Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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NotaPublicado: 24 May 2009 11:22 
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Vero...sabía yo que cuando aparecieses por este tema traerías alguna excelente aportación. Muy en tu línea, jajaja. Gracias por los dos cuadros.

Maria Luísa no es la protagonista de este hilo...algún día habrá que dedicarle uno propio. Pero sí hay que decir que, en principio, no le fue nada mal en Francia. A Napoleón le complació aquella archiduquesa de elevada estatura, de ojos azules y tez sonrosada; no era ninguna belleza, pero había en ella cierta voluptuosidad entreverada de candidez casi infantil que atrajo al emperador de los franceses.

Entrando en detalles...Napoleón fue un novio impaciente. Supuestamente, debía recibir a María Luísa, que viajaba acompañada de Carolina Bonaparte Murat, reina de Nápoles, en Compiègne. Pero Napoleón no respetó ese guión, sino que, junto a Joachim Murat -el jactancioso, arrogante y opulento, aparte de extravagante en la vestimenta, esposo de Carolina...- se dirigió, bajo una lluvia torrencial, a Soissons. En la aldea de Courcelles, se enteraron de que se acercaba por el camino la comitiva de la novia; aún caía un aguacero de impresión, de modo que Napoleón y Murat descendieron de sus monturas para resguardarse bajo el pórtico de una iglesia situada a orillas del camino. En el momento en que apareció la hilera de carruajes, Napoleón se situó en el camino, para que se detuviesen: sin ninguna ceremonia, abrió de sopetón la puerta del carruaje más importante e, ignorando por completo la presencia de su hermana Carolina, espachurró en un fuerte abrazo a la sorprendida y azorada María Luísa. Muy galante, el emperador le dijo a la archiduquesa que el retrato recibido de ella previamente "no le hacía justicia"; ante esas palabras, la muchacha se esponjó igual que un bizcocho en el horno. Luego, él le preguntó, a bocajarro, qué indicaciones le habían dado (antes de abandonar Viena) acerca de cómo debía comportarse al encontrarse con él. María Luísa, una inocente, replicó: "Que lo obedezca en todo".

Eran las palabras adecuadas para inflamar a Napoleón, que cerró la puerta ordenando al cochero que se diese prisa en llevar a sus pasajeras a Compiègne. Él mismo salió al galope en su caballo, con Murat a su lado. Llegaron antes que la comitiva, por supuesto: siempre es más lento el avance de una fila de carruajes. Todos los miembros de la familia imperial (incluyendo a Hortense, la hija de la repudiada Josefina) aguardaban en trajes de gala, situados por orden de protocolo en la gran escalinata de acceso a Compiègne, a la archiduquesa de Austria. Había un programa establecido para aquella noche...una cena y una velada posterior que, previsiblemente, se alargaría. Pero Napoleón, tras el encuentro con María Luísa en la ruta, había tomado sus propias decisiones. Dejó que la novia fuese cumplimentada en su acceso a Compiègne y que se retirase a sus aposentos para quitarse el polvo del camino y cambiarse de ropa. Luego, la visitó. Los dos mantuvieron una conversación larga, en el curso de la cual el emperador quedó bastante complacido; tanto, que retornó a sus aposentos para quitarse la ropa, rociarse profusamente en agua de colonia, ponerse una camisa de dormir...y retornar a la alcoba de María Luísa.

Nadie se podía creer lo que estaba pasando, empezando con una tal Mademoiselle Mathis, amante oficial de Napoleón en aquella época, con la que éste había pasado la noche ANTERIOR. Pero Napoleón se quedó encantado, al menos en apariencia. A la mañana siguiente, relajado y sonriente, recomendó a Méneval:

-Cásate con una alemana. Son las mejores mujeres del mundo, dóciles, inocentes y frescas como rosas.

Desde luego, era una soberana infracción a las costumbres que el emperador de los franceses hubiese cohabitado con su archiduquesa austríaca semanas antes de que se celebrase el casamiento civil según la ley vigente en el país, que tendría por escenario el palacio de Saint-Cloud. Un día después de la boda civil, se prevía la entrada solemne de los flamantes esposos en París, que cruzarían el Arco del Triunfo, recorrerían en carruaje descubierto los Campos Elíseos y se adentrarían entre fanfarrias en los jardines de las Tullerías. Luego, se produciría la boda religiosa, por el rito católico, en una capillita recién construída dentro del recinto del Louvre.

Napoleón hubiera debido esperar a que se celebrasen la boda civil en Saint-Cloud y la boda religiosa en el Louvre para llevarse a la cama a la nueva emperatriz de los franceses. Pero él había adelantado los acontecimientos. Conociendo al emperador Franz I de Austria, el asunto tuvo que hacerle cosquillas en la nariz, pero había que plegarse a la manera de ser y de actuar de su reciente yerno Napoleón Bonaparte. Al fín y al cabo, Napoleón estaba haciendo un esfuerzo consciente y deliberado para desterrar la imagen infantil que podía haberse guardado en la memoria María Luísa respecto a que él era el peor de los ogros. Mostrando una paciencia que no se le conocía previamente, el emperador jugaba con su esposa austríaca a la gallinita ciega y al billar; se quedó literalmente pasmado cuando descubrió que ella le daba ciento y raya con los tacos de billar, pero no se permitió manifestar enojo.

