Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: MARIE DE MEDICI
NotaPublicado: 30 Mar 2008 12:16 
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Una reina de biografía extremadamente compleja...

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Última edición por Minnie el 30 Mar 2008 14:59, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: 30 Mar 2008 12:57 
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LOS ABUELOS PATERNOS

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Cósimo I dei Medici, duque de Florencia desde 1537, se convirtió en el primer gran duque soberano de Toscana a partir de 1569, título que ostentaría hasta su fallecimiento acaecido en 1574. Cósimo, hijo del célebre condiotteri Giovanni dalle Bande Nere y de la esposa de éste, María Salviati, había crecido alejado de la corte medicea, en Mugello; pero, a los diecisiete años, el asesinato de Alessandro dei Medici le convirtió en el heredero de esa familia de ricos mercaderes que había protagonizado una notable ascensión social en el siglo anterior. Cósimo I demostraría ser un hombre vigoroso, en el plano físico y en el mental; puso su enorme energía y fuerza de voluntad al servicio de su ambició desde el primer momento. Logró el reconocimiento y el apoyo explícito del emperador germánico Charles V, a cambio de prestarle su ayuda en las guerras contra los franceses que se sucedían en suelo italiano. Ese movimiento permitió a Cósimo apuntalarse en el poder y retenerlo sin grandes dificultades en las décadas siguientes.

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Eleanora di Toledo, dama de la nobleza española en tanto que hija de don Pedro Álvarez de Toledo, a su vez hijo de Fadrique Álvarez de Toledo, segundo duque de Alba, y la esposa de éste, Isabel Zuñiga, perteneciente al linaje de los duques de Béjar. Don Pedro se había casado a su vez María Osorio Pimentel, marquesa de Villafranco del Bierzo. Convertido en el poderoso virrey español en Nápoles, Pedro tuvo de María tres retoños: Ana, García y Eleanora. La menor, Eleanora, se transformaría con los años en la primera esposa de Cósimo I dei Medici.


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NotaPublicado: 30 Mar 2008 13:15 
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LOS ABUELOS MATERNOS

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Ferdinand I de Habsburgo, archiduque de Austria desde 1521, rey de Hungría y Bohemia desde 1526 y finalmente emperador germánico tras la abdicación de su hermano mayor Charles V en 1556. Ferdinand había nacido en Alcalá de Henares, cerca de Madrid, como el segundo hijo varón que Juana de Aragón y Castilla (posteriormente reina Juana I de Castilla) dió a su marido Felipe "El Hermoso" de Austria. A través de su padre Felipe, Ferdinand era nieto de Maximilian I, emperador germánico, y de la más notable heredera del siglo quince, María de Borgoña. A través de su madre Juana, Ferdinand era nieto de Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla, los célebres "Reyes Católicos".

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Anna Jagellonica de Bohemia y Hungría era hija del rey Vladislav II de Bohemia y Hungría, engendrada por éste en su legítimo cuarto matrimonio con Anne de Foix, cuyo padre había sido un conde de Candale y cuya madre había sido una auténtica princesa de Navarra. Anna Jagellonica heredó los derechos dinásticos sobre los reinos de Bohemia y Hungría a la muerte de su hermano el rey Louis II, que no había tenido hijos con su mujer María de Austria, hermana de Ferdinando.


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NotaPublicado: 30 Mar 2008 13:36 
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LOS PADRES

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Francesco dei Medici, hijo varón primogénito de Cósimo I y de Eleanora, por tanto heredero de los títulos y dominios de su padre. Era un hombre de gran cultura, decidido a mantener el tradicional mecenazgo de los príncipes mediceos hacia arquitectos y pintores, así como a potenciar el desarrollo de la artesanía; en un ámbito más privado, desarrolló una extraordinaria pasión por la química y la alquimia.

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Johanna de Austria, nacida en Praga, era la menor de los quince hijos que Anna Jagellonica había concebido en su matrimonio con Ferdinand I. A modo ilustrativo: cuando Johanna llegó al mundo, su hermana primogénita, Elisabeth, nacida veintiún años atrás, ya había fallecido dejando viudo al rey Sigismund II Augustus de Polonia. Para mantener la alianza polaca, por cierto, la difunta Elisabeth fue reemplazada por una hermana soltera, Catharina, que le sacaba a la bebé Johanna catorce años de ventaja. Otras hermanas mayores de Johanna fueron Anna, casada con el duque de Baviera; María, casada con el duque de Jülich-Cleves-Berg; Eleonor, casada con el duque de Mantua y Bárbara, casada con el duque de Ferrara.


