Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: Re: Historia verdadera del más famoso castellano.
NotaPublicado: 18 Dic 2015 18:58 
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Siguiendo la Historia Roderici, Alfonso recibió al Cid con todos los honores y juntos cabalgaron hasta las cercanías de Granada. Por desgracia, esta pareja está condenada a no entenderse nunca…

El monarca levantó el Real (Campamento de un ejército, y especialmente el lugar donde está la tienda del rey o general. RAE dixit) en una zona montañosa llamada Elvira, una ciudad próxima a Granada, en las inmediaciones de la actual Atarfe, que sucumbió en el siglo XI en el marco de las persecuciones contra judíos y cristianos mozárabes, así que no os molestéis en buscarla en el mapa porque no la encontraréis. El lugar es, eso sí, una mina para los arqueólogos y ha sido excavado en varias ocasiones. A los foreros granadinos, y otros admiradores de la ciudad, les sonará la Puerta de Elvira, del siglo XI, principal acceso medieval de la ciudad. Se llama así evidentemente porque el camino que pasa por debajo del arco iba directamente a la ciudad en la que acampó el rey de León.

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En cambio Rodrigo, que anda fino de olfato para la estrategia militar como todos sabemos, acampó con su mesnada en la llanura, justo delante del campamento de su señor, para proteger con los suyos al monarca de cualquier ataque directo que pudiese acontecer. Y va Alfonso y en vez de aceptar con amabilidad el gesto de Campeador, dispuesto a comerse un marrón de frente y por las bravas, para darle tiempo a él a reaccionar, o a escapar si se tercia… digo que va… ¡y se mosquea! :shock: Algo así como: “pero quién se cree este que es para ofendernos de esta manera, viene todo el camino con la cabeza gacha siguiendo nuestro cortejo y comiéndose el polvo que levantan nuestras cabalgaduras, como corresponde a un vasallo, y ahora va y con toda su cara dura osa poner sus tiendas delante de las mías”

Y llegados a este punto, Alfonsito ya te vale. Entiendo que al principio de tu reinado mirases al de Vivar con precaución por si se convertía en ídolo de la facción castellana contra los de León. Vale que tu corte era, y sigue siendo, un nido de serpientes con más veneno encima que una docena de víboras del Gabón y te comen el tarro sin parar. Vale que lo de no aparecer cuando lo avisaste te mosquease, que fue un error sin malicia de Rodrigo, pero error al fin y al cabo. Pero a estas alturas de la historia no hay excusas que valgan: la envidia te corroe, a ti solito y sin ayuda. Es el mejor caballero de la cristiandad, el mejor estratega, el mejor con la espada, el jinete más experto, es una leyenda viva por sus propios méritos, se ha ganado un señorío por sí mismo (y sin necesidad de andar conspirando contra sus propios hermanos, como otros), sus hombres le respetan, las mujeres se desmayan de la emoción a su paso y los niños de mayores quieren ser como él. Y sus cofres repletos de oro relucen más que el sol. Y a ti eso te toca soberanamente la moral porque ya quisieras tú, pero no llegas, chavalín. Todos esos cortesanos que asienten y acusan a Rodrigo de arrogante, lo denigran por presuntuoso y lo condenan por su audacia, no te están comiendo la cabeza, ni te predisponen contra él. Esta vez la canción la has comenzado tú solito y ellos sólo corean el estribillo. Así que ya te vale, las excusas que pones en las crónicas tipo “todo es culpa de las intrigas de la corte”, no hay quién se las crea.

Dicho esto el rey pasó 6 días en Elvira, rezumando rencor contra Rodrigo de marujeo con sus cortesanos, cuando se enteró de que Yusuf se había retirado de la ciudad dejando a su primo al mando con una buena fuerza de apoyo. Vamos que Alfonso se había puesto en marcha contando con patear el trasero de un califa, cosa que le parecía digna de un rey, y se encontraba con que este se había largado y se tenía que contentar con patear, si es que podía hacerlo, a un general normal y corriente. Viendo que las tropas acantonadas en Granada tampoco parecían muy por la labor de salir de las murallas, optó por volver a Toledo sin una buena batalla en la que descargar toda la violencia contenida así que no cabalgaba solo, todo su resentimiento cabalgaba con él y, una vez acampados en Úbeda, le dio rienda suelta poniendo a Rodrigo de vuelta y media en su cara, con expresiones airadas y nada suaves. Me imagino que al principio el Cid puso cara de “y este de qué va, qué mosca le habrá picado,” pero viéndose rodeado de cortesanos envidiosos y un rey que se exaltaba cada vez más y que sólo deseaba una excusa para ponerlo de patitas en una mazmorra, aguantó el chaparrón con toda la dignidad del mundo y sin decir prácticamente ni mu. Por la noche se retiró a su zona del campamento cerca del río, rodeado de sus fieles, y permaneció vigilante hasta el amanecer, por si acaso la cosa se ponía al rojo vivo.

Esa triste mañana Rodrigo vio que muchos de sus soldados se habían pasado a las filas de Alfonso VI, el cual había levantado el campamento y se había puesto en marcha hacia Toledo, dejándole atrás. El Campeador, más triste que molesto, se puso en marcha con sus menguadas tropas hacia tierras valencianas.

Así que lo siento por la reina Constanza, su idea era buena y la reconciliación merecía el intento. No contaba la soberana con la testosterona de su marido, en plena efervescencia después de preparar con gran cuidado una campaña y subir los impuestos para financiarla, para al final llegar a Granada y descubrir que el pichón que iba a cazar descansaba tranquilamente en Ceuta, muy lejos de su alcance. La frustración del rey la pagó Rodrigo, aunque sigo pensando que no hay excusa que valga y que el motivo subyacente de su irritación es pura y dura envidia :mrgreen:

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 Asunto: Re: Historia verdadera del más famoso castellano.
NotaPublicado: 09 Feb 2016 18:41 
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Mientras tanto el pichón, el emir Yusuf quiero decir, planeaba desde África seguir deponiendo a los reyes de taifas después de librarse de los dos hermanos, el rey de Granada y el gobernador de Málaga. Los señores de Badajoz y de Sevilla, viendo las barbas de sus vecinos pelar, se habían rebajado a felicitar efusivamente al emir por su campaña pero a éste seguía sin convencerle la laxitud con la que los preceptos islámicos se observaban en territorio hispano.

Finalmente encomendó la tarea al general Sir ibn Abu Bark, su propio sobrino, que se lanzó a la conquista de Sevilla y Badajoz, enviando a sus lugartenientes a Ronda, Almería y Córdoba. Entre diciembre de 1090 y la primavera de 1094 Yusuf se hace con el poder en toda al-Andalus exceptuando la taifa de Zaragoza y los territorios de Levante que protegía nuestro protagonista. Pese a las angustiadas peticiones de socorro de sus antiguos aliados, es poco lo que Alfonso VI pude hacer. Sí es cierto que Alvar Fáñez intentó ayudar al rey se Sevilla en el verano de 1091, pero su mesnada fue vencida por los almorávides en Almodóvar del Río tras un durísimo combate. Precisamente en el castillo de esa localidad se había refugiado la célebre Zaida, viuda del heredero de la taifa de Sevilla que había muerto defendiendo su señorío de Córdoba, y en la plenitud de su belleza a sus veintipocos años

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Fueron las tropas en retirada de Alvar Fáñez las que la escoltaron a Toledo. Alfonso VI la acogió, se enamoró, se casó con ella hacia el 1100 tras su conversión al cristianismo con el nombre de Isabel (la reina Constanza había fallecido en 1093, poco después el rey se había casado con una tal Berta que murió en 1099) y ella le proporcionó el ansiado heredero, Sancho Alfónsez, hacia 1094 (quien fue legitimado a posteriori tras el matrimonio de sus padres) Siempre me he preguntado cuántas de estas mujeres cambiaban “de bando” convencidas o si sólo era cuestión de supervivencia. En este caso parece que hubo más de lo segundo que de lo primero, habida cuenta de que Isabel continuó viviendo exactamente igual que había vivido siendo Zaida: rodeada de escritores andalusíes, vistiendo a la usanza mora, hablando familiarmente el árabe y no el latín y, lo que es más importante, poniendo todas esas cosas de moda en la propia Corte toledana (incluso entre los clérigos, de los cuales muchos eran mozárabes)

En el avance almorávide se perdió la última posición que Alfonso conservaba en al-Andalus, el castillo de Aledo, siendo Rodrigo el único cristiano de la Península afincado en territorio musulmán. Evidentemente el Cid debía contemplar todos estos eventos desde la distancia con honda preocupación, no hay que ser muy listo para suponer que él iba a ser el siguiente. Decidido el Campeador a establecerse en territorios valencianos para asegurar su defensa, elige un lugar donde establecer su cuartel general: la llamada Peña Cadiella, donde levantará un castillo con todos los servicios que una mesnada pudiese desear, rodeado de inexpugnables murallas. No queda gran cosa de las torres y baluartes de Rodrigo, pero si deseáis buscar la Peña Cadiella os diré que se encuentra en un paraje llamado La Carbonera, a la sombra de la sierra Benicadell, en el límite de los términos municipales entre Otos y Beniatjar.