Aquí no se trata de continuar con la historia de Napoleón y María Luísa, pero las primeras noticias recibidas en Viena fueron, sin duda, muy reconfortantes. La archiduquesa había triunfado con su emperador y grandes festejos populares acompañaban la ocasión. Sin embargo, hubo un detalle doloroso e inquietante. Perturbó mucho a Franz I, pero, en especial, a la bondadosa y simpática emperatriz austríaca, María Ludovica. El caso era que, entre las fiestas celebradas con motivo de las nupcias, había habido, como es natural, un gran baile de gala ofrecido por el austríaco príncipe Karl von Schwarzenberg, quien había jugado un papel destacadísimo en las negociaciones de aquel matrimonio. Karl von Schwarzenberg, decidido a demostrar a París lo que representaba el esplendor de la corte imperial de Viena, había hecho construír, para el baile, un enorme salón de madera, magníficamente engalanado. La fiesta empezó bajo los mejores augurios, pero se produjo un terrible accidente: algún candelabro volcó, prendiendo fuego a uno de los cortinajes, y dado que el recinto era de madera, el incendio, voraz, se propagó rápidamente. El mortífero chisporreteo de las llamas sustituyó al sonido de la música. Napoleón reaccionó rápidamente, demostrando sus excelentes reflejos: cargó en brazos a María Luísa y la sacó fuera. Lo mismo hizo un tío de María Luísa, el gran duque Ferdinand de Würzburg, con Carolina Bonaparte Murat, una de las hermanas de Napoleón. Carolina se salvó, pero, a consecuencia de la gran conmoción, perdió el bebé que esperaba. Pero hubo montones de víctimas, empezando por cuñada del anfitrión, el príncipe Karl von Schwarzenberg: ella, una refinada dama llamada Pauline princesa de Arenberg, esposa de Josef von Schwarzenberg, había logrado abandonar el recinto, pero, una vez fuera, echando en falta a una de sus hijas, regresó apresurada al interior. La muchacha se salvaría, pero Pauline ardió igual que una tea humana. Dado que Pauline había sido muy apreciada en la corte imperial, todos se quedaron abrumados por el trágico sino de aquella mujer guapa y talentosa que había perecido con solamente treinta y seis años.

Salvo ese trágico incidente, impactante para los austríacos, lo cierto es que las noticias que se recibían apuntaban a que Napoleón no escamoteaba esfuerzos para que María Luísa se sintiese a gusto en París.


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NotaPublicado: 24 May 2009 12:07 
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Leopoldina:

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Clementina:

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María Carolina:

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Para estas tres hijas solteras y potencialmente casaderas que le quedaban al emperador Franz I, la boda francesa de la hermana mayor fue un clamoroso recordatorio de cuál sería su destino. Por mucho que tuviesen un padre sinceramente afectuoso y una madrastra adorable, eran archiduquesas, lo que las convertía en peones en el juego de ajedrez dinástico de los Habsburgo-Lorena. Incluso el peor de los adversarios, el más denostado entre los enemigos, podía convertirse, por obra y gracia de una boda, en un aliado, aunque se tratase de un aliado circunstancial. En ese sentido, la cancillería austríaca, manejada por el avezado Metternich, se mostraba fría y calculadora. Es curioso que Napoleón considerase que su parentesco con los Habsburgo-Lorena, surgido a raíz de su casamiento con María Luísa, situaba a Austria como una potencia firmemente vinculada a Francia; hay algo muy ingenuo en el hecho de que Napoleón juzgase que Franz I nunca se revolvería en su contra porque perjudicándole a él, perjudicaría de paso a su hija y a los nietos que podrían nacer de la unión. En realidad, Franz J estaba decidido, como el resto de monarcas europeos de viejas estirpes, a acabar con el advenedizo corso. La boda de Napoleón con María Luísa era una manera de aplacar al advenedizo corso...y de ganar tiempo para armar una nueva coalición infinitamente más fuerte que las precedentes. En eso, los Habsburgo no se andaban con chiquitas. Si había que usar a una archiduquesa a modo de cebo, se usaba; ya la salvarían a ella, llegado el momento, pero el objetivo seguía siendo el mismo, no había variado en esencia: acabar con la etapa napoleónica.

Leopoldina, Clementina o María Carolina no estaban, desde luego, al corriente de los planes meticulosamente diseñados de la cancillería imperial. Ellas permanecían a buen resguardo, en el limbo de la inocencia; lo único que habían percibido era que su hermana, en un extraño giro de las conveniencias políticas, había acabado convertida en emperatriz de los franceses del brazo de "le monstre". La lección estaba meridianamente clara, no hacía falta que ninguna de las archiduquesas fuesen unas lumbreras para aprehenderla al vuelo; y se daba la circunstancia, además, de que esas tres archiduquesas sí eran inteligentes e ilustradas, aunque ingenuas, así que no se les escapó por delante de las narices la misma lección que bien hubiese aprehendido al vuelo una archiduquesa menos espabilada que ellas.


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NotaPublicado: 24 May 2009 13:00 
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Desde Viena, en los años siguientes, nuestra Leopoldina...

