Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: EL CONSULADO
NotaPublicado: 01 Jul 2010 15:57 
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« La Concordia, he ahí lo que volverá a Francia invencible ».
Napoleón.


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Bonaparte presenta el olivo de la paz a todas las potencias de Europa

A partir de febrero de 1800, el Primer Cónsul se ha instalado en el palacio de las Tullerías y ha puesto en pie una corte brillante y en continuo desarrollo. Procura ante todo evitar todo exceso institucional y predisposición maniquea, lo que ilustra muy bien su famoso lema « Ni tacones rojos, ni gorros rojos ». Como lo advierte el General Michel Franceschi, es evidente que no pretende ser el hombre de la ruptura histórica, sino el continuador de la Francia de siempre, lo cual el propio Napoleón aseverará a través de una fórmula no menos célebre: « Asumo todo, de Clovis al Comité de Salud Pública ».
Al disponer de los amplios poderes que le confiere la nueva Constitución, la cual él mismo ha organizado, Napoleón emprende entonces la reconstrucción de Francia que, en palabras del general Charles De Gaulle, ha « recogido en pedacitos » (« ramassée à la petite cuiller »). Francia está en ruinas, el país devastado, desgarrado por facciones y partidos corruptos y representantes inmorales y desacreditados. El pueblo dividido y hambriento – no hay harina, no hay habas ni carbón – no tiene recursos ni medios para procurárselos, pues el desempleo es general y devastador. Los talleres ya no cuentan más que con 1/8 de su personal obrero. Los puertos están desiertos. Tampoco existen garantías de ningún tipo y menos aun una autoridad capaz de protegerlas; la inseguridad pública es abrumadora, las calles y caminos, ya lo hemos dicho, están infestados de bandidos y matones. ¡En Burdeos ya ni siquiera se enciende el alumbrado en las noches! También la inmoralidad reina y la familia, célula básica de toda sociedad humana, está dislocada por el caos y el juego de leyes e ideología disfuncionales. Tenemos el ejemplo de una mujer que en cinco años se casó con cinco maridos diferentes. ¡Otro hombre que había desposado sucesivamente a dos hermanas, pide casarse con la madre de éstas, su madrastra y su doble madrastra! Y se veían todavía cosas peores. El estado de la infancia es también alarmante, pocas épocas han visto tantos niños abandonados que aquella era de convulsiones. La instrucción pública está hecha pedazos; no hay locales ni maestros, y Chaptal escribe: « las escuelas primarias no existen casi en ninguna parte ». En cuanto al Tesoro, está compuesto por pagarés y asignados, papel viejo y sin valor alguno, no tiene dinero sólido, contante y sonante, ni siquiera lo suficiente – dice un cronista – ¡para costear un pollo! En realidad quedaban en total 60 000 libras. Ciertamente, por retomar una expresión elocuente y muy de actualidad, hablamos, y es poco decirlo, de un « Estado fallido », si acaso de « Estado » se puede hablar... No obstante, en solo dieciocho meses hermosos napoleones de oro ya estarán en circulación en todo el país, y la moneda francesa quedará estabilizada por más de un siglo. ¡El kilogramo de pan, que costaba 120 francos antes del inicio del mandato del Primer Cónsul, ha bajado a 0,5 francos! La nación se cubre de canteras y trabajos, las ruinas se levantan y Francia experimenta un inusitado y vigoroso florecimiento.
Esta peliaguda reorganización, el Primer Cónsul la cristalizará por medio de una obra profunda y vastísima, rica en una multiplicidad de preceptos pacificadores como la amnistía de los emigrados, e instituciones que, en casi todos los casos, siguen vigentes todavía en nuestros días: 1800, fundación del cuerpo prefectoral, Banca de Francia; 1801, Concordato; 1802, creación de la Orden de la Legión de Honor; 1803, Franco germinal; 1804, Código civil (Código Napoleón) etc. El Primer Cónsul « sabe todo, hace todo, puede todo », ¡constata pasmado el Abate Sieyès!

[img]El%20Primer%20Cónsul%20en%20el%20ayuntamiento%20de%20Bruselas[/img]

Estas fundaciones hunden sus raíces en ciertas nociones primordiales del pensamiento napoleónico como son los ideales de igualdad de todos los hombres ante la ley y el impuesto, la libertad deUn Franco del periodo napoleónico. culto, de pensamiento y de acción y, tal vez la más representativa de todas, la substitución del mérito a la heredad, piedra de ángulo de la edificación por Napoleón de una sociedad donde todos tienen acceso a la educación y la oportunidad de ascender y realizarse, no por su origen, procedencia social o alcurnia familiar, sino por su trabajo, esfuerzo y valor personales, nociones que hoy en día nos parecen derechos naturales pero que entonces eran ideas completamente novedosas y peligrosamente sediciosas en el sistema feudal imperante en Europa: « Quiero que el hijo de un cultivador pueda decirse: yo seré un día cardenal, mariscal del Imperio o ministro », declarará en 1803. Napoleón decía que la Instrucción era «su primer cuidado para la paz, pues es la garantía del porvenir. Quiero que sea pública, para todos», y apenas al mando del país había hecho regresar a los Frères des Écoles Chrétiennes – Hermanos de las Escuelas Cristianas, que habían sido proscritos y perseguidos por la revolución. Ulteriormente ordenará abrir « clases normales » en cada academia de Francia para formar maestros calificados y encargará al propio Cuvier viajar a Alemania y a Holanda « para tomar de la instrucción primaria un conocimiento detallado » que se concretizará con un decreto para la aplicación de « los excelentes métodos observados en aquellos países ». En cuanto a la enseñanza media y superior bastará recordar que el Emperador Napoleón será el fundador de los Liceos, del Bachillerato y de la Universidad Imperial, que afianzan las insignes instituciones arriba mencionadas, fundamentos del gran proyecto napoleónico basado como lo hemos visto en la premiación del esfuerzo y el valor personales. Esta estructura meritocrática es a la vez simbolizada y encarnada por la Legión de Honor, distinción de un prestigio sin paralelo que bajo la elocuente divisa « Honor y Patria » estaba dedicada a recompensar las hazañas y sacrificios hechos en beneficio de la Patria en los ámbitos civil y militar, substanciando el espíritu de la futura nobleza de Imperio: « No reconozco otra aristocracia que la otorgada por el valor, el esfuerzo, el trabajo y el buen corazón », afirmaba el Emperador.
Este espíritu eminentemente humanista e ilustrado es descrito muy concisamente en la frase siguiente, dicha por el Emperador a Louis de Fontanes, Gran Maestre de la Universidad Imperial: « ¿Sabéis lo que admiro más en el mundo? Es la impotencia de la fuerza para organizar algo. No hay más que dos potencias en el mundo, el sable y el espíritu. Entiendo por espíritu, las instituciones civiles y religiosas. A la larga, el sable siempre es vencido por el espíritu » (en francés, la palabra esprit tiene la doble connotación de espíritu y mente).
El bienestar social y la asistencia a los desvalidos y discapacitados no se quedan atrás y, a lo largo de todo el reinado napoleónico, se desarrollará una muy rica red de instituciones varias de beneficencia pública como, por ejemplo, los Burós de beneficencia y los Comités de beneficencia, la institución Sainte-Périne de Chaillot, el Monte de piedad, la Sociedad maternal, la institución de los sordomudos, el Hospicio central de vacunación gratuita, el Hospicio imperial de los ciegos, los depósitos de mendicidad, los talleres de caridad, sin olvidar la « Sociedad de prevención », primer experimento de seguro social establecido en las minas de hulla de Lieja, entonces departamento del Ourthe, en Bélgica.