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Nuestro caballero dotó su castillo de numerosa guarnición y concentró en ella toda clase de armas y pertrechos para resistir, llegado el caso, un prolongado asedio. Desde lo alto de las torres podía divisar la ciudad de Valencia, unos 70 km hacia el norte, y hacia el este Denia a unos 45 km. Desde otra atalaya, a menos de 5 km de este castillo, se veía también Játiva. Un lugar perfecto desde el punto de vista estratégico, sin duda, ya que controlaba las dos únicas formas de llegar a Valencia desde el sur: por la costa, vía Denia, y por Alcoy vía Játiva.

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 Asunto: Re: Historia verdadera del más famoso castellano.
NotaPublicado: 10 Feb 2016 01:36 
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Nadie en la Península era insensible al peligro almorávide. Es por eso que al-Mustain, rey de Zaragoza, solicitó una entrevista con Rodrigo a finales de 1091 con el fin de firmar una paz y una alianza contra el enemigo común. Este movimiento diplomático causó fuerte alarma en el rey Sancho Ramírez de Aragón, que se apresuró a enviar su propia embajada al Campeador y, más tarde, tuvieron un encuentro personal al que también asistió el príncipe Pedro, quien a sus 23 años ya era probado guerrero y contaba con la confianza de su padre en asuntos de gobierno. El tratado de paz y amistad de Sancho y Rodrigo incluía otro entre Aragón y Zaragoza de forma que los tres se comprometían para defenderse en común de los almorávides.

Así pues Rodrigo está muy satisfecho consigo mismo durante su estancia en Zaragoza, puesto que parece su único frente abierto es contra los invasores africanos, ya que sus dos enemigos naturales se han hecho sus colegas (qué remedio les quedaba). ¿Quién le iba a decir a nuestro protagonista que el peligro inesperado e inmediato, que amenaza con destruir la obra de toda su vida, vendría de la parte de Alfonso VI? Al monarca leonés le molesta la existencia de un protectorado ajeno a su poder en una zona de influencia de Castilla así que su plan es bien sencillo: una expedición que sustituya el gobierno de Rodrigo por el suyo propio. Para asegurar el éxito buscó la colaboración por tierra del conde de Barcelona, quien sólo atacaría Tortosa (taifa de Lérida) y así no incumpliría su tratado con el Cid, y por mar de las flotas de Génova y Pisa.

En verano de 1092 Alfonso se pone en marcha y, acampando en Puig, exige a todos los castillos del reino valenciano que le entregasen a él las parias que usualmente pagaban al de Vivar. Pues que nuestro protagonista ya no es vasallo del monarca leonés, está en su derecho de responder a este ataque con toda su furia. Y sin embargo, una vez más, renuncia a ese derecho, no acude a proteger Valencia y se limita a escribir a Alfonso quejándose de los daños y la injuria que le infería la actitud de su antiguo rey. También le insta a que deje de escuchar los malos consejos que provienen de su entorno y asegura que, aunque no se vea capaz de levantar la mano contra el que es su señor natural, ninguno de esos perversos y retorcidos cortesanos estará a salvo de su ira. Por suerte para nuestro protagonista, las cosas se le estaban torciendo al leonés: las flotas de Génova y Pisa tardaron tanto en llegar que la hueste se quedó sin comida por lo que tuvieron que volver, humillados y muertos de hambre, a Castilla.

Don Rodrigo nunca amenaza en vano y, mientras los castellanos vuelven a sus casas con las orejas gachas, él aumenta su mesnada con efectivos musulmanes de Zaragoza poniendo la vista en un único objetivo: su némesis el conde García Ordóñez, su viejo amigo, aquel que se convirtió en su peor pesadilla al creerse humillado en Sevilla. Puesto que desde 1076 era gobernador de La Rioja hacia allí dirige sus ataques el Cid, entrando por Calahorra y Nájera, conquistando Logroño a la que arrasó en un incendio, arrebatando todas las riquezas de las tierras por las que pasaba. La paciencia de nuestro protagonista estaba tan agotada que dio rienda suelta a su crueldad, provocando una devastación sin precedentes entre la población local. Mientras García Ordóñez convocó a todos sus parientes y aliados para enfrentarlo, reuniendo un ejército de consideración pero, juzgando que no sería suficiente para vérselas contra el mejor caballero de la cristiandad, dio media vuelta a la altura de Alberite y dispersó las tropas. Rodrigo no paró de reírse en todo el camino de Alfaro a Zaragoza.

Por cierto que el fuero de Logroño fue otorgado por Alfonso VI en 1092 pese a que esté redactado, firmado y sellado en 1095 ¿Por qué lo sabemos? Porque termina con esta frase: Y yo, Alfonso rey, confirmé esta carta cuando fui en persona a socorrer al conde García en Campo Jerumi en Alberite… o sea, justo antes de huir con el rabo entre las piernas en vez de enfrentarse al Cid.

Y llegados a este punto, después de muchas idas y venidas, de malentendidos y broncas, de cotilleo e intrigas cortesanas, de campañas fracasadas y de condados devastados, Alfonso VI abre los ojos, deja de lado sus filias y sus fobias personales y empieza a actuar como se espera de un rey. Primero: después de haberlo visto en persona comprende la dificultad, por no decir imposibilidad, de controlar la comarca levantina sin la presencia del Campeador. Segundo: Rodrigo es el mejor guerrero y estratega de la Península, lo ha demostrado por activa y por pasiva, y ya no se pueden poner excusas ni negarlo. Tercero: la capacidad de convocatoria de Rodrigo es inmensa y su prestigio le permite poner en pie de guerra a una mesnada enorme y, lo que es mejor, perfectamente entrenada y mantenida por las parias que cobra.

Es hora, Alfonso, de que te rindas a la realidad y admitas que tu esposa Constanza tiene razón (la pobre tuvo la fortuna de ver sus deseos de reconciliación cumplidos un año antes de morir) Así, olvidando los pasados conflictos y agravios, envió a Rodrigo su perdón y el anuncio de que volvía a contar con la más amplia gracia y generosidad del monarca, reconociendo su parte de culpa en todo este entuerto por haber escuchado malos consejos. Además, todas sus posesiones castellanas estaban de nuevo a su disposición. En el verano de 1092 recibió Rodrigo la noticia e hizo saber a su señor que le alegraba que hubiese dejado de prestar oídos a las malas lenguas de la Corte y que nunca dudase de sus servicios a la corona.

Rodrigo estará muy feliz, pero entre una cosa y otra lleva mucho tiempo lejos de Valencia. El avance de los almorávides ponía nerviosa a la población mientras que alegraba a los residentes musulmanes. El Cid era cristiano sin lugar a dudas, pero no muy dado a tocarle las narices a los demás por sus otras confesiones, se conformaba con cobrarles un impuesto por ejercer su fe y punto. Sin embargo, los hombres que había dejado al cargo de la ciudad eran un poquito menos diplomáticos que él y, tanto los recaudadores como el señor obispo, se entretuvieron en fastidiar las buenas relaciones con la comunidad musulmana y un partido pro-almorávide empezó a salir a la luz. Probablemente lo mismo estaba sucediendo en Zaragoza y por eso Rodrigo permanecía allí, intentando calmar los ánimos, sin poder poner rumbo a Valencia para hacer lo propio en sus tierras.

La prolongada ausencia del Cid permitió que el cadí Ibn Yahhaf enviara emisarios al general almorávide Ibn Aisa, quien había conquistado Murcia recientemente, asegurando que tanto él como otras personalidades de la ciudad le abrirían las puertas de Valencia encantados de la vida y que, de paso, el tenente de la ciudad de Alcira y 19 de sus mejores hombres también se unían a su alianza. Ibn Aisa entró en el territorio, causando gran destrozo, y llegando a las puertas de la ciudad que atravesó gracias a la traición del cadí. Mientras, éste y sus colegas habían asesinado al rey Al-Qadir el 28 de octubre de 1092, aquel que había entregado la vieja capital visigoda al monarca leonés a cambio del señorío de Valencia, el nieto del rey de Toledo Al-Mamún, aquel buen amigo de Alfonso que le había dado cobijo de la ira de su hermano Sancho cuando era un príncipe exiliado. Realmente Al-Qadir era una sabandija cobarde que sólo buscaba su interés, humillándose ante unos y otros y haciéndose amigo de todos. De hecho, sus asesinos lo pillaron en el harén disfrazado de mujer cuando trataba de huir :XD: Sorprendente es que hubiese conseguido sobrevivir tanto y, sin embargo, a Rodrigo no le hizo gracia que se cargasen a su marioneta real.

