Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

Nuevo tema Responder al tema  [ 109 mensajes ]  Ir a página Anterior  1 ... 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10  Siguiente
Autor Mensaje
 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 23 Mar 2010 00:00 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 15904
Y ahora...vamos a darle un "repasito crítico" a la fuga de los reyes.

De entrada, hay que señalar que Louis XVI no intervino activamente en ese proyecto desarrollado a lo largo de muchísimos meses hasta que ya estaba bien avanzado. El rey, ya lo sabemos, hubiera sido un excelente burgués, pero no había en él nada de la "fibra" que se hubiera podido esperar en un tataranieto de Louis XIV. A pesar de las tensiones de los años inmediatamente anteriores, seguía siendo, sin ánimo de ofenderle, un pánfilo. Por añadidura, hemos visto que tener que estampar su firma en las leyes contra la Iglesia le había perturbado seriamente. En la primavera de 1791, se vió obligado a guardar cama durante una semana continuada, porque la fiebre le hacía delirar y escupía una flema sanguinolenta. Su mujer llegó a temer que padeciese tuberculosis. Ya recuperado, Louis se integró por fín en las conversaciones que giraban en torno a la huída a Montmédy en Lorraine. Dado que él era el rey, había que escuchar sus puntos de vista y asumirlos. Varios de los retrasos fueron imputables a la naturaleza vacilante, dubitativa, de Louis.

Marie Antoinette no andaba sobrada de avezados consejeros. Durante largo tiempo, se había acostumbrado en depositar una plena confianza en el conde Mercy-Argenteau, que la conocía desde que ella era una espirituosa y retozona archiduquesa austríaca de catorce años. En ese aspecto, Marie Antoinette acabó mostrándose demasiado sentimental, pues veía a Mercy-Argenteau, antaño el "latoso" que trataba de enmendarle la plana e incluso la reprendía por orden de la difunta María Theresa o del fallecido Joseph II, como un protector fidelísimo, de una benevolencia casi paternal. Craso error. Mercy-Argenteau era un diplomático...y de los buenos. Servía al Imperio de los Habsburgo, encarnado en quien ocupase el trono de Viena. Cuando Leopold II le había ordenado retirarse de Francia para marcharse a Bruselas, lo había hecho tan ricamente. A Marie Antoinette le afectó profundamente quedarse sin la cercanía física de Mercy-Argenteau.

El otro consejero aúlico de la reina, Blumendorf, no tenía el peso específico de Mercy-Argenteau, a quien Marie Antoinette seguía comunicando sus planes a través de correspondencia cifrada que manejaban mensajeros secretos. De manera comprensible, Marie Antoinette depositó su confianza al cien por cien en el sueco Hans Axel von Fersen.

Era lógico. Fersen había sido su gran amor, con bastante seguridad su único amante aparte del rey. A esas alturas, parece probable que ya no existiese entre Marie Antoinette y Fersen una intimidad de tipo sexual. Pero el sentimiento de amor persistía, envuelto en una amistad cargada de devoción por parte del aristócrata.

Fersen sencillamente adoraba a la reina. Él había vuelto a Francia justo cuando las cosas empezaban a ponerse feas, cuando la tormenta que lo arrasaría todo se barruntaba en el horizonte. Había alquilado una casita en Versailles para estar a mano. Después del traslado forzoso de los monarcas a las Tuilleries había alquilado una casita en París para estar a mano. En las breves ocasiones en que a los monarcas se les había permitido retirarse a Saint Cloud había conseguido que le prestasen una casita en Auteil para estar a mano. En resumen: Fersen siempre estaba allí, pendiente de cada giro de la situación, dispuesto a emplear toda su energía y su coraje en ayudar a la reina que le había amado. La pasión de Fersen por la causa de Marie Antoinette era contagiosa. Se transmitía en cada carta que él mandaba a su hermana favorita, Eva Sophia Piper, dama principal de la princesa Hedwig Elizabeth Charlotte de Holstein-Gottorp, la duquesa (hertiginna) Lotta de Södermanland, allá en Estocolmo. Pero, detalle llamativo, se había extendido también a la amante de ese período de Fersen, Éleonore Sullivan -otra encendida partidaria de Marie Antoinette-.

Es probable que Fersen fuese el hombre adecuado por su lealtad inquebrantable, su disposición a trabajar a destajo, hasta la extenuación, sin esperar recibir por ello ningún reconocimiento público e incluso su capacidad de sacrificio llegado el caso. Pero la fortísima vinculación emocional de Fersen para con Marie Antoinette le convertía, simultáneamente, en el tipo menos apropiado para ocuparse de los aspectos prácticos que rodeaban la fuga a Montmédy.

Recapitulemos algo ya señalado: de París a Montmédy había que cubrir doscientos noventa kilómetros. En un primer momento, se había considerado prudente ir de París a Montmédy por el camino más corto, a través de Meaux y de Reims. Pero cuando Louis XVI se había sumado a las deliberaciones preparatorias, había manifestado su oposición porque en Reims le habían coronado dieciséis años atrás y se le reconocería fácilmente. Por tanto, se había trazado ese camino más largo de casi trescientos kilómetros: tirarían al sur, a Sainte Ménehould pasando por Châlons-sur-Marne; en Sainte-Ménehauld cogerían la carretera al norte en dirección a Varennes, dónde cruzarían el Mosa, para alcanzar Stenay y remontar el camino hasta Montmédy.

Hacía falta un carruaje. Y hacía falta un carruaje de considerable amplitud, porque los reyes se habían empeñado en viajar juntos con los dos niños, pero a ese grupo se le había agregado la hermana menor del monarca al negarse ésta a partir por otra vía con el conde o la condesa de Provenza. En un momento dado, hubo que informar del plan a Madame de Tourzel. La gobernanta recordó entonces que ella había jurado no separarse nunca de los hijos de Francia, en particular del Dauphin. Estaba dispuesta a asumir el precio de enviar a su hija Pauline de Tourzel a Tournai, pero su juramento, insistió, era sagrado. Así que se hizo preciso incorporar al esquema a Madame de Tourzel. Para representar los papeles de cochero y lacayos, se añadirían, más tarde, el conde de Valory, monsieur de Moustier y Monsieur de Malde, tres sirvientes fieles.
Pero, para colmo, hacían falta al menos DOS damas. Marie Antoinette estaba dispuesta a renunciar a su doncella: Madame Thibault. Ésta sería enviada con pasaporte falso a Tournai, junto a Pauline de Tourzel; se esperaba que desde Tournai, la Thibault consiguiese alcanzar por su cuenta Montmédy. Pero, sin embargo, Marie Antoinette quería llevar de retén a la doncella de Madame Royale, una tal Madame Brunier, y a la doncella de Louis-Charles, una tal Madame de Neuville. Eso significaba que un segundo carruaje tenía que ir a la zaga del carruaje principal.

El segundo carruaje, el que iría a la zaga con las dos doncellas en su interior, era un carruaje que no destacaba en absoluto. Pero el carruaje principal...ahí sí que una no sabe si reir o llorar a mares al enterarse de la clase de vehículo que había encargado ex profeso Fersen para una tal "baronesa von Korff". Fersen quería un carruaje amplio, con espacio suficiente para que sus ocupantes -cuatro adultos con dos niños- no pasasen estrechuras de ninguna clase. Debía ser cómodo, con buenos revestimientos interiores y mullidos asientos. Debía incluír espacio para una pequeña selección de botellas de vino, cestas repletas de suculentos manjares y, faltaría más, la vajilla de plata. Íban a fugarse, no a un picnic en los bosques de Fontainebleau. Pero por la manera en que se acondicionó el carruaje, parecía que sí se íban a un picnic en los bosques de Fontainebleau. El colmo fue añadir en ese carruaje y en que íba a la zaga una torre de baúles, con ropas de excelente factura. A ojos de Fersen...¡era evidente que su Marie Antoinette tenía que poder presentarse con un aspecto espléndido en Montmédy!.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 23 Mar 2010 00:29 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 15904
Para resumir, ésta es sólo una parte del proyecto de fuga, porque, por otro lado, se había previsto que el joven duque de Choiseul, un coronel de dragones reales de treinta y un años, se encargase de garantizar la seguridad por lo menos hasta Stenay, dónde el general Bouillé había afirmado que tendría tropas destacadas para escoltar a los viajeros hasta la cercana Montmédy.

