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 Asunto: LA MALDICIÓN DE LOS HIJOS MUERTOS
NotaPublicado: 07 Sep 2008 17:48 
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He encontrado esta reseña y me he preguntado ¿por qué no abrir un tema sobre ésto? a mi me resulta apasionante...
Quizás podamos aportar más datos, acerca de los padres, del periodo del embarazo, de los infantes nacidos o muertos a temprana edad, quizás alguna foto o cuadros...Circunstancias que rodearon a cada uno de ellos, tanto a padres como a hijos ¿os parece?

http://www.casadellibro.com/capitulos/8401379695.pdf
Código:
[b]

"LA MALDICIÓN DE LOS HIJOS MUERTOS


«El Cielo le ha castigado haciendo que su hijo naciera
muerto.»
La maldición se había cumplido inexorablemente. Cuatro
días después de que la reina Victoria Eugenia de
Battenberg alumbrase a su hijo muerto, Elisabeth Newton,
una desconocida ciudadana británica, escribía una
devastadora carta al rey Alfonso XIII.
Fechada el 25 de mayo de 1910, la misiva era un injusto
reproche al monarca por haberse ausentado de palacio para
asistir en Londres al funeral de Eduardo VII, dejando
sola y desamparada a su esposa, en avanzado estado de
gestación. «Su lugar esa vez —advertía la Newton— estaba
junto a su mujer. Usted ha jurado fidelidad a ella y a
nadie más. El Cielo le ha castigado haciendo que su hijo
naciera muerto.»
La carta se conserva aún hoy, señal inequívoca de que
Alfonso XIII era supersticioso.
Su padre, el rey Alfonso XII, lo había sido durante
toda su vida. Mientras agonizaba en el palacio de El
Pardo, tuvo el consuelo de enterarse por su esposa de que
esperaba un hijo. Pidió a la reina María Cristina que, si
era un varón, no le llamasen Alfonso, como él, sino
Fernando. Si le ponían Alfon-so, reinaría con el nombre
de Alfonso XIII. Y Alfonso XII se llevó a la tumba su
temor supersticioso al número de la mala suerte.
Seis meses después de su muerte, vino al mundo su único
varón, a quien, contra el deseo de su padre, le fue
impuesto el nombre de Alfonso XIII por voluntad de los
ministros de la Corona.
«Todos los malos presentimientos de mi abuelo —
confesaría Alfonso de Borbón y Battenberg, primogénito de
Alfonso XIII, horas antes de su trágica muerte— se han
cumplido en mi padre, en mí, en mis hermanos y en toda
nuestra familia.» El príncipe de Asturias murió
desangrado a causa de la hemofilia en una clínica de
Miami, tras un leve accidente de automóvil.
Al año siguiente de nacer él y de saberse que era
hemofílico, la reina dio a luz al segundo de sus hijos,
el infante don
Jaime, que era sordomudo. La tragedia volvía así a
cebarse con esta agitada rama de los Borbones, que, por
si fuera poco, sufrió otra fuerte sacudida del destino
cuando, en la madrugada del 21 de mayo de 1910, Victoria
Eugenia dio a luz a un infante muerto.
Tan sólo tres meses después del nacimiento de su hija
Beatriz, el 22 de junio de 1909, Victoria Eugenia había
vuelto a quedarse embarazada. La reina había aceptado,
resignada, su papel de madre prolífica y el hecho de que
su marido se acostase con ella movido no tanto por el
amor como por la esperanza de engendrar hijos sanos.
No en vano los años de fertilidad de la reina habían
dado origen a una tonadilla que cantaban incluso las
damas de la corte, abanicándose:
Un mes de placer,
ocho meses de dolor;
tres meses de descanso
y en marcha otra vez.
Oh, qué vida es la vida
de la reina de España…
Pero esta vez, a principios de mayo del año siguiente,
la reina supo que su embarazo no marchaba bien. Pronto
tuvo la certeza de que la vida que llevaba dentro se iba
apagando sin remedio. Es posible que algún médico hubiese
decidido practicar con urgencia una cesárea, pero esta
solución se descartó entonces de modo categórico por dos
poderosas razones: la operación implicaba un riesgo para
la madre —hay que tener en cuenta el discreto desarrollo
de la obstetricia a principios del siglo XX— y, sobre
todo, podía dificultar o incluso anular la capacidad de
la reina para tener más hijos.
En cualquier caso, la decisión fue muy cruel porque
prolongó el sufrimiento de la joven reina, que un día
supo que el niño que llevaba dentro ya estaba muerto. Sin
embargo, no tuvo más remedio que resignarse a que el
parto se produjese de forma natural. La desgraciada madre
se deshizo en sollozos al coger en brazos a su malogrado
hijo ochomesino. Pensaba llamarle Fernando, el nombre que
había elegido Alfonso XII para su único hijo.
