Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: LA REINA JULIA
NotaPublicado: 16 Ene 2010 10:01 
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Estoy convencida de que es una perfecta desconocida para la inmensa mayoría de los españoles. Sin embargo, fue, oficialmente, reina de España. Una efímera reina de España, bien es cierto, aparte de una reina de España que nunca había deseado serlo y que jamás llegó a pisar suelo español. Pero reina de España a fín de cuentas.

El vertiginoso ascenso de Napoleón Bonaparte, debido a la combinación de una serie extraordinaria de circunstancias históricas y a un carisma excepcional del sujeto, derivado de su genio militar pero también de su astucia política con un toque de hábil recurso a la auto-propaganda, enalteció a sus parientes muy por encima de lo que se hubiera podido preveer. No sólo se hizo a sí mismo emperador, sino que se dedicó a crear entre sus allegados reyes, reinas, príncipes, princesas, duques y duquesas. Entre los directos beneficiarios estuvieron, por supuesto, el hermano mayor, Joseph, así como la esposa de éste, Julie, nuestra Julia.

Julia fue Mademoiselle Clary y Madame Bonaparte. Pero también fue reina de Nápoles antes de convertirse en reina de España. Ulteriormente, sería la condesa de Survilliers. Durante su vida entera, los títulos significaron poco para ella. Tuvo la rara virtud de mantenerse fiel a sí misma y de mostrar una inquebrantable lealtad hacia sus familiares, consanguíneos o por afinidad.

Os animo a seguir la historia de Julia porque me parece un personaje adorable. Muchos de sus coetáneos la describieron en términos poco halagüeños; fue presentada como una mujer falta de belleza, de dudoso atractivo físico, tonta, mojigata y para colmo beata santurrona. Pero se trata de una valoración absolutamente injusta. Julia era grata a la vista, aunque no hermosa ni especialmente predispuesta a rendir culto al cuerpo. Se vestía con decoro, ajustándose a los cánones de la moda, pero no trataba de llamar la atención sobre su menuda silueta. A decir verdad, no tenía un pelo de tonta, pero tampoco había en ella pretensiones intelectuales y no manifestó ni pizca de inclinación a representar el papel de intrigante política. Ella eligió, consciente y deliberadamente, mantenerse en un segundo plano. Llamarle mojigata es simplemente una forma de curioso menosprecio hacia una mujer que amaba a su marido y, en consecuencia, quiso ser una esposa fiel. Las aventuras extraconyugales no tentaban a Julia; ni se le pasó por la cabeza corresponder de esa guisa a los cuernos que le ponía su Joseph. En cuanto a la beata santurronería, habría que señalar que más bien se trataba de una señora que vivió en una sencilla religiosidad en una época en la que "no se llevaba".

Admito que por comparación con el resto de napoleónidas, puede resultar, a simple vista, una muchacha descolorida, insulsa, sólo porque su vida privada se desarrolló en un estilo tradicional, de acuerdo con viejas pautas morales. Pero Julia tenía su carácter. Era genuínamente bondadosa, comprensiva, tolerante, servicial y cariñosa. Logró establecer relaciones afectuosas con todos y cada uno de sus allegados, gracias a su naturaleza benévola, a sus maneras gentiles, a su discreción y a su tacto.

Pienso que el mejor tributo se lo rindió Napoleón Bonaparte. Definió a Julia en una frase:

"Es la mejor criatura que ha existido; su conducta después de mi caída ha sido admirable."


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 Asunto: Re: LA REINA JULIA
NotaPublicado: 16 Ene 2010 10:03 
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Los dos grandes retratos oficiales de Julia, el primero en calidad de reina de Nápoles, el segundo en calidad de reina de España, en ambos casos acompañada de sus dos hijas:

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 Asunto: Re: LA REINA JULIA
NotaPublicado: 16 Ene 2010 10:05 
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La joven Julia...en una versión en blanco y negro de un retrato obra de Teriggi que pertenece a la colección del Museo Napoleónico en Roma.

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 Asunto: Re: LA REINA JULIA
NotaPublicado: 16 Ene 2010 11:00 
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Moret, vicario de la parroquia de Sant Ferreol, en la ciudad de Marseille, fue el encargado de bautizar el día 26 de diciembre de 1771 a una niña que había nacido apenas unas horas antes. En un escrupuloso cumplimiento de sus funciones, el clérigo dejó acta para la posteridad de que había procedido a cristianar a...

