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 Asunto: Napoleón I el grande
NotaPublicado: 06 Jun 2010 00:31 
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Creo que es muy justo poder conocer la vida de uno de los más grandes personajes de la historia universal, amado y odiado, espero que minnie, amelie, y katy puedan encontrar el tema interesante asi como los demás miembros del foro, dejó humildemente que sea un hermoso articulo del gran André Castelot el que nos lleve por esa extraordinaria novela que fue la vida de Napoleón I

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« Tengo algún presentimiento de que un día esta pequeña isla sorprenderá al mundo »
Juan Jacobo Rousseau (1713-1788).

NAPOLEONE DI BUONAPARTE nació el 15 de agosto de 1769 en Ajaccio, capital de la isla de Córcega que, desde el 15 de mayo de 1768, había pasado a ser propiedad del reino de Francia en virtud del tratado de Versalles, convenio que sellara la cesión de este territorio por Génova al Rey Luis XV.
Evidentemente la transacción no se había hecho de un simple plumazo sobre el papel, una tozuda defensa patriótica había hecho estragos en la ínsula pero, en aquel tiempo, la resistencia corsa ya había sido aplacada por el ocupante francés desde el 9 de mayo de 1768 tras la victoria del conde de Vaux, en Ponte Corvo.
Esa mañana del 15 de agosto, la muy piadosa María Laetitia Ramolino (1749-1836), mujer afamada por su gran belleza y apodada la « pequeña maravilla de Ajaccio », regresa de misa a toda prisa y da a luz « casi sin dolor » a un precioso varón, no en la recámara, a la que no alcanza a llegar, sino en pleno salón, a las 11 de la mañana.

Es el pequeño Napoleone, un niño diferente desde su nacimiento. Nace con dientes y, según una leyenda romántica tenaz, apenas parido habría sido envuelto en una alfombra antigua en la que figuraban representados los combates de la Ilíada, siendo el bebé elegido arrullado nada menos que por los manes de los héroes homéricos. Un día, muchos años después, se interrogó a Laetitia al respecto y, alzando los hombros con una sonrisa retozona en los labios, respondió: « ¡no tenemos alfombras en nuestras casas en Córcega, menos aún en verano que en invierno! ». Por lo pronto, el 21 de julio de 1771, el bambino es bautizado en la catedral de Ajaccio por el archidiácono Luciano, su tío abuelo.

Son muchos los que se preguntan de dónde viene este nombre predestinado, de sonoridades extrañas y poéticas. Su etimología, muy discutida, es incierta.
Algunos literatos pretenden que significaría « el león del desierto »; es lo que pensaban poetas como Víctor Hugo o la pareja legendaria compuesta por Barthélémy y Méry; el Conde de Las Cases también hace referencia a esta suposición en su Memorial.
Ciertos investigadores creen que este apelativo es de origen latino y se relaciona con la italiana villa de Nápoles, pero otros historiadores afirman que más bien proviene del griego « Ne-Appolyon », que quiere decir « el verdadero guerrero ».

Sin embargo existe otra hipótesis mucho más interesante, y que es confirmada por la documentación medieval de los siglos IX a XIII. Según esta teoría, nos hallamos frente a un nombre de origen germánico ulteriormente adoptado y difundido en las regiones central y norte de la península italiana. Sería un derivado del lombardo Nebulunc (o Nebulung), variante a su vez del germánico Niebelung, palabra que viene de nibil (niebla) y que por consiguiente está vinculado con el alemán Nibelung, Nibelungen, propio de la mitología germánica como se sabe. El nombre se habría fundido enseguida en formas preexistentes y comunes en los distintos dialectos italianos: Napoli (Nápoles), Leone (León).
Más allá de estas sabias especulaciones, en lo que se refiere a la elección familiar de un nombre tan particular estamos bien seguros de dos cosas:
Primero, que lo hallamos regularmente en la genealogía de los Buonaparte, como es el caso de un tío de Carlo María, padre de Napoleón, llamado Napoleone, quien fuera un ferviente patriota corso que combatió a los franceses antes de morir en Corte en agosto 1769.
Segundo, que Laetitia habría explicado que: « Es en recuerdo de aquel héroe que transmití este nombre a mi segundo hijo. »
La vida de los Buonaparte se desarrolla en un clima apacible y familiar, pero también áspero y escueto. Laetitia tiene que hacerle frente a una vida difícil con la llegada de doce niños pero, como buena matrona patricia, siempre logra sacar adelante a la familia gracias a una férrea disciplina, un carácter a toda prueba y principios morales bien sólidos.
En cuanto al padre, Carlo, apuesto, gallardo y de emérita elocuencia, es un viajero incansable y bastante mujeriego que se esmera con todas sus fuerzas por lograr penetrar en la buena sociedad francesa. Pertenece a la pequeña nobleza local, y como goza de la protección del gobernador, el marqués Charles-Louis-René de Marbeuf, logra beneficiarse de los privilegios propios de su estatuto, con lo cual estará capacitado para enviar más tarde a sus dos hijos mayores, Giuseppe (José) y Napoleón, a las escuelas reservadas para los nobles sin recursos.
José es un muchacho muy bueno, dulce y flojo, que será destinado al sacerdocio, escapando por poco al este designio todo trazado.
Napoleone en cambio, pasa una infancia burguesa en casa, y casi salvaje en las callejuelas de Ajaccio y el sendero de la viña paterna. Como el padre, también es afecto a las bondades del sexo débil y alguna vez estuvo muy apegado a una niñita local, lo que le cuesta ser el blanco de las burlas de los demás mozalbetes, que componen y le cantan un versito socarrón: Napoleone di mezza calzetta fa l’amore a Giacominetta, « Napoleone con la calceta a medias le hace el amor a Giacominetta ».
Pagaban caro su atrevimiento, pues como recordará muchos años después el Emperador: « No podía soportar ser el objeto de este barullo. Palos, pedruscos, cogía todo lo que se presentaba bajo mi mano, y me lanzaba a ciegas en medio de la melé. Felizmente siempre había alguien para ponerme un alto y sacarme del aprieto; pero el número no me detenía, yo no contaba ».

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Casa de Napoleón en corsega

Tras esta infancia plácida y convencional, el pequeño Napoleone desembarca en el continente en enero de 1779 para ingresar, gracias a una beca del Rey de Francia, al colegio de Autun, donde reencuentra a su hermano mayor José, que le había precedido.
El 5 de mayo siguiente, es admitido en la escuela militar de Brienne (Briena). Como todos los extranjeros, a menudo el pequeño isleño es tomado en broma por sus camaradas por su acento muy pronunciado, su vocabulario vacilante; en efecto al llegar dejar Córcega no habla una palabra de francés, idioma que tiene que aprender desde cero a todo vapor. Su extraño nombre tampoco escapa a la astucia de sus camaradas, que pronto le imputan el apodo irrisorio de La paille au nez, « la paja en la nariz », manera burlesca de imitar la forma como el pequeño pronuncia su nombre inverosímil, Napolione. Por otra parte, una causa suplementaria que explica estos sarcasmos y el tratamiento despectivo del que es víctima son sus orígenes de la pequeña nobleza, así como su evidente pobreza, sus ropas descoloridas y desgastadas, que hacen que el orgulloso infante se repliegue sobre sí mismo, prefiriendo a los grandes autores y los libros a sus compañeros y a los juegos de su edad. El 6 de abril de 1783, sin haber alcanzado aun la edad de catorce años, traza estas líneas en una carta destinada a su padre:

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Napoleón en la escuela de Briena
Estampa según el cuadro de Maurice Réalier Dumas (1860-1928).

