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 Asunto: MARÍA ALEXANDROVNA, TRISTE TSARINA DE ALEXANDER II
NotaPublicado: 02 Mar 2008 13:42 
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María Alexandrovna, consorte del zar Alexander II. Nacida princesa Maximilienne Wilhelmine Marie de Hesse-Darmstadt (o Hesse sobre el Rhin, según el gusto de cada cual).


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NotaPublicado: 08 Mar 2008 15:35 
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Alexander, zarevitch de Rusia, retratado en 1838.

En el año 1838, el zarevitch Alexander Nicolaevich de Rusia, hijo primogénito y por tanto heredero del zar Nicholas I, emprendió una amplia gira por el continente europeo en busca de la novia ideal. Dados los antecedentes en materia de matrimonios dinásticos de los Romanov, se esperaba que encontrase "una blanca paloma" dentro del surtido de los treinta y dos reinos, grandes ducados y ducados que configuraban lo que hoy denominamos Alemania.

Era una especie de tradición no escrita. Cuando siglos antes el zar Peter I "El Grande" había decidido buscarle una princesa extranjera a su hijo presunto heredero Alexei, lo había hecho en territorio germánico: la elegida había sido Charlotte-Christine de Brunswick-Lüneburg, a la que se había concedido el privilegio de permanecer luterana si se comprometía a educar a su progenie en la religión ortodoxa. Un par de generaciones después, el príncipe Peter Ulrich de Holstein, nieto de Peter a través de su hija Anna Petrovna, fue casado por su tía paterna, la zarina Elisabeth Petrovna, con la princesa Sophie Augusta Friederika de Anhalt-Zerbst (rebautizada Catherine Alexeyevna). El zar Paul I, hijo de esta última pareja, también se había unido sucesivamente a dos princesas alemanas: Wilhelmine de Hesse (rebautizada Natalia Alexeyevna) y Sophie Dorothea de Württemberg (rebautizada María Feodorovna). De los varones fruto del matrimonio de Paul con María Feodorovna, todos se habían casado con alemanas: Alexander I con Luise de Baden (rebautizada Elizabeth Alexeyevna), el gran duque Constantin con Juliana de Saxe-Coburg-Saalfeld (rebautizada Anna Feodorovna), el propio gran duque Nicholas que después sería Nicholas I al suceder a su hermano Alexander I con Charlotte de Prusia (rebautizada Alexandra Feorodovna), el gran duque Mikhail con Charlotte de Württemberg (rebautizada Elena Paulovna).

Por tanto, al buscarse una princesa de pura cepa teutónica, Alexander seguía la senda de todos los Romanov de sexo masculino desde la época de Peter I. La "novedad" con respecto a sus antecesores radicaba en que se le había dado cierto margen de libertad de elección dentro del surtido de princesas en edad de merecer, algo que derivaba de la convicción de los zares Nicholas y Alexandra de que, ya que ellos habían podido armonizar un matrimonio por amor dentro del marco del interés dinástico, debían proporcionarle a su hijo Alexander la misma posibilidad de mezclar ambas cosas (sentimiento e interés, corazón y cabeza).

Alexander recaló en plena "tournee" en el Schloss Heiligenberg. Allí encontró una princesa de apenas catorce años que se entretenía paseando por el jardín: según algunas versiones todavía más románticas, ella estaba recogiendo frutos del bosque en esos momentos. Se trataba de una muchacha bastante bonita, de aspecto encantador. Alexander debió pensar que, entre todas las que había visto, esa era la que mejor cuadraba con su ideal de futura esposa.


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NotaPublicado: 08 Mar 2008 17:07 
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Resultó una historia tremendamente romántica, porque esa princesa adolescente, que respondía al nombre de Maximilienne Wilhelmine Marie de Hesse, era, a decir verdad, una "Cenicienta" entre las princesas. Su adorable personita se encontraba muy devaluada en el mercado nupcial debido a las dudas que se habían propagado acerca de su nacimiento, cuestionando seriamente la filiación real de la joven.

