Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: LOUISE, PRINCESA Y DUQUESA DE ARGYLL.
NotaPublicado: 08 May 2008 22:54 
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Tema para la hija más guapa, y rebelde, de la reina Victoria...

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Louise, princesa de Gran Bretaña, a través de su matrimonio marquesa de Lorne y, en una etapa posterior, duquesa de Argyll.


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NotaPublicado: 15 May 2008 09:33 
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Esta preciosa miniatura obra de Sir William Ross y que forma parte de la magnífica Royal Collection muestra a una pequeña princesa LOUISE CAROLINE ALBERTA:

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Había nacido en Buckingham Palace, nuestro Bucks, en Londres, el 18 de marzo de 1848. La llegada al mundo de esa niña, sexto retoño y cuarta de las féminas resultado de la feliz unión de la reina Victoria con el príncipe Albert, coincidió con un gran estallido revolucionario que se hizo notar en prácticamente toda Europa. La coincidencia hizo señalar a la reina Victoria que estaba segura de que habría un temperamento peculiar en la princesita.

Fue el príncipe Albert quien eligió los tres nombres de pila de su hija: Louise Caroline Alberta. Louise suponía un tributo a la memoria de la propia madre del príncipe Albert, la princesa Louise de Saxe-Gotha-Altenburg. Caroline hacía alusión a una de las abuelas del príncipe Albert. Y Alberta, por último, era, obviamente, la versión femenina del nombre de Albert.

Hay algo conmovedor, pero también perturbador, en el hecho de que Albert quisiese llamar a la niña Louise. La madre del príncipe Albert había sido una mujer de una notable hermosura, como refleja el siguiente retrato...

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Louise, madre de Albert, "suegra" de Victoria y abuela paterna de su homónima Louise.

...pero también había sido una figura ciertamente trágica. Con apenas diecisiete años, se había visto entregada en matrimonio a su pariente, Ernest I, duque de Saxe-Coburg, que le superaba en edad en dieciséis años. Desde el principio, la unión resultó un completo desastre. El único interés que mostraba Ernest hacia la preciosa Louise era el de hacerle al menos un par de hijos legítimos que asegurasen la continuidad de la dinastía. En otro sentido, la descuidaba por completo o la trataba con una rudeza terriblemente hiriente para ella, aparte de que la exponía a la humillación pública al no ocultar sus relaciones paralelas con otras mujeres.
Después de tener dos hijos, Ernest y Albert, Louise alcanzó un punto en el que sintió que la vida se le estaba escapando entre los dedos de la mano igual que si se tratase de un puñado de arenas. No tenía nada que la confortase por el mal trato que le brindaba su marido y las exigencias perpetuas de su suegra, excepto a los dos niños; pero ni siquiera los dos niños bastaban para llenar el vacío en su corazón ni para curar las heridas recibidas día tras día. Al final, se llegó a un cataclismo doméstico cuando Louise se enamoró, apasionadamente, de un joven y apuesto aristócrata: el barón Louis Alexander de Hanstein. Jugándose el todo por el todo, Louise huyó con Alexander, lo que originó un escándalo de grandes proporciones. Se manejó la situación de forma que hubo un divorcio acordado entre Ernest y Louise, lo que permitiría a la mujer, establecida con su amante en Sant Wendel, una encantadora propiedad de Lichtenberg, restaurar un poco su maltrecha reputación a través de un segundo matrimonio. Pero Louise pagó un elevado precio para verse liberada de sus nupcias con Ernest e intercambiar votos matrimoniales con Alexander von Hanstein. Desde el día de su huída hasta el día de su muerte prematura, con apenas treinta años, por culpa de un cáncer, Louise no pudo ver nunca a sus hijos Ernest y Albert.

El príncipe Albert se había creado una imagen idealizada de la madre, una forma de "salvarla" en su mente de la vergüenza y la ignominia que habían caído sobre ella a raíz de su fuga con el amante. Pero que quisiese llamar a su cuarta hija Louise...¿acaso no sería un presagio de que esa niña heredaría la belleza pero también la falta de suerte en el aspecto sentimental de la abuela paterna?.


