Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: Los Braganza llegan a Brasil
NotaPublicado: 16 Abr 2009 18:40 
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LOS BRAGANZA

LLEGAN A BRASIL

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La reina de Portugal estaba loca...

Su padre, el rey José, sin herederos varones y obligado a acatar la tradición portuguesa que no permitiría que hubiera un rey consorte extranjero, la había casado con su hermano.

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Maria I

Casarse con su tío no fue seguramente una perspectiva agradable; pero la joven Maria se inclinó ante el deber. De su esclerótico tío-esposo tuvo pronto un hijo, Don José, que murió en la infancia, y después otro, Don Juan, nacido el 13 de mayo de 1767, que estaba destinado a llevar la corona de los Braganza a tierras americanas.

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Maria I y su tío esposo Pedro III

Cuando Juan llegó a los 18 años de edad, su madre, que había convertido al corte de Lisboa en una especie de Monasterio donde las oraciones substituyeron a las fiestas, se preocupó para buscarle una esposa. Hasta entonces el príncipe había vivido completamente aislado, sumido en un mundo de ensueño, sin otras diversiones que tocar el órgano y entonar cantos gregorianos.

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Don juan

La elección recayó en la Infanta Carlota Joaquina de España, que tenia a la sazón 10 años de edad y que en calidad de prometida fue a vivir a la corte de Lisboa, mientras llegaba el momento en que la naturaleza le hiciese mujer y pudiese casarse con el príncipe, cosa que ocurrió al cumplir los 13 años y fue la señal para que Don Juan abandonase su retiro de Mafra y se consumase el matrimonio.

Nadie pudo explicarse la necesidad de precipitar en esta forma los acontecimientos, y seguramente menos aun los prometidos. En su primera entrevista sucedió algo inesperado. En el momento en que el buen príncipe Juan cogió en sus brazos a su prometida, en el balcón donde se presentaban por primera vez ante el pueblo, se vio que el príncipe daba un salto hacia atrás. Inexplicablemente, la joven princesa le había dado un mordisco formidable en la oreja.

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Carlota Joaquina

Desde aquel momento Don Juan quedó para siempre perplejo y desconcertado ante su esposa. Nunca más perdió la impresión de que había unido su destino a una criatura que tenia algo infernal. Nunca fue su amiga ni su compañera.

A ella no le gustó el príncipe. Además de su excesiva obesidad y sus modales apáticos padecía erisipelas crónicas., que eran una característica de la familia Braganza. Como su padre y su abuelo Don Juan nunca montó a caballo (excepto para hacerse retratar) y llevaba constantemente vendadas las piernas, que le molestaban con vivo escozor.

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Carlota Joaquina

A pesar de todo, esta pareja dispar, cumplió a conciencia sus deberes dinásticos y pronto la familia real se completó con varios descendientes. Primero la Infanta Maria Teresa, nacida el mismo año que su lejano pariente Luís XVI de Francia y su esposa Maria Antonieta morían en el cadalso. luego dos Antonio, presunto heredero de una corona que aun no ceñía las sienes de su padre, que murió antes de los 7 años y a continuación, Maria Isabel, Don Pedro, Maria Francisca, Isabel Maria, Don Miguel, Maria de la Asunción, y Maria Ana. Esta última nacida en 1806, marcó ostensiblemente el final de las relaciones maritales entre el rey y su esposa que, a partir de aquella fecha, vivieron en palacios distintos. En realidad, la actitud de la Infanta Carlota Joaquina hizo que la maledicencia de la corte pusiese en duda la legitimidad de todos sus hijos, exceptuada la primera Infanta, y se citaban los nombres de los favoritos, supuestos padres de la descendencia real.


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NotaPublicado: 16 Abr 2009 18:41 
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NAPOLEON ENTRA EN ESCENA

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Palacio de Queluz

Don Juan, mientras, continuaba tocando el órgano y esperando. Esperaba que la locura de su madre pusiese final a la vida de ésta y que al ascender al trono empezase para él una tarea definida. Desde 1792 había sido investido con los poderes de Regente, porque los 17 médicos alienistas que examinaron el estado de la reina la declararon incapaz de llenar sus deberes. Más desde su retiro, la sombra de la loca se proyectaba sobre la corte. Don Juan era regente, pero no era rey. En esta calidad tuvo que presenciar el asombroso e inesperado camino que tomaba la revolución francesa, bajo la mano de Napoleón Bonaparte. Asustado por las incontables victorias del general francés, el regente se dirigió hacia Inglaterra; pero con esto contrarió los planes de Napoleón que aspiraba a lo que él llamaba el bloqueo continental de la isla. La actitud de Portugal no podía tolerarse, y a las órdenes del general Junot se preparó una expedición de castigo para someter la corte portuguesa y sustituir al príncipe regente por cualquier muñeco a las órdenes del invencible Cesar.

