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 Asunto: Maria Antonieta Intima
NotaPublicado: 02 Oct 2008 04:38 
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En el año 62 se publicó la historia de Maria Antonieta, y como soy fanático de la casa real Bourbon la transcribo acá. No aparece bajo la firma de nadie

MARIA ANTONIETA INTIMA

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CAPITULOS I

UNA NIÑA SE CASA

En la residencia de Madame de Pompadour, en Babiole, tuvieron lugar en el año 1755 las conversaciones entre Francia y Austria, que prepararían el cambio de la política tradicional, el "trastocamineto de las alianzas".

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Guerra de los 7 años

Este tratado ponía término a los desacuerdos que durante 3 siglos había separado dos pueblos hechos para comprenderse. "Deseaban la paz, dice Bernis, y creyeron que esta alianza la proporcionaría, afirmándola". Fue una decepción. Casi inmediatamente estalló la guerra la que iba a durar 7 años. A pesar de las derrotas que sufrió el ejército francés, Luís XV y Maria Teresa de Austria resolvieron mantener la alianza y casar al Delfín con una archiduquesa. Cuando el tratado de Paris, en el año 1761, el Delfín contaba 9 años. El 24 de mayo de 1766 el Príncipe Starhemberg salió de Francia y ya estaba seguro que la novia seria la archiduquesa Maria Antonia.

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Maria Antonieta

Del Matrimonio de Maria Teresa, hija del emperador Carlos VI, con Francisco, Duque de Lorena y Gran Duque de Toscana nacieron 16 hijos. Diez de ellos sobrevivieron. Maria Antonieta era la novena. Todos pasaban sus vacaciones en Schombrünn, residencia de caza ubicada a solo dos leguas escasas de Viena, bajo la vigilancia de una gobernanta, de profesores y del médico de la corte, Van Swieten. Gozaban de gran libertad y no veían a la emperatriz, la que pasaba muy ocupada con sus tareas de soberana, sino en raras ocasiones. Era una existencia sin restricciones, una vida casi silvestre.

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Familia Imperial

En cambio, el emperador Francisco les consagraba largas horas. No tenia ambiciones, y prefería dejar a Maria Teresa el cuidado de gobernar el imperio.

La preferida era Maria Antonieta, "Madame Antoine", la que apenas había cumplido 10 años cuando murió su padre. ¡Cuanta pena experimentó!.

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Francisco de Lorena

Cuando aun no había cumplido 13 años, ya en todas partes se hablaba de su matrimonio y los rumores venían tanto de Paris como de Viena. Sin embargo, aun no había nada decidido... El embajador de Francia, M. de Durfort, salía un día del palacio imperial de Viena donde Maria Antonieta había acabado de danzar un ballet con sus hermanos Fernando y Maximiliano, cuando se encontró con el príncipe Starhemberg quien le preguntó:

¿Como encuentra usted a la archiduquesa Maria Antonieta?

Perfectamente bien, respondió M. de Durfort.

El príncipe lo miró riéndose y volvió a decir.

¡El Delfín tendrá una mujer encantadora!

Y Durfort replicó riéndose a su vez:

Es un buen bocado y estará en buenas manos...

Se interrumpió, temiendo haber dicho mucho y después agregó:

Si se lleva a cabo este proyecto.

En el mes de abril de 1768, un agente secreto, llamado Barth, enviado por el duque de Choiseul fue a Viena y dirigió a M. Gerard una misiva que decía: "Sus majestades imperiales se han impuesto con viva satisfacción de todo lo que el señor duque de Choiseul ha declarado al señor embajador (de Austria) referente al futuro matrimonio de Madame la archiduquesa Antonieta con Monseñor el Delfín... Sus Majestades imperiales, también han visto con sumo agrado que el Rey muy cristiano, pide constantemente noticias de su futura hija".

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Luis XV

El conde de Mercy-Argentau sucedió al príncipe de Starhemberg como embajador de Austria en Paris. Luís XV lo interrogó a menudo sobre la educación que había recibido la futura Delfina. No ocultaba que le daba gran importancia a la pureza del idioma francés y pedia que la princesa lo estudiara con ahínco. Advertida del deseo del rey, la emperatriz Maria Teresa confió estos estudios de su hija a dos actores franceses. Aufresne y Sainville. También la iniciarían en los gustos y costumbres del país donde reinaría un día.

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Pronto se dieron cuenta de que la princesa ignoraba casi todo lo que saben los niños de su edad. Hablaba un poco de italiano, pronunciaba bastante mal algunas palabras francesas y era aficionada al baile y a la música. Para modelar su carácter a la francesa le enviaron un sacerdote de Paris, el Abate Vermond, quien seria también su confesor. Era doctor en la Sorbona y bibliotecario del Colegio de las Cuatro Naciones.

Los progresos eran lentos y Vermond se consolaba escribiéndole al conde de Mercy: "Espero que su excelencia se sentirá encantado con Madame la archiduquesa. Su fisonomia adqueire cada dia mayores atractivos. Pueden existir rostros mas bellos, pero me parece imposible encontrar una cara mas agradable".

En su impaciencia en poner termino a los preparativos para el matrimonio de su hija, la emperatriz entregó a Mercy cuatrocientas mil libras destinadas al ajuar. El 12 de junio de 1769, víspera de San Antonio, dio una gran recepción en el castillo de Luxemburgo, en honor de Maria Antonieta.

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Maria Teresa y su familia

Se cruzaron cartas entre Luís XV y Maria Teresa, en las que ambos se congratulaban por esta unión tan afortunada y se prometían toda clase de desvelos en bien de la tan joven pareja de novios.

Mientras que Durfort preparaba todo en Viena y se desvelaba por los mil detalles de las diversas ceremonias que debían desarrollarse según el protocolo mas minucioso, el fabricante de carrozas Francien, terminaba en Paris los dos carruajes destinados al embajador de Francia en Viena cuando fuera, "en nombre del Rey" a hacer el "pedido de ceremonia", de la mano de la archiduquesa Maria Antonieta. Una de estas berlinas para cuatro personas estaba tapizada de terciopelo carmesí donde se veían bordadas en oro las 4 estaciones. El otro coche era de terciopelo azul y se destacaban en el los cuatro elementos, ramilletes de flores de oro, de diversos colores, brillaban sobre el techo. Todo era extremadamente suntuoso y elegante.

El 28 de enero de 1770, Maria Teresa, José II y Maria Antonieta recibieron de parte de Luís XV una estampa simbólica que representaba al Delfín labrando. A partir de ese día, las fiestas y recepciones se sucedieron sin interrupción. En el Kammerfest del 7 de febrero mientras los archiduques y archiduquesas abrían el baile con un minueto la emperatriz llevó a un lado a Durfort, y le confió un detalle intimo sobre Maria Antonieta. La niña se había hecho mujer esa misma mañana. "El Rey, agrega ella, se alegrará al saber que la boda no ha sido prematura".

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Mercy-Argentau

Hacia poco tiempo que las carrozas habían llegado a Viena cuando Durfort, nombrado embajador extraordinario, hizo su entrada publica. El cortejo francés compuesto por 48 berlinas tiradas por 6 caballos cada una, pasó por las calles de Viena. Desde las ventanas de la condesa de Trautmansdorf, que era maestra de ceremonias desde la muerte reciente de Madame Lerchenfelt, Maria Antonieta y su hermana Cristina, pudieron contemplar el espectáculo cómodamente.

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Maria Teresa

Al día siguiente en audiencia publica, Durfort, dirigió a Maria Teresa y José II el pedido oficial. Cuando hubo dado su consentimiento, Maria Teresa hizo llamar a su hija. Maria Antonieta se inclinó profundamente ante su madre y saludó a Durfot, quien le entregó un retrato del Delfín. Maria Antonieta interrogó a la emperatriz con los ojos. Avanzó la condesa de Trautmansdorf y le prendió el retrato en el pecho. Junto con una dote de 200 mil florines Maria Teresa agregaba anillos y joyas por un valor igual. Luís XV aseguraba a la Delfina una suma muy importante, que aun no estaba determinada y una renta anuela de 20 mil escudos de oro y 200 mil en alhajas.

