principio, es buena voluntad. No se ha equivocado en absoluto Honor, lady Lisle, al señalar que está deseosa de causar la mejor impresión y de caer en gracia. Pero no era ninguna belleza -y es de notar que su hermana Sybilla sí tenía fama de serlo-, aunque a su apariencia un tanto estólida contribuían las ropas alemanas, que carecían del encanto y glamour de la ropa francesa que antaño había lucido con garbo una Ana Bolena. Aportaba buen linaje ( a ojos de los ingleses, realmente de sus ancestros los que importaban eran el rey Eduardo I de Inglaterra y la primera esposa de éste, Leonor de Castilla, de quienes descendía Ana a través de la hija de ambos llamada Margaret que se había casado con un duque de Brabante...), pero, en cambio, poca fortuna. La dote que Wilhelm se había comprometido a abonar para esa hermana ascendía a cien mil florines, pero Enrique VIII estaba seguro, por adelantado, de que su nuevo cuñado teutón no íba a lograr completar los pagos nunca.

Sus doscientos sesenta y tres acompañantes trataban de mantenerla en buen ánimo durante la travesía, con el doctor Olysleger atento a cualquier mínima señal de un quebranto de su salud. Ana tenía que confiar en damas como la señora Gylmin y la señora Ketteler, y en la formidable Madre Lowe que supervisaba a todas las doncellas germánicas. Para su tristeza, no había nadie de su familia excepto un primo, el conde de Waldeck. Ella se había despedido con enorme sentimiento de su rígida madre María y de su hermana menor Amalia, y estaba aún aprendiendo a manejar la nostalgia.

Ella quizá sabía o quizá ignoraba que en Inglaterra ya habían trazado su ruta desde que desembarcase y que ya tenía una Casa de la Reina cuidadosamente organizada. Thomas Manner, lord Rutland, que había sido un eficiente chambelán para la reina Jane Seymour, se convertiría en el chambelán de Ana de Cleves, con sir Edward Baynton (que no sólo había servido a Jane, sino también previamente a Ana Bolena...) en el papel de vicechambelán y lord Dudley como Maestro de las Caballerizas. Se habían elegido seis damas de compañia, encabezadas por lady Margaret Douglas, la sobrina escocesa de Enrique VIII. Aparte de la propia lady Margaret, figuraban las duquesas de Richmond y Suffolk, la condesa de Sussex, lady Howard y una tal lady Clinton que no era otra otra que Elizabeth Blount, en tiempos pretéritos amante del rey y madre de su querido pero tempranamente malogrado hijo varón el duque de Richmond. El séquito de doncellas de la reina incluía a dos sobrinas del poderoso duque de Norfolk, Catherine Howard y Mary Norris, y a una sobrina nieta de éste, Catherine Carey, hija de María Bolena, antaño amante del rey, sobrina por tanto de Ana Bolena. También estaba en el grupo de doncellas Anne Basset, hija de lady Lisle en un primer matrimonio. Anne Basset era, por cierto, la comidilla de la corte desde que Enrique (que, recordemos, llevaba dos años viudo...) le había regalado un formidable caballo con lujosa silla de montar: se decía que era la nueva amante del monarca. A pesar de eso, cuando lady Lisle insistió en colocar también en la casa de Ana de Cleves a otra hija llamada Katherine Basset, se encontró con respuestas evasivas.

Ana, seguramente, era ignorante respecto a todo ese entramado de relaciones que conformaban la corte inglesa. Su barco atracó a Deal, Kent, el día 27 de diciembre y, por fín, tanto ella como su séquito pudieron poner sus pies en el nuevo país. Convenientemente recibidos, avanzaron hacia Dover, dónde Ana pasaría la noche en aquella magnífica fortaleza que era el castillo de Dover; continuaron en dirección a Canterbury, dónde el obispo les ofrecería la recepción de rigor y se alojaría a la novia en el palacio de Saint Austin; luego siguieron ruta hacia Sittingbourne y de Sittingbourne a Rochester.

Y ahí, en Rochester, precisamente en Rochester, echa a rodar nuestra historia...