Marie Julie Clary, hija natural y legítima de Monsieur François Clary, antiguo magistrado municipal de Marseille, y de Madame Françoise Rose Somis.

Françoise Rose Somis no estuvo presente, pues permanecía postrada en el lecho en el que había dado a luz, dentro de una alcoba de la sencilla pero encantadora "bastide" (casa de estilo tradicional marsellés) de los Clary. François, su esposo, había llevado apresuradamente al bebé a la iglesia de Sant Ferreol, porque se trataba de un bebé de escaso peso y tamaño, que mostraba una alarmante fragilidad; no deseaba exponerse a que su hijita pereciese sin haber recibido el bautismo. A François le había acompañado una hermana de su esposa Françoise Rose, su cuñada Marie Therese, que actuaría de madrina de la sobrina. El padrino fué Nicholas Joseph Clary, uno de los hermanos mayores de la neófita Marie Julie.

Los Clary constituían una familia numerosa. François Clary había estado casado, en primeras nupcias, con Therese Gabrielle Flechon, quien le había dado cuatro hijos. El primogénito, François Joseph Clary, apenas había alcanzado el año de edad. A continuación se habían sucedido dos féminas, Marie Jeanne y Marie Therese. Por fín, había llegado otro varón, Etienne François. Cuando Therese Gabrielle Flechon murió en el año 1758, después de siete años de vida en común con su marido François Clary, éste quedó viudo a cargo de tres retoños: Marie Jeanne tenía seis añitos, Marie Therese rondaba los cinco añitos y Etienne François frisaba en el año de edad.

François Clary, un próspero comerciante, se distinguía por ser eminentemente práctico. Guardó luto por Therese Gabrielle Flechon por espacio de doce meses, el tiempo convencionalmente establecido, pero, nada más concluír ese período de duelo, se casó por segunda vez. La elegida, Françoise Rose Somis, procedía de una muy respetable familia marsellesa al igual que su antecesora. A sus veintiún años, era doce años menor que François. No obstante, se trataba de una muchacha equilibrada, razonable y sensata. Estaba decidida a ser una cariñosa madrastra para Marie Jeanne, Marie Therese y Etienne. Esa voluntad se mantuvo firme incluso cuando ella empezó a tener sus propios hijos. Nicholas Joseph fue el primero, nacido en 1760. Después habría otro niño, Joseph, que fallecería antes de cumplir los dos añitos, en 1764. El mismo año de la pérdida de Joseph, aparecería en escena Rose Clary. Una nueva fémina, Lucía Clary, se presentó en el mundo en poco después. Le seguirían Justiniano y Honorine, un niño y una niña.

Marie Julie fue la séptima hija de Françoise Rose Somis, Madame Clary. En el momento en que nació Julia, su medio hermana Marie Jeanne ya tenía diecisiete años. Marie Therese, que seguía a Marie Jeanne, estaba por cumplir los dieciséis años. Luego venían Etienne, de catorce años; Nicholas, de once años, que ejercería de padrino de nuestra heroína; Rose, de seis años; Lucía, de cinco años; Justiano, de cuatro años y Honorina, de dos años. En total, se trataba de un círculo familiar amplio para acoger a Julia, que, previsiblemente, no sería la última en adherirse al clan de los Clary.

Efectivamente, Françoise Rose Somis volvería a dar a luz en dos ocasiones. En 1774, tuvo un varón bautizado con el nombre de Basile Clary, quien se malograría a los siete años. En 1777 se cerró la cuenta con una nueva niña, Eugenie Bernardine Dèsirée Clary.

Aquí, el propósito es recrear la infancia y pubertad de Julia. Se podrían utilizar dos palabras: perfectamente convencionales. Convencionales, se entiende, desde los parámetros en los que se movía cualquier familia de la buena, sólida y recia burguesía marsellesa, conformada mayoritariamente por comerciantes que sabían manejar con tino su patrimonio. El reto del padre, Monsieur Clary, era mantener en constante crecimiento sus negocios para, a su debido tiempo, transferirlos a sus hijos varones...Etienne, Nicholas y Justiniano. El reto de la madre, Madame Clary, era ocuparse de ir preparando a sus hijastras e hijas para que, en su momento, se casasen apropiadamente. Marie Jeanne, Marie Therese, Rose, Lucía, Honorina, Julia y Dèsirée conformaban un grupo de siete féminas a colocar de manera honorable. La inversión económica alcanzaría una suma considerable, por supuesto.