El 17 de abril la archiduquesa renunció a sus derechos. El 19 se celebró el matrimonio por procuración, en la Iglesia de los Agustinos a las 6 de la tarde. El joven archiduque Fernando representó al Delfín. Asistido por el cura de la iglesia, el nuncio Briselance les dio la bendición nupcial.

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Archiduque Fernando

El 20, mientras se efectuaban los preparativos para la partida, Maria Teresa escribió a Luís XV para rogarle que fuera un padre para su hija. Entregó también otras dos cartas destinadas al rey de Francia; una para Maria Antonieta y la otra para el príncipe de Satarhemberg encargado de conducir a la Delfina a Versalles.

¡Cuanto lloró Maria Antonieta en el momento de su partida! Antes de separarse de su hija, la emperatriz le dijo: "Se justa, humana, penetrada de los deberes de tu rango. Posees el don de agradar; ponlo a la disposición de tu esposo. Persuádete que no hemos venido a este mundo únicamente a divertirnos".


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NotaPublicado: 02 Oct 2008 05:29 
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Las etapas aunque numerosas eran cortas. Primero se detuvieron en Melk, donde José II deseaba ver a su hermana una vez más. El cortejo que comprendía unas doscientas personas se detuvo en Friburgo, en la Selva Negra, donde un paje entregó otra carta de Maria Teresa para su hija. La emperatriz nos e consolaba con la separación de su hija y le daba nuevos consejos: "Ya estas donde la providencia te ha destinado vivir. Vas a encontrar un tierno padre confía en él... Nada te digo del Delfin; ya conoces mi delicadeza sobre este punto. Sometida en todo a su marido, la mujer solo debe pensar en agradarle y hacer su voluntad. La única dicha en éste mundo está en un matrimonio feliz. Todo depende de la mujer, si es complaciente, dulce y entretenida".

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Maria Antonieta bailando en Schombrünn

El 7 de mayo atravesaron Kehl; poco mas tarde descendían de la carroza y Maria Antonieta penetraba en un edificio construido para las circunstancias en una isla del Rhin, atravesaba por la ruta de Estrasburgo. El ceremonial imponía que la joven fuera puesta en manos francesas en terreno neutral.

La etiqueta exigía que la Delfina se despojara de sus ropas, de su camisa y hasta de sus medias y que recibiera otras prendas preparadas en su nueva patria. Todos sus objetos personales los distribuyó entre las personas que la rodeaban. Viendo alejarse, su pasado, sus amigos, su familia y dejar atrás sus costumbres y sus gustos, la joven princesa no pudo retener sus lagrimas…

Apareció luego vestida a la francesa, dándole la mano al príncipe Starhemberg, y seguida por el cortejo austriaco. Al otro lado de la mesa colocada en el medio del salón y que representaba la frontera, estaba el conde Philippe de Noailles encargado de recibir a la Delfina. Después de un aburrido discurso de Noailles, se abrió la puerta de una sala que daba hacia Francia. El sequito austriaco se alejó. Sólo quedó el príncipe Starhemberg junto a Maria Antonieta. El cortejo francés se adelanto hacia la Delfina.

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La llegada de la Delfina a Estrasburgo

Llovía y durante toda la ceremonia se escuchaban los truenos. Continuaba la tormenta cuando Maria Antonieta salió de los pabellones para dirigirse a Estrasburgo. Cuando entró en la ciudad, tronaban los cañones y las campanas fueron echadas al vuelo. Creyendo serle grato, el jefe del magistrado la saludó en alemán: “No hable alemán, Señor; desde hoy día sólo entiendo el francés”. Recibió un sinfín de homenajes; jovencitas y muchachos vestidos de aldeanas y aldeanos le ofrecieron canastillos de flores. En las calles asaban bueyes enteros y verdaderas fuentes de vino corrían al alcance de todo el mundo. En la noche, la ciudad iluminada presentaba un aspecto feérico.

Recibió a las jóvenes de la nobleza con mucha sencillez y con tanta amabilidad que jamás pudieron olvidarla.

Al día siguiente Maria Antonieta oyó la misa en la Catedral. Con la mitra en la frente, el ayudante del cardenal de Rohan, el joven príncipe Louis de Rohan, la aguardaba en el atrio. Se veía muy apuesto con sus vestimentas pontificias y su elegante indolencia de prelado mundano, no estaba demás en la solemne ceremonia. Con un gesto amplio, hizo enmudecer los órganos y saludó a la Delfina: “Usted será Madame, le dijo, la viva imagen de esa emperatriz querida, que desde hace tiempo ha conquistado la admiración de Europa… Es el alma de Maria Teresa que se va a unir con los Borbones”.

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El Delfin, futuro Luis XVI

Algunas horas más tarde Maria Antonieta partía para Savernia. El 14 de mayo llegaron al puente de Berne, en los lindes de los bosques de Compiegne. De pronto la condesa de Noailles exclamó: “¡He aquí al Rey!”. Maria Antonieta salió de su carroza dorada y roja de emoción corrió hacia Luís XV y se arrodilló. Luís XV la levantó, , le sonrió, la besó y le presentó a Mesdames, sus hijas, y al Delfín Luís. La multitud que se apretujaba tras los soldados prorrumpió en exclamaciones y bravos: “¡La Delfina!”… “¡Viva Nuestra Delfina!” En medio de su alegría Maria Antonieta besó a su futuro marido, que se veía desmañado y molesto con su traje de ceremonia.

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Mesdames

Luís XV hizo sentarse a Maria Antonieta junto a él en su carroza, frente a su novio, su dama de honor la condesa de Noailles. Por los cristales del real carruaje Maria Antonieta divisaba a los jinetes, guardias de corps, mosqueteros y gendarmes que caracoleaban en el camino.

Solo el Delfín no parecía participar de la alegría general. Con un aire triste, turbado, guardaba silencio. Con los ojos fijos en el rey, la Delfina, recordaba la respuesta del joven conde de Lorges, hijo del embajador de Francia en Viena, cuando ella lo interrogaba sobre Luís XV: “Es el gentilhombre mas apuesto de la corte”. Tenía Razón. Nadie era tan seductor como el rey. Este la miraba a su vez con la misma fascinación que había experimentado cuando la vio en Compiegne. La contemplaba con tanta atención que la princesita se emocionó. Sus mejillas se cubrieron de rubor. Y sus miradas se dirigieron hacia el Delfín que indiferente, por lo menos en apariencia, no prestaba atención a lo que pasaba en torno a él.

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Luis XV

Luís XV se sintió encantado con esta frescura de alma, este pudor inquieto que demostraba la joven. Amaba ya a la Delfina como si siempre hubiera pertenecido a su familia. Seguramente que su presencia animaría, alegraría esta Corte demasiado estirada. Disiparía la rudeza algo huraña del Delfín. Impulsado por un arranque, se inclinó hacia la Delfina y la tomó en sus brazos, cubriendo de besos su bello rostro.

Conquistada, Maria Antonieta, se abandonaba a sus caricias. Recordaba a su padre el emperador. Haciendo estas reflexiones apoyó su cabecita rubia en el pecho condecorado del rey. Creyó revivir los días felices de su infancia. El rey la vio pensativa y le dijo:

¿Lamenta demasiado haber dejado Viena?

¡OH, no mi papá! Respondió ella con el rostro radiante de alegría.

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Maria Antonieta

Cuando llegaron al castillo de Compiegne, el rey y el Delfín llevaron a la princesa a su departamento y la presentaron al gordo duque de Orleáns, y su hijo el duque de Chartres, el príncipe de Condé, el de Borbon, el príncipe de Conti, la princesa de Lamballe. Todos recibieron una palabra amable de ella. Y declararon el alta voz que el encanto de la Delfina era superior a todas sus esperanzas. ¡Que linda reina tendrían!

Al día siguiente cuando salieron de Compiegne, la Corte se detuvo en Saint Denis, donde Madame Louise, la mas joven de las hijas s Luís XV, se había retirado poco tiempo antes a las Carmelitas. Después partieron hacia La Muette. Había acudido tanta gente desde Paris que les costó atravesar en el medio de la muchedumbre y solo llegaron a su destino a las 7 de la tarde. Allí le presentaron a los dos hermanos del Delfín. Primero se adelantó el conde de Provenza. Tenía 14 años y medio, la misma edad de Maria Antonieta. Deformado por una obesidad precoz, la saludó pavoneándose, y le recitó un cumplido en verso, con aire tan satisfecho, que ella quedó extrañada. El conde de Artois, se asemejaba mucho al rey y contaba 13 años a lo más. Era muy apuesto, de modales corteses y nobles. Agradó inmediatamente a la joven princesa.

