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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 28 Mar 2010 09:13 
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No hay que perder de vista el hecho de que los miembros de la familia real confinados en el Temple estaban al margen de lo que sucedía en el mundo. Habían llegado a aquella fortaleza medieval el lunes 13 de agosto y el domingo 19 de agosto se produjo el traslado de su séquito -Lamballe, las Tourzel, Saint-Brice, Navarre, Chamilly y Huë- fuera del recinto, en principio "para ser interrogados". El grueso del grupo acabaría en la prisión de La Force. Solamente François Huë había recibido permiso para retornar al Temple. Dice mucho de su voluntad de servicio, de su entereza y de su coraje que quisiese regresar dentro de los oscuros muros del Temple.

La Comuna se había encargado de elegir otros criados para la familia real. En primer lugar, se escogió a una familia integrada por un hombre, una mujer y su hija: se trataba de los Tison. Monsieur Tison era ya un sexagenario de carácter bastante desagradable; su voz era áspera, sus modales bruscos y en conjunto asumía una actitud antipática. Pero Madame Tison casi era peor que el marido, en el sentido de que mostraba una acusada tendencia al desequilibrio mental, con episodios de histeria. La hija de ambos que estaba con ellos se llamaba Pauline; tenían otra hija llamada Solange que residía en Normandía con los abuelos. Que la muchacha Tison, tan insoportable como sus padres, ostentase el nombre de pila de Pauline era una fuente de constante pesadumbre para Marie Therese, pues le hacía recordar más vívidamente la ausencia de su amiga Pauline de Tourzel.

Con el revés que supuso para la familia real tener que encajar en su día a día a los Tison, fue una especie de quid pro quo del destino que el siguiente criado que se presentase en el Temple tuviese un perfil diamentralmente opuesto. Se trataba de Hanet Cléry, quien había servido a la familia real en Versailles a raíz del nacimiento del pequeño Louis-Charles y se había trasladado más tarde a las Tuilleries para seguir trabajando con idéntica lealtad en las horas críticas. El 10 de agosto, cuando la familia había tenido que abandonar las Tuilleries a pedir asilo a la Asamblea, Cléry fue uno de los numerosos criados que se quedaron en palacio. En el último momento, cuando la muchedumbre de sans-culottes que había tomado control del recinto estaba perpetrando su matanza, Cléry había conseguio escapar saltando por una ventana. A partir de entonces, había estado aguardando una ocasión de entrar al servicio de la familia en el Temple; cuando dicha ocasión se presentó, la pilló al vuelo. La aparición de Hanet Cléry en la Torre Menor emocionó a los reyes y príncipes tanto como les había emocionado la vuelta de François Huë. Los dos hombres, Huë y Cléry, íban a prestar un servicio de valor incalculable a aquellos desdichados monarcas.

Cléry, al ser el último en entrar, fue el último que pudo aportar algunos fragmentos de información acerca de lo que estaba pasando en el exterior. El tema en boga, evidentemente, era el avance a través de suelo francés de los ejércitos austro-prusianos comandados por el duque de Brunswick. La invasión estaba poniendo en aprietos a los girondinos, que en ese momento aún mantenían la prevalencia en la escena política; los jacobinos cobraban cada día mayor fuerza. A partir de ahí, el "apagón informativo" en el interior del Temple fue casi total. Marie Therese recordaría años después que vivían con el corazón en un puño porque no tenían ni remota idea de lo que sucedía fuera del Temple. Esa ignorancia acerca de por dónde estaban soplando los vientos de la Revolución les tenía en una constante frustración...y aprensión.

Su aislamiento de la realidad se vió roto de manera absolutamente trágica el 2 de septiembre de 1792. El procurador Manuel, uno de los comisarios, había tenido la deferencia, previamente, de informarles de que La Fayette, el comandante de la Garde Nationale, había tenido que huír de Francia; también les había entregado una carta de Mesdames Tantes, las princesas Adelaide y Victoire, quienes residían tranquilamente en Roma. El 2 de septiembre, fue Manuel quien les comunicó que las principales amigas de los monarcas -la princesa de Lamballe, las Tourzel...- íban a ser sacadas de la prisión de La Force para que compareciesen ante un tribunal revolucionario.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 28 Mar 2010 09:37 
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Lo que Manuel seguramente no añadió fue una descripción de cómo estaban de exaltados los revolucionarios en esa momento concreto. Desde el preciso instante en que los ejércitos austro-prusianos de Brunswick habían pisado Francia, los elementos más radicales de la revolución venían insistiendo en que el principal peligro no derivaba de la presencia de tropas extranjeras en territorio nacional, sino de lo que pudiese hacer para ayudar a los invasores la "quinta columna" interior. Se suponía que los aristócratas encarcelados conspiraban activamente, en connivencia con sacerdotes que nunca se habían resignado al nuevo estado de cosas y en particular con frailes y monjas que permanecían en sus conventos. Había ído acumulándose tal odio hacia esos "reaccionarios" que por algún lado tenía que estallar.

Estallaría en las denominadas Masacres de Septiembre, que se desarrollaron precisamente entre el 2 y el 7 de septiembre. Los primeros asesinatos se perpetraron en la prisión de l´Abbaye, dónde veintitrés sacerdotes fueron brutalmente degollados por un amplio grupo de revolucionarios conformado principalmente por bretones y marselleses acantonados en la capital. La noticia de lo sucedido en l´Abbaye llegó a un convento de monjes carmelitas; la congregación formada por ciento cincuenta religiosos trató de capear el temporal mostrándose dispuesta a abrir sus puertas a los revolucionarios para que éstos pudiesen comprobar con sus propios ojos que allí, en aquel recinto sagrado, no se realizaban actividades de tipo político; pero eso no evitó que fuesen, también, asesinados a golpes de hacha. Las matanzas se extenderían por todas las prisiones: la Force, Carmes, la Concièrgerie, le Grand Châtelet, Salpêtriére, Bicêtre. Se calcula que unos 1.400 prisioneros fueron masacrados, incluyendo un número importante de niños que estaban encerrados con sus madres.

Es importante tener en mente, a modo de constante referencia, ese ambiente de extremo salvajismo. En París, los elementos moderados de la población se limitaron a adoptar una postura neutra, de mantenerse al margen de los hechos; paradójicamente, los restaurantes y los teatros seguían manteniendo su actividad y no vieron decrecer el número de asistentes en esos días aciagos en los que los elementos más radicales habían tomado el control, dedicándose a añadir muertos.

