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 Asunto: Re: LEOPOLDINA DE AUSTRIA, EMPERATRIZ DE BRASIL
NotaPublicado: 06 Dic 2011 00:41 
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Pedro a los 6 años pintado por su tia abuela Mª Francisca.wikipedia


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 Asunto: Re: LEOPOLDINA DE AUSTRIA, EMPERATRIZ DE BRASIL
NotaPublicado: 06 Dic 2011 00:43 
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Pedro joven


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 Asunto: Re: LEOPOLDINA DE AUSTRIA, EMPERATRIZ DE BRASIL
NotaPublicado: 06 Dic 2011 01:38 
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Minnie, que bueno que retomaras este tema, así como también el de la Princesa Isabel. Te sigo ;)

Leopoldina, Museo Imperial, autor desconocido, entre 1822 y 1826:

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 Asunto: Re: LEOPOLDINA DE AUSTRIA, EMPERATRIZ DE BRASIL
NotaPublicado: 06 Dic 2011 11:37 
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Leopoldina no era una guapa moza...

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...pero tampoco parece tan fea en ningún retrato como la presenta el "autor desconocido" de esa imagen que guarda el Museo Imperial, mi querida Vero ;) Bueno...al menos al "autor desconocido" nadie, jamás, podrá acusarle de halagar con los pinceles. Ni de guasa ;)


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 Asunto: Re: LEOPOLDINA DE AUSTRIA, EMPERATRIZ DE BRASIL
NotaPublicado: 06 Dic 2011 12:25 
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Cuadro de Debret: el desembarco de Leopoldina en Brasil.

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Se trata de una pintura muy intensa, que transmite una sensación de verdadera opulencia tanto en lo que concierne a la flota que ha trasladado a la archiduquesa austríaca desde el Viejo al Nuevo Mundo, como en lo que se refiere al intrincado ceremonial de bienvenida preparado para la ocasión. El mismísimo Jean Baptiste Debret que nos legó para la posteridad ese cuadro había tenido a su cargo la tarea de engalanar muy pomposamente la ciudad en un plazo de tiempo bastante reducido: doce días. Ese desembarco rodeado de grandes festejos tuvo lugar el 5 de noviembre de 1817.

Por supuesto, la historia que envuelve el casamiento de Pedro con Leopoldina se había iniciado mucho tiempo atrás. Se recordará que hemos mencionado que el padre de Leopoldina, excelente esposo pero pésimo viudo, había contraído cuartas nupcias a finales de octubre de 1816. Pues bien: en el mismo mes de noviembre, se desarrollaban en Viena una cuidadosamente calculada ronda de conversaciones entre los miembros de la cancillería imperial y el eximio caballero designado enviado especial de la corte portuguesa afincada en Brasil, Pedro José Joaquim Vito de Meneses Coutinho, marqués de Marialva y conde de Cantanhede. Marialva había llegado a la capital austríaca para negociar la boda del príncipe heredero de don Joao y doña Carlota Joaquina, Pedro, con la archiduquesa Leopoldina. A los Braganza les convenía en ese momento una alianza con los pujantes Habsburgo: esperaban que eso les permitiese aflojar la fuerte presión a la que les tenía sometidos Inglaterra, quien se cobraba en forma de monopolios comerciales la ayuda prestada para el traslado de la familia real desde Portugal a Brasil cuando la Francia de Napoleón había invadido la Península Ibérica.

Precisamente Inglaterra deseaba "ponerle piedras en el camino" a Marialva. Los británicos se encargaron de pintar un lamentable retrato del príncipe Pedro ante los austríacos. Indicaron que Pedro era un mozo que apenas tenía serrín en la cabeza, aquejado de crisis epilépticas por lo demás. Las crisis epilépticas eran algo que infundía gran temor en Viena: precisamente el mayor de los hijos varones del emperador Franz, el heredero del trono llamado Ferdinand, adolecía de tremendos ataques de epilepsia y de un más que notable retraso mental. Se habló de que don Pedro apenas había recibido una educación formal, que se pasaba el tiempo montando a caballo y seduciendo mujeres de distinta condición. Se trataba de generar dudas acerca de la conveniencia de mandar a una archiduquesa nada menos que al otro lado del Atlántico. Pero las razones de Estado mandaban: en la cancillería convenía ese enlace, de modo que se apresuraron a cerrar el acuerdo una vez que Marialva les garantizó que los reyes portugueses, junto a sus hijos, emprenderían el camino de vuelta desde Río de Janeiro a Lisboa en cuanto se resolviesen algunos flecos pendientes, que incumbían a la futura dependencia de los brasileños respecto a la metrópoli portuguesa que se sacudía de encima la crisis económica derivada de los años de lucha contra los invasores franceses.

