Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 12 Mar 2008 20:47 
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Marie Therese Charlotte, princesa de Francia, llamada Madame Royale. En una época ulterior, denominada l´orpheline du Temple. Luego, duquesa de Angouleme.

Esta es la historia de una princesita que podía haber tenido el mundo a sus pies...de no haber saltado en pedazos su país de orígen a consecuencia de una Revolución que alteraría profundamente la Vieja Europa. La secuencia de acontecimientos causó un tremendo efecto en su persona, dejando profundas secuelas emocionales que la acompañarían hasta el momento de su muerte. Nunca pudo sentirse realmente complacida y feliz, porque, demasiado pronto, se lo habían arrebatado todo. La habían despojado del orgullo inherente a su título, de los privilegios de una vida en la corte más refinada y lujosa; pero lo verdaderamente horrible fue que la privaron uno a uno de aquellos a quienes quería y en quienes confiaba, sus familiares, sus amigos, sus allegados. Durante mucho tiempo se encontró prisionera, en completa soledad, abandonada a su suerte. Cuando llegó la liberación, había heridas que no se cerraban fácilmente

La princesita tenía un padre rey: Louis XVI de Francia:

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Y, por supuesto, una madre reina, Marie Antoinette, que, en origen, había sido la archiduquesa María Antonia de Austria:

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La pareja, unida por motivos obviamente dinásticos y políticos, no había iniciado con éxito su vida conyugal. Se habían casado en 1770, cuando Louis todavía ostentaba el título de delfín, en calidad de heredero del trono que ocupaba su abuelo paterno. Louis ofrecía la imagen de un joven que tendía a engordar, se movía con poca gracia y no sabía manejar una conversación social, debido a su fuerte timidez mezclada con una acusada falta de seguridad en sí mismo. Sólo se relajaba cuando le dejaban trabajar en su fragua (hubiese sido con gusto un herrero de pueblo...) o salir de caza. De pronto, se encontró con una esposa bonita y pizpireta, pero de escasa formación y con inclinación a las frivolidades. Para colmo de males, él padecía una fimosis que le impedía consumar el matrimonio, pero, por vergüenza y cobardía, se negaba a someterse a la pequeña operación que podía resolver satisfactoriamente el asunto. Para cuando Louis y su Marie Antoinette ascendieron al trono, en el año 1774, seguían siendo una pareja sin hijos, lo que generaba fuertes expectativas en el hermano que seguía a Louis en edad, Louis-Stanislas-Xavier, conde de Provenza. Entre tanto, Provenza, se había casado con una princesa llamada Marie Josephine Louise de Saboya, quien concebía pero abortaba rápidamente, lo que, de rebote, alimentaba las ilusiones del tercer hermano: Charles-Philippe, conde de Artois. Artois era, sin lugar a dudas, el mejor dotado: de buena presencia, vigoroso, astuto y carismático. Casado con Marie Therese de Saboya, hermana de su cuñada Marie Josephine Louise, en 1773, en el año 1775 los dos habían logrado lo que parecía un imposible en esa corte: poner en el mundo un principito, bautizado Louis-Antoine.

La falta de descendencia de Louis y Marie Antoinette, por lo tanto, daba alas a los sueños de sucesión de Provenza, pero, en especial, de Artois, que se imaginaba a sí mismo alcanzando el trono después de sus hermanos mayores y legándoselo a su hijo. Había muchos intereses en juego, en ese sentido. Por eso, hubo un monumental revuelo cuando en 1777 Louis se dejó operar y, por fín, copuló con su esposa austríaca. Ella no tardó en mostrar señales de embarazo, lo que condujo al nacimiento, el diecinueve de diciembre de 1778, de una niña que recibiría los nombres de Marie Therese Charlotte, junto con el título honorífico de Madame Royale.

El parto de Marie Antoinette se había ajustado a un antigüo y complejo ceremonial que pretendía ratificar la legitimidad de la prole de las consortes francesas. Docenas de personas de elevadísimo rango tenían acceso a la cámara en la cual se situaba el lecho dónde sobrellevaban con la dignidad que podían los dolores del alumbramiento aquellas mujeres casadas con monarcas: tanto público garantizaba que no pudiese producirse, por ejemplo, la sustitución de un bebé muerto por el bebé vivo de alguna dama, o el cambio de una niña no deseada por un niño de cualquier sirvienta. Enmedio del bullicio y de un calor sofocante, al cabo de muchas horas de sufrimiento, Marie Antoinette se encontró con que ponían en sus brazos a una princesa, no al ansiado delfín. Pero el sentimiento de amor absoluto e incondicional se despertó en su interior mientras observaba a la pequeñina. En voz muy suave, casi un imperceptible murmullo, dijo:

-Pobre cosita. No eres lo que todos querían, pero te amaremos a pesar de ello. Un hijo habría pertenecido al Estado; tú serás mía y recibirás todos mis cuidados; compartirás mi felicidad y suavizarás mis tristezas...


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NotaPublicado: 12 Mar 2008 20:50 
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A causa de su elevado rango, la bebé tenía derecho a disponer de "casa propia". Se seleccionó un completo "entourage" de sirvientes, cada cual con distintas funciones, a cargo de una gobernanta que contaba con un adecuado pedigree: Victoire Armande de Rohan, princesa de Maubuisson, también princesa de Guéméné, casada con Henri Louis Marie de Rohan, príncipe Rohan-Guéméné. A su cuidado quedarían también, en un futuro, los hermanos y/o hermanas que pudiesen proporcionarse a Marie Therese Charlotte.

En realidad, la importancia de ese bebé que dormía plácidamente en su magnífica cuna radicaba en que ella constituía la prueba de que Louis XVI podía engendrar y Marie Antoinette podía alumbrar las criaturas tras el oportuno período gestacional. La niña aún no había cumplido dos años cuando la reina se puso de nuevo de parto y, en esa ocasión, el regocijo de sus allegados fue absoluto, porque se produjo el adveniento de un varoncito: Louis-Joseph Xavier Francois, delfín de Francia. Una multitud de regalos para el recien llegado abarrotan la nurserie, mientras se constituye, con la adecuada prosopopeya, la casa del delfín.

Para nuestra Marie Therese, lo significativo es que deja de estar sola. Ya no sólo podrá juguetear con sus primitos, los hijos de los condes de Artois (quienes ya no tienen únicamente a Louis-Antoine, porque ha nacido asimismo Charles-Ferdinand), sino que, además, contará con un hermano menor. Constituye un mérito innegable de Marie Antoinette que consiguiese transmitir a su niña un sentimiento inmediato de ternura y protección hacia el niñito.