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 Asunto: Re: ANA DE CLEVES Y CATHERINE HOWARD
NotaPublicado: 22 Ene 2019 17:19 
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"Posible" (nótense las comillas) retrato de Ana de Cleves.

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Joss Stone como Ana de Cleves en Los Tudor.


Enrique estaba impaciente.

Recordad que llevaba viudo dos años, aunque seguramente no en castidad y de ahí los recientes rumores sobre sus gestos de favoritismo hacia Anne Basset. Recordad también que el viaje de Ana hasta Inglaterra se había visto ralentizado a causa de la climatología: hasta quince días habían tenido que permanecer ella y su séquito en Calais antes de subirse al barco para cruzar un Canal que ofreciese relativa seguridad. Los de Cleves, por cierto, habían insistido en que ese cruce del Canal se realizase en las mejores condiciones posibles, ya que temían que una mala navegación descompusiese a su señora y que volviese amarilla de su tez (de por sí ligeramente cetrina).

Enrique había pasado la Navidad en Whitehall, en una corte llena de gente porque todos habían acudido en masa creyendo que la nueva reina habría llegado en esas fechas tan señaladas. Sin embargo, sus hijos -lady María, lady Elizabeth y el príncipe Eduardo- estaban, los tres, reunidos en el castillo de Hertford en esta ocasión. De tanto esperar a Ana de Cleves, a Enrique se le multiplicaban las ansias por ver a aquella mujer que le habían descrito como mejor aún que la mismísima Cristina de Milán. Y ya se sabe lo que suele ocurrir: las ansias desmedidas, se traducen en expectativas elevadísimas. Esto era especialmente peligroso en un hombre acostumbrado a tener lo que se le antojase y a descartar según su gusto, lo que le hacía intolerante a la frustración.

En ese sentido, visto con la retrospectiva que nosotros tenemos, parece mentira que un hombre tan experimentado y sagaz como Cromwell no se diese cuenta de que estaba sentado, literalmente, encima de un barril de pólvora. Oficialmente, estaba previsto que Ana completase su trayecto por etapas en Blackheath, Greenwich, el 3 de enero de 1540. Pero un Enrique impaciente era un Enrique incontrolable: el monarca decidió adelantarse a los acontecimientos dirigiéndose hacia Rochester "de incógnito" junto con un reducido séquito que encabezaba sir Anthony Browse, su Maestro de Caballerizas. Todos ellos vestían las mismas capas y capuchas jaspeadas, para jugar a ese juego del anonimato; por supuesto, pese a la similitud de atuendos, nadie en la corte inglesa hubiese dudado en reconocer la figura oronda de Enrique VIII.


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 Asunto: Re: ANA DE CLEVES Y CATHERINE HOWARD
NotaPublicado: 15 Mar 2019 15:49 
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Años atrás, Catalina de Aragón había sido una verdadera experta en manejar con finura y gracia aquellas repentinas irrupciones de Enrique con su alegre compañía usando máscaras o disfraces completos en los aposentos de las damas. El quid de la cuestión, por supuesto, consistía en detectar a simple golpe de vista al rey (generalmente era fácil de distinguir) pero actuar como si no hubiese sido el caso a la vez que se le seguía la corriente con admirable sutileza. Al final venía el momento de fingir sorpresa y aplaudir con embeleso cuando el rey, su ego perfectamente satisfecho por haber sido protagonista incluso en pleno "incógnito", se revelaba ante los ojos de Catalina y las demás señoras de la corte.

Sí, Catalina, nuestra Catalina, lo había hecho de maravilla siempre. Y una Ana Bolena, por supuesto, podía jugar a ese mismo juego. Incluso Jane Seymour tenía su facilidad innata para participar de modo que complaciese a su señor en cualquier tipo de charada: a fín d cuentas, Jane se había criado en la corte inglesa, primero a la sombra de su (admirada) reina Catalina y después a la sombra de su (denostada) reina Ana.