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...fue siguiendo el devenir de los acontecimientos. Siempre había estado particularmente unida a María Luísa, de modo que vivía pendiente de cualquier pequeña o gran novedad que atañese a su hermana. Debido al constante flujo de cartas entre ambas, Leopoldina sabía que María Luísa era razonablemente feliz en la corte de Napoleón. Una de las primeras alegrías de María Luísa había sido la de encontrar una amiga: la duquesa de Montebello. Se trataba de Louise Antoinette Lannes, esposa del mariscal Lannes, a quien sus buenos servicios al imperio se habían visto correspondidos con la concesión por parte de Napoleón del título de duque de Montebello. En realidad, en Viena se reían, y mucho, de la forma en que Napoleón distribuía títulos -cuanto más sonoros mejor- entre sus parientes y allegados. Todos constituían una especie de "nueva realeza" y "nueva aristocracia", pero con antecedentes familiares curiosamente humildes que, en la mayoría de los casos, trataban de camuflar con una actitud muy ostentosa, típica en los "parvenues". Si uno lo miraba, María Luísa estaba rodeada de plebeyas ennoblecidas. Las excepciones eran pocas: por ejemplo, estaba su concuñada esposa de Jerónimo Bonaparte, que era la princesa Catherine de Württemberg, otra princesa entregada en su momento por un antiguo linaje para satisfacer a Napoleón; la misma casuística se repetía en la esposa del hijastro de Napoleón, Eugène de Beauharnais, que no era otra que Augusta Amalia de Baviera. Asimismo, el mariscal Louis Alexandre Berthier, nombrado primero duque de Wagram, más adelante príncipe de Neuchâtel, había tenido que casarse, obligado por Napoleón, con una prima de Augusta Amalia de Baviera, la princesa Elisabeth Franziska (de la rama ducal de los Wittelsbach). Pero, aparte esos casos, no había auténticas princesas en la corte de Napoleón.

Sin embargo, la etiqueta se volvió particularmente espesa a raíz del segundo matrimonio de Napoleón. Éste se había "crecido" al contraer nupcias con una auténtica y verdadera archiduquesa, así que quería que en su corte se instaurase un ceremonial complejo que le proporcionase a cada evento una brillantez superior a la de la corte imperial de la cual provenía su esposa. María Luísa estaba encantada de haberse conocido...y de haberse transformado en el eje en torno al cual giraba la corte de Francia. Sus cartas a casa reflejaban su satisfacción. Tampoco se mostraba parca en elogios a su marido, que se mostraba tan atento con ella aún antes de que concibiese y que, por supuesto, redobló sus gentilezas a partir de que la muchacha se embarazase.

María Luísa se embarazó con prontitud, lo que, en principio, confirmaba la teoría de que había heredado la extraordinaria capacidad generatriz de su difunta madre, María Theresa de Borbón. Durante los nueve meses de gestación, no hubo en el mundo mujer rodeada de mayores cuidados que la emperatriz austríaca de los franceses. Dado que la joven, por prevención, debía permanecer casi confinada en sus aposentos, el tiempo se deslizó apaciblemente mientras ella practicaba el dibujo o el bordado, organizaba sus colecciones de grabados o de monedas y leía hasta fatigarse los ojos las novelas románticas surgidas de la pluma de Madame Genlis (que le entusiasmaban). También remitía frecuentes cartas a su madrastra y hermanas, casi siempre acompañadas de regalos elegidos con esmero por la remitente. Pero, obviamente, a medida que se aproximaba el momento del parto, la ansiedad, los nervios y la aprensión se cebaron en María Luísa. Le daba miedo el proceso del alumbramiento, algo perfectamente lógico puesto que un notable porcentaje de mujeres fallecían dando a luz o justo después de dar a luz en la época. Quizá la hubiese sosegado poder contar con el apoyo emocional de su queridísima madrastra María Ludovica, pero, en ausencia de ésta, tenía que consolarse en brazos de la duquesa de Montebello.

Al anochecer del 19 de marzo de 1811, los primeros cuchillazos de dolor abatieron a María Luísa. Estaba pálida, temblorosa y sus ojos reflejaban espanto mientras la acostaban. Mientras el partero y sus ayudantes tomaban posiciones en torno al lecho de la mujer, Napoleón se mostraba visiblemente alterado. Mandó convocar, urgentemente, a sus hijastros Eugène y Hortense de Beauharnais, en quienes sentía que tenía un punto de apoyo. Simultáneamente, se hizo saber a los miembros del gobierno que debían estar preparados para acudir a las Tullerías en el preciso instante en que hubiese nacido el bebé. Muchos, con buen tino, fueron presentándose poco a poco para que nadie pudiese reprocharles un retraso. Pero el proceso se presentaba largo y complicado. María Luísa sufrió durante horas una verdadera ordalía; a tal punto llegó la cosa, que el partero, queriendo cubrirse las espaldas de antemano, preguntó a Napoleón a quien debía escoger en caso de tener que hacerlo: ¿a la madre o al hijo?. Es un gesto que honra a Napoleón el que hubiese contestado que, por supuesto, el partero debería salvar a la madre. Hay que tener en cuenta que Napoleón se había casado "con un útero", no con una mujer; y un hijo varón de indudable legitimidad era lo que deseaba por encima de todas las cosas.

Durante el embarazo, Napoleón se había convencido de que tendría un varón al que de inmediato proclamaría Rey de Roma. En esas horas angustiosas, mientras el partero trataba de conducir a feliz desenlace un parto que estaba devastando a la inminente mamá, llegó a tomar en cuenta la posibilidad de que naciese una niña. En apariencia, se mostró ecuánime, pues confió a sus hijastros que, de ser una fémina, la nombraría Princesa de Venecia.