Choiseul andaba sobrado de dinero...y ésa era una ventaja. La liquidez de Louis XVI y Marie Antoinette puede calificarse de "reducidísima" en esa época. La reina había conservado alhajas, que Fersen se había encargado de ir sacando de palacio poco a poco. Pero, obviamente, no se podían sacar a la venta ni poner en empréstimo las joyas de la soberana sin atraer una indeseable atención. La soberana había intentado obtener crédito de distintos monarcas europeos, desde su hermano emperador Leopold II hasta su cuñado Ferdinando I de Nápoles, incluyendo en la lista al rey de España. Ninguno había querido comprometer su dinero. Siendo un poquito cínicos (lo justo, en realidad...) podríamos señalar que la solidaridad entre reyes es muy bonita en la teoría, pero escasea en la práctica cuando supone arriesgar el dinero propio en una inversión de ese tipo, sin ninguna clase de garantías.

Así que Fersen había hecho un esfuerzo pecuniario tremendo. Sus relaciones femeninas fueron de gran utilidad: según Zweig, una dama sueca le prestó trescientas mil libras, suma idéntica a la que obtuvo de cierta señora rusa. El portero de la residencia parisina de Fersen también confiaba en él lo suficiente para prestarle tres mil libras...que podía parecer una miseria por comparación, pero venían de perlas. El dinero de Fersen se había ído, mayormente, en encargar el gran carruaje, nuevecito a estrenar, oliendo a barniz, así como adquirir disfraces, vituallas, etc. El dinero del duque de Choiseul valdría para, por ejemplo, abonar las postas del camino, dónde se cambiaban los caballos de tiro (un carruaje tan grande necesitaba como mínimo ocho, y había que contar con el carruaje de zaga). Choiseul debía preveer cualquier contingencia, teniendo aseguradas postas incluso por si surgían pequeñas desviaciones de la ruta ante una circunstancia imprevista que pusiese en riesgo la expedición. Además, sus dragones aparecerían en distintos lugares del trayecto precediendo a los viajeros, con el pretexto de que aguardaban la llegada de una comitiva que custodiaba una fuerte suma de dinero -un tesoro- que debía llegar a su destino sano y salvo por interés nacional. Era todo bastante rocambolesco. Se supone que una fuga debe ser un visto y no visto; pasar desapercibidos, no llamar la atención, es una regla de oro. Pero aquello cantaba por soleares. Dragones moviéndose en la noche para que viajase a salvo un tesoro...dos carruajes, uno de ellos inmenso y reluciente...ocupantes caracterizados para parecer simple gente de servicio de algún poderoso...todo demasiado teatral, por así decirlo.

Aquí no se trata de buscar culpables. Los que intentaron llevar a la familia real a Montmédy obraron desde profundas convicciones monárquicas. Incluso dejando de lado a Fersen, un sueco que se la jugaba por una reina francesa caída en desgracia. Madame de Tourzel adoraba a su Pauline, pero había antepuesto a su hija el juramento a los hijos de Francia; arrostraba el viaje con la certeza moral de estar cumpliendo un designio casi divino, a pesar de que los cólicos renales que sufría en esa época no eran demasiado compatibles con un viaje largo en carruaje por mucho que hubiesen forrado el interior de terciopelo blanco. Choiseul reverenciaba a Louis y Marie Antoinette. Había puesto todo su interés en ir escogiendo las postas necesarias, enviando sus dragones de avanzadilla con la fantástica historia del tesoro a proteger. Puede que le pareciese la coartada más ingeniosa -y nadie puede negarle cierto valor alegórico-.

Pero...comparad esa fuga con la de Provenza. ¿Quién era el listo de la familia? Evidentemente, Louis-Stanislas gana por goleada, incluso a ojos de alguien que, como yo, le tiene bastante antipatía.

Es sintomático que en vísperas de la fuga a Montmédy, en el campo imperial cambiasen de punto de vista. Mercy-Argenteau estaba perfectamente informado de casi todo, incluso en Bruselas se enteraba al dedillo de lo que se tramaba. Él, por su carácter, por la posición que ocupaba, desde la distancia, podía evaluar la situación fríamente. El resultado de la evaluación no era positivo, sino negativo. Lo comunicó a Leopold, quien intentó refrenar a Marie Antoinette. La animó a mantenerse en París, esperando a que surgiese el momento en que las potencias moverían a sus regimientos para auxiliarles. Eso contrastaba dolorosamente con la postura anterior de Austria: les apoyarían en cuanto los reyes hubiesen logrado evadirse de París para ponerse a resguardo en una plaza fuerte y leal. Marie Antoinette había optado por Montmédy...¡en Lorraine, en Lorena! Debió tocarle la moral que su hermano, ahora, saliese por peteneras. Frunciendo el ceño, se permitió murmurar: "La gloria de nuestra huída será NUESTRA". No podía aceptar, por orgullo, quedarse en París sometida a una Asamblea Nacional que se radicalizaba día a día mientras las potencias decidían cuando era el momento oportuno para mover regimientos. No podía hacerlo, por su marido y por ella misma, pero, especialmente, pensando en el futuro reinado de su hijo y en el porvenir de su hija.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 23 Mar 2010 01:08 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 15904
Más o menos...ahí tenemos un cuadro amplio de la situación. Os pido disculpas si no es lo suficientemente claro, si os resulta un embrollo un tanto confuso. He intentado, en la medida de lo posible, mostrar cómo surgió la huída a Montmédy que acabó siendo la Fuga de Varennes.

Ahora, sólo se trata de ver los acontecimientos desde un punto de vista concreto: el de Marie Therese, Madame Royale, Mousseline la Serieuse para su querido padre.

Marie Therese tenía ya doce años...camino de trece. Marie Antoinette había decidido que su hija debía ser informada de lo que íba a acontecer en la noche del 20 de junio de 1791. La muchacha podía entender la situación. Llevaba meses siendo consciente de la rapidez con la que se deterioraban las cosas en esa Francia regida desde la Asamblea Nacional, en particular después de que entrasen en vigor las leyes contra la Iglesia. La marcha de Mesdames Tantes había sido un golpe serio; la muchachita no íba a llorar de añoranza precisamente por sus estiradas y protocolarias tías abuelas, pero había visto palidecer a sus padres y a su tía mientras, en los días sucesivos, se repetían las manifestaciones de gente furiosa delante de las Tuilleries. La Pascua de 1791 había sido extremadamente humillante para la familia real: si querían cumplir la tradición de asistir a los oficios religiosos en Saint Germain, debían aguantarse con un cura juramentado. Louis XVI había sido muy sincero con su Mousseline la Serieuse: no podía asegurarle, le comentó, que Francia siguiese siendo su reino; quizá acabasen viviendo en cualquier otro país.

El mismo día veinte, Marie Antoinette sostuvo una larga charla con Marie Therese aprovechando que había salido con los niños a dar un paseo a media tarde por los hermosos jardines Tívoli, propiedad del financiero Monsieur Boutin. Lejos de los oídos indiscretos de las Tuilleries (en los palacios hasta las paredes tienen orejas), Marie Antoinette le explicó a Marie Therese, sucintamente, que debía estar preparada para que se produjesen acontecimientos notables en un corto plazo de tiempo. Pero se trataba de un asunto de gran envergadura, añadió. El pequeño Delfín, por ejemplo, no podía saber ni media palabra: era demasiado pequeño...y por naturaleza bastante indiscreto, algo que Madame de Tourzel intentaba corregir. Marie Therese debía cooperar, pues tenían que representar cada uno su papel en la jornada previa, en las horas inmediatamente anteriores, para que sus vigilantes no percibiesen ni una mínima señal de que estaban tramando una fuga. Si,por ejemplo, Marie Antoinette se mostraba excesivamente seria, distante o preocupada, Marie Therese debía servirle de tapadera a su madre comentando a las damas de honor que ella era la causante, porque no se estaba portando del todo bien y la reina había tenido que reprenderla, lo que la había disgustado. Esos detalles podían ser cruciales, indicó Marie Antoinette a Marie Therese.