Todo había empezado una generación atrás. La princesa Amalia de Hesse-Darmstadt se había casado con el príncipe soberano Karl Ludwig de Baden, a quien había dado, aparte de un hijo que pudiese heredarle, una colección de hijas sorprendentemente agraciadas. En orden de mayor a menor, las mozas habían sido: Amalie, Karoline, Luise, Friederike, Marie y Wilhelmine. Con la excepción de Amalie, de salud muy endeble y que por tanto permaneció soltera, para las demás se encargó la astuta madre de buscar excelentes matrimonios. Luise fue la primera en casarse, nada menos que con el nieto predilecto de la poderosa zarina de Todas las Rusias Catherine II: con vistas a esa boda con Alexander, se transformó en Elizabeth Alexeyevna. Luego, se casarían las otras: Karoline con Maximilian I Josef de Baviera, Friederike con Gustav Adolf IV de Suecia y Marie con Friedrich Wilhelm de Brunswick-Wolffenbüttel. La benjamina, Wilhelmine, aún soltera, no recibió una oferta demasiado tentadora por entonces y, al final, la entregaron a uno de sus tíos maternos: Louis II de Hesse-Darmstadt.

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Wilhelmine.


Fue un completo desastre. Wilhelmine, una guapa y animosa virgen de apenas dieciséis años, se encontró de pronto contrayendo nupcias con Louis, hermano de su propia madre, un hombre que frisaba en los veintisiete años pero que parecía bastante mayor. La fealdad de Louis se había visto acrecentada debido a los excesos: solía dedicarse a banquetes pantagruélicos regados con abundantes licores en compañía de sus muchas amantes, lo que le había proporcionado un rostro abotargado, con doble papada, y un cuerpo exageradamente voluminoso. La pobre Wilhelmine ni siquiera se encontró con que su tío Louis la tratase con afectuosa benevolencia: él mantuvo su ritmo de vida, dejándola a un lado e incluso mostrándose rudo con ella cuando se encontraban para procrear. Después del nacimiento de dos hijos varones, Louis y Karl, Wilhelmine cerró a cal y canto la puerta de su dormitorio para el grosero Louis.

La corte se quedó lógicamente atónita cuando se anunció el tercer embarazo de la duquesa, ya que era de dominio público que permanecía separada de hecho de su marido. Hubo una fuerte querella entre los esposos, que decidió a Wilhelmine a abandonar a Louis. La mujer adquirió entonces el agradable castillo de Heiligenberg, dónde se estableció en compañía de su hasta entonces chambelán el conde August von Senarclens-Grancy. Nadie dudó de que August era el padre de aquella criatura que ella dió a luz: una niña bautizada Elisabeth (que moriría a los dos años de edad). Igualmente, se suele atribuír a August la paternidad biológica de Alexander y Maximilienne Wilhelmine Marie, llamada simplemente Marie en familia.

La historia tuvo un final triste. Aquejada de "debilidad pulmonar", Wilhelmine falleció a principios de 1836, cuando su hijo Alexander contaba trece años y su hija Marie doce. Augusto de Senarclens-Grancy, forzado a abandonar Heiligenberg, se casaría antes de que concluyese el año con una dama de la pequeña aristocracia, Louise von Otting und Fünfstetten. Alexander y Marie quedaron "librados a su suerte". Contaban con un amplio conjunto de sirvientes que les atendían, pero su padre oficial, Louis II de Hesse, se negó taxativamente a que se mudasen de Heiligenberg a Darmstadt. Por eso, Alexander de Rusia encontró a Marie en Heiligenberg.


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NotaPublicado: 31 Oct 2008 07:30 
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La zarina con Alexander II.

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 Asunto: Mas Imagenes de Maria Alexandrovna
NotaPublicado: 01 Nov 2008 18:38 
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Fecha 1849; por Christina Robertson; Hermitage:
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Autor, fecha, y museo ?:
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Fecha 1850; por Christina Robertson; Hermitage:
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Autor, fecha, y museo ?:
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En 1857 por Heyn; museo ?:
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Autor, fecha, y museo ?:
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 Asunto: Re: MARÍA ALEXANDROVNA, TRISTE TSARINA DE ALEXANDER II
NotaPublicado: 11 Mar 2012 10:15 
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Hoy me he encontrado, sin buscarla, con esta foto de María Alexandrovna en edad avanzada, una imagen de ella en la que su mirada transmite una dolorosísima melancolía y una tristeza de las que, por mucho que trates de aligerarla en forma de llantinas, nunca pierde su intensidad.