De esa orgía de sangre, las Tourzel lograron salvarse. Madame de Tourzel había sido sorprendentemente "absuelta" por el Tribunal Revolucionario, lo que no implicaba que fuese a ser puesta en libertad inmediata ni que hubiese podido eludir el destino fatal si la hubiesen devuelto a La Force con Pauline. Pero en ese día, aprovechando la gran confusión reinante, un misterioso Jean Hardy se las apañó para "rescatar" a Madame de Tourzel y a Pauline de Tourzel, quienes, durante los siguientes cuatro meses, permanecerían escondidas en una casita de Vincennes. Pero la princesa de Lamballe hubo de afrontar un destino trágico, en oposición a la milagrosa salvación de las Tourzel.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 28 Mar 2010 11:29 
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Marie Thérèse Louise de Saboya-Carignano, princesa de Lamballe:

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La princesa de Lamballe ha aparecido en reiteradas ocasiones en este tema, mencionada al tratar diversos episodios que involucraron a la familia real. Pero, ante la inminencia de su muerte, es pertinente evocar brevemente su vida.

Quizá os acordéis de que se ha mencionado que Marie Antoinette declaró en cierta ocasión que no temía a los venenos porque no eran el arma de su siglo; el arma de su siglo, había añadido con afilado sarcasmo, era la calumnia, tan eficaz a la hora de masacrar definitivamente a una persona ante los ojos de sus coetáneos. Esa reflexión de Antoinette fue realizada ante Yolande de Polignac, la favorita que había sucedido en ese puesto a la princesa de Lamballe. Con el tiempo, Lamballe había vuelto a asumir una posición predominante en el repertorio de afectos de Marie Antoinette, mientras que Polignac había debido exiliarse en Suiza.

La princesa de Lamballe es un ejemplo perfecto para demostrar cuánta verdad encerraba la frase de Marie Antoinette. Marie Thérèse Louise de Saboya-Carignano no había hecho en su vida nada tan reprochable para merecer ni de lejos una milésima parte del odio atroz que suscitaba en un amplísimo sector de población francesa. De hecho, había llevado una existencia de lo más piadosa y decorosa, acorde con su naturaleza suave y delicada. Pero a lo largo de los años habían circulado tal cantidad de libelos atacando a la reina y a su amiga la princesa, a quienes se suponía envueltas en una escandalosa relación lésbica, que la reputación de Lamballe estaba hecha unos zorros.

Esa mujer había nacido lejos de Francia, en la ciudad de Turín. Su padre había sido Luigi-Vittorio di Savoia-Carignano, príncipe de Carignano. Su madre había sido Christine Henriette, Landgräfin von Hessen-Rheinfels-Rotenburg. Sangre principesca de "primera calidad" circulaba, pues, por las venas de nuestra Marie Thèrése Louise, que fue la sexta de nueve hermanos. La nómina de tías maternas de esos niños, incluyendo nuestra protagonista, incluía una reina: Polyxene Christine von Hessen-Rheinfels-Rotenburg se había convertido en la reina Polyxene al casarse con Carlo Emmanuelle III de Savoia, rey de Cerdeña.

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La reina Polyxene de Cerdeña, tía más destacada de Marie Thèrése Louise.

Marie Thèrése Louise, lo mismo que sus hermanas mayores Leopolda Marie y Gabriella, así como su hermana menor Catherine, recibió una cuidadosísma educación dirigida por la madre. A esas princesitas Savoie-Carignano se las hizo desarrollarse en un ambiente profundamente religioso y estricto, mientras se expresaban fluídamente en italiano, francés y alemán, a la vez que adquirían una formación más amplia que la de la mayoría de sus contemporáneas. Llegaron a ser tan cándidas y a la vez tan refinadas que nadie dudaba de que harían excelentes matrimonios. En el caso concreto de Marie Thèrése Louise, su oportunidad de contraer unos brillantes esponsales provino de Francia, dónde el riquísimo duque de Penthièvre andaba a la busca de una muchacha virtuosísima para tratar de encauzar a su hijo varón heredero, el príncipe de Lamballe, que llevaba una existencia absolutamente disipada.

Aquí no se trata de ir introduciendo docenas de personajes interesantes para que alguien acabe perdiéndose entre árboles genealógicos, pero es muy destacada la figura del duque de Penthièvre, demasiado destacada para no prestarle cierta cuota de atención. Se llamaba Louis Jean Marie de Bourbon, era nieto del gran rey Louis XIV y de su amante oficial, después esposa morganática, Madame de Montespan. Louis Jean Marie de Bourbon, que tenía semejantes abuelos, acumulaba en su persona los títulos de duque de Penthièvre, duque d´Aumale, duque de Rambouillet, duque de Gisors, duque Châteauvillain, duque de Arc-en-Barrois y conde d´Eu, por mencionar los más lustrosos. Ya véis que era una formidable panoplia de títulos. Por añadidura, a eso había que añadirle una fortuna colosal. Suyos eran el château de Bizy (su favorito), así como los châteaux de Anet, Sceaux, Aumale, Dreux y Gisors. Las propiedades que tenía repartidas por el país, de manera destacada en Normandía y el Maine, le procuraban unas rentas anuales que rondaban los seis millones de livres.

Semejante grand seigneur con sangre regia en sus venas se había casado con Marie Thérèse Félicité d'Este-Modène, hija del duque Francesco III de Módena y de Charlotte-Aglaé d'Orléans. Esa Marie Thèrése Félicité también tenía, por tanto, un árbol genealógico de los que lucen extraordinariamente. Lo sustancial es que hizo honor a su tercer nombre de pila, Félicité, a diferencia de su hermana menor, Fortunée, que se había casado con el príncipe de Contí. Fortunée tuvo un matrimonio desdichado que concluyó en una separación, mientras que Félicité fue inmensamente dichosa junto a su duque de Penthièvre, a quien proporcionaría siete hijos, aunque muchos de ellos se malograsen. La desaparición de Félicité causó un dolor infinito en su devoto esposo Penthièvre, que, a la sazón, se volcó por entero en intentar enmendarle la plana a su tarambana hijo Louis Alexandre príncipe de Lamballe y en asegurar la posición de su amada hija Louise Marie Adélaïde de Bourbon, Mademoiselle d´Ivry, después conocida por el nombre Mademoiselle de Penthièvre.