Es muy de suponer que a la joven Leopoldina la mantenían al margen de toda esa actividad diplomática. Leopoldina, recordemos, era una joven de casi veinte años, que aún añoraba las tardes que había pasado con su difunta madrastra Ludovika escuchando música de Haydn y Beethoven, los compositores favoritos de la finada emperatriz. Todavía tenía que acostumbrarse a la idea de ver a su nueva madrastra ocupando el espacio doméstico y cortesano que había llenado Ludovika. A ella la informaron de que marcharía a Brasil para casarse con Pedro cuando ya se había firmado el acuerdo, el 29 de noviembre de 1816. La ceremonia nupcial por poderes, en la que oficiaría el arzobispo de Viena, tuvo lugar en la iglesia de los Agustinos, tradicionalmente vinculada a la casa de Habsburgo, el 13 de mayo de 1817. Leopoldina intercambió sus votos con el hombre que representaba a don Pedro: se trataba del más interesante y atractivo de los hermanos del emperador Franz I, el archiduque Karl Ludwig, un héroe militar de las guerras napoleónicas porque había alcanzado en Aspern-Essling una resonante victoria sobre el hasta entonces prácticamente invencible "ogro corso". El propio archiduque Karl Ludwig, futuro duque de Teschen, era un ejemplo de absoluta felicidad matrimonial con la bella y encantadora Henriette de Nassau-Weilburg. La primera hija de Karl Ludwig y Henriette, Maria Theresia, había nacido diez meses antes de que el padre representase al novio en la boda de la sobrina Leopoldina.

Hubiera sido bonito que la buena suerte matrimonial de Karl Ludwig, el héroe de Aspern, se hubiese transmitido a su sobrina Leopoldina, dicho sea de paso. En aquel momento, seguramente Leopoldina lo creía posible, aunque ella estuviese lejos de ser una criatura hermosa y grácil como su tía Henriette de Nassau-Weilburg. Leopoldine era escasamente agraciada...y estaba demasiado gordita, rayando en la obesidad. Pero con motivo de su boda, Marialva le había entregado un medallón esmaltado, el retrato de don Pedro, que colgaba de un fino collar compuesto con diamantes de primera agua. Los diamantes atrajeron bastante menos que la miniatura de su flamante esposo a Leopoldina. Se apresuró a enviar una carta a su hermana favorita, María Luisa, en la que comparaba a Pedro con el mismísimo Adonis. Mientras el embajador Marialva se rompía la cabeza dando los últimos toques a los preparativos de una gran fiesta en la que él ejercería de anfitrión la noche del 1 de junio de 1817, en el Augarten, la joven Leopoldina era incapaz de dejar de contemplar el medallón dichoso.


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 Asunto: Re: LEOPOLDINA DE AUSTRIA, EMPERATRIZ DE BRASIL
NotaPublicado: 06 Dic 2011 13:46 
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Es fácil entender la pasión de Leopoldina hacia aquel retrato de Pedro. Pedro era, en conjunto, un muy buen mozo; no había sido necesario que el autor de la miniatura echase a volar la imaginación a la hora de crear el medallón nupcial de una archiduquesa. Un año atrás, en julio de 1816, la archiduquesa María Clementina, menor que la propia Leopoldina, había sido entregada en matirmonio a un tío de ambas muchachas: Leopoldo de Borbón Dos Sicilias, príncipe de Salerno. A nadie se le hubiera ocurrido tratar de presentar al tío Leopoldo como un verdadero Adonis ante la joven María Clementina. Todos en Viena estaban al tanto de que Leopoldo NO era apuesto: sus casi ciento cincuenta kilos le convertían en una auténtica mole de carne. Además, se le conocía más bien por su mal temperamento y su propensión a la grosería en cualquier ámbito de su vida. A María Clementina sólo podía recomendársele que aceptase con resignada paciencia su sino.

La aventura francesa de María Luisa o la tremenda mala suerte nupcial de María Clementina eran un aviso para navegantes. Ni Leopoldina ni su hermana menor Carolina podían estar nada tranquilas. Considerando todo esto...¿quien puede extrañarse de que la feúcha y gorda Leopoldina se extasiase ante un medallón en el que don Pedro aparecía reflejado con diecinueve apuestos años? Su infatuación resulta absolutamente comprensible.