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Junot

La noticia de la invasión produjo en Portugal febril alarma. La familia real temblaba en su palacio de Queluz porque, leyenda o realidad, se atribuía al mariscal Junot una salvaje afición a destronar reyes, y en la corte asustada y desorientada, la vieja reina loca dio la señal del más completo pánico lamentándose sin cesar: "¡Ay Jesús!" Sus espantosos gritos atravesaban los solitarios corredores del desierto palacio en que estaba recluida y llenaban de espanto los corazones más fuertes. Para ella, el nombre de Napoleón era sinónimo de Anticristo, de nuevo Atila. Un loco se había adueñado de Europa, y su poder se extendía por todas partes, incendiaba destruía... Era el acabo de mundo.

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Ella lo sabia, porque ella también, Maria de Portugal, era una loca.

El terror pánico de la vieja reina contagió a los demás, y se condensó en un solo pensamiento, huir. El regente y su familia, los nobles, los ministros, los cortesanos, los lacayos, todos se unirían en un gigantesco éxodo... Sólo el pueblo de Portugal, el pueblo bajo, de quien nadie se ocupaba, se quedaría para resistir la tormenta.

¿Donde pensaba ir la flor y nata de la nación?


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NotaPublicado: 17 Abr 2009 18:27 
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EL EXODO DE UN GOBIERNO

Desde hacia tiempo los monarcas portugueses, constantemente amenazados de invasión y de anexión, se habían acostumbrado a volver sus ojos a las fabulosas tierras del Brasil, cuyas líneas limítrofes se perdían borrosamente en una inconmensurable extensión de tierras vírgenes. Portugal, país de navegantes, tenía como horizonte natural el mar. Y al atravesarlo la monarquía portuguesa no moriría, porque su derecho divino la seguiría aun en el destierro. Así pesaban Don Juan y sus inmediatos consejeros, al decidirse a trasladar la corte a Brasil.

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Con frenética precipitación se iniciaron los preparativos del viaje. Por primera vez en la historia de Europa un monarca se preparaba a transportar a otro continente todo su patrimonio, sus familiares, sus amigos. Los palacios quedaban rápidamente desnudos de sus tapices y sus alfombras; cuadros y lámparas iban a llenar inmensos cofres de madera. El tesoro real, incluida la corona, fue cuidadosamente empacado, mientras los archivos históricos quedaban vacíos de papeles.

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Una flotilla esperaba en el puerto de Ajuda a la comitiva real que tenia que llevar a América. El día 26 de noviembre de 1807 empezó en Lisboa la fuga, en medio de una espantosa lluvia. La caravana estaba compuesta de multitud de vagones, carros y carromatos, que se movían lentamente hacia el puerto, en un mar de barro que ensuciaba las finas medias de los caballeros y los ricos vestidos de las damas. Pero nadie pensaba en quejarse. Aquel barro providencial frenaba la marcha de los soldados de Junot.

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Invasión de Napoleón a la peninsula Iberica

Poco a poco las calles de la capital empezaron a llenarse de gente, de pobre y anónima humanidad, del pueblo de Portugal, que la corte dejaba abandonado a su suerte. Permanecían mudos de asombro, silenciosos testigos del absurdo error de la realeza, al abandonar una nación en estado de sitio. Desde el momento en que los reyes (inviolables hasta entonces aún para sus enemigos) corrían a refugiarse al otro lado del mar, la causa de la monarquía absoluta estaba perdida para siempre.

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Lisboa

La lluvia caía torrencial, y el pueblo, mojado hasta lo más profundo de sus huesos, empezó a gritar; de los insultos pasó a las piedras. ¡He aquí el coche del tesorero real senhor Pacheco, lleno de sacos de la casa de la moneda!, y los cristales saltan hecho añicos... ¡Ahora pasa un carruaje con jóvenes damas de la reina, que lucen las joyas que la precipitación no les ha permitido guardar en sus equipajes! ¡Al barro con ellas!... Con mas respeto se trató a la reina y a sus hijos los príncipes, y, en silencio se escuchó el paso del coche cerrado, desde donde la vieja reina madre continuaba sus desoladores gritos "¡Ay Jesús1... ¡Ay Jesús!"

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La fría lluvia de diciembre parecía entumecer el corazón de los asombrados ciudadanos. Ante sus ojos desfilaba, desorganizado, presa del pánico, el Estado.


