Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: Re: YEVDOKIA (Eudoxia Lopukhina)
NotaPublicado: 17 Abr 2010 09:05 
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Sofía...

...no puedo evitar mi ternura hacia Sofía.

Porque cuando Sofía había nacido, en la segunda mitad del mes de septiembre de 1657, su llegada al mundo sólo ocasionó cierto disgusto. Para entonces, la madre, María Miloslavskaya, ya había dado a luz en cinco ocasiones; la criatura a quien se llamaría Sofía fue la sexta de sus vástagos. Lo cierto es que María se había estrenado en las lides de la maternidad con éxito, pues su primogénito había sido un varón: el tsarevich Dimitri Alexeyevich. Desdichadamente, Dimitri había muerto antes de cumplir un año de vida. Tras el fallecimiento de Dimitri, que causó la lógica consternación, el segundo embarazo de María concitó de nuevo las esperanzas del zar Alexis de obtener un heredero, pero resultó que su esposa sólo logró proporcionar una tsarevna: Yevdokia Alexeevna. A esa tsarevna Yevdokia la siguió una hermana: la tsarevna Marfa Alexeevna. En 1654, finalmente, María Miloslavskaya había alumbrado un nuevo tsarevich: Alexis Alexeyevich. Pero, en aquellos tiempos, demasiados niños perecían antes incluso de alcanzar la pubertad. Un único varón no garantizaba ni siquiera mínimamente la pervivencia del linaje imperial.

Sin concederse treguas, María siguió cumpliendo su labor reproductora. Enseguida se embarazó por sexta vez...y todos en su entorno elevaron oraciones para que tuviese otro niño. Pero llegó la niña Sofía Alexeevna, destinada a compartir el térém con sus hermanas mayores Yevdokia y Marfa. Después de Sofía, todavía hubo dos tsarevnas más: Ekaterina Alexeevna y María Alexeevna. Si bien el zar Alexis quería mucho a su mujer María Miloslavskaya, al cabo de DOCE AÑOS de vida conyugal sólo habían conseguido un varón superviviente -el tsarevich Alexis- con cinco féminas -Yevdokia, Marfa, Sofía, Ekaterina y María-. Era un balance desalentador.

Aquella especie de "maldición" se rompió en 1662, con el natalicio de Fyodor (a quien ya hemos conocido en su papel de Fyodor III). Pero a Fyodor, el "repuesto" por si se malograba su hermano Alexis (de hecho, así sucedería con el tiempo), le siguió una sexta tsarevna: Feodosia Alexeevna. A Feodosia es de suponer que nadie le hizo ninguna cucamona mientras la lavaban y la envolvían apresuradamente en finos lienzos. Una sexta tsarevna no era nada útil a la dinastía.

El asunto cambió con los partos siguientes, el undécimo y el duodécimo. Con su salud bastante mermada a cuenta de tanto embarazarse y tanto parir, María Miloslavskaya se resarció en gran medida al tener dos varones: Semyon Alexeyevich e Ivan Alexeyevich. Ya estaba la mujer echa una piltrafa cuando el decimotercer parto le costó la vida, a cambio de la de otra niña -¡la octava tsarevna!- que también falleció casi instantáneamente.

La pena del zar Alexis cuando falleció María Miloslavskaya fue sincera: ella había sido la más devota de las esposas durante veintiún años de matrimonio. Pero lo peor estaba por venir: en el plazo de seis meses a contar desde la muerte de María, fallecieron dos de sus hijos varones. Uno era Alexis, el promisorio heredero del trono, de diecisies años a la sazón. El otro era el pequeño Semyon, de cuatro años. En total, a Alexis le quedaron Fyodor e Ivan. Aunque Fyodor era inteligente e ilustrado, ya sabemos que estaba aquejado de una terrible enfermedad, que le había desfigurado y le convertiría en un semi-inválido, en tanto que Ivan era un muchachito físicamente débil con un acusado retraso mental. Alexis resolvió su frustración enamorándose de Natalia Narishkyna...la que le daría a Pedro.

Pero aquí lo que me gustaría es ofrecer una visión equilibrada de Sofía Alexeevna. Cuando la madre, María Miloslavskaya, pereció en 1669, de sus hijas, aquellas tsarevnas que venían siendo ceros a la izquierda en términos dinásticos porque los Romanov ni siquiera usaban a sus princesas en el mercado matrimonial europeo, vivían seis. Se había malogrado una de ellas, Anna, aparte de que la benjamina había muerto al nacer, tras recibir en un bautismo de emergencia el nombre de Yevdokia (como se sabía que íba a extinguirse en un santiamén, no importó duplicar el nombre de pila de la menor con el de la mayor de las princesas). Por tanto, sobrevivieron a María Miloslavskaya estas tsarevnas: Yevdokia "la Mayor", de diecinueve años; Marfa, de dieciséis años; nuestra Sofía, de doce años; Ekaterina, de once años; María, de nueve años y Feodosia, de siete años.

Entre las seis, Sofía ya destacaba.