Aquí la historia se muestra un tanto burlesca con nosotros. Louis Alexandre vió concertadas sus nupcias en 1767 con Marie Thèrése Louise de Savoie-Carignano. El casamiento por poderes se celebró en Turín el 17 de enero y la boda en sí misma se llevaría a efecto el 31 de enero en Nangis, Francia. Este cuadro, muy hermoso...

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...muestra a la familia en su nueva composición, allá por 1767. El duque de Penthièvre domina la imagen, sentado en primer plano a la izquierda del cuadro; junto a él, también sentados, su hijo Louis Alexandre, su nuera Marie Thèrése Louise y su madre, la condesa viuda de Toulouse. En pié, detrás de Marie Thèrése Louise, aparece Adelaïde, Mademoiselle de Penthièvre. Las dos cuñadas surgen como figuras de notable atractivo físico, de rasgos delicados y aspecto encantador.

La realidad no fue tan bonita. Marie Thèrése Louise se encontró con que su marido no estaba por la labor de consumar el matrimonio, sino que prefería seguir dedicándose a sus calaveradas. En mayo de 1768, es decir, dieciséis meses después de la solemne boda en Nangis, Louis Alexander murió devastado por una enfermedad venérea. La princesa de Lamballe se quedaba viuda a los diecinueve años, lo que justifica ampliamente su profunda melancolía e incluso una depresión. Pero no retornó con su familia de orígen: a esas alturas, su suegro el duque de Penthièvre la adoraba, al igual que su cuñada Mademoiselle Adelaïde de Penthièvre. Marie Thèrése Louise se quedó con su suegro y su cuñada, que, a su vez, se casaría en 1769 con Louis-Philippe d´Orléans, el futuro Philippe Egalité. La boda de Mademoiselle de Penthièvre con el duque de Orléans fue un evento de primera magnitud; esa novia, un ideal de pureza al igual que la viuda princesa de Lamballe, aportó la dote más inmensa que se había otorgado a una desposada en Francia, por cortesía del duque de Penthièvre.

El elemento crucial en la biografía de Marie Thèrése Louise fue que se granjease el afecto vehemente de Marie Antoinette, la jovencísima y frívola esposa austríaca del entonces delfín Louis, destinado a convertirse en Louis XVI. Nadie hubiera tenido motivos de queja: la princesa de Lamballe se encontraba en lo más alto de la pirámide social y el fallecimiento de su marido la había convertido en una viuda inmensamente rica, aparte de que gozase de la protección inalterable de su suegro y de una cálida relación con su cuñada. Esto quería decir que Lamballe no era una simple aristócrata del tres al cuarto que pretendiese "medrar" a través de su amistad con la dauphine, futura reina. Lamballe no era una trepa; nunca íba a pedir nada, ni títulos, ni propiedades ni asignaciones económicas, porque de eso ya tenía más que suficiente. Por tanto, se podía atribuír a Lamballe un completo desinterés en su vinculación afectiva con Marie Antoinette. No íba a ser una favorita chupasangres, sino una amiga cariñosa y leal con un background familiar más que aceptable.

Pero cuando los adversarios de Marie Antoinette -en particular sus cuñados Provence y Artois- se lanzaron a la tarea de denigrar a la austríaca mediante una profusión de panfletos, se llevaron por delante también la imagen pública de la bonita y frágil princesa de Lamballe. Las calumnias, el arma del siglo, íban a demostrar cuán peligrosamente efectivas podían llegar a ser. No sólo se atacó a Marie Antoinette presentándola como una muchacha aturdida, inconsciente, ligera, una auténtica cabeza de chorlito preocupada solamente por entretenerse, por divertirse, ataviada con un lujo formidable porque no en vano se ganaría el título de reina rococó por antonomasia. En ese juicio de Marie Antoinette, no andaban desencaminados sus adversarios. Pero eso no bastaba. Dado que había tardado años en consumar su matrimonio con Louis, los hermanos de éste se habían visto durante demasiado tiempo en primera línea de la sucesión al trono. Para cuando Antoinette concibió, al duque de Provenza le sentó como una patada en el estómago, y también al conde de Artois, que ya era padre y miraba por el futuro de sus hijos. Los niños de Antoinette eran un serio obstáculo para las aspiraciones que habían nutrido sus tíos paternos. Había que envilecer por completo a la reina, extendiendo el rumor de que Louis había sido impotente y Antoinette no había dudado en "apagar sus furores uterinos" con una sucesión de mignons y mignonnes. A la pobre Lamballe se la empezó a presentar en panfletos como una de las amantes de la reina; se afirmaba que practicaban el lesbianismo, ilustrando con dibujos esas acusaciones.

Paulatinamente, la imagen de la princesa de Lamballe se hizo trizas. Cuando la reemplazó la Polignac, muchos la echaron de menos. Al menos, Lamballe no había costado dinero a la corona, aparte de los regalos que hubiese querido hacerle Marie Antoinette. Yolande de Polastron duquesa de Polignac, por el contrario, salía incluso más cara de lo que había salido en su época Madame de Pompadour. Pero, con todo, la reputación de Marie Thèrése Louise de Savoie-Carignano se había cubierto de oprobio público. Era detestada, percibida por el pueblo atribulado por la inestabilidad socio-económica como una de las mimadas de la reina, una de las que jugaban a pastorcillas en aquel Petit Trianon cuya construcción había vacíado las arcas del tesoro en Francia.

La fidelidad de la princesa de Lamballe a su amistad con Marie Antoinette es absolutamente conmovedora. La princesa había estado ausente en Inglaterra durante la fuga a Varennes, pero, ante la fracaso humillante para la familia real en su huída, había querido volver a París a compartir el confinamiento en las Tuilleries. Lamballe sabía que corría peligro al adoptar esa postura; mientras se hallaba en Aquisgrán esperando el permiso de Marie Antoinette para volver a París, tomó la precaución de redactar un amplio testamento, lo que significa que se daba cuenta de que se exponía al retornar a París por mucho que el marido de su cuñada Adelaïde fuese el demagógico duque de Orléans que íba por el mundo haciendo el papel de hijo ilegítimo de su madre con un cochero para marcar distancias con la realeza en esa hora amarga (para bochorno infinito del duque de Penthièvre). La princesa de Lamballe había compartido con su señora instantes dramáticos, había pasado por el convento de los feuillants y por las torres templarias antes de acabar en la prisión de La Force. Cuando se le indicó que la juzgaría un tribunal revolucionario, supo que su suerte estaba echada.