Marie Jeanne Clary contrajo nupcias a principios de octubre de 1781, por supuesto en la parroquia de Sant Ferreol. Nótese que, en ese momento, su medio hermana Julia tenía diez años y su medio hermana Dèsirée, la menor de la casa, tenía cuatro años. Ni Julia ni Dèsirée fueron plenamente conscientes de la importancia de los arreglos económicos que preludiaron la boda de Marie Jeanne con Louis Honoré Le Mans. Cincuenta mil libras constituyeron la dote de Marie Jeanne, un dinero que permitiría a la pareja Le Mans asentarse dignamente en Marseille.

Cuatro años más tarde, le tocó el turno a los Clary de recibir una novia con dote. Etienne intercambió sus votos con Marcela Guey a finales de octubre de 1785, lo que representó la inclusión en el círculo de una nueva presencia femenina. Hay que señalar que Marcela encajó de maravilla entre los Clary; adolecía de una cultura bastante escueta, pero era bondadosa y simpática, por lo que enseguida congenió con sus cuñadas todavía solteras: Marie Therese, Rose, Lucía, Honorina, Julia y Dèsirée. Marie Therese y Rose -a quien los marselleses consideraban la más guapa entre las chicas Clary- se casaron pronto, no obstante. Marie Therese se casó con Guillaume Le Mans, un hermano de Louis Honoré, el marido de Marie Jeanne. Rose hizo una boda todavía más brillante, con Antoine d´Anthoine, un aguerrido comerciante que había llegado a concertar un brillante acuerdo de negocios con la emperatriz rusa Catherine II la Grande, razón por la cual el rey de Francia Louis XVI le había ennoblecido, concediéndole el poder añadir la partícula "de" a su apellido.

A partir de la boda de Rose con Antoine d´Anthoine, barón de Saint Joseph, a Françoise Rose Somis, Madame Clary, le quedan Lucía, Honorine, Julia y Dèsirée. Las expectativas concebidas en torno a Lucía son prácticamente nulas, dado que desde la temprana niñez ha adolecido de una salud muy endeble; es casi un milagro que vaya cumpliendo años esa muchachita casi perpetuamente confinada en sus aposentos de la "bastide" de los Clary. Pero Honorine, Julia y Dèsirée acuden a clases en un convento de Marseille. Entre sus compañeras de estudios, amigas de niñez, figuraría Sophie Guey, hermana menor de aquella Marcela Guey que se había casado con Etienne Clary.

Julia parece haber manifestado seriedad y aplicación. Su gramática y ortografía mejoraron rápidamente, superando con mucho el nivel que alcanzaría Dèsirée. Por lo demás, el programa de estudios tenía poca sustancia intelectual. Algunos rudimentos de latín se entremezclaban con un programa de lecturas históricas y filosóficas, pero, en realidad, se trataba de dar a las chicas de buena familia una fina capa de barniz cultural, centrando la mayor parte del tiempo en aprender a moverse en sociedad. El dibujo y la pintura no eran, definitivamente, el punto fuerte de Julia, ni de Dèsirée. En cambio, les encantaban la música y la botánica. Julia aprendió a tocar el piano y el arpa con corrección. Las dos recogían flores y plantas que secaban primorosamente para después colocarlas en un bonito album.

En conjunto: un panorama que entonaba con la clase social a la que pertenecían. Todo muy burgués, sin notas discordantes. Nada podía hacer presagiar que esas muchachas Clary llamadas Julia y Dèsirée se elevarían miles de metros por encima de sus orígenes, sólidos, respetables, pero no particularmente distinguidos. Estaban inmersas en una atmósfera confortable, pero no ostentosa y de ninguna manera lujosa. En realidad, el detalle más lujoso en sus infancias lo ponían algunas muñecas de sus colecciones, llegadas de lejanos países. Era la ventaja de tener un padre y unos cuñados comerciantes. No les faltaban muñecas exóticas...ni les faltarían a su debido tiempo géneros de excelente calidad para confeccionar sus ajuares.


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 Asunto: Re: LA REINA JULIA
NotaPublicado: 16 Ene 2010 11:15 
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La Revolución francesa trastocó por completo el país a partir del verano de 1789. A Julia, esa cadena de acontecimientos la sorprendió con dieciocho años. A Dèsirée la pilló teniendo doce años solamente.