En el ámbito militar, a partir de 1800, Napoleón entabla una política de apaciguamiento, multiplicando sus iniciativas para sanar las llagas dejadas por años de luchas fratricidas, decretando el perdón a los emigrados y favoreciendo su regreso a casa, y ante todo, respondiendo a los anhelos profundos del pueblo, tanto materiales como espirituales pues, como él afirmaba « el enemigo más temible no es el fanatismo, sino el ateísmo ».
En efecto, consciente de la gran importancia de la religión para fundamentar los buenos y sanos principios, así como para cimentar la cohesión y la fraternidad de la nación dado que « Se puede aplastar una nación religiosa, pero no dividirla », restablece el milenario culto católico firmando con la Santa Sede el Concordato (15 al 16 de julio de 1801), tratado con el que Francia vuelve a convertirse en « la hija mayor de la Iglesia ». Según sus palabras, « Ninguna sociedad puede existir sin moral. No hay buena moral sin religión. Luego no hay más que la religión que dé al Estado un apoyo fuerte y durable. Una sociedad sin religión es como un navío sin brújula ». El mensaje no puede ser más claro.
Muchos años después, en una misiva escrita al cardenal Consalvi, Secretario de Estado del Vaticano, el propio Papa Pío VII estipula que « a Napoleón debemos sobre todo dar las gracias, después de a Dios, por el restablecimiento de la religión en el gran reino de Francia […] el Concordato fue una obra de redención humana, digna de un héroe ».
Formalmente, la religión Católica ya no es la « religión de Estado », sino « la religión de la mayoría de los franceses ». El clero, hasta entonces perseguido cruelmente por las hordas revolucionarias, obedece a las directivas del Papa, pero debe también prestar juramento al gobierno que lo retribuye. Como si nada, con el Concordato, Napoleón acaba de plantear las bases de la laicidad, principio de toda sociedad moderna.

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Firma del Concordato entre Francia y la Santa Sede, el 15 de julio de 1801
Lavado bistre y realces de blanco por el barón François-Pascal-Simon Gérard (1770-1837).


En el ámbito personal, a partir de la firma del Concordato Napoleón vuelve a emplazar una capilla en el palacio y asiste a misa todos los domingos. De hecho, desde 1802, se esmera en identificar su imagen con la de los reyes de Francia, viajando a las provincias y recordando así el ceremonial de las visitas reales del Antiguo Régimen.
Más modestamente, cuando encuentra algún tiempecillo para sí y no lo emplea descansando donde su esposa, bromeando y jugando con ella y su séquito, gusta de pasearse en su « buena villa de París », recorriendo las calles en un total incógnito en compañía de su secretario. Narra Bourrienne como, en París, « dejaba aun menos a Bonaparte que en la Malmaison. A veces íbamos juntos, durante la velada, a dar paseos en el jardín de las Tullerías, pero para ello, él esperaba siempre que las rejas estuviesen cerradas. En aquellas salidas nocturnas, él llevaba siempre un redingote gris y un sombrero redondo. Al “¿¡Quién vive!?” de los faccionarios, yo estaba encargado de responder: “El Primer Cónsul”. Cuando nos paseábamos en la ciudad, [las salidas] eran a menudo muy picantes […] cuando yo veía a Bonaparte, vestido con su redingote gris, entrar en nuestro gabinete a las 8 horas de la noche, sabía que iba a decirme: “Bourienne, vamos a dar una vuelta”. Algunas veces entonces, en vez de salir por los arcos del jardín, salíamos por la portezuela cerca del portillo del Louvre. Tomaba mi brazo e íbamos a regatear objetos de poco valor en las boticas de la rue Saint-Honoré o la rue de l’Arbre sec. Mientras yo hacía desplegarse ante sus ojos los objetos que parecía querer comprar, él, jugaba su papel de cuestionador, y no había nada más placentero que verle entonces tomar el tono ligero y guasón de los jóvenes a la moda. Qué torpe era para darse gracias, cuando alzando las esquinas de su corbata, decía con una voz apagada: “¿Y bien señora, qué hay de nuevo?” “Ciudadano, ¿qué se dice de Bonaparte?” “Vuestra botica me parece bien surtida, ¿debe venir mucha gente aquí?” “Veamos, ¿Qué se dice de ese farsante de Bonaparte?” Uno de los momentos más graciosos de aquellas escapadas fue, sin duda, cuando se vio obligado a partir a rienda suelta para “¡huir de las tonterías que les había atraído el tono irreverente con el que Bonaparte hablaba del Primer Cónsul! ».


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El Emperador habiendo preguntado lo que se pensaba de ese “farsante de Napoleón”, estuvo a punto de ser echado a escobazos. Grabado de Jules David (1808-1892).