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Me ha conmovido profundamente...¿¿se nota?? Además, casi simultáneamente, me ha venido a la memoria un retrato que debe pertenecer al mismo período, que también me había dejado impactada en su día:

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Y en cierto modo eso ha actuado como un reproche en mi conciencia: esta mujer no merece quedar ahí olvidada, en el último puesto del elenco de temas que conforman el subforo Rusia.

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Porque antes de que María llegase a sentir en su ser las dentelladas de una pesarosa soledad, en sus últimos años de vida, fue una mujer que pareció reeditar el cuento de Cenicienta. Una princesa alemana, huérfana de madre, con un padre "oficial" que era en realidad su tío abuelo biológico y que se negaba a admitirla en la corte, lo que hacía que todos se hiciesen lenguas acerca de la bastardía de la muchacha y del hermano predilecto de ésta. Una princesa alemana que vivía con el hecho de que esa insistencia general en su condición de niña del lado equivocado de la cama de su difunta progenitora, mermaba significativamente sus posibilidades de triunfar en el mercado matrimonial. También jugaba en su contra que era razonablemente grata a la vista, pero no una deliciosa muñequita. Carecía de belleza, en parte porque sus rasgos denotaban una acentuada fragilidad, introversión y seriedad. Era una buena muchacha, a la que las circunstancias de su existencia habían convertido en una persona silenciosa y reflexiva, que prefería mantenerse en un discreto segundo plano para no incomodar más de lo estrictamente necesario. Le faltaba vivacidad, esa vivacidad que hubieran podido conferirle un atractivo singular, pero, paradójicamente, eso mismo la hacía encantadora:

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Pero un día, cuando ella se encontraba en su bucólico retiro de Heiligenberg, apareció en el castillo un príncipe, nada menos que el príncipe heredero de Todas las Rusias, Alexander Nicolaevich. Ya os había contado que Alexander, en plena ruta por principados y ducados germánicos, recaló en Heiligenberg y...

Allí encontró una princesa de apenas catorce años que se entretenía paseando por el jardín: según algunas versiones todavía más románticas, ella estaba recogiendo frutos del bosque en esos momentos.

¡Pues todavía he hallado una tercera versión que añade su pincelada de color al cuadro! Supuestamente, María, ataviada con traje sencillo, estaba recogiendo cerezas y, de hecho, mientras íba recogiendo, algunas de ellas se las íba comiendo. Tenía cerezas en la boca cuando se acercó Alexander. La princesa tuvo que "escupir" con la mayor delicadeza que pudo los huesecitos de cereza en su mano antes de poder ofrecer una apurada bienvenida a su visitante de alto rango, ante la atenta mirada de la gobernanta que intentaba completar la educación de María según las pautas que había establecido en su día la fallecida Wilhelmine de Hesse, la dama Marianna Gransi.

Según diría después la gran duquesa Olga Nicolaevna, una de las guapas y encantadoras hermanas de Alexander Nicolaevich, María logró fascinar a Alexander en cuanto pronunció su saludo inicial. Por lo que daba a entender Olga, a esas alturas de su periplo por tierras alemanas, Alexander estaba saturado de princesas muy bonitas y muy emperifolladas que se dirigían a él con una naturalidad absolutamente falsa, lo que las hacía completamente artificiosas. Esa imagen campestre de María debió representar un contraste tan absoluto con todo lo que había visto hasta entonces, que se quedó literalmente fascinado.

¿Puede haber una secuencia inicial más bonita y delicada para un romance de un futuro emperador con una princesa casi olvidada en el surtido de princesas teutonas de su tiempo?