Es harto probable que, al principio, las jóvenes Clary no tuviesen una conciencia clara del alcance de los movimientos político-sociales que se estaban produciendo. Al principio, sólo se daban cuenta de que el hermano favorito de su madre Françoise Rose, Victor Somis, que era teniente coronel, mostraba una firme adhesión hacia los reyes Louis XVI y Marie Antoinette, quienes habían sido forzados a trasladarse de Versailles a París. En cambio, François Clary parece haber sido un típico burgués que compartía las demandas de los de su clase. La proclamación de los Derechos del Hombre y el Ciudadano le entusiasmo tanto que hizo enmarcar una hoja volante para situarla en lugar de honor de su casa. Sus hijos varones -Etienne, Nicholas y Justiniano- también depositaban grandes esperanzas en la Revolución.

Hacia mayo de 1791, la existencia de los Clary aún fluía en relativa tranquilidad. El gran acontecimiento de entonces, para ellos, fue la boda de Honorine con un capitán del cuerpo de ingenieros recientemente ennoblecido llamado Henry Blait de Villeneufve de la Ciotat, veintiún años mayor que la muchacha a la cual desposó en Sant Ferreol. Al irse Honorine de casa tras la boda, Julia se transforma, de inmediato, en la que se encarga de cooperar con la madre Madame Clary en el manejo de los asuntos domésticos. Es algo que le gusta mucho, hacerse cargo de esas pequeñas cuestiones que marcan la diferencia en cualquier casa. Con paciencia, rellena con lavanda diminutos saquitos que coloca en el interior de los cajones de las cómodas y en los armarios abarrotados de ropa blanca. Le gusta supervisar la limpieza de las vajillas y la cubertería de las grandes ocasiones. Otra chica se aburriría con esos menesteres, pero no Julia. A partir de 1792, con el decreto que echa el cierre a los conventos, Dèsirée interrumpe su educación, quedándose en casa. Julia se alegra de poder contar con la compañía de Dèsirée, a la cual adora.

Pero la época del Terror se inaugura...señalando un dramático punto de inflexión en esa historia familiar sosegada y apacible. Hasta entonces, los cambios en el escenario socio-político se han hecho notar de manera más o menos comedida, pero con el Terror, se produce una brusca aceleración provocada por los elementos más radicales del amplio espectro de partidarios de la Revolución. Los efectos se harán sentir rápidamente en Marseille y también alcanzarán de lleno a la familia Clary.


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 Asunto: Re: LA REINA JULIA
NotaPublicado: 17 Ene 2010 00:10 
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Los estudiosos de la Revolución francesa saben que suele dividirse, para su mejor comprensión global, en una serie de períodos. Convencionalmente, se denomina "Reinado del Terror" o simplemente "el Terror" a la etapa que media entre septiembre de 1793 y la primavera de 1794. Por supuesto, los expertos en el análisis de esa época mantienen todavía apasionados debates. A un nivel muy resumido, podríamos decir que fue la época en la que los jacobinos barrieron a los girondinos mediante una alianza estratégica con los sans culottes, cuyo descontento con el curso de la revolución se había agudizado debido a que numerosas medidas se percibían como tal vez beneficiosas para la burguesía pero perjudiciales para el pueblo llano. En un contexto general en que los ejércitos de otras naciones estaban en guerra contra el sistema republicano francés y en que surgían alzamientos de distinto sesgo, incluídos algunos de carácter contra-revolucionario, los jacobinos entendieron que sólo atendiendo a los requerimientos de los sans culottes podían copar el poder en detrimento de los girondinos.

A un nivel más práctico, el Terror se define por ser la etapa en que Maximilien Robespierre, apodado "el Incorruptible", estaba al frente del Comité de Salvación Pública, un órgano de carácter ejecutivo que se había creado en el mes de abril de 1793 para que sirviese de refuerzo a las acciones que desarrollaba el anterior Comité de Seguridad Nacional. Robespierre al frente del Comité de Salvación Pública viene a ser la imagen que surge en nuestras mentes al oír la expresión "el Terror". El propio Maximilien describió "el Terror" en una frase:

El terror no es más que la justicia rápida, severa, inflexible.