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NotaPublicado: 17 Abr 2009 18:45 
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Gracias Pedroro. Siempre me pregunté quien sería la infanta Carlota Joaquina, que es el nombre de una avenida de Barcelona, hoy ya no se llama así, muy interesante.

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NotaPublicado: 21 Abr 2009 02:11 
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PARA SALVAR UN IMPERIO

El rey iba en último lugar. Llevaba una gran capa, botas altas y un sombrero de 3 picos, debajo del cual su cara aparecía tan blanca como su empolvada peluca. Se mantenía, sin embargo, tranquilo y sereno; quizás era el único en comprender que aquel extraordinario hecho escribía una página sensacional en la historia de la heroica Lusitania. Supongamos que se quedase en Lisboa, ¿que le ocurriría? Que como los otros monarcas europeos, seria destronado, cogido como rehén e instalado en alguna casa destartalada de la costa vasca francesa, mientras Inglaterra, amparándose en al teoría de la incompetencia de los pueblos indefensos, se apoderaría del Brasil. ¡No! Era preferible jugar la última carta. Escapar a la colonia, con la seguridad de que ambos países se verían beneficiados con ello: Brasil, porque con su presencia y la de sus hijos se elevaría a la categoría de un imperio, y Portugal, porque gracias al prestigio de su colonia encontraría el medio de restaurar su autoridad.

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Juan VI

La majestad de su porte impresionó a parte del público. A su paso cesaron los insultos y las imprecaciones. Las piedras que estaban en las manos volvieron a caer al suelo. La simplicidad del monarca, su seriedad, le valían el afecto de sus súbditos. En un lugar donde el gentío se amontonaba, Don Juan hizo detener su carruaje. Descendió, y la lluvia torrencial se descubrió en un afectuoso saludo a su pueblo, que espontáneamente se entregó a vitorearle.

Creedme, portugueses: obro correctamente. Ahora dejo el reino, pero un día volveré con un imperio.

Alegres y esperanzadas ovaciones acogieron las afirmaciones del rey. Sus palabras daban a sus súbditos un motivo de espera, una esperanza para soportar horas crueles. ¡Buen viaje!... ¡Lisboa y sus palacios desiertos sabrán esperar tu regreso!

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A partir de aquel momento, la fuga se hizo con más orden. Innumerables botes esperaban en los muelles de Ajuda a al comitiva real, para transportarla a los barcos anclados en el centro de la bahía. El mayor era la hermosa fragata Príncipe Real, reservada al rey, a sus hijos más pequeños, y a los más destacados nobles de la corte. Cada uno de estos elevados personajes llevaba consigo un importante séquito de criados, pajes, barberos, masajistas, secretarios, y padres confesores, lo que obligó a limitar la capacidad del barco, mas a pesar de haber previsto que serviría para trescientos pasajeros, al partir se habían acomodado en él mas de seiscientos.

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Carlota Joaquina

El segundo barco, era el yate real Alfonso, en el que viajaron Carlota Joaquina y las jóvenes infantas, con el alegre circulo de poetas, artistas cantores y amigos de todas clases, que rodeaban a la princesa regente.

Mil doscientas personas se amontonaron en esta nave, y pronto dejaron oír sus alegres bromas y risotadas. El viaje prometía ser divertido. ¡Nadie disponía de una cama para él solo! ¡Lo que iban a disfrutar!

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Maria Ana última hija de Juan VI y Carlota Joaquina

En el viejo bergantín A Raihna se preparó una cabina enrejada para la reina loca. Atendida por las más viejas damas y devotas figuras de la corte a quienes Carlota Joaquina no podía soportar, la reina fue instalada a bordo, donde sus gritos de "¡Ay Jesús!" serian ahogados por el rugir de las olas. En este barco, como en los otros, los pasajeros se amontonaron unos encima de otros, porque se asignaron a al reina y a las dos infantas reales, sus nietas, que con ella viajaban, mas de mil quinientos cortesanos, hombres de iglesia y criados.

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En los demás barcos, el Conde Henrique, el Martim de Freitas y el Príncipe do Brasil, se acomodaron, como pudieron, magistrados, ministros, consejeros de Estado, clero y altos funcionarios de la corte. Durante dos días, los barcos engulleron personas y equipajes, sin que ni un momento los angustiados emigrantes dejasen de consultar el horizonte, con el temor de ver aparecer en él la terrible figura de un granadero francés. La lluvia había cesado, y el brillante sol de España secaba rápidamente los fangosos caminos por donde se acercaba el invasor.