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 Asunto: Re: MARÍA ALEXANDROVNA, TRISTE TSARINA DE ALEXANDER II
NotaPublicado: 11 Mar 2012 10:28 
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Incluyo aquí otra imagen de María que la representa poco después de su boda con Alexander. La coloco en este punto para que todos borremos de nuestra mente la imagen de una mujer consumida por la mezcla de enfermedades con depresión. Para que podamos recrearla en nuestras cabezas con el rostro que tuvo en la época en que, sencillamente, era la protagonista de un auténtico cuento de hadas:

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 Asunto: Re: MARÍA ALEXANDROVNA, TRISTE TSARINA DE ALEXANDER II
NotaPublicado: 11 Mar 2012 11:47 
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Al día siguiente de haber conocido a una María que todavía no era siquiera una quinceañera, Alexander escribió a su padre, el zar Nicholas, comunicándole con arrebatada franqueza que se había enamorado de la muchacha hessiana y deseaba convertirla en su esposa. La misma atracción fulminante de Alexander por María se reflejó en cartas todavía más expansivas del príncipe heredero ruso, las que éste dirigió a su mejor amigo homónimo, Alexander Adlerberg, a quien llamaba Sacha. Sacha Adlerberg era un íntimo de Alexander Romanov desde que éste último contaba seis años de edad y la amistad se mantuvo cuando ambos alcanzaron la edad adulta. En una etapa posterior, Alexander Romanov, zar, haría de Sacha Adlerberg uno de sus ministros y hombres de confianza para la administración patrimonial. Su recíproco afecto y lealtad perduró hasta la muerte del soberano.

Aunque el zar Nicholas, en feliz consenso con su esposa Alexandra Feodorovna, previamente princesa Charlotte de Prusia, había dado un amplísimo margen de confianza a su hijo Alexander para que éste eligiese una esposa...hubo cierto revuelo ante la revelación de que en el corazón del tsarevitch se había implantado con fuerza María de Hesse. En contra de lo que pudiera pensarse, teniendo en cuenta la extensa rumorología en torno a la filiación real de la princesa, las reticencias iniciales se centraron más bien en otra cuestión delicada: la salud, presumiblemente endeble, de la muchacha. Wilhelmine, la madre de María, había muerto a finales de enero de 1836, siete meses antes de que la hija llegase a los doce años y algo más de dos años antes de que un príncipe ruso pretendiese la mano de ésta. La enfermedad de Wilhelmine había recibido, por parte de los médicos, distintos diagnósticos: se había hablado de la temible fiebre tifoidea, se había hablado de una severa neumonía resultado de un catarro mal curado y se había hablado, también, de un grave problema intestinal. La pobre mujer fue sometida a tratamientos un tanto delirantes, como inmersiones en aguas casi heladas para bajarle la fiebre seguidas de prolongadas sangrías; eso empeoró rápidamente la situación de una princesa que, muy probablemente, murió a causa de una tuberculosis que había arrastrado a lo largo de años. Como ya sabemos, sus hijos menores quedaron en Heiligenberg, Alexander a cargo de su preceptor el capitán Frey y su hija María a cargo de Marianna Gransi. Se comenta que, antes de su fallecimiento, Wilhelmine había tenido tiempo de hacer notar a su hija, todavía tan cría, ante la corte rusa. Eso habría sido posible gracias al hecho de que Wilhelmine era la hermana nueve años menor de la que había sido zarina Elizaveta Alexeyevna, la bellísima consorte de Alexander I, hermano y predecesor del zar Nicholas I. Aunque hay quienes atribuyen a la influencia de Elizaveta Alexeyevna el hecho de que Alexander, el tsarevitch, incluyese en su ruta por Alemania la breve escala en Heiligenberg, eso es ciertamente imposible: Elizaveta había muerto demasido pronto, en 1826, casi diez años antes de que lo hiciese su hermanita Wilhelmine de Hesse. Pero, desde luego, el recuerdo de Elizaveta sí pudo influír en que se programase la escala. Era un pequeño tributo a su memoria que no costaba nada.

Sin irme por las ramas...que me voy cada dos por tres...el caso es que cuando María contaba sus catorce años y se encontró con Alexander, los médicos ya habían constatado que la jovencita había heredado la "debilidad pulmonar" que había lastrado a su difunta madre Wilhelmine. Aunque nadie quería pronunciar la palabra "tuberculosis", ésta flotaba en el aire. Y si el clima de Hesse era, a menudo, poco apropiado para los tuberculosos, no cabe duda de que la rudeza de los inviernos en San Petersburgo podía ser letal. La esposa de Nicholas, la zarina Alexandra, Mouffy para los suyos, era un ejemplo de persona que sufría espantosamente los inviernos en San Petersburgo.