Al final, fue un niño: Napoléon François Joseph Charles Bonaparte. La madre yacía exhausta, completamente debilitada, en el lecho que había sido su potro de tortura, pero el padre estaba eufórico mientras enseñaba el bebé a todos cuántos se habían congregado en palacio. Una multitud de parisinos aguardaban ante el edificio, dispuestos a festejar el natalicio de un pequeño Rey de Roma. María Luísa escribiría poco después una carta extática a Viena, en la que informaba de cuántas gentilezas había tenido con ella a raíz del parto su marido; aseguraba textualmente que si no hubiese amado previamente a su esposo, no le quedaría otro remedio que amarle a partir de entonces debido a las continúas muestras de agradecimiento que él le ofrecía. Es de suponer que las frases de María Luísa causarían una sensación agridulce en los Habsburgo. Franz I tenía ahora un nieto nacido para heredar el imperio forjado por Napoleón, pero, sin embargo, él debía seguir trabajando en línea con su cancillería para restaurar el viejo orden, devolviendo la pujanza a Austria a cuenta de finiquitar para siempre la aventura napoleónica.


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NotaPublicado: 24 May 2009 13:27 
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María Luísa y su "Aiglon" (Aguilucho).

El delirio dinástico de Napoleón se elevó a la enésima potencia con aquel minúsculo Rey de Roma. Estaba ciertamente embelesado con su hijo, que perpetuaría su estirpe imperial. Todo lo que había creado le parecía incluso poco para legárselo al pequeño. Sentía que debía reafirmar su imperio, a fín de transmitirlo a ese heredero. Entre tanto, para el heredero, no se escatimaba. La condesa de Montesquiou, profundamente leal a Napoleón, fue designada gobernanta del Rey de Roma; contaba, para desempeñar su tarea, con un verdadero ejército formado por cuatro gobernantas auxiliares, varias niñeras que vestían delantales negros, doncellas que vestían delantales blancos, mayordomos, cocineros y ujieres, pero también un médico y un cirujano por si el bebé requería sus intervenciones de urgencia. A los pocos meses, el niño ya tenía su propia carroza sobredorada, decorada con las armas imperiales. No la conducían poneys, sino dos mansas ovejitas. Pero aún así se le designó un lacayo de librea. Por la misma época, desde Sèvres llegó, para sus papillas, una vajilla de porcelana de la mejor calidad pintada a mano; cada plato reproducía, con minuciosa brillantez, una escena militar que conmemoraba los éxitos en los campos de batalla de su progenitor.

Napoleón era un padrazo con su "aguilucho". En cuanto a María Luísa, sin duda quería a su hijo, pero no era en absoluto una madraza: incluso se negaba a coger en brazos a la criatura por miedo a que se le escurriese entre las manos. La condesa de Montesquiou acabaría juzgando a María Luísa una madre descuidada e incluso negligente. Pero, en realidad, María Luísa se limitaba a reproducir pautas bastante comúnes entre las mujeres de sangre azul de su tiempo. Ella encontraba perfectamente natural que a su hijo se lo criasen otros. Había nodrizas escogidas con tiento para amamantar al retoño imperial, criadas cuya única función era mecer la cuna del niño, doncellas para lavarle y envolverle en finos paños. Nadie esperaba una intervención directa de la madre en aquellos quehaceres.

El tiempo avanzaba, inexorable. Desde 1808, Napoleón tenía una china en el zapato: España. Con el pretexto de cruzar España para invadir Portugal, que había osado no tomar en cuenta sus exigencias previas de un bloqueo marítimo a escala continental dirigido contra Inglaterra, Napoleón se había quedado también con España. Los Borbones españoles, en su opinión, formaban una casta de pusilánimes, cobardes y decadentes. A decir verdad, aquellos Borbones demostraron ser todavía más rastreros de lo que había considerado Napoleón. Carlos IV, que había abdicado de su trono a favor de su hijo Fernando VII tras una serie de intrigas con revueltas populares bien orquestadas incluídas en el lote, se apresuró a viajar a Francia con su esposa María Luísa para ponerse bajo el amparo de aquel Napoleón cuyas tropas estaban desplegándose por España. Fernando VII también acabó yéndose a Bayona, a bailarle el agua a Napoleón. Otros miembros de la familia pusieron rumbo a territorio francés, decididos a sacar ventaja. Si Napoleón acabó asqueado de ellos, nadie en su sano juicio puede reprochárselo. En cambio, el pueblo español dió una lección de pundonor y coraje. Poco a poco, proliferaban los focos de resistencia hacia la presencia francesa, simbolizada en el hecho de que Napoleón elevase al rango de reyes de España a su hermano mayor, Joseph, y a la esposa de éste, Julie. Los episodios violentos se reproducían por doquier, en la forma de una guerra de guerrillas persistente que llevaba a los franceses por la calle de la amargura. Constituía una base importante para cuando los ingleses, que habían decidido acudir en auxilio de los portugueses, decidiesen extender sus avances "de liberación" hacia toda la Península.

Pero Napoleón dió la espalda, en cierto modo, a lo que sucedía en la Península para centrar toda su atención en un coloso: el imperio ruso. Los rusos habían sido aliados...hasta que se habían convertido en adversarios formidables. Napoleón quería apabullarles, abatirles por completo. Así que se dedicó a preparar el mayor ejército jamás concebido, la Gran Armada, para invadir Rusia. El proyecto tenía unas dimensiones épicas, por supuesto; recordaba en cierta manera aquellos avances arrolladores a escala nunca vista anteriormente que habían convertido en un dios en la tierra a Alejandro de Macedonia.