Las cinco hermanas restantes -Yevdokia, Marfa, Ekaterina, María y Feodosia- estaban plenamente imbuídas de la filosofía del térém. Habían nacido en la púrpura...y para el térém. Así se cumplía la tradición moscovita. Por supuesto, el hecho de que su padre fuese el zar y de que su térém se hallase en el recinto del Kremlin suponía que tenían una calidad de vida superior a la de sus coetáneas. Disponían de habitaciones amplias, se les proporcionaba la asistencia de un nutrido grupo de damas y doncellas, no tenían que machacarse los dedos dándole al huso y la rueca, podían centrarse en ejecutar primorosos bordados en tejidos magníficos mientras las entretenían con lecturas piadosas o música. Pero era un mundo extraordinariamente limitado, como podéis suponer. Sofía nunca se resignó a permanecer enclaustrada en el térém, sin opciones a desarrollar su potencial intelectual y con los movimientos restringidos. Tuvo la iniciativa suficiente para dirigirse a su padre, el zar Alexis, rogándole que le permitiese recibir las mismas lecciones que recibía su hermano Fyodor. Al zar Alexis debió sorprenderle la actitud decidida de su hija Sofía. Estuvo de acuerdo en que Sofía fuese también instruída por el muy docto Siméon de Polotsk. Simeón enseguida informó al zar Alexis de que, si Fyodor era inteligente y con ganas de aprender, Sofía no se quedaba atrás precisamente. La chica había demostrado, a esas alturas, que no le faltaban agallas...y que una vez aprehendía al vuelo una oportunidad, no la soltaba fácilmente ni la desaprovechaba.

Esto dice mucho de Sofía. Al ascender al trono su hermano Fyodor, éste quiso "importar" en su corte modos polacos. Los polacos, en ese tiempo, tenían fama de haber logrado cuajar un mayor refinamiento socio-cultural que los rusos. Por tanto, Fyodor, animado por sus más queridos amigos, decidió que se implantasen trajes de estilo polaco, un ceremonial de corte con reminiscencias polacas y el uso habitual del polaco. A algunos les gustó, a muchos les desagradó, pero así se hizo. En su línea aperturista, Fyodor incluyó en la existencia de la corte a su hermana Sofía, igual que lo haría con su esposa ucraniana Agraphia. El resto de las tsarevnas hijas de Alexis seguían en el térém, pues ese modo de vida las había moldeado por entero. Pero Sofía Alexeevna gozó de un nuevo margen de libertad personal en la corte de su hermano Fyodor. Eso le permitió afianzar su carácter y asumir posturas políticas -un hecho señalado adecuadamente por Massie en su fabulosa biografía de Pedro El Grande-.

Sofía se había hecho ver. Los parientes de su difunta madre, los Miloslavsky, enseguida percibieron que, si Fyodor moría sin descendencia, lo que parecía posible y probable, se produciría una crisis sucesoria debido a la notable incapacidad del único hermano varón vivo de ese zar: Ivan. El hermanastro, Pedro, brillaba igual que el sol en el cielo por comparación con el pobrecito Ivan. Pero, claro, Pedro era el hijo de Natalia, el candidato de los Narishkyn y sus allegados. Los Miloslavksy tenían que aferrarse con uñas y dientes a la idea de que Ivan era el único legítimo sucesor de Fyodor. Conclusión: se necesitaría un regente para Rusia en nombre de Ivan. Y el que los Miloslavksy apoyasen claramente la candidatura de Sofía para esa función revela hasta qué punto había madurado la tsarevna Sofía. Nadie hubiese pensado ni en plena intoxicación etílica que se pudiese confiar semejante tarea a otra de las tsarevnas, recluídas en su térém. Sofía, en cambio, había eludido el térém...y había ganado paulatinamente presencia en el Kremlin; se podía contar con que había recibido una esmerada educación, tenía una mente cuidadosamente afinada y sabía desenvolverse en los intrincados vericuetos de la política.

Ya sabemos que, a la muerte de Fyodor, la primera opción del zemski sobor fue descartar a Ivan a favor de Pedro, situando en la regencia a Natalia Narishkyna, apoyada por un grupo bastante potente. Pero Sofía supo guiar apropiadamente a los Miloslavsky, que promovieron la rebelión de los streltsi. De esa rebelión de los streltsi se derivaría una matanza tal entre los Narishkyn y sus adláteres que incluso los Miloslavsky se asustaron de las consecuencias de sus actos. Se promovió una solución de compromiso. Así se llegó a la diarquía, el sistema con un zar senior -Ivan- y un zar junior -Pedro-, ambos sometidos a la regencia de la tsarevna Sofía.


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 Asunto: Re: YEVDOKIA (Eudoxia Lopukhina)
NotaPublicado: 17 Abr 2010 14:02 
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Pienso que es un momento óptimo para ir entretejiendo los hilos que acabarán formando la trama de nuestro tapiz histórico.

(grin)

Aquí la protagonista es Eudoxia Lopukhina...y no se me ha olvidado en absoluto. Pero era importante, por no decir imprescindible, situarnos en el Moscú de ese período. En el año 1682, cuando Sofía Alexeevna se convirtió en la regente de los co-zares que formaban la muy peculiar diarquía, Ivan y Pedro, Eudoxia Lokuphina era una boyarina de trece años de edad. Por muy a resguardo que la mantuviesen en el térém en su residencia familiar, tenía que saber que el zar Fyodor había muerto sin herederos, que la sucesión la debatían a cara de perro el partido de los Miloslavsky y el partido de los Narishkhyn, que los streltsi se habían sublevado al persistir el rumor de que Ivan Alexeevych estaba en peligro, que en el Kremlin se había producido una masacre de partidarios de Pedro Alexeevych y que, finalmente, se había proclamado una diarquía con la tsarevna Sofía Alexeevna en condición de regente.