La chiquilla, por lo tanto, estaba alerta. Cuando la marquesa de Tourzel, esa noche, despertó a Marie Therese y a Louis-Charles, la princesa se mostró instantáneamente preparada para hacer lo que se le mandase sin preguntas ni remoloneos. Se vistió con las ropas sencillas, modestas, que le entregaba la gobernanta, mientras se enteraba de que, en adelante, se llamaba Aglaé y era miembro del servicio de una tal baronesa von Korff. Con Louis-Charles, Madame de Tourzel hizo teatrillo: el niño estaba en una etapa en que le entusiasmaban los juegos de tipo militar, no había nada que le gustase tanto como ponerse una armadura en miniatura que le habían regalado y esgrimir una pequeña espada roma, sin punta. Su gobernanta le explicó que tenía que prepararse porque le llevaban "a ponerse al mando de un regimiento". Obviamente, el chiquillo pidió su uniforme, sus botas y su sable. Se mosqueó cuando Madame de Tourzel le explicó que, primeramente, debía ponerse un trajecito de niña que había dejado cuidadosamente embalado Pauline. Louis-Charles íba a transformarse en Amélie, hermanita de Aglaé. La idea no era plato de gusto para el mocosuelo, pero Marie Therese recordaría durante años que su hermanito, con sus rubios tirabuzones, estaba encantador con traje de niña.

Cuando los pequeños estuvieron disfrazados, les sacaron de palacio utilizando un atajo discreto a través de las habitaciones vacías del duque de Villequier. Les precedían las doncellas, Madame Brunier y Madame de Neuville; les acompañaba Madame de Tourzel; les guardaba las espaldas Monsieur de Malden. Enseguida llegaron al Petit Carrousel, un patio de dimensiones reducidas situado en un lado del ala norte de las Tuilleries. El patio conducía a una puerta, que llevaba al exterior, ala Rue de l´Échelle, callejuela que a su vez desembocaba en la más amplia Rue Rivoli. Un coche sencillo -el coche de zaga- aguardaba; sentado en el pescante, disfrazado, el conde de Fersen, que había conseguido -al fín- que le permitiesen ejercer de cochero y que mascaba tabaco a dos carrillos para meterse en su papel.

Algo más de una hora estuvo Madame de Tourzel en el interior del carruaje con los niños y las doncellas de ambos. Por suerte, Louis-Charles estaba cansado; le habían despertado, por un instante se había imaginado ataviado con un brillante uniforme, pero a cambio le habían puesto ropa de cría, le habían sacado a la calle y le habían metido en un carruaje. Fue mucho sobresalto del tirón, así que enseguida se acurrucó en las faldas de la gobernanta para volver a dormirse. Pero Marie Therese, Aglaé, permanecía sentada, silenciosa, tratando de dominar el desconcierto y preguntándose qué ocurriría a continuación. Lo que ocurrió es que Fersen dió una vueltecita para disimular, luego volvieron a situarse en el punto de arranque y, al cabo de un tiempo, se introdujo en el carruaje una mujer igualmente disfrazada. Marie Therese se dió cuenta de que era su tía Elisabeth. Sólo que Elisabeth se llamaba, de repente, Rosalie y se había transformado por arte de birlibirloque en una niñera.

El rey Louis, que había tenido que esperar a que la ceremonia del "coucher" se desarrollase con normalidad antes de que sus aposentos le garantizasen la privacidad necesaria para levantarse de nuevo a disfrazarse con ayuda del conde de Valory, fue el siguiente en aparecer en el coche. A esas alturas, Malden había vuelto al interior del palacio para escoltar hacia fuera a la única que faltaba en el grupo: Marie Antoinette. Había decidido ella misma ser la última en salir: pensaba, de forma un poquito supersticiosa, que si sorprendían a alguien, sería a ella, pero que los demás, una vez fuera, quizá tuviesen la oportunidad de marcharse antes de que se diese la alarma.

Louis XVI había estado muy nervioso. Una prueba fehaciente de ello es que, cuando Marie Antoinette entró en el coche, la abrazó con fuerza, con tal fuerza que casi la hizo daño, mientras repetía, en tono emocionado, cuán contento estaba de verla. Era una reacción emocional a la tensión de las horas precedentes y a la adrenalina que había circulado por sus venas durante los instantes en que habían cubierto sus rutas hacia el exterior de palacio. Fersen, entre tanto, había emprendido el tramo que les llevaba a través de la ciudad hasta la puerta de San Martín, para salir extramuros. Allí les aguardaba la berlina, el gran carruaje.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 23 Mar 2010 18:01 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 15904
Imagen
Cuadro que muestra a la familia real en Varennes, al ser abortada su huída hacia Montmédy. Marie Therese aparece buscando refugio en su madre, Marie Antoinette, mientras el pequeño Dauphin -ahí incongruentemente vestido de niño cuando íba disfrazado de niña...- parece buscar ese mismo refugio en Madame Royale. Madame Elisabeth contempla a su hermano, cuñada y sobrinos, mientras que Madame de Tourzel, sentada, llora amargamente.

La berlina consiguió abandonar París para alcanzar Bondy, la primera "poste", en la que Fersen abandonó, según lo establecido previamente, su papel de cochero y se separó del grupo. Para entonces, desdichadamente, ya se íba con retraso sobre el horario previsto. Habían necesitado un margen de tiempo mayor del inicialmente estimado para que todos los miembros de la familia hubiesen salido de las Tuilleries, momento en el cual pudo iniciarse el viaje; en su ruta por las callejuelas parisinas hacia la puerta de San Martín, hubo algún "despiste" que les hizo lograr el objetivo de llegar a Bondy más tarde de lo que habían esperado. La berlina se movía a unos diez kilómetros por hora, lo que obligaba a mantener el mismo ritmo al carruaje de zaga. Cierto que realizaron las paradas imprescindibles para "estirar las piernas", pensando sobre todo en los niños. Pero lo cierto es que se habían comprometido a ir cubriendo tramos de manera que alcanzasen la poste de Somme-Vesle, situada a unos veintidós kilómetros de Châlons-sur-Marne, entre las dos y media y las cuatro de la madrugada. Allí les aguardaba el duque de Choiseul con cuarenta compañeros dragones...y el peluquero de la reina, Léonard. Entre los retardos acumualados y las breves pausas, se íba a hacer bastante difícil conseguirlo; la cosa empeoró al producirse uno de esos incidentes con los que siempre hay que contar aunque se desee fervientemente que no se produzcan: alguno de los caballos de tiro tropezaron y cayeron, partiendo un arnés, lo que obligó a una detención para proceder a la obligatoria reparación del mismo.

Choiseul se íba a desesperar de lo lindo en Somme-Vesle. Cuando Valory, que precedía a la berlina a caballo, llegó a Somme-Vesle eran las seis de la mañana: no había ni rastro de Choiseul y sus dragones. Valory se quedó espantado, pues comprendió que Choiseul había dado por supuesto, ante el gran retraso, que la fuga se había abortado por cualquier motivo y se había retirado. La berlina y el carruaje de zaga alcanzaron Somme-Vesle a las seis y media. Hubo una inmediata sensación de desasosiego al explicarles Valory que no había logrado establecer contacto allí con Choiseul.

