Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: MARGARITA
NotaPublicado: 06 Dic 2017 21:52 
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Sí, sí, era inevitable. Por esto...

https://verne.elpais.com/verne/2017/12/05/articulo/1512458149_505878.html

...pero también porque resultaba increíble que nunca le hubiese abierto un huequecito, teniendo en cuenta:

a) Que la tengo en mi salita. Literalmente, ahí está mirándome desde una estantería.

y

b) Una de mis piezas musicales recurrentes, de las que nunca abandonan mi Ipod, es la "Pavana para una infanta difunta" de Maurice Ravel, que siempre, a lo largo de décadas, he relacionado mentalmente con ella.

Margarita. La hiper retratada y efímera Margarita, que tras su paso por este mundo dejó tras sí esperanzas fallidas, expectativas frustradas, una sensación de fatalismo total flotando en el aire sobre el Alcázar de Madrid.

Margarita...¿era guapa? Sí, era bastante guapa considerando los penosos efectos de la salvaje endogamia de los Habsburgo de Viena y los de Madrid. Allí nadie se escapaba de sufrir la tremenda sobrecarga genética, claro. Dentro de esos parámetros considerablemente alterados, Margarita surge como un destello de claridad y melancolía que, claro, tenía que durar lo que duró: poco, muy poco. En realidad, el mejor resumen de la vida de Margarita lo ofrece, paradojas de la vida, ese trap que se ha hecho viral en estos días. El autor del trap, Christian Flores, lo ha plasmado a la perfección: "Casarte te casas, vamos que si te casas...De hecho ya estás prometida a tu tío Leopoldo, el hermano de tu madre, ése que te regala cincuenta caballos cada Navidad. A los quince años tendrás tu primer hijo y a los veintiún años te morirás de las secuelas de tu cuarto parto". Y una como yo, en mi tiempo, lo oye y no puede evitar un escalofrío del tipo "un ganso se pasea encima de mi tumba". Pobre Margarita, pobre Margarita y así cien veces más -y quedándome corta en mis lamentos por la infanta difunta cuya imagen recreo en mi cabeza con banda sonora de Ravel-.

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Y, cómo no podía ser de otra manera, elegí arrancar la historia de Margarita desde su madre, María Anna, aquí Mariana, de Austria, nacida en Wiener Neustadt, al sur de la tan imperial Viena, en diciembre de 1634, para más señas justo en vísperas de Nochebuena, ya que he visto mencionar como fecha de su llegada al mundo el 22 de diciembre, el 23 de diciembre y hasta el 24 de diciembre. Tampoco me he metido de lleno a investigar esa disparidad de fechas de nacimiento propuestas para la archiduquesa, segunda hija del emperador germánico Fernando III y su esposa María Ana de España. Lo importante es que Mariana, desde bien pequeña, tuvo que oír a menudo que su destino la aguardaba en Madrid: si su madre había cubierto la distancia entre la corte de los habsburgos españoles y la de los habsburgos vieneses, ella realizaría el camino a la inversa para casarse con el príncipe Baltasar Carlos, el preciado heredero de Felipe IV, nacido de la francesa Isabel de Borbón. Baltasar Carlos, su primo carnal, debía convertirse en su esposo y con él le tocaría asegurar el relevo de la casa de Austria en España.

Mariana...

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...tuvo que ver saltar por los aires como un simple barril de pólvora aquellos proyectos a principios del mes de octubre de 1646. El príncipe Baltasar Carlos, un muchacho en conjunto bastante prometedor y que lucía de lo lindo en los cuadros...

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...había acompañado a su padre, el rey Felipe IV, a Zaragoza. Allí coincidió que asistieron ambos a oficios religiosos en memoria de Isabel de Borbón, esposa de Felipe y madre de Baltasar, muerta justo dos años atrás, el 6 de octubre de 1646. Baltasar Carlos con sus dieciséis fornidos años enfermó tras asistir a los responsos de vísperas del 6 de octubre, fecha en que se había previsto el solemne funeral por el eterno descanso de Isabel. De hecho, Felipe IV tuvo que acudir solo al funeral, dejando al hijo postrado en un lecho. La viruela que atacó al príncipe progresó a una velocidad vertiginosa: para el 9 de octubre se había hecho evidente que la muerte rondaba a Baltasar Carlos y, de hecho, falleció a las 9 de la noche del 9 de octubre. Felipe IV, su regio padre, se quedó devastado: con su heredero, a quien había amado mucho, se íba también el futuro dinástico. Sólo le quedaba, de los siete hijos que había engendrado con la finada Isabel, una chiquilla, la infanta María Teresa, a la sazón de ocho años de edad. Ahí van, de bonus, unos retratos de la pequeña María Teresa, que antes era un muy buen partido, pero que, de repente, se había convertido en EL PARTIDAZO de Europa -y del mundo, ya puestos-.