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Napoleon se acercaba

Por fin los barcos estuvieron totalmente cargados, pero entonces empezó a circular un espantoso rumor, nacido en las profundidades de las cocinas: no había a bordo provisiones suficientes para tanta gente. ¿Buscar provisiones? ¿Donde, si todos los mercados de Lisboa y sus alrededores habían quedado devastados para llenar las bodegas de los barcos? ¿Esperar unos días más? Imposible, las tropas del mariscal Junot estaban demasiado cerca.


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NotaPublicado: 21 Abr 2009 02:15 
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UN VIAJE DE PESADILLA

Partir, partir inmediatamente, era el deseo unánime. Era preciso poner el mar entre los invasores y los representantes de la dinastía portuguesa, los archivos de la nación, el tesoro real, las joyas y los bienes de la nobleza. En el puente del Príncipe Real sonó la señal de partida, las velas se desplegaron al viento, el estandarte real ondeó en la fragata que conducía al monarca. Los demás barcos contestaron con una salva.

La escuadra se puso en camino. ¡Adiós, puerto de Lisboa! ¡Adiós tierra portuguesa!

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El primer puerto que tocarían se encontraba en un lugar, al otro lado del océano, en tierras americanas.

La primera noche de navegación, una tempestad separó a los barcos de la flotilla haciéndoles perder el contacto entre si. El resto del viaje, que debía durar 8 interminables semanas, los pasajeros de cada una de las naves pudieron creerse los únicos supervivientes de una espantosa catástrofe.

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Grito de Ipiranga por Pedro I, se declara Brasil independiente

Las miserias y los sufrimientos de la expedición sobrepasaban lo imaginable. Apenas perdida de vista las costas portuguesas, se pudo comprobar, que cerca de la mitad de la carga se había quedado en tierra. Desde la reina madre hasta el más humilde de los mozos de establo (los caballos de las caballerizas reales habían sido embarcado en las bodegas) se vieron obligados a vivir y dormir con lo que llevaban puesto al embarcar. Con el agua para beber, rigurosamente tasada desde un principio, no quedó una sola gota para las abluciones, de modo que sólo los mas importantes personajes pudieron de vez en cuando, los primeros días, disponer de un poco de agua para lavarse. Pronto los elegantes cortesanos y las lindas damas de la corte, con su sangre azul y sus maneras exquisitas, se convirtieron en una muchedumbre sucia y mal oliente. Y en esas condiciones la vida social no ofrecía atractivo alguno.

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Imperio de Brasil

El problema de la comida se hizo más angustioso aún que el de la limpieza y los vestidos. Carnes, huevos, verduras, ya escasos desde un principio, empezaron a estropearse. Barriles enteros de mantequilla se volvieron rancios; y pronto empezó el racionamiento, limitado casi exclusivamente a harina y legumbres secas, un vaso de té claro, de cuando en cuando, para dar variedad al menú.

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Pedro I, primer emperador de Brasil

Antes de llegar a mitad del camino las enfermedades hicieron su aparición, más a pesar de enfermedades, escasez de alimentos, poca limpieza y otras infinitas molestias, las sobrecargadas naves siguieron su viaje tenazmente, con firme resolución, cada una por su cuenta, ignorantes de la suerte que habían seguido las otras.


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NotaPublicado: 21 Abr 2009 02:16 
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LA PRIMERA DINASTIA REAL AMERICANA

El 21 de enero de 1808, el Príncipe Real, echó el ancla en la estrecha ensenada de Bahía. En la proa, el regente Don Juan extendía sus brazos en un amplio saludo, y si hubiese podido disponer de un pañuelo limpio, seguramente lo habría hecho ondear en su diestra.

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Pedro I coronado emperador

En la playa, una intrigada muchedumbre se amontonaban para presenciar la llegada de aquel barco desconocido, en el que flotaba al viento un estandarte con las armas de los Braganza; pero hasta que el pequeño bote que se desprendió de la majestuosa nave llegó a la orilla, no se supo quien ocupaba la hermosa fragata. La noticia se extendió con rapidez. ¡Don Juan, regente de Portugal, acababa de llegar a América! Un príncipe autentico, verdadero... ¿Quería dignarse su Alteza Real, príncipe regente, en desembarcar y hospedarse en el palacio episcopal?

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Llegada de Maria Leopoldina de Austria a Brasil

Don Juan no deseaba otra cosa; pero tanto él como su aristocrática compañía estaban llenos de mugre y dejaban percibir el penetrante olor de su epidermis poco limpia. ¿Seria posible obtener el comité de recepción un poco de jabón, agua en abundancia y ropa interior limpia?