« Briena, a 6 de abril de 1783.
-¡Padre mío, si vos, o mis protectores, no me dais medios de sostenerme más honorablemente, llamadme cerca de vos, estoy cansado de exhibirme en la indigencia y de ver sonreír por ello a alumnos insolentes, quienes no tienen más que su fortuna sobre mí, ya que no hay uno que no esté a cien picas por debajo de los nobles sentimientos que me animan!
« ¡Eh! ¿¡Qué, Señor, vuestro hijo sería continuamente el hazmerreír de algunos nobles patanes, quienes, orgullosos de los placeres que se dan, insultan sonriendo las privaciones que padezco!? ¡No, padre mío, no! si la fortuna se rehúsa absolutamente a la mejoría de mi suerte, arrancadme de Briena: Dadme, si hace falta, un estado mecánico; que yo vea iguales alrededor de mí, sabré pronto ser su superior; por estos ofrecimientos juzgad mi desesperación; mas, lo repito, prefiero ser el primero de una fábrica que el artista desdeñado de una academia.
Esta carta, creedlo, no está dictada por el vano deseo de librarme a diversiones dispendiosas, en nada estoy prendado de ellas. Siento solamente la necesidad de mostrar los medios que tengo de procurármelas como mis camaradas. Vuestro respetuoso y afecto hijo,
De Buonaparte, cadete.»

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Napoleón, cadete

Ante esta situación insostenible, extirpado en plena infancia a su familia, a su isla tibia y sometido a una angustia constante en esta pequeña prisión de 110 alumnos, el muchacho, altivo, de carácter templado cual navaja de acero, se retrae, devora libros y cualquier lectura que esté a su alcance, medita, sueña, se prepara: « el genio no se perfecciona, pero el arte de combinar bien las cosas es perfeccionado cada día por la observación y la experiencia », asegurará.
Según el parecer de uno de sus condiscípulos, es « sombrío y hasta arisco, encerrado casi siempre en sí mismo », tanto que se le imagina «recién salido de un bosque y habiéndose sustraído hasta entonces a las miradas de sus semejantes». No por ello es menos estudioso, meditativo y bien notado. El caballero de Kéralio, inspector de las Escuelas reales, creyendo descubrir en él «una chispa que no se debería desatender demasiado», le destina a la Marina.
Así, contrariamente a ciertas leyendas, Napoleón no fue desdichado en Brienne.
Su gusto por la soledad sin duda llamó la atención del padre Berton, principal de la escuela, quien puso a su disposición un jardincito en el cual al futuro emperador le gusta meditar, sin testigos, en el pequeño cenador que se acondicionó en medio de las madreselvas.

El 14 de mayo de 1783, oficiada por el abate Geoffroi, tiene lugar en la capilla de Briena la primera comunión de Napoleón, acto para el cual había sido preparado por el Padre Charles Patrault. Una noche, ya en el crepúsculo de su vida en Longwood, alguien preguntó al Emperador cuál fue la jornada en la que fue más feliz. Todos esperaban oír los nombres de Josefina, del Rey de Roma, las rememoraciones de la Consagración o de Austerlitz, mas Napoleón respondió lacónicamente: « el día de mi primera comunión ».

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 Asunto: JUVENTUD: EL ÁGUILA EMPRENDE EL VUELO
NotaPublicado: 07 Jun 2010 00:05 
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«Bonaparte será quien pague el doble precio histórico de la Revolución: un estado fuerte y la guerra permanente».
François Furet.


En octubre de 1784, Napoleón tiene quince años y se integra a la escuela militar de París.
Rápidamente promovido a segundo teniente de artillería, se incorpora en noviembre de 1785 al regimiento de La Fère en guarnición en Valence, en el sureste de Francia (Valence-sur-Rhône, antes llamada en castellano Valencia de Francia).
Mejor recibido que en Briena, puesto que rodeado de camaradas de su condición, el joven Bonaparte ejerce entonces su oficio con gran dedicación, doblegándose dócilmente a las exigencias de la disciplina. Valence es también para él la ocasión de abrirse al mundo y codearse con la sociedad mundana y a veces frívola en la que gracias a su gran personalidad pronto se hace notar favorablemente. En cuanto a su persona, hay que decir que en ese momento el muchacho no es lo que podamos llamar un vehemente amante de vida, y menos aún un apasionado de la rutina de la guarnición y la maniobra. Este hijo de las Luces es un romántico solitario y melancólico, está desencantado y fiel a su costumbre escapa al tedio de la realidad por medio de la lectura y del estudio. También de la escritura. De hecho sueña con dedicarse a las letras, con llevar una vida literaria y seguir los pasos de su modelo del momento, Juan Jacobo Rousseau, de quien escribió un día esta frase plena de arrebato juvenil « ¡Oh Rousseau! ¿Por qué no viviste más que sesenta años? ¡Para el interés de la virtud, hubieses debido ser inmortal! ».
Junto con Jean-Jacques, siempre conservará en su corazón un lugar especial para los autores que han marcado su juventud, como Goethe o Bernardin de Saint-Pierre. En años posteriores, conforme su espíritu va madurando se irá interesando en autores a veces hoy olvidados o mal conocidos pero de una gran importancia en su tiempo, como el Vizconde de Bonald. Si duda merezca un lugar en nuestra evocación el divino Corneille, poeta sublime a quien, de haber vivido en su tiempo, el Emperador hubiera hecho « un primer ministro; no son sus versos lo que más admiro, es su gran sentido, su gran conocimiento del corazón humano, es la profundidad de su política ».

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Napoelón en la Escuela militar

Después de haber obtenido un permiso en septiembre de 1786, regresa a Córcega donde los negocios de la familia se han degradado gravemente desde la muerte de su padre, acaecida dieciocho meses antes en un hospital de Montpellier. Este suceso, que tuvo lugar lejos de Napoleón, representó para él una pérdida muy dolorosa. ¡Pero aún le queda su familia y una madre amante y orgullosa de su « pequeño Nabulio », que se convierte en el primer corso oficial del rey!
En abril de 1787 obtiene una prolongación de su permiso por « razones de salud » y algunos meses más tarde lo encontramos en París, deambulando en las calles y haciendo solicitaciones en las Administraciones, forzando al destino para hacerse introducir en algunos salones ancien régime.
En 1788 regresa con su guarnición a Auxonne y, el año siguiente, el 19 de julio de 1789, asiste a un motín en esta misma ciudad. Habiéndolo « singularmente alarmado » la Revolución francesa en plena marcha, el joven militar solicita un nuevo permiso el 9 de agosto, que le es concedido, y regresa de nueva cuenta a su isla natal, desgarrada entre partidos antagonistas anglófilos y francófilos, donde él preconiza la integración de Córcega a la « nueva Francia ».
En julio de 1790, Napoleón conoce a Pascual Paoli (1725-1807), jefe independentista corso y héroe de su infancia, quien ha regresado hace poco del exilio. La entrevista es un claro fracaso, pero dejará para la historia este testimonio profético del Babbu di a patria, el « padre de la patria » corsa: « ¡Oh Napoleón! No tienes nada de moderno; perteneces por completo a los hombres de Plutarco. ¡Ánimo, alzarás tu vuelo! ».

