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 Asunto: Re: MARIANA DE NEOBURGO, la última Habsburgo
NotaPublicado: 12 Nov 2010 19:35 
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Cansada de tantas presiones que tenían que aguantar tanto ella como su marido, Mariana de Neoburgo decidió escaparse junto a éste a Toledo, sin protocolo, ni oficialidad ninguna, querían apartarse del ajetreo de la corte madrileña y descansar, así que ordenó que ningún diplomático les molestara durante su estancia en la actual capital manchega. Se instalaron en el palacio del cardenal Portocarrero, amablemente ofrecido por él. Los toledanos acogieron festivamente a sus soberanos y, enseguida, Portocarrero organizó una corrida de toros para los reyes en la popular plaza de Zocodover. A Mariana de Neoburgo no le gustaban nada los toros (algo común en las soberanas españolas extranjeras), y si acudía era por contentar a su esposo, el rey. En aquella corrida contempló horrorizada la muerte de dos jinetes y sus respectivos caballos por las astas de los toros.

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La plaza toledana de Zocodóver en la actualidad.

Pronto llegó a Toledo el ‘primo’. Os acordareis de aquel primo de la reina que luchó valientemente en Cataluña defendiéndola de los franceses. Sí, Jorge de Hessen. Fue muy bien recibido por Carlos II, que le concedió el Toisón de Oro, así como lo premió con Grandeza de España por sus valientes hazañas. Pronto volvió la marquesa de Gudannes, la Gudaña, (aquella que ya lanzó rumores sobre un posible romance entre Mariana y Jorge) a criticar que se dejase entrar a solas al aclamado ‘primo real’ a los aposentos privados de la reina. Lo cierto es que se dispararon todo tipo de rumores; incluso que Jorge había sido traído a la corte para que en secreto le diese un hijo a la reina. Ya en Madrid, Mariana consiguió que su marido nombrase a Jorge Virrey de Cataluña. Pronto partió hacia su nuevo destino, eso sí, muy agasajado de regalos (entre ellos una magnífica carroza regalada por el rey) y mercedes.

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Retrato de Georg von Hessen-Darmstadt

Por falta de presupuesto, Carlos II se vio obligado a suprimir la guardia personal de la reina. El enojo de esta fue monumental. Casi se ‘carga’ a su marido de la tremenda reprimenda que le echó. Carlos II sufrió varios desvanecimientos, perdió el habla y el movimiento, así como sufrió torcedura de boca y estrabismo ocular. El pobre se recuperó para alivio de la arrepentida reina que sufrió el rechazo de casi toda la corte. Posteriormente, el rey estaba tan sumido en la depresión que ni los enanos conseguían animarlo.

Si por un lado Carlos estaba muy deprimido, por el otro Mariana estaba muy angustiaba, no conseguía que su marido testase en su favor. Mariana cada vez veía con más claridad que en cuanto su marido falleciese la encerrarían en un convento sin dinero y hasta el final de sus días. Lo cierto es que en cierta manera se pueden llegar a entender el comportamiento ‘corrupto’ que tuvo la soberana en la corte, y es que Mariana estaba económicamente a dos velas. De su asignación anual (unos doce mil escudos) apenas le quedaba dinero para ella misma, todo se iba en el pago de su séquito, en su vestuario y en ciertos regalos que por protocolo debía hacer. Además, no podía ahorrar puesto que lo que quedaba al final del año tenía que devolverlo al tesoro real.

El cardenal Portocarrero (enemigo de la reina) puso como confesor del rey al padre Froilán Díaz, persona de su confianza. Portocarrero estaba liderando en los últimos meses de Carlos II el partido francés, partidarios de sentar en el trono español a un descendiente de Luis XIV (entendían que al ser el rey más poderoso de Europa, defendería mejor que nadie la unidad del Imperio español). El caso es que a pesar de los temores por el poderío militar francés, la imagen francesa estaba mejorando en la corte de Madrid. Buena culpa de ello la tuvo la señora marquesa de Harcourt (esposa del embajador francés en Madrid), la cual destacaba por ser muy agradable y hábilmente diplomática. Cayó muy bien entre los cortesanos españoles, los cuales acudían cada vez con más frecuencia a la casa de la citada marquesa para acudir a sus fiestas. Si con alguien hizo buenas migas la marquesa de Harcourt, esa fue nada menos que la reina Mariana. Conectaron muy bien desde el principio, ambas se obsequiaban frecuentemente con fastuosos regalos, así como también eran muy frecuentes las visitas a palacio de la marquesa para ver a la reina. A tanto llegó que los embajadores extranjeros como el británico pensaron que la reina había optado definitivamente por el bando francés, aunque Luis XIV desde Versalles envió mucha prudencia a su embajador.

Tan pronto como se recuperó el monarca de la recaída que tuvo tras la pelea con su esposa, pidió una noche junto a ella, puesto que no conseguía entrar en calor, aunque Mariana era un tanto reacia por miedo a que pudiera recaer de nuevo y volvieran a señalarla como culpable.

El depresivo, enfermizo y débil Carlos II, que desde muy niño tuvo muy en mente la muerte y que sufrió con las amenazas de sus confesores con los horrores del infierno si no atendía a sus pretensiones políticas, entre otras penurias, nos ha pasado a la historia con el sobrenombre de “El Hechizado”. En aquella época, era común que cuando los médicos no acertaran a dar con el mal que acechaba al paciente, se aludiera a lo sobrenatural o paranormal. Y el rey no iba a ser menos… Nos encontramos a finales de un siglo, el XVII, en el cual se vivió el apogeo de la caza de brujas y de las creencias de posesiones del diablo, hechicerías, etcétera. Este “movimiento” fue más acusado en Centroeuropa; en España, a pesar de la vigencia de la Inquisición, no era muy frecuente el condenar a alguien por brujería. Quien inició toda la historia acerca de la supuesta hechicería del rey no fue ningún inquisidor español, sino su primo el emperador Leopoldo I. Hay que tener en cuenta que los Wittelsbach eran muy proclives a creer en este tipo de cosas paranormales. A comienzos de siglo, el elector bávaro Maximiliano I llevó a cabo una tremenda persecución de brujas, llegando a llenar todas las cárceles de Baviera con personas acusadas de brujería. No solo eso, llegó a someter a su primera esposa, Isabel Renata de Lorena, a un exorcismo, ya que pensaba que estaba endemoniada porque no le conseguía dar hijos. La familia de Mariana heredó estas creencias y se hicieron este tipo de rituales dentro de la misma. Su hermano Juan Guillermo, al igual que su cuñado Leopoldo I, era aficionado a la astrología, al estudio de la magia y la mística... Así que con ello, no era raro que tanto en la corte de Viena como en el resto de cortes alemanas, pensaran que Carlos II estaba hechizado.

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La caza de brujas.

Ya siendo el rey un niño, hubo ciertas personalidades eclesiásticas que especularon con la idea de poder hacerle un ritual exorcista, pero el asunto no se llegó a materializar hasta que medio mundo estaba pendiente de la sucesión y el propio emperador Leopoldo I aconsejó que se le aplicara dicha práctica. Entre los españoles ya existió la idea de que tanto el padre como el abuelo del monarca, Felipe IV y Felipe III respectivamente, fueron hechizados por sus validos, los duques de Olivares y Lerma, quienes consiguieron mantener su valimiento y el control sobre los citados monarcas, para sorpresa de sus súbditos, acostumbrados a reyes-gobernantes como Felipe II o Carlos I.