Luego, en 1785, se añade a la familia otro varón: Louis-Charles, inmediatamente designado duque de Normandía. Para entonces, ya se había constatado que el preciado delfín, Louis-Joseph, adolecía de una salud quebradiza, pues en abril de 1784 se había visto claramente debilitado por un violento acceso de fiebre, hasta el punto de que se había temido que no sobreviviese. Resultaba un consuelo que ahora hubiese un eventual sucesor para el caso de que no superase la infancia Louis-Joseph.

En 1786, durante el cálido mes de julio, la reina Marie Antoinette cerró su ciclo reproductivo con otra niña: Sophie Hèléne Beatrix.


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NotaPublicado: 12 Mar 2008 20:51 
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A pesar de la muy a menudo exagerada fama de Marie Antoinette como mujer frívola y atolondrada, ella resultó ser una madre implicada en la crianza, así como en la educación, de sus vástagos. Había vivido muchos años de penosa infertilidad, por causas ajenas a su voluntad; de manera que el nacimiento de los cuatro principitos la colmó de dicha y le hizo considerar la maternidad un asunto serio, que merecía su especial atención.

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Marie Antoinette.

En ese sentido, contamos con un hecho revelador. Marie Antoinette no tenía ninguna particular inclinación hacia el género epistolar: escribía a su familia austríaca con cierta regularidad, pero a costa de forzarse a sí misma a sentarse ante el papel en blanco con la pluma mojada en tinta en la mano. Sin embargo, durante el período no demasiado largo en el que la princesa Victoire de Guèméne ejerció la función de gobernanta de los niños reales, le dirigió nada menos que TRECE largas misivas explayándose acerca de cómo debía encauzarse a los pequeños. Otro detalle importante es la abierta efusividad que mostraba a los críos. A su hija mayor, Marie Therese, la llamaba, cariñosamente "Musseline la serieuse", porque la niña mostraba un carácter serio y reflexivo. Su hijo Louis-Joseph le causaba auténtica congoja con cada enfermedad, con cada achaque que obligaba a confinarle, para favorecer la recuperación, en La Muette.
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Marie Antoinette entre sus hijos mayores, Marie Therese y Louis-Charles, el frágil delfín.

Louise-Charles, un chiquillo vivaracho y travieso, la llenaba de alegría, de modo que solía denominarle "mon chou d´amour". No tuvo demasiado tiempo para encariñarse con Sophie Hèléne Beatrix: la benjamina falleció a consecuencia de una prematura tuberculosis, cuando le faltaba menos de un mes para cumplir su primer añito de vida. Hubo quienes intentaron consolar a Marie Antoinette aludiendo precisamente a que no íba a lamentar tanto la ausencia debido a que la niña se había muerto con sólo once meses de vida, pero la madre, sacudiendo la cabeza, pronunció las siguientes palabras: "No olvidéis que hubiese sido mi amiga".

En gran medida, esa frase de Marie Antoinette refleja las expectativas que ella depositaba en sus dos hijas. Los niños constituían un patrimonio de Francia, porque garantizaban la continuidad dinástica. Las niñas, en cambio, eran princesitas, igual que lo había sido ella unos años antes. Podían forjar una relación más cálida, más íntima, sin tanta concesión al protocolo y a las exigencias de Estado. Por eso, Marie Antoinette valoraba a Marie Therese y había valorado a Sophie Hèléne Beatrix.

Mientras Sophie Hèléne Beatrix se moría, se acercaba el remate de un retrato emblemático de la reina con sus cuatro retoños. La cunita en la que íba a figurar la princesa bebé se quedó vacía, pero no se la quitó del cuadro para representar también, de alguna manera, a la que había formado parte de la familia y les había abandonado antes de tiempo:

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Marie Antoinette sostiene en su regazo a Louis-Charles. Marie Therese permanece a la izquierda de la imagen, en un gesto afectuoso hacia su madre. Louis Joseph, el delfín, señala la cuna en la que había debido aparecer Sophie Hèléne Beatrix.


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NotaPublicado: 12 Mar 2008 20:53 
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En la vida de los dos niños mayores -Marie Therese y Louis-Joseph, el delfín- se había producido una variación importante en el año 1782. Ese año, la corte francesa tuvo un gran escándalo relacionado con la pareja formada por Henri Louis Marie de Rohan, príncipe Rohan-Guéméné, y la esposa de éste, Victoire Armande. Los dos habían manejado con absoluto descuido sus finanzas, de modo que hubieron de declararse en bancarrota para evadir a sus múltiples acreedores. Por supuesto, esa situación tan vergonzosa imposibilitaba que mantuviesen sus cargos en la corte. Pese a sus ruegos, Victoire Armande fue relevada de la función de gobernanta de los hijos reales.

A decir verdad, en Versalles la caída en desgracia de unos siempre constituía una elevación para otros. En ese caso, Marie Antoinette aprovechó la circunstancia para favorecer de nuevo a su amiga predilecta: Yolande de Polignac.

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Yolande de Polignac.

Ateniéndose a la estricta etiqueta que gobernaba Versalles, Yolande de Polignac no cumplía los requisitos para sustituír a Victoire Armande en el título de gobernanta. Sin embargo, Marie Antoinette se empecinó...y se salió con la suya. Evidentemente, eso provocó un alud de murmuraciones, casi todas de pésimo gusto, acerca de la excesiva predilección de Marie Antoinette hacia Yolande. Una predilección que, se recordaba, venía manifestándose desde hacía ya SEIS AÑOS y alcanzaba, por entonces, su punto culminante con ese nombramiento tan criticable.

Desde su llegada a Francia, con apenas catorce años, Marie Antoinette había anhelado una verdadera amiga, una mujer de su edad con quien sintiese profunda afinidad y pudiese establecer una relación de absoluta confianza. Por un tiempo, parecía que la había encontrado en la delicada y espiritual princesa Marie Thérèse Louise de Saboya-Carignano, convertida a través de su matrimonio con el hijo del riquísimo duque de Penthièvre en princesa de Lamballe...

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Marie Therese de Lamballe.

...pero luego, hacia 1775, había realizado una entrada triunfal en la escena Yolande Martine Gabrielle de Polastron, condesa de Polignac a raíz de su casamiento con Jules de Polignac. En un principio, la pareja había logrado una invitación a Versalles gracias a una hermana de Jules, Diane. Con su vibrante personalidad, Yolande supo ganarse la inmediata simpatía de Marie Antoinette. Así, emprendieron su fabulosa progresión social los Polignac, observados con recelo al principio y con clara animadversión después por la mayoría de los asiduos a Versalles.