¿Qué podían hacer? Continuar hacia adelante, no había alternativa. A las ocho de la mañana, en Sainte Ménehould, no encontraron a Choiseul, pero sí estaban allí un grupo de dragones dirigidos por el capitán D´Andouins. Era un breve brote de esperanza, de que poco a poco las piezas que no habían encajado todavía empezarían a encajar aunque hubiese fallado el encuentro de Somme-Vesle. Pero, desdichadamente, Sainte Ménehould fue el sitio en el que Louis XVI asomó por un instante su cabeza por la ventanilla de la berlina...y tuvo ocasión de contemplarle un tal Drouet, oficial destinado en la "poste" de Sainte Ménehould, que, habiendo pertenecido él mismo durante varios años al Ejército, ya estaba más que razonablemente mosqueado por la sorprendente aparición de un grupo de dragones en aquel pueblo. Drouet tuvo la sensación de que el hombre que asomaba la cabeza por la ventanilla de la berlina guardaba un parecido llamativo con el rey Louis XVI. Hay que recordar que durante décadas habían circulado por Francia monedas y billetes con la efigie del rey; incluso los assignats recientemente implantados llevaban estampada la cara del monarca. Además, se habían difundido docenas de grabados de Louis y de Marie Antoinette. Los dos eran fácilmente reconocibles.

Drouet hubiera podido ser un ex soldado de sentimientos monárquicos. Si hubiese sido así, habría sacudido la cabeza, se habría convencido a sí mismo de que estaba soñando despierto y habría mantenido los labios sellados. Pero resultaba que era un ardiente partidario de la Revolución, detractor de Louis y de Marie Antoinette. Aunque la berlina siguió viaje -es decir, Drouet no dió una alarma instantánea ni trató de detenerles en ese punto-, habían sido descubiertos. En poco tiempo, Drouet había avisado a la municipalidad y salió detrás de los viajeros acompañado por un tal Guillaume. Se trataba de seguir los pasos...para saber hacia dónde íban...y poder realizar la detención cuando fuese oportuno.

En la berlina aún no tenían ni idea de que ya habían fracasado. Drouet y Guillaume enseguida determinaron que los fugitivos avanzaban rumbo a Varennes, así que los adelantaron para ir dando la voz de alarma. Varennes sería el sitio que se haría famoso por los siglos de los siglos debido a que allí fue interceptada la familia real de Francia.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 23 Mar 2010 20:54 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 15904
Durante meses y meses, mientras se íba elaborando el proyecto de fuga, barajando opciones, tomando decisiones, trazando al final una hoja de ruta definitiva con fecha de ejecución claramente establecida, los implicados siempre habían compartido la creencia de que se verían particularmente expuestos a que se les descubriese durante la salida de los distintos miembros de la familia de las Tuilleries, el trayecto desde el palacio hasta el exterior de París y en las primeras "postes". Surgió la impresión de que, si lograban vencer esos escollos iniciales, a medida que transcurriesen las horas y consumiesen kilómetros irían acrecentando sus posibilidades de éxito. De hecho, Marie Antoinette había sentido un nudo en el estómago hasta verse en las cercanías de Châlons-sur-Marne. En ese punto, la aprensión se diluyó casi por ensalmo y se dirigió a Valory para decirle:

-François, tengo la impresión de que todo está yendo bien y de que si hubiesen querido deternos ya lo habrían hecho.

Las palabras de Marie Antoinette habían representado un poderoso estímulo para Louis XVI. Hasta entonces, había permanecido allí, en el carruaje, replegado en sí mismo, silencioso e incluso algo taciturno. Repentinamente, empezó a conversar con Madame de Tourzel. Le confesó a la gobernanta cuánto le satisfacía haber dejado atrás su condición de rehén de la Asamblea.

Podéis suponer que si ése era el ánimo poco antes de sobrepasar Châlons-sur-Marne, después se hizo más patente la sensación de estar ganando la partida. Al aproximarse a Varennes, llevaban entre pecho y espalda veintidós horas de viaje. En Varennes, estaba previsto que les aguardasen dragones a cuyo mando estaría el mismísimo hijo del general Bouillé. Les escoltarían hasta Stenay, lugar en el que había tropas más que suficientes para garantizar plenamente que nada les ocurriría ya en los dieciséis kilómetros a Montmédy.

Figuraos lo que tuvo que ser verse interceptados en la puerta de entrada a Varennes. Drouet y Guillaume se les habían adelantado, alcanzando Varennes poco antes; inteligentemente, se habían dirigido a la más notoria taberna de la localidad, Le Bras d´Or, dónde, a pesar de la hora, aún encontrarían parroquianos a los que dar la voz de alarma. Para cuando los carruajes se encontraron a pocos metros de la puerta de acceso a la ciudad, resultaba que un grupo nutrido de jóvenes fornidos aguardaban allí con la misión de darles la voz de alto. En un santiamén, algunos hombres se habían acercado al postillón delantero mientras que otros rodeaban la berlina y el coche que íba a la zaga. Se había avisado apresuradamente al alcalde de Varennes, un tipo sencillo, que se ganaba la vida despachando vituallas en una pequeña tienda oscura. Ese hombre, de apellido Sauce, representaba la máxima autoridad en la localidad de Varennes, por lo que una circunstancia extraordinaria estaba a punto de lanzarle a las páginas de los libros de Historia.

Espoleado por Drouet, Sauce requirió los pasaportes de los viajeros. Marie Antoinette, exhibiendo mayor temple que el resto, los entregó. Los documentos, preparados por Fersen tiempo atrás, eran perfectamente convincentes, asignando a cada viajero una identidad ficticia que correspondía con el aspecto que les otorgaban los disfraces. Sauce de buen grado les hubiera dejado continuar trayecto para volverse a su casa a dormir. Pero Drouet insistía en que los documentos eran falsos y que quienes estaban allí, en esa carroza, eran el rey Louis, la reina Antoinette, Madame Royale y el Delfín. Dejarles marchar constituiría una traición a la Nación.

Dado que los congregados mostraban estar de acuerdo con Drouet, Sauce hubo de ceder. Decidió que los viajeros tendrían que hacer noche en Varennes, hasta que se esclareciesen las dudas que habían surgido acerca de sus identidades. Él ofrecía su casa, la más adecuada para alojarles provisionalmente.

Tuvo que ser un instante demoledor para Marie Antoinette, pero guardó la compostura. Debían atenerse al teatro que estaban representando, fingir que no les importaba que les llevasen a la casa del alcalde porque, obviamente, ellos eran los que los pasaportes decían que eran y no les cabían dudas de que la verdad prevalecería, etc. En realidad, Marie Antoinette confiaba en que los dragones que les esperaban en la parte alta de Varennes se enterasen de lo que estaba ocurriendo y pudiesen lanzar una acción fulminante de rescate. Así que, de momento, Louis, Marie Antoinette, Elisabeth, Marie Therese, Louis Charles, Madame de Tourzel, Madame Brunier y Madame de Neauville se agruparon para dirigirse a la casa de Sauce.

El edificio, en absoluto grande, consistía de dos plantas. La inferior, la que daba a la calle, estaba enteramente ocupada por la tienda del señor alcalde. Una escalera conducía al segundo piso, la vivienda en sí misma, compuesta por una sala y un dormitorio. Al franquear la puerta de acceso a la planta baja, los miembros de la familia real y la gobernanta se encontraron, por primera vez en sus vidas, en una residencia sencilla, humilde. Les sorprendió la atmósfera algo mareante en la tienda, resultado de la mezcla de olores entre embutidos y especias. Al alcanzar el piso superior, comprobaron que tendrían que apañarse los ocho en un espacio reducido, bastante revuelto y un poco sucio. Louis enseguida pidió un poco de queso y vino...en su línea. Marie Antoinette, en cambio, preguntó si podía disponer de unas sábanas limpias para que los niños pudiesen echarse a dormir.