Por si la condición enfermiza fuera poco para pensar en un posible hechizo, a ello se le unió su matrimonio con Mariana de Neoburgo. Me explico. Mariana de Neoburgo fue escogida como su esposa por la buena fama de fecundidad de su familia, sobretodo de su madre, además, presentaba unas características físicas óptimas, mujer de veinte años y robusta (como ya explicamos anteriormente); es decir, que el hecho de que si Carlos II no tenía hijos con susodicha mujer, no podía ser otra cosa sino mano del mismísimo diablo. También, durante los primeros años del matrimonio, los repentinos ataques de cólera que tenía el rey con su esposa, fue para muchos por causa de su hechizo, cuando realmente era porque el pobre estaba hasta la mismísima coronilla de las peticiones de la caprichosa reina.

Es bien cierto que cuando Carlos II tuvo como confesor al padre Matilla (amigo del Almirante de Castilla y de la propia Reina) los rumores acerca del hechizo del rey cayeron en intensidad. Sin embargo, cuando al dicho puesto llegó el padre Froilán Díaz (colega de Portocarrero) estos rumores volvieron a resurgir alimentados por el propio confesor. El padre Froilán supo de un suceso en cierto convento de Asturias donde al parecer el mismísimo diablo se manifestaba a través de tres monjas posesas. El padre confesor, que se había propuesto (de buena fe) hacer todo lo posible por curar a S.M. el Rey, se dirigió al señor obispo de Oviedo para que en una sesión exorcista pudieran sacar al diablo el secreto del hechizo del rey. Pero el obispo se negó en rotundo, él creía que el rey estaba enfermo, no hechizado. Poco le importó al padre Froilán la negativa respuesta, ya que si la operación no se podría hacer de manera “oficial”, se haría en secreto. Así que, pronto convenció al fraile que trataba de exorcizar a las endemoniadas monjas (un tal Argüelles) que realizara semejante tarea: preguntar al diablo quién estaba hechizado, si el rey o la reina. Muy convencido de lo que tenía que hacer, el fraile llevó a cabo la operación y en medio de un ritual exorcista, puso la mano de una de las monjas en el altar y realizó la pregunta. Atención porque la respuesta fue: “El rey había sido hechizado a los catorce años mediante un bebedizo.” Fray Argüelles, aconsejó como terapia curativa que el rey tomara en ayunas medio cuartillo de aceite bendito mientras se recitaban frases exorcistas. Pero pronto comprobó el bueno de Froilán que tanto aceite era muy peligroso para la salud del monarca, así que, nuevamente se dirigió al convento asturiano. Pidió que recomendaran otra terapia menos nociva y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, quiso saber más acerca del asunto, así que solicitó que se realizara una nueva sesión para preguntar si el rey había sido de nuevo hechizado más allá de los catorce años y si la reina tenía algo que ver… (Vaya con las intenciones del padre!!). Tampoco tardaron en llegar noticias en esta segunda ocasión. En la carta que llegó desde Asturias se afirmó, según (siempre entendemos que supuestamente) el diablo, que el rey había sido hechizado el 3 de abril de 1675 mientras tomaba una taza de chocolate mezclado con trozos de sesos de un hombre muerto con la diabólica intención de eliminar su capacidad procreadora. Pero la cosa no queda aquí, además se lanzaba una acusación, seguro que lo adivináis: todo fue llevado a cabo en tiempos de Juan José de Austria por una mujer ambiciosa que deseaba seguir gobernando ante la incapacidad de su heredero y que, además, ya se encontraba sentenciada. Pues sí… acusaban extrañamente a la fallecida reina madre Mariana de Austria. En cuanto a la terapia curativa, Argüelles insistió en el aceite y añadió que el rey debía de ser apartado de la convivencia con su esposa. Esto levantó sospechas en Mariana, ya que al fin y al cabo el confesor del rey pertenecía al partido de Portocarrero, su enemigo, y el hecho de que la apartaran significaba no poder controlarle.

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Retrato de Carlos II, el Hechizado.

En noviembre de 1698, el padre Froilán, ayudado del Inquisidor Rocaberti, sometió al rey al exorcismo. Para ello, desnudaron al rey y lo impregnaron de aceite bendito en medio de alabanzas exorcistas para poder expulsar al diablo del cuerpo. Además, prepararon un brebaje con laxantes mezclados con incienso, pedazos de Agnus Dei, polvo de huesos de mártires así como tierra del Santo Sepulcro. Desde luego, si hubo un milagro ese no fue otro sino que el rey no se muriera con semejante pócima. Por otro lado, es anecdótico decir también, que ciertos exaltados eclesiásticos veían, además, que la reina estaba endemoniada. Así que cierto día, un determinado fraile muy convencido de su misión, salió al encuentro de la reina y, cuando la encontró, pego tal salto para atraparla que la pobre salió corriendo alocadamente presa del pánico, como si la persiguiera el diablo, se encerró en su cuarto y se metió en la cama. Jajajajajaja.

Meses después moría Rocaberti. Así que, Mariana aprovechó para acudir al Consejo de la Inquisición y denunciar las prácticas de Froilán y compañía. Las quejas fueron aceptadas por el Consejo que abrió condenarlas, sin que Froilán fuera cesado de su cargo. Ahora, sin Rocaberti se suponía que el asunto debería quedar ya zanjado pero, ni mucho menos. El emperador Leopoldo mandó una carta a Madrid donde se recogía un informe del obispo de Viena. En la carta, el señor obispo informaba sobre las revelaciones de un chico endemoniado, el cual había manifestado que el rey de España estaba hechizado por una tal Isabel, habiendo utilizado una serie de instrumentos que aún se encontraban en alguna de las estancias de palacio. La Inquisición investigó aquel informe y dio con una serie de muñecos y otros objetos sospechosos que, enseguida, fueron quemados en lugar sagrado (según establecía el rito exorcista).

Sin embargo, aquí no terminaron las teorías sobre hechizos. Al poco tiempo llegaba a Madrid un fraile capuchino procedente de Turín, un tal fray Mauro Tenda. El fraile italiano había emigrado hasta España tras tener una supuesta revelación del mismo diablo en una sesión exorcista, donde le había comunicado que sería capaz de librar a Carlos II de su hechizo. Sí, ya, suena muy raro que el diablo le diga a un enviado del Señor que podría expulsarle de otro cuerpo que también posee. (¿?). El caso es que en la misma sesión de nuevo el demonio lanzaba una acusación y, esta vez, le había tocado a la fallecida reina doña María Luisa de Orléans. En aquella revelación se dijo que la reina había hechizado a su esposo con un brebaje de polvo de tabaco y polvo de huesos de perro… El caso es que, llegado a Madrid, el capuchino informó de sus intenciones al Inquisidor general y al padre confesor, para después conseguir una audiencia con el rey, previo permiso de la Neoburgo. Existieron varias sesiones de exorcismo con el fraile capuchino. En la primera de ellas estaban presente el padre confesor Froilán y la propia reina. Carlos II se asustó mucho cuando vio al exorcista, no quería someterse a aquello, le provocaba terror, aunque entre todos consiguieron convencerlo. En aquellas sesiones una de las prácticas era pedir al diablo que provocara en el rey fuertes dolores en aquellas partes del cuerpo que le fueran indicadas, y, lo cierto es que al rey le dolía… al menos se quejaba y gritaba “¡Lo siento, lo siento!”. Lo que sacó fray Mauro en conclusión es que no estaba endemoniado, pero sí hechizado, así que le “recetó” hacer la señal de la cruz en aquellas partes donde sintiera dolor para echar de allí al diablo.