Examinando los hechos con frialdad, causa espanto la prodigalidad de la reina en lo que atañe a esa amiga del alma. A los reyes de Francia se les había echado en cara que vaciaban las arcas del tesoro en beneficio de sus diversas maîtresses en titre, pero a esas alturas resultaba que salía igual de ruinoso que la reina tuviese una querida confidente. En 1779, tres años antes de que Yolande lograse suplantar a Victoire Armande, el rey Louis XVI, muy contento de que esa dama contribuyese a la paz y alegría de Marie Antoinette, había aceptado pagar las elevadas deudas contraídas por los Polignac: el monto total ascendía a cuatrocientas mil libras, una fortuna. Pero, además, en esa misma época, Jules y Yolande habían tenido que asumir la boda de su preciosa hija Aglaé con el duque de Guiche: para favorecer la unión, los reyes se comprometieron a entregar a la chica una dote de nada menos que ochocientas mil libras (a fín de hacernos una idea de lo que significaba, las dotes que hasta entonces habían obsequiado los monarcas a diversas muchachas no sobrepasaban jamás las ocho mil libras).

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Aglaé de Polignac, luego duquesa de Guiche, apodada Guichette. La concesión de su fabulosa dote fue uno de los mayores escándalos de la época.

Por si no bastante, los Polignac pedían también para sus familiares. El conde de Vaudreil, amante de Yolande con la feliz aquiescencia de Jules, se convirtió en Gran Halconero de Francia al tiempo que se le asignaba una renta anual de treinta mil libras. Diana misma, pese a su reputación bastante maltrecha, fue puesta a cargo de la casa de la princesa Elisabeth, la joven hermana de Louis XVI, cuñada favorita de Marie Antoinette. A esas alturas, a la corte había llegado una hermana de Yolande, Louise de Polastron, que recibió innumerables facilidades. Louise acabaría envuelta en una relación amorosa con el conde de Artois, hermano de Louis y cuñado de Marie Antoinette.

El remate llegó cuando a Jules y Yolande se les confirió dignidad de duques de Polignac, superior a su título condal, para que ella se hiciese cargo en adelante de los hijos de Francia...


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NotaPublicado: 12 Mar 2008 20:58 
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NotaPublicado: 12 Mar 2008 20:58 
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Pequeña Marie Therese.

Por supuesto, una niña de tan corta edad como nuestra Marie Therese no percibía el entramado de pequeñas rencillas, furiosas animadversiones y tupida red de intrigas que conformaban la corte de Versalles. A decir verdad, ni siquiera podía percibir, aún, la peligrosa maraña de relaciones dentro del seno de la familia real.

A esas alturas, todavía permanecían con vida y dispuestas a hacerse notar a cada momento dos de las hijas que Louis XV había tenido de su esposa polaca María Leczynska: Marie Adelaide y Marie Victoire.

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Madame Adelaide.

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Madame Victoire.

A ambas les hubiera gustado que, por deferencia a su edad, se las considerase los pilares fundamentales de la familia, pero no se las tomaba tan en serio. A su difunto padre le habían molestado e irritado por su santurrona beatería y su rigidez: demasiadas veces ellas habían tratado de privarle de sus favoritas, en particular de la última favorita, Madame du Barry. El sobrino Louis XVI las apreciaba y las trataba con la mayor cortesía, pero no les permitía representar un papel decisivo en el entorno de la corte. En cuanto a Marie Antoinette, las mujeres habían tratado de manipularla en los primeros tiempos de matrimonio y a decir verdad lo habían conseguido hasta cierto punto, originando un célebre enfrentamiento de la delfina adolescente con la maîtresse en titre. Pero esos tiempos habían quedado atrás. Poco a poco, Marie Antoinette se había transformado en una mujer lo bastante sofisticada como para que le resbalasen igual que agua de lluvia las admoniciones cargadas de moralina de las tías, quienes acabaron pasando menos semanas en Versalles y más semanas en su palacio de Bellevue.

Luego estaban, por supuesto, los dos hermanos de Louis con sus respectivas esposas, hermanas entre sí. El conde de Provenza constituía un triste elemento, pues vivía reconcomiéndose de pura envidia. A Louis le envidiaba la corona. A Artois le envidiaba que éste tuviese mejor planta, más brío, más carisma, más éxito con las mujeres y dos hijos varones nacidos en el matrimonio. Provenza consideraba que se la habían dado con queso al casarle con Marie Josephine Louise de Saboya. Ella era bastante fea, con un bigote sobre el labio superior que muchos denominaban mostacho, aunque esto, por supuesto, no se refleja en los cuadros de la época:

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Marie Josephine Louise, la condesa de Provenza.

Aparte, sus hábitos higiénicos dejaban mucho que desear. Con frecuencia había que recordarle la necesidad de lavarse los dientes e incluso de bañarse. Pero lo peor era que esa mujer que cada vez se refugiaba más a menudo en el alcohol no había logrado traer hijos al mundo: en dos ocasiones había concebido, en dos ocasiones había abortado.

Artois, el mejor dotado de los tres hermanos, había tenido la suerte de llevarse a la hermana pequeña: Marie Therese.

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Marie Therese, la condesa de Artois.

De baja estatura y muy menuda, poseía en cambio un rostro grato a la vista. Se había embarazado con cierta facilidad y había parido sin dificultades dos varoncitos. Artois le estaba agradecido por ello y por la serenidad con que ella aceptaba las frecuentes aventuras de él, e incluso, a partir de cierto momento, la relación paralela con Louise de Polastron. El único problema radicaba en que la condesa de Artois era muy tímida, de una timidez paralizante en realidad. La gente solía considerarla "una tonta" sólo porque no hilaba dos frases seguidas a causa de ese rasgo de carácter.

Los tres hermanos tenían dos hermanas: Clothilde y Elisabeth. Madame Clothilde, apodada Gros Madame porque su excelente apetito le hizo convertirse en una muchachita oronda, se había distinguido por su naturaleza apacible, complaciente y religiosa.

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Madame Clothilde, Gros Madame.

A los catorce años, cuatro años antes de que su cuñada Marie Antoinette tuviese a nuestra Marie Therese, Clothilde había sido enviada a Turín para que se casase con el príncipe de Piamonte, heredero del reino de Cerdeña. Pese a que se trataba de un matrimonio de pura conveniencia, aconteció que ambos se consideraron satisfechos al conocerse el uno al otro, porque compartían el buen carácter, el amor por la música y un acendrado catolicismo.

Y así llegamos a Elisabeth, la benjamina, un elemento ciertamente destacado en nuestro foro:

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Madame Elisabeth.