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Para Mariana, prima hermana de María Teresa, la vida acababa de dar un vuelco completo. Su primo Baltasar Carlos, con su fallecimiento prematuro, se llevaba a la tumba sus expectativas nupciales y el futuro, en ese ámbito, quedaba suspendido entre comillas o entre paréntesis, a gusto de cada quien.

Pero entró en el juego de los cálculos dinásticos otra variable: el mismísimo Felipe IV, de cuarenta y un años de edad. Felipe, hablando en plata, era un putañero que jamás se había mantenido fiel a su esposa francesa Isabel, pero, a su manera, que no incluía la exclusividad en lo que concernía al comercio carnal, la había amado. Tras décadas de formidable promiscuidad, que le había proporcionado como poco unos treinta hijos bastardos (algunas fuentes elevan la cifra hasta cuarenta y seis...) de los que había tenido a bien reconocer a dos de ellos, Felipe era un hombre de salud profundamente minada por las cuenta de las enfermedades venéreas. Considerando que Isabel le había dejado en el mundo a Baltasar Carlos (heredero indiscutible) y a María Teresa (buena baza para negociar bodas interdinásticas ventajosas), nunca había tenido ni pizca de interés en volver a tomar esposa. En su entorno le habían dejado libre de presiones en ese sentido...hasta entonces, claro. Después de darle sepultura a Baltasar Carlos, que inició su periplo de Zaragoza a El Escorial el 16 de octubre, empezó la "campaña" para persuadir al monarca de que le correspondía sobreponerse a su dolor, tan comprensible, y disponerse a contraer un nuevo matrimonio en el que, por descontado, había que engendrar príncipes.

Y ahí se decidió que para qué buscar otra novia distinta de la pobre muchacha que en su momento se había seleccionado para Baltasar Carlos. Mariana era perfecta: una Habsburgo de Viena, de doce años, próxima a alcanzar la edad núbil, aunque tampoco se trataba de llevarla demasiado pronto por los procelosos caminos de un embarazo y parto. A Felipe le pareció bien, estaba resignado a tomar por mujer a la que hubiera debido recibir como sobrina nuera. A Mariana no sabemos si le pareció mal o peor que mal, porque bien, lo que se dice bien, no pudo parecerle, eso de casarse con un hermano de su propia madre a quien había creído que llegaría a tener de suegro. Es de suponer, eso sí, que a la virginal novia austríaca nadie le habrá ni siquiera sugerido que íba a caer en manos de un hombre maduro que se lamentaba de no lograr controlar sus líbido -un verdadero sexoadicto, en términos modernos, que compaginaba aquella pulsión desatada con un constante remordimiento de conciencia-.

Diego de Aragón, embajador de la corte de Madrid en Viena, se encargó de resolver todo el delicado y trascendental asunto de la boda de Felipe IV con Mariana. Las capitulaciones prematrimoniales se firmaron, con la debida solemnidad, el 2 de abril de 1647, pero la boda por poderes, propiamente dicha, no se celebró hasta el 8 de noviembre de 1648. Hasta ese momento, Mariana no tuvo que enfrentar verdaderamente la realidad. La joven Mariana...

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...vino a España para casarse con el rey...

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...en Navalcarnero, en las proximidades de Madrid. El intercambio de votos lo ofició Baltasar (no debía haber prelado con otro nombre) Moscoso, arzobispo de Toledo, el 4 de octubre de 1649. Con una notable falta de tacto, los festejos de boda se iniciaron con las velaciones de rigor el 7 de octubre de 1649, extendiendose la serie formada por puesta en escena de comedias, danzas, toros, procesiones de antorchas y fuegos artificiales hasta el 9 de octubre de 1649. Por si alguien no ha caído, aquello coincidió prácticamente con el quinto aniversario del deceso de Isabel y el tercer aniversario de la muerte de Baltasar Carlos -y sorprende por eso mismo, sorprende bastante. (A modo anécdota: todavía en la actualidad, Navalcarnero evoca cada año aquel enlace nupcial tan desigual, entre un cascado viudo de 44 años y una criatura de apenas 15 años a quien en Viena habían tenido por risueña y alegre).