El trágico acontecimiento se comunicó telegráficamente
a su padre, el rey, que se hallaba en Londres con motivo
de las exequias por Eduardo VII. Por esa razón, el
infante muerto no recibió el agua de socorro ni tuvo
nombre. Su cadáver permaneció en palacio hasta que su
padre regresó, para luego ser trasladado, sin que se le
rindieran honores, a El Escorial.
El parte médico oficial se publicó en la Gaceta de
Madrid del domingo 22 de mayo de 1910. Decía así:
Excmo. Sr.:
El Excmo. Sr. Decano de los Médicos de Cámara me
comunica en este día lo que copio:
Excmo Sr.: Tengo el sentimiento y el honor de comunicar
a V.E. que S.M. la Reina Dña. Victoria Eugenia (q.D.g.) ha
dado a luz, a las dos y media de la madrugada de hoy, un
Infante muerto en los comienzos del noveno mes, a juzgar
por los signos exteriores del cadáver.
S.M. la Reina se encuentra en satisfactorio estado.
Palacio, 21 de mayo de 1910.
De regreso en Madrid, Alfonso XIII recibió numerosas
cartas
de condolencia de todo el mundo. Pero la que más le
impactó fue, sin duda, la de Elisabeth Newton, a la que,
por razones obvias, jamás respondió; se limitó a
guardarla en el cajón de un pequeño secreter donde
conservaba unos cuantos libros de economía, el Who’s who
y una guía de la aristocracia europea.
La maldición de los hijos muertos, que cambió sin duda el
curso de la Historia, malogrando la vida y las esperanzas
de numerosos infantes de España, había empezado a
manifestarse ya con Felipe V, el primero de los Borbones
españoles. Su primera esposa, María Luisa Gabriela de
Saboya y Orleáns, dio a luz, el 2 de julio de 1709, a un
infante que, ante el temor de que su vida peligrase por
su bajo peso y sus escasas energías vitales, fue
bautizado inmediatamente con el nombre de Felipe Pedro de
Borbón y Saboya.
Los malos presagios se confirmaron, y el recién nacido
logró sobrevivir tan sólo siete días, falleciendo el 9 de
julio. Presentaba malformaciones congénitas: la autopsia
reveló una considerable hipertrofia del corazón y una
deformación craneana. Su óbito fue ocultado a la reina
hasta el día 21 de julio para evitar contratiempos en su
recuperación. De todas formas, María Luisa Gabriela quedó
tocada ya de por vida, padeciendo ocasionalmente fiebres
altas y tumoraciones cervicales que disimulaba luciendo
pañuelos, chales y cuellos altos.
La fiebre se le trató entonces con quinina, e incluso
se le cortó el cabello para aplicarle sobre el cuero
cabelludo «sangre de pichón», que aliviaba sus fuertes
jaquecas. Pero, como consecuencia de ello, la reina se
quedó calva y tuvo que lucir peluca el resto de su vida.
Su delicado estado de salud, a causa de la prematura
muerte de su hijo, llevó al Consejo del Reino y al
confesor de Felipe V a recomendar al monarca que se
abstuviera de mantener relaciones sexuales que pudiesen
dejar de nuevo embarazada a su esposa, a fin de evitar
males mayores. Pero pretender que un hombre de la
naturaleza de Felipe V siguiese esos sensatos consejos
significaba no conocerle bien; la reina, en efecto,
volvió a quedarse encinta a finales de 1711, y el 7 de
junio de 1712 alumbró a un nuevo infante que fue
bautizado con el mismo nombre que su malogrado hermano,
Felipe Pedro, y que sólo vivió siete años, hasta el 29 de
diciembre de 1719. Ya desde el principio, la crianza del
recién nacido fue muy complicada, para su lactancia se
necesitaron hasta de ocho nodrizas manchegas. Trasladado
al sepulcro de El Escorial, en su lápida el rey ordenó
inscribir el siguiente epitafio:
Raptus est
ne malitia mutaret
intellectum ejus
«Fue arrebatado para que la maldad no
cambiara su inteligencia», Sabiduría, 4.
Una de las cosas que se hicieron para terminar con la
maldición de los hijos muertos fue recurrir al báculo de
santo Domingo de Silos, que se llevó a palacio para que
protegiera a la reina en sus embarazos. Fue el propio
abad del monasterio de Silos quien presentó la venerada
reliquia a la reina cuando ésta se encontraba en avanzado
estado de gestación del infante Felipe Pedro, en 1712.
Tal vez gracias a la intercesión del báculo pudo la
reina sacar adelante a dos de sus hijos: Luis, que
reinaría como Luis I, y Fernando, que lo haría como
Fernando VI, a los cuales nos referiremos posteriormente.
Tras la muerte de María Luisa Gabriela de Saboya el 14
de febrero de 1714, a causa de una tuberculosis pulmonar,
Felipe
V se apresuró a contraer nuevo matrimonio para
satisfacer su desbordado apetito sexual, dado que la