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Por si las amarguras que tenía el rey fueran pocas, encima se le vino a sumar este tipo de creencias en supuestas posesiones. Aquellos rituales hicieron sufrir y de gran manera al pobre monarca, de débil voluntad, pero consciente en todo momento de lo que le hacían. Fue una víctima de aquellos que tenía alrededor. Pero, para su suerte, su salud empezó a mejorar, al menos eso parecía. Además, fallecía el Inquisidor general (cardenal de Córdoba), no muy amigo de la reina, quien nombró a Baltasar de Mendoza (obispo de Segovia) para dicho puesto, siendo éste de confianza suya.

Llegado septiembre de 1699, los reyes y un pequeño séquito se trasladaron hasta El Escorial. Allí, con más tranquilidad, Mariana pensó que le sería más fácil conseguir alguna que otra concesión por parte de su marido. Lo cierto es que la tranquilidad del lugar hizo despertar en el rey una vitalidad rara en él, síntoma de mejoría. Así que pasaron unos buenos días con cacerías, músicos y comedias… tanto, que los médicos permitieron que los reyes durmieran juntos durante cuatro noches, despertándose de nuevo esperanzas de un embarazo, aunque Mariana se mantenía discreta y prefería hablar de otros asuntos, sabía que aquello era imposible y no quiso hacer comentarios para evitar dañar a su esposo. Cierto día, invadido por un sentimiento de melancolía y soledad, dio la orden el rey de bajar al pudridero real. Acompañado de la reina y un reducido séquito de personas, se exhumaron los cadáveres, entre otros, de la reina madre (que estaba bien conservado) y de la reina María Luisa de Orleáns (por antojo de Mariana) ante la cual el rey no pudo contener la emoción al tiempo que se lamentaba, llegando incluso a predecir su muerte, ya que entre sus sollozos decía que se reuniría con ella en menos de un año. Aunque la verdad, a que al rey le quedaba poco era un secreto a voces, y él lo sabía el primero.

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Aprovechando el poder que tenía Mariana durante la estancia en El Escorial, autorizó cambios en ciertos puestos de importancia en el gobierno a personas afines a ella. Muchos interpretaron aquellos nombramientos, como el embajador austriaco Harrach, como un signo inequívoco del acercamiento de la reina al lado francés para desgracia de Leopoldo I y alegría del embajador francés Harcourt. Ya en enero, la reina se tomó la venganza por las prácticas exorcistas, así que con la ayuda de su amigo el Inquisidor general, encarceló a fray Mauro. Luego buscó la caída del padre Froilán que seguía junto a Harrach intentando conspirar para conseguir por fin desembrujar a Carlos II. Sin embargo, su caída en marzo, Mariana lo recluyó en un convento de Valladolid, pero consiguió escapar a Roma, donde consiguieron apresarlo de nuevo y encerrarlo en el colegio de Santo Tomás de Madrid. Más tarde, en 1704, Felipe V lo restituyó dentro de la Inquisición.

El nuevo confesor, iba a ser un enemigo de la reina, el dominico fray Nicolás de Torres-Padmota. El fraile dominico también creía a pies juntillas que el rey estaba endemoniado. El rey, que todavía se encontraba marcado por las prácticas exorcistas, sufría de nuevo una terrible tortura psicológica por parte de su consefor y, era tanto su espanto, que mando que durante la noche velaran su cuerpo para alejar a los demonios. Carlos II sufrió una grave recaída a los pocos días de regresar a Madrid en enero de 1700, llegando a perder el conocimiento durante una hora. Su cuerpo se hinchó más de lo que ya estaba y prácticamente no hablaba. Sin embargo, sus consejeros le hicieron salir de palacio y que participara en unas cacerías para que el pueblo viera que no estaba grave, aunque lo cierto es que la situación ya se había vuelto irreversible.

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 Asunto: Re: MARIANA DE NEOBURGO, la última Habsburgo
NotaPublicado: 12 Nov 2010 23:30 
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Lo que hicieron con el rey,fue una salvajada;creo que debe haber preferido morir, antes de seguir sometiéndose a semejantes vejámenes en nombre de su salud, y por la ignorancia de quienes le rodeaban.

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 Asunto: Re: MARIANA DE NEOBURGO, la última Habsburgo
NotaPublicado: 13 Nov 2010 17:40 
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Toda Europa estaba pendiente de las noticias que llegaban de Madrid. Las cancillerías habían conocido la última grave recaída del rey, por lo que la expectación era máxima más aún cuando no había designación oficial de ningún heredero, para nerviosismo de Leopoldo I y Luis XIV.

Mariana de Neoburgo decidió apartar de nuevo al rey de Madrid, que tantas tensiones le provocaban y eligió contra toda costumbre por las fechas (abril de 1700) el sombrío palacio de Felipe II en San Lorenzo de El Escorial para pasar una temporada. Aunque no duraron mucho, el 6 de abril, obligados por las condiciones climatológicas, partieron hasta Aranjuez. Allí pasaron unos días con paseos y cacerías, eso sí, muy a duras penas puesto que el aspecto físico del rey no estaba para muchos bollos.

A finales de mayo, llegaba a Aranjuez la noticia de la ratificación del tratado de repartición de las posesiones españolas por parte de las potencias europeas. Mariana montó en cólera y presa de su impotencia acabó con todo objeto que tuvo a su alcance. No tuvieron más remedio que regresar a Madrid y convocar Consejo de Estado. Allí se encontraron con el nuevo embajador francés, Blécourt. Fue una sorpresa mayúscula que en aquel Consejo fuera Francia el país que contara con más adeptos. Sin embargo, Mariana, en contra de todos los rumores que existían sobre su afrancesamiento, decidió luchar hasta el final por la causa de su sobrino Carlos. Pero en frente iba a tener a su gran enemigo, el mismísimo cardenal Portocarrero, el cual se había caracterizado por una postura indefinida durante estos años y que ahora se mostraba adepto a Luis XIV, o al menos eso le había dicho a Blécourt.

En agosto, el rey iba a sufrir otra grave recaída con vómitos y varias pérdidas del conocimiento. A la corte llegó un famoso médico napolitano llamado Doncelli, el cual venía a aplicar su ciencia con objeto de prolongar la vida del monarca. Ahora, el sueldo del susodicho iba a ser de doce mil escudos mensuales, vamos… un Cristiano Ronaldo de la época. Pero al fin y al cabo, todo esfuerzo era poco por salvar a Carlos II. Mientras, la angustia de Mariana era máxima. Después de tantos años de luchas no había conseguido sus dos grandes objetivos: el que Carlos II testara, por un lado dejándole el porvenir resuelto y, por el otro, el que nombrase al archiduque Carlos como heredero universal. El caso es que para que Carlos II testase debería encontrarse lúcido, y su estado era cada vez peor. Por si fuera poco, el Consejo no se ponía de acuerdo sobre la decisión a adoptar.

En septiembre, éramos pocos y llegó Luis XIV. A través de su embajador anunciaba (bueno, más bien amenazaba) a los consejeros españoles que si no se testaba a favor de su nieto Felipe de Borbón, duque de Anjou, como heredero, declararía la guerra a España. El acongoje de los consejeros ante aquella amenaza era muy comprensible: España no estaba preparada para contener a semejante potencia militar, sería un gran desastre.