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NotaPublicado: 17 May 2008 07:40 
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Un grabado, muy al gusto de la época, mostrando a Louise junto a la hermana a la cual seguía en edad, Helena, llamada Lenchen:

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Lenchen y Louise.

De las hijas de la reina Victoria, las que más atención han recibido han sido siempre las dos mayores y la benjamina. En cuanto a las mayores, sin duda constituyen personalidades muy atrayentes para los biográfos debido a sus caracteres, sus trayectorias vitales y su descendencia: se trata de Vicky, la princesa real, luego efímera emperatriz Friedrich de Alemania, y de Alice, gran duquesa de Hesse. La menor, Beatrice, tuvo la "ventaja" de permanecer siempre pegada a las faldas de la gran soberana, siendo, también, la que se dedicó con fervoroso afán a "expurgar" los diarios y cartas de la madre que había muerto (algo que, me temo, nunca le perdonarán los historiadores y biógrafos, pero tampoco nosotros, los amateurs de la historia...).

Lenchen y Louise se han quedado en un plano más discreto que el que ocupan sus hermanas. Sin embargo, cada una de ellas merece más atención de la que se les ha prestado en general.

Algo que sorprende -gratamente- a quien se acerca a las hijas de la reina Victoria es que, al menos las cuatro mayores, resultaron muchachas que se salían de la pauta. Vicky, la princesa real, destacaba por su notable inteligencia y creativad, pero, sobre todo, por su precoz madurez: en gran medida, se trató de una "niña prodigio" que a corta edad se expresaba en varios idiomas con una fluidez lingüística y una autoconfianza en su propia capacidad comunicativa que pasmaba a los adultos. Alice, de rasgos desvaídos por comparación con su hermana Vicky, tímida e introspectiva, desarrolló pronto un gran interés por la teología, la filosofía y la medicina, en particular el estudio de la anatomía (lo cual, dicho sea de paso, horrorizaba a sus padres). Lenchen, en su adolescencia, destacaba por su pasión hacia el mundo de los equinos (muy british) pero asimismo por su interés, nada convencional, hacia...la mecánica. En cuanto a Louise, como veremos, fue la más dotada en el ámbito artístico, alcanzando un grado de perfección extraordinario en la pintura pero, en especial, en la escultura.


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NotaPublicado: 17 May 2008 08:30 
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Louise:

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El príncipe Albert, con la feliz aquiescencia de Victoria, había diseñado para sus hijas un programa educativo extenso, amplio, bastante profundo y completo si tomamos en cuenta los parámetros de la época respecto a la formación de princesas. El programa incluía, desde luego, una serie de materias artísticas. Así llegó el notable dibujante y pintor Eduard Carbould para instruír en ese ámbito a las criaturas reales. Carbould no era ni mucho menos tan limitado como la mayoría de profesores de dibujo y pintura de la época, quienes solían conformarse con que sus alumnas de elevado rango aprendiesen a copiar, con cierto esmero, escenas paisajísticas o bodegones que después se coloreaban cuidadosamente. Desde el primer momento, Carbould insistió en que desarrollasen su imaginación, mostrasen creatividad, sacasen a la luz el talento natural que pudiese haber en alguna de ellas. Y, ciertamente, Vicky, la princesa real, tenía un don para la pintura, pero la cuarta niña, Louise, todavía sobrepasaría a su hermana en esa esfera.

Ya adulta, Louise recordaría con cálido afecto a Carbould. Para aquella chiquilla que a menudo desconcertaba, escandalizaba o enojaba a los adultos por su falta de discreción, su inclinación a decir lo que se le pasaba por la cabeza sin detenerse a considerar la corrección o incorrección de sus comentarios y su ironía demasiado punzante, Carbould representaba a la persona que la animaba, la alentaba, la impulsaba a superarse y le reconocía los méritos con franco entusiasmo. Entre profesor y alumna se desarrolló un vínculo que perduraría a lo largo de las décadas.

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Louise.

El príncipe Albert, que siempre vivió infatuado con su primogénita Vicky, no tuvo demasiado tiempo para influenciar al resto de sus hijas. Apenas logró trazar el curso del noviazgo de Alice, la segunda, la buena muchacha que no obstante tanto les preocupaba por su tendencia a un exceso de reflexión y a una melancolía enfermiza, antes de morirse. Cuando Albert falleció, Lenchen, que le causaba cierta inquietud por el carácter y las maneras tan poco "femeninas", aún no había cumplido quince años. Louise, que sería un encanto si no fuese tan sarcástica e incluso corrosiva, frisaba en los trece años.