Pero, sin duda, Eudoxia asimiló la idea de que la situación de Sofía Alexeevna era absolutamente excepcional. De hecho, entre las hijas del zar Alexis y la que había sido zarina María Miloslavskaya, solamente una -Sofía- había logrado emerger desde el térém del Kremlin. A la fuerza ahorcaban, podrían decir los más tradicionalistas: Ivan era un joven completamente incapacitado y Pedro todavía no había alcanzado la adolescencia. Dios, al llevarse al zar Fyodor, había dejado a Rusia en las manos de Ivan y de Pedro, los co-soberanos. Pero las circunstancias que les rodeaban a ambos hacían imprescindible proclamar un regente. Natalia Narishkyna había sido una opción. Sofía Alexeevna había logrado imponerse. Se trataba, de cualquier manera, de algo transitorio.

Que Sofía Alexeevna hubiese roto la seclusión en el térém no implicaba ningún punto de inflexión a ojos de sus coetáneos. El resto de las mujeres, empezando por las hermanas de la tsarevna Sofía, que eran tan tsarevnas como ella misma, seguían firmemente establecidas en el viejo sistema. Las boyarinas, las esposas e hijas de los boyardos, perpetuaban la tradición. Sofía Alexeevna no era, en ningún caso, el espejo en el que deberían buscar el reflejo de sí mismas.

Obviamente, la condición femenina de Sofía la sobreexponía al escrutinio crítico de la gente. Sofía se mantuvo en el papel de regente a lo largo de siete años, en los que intentó algo casi imposible: conciliar las seculares tradiciones rusas con una serie de reformas, que continuaban la línea trazada por su difunto hermano Fyodor. A Fyodor no le habían puesto fácil el llevar a cabo las iniciativas que tenían por objeto remover cuidadosamente las antiguas estructuras sociales. A Sofía, es evidente, se le íba a complicar de lo lindo el panorama. De hecho, nada más hacerse con el poder, Sofía y su principal consejero, el príncipe Vassily Golytsin, tuvieron que afrontar el rechazo de los Viejos Creyentes, ortodoxos a ultranza que a esas alturas aún no habían digerido las reformas dentro de los rituales de la iglesia ortodoxa emprendidos en la época del zar Alexis I y que había completado Fyodor III. Para Alexis y para Fyodor, los Viejos Creyentes habían supuesto un auténtico dolor de cabeza, pero en lo que concernía a Sofía, el problema se elevaba a la enésima potencia. A fín de cuentas, la propia naturaleza ultraconservadora y reaccionaria de la facción de los Viejos Creyentes les había obligado a, en cierto modo, acatar las decisiones de dos zares ungidos. Pero Sofía no era un zar ungido: únicamente era una de varias tsarevnas a las que su talento y su habilidad política, combinadas con unas circunstancias concretas, habían elevado a la condición de regente de los co-soberanos. Ese primer conflicto con los Viejos Creyentes ya dejaba entrever que Sofía debía extremar la cautela en cada movimiento, porque el que una mujer ostentase, siquiera temporalmente, el poder supremo, no era algo que encajase con el ferviente apego de la inmensa mayoría de los rusos a la visión tradicional acerca de cual era el orden natural de las cosas.

Al no poder aproximar sus posturas con las de los Viejos Creyentes, algo que se intentó a través de un concilio, Sofía, siempre apoyándose en Vassily Golystsin, había exhibido fuerza. No le había temblado la voz ni el pulso a la hora de volverse contra los cismáticos. No fueron tratados, a decir verdad, peor de lo que lo eran los que profesaban religiones diferentes de la oficial en cada país europeo de esa época. Se les persiguió, se les sometió a procedimientos expeditivos y se les mandó a arder en hogueras que se elevaban en la Plaza Roja. Sofía no podía permitirse el lujo de ser débil. Ningún zar podía, pero menos una tsarevna regente. Se la hubieran merendado con patatas, para ser exactos.

Siete años en el gobierno son un triunfo para Sofía. Tuvo aciertos destacados, y no más fallos que sus predecesores, su padre y su difunto hermano. Instó a que se mantuviesen prolongadas negociaciones con el rey Jan III Sobieski de Polonia, lo que derivó en un tratado de amistad en el que los polacos reconocían, de hecho, que Rusia dominaba la Ucrania oriental. Eso fue un triunfo diplomático para Sofía. A cambio, metió la pata hasta el fondo en lo referente al gran khanato de Crimea. Lanzó un ejército a la conquista, dirigido por Vassily Golytsin. Vassily era un excelente consejero político y diplomático, pero un pésimo comandante en jefe para las tropas, así que los rusos tuvieron que volver sobre sus pasos con una derrota aplastante encima de los hombros. Aún así, Sofía recibió a Vassily con un derroche de fastos conmemorativos, tratando de presentar la derrota cual si hubiese sido una victoria clamorosa. En ese aspecto, Sofía no era la primera gobernante que prefería acomodar la realidad a sus conveniencias, para proyectar una imagen pública de fuerza ante el mundo entero. Pero...era una mujer. Los rumores de que Vassily sabía manejarla porque era no sólo su leal partidario y amigo, sino su amante, arreciaron en ese tiempo.