Para los amantes de las joyas de este foro os diré que se dice, se cuenta, se rumorea, que Al-Qadir, tras vestirse de mujer para escapar de los ojos vigilantes de sus enemigos, ciñó sus ropajes con un valiosísimo cinturón de piedras preciosas y perlas que había pertenecido a Zobeida, esposa del califa abasí de Bagdag Harún al-Rashid, un hombre culto que fue autor de Las Mil y una Noches. Su esposa y su Corte protagonizan muchas de las historias. También es famoso por haber recibido una embajada de Carlomagno en el año 807 enviando al Emperador, como regalo, las llaves del Santo Sepulcro. El extraordinario ceñidor de perlas llegó a manos de Abd-al-Rahman II, y pasó de mano en mano de sus descendientes, hasta derrumbarse el califato cuando pasó al rey de Toledo al-Mamun quien se lo entregó a su hija y ella a su hijo Al-Qadir. Además se habla de oro y plata y arcones repletos de piedras preciosas (no sé yo si es muy práctico huir cargando con arcones, claro que el rey de Valencia era famoso por su codicia y quizá el retraso provocado por sus ansias de reunir estos tesoros provocó finalmente su muerte)

El caso es que este asesinato dejó al cadí Ibn Yahhaf dueño de la ciudad. El tipo, que no era muy listo, comenzó a pavonearse muy satisfecho dándose aires de rey, dio orden de ampliar y mejorar sus casas, colocó a dedo a parientes y amigos aún más inútiles que él para llevar la administración de la ciudad, se paseaba rodeado de escoltas en lujosos ropajes y no era muy amable con el alcaide y los hombres que los almorávides habían dejado para proteger el alcázar, no es que los maltratase pero sí los ninguneaba. Los que fueron víctima de sus malos modos fueron los amigos y sirvientes del rey asesinado que, hasta la coronilla del cadí, huyeron por el camino hacia Zaragoza en busca de Rodrigo.

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 Asunto: Re: Historia verdadera del más famoso castellano.
NotaPublicado: 13 Feb 2016 20:52 
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Cuando Rodrigo cabalgaba de Zaragoza a Valencia aquel noviembre de 1092 al frente de su mesnada el paisaje no podía ser más desolador: cinco años de trabajo y lucha se habían ido a la porra en presencia de los jinetes almorávides. Había perdido Valencia, sus hombres puestos en fuga, su monigote real asesinado, su campamento abandonado y saqueado y todos los castillos pasaban a estar bajo obediencia de su enemigo. Estamos como al principio: un caballero que sólo cuenta con su espada y la fidelidad incondicional de un grupo de hombres que le siguen pese a que los lleve a enfrentarse con un enemigo que en pocos años se ha hecho con toda la España musulmana, excepto Zaragoza. No es mucho así que Rodrigo acogió de buena gana el refuerzo que suponían los partidarios del rey asesinado.

Nuestro protagonista se enfrenta a su primer obstáculo cuando el alcaide de la fortaleza de Yubayla le cierra la puerta en las narices.

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No es mucho lo que queda del castillo de Yubayla, también llamado castillo de Cebolla, pese a que fue un enclave de gran importancia ya que protegía el acceso norte de la ciudad de Valencia, siendo el origen del actual municipio de El Puig. Rodrigo no tiene más remedio que asediar la plaza, pese a que no le queda mucho con qué alimentar a su propia tropa. Mientras, aprovechó para mandarle una carta al cadí Ibn Yahhaf al que reprochaba la gran traición cometida y el deshonroso trato que había dispensado al cuerpo de su señor tras su asesinato (tiró la cabeza a una laguna y el cuerpo a un basurero).

Estar atento a este asedio, que se está alargando más de lo previsto inicialmente, no impide al Campeador ocuparse de otras cosas, de hecho está casi obligado si quiere conseguir víveres para su tropa. Es imprescindible volver a recuperar la relación de cooperación y sumisión de otros tenentes de la zona a quienes se dirigió solicitando avituallamiento. Todos respondieron positivamente y enviaron víveres sin rechistar, tal era el prestigio militar del Cid que conseguía que todos se plegasen de inmediato a sus exigencias. Rodrigo también enviaba frecuentes expediciones de saqueo a lo largo de las tierras valencianas en busca de almorávides, ordenando a sus hombres respetar las vidas y los bienes de los campesinos. Actuaba el Cid con visión de futuro ya que necesitaba que esas gentes continuasen su labor para que, una vez recogida la cosecha, requisar su parte. De esta manera, en un futuro habría comida para los labradores y la tropa. De la otra, no habría más que hambre para todos.

Mientras el cadí, muy en su papel de reyezuelo de Valencia, reúne una tropa con los caballeros que solían ser vasallos de su víctima, algunos almorávides y el grupo de guerreros de Denia que habían apoyado la invasión de éstos. Sin embargo, Ibn Yahhaf seguía haciendo de menos al alcaide valenciano, a quien no consultaba nada ni contaba con él para nada, pretendiendo ser el dueño absoluto de la ciudad. Esta actitud empezó a mosquear a los almorávides y a las antiguas familias nobles de Valencia, que se erigieron en un frente de resistencia al cadí. Sus problemas se multiplicaban ya que su tropa de 300 no conseguía frenar las incursiones de la mesnada del Campeador, que llegaba a aventurarse en los entornos de la ciudad hasta tres veces al día causando grandes bajas que tenían a Valencia en un duelo permanente.

En realidad a Ibn Yahhaf se le estaban abriendo frentes por todos los lados. Por uno Rodrigo, que aprovechándose de la ambición del cadí ladinamente le propone ser señor de Valencia como lo fue Al-Qadir bajo su protecorado. Enterado de esto, el aguacil empieza a retener suministros a la mermada tropa valenciana por miedo a que se los entreguen al Campeador, lo que hace que los caballeros de Denia quieran largarse para dejar de pasar hambre. Además, el general almorávide Ibn Aisa que está en Murcia no para de preguntar dónde anda la parte del tesoro valenciano que le corresponde por conquista y que pretende enviar al emor Yusuf para armar un nuevo ejército. Apremiado por las insistentes peticiones de riquezas Ibn Yahhaf envía a África una pequeña parte y, desde luego, no la mejor ya que esa se la había reservado para sí. Sin embargo, las tropas del Cid que patrullaban la zona interceptaron la embajada y se hicieron con el botín.

Finalmente la fortaleza de Yubayla se rindió tras 8 meses de asedio. Rodrigo puso un alcaide de confianza, reparó la fortaleza, construyó nuevas murallas y pobló la villa con gentes de toda la comarca. Corre el mes de julio de 1093 y el Cid se aproxima a la ciudad de Valencia. Asentadas las tiendas al pie de las murallas, la mesnada de nuestro protagonista intensificará la presión de sus incursiones por la zona. Arrasó las aldeas circundantes e incendió los molinos y los barcos del río. Cercó la ciudad e hizo derribar todas las torres de vigilancia, las edificaciones y casas de los arrabales extra muros, aprovechando los materiales para la construcción de la villa de Yubayla. De esta manera, el terreno despejado le permite controlar cualquier intento de entrada o salida de la plaza sitiada.

La Valencia medieval

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Empezó atacando el barrio de Villanueva, causando muchos muertos, derribando casas y apoderándose de todo cuanto encontró. Al día siguiente le tocó al barrio de Alcudia, donde Babieca (o como se llamase su caballo) tropezó y el Cid cayó al suelo desmontado. Pese a ese incidente, consiguió otra montura y sus mandobles siguieron causando espanto entre los musulmanes. Mientras, una parte de su tropa atacaba a la vez la puerta de Alcántara no consiguiendo por poco atravesar las murallas. Ante semejante violencia, los residentes de Alcudia solicitaron la paz al Campeador quien, contento por el desarrollo de los acontecimientos, les ofreció toda clase de garantías respecto a su seguridad y se avino a todas las condiciones solicitadas. De esta forma, esa misma noche los cristianos tomaron posiciones en este barrio del extra radio y los hombres de Cid se hicieron cargo de la vigilancia, asegurándose de que ninguna violencia se cometiese contra los vecinos. Rodrigo eligió a uno de los moradores como su representante y le aseguró que podían seguir dedicándose a sus trabajos con plena libertad mientras que él sólo les exigiría el diezmo conforme a la ley del Corán.

De esta manera, el cerco sobre Valencia se volvió asfixiante y los ciudadanos se sentían muy angustiados. Nadie hacía mucho caso de los pocos almorávides que residían en la ciudad y éstos nos sabían muy bien qué hacer ya que la ayuda solicitada al emir no llegaba. Reunidos en una asamblea los valencianos, los almorávides y los pocos que quedaban de la tropa reunida por el Cadí, resolvieron que la única forma de sobrevivir era llegar a un acuerdo, cualquier acuerdo, con Rodrigo. Éste les dijo que no habría arreglo si no expulsaban a los almorávides de la alcazaba, éstos aburridos de la situación no pusieron objeciones y respondieron que no veían la hora de largarse de esa ciudad de la que estaban hartos. Así se redactó el convenio firmado en agosto de 1093 por el que los almorávides salían de Valencia con la protección del Cid, el Cadí abonaría a Rodrigo el importe de los víveres que le había robado para su tropa, los valencianos volverían a pagarle sus parias tal y como lo hacían antes de la muerte de Al-Qadir, el arrabal de Alcudia pasaba a ser posesión exclusiva del Campeador y el campamento de su mesnada tendría Yubayla como cuartel general. Es más, haciendo gala de su proverbial chulería, Rodrigo ofrece a los valencianos una tregua que duraría todo el mes de agosto por si quisieran enviar emisarios a solicitar la ayuda del emir Yusuf.