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La cena en la boda de la Delfina

Esa noche Luís XV ofreció un gran banquete. Una mujer a quien Maria Antonieta no había visto aun, se sentó en la mesa del rey. Sus rizos rubios caían sobre sus hombros. Con rasgos muy finos, nariz pequeña, boca delicada, poseía una tez que un poeta habría podido comparar con “una hoja de rosa caída en la leche”, se aprecia a esos ángeles que se admiran en los cuadros religiosos de Corregio. Sus pupilas azules se deslizaban entre los parpados medio cerrados que le prestaban un lánguido encanto a su fisonomía. Cuando supo que era Madame du Barry, Maria Antonieta no pudo retenerse y exclamó: “¡Es encantadora!” Le preguntó a una dama cuales eran sus funciones en la corte y esta le respondió: “Agradar al rey y entretenerlo”. Maria Antonieta exclamó entonces: “En ese caso, ¡deseo ser su rival!”.

Las hijas del rey, Mesdames, le lanzaron una mirada muy escandalizada.

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Madame du Barry

Al día siguiente Maria Antonieta se dirigió a Versalles donde se efectuó el matrimonio. Cuando el Delfín colocó el anillo de compromiso en el dedo de la Delfina y le entregó las monedas de oro, Luís XV firmó el primero, el acta de matrimonio. La Delfina escribió fácilmente sus cuatro nombres: Maria Antonia Josefa Juana; pero desgraciadamente, su pluma dejó caer en el registro una gota de tinta…

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Boda de los Delfines

Después de un desfile de reverencias y de homenajes, el público pudo entrar y admirar a la Delfina sentada a la derecha del rey. De súbito estalló una violenta tempestad. La multitud que había invadido las calles y el parque de Versalles huyó precipitadamente.

Hacia la medianoche, el gran capellán bendijo el lecho. La duquesa de Chartres presentó la camisa a Maria Antonieta. El Delfín la recibió de manos del rey. Todas las miradas estaban fijas en estos esposos apenas salidos de la infancia. La Delfina parecía muy emocionada y ruborizada. Al verla tan atrayente. Luis XV se preguntaba como era posible que el Delfín conservara ese aspecto huraño que no lo había abandonado desde que salieron de Compiegne.

Al día siguiente durante la presentación general, todos se atropellaban en el departamento de Maria Antonieta. Cenó sola, porque el rey y el Delfín habían salido para cazar el ciervo, en Belle Image. La joven estaba algo desconcertada por este abandono y no tenia mas distracción que la compañía de la austera y rígida condesa de Noailles, que le hablaba gravemente del ceremonial y la etiqueta.

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Versalles

Toda su alegría y entusiasmo parecía haber desaparecido. Se sentía molesta en medio de las vastas habitaciones demasiado suntuosas de Versalles y recordaba añorando la sencillez de Schombrünn.

Los días y las noches transcurrían en medio de una soledad de corazón que la mortificaba profundamente. Pasaba el tiempo leyendo las cartas de su madre. Movía la cabeza repitiendo ciertos pasajes: “La verdadera felicidad en este mundo solo se consigue en un matrimonio dichoso… Todo depende de la mujer…” Y tal como la aconsejaba su madre, redoblaba sus caricias y sus gracias para darle mayor confianza a éste marido tímido y huraño.

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Durante diez días se sucedieron las fiestas y diversiones de todas clases en Versalles. El último espectáculo fueron los fuegos artificiales que tuvieron lugar en la plaza de Luís XV. El rey no asistió porque se encontraba en Bellevue con Madame du Barry. El Delfín estaba cazando. Maria Antonieta llegó en una carroza con Mesdames en un momento que un gran resplandor iluminaba el cielo. Se escucharon gritos de espanto. Uno de los pabellones estaba ardiendo. La multitud corría por todos lados enloquecida. Desgraciadamente esa noche el puente de las Tullerias estaba cerrado. Había una sola salida: la calle Royale. La muchedumbre que huía se atropellaba con los curiosos que legaban por los bulevares. Las carrozas apostadas en la calle acrecentaban el desorden. Empujados por todas partes, caían en las fosas recién abiertas. Para salvarse, se daban de puñetazos, bastonazos, y algunos sacaban su espada… Asustada la Delfina regresó a Versalles. Lloró toda la noche. Y sus lágrimas fueron mas amargas cuando se impuso que habían muerto ciento treinta y dos personas y quedaban unos novecientos heridos.

Así terminaban las fiestas de su matrimonio


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NotaPublicado: 02 Oct 2008 10:58 
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Bienvenido Pedroro ;) Magnifico material has puesto =D>

Me ha impresionado muchisimo el documento acerca de la cena del delfin, y de la archiduqusa Maria Antonieta. Excelente !! Si me lo permites, me gustaria llevarmelo para mis archivos :-)


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NotaPublicado: 02 Oct 2008 11:09 
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Pedroro, no solamente te doy la bienvenida sino que te felicito por el maravilloso arranque, fascinante la puesta en escena texto y fotos. Ojalá podamos ver más (wink)

Espero que lo pases bien aquí.

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NotaPublicado: 03 Oct 2008 01:09 
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CAPITULO II

ESPOSOS MAL AVENIDOS

El Delfín de Francia, Luís Augusto, ya tenia 15 años, pero el amor y sus derivados lo dejaban muy indiferente. Salvaje y rustico, como ha dicho un embajador de Venecia, parecía que se había criado en un bosque. Este nieto de Luís XV no se parecía nada al Bien-Amado; robusto pero pesado, le faltaban los atractivos vencedores del Príncipe Encantado. Hábil para la caza, y para los trabajos manuales, grave y reservado, parecía muy rebelde a los encantos femeninos. Y condenado por su estado a la sociedad de las mundanas efervescencias, soportaba sus parloteos con una resignación aburrida.

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Maria Antonieta

La conducta del Delfín no dependía exclusivamente de su temperamento; contribuyó a ello la educación que había recibido. Sus padres y maestros lo pusieron en guardia sobre el peligro del atavismo. Su ayo, el duque de La Vauguyon, “uno de los pocos señores que escapó al libertinaje de la época”, como ha dicho Madelin, reunió en torno suyo preceptores tan sabios como austeros: D’Allouville, el marqués de Senety, el abate de Badonvilliers, Monseñor de Coëtlogon. Habiendo recibido de uno de ellos un sentido intransigente del deber y una piedad profunda, el joven sufría con los extravíos de conducta que habían empañado la gloria de sus antepasados. Desde muy niño, se había prometido huir del ejemplo de sus ascendientes, y reparar sus faltas con una estricta circunspección hacia las mujeres, eternas tentadoras. Al casarse obedeciendo los deseos del abuelo, ¿abdicaría esta reserva a favor de la elegida por M. de choiseul?

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La corte no lo creía, y todos acechaban las reacciones mutuas de los nuevos esposos, y los cortesanos mas advertidos no auguraban nada bueno de dos caracteres tan diferentes.

Algunos hechos, aunque parecían insignificantes, apoyaban a los pesimistas.

Durante un grandioso banquete de bodas, servido en Versalles, el Delfín le hacia honor a la comida con el apetito acostumbrado; el reuy le dijo sonriendo:

No cargue mucho el estomago esta noche.

Luís sorprendido, respondió ingenuamente:

¿Por qué? Siempre duermo mejor cuando como bastante.

Y al día siguiente inscribió en su diario intimo: “Nada”, palabra repetida con tanta monotonía, que su efecto pesó gravemente en el porvenir de la monarquía.

Dos días después, se supo que el Delfín había abandonado a su pequeña esposa antes del alba para ir a cazar.

Cuando regresó, cansado, fue inmediatamente a saludar a Maria Antonieta.

¿Ha dormido bien? Le preguntó

Si, respondió la Delfina. Y después se puso a jugar con mirada soñadora con el perrito, y el abate Vermond, su antiguo preceptor, que asistió a ésta entrevista, se retiró con el corazón “acongojado”.

