Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 28 Mar 2010 23:24 
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-¡Monstruos! Ahora estarán satisfechos.

El cri de coeur de Madame Elisabeth equivalía a subestimar el ansia de pura sangre real de los revolucionarios. Pero lo cierto es que, por el momento, pareció que Madame Elisabeth, aquí retratada en una época infinitamente más grata...

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...había evaluado correctamente la situación. Marie Antoinette podía emular, al cabo de siglos, a una princesa francesa que había llegado a ser reina de Inglaterra: Henriette Marie. El esposo de Henriette Marie, Charles I, también había sido víctima propiciatoria de una época particularmente convulsa de la historia británica; había muerto decapitado en Whitehall allá por mes de febrero de 1649.

Una cosa tenía clara Marie Antoinette: por mucho que se empecinasen en llamarla la Viuda Capet, era la viuda del rey Louis XVI de Francia y la madre del rey Louis XVII de Francia. Podían mantenerles encerrados a cal y canto en el Temple, pero ella mantendría la actitud que podía esperarse de una digna hija de María Theresa que había estado casada con Louis XVI y no renunciaba ni por un segundo a la esperanza de que un día ocupase el trono Louis XVII. Al salir de su estado de shock, se dirigió a uno de los oficiales municipales, Goret, para solicitar ropas de luto. Precisó que necesitaba una falda, una capelina, una capa de tafetán y unos guantes, de corte sencillo, en riguroso negro. Si era posible, también quería un cobertor para su cama y unas cortinas para la ventana de sus aposentos en color negro. No se le otorgó ni el cobertor ni las cortinas, pero en cuanto al vestuario sí satisfacieron su petición: la modista mademoiselle Pion se dirigió al Temple a tomar medidas no sólo de Marie Antoinette, sino también de Elisabeth y Marie Therese. Louis-Charles, un niño a fín de cuentas, jugaba y alborotaba mientras la modista cumplía su tarea con la cinta ante la vigilancia de un comisario.

Marie Therese estaba, en esa etapa, en peores condiciones anímicas que Louis-Charles. La suerte del delfín -ahora rey- era que su corta edad le permitía superar rápidamente los golpes emocionales y seguir entreteniéndose con sus muñecos o con sus cometas. En cambio, para la hermana mayor, las cosas no resultaban así de simples. Añoraba terriblemente a su padre Louis; se le saltaban las lágrimas al recordarle y al pensar en el espantoso final que había tenido aquel hombre bueno. Paralelamente, estaba más que preocupada por su madre Marie Antoinette. La reina había perdido el apetito y el sueño. Su tez había adquirido una mortecina palidez que contrastaba dolorosamente con los cercos oscuros en torno a los ojos y estaba tremendamente delgada, casi en los huesos. Las ropas negras acentuaban esa imagen desoladora de quien había sido, un día, la mujer más elegante del mundo. Peor aún, la reina ya no discernía, según su hija, entre la vida y la muerte; se quedaba sentada en un completo mutismo durante horas y a menudo observaba a los chiquillos con tal compasión en la mirada que a Madame Royale le inspiraba pavor.

En esas circunstancias, Marie Therese se alegró cuando a finales de enero, un día, se le cayó al suelo un vaso que estalló en pedazos y se cortó en un pie con uno de los trozos de vidrio mientras trataba de recogerlos. El corte fue bastante profundo y sangró profusamente. La reina obtuvo permiso para que les visitase el que había sido médico de los Hijos de Francia, junto con un cirujano. Aunque a Marie Therese le dolía el pie y tardaría un mes en poder apoyar firmemente la planta en el suelo, estaba contenta porque ese accidente doméstico había obligado a su madre a sacudirse el marasmo de intensa desolación para ocuparse de atender a la muchacha. De por sí, el episodio refleja cuánto necesitaba Marie Therese a Marie Antoinette.