Eso era algo que no jugaba a favor de María. La presunta ilegitimidad parece haber causado incomodidad y malestar en la zarina Alexandra, Mouffy. Sin embargo, el zar Nicholas I asumió una postura más "sofisticada" en ese punto. Cuando se supo en la corte que Alexander estaba empecinado en casarse con María, los cotilleos, naturalmente, se esparcieron por doquier. El conde Orloff, un devoto servidor del zar Nicholas I, se consideró en la obligación de informarle acerca de la proliferación de comentarios de dudoso gusto acerca de una princesa de Hesse a la que en realidad hubiera correspondido llevar el apellido von Senarclens-Grancy. Es de suponer que el conde Orloff pasó el mal trago alentado por su sentido del deber y su fidelidad encendida al zar Nicholas. Pero Nicholas reaccionó con una carcajada y un comentario ingenioso:

-¡Dios mío!¿Quien sois vos y quien soy yo?¿Quien sobre esta tierra puede probar que es quien se supone que es?

Tras dejar así claro que nadie podía demostrar tener como padre biológico al padre oficial, Nicholas añadió, en tono firme:

-¡Y yo no aconsejaría a nadie que sugiera siquiera que el heredero de Rusia va a casarse con una bastarda!.

Puesto que resultaba evidente que el zar Nicholas no se andaría con chiquitas hacia aquellos que cuestionasen la paternidad oficial del gran duque de Hesse en lo que concernía a María, los comentarios giraron de nuevo en torno a la presunta falta de robustez física de la princesa.

Alexander, no obstante, se mantuvo firme en su deseo de comprometerse con María. Las negociaciones entre San Petersburgo y la corte ducal de Darmstadt evolucionaron positivamente, al punto de que el tsarevitch pudo visitar a su enamorada una segunda vez en abril de 1840. Ese nuevo encuentro, significativamente, ya tuvo lugar en la propia Darmstadt. Como es natural, el gran duque Louis estaba dispuesto a darle un escenario apropiado a ese inminente compromiso entre su "hija" (al menos, cabe recordar que era su sobrina nieta...) y el futuro emperador de Rusia. Alexander se presentó radiante de felicidad, llevando para María un muy valioso brazalete cuajado de diamantes. María nunca había tenido una alhaja tan impresionante a la vista -ni de semejante valor. Enseguida se la puso, decidida a lucirla cada día para regocijo de su novio imperial. La cuestión está en que, durante un paseo de ambos por uno de los extensos parques hessianos, la muchacha perdió el brazalete. Se produjo una formidable conmoción en palacio cuando María, llorando a mares, alertó a su familia de la desaparición de aquel brazalete que tanto significaba para ella -y que tanto dinero había costado a Alexander-. Todos interpretaron teatro, para que Alexander no se enterase de que María había perdido la joya, mientras lo buscaban por aquí y por allá...infructuosamente. Finalmente la joya apareció: una muchacha la encontró en algún punto de la ruta que habían seguido los novios y tuvo la deferencia de presentarse en el Schloss para entregarla. Pero lo curioso es que esa pequeña historia provocó en los supersticiosos que tenían conocimiento de ella la convicción de que se trataba de una mala señal hacia el futuro (por lo visto, les importaba un bledo que el mismo brazalete perdido se hubiese recuperado porque no lo había recuperado la novia que lo había extraviado previamente, sino otra mujer).