sucesión ya la tenía garantizada. Fue así como Isabel
Farnesio participó también de esa especie de maleficio
que a lo largo de generaciones ha castigado
a los Borbones de España. El 21 de marzo de 1717,
la nueva
reina dio a luz a un varón, de nombre Francisco, que
falleció treinta y seis días después.
Felipe V recurrió entonces a la intercesión de otra
sagrada reliquia en el intento de impetrar del Cielo
partos felices. La Santa Cinta de la Virgen de Tortosa,
llevada a palacio numerosas veces desde 1629, como
constaba en la catedral de Tortosa, protegió sin duda a
la reina en sus cinco últimos alumbramientos. A la triste
muerte del infante Francisco, siguió el nacimiento de la
infanta María Victoria, en 1718, que contraería
matrimonio, con tan sólo once años, con el futuro rey
José I de Portugal.
Tras María Victoria nació, dos años después, el infante
Felipe, duque soberano de Parma, casado en 1739 con Luisa
Isabel de Francia, y cabeza de la subrama de los Borbones
de Parma.
La Virgen de Tortosa pareció velar también por el feliz
alumbramiento de la infanta María Teresa, que se
desposaría en 1745 con Luis, delfín de Francia,
primogénito de Luis XV, fallecido antes de acceder al
trono.
Pero sin duda la intercesión de la Virgen debió de
pesar al principio en el infante Luis, nacido en 1727,
que llegaría a ser cardenal arzobispo de Toledo y primado
de España, además de arzobispo de Sevilla; luego, sin
embargo, el infante tomaría otros derroteros, renunciando
a sus dignidades eclesiásticas y adquiriendo el condado
de Chinchón, para desposarse después morganáticamente con
María Teresa de Vallabriga y Rozas.
Finalmente, la Santa Cinta de Tortosa protegió también
a la infanta María Antonia, nacida en 1729 y casada
veintiún años después con el futuro rey Víctor Amadeo III
de Cerdeña.
A diferencia de sus hermanos pequeños, el primogénito de
Felipe V e Isabel Farnesio, coronado como Carlos III, no
pudo librarse de aquel implacable ensalmo cuando su
esposa, María Amalia de Sajonia, dio a luz a una niña el
6 de septiembre de 1740 en el Palacio Real de Nápoles. La
pequeña, llamada María Isabel, fallecería con sólo dos
años, el 31 de octubre de 1742.
Desde hacía un año, María Amalia de Sajonia ansiaba el
nacimiento de un varón, e hizo una novena a san Antonio
para pedírselo. Pero el santo no debió de escucharla,
pues el 20 de enero de 1742 nació en Nápoles, en ausencia
del padre, como sucedería muchos años después con Alfonso
XIII, una nueva niña, a quien se llamó María Josefa
Antonia en recuerdo de su abuela materna. La pequeña
infanta apenas vivió tres meses, falleciendo el 3 de
abril.
No cesaron los sufrimientos de la reina, que el 30 de
abril de 1743 alumbró de nuevo a una niña, de nombre
María Isabel, en memoria de la primogénita fallecida, y
que también murió tempranamente, a la edad de seis años,
el 17 de marzo de 1749.
La prolífica María Amalia de Sajonia volvería a
engendrar otra hembra el 16 de junio de 1744. Bautizada
como María Josefa Carmela y conocida en España como «la
infanta Pepa», sobrevivió a sus padres pero tuvo que
cargar con la desgracia de ser contrahecha. El genial
Goya la retrató tal como era en su óleo La familia de
Carlos IV.
Y aún vino al mundo una quinta niña, de nombre María
Luisa, que llegaría a ser nada menos que emperatriz de
Alemania, antes de que el 13 de junio de 1747, día de la
mala suerte, naciese el primer varón, que fue bautizado
como Felipe Pascual Antonio. Sin embargo, el tan anhelado
heredero pronto padeció ataques epilépticos, jamás llegó
a hablar, y quedó sumido en un estado de imbecilidad tal,
que fue necesario incapacitarlo mediante
un dictamen médico. El infortunado vivió hasta su
muerte, a los treinta años, bajo la tutela de su hermano
Fernando I de las Dos Sicilias, sin que nunca llegara a
pisar tierra española.
El 12 de noviembre de 1748 nació un segundo varón,
Carlos Antonio, quien, dada la incapacidad de su hermano,
sucedió a su padre, el rey, con el nombre de Carlos IV.
Pero todavía la reina afrontó su octavo parto el 3 de
diciembre de 1749, en que dio a luz a otra niña, María
Teresa, que sólo vivió cinco meses, hasta el 2 de mayo de
1750.
Luego nació el tercer varón, Fernando, y a
continuación, el 11 de mayo de 1752, Gabriel Antonio —el
hijo más querido por su padre—, que contrajo matrimonio
con la primogénita de los reyes de Portugal, la infanta
María Ana de Braganza.
De nuevo, la desgracia que siempre asoló a los Borbones
de España hizo mella en esta pareja de enamorados. La