Tenía sólo catorce años en la época en la que nació Marie Therese, a quien acogió con franco deleite. Elisabeth, educada con el máximo esmero, se había sentido muy sola a raíz de la marcha de su hermana Clothilde, de modo que había buscado una relación más asidua y fluída con su cuñada Marie Antoinette: la llegada al mundo de los niños constituyó un nuevo vínculo de unión, porque la jovencísima tía se dedicaba con entusiasmo a los sobrinos.

En resumen, la familia real francesa proporcionaba un interesante elenco de personajes que, cada uno a su manera, ejercería un rol fundamental en la vida de Marie Therese, algo de lo que ella, desde luego, no tenía la menor idea durante esa temprana etapa de su existencia.

******************

De lo que sí tomó conciencia pronto Marie Therese es de que su madre, la reina Marie Antoinette, pertenecía por nacimiento a la familia imperial austríaca. A corta edad, se le explicó que debía su nombre a su abuela materna, que había sido emperatriz por derecho propio...y, de hecho, una gran soberana, capaz de marcar con su impronta toda una época de la política europea.

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Emperatriz María Theresa, homónima abuela materna de Marie Therese.

La gran dama murió en noviembre de 1780, dos años después de que hubiese nacido su nieta Maria Therese y apenas unos meses antes de que llegase al mundo su nieto delfín Louis-Joseph. Una de las alegrías que se llevó consigo fue precisamente que su hija Antoinette hubiese podido demostrar ya su fertilidad, tan cuestionada durante casi una década. A su fallecimiento, le siguió el ascenso al trono imperial de Joseph, un hermano mayor a quien Marie Antoinette sin duda amaba pero también temía.

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Joseph II, emperador, hermano de Marie Antoinette, tío de Marie Therese.

Aparte Joseph, Marie Antoinette contaba con una extensa colección de hermanos y hermanas. En realidad, ella había sido la penúltima de los DIECISÉIS hijos que la formidable Maria Theresa había concebido en su matrimonio con Franz Stephen de Lorraine. En una familia así de amplia, Marie Antoinette sólo conservaba un recuerdo verdaderamente amoroso hacia su hermana Maria Carolina, por entonces reina consorte de Nápoles. La niña Marie Therese interiorizó esa predilección mostrada por Marie Antoinette, ya que, en una época muy posterior de su vida, haría llorar a su tía al comentarle cuánto la había querido la entonces difunta soberana francesa.

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Maria Carolina, reina consorte de Nápoles, hermana favorita de Marie Antoinette, tía de Marie Therese.

Como sucedió con muchas otras princesas a lo largo de la Historia, Marie Antoinette fue desarraigada a una edad temprana. Acababa de cumplir catorce años cuando la enviaron al que debía convertirse en su país adoptivo, Francia. Si bien durante años su madre, la emperatriz, le recordó mil y una veces sus deberes hacia la casa de Habsburgo-Lorena, a la que pertenecía por nacimiento, lo cierto es que, paulatinamente, de la archiduquesa María Antonia quedó un leve vestigio en la reina Marie Antoinette. Llegó a olvidar su lengua de infancia, el alemán, a medida que se expresaba con perfecta fluidez en francés; la corte francesa, tan refinada y sofisticada, le hizo borrar de su memoria la más protocolaria y severa corte austríaca, aunque recordaba con afecto las vacaciones estivales en el palacio de Schöennbrunn. Por tanto, resultaba particularmente doloroso que para los franceses fuese la extranjera, la austríaca que anteponía cualquier interés de su patria inicial a los sagrados intereses de la nación en la que la habían coronado.


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NotaPublicado: 12 Mar 2008 21:00 
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Ya que hemos conocido, someramente, a la familia más inmediata de Louis XVI y la familia más destacable a ojos de Marie Antoinette, quizá sea el momento de indicar que, durante una época concreta, se barajó la posibilidad de casar a la encantadora Madame Elisabeth...

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Elisabeth.

...con el doblemente viudo emperador Joseph de Austria. Para entonces, habían quedado descartados otros pretendientes de cierta envergadura, entre ellos un príncipe de la casa de Braganza y otro de la casa de Saboya. Pero, obviamente, ninguno de ellos resistía la comparación, en términos de significación histórica, de un emperador de la casa de Habsburgo ;)

Joseph visitó la corte francesa en 1777, pero no en visita oficial sino puramente privada. De hecho, empleó uno de sus títulos de menor relevancia: el de conde de Falkenstein. Durante su estancia, pudo analizar en detalle la vida común de su hermana Marie Antoinette con el rey Louis XVI, quienes aún no habían consumado su matrimonio. Se da por seguro que una serie de amistosas charlas de Joseph con su cuñado Louis ayudaron a éste a vencer su temor a la necesaria pequeña intervención que resolvería su fimosis, lo cual redundó en que por fín hubiese unas relaciones sexuales que, como sabemos, culminaron en el embarazo del que nació Marie Therese.

En esa atmósfera, parecía lo más natural plantearse la opción de un matrimonio austríaco para Elisabeth. Joseph había tenido dos experiencias previas, absolutamente distintas entre sí. En primeras nupcias le habían casado con una muchacha muy bonita y atrayente, además de inteligente y culta: la princesa Isabella de Parma.

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Isabella.

Desde luego, a Joseph le había faltado tiempo para enamorarse perdidamente de aquella hermosura capaz de resolver complejos problemas matemáticos con una sonrisa en los labios o de interpretar enrevesadas partituras con su violín. Pero Isabella enseguida desarrolló una profunda dependencia emocional y sentimental hacia una de las hermanas de Joseph, por tanto también hermana de Marie Antoinette: la archiduquesa María Christina, apodada Mimí.

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María Christina.

Las cuñadas compartían el techo de los palacios imperiales y por ello se veían a diario, pasando mucho tiempo juntas; pero eso no parecía colmar a Isabella. En cuanto tenía que pasar una hora o dos horas separada de Marie Christine, se sentaba a escribirle cartas extensas que constituían una fervorosa declaración de amor no satisfecho. Esa complicada situación afectó a la sensitiva Isabella, que pasó de una profunda melancolía a una feroz depresión durante los meses que duró su segundo embarazo. Había tenido una niña, Maria Theresia, que apenas contaba pocos meses cuando la renovada intimidad de Isabella con Joseph desembocó en una nueva gestación no deseada por la archiduquesa. Joseph, que desconocía el tormento interior de su mujer causado por los sentimientos de ésta hacia su hermana Mimí, achacó el evidente desequilibrio de Isabella a las aprensiones y temores que originaba un parto cuando todavía se hallaba fresco el recuerdo del primer difícil alumbramiento.