Toca el corazón la fortaleza moral y el coraje de los que hizo acopio la princesa de Lamballe en las horas previas a su "juicio". Siempre había adolecido de una exquisita fragilidad; tenía tendencia a somatizarlo todo en forma de achaques, caía frecuentemente en el pozo de la melancolía. Pero en La Force, la princesa de Lamballe había extraído fuerzas de flaqueza a través de su profunda religiosidad. Estaba dispuesta a no traicionar ni su conciencia ni su sentido del honor, decidida a pagar el precio que le exigirían por su lealtad inquebrantable hacia su rey y su reina. Entre tanto, su suegro Penthièvre luchaba denodadamente por intentar sacar de ese atolladero a la queridísima Marie Thèrése Louise; aspiraba a llevarla consigo a Bizy en Normandía, para vivir retirados del mundo junto a Adelaïde duquesa de Orléans, que se había separado previamente del marido harta de aguantar las humillaciones que éste le inflingía.

Cuando la princesa de Lamballe salió de su celda en La Force para ser conducida ante el tribunal dispuesto a juzgarla en la misma prisión, había en ella una reciedumbre, una firmeza, que sorprendería a sus íntimos. La delicada florecilla de invernadero se había transformado en una dama heróica. El tribunal le exigió que formulase un juramento de adhesión a los principios revolucionarios de libertad e igualdad, así como una declaración de aborrecimiento hacia los reyes y la monarquía. La princesa respondió con una compostura absoluta:

-No tengo nada que decir, pues me es indiferente morir un poco antes o un poco después. Estoy preparada para hacer el sacrificio de mi vida.

Era un desafío al tribunal que había pretendido amedrentarla y hacerla renunciar a sus principios. La decisión del tribunal fue decretar que se la transladaría inmediatamente de La Force a L´Abbaye, lo cual equivalía a decir que en un breve plazo de tiempo la enviarían a que le segase la cabeza la guillotina, un nuevo instrumento de ejecución que llevaba funcionando desde mediados de agosto. Marie Thèrése Louise de Savoie-Carignano, princesa de Lamballe, no manifestó ninguna emoción al escuchar ese veredicto. No temía L´Abbaye ni temía a la guillotina. O quizá los temiese en el fondo de sí misma, pero no estaba dispuesta a que pudiesen adivinarlo los revolucionarios. Se atendría a sus palabras: "me es indiferente morir un poco antes o un poco después".

Era el 3 de septiembre. Ya había matanzas en otras cárceles, pero aún no en La Force. Sin embargo, una muchedumbre de enardecidos sans-culottes se habían congregado en los patios de La Force atraídos por el juicio a Lamballe y por la posibilidad de acabar haciendo en esa prisión una escabechina como las que ya se habían iniciado en otras prisiones parisinas. Cuando la princesa salió al exterior con quienes la custodiaban, el odio de los sans-culottes había alcanzado el punto álgido. Alguien logró situarse a espaldas de la princesa para asestarle desde atrás varios martillazos en la cabeza; esos golpes de martillo repentinos tumbaron a la mujer en el suelo. Desde luego, estaba inconsciente. Lo que no podemos saber es si aún vivía o si ya había muerto.

La turba se abalanzó sobre la mujer que yacía tendida en el empedrado del suelo de ese patio de prisión. Personalmente, prefiero hacerme la ilusión de que los martillazos en la cabeza la habían asesinado, porque sería tremendo que sólo la hubiesen dejado sin sentido a la vista de lo que ocurrió a continuación. Los sans-culottes se ensañaron con ella de una forma que provoca escalofríos. Se le arrancó la ropa mientras se la aseteaba a golpes de pica; algunos testimonios aseguran que fue violada, antes de ser salvajemente mutilada, pues, entre otras lindezas, se le cortaron los pechos y se la abrió en canal para ser eviscerada. Su cabeza, separada del cuerpo de un tajo, acabó adornando una pica, lo mismo que uno de sus órganos internos y que la camisa interior que había llevado, de fina tela empapada en sangre. Con esos "trofeos", los sans-culottes decidieron dirigirse a La Force al Temple. Querían que Antoinette viese la cabeza de Lamballe en la pica. Algunos, más osados, aseguraban que forzarían a Antoinette a besar los labios de la cabeza de Lamballe. Incluso había quienes se jactaban de que harían con Antoinette lo mismo que acababan de hacer con Lamballe.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 28 Mar 2010 11:48 
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Un pequeño esfuerzo de recreación:

3 de septiembre de 1792, el Temple, París. Louis, Marie Antoinette, Madame Elisabeth, Marie Therese y Louis-Charles se encuentran, con sus vigilantes los Tison, en el comedor del que disponen en la torre. Están entretenidos jugando al backgammon, ajenos a la orgía de sangre que se está desarrollando en la ciudad. Oyen gritos que proceden del exterior, un bramido intenso y sobrecogedor, pero tratan de hacer como si se tratase de un aguacero; a esas alturas están quizá acostumbrados a que los revolucionarios se arracimen en las inmediaciones del edificio para intentar hacerles sentir la fuerza de su desprecio y de su animadversión mediante la repitición de hirientes consignas tipo "Marie Antoinette à la lanterne". De manera natural, el rugido que les alcanza desde fuera a pesar de los gruesos muros que les rodean tratan de ignorarlo. Pero no han cerrado las contraventanas echando los postigos. Repentinamente, surge una escena espantosa al otro lado del cristal; para superar el escollo de la altura a la que se encuentra la ventana, los sans-culottes, que habían estado bebiendo sin cesar para inflamarse todavía más, se han encaramado a lo alto de las ruínas de algunas casas anexas que acababan de echarse por tierra en las semanas anteriores, se han elevado y logran que la pica rematada por la cabeza de la princesa de Lamballe sea claramente visible en la ventana del comedor. Madame Tison la vé y lanza un grito horrorizado; fuera, los sans-culottes dan por descontado que ese grito ha surgido de labios de la reina y lo festejan con risotadas estridentes.