infanta María Ana murió en El Escorial el 2 de noviembre
de 1788 a causa de un ataque de viruelas malignas, que
contagió a su recién nacido, Carlos José, y a su esposo,
el infante Gabriel Antonio; ambos murieron el 9 y 13 de
noviembre, respectivamente.
Entretanto, la reina María Amalia siguió trayendo hijos
al mundo como quien no quiere la cosa. El 3 de julio de
1754 nació María Ana, que falleció con apenas diez meses,
el 11 de mayo del año siguiente. Aún tuvo la reina otros
dos hijos, uno de los cuales,
Francisco Javier, aquejado también de viruelas,
murió, siendo un adolescente, en Aranjuez, el 10 de abril
de 1771.
Con la descendencia de Carlos IV la maldición tampoco
cesó. Su prima hermana, María Luisa de Borbón y Borbón,
nacida en Parma, se convirtió en su esposa. Su primer
hijo, Carlos Clemente Antonio, nació el 19 de septiembre
de 1771, pero falleció antes de cumplir los tres años, el
7 de marzo de 1774.
Al año siguiente dio a luz a una niña sana, Carlota
Joaquina, que se desposaría con el rey Juan VI de
Portugal. Pero seguidamente abortó dos veces antes de
alumbrar a la infanta María Luisa Carlota el 11 de
septiembre de 1777, que murió a punto de cumplir los seis
años, el 2 de julio de 1783.
Un tercer aborto, en 1778, ensombreció aún más el ánimo
de los reyes, hasta que el 10 de enero de 1779 nació en
El Pardo una niña bautizada con el nombre de María
Amalia, en memoria de su abuela paterna. Sin embargo, el
infortunio se adueñó de esta infanta, casada a los
dieciséis años con su tío carnal, el infante don Antonio
Pascual, hermano de su padre y veinticuatro años mayor
que ella. La infanta murió a los diecinueve años, el 22
de julio de 1798, a consecuencia de un parto en el que
perdió también la vida un infantito.
Las desgracias se desencadenaban una tras otra. El 5 de
marzo de 1780, María Luisa de Parma dio a luz a su quinto
hijo, el infante Carlos Domingo Eusebio, que murió antes
de cumplir los tres años, el 11 de junio de 1783.
Meses después, María Luisa padeció su cuarto aborto.
Pero el 6 de julio de 1782 trajo al mundo a otra niña,
María Luisa Vicenta, futura reina de Etruria, casada con
su primo hermano el duque Luis I de Parma, un joven
epiléptico que moriría muy pronto de tuberculosis.
El 5 de septiembre de 1783, María Luisa alumbró a dos
niños gemelos, por primera vez en la historia de la
Familia Real, que fueron bautizados como Carlos Francisco
de Paula y Felipe Francisco de Paula. Ambos morirían
aquel mismo año: Carlos, el 18 de octubre, y Felipe, el
11 de noviembre.
Un año después nació el príncipe de Asturias, Fernando,
coronado como Fernando VII, y el 29 de marzo de 1788 lo
hizo Carlos María Isidro, que a la muerte de su hermano
Fernando disputaría la sucesión al trono a su sobrina
Isabel II, desencadenando las cruentas guerras carlistas.
Asombraba la extraordinaria fecundidad de la reina
María Luisa, que a sus treinta y siete años había
padecido cuatro abortos y alumbrado a diez hijos. Pero
aún tendría seis abortos más y daría a luz en otras tres
ocasiones: la primera, el 16 de febrero de 1791, cuando
nació la infanta María Teresa, fallecida a los tres años
en El Escorial a causa de la viruela; otra más, el 28 de
marzo de 1792, con el alumbramiento del infante Felipe
María Francisco, fallecido también prematuramente el 1 de
marzo de 1794; y la última, cuando contaba cuarenta y
siete años de edad, saldada con el nacimiento de otro
infante, Francisco de Paula Antonio, el 10 de marzo de
1794.
En total la reina tuvo ¡diez abortos y catorce partos!
Pero el destino se encargó de que en 1794 tan sólo
quedaran con vida siete de los catorce hijos.
El infante Francisco de Paula, siguiendo la tétrica
«tradición» de sus padres y antepasados, perdió a tres de
sus hijos prematuramente: Francisco de Asís de Borbón y
Borbón (6-5-1820/14-11-1821), Eduardo de Borbón y Borbón
(4-4-1826/
22-10-1830), y Fernando de Borbón y Borbón (15-4-1832/
17-7-1854).
Su hermano, el rey Fernando VII, heredó también la
maldición de los hijos muertos. Su primera esposa, María
Antonia de Borbón Lorena, era prima hermana suya, dado
que era hija del rey Fernando, hermano de Carlos IV, y de
María Carolina de Austria. La desdichada María Antonia de
Borbón murió con sólo veintidós años, dejando tras de sí
dos malogrados embarazos. Su suegra, la reina María
Luisa, relató a Godoy con demasiada expresividad y mal
gusto el primero de esos abortos, registrado el 22 de
noviembre de 1804:[/b]