Los niños estaban claramente impresionados, pero se les había repetido a menudo que, pasase lo que pasase, tenían que obedecer al instante las instrucciones de sus padres, su tía, la gobernanta o las doncellas. Es probable que Marie Therese captase la intención de Marie Antoinette al vuelo. La jovencita sabía que en Varennes había dragones absolutamente fieles a sus personas; había sido una desgracia que ninguno hubiese estado situado junto a la puerta de la ciudad para evitar lo que había ocurrido, pero sin duda se enterarían rápido de lo que pasaba y acudirían en su auxilio. Entre tanto, Marie Antoinette quería que descansasen y recobrasen las energías. Quizá les hiciese falta estar más espabilados de lo que estaban al cabo de veintidós horas de traqueteo casi incesante por los caminos de Francia.

En efecto, en Varennes no sólo estaban los dragones de Bouillé, sino que enseguida llegarían otros dragones liderados por el mismísimo duque de Choiseul, aquel del que no sabían nada porque no habían llegado a encontrarse con él en el punto fijado para la reunión. Al mando de sus hombres, Choiseul se las apañó para alcanzar la vivienda de Sauce, custodiada únicamente por unos aldeanos armados con horquillas. Pudo acceder al interior y presentarse ante los reyes. Pero no eran los únicos que aparecieron en escena, desde luego. Varennes era el típico sitio en el que nunca pasaba nada relevante...pero esa noche todo conducía a Varennes, un Varennes en el que las campanas habían redoblado por iniciativa de los jóvenes revolucionarios espoleados por Drouet, provocando que cada vecino estuviese ya plenamente despierto cuando a las seis de la mañana llegaron dos comisarios de la Asamblea Nacional.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 24 Mar 2010 19:39 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 15904
Claro...hay que tener en cuenta que temprano en la mañana del día 21 se había descubierto en las Tuilleries que "habían volado los pájaros", para usar la misma expresión que empleó alguien en ese momento. Al primer instante de perplejidad había seguido un considerable revuelo, que había ído caldeando la atmósfera hasta convertirla en "material altamente inflamable". La Asamblea Nacional no podía permanecer impasible ante semejante afrenta. Se despacharon comisarios en todas las direcciones, porque no se tenía ni idea de qué camino habían tomado los fugitivos, pero, aplicando la lógica, se podía llevar a la conclusión fácil de que enviando gente hacia cada uno de los puntos cardinales siguiendo las "postes" de rigor unos u otros obtendrían una pista consistente.

Efectivamente, sucedió así. Dos comisarios, apellidados Romeuf y Bayon, estaban en la ruta acertada; enseguida empezaron a oír hablar de dragones que precedían unos carruajes en los que se desplazaba "un tesoro" que requería especiales medidas de protección; todo apuntaba hacia Varennes. Al alcanzar Varennes, Romeuf y Bayon hallaron una población pequeña (no más de cien casas) completamente alborotada. Se enteraron de lo que sucedía instantáneamente: en la casa del alcalde Sauce, estaban unos viajeros misteriosos que Drouet y Guillaume habían afirmado que eran Louis, Antoinette y compañía.

Romeuf, un ayudante de campo de La Fayette, se siente morir a plazos. Al tener ocasión de tratar en las Tuilleries con cierta frecuencia a Louis y a Marie Antoinette, había llegado a concebir una verdadera simpatía hacia el monarca, tan genuínamente bondadoso y campechano, así como hacia la consorte, que, pese a su desastrosa reputación, le había parecido amable. Bayon, en cambio, es un revolucionario de la cabeza a los pies, un tipo más similar a Drouet o a Guillaume. Se muestra eufórico por haber llegado a tiempo para lanzarles a esos fugitivos a la cara el decreto que ha aprobado por vía de urgencia la Asamblea Nacional suprimiendo todas las prerrogativas y derechos de los Capetos. El decreto establece que quien los encuentre debe impedirles seguir su periplo para conminar al ex monarca a retornar a París.

La escena en casa de Sauce fue turbulenta. Cuando Louis recibe el decreto, lo repasa con ojos fatigados y se limita a murmurar: "Ya no hay rey en Francia". Lo dice en el mismo tono en el que podría haber dicho: "Ya no me dejan cazar faisanes" o "El verano está siendo pródigo en tormentas". Marie Antoinette, en cambio, se alza con la fuerza de una Habsburgo-Lorena hija de la nunca olvidada María Theresa: coge el papel, lo estruja y lo lanza al suelo lejos de los príncipes, asegurando que no desea que ese legajo "manche a mis hijos". Se produce un momento de fuerte tensión. Choiseul, que ha estado esperando a que los reyes le digan lo que debe hacer tras poner su sable y los de sus hombres a su disposición, recoge apresuradamente el papel que ha tirado Marie Antoinette, a la que Louis observa pasmado por la audacia que ha demostrado ella. Lo cierto es que, en ese instante crucial, es Louis quien flaquea: para pasmo de sus leales, declara que si los comisarios de la Asamblea tienen a bien permitirle echarse un sueñecito de dos o tres horas, está dispuesto a volver a París con su familia.

Louis ha tirado la toalla. Ni Marie Antoinette ni menos aún su hermana Elisabeth pueden contradecirle delante de los demás: la propia esencia de la monarquía implica que ellas, una reina consorte, una princesa, deben ser las primeras en mostrar pleno acatamiento a la palabra surgida de la boca de su soberano. En privado, quizá -sólo quizá- se hubiesen atrevido a dar rienda suelta a la frustración que les ocasiona la pusilanimidad de Louis. En cualquier caso, a Marie Antoinette le parece que eso puede valer...para ganar tiempo mientras se acerca a Varennes el general Bouillé con tropas en abundancia, avisados de lo que ocurre. Bayon, el comisario Bayon, parece adivinarle el pensamiento...o tal vez simplemente practica el adagio "piensa mal y acertarás". Dice en tono alterado:

-¡Ah!No quieren partir...Bouillé está cerca y esperan por él.

Se produce una agitación general. Los húsares de Choiseul, que están fuera, se ven aprisionados por la muchedumbre que grita desde el exterior: "¡A París!¡A París!". El alcalde Sauce tiembla. De momento, sus paisanos braman que hay que llevar a los reyes que escapaban a París, pero...¿y si empiezan a descontrolarse hasta el punto de exigir que les manden "à la lanterne", a colgar de un par de farolas? Sauce ruega al rey que comprenda que él y los suyos no pueden garantizarles la seguridad. Deben irse cuanto antes con los señores de la Asamblea. París se quedará la patata caliente, no la insignificante Varennes, dónde nunca había pasado nada relevante y de pronto esa noche descubre lo caprichosa que puede mostrarse la Historia con una pequeña población.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 24 Mar 2010 20:37 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 15904
El viaje de retorno a París fue una angustiosa pesadilla.

Recordaréis que los fugitivos habían llegado de París a Varennes en veintidós horas. Pues bien: para cubrir el mismo tramo en sentido contrario, se requirieron CUATRO DÍAS. Cuatro días de finales de junio, en los que hizo mucho calor. El sol parecía arder en el cielo y sus rayos se filtraban a través del techo del carruaje, haciendo que la temperatura en el interior de ese vehículo revestido de terciopelo blanco fuese elevadísima.

Los ocupantes se negaban a bajar las ventanillas. A lo largo de la ruta, en cada pueblecito que atravesaban, en cada "poste" en la que se detenían, se habían ído congregando gentes del pueblo llano que hervían de pura indignación. A sus ojos, Louis y Marie Antoinette habían sido un ejemplo supremo de odiosa ingratitud. Sí, había se había producido una Revolución, pero Louis había seguido siendo el rey y Marie Antoinette la reina; se les había instalado más que decorosamente en las Tuilleries, dónde habían podido conservar una corte que trataba de reproducir con exactitud el ceremonial de Versailles; en distintas ocasiones se les había permitido ir a Saint-Germain o a Saint-Cloud. Habían sido -pensaba la gente- tratados con muchos miramientos. Y ellos...¡se habían burlado de la Asamblea, por tanto de cada ciudadano de la nueva Francia! Se habían largado de las Tuilleries con nocturnidad y alevosía, disfrazados, con pasaportes falsificados, para marchar a Montmédy a ponerse al frente de una especie de "contra-revolución". Seguro que incluso se hubiesen dejado ayudar por soldados de países extranjeros con tal de volver a asentarse en Versailles para restaurar el Ancien Régime. La gente estaba más que soliviantada, al menos toda la gente arracimada en los caminos, porque, entre otras cosas, porque los franceses sencillos que aún apreciasen a sus soberanos y que comprendiesen su actitud, seguramente se habrían quedado a resguardo en sus casas.