EL PELIGROSO TRAMPOLÍN DE LA SEGUNDA COALICIÓN

« Podemos permitirnos todo en la empresa contra Francia. Hay que destruir la anarquía en Francia. Debemos impedir que retome su antigua preponderancia. Parece que ambos objetos bien pueden ejecutarse a la vez. Apoderémonos de las provincias francesas que nos son convenientes (…). Una vez esto hecho, trabajemos todos de concierto para dar a lo que quede de Francia un gobierno estable y permanente. Se convertirá en una potencia de segundo orden que ya no será temible para nadie y haremos desaparecer de Europa el foco de democracia que ha pensado abrasar a Europa ».
Conde Markov, plenipotenciario ruso.

En el marco internacional, Napoleón no escatima energías en su tarea pacificadora y de inmediato despacha misivas a todos los monarcas europeos a fin de hacerlos entrar en razón y consumar una paz duradera, un estado de armonía que anhela con todas sus fuerzas y que es imprescindible para su proyecto de reconstrucción. Sabe que al no ser un monarca de antigua estirpe, la menor derrota en el campo de batalla puede costarle su posición, por no mencionar su vida.
Por desgracia, a pesar de todos sus esfuerzos pronto se ve forzado a emprender una segunda campaña de Italia, con el fin de detener a los ejércitos austriacos que, gracias a los subsidios del ministro inglés William Pitt, avanzan amenazando con invadir la frontera sur de Francia. Cruza los Alpes con su valeroso ejército y, gracias a la intervención milagrosa del general Desaix, obtiene una difícil victoria en Marengo, el 14 de junio, venciendo a las fuerzas austriacas estupefactas por esta hazaña que no se había visto desde Aníbal. Es éste el preludio a la paz Lunéville, que es firmada el 9 de febrero de 1801. Gracias a este convenio se ha asegurado la paz en toda la Italia del Norte, que se llena de repúblicas amparadas bajo la protección de Francia.

Fortalecido por este legendario éxito, pero también sabedor de la precariedad de su condición, de que un solo descalabro puede echar por tierra todos sus proyectos y los destinos de Francia, la paz general, que es su deseo más caro, se convierte en una obsesión para el Primer Cónsul.
Como será el caso a lo largo de todo el Consulado y enseguida del Imperio, el aspecto civil se antepone siempre al militar. Napoleón sabe que la guerra es un escollo gigantesco para las numerosas reformas que pretende poner en marcha. Igualmente, pone todo en práctica para convencer a Inglaterra, España y Holanda de ir a sentarse en la mesa de negociaciones para discutir condiciones que pudieran, por fin, poner un término a aquellas guerras que duran desde hace diez años y que ahorcan humana y económicamente a las partes concernidas. No habrá para ello ventajas materiales y territoriales que Napoleón no consienta, así sería desde la primera misión diplomática de su enviado Duroc, quien el 3 de diciembre de 1799 lleva el primer mensaje de amistad de los Cónsules al Rey de Prusia Federico Guillermo III. Otro gesto amistoso que es menester recalcar es la liberación y el envío de vuelta a Rusia de los 7000 prisioneros rusos capturados por los ejércitos revolucionarios desde 1792. Equipados por orden de Napoleón con uniformes nuevos, enviados a casa sin demanda de intercambio ni contraparte, fueron entregados el 21 de marzo de 1801 al general Sprengtporten, quien los recibía gustoso en representación de un admirativo Zar Pablo I, monarca favorable que pagaría su entusiasmo y aprecio por la persona del Primer Cónsul con la vida, cayendo víctima de asesinos rusos conjurados patrocinados por los ingleses. El propio Luis XVIII, pretendiente Borbón al trono de Francia, reconocería que: « Pablo I había sido víctima de una conspiración de palacio en la que se encontraron el oro y la mano del gobierno británico ».
Por último, recordemos igualmente que ya el 5 de Nivoso del Año 8 (jueves 26 de diciembre de 1799), el Primer Cónsul había dirigido al Rey Jorge III de Inglaterra así como a Francisco II emperador de Austria, la carta siguiente, reiterada en el futuro sin mayor éxito:

"« Señor mi Hermano,

Llamado por el deseo de la nación francesa a ocupar la primera magistratura de la República, creo conveniente, al entrar en funciones, hacer parte de ello inmediatamente a Vuestra Majestad.

¿La guerra que desde hace ocho años, asola las cuatro partes del mundo, debe pues ser eterna? ¿No hay acaso ningún medio de entenderse?

¿Cómo las dos naciones más ilustradas de Europa, poderosas y fuertes más allá de lo que lo exige su seguridad y su independencia, pueden sacrificar a ideas de vana grandeza, el bien del comercio, la prosperidad interna, la felicidad de sus familias? ¿Cómo no sienten que la paz es la primera de las necesidades, como la primera de las glorias?

Estos sentimientos no pueden ser extraños al corazón de Vuestra Majestad, quien gobierna una nación libre, y con el único fin de hacerla feliz.

Vuestra Majestad no verá en esta apertura más que mi deseo sincero de contribuir eficazmente, por segunda vez, a la pacificación general, por medio de un trámite pronto, todo de confianza, y despejado de esas formas que, necesarias tal vez para disfrazar la dependencia de los Estados débiles, no perciben en los Estados fuertes más que el deseo mutuo de engañarse.

Francia, Inglaterra, por el abuso de sus fuerzas, pueden aún por largo tiempo, para la desgracia de todos los pueblos, retrasar el agotamiento de aquellas; mas, me atrevo a decirlo, la suerte de todas las naciones civilizadas está atada al término de una guerra que abrasa al mundo entero. »

Firmado

BONAPARTE"



ASPECTOS DE LA OBRA COLOSAL DE RECONSTRUCCIÓN DE FRANCIA

« Los panfletarios, estoy destinado a ser su comidilla, pero temo poco ser su víctima: morderán sobre granito »
Napoleón.