Sigue....


Última edición por jane el 07 Sep 2008 17:54, editado 2 veces en total

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 Asunto:
NotaPublicado: 07 Sep 2008 17:50 
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Registrado: 26 Mar 2008 18:57
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Esta tarde he presenciado el mal parto de mi nuera, con
algunos dolores y poca sangre pues toda ella no equivale a
la mía mensual de un día: la bolsita muy chica y el feto
más chico que un grano de anís chico y el cordón es como
una ilacha de limón o abridero de esos filatosos con
decirte que el Rey ha tenido que ponerse anteojos para
poderlo ver…
El siguiente aborto, acaecido el 18 de agosto de 1805,
fue de características muy similares. Probablemente este
frustrante historial ginecológico influyera decisivamente
en el desarrollo de la tuberculosis que llevó a la reina
a la tumba.
Fernando VII, dotado de un voraz apetito sexual,
heredado de sus antepasados, se dispuso entonces a
celebrar otro matrimonio consanguíneo, como mandaba la
tradición borbónica, y se desposó con su sobrina carnal,
Isabel de Braganza, hija de su hermana Carlota Joaquina y
del rey Juan VI de Portugal.
El 21 de agosto de 1817, la nueva reina alumbró a una
niña, de nombre María Isabel Luisa, que murió
irremediablemente al cabo de cuatro meses y medio, el 9
de enero de 1818. Preocupado por su descendencia,
Fernando VII volvió a colocarse
un almohadón perforado en su miembro viril, dado el
descomunal tamaño de éste (macrogenitosomía, en términos
médicos), para poder practicar el coito con su esposa, a
la que dejó de nuevo embarazada. Pero otra vez lució la
mala estrella en los momentos decisivos en la vida de los
Borbones de España: el 26 de diciembre de 1818 hubo que
practicar una cesárea a la reina para extraerle una hija
muerta, con tan mala fortuna que la madre también murió
cuando sólo contaba veintiún años.
Desesperado por la falta de descendencia, Fernando VII
volvió a contraer matrimonio consanguíneo, esta vez con
su prima y sobrina segunda, la princesa María Josefa
Amalia de Sajonia, de sólo quince años. Pero la
bestialidad con que el monarca trató a su ingenua esposa
en la noche de bodas despertó en ella para siempre la
frigidez y, como consecuencia de ésta, la infecundidad
durante los diez años que duró el matrimonio, hasta la
muerte de la reina cuando contaba veinticinco años.
Aquella horrible velada, en la que la reina, presa del
pánico y la repugnancia, llegó a orinarse en la cama e
incluso a hacerse sus necesidades mayores, malogró
irremediablemente las ansias del soberano por conseguir
un heredero.
Sólo su cuarta esposa, María Cristina de Borbón y
Borbón, que era su sobrina por ser hija de su hermana
María Isabel, casada con el rey de Nápoles Francisco I de
las Dos Sicilias, le dio el fruto que con tanta premura
ansiaba. Tras consumar salvajemente el matrimonio con una
violación, la reina quedó embarazada y dio a luz a la
princesa de Asturias, la futura Isabel II, a la que
siguió, dos años después, la infanta Luisa Fernanda.
Casada con su primo hermano Francisco de Asís de Borbón,
a quien más de uno llamaba despectivamente «Paquita» por
su carácter afeminado, Isabel II hará de tripas corazón
para seguir adelante con su matrimonio arreglado por
razones de Estado. No en vano la propia reina contaría
años después al embajador de Alfonso XIII en París,
Fernando León y Castillo, que la ropa interior de su
marido tenía más encajes y puntillas que la de ella.
El propio Gregorio Marañón decía de él que, a causa de
su deformación genital, tenía que «orinar en cuclillas,
como si fuera una mujer». Y así lo canta una copla
popular:
Paco Natillas
es de pasta flora
y se mea en cuclillas
como una señora.
Sea como fuere, lo cierto es que el 12 de julio de 1850
Isabel
II dio a luz a un varón que apenas vivió una hora, a
causa de la asfixia que probablemente sufrió durante el
parto.
Minutos después se hizo desfilar a la criatura
fallecida, sobre una bandeja de oro con cojín de seda,
ante el cuerpo diplomático. El médico de cámara, Juan
Francisco Sánchez, confirmó la defunción del príncipe de
Asturias ante los congregados: «Habiéndose anunciado el
parto con insidiosa lentitud, el feto se presentó en una
posición viciosa que ha sido la causa de su muerte,
después de haber recibido agua de socorro y sin que hayan
alcanzado a conservarle la vida todos los auxilios del
arte: el príncipe de Asturias, pues, está muerto».
La maldición de este hijo muerto se quiso inmortalizar
en la pintura. Existen en el Patrimonio Nacional tres
retratos de este malogrado príncipe: uno macabro, que
muestra el cadáver del recién nacido, y otros dos,
exactos ambos, de la criatura muerta, pero vestida. En la
Exposición Nacional de Retratos, celebrada en Madrid en
1902, se exhibió el óleo de Emilia Carmena Primer hijo de
la Reina Dª Isabel II (muerto al nacer).
El cadáver del recién nacido fue enterrado sin nombre:
PRINCEPS ELISABETH II FILIUS. Y en letras de mármol se puso
la siguiente inscripción: OBIIT UT PRIMUM NATUS («Murió al
poco de nacer»).
