Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: LUISA FERNANDA
NotaPublicado: 08 Jun 2010 20:24 
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Registrado: 17 Feb 2008 21:47
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:-D

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Vaaaaale. Vais a decir que tenemos a Luísa Fernanda hasta en la sopa. De manera inevitable, sale a relucir si se habla de su madre, María Cristina, la reina gobernadora; también si se habla de su hermana, Isabel II; por supuesto, en cualquier tema dedicado a su hija Isabel condesa de París, a su hija Mercedes o a la pareja formada por su hijo Antonio y su sobrina-nuera Eulalia; de refilón, siempre que se toca a los Orléans. Que sí, que estoy de acuerdo en que aparece en cien mil sitios.

Pero...es que no había ni un humilde rinconcito en el que ella fuese la protagonista, en el que todo girase en órbita a su alrededor. Y el caso es que a mí me apetecía, porque encuentro que hay mucho material a tratar referido a la infanta. En fín, que espero no ser la única a la que le atraiga Luísa Fernanda.

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 Asunto: Re: LUISA FERNANDA
NotaPublicado: 08 Jun 2010 20:38 
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Oh que confusión la mía. Pensé que se trataba de la zarzuela... :o


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 Asunto: Re: LUISA FERNANDA
NotaPublicado: 08 Jun 2010 20:40 
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:bravo: :DD Estoy contigo Minnie jajajajaa, la verdad es que si que tenemos que dedicar un tema a esta infanta, de la cual se sabe poco pero que la poca descendencia que la sobrevevió dio bastante juego... Espero que nos deleites en este tema y a ver si consigo aportar algo (grin)

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 Asunto: Re: LUISA FERNANDA
NotaPublicado: 08 Jun 2010 20:43 
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Registrado: 19 Feb 2010 17:17
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Hola, yo como siempre, como un espectador, la verdad, es que es buena pista para continuar o conocer más sobre los orléans y montpesier? sino me equivoco.

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 Asunto: Re: LUISA FERNANDA
NotaPublicado: 08 Jun 2010 21:03 
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Registrado: 17 Feb 2008 21:47
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Madrid, Enero, 1832.

El desenlace del segundo embarazo de la reina María Cristina, sobrina a la vez que cuarta esposa de don Fernando VII, era un acontecimiento esperado con una fuerte carga de ansiedad colectiva desde que se había estrenado el año. La dama en cuestión, una morena sumamente atractiva gracias a la vivacidad de sus ojos y a la nota de picardía que asomaba en cada una de sus sonrisas, había logrado, tras su casamiento, satisfacer los apetitos carnales del esposo y, además, concebir con adecuada prontitud; pero la primera gestación había concluído con el alumbramiento de una niña, bautizada con el nombre de Isabel. Isabel era una criaturita de apenas seis meses de edad cuando María Cristina, que se había dado prisa en reanudar las relaciones conyugales con Fernando, había quedado encinta de nuevo. Y a partir del preciso instante en que se intuyó su preñez, luego confirmada oficialmente, todos en la corte española habían contenido la respiración.¿Seguiría su curso natural la gravidez?¿Se llegaría al momento de tener que confinar a la señora en su alcoba para que ésta afrontase los trabajos no exentos de peligro del parto?¿Se trataría del parto de un bebé vivo, no muerto en el útero ni durante el trance en sí mismo?¿Sería por fín un varón, el tan ansiado varón, heredero indiscutible del trono?¿O se repetiría el desencanto, de grandes proporciones, con la aparición en escena de otra fémina?.