Hanet Cléry, el bueno de Hanet, también ha visto la cabeza en la pica...y se ha dado cuenta de a quien pertenece. En su espanto, tiene suficiente entereza para advertir a la reina de que no debe dirigir los ojos a la ventana porque esos salvajes han decapitado a la princesa de Lamballe y desean que la soberana obtenga esa última dramática visión de su amiga del alma.

Sabemos, por el testimonio de la princesa Marie Therese, nuestra Mousseline la Serieuse, que aquel fue el único instante en que esa muchacha hija de Francia vió a su madre perder por completo el control de sí misma. Marie Antoinette se quedó paralizada por el terror; después emitió un gemido ahogado, casi animal, y se desmayó. Mientras en el comedor todos intentaban reanimar a la pobre soberana, fuera los revolucionarios insistían en sus voceos; habían acudido para conseguir que la perra austríaca besase en los labios a su amante difunta o, mejor aún, para llevarse en otra pica la cabeza de la perra austríaca junto a la de su amante difunta. Los comisarios que tenían a su cargo el Temple las pasaron canutas. Fue Daujon, uno de ellos, quien se dirigió a la muchedumbre de beodos empapados en sangre para dejarles claro que "la cabeza de Marie Antoinette no os pertenece". Ante la autoridad de la que hizo gala, los sans-culottes acabaron reculando para irse en procesión por las calles de la ciudad con sus "trofeos".

Marie Antoinette hubo de ser conducida a su cama por Madame Elisabeth y Marie Therese. Estaba tan conmocionada, tan profundamente conmocionada, que no lograba coordinar los movimientos de sus pies. Su marido la observaba con sincera compasión, en tanto que trataba de confortar al pequeño delfín. Cuando Marie Antoinette se quedó a solas en su lecho, prorrumpió en sollozos desgarradores que impidieron dormir esa noche a su hija Marie Therese, que ocupaba una habitación anexa.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 28 Mar 2010 19:55 
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Epílogo tristísimo a la muerte de aquella mujer de cuarenta y tres años que había sido la princesa de Lamballe es el padecimiento moral que esto provocó en su suegro, el duque de Penthièvre. A ese buen hombre, de absoluta integridad y rectitud, se le abrían las carnes cuando pensaba que la cabeza de su nuera y alguno de sus órganos internos -con gran probabilidad el corazón- habían paseado por la capital clavados en lo alto de sendas picas, mientras el cuerpo desmembrado se enterraba de cualquier manera. Penthièvre despachó rápidamente al sirviente en quien más confiaba, su valet de chambre Fortaire, con la misión de recobrar los restos de la princesa a fín de darle cristiana sepultura. No se sabe si Fortaire tuvo éxito. Algunos autores consideran que sí se obtuvieron su cabeza y su cuerpo eviscerado para poder enterrarlos de forma conjunta en la cripta de los Penthièvre en Dreux, pero otros ponen muy en duda que eso llegase a acontecer.

En el Temple, el aislamiento demostró ofrecer alguna ventaja. Eran conocedores de que la princesa de Lamballe había muerto a manos de la turbamulta de sans-culottes, pero no estaban al tanto de las escalofriantes historias que circulaban acerca del fallecimiento de la dama en cuestión. Sin embargo, no hay la menor duda de que aquel episodio vivido en la tarde-noche del 3 de septiembre, les afectó mucho a nivel psicológico. La más afectada era Marie Antoinette, no sólo debido a su vinculación afectiva con la princesa de Lamballe, sino machacada por cierto sentimiento de culpa que no podía eludir. Si Lamballe no hubiese sido una amiga de fidelidad y lealtad inquebrantables, enteramente devota a la reina, no hubiera tenido que afrontar semejante destino. Pero la culpa también hacía mella en Louis por lo que concernía a su esposa Marie Antoinette. Constantemente pensaba que ella, una auténtica archiduquesa con el linaje imperial de los Habsburgo, había abandonado su Austria natal para acudir a Francia a casarse con él, esperando recibir una corona, un trono y una vida fácil, agradable, opulenta, sin grandes contratiempos. Y ahora...¿en qué situación se veía la hija menor de la inolvidable Maria Theresa, encerrada en el Temple mientras miles de franceses suspiraban por verla colgar de la farola o peor aún con pasear su cabeza adornando una pica?.

A Marie Therese hubo de causarle una fuerte impresión ver cómo su madre había caído fulminada ante la noticia del bárbaro asesinato de la princesa de Lamballe. Los niños son de manera invariable unos evaluadores muy precisos del carácter de sus respectivos progenitores. Marie Therese adoraba al rey, su padre, que la trataba con infinita ternura, pero reconocía en él a un hombre de escaso carácter. Daba la penosa sensación de que los genes de su tatarabuelo Louis XIV le habían eludido por completo, porque no reaccionaba con firmeza, con enérgica resolución, a los momentos de crisis. Había sido arrollado por las circunstancias históricas. Vivía en el Temple echando de menos su fragua, en la que había jugado a ser herrero, y sus cacerías; trataba de conservar una estólida dignidad leyendo compulsivamente, en particular obras de los clásicos latinos, pues los filósofos ilustrados le suscitaban -quizá comprensiblemente- bastante antipatía. Marie Antoinette era la contraposición de Louis. Marie Therese había sabido desde la niñez que su madre podía representar el cliché de frívola reina del rococó, pero que había verdadera fibra Habsburgo-Lorena en ella. De hecho, por lo que tocaba a su hija Marie Therese, Marie Antoinette había demostrado una saludable voluntad de ejercer su papel de madre desde una posición de firmeza. Conocía a sus hijos, tenía una idea precisa de sus puntos fuertes y sus puntos débiles. En el caso de Marie Therese, el orgullo -cualidad positiva en una princesa- podía convertirse en una altanera soberbia -algo que no agradaba en absoluto a la madre-. Marie Antoinette se había batido el cobre para evitar que su hija, rodeada de halagos desde la cuna, fuese excesivamente consentida y acabase transformándose en una ególatra insoportable.