Revisando en conjunto la etapa de gobierno de Sofía, sale airosa. Pero su condición femenina la hacía más vulnerable a la crítica y al ataque insidioso.

En una etapa ulterior, para ensalzar doblemente a Pedro, se rebajó tristemente a Sofía. Pero el que los hagiógrafos petrinos tuviesen que esforzarse durante tiempo para darle un aire siniestro a Sofía equivale a reconocer que ella había sido el único adversario verdadero de Pedro, la única que hubiera podido -en otra tesitura- exceder a su medio hermano. Pedro no era superior en inteligencia, ilustración, decisión, coraje o valor a Sofía; de hecho, estaban, probablemente, muy igualados lo que concierne a esos rasgos de carácter. Pero Pedro tomó ventaja...en su sexo masculino.


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 Asunto: Re: YEVDOKIA (Eudoxia Lopukhina)
NotaPublicado: 19 Abr 2010 00:27 
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Minnie querida: saboreando este exquisito y precioso hilo,dos o tres cosillas comento:
* Las computadoras deberían venir con un dispositivo que avise cuando se acerque una imagen fuerte. Ver el primer retrato de la zarina Sofía y quemarme con el café,fue un solo acto.
* Por otro lado, creo que el análisis que haces de la misma es justo.
La propaganda no es un invento actual,ya los romanos hacían uso y abuso de ella para sus beneficios. Y,según fuera "mirada", habrá sido la imagen de la zarina Sofía; nada más ver los dos retratos.
* Hace un rato estuve mirando por History Channel, un programa acerca de las vidas privadas,precisamente, en la Rusia Zarista. Abarcaba la época desde Pedro I hasta Catalina la Grande. Corríjanme si lo vieron.
Pero resultó muy interesante además de que ya es un tema apasionante per se, porque se cuestionaba a cada momento qué hubiera sucedido si los hechos, a veces espantosos,terribles, de intrigas,sexo,matanzas, torturas, llevados a cabo por los zares, hubiesen tenido la difusión pública que hoy tienen los de los monarcas contemporáneos.
Con mucha gracia, aparecía un fotógrafo de periódico y los captaba in fraganti en infidelidades, traiciones, asesinatos...Y luego, las primeras planas:"Tal zar asesinó a su medio hermano","Tal zarina tuvo un hijo que no es del zar sino de su peluquero"...
¿Hubiera sido un poco diferente la historia? No lo sabremos.

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 Asunto: Re: YEVDOKIA (Eudoxia Lopukhina)
NotaPublicado: 19 Abr 2010 20:24 
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princesaguaraní escribió:
Minnie querida: saboreando este exquisito y precioso hilo,dos o tres cosillas comento:
* Las computadoras deberían venir con un dispositivo que avise cuando se acerque una imagen fuerte. Ver el primer retrato de la zarina Sofía y quemarme con el café,fue un solo acto.


Me ha hecho mucha gracia, jajajaja. Pero, por otro lado, esa recreación de Sofía en Novodevichi obra de Repin fue la que me hizo experimentar curiosidad hacia la tsarevna. La muestran con una pinta de bruja que tira para atrás; al lado, las tres brujas de Macbeth parecerían una versión escocesa de las tres gracias, jajajaja.

En cuanto a lo demás...pues llevas razón, es divertido a la par que instructivo plantearse esa clase de preguntas. Esta época concreta de la historia rusa no me puedo imaginar lo que hubiera dado de sí, jajajaja.


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 Asunto: Re: YEVDOKIA (Eudoxia Lopukhina)
NotaPublicado: 19 Abr 2010 21:03 
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Volviendo a Sofía...

...a posteriori, los petrinos hicieron hincapié en subrayar lo ominosa que resultaba Sofía en relación con su madrastra, Natalia, y con los hijos de Natalia, específicamente Pedro. De alguna forma, retrataron la situación como si Sofía fuese una tarántula negra que se mantuviese en el centro de una enorme tela de araña esperando el momento para enredar en los hilos pegajosos a sus rivales y destruírles sin piedad. Pero la verdad es que Sofía no representó una amenaza auténtica para Natalia, Pedro y la pequeña Natalia.

Cuando Sofía se aupó a la regencia, debió cometer ese error de juicio tan común en los seres humanos jóvenes y rebosantes de energía que consiste en asumir de modo casi automático que se dispone de mucho tiempo para saborear una posición única. Sofía tenía veinticinco años, estaba en la plenitud de la vida y, tratándose de una tsarevna, acababa de lograr un triunfo político sin precedentes. Los co-zares eran los soberanos legítimos, ungidos con los óleos sagrados en el curso de la intrincada ceremonia acorde a la tradición moscovita; pero ella, sólo ella, detentaba el poder. En realidad, podía contar con detentar el poder durante años. Ivan nunca estaría en condiciones de reclamar un papel activo; su estado de salud física y mental seguiría yendo de mal en peor, por lo que bastante tendría con asumir una función ornamental en algunas ceremonias que requerían su presencia. En cuanto a Pedro...¡era un chiquillo de diez años!.