El caso era que Fernando VII no había tenido suerte. Se había casado en primeras nupcias en 1802, en una época en la que contaba dieciocho años y todavía ostentaba el título de príncipe de Asturias. Su mujer, María Antonia "Antonieta" de Nápoles, se había entendido con él mejor de lo que se hubiera podido preveer; los dos habían estado felizmente unidos en el odio hacia la madre de Fernando, la entonces reina consorte María Luísa, y hacia el ministro favorecido por ésta más allá de cualquier límite, Manuel Godoy. Pero María Antonia había abortado de manera natural los dos hijos engendrados. Más tarde, en 1816, convertido en rey Fernando VII, éste había desposado a una princesa portuguesa, Isabel de Braganza, que era a la vez su sobrina por vía materna. Isabel había parido una hija...que apenas logró sobrevivir durante cuatro meses: María Luísa Isabel. Al año siguiente de sufrir la pérdida prematura de la niña María Luísa Isabel, la reina Isabel había asumido con entereza un segundo parto; pero se había encontrado con un parto largo, dificultuoso en extremo, que produjo otra niña nacida sin siquiera un hálito de vida y que mató a la mujer.

La tercera esposa de Fernando VII, María Josefa Amalia, ni siquiera había tenido los abortos de María Antonia o los desdichados alumbramientos de Isabel. Jamás se había preñado.

María Cristina, pues, había triunfado por comparación con sus antecesoras. Había dado a luz una niña -Isabel- y la niña parecía gozar de una excelente salud a medida que transcurrían los meses. El único problema radicaba en que el sexo femenino se hallaba excluído de la sucesión porque los Borbones habían introducido una Ley Sálica en España. De atenerse a la tradición de los Borbones, Fernando VII debía considerar su sucesor, mientras careciese de un hijo varón, al hermano que le seguía en edad: el infante Carlos María Isidro. Quienes abogaban por romper esas reglas de juego establecidas para beneficio de la niña Isabel en caso de que María Cristina no lograse tener más que hembras sabían, de antemano, que surgirían serios conflictos.

María Cristina, desde luego, hubiera dado lo que fuese porque su segundo retoño naciese con los correspondientes atributos masculinos en miniatura. A fín de cuentas, ella todavía estaba en excelente edad, era moza garrida y presumiblemente muy fértil, pero su marido, que la aventajaba en veintidós años, se veía en absoluto declive físico a causa de la gota. No habría demasiadas posibilidades de remediar el disgusto de una segunda infanta yendo a por un tercer embarazo. María Cristina, dolorosamente consciente de ello, se encomendó a una panoplia de santos para que le llegase un varón. Pero el 30 de enero de 1832, al cabo de horas de sufrimiento, se enteró de que había obtenido una niña. Sería la infanta María Luísa Fernanda.


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 Asunto: Re: LUISA FERNANDA
NotaPublicado: 08 Jun 2010 21:52 
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Registrado: 17 Feb 2008 21:47
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Conseguir herederos varones podía ser una tarea ardua. La reina María Luísa, esposa de Carlos IV, se había embarazado la friolera de VEINTICUATRO veces. Como DIEZ embarazos concluyeron en abortos naturales, le quedó pasar por el trance del parto CATORCE veces.

Pero a pesar de eso, María Luísa se encontró con que su primer hijo, el príncipe Carlos Clemente, murió antes de haber cumplido los tres años. Después de ese varón, nacieron tres hijas consecutivas: Carlota Joaquina, María Luísa y María Amalia, de las que la segunda -María Luísa- se malograría rápidamente. Una nueva criatura de sexo masculino, Carlos Domingo, perecería a los dos meses de haber celebrado su segundo aniversario. Llegó otra niña, bautizada María Luísa, precediendo a un par de gemelos: Carlos Francisco y Felipe Francisco. Estos retoños murieron con un mes de diferencia, Felipe Francisco a los trece meses de edad y Carlos Francisco a los catorce meses de edad. A continuación llegaría Fernando, seguido, cuatro años más tarde, por Carlos María Isidro. Aún habría otra niña, María Isabel, seguida de una infantita María Teresa y un infante Felipe María: estos dos no prosperaron. La familia se cerró con Francisco Antonio de Paula.

Pensad en eso: María Luísa padeció lo suyo para que, de tanta progenie, sólo llegasen a edad adulta tres hijos varones, que eran los que contaban a efectos sucesorios. Únicamente se salvaron de perecer en la niñez Fernando, Carlos María Isidro y Francisco de Paula. De las féminas, llegaron a tener vidas suficientemente largas también tres: Carlota Joaquina, que sería reina de Portugal; María Luísa, la célebre reina de Etruria y María Isabel.