Antes de emprender la aventura rusa, Napoleón se dirigió a Dresde, capital del reino de Sajonia, a reunirse con los soberanos de los reinos y ducados coaligados con él para la epopeya rusa, quienes habían agregado tropas a las tropas francesas conformando la famosa Gran Armada. María Luísa acompañó a Napoleón hasta Dresde. Por deseo de su marido, llevó consigo los trajes y alhajas más lujosos. Los Bonaparte tenían que lucir con más fuerza que nunca.

Aquello fue un curioso prolegómeno para una expedición que resultaría funesta para los Bonaparte...


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NotaPublicado: 24 May 2009 16:29 
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Ubicación: San Isidro, Argentina
Querida Minnie lo que me maravilla de tí es la capacidad que tienes para la descripción intimista que haces de cada personaje, mostrándolos en su faceta más humana. Eso sin desconocer la aportación de datos, que en tu pluma resultan más que amenos. Eso te lo dice un amante de los royals que sabe bastante del tema. Realmente engalanas este foro... =D>


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NotaPublicado: 25 May 2009 17:35 
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Se hace lo que se puede, hernan, jajaja.
Ya en serio...no encuentro palabras para expresar mi gratitud por tus elogios. Por supuesto, son igual que bombones belgas...una auténtica delicia. Muchas gracias, hernan.


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NotaPublicado: 25 May 2009 18:23 
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Encauzando de nuevo el tema...

Éste no es el lugar para detenerse en la expedición rusa de Napoleón. Todos sabéis que resultó un estrepitoso fracaso para la Gran Armada. Los rusos defendieron su territorio valientemente, con un coraje digno de elogio; no dudaban en arrasar a fuego sus aldeas, sus cosechas, incluso sus ciudades, con tal de que los invasores no encontrasen lugares en los que cobijarse o algo comestible para llevarse a la boca, complementando las cada vez más escuálidas raciones de campaña. Los franceses descubrieron la extraordinaria capacidad de resistencia de los rusos a sus avances...y hasta qué punto se encontraban librados a la suerte en un país inmenso sobre el cual se cernió un durísimo invierno. Al final, los franceses tuvieron que afrontar casi casi una hecatombe; su enorme ejército se vió diezmado, durante el dramático retorno.

Aquella fue la señal. El imperio de Napoleón se había sobredimensionado. Habían minusvalorado una situación peligrosa para ellos en la Península Ibérica a fín de meterse de lleno en una epopeya rusa que acabó en completo desastre. Las potencias europeas se frotaron las manos: había llegado el momento de que una nueva coalición, cuidadosamente ensamblada, le pusiese las peras a cuarto al advenedizo corso. Y aprovecharon la ocasión, por supuesto.

En la Batalla de Leipzig, o Batalla de las Naciones, Napoleón hubo de encajar la mayor derrota de su vida. Una derrota sin paliativos, que abría a los aliados la posibilidad de avanzar rápidamente hacia el interior de Francia. París temblaba de miedo mientras se esparcían, cual reguero de pólvora, rumores acerca de la cercanía de ejércitos aliados...


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NotaPublicado: 25 May 2009 18:58 
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Colofón de esta breve sinopsis: Napoleón ha de rendirse y emprender el camino hacia su primer exilio, después de un frustrado intento de suicidio. Le envían, esa vez, a la isla de Elba, situada frente a la costa de Italia. Entre tanto, los vencedores, entre los cuales figura en posición destacada su suegro el emperador de Austria, empiezan a urdir cuidadosamente la restauración de la monarquía borbónica en Francia, así como las bases del nuevo orden geo-político en Europa.

María Luísa había demostrado, en esa tesitura, ser más hija de su padre que esposa de su marido. Mucho se le ha reprochado, pero, en realidad...¿hay que echárselo en cara? Era una archiduquesa de la casa de Habsburgo con una perfecta crianza; le habían inculcado, desde la cuna, que había nacido para obedecer y para complacer. No estaba en su naturaleza tomar decisiones osadas, audaces, temerarias. Cuando se encontró en París, al frente de un imperio en pleno colapso, quiso hacer "lo que fuese lo correcto". Quienes la rodeaban, le daban consejos absolutamente contradictorios: quedarse en la capital con su hijo, un símbolo ambos de la voluntad francesa de no doblegarse ante los ejércitos aliados que llegaban para liquidar la etapa napoleónica y servir de prolegómeno a la restauración de la dinastía borbónica, o irse lejos, a dónde no se hallase expuesta, o correr en busca del amparo de su padre, que no podría negarse a atender a una hija con un nieto en brazos. María Luísa acabó haciendo lo más fácil para ella: acudir a Franz I. Su padre se encargaría de poner las cosas en su sitio, una tarea para la que ella no se sentía preparada en ningún aspecto.