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Luís XVI

Luís cumplió 16 años el 13 de agosto de 1770, y prometió a su esposa que festejarían este acontecimiento viviendo en adelante con ella en Compiegne “en la mayor intimidad”. Habían transcurrido 3 meses desde el matrimonio, y todos esperaban que esta promesa, unida al aire vivificante de Compiegne, daría los resultados tan esperados, y en septiembre, tras nueva promesa, se dirigieron a Fontainbleau, pero tampoco este cambio les fue favorable.

Llegó octubre, y aun no sucedía nada, salvo que una noche que el Delfín tuvo una indigestión, éste decidió ocupar un dormitorio aparte. Pero, respetuoso de sus obligaciones conyugales, hacia frecuentes y regulares visitas nocturnas a su mujer.

El interés del trono

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En realidad, Luís, solícito y visiblemente enamorado, sin renunciar a los trabajos de cerrajería y a la caza, pasaba la mayor parte de los días en compañía de Maria Antonieta.

Pero a la larga, la conducta de la Delfina se hizo significativa. Parecía preocupada y algo aburrida. Después la vieron afectar súbitamente una alegría loca y lanzarse ciegamente en todas las diversiones: Juegos, bailes, fiestas y otros pasatiempos muy inocentes, sin duda, pero, en todo caso, peligrosos. Una joven aparentemente insatisfecha es una ganga para los seductores que siempre abundan en la corte. Homenajes equívocos, halagos interesados, cumplidos lánguidos, revoloteaban en torno de la esplendorosa belleza de la Delfina.

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Y así pasaron los meses y los años, y aunque “el indolente marido visitaba a su mujer con mayor frecuencia” como dice André Castelot, “tan concienzudo como desmañado, se obstinaba en ensayos cada vez mas lamentables”. El niño tan deseado no aparecía. Entonces comenzó a circular el rumor de que el Delfín era impotente, lo que se comentó no sólo en Paris, sino también en otros países de Europa.

Pero, a pesar de las opiniones de los médicos, Maria Antonieta parece que no creyó en un impedimento físico de su esposo. Escribió a su madre el 18 de abril de 1773:

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Lasonne

“El Delfín respondió perfectamente a Lasonne durante la consulta. Está bien constituido, me ama, y tiene buena voluntad. Pero es de una indolencia y de una pereza que sólo sacude cuando va de caza”.

Deseoso de ver a su hermana José II, emperador de Austria hizo una visita a Francia, y durante su permanencia en Versalles habló confidencialmente con Luís XVI, y le hizo ver la necesidad de preocuparse de la felicidad conyugal de su mujer.

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José II

De tal suerte, supo imponerse el imperial cuñado, que cuando salió de Versalles, el 30 de mayo de 1777, dejó ya muy adelantado el avenimiento de ambos esposos. Maria Antonieta pudo anunciar a su madre el efecto de las exhortaciones, hechas por su hermano a su esposo:

“Gozo de la dicha mas esencial de la vida. Hace ya más de 8 días que mi matrimonio está perfectamente consumado; ayer reiteró la prueba, y con mucha más suerte que la primera vez… No creo que esté grávida aún, pero tengo la esperanza que esto sea de un momento a otro”.

Maria Antonieta sufrió, evidentemente con estas alternativas de esperanzas y decepciones, lo que modificó esencialmente su psiquis. Se comprende que se haya entregado a ese frenesí de diversiones después de varios años de matrimonio, lo que seria un derivativo a su hastío y una compensación a sus muchas desilusiones.


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NotaPublicado: 03 Oct 2008 01:15 
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El nacimiento del Delfín

Un día de abril de 1778, Stephan Zweig cuenta ésta anécdota, la reina se acercó a su marido, y con rostro preocupado, y fingiendo que estaba ofendida, le dijo: “He venido, Sire, a quejarme de uno de sus súbditos, que es lo bastante audaz como para darme puntapiés en el vientre”. El rey, a pesar de estar mas despabilado, no comprendía las bromas muy fácilmente, pero de súbito, estalló en una carcajada, y muy orgulloso con ésta prueba de su virilidad besó fogosamente a su esposa.

El 5 de mayo, partió un correo para llevar la noticia a Viena. El 4 de agosto se anunció oficialmente a la corte la gravidez de la reina.

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El bebé nació el 19 de diciembre de 1778. Fue una niña. Maria Antonieta, que según la tradición secular dio a luz ante toda la corte, tuvo un “golpe de sangre”, y solo se salvó gracias a una sangría, practicada con gran urgencia.

El rey, la corte, Francia entera y también Viena, tuvieron gran regocijo, porque el nacimiento de la princesita permitía abrigar legítimas esperanzas de un Delfín.

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Pero transcurrieron los meses y Maria Teresa se impacientaba y hacia reproches a su hija, porque empleaba mal las noches.

En 1780, la reina estaba nuevamente grávida. Desgraciadamente el embarazo no llegó a su término, y Maria Teresa murió el 29 de noviembre de 1780, sin haber conocido a su nieto. Pero el 22 de octubre de 1781, a la una y cuarto, Luís XVI, con los ojos llenos de lágrimas, se acercó al lecho donde la reina había sufrido toda la mañana y anunció con voz potente:

Monsieur el Delfín quiere entrar.

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Los cañones dispararon ciento un cañonazos para que el pueblo de Paris se impusiera de la feliz nueva. Todos enviaron a Versalles delegaciones de los oficios en que se desempeñaban, y presentes y hasta un actor leonés aún desconocido, compuso unos versos en honor a la reina, “la augusta princesa, cuya bondad y virtudes han conquistado todos los corazones”. Ese poeta se llamaba Collot d’Herbois; algunos años mas tarde firmó la sentencia de muerte de Luís Capeto.

Pero, Antes, Maria Antonieta fue madre dos veces más; y en 1785 nació el futuro Luís XVII, y en 1786 una princesita que murió un año más tarde.

Insensiblemente, las alegrías y los deberes de la maternidad apartaron a la reina de la vida frívola de la corte.

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Poco a poco las pruebas familiares, las enfermedades de los hijos, la muerte de Sofía y del primer Delfín, consolidaron en el dolor común la mutua ternura de los padres.

Maria Antonieta ya estaba lista para las pruebas que se anunciaban, y cuando sonó la hora del sacrificio supremo, ambos esposos supieron caminar hacia al muerte con el mismo paso, como “verdaderos compañeros de la eternidad”.

La dulzura de vivir

Hay un grabado de la época, que nos muestra a algunos personajes reunidos en torno de una mesa. Representa una escena de verano, en el campo; está abierta la puerta del salón, y por ella se divisa un hermoso jardín apacible.

Juegan; pero, seguramente el interés es relativo, porque no impide que los jugadores charlen animadamente. Uno de ellos se levanta un poco, para responder a una joven que con el abanico en la mano se apoya indolentemente en el respaldo de un sillón.

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Este grabado, elegido entre muchos otros, es la imagen de una sociedad que había alcanzado la cúspide del refinamiento, y solo se distraía con las conversaciones, las fiestas, las cenas, los goces de al intimidad, el juego y las relaciones familiares sin etiquetas y ceremonias. La revolución ya se acercaba, y como si presintieran confusamente la tormenta que se avecinaba, parece que estos privilegiados, estos espíritus curiosos y alegres, esos grandes señores filósofos, deseaban vivir en amable compañía, y distraerse mutuamente dejando a un lado los tristes presentimientos.

A los grandiosos y vastos salones del siglo pasado, incómodos y helados, todos preferían ahora las habitaciones más reducidas, donde podían prescindir de la ayuda de la servidumbre y comer “en confianza”.

Ordinariamente estas cenas se componían de ave, verduras y pescado; dejaban para los advenedizos el pavo y las trufas. En casa de Mme. De Bouffiers, que pasaba de un momento difícil de sus finanzas, la minuta era muy frugal, las ventanas no cerraban bien, dejando pasar la brisa, las sillas eran muy sencillas, de madera sin tapizar; pero se instalaban entre dos biombos, junto a la chimenea, donde ardía un fuego de leña que humeaba; pero todo el mundo estaba encantado: “Ayer comimos donde Mme de Bouffiers, escribía la princesa de Poix; ¡nos moríamos de hambre de frío y de risa!