Marie Antoinette tenía dos motores en su vida: Marie Therese y Louis-Charles. Para sí misma, ya no esperaba nada. El Temple se había cobrado su salud. Padecía tuberculosis y estaba seriamente debilitada por constantes hemorragias que se atribuyen, por lo general, a un cáncer de útero. Pero amaba a los hijos profundamente, igual que había amado a los dos niños que se le habían malogrado. Por eso, le asestaron una auténtica cuchillada en las entrañas en la noche del 3 de julio de 1793. Dado que los exiliados realistas le habían proclamado Louis XVII en el exterior y su tío Provenza íba haciendo más que nunca el papel de regente de ese niño que en el fondo le importaba un pimiento, el gobierno republicano, a través de l Comité de Salud Pública, había decidido que el chiquillo de ocho años debía ser separado de su madre, de su hermana y de su tía, para pasar a estar bajo la tutela de un auténtico sans-culotte: el zapatero Simon.

Imaginad. Son las nueve y media de la noche del 3 de julio, que parece una noche igual que cualquier otra de las que la han precedido. Marie Therese y Louis-Charles ya se han acostado, pero Marie Antoinette y Elisabeth todavía permanecen despiertas cuando se presentan en sus aposentos seis delegados municipales. Le comunican a Marie Antoinette el motivo de su tardía presencia allí: acuden para llevarse consigo al niño Louis-Charles Capet a un recinto doblemente seguro. Dos horas tardarán esos seis hombres en salir de esas habitaciones con su pequeño rehén de rubios cabellos y ojos azules cargados de sueño. Dos horas en las que, a tenor del relato posterior de Marie Therese, Marie Antoinette ha presentado batalla y ha suplicado en vano...


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 29 Mar 2010 18:15 
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El pequeño Louis-Charles:

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Siempre he creído -opinión personal, por tanto cogedla con pinzas y está sujeta a discusión...- que lo peor que podían hacerle a Marie Antoinette se lo hicieron en la noche del 3 de julio de 1793. Las heridas que le había causado la ejecución de su marido se estaban cerrando poco a poco gracias, sobre todo, al consuelo que le proporcionaba tener consigo a los hijos, aunque en ocasiones no pudiese evitar mirarles a ambos con lo que Madame Royale consideraba "una aterradora compasión". Pero no cabe duda de que aquella mujer vivía para sus hijos, a quienes, en la medida de sus posibilidades, trataba de resguardar.

Luchó denodadamente por conservar a su hijo. Empezó afirmando que de ninguna manera consentiría en entregar al niño; si deseaban quitárselo, tendrían que pasar por encima de su cadáver. Los enviados municipales no ahorraron amenazas, pero ella se mantuvo firme: poco o nada le importaba lo que le hiciesen. Del relato de Fraser, se deduce que Marie Antoinette sólo empezó a venirse abajo cuando las amenazas se dirigieron no hacia ella, sino hacia su hija Marie Therese. La idea general era que si Marie Antoinette "no se avenía razones" en lo que atañía a Louis-Charles, que sólo íba a ser trasladado a otra zona del Temple bajo custodia del matrimonio Simon, quien pagaría las consecuencias de la obcecación de la Viuda Capet sería Marie Therese. Ahí Marie Antoinette se derrumbó. La desolada Elisabeth y la no menos afligida Marie Therese se encargaron de vestir al niño antes de ponerlo en manos de los enviados municipales. Según la biografía obra de Clara Tschudi, el niño seguía resistiéndose a tener que irse con esos hombres que habían llegado de noche y no se habían parado en barras a la hora de forzar la voluntad de la madre. Marie Antoinette tuvo que cogerle en brazos para explicarle que "tenía que obedecer". Lo que le habrá costado a la reina pronunciar esas palabras, sólo el cielo lo sabe. Asimismo, siguiendo a Tschudi, Marie Antoinette exhortó a su hijo a ser bueno y honorable, a no olvidar nunca que Dios no apartaba Su mirada de él ni que su madre le amaba con todo su corazón, pero, además, debía recordar que su padre -el pobre Louis- le cuidaba desde el Más Allá. Es probable que Marie Antoinette, pese a su lamentable estado, tuviese aún suficiente coraje para murmurar esas frases a su hijo en un intento de confortarle. Pero en lo que coinciden los diversos autores es en que, una vez los comisionados desaparecieron llevándose al muchachito, Marie Antoinette sufrió una auténtica crisis de llanto convulsivo. Ni Elisabeth ni Marie Therese encontraban palabras que atenuasen la angustia de la pobre madre.