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Napoleón y Paoli

El primero de junio de 1791, es asignado al 4º Regimiento de Artillería en Valence y obtiene el grado de teniente. En aquellos tiempos tempranos, frecuentando a los jacobinos de la ciudad, el alma efervescente de sueños de libertad e igualdad, no esconde en esa época su apoyo a la proclamación de la república. Obtiene un nuevo permiso en ocasión de las elecciones de la Asamblea legislativa que se llevan a cabo en Corte en septiembre. Lo enseguida hallamos en París, en mayo de 1792, donde asiste a las insurrecciones del 20 de junio y del 10 de agosto, siendo testigo ocular del asalto de las Tullerías al que llega tras seguir a « un grupo de hombres horrorosos, que llevaban una cabeza en el extremo de una pica » y presenciando las masacres ignominiosas de los heroicos Guardias Suizos, el destace de sus cadáveres inertes por las mujeres transtornadas y ebrias de sangre. « Me encontraba en esa horrible época – recordará años más tarde – alojado en París, rue du Mail, plaza de las Victorias. Al sonido del toque de alarma y de la noticia de que se daba el asalto de las Tullerías, corrí al Carrusel... Me aventuré a entrar en el jardín. Jamás, desde entonces, ninguno de mis campos de batalla me dio la idea de tantos cadáveres que lo que me presentaron las masas suizas... Recorrí todos los cafés del vecindario de la Asamblea: por doquier la irritación era extrema, con rabia en todos los corazones; se mostraba en todos los rostros, aun cuando no fuesen en absoluto gentes de la hez del pueblo ».

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Napoleón presencia el saqueo de las Tullerías

Estas manifestaciones brutales y repugnantes lo marcarán para toda su vida, y Napoleón guardará siempre en la memoria esas imágenes terroríficas cuyo espectro hará que recuerde con asco y el corazón estremecido de horror la cara sangrienta de la Revolución francesa. « De joven fui revolucionario por ignorancia y por ambición, siento hoy simpatia por el pobre rey Louis que solo quiso hacer feliz a un pueblo », confesará a Metternich en el futuro.
Elevado al grado de capitán en julio de dicho año, vuelve a partir hacia Córcega en octubre.

En febrero de 1793, se presenta a la cabeza de los voluntarios corsos y participa en un ataque que fracasa contra Cerdeña. En marzo, rompe definitivamente sus relaciones con el anglófilo Pascual Paoli y tras una breve estancia en el continente, desembarca en Ajaccio con el ejército republicano con el objetivo de acabar con la revuelta de los partisanos de Paoli. Ante su resistencia encarnizada y después de haber escapado a un atentado, decide reembarcar hacia Francia llevando consigo a su familia que, perseguida y seriamente amenazada por los grupos paolistas, se instala en Marsella.
Fue durante su estancia en Auxonne en donde se entera de una terrible noticia: la ciudad de Tolón (Toulon) se ha entregada a los ingleses.
Después de haber propuesto un plan de reconquista de la ciudad al Comité de Salud Pública, el 16 de septiembre de 1793 obtiene el mando en jefe de la artillería de la armada encargada retomar la ciudad. Para él, es la ocasión idónea de imponer sus puntos de vista tras haber puesto de lado al mustio general Carteaux, juzgado incompetente y que la Convención llama de nuevo. Es entonces, bajo las órdenes del benévolo general Dugommier, que el joven capitán demuestra a ojos del mundo sus prodigiosas cualidades de táctico y recoge sus frutos el 19 de diciembre, al arrebatar la ciudad a los ingleses.
Fecha histórica entre todas, en este día memorable un verdadero jefe de guerra acababa de nacer.
A partir de este momento, la popularidad del Bonaparte ha recorrido toda Francia con la velocidad del rayo y el esforzado capitán se ha convertido en figura central de los medios militar y sociopolítico franceses, lo cual no lo exime de graves amenazas.
El 9 de Termidor del año II (27 de julio de 1794) Robespierre y sus asociados son derrocados y enseguida guillotinados. El 9 de agosto Bonaparte recibe de la Convención la orden de dirigirse a Vendea y dirigir operaciones en el marco del genocidio de católicos que por decreto gubernamental se lleva a cabo en el Este de Francia. De lo alto de sus 25 años de edad, el muchacho rechaza con gran valor esta disposición, lo que le cuesta ser « rayado » de los cuadros del ejército por el Comité de Salud Pública y luego detenido en arresto domiciliario en Niza, en grave peligro de ser guillotinado como refractario. No será sino gracias a la mediación de algunas de sus relaciones que escapará al cadalso, saliendo de prisión el día 20. Entonces se pone del lado de la Convención termidoriana y posteriormente del Directorio, siendo protegido por el vizconde Paul-François de Barras (1755-1829) a quien conoce desde el sitio de Tolón. Ha escapado por poco a la cuchilla revolucionaria.

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El general Bonaparte y su ayuda de campo Junot en París en 1795
Ilustración de Jacques Onfroy de Bréville, Job (1858-1931).

Con el vientre vacío y las pantorrillas enjutas, lo hallamos poco después en París, desempleado, pisoteando calles y avenidas, sin un céntimo en el bolsillo apolillado. Amigo del célebre actor Talma desde hace tres años, se ve forzado a pedirle prestado para subsistir… Ha salvado el pellejo, pero ha caído en desgracia, lo que en ese tiempo se llama « la guillotina seca ». También se la pasa en la Biblioteca Nacional, donde escribe una novela de amor; nada sorprendente en un París donde el erotismo está a la orden del día, donde todo está permitido y las Maravillosas andan desnudas bajo sus túnicas de muselina a la antigua.
La pequeña Laure Permon, cuya familia hospeda a Napoleón y algún día será duquesa de Abrantés, nos dejó un vívido retrato del joven esparciata que lleva polainas de cartón a modo de calzado y se obliga a no comer más que pan seco, « el gato con botas » decía, en esos tiempos de profunda miseria y charreteras doradas: « Se le encontraba en las calles de París, errando con un paso torpe e incierto, con un mal sombrero redondo hundido sobre sus ojos y que dejaba escapar dos orejas de perro mal peinadas que caían sobre el cuello de su redingote gris hierro vuelto tan célebre ».