Ante el fallecimiento de Albert, la adorada Vicky, que se hallaba encinta de su segundo bebé, no pudo acudir a confortar a su madre en un primer momento. Alice, ya comprometida con Louis de Hesse, había atendido ese año a dos personas que agonizaban: primero su abuela materna, Victoria duquesa de Kent, y después su padre, Albert; ahora, la muchacha hubo de asumir en solitario la tarea de evitar que su madre, Victoria, se dejase arrastrar desde un profundo e intenso duelo hasta la sinrazón (la observadora Lady Littleton diría que a Alice le había tocado ser "el ángel de la casa", quisiera o no desempeñar el papel).

Por desgracia para Alice, no contaba con el soporte emocional que hubiera podido ofrecer Lenchen. El prematuro fallecimiento de Albert había provocado una reacción de duelo casi histérico en Lenchen, reflejado en sus cartas a su amiga íntima, Emily Beauclerck.

En cuanto a Louise, se la había mantenido aislada de su padre durante la penosa enfermedad de éste en atención a su edad y por miedo a que pudiese contagiarse de fiebre tifoidea. Louise había heredado la propensión a contraer cualquier enfermedad de su padre, Albert. Siendo consciente de ello, Victoria había querido evitar a toda costa que la muchacha se expusiese a la peligrosa tifoidea. En ese aspecto, a Louise se le había deparado el mismo trato que a Baby Beatrice, de apenas cuatro años de edad. Quizá porque se la había tenido "al margen", Louise no había interiorizado el rápido deterioro de su padre ni había anticipado en su mente un fatal desenlace; así que, en el momento en que se le comunicó la defunción, respondió con una crisis nerviosa, preguntándose a gritos "porqué Dios no se la había llevado a ella" pues "era tan estúpida e inútil".


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NotaPublicado: 17 May 2008 09:01 
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Una de las fotos preferidas de la reina Victoria:

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La imagen muestra a sus cinco hijas (Vicky, Alice, Lenchen, Louise y Beatrice) completamente enlutadas, en actitud doliente alrededor de un busto en mármol del fallecido príncipe Albert. A la izquierda de la imagen, sentada y cabizbaja, Alice, "el ángel de la casa", detrás de la cual se divisa a Lenchen. A la derecha de la imagen, sentada en el suelo, Louise, que aferra una de las manos de Vicky. En el centro, con expresión desolada, la pequeña Beatrice.

Sin duda, la peor derivación de la muerte de Albert fue el luto interminable decretado por Victoria. La pareja real había compartido largos años de vida en común sorprendentemente felices, si se consideraban en conjunto; de modo que para cualquiera con un mínimo de sensibilidad, resultaba muy comprensible que, durante un período de tiempo prudencial, la soberana quisiese recluírse para reponerse del terrible impacto emocional de la pérdida definitiva. Se entiende que, tras asistir a las exequias en Frogmore, abandonase Windsor buscando un escenario propicio para su duelo en Osborne House. Pronto, sin embargo, los observadores detectaron que la actitud de la reina revelaba ya no sólo la angustia normal en una viuda, sino una veta de regodeo en el dolor, una veta de insania.

En efecto, Victoria no se limita a cubrirse los cabellos con la almidonada cofia de viuda ni a envolverse en velos negros. Manda colocar bustos de Alberto, con los correspondientes crespones luctuosos, prácticamente en cada rincón de la residencia. Noche tras noche, se acuesta en su lecho tras haber situado encima de la almohada una gran foto del fallecido príncipe, cuya bata se empeña en mantener consigo. El fiel valet del muerto recibe la orden de preparar cada mañana, invariablemente, la camisa, el chaleco, los pantalones, los calcetines y los zapatos bien lustrados para Albert; también debe tener a punto, en el cuarto anexo dedicado a las "toilettes", una jofaina llena de agua caliente y jabonosa para que se afeite Albert. Hay algo absolutamente perturbador en esa escenificación, que parece llevar implícito el mensaje de que Albert no se ha ído para siempre, sino que se encuentra de viaje pero se aguarda su regreso en cualquier momento.