A partir de ahí, Marie Antoinette tendría una obsesión recurrente: su hijo. No estaba tan lejos como para que no le escuchasen llorar: el niño se pasó al menos dos días sin querer comer ni beber, llorando a moco tendido porque deseaba ver a su madre, a su hermana y a su tía. Sólo cabe imaginar el martirio que debía representar para la madre, la hermana y la tía oír a lo lejos los lloros del pequeño sin poder acudir junto a él. Marie Antoinette encontró un mínimo consuelo al descubrir que desde una estrecha ventana situada en el muro cuando se subía el tramo de escalera que conectaba el segundo con el tercer piso de la torre, podía verse con cierta nitidez uno de los rincones del patio al que solían sacar a diario al niño cautivo para que jugase. Toda la existencia de Marie Antoinette giraba en torno a las fugaces visiones de su niño pegando saltos en el patio que obtenía desde el ventanuco con reja. Pero a Marie Antoinette se le congela el alma cuando observa que al niño le hacen llevar el gorro frigio, vestir igual que un sans-culotte y cantar canciones revolucionarias, principalmente el Ça Ira y la Carmagnole.

Dado que Marie Antoinette no era tonta, comprendía que precisamente "de eso se trataba". Le habían quitado al niño para encauzarle en una determinada dirección, contraria a la que se le había mostrado previamente; se quería que perdiese por completo la noción de su rango principesco y en inculcarle el ideario revolucionario. Desde esa perspectiva, le habían puesto a cargo de Antoine Simon, un zapatero de carácter bastante tosco aparte de iletrado. Simon no se andaba con miramientos: si el niño protestaba, se quejaba o lloraba, le pegaba. Los primeros golpes debieron ejercer un impacto no sólo físico, sino psíquico, en esa criatura acostumbrada a que le tuviesen entre algodones. La mujer de Simon no era mejor que él: su primera ocurrencia fue cortar a tijeretazos los bucles rubios del chiquillo, que habían sido el orgullo de Marie de Antoinette. Poco a poco, Louis-Charles aprendió que, para tener contentos a sus vigilantes, debía obedecerles e imitarles. Bebía vino e incluso brandy porque a los Simon les divertía verle trastabillar y hablar con la lengua de trapo de los borrachos. También aprendió un completo repertorio de palabrotas y de expresiones soeces.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 29 Mar 2010 18:56 
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Todavía estaban juntas las tres mujeres...Marie Antoinette, Elisabeth y Marie Therese. Absolutamente aisladas en el interior de aquella fortaleza, ignoraban si sus amigos del exterior tenían recursos para hacer algo en su favor. La incertidumbre es la peor de las compañeras; va minando los nervios y creando una sensación de caminar al filo de la navaja. Marie Antoinette se había vuelto bastante más religiosa de lo que jamás lo había sido, pero la suya no era la religiosidad tan profunda de su cuñada Elisabeth. Elisabeth encontraba un consuelo en la lectura de su devocionario y en la oración que no estaba al alcance de Marie Antoinette, que no dejaba de pensar en el hijo que le habían arrancado o de lo que aún podría depararle el destino a su hija adolescente.

Marie Therese ya era casi una mujercita. Estaba en la edad en que Marie Antoinette había traspasado el umbral de la pubertad, con las primeras menstruaciones. Todo parece indicar que la chica se encontraba en esa fase. Quizá hubiese salido, en ese aspecto, a su madre, que siempre había tenido un ciclo bastante corto, de tres semanas a lo sumo, seguido de reglas tan abundantes como dolorosas. A esas alturas, Marie Antoinette padecía serios desarreglos, con unas hemorragias casi constantes. Ya se ha dicho que probablemente sufriese cáncer de útero, o, cuando menos, un fibroma bastante considerable. Con su propio historial ginecológico en mente, Marie Antoinette solicitó por entonces la visita de un médico para sí misma...y para su hija. Fue la última disposición de tipo práctico que Marie Antoinette pudo tomar relativa a Marie Therese.

