Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: Re: LA REINA JULIA
NotaPublicado: 17 Ene 2010 22:23 
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Menos mal que os habéis manifestado, Legris y Carmela, jajajaja. Ya me daba pena pensar que Julia no interesaba absolutamente a nadie excepto a mí ;)

Puesto que he subido un retrato juvenil de Julia (sorprendente que exista, porque la iconografía de señoritas de la burguesía marsellesa de esa etapa histórica es casi inexistente...), me permito añadir ahora uno de su hermana menor Dèsirée.

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Me da la sensación de que incluso esos retratos captan la diferencia entre ambas hermanas. Julia transmite la impresión de ser "más adulta", no porque tenga algunos años de ventaja sobre Dèsirée, sino porque parece reflexiva, calmada, equilibrada en sus juicios y sensata en sus decisiones, a pesar de que le intenta conferir una mirada entre soñadora y melancólica. Dèsirée ofrece una imagen más aniñada, con un encanto que todavía retiene trazas adolescentes; quizá se la veía menos formal y seria, más alegre y retozona. En lo esencial, no obstante, eran iguales las dos. Buenas chicas, criadas en un entorno muy específico, que jamás habían conocido el lado siniestro y peligroso de la vida hasta que el Terror había alcanzado Marseille. Sus ilusiones y sus aspiraciones eran las de cualquier jovencita de la burguesía acomodada de Marseille.


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 Asunto: Re: LA REINA JULIA
NotaPublicado: 17 Ene 2010 22:59 
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Reconozcamos querida Minnie que Julie Clary no es un personaje que atraiga a mucha gente, pues fue un ser anodino dentro de la constelación de brillantes personalidades del primer imperio. Desde ya te pido excusas si contradigo tu parecer... :-p


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 Asunto: Re: LA REINA JULIA
NotaPublicado: 17 Ene 2010 23:01 
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Si, si, seguro que es muy interesante pero yo aún estoy inmersa en la Troubetskoi y un poquito menos en los Alençon por falta de tiempo y no me enredo con ninguno más de momento, así cuando llegue ya está más avanzadillo >:D<

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 Asunto: Re: LA REINA JULIA
NotaPublicado: 17 Ene 2010 23:05 
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Sin duda alguna, Françoise Rose Somis, Madame Clary, nunca había previsto que su Julia llegaría a comprometerse con un inmigrante corso, procedente de una familia que se había visto en serios apuros y que vivía con extrema modestia todavía. Las chicas Clary -Marie Jeanne, Marie Therese, Rose y Honorine- se habían casado siempre con hombres cuyos antepasados habían conformado la historia local de Marseille. Todos los linajes con cierta distinción de la zona tendían a reforzar sus lazos a través de los matrimonios, generación a generación. En cierto modo, se trataba de una endogamia no menor de la que practicaban, en una esfera superior, las diferentes dinastías reales europeas.

Pero Madame Clary se plegaba a la realidad. La Revolución había marcado un antes y un después en sus vidas a partir de la implantación del Terror. Había perdido a su marido François y a su querido hijo Justiniano. Rose estaba en Italia con su marido Antoine. Honorina trataba de reorientarse después de su divorcio. Las perspectivas matrimoniales de Julia y Dèsirée eran buenas a pesar de tantas tribulaciones, porque Etienne volvía a manejar con determinación los negocios familiares, de modo que la dote de ambas hermanas que faltaba colocar sería excelente. La señora hubiera querido que esa dote sirviese para situar a Julia y Dèsirée en el seno de sólidas familias marsellesas. Pero si Julia amaba a su Joseph Bonaparte...éste tampoco era mala opción; estaba bien situado y no parecía que fuese a truncarse su carrera en un futuro. Etienne aprobaba el enlace. Quizá hubiera preferido a un cuñado marsellés, pero no podía ponerle pegas a ese corso que le había ayudado a salir indemne de la cárcel. Marcela le hubiera batido las orejas a base de bien si Etienne se hubiese puesto reticente con los Bonaparte en ese punto.