Al mismo tiempo, Carlos II volvía a empeorar. No comía y vomitaba sangre, para desesperación de Doncelli (el Cristiano Ronaldo), que se quedaba sin conocimientos que aplicar a su real paciente. Para colmo, allí en medio estaba Mariana de Neoburgo como una mosca cansina insistiendo una y otra vez al pobre de Carlos II que testara a favor de Carlos. Pero pese a los intentos de la reina, quien controlaba la situación no era otro que Portocarrero, vigilaba que nadie redactara un testamento a favor de Austria. Era tal el poder que el día 3 de octubre de 1700, convencía al rey para que firmara un testamento que reconociera a Felipe de Borbón y Wittelsbach heredero universal y, que además, él mismo llevara la Regencia cuando S.M. falleciera. Para nuestra Mariana quedaba una dote de cuatrocientos mil escudos anuales y que pudiera elegir en ser virreina de Nápoles o ser gobernadora de la ciudad española que quisiera. El testamento se hizo en secreto, pero pronto los rumores empezaban a desvelar su contenido. Os podéis imaginar las reacciones dispares en las cortes de Versalles y de Viena.

El 25 de octubre unas fuertes diarreas dejaron al rey prácticamente sin fuerzas. Cuatro días más tarde un agónico rey se despedía de Mariana de Neoburgo, dándole las gracias por el cariño y el respeto que le tuvo durante los once años de matrimonio. Una dolorida Mariana, ordenó que la estancia fuera llenada de reliquias sagradas, entre ellas el cuerpo de San Isidro, el cual un devoto Carlos II consiguió besar. Se intentó todo para alargar la agonía de Carlos II. En la mañana del 1 de noviembre, al entrar la reina en la cámara de su esposo se encontró con un Carlos II ennegrecido. Se acercó a él y le preguntó cómo se encontraba, a lo que respondió: “Me duele todo.” Acto seguido el rey era víctima de unas fuertes convulsiones a la vez que perdía el conocimiento. Eran las 14:45 cuando en medio de aquellos ataques su corazón se paraba. Tenía cuarenta años cuando se le fue la vida en el Alcázar de Madrid.

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Su cuerpo estuvo expuesto en la capilla real hasta el día 5, que fue trasladado hasta El Escorial para introducirlo en el Pudridero Real.

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Panteón de Reyes de El Escorial, lugar donde reposan sus restos.

Desde aquellos momentos, Mariana se encontraba sola ante sus enemigos políticos, que habían ganado aquella dura batalla. Todo en cuanto la rodeaba era incertidumbre. Se fue su Carlos II, un rey que fue víctima de todos aquellos que le rodearon: de la política endogámica de su familia, que le dieron aquel aspecto débil y enclenque; de la ambición y presión del Consejo y del Santo Oficio; del dominio de sus personas cercanas, su hermanastro, su madre y sus dos esposas. Débil también de carácter, se mostró como una persona inocente, generosa y buena.

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 Asunto: Re: MARIANA DE NEOBURGO, la última Habsburgo
NotaPublicado: 22 Nov 2010 09:52 
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Godoy escribió:
Se fue su Carlos II, un rey que fue víctima de todos aquellos que le rodearon: de la política endogámica de su familia, que le dieron aquel aspecto débil y enclenque; de la ambición y presión del Consejo y del Santo Oficio; del dominio de sus personas cercanas, su hermanastro, su madre y sus dos esposas. Débil también de carácter, se mostró como una persona inocente, generosa y buena.


Creo que es el mejor epitafio que he leído jamás para Carlos II.

Hace pocos días encontré navegando un artículo del doctor don Antonio Castillo, quien es profesor emérito de la UCM y a la vez presidente de la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas. Don Antonio trazaba una magnífica recreación de la vida de ese monarca, lastrada desde el instante mismo de su nacimiento por un cuadro de enfermedades congénitas claramente derivadas de la fortísima endogamia practicada por los Austrias. Nunca he leído un artículo tan comprensivo y conmovedor acerca de la figura del pobre Carlos II. Me llamó mucho la atención que, cuando nació, la "Gazeta de Madrid" se encargó de ofrecer una imagen laudatoria hacia el bebé, al que definía como "robusto varón de hermosísimas facciones, de cabeza proporcionada, pelo negro y algo abultado de carnes". Vamos, una delicia de chiquitín a tenor de esa descripción. Pero don Antonio señala que, paralelamente, el embajador francés en España, que por su posición había podido asistir al advenimiento del niño, envió un informe demoledor: le definía como un príncipe bastante débil que "muestra signos de degeneración", mencionando los flemones en las mejillas, las costras en la cabeza y supuraciones en el cuello. Algo después, el mismo embajador declararía que Carlitos asustaba de lo feo que era...

Don Antonio explica que el niño venía lastrado por su tremenda sobrecarga genética, pero, además, muchos factores contribuyeron a empeorar las cosas. Por ejemplo, que hasta los seis añitos no lograse sostenerse en pie ni caminar se atribuye a un raquitismo por falta de vitamina D, que se debía a que le mantenían enclaustrado, sin apenas sacarle al aire libre. Bueno...es mejor que leáis el artículo, excelente, del doctor Castillo que mi resumen, jajajaja. Os ofrezco el enlace:

http://www.arturosoria.com/medicina/art/carlos_II.asp

Es largo, cuatro páginas, pero resulta cautivador...

Por lo demás, yo sigo observando con cierta piedad a Mariana de Neoburgo. Pienso que fue, seguramente, la princesa de su tiempo a quien le correspondió lidiar con una situación francamente desalentadora y, a medida que transcurrían los año, angustiante.


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 Asunto: Re: MARIANA DE NEOBURGO, la última Habsburgo
NotaPublicado: 28 Nov 2010 11:37 
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Wuau!! Genial el artículo del doctor don Antonio Castillo. Muchas gracias por ponerlo. Con esta especie de análisis médico podemos llegar a entender y hacernos una idea mejor de cómo fue la vida de este infeliz monarca. La verdad es que llama mucho la atención la descripción del rey en la Gazeta de Madrid cuando nació, jajaja. También es muy destacado de su naturaleza que no pudiera sostenerse en pie hasta los ¡¡seis años!! Además, por si ya fuera poco el haber nacido enfermo, tuvo que padecer la ignorancia de su época, me refiero al tema de la creencia en hechizos y las prácticas exorcistas. Como para tener ganas de gobernar, si solo tenía problemas por todos lados, los que ya tenía él más los que le provocaban la gente que tenía alrededor. La verdad que a mí produce mucha lástima tanto su persona como su vida.

Antes de seguir con el relato voy a poner un pequeño párrafo del artículo donde se muestra el resultado de la autopsia que le practicaron al morir:
En la autopsia apareció el corazón muy pequeño, “del tamaño de un grano de pimienta, los pulmones corroídos, los intestinos putrefactos y gangrenosos, en el riñón tres grandes cálculos, un solo testículo, negro como el carbón y la cabeza llena de agua”.

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 Asunto: Re: MARIANA DE NEOBURGO, la última Habsburgo
NotaPublicado: 28 Nov 2010 11:49 
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Tenía treinta y dos años cuando se quedaba viuda en aquel noviembre de 1700. Por tanto, se trataba de una mujer adulta aún lejos de ser anciana, por lo que se le presumía algunas décadas más de vida si todo iba bien.