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 Asunto: Re: Historia verdadera del más famoso castellano.
NotaPublicado: 15 Feb 2016 03:57 
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Por supuesto que Yusuf mantenía un ojo sobre lo que estaba sucediendo en Valencia, famosa por su fertilidad, comarca muy rica y poblada, poseedora de abundantes explotaciones agrícolas. En principio se limitó a enviar una airada misiva a Rodrigo, en la que le ordenaba que cesara cualquier intento de arrebatar la ciudad al Islam. A nuestro protagonista no le sentó muy bien el tono de la carta así que respondió con su habitual chulería y burla y, por si fuera poca la humillación del emir, envió una copia de su provocativa respuesta al resto de reyes cristianos. El Cid solía ser un hombre prudente en estas cuestiones pero ahora se encuentra en un momento de euforia tras comprobar que basta su presencia para que la mayoría de sus enemigos se rindan sin llegar a luchar.

Mientras el Campeador descansa en su campamento base de Yubayla, donde ya había levantado una rica villa con grandes almacenes de víveres para la tropa y recibe las primeras compensaciones económicas de su victoria, llegan rumores de que los almorávides se están organizando para caer sobre Valencia y sólo esperan a que Yusuf atraviese en Estrecho. El primer movimiento de nuestro protagonista es advertir al cadí Ibn Yahhaf que, si le traiciona abriendo las puertas de la ciudad a sus enemigos, debe tener en cuenta que estos nunca le permitirán ser un señor como lo era entonces, libre en sus decisiones excepto por los pagos de las parias. Si permanece fiel a Rodrigo, éste se asegurará de que mantenga su poder intacto.

Tras recordar al cadí que lo tiene en su puño, no queda más que la tensa espera sino fuera por un episodio que estuvo a punto de costarle la vida al de Vivar, dejándonos con la historia a medias. Ya sabemos que Ibn Yahhaf no era santo de devoción de nadie en el reino, su situación era muy precaria y él no hacía más que desprestigiarse con sus actos arbitrarios. Si no fuese por Rodrigo probablemente ya se lo habrían cargado. El caso es que al señor de Santa María de Albarracín le tocó tanto las narices la actitud del cadí que decidió tomar medidas, buscando una alianza con el príncipe Pedro de Aragón, al que prometió enormes sumas de dinero si le ayudaba a tomar Valencia. Hacía muy poco que este reyezuelo había firmado un pacto de alianza con el Cid y éste no se tomó muy bien el intento de traición. No me explico por qué esta gente no era más discreta con sus intrigas, al final Rodrigo siempre se enteraba de todo. El caso es que él sí sabe cómo mantener en secreto una operación, reuniendo todo el avituallamiento a escondidas y sin comentar con nadie cuál era su objetivo. La mesada partió una noche, sin saber dónde se dirigían hasta casi el final, cuando el Campeador llegó a tierras de Albarracín y ordenó a sus hombres que arrasasen todo a su paso. Y vaya si lo hicieron ya que la población no se esperaba el ataque ni por lo más remoto y no habían tomado las medidas habituales: reunir el ganado y sus más valiosas pertenencias y buscar refugio en castillos, cuevas, bosques o montañas. Rodrigo se llevó vacas, ovejas, yeguas, todos los cereales panificables y multitud de siervos. Con ello convirtió su villa de Yubayla en la más rica de la zona y aún sobró para mandar a su arrabal de Alcudia.

Probablemente la euforia del saqueo, sumada a un toque de chulería por lo fácil de sus victorias en los últimos tiempos, volvió al Campeador imprudente. Una docena de caballeros enemigos tuvieron la suerte de toparse a Rodrigo rodeado de pocos hombres. Nuestro protagonista no se amilanó ante la desventaja numérica y personalmente dio muerte a dos musulmanes antes de caer muy gravemente herido de un lanzazo en la garganta. Muchos días pasó el caballero entre la vida y la muerte y hasta tres meses fueron necesarios para que se recuperase totalmente de sus heridas.

Mientras el Cid estaba convaleciente, llegaron noticias de un ejército almorávide que estaba ya en Lorca acaudillado por Abu Beker Ibn Ibrahim al-Lamtuni, el yerno del propio emir Yusuf quien, por estar enfermo, no pudo acudir en persona. Eso puso muy nervioso al cadí Ibn Yahhaf puesto que los sectores pro almorávides de la ciudad de Valencia empezaban a revolucionarse. Es por ello que acude a reunirse con Rodrigo, acompañado de los alcaides de Játiva y Corbera, y juntos firman una carta en la que previenen al general enemigo de que el Cid está en buenos términos con el rey de Aragón, que éste acudirá en su ayuda y que se piensen muy mucho lo de atacar porque lo más probable es que se vean ante mil caballeros cristianos cubiertos de hierro. Además Rodrigo pide a Ibn Yahhaf que le regale una almunia (una casita de recreo) con su huerta en el arrabal de Villanueva, muy cerca de la capital. Cuando la noticia de ese obsequio llegase a los almorávides, creerían que los musulmanes de la ciudad habían accedido a este regalo para que el Cid estuviese más cerca de ellos y así el Campeador pretendía disuadir a sus enemigos de atacar pensando que estaban faltos de apoyos en el interior de Valencia.

En realidad lo único que consiguió Rodrigo apropiándose de esa casa es cabrear más a los musulmanes de la villa, encabezados por la familia Ibn Wayib, que se la tenía jurada al cadí. Espoleado por las voces en contra de su pacto, Ibn Yahhaf decidió cerrar puertas y poner guardias en la muralla dejando a Rodrigo fuera. Éste, consideró rota su alianza y volvió a poner cerco a la ciudad en diciembre de 1093. Sin embargo, la situación es peor que el año anterior ya que el ejército almorávide había llegado a Játiva al mando del general Abu Beker.

Enero de 1094. Rodrigo reúne a su mesnada en el arrabal de Rayosa y planea su estrategia. Siguiendo sus órdenes, todos los puentes sobre el río Guadalaviar son derribados y la vega inundada por las aguas de forma que ningún ejército tuviese un paso transitable hasta su campamento, excepto por un camino estrecho. Las hogueras del enemigo son visibles esa noche cuando acampan a los pies de la torre Racef, en Almusafes, a 20 km de Valencia.

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El Cid en persona divide a sus hombres en dos grupos y les ordena mantenerse en formación cerrada en todo momento. Mientras los valencianos se ponen de acuerdo para que, en el momento en que los dos ejércitos se enfrenten, ellos salgan de la ciudad y ataquen la retaguardia cristiana y saqueen su campamento. Se respira tensión de un lado y alegría ante una victoria casi segura del otro y al final… ¿os he dicho que el Cid nació con buena estrella? Porque una cosa es que tú seas un estratega y un guerrero fuera de serie y otra cosa es que hasta los cielos te ayuden cuando te vienen mal dadas. Aquella noche se desencadenó una tormenta como no se había visto hasta entonces, trombas y trombas de agua que obligaron a los almorávides a abandonar su campamento y retroceder, para consternación de los musulmanes valencianos. De hecho, el pánico cundió en la ciudad ante la enormidad de su error puesto que habían provocado a Rodrigo y ahora se lo encontraban de nuevo a las puertas de sus murallas, acompañado de una mesnada muy muy enfadada tras pasar la noche en vela y en tensión por su culpa.

El de Vivar cerró aún más el cerco e intensificó el acoso al que sometía a los habitantes de los arrabales valencianos. La escasez de comida se empezaba a notar en el interior y los precios por la que quedaba se dispararon. Rodrigo ordenó vaciar el extra radio de todo lo que fuese útil, evacuar a la poca población que quedaba y arrasarlo. El entorno de Valencia se convirtió en un solar sin una sola casa en pie, excepto aquellas a las que alcanzaban los arqueros de las murallas a las que prendieron fuego. Mientras esperaban a que la plaza se rindiera, la tropa cidiana se dedicó a cavar los cimientos y suelos de las casas arrasadas, descubriendo muchos escondites de tesoros y de trigo. Aparte de ocasionales escaramuzas en las murallas, no había mucho más que hacer que tener paciencia: los cristianos a que el hambre hiciese su trabajo y los musulmanes a que Ibn Aisa, gobernador de Al-Andalus en nombre de Yusuf, los socorriese lo antes posible. Al menos Rodrigo estaba entretenido asegurando la prosperidad del Alcudia, su arrabal personal sito al otro lado del río, construyendo tiendas y mercados hasta hacer de este pueblo uno de los más ricos de la zona. La verdad es que los musulmanes del lugar no tenían quejas, vivían seguros bajo el protectorado del Cid quien administraba justicia con rectitud, utilizando la ley coránica en sus casos y teniendo en cuenta sus usos y costumbres al solucionar los conflictos. No abusaba de ellos y no los oprimía lo más mínimo.

En ese momento llega un mensajero de Denia para decir que los almorávides se habían largado a su tierra y que no merecía la pena esperarlos más. Los alcaides de los castillos del entorno se acercaron humildemente al Campeador a ponerse, una vez más, bajo su obediencia y protectorado. Éste les pide ballesteros para terminar de una vez por todas con el cerco y ni uno osa negarse. De esta manera queda Valencia absolutamente aislada, sola y abandonada por sus aliados y su población al borde de la muerte. Ibn Yahhaf no para de explicar a quien quiera que le escuche que, de haber seguido sus consejos y aceptar su pacto con el Cid, no estarían como están. El pueblo le escuchaba ahora con agrado volviendo su odio a la familia Ibn Wayib, a quienes tenían por violentos incapaces de estar a bien con nadie.