Las hijas de Victoria viven con el alma en vilo y el corazón en un puño. Vicky, cuando ha podido viajar desde Alemania, se ha quedado conmovida hasta la médula ante semejante panorama; pero Vicky, a fín de cuentas, no tiene que permanecer allí, en esa atmósfera opresiva, sofocante. Alice, Lenchen, Louise e incluso Baby Beatrice se llevan la peor parte. Con sus trajes oscuros -no se ha librado de ellos ni la benjamina- deben caminar de puntillas para no "alterar los nervios" a mamá. No se puede reír, ni siquiera sonreír. No se puede pensar en tocar el piano en los salones ni en organizar algún picnic a la playa para dibujar escenas marinas. No se puede encontrar ni pizca de deleite en nada -ni siquiera en la inminente boda de Alice-.

Albert había iniciado los preparativos para la boda de Alice con Louis de Hesse. Dado que se trataba de un proyecto de Albert, Victoria insiste en que se lleve a cabo según lo previsto. Pero...¡qué boda la de Alice!. Se elige a modo de escenario un salón de Osborne presidido por un enorme retrato de Victoria y Albert. La novia viste de blanco, pero la reina acude envuelta en tejidos negros, rodeada del resto de las chicas, que lloran desconsoladamente mientras, en el exterior, ruge una tormenta. No hay nada alegre en aquel casamiento -lo que parece un triste presagio para la vida en común de Louis y Alice-.

A continuación, se decide que no hay motivo para retrasar el enlace de Bertie, príncipe de Gales, con la bonita Alexandra de Dinamarca, ya que también Albert había dado su beneplácito. Victoria pondrá todo el empeño, sin embargo, en que la boda, cuando se celebre, se celebre de forma notablemente discreta. Siendo Bertie el heredero del trono, lógicamente tiene que haber una recepción popular vistosa a la novia que llega por mar con sus familiares, así como una ceremonia apropiada en la capilla de San Jorge, en Windsor. Pero Victoria no transige mucho más en lo que se refiere a celebraciones. Los ingleses se llevan un gran chasco al enterarse de que "el luto por Albert" marcará también, ineludiblemente, la boda de Bertie con Alix.


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NotaPublicado: 17 May 2008 09:48 
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Victoria, retratada como una viuda doliente con su perro favorito, Sharp.

Para Victoria, ha llegado una etapa crucial en su vida.

Sus dos hijas mayores, Vicky y Alice, son ya mujeres casadas. Vicky, que lleva años de vida conyugal con el querido Fritz, de quien ya ha tenido dos hijos, reside principalmente entre Berlín y Postdam. Alice se ha marchado con su Louis a Darmstadt, en el ducado de Hesse, y es de suponer que pronto creará su propia familia.

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Alice y Vicky, las hijas casadas.

A la reina le quedan tres hijas solteras, Lenchen, Louise y Baby Beatrice. De repente, la soberana concibe la idea de que una de las tres debe quedarse para siempre a su lado. Y, en un principio, se decanta por la joven Lenchen, que, desde que ha muerto su padre, parece "enteramente transformada" para darle gusto a su madre. Lenchen ya no es una criatura carente del menor atractivo, a la que, para colmo, se considere una especie de "marimacho". Sigue nadando mejor que sus hermanos y se distingue en el manejo de los caballos, pero se ha olvidado de su gusto por la mecánica (algo tan masculino, a fín de cuentas...) a la vez que dedica más tiempo actividades propias de su sexo, como dibujar acuarelas e interpretar himnos religiosos al piano. Victoria, de pronto, encuentra muy reconfortante la presencia de Lenchen.

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Lenchen con su madre, Victoria.

Gradualmente, sin embargo, Victoria asume la idea de que Lenchen debe casarse. Es muy probable que en la decisión de la reina influya, de modo determinante, tener conocimiento de la correspondencia que sostiene Lenchen con un joven bibliotecario que había gozado de la mayor estima del príncipe Albert, Carl Ruland. Las cartas indican una gran amistad entre ambos, pero no están exentas de cierto flirteo por parte de la princesa con el bibliotecario -un buen mozo de origen germánico-. Victoria se da cuenta de que para Lenchen es importante encontrar un novio apropiado que se transforme en un marido conveniente. Un príncipe alemán estaría perfecto...si se pudiese encontrar un príncipe alemán sin tierras ni fortuna, dispuesto a establecerse con su mujer en casa de la suegra.