Cierto que, precisamente durante el enrevesado ritual de la coronación de los dos zares conjuntos, Pedro había causado una profunda impresión. Era muy alto, y prometía convertirse en un mozo de notable envergadura física. Además, el muchacho había hecho gala de una actitud adecuada, seria y solemne, pero observando lo que acontecía en su entorno con natural viveza, con una mirada que captaba cualquier detalle. Todos debieron pensar que Pedro prometía ser lo que no había sido el difunto Fyodor y lo que no sería jamás Ivan. Pero subsistía el hecho de que contaba...¡diez años! Le quedaban por delante una larga serie de estaciones en las que tendría que centrarse principalmente en su formación. La madurez aún estaba lejos.

Tras la coronación, Natalia se largó de Moscú. Era lógico que temiese a Sofía, considerando lo que había dado de sí la revuelta de los strelsi que había favorecido la llegada a la regencia de aquella hijastra tan peculiar. Fyodor III había sido muy considerado y atento con su madrastra Natalia. Sofía nunca había ocultado su escasa simpatía hacia Natalia, la mujer que había llegado a la vida de su padre para llenar el vacío que había dejado María Miloslavskaya. Por añadidura, Sofía había puesto de relieve que podía ser decidida e implacable en el proceso de toma del poder. Natalia vivió envuelta en pesadillas a partir de la revuelta de los streltsi con la consiguiente matanza de familiares y amigos. No conseguía sacudirse de encima la aprensión, un miedo que se había infiltrado en sus huesos y que la atormentaba con la precisión de unas fiebres reumáticas, por ejemplo. Estaba traumatizada y resultaba natural que estuviese traumatizada. Enseguida quiso poner distancias. Tomó la ruta hacia
Preobrajenskoïe, una pequeña ciudad (casi habría que decir que un pueblo grande en vez de pequeña ciudad...) situada en la región moscovita. Más tarde, de Preobrajenskoïe se trasladarían a Kolomenskoïé.

Sofía no puso pegas. Con tal de que Pedro acudiese a Moscú en las ocasiones en que fuese imprescindible su presencia en algún acto, bien estaba que el muchacho permaneciese con su madre y hermana menor en Preobajenskoïe o en Kolomenskoïé. Allí no molestaría. Seguiría sus estudios, bajo la guía de un preceptor elegido por Natalia: Zotov. Desde luego, Zotov no era ninguna luminaria: estaba muy por debajo de aquel Siméon de Polotsk que se había encargado de definir la educación de Fyodor y de la propia Sofía. Pero que Zotov fuese un mediocre comparado con Simeón de Polotsk no era algo que preocupase a Sofía, al contrario, le producía satisfacción. Las carencias que hubiese en la preparación de Pedro jugarían a favor de Sofía.

Sofía se mantenía atenta a lo que ocurría en el círculo de Pedro. Pero nunca llevó a efecto ningún plan destinado a eliminar a su hermano menor. La salud de Pedro no era para tirar cohetes, aunque, si se pensaba en el difunto Fyodor o en el confinado Ivan, se podía creer que Pedro era el muchacho más sano del universo. Sin embargo, evaluando la situación fríamente, Pedro tenía sus taras. Seguía incrementando su estatura año a año...lo que le haría sobrepasar los dos metros; si hoy en día un hombre de dos metros es un tipo enorme, en aquellos tiempos se le calificaría de gigante. Pero a medida que se desarrollaba, se hizo evidente que no existía una proporción adecuada entre su cabeza y su cuerpo, ni entre sus miembros. Tenía la cabeza bastante pequeña, por ejemplo; sus manos o sus pies también eran reducidísimos. Esa falta de proporción le daba un aspecto un tanto chocante. Pero lo notable es que padecía tics faciales y frecuentes convulsiones. Sus crisis epilépticas no eran un secreto para Sofía.

Si echamos cuentas mentalmente...es posible que, en el fondo de sí misma, Sofía esperase a que la Providencia le librase de Pedro. Uno de aquellos fuertes ataques epilépticos podían lesionar gravemente al muchacho, llevándole a una muerte prematura. Eso habría sido magnífico para Sofía, pues se hubiese quedado de regente de un único zar, Ivan, que jamás podría ejercer la soberanía. Pedro podía acabar reclamando su posición de soberano autócrata, cosa que Ivan no haría nunca porque nunca estaría en condiciones de sostener las riendas del gobierno en sus manos. Así que la muerte de Pedro hubiese hecho de Sofía una regente "sin fecha de caducidad". Pero una cosa es que Sofía pudiese desear que una enfermedad o un accidente derivado de una enfermedad le quitasen de enmedio a Pedro y otra cosa que se le ocurriese dirigir un atentado contra la vida de Pedro. Sofía no fue tan fría ni tan desalmada. Eso revela unos escrúpulos de conciencia que no estarían presentes en otras mujeres que, en épocas ulteriores, se hicieron con el poder en Rusia.