Lo sustancial, a ojos de la corte de Hesse, es que el brazalete había vuelto a poder de María y que el noviazgo se había consolidado plenamente. El 16 de abril, ocho días después de que se hubiese producido "el sainete del brazalete de diamantes", el gran chambelán de la corte anunció, solemnemente, el compromiso nupcial de la princesa María con Alexander. En el círculo palaciego, hubo una celebración adecuada de la efemérides, cuyo momento álgido se produjo justo cuando el hermano predilecto de María, el príncipe Alexander de Hesse, atractivo mocetón de diecisiete años, ofreció a su futuro cuñado Alexander de Rusia un retrato que él mismo había pintado de la novia. Para corresponder a ese detalle de Alexander de Hesse, Alexander de Rusia invitó al hermano de María a que les acompañase en su nueva vida en común en San Petersburgo. Aquello no era algo tan espontáneo, naturalmente: Alexander de Rusia había percibido tiempo atrás que su María era muy reacia a dejar atrás al hermano Alexander, su protector desde la infancia de ambos; los dos habían crecido motejados de bastardos, alejados de la corte y despreciados por el padre oficial que ahora sí creía oportuno tratarles con cierto miramiento en vista del noviazgo imperial de la chica. María pensaba que su hermano Alexander tendría una oportunidad de prosperar en Rusia. Y Alexander, el tsarevitch, estaba de acuerdo en importar no sólo una esposa, sino también un cuñado.


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 Asunto: Re: MARÍA ALEXANDROVNA, TRISTE TSARINA DE ALEXANDER II
NotaPublicado: 11 Mar 2012 19:49 
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¡Ya me has enganchado! :bravo:

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 Asunto: Re: MARÍA ALEXANDROVNA, TRISTE TSARINA DE ALEXANDER II
NotaPublicado: 11 Mar 2012 22:01 
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Así me gusta, Laurita...que alguien se deje enganchar por María ;-) Ella lo merece, créeme.

Bueno, sigo con la historia.

Casi casi mientras Alexander se comprometía con María en Darmstadt, la madre de él, la zarina Alexandra, Mouffy, empezaba a planificar un viaje que solía repetir casi anualmente. Desde San Petersburgo, se dirigía a Varsovia y Varsovia se convertía en el punto de arranque de un itinerario cuidadosamente trazado hasta alcanzar la ciudad alemana de Bad Ems, que se elevaba a ambas orillas del río Lahn, en el corazón de Renania-Palatinado. Bad Ems era un lugar extremadamente famoso por su balneario. Se suponía que tomar las aguas en Bad Ems ejercía un poderoso efecto en la salud. Mouffy, a menudo acompañada por su esposo Nicholas, era una visitante prácticamente "de cada temporada" en Bad Ems.

Ese año, Mouffy tenía en mente acercarse a Berlín, antes de ir a Bad Ems. Mouffy nunca había olvidado que, en su origen, había sido una princesa de la casa de Hohenzollern, una princesa de Prusia. Su padre era el rey Friedrich Wilhelm III...y su madre había sido una mujer convertida en pura leyenda, la famosísima reina Luise. De niña, siendo aún Charlotte y no pudiendo siquiera imaginar que años después se transformaría en Alexandra Feodorovna, había visto cómo las tensiones y angustias derivadas del saqueo napoleónico en tierras prusianas contribuían significativamente a mermar la salud de la muy hermosa reina Luise. Luise había muerto cuando su Charlotte frisaba en los doce años...y la niña no sólo no permitió que se difuminase su recuerdo, sino que atesoraba con auténtica pasión la memoria de una madre que enseguida se había transformado en un mito sentimental para cada prusiano.

Los años habían transcurrido, pero Mouffy jamás había aflojado sus vínculos afectivos con su padre ni con sus hermanos. Ciertamente, con su padre se había producido alguna discordancia cuando él había osado contraer un segundo matrimonio, morganático, con Auguste von Harrach, elevada al rango de fürstin -princesa- Liegnitz. Incluso tiempo después, cuando había quedado meridianamente claro que Auguste no era ninguna arribista ni una aprovechada de aúpa, Auguste se encontraba en la difícil tesitura de tener que pasar casi casi desapercibida para que ni sus hijastros ni el resto de parentela de su real marido se ofendiesen por su presencia amable al lado de Friedrich Wilhelm.