En 1795, el 13 de vendimiario exactamente (5 de octubre), Barras le encarga la represión de milicias organizadas realistas que, deseosas de restaurar al rey en el trono de Francia, se sublevan en armas contra la Convención, amenazando con hundir a Francia en una nueva guerra civil. Bonaparte duda al principio, desconfía, pero tras exigir plenos poderes y obtener las garantías exigidas, acepta el reto y decide pasar al acto, sofocando la sedición. Su acción contundente al contrarrestar esta peligrosa arremetida le vale ser nombrado comandante general segundo del Ejército del Interior tres semanas más tarde. Como si nada, acaba nada menos que de salvar la república francesa y de asegurar la paz civil.

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El 13 Vendimiario — San Roque 1795
Litografía de Denis-Auguste Raffet (1804-1860).

Con su reputación a tope, de hecho ya internacional, será, nuevamente gracias a Barras, presentado a la martiniquesa María-Josefa-Rosa Tascher de la Pagerie, vizcondesa de Beauharnais, a quien pronto nombra « Josefina ». Mayor que él y sin ser una mujer físicamente muy hermosa, la criolla es en cambio extremamente sensual y de una portentosa femineidad, realzada de encanto y con una personalidad fuerte y muy atractiva. Viuda del vizconde Alexandre de Beauharnais, general guillotinado durante el Terror y de quien tiene dos hijos, vive de expedientes y frecuenta « íntimamente » a los grandes personajes del Directorio. Napoleón se enamora perdidamente de ella y después de un apasionado cortejo la desposa el 5 de marzo de 1796, justo cuando acaba de obtener el mando del Ejército de Italia. Además de ser su mujer amada, locamente amada, « uno de los rayos de [su] estrella », la « incomparable Josefina » sería una poderosa palanca social, política y diplomática para Napoleón, quien siempre lo reconocería y se lo agradecerá hasta el final:

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Encuentro de Napoleón y de Josefina
Cuadro de Jules-Georges Bondoux (?-1920).

« La circunstancia de mi matrimonio con Madama de Beauharnais me puso en punto de contacto con todo un partido que era necesario a mi sistema de fusión, uno de los principios más grandes de mi administración. Sin mi mujer, no habría podido nunca tener con ese partido ninguna relación natural ». Pero el vínculo entre estos dos personajes elegidos iría todavía más allá de estas consideraciones terrenales, lo cual no escapará tampoco al legendario y misterioso discernimiento de Napoleón quien, a guisa de obsequio de nupcias, ofrenda a su novia un hermoso medallón esmaltado en oro, grabado con el lema predestinado: «Hacia el destino»...
Las festividades de la boda son por desgracia de corta duración, puesto que dos días después el General Bonaparte emprende su ruta hacia Niza para ponerse a la cabeza de su nueva asignación y hacer frente a los ejércitos de la Primera Coalición.

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Bonaparte y Josefina
Estampa nupcial de la época.

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 Asunto: Re: Napoleón I el grande
NotaPublicado: 07 Jun 2010 16:58 
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muy buen informe Principe de Paris, Felicitaciones
Super M


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 Asunto: Re: Napoleón I el grande
NotaPublicado: 07 Jun 2010 17:41 
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Tienes razón, Príncipe: es un muy hermoso artículo de Castelot. Castelot siempre fascina porque estaba dotado de un talento extraordinario para conferirle viveza a la historia (love)

Supongo que este relato continúa...y no es mi intención cortarte el hilo en absoluto. Pero algunos detalles que contribuyen a humanizar a Napoleón:

-La vida en la casa de Ajaccio de los Bonaparte debía ser un constante alboroto. Era una casa de varias plantas, rebosantes de Buonaparte. En la planta baja vivía la madre de Carlo Buonaparte, es decir, la abuela paterna de Napoleón, Maria-Anna Tusilo de Bocagnano, con el tío Luciano, archidiácono de Ajaccio impedio por la gota. En el segundo piso vivían unos primos de Carlo Buonaparte que le tocaban mucho las narices tanto a Carlo como a Letizia, quienes ocupaban el primer piso con su creciente prole. Seguramente, a Letizia le hubiese costado manejar aquel hato de niños de no contar con ayuda. Camilla Ilari, esposa de un marinero, era la nodriza y la criada de plena confianza de Letizia. Permaneció eternamente a su lado. Asimismo, había una tía, la tía Galtruda, que se ocupaba de enseñar a los niños Buonaparte a montar a caballo en cuanto empezaban a andar. Napoleón siempre recordó que la tía Galtruda le enseñó el daño que podían producir las cabras sueltas en los olivos y también a podar las viñas.

-Efectivamente, Carlo Buonaparte era un mujeriego y un jugador compulsivo. Se dejaba mucho dinero en los burdeles y tuvo, además, algunas queridas semi-oficiales, entre ellas Marie Molliére. La naturaleza de la relación de Letizia con el conde de Marbeuf sigue siendo motivo de debate. No cabe duda de que Marbeuf estaba apasionadamente enamorado de Letizia, pero siempre es probable que ella sacase mejor rendimiento de un amor platónico sin esperanzas de consumación.

-Panoria Permon, una mujer corsa de origen griego, era una de las mejores amigas de Letizia Bonaparte. Al casarse con un proveedor del ejército, se estableció en la rue Conti de París. Con su esposo tuvo dos hijas, Cécile y Laure Permon, antes de enviudar. Cuando Napoleón empezó a frecuentar la casa de los Permon, soportaba a duras penas las bromas de Cécile y Laure: esta última fue la que le puso el apodo de Gato con Botas. Napoleón se vengó llamando a Laure "mi pequeña peste". Pero la parte divertida del asunto es que, en determinado momento, Napoleón propuso matrimonio a Panoria Permon, lo que le hubiese convertido en el joven padrastro de Cécile y Laure Permon. Creo que Panoria se desternilló de la risa.

-Echo en falta en el artículo el idilio -muy calculado por parte de Napoleón- con la burguesita marsellesa Dèsirée Clary.

-Antes de rondar a Josephine, Napoleón trató de suscitar el interés de Thèrése Tallien. Pero Thèrése se limitó a reirse en su cara. Napoleón nunca se lo perdonó...y llegaría el día en que le haría pagar ese "desprecio".

De momento, no se me ocurre nada más...

:ooops:


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 Asunto: Re: Napoleón I el grande
NotaPublicado: 07 Jun 2010 19:59 
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Muy interesante también en el aspecto humano del joven Buonaparte es su encuentro con la joven prostituta en París... ;)


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 Asunto: Re: Napoleón I el grande
NotaPublicado: 07 Jun 2010 20:03 
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hernangotha escribió:
Muy interesante también en el aspecto humano del joven Buonaparte es su encuentro con la joven prostituta en París... ;)


Cierto. En los soportales del Palais Royal, me parece que fue...¿no? Un sitio muy tradicional para esa clase de compra-venta de servicios. La muchacha se ganó el sueldo aunque sólo fuese por tener que contestar al extenso interrogatorio de Napoleón acerca de las circunstancias que rodeaban su modus vivendi.