Es preciso notar que aquí he "teletransportado" a esa Marianina quinceañera de Viena a Navalcarnero :whistling: :whistling: Pero, en el mundo real, Marianina debió llegar a Navalcarnero hecha fosfatina después de un largo viaje, proyectado cuidadosamente de principio a fín con todas y cada una de sus escalas. Mariana había salido de Viena con una compañía mixta, entre austríacos y españoles. Su padre, el emperador Fernando III,había decidido que la acompañase el hermano Fernando, por entonces intitulado rey de Hungría, así como el arzobispo de Praga cardenal Harrach y el confesor de siempre de la joven archiduquesa, el jesuíta Johann Everard Nithard. En cambio, Felipe IV había enviado en busca de su nueva consorte a Juana de Mendoza, condesa de La Coruña, marquesa de Flores-Dávila, presidiendo un gran círculo de dueñas y meninas, así como al duque de Terranova, caballerizo mayor, también con el acostumbrado séquito. Era inevitable que, bajo la máscara de la exquisita cortesía, bullesen tensiones entre unos y otros: por ejemplo, el emperador quería que Fernando rey de Hungría fuese con Marianina hasta Madrid, mientras que Felipe IV maniobraba a través de su embajador para que el cuñado se diese vuelta antes de alcanzar suelo español.

En jornadas de unas treinta leguas por día cruzaron Estiria, Carintia, el Tirol, hasta alcanzar Trento. Allí se habían preparado para recibir y agasajar a la novia, que debía hacer una pausa de semanas en el palacio del príncipe Madruci. No sólo se trataba de reposar, sino de aguardar a que les alcanzasen allí otros dignarios de la corte hispana que íban a engrosar la fabulosa corte ambulante de Marianina. Por distintos avatares, el duque de Nájera y Maqueda, flamante mayordomo mayor elegido por Felipe para Mariana, así como el aposentador don Francisco de Buitrago, el cardenal Alessandro Peretti di Montalto y otros tardaron en llegar a Trento más de lo previsto, lo que retrasó la salida hacia Milán habiendo dejado atrás a muchos caballeros de Austria reemplazados por los de España (por ejemplo, el cardenal Harrach, que sobraba tras la aparición en escena de Peretti di Montalto).

Caurino, Busolengo, Desenzano, Brescia, Soncino en el Milanesado, Lodi, Cremona, Milán. Recibimientos, besamanos, festejos, aguantar todo aquel ritmo frenético con impasible elegancia, sin mostrar debilidad ni hartazgo. Para cuando llegó a Pavía, Mariana no debía sentir ni padecer, y ya no digamos cuando embarcó en el puerto de Finale (dónde la aguardaba más gente para el séquito...) a fín de emprender trayecto marítimo rumbo a Denia, incluyendo escala previa en Tarragona.

En Denia la recibieron su reciente camarera mayor la condesa de Medellín, con el conde de Medellín a su lado y el conde de Altamira, su nuevo caballerizo. Mariana debió recibir los cumplidos de rigor antes de irse, tan rodeada, a dar gracias por haber llegado sana y salva a España en el monasterio de San Antonio de Padua. Y de ahí, de Denia, a Navalcarnero, en una concatenación de etapas que debió incrementar a partes iguales su cansancio y su nerviosismo.

Esto, resumiendo mucho...¿eh? ¡Como para no compadecer a Marianina, que había perdido para siempre su familia de orígen, su entorno de infancia y pubertad, sus escenarios favoritos, su patria! Y debía hacerse a la idea de que ya era la reina de España, de que ya estaba casada con su tío y de que se esperaba de ella que fuese fuerte, que fuese valiente y, por encima de todas las cosas, que fuese fértil.