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El Emperador

Sorprendido, el comité regresó a la ciudad y todas las casas de cierta calidad se vaciaron de toallas, jabones, camisas, medias, encajes, terciopelos, brocados, y pronto zarpó con destino a la fragata real un verdadero convoy de embarcaciones que los desgraciados cortesanos vieron llegar con indecible felicidad. Dos días después, los navegantes se consideraron lo bastante presentables para desembarcar sin menoscabo de su alta jerarquía, y afortunadamente aquella fecha memorable coincidió con la llegada a Bahía de los demás barcos de la flota, que uno después de otro anclaron en respetuoso semicírculo alrededor de la fragata Príncipe Real.

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Damas de la corte imperial de Brasil

Aquello era más de lo que podían soñar las más alocadas fantasías de la colonia. No solo el príncipe regente, sino su esposa y sus hijos. Y no solo ellos, sino también ¡La Reina! Una autentica reina, aunque estuviese loca, era un honor inesperado y extraordinario para los colonos portugueses.

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Pedro II

Las campanas de todas las iglesias lanzaron al aire sus alegres notas. Los cañones de los fuertes atronaron el espacio con sus salvas de honor. Las lujuriantes flores tropicales adornaron, junto con gallardetes de todos colores, las casas de la población. Y constantemente se acercaban a las naves pequeñas embarcaciones, con cargamentos de terciopelos y brocados, jabones, perfumes, camisas y medias.

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Pedro II y Maria Teresa de Dos Sicilias

Nadie podía esperar una recepción semejante. Don Juan estaba radiante cuando desembarcó llevando al lado a su hijo pedro, a quien la multitud ovacionó con frenesí atribuyéndole el nombre de Príncipe de Brasil. Si, este seria en lo sucesivo su nombre, Príncipe de Brasil.

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Pedro II y la familia imperial

Así en medio del entusiasmo de unos días de transparente belleza y desbordado amor de la colonia, terminó la precipitada fuga de los Braganza que tantas consecuencias tendría; entre otras, la de crear la primera corona auténticamente americana.

FIN


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 Asunto: Re: Los Braganza llegan a Brasil
NotaPublicado: 11 Dic 2011 19:43 
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Registrado: 27 Jul 2011 21:18
Mensajes: 1264
Ubicación: Manzanares, Señorío de Ciudad Real
Si a Pedroro, ni a nadie le importa. Me gustaría colocar aqui una miniatura de Teresa Cristina y su hermana Carolina de Montemolin. Obra de Michele Albanesi.

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Si la administración, o quien sea lo encuentra fuera de lugar no me importaria que lo trasladara o lo quitara.


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 Asunto: Re: Los Braganza llegan a Brasil
NotaPublicado: 12 Dic 2011 01:01 
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Registrado: 25 Feb 2008 12:02
Mensajes: 4443
Que bueno este hilo!! no lo habia visto hasta ahora. Pedroro muchas gracias por el relato!!
Supongo que esas enfermedades a bordo harian más de un desaguisado, no? porque las condiciones higienicas no son muy buenas y se vive tan encima unos sobre los otros pueden ocurrir autenticas desgracias. Ya fue suerte que no apareciese alguna enfermedad tipo tifoidea o colera que no acabase con todos ellos...que 8 semanas da para mucho..
¿de todos los que salieron, cuantos llegaron a Brasil?


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 Asunto: Re: Los Braganza llegan a Brasil
NotaPublicado: 04 Ene 2012 05:13 
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Registrado: 28 Dic 2011 23:38
Mensajes: 33
Ubicación: Quito
Interesantísimo este tema, los Braganza en Brasil es uno de los capítulos de las monarquías europeas que más me apasiona junto con los Habsburgo-Iturbide en México. Menuda travesía la que debieron tener, padeciendo como auténtica prole.


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 Asunto: Re: Los Braganza llegan a Brasil
NotaPublicado: 06 Ene 2012 22:59 
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Registrado: 20 Ene 2009 00:07
Mensajes: 282
Pedroro, que buen relato y dominio de la historia. El viaje, debiò haber sido un verdadera odisea.
De otro lado, muy atinado, politicamente hablando, el regente Juan de tomar la decisiòn de dirigir la corte al Brasil.


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 Asunto: Re: Los Braganza llegan a Brasil
NotaPublicado: 06 Ene 2012 23:36 
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Mensajes: 11443
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Y muy bien contado =D>

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"Buscad la Belleza, es la única protesta que
merece la pena en este asqueroso mundo"
(R. Trecet)


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