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NotaPublicado: 30 Mar 2008 14:08 
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MARIE

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Marie dei Medici nació el 26 de abril de 1575 en el Palazzo Vecchio de Florencia. Era la sexta hija que ponía en el mundo Johanna: antes de dar a luz a Marie, había tenido, por orden de mayor a menor, a Eleonora, Romola, Anna, Isabella y Lucrezia. La elevada tasa de mortalidad infantil se hizo sentir en esa progenie de sexo femenino: la princesita Romola no llegó a vivir quince días a partir de su llegada al mundo a finales de noviembre de 1568; la princesita Isabella falleció cuando le faltaba mes y medio para cumplir dos años, en agosto de 1572 y la princesita Lucrezia fallecería también antes de alcanzar su segundo aniversario, en agosto de 1574. De manera que, en realidad, Marie creció sólo junto a dos de sus hermanas, Eleonora y Anna, así como junto a un hermano menor, el ansiado varón, Filippo, que, no obstante, se malograría a los cinco años de edad.

Johanna, la madre, era una mujer profundamente infeliz. De salud delicada y con propensión a una intensa melancolía, probablemente heredada de su abuela paterna la reina Juana I de Castilla en honor a la cual había recibido el nombre de pila, Johanna siempre parecía vagar de un lado a otro con la mirada siempre perdida en las vidrieras que cubrían las ventanas de sus aposentos. Años atrás, cuando había llegado al Palazzo Vecchio florentino como una novia pálida, consumida por la añoranza de su país natal y de su familia, asustada ante lo que le esperaba en la corte medicea, su suegro, Cósimo I, había tenido el amable detalle de mandar a los mejores artistas de la época que representasen en vidrieras rincones de Viena y Praga, para que la visión proporcionase cierta alegría a la nuera. Johanna había apreciado la gentileza de Cósimo I, pero ni siquiera éste había logrado que Francesco tratase con afectuosa cortesía a la esposa que se le había proporcionado por razones evidentemente dinásticas. Y el trato humillante que Francesco inflingía a Johanna, a quien sólo utilizaba para cumplir el expediente de procrear, acabó por destruír la salud física y mental de la joven esposa.

Ciertamente, Francesco no dispensaba tampoco la menor consideración a las hijas que le ofrecía Johanna. Estaba claro que Johanna podía concebir y alumbrar, pero sólo daba a los Medici una sucesión de princesas de las cuales algunas fallecían a temprana edad. Hasta que no nació Filippo, Johanna no cumplió realmente su deber hacia la dinastía: asegurar la continuidad. Desdichadamente, Johanna no disfrutó demasiado de sus tres hijas supervivientes -Eleonora, Anna y Marie- ni de su hijo -Filippo- ya que falleció prematuramente, con treinta y un años recien cumplidos.


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NotaPublicado: 30 Mar 2008 14:31 
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LA AMANTE

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Francesco no esperó a que se enfriase el cadáver de su esposa Johanna de Austria para casarse, secretamente, con la mujer que era su amante desde hacía varios años: Bianca Cappello. Esas prisas por oficializar una relación que había dado origen a un notable escándalo contribuyeron, no poco, a que arreciasen los rumores acerca de una "intervención humana" en la muerte de Johanna. Los florentinos suponían que se la había envenenado, igual que se recordaba que un tiempo atrás el primer marido de la amante, a todas luces un estorbo, había perecido cosido a puñaladas por unos misteriosos enmascarados en una callejuela de la ciudad. Sin duda, el fallecimiento de Pietro Bonaventuri merecía el calificativo de vil asesinato, pero, en lo que se refiere a Johanna, no hay pruebas de que se indujese su fín mediante el uso de algún veneno. En realidad, no tenía sentido hacerlo: la pobre mujer, de salud frágil, se había deteriorado tanto a raíz de los sucesivos embarazos y partos, que cualquiera le hubiese pronosticado una corta vida.