A nuestro protagonista le da igual los dimes y diretes del interior de la ciudad, mantiene su presión en el exterior y allí no entra ni sale una mosca sin su permiso. Los valencianos, desesperados, se reúnen para pedir perdón al destituido cadí suplicándole que vuelva a tomar en sus manos las riendas del gobierno y pacte una solución con Rodrigo. Ibn Yahhaf se hizo de rogar unos cuantos días, sabiendo que la familia de sus enemigos aún tenía bastantes partidarios, pero cedió en algún momento de marzo de 1094. Se reunió con el Campeador para ofrecerle de nuevo las parias de siempre, sin embargo éste aumentó sus exigencias, pidiendo al cadí que expulsase de la ciudad a los Ibn Wayib y sus partidarios, culpables de traición con los almorávides. El cadí recomendó a Rodrigo que se acercase a las murallas y de viva voz pidiese a los ciudadanos la expulsión de sus enemigos y este lo hizo, asegurando que contarían siempre con su protección y volverían a ser la rica y próspera ciudad que habían sido con el difunto Al-Qadir. Recomendó a los habitantes mirar por su propio interés, sabiendo que encontrarían la exigencia excesiva ya que suponía dejar de lado a una de las familias con mayor prestigio y partidarios. Tanto tardaron el decidirse que Ibn Yahhaf perdió la paciencia y, con un grupo de leales, apresó al jefe de la casa enemiga y más tarde al resto de los miembros y los llevó a presencia del Campeador, antes incluso de que sus conciudadanos fuesen conscientes de lo que pasaba.

Comenzó entonces la deliberación entre Rodrigo y su cadí para redondear el acuerdo hasta en los más pequeños detalles. Sabía nuestro protagonista que su interlocutor aún guardaba la mejor parte del tesoro robado al rey que había asesinado y quería una parte para cubrir los costes del asedio. Además, para mayor seguridad pidió que fuese su almojarife el que cobrase sus parias y que no le llegasen a través de Ibn Yahhaf. Por último, pidió a su hijo como rehén (práctica común en la Antigüedad y la Edad Media, estos niños no eran tratados como cautivos ni sirvientes sino que se les educaba en la casa conforme a su rango) Eso fue demasiado para él, fingió acceder pero al día siguiente se negó a entregar al niño. Rodrigo estalló respondiendo que su amistad estaba rota y a partir de ahí nació una profunda aversión entre ambos.

Se volvió entonces hacia sus prisioneros, los Ibn Wayib, honrándolos y suministrándoles todo lo necesario con gran lujo pensando que en un futuro le serían de utilidad. Reanudó las hostilidades contra la ciudad de Valencia donde la falta de comida hacía que la mortandad fuese terrible y la miseria del pueblo espantosa. Las fuerzas del Cid combatían duramente acercándose cada vez más a los muros mientras Ibn Yahhaf vivía en el mundo gominola, de espaldas a su pueblo y como un rey de antaño, rodeado de trovadores y poetas.

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NotaPublicado: 16 Feb 2016 02:44 
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El hambre asola la villa. Perros, gatos y ratas se convierten en los manjares más buscados, caballos, burros y acémilas son un plato de lujo. Presionadas por el hambre, las mujeres esperan las escaramuzas en las murallas cuando se abren las puertas de la ciudad. En ese momento cogen a sus hijos y corren hacia los cristianos y, si sobreviven, son apresadas para convertirse en siervas pero al menos se les servirá un plato de comida. A veces estaban tan deterioradas por el hambre que tras hartarse de pan y vino morían de la indigestión. A los jóvenes más vigorosos los vendían a los mercaderes que llegaban por mar de todos los países mediterráneos. Y no, no es que Rodrigo sea más o menos salvaje que sus contemporáneos o que la barbarie sea cosa de los hombres medievales pre-revolución francesa y redacción de la carta de los derechos humanos, como he leído en algún sitio. La guerra es una putada, en cualquier época y lugar, y la gente hace lo que sea por sobrevivir. Da igual Valencia en 1094, que las tropas de Napoléon en Moscú en 1812, Kosovo en 1999 o Alepo ahora mismo, en todos esos sitios la gente se comporta exactamente igual. Se hace lo que se puede para seguir adelante y punto.

En medio de una escaramuza, Ibn Yahhaf consiguió hacer salir un emisario con una carta para el rey de Zaragoza en la que pedía ayuda para la angustiada ciudad. Después de tres semanas de ignorar al mensajero, el monarca le respondió que poco podía hacer sin ayuda de su aliado Alfonso VI a quien había enviado noticias de la situación, y que intentasen aguantar lo más posible hasta que ellos pudiesen organizarse, pero con calma. Vamos, que les estaba dando largas educadamente. El cadí ocultó esa respuesta a su pueblo a quienes ordenó conservar víveres para 15 días, tiempo en el que él estimaba que llegaría la ayuda, y darle a él el resto para mantener a sus fuerzas para que estuviesen en condiciones de ayudar en la liberación. En esos momentos ya no quedaban animales, ni hierbas o raíces, ni botas de cuero que comer y, los más pobres entre los pobres, estaban ya recurriendo al canibalismo.

El cadí siguió mandando misivas a Zaragoza tan a menudo como podía y el rey respondía que se estaban organizando, que Alfonso había respondido positivamente y que el conde García Ordóñez estaba reuniendo una gran caballería. Que no se preocupasen más que de aguantar en la medida de lo posible. Éstas eran en realidad cartas que trataban de mantener calmados a los notables de la ciudad de Valencia, en privado el monarca había advertido a Ibn Yahhaf que no esperase nada de él, excepto una carta solicitando a su aliado Rodrigo que no apretase tanto a la población valenciana, pero el cadí no lo entendió o no quiso hacerlo y siguió esperando la ayuda.

Nuestro protagonista mientras tanto colmaba de honores a su cautivo, el alfaquí Ibn Wayib, quien se puso en contacto con los partidarios que aún tenía en el interior de la ciudad para intentar una sublevación que acabase con el cadí y abriese las puertas de la ciudad. El motín quedó en nada porque la población que Ibn Wayib esperaba que le apoyase, se quedó encerrada en casa muerta de miedo. Eso dio tiempo a Ibn Yahhaf para reaccionar y llegarse a las puertas de la ciudad, donde encontró a su enemigo el alfaquí con unos pocos de sus hombres y los hizo presos. Decidió enviarlos a Zaragoza con los pocos de sus soldados que aún conservaban un caballo como prueba de buena fe con su rey, puesto que aún creía que la ayuda iba a llegar de ese lado.

Mientras el pueblo se caía muerto por la calle y ya eran cientos los que huían para dejarse apresar por Rodrigo quien empezó a desconfiar de tanto escapado, creyendo que dejaban a los pobres y a los débiles largarse a propósito para mantener dentro de las murallas a los más fuertes con los víveres que quedaban y seguir resistiendo. Por algunos de estos siervos se enteró de que la ciudad estaba casi al límite de sus fuerzas y, temiendo que los almorávides decidiesen volver, se impacientó y decidió atacar con un gran grupo de hombres pensando en que podía desbaratar la defensa. Sin embargo, la puerta llamada de La Culebra (número 2 del mapa) aguantó el golpe puesto que la debilitada población echó el resto a base de piedras y saetas sobre los cristianos.

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El Campeador decidió pues que la única solución era rendir Valencia por hambre y ordenó a su pregonero gritar a las murallas que no recibiría más cautivos y que aquel que tratase de huir de la villa, sería quemado en la hoguera. Era ésta práctica común en un asedio ya que, de otro modo, los sitiados intentaban prescindir de bocas inútiles para la resistencia (en el asedio a Jerusalén del año 70, Tito Vespasiano los crucificó en vez de churruscarlos). A pesar de la advertencia, muchos seguían descolgándose por los muros. Si el Cid no se enteraba, sus hombres intentaban sacar beneficio a escondidas de la venta de esos siervos. Si el jefazo se daba cuenta, se elevaba una pira y se les quemaba ante las murallas de la ciudad para que los valencianos fuesen espectadores de primera fila. Sin embargo también he de advertiros que Rodrigo tenía fama de, como decirlo, “humanitario” y este tipo de actuaciones no era propia de él. De hecho, el historiador musulmán Ibn al-Kardabus atribuye estos excesos, muy a su pesar, no a la mesnada del Cid sino a las tropas musulmanes auxiliares que se le habían unido. Y lo dice un musulmán, que no es sospechoso de querer descargar las culpas de los cristianos. A esos viles compañeros de religión los llamó dawair, “tornadizos”, o sea chaqueteros.

Mientras en Valencia sólo quedaban cuatro animales: la mula del cadí, el caballo de su hijo, un caballo de otro noble señor y un mulo de otro. El pueblo estaba tan exhausto que no conseguía ni subir a las murallas. De entre los supervivientes, la persona con mayor prestigio era el poeta Abu Walid al-Waqasi, alfaquí, sabio doctor en la ley, filósofo o como queráis llamarlo, es lo mismo. Los valencianos se pusieron en sus manos y al-Waqasi consiguió convencer al cadí para que dejase el gobierno en sus manos y, por el bien de todos, tratase de llegar a un acuerdo con el Cid

Rodrigo nombró a otro sabio alfaquí, Ibn Abduz, para que fuese su intermediario en las conversaciones puesto que era un hombre de confianza del Cid pero también conocido de al-Waqasi. Ambos hombres lograron un principio de acuerdo: los valencianos podrían enviar correo solicitando ayuda al rey de Zaragoza y al general almorávide de Murcia y dispondrían de 15 días para esperar respuesta, pasado ese tiempo sin noticias deberían entregar la ciudad al Campeador. Ibn Yahhaf quedaría al frente del gobierno igual que antes, con todas las seguridades, pero el recaudador de las rentas de la villa sería el alfaquí Ibn Abduz, hombre de confianza del Cid. Además sería nombrado alguacil un tal Muza, que contaba con la aprobación de todos, para guardar las puertas junto a tropas mozárabes, es decir cristianos, residentes en Valencia. Rodrigo residiría en Yubayla y no intervendría en las leyes, fueros ni moneda de los vencidos. Firmado y aprobado el 2 de junio de 1094 de forma que los 15 días de plazo terminarían el 17 de ese mes.