Mariana, haciendo gala de su dominante carácter, se negó a pasar a un segundo plano una vez muerto su marido el Rey. Quiso seguir siendo una figura de primera línea en la corte y participar en las decisiones de gobierno. Esto no hizo otra cosa que ganarse enemigos (más aún) en aquella corte pro-francesa en la cual se respiraban aires de renovación y cambio, a la vez que incertidumbre, en cada esquina. Su primer asunto fue el de su remuneración, es decir, que el testamento de Carlos II se hiciera efectivo y ella pudiera cobrar la renta que le había sido designada, y así se lo hizo saber a su cuñado Leopoldo I, esperando que éste se ocupara de ella, ya que Mariana entendía que estaban en deuda con ella por haber apoyado a la causa austriaca. Además, solicitó poder residir en el palacio de Uceda de Madrid, en el cual había residido la reina madre doña Mariana de Austria durante su viudez. Mariana confiaba en que Luis XIV la dejara vivir en Madrid. Lo cierto es que su situación real era de abandono, progresivamente todos ponían sus ojos en la llegada del nuevo rey y se olvidaban de la viuda a la que ya nadie hacía prácticamente caso.

Luis XIV encomendó a su antiguo embajador, el ahora Duque de Harcourt como recompensa, la misión de preparar la corte para recibir al nuevo rey. Además, le dio órdenes de convencer a Portocarrero para que alejaran a la reina viuda de la corte de Madrid y la trasladaran a una ciudad no muy alejada. Pero Mariana se negó en rotundo, quería permanecer en la corte hasta la llegada del Borbón. Como no podía residir en el Alcázar, que estaba sufriendo reformas para acoger al nuevo inquilino, pidió ser trasladada al palacio del duque de Monteleón (su mayordomo mayor), en Madrid, claro. El mismo Felipe V le pidió de buenas maneras por carta que se alejara de Madrid y eligiese la ciudad española que más le gustase para vivir.

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Felipe V, Duque de Anjou.

El 16 de enero ya de 1701, abandonaba para siempre el Alcázar de Madrid. Eso sí, lo hizo de noche para evitar que se burlaran de ella por aquella bochornosa escena. Ya en la casa de Monteleón, unos días más tarde recibió la visita de Portocarrero, el cual la presionó de nuevo para que abandonase Madrid ante la que ya era inminente llegada del nuevo rey. Pero al final, no tuvo más remedio que ceder ante tantas presiones, por más que insistiera ya no tenía poder, ya nadie se acordaba de ella y cuando lo hacían era para criticarla. Antes de irse de Madrid, quiso efectuar algunos donativos a hospitales de la capital para que el pueblo le guardase un buen recuerdo. El 2 de febrero abandonaba para siempre la ciudad.

Por cosas del destino, ahora se encontraba en una situación parecida a la de su suegra unos años antes, cuando Juan José de Austria la desterró a Toledo cuando éste se hizo con el poder. Y a esa misma ciudad asignaron el exilio a nuestra Mariana de Neoburgo. Viviría en el portentoso Alcázar toledano, pero provisionalmente lo haría en el palacio de Portocarrero a la vez que se acondicionaban las estancias en el Alcázar. Tan pronto como salía de Madrid, Portocarrero enviaba una carta a Harcourt, que se encontraba en el Pirineo junto a Felipe V, dándole la noticia del exilio de la reina, por lo que ya podrían hacer la entrada en la corte sin ningún incordio.

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Archiduque Carlos de Habsburgo, Carlos "III".

Ante la inminente guerra entre Austria y Francia, decidieron vigilar cada carta de la reina que mandaba para Austria. Con una comunicación deficiente y con la orden de no poder salir de Toledo, Mariana fue cayendo en el olvido. Hasta sus propios familiares empezaron a dejar de prestarle atención al verla ya sin poder, un ejemplo claro fue su hermano Juan Guillermo. Además, cayó en la cuenta que debía moderar y cuidar sus actos, tenía que evitar que Felipe V mantuviera una actitud hostil hacia ella, ya que dependía de él para subsistir, ya que había visto como había birlado el testamento de su marido al reducirle su renta anual. Su situación se volvió más preocupante al ver que no recibía ni un solo ducado. Tras cinco meses sin recibir nada, envió a su fiel amigo doctor Geleen a presentar sus quejas al Duque de Harcourt. La respuesta del Duque fue dura. Le comunicó que si no le mandaban dinero era porque no había, y que si realmente lo necesitara que contactara con su gran amiga la condesa de Berlepsch, que tantos millones había sacado de España con el consentimiento suyo para depositarlo en bancos extranjeros. Pero bueno, a pesar del asunto económico, en el Alcázar de Toledo se notaba que residía una reina, ya que su séquito seguía siendo muy numeroso.

El 3 agosto, el mismísimo Felipe V se decidió a entrevistarse con la reina viuda en Toledo. Mariana de Neoburgo lo preparó todo a conciencia para ganarse la simpatía del Borbón. Recibió al rey de una manera muy cordial, la entrevista que mantuvieron fue muy larga. Luego se trasladaron al palacio de Portocarrero, donde Mariana había preparado un fastuoso almuerzo. Allí agasajó al monarca con todo tipo de regalos, entre ellos un collar de diamantes de la Orden del Toisón de Oro. También le regaló una gran carroza que un año antes el duque de Benavente le había regalado a Carlos II. Aunque algún consejero del rey lo había invitado a que rechazara aquel regalo por que pudiera estar hechizado como su antiguo dueño, Felipe V lo recibió de buen agrado. Una de las damas que acompañaban a la reina a recibir al Borbón era doña María Mancini, que había sido amante del abuelo Luis XIV. Más tarde, cuando María recordaba aquel evento, resaltaba la alegría de la reina y el semblante tan majestuoso que presentaba vestida rigurosamente de luto.

No tardó mucho en empezar el inevitable conflicto bélico entre las naciones europeas. Primero fue el emperador Leopoldo quien habría la caja de Pandora al no aceptar el “afrancesado” testamento de Carlos II. Más tarde se unirían a él Inglaterra y Holanda, recelosas por el terrible poder que asumía Francia al pasar a tener a España como país satélite, entendían que rompía el equilibrio europeo. Por su parte, Felipe V salía para Barcelona a reunirse con su esposa doña María Luisa Gabriela de Saboya, con quien se había casado por poderes el 1 noviembre en Turín. Allí pasó unas semanas de luna de miel, tiempo que los jóvenes pasaron casi todo el rato en el lecho conyugal. Hasta que Luis XIV le ordenó a su nieto que partiera de inmediato hasta el frente italiano. Felipe V, joven, inexperto y tímido se mostraba reacio a partir, hasta que su esposa a base de abstinencia sexual tomó cartas en el asunto y consiguió que marchara. María Luisa ya conocía el punto débil de Felipe durante toda su vida: el lecho. Ya en Nápoles el rey sufrió una de sus caídas depresivas que lo mantuvo en una absoluta inactividad. Apenas hablaba y lloraba a menudo. Encima, preso de deseo sexual, acudía a la inmoralidad de la masturbación, algo que le acarreaba problemas de conciencia que intentaba paliar con su confesor. Cierto día llegaron a presentarle a una hermosa joven, pero el rey, muy indignado, declinó la oferta exclamando que quería serle fiel a su esposa. Su única distracción era matar pajarillos desde las ventanas de su habitación. De nuevo Luis XIV tomó cartas en el asunto una vez enterado de la vaga conducta de su nieto en Nápoles. Mandó que se trasladara hasta el Milanesado para que luchara contra los austriacos junto al duque de Vendôme. Fue en esta campaña, más concreto en la batalla de Luzzaro, donde le apodaron como “el Animoso”, debido al enorme valor y vitalidad que mostraba el monarca. Todos esos altibajos eran síntomas de su enfermedad psíquica.