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 Asunto: Re: YEVDOKIA (Eudoxia Lopukhina)
NotaPublicado: 19 Abr 2010 22:25 
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No se Yevdokia, pero la Sofia desconocida (al menos para mi, excepto en su variante leyenda negra) me encanta....

No la dejes, Minnie!


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 Asunto: Re: YEVDOKIA (Eudoxia Lopukhina)
NotaPublicado: 15 Ene 2015 21:07 
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RiccardoPercy escribió:
No se Yevdokia, pero la Sofia desconocida (al menos para mi, excepto en su variante leyenda negra) me encanta....

No la dejes, Minnie!


Pues no sé cómo pude dejarla...

Si hay un personaje fascinante a mis ojos es el de Sofía. Incluso ahora, releyendo el tema, me doy cuenta de la fuerza arrolladora de esa mujer. Por cierto, un retrato más favorecedor que el que todos conocemos:

Imagen


Me encanta Sofía, me reitero.

Durante sus años de apogeo, fue presentada habitualmente en un tono bastante exaltado: "la gran dama soberana, piadosa tsarevna y gran princesa Sofía Alexeevna". Había alcanzado, no cabía duda, una posición única. Pero vuelvo a señalar que, a pesar de los temores persistentes de su madrastra Natalia, Sofía nunca quiso siquiera valorar la posibilidad de darle matarile a su medio hermano Pedro.

Eso sí: mantenía su preferencia por Ivan, pero esto podía considerarse natural. Aparte de compartir padre y madre, no sólo padre, la extrema debilidad de Ivan le convertía en alguien que necesitaba que una persona enérgica y decidida ejerciese la soberanía en su nombre: Sofía. Iniciado 1684, cuando el deficiente Ivan había alcanzado los dieciocho años de edad, Sofía quiso poner su interés en casar a ese hermano que cuando menos para engendrar hijos, previsiblemente, sí serviría. Se escogió a una muchacha dos años menor que Ivan, Praskovia Saltykova, que, según los reportes de sus contemporáneos, poseía un gran atractivo físico, con una espesa cabellera de bucles sirviendo de marco a un rostro en el que destacaban las mejillas levemente sonrosadas. Praskovia era una imagen de salud y vitalidad, educada en el puro estilo tradicional por sus padres, Fyodor Saltykov y Ana Tatishcheva. Sofía podía tener la certeza de que aquella bonita criatura acostumbrada a permanecer en el térém no querría manejar el país en nombre de Ivan...ni de ningún hijo que pudiese tener con él. En cambio, Sofía llegó a considerar que, si Praskovia daba siquiera un hijo varón a Ivan, se reforzaría la posición del zar mayor y quizá fuese muy fácil obligar a Pedro a tonsurarse y entrar en un monasterio para que no estorbase en el mundo. Sofía sería regente para Ivan y si Ivan se moría prematuramente, lo cual parecía lo natural, para el hijo de Ivan. Ahí es nada.

En el entorno de Pedro fueron más conscientes de esa jugada de lo que era Pedro. Al chiquillo le importaba un ardite que Ivan se casase con Praskovia con la misión encomendada de procrear más pronto que tarde. Era una época en que a Pedro parecían interesarle sólo dos cosas: los barcos y "su" ejército. Porque nada más establecerse con su madre y su hermana pequeña en Preobajenskoïe, el niño Pedro había decidido reclutar "un" ejército, pero formado por chiquillos, muchos de ellos incluso hijos de sirvientes. A aquello se le llamó Petrovskiy polk, traducible por Regimiento de Pedro, pero enseguida resultó que ver a los muchachitos escenificando batallas les pareció a muchos tan gracioso que le cambiaron la denominación. Pasó a ser Poteshnye voiska, traducible por Ejército de Juguete. Pero eso a Pedro le venía fenomenal. Todos se referían en tono jocoso y por tanto amable a la Poteshnye voiska, de modo que la tsarevna Sofía jamás lo consideró un "entrenamiento para el futuro" de aquel medio hermano para quien sin embargo la mayor aspiración personal radicaba en aprender a construír barcos.


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 Asunto: Re: YEVDOKIA (Eudoxia Lopukhina)
NotaPublicado: 16 Ene 2015 15:09 
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¡Qué tema tan interesante! Minnie, por favor, no lo abandones . . . =D> =D> =D>


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 Asunto: Re: YEVDOKIA (Eudoxia Lopukhina)
NotaPublicado: 18 Ene 2015 19:35 
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Bueno...para situarnos correctamente: reitero que a mi querida Sofía nunca la quitó ni una hora de sueño el ejército de juguete de Pedro. Llegó a constar de 600 hombres, pero no dejaba de tratarse de una bagatela considerando que la gran duquesa contaba con la lealtad feroz de 20.000 Streltsy. Sofía estaba tan segura de que los Streltsy jamás se revolverían contra ella, que no dudó incluso en prestarle algún que otro regimiento a Pedro para que participasen en las maniobras militares que tanto agradaban al joven zar. Adicionalmente, Sofía permitía, sin pestañear siquiera, que desde la armería del Kremlin proveyesen constantemente de armamento de todo tipo a la Poteshnye voiska.