El hecho es que los hijos huérfanos de Johanna (Eleonora, de doce años; Anna, de nueve años; Marie, de cinco años y Filippo, de apenas un año) se encontraron con que el padre transformaba en matrimonio su hasta entonces flagrante concubinato con la hermosa veneciana Bianca Cappello, viuda de Bonaventuri. Resultaba un trance bastante amargo. Filippo, un bebé, permanecía en una dichosa ignorancia de lo que acontecía, pero no ocurría lo mismo con Eleonora, Anne y Marie. Ellas habían visto a su infortunada madre consumirse en una lacerante soledad, mientras Francesco situaba a la amante Bianca en la fabulosa Villa Medicea y la colmaba de valiosas alhajas para demostrarle su pasión infinita. La vergüenza las llenaba ahora que la "puttana" de su padre sucedía a la madre en el rango de gran duquesa de Toscana, llevando colgada de las faldas a su hija del matrimonio anterior, Pellegrina, y alardeando de que pronto proporcionaría hijos varones a su orgulloso esposo.

Las niñas sabían que Florencia entera rumiaba su cólera. Bianca, con su dudosa trayectoria, nunca había contado con las simpatías de la población, que reprochaba la dependencia de Francesco hacia "la veneciana". Todos recordaban que Cósimo I, en su matrimonio con Eleonora di Toledo, había manejado con cierta discreción sus aventuras con otras mujeres para no dañar el prestigio de su casa; tras la defunción de Eleonora di Toledo, Cósimo había vuelto a contraer nupcias con su adorada Camilla Martelli, pero lo había hecho de forma que no ofendiese a nadie la presencia de la mujer en el entorno palaciego. Francesco y Bianca suponían, por el contrario, una abierta provocación. Se decía que el hermano que seguía en edad a Francesco, Ferdinando, cardenal de la Iglesia, observaba con repugnancia a su nueva cuñada y esperaba el momento propicio para deshacerse de ella. El panorama, desde luego, se prestaba a esa clase de conjeturas, lo que acentuaba la sensación de bochorno de las hijas de la archiduquesa Johanna.


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NotaPublicado: 30 Mar 2008 14:34 
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SOLITUDINE

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Marie.

La soledad se abatió sobre Marie en el año 1584, cuando contaba once años de edad. Filippo había muerto dos años atrás, en 1582, dejando sin heredero directo al gran duque Francesco I: su controvertida gran duquesa Bianca había intentado remediar la carencia fingiendo un embarazo que le permitiese introducir en palacio, de contrabando, a un niño adquirido a saber por qué medios, a quien se denominaría Antonio. En el Palazzo Vecchio, Eleonora, Anna y Marie se habían mofado de los desesperados intentos de Bianca por asegurarse la posición que ocupaba incluso para cuando falleciese Francesco. Obviamente, el cardenal Fernando, que se encontraba en línea de sucesión, no pensaba verse relegado por un "falso hijo" de su hermano Francesco y la Cappello.

En 1584, confluyeron dos acontecimientos. Nada más empezar el año, Anna, que nunca se había distinguido por su robustez, contrajo una enfermedad que la llevó a la tumba a mediados de febrero: tenía solamente quince años.

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Anna dei Medici, prematuramente muerta.

Marie, angustiada, buscó de forma natural consuelo y aliento en su hermana Eleonora. Pero Eleonora no tuvo mucho tiempo para tratar de infundir resignación cristiana y ánimo en la pequeña, dado que, para entonces, se habían acordado sus nupcias.

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Eleonora dei Medici.

En el mes de abril, dos meses después de haber enterrado a Anna, Eleonora hubo de despedirse, entre lágrimas, de Marie, para emprender viaje a Mantua. Allí la esperaba Vincenzo Gonzaga, hijo de Guglielmo de Mantua y de Eleonore de Austria, una hermana de la extinta Johanna. Vincenzo había anulado su primer matrimonio con Margherita Farnese para casarse con su prima Eleonora dei Medici.

Sin Eleonora y sin Anna, Marie ya no tenía ningún punto de referencia afectivo. Ninguno...excepto su hermana de leche, Leonora Dori. Leonora Dori, hija de un carpintero y de una sirvienta de palacio que había amamantado en su día a Marie, íba a convertirse en una personita esencial en la vida de la princesa medicea. Dado que poseía un marcado carácter, Leonora Dori llevaría la voz cantante en la relación, en tanto que Marie se sometería cada vez más a la voluntad de su queridísima compañera -la única que se le permitía tener, por otro lado, de forma que no resulta nada extraña la dependencia desarrollada por la princesa hacia la doncella-.