Las circunstancias, de cualquier manera, aconsejaban un enlace discreto. A Julia se le aseguró una dote magnífica, a la vez que se le concedía una asignación extraordinaria para confeccionar su ajuar; pero, por demás, se decidió celebrar la boda fuera de Marseille, en la localidad de Cuges, en cuyas cercanías Honorine, divorciada de Blait de Villeneufve, se ha instalado en el châtea de Jullans. Cuges está relativamente cerca de Marseille: apenas se cuentan treinta kilómetros de distancia. Aún así, Madame Clary viaja a Cuges con Julia y Dèsirée sin haber invitado a otros familiares cercanos, ya no digamos a sus numerosos allegados, a la boda que va a realizarse el "14 termidor del año segundo de la República" en la alcaldía. Al alcalde Monfroy le toca dar fe de que Joseph Napoleón Bonaparte se ha unido a la señorita Marie Julie Clary, que está particularmente sonrosada de la emoción y a la que miran arrobadas sus hermanas Honorine y Dèsirée.

No hubo luna de miel desde una perspectiva moderna. La luna de miel, en realidad, consistió en que Joseph y Julia viajasen desde Cuges hasta Niza, dónde el clan de los Bonaparte estaba residiendo en el château Selle. Uno puede suponer que Julia estaría la mar de tranquila a medida que se acercaban al château Selle. Los Bonaparte seguían siendo aquella marabunta ruidosa que ella había tratado mientras residían en el hôtel de Cypières de la rue Lafont de Marseille. Podía estar segura de que Letizia la acogería muy amorosamente, pues la señora apreciaba sinceramente a las Clary, aparte de que, en un sentido puramente práctico, juzgase que Joseph había elegido a una buena muchacha, decente e íntegra, que además era sorprendentemente rica. En cualquier caso, la riqueza era secundaria para Letizia -aunque no dejase de apreciar la dote que Julia llevaba aparejada para Joseph. Eso había quedado claro unos meses antes cuando Lucien, el hijo más apasionado y rebelde de Madame Bonaparte, se había presentado en casa con la noticia de que había contraído nupcias, sin encomendarse a nadie, con la señorita Christine Boyer, de Saint Maximin.

Christine era razonablemente bonita, pero, sobre todo, era una muchacha de carácter tranquilo y complaciente, la clásica jovencita dispuesta a mostrarse dócil y cariñosa en cualquier circunstancia. Napoleón había montado en cólera, no obstante, al enterarse de que Lucien había unido su vida a la de Christine, porque los orígenes de ésta le resultaban tremendamente modestos. Estableciendo una comparación, tanto el padre de Julia Clary como el de Christine Boyer se dedicaban a los negocios; pero el padre de Julia comerciaba con tejidos finos, mercaduría exótica que se vendía a precio de oro, lo que le había permitido amasar una fortuna y establecerse dentro de la buena burguesía de su ciudad, mientras que el padre de Christine era, simplemente, un posadero que se ganaba las habichuelas pero que no andaba sobrado de dinero. Para Napoleón, la boda de Joseph con Julia era ventajosa. En cambio, a sus ojos, la de Lucien con Christine era un disparate. Letizia, no obstante, había apoyado decididamente a Christine Boyer. Si había acogido bajo sus alas protectoras a Christine Boyer...no íba a hacer menos con Julia Clary.

En cuanto a las hermanas de Joseph y Napoleón, Christine les había parecido menos entretenida que Julia por una única razón: esta última llegaba con un surtido de baúles en cuyo interior, cuidadosamente envueltos, se veían numerosos vestidos nuevos, a estrenar, confeccionados en los mejores géneros por las modistas en boga, así como los respectivos complementos, sombreritos y finos chales. El ajuar de Julia suscitó un entusiasmo delirante, entreverado de pura envidia, en sus cuñadas Elisa, Pauline y Carolina. Sólo había una pega: la talla de Julia, menuda, sin curvas apenas, era inferior a la que lucían las chicas Bonaparte. Así que no íban a poder utilizar los vestidos...aunque pudiesen pedir prestados a su cuñada los adornos para el pelo o los chales con flecos.


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 Asunto: Re: LA REINA JULIA
NotaPublicado: 17 Ene 2010 23:16 
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hernangotha escribió:
Reconozcamos querida Minnie que Julie Clary no es un personaje que atraiga a mucha gente, pues fue un ser anodino dentro de la constelación de brillantes personalidades del primer imperio. Desde ya te pido excusas si contradigo tu parecer... :-p


Jajajaja, tú nunca tienes que pedir excusas por contradecirme ;)

Pero hay que admitir que todos acabamos dejándonos "engatusar" por los personajes complejos, con múltiples facetas, que van haciéndose biografías en las que se mezclan los ingredientes de un cócter explosivo, con pasión, con un toque de picante, con entuertos varios, con una pizca de drama, etc, etc. Los que viven en un entorno altamente inflamable pero se las apañan para manejar sus asuntos de manera tranquila y apacible parecen los aburridos de turno. No obstante, Julia me encanta porque era una paloma en un nido de víboras y ninguna víbora se hubiese atrevido a clavarle el diente porque nadie dejaba de admirar su integridad, su honestidad, su espíritu conciliador, su devoción a la familia propia o política, su predisposición a servir a quienes quería de forma desinterada, su dignidad en la desgracia. Era una mujer recta. En cierto modo, me recuerda el ideal de matrona romana...Cornelia, la madre de los Graco.