La relación de Marie Antoinette y Marie Therese había sido, por ese motivo, tensa en ocasiones. Aquella niñita de Versailles ante la cual los cortesanos trataban de bailar el agua incluso cuando ejercía un arbitrario despotismo se encontró con una madre que no dudaba en reprenderla severamente y en castigarla con dureza si le parecía oportuno. Marie Antoinette significaba disciplina, para la pequeña Madame Royale. Esto dió origen a un resquemor infantil de la princesa. Queda perfectamente ilustrado en una anécdota que relataría el abate Vermond, uno de los preceptores de la hija de Francia, que se relacionaba con una época en que Marie Therese había sido aún bastante chiquita. Había acaecido que Marie Antoinette, esa mamá cariñosa pero disputa a impedir que su criatura les chulease, había sufrido una aparatosa caída de caballo de la cual, por suerte, sólo se derivaron lesiones leves. Al tener noticia Madame Royale del accidente, se limitó a preguntar si la madre estaba en peligro de muerte, añadiendo, con parsimonia, que eso "tampoco le habría importado". El abate Vermond se quedó literalmente espantado por la reacción de Madame Royale. Queriendo excusarla en la escasa edad de Madame, afirmó:

-Madame Royale no lo ha entendo. Esto significa que la reina podría haber fallecido.

Madame Royale se había mantenido incólume. De nuevo tratando de justificarla, Vermond dijo:

-Claro, es que Madame Royale aún no sabe lo que es la muerte.

Ella le miró de frente:

-Oh, sí, sí que lo sé. Dejas de ver a la gente. Nunca volvería a ver a mamá.

Acto seguido, declaró que habría estado "encantada" de no volver a ver a la mamá prorque así "podría hacer lo que yo quisiera". Demasiada sinceridad infantil y demasiada malicia para el pobre abate de Vermond, desde luego.

Pero esa historieta revela que Marie Therese había percibido la fortaleza de Marie Antoinette en la primera infancia. Si la niña había llegado a ansiar que mamá desapareciese, era porque solamente mamá le enmendaba la plana y la metía en vereda. Su madre era la que ponía las cosas en su sitio, no su padre. Más adelante, ya crecidita, Marie Therese tuvo que volver a presenciar cuán decidida y valerosa podía ser su madre en episodios como el de la fuga a Varennes. Que esa Marie Antoinette se desmoronase igual que un castillo de aire ante el asesinato de la princesa de Lamballe le dijo claramente a Marie Therese hasta qué punto estaban al borde del abismo.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 28 Mar 2010 20:02 
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Aquí llego yo a impregnarme de la lectura de l'orpheline.... y veo que tengo para un ratito ;-)

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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 28 Mar 2010 21:02 
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Las Masacres de Septiembre habían hecho evidente que los sans-culottes se habían convertido en un actor principal de la escena social, con los girondinos tratando de retener el poder a cuenta de hacer la vista gorda ante las matanzas que se perpetraron en esos días aciagos y los jacobinos creciéndose cada día más. Lo cierto era que en Francia acababa de inaugurarse la etapa del Terror, por decirlo con llaneza. Después de aquel baño de sangre que no se limitó a París (hubo episodios similares en ciudades tan emblemáticas como Reims, Orleans o Meaux)...¿qué podía sobrevenir? Evidentemente, una época particularmente convulsa, que se cobraría miles de víctimas en las guillotinas colocadas por el país para segar las cabezas de quienes por sus orígenes sociales, por sus vinculaciones o por dar algún paso en falso se considerasen sospechosos de anhelar el triunfo de una contrarevolución.

El hombre que había sido Louis XVI...

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...y que se había convertido en Louis Capet íba a contarse entre las primeras víctimas de realce.

La Convención enseguida fue a por Louis, a quien se podía procesar por alta traición debido a sus "intenciones hostiles" hacia la Francia surgida de la Revolución. La duplicidad de Louis era evidente; como es natural, mientras acataba el traslado forzoso de Versailles a París, mientras se sometía a su nueva vida en las Tuilleries, mientras sobrellevaba la falsa reconciliación después de la abortada fuga a Montmédy en Varennes y mientras proclamaba su adhesión a la Constitución de septiembre de 1791, Louis había albergado la esperanza de que, más pronto que tarde, sus partidarios lograsen pegar un giro a esa secuencia de acontecimientos para volver a restaurar la autoridad regia. Esto entraba dentro de lo normal. Había nacido en la púrpura, había crecido en una atmósfera que le había hecho imbuírse por entero del principio del derecho divino de los soberanos, había creído en una suerte de despotismo ilustrado y todo le había estallado en las narices. No hubiese sido lógico que él mismo hubiese decidido convertirse en un modelo de monarca constitucional, máxime en aquellas circunstancias en que se había producido el tránsito de un sistema a otro. La inexorable radicalización de la Revolución no encajaba en absoluto con Louis, que había sufrido de lo lindo al tener que estampar su firma en ciertos decretos que le presentaba el poder legislativo (por ejemplo, la constitución civil del clero).

Pero...mejor nos lo tomamos a un ritmo un poquito más lento.

Las condiciones de vida en el interior del Temple sufrieron una merma bastante significativa. La Comuna había decidido aislar a Louis con respecto a su familia, que sería conducida a nuevos aposentos rápidamente preparados, después de que se les confinasen todos los objetos punzantes (incluyendo las tijeritas con las que cortaban los hilos para sus bordados Marie Antoinette y Elisabeth) y material de escribanía. Hubo ruidosas quejas de Marie Antoinette, de Elisabeth, de Marie Therese e incluso de Louis-Charles por verse separados de Louis. Finalmente, sus carceleros consintieron en que siguiesen comiendo todos juntos, pero bajo la obligación de dirigirse los unos a los otros exclusivamente en idioma francés y empleando un tono de voz perfectamente audible (nada de susurros en otras lenguas). Pero eso se podía sobrellevar. En sus nuevos aposentos, Louis Charles aún compartía dormitorio con su padre Louis, en tanto que Marie Antoinette dormía con su hija Marie Therese en una alcoba cuyas paredes se habían recubierto de un papel pintado con rayas alternas en tonos azules y verdes. Madame Elisabeth tenía su propia alcoba, bastante bonita. Se podía pensar que el único problema era que las paredes del Temple, aquellos muros de considerable grosor, rezumaban humedad en ese mes de octubre. Paulatinamente, Louis, Marie Antoinette, Elisabeth y los niños enfermaron, con fuertes constipados y el añadido de unas fiebres reumáticas. Insistieron en que se les llevase, para que les atendiese, su antiguo médico de confianza, el doctor Le Mounier. La Comuna se hizo de rogar, pero acabó cediendo en ese punto. No les interesaba en absoluto que los detenidos se les muriesen de fiebres reumáticas entre las gruesas paredes del Temple, porque nadie en el mundo se hubiese creído que había sido un fallecimiento por enfermedad.