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Hasta en la corte estaban hastiados de la pomposa y rígida etiqueta instaurada por Luís XIV, y la nueva generación trataba de disipar el aburrimiento que les inspiraba estos ritos. Las mujeres de la alta sociedad, que componían el séquito de la reina, y hacían sus servicios por barrios, iban dos o tres veces por semana a cenar a Paris, en lugar de pasar los ocho días en Versalles.

Maria Antonieta no fue la última en manifestar su independencia de humor, su necesidad de emancipación. Cuando aun era Delfina, le reprochaban su exceso de vivacidad; decían de ella que era burlesca, capaz de reírse de la gente en su propia cara. “Si esto es verdad, le escribía la emperatriz Maria Teresa, se podría poner en duda su bondad de corazón; no es un defecto pequeño en una princesa”. Cuando ya era reina, los cortesanos de más edad le reprochaban que prefiriera a la juventud, y de buscar todas las ocasiones que le permitían librarse de las etiquetas que le imponía su rango.

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Es verdad que habiendo crecido en Viena, en la sencillez de las cortes alemanas, donde las costumbres eran familiares y burguesas, le costaba mucho a Maria Antonieta acostumbrarse a las tiránicas reglas, tan anticuadas, que eran de uso en la familia real hasta en su vida intima. Por ejemplo, la costumbre exigía que en la mañana, al despertar, entrasen en su habitación todas las damas de honor y de guardarropa, vestidas con sus trajes de ceremonia, lo mismo que las princesas de sangre real, a las que pertenecía el privilegio de verter el agua para lavarle las manos, ponerle la camisa y presentarle el vestido; Maria Antonieta abolió casi inmediatamente esta ceremonia. Tan pronto como se levantaba del lecho y levantaba sus cabellos, saludaba a las damas que estaban en su dormitorio, y seguida por las mujeres encargadas de su servicio privado, pasaba a otra pieza retirada, donde la esperaban generalmente, la modista y su peluquero, al que siempre escogía al que estaba mas en boga. También se acostumbró a circular por el castillo acompañada solamente por dos pajes, en vez de hacerse seguir por sus eternas damas de honor en traje de corte.

En el verano, cuando la atmósfera calurosa del castillo se hacia irrespirable, no temía salir a la terraza después de comer, para respirar un poco de frescura; en el parque que estaba abierto al publico, en las noches de concierto, se colmaba de gentes que permanecían allí hasta las tres de la mañana; naturalmente, esto dio origen a muchas criticas, aun cuando la reina no salía de la terraza y siempre daba el brazo a una de sus cuñadas, y que además, siendo muy fácil reconocerla por su vestido de percala y su gran sombrero de paja, todos apartaban para cederle el paso.

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Hizo otras escapadas mas lamentables, que contribuyeron a empañar su reputación, como esas fugas que se permitía hacer, apareciendo en los bailes de mascaras de la Opera, con dominó y antifaz de terciopelo, para reunirse con su grupo preferido. El rey se molestaba, reprendía a su esposa por salir tan a menudo sin él de día y de noche, pero ella mortificada le respondía: “que en Viena tenia mas libertad”. Pero seria injusto no reconocer que en las horas de ceremonia y aparato, Maria Antonieta cumplía con sus obligaciones de soberana con tanta afabilidad como dignidad plena de seducción.

El refugio del Trianon

Es muy sabido que después de su advenimiento al trono, Luís XVI, soberano bondadoso hasta el exceso, le regaló el “Petit Trianon”. Recibió la reina este presente con una alegría infantil, feliz de tener un refugio donde pudiera vivir a su antojo, como simple particular, gozar de sus placeres preferidos, de la amistad e intimidad, disponiendo de una casa y un jardín como tantas otras mujeres de la corte y de al ciudad. Transformó el parque a la francesa que había heredado de Luís XV, y, siguiendo la moda, lo hizo al estilo inglés que había puesto de moda Hubert Robert, que gustaba de lo pintoresco e imprevisto.

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El rey mismo llegaba allí invitado por su mujer; se reunía con ella cuando regresaba de la caza. Los suizos tenían orden de cerrar rigurosamente la reja a las personas que no había designado la reina. Las princesas de la familia real, convidadas a comer o a cenar “llegaban a pie y sin guardia atravesando el parque”. A veces la reina se quedaba hasta un mes en su Trianon, donde solo recibía a sus amigos personales, donde hacían la vida acostumbrada en los castillos: cuando entraba al salón, nadie interrumpía su ocupaciones; las mujeres continuaban bordando en sus bastidores o tocando el clavecín; los hombres, en su partida de billar o de ajedrez. El tono de las conversaciones era de las charlas mundanas. Se hablaba mucho de teatro. Recibía artistas, músicos etcétera.

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Es inexacto que Maria Antonieta jugara a los pastores con corderitos rizados y adornados con cintas. El caserío que hizo construir al extremo del parque no era una decoración de opera cómica, como se ha dicho, sino el lugar donde habitaba el jardinero con su familia, el guarda y su mujer y los edificios de la granja, gallinero, lechería, con todos los elementos que componen una verdadera explotación agrícola. Una de las 12 casas que formaban el caserío era mas vasta y estaba reservada al rey y a la reina. Maria Antonieta había conservado de su infancia el gusto por los placeres campestres, y se entretenía en hacer compañía de sus amigas, “quesos y mantequilla dirigidos por los consejos de la granjera”.

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Muchos reprocharon a Maria Antonieta las sumas que gastó en el Trianon, en el mismo momento que se agravaba el déficit del tesoro. Su carácter tuvo mucha culpa de su impopularidad, porque, sumamente afectuosa, pero emotiva, espontánea, vehemente, era incapaz de dominar sus sentimientos y de disimular sus aversiones. Refiriéndose a ella dice Mme. de Boigne: “Orgullosa como una princesa y celosa como una burguesa”. Para la reina no había titulo mas envidiable que ser la mujer mas bonita y mas en boga de todo el reino. Gastaba una inmensidad de dinero en sus atuendos porque, aunque fueran sencillos, siempre eran de gran refinamiento, y se demostraba mucho mas sensible a los cumplidos que se le dirigían como mujer que a los homenajes que recibía como reina.

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Sin embargo cuando Maria Antonieta olvidaba su papel de mujer a la moda, lo que era una obsesión en ella, resultaba verdaderamente encantadora. Una noche, al llegar a su palco a la Opera, cuando ya se iba a levantar el telón, recorrió la sala con su mirada, y descubrió en un palco bajo a Antonieta, hija del compositor Grétry, que era su ahijada; entonces quitándose los guantes, le envió un beso con la punta de los dedos. Gesto de un matiz travieso, tan encantador e imprevisto, y que hizo con tanta naturalidad que los bravos estallaron por todas partes, obligando a los músicos de la orquesta a suspender la ejecución del preludio.


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NotaPublicado: 03 Oct 2008 01:16 
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Atenciones mutuas

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La fidelidad conyugal no era lo que mas brillaba en la corte. Pero en las relaciones entre marido y mujer se notaba el mismo cuidado en conservar las apariencias preservando las formas y la armonía de la vida social. La mayoría de las mujeres de ese tiempo, educadas en el convento que las preparaba para el mundo, se casaban sin haber cambiado mas de 10 palabras a solas con su futuro esposo; generalmente la casada contaba unos quince años (Mlle. de Bouffiers, que se casó con el duque de Lauzun, tenia catorce años). Tan pronto como terminaban las fiestas de la ceremonia, el marido volvía a sus costumbres de soltero, y sus relaciones íntimas ocupaban un sitio más importante en su corazón que el que correspondía a su mujer legítima, la que él no había escogido. La independencia de la que el gozaba la concedía también a su esposa, siempre que esta respetara las conveniencias. Reinaba entre ellos un ambiente de igualdad, y cada uno escogia sus amistades y sus diversiones. Pero jamás faltaban a las consideraciones que se debían mutuamente.