Isabella tuvo otra criatura de sexo femenino, a la que había decidido llamar María Christina. La bebé nació nada más nacer y la madre, consumida, contrajo una viruela que la llevó a la tumba unos días después. Joseph se quedó destrozado: había perdido una hija, pero sobre todo había perdido a su adorada consorte. Sólo le quedaba un pequeño consuelo: la niña Maria Theresia.

Las razones dinásticas determinaron un nuevo matrimonio de Joseph, en esa ocasión con la princesa María Josepha de Baviera. María Josepha carecía de la delicada hermosura, el encanto y la extraordinaria capacidad intelectual o artística de Isabella, de modo que Joseph la acogió con verdadera frialdad:

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María Josepha.

Si bien esa princesa bávara trató de manejar con tacto la situación, la pareja no logró establecer una relación ni siquiera armónica. Por una curiosa coincidencia, también la viruela provocó la desaparición prematura de María Josepha dos años y cuatro meses después de haberse celebrado su boda con Joseph. El emperador se quedó impertérrito. No lamentó realmente ninguna pérdida hasta que se produjo el fallecimiento de su hija Maria Theresia, lo único que le había legado Isabella de Parma.

Con esos antecedentes, no es fácil suponer qué clase de marido hubiese sido Joseph en el caso de que hubiese prosperado un noviazgo con Elisabeth. Pero lo cierto es que Louis XVI, que sentía un tierno apego hacia la hermana, nunca la puso en el brete de tener que aceptar un matrimonio dinástico. Elisabeth estaba demasiado complacida con su vida de soltera en Versalles, en cuyo enorme parque se le había acondicionado una residencia a su gusto: Montreuil. Louis no deseaba arrebatarle esa existencia sosegada, apacible, de muchacha bondadosa y compasiva hacia los que la rodeaban o se cruzaban en su camino.

Ulteriormente, que tante Elisabeth no se hubiese marchado lejos a casarse con Joseph benefició a los hijos de Louis y Marie Antoinette...


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NotaPublicado: 12 Mar 2008 21:03 
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No sé cómo se te ha ocurrido semejante idea...
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NotaPublicado: 12 Mar 2008 21:05 
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En el instante en que interrumpió sus relaciones con el rey Louis (el emperador Joseph en Viena se mostró más explícito, al indicar que había sido informado de que su hermana ya no mantenía "comercio carnal" con su cuñado...), Marie Antoinette se sintió libre para amar a este hombre...

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Hans Axel von Fersen.

Él pertenecía a una distinguidísima familia sueca. A través de su madre, la condesa Hedvig Catherine de La Gardie, mantenía cierto parentesco con la casa real de Vasa; en lo que atañía a su padre, Axel von Fersen, se trataba de un cortesano muy influente: el rey Adolph Frederick había muerto literalmente en sus brazos, a consecuencia de un ataque cardíaco, y el nuevo soberano, Gustav III (que, dicho sea de paso, de jovencito había bebido los vientos por la bella Hedvig Catherine...) le tenía en alta estima.

Axel y Hedvig Catherine tenían grandes expectativas en lo que concernía a sus hijos. Hans Axel, por supuesto, debía realizar una gira europea para "darse una buena capa de barniz social". Puesto que entonces la corte francesa había alcanzado fama mundial por su refinamiento y su sofisticación, uno de los lugares por los que había que pasar era Versalles. Así que el muchacho emprendió su aventura en 1775.

Ya que contaba con una excelente presencia, perfecta educación e inteligencia suficiente para no desentonar nunca cuando abría la boca, Axel enseguida se ganó las simpatías de los cortesanos en Versalles. Marie Antoinette no dejó de fijarse en el noble sueco, pero, en realidad, la inclinación que pudo experimentar ante ese buen mozo que encima sabía comportarse en cualquier circunstancia no evolucionó demasiado porque él enseguida se marchó. Igual que otros jóvenes aristócratas europeos de su generación, Axel se dirigió a Norteamerica para apoyar a los colonos que luchaban por su independencia frente a la corona británica. Después, retornó a Europa, pero se dirigió directamente a Suecia. Allí se reencontró con sus padres, muy orgullosos de su trayectoria, pero también con su adorada hermana Sophie, una hermosura que acababa de casarse con el conde Piper. Axel enseguida fue designado para acompañar a Italia al rey Gustav III, que había decidido emplear para la ocasión el título de conde de Haga (viajar de incógnito no sólo le agradaba a Joseph de Austria...).

Al cabo de una temporada recorriendo la península italiana, el "conde de Haga" tomó la decisión de visitar Versalles. Por lo tanto, Axel volvió a ver a Marie Antoinette en junio de 1784. Para entonces, Marie Antoinette ya había tenido a Marie Therese y a Louis-Joseph, el delfín; de hecho, ese verano se embarazaría por tercera vez. Más adelante, hubo quien atribuyó la paternidad de Louis-Charles a Axel von Fersen; sin embargo, hay que señalar que ese muchachito guardaba un enorme parecido con Marie Josephe de Sajonia, la madre de Louis XVI, así como con el conde de Artois, uno de los hermanos de Louis XVI. De cualquier manera, poco a poco, la atracción inicial entre Axel y Marie Antoinette desembocó en un profundo enamoramiento recíproco.

La historia de Axel y Marie Antoinette permanece envuelta en el misterio pese a las numerosas investigaciones que se han realizado. Ese misterio deriva de la absoluta discreción con la que ellos manejaron su relación: nunca dieron tres cuartos al pregonero, por así decirlo. Él conservaba una perfecta compostura cuando se encontraban en las ceremonias y galas de Versalles, pero, además, no solía aparecer por el presuntamente natural pero en realidad tremendamente artificioso ambiente bucólico pastoril recreado en el "hameau" del Petit Trianon. Cuando Axel visitaba los aposentos privados de Marie Antoinette, lo hacía observando todas las precauciones y con la colaboración de los pocos amigos verdaderos de la soberana, la gente que no la traicionó ni en vida ni después de muerta. Por supuesto, podían circular rumores...pero faltaban evidencias, pruebas fehacientes, de la "liaison" de la reina francesa.