Un episodio central de esta historia, ya concluídas las fiestas en Navalcarnero y habiéndose procedido al traslado de Mariana al Buen Retiro, fue la muy aparatosa entrada en Madrid, con un recorrido planificado al detalle desde el Retiro hasta el Alcázar. Sabemos que Mariana lució un sombrero con plumas blancas adornado con joyas de gran valor, incluída la perla "Margarita", y una saya entera castellana de vivo color rojo bordada en nácar y plata, que, por cierto, había costado un dineral. Montaba un caballo blanco, Cisne, de gran estampa y mucha docilidad, con una gualdrapa de terciopelo negro bordado en oro y plata y ensillado con una silla a todo lujo. Los madrileños de la época debieron quedarse maravillados ante semejante despliegue de medios. Marianina miraría, me figuro yo, al frente, para transmitir aplomo y majestuosidad; si hubiese mirado a su entorno o hacia atrás, habría visto a todas sus damas, empezando por la camarera mayor Ana de Córdoba condesa de Medellín; la guarda mayor doña Casilda Manrique; doña Leonor de Pimentel hija de los marqueses de Távara; doña Francisca de la Cueva, hija del marqués de Bedmar; doña Inés de Lima, hija de los condes de Regalado; y mucha más, todas de excelente pedigree. Salvo Casilda Manrique, que íba en tocas de viuda, las otras lucían sombreros con plumas de colores y ropajes muy llamativos. Pero, a la postre, para Mariana eran poco menos que extrañas: a unas pocas las había conocido meses atrás en Viena, a otras semanas antes en Denia, a unas cuántas en Navalcarnero en los días previos.

Sólo cabe imaginar que la tensión acumulada por Marianina. Y la aprensión por su futuro inmediato en una corte dónde, al menos, tuvo la alegría de entablar una afectuosa relación con su prima María Teresa, que hubiera debido ser su cuñada y, en cambio, acababa de convertirse en su hijastra.


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 Asunto: Re: MARGARITA
NotaPublicado: 06 Dic 2017 22:01 
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En Navalcarnero, por Dios, pobre Mariana.


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 Asunto: Re: MARGARITA
NotaPublicado: 07 Dic 2017 06:49 
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josefita escribió:
En Navalcarnero, por Dios, pobre Mariana.


:cool: :cool: :cool:

En Navalcarnero sacaron provecho (se convirtieron en "villa real") y siguen sacándolo verano a verano. Para muestra, este artículo de "El Mundo".

http://www.elmundo.es/la-aventura-de-la-historia/2014/08/27/53fc5e0d22601de67e8b4576.html


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 Asunto: Re: MARGARITA
NotaPublicado: 07 Dic 2017 18:24 
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Marianina...

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...no parece haber sido feliz en el Alcázar de Madrid. El palacio le resultaba, por lo visto, un recinto demasiado oscuro y de atmósfera rancia y opresiva a partes iguales. Si en la corte vienesa, en su papel de archiduquesa, había sido una criatura alegre y chispeante, en la corte madrileña, en el papel de reina consorte, parecía siempre enfurruñada. Es posible que sus únicos momentos de alegría se los proporcionase la amistad de María Teresa. En cuanto al matrimonio, una sólo puede confiar en que encontrase en sí misma fuerza suficiente para sobreponerse a aquel constante esfuerzo por concebir hijos de los que dependía el futuro de los Habsburgo en España.

Mariana dió a luz por primera vez el 12 de julio de 1651. Recuérdese: la joven aún no había alcanzado los diecisiete años de edad y hubo que pasar el trago de un parto prolongado, bastante duro, del cual todos esperaban que produjese el advenimiento de un príncipe capaz de llenar el vacío que había dejado Baltasar Carlos. Hubo decepción general, nada disimulada, ante la llegada de una delicada niña. Galenos y comadres se afanaban en torno al lecho de Mariana, mientras se anunciaba que la bebé recibiría los nombres de Margaria María Teresa, obedeciendo la elección de los dos últimos al hecho de que la amadrinó su medio hermana y prima de trece años la infanta María Teresa.

Aunque Margarita "solamente" era una infanta, se hizo un verdadero casting entre más de treinta mujeres para elegir a un tercio de ellas a fin de asegurarse de que estaría bien amamantada. La lactancia de la niña se mantuvo durante varios años, con la evidente intención de "sacarla adelante", porque muchas criaturas se malograban en sus primeros meses de vida.

Marianina tuvo un puerperio fastidiado y pareció caer de lleno en una especie de obcecada melancolía. En una perspectiva moderna, diríamos que cursó en ella una depresión postparto. Apenas se hubo reestablecido, ya volvió a experimentar la presión, nada sutil, para que probase de nuevo su fertilidad -y a ver si en esta ocasión atinaba en cuanto al sexo de la criatura, como si eso dependiese de ella-. Pero el caso es que Margarita, aquí retratada con dos años...