Pero al margen el historial obstétrico de María Luísa, que muestra cuán difícil era para las consortes reales cumplir su principal función dinástica, Fernando debía pensar que Dios le estaba haciendo a él un corte de mangas. Se había casado cuatro veces, a falta de una; la primera mujer había tenido dos abortos, la segunda mujer una hija muerta con cuatro meses y una niña nacida sin vida, la tercera mujer ni un embarazo y la cuarta le obsequiaba finalmente con dos infantas consecutivas. Entre tanto, los dos hermanos de Fernando, Carlos María Isidro y Francisco de Paula, habían sido bastante más afortunados.

Carlos María Isidro se había casado con la infanta portuguesa María Francisca al mismo tiempo en que Fernando se había casado con la infanta portuguesa Isabel; las dos chicas habían sido hermanas entre sí y sobrinas de sus respectivos maridos. Endogámico a más no poder, vamos. Pero Isabel ya sabemos que había muerto sin dejar hijos en el mundo, a consecuencia del espantoso suplicio que fue su segundo alumbramiento. En cambio, María Francisca había obsequiado a Carlos con tres hijos varones sucesivos: Carlos Luís, Juan Carlos y Fernando. Evidentemente, María Francisca tenía tres excelentes motivos para pavonearse de lo lindo en la corte de Madrid.

Francisco de Paula se había casado con la napolitana Luísa Carlota, hermana mayor de la María Cristina que llegó a ser la cuarta consorte de Fernando. De nuevo se repite el esquema de dos hermanas emparejadas con dos hermanos que eran tíos de ellas; paralamente, las dos eran sobrinas de Carlos María Isidro y primas carnales de María Francisca, la mujer portuguesa de éste. Pues bien: Luísa Carlota había cumplido su papel. De 1820 a 1832 habría dado a luz nueve veces. Y aunque se le malograron algunos retoños (el primogénito bautizado Francisco de Asís, el sexto bebé llamado Duarte Felipe y una pequeña María Teresa) vió salir adelante a Isabel Fernandina, Francisco de Asís (ya véis que los nombres de los hijos fallecidos se repetían en los siguientes), Enrique, Luísa Teresa, Josefina y Fernando. Más tarde, todavía tendría dos hijas, para culminar la familia: María Cristina en 1833 y Amalia Felipina del Pilar en 1834.

A ojos de Fernando VII, lo obvio era que, en 1832, su hermano Carlos María Isidro tenía tres hijos varones y su hermano Francisco de Paula tenía otros tres hijos varones aparte de varias hijas. En cambio, él únicamente contaba con dos niñas, Isabel y Luísa Fernanda.

Tenía que dolerle lo mismo que si alguien le hubiese clavado media docena de banderillas en su orgullo. Y, para colmo, se le creaba un problema de conciencia muy serio. Si se atenía a las normas en vigor desde la época del primer rey Borbón, Felipe V, no le quedaba más remedio que encajar el hecho de que su heredero sería su hermano Carlos María Isidro, a quien seguían, en la línea sucesoria, los tres retoños que le había proporcionado la sobrina portuguesa María Francisca. Pero había un partido en la corte que le animaba a cambiar las cosas, haciendo pasar a la niña Isabel y a la niña Luísa Fernanda por delante del tío Carlos María Isidro. María Cristina abogaba por esa vía, al igual que la ambiciosa hermana de María Cristina, Luísa Carlota, que soñaba con que, en un futuro lejano, sus hijos varones serían los maridos ideales para aquellas sobrinas favorecidas en detrimento de Carlos María Isidro y de María Francisca. Más aún: siendo Carlos María Isidro un católico apostólico extremadamente conservador e incluso reaccionario, principios compartidos con su mujer portuguesa, los elementos liberales tendían a inclinarse hacia las hijas de María Cristina, en quien imaginaban de antemano una regente -llegado el caso- que acataría el constitucionalismo y el parlamentarismo.

Fernando no sabía qué hacer, en realidad.