En gran medida, también puede pensarse que fue la práctica a gran escala de una especie de masacre organizada desde el Estado. Hasta ese momento, la Revolución había considerado sus enemigos naturales a los aristócratas y clérigos que habían sustentado el antiguo modelo de organización basado en dos estados privilegiados. No todos los aristócratas y no todos los clérigos, por otra parte. Había habido aristócratas que, por convicción o por puro instinto político, se habían apresurado a mostrarse "ardientemente revolucionarios", al igual que clérigos que habían decidido anteponer a cualquier otra consideración un juramento de lealtad a la naciente República. Pero, en última instancia, seguían siendo sospechosos por sus antecedentes.

Al tratar de detener a cualquiera que no estuviese en plena sintonía con la etapa en cuestión, se puso también en el punto de mira a la burguesía. La burguesía acomodada suele ser, por propio interés, una clase conservadora; promueve los cambios que redundan en un incremento de su protagonismo, pero luego intenta echar el freno porque valora antes que nada el principio de orden. Para los suspicaces jacobinos y los no menos recelosos sans culottes, esa clase confortablemente situada era demasiado proclive a apoyar tentativas contrarevolucionarias. Las detenciones se multiplicaron. Las ejecuciones en la guillotina mostraron un notable ascenso. También aumentaron las escenas de linchamiento callejero.

En ese clima brutal se vieron atrapados -¡cómo no!- los más destacados negociantes de la ciudad de Marseille, ciudad que había sido virtualmente ocupada por tropas republicanas después de que desde allí hubiese partido hacia el norte un ejército de realistas mal pertrechados que habían confiado en poder plantar cara a ese gobierno que había escorado hacia el radicalismo puro con la ayuda de los ingleses (quienes, egoístamente, tenían interés en hacerse con los puertos de Marseille y Toulon). Los realistas fueron derrotados clamorosamente en agosto de 1793. A continuación, los vencedores republicanos, en nombre de la Convención, entraron a saco en Marseille. El Tribunal Revolucionario, presidido por Albitte, empezó a funcionar a pleno rendimiento, ordenando detener a numerosos prohombres marselleses que "podían" haber simpatizado con los realistas.

No soplaban buenos aires para los Clary. François Clary era demasiado próspero. Cierto que tenía enmarcada en una pared de su casa la hoja volante con una impresión de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, pero se temía que pudiese albergar sentimientos realistas. Máxime cuando su cuñado Victor Somis, el hermano predilecto de su mujer Françoise, había sido uno de los comandantes del ejército realista derrotado poco antes por los revolucionarios. Victor Somis no íba a ser ni detenido ni ejecutado porque había conseguido huír a España. Pero François Clary estaba al alcance del Tribunal Revolucionario. Enseguida se emitió orden para detenerle en su casa, en presencia de su aterrada esposa y de sus conmocionadas hijas. Fue conducido al fuerte de Sant Jean. Casi simultáneamente, en otra vivienda de la ciudad, se ha detenido a Henri Blait de Villenufve, el marido de Honorina. Por si fuera poco, en pocos días, los revolucionarios se presentan también en la morada que comparte Etienne Clary con su esposa Marcela Guey. Etienne protesta ruidosamente, pero no le sirve de nada: le llevan al fuerte de Sant Jean mientras Marcela se queda atrás, con tres hijos pequeños colgados de su falda -Marius, Bienvenido y Marcela- y en avanzado estado de preñez.

No cabe dudar de que esas jornadas fueron altamente dramáticas en la "bastide" de los Clary. Françoise Rose Somis, Madame Clary, vivía en una fortísima tensión nerviosa mientras sus hijas menores, Julia y Dèsirée, intentaban, en vano, manifestar cierto optimismo. Por suerte, el ya bastante mayor Françoise Clary había enfermado al poco de ingresar en el fuerte de Sant Jean; los revolucionarios juzgaron que su estado, bastante grave, hacía preferible devolverle a su casa. El marido de Honorina se libró de acabar en una carreta en dirección a la guillotina afirmando que no era noble y que no volvería a usar ninguna partícula "de" entre su nombre de pila y sus apellidos. En cualquier caso, la experiencia de haber estado detenido le traumatizó de tal manera que decidió escapar del país sin contar con Honorina. Hacia el mes de mayo, Honorina, aprovechando la coyuntura, obtuvo el divorcio. Para entonces, Antoine d´Anthoine, el esposo de Rose, temiendo que la situación se cebase en él, emigró a Italia. Rose se quedó en Marseille hasta dar a luz; después, con un bebé colgado del pecho, correría al encuentro de su marido. Para complicar la escenografía, en algún momento de ese período aciago, Justiniano Clary, el mozo que se había preocupado de sostener el negocio familiar a raíz de la desaparición de François Clary y de la detención de Etienne, muere. La muerte de Justiniano fue dramática, pues se le encontró con un tiro incrustado en la carótida del maxilar izquierdo en el fondo de un pozo al cabo de tres días buscándole. No se sabe si fue un suicidio o un ajuste de cuentas, aunque la versión del ajuste de cuentas ganó terreno a la del suicidio.