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 Asunto: Re: LA REINA JULIA
NotaPublicado: 18 Ene 2010 00:53 
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Conviene señalar que Napoleón se perdió la boda de Joseph con Julia y la llegada de los novios a château Selle porque estaba retornando a Niza desde Génova, dónde había cumplido una misión encomendada por la Convención Nacional. Pero, seguramente, estaba deseando cumplimentar a su flamante cuñada, que había aportado conexiones decorosísimas y una dote excelente a los Bonaparte.

Todo parecía ir bien...hasta que llegó el eco de que en París se había producido el golpe del 9 Termidor, que derrocó a Maximilien Robespierre. En el lapso de unas horas, Robespierre pasó de ser el amo del país a colocar la cabeza en el tajo para que la cercenase la hoja de la guillotina. El Terror había concluído con la ejecución sumaria del Incorruptible y de muchos de sus allegados, mientras nuevos hombres se hacían con el poder para inaugurar la etapa del Directorio. Los más significativos, en esa hora, eran Paul Barras y Jean Lambert Tallien. Tallien había jugado un papel destacado en la caída del Terror porque deseaba evitar la muerte de una mujer que estaba encarcelada: Teresa Cabarrús de Fontenay. Ella era la heroína del día, vitoreada entusiásticamente por los parisinos que la llamaban Nuestra Señora de Termidor. Con Teresa, había salido de la prisión una criolla encantadora que se había hecho muy amiga de la Fontenay. Se llamaba Josephine de Beauharnais.

El problema, para los Bonaparte, era que, nada más instaurarse el Directorio, los comisarios empezaron a detener a quienes habían sido jacobitas ardientes, partidarios de los anteriores líderes republicanos. Napoleón Bonaparte, recien llegado a Niza, fue uno de los que se encontró en el brete de ser enviado a prisión, al fuerte de Carré en Antibes, porque su carrera había evolucionado, en los meses precedentes, gracias a la amistad Agustin de Robespierre. Napoleón pasó en el Carré un breve período de tiempo: se le internó allí el 9 de agosto y se le liberaría el 24 de agosto. En total, estamos hablando de quince días. Pero esos quince días se vivieron intensamente en la casa de los Bonaparte -obviamente-.

Entre los acusadores de Napoleón Bonaparte, había figurado Antonio Salicetti, un corso. De manera casi instantánea, la atribulada Letizia y el preocupado Joseph determinaron que había que intentar hacerse escuchar por Salicetti para que éste se apercibiese de que estaba cometiendo una terrible equivocación y retirase sus acusaciones. Letizia tenía sus esperanzas de conseguirlo, porque se daba la casualidad de que el secretario particular de Antonio Salicetti, en ese período, era un hijo de su amiga Madame Permon, nacida Panoria Comneno. En última instancia, Letizia no logró entrevistarse con Salicetti, pero Joseph persistió hasta obtener la preciada audiencia en el curso de la cual obtuvo la promesa de que se revisaría en detalle la documentación en la que se basaba la acusación contra Napoleón.

En ese tiempo, Julia intentó mantenerse firme y en calma. Su suegra tenía la mente en el Carré de Antibes, en tanto que su marido andaba de un lado para otro haciendo gestiones. Así que Julia tuvo que buscar la forma de ser un apoyo efectivo para Letizia. No era nada fácil dirigir la casa. Elisa, la mayor de las chicas Bonaparte, se negaba en redondo a cooperar en las tareas domésticas; le explicó fríamente a su cuñada que no había nacido para limpiar la cubertería ni para preparar saquitos de hierbas aromáticas para los cajones de la ropa blanca. Pauline estaba acostumbrada a trotar libremente por las calles, robando frutas en los huertos de los vecinos y coqueteando con apuestos soldados. Los menores de la familia, Carolina y Jerome, protagonizaban a diario magníficas trifulcas por cualquier nimiedad. Julia necesitó hacer un alarde de paciencia, manejando la situación con mucha mano izquierda. Seguramente recordaba con cierta nostalgia la atmósfera acogedora de la casa de los Clary, con su madre atendida por la criada de confianza y su hermana menor dispuesta a ayudarla en lo que fuese menester. Los Bonaparte, por comparación, eran un hatajo de soberbios revoltosos que sólo se aplacaban cuando Letizia se erguía en toda su estatura dispuesta a soltar la lengua y, si hiciese falta, la mano.