Diez hombres salieron de Valencia, cinco fueron a Zaragoza y otros cinco embarcaron hacia Denia desde donde llegarían a Murcia. Mientras, la población esperaba acuciada por el hambre aunque con más ánimos. La ciudad no se entregó hasta el último momento del último día de plazo, cuando abrió sus puertas y aparecieron tras ellas los ciudadanos famélicos. Los hombres del Cid tomaron posiciones seguras en la villa, les seguían los vendedores de los arrabales con todo tipo de alimentos mientras que los pobres se lanzaron a los campos circundantes a desenterrar hortalizas. Así terminaba un asedio de 6 meses

El 16 de junio de 1094, entró Rodrigo y subió a la más alta de las torres como acto simbólico de la toma de Valencia. Acudieron los vecinos a recibirlo y él los saludó con respeto mandando a sus soldados cerrar las ventanas que daban hacia la ciudad, de forma que los cristianos no violasen con su mirada la intimidad de las casas musulmanas desde la altura. Estos soldados eran mozárabes, cristianos pero nacidos y criados entre los moros, de forma que hablaban su lengua y conocían sus costumbres para poder respetarlas sin cometer un error. Los ciudadanos valencianos se sintieron muy conmovidos ante este detalle de gentileza por parte de Rodrigo. Así era entonces la guerra, puede que ayer los quemase vivos por ser sus enemigos pero, una vez rendidos, se imponía la cortesía y el honor.

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 Asunto: Re: Historia verdadera del más famoso castellano.
NotaPublicado: 16 Feb 2016 04:15 
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Cuatro días después, 19 de junio de 1094, se reunió el Cid con todos los notables de la ciudad y los alcaides de los castillos de los entornos y les soltó un discurso. No voy a transcribirlo entero pero básicamente venía a decir que si él, un simple infanzón, se veía señor de Valencia sería por voluntad de Dios y que, si no fuese justo en su gobierno, seguro que el Señor se la arrebataría. Así que, en consecuencia, prometía respetar las leyes de los vencidos, sólo recaudaría el diezmo y todos los lunes y jueves estaba dispuesto a escuchar y mediar en sus pleitos pero, si el asunto fuera grave, podían acudir a él en cualquier momento ya que no era hombre de perder el tiempo con mujeres como hacían los anteriores señores de Valencia. Además se comprometía a respaldar a aquellos a los que Ibn Yahhab había arrebatado sus bienes para que los recuperasen. Mientras los valencianos respeten y cumplan su parte del traro no habrá problemas y si antes se hubiesen rendido, no hubiesen padecido tamaña hambruna. Para cualquier trato comercial que quieran hacer con sus hombres, los encontrarán en el barrio de Alcudia ya que Rodrigo les tiene prohibido entrar en Valencia y, si quieren contactar con él, lo encontrarán en una casa junto al puente de Alcántara porque tampoco el Campeador quiere residir en la ciudad para no molestarles con su presencia.

Y así, todos contentos. La verdad es que el discursito suena a programa de gobierno político pero de entrada Rodrigo está dispuesto a cumplir. Con el que no está nada contento es con el viejo cadí, pese a que le había prometido inmunidad. Son tantas las acusaciones de abusos que se vierten contra él que nuestro protagonista no puede mantenerse indiferente. Recuerda entonces que aún le debe parte del tesoro arrebatado al asesinado rey al-Qadir, a lo que Ibn Yahhaf responde que de ese botín no queda nada y que está dispuesto a jurarlo. El Cid advierte que si encuentra una sola joya de esas en su posesión se lo hará pagar con su vida y acto seguido manda apresarlo junto a todos los que habían tomado parte en el regicidio. Los señores de la ciudad pidieron que la vacante de cadí (es decir, el juez) la ocupase el alfaquí al-Waqasi, el que había mediado en las negociaciones de rendición.

Habiendo cumplido el Campeador tan bien su parte del trato, y sintiéndose seguros de su generosidad, aceptan que éste venga a vivir al alcázar, dentro de los muros de la villa. Rodrigo planta su pendón en la torre más alta un mes después de la rendición de la ciudad.

Mientras, ordenó a su prisionero Ibn Yahhaf hacer una lista de todas sus posesiones. A partir de lo consignado en ella, Rodrigo comprobó las discrepancias entre lo declarado y lo real, sobre todo cuando después de cavar en la casa del prisionero empezaron a aparecer sacos de monedas y piedras preciosas. Expuso el caso en una sesión pública ante el nuevo cadí que admitió que, según las leyes de su religión, un regicida y perjuro merecía la muerte apedreado pero su hijo, por su corta edad, debía ser perdonado. Accedió Rodrigo siempre y cuando el chiquillo residiera fuera de Valencia. Y así terminó sus días el cadí avaricioso que se creyó señor de la villa.

Y a todo esto ¿qué es de los almorávides? Al emir Yusuf le sentó como una patada en los higadillos que el de Vivar ganase Valencia, no por ser cristiano ojo, sino por ser un simple capitán de fortuna el que conquistase la Joya de Levante. Además nuestro protagonista no se quedó quieto, fuera del territorio de su protectorado era muy libre de seguir saqueando y eso empezaba a fastidiar a los de Denia, que se quejaron al emir. Tras deliberar con su consejo, nombró gobernador general de Al-Andalus a su sobrino Ibn Texufin a quien proporcionó un ejército de cuatro mil jinetes. El 13 de septiembre de 1094 se encontraban ya en Algeciras celebrando el ramadán. En Granada se le sumaron otros contingentes andalusíes.

Conforme le llegaban las noticias del avance, Rodrigo tomaba medidas defensivas. Reforzó y abasteció castillos, reconstruyó las dañadas murallas de Valencia y rellenó hasta los topes los almacenes de víveres para resistir un largo asedio. Incorporó más tropas a su mesnada tanto de cristianos como de musulmanes reclutados en todo su señorío y ordenó el desarme de la población islámica para que no cayesen en la tentación de unirse al enemigo. Por si acaso, evacuó de la villa a aquellos que tenían aire de bravucones y sólo permitió volver a sus casas a los debiluchos. Alojó a toda su tropa tras los muros para terror de los civiles.

La hueste musulmana acampó en Cuarte, a unos 7 km de distancia de Valencia. Es el 14 de octubre de 1094. Resulta evidente que los almorávides son superiores en número, lo que agrada a la población musulmana de fuera de las murallas tanto como a la de dentro y pone nerviosos a los hombres que Rodrigo acaba de contratar, pero no a su mesnada de siempre, esos lo conocen bien y saben que el Cid aún puede sacarse un as de la manga. Y vaya si lo tiene, la batalla de Cuarte fue un prodigio de movilidad y astucia, una de las mejores de toda la Reconquista y un ejemplo de cómo Rodrigo Díaz de Vivar sabía mucho, pero mucho, del arte de la guerra. Primero expulsa de la villa a las mujeres y a los niños quienes, como él suponía, fueron a refugiarse con los almorávides y, de paso, a consumir parte de sus recursos. Por cierto que mucho hablar de los bárbaros cristianos, pero gran parte de esas chicas desaparecieron antes de llegar a los soldados del centro del campamento en manos de los arrieros, los siervos negros y de comerciantes ambulantes, quienes abusaban de ellas.

Durante 10 días dieron vueltas los almorávides a las murallas buscando una brecha, el mismo tiempo que un Rodrigo imperturbable rumiaba su plan maestro. Tras ese tiempo sin actividad, los musulmanes se encuentran aburridos y apáticos y comienza a darse un ligero desorden, e incluso deserciones, sin que Ibn Texufin se entere, atrincherado como estaba en su tienda y confiando en su superioridad numérica. El Cid hizo correr el rumor de que había pedido ayuda a Alfonso VI y a Pedro de Aragón, cosa que contribuyó aún más al nerviosismo general entre sus enemigos. Otros diez días más de espera y el Campeador cree que los almorávides están lo suficientemente hartos, bajos de moral y muy mal dirigidos, como para que su idea surta efecto.

Cierta noche organizó una salida nocturna simulando una huida, pero en realidad los jinetes fueron río arriba, abrieron las compuertas de todas las acequias y convirtieron el campo en un cenagal. El 25 de octubre de 1094, ante un enemigo desconcertado y con barro hasta las rodillas, el Cid protagoniza una carga suicida contra la masa almorávide. Esperad... no... se dan la vuelta hacia Valencia a mitad de cabalgada (los almorávides ya están mareados) y en ese momento, detrás de los moros, aparece el grueso del ejército de Rodrigo que estaba allí escondido desde la noche anterior, desmantelando el campamento almorávide. La táctica del Cid parece un tornafuye versión mejorada.