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 Asunto: Re: LUISA FERNANDA
NotaPublicado: 08 Jun 2010 22:36 
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El caso era que Fernando VII no había tenido suerte

Minnie, en el caso de los matrimonios de Fernando, tu crees que ÉL es el que no tuvo suerte???

Bienvenida Luisa Fernanda al foro:)


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 Asunto: Re: LUISA FERNANDA
NotaPublicado: 08 Jun 2010 22:46 
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Registrado: 17 Feb 2008 21:47
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Para ser rigurosos con la historia, tenemos que señalar que Fernando VII promulgó la Pragmática Sanción, que permitía el acceso de las féminas al trono, el 29 de marzo de 1830: por entonces, María Cristina se hallaba aún en el inicio de su primer embarazo, el que daría como resultado a Isabel. Mediante esa promulgación de la Pragmática Sanción, Fernando le restaba presión -supuestamente- a María Cristina. Ella sólo tenía que ocuparse de parir una criatura viva, el sexo femenino no sería un obstáculo para que precediese a su tío en el orden sucesorio. Pero Fernando sufrió terribles escrúpulos morales a cuenta de esa promulgación que echaba por tierra la tradición de la casa de Borbón. El partido carlista o apostólico lo sabía, contaban con ese desgarro en la conciencia de Fernando. En agosto de 1832, cuando a Isabelita le faltaban dos meses para festejar su segundo cumpleaños y Luísa Fernanda frisaba en los siete meses de edad, Fernando VII estuvo gravemente enfermo, prácticamente a las puertas de la muerte, en el palacio de La Granja. Hubo quienes aprovecharon su situación para conseguir que aboliese la Pragmática Sanción, lo que suponía la restauración de la Ley Sálica.

Fernando logró sobrevivir a ese verano de 1832. De nuevo, las intrigas familiares y cortesanas arreciaron. El 31 de diciembre de 1832, movido en la dirección contraria a la que había tomado en un instante de profunda debilidad física y mental, otra vez estampó su firma en un documento que derogaba la derogación de la Pragmática Sanción. Con todo, la niña Isabel no fue jurada heredera en las Cortes hasta el 20 de junio de 1833. A esas alturas, don Carlos María Isidro se había largado con María Francisca y los hijos comúnes a Portugal porque no podía, a tenor de sus principios reaccionarios, prometer fidelidad a su sobrina Isabel en calidad de princesa de Asturias y futura soberana de España.

Don Carlos María Isidro, he de confesarlo, es un personaje de la historia de este país que me cae igual que una patada en la espinilla; pero debo ser ecuánime y justa con su persona: no reaccionó en contra de la preeminencia de Isabel por el mero hecho de que ambicionase la corona y el cetro, sino porque él creía sinceramente que se estaba profanando la esencia de la monarquía hispánica. Era un hombre que creía a ciegas en que los reyes lo eran por derecho divino, con un orden sucesorio basado en la exclusión de las mujeres al trono y con un ejercicio de la monarquía de corte absolutista, vinculado a un sistema conservador así como a un catolicismo a ultranza. Su mujer, María Francisca, sí era profundamente ambiciosa, aparte de que detestaba a sus primas napolitanas, la reina María Cristina y la infanta Luísa Carlota. Pero Carlos María Isidro se limitaba a defender lo que, desde su punto de vista, era un principio sacrosanto. Él debía recibir el legado de su hermano Fernando, en el instante en que Fernando falleciese, porque Fernando no había tenido un hijo varón. Carlos María Isidro nunca hubiese usurpado el trono de un hijo varón de Fernando. Pero, desde luego, no estaba de acuerdo en que su hermano Fernando hiciese mangas y capirotes con las pautas de la dinastía para dar preferencia a las niñas de María Cristina. Se sentía injustamente preterido y, por añadidura, eso no sólo le lesionaba a él, sino que lesionaba también a sus hijos varones.