Y había un beneficio adicional en el hecho de que se hubiese enamorado de su medallón: eso la ayudaría a superar el trance de un viaje trasatlántico. Ninguna archiduquesa Habsburgo había tenido que cruzar el Atlántico para renovar, en persona, un matrimonio contraído por poderes. Se trataba, evidentemente, de una auténtica epopeya, que la llevaría desde el mismísimo corazón del Viejo Mundo a un Nuevo Mundo intrigante y exótico. El emperador Franz tenía grandes expectativas con respecto al traslado de su hija a Brasil. Muchas semanas antes de que la archiduquesa, con su sensacional cortejo, abandonase Viena, los austríacos habían enviado desde un puerto italiano rumbo a tierra brasileña dos fragatas, llamadas "Austria" y "Augusta". Los buques llevaban sus bodegas llenas hasta los topes. Había, por una parte, exquisito mobiliario, tapices, alfombras y vajillas, destinadas a la embajada austríaca que se abriría con carácter permanente en Río de Janeiro; por otra parte, todo lo que se requería para una amplia investigación de tipo científico, que pretendía catalogar flora y fauna, así como abrir nuevas vías en el campo de la mineralogía. Por decisión del emperador Franz, en el séquito de su hija favorita Leopoldina habría un elevado porcentaje de científicos, expertos en botánica, ornitólogos, zoólogos en general, minerólogos, etc. Lo curioso es que la propia Leopoldina, sorprendentemente culta para los estándares de las princesas decimonónicas, manifestaba un gran talento para las ciencias naturales.

Ese es quizá el quid de la cuestión: la archiduquesa Leopoldina que abandonó Viena el 2 de junio de 1817, al frente de un amplio cortejo que tomó una parsimoniosa ruta hacia la ciudad toscana de Florencia, era una mujer físicamente poco atractiva, pero con una mente privilegiada y muy cultivada. Todos permanecieron en Florencia mientras se daba tiempo para que llegase a Livorno la escuadra portuguesa que debía trasladarles a Brasil. Esa estancia en la Toscana permitió un encuentro, largamente anhelado, de Leopoldina con su hermana María Luisa. Ninguna de las dos, y menos aún Leopoldina, quiso pensar ni por una milésima de segundo que quizá era su último encuentro en la tierra.

Cuando arrivó la escuadra portuguesa, resultó que había dos naves principales. Una, la Joao VI, que debía su nombre al suegro de Leopoldina, albergaría a la propia archiduquesa, sus damas y los caballeros asignados a su servicio directo. Otra, la Don Sebastian, acogería al flamante embajador de Austria en Brasil, el conde de Elz; numeroso personal para formar la legación diplomática y un amplio contingente de científicos escogidos por orden del emperador Franz. Hombres de la talla de los botánicos doctor Johann Baptist von Spix, Carl Friedrich Philipp von Martius o Johann Natterer formaban parte de ese grupo, al igual que el naturalista Emanuel Polh o el gran pintor Thomas Ender. Aquellos científicos dedicarían al menos cuatro años a explorar la flora y fauna brasileña, formando colecciones francamente impresionantes que más tarde engrosarían el patrimonio de los mejores museos de ciencias naturales centroeuropeos. El viaje fue relativamente tranquilo en cuanto a las condiciones climatológicas, tras la escala efectuada en la isla de Madeira, lo que permitió que Leopoldina pisase por primera vez en su vida tierra portuguesa, el 11 de septiembre de 1817. Dos días pasó Leopoldina en Madeira, acostumbrándose a su nuevo papel de princesa heredera de aquellos territorios. No obstante, los austríacos se enteraron de que los Braganza en Brasil se las veían en ese momento para controlar un alzamiento republicano en Pernambuco y estuvieron a punto de retornar a Livorno...

Seguramente, Leopoldina experimentaba un nerviosismo que no tenía nada que ver con los avatares políticos. Cada día de viaje oceánico la acercaba a su destino, en un sentido literal y metafórico. Entre tanto, en Río, Debret se afanaba para preparar un escenario fastuoso, que causase una vívida impresión en los miembros del nutrido séquito de la archiduquesa austríaca.