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...fue, por lo que concernía a Mariana, hija única hasta principios de diciembre de 1655. Ese mes, ese año, concretamente el día 7, Mariana volvió a padecer los rigores del parto para echar de su cuerpo otra niña, la infanta María Ambrosia de la Concepción, que se murió enseguida, el 21 de diciembre, casi coincidiendo con el cumpleaños de la reina.

A la sazón, la falta de éxito de la reina en aquella empresa de proveer un príncipe se había convertido en la comidilla de todos en la villa y corte. Ya era mala suerte, decían muchos, que tras seis años casado con su sobrina Marianina, Felipe IV siguiese careciendo de un heredero varón. El monarca manifestaba mucha preferencia al más célebre de sus bastardos, don Juan José de Austria, que se pavoneaba de lo lindo por el Alcázar y otras residencias reales, pero éste carecía de posibilidades sucesorias. La cuestión radicaba en que Felipe IV seguía dependiendo en ese aspecto de su hija mayor, María Teresa, y lo único ganado había sido un reemplazo ante una eventual pérdida prematura de María Teresa en la persona de Margarita. La tradición hispánica hacía de María Teresa la presunta heredera, pero en la corte se murmuraba que Felipe IV haría bien proclamando solemnemente a su hija. Sin embargo, Felipe IV se reprimía de hacerlo. No quería "incomodar" a su joven reina, de la que aún cabía esperar que pudiese llegar a tener hjos varones.

Al iniciarse 1657. Felipe, el "Rey Planeta", pareció reafirmarse en su postura debido a que los astrólogos de la corte le aseguraron que la reina, recien preñada, tendría en esa ocasión un hijo, el príncipe que tanto se necesitaba. Felipe redobló todas sus muestras de devoción: aunque un putañero de cuidado, era también extremadamente religioso y estaba convencido de que una actitud contrita por sus pecados y laudatoria hacia la divina providencia le ayudaría a salir victorioso. A las once y tres cuartos de la manana del 28 de noviembre de 1657, Mariana dió a luz, por fín y alabado fuese el Señor, a su príncipe. El parto fue tremendamente duro, con una parturienta convulsionándose en lo que semejaba una crisis epiléptica, con el característico rechinar de dientes en una mandíbula fuertemente contraída y sin voz. Se cree que pudo sufrir una eclampsia, lo cual implicaría que, aparte del tremendo desgaste físico del parto en sí mismo, debió quedarse hecha una auténtica piltrafa humana. Pero poco importaba si Mariana sufría más o menos. Había un príncipe y a Felipe IV, extasiado, le faltó tiempo para irse a la Basílica de Nuestra Señora de Atocha, para agradecer a la Virgen la presencia del príncipe Felipe Próspero (ejem ejem…Felipe Próspero es la versión abreviada de Felipe Próspero José Francisco Domingo Ignacio Antonio Buenaventura Diego Miguel Luis Alfonso Isidro Ramón Víctor de Austria, ahí queda eso). Seiscientos mil ducados de oro se gastaron en los festejos que rodearon el bautizo, oficiado el 6 de diciembre, con agua del río Jordán, por el arzobispo de Toledo asistido de un círculo de frailes que acababan de regresar de una peregrinación a tierras de la actual Jordania.

De Felipe Próspero se conserva un retrato de Velázquez...

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que, la verdad sea dicha, desprende bastante tristeza. Su madre, Mariana, volvió a dar a luz otro varón...¡¡dos consecutivos íban ya!!...el 23 de diciembre de 1658, bautizándose a la criatura con los nombres de Fernando Tomás Carlos. Pero el infante Fernando era de apariencia frágil y salud quebradiza, mientras que se hacía cada vez más dolorosamente evidente que Felipe Próspero adolecía de un sistema inmunitario bastante flojo, sufriendo por añadidura accesos de epilepsia. En la corte, por supuesto, se veía con escepticismo el futuro de los dos hijos de Marianina. Fernando murió el 22 de octubre de 1659, poco antes de cumplir un año. Para entonces, al niño Felipe Próspero se le llevaba de un lado a otro cubierto de amuletos, cascabeles de oro e higas de oro y azabache, y se le mantenía rodeado de reliquias sagradas a las que se encomendaba su protección.


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