Los insultos y las amenazas brotaban de boca de aquellas gentes, alcanzando de lleno el carruaje. Por eso los ocupantes hubiesen preferido asfixiarse antes que bajar las ventanillas. La experiencia hubo de resultar durísima para los adultos, pero...¿y para los niños? Es inimaginable el sufrimiento moral que debían estar conociendo en esas jornadas de junio Marie Therese y Louis-Charles.

En las obligadas paradas en las "postes", se produjeron escenas lastimeras. En una, Louis tuvo la "debilidad" de pedir, con su característica sencillez, una esponja humedecida a fín de poder limpiarse el polvo adherido a la piel de la cara. Un hombre le asestó una mirada implacable mientras respondía, con evidente sarcasmo ponzoñoso: "¿Polvo?Es lo que se saca viajando". Las implicaciones estaban claras: si los reyes hubiesen tenido la gallardía de permanecer en su sitio, en las Tuilleries, bajo custodia de la Asamblea Nacional, nunca se habrían encontrado con ese polvo en las caras. Louis, por suerte, parecía llevar horchata en las venas y no reaccionó. Pero para una mujer del fuste de Marie Antoinette debió ser terrible presenciar un episodio así. Y también tuvieron que sentirse heridas Madame Elisabeth o la jovencísima Madame Royale. No andaban escasas de orgullo.

En Châlons-sur-Marne, les salieron al encuentro tres delegados de la Asamblea Nacional. Con un extraño sentido de la equidad, les habían mandado a Barnave, un abogado netamente burgués en sus planteamientos y a Pétion, un exaltado jacobino, pero también a Maubourg, que seguía considerándose realista, es decir, un monárquico. Los tres se suben a la berlina, para viajar junto a los caídos en desgracia; obviamente, hay que apañarse dentro del coche para que haya sitio suficiente, así que, para que Barnave se coloque enmedio del rey y la reina, Marie Antoinette ha de sentar en su regazo a Louis-Charles; mientras, Marie Therese, Madame Royale, se encarama a las rodillas de Madame de Tourzel, junto a la cual se coloca Madame Elisabeth, quedando sitio para Pétion. El coche sigue avanzado, bamboleándose en los baches del camino. Pétion es el peor dispuesto, a priori, hacia Louis y, en particular, hacia Marie Antoinette "l´autrichienne". Por eso lanza un ataque insidioso. Comenta que en París se conocen ya pormenores de la fuga de las Tuilleries; les consta que la familia, al evadirse de palacio, se encontró convenientemente situado un coche de punto, un "fiacre", guiado por un sueco de apellido...de apellido...

Pétion se detiene, dejando en el aire esa alusión a Fersen, de cuyo apellido finge no acordarse, aunque todo en su actitud delata que está hablando del hombre a quien las malas lenguas atribuyen el papel de amante de la reina. Con su actitud, Pétion desea herir a Marie Antoinette avergonzándola delante de Louis. Pero Marie Antoinette porta en las venas la sangre de los emperadores. Se limita a responder con frialdad:

-No suelo preguntar el nombre de los cocheros.

A partir de ahí, persiste la tensión. La romperá el pequeño Delfín, que observa con infantil curiosidad los botones decorados de la levita de Barnave e intenta descifrar la inscripción grabada: "Vivre libre ou mourir". Se trata de un lema de los revolucionarios, una de esas frases que quiere resumir la esencia de ese movimiento sin parangón en la historia. Pero el niño, con la inocencia de su corta edad, está encantado por haber conseguido resolver el misterio de la frase inscrita en los botones. La que no se ríe es Madame Royale: los comisarios no dejan de turbarse ligeramente ante la seriedad reconcentrada de la muchachita. Ella, evidentemente, es lo suficientemente mayor para entender lo que significa la presencia de esos señores en su berlina, a diferencia del hermano.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 24 Mar 2010 21:39 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 15904
Evidentemente, hay un antes y hay un después de la fuga a Varennes.

El recibimiento del pueblo de París fue de una frialdad ominosa en extremo. La reputación de Louis se había estropeado de manera irremisible. Un extranjero, observador de los hechos, señalaría que la reputación de Marie Antoinette no había empeorado sustancialmente porque ya era rematadamente mala. Añadía que si la Asamblea Nacional no hubiera redoblado el dispositivo de seguridad en torno a los retornados a las Tuilleries, si la reina no estuviese fuertemente protegida y el pueblo parisino hubiese podido tenerla al alcance de la mano, probablemente hubiese sido linchada.

Marie Antoinette no estaba aturdida por el resultado de su escapada...o, al menos, no tanto para no evaluar fríamente su situación y tomar decisiones bien medidas. Durante el último tramo de viaje, se las había arreglado, por ejemplo, para acabar ganándose al abogado Barnave, dispuesto, en adelante, a ser un defensor decidido de la monarquía. Nada más llegar a las Tuilleries, conocedora de que la Asamblea Nacional pretendía interrogarles a Louis y a ella misma para esclarecer los entresijos de la fuga abortada, Marie Antoinette tuvo el ingenio de adelantarse pidiendo que se les permitiese dormir una noche antes de recibir a quienes hubiesen de recibir. Esa noche le permitió cuadrar su versión con la de su marido al milímetro, para no incurrir en enojosas contradicciones entre ambos que inculpasen a sus leales. Una de las preocupaciones fundamentales de Marie Antoinette era salvar a sus compañeros de aventura de cualquier castigo. Cargarían con la responsabilidad ellos dos, el rey y la reina, pero había que exonerar a los amigos e interceder a su favor. Por ejemplo, se evitó el encarcelamiento de Madame de Tourzel porque "se había limitado a cumplir órdenes" y "era una mujer gravemente enferma".

Eso no quiere decir que Varennes no dejase huella indeleble en Marie Antoinette. Físicamente, estaba devastada; psicológicamente, también. Sufría además lo indecible por no tener claro qué había ocurrido con Fersen. Pero que en esas circunstancias lograse usar la cabeza, demuestra cuánto había desaprovechado la mujer su potencial en las décadas anteriores (su gran pecado histórico, en mi opinión).

Marie Therese, la hija de Marie Antoinette, tuvo que ver en los meses siguientes de qué manera se estrechaba el cerco en torno a la monarquía. Aún había muchos que defendían la utilidad pública de contar con un rey y una reina, pero ese rey se enfrentaba a un serio descalabro de imagen y en cuanto a la reina, incluso entre los monárquicos habían aumentado los partidarios de una separación de la pareja que condujese a enclaustrar a Marie Antoinette en un convento. Se percibía claramente que Louis hubiera sido más maleable, más fácil de llevar por la senda de la nueva escena socio-política, de no estar a su lado Marie Antoinette.

Los detractores, evidentemente, cobraron bríos. Por primera vez, el republicanismo surgía como un concepto bastante consistente, con numerosos partidarios. Muchos periódicos se cebaron con el monarca, el "gordo seboso" (así se le llegó a denominar) que había tenido la desvergüenza de querer largarse a Montmédy. El episodio Varennes se explotó ampliamente para tratar de demostrar que la monarquía constitucional carecería de sentido con unos soberanos que todavía creían serlo por derecho divino -y que, paralelamente, cuando el pueblo les señalaba unos límites, aprovechaban la mínima para urdir una trama que les permitiese largarse a algún lugar desde el cual maniobrar contra la revolución, lo que equivalía a decir contra el pueblo-.