Al fin, el 5 de noviembre de 1817, Leopoldina, con su gran cortejo, desembarca en Río de Janeiro después de que la escuadra haya fondeado en la bahía. Pedro ha ído a buscarla a la cubierta del buque Joao VI, en una barcaza real que avanza gracias al brío de cien remadores. Al ver a Pedro, Leopoldina constata que su flamante marido es tan atractivo como se le había pintado, mientras que él debe hacer un esfuerzo por disimular es escaso gusto que le produce la visión de la rubia archiduquesa de piel mantecosa y figura excesivamente oronda. Leopoldina no tiene nada que ver con Moemí, la amante a la que Pedro todavía tiene clavada en la mente. Sólo en el blanco de los ojos pueden coincidir la plúmbea archiduquesa austríaca y la espigada danzarina francesa.

Los oficiales de marina habían trabajado con denuedo, bajo la supervisión de Debret, para erigir un pabellón de madera en el puerto. Seis columnas enlazadas por una afiligranada balaustrada sostenían el techo de aquel pabellón. Por supuesto, estaba ricamente adornado. Las columnas y la balaustrada se habían pintado de azul y blanco, mientras que el techo lucía colorido carmesí y amarillo. Las armas de los Braganza y los Habsburgo se habían integrado con esmero en el conjunto, en el que no faltaban banderas de Portugal y de Austria. Las águilas y las flores competían por atraer la vista de quienes se acercaban al pabellón, en el que aguardaban el rey Joao VI, la reina Carlota Joaquina, el infante don Miguel, las infantas Maria Teresa, Isabel Maria, Maria da Assunção y D. Ana de Jesus Maria, y el resto de altos dignatarios de la corte portuguesa establecida temporalmente en Río de Janeiro.

Todo estaba perfectamente calculado para proyectar una imagen glamurosa. Lo que hubiese DETRÁS de esa imagen perfectamente calculada...sería lo que tendría que descubrir la pobre Leopoldina de Austria.


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 Asunto: Re: LEOPOLDINA DE AUSTRIA, EMPERATRIZ DE BRASIL
NotaPublicado: 06 Dic 2011 14:10 
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Leopoldina:

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El enlace con los dos novios presentes -presumiblemente cada uno de ellos inmersos en sus propios pensamientos y sentimientos...- se verificó el 6 de noviembre, en la Capilla del Palacio Imperial, con el deán de la catedral lusitana de Braga, Furtado de Mendonça, en el papel de oficiante. El banquete subsiguiente en la Quinta da Boa Vista debió ser magnífico: el propio Pedro, conjuntamente con sus hermanas María Teresa e Isabel María, hizo alarde de su voz al interpretar un escogido repertorio de arias operísticas. En el programa de festejos se había incluído también la representación teatral de una obra compuesta a propósito para la ocasión: se titulaba, en buen italiano...Augurio di felicitá, il triunfo del amore. La verdad es que siempre hay algo chirriante en ese afán por camuflar la fría realidad de los matrimonios de conveniencia interdinásticos. El 15 de noviembre coincidía que era el santo del día de doña Leopoldina, de modo que hubo otra fiesta espléndida. Asimismo, todos se volcaron en la conmemoración de su primer cumpleaños en Brasil, que tuvo lugar dos meses más tarde, el 22 de enero de 1818. No faltaron corridas de toros, muy al gusto de doña Carlota Joaquina, ni espectáculos pirotécnicos nocturnos. Quizá alguien tuvo a bien informar a Leopoldina de que su cumpleaños también se había celebrado de manera muy artística en las principales ciudades portuguesas, empezando por Porto en el norte y siguiendo hasta Lisboa, la capital que se preguntaba aún cuándo pensaba volver la real familia.

Leopoldina sumaba a una sensibilidad exacerbada una aguda inteligencia. Para cuando se festejó su cumpleaños en enero de 1818, llevaba dos años conviviendo con su nuevo marido, Pedro, y su nueva familia, los Braganza. Con respecto a su matrimonio, hay una sensación unánime de que Leopoldina estaba francamente embelesada con Pedro, quien todavía la trataba con una almibarada cortesía. Sin embargo, la impresión que se había hecho de los Braganza como clan no era precisamente buena. Sólo dos personas lograron la estima casi instantánea de Leopoldina: su suegro Joao VI, en quien apreció una honradez esencial y buena predisposición hacia todos, y la mayor de sus cuñadas, la infanta María Teresa. Leopoldina no podía transigir con la reina Carlota Joaquina, que usaba un lenguaje absolutamente impropio a menudo, no se privaba de asestar collejas al príncipe heredero cuando le apetecía a pesar de ser éste un hombre casado, demostraba su preferencia por su otro hijo varón y no servía de ejemplo de virtudes a sus hijas menores, más bien todo lo contrario. Leopoldina reflejó en una carta a su hermana María Luísa que sus cuñadas menores, a despecho de su tierna edad y de su condición de solteras, estaban tan enteradas de los hechos de la vida como cualquier mujer casada. Aquello demostraba la falta de decoro en el entorno de doña Carlota Joaquina.