La liberación de Napoleón el 24 de agosto puso fín a aquel tormento. Bonaparte se había crecido en el Carré de Antibes; desde allí había escrito una carta reveladora a un joven e impetuoso soldado que tenía una gran fé en él, Andoche Junot, en la cual afirmaba que su único tribunal era su conciencia y que en ese tribunal salía indefectiblemente libre de culpa. Que Salicetti se hubiese retractado, lo que permitió su salida del Carré, le ratificaba en su punto de vista. Estaba dispuesto a acometer nuevas misiones militares. También empezaba a entrarle prisa por convertir su idilio con Dèsirée Clary en un compromiso firme. El principal obstáculo radicaba en que Françoise Rose Somis, Madame Clary, no veía nada claro un eventual compromiso entre su Dèsirée y Napoleón. Con Joseph había transigido, pero no tenía demasiadas ganas de transigir con Napoleón; en su opinión, un yerno Bonaparte era más que suficiente, gracias. De cualquier modo, Napoleón se marchó a La Vendee a luchar al mando del general Hoche, encargado de sofocar un alzamiento en la región, mientras remitía bonitas cartas a Dèsirée. Previsiblemente, Madame Clary se ablandaría en un plazo razonable de tiempo.


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 Asunto: Re: LA REINA JULIA
NotaPublicado: 18 Ene 2010 00:55 
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Julia Clary Bonaparte:

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 Asunto: Re: LA REINA JULIA
NotaPublicado: 18 Ene 2010 01:14 
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En ese aspecto, la postura de Julia era, naturalmente, muy sentimental. Recien casada con Joseph, estaba imbuída de buena voluntad hacia su familia de orígen y hacia su familia política. Que su hermana Dèsirée se convirtiese en la esposa de Napoleón le hubiese producido una gran alegría. Las dos hermanas hubiesen sido además concuñadas; los hijos que tuviesen serían primos carnales por partida doble, lo que permitía augurar un vínculo muy especial. Julia sólo aspiraba a que los acontecimientos fluyesen por su cauce, sin sobresaltos de ninguna clase. Claro que la época no se prestaba a ello...

Napoleón ya estaba rumiando la idea de que necesitaba ir a París para hacerse visible ante los hombres del Directorio. Había estado malgastando su talento para la estrategia, según creía, en tareas inferiores a su categoría. Aquellos era un trabajo a la medida de cualquier general, no del mejor de los generales. El mejor de los generales necesitaba un reto de proporciones épicas. Napoleón consideraba que su reto de proporciones épicas consistiría en ser el comandante en jefe del Ejército de Italia. Pero esa clase de nombramiento requería ganarse previamente a los señores del Directorio, específicamente a Paul Barras, que era quien estaba moviendo los hilos del poder en Francia. Joseph estuvo de acuerdo con Napoleón en que debía hacer un intento de acercamiento a Paul Barras en París, máxime cuando le llegó a su hermano el mandato de incorporarse a las tropas comandadas por el general Lazare Hoche que deben sofocar el levantamiento de La Vendee. En apasionados debates, Joseph y Napoleón coinciden en la idea de que ir a La Vendee a participar en una oscura guerra civil no es lo adecuado.

Antes de emprender el viaje a París, Napoleón trata de resolver el asunto pendiente de su compromiso con Dèsirée Clary. Se da la circunstancia de que la mayor de las hijas del difunto François Clary, Marie Jeanne, que había enviudado tiempo antes, ha fijado su segunda boda con un rico terrateniente de Avignon para el mes de abril de 1795. Los Clary van a festejar ese enlace como es preceptivo. Han cursado invitaciones que incluyen a los Bonaparte, con los que existe un parentesco debido a la boda de Julia con Joseph. Napoleón, satisfecho por poder asistir al casamiento de Marie Jeanne con Monsieur Pecenas de Pluvial, confía en que sea la ocasión propicia para obtener la mano de la pizpireta Dèsirée.