En 1851 la reina volvió a dar a luz, esta vez a una
niña que fue bautizada con el nombre de María Isabel
Francisca de Asís y que sería conocida popularmente como
«la Chata» por su insignificante nariz, impropia de su
casta. Se rumoreó entonces que el padre era en realidad
el favorito de la reina, el comandante y gentilhombre
José Ruiz de Arana, razón por la cual a la recién nacida
se la llamaba «la Araneja».
Pero poco le duraría la alegría a Isabel II, porque de
su tercer parto, el 5 de enero de 1854, nació una infanta
que vivió tan sólo tres días y fue llamada María
Cristina. Su cuerpo exánime quedó expuesto en la Real
Capilla desde las diez de la mañana del día 9 de enero,
para ser trasladado a El Escorial, donde tantos cadáveres
de infantes había ya enterrados, el 12 de enero. Un
testigo del solemne funeral quedó impresionado por «la
rígida carita de cera de la infanta, yaciendo en
tranquilo sueño, inconsciente de los honores regios que
se le tributaban»; y añadió que tuvo la «absurda
impresión» de que debía de sufrir con el frío y las
tinieblas del sepulcro real.
Se conserva un retrato fúnebre de esta infantita, a la
que se pintó yaciente, con fondo ajardinado, mientras un
ángel la subía al Cielo. Sobre su sepultura puede leerse
aún: MARIA CHRISTINA, ELISABETH II FILIA.
Al triste acontecimiento siguió un aborto y, casi dos
años después, el alumbramiento de otro niño muerto a
quien no dio tiempo de poner nombre. El 21 de junio de
1856, Isabel II sintió de nuevo la terrible punzada del
destino al dar a luz a otro niño muerto, de nombre
Francisco de Asís y Leopoldo.
Por fin, el 28 de noviembre de 1857 la reina tuvo un
varón que garantizaba la sucesión: el futuro Alfonso XII,
cuya paternidad algunos historiadores, como Ricardo de la
Cierva, han atribuido al apuesto capitán de Ingenieros
Enrique Puigmoltó y Mayans. De hecho, en su día al recién
nacido se le puso el sobrenombre de «el Puigmoltejo».
El séptimo parto, casi dos años después, fue otro duro
golpe para la reina, madre esta vez de una infanta
bautizada como María Concepción Francisca de Asís, que
falleció antes de cumplir los dos años de edad, el 21 de
octubre de 1861.
Prolífica como su abuela María Luisa de Parma, la reina
Isabel
II alumbró a su octavo hijo el 4 de junio de 1861:
una infanta llamada María del Pilar Berenguela, que
moriría a la temprana edad de diecisiete años.
Al año siguiente nacería la infanta Paz, futura esposa
del príncipe Luis Fernando de Baviera; y el 12 de febrero
de 1864 lo haría la infanta Eulalia, casada a su vez con
el infante Antonio María de Orleáns, hijo de los duques
de Montpensier.
Finalmente, el hado tenía reservado a Isabel II otro
cruel infortunio: la muerte de un infante, Francisco de
Asís Leopoldo, antes de cumplir el mes. Su balance
obstétrico fue desolador: de la docena de partos que
tuvo, sólo cinco hijos sobrevivieron.
A su hermana, la infanta Luisa Fernanda, también le
acompañó la desgracia. Su hijo Fernando de Orleáns y
Borbón, nacido el 29 de mayo de 1859, falleció a punto de
cumplir los catorce años a causa de un ataque de
sarampión, mientras estudiaba en un internado francés. El
hermano de éste, Felipe de Orleáns y Borbón, tampoco
nació con el signo de la suerte, falleciendo sin haber
cumplido los dos años de edad, mientras que un tercer
hermano, Luis, murió a los siete años.
Tras la Revolución de 1868, que mandó a Isabel II al
exilio en París, el breve paréntesis de la Primera
República, y el consiguiente reinado de Amadeo I de
Saboya, se produjo la Restauración en la persona de
Alfonso XII, quien, como su madre, se enfrentó a la peor
tragedia del hombre: la muerte. Su primera esposa, María
de las Mercedes de Orleáns y Borbón, prima hermana suya
por ser hija de la infanta Luisa Fernanda, hermana de su
madre, falleció a los dieciocho años de fiebres
tifoideas, dejando tras de sí la amarga estela de un
aborto.
Se buscó entonces para Alfonso XII otra mujer que
pudiera darle un sucesor, y pronto se eligió para tal fin
a María Cristina de Habsburgo-Lorena, hija del archiduque
Carlos Fernando y de su prima la archiduquesa Isabel de
Austria-Este-Módena. Como era ya práctica habitual entre
los Borbones, sobre todo a raíz de los cuatro matrimonios
celebrados por su abuelo Fernando VII, el rey Alfonso XII
tuvo que solicitar la dispensa eclesiástica para poder
desposarse con su nueva mujer, dado que entre ellos
existía el cuarto grado de consanguinidad.
Sobre la descendencia de la reina María Cristina,
segunda esposa de Alfonso XII, se cerniría también la
desgracia. La hija mayor y hermana del futuro Alfonso
XIII, Mercedes, falleció en plena juventud, con dieciocho
años, al dar a luz a su hija Isabel Alfonsa, a causa de
una peritonitis que no se supo diagnosticar. Una vez más
los médicos nada pudieron hacer contra el cruel sino.
Por si fuera poco, uno de los hijos de la princesa
Mercedes, de nombre Fernando de Borbón y Borbón, que
había nacido un año antes de la muerte de su madre, el 6
de junio de 1903, falleció también a los dos años de
edad.
Tampoco se libró de un trágico final la otra hermana de