Pero Etienne parecía destinado a consumirse en prisión, a pesar de que Marcela, en un ejercicio de puro coraje, dejó a sus hijos a cargo de sus familiares para centrarse por entero en la tarea de realizar gestión tras gestión a favor de su marido.

Muchos años después, en el ocaso de sus existencias, ni Julia ni Dèsirée querían recordar esos acontecimientos. El hecho de que eludiesen tozudamente ese tema refleja hasta qué punto les había traumatizado la experiencia y que por nada del mundo se exponían a revivir aquel trauma juvenil. Las dos eran conscientes de que François Clary había podido morir en su cama de pura casualidad; si sus guardianes no le hubiesen devuelto desde el fuerte en el que se le había confinado debido a la enfermedad del caballero, éste, muy probablemente, habría acabado perdiendo la cabeza en un patíbulo. Los maridos de Honorina y Rose se habían marchado, el primero sin su mujer, el segundo con la aquiescencia de su esposa. Justiniano había muerto en muy oscuras circunstancias; le había matado una bala y el cadáver había aparecido en el fondo de un pozo. Marcela las había pasado moradas para convencer a los revolucionarios de que "se había cometido un error con el pobre Etienne". El episodio, en global, hizo que Julia y Dèsirée, que hasta entonces habían vivido resguardadas, en un entorno tranquilo y confortable, comprendiesen que la Revolución que nunca habían percibido como un peligro podía ser devastadora para cualquier familia a la que su posición pudiese hacer sospechosa de simpatías contrarevolucionarias.


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 Asunto: Re: LA REINA JULIA
NotaPublicado: 17 Ene 2010 13:33 
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La formidable actividad que desplegó Marcela Guey con el propósito de salvar a su marido Etienne Clary la hizo llamar a muchas puertas. Estaba plenamente decidida a obtener, a cualquier precio, una audiencia con Albitte, que estaba al frente del Tribunal Revolucionario, para convencerle de que se habían equivocado al detener a Etienne. Una de las vías que exploró Marcela fue la que conducía a Albitte a través del secretario asistente personal de ese personaje. Se trataba de un joven abogado corso llamado Joseph Bonaparte.

Las súplicas de Marcela encontraron una acogida favorable en Joseph. Y Marcela, por otro lado, era una mujer que sabía explorar a fondo las posibilidades. Se había enterado de que la madre y los hermanos menores de aquel chico, pobres emigrados corsos, residían en una casa que había sido requisada a su propietario, Monsieur de Cypières, porque éste había huído al extranjero por temor a la Revolución. Marcela enseguida convenció a sus cuñadas Julia y Dèsirée de que las acompañasen a visitar a Madame Letizia Bonaparte en su sencilla morada. Quería agradecerle a Letizia los esfuerzos que estaba haciendo Joseph para beneficio de Etienne. De esa forma, Letizia, conmovida, presionaría a Joseph para que éste redoblase los afanes.

Es obvio que Marcela no era desinteresada al cumplimentar con su presencia a Letizia Bonaparte en el hôtel de Cypières de la rue Lafont. Pero Marcela poseía un corazón enorme, que no le cabía en el pecho. Mientras intentaba tocar la fibra sensible de Letizia, con Julia y Dèsirée flanqueándola, la propia fibra sensible de Marcela se vió tocada por la situación económica apurada de los Bonaparte, descrita en términos sencillos, sin lamentos, por la matriarca que tenía las manos desolladas de tanto lavar ropa en un riachuelo cercano. Conmovida, Marcela hizo lo que pudo, enviando leña y mantas al hôtel de Cypières, para asombro de Letizia, que estaba predispuesta a esperar solidaridad sólo de los compatriotas corsos que se encontraban en suelo francés, pero no de unos burgueses marselleses. Ese instante vió surgir una amistad que perduraría a través de las décadas: la de Letizia Bonaparte y Marcela Guey Clary. Probablemente, Marcela Guey Clary fue una de las mujeres más sinceramente queridas por Letizia aparte de la inquebrantablemente leal criada de los Bonaparte, Saveria.