En 1840, concretamente en el mes de febrero, había muerto, en la ciudad de Stettin, una dama de noventa y tres años llamada Elisabeth Christine. Elisabeth Christine había sido la primera esposa del rey Friedrich Wilhelm II. El matrimonio había acabado en un escandaloso divorcio, a cuenta de las infidelidades de ella, que por lo visto eran algo completamente imperdonable... a pesar de que él le daba ciento y raya en cuanto a adulterios. Los adulterios de él tenían su glamour, claro. Los de ella le costaron verse privada de su pequeña hija Frederica y ser encerrada en la fortaleza de Stettin. Él, Friedrich Wilhelm II, para quien la niña Frederica era una prole a todas luces insuficiente, no había tardado en casarse con la princesa Friederike Luise de Hesse-Darmstadt, que le había dado siete hijos, entre ellos el futuro Friedrich Wilhelm III. Como se puede adivinar, la dama muerta en Stettin ya nonageneria, Elisabeth Christine, era una especie de madrastra de Friedrich Wilhelm III y una especie de abuelastra de Mouffy. Mouffy nunca la había conocido y había escuchado apenas algunas referencias ominosas a aquella mujer "perdida" que habían tenido que confinar en la remota Stettin en tiempos en que todavía su abuelo paterno había sido príncipe heredero, ni siquiera aún rey, de Prusia.

Pero la muerte de la nonagenaria Elisabeth Christine había coincidido con primeras señales francamente alarmantes en cuanto a un firme deterioro en la salud del hijastro de ésta, Friedrich Wilhelm III. Atendido solícitamente por Auguste von Liegnitz, Friedrich Wilhelm experimentaba un progresivo empeoramiento que le hacía contemplar el mundo circundante como si quiera ir despidiéndose de cada persona y lugar que habían conformado su existencia. Poco a poco, se fueron enviando esas noticias a su hija Mouffy en San Petersburgo. En mayo de 1840, se hizo evidente que si Mouffy quería ver a su padre vivo, no podía demorarse ni una miajita en su viaje a Berlín. Así que la zarina salió prácticamente a la carrera de Varsovia, con su hija Olga y un pequeño séquito presidido por su dama de compañía predilecta, la condesa Katherina von Tiesenhausen.

A Mouffy la acompañaba Olga...

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...porque la hija mayor...la apasionada, creativa y temperamental gran duquesa María Nicolaevna...se había casado en julio de 1839. La boda de María Nicolaevna había dado muchísimo que hablar, porque el novio, Maximilian de Beauharnais, duque de Leuchtenberg, no estaba, en cuanto a orígenes y rango, a la altura de una gran duquesa Romanov. Cierto que los abuelos maternos de Maximilian de Beauharnais habían sido Maximilian Josef, primer rey de Baviera, y la primera esposa de éste, Augusta Wilhelmina de Hesse-Darmstadt. Por ese lado, los Romanov no podían hacerle ascos a la ascendencia de Maximilian de Beauharnais. Pero si la madre de éste, Augusta Amalie, princesa de Baviera en orígen, cubría el expediente...harina de otro costal era el padre, Eugène de Beauharnais, hijo de un aristócrata francés de poca relevancia, Alexandre de Beauharnais, y de la esposa criolla de éste, Josephine, nacida Tascher de la Pagerie. Ulteriormente, Josephine había sido la emperatriz Josephine de Napoleón, "un monstruo" tanto a ojos de Nicholas como a ojos de Mouffy. Napoleón había asolado con sus tropas Prusia y había humillado en una célebre entrevista en Memel a la bella reina Luise que había implorado para evitar que se fragmentase su reino. Napoleón había invadido Rusia y los moscovitas habían tenido que llegar al extremo de prender fuego a su ciudad centenaria para evitar que cayese en manos de los franceses. Obviamente, Eugène de Beauharnais no era alguien a quien echar las culpas de la trayectoria bélica de su padrastro Napoleón. Pero era lógico que a muchos rusos les pareciese el colmo que un hijo de Eugène, Maximilian de Leuchtenberg, pudiese aspirar a la mano de la gran duquesa María Nicolaevna.