Si bien en el Temple lo ignoraban, la guerra estaba marchando de manera poco afortunada para la Convención Nacional. Parte de las tropas francesas habían detenido que dedicarse a sofocar un levantamiento contrarevolucionario en La Vandee, mientras que el resto del ejército se veía impotente para frenar los avances de la coalición austro-prusiana, que, en esas fechas, no solamente había recuperado el control de Maguncia, sino que se había hecho -¡por fín!- con Valenciennes. La pujanza de los enemigos de Francia hacía que los revolucionarios necesitasen un chivo expiatorio. Lo tenían muy a mano en la persona de la ci-devant reina Marie Antoinette, Madame Deficit, Madame Veto, ultimamente Viuda Capet. El 1 de agosto de 1793, Barrère, que ostentaba a la vez la dignidad de presidente de la Convención Nacional y de miembro del Comité de Seguridad Pública, tiró en esa dirección al preguntarse en voz alta si quizá sus enemigos se habían crecido al constatar que ellos no habían pedido aún cuentas de sus delitos a Marie Antoinette. Había llegado el momento de romper esa imagen de debilidad encausando a la antigua soberana.

Se determinó trasladar a Marie Antoinette desde el Temple a la Concièrgerie antes de que se iniciase el proceso contra ella. El traslado se realizaría entre fuertes medidas de seguridad, a una hora en la que nadie pudiese esperarse algo así. En concreto, se optó llevarl a efecto a las dos de la madrugada del 13 de agosto de 1793.

Las visitas nocturnas eran algo temible para las tres mujeres del Temple. Antaño, habían significado invariablemente algún registro sorpresivo de sus aposentos, en los que se buscaban "pruebas" de que mantenían contactos de alguna clase con sus partidarios del exterior. Más recientemente, una visita nocturna había derivado en que les habían arrebatado a Louis-Charles. Con esos antecedentes, es normal que Marie Antoinette, Elisabeth y Marie Therese experimentasen un ramalazo de pura tensión cuando en la madrugada del 13 de agosto de 1793 se presentaron en sus aposentos unos delegados municipales. Enseguida se les anunció el motivo de su visita, con la lectura de un decreto de la Convención Nacional.

Marie Antoinette escuchó impertérrita; las impresionadas eran Elisabeth y Marie Therese. Su cuerpo lo cubría únicamente una camisa de dormir; lógicamente, tenía que vestirse para afrontar el viaje del Temple a la Concièrgerie. Los comisionados no le concedieron siquiera permiso para vestirse en privado: su cuñada y su hija tuvieron que cubrirla como buenamente pudieron mientras se ponía un sencillo traje negro. De sus pertenencias, le dijeron, sólo le sería dado llevarse un tissu (un pañuelo) y un frasco de sales aromáticas para que lo usase en caso de que sintiese que se desmayaba. Marie Antoinette no pensaba malgastar la saliva en discusiones estériles. Aprovechó unos instantes para despedirse de Elisabeth, encomendándole a sus hijos, pero también para abrazar una última vez a Marie Therese, a la que ordenó que obedeciese a su tía igual que si se tratase de una segunda madre.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 29 Mar 2010 21:28 
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He leído esta historia una y mil veces relatada por varios autores y cada vez que la vuelvo a leer es con el mismo interés y emoción de la primera vez. Siempre tratando de imaginar que se podría haber hecho para evitar tan trágico episodio.
Considero que la Familia Imperial rusa tuvo mejor suerte. Estuvieron siempre juntos y pasaron menos humillaciones. Al final murieron todos a la vez.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 29 Mar 2010 21:39 
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Alfairu escribió:
Considero que la Familia Imperial rusa tuvo mejor suerte. Estuvieron siempre juntos y pasaron menos humillaciones. Al final murieron todos a la vez.