Uno de los aspectos a tener en cuenta es que el amor de ambos se cimentó en una época ciertamente adversa para la reina: de repente, en el año 1785, se vió puesta en la picota pública debido al escandaloso asunto del collar de diamantes, en el que ella había sido víctima pero acabó considerada generalmente la culpable de la caída en desgracia de los que habían urdido esa trama casi imposible de creer; por entonces, por si no bastase, la mujer perdía a su hijita pequeña, de once meses en el momento de su muerte, en tanto que la salud de su delfín se encontraba en franco deterioro. Axel ofreció a la reina un constante apoyo moral y emocional, una protectora ternura unida a una lealtad inquebrantable. A decir verdad, Axel no había perdido el corazón por una soberana resplandeciente de belleza, coqueta y frívola; lo había perdido por una mujer que ya estaba harta de las elevadísimas pelucas que formaban bucles bien marcados y empolvados, sobre las que se sujetaban complejos aderezos de plumas y piedras preciosas, así como de los vestidos de corpiño bien ceñido, talle marcado y faldas ampulosas. Marie Antoinette empezaba a buscar cierta simplicidad, tanto en el arreglo de sus cabellos como en sus vestidos. Por supuesto, seguía disponiendo de un magnífico guardarropa, pero había una evidente transformación desde esta mujer...

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...a la que se retrataba justo en los albores de su romance con Axel:

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Fundamentalmente, Marie Antoinette estaba cansada del personaje en el que otros la habían querido convertir. Sí: siempre había vivido rodeada de fastos y oropeles, derramando fortunas sobre las cabezas de sus favoritos (ahí estaba el caso emblemático de los Polignac) mientras se permitía cualquier antojo, incluído aquel remedo de mítica Arcadia que era el Trianon con su "hameau". Pero el tremendo embrollo suscitado en torno al celebérrimo collar de diamantes le había demostrado a las claras cuánto desprecio, repugnancia y odio había despertado su persona en Francia. Había llegado el momento de reorientar su vida. De pronto, recordaba todos los sabios consejos y las acertadas reprimendas de su difunta madre, María Theresa. Debía tomarse en serio a sí misma, observar la realidad circundante con mirada limpia y penetrante, darse a respetar para que la respetasen. Con Axel a su lado y ahora que tenía tres niños nacidos de su vientre, Marie Antoinette empezó a poner los pies en la tierra. Y esa fue la mujer que suscitó un sentimiento fuerte y duradero en Axel.


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NotaPublicado: 12 Mar 2008 21:21 
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¿Quieres decir kalli, que Maria Antonieta llevaba a sus amantes al "hameau"? :-\
Siempre pensé que lo había hecho construir para jugar a la campesina, cosa que le encantaba, todavía a día de hoy quedan ovejas sueltas por los jardines de Versailles, reminiscencia de la época en la que Maria Antonieta jugaba a la pastorcilla.


¿Sus amantes? Jajajaja, Sabba, me temo que el peor de los rumores respecto a la reina era precisamente el que le atribuía docenas de amantes. A Marie Antoinette la rodeaban numerosos caballeros dispuestos a bailarle el agua y sin duda cada uno de ellos hubiera considerado un privilegio alcanzar ese grado de intimidad con la soberana, pero ella no fue una mujer con amantes.
Obviamente, sabemos que mantuvo relaciones sexuales con su esposo al cabo de ocho años de "matrimonio blanco", un período en el que se especuló mucho acerca de quién satisfacía los supuestos furores uterinos de la austríaca pero en el que, en realidad, no hay constancia de ninguna aventura erótica. Luego, ella se liberó de sus deberes conyugales porque estaba enamorada de Axel, pero todavía hoy se discute si esa relación, innegablemente amorosa, se quedó en el ámbito platónico o trascendió al plano físico. En realidad, uno de los aspectos que más sorprenden de la vida de esa reina es su indudable castidad, pues incluso si hubiese compartido lecho con el noble sueco -cosa que yo sí creo...- éste habría representado su única pareja sexual al margen de Louis XVI.
Marie Antoinette llevaba al "hameau" a su círculo de amigos. Allí se divertían interpretando obras pastoriles, en un ambiente que trataba de reproducir una naturaleza tan perfecta en sus más nimios detalles que acababa resultando absolutamente artificial. Los asiduos a Trianon eran el matrimonio formado por Jules y Yolande de Polignac, la hermana de Jules llamada Diane, el conde de Vaudreil -amante de Yolande-, el barón de Besenval, Louise de Polastron junto a su amante el conde de Artois, etc. Axel prefería mantenerse al margen, con el acuerdo de Marie Antoinette.


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NotaPublicado: 12 Mar 2008 21:25 
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Cuéntanos el caso del "collar de diamantes" por favor :)

Bien, me parece justo introducirlo en este punto, porque sin duda marcó un antes y después en la trayectoria de Marie Antoinette. En su fase final, el asunto del collar fue manejado de manera que le inflingió una tremenda humillación pública. Los que habían tramado ese fraude a gran escala salieron mejor parados en lo que se refiere a la opinión popular, lo que no dejó de provocar un intenso sentimiento de agravio en la reina.

En realidad, la historia empezó con una niña llamada Jeanne de Valois de Saint-Rémy. La niña, envuelta en penosos harapos, se dedicaba a mendigar en las calles, por mandato de su madre, Marie Jossel, que vivía en concubinato con un proxeneta de orígen sardo. Sin embargo, a través de su padre, Jacques de Saint-Rémy, aquella pequeña que suplicaba limosnas pertenecía al antiquísimo linaje real de los Valois. Su progenitor podía acreditar que descendía de Henri de Saint-Rémy, hijo bastardo pero reconocido del rey Henri II de Francia con una de sus amantes, Nicole de Savigny. Según parece, una dama de la nobleza que se encontró casualmente a la chiquilla se quedó de piedra cuándo ésta, en tono lastimero, le explicó de quién descendía: parecía mentira que la vieja sang real francesa hubiese caído tan bajo. Aturdida y conmovida, la marquesa de Boulainvilliers sufragó durante un tiempo la crianza y educación de Jeanne. No obstante, Jeanne no dejó de ser una tunanta en cuanto abandonó el pensionado al que la había enviado la marquesa de Boulainvilliers. Con catorce años, se colocó como modistilla, pero, aburrida de ese trabajo, probaría suerte como lavandera, planchadora, aguadora...

Luego se dejó seducir por Nicholas de Lamotte, "Momotte", quien servía en la Compañía de Borgoñones acantonada en Bar-sur-Aube. Los dos se casaron cuando ella estaba embarazada de ocho meses, casi a punto de dar a luz sus mellizos. Nicholas se había agenciado un muy dudoso título de conde de La Motte, pero Jeanne prefirió usar la fórmula condesa de La Motte Valois, para establecer sus propios orígenes reales. La pareja andaba siempre apurada de dinero, porque pretendían vivir por encima de lo que hubiese correspondido al escueto salario de Nicholas. En esa tesitura, les vino de maravilla el hecho de que Jeanne tomase por amante a Marc-Antoine Rétaux de Villette, un antigüo gendarme que hacía valer otro título de conde. Los tres decidieron aprovecharse de la triste historia de Jeanne, que ella interpretaba con absoluta convicción, para hacer fortuna.