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 Asunto: Re: Napoleón I el grande
NotaPublicado: 07 Jun 2010 20:17 
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Entre la numerosa bibliografía sobre Napoléon hay dos autores, antiguos ya, que siempre me han gustado: Frédéric Masson y Octave Aubry. Entre los autores más recientes he leído a Christopher Hibbert "Napoleón, sus esposas y sus amantes" y Alan Palmer "Napoleón y María Luisa". Frances Mossiker con su "Napoléon y Josefina" y Theo Aronson con "Las abejas doradas" también los he leído con mucho provecho. Y ahora que nonbro a Frances Mossiker me acuerdo de uno de mis libros favoritos "El enigma del collar", affaire que siempre me ha apasionado. Por supuesto que no olvido a la monumental biografía de André Castelot, pero hay tantos y tantos... y la mayoría los fui regalando... ;)


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 Asunto: Re: Napoleón I el grande
NotaPublicado: 07 Jun 2010 20:27 
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Lo más curioso que he leído, Hernan, lo he leído en una recopilación de Carlos Fisas, Historias de la Historia. El autor refiere que en 1838 un bibliotecario de la ciudad de Agen, francés pero con un apellido español, J.B. Pérez, logró que le publicasen un folleto con el título "Comme quoi Napoleon n´a jamais existé". El tipo pretendía desmontar la veracidad de la existencia de Napoleón demostrando punto por punto que se trataba de una revisión moderna del mito del dios griego Apolo. Sí, tal cual lo leéis.

Me quedé...

:eyes:


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 Asunto: Re: Napoleón I el grande
NotaPublicado: 07 Jun 2010 20:32 
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Querida Minnie hay de todo y para todos en este mundo... :))


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 Asunto: NACE LA LEYENDA
NotaPublicado: 07 Jun 2010 20:34 
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« Me miraba por primera vez como un hombre llamado a influir sobre la suerte de un pueblo. Veía al mundo fugarse bajo de mí como si yo fuera transportado en los aires ».
Napoleón acerca de la campaña de Italia.

BONAPARTE PONE FIN A LA PRIMERA COALICIÓN


Al llegar a Italia, el general Bonaparte se encuentra con un ejército devastado y en ruinas, en plena descomposición. Está compuesto por hombres desencantados y hambrientos, en harapos y muchas veces incluso descalzos. Estos hombres duros y feroces quedan sorprendidos al ver llegar a este «matemático» veinteañero, casi imberbe, huesudo, desgarbado y pálido como la muerte. Su cabello amarillo parece escurrirle por las mejillas huecas, y sus pómulos salientes ponen de relieve una nariz afilada como navaja, rematada por dos ojos azules férvidos y resplandecientes como zafiros.
Thiébault recuerda que llevaba « su sombrerito coronado por un penacho bastante mal atado, el cinturón tricolor más que negligentemente anudado, su traje hecho a la diabla y un sable que, en verdad, no parecía el arma que debiera hacer su fortuna ».

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¿De qué os quejáis?
Unidades del Ejército de Italia plasmadas por Denis-Auguste Raffet (1804-1860)

No obstante el general no tarda en subyugarlos e imponerse tanto como por sus dotes de seducción y de diplomacia como por su gran aplomo. Se dirige a sus soldados en estos términos:
« ¡Soldados! Estáis desnudos y mal alimentados. El gobierno os debe mucho, pero nada puede por vosotros. Vuestra paciencia, el coraje que mostráis en medio de las rocas son admirables, pero no os procuran gloria alguna; ningún brillo relumbra sobre vosotros. Voy a conduciros a las planicies más fértiles del mundo; ahí encontraréis grandes ciudades y ricas provincias, en ellas encontraréis honor, gloria y botín. Soldados de Italia, ¿os faltará coraje? »

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La batalla del puente de Lodi


Pronto dejan de refunfuñar y, con o sin zapatos, siguen al joven jefe con una suerte de fascinación. Éste último, entre marzo de 1796 y abril de 1797 desbarata uno tras otro a los ejércitos italianos y austriacos, éstos últimos reputados por ser los primeros del mundo en aquel tiempo. Los nombres gloriosos se suceden para la Historia: Montenotte, Millésimo, Mondovi, Lodi – donde el recibe el título afectuoso del « pequeño cabo » –, que llevan a la toma de Milán el 15 de mayo de 1796. Les siguen Castiglione, Árcole donde el general Bonaparte lleva a sus tropas al asalto del puente mítico; Rívoli, la mayor victoria de la campaña, que abre la ruta de Viena y obliga a Austria a pedir un armisticio, cuyos preliminares son firmados en Leoben el 18 de abril.


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Napoleón al frente de sus tropas, cruza el puente de Arcole


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Napoleón contempla el campo tras la batalla de Rivoli


El general instala su Cuartel en Mombello y lleva una vida de procónsul, dirigiendo no solo al ejército sino de hecho ya gobernando a toda Italia, manejando la política local y en parte la vida cultural (encuentra el tiempo de mandar restaurar muchas obras de arte como La última Cena de Leonardo da Vinci) e intelectual, pues entre otras muchas iniciativas funda su Journal de Bonaparte et des hommes vertueux (« Diario de Bonaparte y de los hombres virtuosos ») que se difunde hasta en París. A pesar de ello no todo es radiante para este joven corazón taciturno que languidece y concibe mil sueños de su Josefina: « No he pasado un día sin amarte. No he pasado una noche sin estrecharte en mis brazos. No he tomado una taza de té sin maldecir la gloria y la ambición que me tienen alejado del alma de mi vida… ».

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El general Bonaparte junto al fuego de campo la víspera de un combate
Escena de la campaña de Italia por Denis-Auguste Raffet (1804-1860).