Ciertamente, la atmósfera en el palacio de San Cristobal no tenía ni remoto parecido con la de Hofburg o Schönnbrunn, del mismo modo en que Río de Janeiro no guardaba ni una levísima similitud con Viena.


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 Asunto: Re: LEOPOLDINA DE AUSTRIA, EMPERATRIZ DE BRASIL
NotaPublicado: 06 Dic 2011 15:39 
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La corte austríaca se caracterizaba por ejecutar con la precisión elegante de un minueto un detallado código de etiqueta palaciega. Era una forma de mantener una atmósfera refinada de manera diaria, al margen del espléndido uso del ceremonial borgoñón en el amplio elenco de eventos cortesanos. Leopoldina había crecido al lado de una madrastra, Ludovika, que tenía especial empeño en que se exhibiesen los mejores modales en su círculo. Se cuidaba el lenguaje y se cuidaban las formas. Por supuesto, los escenarios interiores y exteriores en los que se desenvolvían las escenas familiares eran objeto de una escrupulosa atención por parte del personal de servicio.

Teniendo eso en mente, cabe imaginar el "choque" que representó la corte de Brasil para Leopoldina. Mientras aún se había encontrado a buen resguardo en la corte de Viena, Leopoldina había soñado con un Brasil de extraordinaria belleza y encanto mientras una de sus damas favoritas, la baronesa von Hohenegg, le leía la obra "Croquis do Brasil", de Lobo da Silveira. Pero, por supuesto, nadie había preparado a Leopoldina para la realidad.

Se le asignaron en el palacio seis aposentos, que incluían una preciosa sala de música, probablemente su favorita, con las paredes cubiertas de pinturas de pájaros entre el follaje de los grandes árboles y una sala de billar. Allí debía encontrar sus entretenimientos, en el interior del palacio o en el parque que rodeaba San Cristobal, ya que no se le permitía ir a Río de Janeiro. Es probable que, en principio, lo agradeciese incluso: el clima de la ciudad le sentaba fatal a aquella muchacha obesa con demasiado bocio. Pero enseguida se percató de la dejadez en cuestiones de higiene tanto de palacio como en el parque circundante. En opinión de Leopoldina, el parque era, en determinados puntos, un lamentable estercolero. Dentro del edificio, los corredores estaban atestados de jaulas repletas de pájaros que nadie se tomaba la molestia de limpiar y de perros de caza que parecían siempre sucios. Un ejemplo perfecto de esa desidia lo encontramos en el hecho de que uno de los pies de Leopoldina se vió afectado por la sarna al poco de haberse instalado la muchacha en San Cristobal.

Lo peor radicaba en que esa falta de limpieza se extendía a la familia imperial. No se utilizaban los cubiertos en la mesa, por ejemplo, ya que todos parecían considerar más entretenido usar las manos para ir cogiendo comida de las distintas fuentes. A Leopoldina llegó a darle vergüenza el usar tenedor y cuchillo, por lo que renunció a ello. Los carruajes que usaban el rey Joao y la reina Carlota Joaquina en sus desplazamientos olían que apestaban, lo que sugiere que ninguno de ellos se preocupaba de lavarse con frecuencia. Leopoldina llegó a aducir que prefería montar a caballo al aire libre para no tener que compartir carruaje con sus suegros. Esto era algo más que podía reprocharles -aparte de la falta de decoro de Carlota Joaquina o la tendencia general a usar un lenguaje excesivamente vulgar, claro.


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 Asunto: Re: LEOPOLDINA DE AUSTRIA, EMPERATRIZ DE BRASIL
NotaPublicado: 06 Dic 2011 16:24 
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Sin duda alguna, Carlota Joaquina, nacida infanta española, era un personaje más que destacado en la corte portuguesa del exilio. Aquella mujer debía tener una gran fé en sí misma: sólo así se explica que se hubiera permitido mostrar espanto por el aspecto físico de su nuera austríaca, cuando ella misma causaba verdadero repelús con su metro cuarenta y siete centímetros de figura contrahecha, con un hombro que parecía siempre dislocado y arrastrando una de sus dos piernas. Carlota Joaquina, separada de hecho de su marido, se comportaba de manera bastante vergonzosa. Corrían de boca en boca rumores acerca de su "desenfreno", aunque en probable que la gente siguiese la máxima de no permitir que la veracidad les estropease una buena historia. No obstante, la ordinariez de Carlota Joaquina espantó a su nuera Leopoldina, que la hacía directamente responsable de que las hijas menores estuviesen "demasiado espabiladas" para sus edades y su condición de mocitas.