Gracias a la victoria de Marengo, triunfo portentoso en sí pero además apuntalado por el del general Moreau en Hohenlinden, el Primer Cónsul se ha instalado definitivamente en la gloria y es capaz de organizar su poder, así como de atiborrar a voluntad de instituciones y adelantos a esa Francia de la que es amo y señor absoluto a los treinta años de edad. Dos palabras engloban toda la titánica tarea que recae sobre sus hombros y que Francia espera de él: Reconciliación y Reconstrucción. Su espíritu, su mente y su corazón están hechizados por una obsesión, su grande pensée – el gran pensamiento de la fusión de la Francia nueva con la Francia del pasado. «Mi principio es Francia ante todo», expone firme y sumariamente.

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El Primer Cónsul en su gabinete de trabajo en las Tullerías
Dibujo de Audouin.


Durante los primeros años de su gobierno, pasará la mayor parte de su tiempo en su hermosa residencia de campo de Malmaison, cerca de París, donde sus familiares le encuentran siempre atareado pero igualmente accesible, alegre y enamorado de su céfira Josefina. Cuando Napoleón deja Malmaison, es para dirigirse a su gabinete de trabajo de las Tullerías, donde trabaja veinte horas al día y dicta a tres secretarios a la vez, relevándolos cuando alguno se encuentra extenuado. Uno de ellos exclamará: « hay tres Atlas en él… », estupefacto por la profundidad y la prodigiosa profusión de su memoria histórica, política y geográfica. Si acaso se aleja de París, es para alentar la implantación o el desarrollo de talleres y manufacturas. En efecto, nada es más urgente que recuperar el enorme terreno perdido durante la revolución y ponerse a tono en el plano industrial europeo. La ciencia y las artes no están de más y conocen una rápida recuperación. Un día de 1801, será en las Tullerías donde el Primer Cónsul invite a Volta para que reproduzca sus experimentos sobre la pila eléctrica, que ha inventado, frente a los miembros del Instituto. Ese mismo año el vizconde de Chateaubriand publica su Atala, Georges Cuvier sus Lecciones de anatomía comparada, Laplace prosigue la publicación del Tratado de Mecánica celeste y el abate René-Just Haüy termina su monumental Tratado de Mineralogía.
Las obras públicas apasionan al Primer Cónsul. Cuando una discusión surge entre los ingenieros que dibujan el trazado del canal de Saint-Quentin, él se presenta in situ y decreta con autoridad decisiones que han probado su lucidez, pues sus resultados prácticos prevalecen y son funcionales hoy en día, en pleno el siglo XXI. En el mismo contexto por ejemplo, el Primer Cónsul también hará emprender los canales del Ourcq, y de Nantes, en Brest. De igual forma insistirá en ser él quien pose simbólicamente la primera piedra de la reconstrucción de la ciudad de Lyon, arrasada como sabemos durante la revolución. Esta noble villa le guardará desde entonces un indefectible apego, que resistirá a todos los reveses.


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Posa por el Primer Cónsul de la primera piedra de la reconstrucción de Lyon
Litografía de Horace Vernet (1789-1863).


Otra obsesión lo hechiza, la de los caminos y ríos, base fundamental de la comunicación y el desarrollo, ya sea industrial, comercial, cultural etc., y no meras vías cuyo fin sería el de « facilitar la rapidez de movimiento del ejército », como algunos han lerdamente afirmado…
Desde la fundación de la República Cisalpina, el Primer Cónsul ha ordenado la creación de la carretera del Simplón, nada menos el más audaz paso de montaña nunca antes construido. Después de la Paz de Lunéville Napoleón le da la orden al general Turreau de que su cuartel general se desplace Domodossola, al pie del Simplón, con el fin de que sus soldados le echen la mano a los obreros; de esta forma se alcanzará la cifra de 30 000 hombres que trabajarán de 1801 a 1807 en dicha carretera, que al final comportará 613 puentes, 20 casas de refugio y 8 galerías emparedadas. De esta fecha data igualmente la decisión de emprender en Cherbourg grandes obras que devolverán al puerto sus antiguas glorias, perdida incluso ya en tiempos del Antiguo Régimen, y que Napoleón, vuelto emperador, consagrará con una magnífica inauguración solemne.
Amberes (Flandes), Quiberón, Belle-Île y sobre todo el puerto comercial de Lorient serán igualmente beneficiarios de este tipo de iniciativas.


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El Primer Cónsul durante una sesión del Consejo de Estado
Grabado de Barbant.


A este periodo pertenece también otra obra magna de la obra Napoleónica, el Código Civil, elaborado por el consejo de Estado bajo la impulsión constante del Primer Cónsul en persona, quien asiste a cincuenta y siete sesiones de una duración de 5 a 6 horas cada una, examinando diligentemente, una por una, cada cuestión planteada por los abogados y juristas expertos de todas las escuelas y familias del Derecho, tanto antiguas como modernas, uno de ellos incluso distinguido por haber sido abogado del rey Luis XVI.
De la misma forma que la Gran Armada va a simbolizar la fusión de los ejércitos de la monarquía con los del año II, así como el régimen napoleónico juntará nobles emigrados y republicanos, el Código Civil marca la síntesis del Derecho romano, del Derecho consuetudinario, del trabajo legislativo a veces admirable pero a menudo incoherente llevado a cabo por las asambleas revolucionarias.
Tras dos años de elaboración, este monumento jurídico, el más importante que un Estado haya realizado desde el emperador Justiniano, es promulgado, en 37 leyes, del 5 de marzo de 1803 al 15 de marzo de 1804. El 21 de marzo de 1804 una última ley los reúne en un solo cuerpo que comporta 2 281 artículos.
El Gran Maestre de la Universidad, Fontanes, presenta el Código Civil al Primer Cónsul durante una arenga en la que, una vez más, la hipérbola no excede a la verdad. Al respecto, Sainte-Beuve escribirá: « un consejo de sabios, enardecidos por un héroe, aprovechó el momento decisivo en que la nación, profundamente conmovida, se hallaba repentinamente puesta de nueva cuenta bajo un mejor genio y asociaba el vigor de un nuevo pueblo a la madurez de un pueblo antiguo ».



INGLATERRA VUELVE A DESATAR A LOS DEMONIOS DE LA GUERRA

« Si fuéramos justos un solo día, no nos quedaría un año de vida »
William Pitt.


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Fox en la Cámara de los Comunes
Charles James Fox se opone, sin éxito, a la política bélica y anti-francesa de la gentry, encarnada por William Pitt. Litografía de Horcholle.