Pero María Nicolaevna estaba enamoradísima del guapo Maximilian que había acudido en territorio ruso a unas maniobras militares. Y había insistido tanto en que no podría casarse con un príncipe más adecuado toda vez que había entregado su corazón a aquel en concreto, que tanto Nicholas como Mouffy habían decidido ser blanditos con la hija. Nicholas había declarado "igual" un matrimonio que en principio hubiera debido ser "desigual"; había pedido que se considerase a su yerno como si fuese su quinto hijo varón y, para demostrar que íba en serio, le había conferido la dignidad de Alteza Imperial. La boda había sido una boda de ensueño, en la capilla del Palacio de Invierno, seguida de un extenso programa de festejos durante dos semanas. El zar había provisto terrenos y dinero para que la nueva pareja pudiese construirse un gran palacio en las bancadas del Moika, pero mientras se construía el palacio que se llamaría Mariinsky, los Leuchtenberg se instalaron en el palacio Vorontzov. El primer embarazo de María Nicolaevna no tardó en llegar: en abril de 1840, mientras su hermano Alexander cortejaba a María de Hesse en Darmstadt, y mientras su madre Mouffy se preparaba para irse a Varsovia con su hermana Olga y el pertinente séquito, la esposa de Maximilian dió a luz una nena que recibiría el nombre de Alexandra.

Casada María, a Mouffy le quedaban aún dos hijas solteras. Eran Olga y Alexandra, llamada en familia Adini. Adini era, según se rumoreaba, la más guapa de la casa; se decía que se trataba de la que más parecido guardaba con su abuela materna, la famosa reina Luise de Prusia. Pero Olga también era una mujer encantadora, guapa, inteligente, culta y refinada. La música era una auténtica pasión para ambas hermanas, Olga y Adini. Además, Olga disfrutaba profundamente pintando.

El caso es que Mouffy tiró para Varsovia con Olga. De Varsovia, ambas salieron precipitadamente hacia Berlín. Mouffy llegó a la capital prusiana el 3 de junio, justo a tiempo de despedirse de su padre el rey Friedrich Wilhelm III. Tras haber recibido el último solícito homenaje de su hija emperatriz, el monarca cayó en una especie de inconsciencia. El zar Nicholas I, advertido de la situación, llegó el día 7. Su suegro ya no estaba en condiciones de reconocerle ni de dirigirle siquiera una última palabra. Lo único que pudo hacer Nicholas I fue confortar, conjuntamente con su hija Olga, a su muy atribulada esposa Mouffy.

Después de los funerales de Estado por Friedrich Wilhelm, Mouffy se desplazó a Bad Ems. La zarina estaba, naturalmente, deprimida por haber perdido al padre. Su hija Olga, al igual que la condesa von Tiesenhausen, sólo podían animarla a que se llenase los pulmones del aire limpio de la zona y a que tomase las aguas. Nicholas, consciente de que Olga y la Tiesenhausen necesitaban refuerzos, mandó a Bad Ems, por una semana, al segundo de sus hijos varones, el gran duque Constantin Nicolaevich. Mouffy bebía los vientos por su hijo Constantin, de soñadores ojos grises, pese a que se consideraba que era bastante menos guapo que el resto de miembros masculinos del clan Romanov y que, por añadidura, tenía un carácter dominante poco agradable en el trato diario. Otra visita que reicibió Mouffy en Bad Ems, instigada por Nicholas desde la distancia, fue la del gran compositor y pianista Franz Liszt. La zarina pudo aliviar su tristeza oyendo las obras de Liszt interpretadas por el propio Liszt en privado.

En esas circunstancias, casi vino bien poder encomendarle a Mouffy la tarea de recoger en Darmstadt a la flamante prometida de su hijo Sacha, María, para llevarla hasta San Petersburgo. Una vez anunciados los esponsales, era pertinente que María se estableciese en la corte imperial para aprender a la mayor rapidez no sólo ruso, sino también todo el sistema de creencias de la ortodoxia rusa, algo previo a su necesaria conversión religiosa. Ese mismo camino hacia el conocimiento del ruso y la asunción de la ortodoxia rusa ya lo había transitado décadas atrás Mouffy. Era de esperar que pudiese contribuír a facilitarle el mismo recorrido a María de Hesse-Darmstadt.


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 Asunto: Re: MARÍA ALEXANDROVNA, TRISTE TSARINA DE ALEXANDER II
NotaPublicado: 11 Mar 2012 22:59 
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Es una historia encantadora! Que no decaiga!!!!!


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 Asunto: Re: MARÍA ALEXANDROVNA, TRISTE TSARINA DE ALEXANDER II
NotaPublicado: 12 Mar 2012 02:32 
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