Franz I se encargó de su hija y su nieto, en ruta hacia Aix-les-Bains, poniéndole de escolta a la ex emperatriz, pero siempre archiduquesa, al conde Neipperg. Adam Albert von Neipperg era todo un personaje, un militar de gran arrojo que, además, poseía talento para la diplomacia, en parte basado en su capacidad para analizar la psicología de los demás y en su particular carisma. Estaba tuerto, pero que se cubriese el ojo reventado con un parche añadía encanto a su persona; le hacía diferente, confiriéndole un aura de tipo duro y peligroso, un bucanero en tierra firme. Neipperg, que estaba casado con una guapa milanesa llamada Teresa Pola y tenía cuatro hijos de ese matrimonio, no se andaba por las ramas en cuanto a la exacta naturaleza de su misión junto a María Luísa. No sólo se esperaba que la cuidase y protegiese, sino que le quitase de la cabeza a la dama cualquier "idea veleidosa" de querer "marcharse a la isla de Elba a reunirse con Napoleón". Adam Albert no dudaba de que la mejor manera de conseguir que María Luísa no pensase ni durante una milésima de segundo en marcharse a Elba era llenar su mente con una nueva historia romántica. Se permitió alardear acerca de su propio potencial: estaba seguro, dijo, de que en seis semanas sería su mejor amigo y en seis meses su amante. A la postre, necesitó menos tiempo del previsto. María Luísa cayó rendida de amor en un abrir y cerrar de ojos, así que Neipperg, cumpliendo bien su papel, la escoltaría luego de Aix-les-Bains a Viena.

Viena...La Viena a la que regresó María Luísa, llevando consigo a su hijo y a la servidumbre más cercana, franceses firmemente bonapartistas, era una Viena que celebraba jubilosamente el triunfo sobre Napoleón. Napoleón había inflingido una ristra de humillaciones militares a Austria en años precedentes. Todos recordaban, con nitidez, Austerlitz. Los austríacos las habían pasado canutas, con los franceses tomando la capital de un imperio asolado por la guerra y por la subsiguiente ruína económica. Ahora, Viena resurgía igual que el Ave Fénix mitológico. Todos estaban eufóricos.

María Luísa constituía una presencia llamativa. Su madrastra, María Ludovica, la acogió de mil amores, al igual que sus hermanas Leopoldina, Clementina y María Carolina. Pero a ninguna se le escapaba que la recien retornada estaba en una posición, cuando menos, chocante. Seguía casada con Napoleón, civil y religiosamente. Sin embargo, Napoleón estaba exiliado en Elba, desde dónde dirigía perentorios ruegos a su mujer para que no le olvidase. Ella insistía en que no le había olvidado, en que había deseado cumplir su deber de esposa y acudir a su encuentro en el islote; pero, añadía, había desistido al descubrir que su marido había recibido en aquel lugar otra visita femenina, la de la que había sido su amante polaca -y madre de su hijo ilegítimo Alexandre...- María Walewska. Era una verdad...a medias. Ciertamente, el primer impulso de María Luísa había sido visitar a Napoleón en Elba y, desde luego, se había enojado mucho al enterarse de que la polaca María Walewska le había tomado la delantera. A los ojos del mundo, María Walewska quedaba como un ejemplo de fidelidad y lealtad, mientras que ella misma parecía todavía más "culpable" de haber roto aquellos votos conyugales según los cuales estaría con su marido en lo bueno...y EN LO MALO. Por otro lado, la visita de María Walewska le servía a María Luísa de coartada perfecta. Ya no tenía que esforzarse en irse a un lugar en el que nada la atraía, cuando en realidad lo que deseaba era permanecer tranquila y cómoda junto a su amado Neipperg.

No era una historia muy edificante. La reina María Carolina de Nápoles, nacida archiduquesa de Austria, hija de la inolvidable emperatriz María Theresa y hermana queridísima de la guillotinada Marie Antoinette, siempre había detestado a Napoleón. No era de extrañar: a sus ojos, Napoleón había surgido del río de sangre que había hecho manar la odiosa Revolución Francesa. Por ende, María Carolina, con los suyos, había tenido que abandonar Nápoles durante años...y había padecido una dura afrenta, porque ese reino meridional había sido entregado por Napoleón primero a Joseph Bonaparte con su Julie Clary, después a Carolina Bonaparte con su Joachim Murat. María Carolina tenía sus grandes razones para odiar a Napoleón, a pesar de que éste se hubiese casado con una nieta suya: María Luísa.

De cualquier modo, por encima de sus sentimientos de profunda animadversión hacia el nieto político Napoleón, cuya caída celebraba y con cuyo exilio se reconfortaba, María Carolina tenía "un concepto anticuado de los deberes públicos de una esposa". El paso de los años habían afilado su lengua, incrementando su mordacidad. No lograba comprender, ni por supuesto aprobar, que María Luísa hubiese olvidado tan pronto que seguía casada con Napoleón. El adulterio de María Luísa con Neipperg constituía un bocado imposible de digerir para la anciana.

A las hermanas de María Luísa se las forzó a mantener cierta distancia con respecto a ésta...para protegerlas. Era algo sutil, muy sibilino. Porque nadie podía decirles las razones por las que su hermana constituía un pésimo ejemplo. De hecho, oficialmente, su hermana constituía un excelente ejemplo, ya que, en su día, se había sacrificado casándose con quien se le mandaba hacerlo y, al cambiar las tornas, había escogido mostrarse dócil e incluso sumisa con su imperial padre. Había sido una auténtica Habsburgo.


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NotaPublicado: 25 May 2009 19:07 
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Para rematar este cuento...