Carlota Joaquina tenía la peor de las opiniones respecto a Brasil. Era frecuente oírla lamentándose de haber tenido que exiliarse "en la tierra de los negros y los macacos". Rayaba en la desesperanza a medida que pasaba el tiempo sin que su esposo dictaminase el regreso de la familia a Lisboa. Leopoldina misma llegó a Río convencida de que no permanecería en tierra americana "por más de dos años". Según las cuentas que todos habían hecho, a lo sumo en 1819 la familia real debería haber estado de vuelta en Portugal, en la Vieja Europa. Pero las cosas nunca eran tan simples, para disgusto del rey Joao VI, en el fondo un hombre de carácter tranquilo y parsimonioso, que hubiera deseado que todo se resolviese de forma simple, que mostraba un temperamento laborioso y una paciencia digna de encomio. No en vano, a Leopoldina su suegro le recordó inmediatamente a su propio querido padre, el emperador Franz.

Al menos en una primera etapa de su matrimonio, Leopoldina parece haber disfrutado de una genuína felicidad al lado de Pedro, independientemente de lo mucho que le desagradase la familia Braganza salvo notables excepciones o de lo complicado que le resultase adaptarse a la vida en Brasil. Los momentos más dichosos de la archiduquesa convertida en princesa heredera se producían cuando Pedro compartía con ella la sala de música, cuando ambos realizaban excursiones en busca de raros minerales o cuando compartían el gusto por las actividades cinegéticas. Leopoldina podía no ser guapa, pero era una muy hábil amazona y excelente cazadora. En ese sentido, Pedro podía admirar la briosa resolución de la que hacía gala Leopoldina. La única sombra en su unión fue, enseguida, la falta de señales de un primer embarazo. A partir de noviembre de 1817 todos estaban pendientes de una eventual preñez de la joven esposa, pero hasta ocho meses transcurrieron sin ninguna novedad. Hasta el verano de 1818 no se obtuvo la certeza de que Pedro y Leopoldina habían procreado.


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 Asunto: Re: LEOPOLDINA DE AUSTRIA, EMPERATRIZ DE BRASIL
NotaPublicado: 06 Dic 2011 18:03 
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Registrado: 27 Jul 2011 21:18
Mensajes: 1264
Ubicación: Manzanares, Señorío de Ciudad Real
Te agradezco en el alma que continúes con el relato de Leopoldina, que oye, le tengo bastante cariño a la primera emperatriz del Brasil.

Te dejo un bello retrato de Leopldina de jovencita, que por cierto, aquí está bastante agraciada.

Imagen

Por ahora desconozco el autor.


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 Asunto: Re: LEOPOLDINA DE AUSTRIA, EMPERATRIZ DE BRASIL
NotaPublicado: 06 Dic 2011 18:19 
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Registrado: 17 Feb 2008 21:47
Mensajes: 17263
Gracias por el retrato, Gorje. Es cierto que ahí luce bastante agraciada. Según he leído, uno de los rasgos que más afeaban a Clementine era el hecho de que su tez estaba siempre demasiado coloradota. De hecho, hubo quien sugirió, maliciosamente, que seguramente bebía a escondidas. Una ridiculez, desde luego, pero ilustra el hecho de que era exageradamente rubicunda; eso, junto con el bocio y el exceso de peso, debían proporcionarle un aspecto más bien poco atractivo...

En cambio, su personalidad es muy atractiva, sin lugar a dudas. Una mujer inteligente, sensible, dotada de una gran capacidad de observación y análisis, inclinada a las ciencias pero también con un ramalazo artístico. Una de esas personas que llaman la atención por lo que albergan en su interior.


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 Asunto: Re: LEOPOLDINA DE AUSTRIA, EMPERATRIZ DE BRASIL
NotaPublicado: 06 Dic 2011 18:25 
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Registrado: 27 Jul 2011 16:11
Mensajes: 897
Ubicación: España
:bravo: :bravo: :bravo: :bravo:

Gracias Minnie por tu relato, enganchadita me tienes.....

:love: :love: :love: :love: :love:

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Princesa Celta


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