No sabría decir si los Romanov pasaron menos humillaciones. Cada una de las dos familias a las que nos referimos tuvieron que meterse al cuerpo una buena ración de insultos, ofensas y crueldades gratuítas. Pero coincido plenamente contigo en que los Romanov estuvieron siempre juntos. En la vida...y en la muerte.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 29 Mar 2010 22:17 
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La historia de Marie Antoinette en la Concièrgerie es, para mí, profundamente conmovedora. Revela que incluso en la mayor de las desgracias puede brotar un poco de afectuosa calidez cuando menos te lo esperas. Por ejemplo, Madame Richard, esposa del alcaide de aquella prisión, no estaba en absoluto mal predispuesta hacia la que había sido reina antes de convertirse en una segura candidata a poner la cabeza en el tajo para que se la segase la afilada hoja de la guillotina. Más importante aún: Madame Richard tenía consigo a una joven criada llamada Rosalie Lamorlière, bonita aunque iletrada muchacha oriunda de Breteuil, en la Picardía. Rosalie Lamorlière había trabajado de doncella en la residencia parisina de la señora Beaulieu, cuyo hijo era un actor de gran relieve en la época. A continuación, la habían contratado los Richard para que prestase servicios en la Concièrgerie. Al igual que Madame Richard, Rosalie Lamorlière tenía corazón. Las dos empezaron preparando con cuidado las celdas que debía ocupar la prisionera número 280, que era Marie Antoinette. No podían evitar que la celda tuviese el aspecto de una celda...paredes de piedra que rezumaban humedad, suelos de ladrillo, una cama de lona y un cubo a modo de retrete. Pero procuraron suavizar el impacto que la imagen de ese sitio causaría en la soberana, buscando un mullido almohadón adornado con puntillas y fina ropa de cama que olía a lavanda. A mayores, Rosalie se privó de un taburete que tenía en su dormitorio para llevarlo a la celda.

Rosalie Lamorlière íba a convertirse en una especie de ángel custodio para Marie Antoinette. Lo que podía ofrecer la muchacha casi analfabeta eran pequeños detalles, pero esos pequeños detalles marcan la diferencia cuando una se encuentra encerrada en una celda insalubre. En cierto día, la criada apareció llevando una cinta blanca con la que, poniendo el máximo afán, recogió con gusto los cabellos encanecidos de Marie Antoinette. Otro día, Marie Antoinette recibió de manos de la criada un espejito que tenía el reborde de color bermejo. Era un espejito barato, de los que vendían por cuatro perras los buhoneros de la calle. Pero a Rosalie le había salido del corazón gastar unas monedas en adquirir un espejo para la prisionera y la prisionera lo agradeció más de lo que nunca había agradecido un obsequio. Por otro lado, Rosalie, junto a Madame Richard, se encargaban de prepararle a Marie Antoinette comidas sencillas, pero lo más sustanciosas posibles. El bouillon que le servían estaba elaborado con sincero esmero.

En realidad, los Richard tuvieron muchas delicadezas con Marie Antoinette, facilitando incluso visitas de François Huë, que pudo transmitir a la reina noticias de sus hijos Marie Therese y Louis-Charles. Marie Antoinette les añoraba a ambos, pero pensaba que Marie Therese estaba en las buenas manos de Elisabeth, en tanto que el pequeño Louis-Charles vivía a merced de los Simon. Lógicamente, la aprensión de Marie Antoinette era más intensa por lo que concernía al chico. Cuando conoció al niño de los Richard, un encantador chiquillo rubio llamado Fanfan, le abrazó emocionada y le cubrió de besos. Los Richard comprendieron que su Fanfan hacía que Marie Antoinette sintiese más la falta de Louis-Charles. Pero el caso es que, con tanta bondad, los Richard se buscaron problemas: fueron relevados de su puesto, sustituyéndolos los Bault, que entraron en escena decididos a mantener las distancias para que nadie pudiese acusarles de ponerse blandos con la prisionera 280. Sólo Rosalie Lamorlière permaneció allí, en la Concièrgerie, aligerando con su actitud respetuosa pero impregnada de cariño la pesadumbre de Marie Antoinette.

Para Elisabeth y Marie Therese, que permanecían juntas en el Temple, hubiera representado una fuente de consuelo saber el papel que representaba Rosalie Lamorlière. Elisabeth y Marie Therese vivían en una constante zozobra, pues no estaban al tanto de cómo se encontraba Louis-Charles, menos aún Marie Antoinette. La tía Elisabeth procuraba insuflar esperanza en su sobrina Marie Therese, pero la veta sombría en el carácter de la chiquilla se acentuaba día a día. ¿Y quien podría, en realidad, reprochárselo? Había nacido con una naturaleza seria y un tanto solemne; en las mejores circunstancias, quizá habría podido desarrollarse conciliando esos rasgos con una cierta afabilidad; pero las circunstancias no habían sido las mejores, sino las peores, de modo que el resquemor se mezclaba con la amargura.