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Los enemigos huyen despavoridos hacia Denia y Játiva mientras Rodrigo se apodera de su campamento y sus hombres lo saquean concienzudamente. Recordad que los musulmanes se llevaban todo a cuestas cuando iban de campaña: telas finas, joyas, vajilla, mujeres, caballos, perfumes y todo tipo de armas. El número de cautivos fue enorme y parte del botín fie remitido al rey de León como prueba de la buena voluntad de su vasallo. Supongo que la bronca que el tío emir le echó al sobrinísimo debió ser de infarto ya que es la primera vez que un ejército almorávide es barrido en batalla en la Península.

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 Asunto: Re: Historia verdadera del más famoso castellano.
NotaPublicado: 17 Feb 2016 02:30 
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La vida del Cid es un no parar, no me extraña que muriese de agotamiento según las crónicas. Una vez disipado el peligro, es hora de asentar su señorío valenciano sobre bases sólidas. Lo primero es extender su autoridad sobre las ciudades y fortalezas de la antigua taifa, muchos de cuyos pobladores habían sido entusiastas colaboradores de los almorávides. Sin pausa, a lo largo de un año, dirigió sus armas contra los castillos de Olocau y Serra. Después pasó a ocuparse de los señores que tenían sus dominios en la frontera del reino y que también se dedicaron a apoyar a los enemigos del Campeador: el de Lérida, el de Tortosa, el de Santaver, el de Alpuente, el de Segorbe y el de Jérica. Junto a Denia y Játiva, estos dominios cercaban Valencia de forma que se convirtió en un islote cristiano rodeado de musulmanes. Y por último cristianizó la mezquita mayor de Valencia convirtiéndola en catedral en el año 1096.

Desde África, Yusuf estaba que se subía por las paredes con estas noticias. El emir no podía aceptar que él, que había vencido al rey Alfonso VI, fuese derrotado por un simple caballero. Él, que gobernaba un Imperio desde el centro de África a las riberas del Tajo, se tomaba como una ofensa que un mercenario cristiano dominase como señor el Levante.

Retrocedamos al 4 de junio de 1094, con el acuerdo de capitulación firmado y en pleno periodo de calma de 15 días que el Cid había ofrecido a los valencianos para pedir ayuda. Puede que la ciudad contenga la respiración, pero más allá la vida sigue… o no. Ese día fallece Sancho Ramírez de Aragón con 52 años cumplidos, dejando sucesor a Pedro I. Una de las primeras cosas que los magnates del reino solicitaron a su nuevo monarca es la renovación de la alianza con Rodrigo, cosa que a Pedro le parecía estupendamente bien ya que recordaba al Campeador de aquella reunión que tuvo con su padre a principios de 1092. El aragonés esperó a que la agenda de su nuevo aliado quedase despejada de compromisos guerreros y, tras la batalla de Cuarte, viajó en persona a la fortaleza de Montornés, a 5 km de Benicasim.

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Rodrigo llegó a la cercana Burriana a celebrar el encuentro y firmar el pacto de amistad. Apenas intercambiaron unos saludos ya que Pedro iba con prisas, su padre había dejado a medio terminar el asedio de Huesca y tenía que volver zumbando a dirigir la operación (30 meses tardó en caer la ciudad el 26 de noviembre de 1096, casi ná) Allí estuvo echando una mano un joven duque francés de 25 años llamado Guillermo quien, además de ser trovador, era cuñado de Pedro ya que éste se había casado con su hermana Inés. Luego este joven duque fue el abuelo de Leonor de Aquitania, pero esa es otra historia.

Guillermo se volvió a su casa, feliz con su parte del botín, pero para Pedro no hubo descanso. Apenas un mes después de la toma de Huesca el Cid solicitó su ayuda, tal y como se habían prometido el uno al otro, ante una nueva amenaza almorávide. Ni Pedro ni sus caballeros navarros y aragoneses estaban en la mejor forma después de muchos meses de cerco, pero en ningún momento dudaron en acudir. Junto al monarca aragonés iba su hermano Alfonso, que algún día recibirá el sobrenombre de El Batallador. Rodrigo los recibió con los brazos abiertos en Peña Cadiella, que había llenado de cereales y vituallas.

Fue a la altura de Bairén, hoy llamada castillo de San Juan, en enero de 1097, donde el sobrino del emir que ya conocemos de Cuarte les salió al encuentro con un pedazo de ejército que metía miedo sólo con verlo.

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Muhammad ibn Tasufin asentó a sus tropas en el monte Mondúber que custodiaba un lado del camino a Valencia, del otro estaba el mar lleno de naves musulmanas así que las tropas del Cid deberían pasar por una estrecha vía encajonada por sus enemigos. Esta vez el sobrinísimo no quiere fastidiarla y ha actuado muy bien desde el punto de vista estratégico. No hay mucho que Rodrigo y Pedro puedan hacer, excepto confiar en lo que siempre ha sido el punto fuerte de la caballería cristiana cuando se ha enfrentado a la más ligera de los musulmanes: la poderosa carga frontal que destrozaba y arrollaba todo lo que le cerraba el camino. El de Aragón y el de Vivar la encabezan a todo galope y sus hombres los siguen dando lo mejor de sí mismos, desesperados pero a la vez confiados en que la buena estrella de Rodrigo los llevaría a la victoria una vez más. Y vaya que si lo hizo. Ante tamaño empuje el ejército almorávide se desordeno y huyó en desbandada, objetivo final de toda carga de caballería pesada que se precie, y murieron más en el alcance posterior que en la batalla en sí.

Y así Pedro y Rodrigo llegan felices a Valencia cargando con su botín de oro, plata, tiendas de telas preciosas, caballos, mulas y valiosas armas. A la vuelta, el Cid acompaña a su invitado haciendo una pequeña parada en el castillo de Montornés, ese en el que 3 años antes Pedro se había entrevistado con Rodrigo. Se supone que era un puesto avanzado de Aragón en la zona pero los pobladores se habían amotinado y nuestro protagonista está obligado a ayudar a su amigo según el acuerdo sellado. No duró mucho el conato de rebelión y desde allí Pedro se fue a su casa y Rodrigo volvió a Valencia a ejercer de señor, casi de rey diría yo. Estamos en febrero de 1097.

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 Asunto: Re: Historia verdadera del más famoso castellano.
NotaPublicado: 19 Feb 2016 17:06 
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Leído de una tirada. Muuuuy bien llevado. :DD

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 Asunto: Re: Historia verdadera del más famoso castellano.
NotaPublicado: 19 Feb 2016 18:53 
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Gracias >:D< >:D< >:D<

Empezaba a pensar que nadie le hacía caso ya al Cid :ufff:

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 Asunto: Re: Historia verdadera del más famoso castellano.
NotaPublicado: 19 Feb 2016 18:55 
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Al emir Yusuf le molestó mucho la noticia de la nueva derrota. No daba crédito. ¿Cómo es posible tener media África viviendo en paz bajo el nuevo régimen religioso, político y social almorávide y no poder controlar una esquina de al-Andalus? Creyendo que su sobrino era un inútil, cruzó en persona el Estrecho en la primavera de 1097 acompañado de un numeroso contingente bereber. Se dirigió a Córdoba, capital de al-Andalus por aquel entonces, donde acumuló más tropas, las puso al mando del general Muhammad ibn al-Hayy y las lanzó, sorprendentemente, contra Toledo. Y digo sorprendentemente porque pilló al rey Alfonso VI totalmente despistado pensando que irían a por Rodrigo, supongo.

El monarca leonés estaba en Aguilera, a 3 km de Berlanga de Duero, camino de Zaragoza con un ejército, su esposa Berta, su hija Urraca, su yerno Raimundo de Borgoña (casados en 1092), condes, magnates, incluido Álvar Fáñez, y un montón de obispos y abades.

Raimundo de Borgoña

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¿Qué iba a hacer en Zaragoza ese ejército compuesto mayormente por castellanos? No tenemos ni idea. Quizá Alfonso pensó que, si los almorávides iban a buscarle las cosquillas a Rodrigo, el rey musulmán quedaría sin apoyos y sería fácil de conquistar. Otra opción es que fuese camino de Aragón, con cuyo rey tenía sus más y sus menos, y sólo pretendiese pasar por las tierras de su aliado de camino hasta allí. El caso es que monarca de leonés tuvo que virar el rumbo hacia la ciudad del Tajo y con mucha prisa si quería llegar al tiempo.