No hay sorpresas desagradables para Napoleón. Madame Clary se ha resignado a que Dèsirée insista en que quiere ser la mujercita de Napoleón. A ella le bastaba con un yerno Bonaparte, pero, visto lo visto, tendrá que aguantarse con dos yernos Bonaparte. La única condición es que no se apresure la boda, pues Dèsirée, muy joven, se ha convertido en la única hija que le queda en casa a Madame Clary. Mejor que Napoleón arregle su situación en París mientras se prepara, tranquilamente, el ajuar de Dèsirée.

A principios de mayo de 1795, Napoleón y Dèsirée se despiden. Él se lo toma con tranquilidad, ella parece un mar de lágrimas porque su novio se larga a París. La pena de la chiquilla se incrementa a medida que transcurren los días, pero él no pierde demasiado tiempo pensando en su prometida mientras avanza rumbo a la capital con sus ayudantes Junot y Marmont, así como por su hermano Louis Bonaparte, que va a incorporarse a un puesto militar en la ciudad.

Ese viaje alterará definitivamente el curso de la vida de Napoleón...y de Dèsirée.


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 Asunto: Re: LA REINA JULIA
NotaPublicado: 18 Ene 2010 19:18 
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En aquel momento concreto, quien llegase a París con la idea en mente de obtener un acceso privilegiado al Directorio tenía que tomar muy en cuenta los salones patrocinados por un grupo de damas que gestionaban una extraordinaria cuota de protagonismo social. La más distinguida, sin lugar a dudas, era Thèrése Tallien, Nuestra Señora de Termidor, que recibía asiduamente en la mansión denominada La Chaumière.

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Thèrése.

Madame Tallien había ascendido a tan privilegiada posición tras una peripecia ciertamente azarosa. En realidad, si uno se paraba a considerarlo, sus orígenes familiares eran tan netamente burgueses como los de nuestra Julia Clary, pues Thèrése había nacido llamándose Juana María Ignacia Teresa Cabarrús, en la localidad de Carabanchel Alto, cerca de Madrid, capital de España.

Sin querer introducir aquí una biografía exhaustiva de Thèrése (y podéis creer que me cuesta refrenar el impulso, porque se trata de una de mis figuras históricas preferidas...), conviene recordar al menos ciertos datos básicos. El padre de Thèrése, François Cabarrús, había nacido en Bayonne; formalmente, era ciudadano francés, aunque los orígenes por parte de padre y madre guardaban una profunda relación con Navarra. En su juventud, François Cabarrús había viajado de Bayonne a Zaragoza, dispuesto a emprender una carrera de negociante entrando de aprendiz por un tiempo en casa de un tal Galabert, de ascendencia francesa. François enseguida contraería matrimonio con la hija de su patrón Galabert, una muchacha llamada María Antonia. Puesto que uno de los abuelos de María Antonia tenía una próspera fábrica de jabones en Carabanchel Alto, en las inmediaciones de Madrid, la joven pareja, con la aquiescencia de los padres de ella, decidió trasladarse a esa población. Pronto se asentarían en una bonita villa de Carabanchel Alto a la cual, no obstante, dieron un nombre francés: Maison St Pierre. Poco a poco, el gran instinto para las finanzas de Cabarrús le llevaría a alturas insospechadas. Protegido por miembros particularmente ilustrados y afrancesados del gobierno, fundó el Banco de San Carlos, precursor del Banco de España. Se encaramó a las alturas, por así decirlo.

Seguía conservando la firme creencia de que no había en el mundo entero ciudad más refinada que París. Por ese motivo enviaría allí a su joven hija Thèrése, una adolescente tan hermosa y atractiva que empezaba a causar quebraderos de cabeza con sus flirteos. Thèrése se encontró bajo la tutela de una amiga de sus familiares paternos dispuesta a hacer de la chica un bocadito de lo más apetitoso para algún aristócrata. El aristócrata llegó, en la persona de Jean Jacques Devin Fontenay. Se trataba de un pelirrojo bastante feo, por cierto, pero ostentaba el título de marqués y disponía de un considerable patrimonio. Del brazo de su marqués de Fontenay, Thèrése, la chica de Carabanchel, llegaría a pasearse por los salones de Versailles.