Esos detractores, los jacobinos, eran sin embargo percibidos como demasiado radicales por los burgueses que cuidaban sus apuestas políticas. Revolución sí, pero revolución para crear una nueva etapa en la que la monarquía cohabitase con una Asamblea Nacional dentro de un marco perfectamente constitucional: eso es lo que querían los moderados. Todavía predominaban en la Asamblea. Estaban dispuestos a hacer el paripé de interrogar a Louis y Marie Antoinette, reunirse a deliberar profusamente y acabar decidiendo que no se debía reprochar al rey su huída porque en realidad no había huído sino que había sido "raptado". Era un argumento absurdo, pero tenía que "colar". Cuando los jacobinos reaccionaron convocando una gran marcha de protesta en el Champ de Mars, el alcalde Bailly y La Fayette en su calidad de comandante de la Garde Nationale se encargarán de dispersarlos usando escuadrones de caballería, con alguna que otra salva de fusil. A veces, los argumentos que no tienen ni pie ni cabeza son útiles políticamente, debieron pensar. En cambio, permitir que los sectores más radicalizados de la Revolución hiciesen valer la verdad acabaría costando caro en términos políticos.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 26 Mar 2010 17:57 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 15904
Ejem ejem...

...no es de mi gusto "quejarme", jajajaja, pero no me importaría que de vez en cuando alguien dijese por lo menos "pamplona", para no sentir que estoy largando el mamotreto del siglo ;)

Volviendo por mis fueros...quería aprovechar para introducir dos imágenes de Marie Antoinette que me encantan. La una es un retrato que la muestra en el apogeo de su juventud, hermosa y resplandeciente. La otra la refleja algo más madura, aunque todavía una mujer de presencia imponente, muy elegante. En la segunda aparece sosteniendo un libro...algo que a mí me hace gracia, porque es un intento deliberado de romper de alguna manera la imagen absolutamente frívola de la soberana.

Imagen
Imagen

El fracaso de la proyectada huída a Montmédy de los reyes impresiona de forma más dolorosa si se tiene en cuenta que, simultáneamente, los Provenza habían triunfado en su intento de abandonar Francia. Louis-Stanislas había dirigido sus pasos a Bruselas, a dónde él, con su gentilhombre, llegó antes de que lo hiciesen Marie Josephe y su dama de honor. La alegría de Louis-Stanislas por verse libre no menguó ni un ápice al recibirse noticias del episodio de Varennes y de la humillante manera en que los soberanos habían tenido que regresar a París. Al contrario: Louis-Stanislas estaba que batía palmas con las orejas. Y su hermano menor, Charles-Philippe, conde de Artois, que se había dirigido rápidamente a su encuentro en esa ciudad que hoy en día es la capital belga, no estaba menos satisfecho con el curso de los acontecimientos.

Hilando con esto...Marie Antoinette había estado muy preocupada, en una permanente desazón que además debía ocultar, por el conde Fersen. El fracaso de la fuga a Montmédy obligaba a Fersen a "salir por piernas" lo antes posible. Marie Antoinette, devuelta a las Tuilleries, suponía que él estaría poniéndose a resguardo, pero no las tenía todas consigo; le preocupaba que él siguiese exponiéndose más de la cuenta. La primera nota que garabateó confiando en que un fiel la haría llegar a Fersen trataba de sosegar a Fersen respecto a la suerte que había corrido ella misma: "Esté usted tranquilo en cuanto a nosotros...Vivimos". Al cabo de unas horas, el día siguiente, Marie Antoinette había tratado de ser menos escueta: "Existo..., pero he estado muy inquieta por usted y le compadezco por todo lo que sufre al no tener noticias nuestras. ¿Permitirá el cielo que lleguen a sus manos estas líneas? No me escriba, porque sería exponernos a un peligro, y sobre todo no vuelva por aquí bajo ningún pretexto. Se sabe que ha sido usted quien nos sacó de aquí y todo estaría perdido si usted apareciera. Estamos con guardias a la vista noche y día, pero me es igual. Esté usted tranquilo, no sucederá nada. La Asamblea quiere tratarnos con dulzura. Adieu".

Fersen, a esas alturas, se las arregló para cruzar también la frontera de los Países Bajos, con la intención de seguir operando desde Bruselas. Habiendo fallado de modo estrepitoso la huída a Montmédy, sólo quedaba, pensaba él, mover los hilos en el exterior de modo que los soberanos europeos comprendiesen que debían lanzar una acción conjunta para tratar de salvar la monarquía en Francia.

La lealtad absoluta de Fersen contrasta intensamente con la actitud cachazuda y pragmática que íban a manifestar los soberanos europeos, emperadores, reyes o príncipes. En eso, Louis-Stanislas conde de Provenza y Charles-Philippe conde de Artois tuvieron una importante cuota de responsabilidad. Louis-Stanislas, con la euforia de su recien ganada libertad, se sacudió de encima a la vez el polvo del camino y el sentimiento de reverencia que hubiese debido albergar hacia su hermano mayor, el rey Louis XVI. Le convenía que Louis XVI, en las Tuilleries otra vez, fuese un rehen de la Asamblea Nacional. Eso le permitió proclamarse a sí mismo regente de Francia, dado que el monarca y el delfín estaban en una situación de incapacidad para ejercer sus roles históricos. El mensaje era claro. Si fallase Louis XVI y se malograse el niño destinado a convertirse en Louis XVII, no pasaba nada porque habría un Louis XVIII. Artois, por su parte, estaba encantado con el modo en que se conducía ese eventual Louis XVIII, es decir, el conde de Provenza. No en vano, Provenza carecía de hijos. En el caso de que llegase a ser monarca, su corona acabaría recayendo en el hermano menor y, posteriormente, en el hijo primogénito del hermano menor.

¿Cómo no se le íban a revolver las tripas a Fersen cuando asistía, en Bruselas, al espectáculo de un conde de Provenza y de un conde de Artois que jugaban una partida por el trono indiferentes por entero a la suerte de los prisioneros de las Tuilleries? En particular, porque eso empezaba a hacer mella en el ánimo de los soberanos europeos, emperadores, reyes o príncipes. El propio señor de Fersen, Gustav III de Suecia, escribió por entonces: "Todo depende de que pueda restablecerse la monarquía en Francia y debe sernos indiferente el que sea Louis XVI, Louis XVIII o Carlos X el que ocupe el trono, con tal de que el trono mismo sea restaurado y destrozado el monstruo del Manège (la Asamblea Nacional)". Otras testas coronadas quizá eludieron expresarse con la claridad con la que lo hacía Gustav III de Suecia, pero compartían ese planteamiento. Lo importante era evitar que esa Revolución francesa se convirtiese en un modelo exportable al resto de naciones europeas, porque eso les pondría a ellos en peligro; luego, había que buscar la ocasión y los medios para devolver a los franceses a la senda de la monarquía; pero no se trataba de apostar las monedas por Louis y Marie Antoinette, a los que, en el fondo, juzgaban merecedores de lo que les estaba pasando porque no habían sabido consolidarse en el poder y retenerlo; cualquier eventual heredero de la dinastía, fuese un Louis XVIII o un Charles X, valdría para restaurar las cosas.

Es dramático que en el extranjero empezase a asentarse esta pauta mientras que, en el interior, Marie Antoinette, sabedora de que la mayoría de la Asamblea aún quería "tratarles con dulzura" porque los elementos moderados temían demasiado verse desplazados por los elementos jacobinos, se esforzase por usar ese conocimiento para su ventaja. Marie Antoinette era una mujer cansada y herida; probablemente, no le importaba en exceso volver a reinar plenamente junto a Louis XVI, pero se trataba de abrirle el camino a su hijo, que debía ser Louis XVII. Lógicamente, en su mente no había ni un leve resquicio para que se colase la imagen de su cuñado Provenza haciendo de Louis XVIII ni de su cuñado Artois en el papel de Charles X.