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NotaPublicado: 30 Mar 2008 17:54 
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1587

1587 resultó un año crucial para el gran ducado de Toscana: el 17 de octubre, con escasas horas de diferencia, fallecían Francesco I y Bianca Cappello. El suceso se produjo en la hermosa villa de Poggio en Caiano, en las afueras de Florencia, dónde ambos disfrutaban de unos semanas de esparcimiento: a los pocos días de haberse establecido allí, el gran duque empezó a sentirse realmente enfermo, con sudores fríos, unos intensos retortijones, violento ardor de estómago, subida de temperatura que le llevaba al delirio, etc. Los mismos síntomas se manifestaron en Bianca. Ambos padecieron terribles agonías antes de morir, él primero, ella después, en distintas horas del mismo aciago día.

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Francesco.

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Bianca.

Aquella súbita indisposición de la pareja con resultado letal íba a provocar un inmenso revuelo. Mientras los dos luchaban en vano contra la muerte en sus lechos, el hermano de Francesco, el cardenal Ferdinando dei Medici, tomó en sus manos el gobierno del ducado. Obviamente, las primeras disposiciones de Ferdinando tuvieron que ver con los grandes duques que se encontraban al límite de sus fuerzas. Con prontitud, emitió cartas dirigidas principalmente a la Santa Sede para asegurar al Papa que los males de Francesco derivaban de los imprudentes hábitos de vida de éste, que abusaba sistemáticamente de su propio estómago con pantagruélicas comidas regadas con abundante bebida varias veces al día; el colapso de Bianca se habría producido debido a la conmoción que le había causado ver a su marido, de quien ella dependía por entero, en semejante trance. Alternativamente, se sugirió que podían haber contraído algunas fiebres perniciosas, quizá un acceso de malaria. En cuanto fallecieron, se enviaron médicos a realizar autopsias, pero autopsias que confirmasen la tesis de Ferdinando, por supuesto. Al fín y al cabo, ahora era, por derecho, el gran duque Ferdinando I de Toscana.

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Ferdinando I de Toscana.

Los florentinos se despachaban a gusto, y los ecos de sus comentarios traspasaban los muros del Palazzo Vecchio en el cual residía la princippessa Marie, única hija legítima del finado gran duque que permanecía soltera. Francesco y Bianca se habían ganado una fervorosa antipatía por parte de sus súbditos; no obstante, éstos consideraban ciertamente sospechosa la desaparición simultánea de ambos y daban por seguro que el nuevo soberano tenía mucho que ver con aquellos fallecimientos en Poggio. De pronto, la leyenda negra de los Medici resurgía en toda su crudeza. Un nido de víboras, eso era aquella familia. ¿O acaso la pobre Eleonore de Toledo, decían los ancianos, no había muerto con el corazón destrozado después de presenciar cómo su marido, Cósimo I, atravesaba con una espada a uno de los hijos de ambos, García, muchacho de dieciséis años que en el curso de una disputa había asesinado a su hermano Giovanni, de diecinueve años? Giovanni había perecido a manos de García, igual que ahora Francesco había muerto por voluntad de Ferdinando. Vaya dinastía de fatricidas, repetía la gente por doquier.

¿Qué pensaba al respecto Marie? Es algo que se ignora. Aparentemente, dió por válida la versión oficial que trataba de divulgar su tío Ferdinando. Lo cierto era que Marie no sentía ninguna vinculación afectiva hacia su padre Francesco: si tomó el cuidado de ponerse trajes de luto, lo hizo por respeto a las convenciones y por no arruinar su propia reputación, pero no por homenaje sincero al muerto. En lo que atañía a Bianca, para Marie había sido una mujer odiosa y odiada: con seguridad le alegró enterarse de que el tío Ferdinando le negaba un entierro en el panteón de los Medici a aquella avariciosa y ambiciosa "puttana" veneciana. A Marie le interesaba creer lo que contase el tío Ferdinando, de quien, en cualquier caso, se esperaba que cuidase más de lo que hubiera cuidado Francesco los intereses de esa muchacha que mezclaba en sus venas sangre Medici con la sangre imperial de los Habsburgo.