En el plano político, todos estos éxitos absolutamente asombrosos acarrean el tratado de paz de Campo-Formio del 18 de octubre de 1797, negociado y firmado exclusivamente por Napoleón con las autoridades austriacas y que cierra la Primera Coalición que duraba desde 1793. Este convenio se ha hecho un tanto en detrimento del Directorio, que deseaba que el general Bonaparte explotara sin medida su victoria invadiendo Viena y destruyendo tanto a la monarquía de los Habsburgo como al Vaticano. Al contrario, durante toda la campaña, el General que « no tiene más que dar una orden para derrocar y arruinar por completo al poder pontifical, (...) se abstiene de perseguir a los sacerdotes franceses emigrados que se habían refugiado en tierra pontificia en las legaciones arrebatadas a la Santa Sede » incluso haciendo « unírsele al obispo de Ímmola, el Cardenal Chiaramonti que será Pío VII, el Papa de su coronación », recuerda el historiador realista Jacques de Bainville.
En lo inmediato, el gobierno revolucionario, muy a su pesar, se verá forzado a cerrar los ojos y resignarse, agobiado por su desesperada situación económica pero también política, después de que los realistas habían ganado las elecciones legislativas; en esas condiciones, acabará contentándose con el botín de guerra que emprende la ruta de Francia y que subsana sus finanzas exangües.
En lo que respecta al héroe de Rívoli, el tratado de Campo-Formio le confiere un renombre excepcional y creciente en el país, redoblado a su regreso a casa en las esferas cultas tras su admisión en el Instituto nacional (el Instituto de Francia) el 25 de diciembre de 1797. Digamos de paso que Napoleón es el único jefe de Estado miembro de esta insigne institución con quien haya contado jamás Francia (no será el único país en reclamar crédito similar, pues Napoleón será nombrado por aclamación miembro de la Academia de Bolonia en 1800, y miembro de la Academia de Artes de Nueva York en 1803). Esta notoriedad inusitada resulta muy molesta para el gobierno del Directorio que ya percibe en aquel general a un rival potencial y por ende se apresura a alejarlo de Francia. Para tal efecto a Barras y a sus colegas se les ocurre confiarle un artificioso ejército encargado de invadir Inglaterra, proyecto evidentemente ilusorio en una Francia que no dispone de una armada naval capaz de hacerle frente a la poderosa Navy británica. Napoleón está bien consciente de ello y en cambio, a instigación suya y gracias al apoyo de Talleyrand, ministro de relaciones exteriores, se optará por confiarle en abril de 1798 la expedición de Egipto, una campaña que, si desde un punto estrictamente militar se revelará a la larga como un fracaso doloroso, no deja de ser una de las más hermosas páginas épicas de la historia, tanto de Francia como de la universal.
Pero vayamos por partes.

Después de zarpar de Tolón el 19 de abril, la flota francesa de 300 bastimentos y llevando 36 000 soldados de infantería y 2500 de caballería, logra burlar la escuadra de Horacio Nelson que se afana buscándola en Gibraltar. Después de forzar la capitulación de la isla de Malta, el ejército francés se presenta el 1º de julio en el puerto de Alejandría, y el general en jefe lanza su primera arenga en tierras faraónicas: « soldados, la primera ciudad que vamos a encontrar ha sido construida por Alejandro; hallaremos a cada paso grandes recuerdos dignos de excitar la emulación de los franceses ». Los habitantes de la ciudad se muestran primero intimidados por esta armada y desertan las costas permitiendo a los extranjeros desembarcar sin resistencia, pero pronto algunos beduinos acuden para atacar a los puestos avanzados y decapitan a los franceses caídos en sus manos. Notando la agitación de los defensores que se arremolinan en torno a las fortificaciones, el general en jefe fuerza el ataque antes de que se organicen y puedan recibir refuerzos. Para el medio día del 2 de julio Alejandría ha caído gracias a las brechas abiertas por la artillería y el valor de las divisiones Menou y Kléber. Éste último queda sin embargo seriamente herido, por lo que se le asignan 9000 hombres y el mando de la plaza mientras Napoleón marcha sobre El Cairo con el resto del ejército, atravesando como los hebreos antiguos el desierto del Damanhur. Como a lo largo de toda la epopeya, el clima le hará pasar muy malos ratos y esta travesía resulta un martirio abominable, máxime para hombres provenientes de un clima templado y no acostumbrados a canículas semejantes, por lo demás en pleno verano. Sin agua ni la menor legumbre, el ejército se alimenta de sandías e insectos, cuando los hay; muchos sucumben a las privaciones y otros a la desesperación, incluso entre los bravos de Italia cunde el pánico en medio de esta tórrida desolación. En El Cairo, el terrible Murad Bey se entera de que un «ejército de infieles» avanza hacia su capital y se regocija de antemano al enterarse de que su mayoría son unidades de a pie, a los que, pronostica, cortará la cabeza « como una sandía » con su caballería mameluca. El 10 de julio, en Ramaniéh, luego en Chebreys, los bravíos jinetes llegan por cientos al contacto de los franceses agotados. De cara los legendarios mamelucos, el general Bonaparte no se amilana y dispone a sus hombres en cuadros bien formados flanqueados por piezas de cañón que cruzan sus fuegos. Las temibles cargas de los hasta entonces invictísimos mamelucos se quiebran una tras otra al chocar contra las ciudadelas móviles pero inquebrantables.

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Napoleón frente a las pirámides
Ilustración de Denis-Auguste Raffet (1804-1860).

El 21 de julio, antes de la batalla de las Pirámides que se producirá en breve contra el grueso del ejército de Mourad Bey, miles de jinetes furiosos determinados a defender su capital, ya se vislumbran al sur las pirámides de Gizeh que darán su nombre a la batalla y Napoleón declara a sus soldados: «Pensad que de lo alto de estas pirámides cuarenta siglos os contemplan». El combate es muy disputado pero, bien conscientes de que en caso de una derrota serían todos víctimas de una masacre generalizada al estilo musulmán, los franceses redoblan esfuerzos y gracias a las tácticas móviles y a la resistencia sin falla de las divisiones Desaix y Reynier, se llevan la victoria. Esa noche, el general Bonaparte duerme en Gizeh, en el palacio mismo de Mourad Bey. La Batalla de las Pirámides le ha dado El Cairo pero sobre todo le ha abierto las puertas del imperio otomano en Egipto.

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La batalla de las piramides


Apenas instalado en la capital, Bonaparte se hace de felices sueños de juventud, de estar en este Egipto que Alejandro y Cesar habían conquistado antes, de saberse en este oriente que lo fascina se complace cuando se entera que los egipcios ahora lo llaman; el «sultán El-Kébir» – el más grande –, compone un « diwán », es decir un consejo de notables de la ciudad y organiza varios regocijos para celebrar la capitulación de los turcos. Prefigurando su actividad como Primer Cónsul, legisla, dicta una serie de medidas sociales, financieras y jurídicas que tienden a arrancar al país de la anarquía en la que lo mantenían los beys. Por desgracia nada de esto evitará la sublevación de una parte de la población el 21 de octubre, provocada por los jefes religiosos fanáticos, aconsejados por agentes ingleses y en contacto permanente con el « comandante de los creyentes », el gran sultán, que anunciará la declaración de guerra de Turquía en septiembre y el envío de dos ejércitos para reconquistar Egipto. En efecto, el odio hacia los cristianos encuba, siempre latente y amenazante, en aquel pueblo musulmán obcecado por el fanatismo mahometano, para el cual dicho aborrecimiento es un artículo de fe y que no puede conducirse « más que con la mayor severidad », según palabras de Napoleón, dado que « obedecer, para ellos, es temer », explica.