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 Asunto: Re: LA REINA JULIA
NotaPublicado: 17 Ene 2010 17:37 
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Muy chulo...Otra gran desconocida que nos descubres, Minnie ;)


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 Asunto: Re: LA REINA JULIA
NotaPublicado: 17 Ene 2010 21:27 
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Riccardo...¡no sabes el alegrón que me da el que hayas dedicado unas palabritas a Julia, jajajaja! Durante años he vivido convencida de ser la única española a quien le interesaba la "reina" Julia. Entrecomillo lo de reina porque, evidentemente, desde la perspectiva de la mayoría de los españoles de la época, era la esposa jamás vista de un monarca intruso, puesto en el trono por aquel Napoleón que había mandado a sus tropas a controlar la península Ibérica.

Julia es un personaje encantador, de esos que cuando los conoces te producen una particular simpatía y ternura ;)


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 Asunto: Re: LA REINA JULIA
NotaPublicado: 17 Ene 2010 21:38 
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He leido dos libros sobre Julia, el de balansó y el de Ana de Sagrera sobre Julia y Desiree.


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 Asunto: Re: LA REINA JULIA
NotaPublicado: 17 Ene 2010 21:42 
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pues si otra gran desconocida!! nunca me plantee siquiera que pepe botella pudiera tener esposa (grin)

estoy encantadisima con las dos hermanas.... :DD


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 Asunto: Re: LA REINA JULIA
NotaPublicado: 17 Ene 2010 22:02 
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De esa forma, debido a los desvelos de Marcela Guey Clary, se entretejieron los destinos de los Clary de Marseille con los de los Bonaparte de Ajaccio. Los antecedentes y la situación de ambas familias no podían ser más contrapuestos. A los Clary, que habían sido durante generaciones gente de orden, que se mantenía firmemente arraigada en la provinciana sociedad marsellesa mientras prosperaban sus negocios, tenía que chocarles bastante el pasado agitado e incluso turbulento de los Bonaparte en la isla de Córcega.

Pero la Revolución estaba alterando el panorama, trastocando las cosas. De los hijos de Letizia, dos estaban, a la sazón, bien situados. Uno era Joseph. El otro era Napoleón, un joven oficial en franco ascenso desde que Agustin Robespierre, hermanísimo de Maximilien Robespierre, le había recomendado vivamente describiéndole como "el genio militar de la época". Joseph y Napoleón enseguida visitaron a los Clary para testimoniarles su simpatía por la forma en que Marcela, escoltada habitualmente por Julia y por Dèsirée, había atendido a Letizia Bonaparte. Las visitas no se detuvieron en ese punto. A medida que Joseph seguía interviniendo para conseguir la liberación de Etienne, se incrementó el trato de ambas familias. Después de la liberación de Etienne, estaba claro que Joseph sería recibido con notable simpatía en la casa de los Clary. Cuando llevaba consigo a Napoleón, la hospitalidad de extendía hacia éste a pesar de que Françoise Rose Somis, Madame Clary, encontraba más fácil el trato con Joseph. Napoleón no hacía gala de los modales impecables y la simpatía de Joseph. Era un Napoleón que se las daba de recio y marcial, severo en sus expresiones, demasiado convencido de su propia valía, decidido a seguir escalando posiciones en la jerarquía del ejército republicano.

Es probable que Joseph fuese el primero en determinar que las chicas Clary constituían los mejores "partidos" a los que podían aspirar. Joseph estaba en edad de sentar cabeza, pero aún no había encontrado una joven que le pareciese conveniente desde que habían abandonado Córcega. En Córcega, durante una época, había tenido en mente a Anita Giubega, cuyo padre, Lorenzo, era el padrino de bautismo de Napoleón. Se daba la circunstancia de que Anita, emparentada con la nobleza genovesa por vía materna, constituía la alegría y el orgullo de su padre, quien había establecido que esa hija tan querida recibiría una dote formidable cuando se casase. A Joseph le resultaba una perita en dulce, porque era guapa, salerosa en un estilo puramente corso y potencialmente rica.