...hubo un Congreso, el Congreso de Viena. En ese Congreso, se sentaron las bases de un nuevo orden continental que, en realidad, suponía restaurar en gran medida los principios anteriores. Austria salió muy reforzada, gracias a la formidable astucia política de su canciller Metternich. Una de las cuestiones que hubo de abordar el Congreso fue la situación de María Luísa: cuando los vencedores de Leipzig habían tomado París, al firmar el Tratado de Fontainebleau, habían asegurado que cederían a la hija del emperador austríaco los ducados italianos de Parma y Guastalla; el Congreso, después de algunos tiras y aflojas porque los Borbones italianos tenían serias pretensiones en esos territorios, le confirmaron esas posesiones.

Todo estuvo en peligro...durante el Imperio de los Mil Días. Napoleón consiguió escaparse de Elba, desembarcar en Marsella y atravesar suelo francés en dirección a París al frente de una multitud de enfervorizados partidarios. Mil Días duró aquella "restauración de los Bonaparte". Sólo Mil Días en los que Napoleón, olvidando la escasa lealtad que le había mostrado su mujer, le mandaba cartas exhortándola a volver a la capital de su imperio con el niño. María Luísa sólo ansiaba que la liberasen de aquella pesadilla. Y la liberaron, porque los vencedores de Leipzig se aprestaron para cosechar una nueva victoria histórica en Waterloo. Esta vez, no se quiso correr riesgo alguno: Napoleón fue enviado a una isla muy lejana, Santa Elena, bajo una fortísima vigilancia inglesa.

Y María Luísa, con su Neipperg, se marchó a Parma, dejando en Viena a su hijo. El ex Rey de Roma era ahora, por designio del abuelo materno, Franz duque de Reichstadt. El rehén más valioso, sin duda alguna, en varios siglos.


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NotaPublicado: 25 May 2009 19:18 
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Y nuestra Leopoldina...

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...¿cómo vivió esa etapa azarosa?.

A decir verdad, durante la etapa del Congreso, le inquietaba menos la situación extraña en que se hallaba su hermana María Luísa, a quien no obstante adoraba, que la progresiva enfermedad de "su querida mamá", la emperatriz María Ludovica. María Ludovica nunca había gozado de excelente salud; era una mujer delicada, que siempre se lamentaba de sus affeciones bronquiales y de su debilidad pulmonar en general. Toda la actividad que había desplegado en los largos meses en los que la capital imperial se convirtió en el centro del mundo la dejaron hecha una piltrafa, pues, con sus achaques, lo que peor podía haberle sentado era aquel trasiego incesante. Estaba mortalmente enferma, de hecho.

En última instancia, deseando suavizar su padecimiento, se la autorizó a visitar a su tierra natal, el norte de Italia, en la primavera de 1816. Viena no vió morir a la emperatriz, pues la muerte la encontró en Verona a principios de abril. La consternación de Franz I, su marido, fue inmensa, pero quizá le superaron en pesadumbre sus hijos. La habían adorado...y acusaron el golpe de perderla cuando ella sólo tenía veintiocho años de edad. Para Leopoldina, en concreto, fue uno de los episodios más dramáticos de su existencia.

Seis meses después de que se celebrasen las solemnes exequias de la emperatriz María Ludovika en la Kapuzinergruft de Viena, Franz I contraía cuartas nupcias. Otra madrastra entraba en el Hofburg...


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 Asunto: Re: LEOPOLDINA DE AUSTRIA, EMPERATRIZ DE BRASIL
NotaPublicado: 05 Dic 2011 23:30 
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La nueva emperatriz del ya tres veces viudo Franz I era una princesa bávara llamada Charlotte Augusta que, a la sazón, prefería llamarse a sí misma Caroline Augusta para homenajear a su propia madrastra, Carolina de Baden, reina de Baviera. Esta Caroline Augusta que llegó a Viena en octubre de 1816, tenía por entonces casi veinticinco años. Su nuevo imperial marido le duplicaba la edad, frisando en el medio siglo de existencia.

Pero Caroline Augusta...

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...había aprendido que, para una princesa, hacerse ilusiones románticas acerca de aquellos casamientos decididos por pura conveniencia política, equivalía a exponerse a un gran desengaño. En junio de 1808, con apenas dieciséis años, la habían entregado en matrimonio a Wilhelm, el príncipe heredero de Württemberg. Wilhelm supo, nada más echarle un vistazo a Caroline Augusta, que aquella muchacha de rostro cuajado de picaduras de viruela nunca íba a atraerle sentimental ni sexualmente, por muy encantadora que pudiese ser. Con una pasmosa sinceridad, le dijo que consideraba que ambos eran víctimas de la política; esperaba, evidentemente, que ella aceptase con alivio la idea de un matrimonio blanco, nunca consumado. Caroline Augusta se pasó los siguientes seis años siendo esposa sólo de nombre, una esposa virgen que se entretenía carteándose con su hermano favorito Ludwig, príncipe heredero de Baviera, a la vez que perfeccionando su dominio del inglés y del italiano. Aparentemente, Carolina Augusta no sufría. Aparentemente. Porque su situación, como podéis suponer, daba pábulo a muchos comentarios desagradables. Finalmente, en el camino de Wilhelm, durante una estadía políticamente estratégica en Inglaterra, se cruzó su muy bella e intensa prima rusa Ekaterina "Katia" Paulovna, hermana predilecta del zar Alexander I, ya viuda del duque soberano Georg de Oldenburg. Katia se enamoró apasionadamente de Wilhelm durante una fiesta londinense y él sintió que se removía en su interior algo que quizá fuese una profunda atracción. Enseguida tomó la decisión de solicitar la anulación de su boda no consumada con Caroline Augusta, que fue devuelta a Baviera. La humillación de Caroline Augusta se sintió profundamente en Baviera. Aquello fue un pesado lastre en las relaciones entre Baviera y Württemberg, dos reinos vecinos, durante largos años.