En un principio, Jeanne no fue más lejos que otras avispadas de la época. Se las arregló para presentarse en Versalles, en uno de esos días en los que multitud de personas se arracimaban en los salones tratando de captar la atención de la realeza a fín de obtener algún favor: una renta, una exigüa pensión, un nombramiento en el ejército para un hijo díscolo...ese tipo de cosas. Jeanne había decidido de antemano que ella se desmayaría justo a los pies de la reina Marie Antoinette, quien, alma cándida, querría escuchar a continuación el relato de sus tribulaciones; ella emplearía la historia que tan buen resultado le había dado antaño con una amable dama de la aristocracia para ganarse la simpatía de la soberana. Pero Jeanne calculó mal: se desmayó, sí, pero a los pies de Madame Elisabeth. La princesa, una ingenua compasiva, se preocupó lo suficiente para otorgarle una bolsa con doscientas libras y una pensión de mil quinientas libras anuales. Demasiado poco, para el gusto de Jeanne.

Fracasado el plan de entrar en Versalles por la puerta grande gracias a una "amitié" con Marie Antoinette, el triángulo decidió urdir una trama muchísimo más elaborada. En realidad, lo que pensaban ejecutar sería el gran fraude del siglo: requería mucho desparpajo, mucha audacia, pero, si salía adelante, les proporcionaría una vida regalada.

De alguna manera, conocen que existe un absolutamente maravilloso collar de diamantes, creación de los prestigiosos joyeros Boehmer y Bassenge. De acuerdo con los relatos que se han conservado, ésta sería una reproducción bastante aproximada de aquella alhaja crucial en la Historia:

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Los joyeros sabían que, debido a la superabundancia de alhajas fabulosas en la corte francesa, sólo si creaban algo de una belleza y valor incomparables podían tratar de endosarlo a una reina. En la época en que habían iniciado su labor de finísima orfebrería, no había propiamente una reina en Francia: María Leczynska, la consorte de Louis XV, llevaba tiempo deshaciéndose en su sarcófago. Pero Louis XV estaba absolutamente dominado por su última maîtresse en titre, Madame du Barry. Los joyeros pensaban en ella como la dama que cedería al capricho de poseer semejante collar de diamantes. La repentina enfermedad con resultado de muerte de Louis XV y consiguiente desaparición de la escena cortesana de Madame du Barry obligó a variar los planes iniciales. Todos sabían que la nueva soberana consorte, Marie Antoinette, era una belleza que constantemente renovaba sus trajes de gala y buscaba joyas sorprendentes para su colección personal. Se lo ofrecerían, por lo tanto, a ella.

Desgraciadamente, para cuando Boehmer y Bassenge presentaron el collar a Marie Antoinette, ésta no estaba en condiciones de adquirirlo, ni al contado -su precio resultaba elevadísimo- ni a crédito -no podía asumir un pago aplazado de tales dimensiones, porque ya había demasiadas facturas pendientes por otros conceptos-. Marie Antoinette apreció el collar, pero tampoco a tal extremo de querer saltar por encima de las evidentes limitaciones. Con amabilidad, pero con firmeza, rehusó la oferta. A Boehmer y Bassenge se les cayó el alma a los pies: necesitaban vender su obra maestra, representaba una inversión previa colosal que había que recuperar con algún margen de ganancia.

Esa situación podía ser hábilmente explotada por gente sin escrúpulos. Rétaux de Villete, el amante de Jeanne, poseía cierto talento, ya demostrado previamente, para la falsificación de documentos autógrafos. Retaux de Villete preparó una serie de cartas, en apariencia dirigidas por la reina Marie Antoinette a su “buena amiga” la condesa de La Motte Valois. En ellas, la soberana expresaba cuánto anhelaba ese increíble aderezo de diamantes obra de Boehmer y Bassenge; se lamentaba de no poder adquirirlo directamente, pues la situación del tesoro no le permitía obtener el beneplácito de su marido para retirar la cantidad de sesenta mil libras por el momento. ¿Tendría la amabilidad Jeanne de encargarse de que un intermediario, por supuesto alguien de innegable nobleza y prestigio, lo bastante rico para permitirse adelantar semejante fortuna confiando en una futura restitución, llevase a cabo la adquisición del collar sin mencionar que estaba destinado a rodear el cuello de la reina de Francia?.

Las cartas estaban destinadas a estafar al príncipe cardenal Louis René Édouard de Rohan-Guemenée. Rohan había desempeñado, en su juventud, el título de embajador de la corona de Francia ante la corte imperial de Viena: aunque pertenecía al alto clero, vivía rodeado de fasto y con una disipación que le pareció el colmo a la severa emperatriz María Theresa. De alguna forma, Marie Antoinette se contagió de la animadversión de María Theresa hacia el cardenal de Rohan. Si bien el hombre había hecho, en etapas posteriores, diversos intentos de acercamiento a la dauphine y luego reina, todos habían fracasado miserablemente. Ahora, la espabilada Jeanne le introducía en una historia que parecía mágica: la reina necesitaba un paladín para resolver el delicado asunto del collar y se había convencido de que valía la pena recurrir a Rohan. Si él tenía la gentileza de cumplir su parte, sin duda quedarían olvidados los viejos resquemores y habría tiempo para demostrar al mundo la simpatía de Marie Antoniette hacia Rohan. A decir verdad, Rohan se dejó embaucar fácilmente, tal era su deseo de verse admitido en el círculo privado de Marie Antoinette. Él entregó el dinero a Jeanne, que abonó sólo un pequeño pago inicial a los joyeros (plenamente confiados en que la joya se adquiría a petición de la reina, con la garantía adicional del cardenal de Rohan) a cambio de esa maravilla de diamantes. Casi de inmediato, el collar fue desmontado para que los diamantes pudiesen venderse por separado, en París y en Londres. Jeanne y su Rétaux de Villete empezaron a darse la gran vida de la noche a la mañana.

Poco a poco, la historia fue formando un condenado embrollo. Rohan acudía a Versalles esperando recibir alguna señal de favor de la reina Marie Antoinette, al menos una ligera indicación del beneplácito de aquella a quien había servido en una cuestión así. Pero Marie Antoinette no tenía ningún motivo para variar su actitud fría hacia Rohan, de forma que el cardenal le pidió explicaciones a la condesa de La Motte Valois. Jeanne tuvo mucha sangre fría: la reina no podía cambiar tan de repente, porque eso suscitaría un alud de perniciosas murmuraciones; había que proceder con suma cautela. Ante la insistencia de Rohan, Jeanne decidió introducir una variación en el guión: la reina todavía no podía revelar en público su afecto por Rohan, pero si el cardenal acudía cierta noche a la recóndita Gruta de Venus, en el parque de Versalles, ella se presentaría a la cita y de buen grado hablaría con él. La perspectiva entusiasmó a Rohan.