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Joven Lenchen.

En 1866, en uno de sus viajes-peregrinaciones sentimentales a Alemania, Victoria se hace acompañar por Lenchen. Allí, mientras ambas visitan a Fritz y Vicky, traban conocimiento con un príncipe llamado Christian de Schleswig Holstein Sonderburg Augustenburg. Christian ofrece un pedigree de lo más interesante; además, no tiene que recibir en un futuro ningún reino ni ducado, tampoco nada en la abundancia y estaría contento si pudiese establecerse en territorio británico en calidad de esposo de una de las hijas de la reina.

El "noviazgo" de Christian con Lenchen provocó un gran revuelo en la familia. Pocos años atrás, había muerto el rey Frederick VII de Dinamarca, sin hijos varones que pudiesen sucederle en el trono. En cambio, le había sucedido un primo, el hasta entonces príncipe Christian, padre de la Alix que se había casado con Bertie. Ese cambio de la rama principal a una rama menor de la dinastía Holstein en Dinamarca se había aprovechado para crear un considerable barullo en los ducados de Schleswig-Holstein, tradicionalmente vinculados a la monarquía danesa, pero en los que existía un potente partido pan-germánico que recibía apoyo de Prusia. El padre de Christian, el duque Christian Karl de Schleswig Holstein Sonderburg Augustenburg, había liderado en su juventud una revuelta en los ducados contra los daneses que, antaño, se había quedado en agua de borrajas, llevándole a perder sus territorios y a tener que establecerse en la corte prusiana; pero, a la sazón, su nombre volvía a surgir como una posible solución de compromiso a la soberanía en esos lugares si los prusianos, coaligados con los austríacos, se decidían finalmente a arrebatar los ducados a los daneses por la fuerza.

Con semejante panorama, la división familiar estaba servida. Vicky, casada con el príncipe heredero Fritz de Prusia, apoyaba la boda de su hermana Lenchen con Christian. Bertie de Gales, casado con Alix de Dinamarca, que no podía ver ni en pintura a los Augustenborg, se oponía a la boda de su hermana Lenchen con Christian. Alice, desde Hesse, se posicionó con su hermano favorito, Bertie, aunque más tarde, al enterarse de que había unos sentimientos románticos de Lenchen hacia Christian, suavizó su actitud. Louise, la joven Louise, quizá simpatizando con el deseo de su hermana Lenchen de escapar al duelo opresivo mediante el matrimonio con Christian, se posicionó con su hermana mayor, Vicky.

Al final, no obstante, lo que inclinó la balanza fue la opinión favorable de la reina Victoria hacia Christian. Lenchen pudo vestirse de novia y casarse con su príncipe sin tierras el 5 de julio de 1866. En un principio, la reina Victoria les otorgó Frogmore House, dentro del parque de Windsor, que había sido residencia de su propia madre, la duquesa de Kent, en sus últimos años de vida. Para desconsuelo de Victoria, sin embargo, ocurrió que Christian y Lenchen querían manejar su propio hogar no tan cerca del castillo principal de la soberana. Al final, hubo de ceder y garantizarles el uso de Cumberland Lodge.


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NotaPublicado: 17 May 2008 10:02 
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Louise.

Y, entretanto...¿qué sucedía con Louise?.

La princesa, guapa y llena de vida, se aburría de lo lindo. Los príncipes de Gales, Bertie y Alix, que lamentaban mucho verla permanentemente confinada en una atmósfera luctuosa, la invitaban con frecuencia a los parties y fiestas que organizaban en Marlborough House durante sus primeros años de casados. Pero la reina Victoria se horrorizaba ante la perspectiva de dejar que su Louise, tan joven, se introdujese en una sociedad demasiado "alegre" para su gusto. Si, en opinión de Victoria, Bertie y Alix deberían mostrarse más "comedidos", no había razón, desde luego, para alentar a Louise a sumarse a la vida excesivamente jaranera de los Gales. Hubiera sido absolutamente contradictorio por un lado criticar a Alix por "seguirle la corriente al descarriado de Bertie" y, por otro lado, consentir que Louise "se contagiase de la misma reprobable actitud de la princesa de Gales".