En primera instancia, como lo hemos visto, los esfuerzos del Primer Cónsul por lograr una paz general y durable no son totalmente vanos. España y Holanda se asocian al tratado por lo que, quedándose momentáneamente sola en sus afanes bélicos, la beligerante Inglaterra se verá obligada a firmar, muy a regañadientes, la paz general en Amiens, el 25 de marzo de 1802.
Albión devuelve entonces a Francia las Antillas y los establecimientos de la India, conservando por su cuenta Trinidad, sustraída a España, y Ceilán, arrebatada a Holanda; restituye el Cabo a ésta última. Pero ante todo, Inglaterra se compromete a evacuar Egipto y a restituir Malta a su Orden dentro de los tres meses. Esta última cláusula va a constituir una verdadera manzana de discordia, voluntariamente fatal para la paz pues, en efecto, las verdaderas intenciones del gabinete de Londres, disimuladas alevosamente en la mesa de negociaciones, son claras en su proyecto político desde el principio. Así, el jefe del gabinete británico Lord Addington, ante su Parlamento, presentaba la situación en estos términos: « Por ahora, nuestro deber es conservar nuestras fuerzas. Reservémoslas para ocasiones futuras, cuando podamos recobrar la ofensiva con esperanza de éxito ».
Estas pocas palabras, muy edificantes, debemos tenerlas en mente pues contienen por sí solas toda la filosofía guerrera de Inglaterra, que hasta 1815 llevará a cabo una constante y deshonrosa política de guerra por procuración, es decir de ataques interpuestos llevados a cabo por ejércitos continentales a su sueldo. En efecto, todo lo demás que pueda alegarse pertenece al ámbito de una retórica engañosa, como lo revelan las declaraciones hechas a su colega ruso por el embajador británico en París, lord Wittworth, en una confidencia notable por su disimulo y su cobardía: « Mi corte querrá sin duda prevalecerse de las ventajas de su posición actual que la pone en situación de propinar a Francia golpes muy sensibles sin tener nada que temer ».
Por su parte, el Primer Cónsul espera candorosamente, y varios años después, un desencantado Napoleón dirá desde su exilio que « en Amiens, yo creía de muy buena fe la suerte de Francia, la del Imperio, la mía, fijadas. Para mí, yo iba a dedicarme únicamente a la administración de Francia, y creo que hubiese concebido prodigios ».

Ciertamente, aunque por el momento ya ha logrado algunos cuantos y nada desdeñables por cierto pues, desde el punto de vista diplomático, debemos recalcar que entre 1800 y 1803 el Primer Cónsul habrá concluido la sorprendente cantidad de dieciséis tratados y convenciones internacionales, extraordinario encadenamiento de convenios cuyo resultado será que Francia ya no esté en guerra contra nadie, una situación que el país no conocía desde el 20 de abril de 1792. Le ha aportado a la nación la paz exterior general, y el pueblo francés retribuirá este obsequio inapreciable profesándole desde entonces un culto que no se desmentirá más, como lo veremos más lejos. En las calles y en la prensa proliferan las estampas y grabados, los buhoneros distribuyen bustos y estatuillas con su efigie de aire etrusco; también se componen versos y canciones en honor al joven dirigente, « el soldado que sabe hacer la guerra pero aun mejor la paz », según una copla popular.


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Instalación del gobierno consular en las Tullerías
Litografía francesa de la época.


Pero volvamos por un momento a la Constitución del año VIII.
Diseñada por el Primer Cónsul, ha sido redactada por Daunou, un ideólogo republicano liberal hostil al jacobinismo. Esta carta magna refuerza al poder ejecutivo confiando únicamente a los notables el poder de representación; no obstante, el sufragio universal es mantenido.
Para 1802, tras haber erradicado en el interior la doble oposición realista y jacobina, y en el exterior la amenaza extranjera, Napoleón ha logrado afirmar sólidamente la paz social en Francia. Ante semejantes beneficios, el Tribunado interviene manifestando su voluntad de dar al Primer Cónsul una «prueba brillante de agradecimiento nacional», sugiriendo entonces el Senado una prolongación por 10 años del mandato del Primer Cónsul. Por su lado, Napoleón plantea la realización de un senadoconsulto que prevé el consulado vitalicio y, por decreto consular, el 20 de floreal del año X (10 de mayo de 1802) se somete a plebiscito la pregunta: « ¿Será Napoleón Cónsul vitalicio? ».
El 12 de mayo, el voto resulta en una unanimidad menos una voz (la de Lazare Carnot) en el Tribunado, y una unanimidad menos tres voces en el Cuerpo Legislativo. Ahora, otra de las grandes líneas directrices del régimen napoleónico es el « appel au peuple » – el llamado o convocación al pueblo, que se lleva a cabo a través del sistema del referendo o democracia directa, en la que el pueblo se manifiesta directamente sin que su voto pase por el filtro de representantes e intermediarios, una figura electoral ante la cual incluso (¿o deberíamos decir sobre todo?) nuestras democracias actuales tiemblan. Para tal efecto, en cada comuna se abren registros en los que los ciudadanos son invitados a consignar sus votos disponiendo de tres semanas de plazo a partir del día de publicación del decreto por los ayuntamientos. En el caso que nos ocupa el plebiscito también es avalado palmariamente por el pueblo francés con el resultado sobradamente elocuente de 3 568 885 votos a favor, 8 374 en contra, sobre un total de 3 577 259 de electores.
De esta forma, al término del plebiscito, el 2 de agosto de 1802 Napoleón es proclamado Cónsul de por vida por deseo expreso del pueblo de Francia y de las Cámaras.


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Proclamación del Consulado vitalicio
Estampa popular francesa de la época.


Dos días después, 4 de agosto de 1802, se adapta la Constitución del año VIII naciendo entonces la Constitución del año X, que modifica la composición del Tribunado reduciendo a sus miembros de 100 a 50. Asimismo, otorga al Primer Cónsul el privilegio de nombrar a los miembros del Senado y de disolver el Cuerpo legislativo y el Tribunado. Le concede igualmente los derechos de firmar solo los tratados y el de gracia. Finalmente, este documento determina que el sufragio universal será parcialmente abandonado en provecho del sufragio censitario.
Enseguida, aprovechando la ocasión del aniversario del Primer Cónsul, el 15 de agosto se conmemora la institución del Consulado vitalicio con la celebración de un solemne Te Deum en la Catedral de Nuestra Señora de París.