En su fuero interno, Fernando estaba cerca de la posición de Carlos María Isidro. Se había dejado persuadir de que Isabel y Luísa Fernanda debían ser colocadas en una situación ventajosa con respecto a los tíos o a los primos de sexo masculino, pero no las tenía todas consigo. Incluso después de que hubiese derogado la derogación de la Pragmática Sanción, su zozobra se hizo tan evidente que María Cristina, constantemente espoleada por Luísa Carlota, no cejó en el empeño de que había que proceder a la solemne jura de la nueva heredera en las Cortes. María Cristina y Luísa Carlota pensaban que ese acto público haría imposible que Fernando volviese a tener una crisis de conciencia; les daba miedo, miedito, que acabase derogando la derogación de la derogación de la Pragmática Sanción antes de que la niña Isabel hubiese sido reconocida princesa de Asturias. No obstante, María Cristina también lo pasó mal en esa época; ella misma se sentía afligida ante la marcha de Carlos María Isidro. Le constaba que los carlistas o apostólicos no se quedarían de brazos cruzados en un futuro y le aterraba la posibilidad de que el enfrentamiento entre dos bandos llegase a eclosionar en una guerra civil. A María Cristina se la oyó repetir en diversas ocasiones que ella no quería sangre; en realidad, ahí se producía la dicotomía de que María Cristina, lo mismo que Fernando, era tan absolutista en el fondo como lo eran Carlos María Isidro o María Francisca, puesto que todos habían asimilado desde la cuna idéntica concepción de la monarquía y de la forma de ejercer la soberanía. La diferencia radicaba en que María Cristina, para que sus hijas tuviesen la opción de reinar, fuese la primera o la segunda de las niñas en caso de que se malograse la princesa mayor, debería superar su ferviente creencia en el absolutismo para apoyarse en sectores liberales.

Las niñas, obviamente, eran tan niñas que no percibieron que una crisis mayúscula se había cernido sobre su familia, la corte y el país. Ellas permanecían en los aposentos infantiles, entre ayas, nodrizas y un amplio retén de sirvientes, ajenas a lo que estaba ocurriendo y a lo que podía derivarse en un futuro de esa serie de acontecimientos.

La tragedia de las niñas fue que sus existencias se definieron de modo tajante cuando ni siquiera tenían uso de razón. Fernando VII falleció con cuarenta y ocho años, el 29 de septiembre de 1833, todavía luchando contra la voz de su conciencia y temiendo pagar caro en el otro mundo el haber alterado las leyes sucesorias en España. En ese punto, Isabel dejaba de ser la princesa de Asturias para transformarse en la reina Isabel II, pero aún le faltaban ONCE DÍAS para cumplir TRES AÑOS de edad. Luísa Fernanda, la eventual heredera de su hermana Isabel, tenía sólo VEINTIÚN meses. Por ellas y para ellas, María Cristina, la viuda de veintiocho años, tenía que asumir el papel de regente cuando era dudoso que llegase a enfriarse el cadáver del difunto monarca antes de que se alzasen en armas los carlistas. El panorama era de los que causan vértigo incluso cuando se repasa ese período histórico desde la cómoda lejanía que ha proporcionado el transcurso de casi dos siglos.


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 Asunto: Re: LUISA FERNANDA
NotaPublicado: 08 Jun 2010 23:07 
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Registrado: 17 Feb 2008 21:47
Mensajes: 17303
RiccardoPercy escribió:
El caso era que Fernando VII no había tenido suerte

Minnie, en el caso de los matrimonios de Fernando, tu crees que ÉL es el que no tuvo suerte???

Bienvenida Luisa Fernanda al foro:)


Querido Riccardo, no la tuvo en absoluto desde el punto de vista de que cuatro matrimonios no le concedieron ni siquiera un hijo varón, aunque fuese retardado y contrahecho, que seguro que le hubiese parecido el príncipe más perfecto de la Cristiandad por el simple hecho de "garantizar" su sucesión. Fuera de ese aspecto concreto, desde luego las que me inspiran franca compasión son sus mujeres. María Antonia, "Antonieta", la primera, se sintió horriblemente trastornada al conocer a Fernando, cuando llegó a España casada ya por poderes para convertirse en una verdadera esposa. Las cartas que envió a su madre María Carolina a Nápoles harían llorar a una piedra, porque expresa claramente cuán traicionada se sentía por sus progenitores, que habían sido capaces de mandarla a compartir su vida con un muchacho feo, de pésimos modales, de educación absolutamente deficiente, perezoso, sin ninguna pespectiva de mejora, artero, retorcido, etc. Pero pienso que poco a poco se acomodó, sobre todo porque, al menos, podía compartir con el marido la corrosiva animadversión hacia la reina María Luísa (era algo mútuo, porque María Luisa detestaba a su hijo Fernando y echaba pestes por la boca en relación con María Antonia). Los dos abortos de María Antonia contribuyeron a mermar su salud y la acabó llevando a la tumba la tuberculosis.