De octubre a diciembre, se mantuvo esa situación. Pero diciembre trajo consigo el inicio del proceso contra Louis Capet. Ya no se trataba de un détenu, sino de un acusado de alta traición. El primer golpe que descargó la Convención fue bastante innoble: hoy en día lo calificaríamos sin ambages de violación de los derechos humanos. Determinaron que los dos niños que antaño habían sido considerados hijos de Francia, Marie Therese y Louis Charles, no podían permanecer en aquella tesitura con su padre y con su madre. Louis podía escoger: ver él, a quien separarían de los demás, a sus niños, o dejarlos con Marie Antoinette, lo que equivaldría a no tener ningún contacto ni con la esposa ni con los hijos. Louis amaba profundamente a sus hijos Marie Therese y Louis Charles, por lo que nos podemos figurar cuán desgarrador le resultaba privarse de ellos en unas semanas en las que, además, habría de afrontar un proceso jurídico tremendo para quien había sido rey de Francia. Pero Louis sabía que la pasión de Marie Antoinette por Marie Therese y Louis Charles era igualmente intensa; su esposa siempre había sido una mujer muy maternal y seguramente se vendría abajo si le quitaban a sus retoños. En atención a Marie Antoinette, Louis escogió sacrificarse a sí mismo. Fue un gesto indudable de cariño y reconocimiento hacia Marie Antoinette.

En seis semanas no se vieron. No hubo excepciones, ni siquiera en una fecha tan señalada como el 19 de diciembre, día en el que Marie Therese cumplía catorce años. Aunque Louis se las apañaba para conservar su aspecto imperturbable, le dolía el corazón por no poder felicitar a Marie Therese en esa jornada. Sólo pudo hacerle saber a su hija cuánto la quería y la añoraba enviándole a través de Hanet Cléry -que ahora ejercía de valet de chambre del pobre Louis- un almanaque decorado para el año 1793. Era un obsequio humilde: no tenía nada que ver con los regalos que hubiese ofrecido Louis a Marie Therese en otras circunstancias menos ominosas. Pero la chiquilla aferraba el almanaque demudada por la emoción. Marie Antoinette y Madame Elisabeth tenían un nudo en la garganta.

Aunque gracias a Cléry encontraron modo de sostener cierta comunicación con Louis, es cierto que las mujeres desconocían el desarrollo del proceso judicial. Louis tenía cuatro abogados defensores: François Denis Tronchet, Chrétien-Guillaume de Lamoignon de Malesherbes, Guy-Jean-Baptiste Target y Raymond de Sèze. Los cuatro habían asumido con pasión esa tarea y el monarca les estaba intensamente reconocido por ello, aunque no se hacía ilusiones. Al empezar el proceso, le había dicho a Chrétien-Guillaume de Lamoignon de Malesherbes: "Votre sacrifice est d’autant plus généreux que vous exposez votre vie et que vous ne sauverez pas la mienne" . Esas palabras descubren la humanidad de Louis: tenía claro que Malesherbes se jugaba la vida en un vano intento por salvar a un rey cuyo juicio tenía por finalidad dictar una condena a muerte. Y, ciertamente, los defensores de Louis las pasarían canutas: aunque sea adelantar acontecimientos, Malesherbes acabó siendo guillotinado, al igual que su hija Antoinette, su yerno Louis, su nieta Aline y el esposo de su nieta, Jean-Baptiste.

Fue Malesherbes quien hubo de comunicarle a Louis la sentencia dictada por Convención el 19 de enero de 1793. La votación previa había sido intensa, prolongándose desde las ocho de la tarde del día 18 hasta las dos de la madrugada del día 19 de enero. Hubo 721 votantes...y 361 votaron por la muerte sin posibilidad de que se conmutase esa sentencia. Entre quienes votaron por la muerte figuró el primo del rey, Philippe Egalité, que había sido Philippe duque de Orléans. El yerno de Philippe Egalité, el duque de Penthièvre que aún lloraba amargamente por la muerte de su nuera Lamballe, se quedó definitivamente hundido por esa infamia del hombre a quien había entregado la mano de su amada hija Adelaïde.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 28 Mar 2010 21:03 
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sabbatical escribió:
Aquí llego yo a impregnarme de la lectura de l'orpheline.... y veo que tengo para un ratito ;-)


A ver si dices "pamplona", hija mía, jajajaja.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 28 Mar 2010 21:19 
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Minnie voy por la página DOS, aún estoy en el collar para que te hagas una idea, y en la liaison de MA con Axel.
Me dan ganas de meternos otra vez en MA a fondo ;-)

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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 28 Mar 2010 21:35 
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La actitud de su primo Orléans provocó una herida en el alma a Louis. Que un prince du sang, ligado a él por un frondoso árbol genealógico común, hubiese querido demostrar cuán revolucionario se sentía en la votación de la condena que debía imponerse al monarca, le hizo un daño inmenso. Pero Louis había esperado lo peor, eso estaba claro: al inicio del proceso había preparado su testamento y recuérdese la frase que le había dirigido a Malesherbes, uno de sus valientes defensores. Cuando hacia las dos de la tarde del sábado 20 de enero de 1793 se le comunicó que íba a ser decapitado en la guillotina al día siguiente, Louis no mostró nerviosismo ni temor alguno. Se limitó a pedir, en tono amable, que retrasasen su viaje al cadalso tres días para tener tiempo de prepararse espiritualmente con la ayuda de un sacerdote. Se le denegaron los tres días de aplazamiento, pero se le envió un sacerdote no juramentado: el abad de orígen irlandés Edgeworth de Firmin.