Alfonso XIII, la infanta María Teresa, casada, cómo no,
con su primo Fernando de Baviera. La desgraciada, que
contaba ya con tres hijos, murió de forma súbita, antes
de cumplir los treinta años, tras sufrir una embolia una
semana después de alumbrar a la infanta Pilar.
El insigne doctor P. Jacoby señalaba a finales del
siglo XIX las terribles consecuencias de las uniones
consanguíneas:
Las familias en vías de degeneración desaparecen en
parte a consecuencia de excesos y de vicios, como el
alcoholismo, los excesos sexuales; en parte, por el
suicidio, el crimen; pero, sobre todo, a consecuencia de
la falta de vitalidad, falta que se manifiesta por la
esterilidad, por una gran mortalidad de los hijos en la
infancia y por casos frecuentes de muerte prematura en
general, de manera que de los numerosos hijos (se
comprueba generalmente en los miembros de estas familias,
junto a la esterilidad de los unos, una gran fecundidad en
los otros), sólo quedan con vida dos o tres, muriendo los
otros en la infancia o en la adolescencia.
En honor a la verdad añadiremos que la aterradora
mortalidad infantil, aun en los alcázares, era
consecuencia también del discreto progreso de la medicina
en aquella época. Felipe II conservó así un solo hijo
varón, mientras que Felipe IV quedó sin descendencia
masculina, viéndose obligado a contraer nuevas nupcias
para obtener un heredero que, sin embargo, también se
malogró, devorado por la maldición de los hijos muertos.
«Esta mortalidad infantil —advertía el doctor Izquierdo
en pleno siglo XX— se ha reducido en proporciones tales,
que muy otra hubiese sido la historia de España de
existir entonces los conocimientos que hoy poseemos.»
La infección puerperal, siniestra sombra de la
maternidad, probablemente influyó en la Historia
Universal más que todas las batallas, tratados y
revoluciones. De esta dolencia sucumbió la emperatriz
Isabel, al igual que María de Portugal e Isabel de
Valois. «¿Cuál hubiera sido el destino de España de tener
Felipe II uno o varios hijos normales con cualquiera de
ambas esposas?», se preguntaba el doctor Izquierdo.
La viruela, enfermedad que ha sido vencida con el paso
de los años, acabó prematuramente con la vida del
príncipe Baltasar Carlos y después con la de Luis I,
cambiando en ambos casos el curso normal de la Historia.
Con semejante historial médico no era extraño que el hijo
póstumo de Alfonso XII desarrollase desde sus primeros
años cierta neurosis sobre su salud, acrecentada aún más
si cabe por el fallecimiento de su padre a causa de la
tuberculosis y, por supuesto, tras la inesperada muerte,
por infarto, de su adorada madre, la reina María
Cristina, el 8 de febrero de 1929.
Dieciocho años antes, el periódico norteamericano World
Magazine daba cuenta, en su edición del 28 de mayo de
1911, de algo que en el círculo íntimo del soberano ya se
sabía: la obsesión de Alfonso XIII por una especie de
maldición que pendía amenazante sobre él, asociada a un
tal doctor Moure y a un mes especial del año, mayo, que
era el de su nacimiento.
El 14 de mayo de 1905, el monarca había escuchado, desesperanzado,
el comentario del doctor Moure sobre la
tuberculosis que padecía: «La condición del rey no
responde enseguida al tratamiento», advirtió el
especialista, y la frase se clavó en la mente del
soberano. Cuatro años después, cuando el rey volvió a
visitarle en su consulta de Burdeos, el médico fue
incluso más lejos y aventuró que el monarca sufría algún
tipo de trastorno depresivo como consecuencia de
preocupaciones y disgustos.
Pero quien mejor le conocía era, sin duda, su propia
esposa. El historiador británico Gerard Noel, perspicaz
biógrafo de la reina que logró entrevistarse con la
infanta Beatriz de Borbón y Battenberg y con su hermano
el conde de Barcelona, relataba una anécdota muy
reveladora, según la cual Victoria Eugenia
se quedó muy sorprendida cuando, una tarde, en su
saloncito privado, vio aparecer al rey terriblemente
pálido y turbado. La reina jugaba en aquel momento con su
primogénito Alfonso, del cual tuvo que hacerse cargo la
institutriz de inmediato. Don Alfonso se dejó caer de
rodillas y estuvo una hora rezando, como si de esa forma
pretendiera alejar los malos presagios. Después lloró
desconsoladamente durante más de otra hora, mientras
Victoria Eugenia intentaba, azorada, remediar la patética
escena. Finalmente preguntó al rey qué le pasaba. Don
Alfonso tardó en contestar. Pasados unos minutos, se
acercó a un pequeño escritorio, dispuesto a dar rienda
suelta a su persistente fatalismo, y terminó por estampar
esta especie de calendario en un trozo de papel:
Mayo 17-1886, nacimiento
Mayo 14-1905, Doctor Moure
Mayo 31-1906, casamiento
Mayo 10-1907, nace el primer hijo
Mayo ? ? ?
Los signos de interrogación en la última línea parecían
trazados con gran dolor de su corazón, como si estuviera
en trance de agonía y pretendiera alejar de sí las
inquietantes brumas de un futuro aterrador; como si, en
definitiva, en lo más profundo de su ser presintiera ya
el nacimiento de su hijo muerto, sobrevenido el día 21 de
mayo, cómo no, de 1910."