Nota histórica: hasta el año 2007, no se ha sabido realmente la causa del fallecimiento de Francesco y Bianca. En ese año, un equipo mixto de investigadores franco-italiano logró someter a avanzados análisis los restos forenses de la pareja, descubriendo, después de tantos siglos, una elevada concentración de arsénico. Ese hecho despejó las dudas. La investigación, publicada en el British Journal of Medicine, revela que, en efecto, los rumores no andaban nada desencaminados: los grandes duques murieron envenenados.


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NotaPublicado: 30 Mar 2008 18:20 
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1589

En 1589, una Marie en el apogeo de su juventud...

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...fue vista por los florentinos participando en los festejos programados con motivo de la boda de su tío Ferdinando I con la princesa Christine de Lorraine. Desde que había ascendido al trono ducal, Ferdinando había iniciado el proceso para ser liberado de su condición de eclesiástico: el capelo cardenalicio imponía, en teoría, celibato, lo cual era incompatible con un necesario matrimonio de Estado que proporcionase una nueva generación medicea. El Papado había accedido a las demandas de Ferdinando, de manera que éste pudo dedicarse a negociar un compromiso bastante distinguido con la casa de Lorraine.

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Christine de Lorraine, nueva "tía" de Marie.

Christine de Lorraine representaba, antes que nada, una nueva conexión con Francia. Su padre era el duque Charles II de Lorraine, también duque de Bar, y su madre había sido la princesa Claude de Valois, una de las hijas del rey Henri II con Catherine dei Medici. De hecho, al quedarse huérfana de madre a los diez años de edad, Christine había sido enviada a la corte francesa para que tutelase su educación la abuela Catherine dei Medici. A ojos de los franceses, Catherine era una especie de moderna reina Jezabel: devorada por una ambición que no conocía escrúpulos de conciencia, no dudaba en librarse de los que la estorbaban mediante el uso de venenos, lo que revelaba una perfidia "muy italiana". La leyenda negra de Catherine no moriría ni siquiera cuando muriese ella. Sin embargo, para Christine, Catherine era una abuela solícita y devota, un personaje entrañable, aunque comprendía que aquella mujer gruesa permanentemente envuelta en velos negros se debía ante todo al gobierno de Francia. Cuando Catherine comunicó a Christine que debía viajar a Florencia para asegurar la continuidad de la dinastía Medici, la muchacha se sintió orgullosa de la especial confianza que depositaba en ella la anciana -una Medici, también-.

La llegada de tía Christine mejoró las cosas para Marie. La flamante gran duquesa era una mujer íntegra y honesta, con una excelentísima educación y un notable interés tanto por las artes como por las ciencias. En una época ulterior, Christine participaría incluso en intrincados debates con el filósofo Boscaglia y el teólogo Castelli a propósito de si giraba el sol alrededor de la tierra o la tierra alrededor del sol: la referencia de ese debate, motivó que el mismísimo Galileo Galilei escribiese su celebérrima "Carta a la Gran Duquesa Christine" exponiendo, con maestría, sus argumentos. Ese detalle revela hasta qué punto había llegado el afán por saber más de Christine de Lorraine. Una mujer así enseguida reparó en las deficiencias de la educación de su sobrina política Marie, que había crecido tan aislada y descuidada en el Palazzo Vecchio. De repente, hubo un nuevo interés por proporcionar a Marie una formación digna de una princesa renacentista italiana. En un sentido puramente pragmático, eso mejoraba también sus opciones matrimoniales.


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NotaPublicado: 30 Mar 2008 18:49 
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MATRIMONIO PARA MARIE

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Marie joven princesa florentina.

Hacia finales de 1596 o principios de 1597, la corte medicea empezó a considerar un eventual matrimonio francés para Marie. La dinastía Valois se había extinguido al morir sin herederos el rey Henri III en el año 1589, un hecho luctuoso para la gran duquesa Christine de Toscana, pues ella era sobrina carnal del finado. A partir de entonces, se abría una nueva etapa dinástica en Francia ya que el príncipe de sangre con mayores derechos a encaramarse en el trono vacante era Henri de Bourbon, rey Henri III de Navarra en calidad de heredero de su difunta madre de la casa navarra de Albret, Jeanne.