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María Luisa Gabriela de Saboya, consorte de Felipe V.

En España, se había tomado la decisión de aislar totalmente a doña Mariana de Neoburgo por las simpatías que mostraba la reina viuda para con Austria. Se expulsó a su confesor el padre Chiusa fuera de España muy a pesar de las súplicas que le hizo Mariana al Papa para que no les separaran. Apartaron a todo alemán que tenía por alrededor. Aunque se le permitió mandar alguna que otra carta, todo lo que entraba y salía del Alcázar toledano era investigado. La misma Mariana describe su situación en una carta mandada a su madre:

“No me dejan en paz y dicen de mis cartas mil cosas que no hay en ellas; así que me veo forzada a no escribir más. No tengo más remedio que vivir entre estas gentes y me tienen en sus garras. Tengo pues, que tener paciencia hasta que Dios se apiade de mí.”

Con Felipe V en Italia, quien gobernaba en la teoría en España era la joven (que no por ello tonta) María Luisa Gabriela de Saboya. Pero en la práctica quien lo hacía era su camarera mayor, la Princesa de los Ursinos. Esta era una vieja amiga de Luis XIV, que tras nombrarla camarera de la reina, se ganó en poco tiempo la confianza de los reyes, hasta tal punto que no se atrevían a dar un paso sin consultárselo previamente. Con carácter dominante y con un fuerte poder de persuasión, controlaba que nadie le arrebatara la confianza que los reyes tenían en ella para poder dirigir la política española. No solo contaba con el beneplácito de Luis XIV, sino también del cardenal Portocarrero, al cual ya había conocido anteriormente en Roma.

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Marie Anne de la Tremoille, Princesa de los Ursinos.

Más tarde, Pedro II de Braganza, rey de Portugal y cuñado de Mariana, se unió al denominado bloque de la Gran Alianza contra Francia. El levantamiento en armas del rey portugués fue gracias a la presión que ejercieron nobles españoles pro-austríacos como el propio Almirante de Castilla. Lo que provocó que aumentara aún más la desconfianza en la Neoburgo. En marzo de 1703, Mariana se entrevistó en un cordial encuentro en Aranjuez con Felipe V, María Luisa Gabriela y la Princesa de los Ursinos. El encuentro duró una jornada en la que Mariana intentó un acercamiento mediante regalos personales.

De una manera oculta le llegó hasta el Alcázar una carta de su hermano Juan Guillermo donde le informaba que la llegada del archiduque Carlos (o Carlos III como empezaban a llamarle sus adeptos) a España era inminente. La alegría y la esperanza se adueñaron de Mariana, ansiosa por que cambiara su penosa situación de abandono. Además, se enteró de que la Princesa de los Ursinos había logrado la dimisión de su viejo enemigo, el cardenal Portocarrero, y mandarlo hasta su palacio arzobispal de Toledo. Al parecer, a la Ursinos no le gustaba nada la actitud tan sumisa del cardenal hacia Luis XIV, al que obedecía a pies juntillas sin llegar a evaluar si sus órdenes eran convenientes o no para España.

En 1706 supo Mariana que su sobrino había sido proclamado Rey de España en Barcelona como Carlos III. Su alegría iba en aumento puesto que un año más tarde la situación de Austria se había puesto muy favorable, las tropas imperiales entraban en Toledo a la vez que un ejército anglo-luso marchaba sobre Madrid, obligando a la reina María Luisa a refugiarse en Burgos a la vez que el rey se ponía al frente de las tropas. Mariana, rebosante de alegría, entendía que su cautiverio había terminado. Abandonó su luto para vestirse de gala y asistir hasta el Ayuntamiento de Toledo para ver cómo proclamaban a su sobrino Rey legítimo de España. El otro gran exiliado, el cardenal Portocarrero, también acudió a dicho evento, manifestando públicamente su adhesión a la causa austriaca y bendijo él mismo las banderas imperiales. Sin embargo, aquello duró poco, puesto que una nueva ofensiva de las tropas borbónicas pudo recuperar Madrid y obligó a retroceder a las tropas imperiales. Felipe V llevó a cabo una dura represión a quienes se habían mostrado a favor de Carlos III. En Toledo, una vez de nuevo en manos borbónicas, el pueblo se dirigió hasta el Alcázar donde empezaron a injuriar a la reina viuda y a lanzar piedras a las ventanas de sus habitaciones. Los días de Mariana en España estaban contados…

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 Asunto: Re: MARIANA DE NEOBURGO, la última Habsburgo
NotaPublicado: 28 Nov 2010 12:57 
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Querido Godoy...

Inciso: wowwwwwww, nunca había pensado yo que trataría con tanta simpatía a UN GODOY, jajajaja.

Pues eso, querido Godoy...menos mal que has retomado el tema, porque vivo en ascuas con Mariana. Por cierto, veo que acabas de sacar a escena a otro personaje que me intriga muchísimo: la princesa de los Ursinos. No puedo sustraerme a la tentación de poner mis dos retratos preferidos de la de los Ursinos. Yo siempre me la había imaginado como una especie de arpía en constante conchabeo por vía epistolar con Louis XIV y Madame de Maintenon, hasta que ví esos retratos tan atractivos:

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 Asunto: Re: MARIANA DE NEOBURGO, la última Habsburgo
NotaPublicado: 02 Dic 2010 05:23 
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Si, los retratos son muy buenos pero me parece que tenés toda la tazón: en ellos se nota que tiene bastante de arpía... Ni los pintores, que en general era benevolentes, pudieron disimular esa mirada de bruja cachavacha...

Godoy: me encanta este hilo!!!!!!

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 Asunto: Re: MARIANA DE NEOBURGO, la última Habsburgo
NotaPublicado: 07 Dic 2010 16:42 
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Registrado: 10 Ago 2009 15:24
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Y no tardó la señora Princesa de los Ursinos en decretar el destierro de nuestra Mariana de Neoburgo de España. Como era de suponerse, no gustó nada la actitud que la reina viuda mantuvo durante la ocupación de Toledo de las tropas imperiales. La ofendida valida de Felipe V tomó cartas en el asunto y, bajo el pretexto de alejarla del frente bélico por su propia seguridad, la expulsó y confinó en la ciudad fronteriza vascofrancesa de Bayona. Un batallón de quinientos hombres al mando del duque de Osuna fue el encargado de escoltar el real séquito por los campos castellanos hasta Bayona.

A pesar de la lastimosa condición económica que padecía Mariana como comentamos anteriormente, lo cierto es que la corte que iba a establecer en la ciudad gala era bastante nutrida, ya que iban a ser unas cuatrocientas personas en total. Entre ese séquito tenía su propia orquesta y un pintor de cámara, además de una gran cuadra con un elevado número de animales, sobretodo caballos. A expensas de preparar una casa en condiciones que acogiera a tal séquito, Mariana de Neoburgo se instaló momentáneamente en la casa-palacio de los Duques de Gammont. La hemorragia económica que les supuso tener a tan ilustre huésped fue monumental. Al final, Mariana se decidió por instalarse en una casa-palacio más pequeña que la de los duques de Gammont, tenía que ser realista con su situación económica. Aún así, sabiendo que la pensión que le llegaba apenas le daba para pagar los gastos diarios, la Neoburgo no recortaba el presupuesto y se jactaba de hacer carísimos regalos a aquel que se dignaba a visitarla.