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Sin embargo tal como sucede ahora, también había almas serias, y no todas esas parisienses se creían obligadas a seguir los ejemplos de “relaciones peligrosas” o “casualidades junto al hogar”. El uso que hacían de su independencia dependía como se ha visto siempre, de sus inclinaciones y de su carácter. Mme. de Choiseul fue durante unos 35 años la esposa mas amante del mas voluble de los maridos. El duque compartía su existencia entre Versalles, su hotel particular de la calle Chanteloup y otras residencias privadas y discretas; era muy atento con su esposa, siempre agradable y sonriente, pero muy enamorado de la otra. Mme. de Choiseul sufría cruelmente por esta amable indiferencia, pero jamás lo demostró, ni pensó entregar a otro su excedente de ternura.

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Algunas de estas relaciones tuvieron un fondo de sinceridad y fueron profundamente arraigadas; así lo demostraron durante las terribles pruebas de la revolución.

La delicadeza no solo se demostraba en los modales; también se albergaba en los corazones. Ese mundo antiguo, tenia arranques de una frescura fascinante, una espontaneidad que se demostraba en el modo de ser, porque estas mujeres, para quienes el destino fue tan severo, sabían traducir instintivamente, sin rebuscamientos, los mas finos impulsos del alma, los mas íntimos; tenían, como ya se ha dicho, el estilo de su pensamiento.


El niño prodigio

Hay un capitulo en las “Memorias” de Mme. de Boigne, en el que relata su infancia, transcurrida en Versalles durante los últimos años del antiguo régimen. Su madre, la condesa de Osmond, tenía un puesto en la corte, lo que la había introducido en la intimidad de la familia real. Mlle. d’Osmond no fue mandada a criarse donde una nodriza, como se usaba hasta entonces, enviándolas después al convento, como se acostumbraba a hacer con las niñas de la nobleza, las que mas tarde, vestidas y adornadas como damitas, sólo aparecían en sociedad para sentirse molestas, tímidas y amurradas; Mlle d’Osmond se desarrolló en plena libertad, en medio de la corte, , vestida sencillamente de batista y con los cabellos rizados cayendo sobre sus hombros.

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Mlle d’Osmond

A los 5 años era una niña prodigio, que ya conocía a Racine de memoria, y frecuentemente la llevaban a la comedia, para que refinara su mente. El rey y la reina la llamaban gustosos, para que los acompañara; les gustaba oírla charlar y responder espiritualmente a sus preguntas. Se les ocurrió obsequiarles una muñeca excepcional, con un ajuar completo, joyas y un relojito verdadero junto con una reproducción del lecho de duquesa propio para una niña de 7 años. Cuando todo estuvo listo, llamaron a la chica al comedor donde los soberanos terminaban de comer en el castillo de Bellevue. La puerta se abrió y llegó la muñeca, que llevaban en su lecho y escoltada por todos sus accesorios.

El rey había tomado a Adele de la mano:

¿Para quién es todo esto, Adele?

Me parece que es para mi Sire.

Todo el mundo se puso a jugar con la muñeca, y Mme de Boigne recuerda haber visto a Maria Antonieta y a su cuñada Mme Elisabeth, de rodillas, entreteniéndose en hacer la cama y riendo a carcajadas de su habilidad para dar vuelta el colchón. “No se imaginaban las desgraciadas princesas que dentro de algunos años se verían obligadas a hacer su propio lecho”.

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Pasaron los años. La tormenta ya había sacudido Versalles y sacado del castillo a la familia real, que ya estaba semiprisionera en Paris, desde donde apenas podía permitirse furtivos paseos a Saint Cloud y a Bellevue. Allí encontró por última vez Adele d’Osmond a la reina, en la terraza del castillo en el verano de 1790. La soberana estaba con centinelas que vigilaban sus pasos. A la vista de esta insólita guardia, la chica, más desconcertada que asustada, se acercó a Maria Antonieta, y sollozó. La reina se arrodilló, apoyó su rostro contra el de la niña, y trató de consolarla murmurándole a su oído: “Paz, paz, mi Adele”.

Y la niña sintió que por su mejilla también se deslizaban las lágrimas de la reina.


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NotaPublicado: 03 Oct 2008 03:28 
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Si lo quieren copiar, guardar o lo que se les ocurra no hay problema, lo bueno es que les guste y les entretenga, pero en todo caso todavia falta bastante para terminar.


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Pedroro escribió:
Si lo quieren copiar, guardar o lo que se les ocurra no hay problema, lo bueno es que les guste y les entretenga, pero en todo caso todavia falta bastante para terminar.


=D> =D> :thumbup:


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NotaPublicado: 03 Oct 2008 21:31 
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CAPITULO III

EL COLLAR DE LA REINA

Esta estafa fue cometida por una aventurera de una desfachatez increíble: Jeanne de La Motte, hija de Jacques de Saint Remy, barón de Luze y de Valois. Descendía en línea directa de un hijo natural legitimado de Enrique II, y vivía bastante miserablemente en los alrededores de Bar-le-Duc. De generación en generación, los Saint Remy, gentileshombres, campesinos, cazadores, a veces furtivos, merodeadores, habían tenido que vender sus tierras y el padre de Jeanne, después de haber seducido a la hija del conserje de su castillo, se había casado con ella y murió en Paris en el año 1760, definitivamente arruinado, dejando una numerosa prole.

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Su viuda que era de una moralidad deplorable se desinteresó de sus hijos, que se vieron reducidos a mendigar. La pequeña Jeanne imploraba a los transeúntes diciendo:

Piedad para una huérfana de la sangre de los Valois…

De este modo se dirigió un día a la marquesa de Boulainvilliers quien, intrigada, hizo una investigación sobre la genealogía de la chica y muy compasiva se encargó de su educación. Después de colocarla en Passy, quiso que aprendiera un oficio, pero la niña, de carácter voluble, fue sucesivamente lencera, lavandera, cocinera y aguatera. Mme de Boulainvilliers la llevó nuevamente a su casa; hizo que completara su instrucción en la abadía de Longchamp donde admitan a las hijas de familias distinguidas y obtuvo, basándose en su origen, una pensión de 800 libras que salían de los cofres reales. En 1779 tenia 23 años y antes de decidirse a ingresar a un convento, prefirió dirigirse a Bar-sur-Aube donde se hizo acoger por una familia honorable. Conoció a un señor de La Motte, joven oficial del ejercito y como esperaba un hijo de él, La Motte se casó con ella. La boda se efectuó el 6 de junio de 1780 y el 6 de julio de ese mismo año nacieron dos mellizos, los que murieron poco tiempo después. Los jóvenes esposos se habían adornado con el titulo de conde y de condesa.

Los La Motte estaban de guarnición en Luneville, pero esta residencia donde habían contraído numerosas deudas, no convenía a su ambición. Habiéndose impuesto de que su bienhechora Mme de Boulainvilliers estaba de paso en Saverne en al casa del cardenal de Rohan, la condesa fue a saludarla y se hizo presentar al prelado en 1781.

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Cardenal de Rohan

En esa época el príncipe Louis de Rohan estaba en desgracia. No había tenido éxito cuando había sido enviado a Viena como embajador. Su lujo, su liviandad, su vida mundana, habían disgustado a Maria Teresa y ésta había comunicado su antipatía a su hija Maria Antonieta. No obstante era un gran señor, muy rico, titular del arzobispado de Luxemburgo, príncipe del Imperio, landgrave de Alsacia, abate de los monasterios de la Chaise-Dieu y de Saint-Vaast, gran capellán de Francia, comendador de la Orden del Espíritu Santo y pertenecía a la Academia Francesa desde 1761.

Muy mundano y frívolo, recibía frecuentemente tanto en su castillo de Salerne cono en su palacio de Paris, La condesa de La Motte era una mujer muy seductora y se hizo acoger con sumo agrado. Obtuvo para su marido un diploma de capitán de los dragones de Monsieur, hermano del rey. Ya solo le faltaba conquistar la capital.

Sus estrenos fueron más bien modestos. Los La Motte comenzaron por habitar en el hotel, pero la condesa, para acercarse mas a la Corte, arrendó dos habitaciones amobladas en Versalles. La pareja vivía sobre todo de expedientes. Pidió dinero en préstamo diciendo que como descendiente de los Valois, pronto le restituirían los bienes que le habían usurpado; compraba a crédito mercaderías que en seguida empeñaba. Cuando la situación era demasiado critica, se dirigía al cardenal. Del departamento amoblado, la pareja se trasladó, en 1784, a una residencia particular, en la calle Neuve-Saint-Gilles. Frecuentemente les embargaban el mobiliario, el que alcanzaban sujetar a última hora, pero a pesar de todo, los La Motte acrecentaban sin cesar sus relaciones y recibían a los grandes financistas, funcionarios de la Corte y oficiales. La condesa tenía como secretario a su amante, Rétaux de Villete, hijo del director de impuestos de Lyon.