Una cosa estaba clara de antemano: el proceso contra Marie Antoinette íba a ser sensacional de principio a fín. Cuando la Convención Nacional había decidido procesar a Louis XVI, a quien prefería denominar Louis Capet, había realizado un esfuerzo deliberado para aparentar, o tratar de aparentar, que el resultado no estaba decidido desde el inicio. Por ejemplo: se había permitido a Louis tener varios abogados defensores con los que pudo reunirse sin cortapisas de manera que se preparasen sus respuestas ante el tribunal. Todo el debate se ciñó a asuntos políticos, a las responsabilidades que se achacaban al rey en una serie de puntos que sus acusadores interpretaban como una muestra de duplicidad y traición por parte del monarca. No hubo ningún miramiento, pero tampoco un claro ensañamiento. Incluso la votación acerca de la sentencia había sido prolongada, con un amplio porcentaje de partidarios de confinarle de por vida en una fortaleza o mandarle al destierro.

Con Marie Antoinette estaban dispuestos a jugar muy sucio. No en vano, ella había sido la protagonista, durante décadas, de un caudaloso río de panfletos que podrían calificarse de pornográficos. No sólo se la había puesto a caer de un burro por ser una reina del rococó, atolondrada y frívola, capaz de arruinar al país para vivir en una extremada opulencia, exhibiendo completa insensibilidad hacia las condiciones miserables en las que permanecían la mayoría de sus súbditos. Aparte, estaba el hecho de que se la había denigrado a conciencia. Los libelos la habían presentado como una especie de loba insaciable, una ninfómana que daba rienda suelta a su ninfomanía, sin tener en cuenta ninguna pauta moral en su perpetua dedicación a la tarea de lograr que mignons y mignonnes apagasen sus furores uterinos. Los adversarios estaban dispuestos a seguir esa tónica en el proceso. No se buscaba sólo condenarla por traición, sino que, de rebote, se pretendía justificar el odio feroz hacia la mujer achacándole incluso las peores perversiones.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 31 Mar 2010 22:05 
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El 6 de octubre, el niño Louis Charles Capet es sometido a un interrogatorio. La pareja que tiene a cargo a ese pequeño, el matrimonio Simon, le había sorprendido poco antes marturbándose. No es nada particular, nada sorprendente, en un muchachito de ocho años y medio. Pero Simon enseguida ha querido atribuír a esa escena una trascendencia de la que carece; no sólo pregunta al muchacho quién le ha iniciado en esas prácticas, sino que le induce a acusar a su madre, Marie Antoinette, y a su tía, Elisabeth, de haber abusado sexualmente de él, lo que le habría llevado, de paso, por el camino de los "plaisirs solitaires".

Por supuesto, los Simon no tardan en comunicarlo a la Comuna de París. Uno de sus líderes, Hébert, inmerso en el proceso contra Marie Antoinette, se da prisa en preparar la comisión que debe trasladarse al Temple para someter a un fuego cruzado de preguntas al chiquillo. Él mismo estará presente, pero se hace acompañar por otros notables, como el alcalde parisino Pache o como Chaumette. El primer interrogatorio del día 6 origina un segundo interrogatorio el día 7. Los interrogadores se han regodeado presentando una versión incestuosa de la relación entre la madre y el hijo. El hijo se ha apresurado a agarrarse a esa versión. Es un niño, un niño que ha aprendido que si desea evitarse malos tratos debe ajustarse siempre a lo que esperan de él sus custodios. Cuando le habían sorprendido masturbándose, la reacción de los custodios le había hecho temer una buena zurra. En cuanto los Simon le habían puesto por delante una historia en la que él quedaba exculpado a cuenta de que cargasen con el mochuelo su madre y su tía, el crío, incapaz de preveer las consecuencias, pensando solamente en eludir un castigo, había seguido la corriente a la pareja. Ante los interrogadores, ha de atenerse a aquella patraña brutal.