Su vida en Bayona transcurrió a lo largo de los años de una forma muy monótona, sin grandes sobresaltos. En su vida cotidiana, Mariana se acostumbró a levantarse tarde, a eso de las diez de la mañana para almorzar a las dos de la tarde, luego, se echaba su siesta (muy a la española jajaja), para dejar la tarde a sus aficiones: las charlas con sus damas de compañía, la lectura y el paseo. Cuando salía a pasear, acostumbraba a hacerlo con etiqueta, como en España, como si siguiera siendo reina, escoltada por una guardia personal, salía en un séquito formado por varios coches de caballo donde iban su real persona, sus damas y algún que otro noble, además de los oportunos coches de cortesía. Frecuentemente, Mariana de Noeburgo acudía a sus dos verdaderas pasiones para poder salir de su aburrida y monótona vida bayonesa, hablamos de la música y el teatro. En su casa-palacio la reina viuda disfrutaba de veladas musicales y de representaciones teatrales donde acudían la nobleza y las autoridades locales.

Sus más de treinta años de destierro, dieron para todo tipo de habladurías acerca de la vida personal de la viuda del rey <<hechizado>>. Por las calles de Bayona (y mucho más allá), circulaban multitud de rumores sobre posibles relaciones sentimentales de la reina, pero lo cierto es que a ojos de todos, Mariana de Noeburgo tuvo una vida muy discreta. De todos, hubo un rumor que sonó con mucha fuerza, aunque sin demostrarse nada, me refiero al de Larréteguy. Según se apuntaba, Mariana de Neoburgo habría contraído matrimonio en secreto, muy enamorada, con el citado caballero y, al parecer, fruto de esa relación nacieron dos hijos, demostrando así su fertilidad. En la época, el rumor fue alimentado por el propio hermano de Larréteguy, por los que muchos dan al rumor cierta veracidad. Según se cuenta, cuando el supuesto cuñado se encontraba en plena calle con el paso del séquito de la real señora, éste sin tapujo alguno soltaba en medio del gentío popular: “Dejad paso a mi cuñada.” Tanta reiteración en aquella desfachatez hizo que al final las autoridades tuvieran que arrestarle y encarcelarlo en un castillo de Marsella.

Al finalizar la Guerra de Sucesión al trono de España (1710-1711), Mariana solicitó a Austria que durante el Congreso de Utrecht, se cumpliera lo que su fallecido esposo expresó en su testamento. Las intenciones eran claras, regresar a España y cobrar la pensión que en un principio se le había estipulado. Sin embargo, su acérrima enemiga, la Princesa de los Ursinos, se encargó personalmente de que Mariana no regresara a Madrid, tal y como sucedió.

El 14 de febrero de 1714, moría en Madrid la reina María Luisa Gabriela de Saboya con tan solo 25 años. A pesar de su juventud, María Luisa había conseguido el propósito de cualquier reina consorte, la descendencia (masculina, claro). Dejaba a tres varones: Luis (6 años), Felipe (2 años) y Fernando (5 meses), garantizando la descendencia. Felipe V, esquizofrénico y obseso sexual, contaba con 30 años cuando su esposa expiraba. Ahora, sin la reina consorte, el rey quedaba en las manos absolutas de su camarera mayor, la Princesa de los Ursinos. Su exagerada libido le hacía empeorar en sus crisis depresivas, por lo que se le ofreció a varias mujeres. Pero el rey, con una doctrina moral muy inculcada desde pequeño por sus educadores, se negaba a compartir lecho con cualquier mujer que no fuera suya ante Dios y su Iglesia. No hubo más remedio que buscarle con la mayor brevedad posible una nueva esposa que mejorara la situación del monarca, que verdaderamente no era urgente en cuanto a descendencia, que parecía garantizada, pero sí era necesario por la propia salud del rey.

En la búsqueda de una nueva consorte va a salir a escena otro gran personaje de la corte española de la primera mitad del siglo XVIII, el abate parmesano Julio Alberoni. Alberoni era el representante del Duque de Parma en Madrid. Muy astutamente, consiguió convencer (y engañar) a la mismísima Princesa de los Ursinos en el propósito de sentar en el trono español a la princesa doña Isabel de Farnesio, sobrina e hijastra del duque Francisco de Farnesio, al ser hija del fallecido príncipe de Parma Eduardo de Farnesio y de doña Dorotea Sofía de Neoburgo, por tanto sobrina de nuestra Mariana. El ambicioso Alberoni, sabía perfectamente cual era el plan de la Ursinos: conseguir una nueva consorte que fuera fácil de controlar y a la que no le gustara la política, con el fin de que no le restara poder e influencia a la hora de dirigir la política española. Deseoso por ocupar el puesto de la Ursinos, Alberoni presentó a la princesa Isabel con los siguientes argumentos: de carácter débil y apacible, con modesta educación (la Ursinos entendía que cuanto más analfabeta, mejor) y aficionadísima al queso parmesano; además, era descendiente de la casa de Neoburgo, con gran reputación de fertilidad. Por si fuera poco, Isabel era la segunda en la línea de sucesión del Ducado de Parma, tras su tío Antonio, el cual, junto a su padrastro Francisco, no tenía sucesión directa, por lo que era probable que el ducado recayera en la persona de Isabel. Hemos de recordar, que durante gran parte del siglo XVIII la política internacional de España fue destinada a recuperar lo perdido en Utrecht, por lo que con la Farnesio se abrían esperanzas de recuperar el poder perdido en Italia. Con todo ello, la Ursinos aceptó la opción parmesana y picó así en el anzuelo de Alberoni.

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El abate, Julio Alberoni.

Al margen de la cuestión nupcial, la Ursinos se enemistó con el Inquisidor general, el cardenal Giudice. Al parecer el enfrentamiento se produjo al intentar la Princesa acortar el poder e influencia de la Santa Inquisión. Al final, la Ursinos consiguió la destitución y destierro de Giudice. Camino del destierro, el cardenal Guidice, que era amigo de Alberoni, pasó por Bayona donde se entrevistó con la reina viuda Mariana de Neoburgo. Allí, juntos, planificaron su venganza contra la persona que los había desterrado. Plan en el que también iban a participar, claro está, Alberoni y la propia Isabel de Farnesio. No tardó Mariana de Neoburgo en enviar hasta Parma a una persona de su confianza, su tesorero Goyeneche, con el pretexto de felicitar a su sobrina por la elección como nueva Reina de España. Goyeneche informó a Isabel que debía hacer todo lo posible por visitar Bayona para entrevistarse con su tía Mariana antes de pisar suelo español.

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Isabel de Farnesio.