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Retaux

Como esta situación inestable no podía durar, a ala condesa se le ocurrió aumentar su crédito con Rohan, haciéndole creer que ella podía reconciliarlo con la reina. El prelado era ambicioso y sufría al verse al margen de la Corte. Muy crédulo, era fácil de mistificar. ¿Acaso no se había dirigido a Cagliostro de cuyo poder mágico no dudaba? Estaba pronto a creer cualquier cosa con tal de recuperar el favor de su soberana.

Jeanne de La Motte lo persuadió de que gozaba de todas las simpatías de la reina. Ahora nadie pone en duda que Maria Antonieta ignoraba todas las maquinaciones de la intrigante. Hasta es probable que no la haya visto jamás, opero hay que reconocer que la inconsciente ligereza de la reina facilitaba enormemente el juego de la aventurera.

Si efectivamente Maria Antonieta mostró una gran firmeza de carácter y una sin igual nobleza de alma cuando fue victima del infortunio, durante su periodo dichoso se mostró inconsecuente, irreflexiva y preocupada, ante todo, de los placeres.

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La farsa del bosquecillo de Venus

Sus favoritas, especialmente Mme de Polignac, a quien cubría de bondades, había hecho de la reina un instrumento para obtener favores. Los gastos de Maria Antonieta en vestuario y joyas eran escandalosos. Jugaba mucho y perdía bastante y esta pasión la ponía al alcance de muchas que se aprovechaban de ello. Para ser admitido al juego de la reina bastaba estar bien vestido y ser presentado por un oficial d la Corte. Hacían trampas. Una noche hubo un altercado bastante vivo entre la condesa de Gramont y el duque de Fronsac, que se acusaban el uno al otro de alterar la suerte en el juego. Para impedir que falsearan las apuestas fue necesario rodear la mesa con una cinta y establecer que sólo el dinero que estaba mas allá de la cinta era tomado en cuenta.

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Y de este modo conseguía deslizarse en torno a Maria Antonieta un buen número de gente sospechosa que ella no conocía y que, en cambio, se jactaba de contarse entre sus amigos íntimos. Muchos pillos se aprovecharon de la situación para hacer estafas. Una dama, Cahouet de Villiers, que pretendía haber tenido relaciones con Luís XV, fabricó cartas falsas de la reina para conseguir un crédito del administrador general y de un joyero. La superchería fue descubierta y la Cahouet de Villiers enviada a la Bastilla. Y así se conocieron varios casos.

¿Figuraba la condesa de La Motte entre las que asistían a la mesa de juegos? No hay pruebas, pero es muy posible que así haya sido. En todo caso está comprobado que consiguió introducirse al palacio, porque en enero de 1784, la descendiente de los Valois había conseguido que elevaran su pensión de 800 a 1200 libras. Y jactándose de sus relaciones con la reina, prometió al cardenal reconciliarlo con la soberana y en prueba de ello lo convenció de que obtendría una audiencia secreta de la reina en el parque de Versalles.

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Para esto hizo contratar por su marido, en Paris, a una muchacha de dudosa virtud que tenia cierta semejanza física con la reina y a quien bautizó como baronesa de Oliva. El 11 de agosto de 1784 la hizo llevar a Versalles, la vistió con ropas parecidas a las que usaba Maria Antonieta y cuando cayó la noche, la sentó en un banco en el bosquecillo de Venus. Naturalmente que también había convocado a Rohan para que fuera al mismo sitio. Trastornado de emoción se acercó el príncipe de la Iglesia a la que él tomaba por la reina, se inclinó hasta el suelo y besó el borde de su vestido. No tuvo tiempo para conversar con ella, porque en ese mismo instante apareció un lacayo, que era Rétaux, que desempeñaba este papel y dijo sin aliento:

¡Pronto, pronto, vienen Monseñor el conde y Madame la condesa de Artois!

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La seudoreina huyó por un lado y el cardenal fue llevado al otro extremo del parque por la condesa de La Motte.

Desde ese momento, Rohan estaba perdido. Orgulloso por haberse reconciliado con la reina se convirtió en un juguete ciego y sin defensa en manos de la condesa. Desde el 21 de agosto la condesa le extorsionó 50.000 libras, “porque, le dijo, la reina precisaba ese dinero para socorrer a una familia de gentileshombres necesitada”. Gracias a este obsequio y otros que consiguió mas adelante, la pareja de La Motte se compró una hermosa residencia en Bar-le-Duc. La condesa mostró repetidas veces al prelado falsas cartas de la reina escritas por Rétaux, en un fino papel azul con flores de lis. Pero estos eran los preliminares: preparaban la gran estafa.

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Dos joyeros asociados, Böhmer y Bassenge, habían reunido durante muchos años un gran numero de maravillosos brillantes, con los que habían ejecutado un collar de inmenso valor. Pensaron que podía adquirirlo Luís XV para la du Barry, pero al muerte del rey los hizo renunciar a este proyecto. Lo ofrecieron a la corte de España, pero lo encontraron demasiado caro. En 1774 se lo mostraron a Luís XVI, pero lo rechazó a causa del estado de las finanzas. El precio era de 1.600.00, suma inmensa en aquellos tiempos. En vano los joyeros habían insistido, pero sin éxito.

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A fines de 1784 llegó a oídos de la condesa de La Motte esta historia del collar. Inmediatamente imaginó una combinación para hacer creer que ella servia de intermediaria de la reina. El 29 de diciembre se hizo mostrar el collar. Rohan se encontraba entonces en Saverne. Regresó a Paris en enero. El 21 de enero hizo saber a los joyeros que la reina estaba muy tentada y haría comprar el collar por una persona enviada por un gran señor. Por otro lado dijo al cardenal de Rohan que la reina le pedía que comprara secretamente la joya y que ella se lo pagaría a plazos. El 24 de enero, Rohan fue donde los joyeros y les dijo que compraba el collar. El 29 de enero los señores Böhmer y Bassenge visitaron al cardenal para discutir las condiciones de la venta. Rohan escribió con su mano el contrato: el collar seria entregado el 1 de febrero por la suma de 1.600.00 libras, que se pagarían en el plazo de dos años; una cuarta parte cada seis meses, debiendo efectuarse el primer pago el 1 de agosto.


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NotaPublicado: 03 Oct 2008 21:33 
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El triste destino del collar

El mismo día, Rohan entregó el contrato a la condesa de La Motte, quien lo devolvió al cardenal dos días mas tarde; en cada párrafo se había escrito al margen la palabra “aprobado” y firmaba abajo: “Maria Antonieta de Francia”. Estas menciones las escribió Rétaux. Cagliostro, consultado por el cardenal sobre el valor del acta, hizo algunos sortilegios y declaró que la negociación era digna del príncipe, que tendría un gran éxito y que sellaría para siempre su amistad con la reina.

Completamente tranquilizado, Rohan convocó a los joyeros el 1 de febrero; les mostró el acta firmada por la reina y se hizo entregar el collar. Inmediatamente que estuvo en posesión de este tesoro, se dirigió a Versalles y aguardó a la condesa. Durante la entrevista, se presentó Rétaux, precedido de un lacayo y anunció:

¡De parte de la reina!

Rohan reconoció al hombre que los había prevenido de la llegada de la condesa de Artois en el bosquecillo y no dudó de que era el servidor de confianza de la reina y le entregó el collar.

Había caído en la trampa.

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Tan pronto como los picaros se encontraron solos, se dedicaron al pillaje. Desmontaron las piedras con ayuda de un cuchillo. Algunos días más tarde, Rétaux vendió los despojos de la montura y después ofreció los brillantes a un joyero de Petit-Carreau. Este, sorprendido por el precio tan bajo de las piedras, advirtió a la policía. Detenido Rétaux, dijo que había recibido esas piedras de manos de una dama de calidad. Como no se había denunciado ningún robo, no buscaron más y lo pusieron en libertad. Pero había pasado un buen susto. Por este motivo renunciaron a vender las piedras en Francia, y el conde de La Motte partió a Inglaterra donde se puso en contacto con los joyeros de Londres. Estos, sorprendidos del numero de brillantes y del vil precio que exigían, previnieron a la embajada de Francia que respondió que no se había hecho ningún reclamo por algún asunto relacionado con joyas.