Formalmente, Henri III de Navarra, que pasaba a intitularse Henri IV de Francia, estaba casado. Le habían unido en matrimonio a una prima suya, la princesa Marguerite de Valois, generalmente llamada Margot, una de las hijas de Henri II y Catherine dei Medici. En realidad, la boda de Henri y Margot había permitido una inusual concentración de protestantes en la capital francesa, lo que permitió a la reina viuda Catherine dei Medici ordenar que se llevase a efecto la famosa masacre de miles de hugonotes que pasaría a la historia con el nombre de matanza de la noche de San Bartolomé. Henri y Margot, por lo de pronto, tuvieron una noche de bodas empapada de sangre, sangre que fluía a borbotones por las calles parisinas y que incluso llegó a manar abundamente dentro del palacio real mientras los católicos se cebaban con los hugonotes. No fue, desde luego, un comienzo que augurase nada bueno, aunque habría que señalar que Margot, sintiéndose horrorizada por haber sido utilizada por su familia como un cebo para atraer a la ciudad a tantas personas que íban a acabar perdiendo la vida enmedio de una atroz carnicería, demostró entonces una encomiable lealtad hacia Henri.

Henri y Margot, sencillamente, no compaginaban. Ella, una refinada princesa de temperamento apasionado y voluptuoso, estaba perdidamente enamorada de otro Henri, el duque Henri de Guise: cuando Catherine dei Medici había descubierto esa aventura amorosa de su hija, le había propinado con sus propias manos una soberana paliza a la muchacha cuidando de golpearle el cuerpo y no la cara para que nadie supiese hasta qué punto la había maltratado. Henri de Guise respondía al paradigma de buen mozo, gallardo y sofisticado, que atraía a Margot. Henri de Navarra, en cambio, no entraba en esa categoría: la francesa le juzgaba un patán bearnés, descuidado en cuanto a la higiene y aficionado a masticar ajos. Henri y Margot acabaron viviendo cada uno por su lado, pero, lamentablemente, las múltiples aventuras eróticas de él le proporcionaban una aureola de irresistible conquistador, mientras que las aventuras galantes de ella la rebajaban a la categoría de peligrosa ninfómana.

Ahora que era rey de Francia, Henri quería anular su boda con Margot, que no había proporcionado ningún hijo, para casarse con una mujer de indudable fertilidad. Él tenía en mente, por supuesto, a su amante del momento: la bella Gabrielle d´Estrées, madre de sus dos hijos nacidos de su intensa relación y que se había visto ensalzada con diversos títulos del cual el más destacado era el de duquesa de Beaufort. Pero Margot tenía algo que objetar a eso: ella, una auténtica hija de Francia, la última Valois, no se echaría a un lado para que la sustituyese una muchacha de dudosos orígenes a la que la gente denominaba la puta del rey. Margot era flexible...hasta dónde podía serlo: aceptaría de buen grado que se declarase nulo su vínculo con Henri siempre que él aprovechase su libertad para casarse con una princesa, no con su barragana. Dentro de la corte francesa, y entre el pueblo, la mayoría coincidían con la firme posición de Margot. Y en los círculos adecuados empezó a pronunciarse el nombre de una princesa que sí sería aceptable: Marie dei Medici.


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NotaPublicado: 30 Mar 2008 19:28 
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EL ASESINATO DE GABRIELLE D´ESTRÉES

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Gabrielle d´Estrées, duquesa de Beaufort.

En el año 1599, Henri IV de Francia, "le Vert Galant", navegaba entre dos aguas. Por un lado, para obtener la deseada anulación de la boda con Margot y para serenar a los altos dignatarios de su corte, mandó representantes a la corte medicea de Florencia para negociar su eventual contrato matrimonial con Marie dei Medici. Por otro lado, no sólo mantenía junto a sí en Fontainebleau a su adorada Gabrielle duquesa de Beaufort, de quien tenía ya dos hijos llamados César y Alexandre así como una hija bautizada Catherine, notablemente embarazada por cuarta vez, sino que, yendo más lejos, entregó un anillo a la mencionada dama prometiéndole que la haría su esposa en cuanto estuviese libre.

La situación resultaba, cuando menos, difícil de sostener en el tiempo. Henri estaba jugando a dos bandas, la del matrimonio dinástico con la princesa medicea y la del matrimonio por puro sentimiento con la amante de años. En esa pugna, una de las dos saldría escaldada, públicamente desairada y humillada. Si después de haber avanzado las negociaciones para un enlace ventajoso con la florentina el rey francés presentaba de pronto, como un fait accompli, su casamiento con la duquesa a la que quería conservar a su vera, se produciría un escándalo monumental que socavaría los cimientos de la realeza. Margot protestaría porque ella no había accedido a una anulación para verse reemplazada por Gabrielle. El Papa se enojaría porque él otorgaba la anulación para favorecer la implantación de una dinastía regia en Francia, no para que el monarca pudiese darse el gusto de hacer a su concubina reina consorte. Por encima de todo, los Medici armarían un buen follón por haberse visto arrastrados en aquel torbellino.