El choque bélico entre ambos ejércitos tendrá lugar el 15 de agosto de 1097 en Consuegra. Un día aciago para Alfonso VI, ya que representará su segunda derrota ante los musulmanes, pero infinitamente más triste para Rodrigo Díaz de Vivar ya que allí perdió lo que más le importaba en el mundo: su hijo Diego, al mando de la hueste que envió para apoyar a su señor. La tradicional forma de combatir cristiana se basa en fuertes cargas de caballería reforzadas por infantería detrás de los jinetes. Alfonso VI el Bravo dispuso a su caballería en dos alas: a la izquierda los veteranos, experimentados, junto a tropas de élite comandadas por el alférez real Pedro Ansúrez y por Álvar Fáñez. A la derecha los hombres del Cid, mejor armados, al mando de Diego Rodríguez y junto a él las huestes del conde de Nájera, García Ordóñez, cuya caballería debía proteger la vida del hijo del Campeador. ¿Pero en qué estaría pensando Alfonso? Fue García Ordóñez el que instigó el primer destierro del Campeador, su peor enemigo, hacía años que el Cid se había tomado la venganza arrasando sus tierras. Desde luego, en el ala derecha del ejército cristiano no se respiraba amor y compañerismo… Y pasó lo que pasó, en un momento de la batalla Alfonso ordena un repliegue del ala derecha. García Ordóñez se repliega por su cuenta, para salvar el culo, sin esperar a Diego, al que literalmente abandona en medio del campo de batalla dejándolo rodeado de tropas enemigas. Lucharon como salvajes pero no había escapatoria, ante los ojos del resto del ejército castellano, horrorizados por la maniobra del traidor de García Ordóñez, el hijo del Cid muere en el campo de Consuegra, con 19 años de edad.

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Alfonso huye al castillo de la localidad, al que los almorávides ponen cerco sólo durante 8 días. ¿Por qué? la verdad es que las tropas almorávides no son buenas en los asedios, apenas tienen experiencia y no es la primera vez que la fastidian en uno, así que prefieren marcharse como vencedores en el campo. Los almorávides no pretenden entrar en territorio cristiano, sólo marcar una frontera definida en al-Andalus que los enemigos tengan que respetar.

El golpe que se llevó Rodrigo Díaz de Vivar fue muy duro. Es difícil para nosotros comprender lo que para un hombre noble del siglo XI significaba perder a su único hijo varón, perder al heredero: la extinción de la descendencia masculina, la pérdida de un linaje completo (Diego llevaba el nombre de su abuelo paterno, como era costumbre entonces). Todo lo que Rodrigo ha hecho, su obra, sus batallas, no ha servido de nada porque el futuro de su señorío de Valencia se desangra en el campo de batalla de Consuegra.

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 Asunto: Re: Historia verdadera del más famoso castellano.
NotaPublicado: 20 Feb 2016 03:52 
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La retirada almorávide no significa el fin de la presión musulmana sobre el reino de Toledo. Yusuf siguió ordenando saqueos periódicos por toda la zona durante todo el otoño de 1097. A ello se suma la presión sobre Levante a manos del gobernador de Murcia Ibn Aisa que consiguió la victoria en algunas escaramuzas fronterizas contra tropas aliadas de Rodrigo pero en las que nuestro protagonista no estuvo presente. Todos estos éxitos parciales, que no significaban gran cosa pero que sus cronistas se encargaron de magnificar hasta convertirlos en batallas épicas, bastaron para contentar a Yusuf que a principios de 1098 se volvió a su casa en Marruecos.

Rodrigo, tras haber adoptado una actitud defensiva el año anterior, tomará la iniciativa en este. Cierto día en que Rodrigo había salido de patrulla descubrió al alcaide almorávide de Játiva. Abu-l-Fath, con un contingente de tropas de camino a Murviedro, o sea, Sagunto. Los musulmanes de esta villa se veían presionados al norte por los aragoneses y al sur por los valencianos del Cid y posiblemente, impresionados por los últimos éxitos almorávides, solicitaron la protección de éstos pese a que en teoría estaban sometidos al rey de Albarracín. Esto colocaba a nuestro protagonista en una posición incómoda porque tendría a los almorávides haciéndole un sándwich desde el norte en Sagunto y desde el sur en Alcira, con lo que reaccionó inmediatamente y puso a su mesnada a seguir los pasos de su enemigo.

Al ver llegar las tropas del Campeador por su retaguardia, el alcaide musulmán decidió esconderse en el castillo de Almenara, a 10 km de su objetivo.

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Rodrigo no vaciló un instante y se puso a cercar la plaza durante 3 meses en los que se sucedieron duros combates. Tras la capitulación, permitió volver libres a sus lugares de origen a todos los soldados y a continuación ordenó la construcción de una iglesia en honor de la Virgen María, lo que demuestra que a) Rodrigo se había comprometido a respetar el espacio de las mezquitas de la villa y b) tenía intención de quedarse la fortaleza y colocar una guarnición permanente, si no ¿para qué molestarse en pagar un templo nuevo?

Una vez organizados los preparativos concernientes a Almenara, proclamó su decisión de volver a Valencia, cuando en realidad se dirigió a Murviedro y le puso sitio. Probablemente quería pillarlos desprevenidos. El cerco fue muy estrecho de forma que las comunicaciones de la fortaleza quedaron cortadas y asedió las murallas con todo tipo de proyectiles desde sus máquinas de guerra. Cuando la situación de los sitiados se volvió penosa solicitaron, según las leyes de la guerra por entonces, una tregua al Campeador para poder enviar mensajes de ayuda a su señor. El de Vivar, siempre tan cumplido en estos casos, les concedió 30 días.

Desde Murviedro partieron cartas de socorro hacia el emir Yusuf, los gobernadores almorávides, Alfonso VI, el rey de Zaragoza al-Mustain, el rey de Albarracín y el conde de Barcelona. En ellas advertían que, de no tener noticias en 30 días, la plaza se entregaría a Rodrigo sin más. Poco a poco fueron llegando las respuestas: Alfonso VI admitió que prefería el castillo en manos de un cristiano que de los musulmanes, el de Zaragoza admitió que contra Rodrigo no se atrevía a hacer nada, el de Albarracín admitió que no estaba en condiciones de prestar ayuda ninguna y los gobernadores almorávides se escudaron en la ausencia de su señor Yusuf sin el que no podían acudir. El único que intentó hacer algo fue el barcelonés que se sentía obligado porque en otro tiempo había recibido parias de la fortaleza de Murviedro. Se decidió a poner sitio al castillo de Oropesa, pensando que Rodrigo iría hacia allí para evitarlo, y de esa forma los de Sagunto podrían salir a hacer acopio de vituallas. Pero Rodrigo se lo vio venir y no se movió de sus sitio, eso sí mandó a uno de sus hombres hacia allí con la noticia de que iba en camino. El conde de Barcelona al oírlo, sin esperar a confirmar su veracidad, salió corriendo de vuelta a casa.

A finales de abril de 1098 el Cid da por cumplido el plazo, a lo que los habitantes responden que se les amplíe el tiempo porque parte de los emisarios no han vuelto. Nuestro protagonista sabe que es un engaño pero para que no se diga de su generosidad les da 12 días más. Y aún les otorga un tercer plazo, hasta la Pascua de Pentecostés que ese año caía el 16 de mayo. Y una cuarta, con 40 días que alarga la cosa hasta la festividad de San Juan, 24 de junio. Se ve que estaba a gusto el Campeador en su tienda de campaña y no tenía ganas de moverse o algo. Ese último plazo sirvió a los habitantes para recoger sus cosas, hacer el equipaje, e irse a donde les pareciese mejor sin que el de Vivar les pusiese impedimento alguno.

El 24 de junio de 1098 la hueste entra en la fortaleza tomando posiciones y detrás de ella su señor. Tras la misa y ofrenda preceptivas, Rodrigo ordena levantar una iglesia en honor a San Juan. Después de hacer una revisión a fondo de la zona pasó a organizar la defensa y seguridad de Murviedro.

Y así el Cid regresa a su capital, sabiendo que en ese momento controla más de 100 km de la costa valenciana excepto Castellón que pertenece a su aliado Pedro I. Una vez en la ciudad, ordena la construcción de una iglesia catedral a Santa María que ocupase el espacio de la antigua mezquita mayor, hasta ese momento simplemente la había cristianizado dos años antes pero sin cambiar nada de su aspecto. También conocemos la lista de regalos que ofreció a su nueva fundación ya que el pergamino original se conserva en la catedral de Salamanca y, lo que es más importante, con una línea manuscrita de puño y letra de Rodrigo en primera persona.

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Ego Ruderico simul cum coniuge mea afirmo oc quod superius scriptum est

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Ahí bien clarito lo dice, al final de todo. Rodrigo con Jimena (cónyuge) se reafirman en lo escrito. Por cierto, por si os preguntabais por dónde andaba la esposa del Cid, que llevaba desaparecida desde que Alfonso VI la liberó después de aquel malentendido, pues aquí está ejerciendo de señora de Valencia. Como al Cid el texto lo llama “principem Rudericum Campidoctorem” supongo que a ella habrá que llamarla princesa.

El documento de la donación da cuenta de la toma de la ciudad, cómo levantó la nueva iglesia con el permiso del papa Urbano, como se nombró a Jerónimo obispo y cómo enriqueció el nuevo templo con regalos: un cáliz de oro, dos tapices de seda y oro y varias villas y almunias con sus tierras. También nos da los nombres de los testigos que sin duda tenían que ser los compañeros de armas del Cid, todos castellanos, pero sin más indicación: Ramiro, Munio, Rodrigo, Martín, Fernando, Diego, Pedro, Fernando y Juan. Munio podría ser Muño Gustioz, casado con la hermana de Jimena, a quien en el Cantar llama “mio vasallo de pro” y Ramiro podría ser su yerno, de la Casa Real de Pamplona aunque nacido del lado equivocado de la cama, señor de Monzón y casado con Cristina.

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