Por desgracia, todas estas solemnidades son de corta duración y la paz tan arduamente adquirida en Amiens es violada sin más el 18 de mayo de 1803 por el ministro William Pitt, de vuelta al poder el Londres. ¿Cómo procede este sujeto para disparar las hostilidades? Comienza con un acto de bandidaje. Sin declaración previa de guerra, Inglaterra se apodera de todos los navíos franceses y holandeses con un valor de 200 millones, bastimentos neutros de comercio cuyo cargamento ahora iba a enriquecer a los mercantes de la City y cuyas tripulaciones, sin más ni más, fueron echadas en las mazmorras. Los desgraciados que caían en manos británicas terminaban sus días en los «ponts-ships», los siniestros pontones, donde se pudrían literalmente hasta morir. Napoleón respondería a estos abusos decretando que todos los sujetos de su Majestad Británica «actualmente en Francia» (Moniteur) serían constituidos prisioneros de Guerra. ¿Cuál fue su suerte? Quedaban prisioneros bajo palabra y la mayoría trabajaba con empleadores o en residencia donde los habitantes, percibiendo según su estatuto la mitad del sueldo asignado a los suboficiales y soldados en actividad en las tropas francesas o el medio sueldo de los simples soldados, ¡y gozando del derecho de hacer ir a su mujer a Francia! En el Memorial, Napoleón aclara que «Propuse el intercambio durante toda la duración de la guerra. Los ingleses prefirieron dejar a sus prisioneros diez años, antes que renunciar en el futuro a sus incalificables métodos de rapiñas en la mar» (1º de noviembre de 1816).
Inglaterra tampoco ha respetado su promesa de evacuar Malta, y el gabinete de Londres, al tanto que prodiga enormes cantidades de dinero, organiza ya la Tercera Coalición que constará de Inglaterra (financiando el proyecto), Austria, el reino de Nápoles y Rusia. Ante tan violenta e inicua acometida, el Primer Cónsul se ve forzado a replicar, lo que hace el 20 de junio por medio de un decreto que prohíbe la entrada a Francia de toda mercancía proveniente de Inglaterra o de sus posesiones. También se propone lavar la afrenta considerando una expedición punitiva al corazón mismo de Inglaterra, para lo cual moviliza la flota y el ejército de tierra a Boloña (Boulogne-sur-Mer, en las costas de Bretaña).

Pero un peligro más fermenta en las entrañas de la misma Francia.

Desde Inglaterra, amparados y generosamente respaldados por el Gabinete de Londres, los realistas fanáticos emigrados en Londres, encabezados por el conde de Artois (futuro rey Carlos X), mente extraviada y criminal, buscan, ya no derrocar sino liquidar físicamente al Primer Cónsul. Para tal fin fomentan un complot apoyándose entre otros en el traidor general Pichegru, en el rebelde Georges Cadoudal y sus cómplices, en 1804.


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Atentado de la Calle Saint-Nicaise, el 24 de diciembre de 1800
Al dirigirse a la Ópera para escuchar una adaptación de La Creación del mundo de Franz Joseph Haydn, su compositor preferido, el Primer Cónsul escapa de milagro a la brutal explosión de una “máquina infernal”. Se trata de una bomba oculta en una carreta confiada por los terroristas a una pobre niña de catorce años llamada Marianne Peusol, a quien han dado 12 céntimos a cambio de que sujete a la yegua que lleva atado el mortífero dispositivo. Ambas quedarán pulverizadas por el estallido que causa 22 muertos más y un centenar de heridos. Inicialmente se sospecha de los jacobinos, pero tras las investigaciones de la “policía científica” los culpables del complot resultan ser los realistas bajo el mando del duque de Enghien y su agente Georges Cadoudal. Entre varios ejecutores más, será el antiguo jefe chuán Joseph Picot de Limoëlan quien se haya encargado de embaucar a la pequeña Peusol, logrando escurrirse de los agentes de Fouché y escapando de París. Huirá a los Estados Unidos y, desgarrado el resto de sus días por el remordimiento, se hará sacerdote. Sin volver nunca más a Francia, muere en Carolina del Sur el 29 de septiembre de 1826. Litografía de la época.