Las dudas reconcomían a Henri, pero trataba de disimularlas ante Gabrielle. Ésta empezó a prepararse para una boda, declarando con soberbia que sólo Dios o la muerte imprevista de Henri evitarían que ella se elevase al rango de reina de Francia. Mientras se complacía observando el anillo que su amante le había entregado y la evolución en la confección de un riquísimo traje en un vivo carmesí, color tradicional para el vestido de novia de una futura soberana francesa, Gabrielle empezó, sin embargo, a albergar malos presentimientos. Dormía mal, se despertaba sobresaltada, tenía la ominosa sensación de que algo se tramaba contra ella. Sus temores se convirtieron en pánico cuando Henri, tras informarla de que se casaría con ella en el primer domingo después del domingo de Pascua, le rogó que abandonase Fontainebleau por unas semanas. Estaban en cuaresma, señaló, por lo que todos le reprochaban que en esas fechas para el arrepentimiento por los pecados él tuviese consigo a la amante; el asunto no haría gracia a la Santa Sede y retrasaba la firma del documento de anulación de la boda con Margot. Gabrielle no quería marcharse: lejos de él se encontraría desamparada y vulnerable. Sin embargo, Henri insistió en que no ocurriría nada en esos quince días, a lo sumo, que ella podría pasar en París, visitando a su tía Isabelle Babou d´Alluye y a su hermana favorita, Diane de Balagny. En parte aturdida y en parte angustiada, Gabrielle cedió a los requerimientos de Henri.

Gabrielle se dirigió a París, visitó a su tía Isabelle en la residencia de ésta en Saint-Germain-l´Auxerrois y a continuación se dirigió al fastuoso palacete del banquero italiano Sebastian Zamet. Zamet, buen amigo de Henri, recibió a Gabrielle "como a una reina" y le anunció que había hecho los preparativos para una cena de gala en honor de la mujer que pronto tendría Francia en sus manos. Gabrielle se dejó agasajar, con actitud risueña. Luego, se le ocurrió darse el capricho de una naranja...y acto seguido empezó a brotar de su cuerpo un sudor helado mientras la dominaba un espantoso mareo. Corría el ocho de abril de 1599 y para Gabrielle d´Estrées, duquesa de Beaufort, acababa de iniciarse una horrible agonía, un suplicio casi infernal: las convulsiones que sacudían su cuerpo provocaron un adelanto del parto, que no debía haberse iniciado hasta tres meses después; sólo se encontró para atenderla a una torpe comadrona, que no sabía liberarla del bebé, que nació muerto, mientras la pobre madre se quedaba ciega y su rostro se desfiguraba de manera horrible. Los curiosos se arracimaban en la alcoba para observar la muerte atroz de Gabrielle: nadie tuvo el detalle de mandar llamar a su querida tía Isabelle d´Alluye y cuando se avisó a Henri de que "su ángel" se moría, era demasiado tarde para que el rey pudiese llegar a su lado a tiempo para verla en aquel lamentable estado.

La muerte de Gabrielle d´Estrées se atribuyó a una eclampsia, pero la gente empezó a hablar de "venenos italianos". Era demasiado obvio que su fallecimiento se había producido justo en el momento adecuado, cuando había que quitársela de encima para asegurarse de que se cumpliese el acuerdo nupcial con la casa medicea. Dada la fama que tenían los Medici de usar los venenos sin ningún miramiento y el hecho de que aquel drama se había desencadenado en casa de Zamet, tradicionalmente vinculado a la dinastía florentina, la gente no dudó de que Gabrielle d´Estrées había sido asesinada por Zamet siguiendo el mandato del gran duque Ferdinando.


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NotaPublicado: 30 Mar 2008 23:12 
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Fascinante.
¿Ya nos habías contado sobre Gabrielle d'Estress, verdad?
No recuerdo en que apartado, pero seguro.

Bueno pues el bueno de Henri ya tiene el camino libre...

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