Pero el primero de agosto siguiente, la flota francesa es destruida por los ingleses del almirante Nelson en Abukír. Esta derrota convierte a los franceses en prisioneros de su propia conquista, pues dicha flota tenía como finalidad repatriar a Francia al ejército de Oriente en caso de desgracia. Napoleón recibe la noticia el 14 de agosto con una impasibilidad de mármol que impacta a su entorno. Tiene cientos de proyectos en mente y junto con los sabios de la expedición de consagra a estudios de las más diversas naturalezas. Se toman medidas de la Esfinge, se descubren y registran especies animales y vegetales, monumentos y palacios, y se asciende a la cima de la pirámide de Keops. Napoleón, quien «planteaba las preguntas, sondeaba el mal e indicaba el remedio», funda en El Cairo el Instituto de Egipto bajo la presidencia de Monge con quien se adentra un día en el desierto del istmo de Suez. «¡Monge, estamos en pleno canal!», exclama. En efecto, se hallan en medio del antiguo lecho cavado por el faraón Necao, y entonces manda que sus ingenieros empiecen a reconocer su traza. Enseguida ordena que se lleve a cabo un estudio en vista del restablecimiento de la comunicación entre el Mar Rojo y el Mediterráneo, es esta una de sus más grandes horas, no de conquistador o de estadista sino de intelectual que goza con los descubrimientos científicos y con el placer de poder recapitular esta la primera gran civilización de la historia.

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Napoleón frente a la esfinge

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Medición de la esfinge

El año 1799 ve realizarse la conquista de Siria con la toma de El-Alrich (20 de febrero) y de Jaffa (el 11 de marzo). En cambio, ante San Juan de Acre (marzo-mayo), es el fracaso. Tras la victoria del Monte-Thabor (el 16 de abril) las tropas francesas salen de Siria. El fuerte de San Juan de Acre era en efecto la clave estratégica militar y comercial del dominio de Oriente, y cuya caída que hubiera puesto desde ese momento a Inglaterra de rodillas ante Francia. Retrospectivamente, se puede considerar en cierto modo que este fracaso, aunado al desastre de Abukír, selló desde ese momento la suerte ulterior del futuro reinado de Napoleón, pues permitió a Inglaterra mantener su potestad sobre las Indias y con ella el dominio comercial en oriente, fondo inextinguible de recursos que le permitirán financiar todas las guerras del periodo, una tras otra y hasta la última.
A pesar de todo, la expedición de Egipto queda como una cumbre de la Historia universal, pues aunado a una multiplicidad de descubrimientos científicos, arqueológicos, artísticos y geográficos, ha permitido la creación por Napoleón del Instituto de Egipto y engendrado la egiptología, sembrado las semillas de la influencia y de la irradiación de la cultura francesa en el Oriente Próximo, que tantos frutos han dado y laten intensamente en nuestros días.

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La piedra de Roseta

Informado de la situación catastrófica de una Francia librada a la corrupción más desenfrenada, a la venalidad y a la incompetencia del Directorio, despojada de sus adquisiciones territoriales y gravemente amenazada en sus fronteras por los ejércitos enemigos, el general Bonaparte confía el mando de la expedición al general Kléber el 22 de agosto y decide zarpar hacia Francia. Aquí es el momento de precisar un punto que los detractores de Napoleón, sirviéndose como siempre de la ignorancia y de la buena fe del público, tratan permanentemente de explotar para infamar al Emperador, pretendiendo que éste habría « abandonado » a sus hombres a su suerte, dándoles la espalda para alcanzar sus fines de poder y de ambición personal en el Continente. En un manual escolar incluso hallamos esta increíble acusación: « [Napoleón] regresa a Francia sin que el gobierno se atreva a castigarle por su deserción », ¡nada menos! La verdad, nunca dicha, del asunto, es que Napoleón estaba desde su partida formalmente autorizado por el Directorio a volver « cuando y como él lo quisiera », y además, dichas autoridades le habían hecho llegar una comunicación demandando su regreso a Francia ya desde el 26 de mayo de 1799. Ese mismo día, Talleyrand escribe a Bruix lo siguiente: «El Directorio acude a vos para instruirle [al general Bonaparte] acerca de la situación interior y exterior. Traedle de vuelta» (Sorel, VI, 319).

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Desembarco en Fréjus, el 17 de vendimiario del año VIII (9 de octubre de 1799)
Ilustración a colores según una litografía de Grenier.

Esto una vez precisado, tras una travesía de lo más peligrosa, arriesgando su vida sorteando milagrosamente a la flota inglesa en acecho constante, Napoleón desembarca el 9 de octubre en las costas de Saint Raphaël (Var) y después de un recibimiento triunfal, especialmente en Lyon, emprende la ruta de París, donde a la noticia de su llegada se baila en los cruces de las calles: «Viva Bonaparte que viene a salvar a la Patria», escucha y anota Marbot, y el publicista Fievée, entonces retirado en el Bourdonnais, recuerda que « Cada campesino que me encontraba en los campos, las viñas o los bosques, me abordaba para preguntarme si se tenían noticias del general Bonaparte. Nunca nadie se informaba del Directorio ». Es que, apunta Renée Casin, « los franceses de todas las clases, de todos los medios han reconocido en él de instinto al verdadero hombre de Estado que sería, contra las tiranías y las facciones, el liberador; contra el desorden, el ordenador; y contra los odios, el pacificador ».



P.S. le agradesco a minnie que me haga el honor de comentar en este tema, asimismo a los demás foristas que han comentado, tengo una duda desconocia esa anecdota sobre una prostituta y Napoleón ¿que sucedió?
Mañana subo el siguiente capitulo: 18 brumario

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 Asunto: Re: Napoleón I el grande
NotaPublicado: 07 Jun 2010 20:47 
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Sobre Napoleón ya he leído los siguientes autores

Alan Palmer. Napoleón y María Luisa

Bainville. Napoleón

Napoleón de Castelot

La revolución francesa y el imperio Lefrevre

Christopher Hibbert Napoleón, sus esposas y sus amantes, este libro no me agrado en nada dado que el autro, ingles al fin se nota tendencioso

Napoleón. Emil Ludwig

Existe una gran bibliografía sobre Napoleón, más de cien mil libros se han escrito sobre él, su gobierno y su periodo, Castelot, me parece uno de los mejores, su estilo es brillante, como de una novela, pero con rigurosidad histórica total ;)

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 Asunto: 18 BRUMARIO
NotaPublicado: 10 Jun 2010 18:53 
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El sistema del gabinete inglés será siempre aniquilar a Francia como su único rival, y reinar después despóticamente sobre el universo entero ».
Conde Micheal Vorontzov, embajador de Rusia en Londres (1803).

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18 de Brumario, 10 de noviembre de 1799
La Conspiración de los cuchillos representada por un autor anónimo. Escuela inglesa de la época.