Lo sustancial es que -de momento- Marie Antoinette pareció ganar un poco de oxígeno a medida que avanzaban las semanas. Cierto que ellos -los reyes- negociaban desde una posición muy precaria, pero en frente tenían a otros -los elementos moderados de la Asamblea- que necesitaban sacar adelante una constitución en la que se incluyese aún a la monarquía para frenar el avance de los jacobinos. La Asamblea Nacional se transformó en Asamblea Constituyente, para sacar adelante la Constitución que Louis XVI hubo de aceptar públicamente el 14 de septiembre de 1791. Pasaba a ser, de un plumazo, un soberano constitucional, que podía elegir ministros e incluso vetar las decisiones de la Asamblea Legislativa, pero era evidente que, en la teoría, estaría sometido a lo que pudiese determinar esa cámara porque...¿cómo vetar algo que hubiesen aprobado por amplia mayoría los representantes del pueblo? No era viable ejercer el derecho a veto. Aunque Louis sentía en el alma la humillación de tener que encajar esa Constitución, hizo el paripé que se le requería que hiciese: se presentó ante la Asamblea para sentarse no en un trono, sino en una silla bastante sencilla en cuyo respaldo se había pintado una flor de lis, para pronunciar un discurso monocorde. Marie Antoinette, con Madame Campan, asistió a la desoladora escena en un palco. Más tarde, concluída la "ceremonia", Louis, ya a solas con su esposa Marie Antoinette y con Madame Campan, se derrumbaría en una butaca. Los sollozos sacudieron su voluminoso cuerpo, mientras se lamentaba, sinceramente avergonzado y dolido, de que su esposa hubiese ído a Francia para acabar pasando por un trance semejante al cabo de años. Marie Antoinette, ahí, se mostró muy delicada en sus sentimientos hacia Louis, abrazándole para reconfortarle.
Todavía les quedaba un último sacrificio: acudir a una sesión de ballet para conmemorar la fecha y, después, presenciar desde un balcón del Ayuntamiento de París la espectacular sesión de fuegos artificiales.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 26 Mar 2010 18:10 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 26 Oct 2008 17:22
Mensajes: 973
Ubicación: Entre Pinares
Minnie te estoy siguiendo (grin) la verdad que me está sorprendiemdo la historia de Marie Therese... Qué casualidad pero yo ahora estoy leyendo el libro de Maria Antonieta se Stefan Zweig. :yay:

_________________
Orléans Imagen


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 26 Mar 2010 18:28 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 15904
A pesar de que, en la teoría, los monarcas habían "festejado" esa Constitución, en la práctica Marie Antoinette seguía embarcada en un incesante trabajo clandestino para conseguir la ayuda decisiva de otras potencias a través de la organización de un "congreso armado". Ella no sabía lo que un Fersen, en el extranjero, ya intuía claramente: que los soberanos miraban cada uno por lo suyo y no pensaban arriesgar en una acción determinante a favor de sus infortunados colegas franceses.

Tomando de referencia la actividad secreta de Marie Antoinette, sus probabilidades de éxito, de por sí escasas, se fueron al garete en marzo de 1792. Justamente el día 1, para estrenar el mes, fallecía repentinamente, a los cuarenta y cuatro años de edad, el emperador Leopold II. Sólo seis meses antes, Leopold y su esposa española, María Ludovica, habían presidido en Praga el espléndido carrusel de eventos que habían rodeado su coronación solemne como reyes de Bohemia. Se suponía que les quedaba, a ambos, cuerda para rato, aunque la salud de María Ludovica, en concreto, era un poquito endeble a cuenta de los dieciséis partos que había vivido desde su matrimonio. Pero Leopold murió el 1 de marzo de 1792. Le sucedía el mayor de sus hijos varones, Francis, de veinticuatro años, casado en segundas nupcias con su prima María Teresa de Nápoles. María Ludovica se retiró a un discreto duelo, pero enseguida enfermó gravemente y fallecería en mayo, dos meses después de haber visto morir a su marido.

El ascenso al trono imperial de Francis...

Imagen

...representaba un nuevo hándicap para Marie Antoinette. Leopold podía haberse comportado -de hecho estaba comportándose...- como un astuto político, que tomaba sus decisiones después de que trabajase a fondo la materia gris de su cerebro, a mayor gloria de su dinastía y de su imperio. Pero había sido el segundo emperador Habsburgo-Lorena, en sucesión a su hermano Joseph II; no le era dado echar en el olvido que le había engendrado Franz von Lothringen, François de Lorraine, en el útero de la gran María Theresa; no podía desligarse de la suerte de su hermana pequeña Marie Antoinette, en particular cuando otra hermana, María Carolina, escribía profusamente desde Nápoles exhibiendo su sufrimiento moral por lo que estaba pasando la reina francesa. La cuestión estribaba en que Leopold asumía, internamente, que tarde o temprano debería acudir en auxilio de Marie Antoinette; sólo que pretendía hacerlo cuando menos oneroso le resultase a su Imperio.

Francis era harina de otro costal. Él era un nieto de Franz von Lothringen, François de Lorraine, y de la gran María Theresa, sí. Por añadidura, estaba en esa época felizmente casado con su prima María Teresa, cuya madre era María Carolina, la hermana predilecta de Marie Antoinette. Por tanto, tanto Franz como María Teresa venían siendo sobrinos carnales de Marie Antoinette y al menos en el caso de María Teresa, ésta había crecido escuchando relatos enternecedores de la madre en relación con la tía. Pero a Francis eso no le hacía sentirse en absoluto implicado con Marie Antoinette. En la partida europea de la época, estaba dispuesto a jugar sus cartas -las cartas del Imperio- según conviniese, sin pensar ni por un momento en si favorecía o perjudicaba a Marie Antoinette. El diplomático austríaco Mercy-Argenteau, que había pasado tantos años en Francia en un papel de consejero privilegiado de Marie Antoinette y que llevaba un tiempo en Bruselas, resumió perfectamente la situación al indicar, con cierta crudeza, que Marie Antoinette tampoco era un ejemplo de archiduquesa que hubiese servido o sirviese de modo prioritario a los intereses de los Habsburgo-Lorena. Dicho de otra manera: cuando habían entrado en conflicto la archiduquesa de Austria y la reina de Francia dentro de la cabeza y del corazón de Marie Antoinette, no necesariamente había prevalecido la archiduquesa de Austria.


Arriba
 Perfil  
 
 Asunto: Re: MARIE THERESE, L´ORPHELINE DU TEMPLE
NotaPublicado: 26 Mar 2010 18:30 
Desconectado
Avatar de Usuario

Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 15904
Orléans escribió:
Minnie te estoy siguiendo (grin) la verdad que me está sorprendiemdo la historia de Marie Therese... Qué casualidad pero yo ahora estoy leyendo el libro de Maria Antonieta se Stefan Zweig. :yay:


Es muy emotivo...¿verdad? A mí me entusiasma la biografía -más reciente- de Antonia Fraser, porque para mí los libros de Antonia son invariablemente un "must to have" absolutamente delicioso. Pero la obra de Zweig me atrapa cada vez que la "revisito". Encuentro fantástico el modo en que Zweig se adentra en las emociones de Marie Antoinette, la hace muy cercana y se la acaba queriendo mucho ;)


Arriba
 Perfil  
 


Mostrar mensajes previos:  Ordenar por  
Nuevo tema Responder al tema  [ 109 mensajes ]  Ir a página Anterior  1 ... 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10  Siguiente


¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: No hay usuarios registrados visitando el Foro y 0 invitados


No puede abrir nuevos temas en este Foro
No puede responder a temas en este Foro
No puede editar sus mensajes en este Foro
No puede borrar sus mensajes en este Foro
No puede enviar adjuntos en este Foro

Buscar:
Saltar a:  



Style by phpBB3 styles, zdrowie zdrowie alveo
Powered by phpBB © 2000, 2002, 2005, 2007 phpBB Group
Base de datos de MODs
Traducción al español por Huan Manwë para phpbb-es.com
phpBB SEO
Crear Foro | Subir Foto | Condiciones de Uso | Política de privacidad | Denuncie el foro