Por lo demás, lo único que le interesaba a Sofía era que Pedro asistiese, siempre que ella lo requería, a alguna ceremonia oficial, generalmente de recepción de embajadas extranjeras, y que, paralelamente, no mostrase ni un atisbo de ganas de interferir en asuntos de Estado. El muchacho sólo parecía poner cabeza y corazón en una fervorosa curiosidad por todo lo occidental. Cuando tras una estancia en París el príncipe Jakob Dolgoruki le visitó y en el curso de su visita le regaló un extraño instrumento, Pedro buscó respuestas a sus mil preguntas en el Suburbio Alemán, dónde vivían los extranjeros que habían ído llegando al país en años anteriores. Un comerciante holandés sempiterno fumador de pipa, Franz Timmerman, fue quien le aclaró de qué se trataba: era un sextante. Pedro preguntó si Timmerman podía enseñarle a usarlo. El holandés no se anduvo con paños calientes: el manejo de aquel instrumento requería conocimientos de aritmética y geometría. Pedro había mostrado anteriormente bastante reluctancia a las clases de matemáticas, pero, a partir de ese momento, se lanzó de cabeza al estudio de la aritmética, geometría e incluso balística.

Franz Timmerman solía acompañar a Pedro en las excursiones de éste por los alrededores de Moscú y por eso estuvo presente en aquella jornada de junio de 1688 durante la cual, visitando Ismailovo, el zar se vió atraído por un bote que no se parecía a los botes rusos que él había visto navegar con frecuencia. A fín de cuentas, Preobrajenskoïe, el lugar en el que Natalia Naryskhina se había establecido con sus hijos, estaba situado a orillas del caudaloso río Yauza y bastante cerca del lago Pleschev. Pedro siempre había observado los botes rusos yendo de un lado a otro, pero ese bote suponía una novedad, Timmerman le aclaró que se trataba de un bote inglés, construído a la manera británica, y eso bastó para estimular el deseo de Pedro de embarcarse en él. El comerciante holandés hubo que refrenarle indicando que el bote llevaba años en completo abandono; necesitaba reparaciones urgentes, empezando por el mástil y las velas. Como Pedro insistía en su idea de probar el bote inglés, Timmerman acabó sugiriéndole que llamase a un compatriota suyo, Karsten Brandt. Casualidades de la vida, Karsten Brandt había llegado a Moscú en su día reclamado por el zar Alexis, el difunto padre de Pedro, que quería que le construyesen un buque para surcar el Mar Caspio. Ahora, Pedro era quien pedía a Karsten Brandt que le arreglase un bote inglés.

A Pedro se le ocurrió ahí que deseaba contar con una flota de botes ingleses, nuevos, relucientes, que fuesen la admiración de todos cuantos les viesen en el Yauza o en lago Pleschev. Una tarea de tal envergadura no podía recaer en exclusiva en Karsten Brandt, por lo que éste llamó a otro holandés: Kort. Entre Kort y Brandt, Pedro pasaba los días entusiasmado con lo que ya se había convertido en su proyecto favorito.

Nada de esto escapaba a la observación de Sofía, pero tampoco a la de Natalia Naryskhina. Aunque Natalia hubiese sido educada en su juventud según el molde de su "madrina escocesa", Eudoxia Hamilton, en la casa del esposo de ésta, el boyardo muy occidentalizado Artamon Matveyev, ahora encontraba desconcertante y preocupante que Pedro, su Petruskha, se pasase los días rodeado de extranjeros del Suburbio Alemán. Aquello no era lo deseable en un joven zar de dieciséis años. Además, Ivan ya estaba casado y no precisamente en un matrimonio blanco: en el segundo semestre de 1688 se hizo evidente que la joven zarina Praskovia estaba embarazada. El embarazo de Praskovia alegraba a Sofía, pero llenaba de aprensión a Natalia Naryskhina. La viuda de Alexis insistió en que Pedro debía contraer también un matrimonio apropiado y empezar a construír una familia propia.

Pedro cedió a la presión de Natalia. Y ahí entra en escena nuestra protagonista, de quien esbozamos una semblanza a inicios del tema...


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 Asunto: Re: YEVDOKIA (Eudoxia Lopukhina)
NotaPublicado: 18 Ene 2015 20:04 
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Recordad...

Se llamaba Yevdokia o Yevdokiya, es decir: Eudoxia. Había nacido el 30 de julio de 1669 en Moscú, siendo una de los hijos del matrimonio formado por Feodor Abramovich Lopukhin y Ustinia Bogdanovna Rtishcheva. En su casa solían llamarla Dunia e incluso Dunka, que parece haber sido el diminutivo preferido por ella misma.