Estos conspiradores caerán en mano de la eficaz policía de Fouché, siendo luego juzgados y condenados. Sin embargo, planes homicidas como los suyos, ilustrados especialmente por el milagroso fracaso del atentado de la máquina infernal de la calle Saint Nicaise, perpetrado el 24 de diciembre de 1800, siguen pesando como una amenaza constante para la vida del Primer Cónsul, quien nunca dejará de ser el blanco de grupos organizados como los misteriosos Chevaliers de la Foi («Caballeros de la Fe»), igualmente dirigidos por de Artois (fundados en 1810). Gracias a las confesiones de Pichegru y otros personajes de alto rango pertenecientes a los círculos del realismo militante, se conoce que, conforme a los proyectos de una conspiración en curso, un «joven príncipe» debe llegar a París y « unir » al país tras del asesinato del Primer Cónsul, con el objetivo de operar una restauración realista. Efectuada una indagación, Bonaparte hace arrestar el 15 de marzo en Ettenheim, en el gran ducado de Baden, al duque de Enghien, hijo único del último príncipe de Condé. Llevado a la fortaleza de Vincennes, es juzgado ahí mismo y, a espaldas del Primer Cónsul, condenado a muerte por una comisión especial presidida por el general Hulin, quien tratará de justificarse cerca de veinte años más tarde al publicar sus Explicaciones ofrecidas a los hombres imparciales. A instancias y por imposición directa del general Savary y el clan de los regicidas (Talleyrand, Fouché y sus compinches), el príncipe es fusilado subrepticiamente en las fosas, apenas la sentencia pronunciada, sin obtener la entrevista personal que solicitaba con el Primer Cónsul. Éste último acaba de ser víctima de una grosera manipulación que años después describirá de esta forma en el Memorial de Santa Helena: « Con toda seguridad, si hubiese sido instruido a tiempo de ciertas particularidades concernientes a las opiniones y al natural del duque de Enghien, y sobre todo si hubiera visto la carta que me escribió y que Talleyrand no me entregó más que cuando él ya no era, bien ciertamente hubiese perdonado (…) Todo se había previsto con anterioridad. Las piezas se encontraron totalmente listas, sólo había que firmar. Y la suerte del príncipe ya estaba decidida ». Por lo pronto, su secretario Menevál describe el momento en que la noticia llega a los oídos del Primer Cónsul quien dejó escapar un brusco movimiento de sorpresa y de descontento. Constant, su ayuda de cámara, nos cuenta en sus memorias que al anunciarse este terrible acontecimiento, la esposa del Primer Cónsul, Josefina, «entró o más bien se precipitó en la recámara gritando: “¡el duque de Enghien está muerto! ¡Ah! ¿Amigo mío, qué has hecho?”... Éste palideció como la muerte, y dijo con una emoción extraordinaria: “¡Los desgraciados se han apresurado demasiado! ¡Ya solo me queda llevar la responsabilidad!”». A su hermano José ha escrito algo similar: « Hay que soportar la responsabilidad del evento; echarla sobre otros, incluso con verdad, se parecería demasiado a una cobardía, [lo suficiente] para que quiera dejar que se sospeche de mí ». Y entonces, manda que a la duquesa de Borbón, madre del príncipe, se le asigne un socorro de 100 000 francos que la víctima acepta, lo cual no puede dejar de ser desconcertante para los que se empeñan en imputarle el crimen a como dé lugar. Tal vez sea por ello por lo que nunca hagan mención del hecho.
Diecisiete años más tarde, al redactar su testamento, tres semanas antes de morir, el Emperador Napoleón vuelve sobre el asunto y procede a una última aclaración. Asume la entera responsabilidad del arresto del duque y de su presentación ante la justicia como una decisión legítima. No obstante, no se siente culpable en absoluto de la orden de ejecución, por lo tanto, no tiene ninguna razón de sentir remordimientos, a lo mucho sólo la frustración de no haber podido ejercer su derecho de gracia, lo cual hubiera sido, además de un magnífico gesto humano y altamente simbólico, una poderosa palanca política. Siente como una profunda injusticia la acusación de crimen. Ya en su lecho de muerte, asumiendo la responsabilidad de la terrible transgresión perpetrada por otros, escribe: « Hice arrestar y juzgar al duque de Enghien porque era necesario para la seguridad, el interés y el honor del pueblo francés, en el momento en que el conde de Artois mantenía, según su confesión, a sesenta asesinos en París. En una situación similar, actuaría todavía de la misma manera. »

Por lo pronto, el lúcido conspirador Cadoudal, que percibe nítidamente el significado profundo y todo el alcance de este acto que marca la ruptura definitiva con los borbones y corta con cualquier pretensión de restauración borbónica, concluye con esta frase amarga, lanzada mientras sube junto con sus cómplices al cadalso, el 28 de junio de 1804: « ¡Queríamos devolver un rey a Francia, le hemos dado un emperador!»..


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Ejecución del duque de Enghien, 20 de marzo de 1804
Ilustración anónima de la época.


Pero dejemos la polémica histórica y volvamos a la realidad del momento. Ante la verosimilitud del peligro constante que se cierne sobre la vida del Primer Cónsul, interviene una cuestión que no podía escapar a la clase dirigente, a saber la de la supervivencia del régimen y de sus adquisiciones en la hipótesis de que el joven regente llegase a desaparecer brutalmente por obra de manos criminales.
En estas circunstancias, durante el mes de abril de 1804, mientras se llevaba a cabo la instrucción de las actas de Cadoudal y de sus cómplices, entre los cuales figuraban los generales traidores Pichegru y Moreau, un miembro del Tribunado hizo entrega ante la Asamblea de una propuesta que tendía a investir al Primer Cónsul de la dignidad imperial y declarar el imperio francés hereditario en su familia. La idea no era espontánea, pues en opinión de algunos partisanos sólo la fundación de una dinastía podría asentar definitivamente los logros de la revolución y del Consulado, y garantizar su perennidad.
Es así como una comisión encargada del examen de la proposición hizo entrega de su reporte algunos días después y concluyó su adopción.
Una sola voz discordante se elevó en medio de esta unanimidad, nuevamente la del matemático y antiguo miembro del Directorio, Lazare Carnot, un republicano inflexible que como hemos visto ya se había señalado por su negativa de votar el consulado vitalicio, al que veía con gran recelo presintiendo desde entonces el retorno definitivo a las formas monárquicas. Lo volveremos a encontrar más adelante, durante los días sombríos de 1814-1815 en condiciones emotivas.

Entretanto, el 2 de mayo de 1804, después de haber proclamado que «no hay título más conveniente a la gloria de Bonaparte y a la dignidad del jefe supremo de la nación francesa que el título de emperador», el Tribunado formula los estatutos siguientes:
« El Tribunado, ejerciendo el derecho que le es atribuido por el artículo 29 de la Constitución emite el voto:
1° Que Napoleón Bonaparte, Primer Cónsul, sea proclamado Emperador de los franceses, y, en dicha calidad, encargado del gobierno de la república francesa;
2° Que el título de emperador y el poder imperial sean hereditarios en su familia, de varón en varón, por orden de primogenitura;
3° Que al hacer en la organización de las autoridades constituidas las modificaciones que podrá exigir el establecimiento del poder hereditario, la igualdad, la libertad, los derechos del pueblo sean conservados en su integridad.
El presente voto será presentado al Senado por seis oradores, que permanecen encargados de exponer el voto del Tribunado. »


Vino entonces el turno del Senado.


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Napoleón recibe en Saint Cloud el senadoconsulto que lo proclama emperador, el 18 de mayo de 1804
Óleo de Georges Rouget (1783-1869).