Louise tuvo la astucia suficiente para manipular las circunstancias a su favor en otro sentido. La reina Victoria, ella misma una buena dibujante, estaba orgullosa del talento como pintoras de Vicky y de Louise. Para Victoria, constituía un motivo de regocijo contemplar las hermosas acuarelas y óleos de Louise. En cambio, no acabó de agradarle que su hija empezase a descuidar el dibujo y la pintura para centrarse en la escultura. Victoria no juzgaba la escultura una actividad artística propia de mujeres; no le satisfacía que su hija quisiese moldear terracota o mármol. En ese sentido, Louise recurrió, por un lado, a su propia naturaleza avispada y, por otro lado, a la solidaridad de su hermana Vicky. Aprovechando que la reina Victoria convalecía de una enfermedad, Louise la hizo posar para moldear un busto de la soberana; durante las sesiones, mientras íba logrando una excelente obra, la princesa "le comía la oreja" a la reina acerca de lo feliz que le haría poder perfeccionar sus conocimientos acudiendo a la Escuela Nacional de Artes de Kensington, en Londres. Paralelamente, en una serie de cartas, Vicky se encargaba de elogiar esa "inclinación a la escultura" de Louise, recordando, muy oportunamente, cuánto había admirado el difunto Albert a las personas que poseían el don de insuflar vida en un trozo de terracota o en un bloque de mármol.

Finalmente, Victoria alcanzó una de esas decisiones que la hacen tan atractiva porque rompen con los convencionalismos y pautas de la época "victoriana". En un gesto sin precedentes, autorizó a Louise, de veinte años, a matricularse en la Escuela Nacional de Artes de Kensington después de que la muchacha hubiese demostrado su capacidad presentando ante la junta directiva de la institución, ocultando la identidad de la autora, una bonita obra en terracota...


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NotaPublicado: 26 May 2008 19:23 
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Un primer plano de Louise.

Es fácil imaginar la euforia que experimentó Louise al obtener su plaza en la Escuela Nacional de Artes de Kensington. Todas las clases recibidas en la infancia con Eduard Carbould le habían hecho tomar conciencia temprana de su capacidad artística, luego desarrollada gracias a la escultora Mary Thornycroft; pero, por supuesto, asistir a la Escuela Nacional de Artes significaba un gran salto hacia delante para la princesa. Enseguida, se encontró recibiendo clases de un artista de reconocido prestigio en la época, el húngaro Joseph Edgar Boehm. Además de recibir sus lecciones en el recinto de la escuela, la princesa se acostumbró a visitar el estudio particular de aquel notable artista que la guió durante el proceso de creación de un busto del príncipe Arthur, busto que sería elegido por un selecto jurado para formar parte del conjunto de obras que se expusieron en la Royal Academy. Probablemente, influyó en cierta medida la identidad de la autora, pero está claro que "sólo en cierta medida": el trabajo de Louise sorprendía positivamente a cuántos lo veían incluso sin saber que procedía de sus manos.


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NotaPublicado: 26 May 2008 19:40 
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Louise.

A esas alturas, Louise se había salido del patrón típico de princesa victoriana. Ella no se dedicaba meramente a sacar provecho de una sencilla pero efectista educación artística para disponer de un delicado pasatiempo. Ella aspiraba a ser una escultora de relieve -y, de hecho, se preparaba de forma intensiva para colmar su aspiración-. La personalidad rotunda, el carácter independiente, una notable franqueza al manifestar su liberalismo en todos los ámbitos y su no disimulado apoyo hacia el incipiente movimiento sufragista, hacían de Louise una princesa todavía más original.