Los joyeros compraron y La Motte regresó a Paris llevando una fortuna y dejando como reserva en Londres una multitud de piedras que aun no había vendido.

Y aquí hay actuaciones que nos dejan estupefactos. Podríamos pensar que los pillastres se habían dispersado después de haber conseguido una fortuna, ya que evidentemente tendría que descubrirse la estafa. En lugar de esto, el conde y la condesa de La Motte, súbitamente ricos, adquirieron carrozas, caballos y un mobiliario muy importante. Se necesitaron 42 coches de carga para transportar todo a Bar-sur-Aube. Fueron unos gastos fastuosos. ¿Como se puede explicar esta imprevisión ante la certeza de una catástrofe? Es de imaginarse que la pareja pensó que bajo la amenaza de un escándalo, Rohan pagaría y no osaría quejarse.

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Pero el cardenal e preocupó al ver que la reina no lucia el collar. Quizás se consoló pensando que como la compra había sido secreta no se atrevía a mostrarlo tan pronto.

Sin embargo, el primer vencimiento de 400.000 libras estaba acordado para el 1 de agosto. Las cosas se precipitaron. En julio, la condesa dijo a Rohan que pensándolo bien la reina encontraba demasiado elevado el precio y exigía una rebaja de 200.000 libras. Lamentándolo pero tuvieron que aceptar. El 12 de julio, Böhmer tuvo ocasión de entregar a Maria Antonieta unos aros de brillantes y no se atrevió a hablarle del collar, pero le entregó una misiva muy adornada para expresarle su satisfacción, “porque el aderezo más bello que existía serviría a la mejor y la más grande de las reinas”.

Maria Antonieta no comprendió y destruyó la carta.

Tal como lo había dicho acertadamente Funk-Brentano, si en ese momento Maria Antonieta hubiera pedido una explicación de la carta, se habría descubierto la estafa y se habría reducido a sus justas proporciones. Su silencio permitió que la calumnia la hiciera parecer como cómplice del fraude.

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La proximidad del 1 de agosto los obligaba a tomar medidas para evitar el peligro. El 31 de julio la condesa le mostró a Rohan una falsa carta de la reina en la que advertía que estando escasa de fondos, pedía que postergara el pago de la deuda hasta el 1 de octubre. Al mismo tiempo, enviaba 30.000 libras d interés en compensación por el atraso. Rohan no sospechó nada aun, y avisó a los joyeros quienes verdaderamente inquietos decidieron dirigirse personalmente a la reina. Advertida sin duda Mme de La Motte, entregó 4.000 libras a Rétaux para que huyera a Italia. Y con una audacia increíble, fue a ver a los joyeros para decirles que las anotaciones hechas al margen del acta y la firma de la soberana eran falsas, Rohan los había engañado.

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Conde de La Motte huye a Inglaterra

Bassenge espantado se dirigió a Versalles y encontró a Mme de Campan, camarera de la reina, a la que confió sus preocupaciones. Mme de Campan informó a Maria Antonieta, quien hizo llamar a Bassenge el 9 de agosto y le rogó que le relatara todas las circunstancias del asunto, por escrito. Le llevaron el informe el 12 de ese mismo mes. Con los antecedentes, el rey reunió un consejo, y el 15 de agosto, día de la Asunción, en el momento que se preparaba para celebrar el oficio, el Gran Capellán fue detenido, ante toda la corte por el duque de Villeroi, capitán de la guardia de corps, y enviado a la Bastilla. El 18 de agosto detuvieron a Juana de La Motte en Bar-sur-Aube donde ofrecía recepciones sin la menor inquietud. Su marido, que provisoriamente había quedado en libertad, aprovechó para huir a Londres. Un poco mas tarde tomaron pesa a la baronesa de Oliva, que había escapado a Bruselas. Se reunió en la Bastilla con Cagliostro y su mujer. Después le llegó el turno a Rétaux a quien encontraron en Ginebra. Solo escapó el conde de La Motte, porque Inglaterra negó la extradición.

Absuelto Rohan se exiló

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El escándalo fue enorme. Inmediatamente se dividió la opinión pública. Muchos se pusieron en contra de la reina que tenía enemigos. Rohan, cuya familia era poderosa, también contó con muchos partidarios, que lo proclamaron victima, El parlamento recibió el encargó de instruir el proceso. Se discutió durante 4 meses. La condesa se defendió con una desfachatez desconcertante.

Negó la escena del bosquecillo y después pretendió ser la amante de Rohan, quien, según decía ella, había fraguado toda la historia, porque estaba corto de fondos. Cagliostro, charlatán de genio, aportó en su proceso la nota cómica con sus exuberantes declaraciones dichas en un francés mezclado con italianismos. Las confesiones de Oliva y de Rétaux permitieron aclarar la estafa.

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Cagliostro

Sin embargo los acusados publicaron memorias justificativas que fueron diseminadas por todas partes. Libelos, epigramas, canciones, contribuyeron a aumentar el escándalo, atacando particularmente a la reina, que sufrió muchos ultrajes. La prensa de Holanda y de Inglaterra también esparció estas calumnias. Las imprudencias de Maria Antonieta en otros tiempos las convirtieron en crímenes. Ya no se atrevía a aparecer en público.

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Oliva

El 31 de mayo de 1785 el parlamento dio un veredicto razonable después de 17 horas de discusión. Rohan y Cagliostro fueron declarados inocentes y los absolvieron. También fue favorecida la baronesa de Oliva, pero considerándosela dudosa. La Motte, en rebeldía, fue condenado a galeras a perpetuidad. Rétaux fue expulsado para siempre de su patria. En cuanto a Juana de La Motte, fue condenada a ser castigada a latigazos y marcada con hierro candente con una letra “V” en cada hombro y encerrada presa en la “Salpêtrière. La ejecución de la pena tuvo lugar ante todo el pueblo el 20 de junio de 1785. Al cabo de pocos meses, la condesa consiguió evadirse a pesar de estar en una prisión. Se reunió con su esposo en Londres donde murió en 1791, después de haber publicado contra la reina memorias infamantes e injuriosas que se repartieron por toda Europa.

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La absolución de Rohan consternó a Maria Antonieta. Tomo como una injuria personal la resolución del parlamento, estimando que al absolver al cardenal daban crédito a las calumnias dirigidas contra ella. Influido por su esposa, el rey envió al cardenal al destierro, que pasó en su abadía de Chaise-Dieu.

Tal es el “affaire” del collar, que tanto desacreditó a la reina, injustamente es cierto, pero jamás logró borrar esta penosa impresión en su pueblo. El prestigio real se vio disminuido. En 1793, durante el proceso de Maria Antonieta puede verse el interrogatorio del prescíndete del tribunal, Herman:

¿No fue en el Petit Trianon donde usted conoció por primera vez a Mme de La Motte?

No la he visto jamás.

¿Acaso no fue ella su victima en el asunto del collar?

No pudo serlo puesto que yo no la conocía

¿Persiste en negar que al conoció?

Persisto en decir la verdad…

El collar que la reina no compró jamás y de lo que anda supo, quedó unido a su memoria como la Túnica de Neso

(Centauro de la mitología. Dio su túnica a Dayanira como talismán, la que tenia que devolver a su esposo si le era infiel)


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NotaPublicado: 03 Oct 2008 21:41 
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Pedroro, con los "problemas de acceso" que nos dió el foro ayer e incluso hoy, he tardado más de la cuenta en poder dejarte este mensaje...
;)

En primer lugar: sé muy pero muy bienvenido.

En segundo lugar: me quito el sombrero, Pedroro. Es fantástico que alguien haga una entrada como la tuya, con entusiasmo y bríos. Te has lanzado a un tema absolutamente fascinante...y me encanta cómo lo estás llevando. Me tienes cautivada con el relato.

Mis felicitaciones más calurosas.


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