Isabel de Braganza fue una criatura desdichada, incluso al margen de su espantoso final. María Josefa Amalia...ay, pobrecilla, llegó a España en una absoluta ignorancia acerca de lo que significaba casarse; educada en un ambiente extremadamente religioso, sentía un absoluto rechazo hacia los pecados de la carne y no era capaz de aceptar que lo que era fornicio fuera del ámbito del matrimonio se convirtiese de repente en débito conyugal. Creo recordar que se pidio al mismo Papa que informase a la nueva reina de España de que no se íba a ir al infierno ni mucho menos por aceptar los requerimientos de su señor marido. Aún así, ella detestaba recibir a Fernando en su lecho y sufría extraordinariamente, tanto física como psíquicamente.

En realidad, la única que decidió llevar la situación con elegancia fue María Cristina. Una vez leí una anécdota en algún sitio...no recuerdo en dónde...que me llamó la atención. Desde el momento en que Fernando enviudó de María Josefa Amalia, empezaron a sugerirse candidatas al papel de cuarta esposa. La infanta Luísa Carlota, sobrina y a la vez cuñada de Fernando, enseguida introdujo en el repertorio de potenciales consortes a una de sus hermanas, María Cristina. En la corte había un partido portugués, aglutinado en torno a la esposa de Carlos María Isidro, que no estaba por la labor de que se llevase el triunfo el partido napolitano encarnado en Luísa Carlota. Trataron de echar tierra encima de María Cristina, informando a Fernando de que esa chica había demostrado ser demasiado coqueta y probablemente ligera de cascos. Fernando, tras su "experiencia" con la renuente María Josefa Amalia, se lo tomó con gusto: estaba deseando, afirmó, una joven de naturaleza retozona y sensual. Los detractores de María Cristina, yendo más lejos, esparcieron la comidilla de que tal vez ella no sólo no fuese virgen, sino moza parida en secreto. A Fernando eso no le molestó ni un ápice: si venía probada y encima fértil, miel sobre hojuelas.

María Cristina pensaría lo que pensase de su tío Fernando, que si le había parecido espantoso a María Antonia en plena juventud, desde luego a peor había ído en la madurez. Pero era una chica decidida a coger las cosas como viniesen y a sacarles el mayor provecho. Si podía lograr que su añoso y achacoso tío-marido bailase al son que ella marcase explotando sus encantos, lo haría y eso no la traumatizaría en absoluto. Creo que se cobró su precio, por supuesto, consolidándose en la difícil corte española y promoviendo un gran vuelco en las normas dinásticas a beneficio de sus hijas.


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 Asunto: Re: LUISA FERNANDA
NotaPublicado: 08 Jun 2010 23:18 
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Mensajes: 1093
Si, Minnie, te doy la razón en el tema "hijo varón".

María Cristina tuvo la "suerte" de Catherine Parr (salvando las distancias de que Enrique VIII fue un joven atrayente). Puesta a tener un marido repulsivo y dispuesto a la vida alegre, lo tienes cuando él ya es muy mayor, y te dura dos días. Sobrevives con toda la vida por delante.....

Yo, no puedo evitarlo, siendo una gran compasión por Isabel de Braganza. Y, dentro de los "y si" de la historia, me he planteado a veces que hubiese ocurrido si su hija (la primera Isabel) no se hubiese malogrado....