Consultado por medio de un plebiscito acerca de la cuestión, el pueblo francés se expresa sin ambigüedad alguna; los resultados hablan por sí solos: 3 572 329 voces «a favor», 2 569 «en contra».
Todos estos sufragios honraban no solo a las instituciones, sino esencialmente al hombre que, en solamente cinco años, había salvado a la Francia moribunda y le había vuelto a dar un prestigio sin precedentes. Tras una década de masacres y persecuciones más horribles unas que otras, el pueblo le estaba agradecido por la paz civil que él les había devuelto; la misma Vendea, ayer tan profundamente realista, le otorgaba una cuasi unanimidad al hombre que había puesto un término a los exterminios revolucionarios.
Consiguientemente, el 4 de mayo, los senadores reconocen el principio de transmisión hereditaria como base fundamental del Estado y adoptan a unanimidad de los sufragios un nuevo comunicado en el cual refrendan el establecimiento de la dignidad imperial hereditaria en la persona y familia del Primer Cónsul.
El 18 de mayo, los senadores reunidos escuchan a su antiguo presidente, el naturalista Lacepède, quien fue igualmente el primer gran canciller de la Legión de Honor, leer el texto del senadoconsulto que daba su forma oficial y legal a estas nuevas instituciones de facto monárquicas.
Enseguida se dirigieron todos al castillo de Saint-Cloud, hoy desaparecido, donde el Primer Cónsul acompañado de su esposa Josefina esperaba a los magistrados. Según los testimonios de los presentes, el Cónsul estaba « tranquilo, digno y sin rigidez ». Este hombre, de apenas 35 años de edad a quien, hasta entonces, nadie se había dirigido de otra forma que llamándolo «ciudadano general» o «ciudadano Primer Cónsul», oyó a Cambacérès decirle al acercarse a él: « Sire…»; acababa de ser proclamado Emperador de los franceses con el nombre de NAPOLEÓN I.

Terminada la arenga solemne del delegado, el Emperador prorrumpe: « Todo lo que puede contribuir al bien de la Patria, está esencialmente ligado a mi dicha. Acepto el título que me creéis útil para la gloria de la nación. Someto a la sanción del pueblo la ley de la heredad. Espero que Francia no se arrepienta nunca de los honores con que rodeará a mi familia ».
En ese momento el estruendo de todos los cañones de París se dejó oír hasta Saint-Cloud y, al discurso de Cambacérès, un grito, el primero de una larga serie que hasta hoy nunca se ha extinguido, les hizo eco:

¡VIVA EL EMPERADOR!


Como ya habia mencionado antes, este tema va dedicado a minnie, ya se que no le agrada mucho Napoleón jaja, pero creo que este articulo es brillante, Castelot grande como siempre ;)

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El Napoleón perdido

Afp. Actualizado miércoles 02/10/2013 05:00 horas

Un universitario británico asegura haber encontrado en Nueva York un retrato de napoleón que lleva desaparecido casi dos siglos, obra del pintor francés Jacques-Louis David, en casa de un coleccionista que lo adquirió por 100 veces menos de su valor real.

Esta obra, pintada en 1813, cuando los británicos y prusianos amenazaban al Imperio, representa las primeras tres cuartas partes de Napoleón en el uniforme de la Guardia Nacional de blanco y negro, rojo y, como de costumbre, con una mano metida dentro de su chaleco.

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En 2005, un coleccionista privado de Nueva York lo compró en una subasta por una suma cercana a los 18.000 euros. El dueño lo restauró y confió la labor de autentificación al profesor Simon Lee, un investigador de arte de la Universidad de Reading.

Tras un minucioso trabajo, Simon Lee, autor de un libro, 'David', dedicado al pintor neoclásico, considera que este retrato, que antes era considerado una copia, es, efectivamente, obra de Jacques-Louis David. Su valor está estimado en más de 2,3 millones de euros.

Para llegar a esta conclusión, el investigador comparó la obra con un retrato de la condesa Daru dirigida por David. Usando una luz que se utiliza por los restauradores de pinturas, mostró que se había empleado la misma técnica para pintar las cortinas y los rasgos faciales de los dos personajes.

"Aunque la obra está firmada por David, el trabajo de limpieza reveló la palabra 'Rouget'", en referencia a Georges Rouget, el asistente favorito de Jacques-Louis David, explica Lee. "Supongo que fue una forma de que Rouget formara parte del proceso creativo", argumenta. "Sabía que su nombre estaría cubierto".

Con este retrato, "David pretendía da una imagen del emperador que reforzara el patriotismo (... ), sin embargo, esta pintura nunca llegó a ser vista por un gran público, debido a la invasión inesperada de los aliados".

Fuente: http://www.elmundo.es/elmundo/2013/10/0 ... 03&numero=

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Recreación de la Batalla de Leipzig 2013 por el canal MDR. Cerca de 6 mil personas participan en la actuación:

http://www.spiegel.de/fotostrecke/bilder-aus-der-mdr-voelkerschlacht-fotostrecke-102498.html

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Monumento en el campo de batalla

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http://www.tagesspiegel.de/weltspiegel/leipzig-6000-darsteller-proben-fuer-die-voelkerschlacht-am-sonntag/8949520.html

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Dos participantes rusos (en la vida real, empresarios).

Vídeo de la recreación del anho pasado, 2012 (1500 participantes):
http://www.youtube.com/watch?v=0B8zzX6A4cI


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Miniatura sobre marfil que representa a Napoleón I recibiendo a la reina Luisa de Prusia en Tilsit el 6 de julio de 1807. El autor es Nicolas Louis François Gosse y saldrá a subasta en la galería Drouot de París el miércoles 4 de junio por un precio de salida estimado de 2.000€

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Así mismo salen a subasta una cuchara y un tenedor que provienen de la cubertería usada por el Emperador en Santa Helena, en plata con las armas imperiales grabadas. Dos piezas extraordinariamente raras con un precio de salida de 15.000€

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Retrato de Jérôme Bonaparte, rey de Westphalia, en traje blanco de ceremonia (1810) Obra de François Joseph Kinson (pintor oficial del duque de Angoulême)

Saldrá a subasta en Drouot la semana que viene por un precio estimado de 2.500€

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Ubicación: Gijón. Principado de Asturias.
El contrato matrimonial entre Napoleón y Josefina, vendido en subasta por 437.500 euros

http://www.elmundo.es/cultura/2014/09/2 ... w=facebook

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