En la ciudad de París, los miembros del Directorio se encuentran cada vez más aislados; arrinconados por su propia mediocridad, su disolución y lamentables excesos, temen ser pronto echados del poder.
En este marco inquietante y altamente explosivo, el cálculo de Bonaparte resultará correcto y más que oportuno en vista de la opinión pública ambiente, y su providencial regreso se presenta como una auténtica patada en el hormiguero de los clubes y de los cafés políticos, donde los chismorreos e infinitas caricaturas cunden y estigmatizan a « la increíble facción » o más bien a la « facción de lo Increíble », ese régimen directorial corrupto y venal, monstruoso producto termidoriano del acoplamiento del terrorismo y de la finanza, doblemente amenazado por la miseria campesina y las conspiraciones realistas.
En verdad, la población aborrece este régimen en plena licuefacción, encarnado por Barras y sus palinodias. La autoridad del gobierno es nula, los impuestos ya no entran a las arcas; bandas armadas de truhanes operan en todos los caminos y los hostales incluso en las puertas mismas de la capital. En el Oeste, la insurrección es latente, y por doquier en la administración se hacen amaños, se roba y se despoja sin ley que valga. Las fuerzas vivas de Francia están hundidas en el desaliento, el abatimiento profundo y general.

Ahora, la situación es de lo más peligrosa en Francia pues, además de todo esto, de las amenazas armadas en las fronteras y las conspiraciones de los grupos realistas, fermenta también, apuntalada por agentes ingleses infiltrados, una letal maquinación jacobina, de lo más peligrosa, que busca nada menos que restablecer el régimen del Terror en el país.

La llegada impromptu del general Bonaparte produce el efecto esperado entre la población y lógicamente es primero censurada por las instancias gubernamentales; pero les es imposible exigirle cuentas al héroe de las Pirámides. Éste en cambio adopta de inmediato la postura de procurador: «¿Qué habéis hecho de esta Francia que os dejé tan brillante? ¡Había dejado la paz, volví a encontrar la guerra; había dejado victorias, he vuelto a hallar reveses; había dejado los millones de Italia, he vuelto a encontrar leyes espoliadoras y miseria!...», ¡les increpa con indignación!
Aclamado desde su llegada a Aviñón por las multitudes delirantes, efectúa un trayecto triunfal hasta París donde la oportunidad inesperada de su aparición es en cambio hábilmente aprovechada por el abate Sieyès (Director) quien ve en el joven ídolo « la cabeza y la espada » que buscaba afanosamente y que, según su plan, van a permitir el derrocamiento del Directorio. Su objetivo es claro: salvar a Francia del grave peligro anglo-jacobino y hacer adoptar una nueva Constitución.
Puesto al tanto del proyecto, Bonaparte siente entonces todos los beneficios que puede sacar de tal operación; desde hace tiempo ya, sueña con jugar un papel importante en la escena política; la ocasión le es dada y conforme a su costumbre la toma sin chistar. El mecanismo de la operación ya está montado, Luciano, hermano de Napoleón y diputado del Consejo de los Quinientos también forma parte del proyecto y ha estado « trabajando » a los medios políticos. La hábil Josefina también ha contribuido a neutralizar a los tres Directores con quienes la alianza es francamente imposible: Barras, demasiado desprestigiado y además obstinado en defender « su » régimen y por ende sus intereses personales; « Barras roba sin remordimientos », escribe un embajador extranjero, y bajo la mesa negocia secretamente con Luis XVIII para librarle Francia a cambio de algunos millones. Quedan Gohier, y Moulins, republicanos sinceros pero sin envergadura.

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Paul Barras

Con la justificación de la conspiración descubierta, el Consejo de los Ancianos, de mayoría moderada, proclama la transferencia de las asambleas al castillo de Saint-Cloud, alejando así a los cuerpos legales de cualquier sobresalto posible que pudiera emanar de las masas populares. Al mismo tiempo, el general Bonaparte es nombrado comandante de la plaza de París con el encargo de proteger al gobierno.

El 18 todo marcha en orden se engañan los que dicen que Napoleón estaba tranquilo, durmió con una pistola en la mano y el sable cerca, pero el 19 de Brumario, las cosas se deterioran gravemente. En esta jornada, Napoleón tiene que enfrentarse prácticamente cuerpo a cuerpo con la mayoría del Consejo de los Quinientos, de tendencia jacobina… Luciano preside. En una sala contigua, los Ancianos están más bien dispuestos a otorgarle plenos poderes al general Bonaparte, pero tergiversan; Moreau acecha, Bernadotte casi no puede ocultar su envidia y Fouché calcula... Ante esta atmósfera tensa y fluctuante, los Quinientos se crecen y se endurecen, teatralmente, afectan prestar juramento a la Constitución y comienzan a proferir el alarido funesto que tuviera razón de Robespierre: «¡Bonaparte, fuera de la ley!» Cuando Napoleón se presenta a ellos en persona, de repente está solo ante una turba de energúmenos sedientos de sangre. De su sangre. Entonces se enerva, se desconcierta. Les grita con toda la razón: « ¡Pero ya no tenéis constitución! ¡La habéis violado el 18 de fructidor! ». ¡No faltaba más! La chusma jacobina no le deja decir ya ni una palabra, le insulta, le expulsa, le rodea, se echa sobre él y casi le ahoga; ¡algunas manos homicidas ya empuñan las dagas!

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Durante algunos momentos el destino bascula, está en juego. Entonces Luciano, en su calidad de Presidente del Consejo de los Quinientos, decide el éxito requisicionando a la tropa formada en los patios del palacio, solicitando que se barra con la « dictadura del puñal », inmediatamente después se acerca con una daga al pecho de su hermano y dice “si el general Bonaparte deseara tomar el pode en la republica yo mismo le clavaria esta daga”. En ese momento, conducidos prestamente por Murat, los granaderos entran en la sala y echan a los diputados, que en su mayoría no han esperado a ser evacuados y quienes, perdiendo de repente su hombría y toda pizca de decoro, escapan corriendo por las ventanas…


A fin de cuentas, a pesar de lo aciago de la situación, se ha ganado la partida sin hacer que se derrame la más mínima gota de sangre. De hecho, notemos que la única en juego era la de Napoleón, al haber sido puesto « fuera de la ley » por algunos legisladores histéricos. A pesar de todo, es de observar que ni el más mínimo balazo ha estallado, y se ha logrado dominar el temible tumulto que hubiese podido poner un alto definitivo a sus ambiciones políticas, y, más grave aún, a su misma vida a manos de ciertos elementos desequilibrados que no dudaban en recurrir a la última extremidad para proteger sus nefastos intereses.

Tras reunir en los campos circundantes a un grupo de diputados de los Quinientos despavoridos y repentinamente vueltos muy dóciles, se suspende la Constitución del Directorio y se nombra a tres cónsules provisorios, Sieyès, Bonaparte y Roger Ducos, a quienes se asigna la misión de redactar una nueva Constitución con el concurso de los demás representantes. A partir del mes siguiente, el ahora Cónsul Bonaparte hace que se adopte un nuevo estatuto llamado Constitución del año VIII. Se convierte entonces en el Primer Cónsul; Sieyès y Ducos descartados enseguida, Cambacérès y Lebrun son nombrados respectivamente Segundo y Tercer cónsules. En torno al hombre providencial, hallamos pues a un revolucionario regicida y a un realista moderado, « dos hombres sabios, capaces, pero de un matiz totalmente opuesto », dirá Napoleón. Una nueva página de la Historia se abre, el Consulado ha nacido.

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Los tres consules

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