Pero Ana de Cleves, amigos míos...Ana de Cleves había crecido pegada a las faldas de la hiperestricta María de Jülich-Berg. Ana carecía de recursos para manejar la situación que se le presentó de súbito cuando de encontraba de pie ante un ventanal en la cámara, lujosamente decorada, que se le había asignado en el castillo de Rochester. Era día de Año Nuevo y, ya que los retrasos le habían impedido alcanzar Greenwich a tiempo para las tradicionales fiestas navideñas, al menos podía disfrutar, desde el ventanal, de un combate de toros y perros. Imaginad a Ana, pendiente de ese combate, tratando de hacerse a las costumbres del país que acababa de acogerla y en el cual procuraba agradar constantemente, de la mañana a la noche. De repente, irrumpe un caballero con capa multicolor: se trata de sir Anthony Browne, que le anuncia que otro caballero le sigue a él para presentarle un obsequio de Año Nuevo de parte del rey Enrique. Lo siguiente que ven los ojos de Ana es a un hombre de gran corpulencia, corpulencia que resalta aún más por obra de la capa jaspeada, que se acerca para envolverla en un abrazo de oso y ponerle delante la prenda que le remite Enrique. A esas alturas, Ana estaba confundida, muy azorada y quizá un tanto turbada por las "familiaridades" que el orondo señor se tomaba con ella. Musitó unas palabras de agradecimiento en su idioma alemán, que no tenía nada de la musicalidad del francés que tanto había agradado a Ana Bolena, y se giró en la ventana para seguir observando la pelea de animales.

Entre tanto, Enrique se había retirado a la habitación anexa, se quitó la capa disfraz, se puso una capa de piel con ribetes propia de su condición de monarca y retornó con sus compañeros de viaje para "resolver el equívoco". Ese nuevo episodio cogió de nuevo a Ana con el pié cambiado y no cabe duda de que la pobrecita debió apelar a todo su autocontrol para conversar "amigablemente" con el rey, su prometido esposo. Pero testigos como sir Anthony Browne, a esas alturas, estaban ya sinceramente acongojados.

Puesto que sir Anthony Browne tenía a su favor años de conocimiento directo tanto acerca del carácter e inclinaciones del propio Enrique como de la forma de vida de la corte inglesa, seguramente se había percatado ya de que Ana en sí misma constituía un completo paso en falso por parte de Cromwell. Ningún coetáneo definió a Ana de Cleves como una mujer fea, menos aún repulsiva; más aún, en fechas posteriores, hubo quienes se atrevieron a considerarla dotada de mayores atractivos que a la que sería su sucesora, la chica Howard. Pero aquí es dónde debemos considerar otros factores determinantes: las expectativas...y la química.

A Enrique le habían hecho concebir expectativas elevadísimas. Recordemos: él siempre se había casado por su gusto, nunca con una completa desconocida importada desde un país lejano ad hoc. Le habían hecho creer que valía la pena requerir la presencia de la teutónica Ana porque ella no era menos agraciada ni menos exquisita que la reputadísima Cristina de Milán. Pero Ana, en persona, le desagradó porque ni le recordó el propio retrato de Holbein ni el retrato, anterior, recibido de Cristina de Milán. Ana tenía un rostro regular, quizá con una nariz algo más larga de lo normal y con marcas de viruela en la piel, y era de constitución grande. A Enrique, a tenor de la tradición, le pareción una "yegua de Flandes", un modo bastante desagradable de referirse a la muchacha por parte de un hombre que, en verdad, ya no retenía ninguno de los encantos masculinos que le habían caracterizado en su juventud.

Enrique no era joven, no era apuesto, no era gallardo, no era el sueño romántico de ninguna mujer. Pero era el rey y tenía una alta consideración de sí mismo. Estaba seguro de merecer mujeres que le atrajesen -y que, por efecto de esa atracción, le permitiesen recuperar una ilusión de plena virilidad que quizá se había visto cuestionada desde los últimos tiempos de su matrimonio con Ana Bolena. Ana de Cleves NO le atrajo en modo alguno -y ése, en realidad, fue el único "pecado" de la pobre princesa alemana.


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 Asunto: Re: ANA DE CLEVES Y CATHERINE HOWARD
NotaPublicado: 15 Mar 2019 16:24 
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Ana de Cleves.