La Convención tenía a sueldo numerosos pregoneros. Esa tarde, uno de los pregoneros voceaba la noticia de la inminente ejecución de Louis programada para el día siguiente en la zona del Temple. Así, gracias al voceo de un pregonero, se enteraron de lo que ocurría Marie Antoinette, Madame Elisabeth, Marie Therese y Louis-Charles. No hace falta demasiada sensibilidad ni imaginación para recrear ese instante. Marie Antoinette palideció intensamente, en tanto que Madame Elisabeth se tambaleaba. La hija del rey no podía controlar su emoción y el niño estaba espantado.
A las siete de la tarde, se les permitió visitar a Louis en sus aposentos, para que procediesen a la despedida.

La tensión acumulada en las seis semanas anteriores y la inminencia de la muerte habían pasado factura a Louis. Su rostro se había afilado, adquiriendo un aire demacrado, y había adelgazado notablemente. A ojos de su hija adolescente, estaba muy cambiado. Cuando Marie Antoinette, Elisabeth y los chicos se abalanzaron a sus brazos, Louis se echó a llorar sin rebozo. No lloraba por sí mismo, sino por ellos. La perspectiva de morir no le asustaba en absoluto, pero le causaba un sufrimiento atroz dejar a su esposa, a su hermana y a sus hijos en aquella situación. Una parte de él confiaba en que su muerte aplacase definitivamente a la Convención, que, a cambio, aflojaría la presión sobre los supervivientes. Él mismo había pedido a la Convención que sacase a su familia del Temple, un lugar tan lúgubre e insalubre, para trasladarlos a un sitio apacible en el que pudiesen vivir con decorosa tranquilidad. En cualquier caso, la que le inspiraba más compasión era la "desdichada princesa" que se había casado con él; no ignoraba cuánto se odiaba a Marie Antoinette en Francia. Pero incluso si Marie Antoinette acababa siendo sacrificada, Louis tenía la esperanza de que su hermana Elisabeth saldría en libertad y podría encargarse tanto de Marie Therese como de Louis-Charles.

Se desarrolló una escena de alto voltaje emocional. No querían separarse de Louis en las últimas horas de éste en la tierra. Marie Antoinette le suplicó reiteradamente que pasasen todos juntos esa noche, pero Louis se atuvo a su negativa. Quería estar a solas consigo mismo, para hacer penitencia por sus pecados y prepararse para morir cristianamente. Desde luego, tener consigo a su esposa, a su hermana y especialmente a los hijos que íban a quedarse huérfanos de padre no le permitiría centrarse, aparte de que sería prolongar el suplicio de la despedida. A fín de confortar a su atribulada mujer, Louis le prometió que cuando se levantase, a las ocho de la mañana, aún pasaría por los aposentos de ellos para darles un beso antes de que le condujesen al cadalso. "¿Lo prometes?", insistió Marie Antoinette. Él hizo un gesto afirmativo.

En el momento de retornar a sus habitaciones, Marie Antoinette y Elisabeth lloraban a mares, en tanto que Marie Therese casi aullaba de dolor. El pequeño delfín estaba en una especie de shock, después de que su padre le hubiese exhortado a él, inminente rey sin trono, a perdonar a los enemigos y no tomarse jamás venganza por la ejecución. La bendición de Louis a Louis-Charles no era solamente la de un padre a su hijo, sino la de un rey que íba a morir al rey que le sucedería.

No volvieron a verle. A las seis de la mañana, un comisario entró en la habitación en la que Marie Antoinette, Madame Elisabeth y Marie Therese permanecían insomnes, pálidas y con los ojos enrojecidos de tanto llorar, mientras el niño dormitaba. No íba para conducirles junto al rey, sino para pedirles un devocionario que llevaría al monarca. Las mujeres se quedaron solas con su angustia. A las diez y media de la mañana, en torno al Temple resonaron tambores, mientras la multitud congregada manifestaba su júbilo. Eso les indicó que Louis había perecido en la guillotina.

Pese a que esperaban esa constación de la muerte de Louis, fue un instante de gran dureza. Marie Antoinette se quedó transida de dolor, absolutamente inmóvil e incapaz de despegar los labios. Marie Therese y Louis-Charles se echaron a llorar. Fue Madame Elisabeth la que tuvo fuerza para gritar:

-¡Monstruos! Ahora estarán satisfechos.

En las horas siguientes, Madame Elisabeth y Marie Therese no sólo tuvieron que manejar su propio duelo, sino que se vieron en la situación de no saber cómo sacar de su estado semi-catatónico a Marie Antoinette. La reina sólo se había manifestado para predirle a un comisario que se le permitise entrevistarse con el buen Hanet Cléry, que había estado presente en el sacrificio de Louis. Para Marie Antoinette, era muy importante saber de labios de Cléry si Louis había dejado algún último mensaje para ellos. Ciertamente, Louis lo había hecho, pues había preparado pequeños obsequios de un altísimo valor simbólico para su esposa, su hermana e hijos. A su esposa, por ejemplo, le legaba su alianza de boda, que sólo se sacaba, dijo, para ir al encuentro de la muerte. Pero Cléry no obtuvo permiso para reunirse con Marie Antoinette. De hecho, se le "relevó" de sus servicios en el Temple casi inmediatamente después de la ejecución de Louis.

Cléry hubiese podido servir de revulsivo para Marie Antoinette. No sólo Madame Elisabeth, sino también Madame Royale, tenían la esperanza de que Cléry, con su relato acerca del final de Louis, sacase de aquella mudez dolorosísima a Marie Antoinette. Pero Cléry no tuvo la opción de cumplir ese papel. Madame Elisabeth y su sobrina Marie Therese hubieron de arreglárselas por sí mismas para ir disipando el aturdimiento silencioso que había atrapado en sus fauces a Marie Antoinette.


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 28 Mar 2010 21:54 
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Registrado: 25 Feb 2008 11:02
Mensajes: 4454
sabba tu dale, que a ver si con tus preguntas y presiones avanzamos en el tema y salimos de este momento un poco duro de leer...madre mia, me está costando lo suyo cada entrega


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 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 28 Mar 2010 21:58 
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Registrado: 11 Sep 2009 20:51
Mensajes: 1093
mi resfriado y yo siguiendo este Titanic...por Dios, Minnie, lo paso casi peor que con el transatlántico! (al menos no canta Céline Dion)

Mira que es una historia conocida, y me estás emocionando como si la oyese por primera vez!

Y lo peor es saber lo que viene... :-/ :-/


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