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NotaPublicado: 07 Sep 2008 18:19 
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Leído así, del tirón...es bastante escalofriante ;) Pero, en realidad, no tiene nada de particular considerando el largo trayecto histórico que está cubriendo ese artículo. Lo cierto es que ahora las mujeres podemos temer los abortos espontáneos en el principio de embarazo, que se producen con relativa facilidad, o casos que se dan pero no son tan frecuentes, como por ejemplo los embarazos ectópicos...pero el miedo al parto en sí y sobre todo al período postparto se ha perdido en gran parte debido al increíble avance de la obstetricia. Antaño, las tasas de mortalidad durante el parto eran elevadas, tanto para las mamás como para los bebés...y me atrevería a jurar que también había un altísimo porcentaje de muertes después del parto, en el puerperio. Muchos niños se malograban a edades tempranas.

Me ha sorprendido que no se mencione apenas el aborto de la reina Mercedes. En general, es verdad que se atribuyó la muerte de la jovencísima soberana a fiebres tifoideas, pero uno de los médicos de confianza que la trataron confesó a sus allegados que la reina se moría porque le habían legrado malamente su aborto, provocándole una infección interior que fluía a pasos agigantados a través de la sangre...algo parecido a una brutal septicemia.


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NotaPublicado: 07 Sep 2008 20:47 
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Registrado: 03 Mar 2008 16:43
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llevo la maldicion un poco mas alla. Se decia que los judios, expulsados por los Reyes Catolicos, realizaron conjuro por el que maldijeron a los Reyes de España y a su descendencia, su dinastia no perduraria. Ya sabemos lo que ocurrio despues. La muerte del principe Juan, el heredero, que solo tuvo tiempo de procrear una hija muerta. Isabel, la siguiente, moriria poco despues de dar a un al heredero de todos los reinos de la peninsula: Miguel, quien a su vez no tardaria mucho en reunirse con su madre. Catalina, la gran reina de Inglaterra, tuvo tres hijos muertos y dos abortos y, por ultimo, el desconocido infante Pedro, el benjamin de los Reyes y que apenas duro dos años.

Con la extincion de los Trastamara termina la ultima dinastia de reyes españoles. La llegada de los Habsburgo nos lanza, nos precipita, a las luchas continentales, a las revueltas internar, a la miseria... Malditos, ya lo creo. Es facil jugar a las posibilidades, pero si el principe Juan, Miguel o Pedro hubiesen sobrevivido hoy tal vez fuesemos un pais muy diferente. Pero esa es otra historia...


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NotaPublicado: 08 Sep 2008 12:40 
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Me encanta este tema...No sólo sería para tratar a los Borbones...sino en general, la monarquía española y su descendencia...Me gustaría , a ser posible, intentar hacer una comparativa de los infantes muertos y los hijos iégítimos vivos...quiero decir¿habría correlación entre la muerte de infantes, reinas con el tratamiento médico?¿sobrevivieron mejor los hijos ilegítimos que no tuvieron tanta atención por parte de los doctores de la época?

Tuve un profesor de historia que estaba convencido de que las campesinas morían menos de parto que las reinas...a las que los médicos de la época ayudaban, con la mejor de las intenciones claro, a morir, con mucha más seguridad debido al celo que ponían en intentar curarlas...La mayor parte de las veces, lo único que conseguían eran abocarlas a un destino fatal irremediablemente...
Si quereis también podríamos tratar aquí , la condición física o mental de algunos infantes....
El hecho de que Maria de las Mercedes murió a consecuencia de ese aborto, es probablemente, la causa que manejan con más seriedad los historiadores actuales..Realmente, debo confesar que no tengo datos para posicionarme ni de un lado, ni de otro...


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 Asunto: Re:
NotaPublicado: 02 Ago 2011 12:52 
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Registrado: 27 Jul 2011 15:11
Mensajes: 897
Ubicación: España
Lamballe escribió:
llevo la maldicion un poco mas alla. Se decia que los judios, expulsados por los Reyes Catolicos, realizaron conjuro por el que maldijeron a los Reyes de España y a su descendencia, su dinastia no perduraria. Ya sabemos lo que ocurrio despues. La muerte del principe Juan, el heredero, que solo tuvo tiempo de procrear una hija muerta. Isabel, la siguiente, moriria poco despues de dar a un al heredero de todos los reinos de la peninsula: Miguel, quien a su vez no tardaria mucho en reunirse con su madre. Catalina, la gran reina de Inglaterra, tuvo tres hijos muertos y dos abortos y, por ultimo, el desconocido infante Pedro, el benjamin de los Reyes y que apenas duro dos años.

Con la extincion de los Trastamara termina la ultima dinastia de reyes españoles. La llegada de los Habsburgo nos lanza, nos precipita, a las luchas continentales, a las revueltas internar, a la miseria... Malditos, ya lo creo. Es facil jugar a las posibilidades, pero si el principe Juan, Miguel o Pedro hubiesen sobrevivido hoy tal vez fuesemos un pais muy diferente. Pero esa es otra historia...


No tenía ni idea de la existencia de otro hijo varón de los Reyes católicos, ¿qué le pasó a ese infante llamado Pedro?

Si había oido hablar de lamaldición de los judíos que fueron expulsados tanto de España como de Portugal y que fue por imposición de la Infanta Isabel a Manuel I de Portugal como requisito para ser desposada.

Pero esta maldición se prolongó durante el reinado de los Austrias favorecida por la endogamia existente y por las malas praxis médicas de aquella época, que en su tiempo eran lo más pero que vistas desde los ojos del S. XXI, no solo eran arcaicas y primitivas, sino que a veces eran hasta crueles. Me imagino colocándome por ejemplo unas cuantas sanguijuelas para "depurarme" la sangre de malos humores y me quedo muerta de ver eos bichitos sobre mi. :shock:

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Princesa Celta


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 Asunto: Re: LA MALDICIÓN DE LOS HIJOS MUERTOS
NotaPublicado: 20 Feb 2017 22:03 
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Registrado: 20 Feb 2017 09:35
Mensajes: 7
Claro! También estaría muy chuli encontrar pruebas de hernias o venéreas de la realeza. Con suerte, ¡lo mismo encontramos alguna eco con un quiste maligno!

BESIS


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 Asunto: Re: LA MALDICIÓN DE LOS HIJOS MUERTOS
NotaPublicado: 23 Feb 2017 20:58 
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Registrado: 26 Mar 2008 18:57
Mensajes: 9582
cerribero escribió:
Claro! También estaría muy chuli encontrar pruebas de hernias o venéreas de la realeza. Con suerte, ¡lo mismo encontramos alguna eco con un quiste maligno!

BESIS


Vas a alucinar si se te ocurre volver a entrar y ves el hilo de los retratos de la realeza muertos jajajajaaja. Saludos, firmado la "psicópata" jajajaaja


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