Como los interrogadores quieren ser "ecuánimes y justos", deciden que comparezca ante ellos Marie Therese. Pone los pelos de punta imaginar esa escena en la que la jovencita de quince años se encuentra, de repente, ante siete señores dispuestos a ponerle por delante las peores acusaciones formuladas por su hermano contra su madre y su tía. Es Chaumette quien le pregunta directamente si su madre y su tía la hacían acostarse entre las dos para practicar juegos nocturnos. Marie Therese, perpleja, responde que "no". Chaumette insiste: ¿Acaso no la ha tocado con cierta frecuencia su hermano en rincones de su cuerpo que, atendiendo al pudor y al decoro, no debería haberle tocado? Marie Therese ha crecido en una completa inocencia sexual, pero no tanto como para no percibir de qué le están hablando. Vuelve a replicar que "no", sonrojada hasta el blanco de los ojos.

Los inquisidores de la Comuna escogen llevar a cabo un "careo" entre los dos hermanos. Para Marie Therese, ese instante en el que su hermano repite sus espantosas acusaciones debe ser una auténtica pesadilla. Está aturdida, absolutamente paralizada por la situación. Se limita a repetir que ella nunca ha presenciado ninguna escena de ese tipo.

Entonces, se llama a Elisabeth. Elisabeth tiene veintinueve años, frisando en los treinta. Nunca ha conocido varón, pero, por supuesto, está muy al tanto de los hechos de la vida. Enseguida capta al vuelo la situación. Cuando los señores le entregan el acta conteniendo en detalle las acusaciones formuladas por el niño, responde, con considerable enojo, que una infamia de tal calibre está tan por debajo de su propia persona que ni siquiera piensa malgastar saliva respondiendo. El careo con el chico resulta un instante tremendo.

Ni Marie Therese ni Elisabeth podrán superar nunca ese episodio. Las dos deberían haber visto en el niño a una víctima de una situación concreta, una criatura que a la que, en su inconsciencia y egoísmo infantiles, le convenía dejarse utilizar por sus custodios. Pero ni la muchacha ni la mujer adulta podían encajar ese hecho, el hecho de que su adorado delfín se había transformado en ese mocoso que repetía expresiones procaces y obscenidades varias con perfecto regodeo. La visión que guardaban en su interior de Louis-Charles la tía y la hermana que le habían rodeado de cariño durante años no cuadraba con ese Louis-Charles que parecía emular en tosquedad y lenguaje soez al zapatero Simon. Era demasiado doloroso para ellas, no podían evitar que la verguenza y la rabia las consumiesen.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 09 Abr 2010 23:54 
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Retrato de Mª Teresa de niña. MNM.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 13 Abr 2010 18:37 
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legris escribió:
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Retrato de Mª Teresa de niña. MNM.


¡Qué ricura! Ese gesto tan infantil de tocarse el piececito le confiere un algo especial a la estatua de la niña. He ahí una hija de Francia que no podía imaginarse hasta qué punto sería peculiar su trayectoria.

Yendo a otra cosa...he detenido el relato para "despejar la cabeza" y para "tomar aliento". Me impacta mucho ese episodio en el que el pequeño delfín acusa a su madre, a su tía y a su hermana de haber cometido abusos "deshonestos" con él. Encuentro que el momento en el que Marie Therese, primero, y Elisabeth, después, tuvieron que enfrentarse a un interrogatorio fundamentado en esa clase -¡justamente esa clase...!- de acusaciones tuvo que ser demoledor para ambas. No consigo imaginarme cuál debió ser el panorama cuando ambas volvieron a verse solas en sus aposentos.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 07 May 2011 19:45 
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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 28 May 2011 18:39 
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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 14 Jul 2012 09:23 
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Ay...esta imagen de la chiquilla, cuando la encontré, me produjo a simple vista algo parecidísimo a un pellizco en el corazón:

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No pude evitar pensar en la magnífica princesa, quizá reina porque una hija de los reyes franceses se cotizaba muy por lo alto en el mercado matrimonial de la época..., que hubiese llegado a ser de no haber hecho trizas su familia, su entorno y su mundo la Revolución.


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