La forma evidente de poner en el brete a una princesa tan rupturista era cuestionar su vida privada. Que una joven revelase un temperamento bohemio tan acentuado sumado a su obstinación en seguir su propio camino hacia la excelencia artística, se prestaba a que enseguida surgiesen toda clase de rumores. La evidente adoración de Louise por el escultor Boehm se utilizó como un arma contra la muchacha. ¿Quién podía asegurar que no sucedía nada impropio entre ambos cuando pasaban tanto tiempo juntos esculpiendo en el pequeño estudio de él? Los rumores se esparcieron rápidamente, adquiriendo una especial morbosidad por el hecho de que había una señora Boehm que, en un discreto segundo plano, criaba lo mejor que podía a unos retoños Boehm. Aunque nadie se hubiese atrevido a plantear ese escándalo en ciernes en toda su crudeza a la reina Victoria, desde luego hubo que hacerle entender que la reputación de su hija estaba en entredicho.

No sólo estaba toda aquella historia un tanto sórdida urdida en torno a la "seducción" de Louise por parte de Boehm. Cuando la muchacha volvía "a casa" -cualquiera de las residencias reales en las que se hallase su regia madre...- manifestaba un interés "especial" por pegar la hebra con el tutor de su hermano hemofílico Leopold, Robinson (Robin) Duckworth. Era otro tema que podía dar pábulo a comentarios maliciosos.

Sumando dos y dos, la reina Victoria decidió que había que curarse en salud buscando un marido a Louise -igual que se había hecho con Lenchen después de que ésta se prendase del bibliotecario Carl Ruland-.


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NotaPublicado: 16 Oct 2008 22:02 
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compromiso de Luisa y el marqués de Lorne


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NotaPublicado: 16 Oct 2008 22:04 
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Luisa y el escultor Boehm.wikipedia


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NotaPublicado: 08 Nov 2008 15:52 
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"Colocar" a Louise en el mercado matrimonial antes de que se destrozase su reputación se convirtió en un objetivo. En un abrir y cerrar de ojos, surgieron dos candidatos que representaban opciones diamentralmente opuestas.

Por un lado, Alix, la princesa de Gales, estaba convencida de que su guapa cuñada Louise sería una esposa perfecta para su hermano Frederick, destinado a convertirse, en un tiempo futuro, en el rey Frederick VIII de Dinamarca. Ese enlace hubiese sido francamente popular tanto entre los ingleses como entre los daneses, que estaban todos encantados de haberse conocido, como se suele decir, a raíz de que el príncipe de Gales se hubiese casado con la bella Alexandra, amada en su país de orígen e idolatrada en su país adoptivo. El casorio hubiese hecho de Louise una figura relevante, en calidad de consorte de un heredero de un trono escandinavo, lo que siempre realza el sentimiento de orgullo nacional.

Pero la reina Victoria no quería tomar en consideración OTRO matrimonio danés. En cambio, prestó atención, para lógico enfado de Alix y Bertie de Gales, a su hija Vicky, esposa de Friedrich de Prusia. Vicky consideraba que tenía en Berlín al candidato ideal: el príncipe Albrecht, un primo de su marido. A instancias de la reina Victoria, Louise viajó a Berlín con la excusa, magnífica, de visitar a su hermana Vicky. El encuentro con Albrecht, sin embargo, dejó mucho que desear. A Louise no le gustó el príncipe, demasiado "prusiano", en tanto que éste, con una notoria falta de tacto, hizo saber de manera inmediata que de ninguna forma un posible matrimonio le induciría a mudarse a Inglaterra.

Cuando Louise volvió a Inglaterra, declaró rotunda ante su madre que no tenía la menor intención de casarse con un príncipe extranjero que no le agradase ni pizca. De nuevo, Louise volvía a demostrar un carácter inconformista e independiente. Pero, en ese caso, a Victoria le vino de perlas la posición de su hija, porque por su mente había empezado a rondar una idea: ¿para qué íban a tomarse la molestia de andar rebuscando entre los príncipes europeos protestantes uno sin expectativas de heredar territorios ni fortunas, dispuesto por tanto a mudarse al país de su novia, que, para colmo, insistía en que el chico debía entrarle por el ojo antes de ella accediese a dar el sí quiero? Aquel trabajo se podía evitar por el procedimiento de alentar una boda de Louise con algún aristócrata BRITÁNICO, de excelente linaje, con buenas conexiones sociales y, a poder ser, atractivo.

Victoria tenía su propio plan...


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