La Ursinos dispuso que el viaje real debía hacerse de forma rápida y por mar. Pero llegado el séquito al puerto de Génova, una fuerte tormenta hizo que la flota se quedara amarrada y no pudiera salir. En esta situación, Isabel se negó a embarcar y viajar por mar debido al malestar continuo y a los mareos que le producía el estar en el barco. Así que como tal, ordenó ir hasta España por el sur de Francia hasta Bayona, para luego pasar por Vitoria hasta Madrid. Esta determinación junto a las lentísimas etapas que realizaba el séquito y al hecho de que pasara por Bayona hicieron pensar a la Ursinos que la parmesana no era tan tonta ni tan dócil como Alberoni se la había pintado. Ante ello, quiso la Ursinos deshacer el compromiso y dar marcha atrás, pero ya era tarde. Luego, Mariana de Neoburgo consiguió el permiso de Luis XIV para poder viajar hasta Pau, donde se había concretado el encuentro entre tía y sobrina. Para sufragar ese viaje, que no iba a estar exento de lujos, Mariana no dudó en vender algunas de sus joyas. Y tras doce días de viaje, el día 29 de noviembre se reunían en el punto acordado tía y sobrina. Ambas no pudieron evitar el emocionarse y abrazarse al encontrarse. Pasaron juntas unos días muy agradables y entrañables donde se hicieron mutuamente regalos. Al gusto de Mariana, se realizaron grandes fiestas de música y baile en honor a ambas damas, así como representaciones de teatros. Era común que durante las fiestas doña Isabel tocara el piano y su tía, doña Mariana, cantara. Al margen del ambiente de fiesta, tía y sobrina tuvieron conversaciones importantes. En ellas Mariana le contó a Isabel qué es lo que iba a encontrarse en Madrid. La puso al tanto de la corte, de la ciudad, de los españoles, del rey y de las personas más influyentes, sobretodo de la Ursinos. Mariana quiso acompañar todo lo que pudo a su sobrina en el viaje a España, y estuvieron juntas hasta San Juan de Pie de Puerto (en la frontera de la Baja Navarra), donde se encontraron con un emisario de Madrid que animaba al séquito a que se dieran prisa por llegar ante la impaciencia del Rey. Pero a Mariana de Neoburgo le negaron la entrada a España y el poder acompañar a su sobrina hasta Pamplona, así que ambas se despidieron antes de lo que hubieran querido. En la ciudad Navarra se encontraron Isabel y el abate Alberoni, que había sido enviado por Felipe V para que diera órdenes de apresuramiento en el viaje. Esto le vino de perlas al abate ya que así pudo mostrarle a Isabel cual era su estrategia en relación a la Ursinos. En Madrid, presos de la impaciencia, decidieron adelantarse e ir a recibir a la nueva soberana. Felipe V, casi desesperado, la esperaría en Guadalajara, mientras que la Ursinos quiso adelantarse y recibirla antes que el Rey, esperándola en la localidad guadalajareña de Jadraque.

Por fin, tras larga espera las dos mujeres que en principio tenían destinado dirigir el rumbo de España en los próximos años se encontraban el día 23 de diciembre cara a cara. En una noche helada, la Princesa recibía a la parmesana vestida con sus mejores galas. Tras el saludo protocolario que requería la ocasión, la Ursinos se dignó a compañar a la Farnesio a las habitaciones que se le había preparado para descansar. Mientras las damas charlaban en privado, Alberoni esperaba en la antecámara como esperando a que algo sucediera. Y así fue, no tardaron en oírse voces desde el interior. Se abrieron las puertas y una indignada Isabel salía de la habitación mientras llamaba a su jefe de guardia al que textualmente le dijo: “Sacad de aquí a esta loca que se atreve a insultarme”. Y con las mismas, se sentó en unos de los bancos de la sala y escribió y firmó sobre sus rodillas un decreto de expulsión. Vestida de gala y sin hacer siquiera las maletas, la hasta entonces poderosísima Princesa de los Ursinos, fue conducida aquella misma gélida noche a un coche de caballos que la llevaría escoltada por cincuenta hombres hasta la frontera, con orden de no hacer más paradas que las imprescindibles. La Ursinos no volvió a pisar España. Luego Isabel mandó un escrito a Felipe V para justificar aquel acto diciéndole que la señora Princesa “no les habría dejado dormir juntos”. Y Felipe V aceptó sin más, a pesar de los años de servicio que había prestado la Princesa a su persona, no recibió ni siquiera una carta de despedida del soberano.

El plan había funcionado y sus grandes enemigos se vengaron. La Neoburgo era presa de alegría y se esperanzaba en poder volver a la corte, Giudice volvía a ser Inquisidor general y Alberoni iniciaba una etapa de continuos ascensos apoyado por la propia reina Isabel. Lo cierto es que la tardanza con que se llevo a cabo el viaje de Isabel hasta España no fue casual. Sabían que el Rey, y así lo contrastaría Isabel en persona, consentiría todo con tal de que poder satisfacer su deseo sexual. No le importó en absoluto que se expulsara a la persona con quien tenía más confianza para el gobierno si su esposa estaba contenta, ya que seis meses de abstinencia en el sexo eran demasiado y la necesitaba.

Al llegar Bayona, la Princesa de los Ursinos invitó a Mariana de Neoburgo a una entrevista. Pero la reina viuda, muy resentida por su destierro se lo denegó, nunca se lo perdonó. Siguió viviendo en Bayona a la espera de poder regresar a Madrid ahora que su sobrina era la Reina consorte. Sus esperanzas se fueron apagando al entender que Alberoni no la dejaría regresar. Alberoni y la Ursinos eran tal para cual, ambiciosos y con hambre de poder no querían que nadie pudiera estorbarles en sus asuntos, y Alberoni hizo todo lo posible por evitar la vuelta de la reina viuda a la corte. Mariana de Neoburgo, desengañada, tuvo que resignarse y seguir viviendo en su monótona estancia bayonesa. No tuvo más remedio que esperar a que las cosas en Madrid cambiaran y pudiera regresar.

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 Asunto: Re: MARIANA DE NEOBURGO, la última Habsburgo
NotaPublicado: 13 Ene 2011 22:20 
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Godoy, para que te animes a continuar, ofrezco un retrato de Mariana en sus años jóvenes. Muy vistoso...¿eh? Te va a encantar ;)

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 Asunto: Re: MARIANA DE NEOBURGO, la última Habsburgo
NotaPublicado: 14 Ene 2011 14:04 
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Guauuuuuuuu! Minnie, menuda joyita de retrato!!! :love: :love: Qué maravilla!! Mil graciaaas!! :yay:

Pues tengo muchas ganas de continuar con la historia de este personaje al que le he cogido mucho cariño al final... jajaja. Peeero, si no encuentro más material acerca de sus últimos años, en la que parece que en su vida no se dieron apenas acontecimientos importantes, no me queda más remedio que contar el final de su historia que naturalmente termina con su muerte. Y me da pena matarla jajaja :((
No, lo cierto que al margen de la escasez de información sobre sus últimos años, es que ahora mismo estoy en período pre exámenes, que es cuando verdaderamente toca hincar codos, así que tengo poquito tiempo para buscar información y relatar. Pero continuaré, eso sí. Además, adelanto en primicia que me gustaría también relatar la vida de un personaje que siempre me ha llamado la atención como Mariana de Neoburgo, se trata de un sobrino-bisnieto de ésta, y más en concreto un nieto ilustradísimo de Isabel de Farnesio, (no doy más pistas jaja) del cual ya tengo algo de información pero del que me gustaría seguir recabando algo más.

Saludos!

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 Asunto: Re: MARIANA DE NEOBURGO, la última Habsburgo
NotaPublicado: 14 Ene 2011 19:58 
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Pues buena suerte en los preexamenes Godoy! :thumbup:

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