Ahí viene otro elemento folletinesco. Con la ayuda de Rétaux de Villete y tal vez del controvertido conde Cagliostro, Jeanne encontró a una prostituta parisina llamada Nicole Leguay que ofrecía un notable parecido con la reina Marie Antoniette. De cerca y a plena luz, Rohan se hubiese percatado de que Nicole Leguay no era Marie Antoinette; pero el “rendez-vous” se había planificado para que tuviese lugar en un frondoso jardín a altas horas de la noche y, además, resultaba comprensible que la soberana acudiese envuelta en un fino velo que distorsionaba su aspecto. Todo lo que tuvo que hacer Nicole fue aparecer de repente con una rosa en la mano, tendérsela a Rohan y susurrar, en voz apenas perceptible: “Vos ya sabéis lo que significa”. El cardenal quedó de nuevo convencido de estar en el buen camino hacia el “boudoir” de Marie Antoinette.

El asunto entero reventó cuando uno de los joyeros empezó a preocuparse porque los siguientes pagos acordados no llegaban a sus bolsillos. Necesitaban el dinero desesperadamente, pero sólo encontraban largas por parte de la condesa de La Motte Valois. El cardenal de Rohan aseguraba que él había aportado toda lo acordado, que el resto correspondía a la reina Marie Antoinette. Para rematar, los diamantes empezaban a afluír al mercado francés e inglés, algo que no le pasó desapercibido a los distinguidos orfebres.

Muy nervioso, Boehmer se dirigió a Versalles con la intención de aclarar el asunto con Marie Antoinette. Así se enteró ella de que, supuestamente, era la dueña del célebre collar de diamantes, porque su amiga la condesa de La Motte Valois se había ocupado de conseguirlo gracias a la financiación anticipada de su fiel paladín el príncipe cardenal de Rohan...


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NotaPublicado: 12 Mar 2008 21:26 
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El asunto comprometía tan seriamente el honor de la reina, que la enfurecida Marie Antoinette buscó de inmediato a su esposo Louis para que él desentrañase aquel "misterio". De inmediato, Louis convocó al príncipe cardenal de Rohan. Éste se presentó llevando consigo las cartas de la reina a la condesa, que ahora resultaba evidente se trataba de una burda falsificación. Como el rey Louis señaló a Rohan, su esposa NUNCA firmaba Marie Antoinette de France: le bastaba un simple Marie Antoinette. Rohan reconoció que ese detalle, tan significativo, se le había pasado por alto. Él había obrado de buena fé, adelantando una fuerte suma de dinero porque se suponía que la soberana deseaba su intermediación para obtener el collar. No, él no sabía dónde estaba el collar...en teoría, los joyeros se lo habían entregado a la condesa para que la condesa lo llevase a manos de la reina. No, no le había extrañado que la reina todavía no hubiese estrenado la alhaja: comprendía que quisiese esperar un tiempo antes de lucirlo en cualquier ceremonia de corte. Cierto, sí, que la reina no había dado ninguna muestra pública de agradecimiento por su labor, pero ella le había honrado con un encuentro en la Gruta de Venus...

Louis y Marie Antoinette se quedaron literalmente hirviendo de pura furia. Nunca jamás se había tramado una estafa de tales proporciones involucrando a la reina de Francia. Obviamente, Marie Antoinette quería que se hiciese justicia, de forma rápida e implacable: todos los franceses debían saber cómo trabajaban para arrastrar su reputación por el fango aquellas gentes sin una pizca de moral. Louis estaba de acuerdo con que había que dejar igual de limpio que una patena el honor de Marie Antoinette. Rohan, que no se cansaba de reivindicar su absoluta inocencia, fue puesto bajo arresto. También se arrestó de inmediato a la condesa de La Motte Valois, a Rétaux de Villete, al conde Gagliostro y a Nicole Leguay, llamada Nicole d´Oliva. El conde de La Motte se libró porque estaba por entonces en Londres intentando vender más diamantes del famoso collar.

Había que resolver el asunto, problemático, del juicio del príncipe cardenal de Rohan. Debido a su estirpe y a su rango eclesial, no podía juzgarle cualquier tribunal. Se acordó que se le sometería al veredicto del Parlamento. Los demás implicados aguardarían en prisión sus propios juicios, que prometían ser absolutamente sensacionales. Los franceses estaban completamente fascinados con esa historia, que contenía todos los ingredientes necesarios para triunfar en los panfletos y libelos que aparecían de repente por doquier. Nadie quería perderse ni un detalle y cada cual elaboraba sus propias hipótesis respecto a lo que había sucedido.

Lo tremendo en esa historia era que casi nadie, fuera de su círculo inmediato, quería creer que la reina no había tenido arte ni parte en ese formidable escándalo. Por una vez, la única libre de polvo y paja era ella, pero apenas algunas personas aceptaban ese hecho. Durante años y años, los franceses habían consumido con verdadera avidez los panfletos y libelos que atribuían a Marie Antoinette los peores excesos; la imagen que se habían creado de la mujer hacía que la teoría favorita estableciese que ella había metido en ese fregado a la condesa de La Motte y al príncipe cardenal de Rohan, dejándoles luego tirados en determinado momento, negando su participación en los hechos porque sabía que los otros servirían de chivo expiatorio. Rohan suscitaba simpatía, al igual que Jeanne de La Motte, que se pudría en una celda de la Salpêtrière sólo por haber cumplido los mandatos de la reina Marie Antoinette.

1786 resultaría un año decisivo, pues se completó el proceso por el "affaire du collier de la Reine". El Parlamento reunido en París eximió por completo de culpa al príncipe cardenal de Rohan, en una sentencia que resonó igual que una bofetada en la cara de la reina. Por otro lado, se absolvió asimismo a la prostituta Nicole Leguay d´Oliva, que había participado en la trama sin saber de qué íba. Rétaux de Villete y Cagliostro recibirieron una simple sentencia de exilio a perpetuidad. Sólo Jeanne de Valois cargó con una dura sentencia: se la marcaría a hierro candente en un hombro y pasaría el resto de su vida encerrada en la ominosa Salpêtrière. De inmediato, la gente sintió que se confirmaban sus tesis: no había habido evidencias para condenar a nadie, pero se cebaban con la pobre desgraciada descendiente de los antigüos reyes.


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