La razón por la cual Natalia Naryskhina fijó su atención en Eudoxia es, simple y llanamente, que la madre de la muchacha estaba estrechamente emparentada con el boyardo Feodor Mikhailovich Rtishchev. Rtishchev, que había sido amigo del zar Alexis, había muerto en 1673, pero entre los rusos perduraba su memoria. Se le bendecía constantemente, recordando que prácticamente se había desprendido de todos sus bienes, empobreciéndose de manera consciente, para destinar aquel dinero a paliar los efectos de la terrible hambruna en Vologda, en el año 1650. Natalia admiraba a Feodor y estuvo predispuesta a elegir a una hija de su parienta Ustinia como esposa de Pedro. No importó que Eudoxia tuviese veinte años de edad y fuese, por tanto, tres años mayor que Pedro. Según sus coetáneos, era una muchacha bonita, y tenemos que creernoslo tal cual, porque no existe ningún retrato de la época para que podamos valorarlo nosotros mismos. Hay, eso sí, una ilustración de un libro reflejando a Pedro y Eudoxia con motivo de su matrimonio:

Imagen


Personalmente, nunca ha dejado de sorprenderme lo poco que parecía conocer Natalia a su Petruskha. Me resulta inexplicable que ella creyese que una muchacha a la que habían criado al viejo estilo, prácticamente analfabeta, con una completa falta de curiosidad intelectual, extremadamente religiosa, pudiese encajar con aquel Pedro que parecía romper el molde de lo convencional. Incluso Praskovia, la mujer de Ivan, hubiera cuadrado mucho mejor con Pedro que nuestra Eudoxia. Porque Praskovia, al igual que Eudoxia, había sido una chica del térém, pero había en ella mayor deseo por verse liberada de un entorno tan claramente delimitado, tan restringido, tan escasamente estimulante. Praskovia no tenía la actitud vital ultraconservadora de Eudoxia, que incluso se mostraba partidaria de los rigoristas.

Cómo pudo pensar Natalia que Pedro se conformaría con ese matrimonio es una cuestión que me hace sacudir la cabeza. Cierto que a través de ella se ganaban a no sólo a las familias paterna y materna de la moza, sino también a otros grandes clanes con los que tenían vínculos estrechos: los Golytsins, los Kurakins y los Romodanovskys. Pero esas ventajas de tipo político no eran, en ese momento, algo que Pedro apreciase de tal manera que le hiciesen contemplar con más satisfacción a su bonita pero aburrida esposa. Durante un tiempo, eso sí, Pedro cumplió sus obligaciones conyugales. Eudoxia tardó poco en embarazarse después de la boda: en febrero de 1690 la tradicional zarina dió a luz a un niño que, siguiendo también la pauta tradicional, recibiría el nombre de su difunto abuelo paterno, Alexis.


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 Asunto: Re: YEVDOKIA (Eudoxia Lopukhina)
NotaPublicado: 18 Ene 2015 20:54 
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 Asunto: Re: YEVDOKIA (Eudoxia Lopukhina)
NotaPublicado: 18 Ene 2015 21:22 
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Praskovia, la mujer de Ivan, había dado a luz en marzo de 1689...pero a una niña. Sofía sólo pudo tener la alegría de ver que a la pequeña sobrina se le daba el nombre de su madre muerta, María. Cierto que Praskovia volvió a quedarse encinta con bendita prontitud, pero para entonces también estaba encinta Eudoxia, la mujer de Pedro. En febrero de 1690, como sabemos, Eudoxia puso en el mundo un varón: Alexis Petrovich. En junio de 1690, Praskovia alumbraría una nueva fémina: Feodosia Ivanovna. Para el año 1691 se repitió la pauta: Eudoxia se convirtió en madre de un segundo varón, Alejandro, mientras que Praskovia tendría a su tercera hija, Catalina.

El pequeño Alejandro murió con siete meses de edad, algo que afectó profundamente a Eudoxia, pero, a aquellas alturas del matrimonio, Pedro estaba tan harto de su tradicionalísima esposa, y de sus tradicionalísimos familiares, que no mostró ningún interés por atenderla a ella ni por asistir a las exequias del bebé fallecido. En el caso de él, no se evidenció ningún sentimiento de pérdida. Probablemente, estaba demasido ocupado entreteniéndose junto a su amante. Y, desde luego, su amante era el polo opuesto de la esposa que firmaba sus escuetas misivas propias de alguien que apenas conseguía redactar un párrafo con un tu pequeña Dunka o tu pobre Dunka.

La muchacha de la que se enamoró Pedro surgió ante su vista en el Suburbio Alemán, como era de esperar. Se llamaba Anna, Anna Mons, y era hija de Johan Mons, un comerciante de vinos holandés cuyos orígenes familiares se situaban en tierras alemanas, probablemente en Westphalia.

Anna, o Anchen, que así solían llamarla en su círculo, no era en absoluto una cándida jovencita. Entre los numerosos amigos extranjeros de Pedro, figuraba un suizo llamado Francis Lefort, un militar muy vinculado al general de origen escocés Patrick Gordon. Entre 1687 y 1689, Lefort se había distinguido en las campañas crimeanas que habían constituído un fiasco notable para la regente Sofía y su hombre de confianza, a la vez que amante, Vasily Golitsyn. Resultaba que Pedro frecuentaba la casa de Lefort en el Suburbio Alemán, y que allí era inevitable que se encontrase con la que, por esa época, era la amante oficial de Lefort: Anchen Mons. A Pedro le encantó Anchen, con su cabellera resplandeciente, su lozana hermosura, su actitud alegre y desinhibida. Respondía con desparpajo a los comentarios que se le dirigían, brindaba con entusiasmo y podía empinar el codo tanto como cualquiera de ellos. Era atractiva, sugestiva, la dosis exacta de picante. El evidente agrado de Pedro fue una señal clara para Lefort de que debía cederle a Anchen. Lefort lo hizo de buen grado, con un "para eso están los amigos".


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