Previsiblemente, la petición de mano del emperador Franz I fue acogida con verdadero regocijo en Munich. Los austríacos y los bávaros necesitaban reforzar vínculos, después de un período napoleónico bastante convulso que les había situado a veces como adversarios y finalmente como aliados. Adicionalmente, en un plano más personal, la princesa que había sido rechazada por un príncipe heredero wurttemburgués se elevaba hasta alturas inesperadas mediante un compromiso con el mismísimo emperador de Austria. Caroline Augusta debió considerar que era preferible ser la emperatriz de Austria que mantener su estatus de princesa divorciada a su pesar y devuelta a casa de sus padres por un primer marido absolutamente renuente a tocarle siquiera un ricito de la cabeza. Por otro lado, Franz I no tenía mala fama como marido. Sus tres esposas habían sido razonablemente felices, dado que él las trataba con enorme consideración y verdadero afecto. Lo único que podía temer Caroline Augusta sería que sus numerosos hijastros y demás parientes políticos considerasen que era una pobre sustituta para la difunta Ludovika.


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 Asunto: Re: LEOPOLDINA DE AUSTRIA, EMPERATRIZ DE BRASIL
NotaPublicado: 06 Dic 2011 00:12 
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Caroline Augusta demostraría ser una bendición para los Habsburgo. Quizá le faltase hermosura, pero lo suplía con un excelente carácter, una afectuosa naturaleza y una notable elegancia. Enseguida quedó claro que ejercería el papel de comprensiva esposa y buena madrastra, en tanto que, en su nuevo rango de emperatriz, dedicaría casi todas sus energías a mejorar las condiciones de vida de los menos afortunados entre sus súbditos. Cuando se trataba de fundar cocinas económicas o hospitales de beneficiencia, nadie pondría tanto interés ni tanto empeño como Caroline Augusta.

Pero nuestra Leopoldine tampoco tuvo tiempo de acostumbrarse a esa Caroline Augusta que se suponía debía suplir la ausencia -desoladora para ella...- de Ludovika. Las fechas cantan: Caroline Augusta se casó con Franz I a finales de octubre de 1816 y el trece de mayo de 1817, es decir al cabo de apenas SIETE meses, se celebraría en el palacio imperial de Viena el enlace por poderes entre el príncipe Pedro, heredero de los tronos unidos de Portugal y Brasil, y la archiduquesa Leopoldina. Lo curioso del asunto es que cuando se celebró ese casorio, Leopoldina estaba muy al tanto, pero Pedro todavía no había sido informado.

Aquellos enlaces dinásticos no tenían en cuenta los sentimientos de los jóvenes implicados. Pedro, por ejemplo, era un muy buen mozo, guapo, atractivo, atlético, inteligente, con talento artístico y pasión por las ciencias. A sus dieciocho años, no obstante, lo que realmente le importaba era vivir su romance con una muchacha guapa y vivaz a la que llamaba, cariñosamente, Moemi. El auténtico nombre de Moemi era Noémi Thiery, una joven danzarina francesa que había llamado la atención por su belleza más que por su talento en los escenarios de Río. Pedro le había hecho la corte apasionadamente, la había convertido en su amante y había ordenado construír para ella una pequeña pero encantadora residencia dentro del enorme recinto del palacio de San Cristobal. En esa época, en mayo de 1817, Moemí estaba embarazada...muy embarazada. La madre de Pedro, la bastante repelente Carlota Joaquina, hubo de meterse a potajera: aunque su hijo se negaba a separarse de la amante que estaba a punto de hacerle papá, la reina insistía en que la danzarina francesa debía largarse a parir su bastardo lejos antes de que llegase la archiduquesa de Austria. La propia Moemí quiso llegar a un acuerdo, porque sabía que Carlota Joaquina ocupaba la posición de fuerza. Moemí recibió una enorme suma de dinero a cambio de tomar la ruta que la condujo a la ciudad portuaria de Recife, en el norte de Brasil. Allí, al cabo de tres meses, daría a luz un niño...que nació muerto.

Ese asunto causó una profunda impresión en Pedro. Los remordimientos de conciencia no se hicieron esperar: él había permitido que Moemí se sacrificase, él había aceptado que Moemí se exiliase en Recife, él se había contentado con la promesa de Carlota Joaquina de que el gobernador general de Recife conjuntamente con su esposa se ocuparían de la embarazadísima Moemí. Moemí había sobrevivido a un parto extremadamente complicado, pero el bebé había llegado al mundo muerto, listo para que lo amortajasen y lo enterrasen. Era tremendamente doloroso para Pedro pensar en todo lo que había ocurrido en los meses anteriores a la llegada de una archiduquesa austríaca con la que le habían casado por razones dinásticas, para que quedase claro que las viejas familias reinantes que habían conseguido triunfar sobre los advenedizos Bonaparte estaban más decididas que nunca a reforzar sus vínculos de sangre.


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