En cuanto Enrique hubo retornado a Whitehall, Cromwell se presentó ante él para preguntar qué le había parecido la reina. Enrique estaba claramente disgustado y no se mordió la lengua: la reina no se asemejaba a la mujer que él había esperado obtener y, añadió ominosamente, de haberlo sabido él antes, ella nunca hubiese sido conducida hasta su reino. Para empeorar las cosas, la "alianza alemana" que había representado Ana ya no parecía tan ventajosa. Pese a aquella entente cordiale entre Carlos V y Francisco I de Francia que había auspiciado el Papa, Francisco I de Francia estaba decidido a ir reestableciendo contacto con Inglaterra, lo cual había hecho evidente enviando a Enrique, mediante embajadores, un exquisito paté de jabalí. Enrique veía claro que íba a cargar con una esposa que no le despertaba ningún apetito, contrariamente al paté de jabalí francés. Es altamente probable que Cromwell tuviese que tragar saliva varias veces para resistir el embate de Enrique.

Aún así, la "hoja de ruta" se mantuvo. El 2 de enero, un Enrique muy malhumorado se trasladó con su corte a Greenwich. Entre tanto, Ana, que ya había abandonado Rochester con su séquito, se había trasladado al palacio de Dartford, dónde había hecho noche antes de continuar hacia Shooters Hll, lugar en el que la recibió el conde de Rutland, su flamante Chambelán, junto con todas las damas y caballeros que formaban "la casa de la reina". Ana debía estar -es fácil adivinarlo- muy apabullada por las circunstancias, pero cabe señalar, en su honor, que mantuvo el tipo mientras la preparaban para "su primer encuentro oficial" con el rey Enrique, que debía tener por escenario Blackheath.

Imagen de Los Tudor, de la boda de Enrique con Ana de Cleves...

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A Ana le habían puesto un vestido de corte holandés, sin cola, confeccionado con paño de oro. Una red profusamente cuajada de perlas y una gorra tocaban sus cabellos, en tanto que una gorguera de piedras preciosas ceñía su garganta. Estaba lista para "hacer buena pareja" junto a un Enrique que había acudido a su encuentro en Blackheath envuelto en una capa de terciopelo púrpura, con abundancia de bordados de oro. Aparentemente, todo era lujo y esplendor en torno a la cuarta boda del rey Enrique VIII. El monarca se comportó con sorprendente autodominio de su creciente enojo, durante la muy prolongada serie de festejos cortesanos de aquel día. Pero después de todos los banquetes y bailes de máscaras que se quisiera, llegaba la noche y con la noche la necesidad de consumar el matrimonio en una cama escogida con esmero porque la cabecera estaba adornada con tallas polícromas que tenían un jaez claramente erótico.

Ni siquiera esa cabecera podía estimular la lujuria hacia Ana de Cleves en Enrique. Al día siguiente de la boda, el rey tenía mucho que decir, pero nada bueno. Había sido impotente -y la culpa, por supuesto, no cabía achacársela a sí mismo, de modo que había que repartirla entre la propia Ana, Cromwell que le había orquestado ese casamiento y Southampton que había tenido la cara dura de decirle que la nueva reina le gustaría cuando "era tan evidente para cualquiera con ojos en la cara" que no sería así. Enrique estaba, por decirlo claramente, fino. Echaba pestes de los pechos caídos de Ana, del abdomen flojo y distendido de Ana y hasta del olor corporal, a rancio, de Ana. Toda su incapacidad para "cumplir" con Ana procedía de la propia Ana, cuya virginidad se permitió cuestionar agriamente habida cuenta de que el cuerpo de ella "no parecía" de doncella. Oyéndole, tanto el doctor Chamber como el doctor Butts tuvieron que hacer un enorme esfuezo para conservar la calma y tratar de someter los "escrúpulos" del rey.


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 Asunto: Re: ANA DE CLEVES Y CATHERINE HOWARD
NotaPublicado: 16 Mar 2019 16:39 
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 Asunto: Re: ANA DE CLEVES Y CATHERINE HOWARD
NotaPublicado: 25 Mar 2019 23:25 
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Leyéndote, hiciste que me entrara el gusanillo, así que acabo de terminar el tercer episodio de "Los secretos de las seis esposas" de Lucy Worsley. :-D


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