Habiendo dejado atrás a Anita Giubega, Joseph enseguida captó al vuelo el "potencial" de Julia y Dèsirée Clary. Curiosamente, parece que, en principio, le gustó Dèsirée, la menor de las hermanas. La juventud de Dèsirée, bajita y menuda, la hacía más vivaz, más llamativa, de lo que parecía Julia, serena, sosegada, apacible. Pero Napoleón también se había fijado especialmente en Dèsirée. Se dice que en una charla entre los dos hermanos Bonaparte, Napoleón persuadió a Joseph de que a éste le cuadraba mejor el carácter de Julia Clary. Él, Napoleón, se quedaría, a cambio, con la pequeña Dèsirée.

Esa charla de los Bonaparte llegaría a ser de conocimiento de Julia y Dèsirée, pero dice mucho del candor juvenil de las dos que ninguna de ellas se lo tomase a mal. Julia estaba encantada viendo que Joseph la rodeaba de atenciones, en un cortejo dirigido a obtener su mano en matrimonio. Nadie ha dudado de que Julia se enamoró de Joseph en un santiamén y que sus sentimientos enseguida arraigaron firmemente en esa muchacha de notable madurez. Se pueden cuestionar los sentimientos de Joseph hacia Julia, pero no los de Julia hacia Joseph.

Sólo había algo que frenaba a Julia. Cuando participaba en las tranquilas pero agradables veladas en casa de los Clary, entre tacitas repletas de café moka y bandejas con pastas de elaboración artesana, Joseph mencionaba habitualmente la estancia de los Bonaparte en Francia como si fuese un episodio temporal, debido a las particulares circunstancias que se vivían en Córcega. Dentro de la isla, el líder independentista Pasquale Paoli, del que en una etapa muy remota habían sido partidarios Carlo Buonaparte y Letizia Ramolino, había aprovechado el estallido de la Revolución para sacudirse de encima a los franceses con el apoyo de los ingleses. La República francesa, no obstante, aspiraba a recobrar el control de la isla de Córcega. En esa época, precisamente, se preparaba una expedición militar para intentar retomar la posesión efectiva de la isla de Córcega en la cual ansiaban participar Joseph y Napoleón. Los dos se veían, en su imaginación, recuperando Córcega para Francia. Joseph no dudaba de que, con el tiempo, su madre, Letizia, volvería a instalarse en la casa de Ajaccio. Él, y para el caso la mayoría de sus hermanos, si no todos, también se instalarían adecuadamente en Ajaccio.

Esas "ilusiones" de Joseph preocupaban y asustaban a Julia. Julia era una chica marsellesa que jamás había barajado la idea de acabar residiendo fuera de su región natal. Cuando sus hermanas mayores -Marie Jeanne, Marie Therese, Rose y Honorine- se habían casado, no se habían marchado de la zona. Se habían quedado por allí, cerca, lo que permitía que la familia Clary mantuviese unos vínculos fuertes, rotundos. Julia soñaba con casarse y tener hijos: en eso, era absolutamente convencional. Pero también soñaba con casarse en Marseille, tener hijos en Marseille, madurar, envejecer y morir en Marseille. La forma en que Joseph daba por sentado que él y la mujer a la que desposase acabarían residiendo en Ajaccio más temprano que tarde la hacía temblar.

Ese asuntito parece haber impedido que Julia otorgase a Joseph el "sí" que éste esperaba a cambio de sus requiebros amorosos durante meses. No es casual que Julia se decidiese a aceptar la proposición de su Joseph hasta después de que hubiese fracasado la expedición militar a Córcega. La flota francesa se había encontrado a la altura del cabo Nolí con una flota de los corsos coaligados a los ingleses...y había perdido. Para Napoleón había sido un revés importante, pero Joseph estaba profundamente afectado, con una mezcla de aturdimiento, frustración y abatimiento. Julia debió pensar, quizá, que las probabilidades de que los Bonaparte pudiesen retornar a Córcega serían mínimas durante un largo período de tiempo, pues el gobierno republicano no tenía más remedio que olvidarse de esa isla para centrar sus energías en resolver otras cuestiones pendientes. Los años pasarían...y tal vez al cabo de lustros o de décadas a Joseph, a la sazón plenamente integrado en Francia, ya no le apetecería siquiera retornar a Córcega arrastrando consigo una esposa y, previsiblemente, un nutrido retén de hijos e hijas.


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