Pero corto, que este es el tema de Luisa Fernanda, y a este paso no llegaremos a las bendiciones de medallitas en el Vaticano :)

Adelante, Minnie!!


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 Asunto: Re: LUISA FERNANDA
NotaPublicado: 08 Jun 2010 23:41 
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Registrado: 17 Feb 2008 21:47
Mensajes: 17303
Un retrato de María Cristina, que ya toca:

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No le había tocado en suerte ninguna perita en dulce. Históricamente, nunca ha sido fácil para una reina viuda tener que asumir el papel de regente a causa de la minoridad de un hijo. Pero en el caso de esta señora, debía asumir el papel de regente a causa de la minoridad de UNA HIJA, cuyos derechos al trono se veían seriamente cuestionados por gran parte de la población y entre no pocas cancillerías extranjeras.

Cuando Fernando VII se disponía a hacer proclamar a Isabel princesa de Asturias, había tratado de obtener, casi a la desesperada, una respuesta favorable de su hermano Carlos María Isidro. Carlos María Isidro le había contestado por escrito, en una carta que entremezcla la melancolía con la amargura:

"Lo que deseas saber es si tengo o no intención de jurar a tu hija por princesa de Asturias. ¡Cuánto desearía poderlo hacer! Debes creerme, pues me conoces, y hablo con el corazón, que el mayor gusto que hubiera podido tener sería el de jurar el primero, y no darte este disgusto y los que de él resulten; pero mi conciencia y mi honor no me lo permiten: tengo unos derechos tan legítimos a la corona siempre que te sobreviva y no dejes varón, que no puedo prescindir de ellos; derechos que Dios me ha dado cuando fue Su voluntad que yo naciese y sólo Dios me los puede quitar concediéndote un hijo varón...".

Esa misiva de Carlos María Isidro no era de carácter privado. Estaba dirigida a su hermano, pero escrita para que se hiciese pública entre los españoles y en cada una de las cortes europeas. Era de suponer que causaría un profundo efecto, como de hecho sucedió.

El 1 de octubre, al recibirse en Portugal la noticia de que Fernando había muerto en Madrid, Carlos emitió un documento proclamando su ascenso al trono de España bajo el nombre de Carlos V. Inmediatamente, se dirigió hacia la frontera, pero, en esa ocasión, no pudo cruzar hacia España debido a que había tropas fieles a la regente dispuestas a atraparle en cuanto pusiese un pie en suelo patrio. Pero las declaraciones de ese Carlos V enseguida servirían de acicate para los apostólicos, que no eran cuatro gatos precisamente. Ya en enero de 1834, Carlos se permitió el publicar un decreto dirigido a sus fieles en el que sentenciaba: "La reina viuda, llamada gobernadora, será considerada usurpadora". Desde luego, Carlos se recataba de acusar de usurpación a Isabelita, su "muy amada sobrina". La infanta (para él era una simple infanta) no tenía siquiera conocimiento de lo pasaba; bastante tenía la niña con haberse quedado huérfana de padre y con que la madre persistiese en la idea de hacerla reina a despecho de los "legítimos principios" que habían sido tristemente "ultrajados".

Por si no bastase con tener que buscar mediante compromisos el apoyo de los liberales frente al estallido de la primera sublevación carlista, María Cristina estaba teniendo otra clase de problemas de naturaleza íntima. A los tres meses de la muerte de Fernando, se le había ocurrido enamorarse apasionadamente de un joven oficial de la guardia palaciega que respondía al nombre de Agustín Fernández Muñoz. La cosa tiene su guasa: la reina íba en un carruaje asomada a la ventanilla cuando sus ojos se posaron en el atractivo oficial; a propósito o involuntariamente, abrió una mano de forma que el pañuelo que sostenía se le cayó hacia el exterior; el mozo, muy cumplido, se apresuró a coger el fino lienzo para devolverlo a la propietaria; las miradas se cruzaron y se inició el romance...


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 Asunto: Re: LUISA FERNANDA
NotaPublicado: 08 Jun 2010 23:50 
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Mensajes: 7858
Ubicación: MURCIA - ALICANTE
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El padre de Luisa, Fernando VII.


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