El matrimonio de los Fontenay no constituyó un éxito. Los dos acogieron favorablemente la Revolución: figuraron en el amplio surtido de los aristócratas que se dejaban arrastrar muy a gusto por aquella corriente caudalosa de la historia. Pero a medida que la nueva república escoraba hacia una notable radicalización jacobita, surgieron los problemas. Fontenay, temeroso de acabar viéndose ante cualquiera de los tribunales revolucionarios que llenaban en un plis carretas para que tomasen el camino hacia las enormes guillotinas situadas en las plazas públicas, emigró de Francia. Thèrése juzgó que no debía asustarse por su suerte porque ella no había nacido aristócrata y de hecho se había apresurado a divorciarse del marqués. Pero cuando el Terror se hizo más acusado, decidió escaparse de París a Burdeos. Esperaba que Burdeos capease mejor el temporal...algo en lo que se equivocó. Si Thèrése, que fue detenida, logró salir indemne, se debió a que supo atraerse el amor apasionado de Jean Lambert Tallien, uno de los líderes repúblicanos que estaban manteniendo a pleno rendimiento las guillotinas de Burdeos.

Desde un punto de vista meramente político, su implicación sentimental con Madame de Fontenay no le vino bien a Tallien. Robespierre, junto con su entorno, desconfiaban de él por diversos motivos. La relación, nada discreta, que éste emprendió con la dama en cuestión le colocó en una posición más vulnerable. Tallien trató de tomar el toro por los cuernos presentándose en París para clarificar las cosas. Thèrése, a su vez, se iría asimismo a París creyendo que no se atreverían a mandarla a prisión. Se equivocó. Acabó en la prisión de Carmes, uno de los escenarios más tenebrosos de ese período. Allí, por cierto, hizo amigos: el general Lazare Hoche, por ejemplo, o una exótica criolla que respondía al nombre de Josephine de Beauharnais.

Para salvar a Thèrése, Tallien había saltado por encima de su miedo y había jugado un papel fundamental en la reacción termidoriana que había significado el fín del Terror (y de Robespierre).

En el Directorio, no obstante, Tallien no fue el hombre fuerte, sino Paul Barras. Aunque Thèrése se casó con Tallien, la pasión inicial se había consumido al menos por parte de ella después del nacimiento de una niña, Rose Termidor. No era la primera vez que Thèrése daba a luz, pues tenía un hijito de su primer marido, Fontenay: Antoine. En los años siguientes, Thèrése no dudó en mantener relaciones con Paul Barras, el casi todopoderoso, y con el riquísimo banquero Gabriel d´Ouvrard, entre otros. Los autores han discutido si cuatro hijos nacidos durante el enlace con Tallien después de Rose Termidor fueron engendrados en realidad por Ouvrard. El caso es que los Tallien acabarían divorciándose en 1802...

Con esas conexiones, queda claro que Thèrése era la reina de París desde su Chaumière, en la que presidía recepción tras recepción en un estilo incomparable. El gran Talleyrand diría de ella que era la mujer que tenía la habilidad de aparecer desvestida de la forma más cara. Eso significa que sus trajes eran de una impresionante ligereza, con escotes que mostraban los pechos con los pezones cuidadosamente pintados y con las aberturas desde la cintura a los pies para exhibir las piernas; pero aquellos modelos en los que poca tela se empleaba eran creaciones fabulosas que costaban un dineral. La Tallien no era una mujer para hombres escasos de recursos, sino que se requería que nadasen en la abundancia ;)

Napoleón se quedó impactadísimo con la Tallien. Según parece, ella fue la merveilleuse a la que intentó conquistar recien llegado a París. Era una maniobra lógica: si conseguía tener en la palma de su mano a ese prodigio femenino, dispondría de una protectora dotada de enorme capacidad de influencia en el Directorio. Pero la Tallien se rió -a carcajadas- del joven Napoleón. Él nunca olvidaría ese desplante de Thèrése; en una etapa ulterior, se lo cobraría...bien caro.

Ante la falta de interés de Thèrése, manifestado en forma de risotadas, Napoleón se volvió hacia la amiga favorita de Madame Tallien. Era Josephine de Beauharnais, nacida Marie Josephe Rose Tascher de la Pagèrie. Oriunda de las Antillas, se rumoreaba que poseía una enorme fortuna derivada de las plantaciones de caña de azúcar. Eso era absolutamente falso, pero Napoleón se lo creyó a piés juntillas. Por lo demás, la mujer tenía un pasado no menos ajetreado que el de la Tallien en el plano sentimental. Se la solía denominar la viuda Beauharnais, pero, en puridad, no era la viuda de Alexandre de Beauharnais puesto que se había divorciado de él años antes de que la marea roja revolucionaria le condujese a poner la cabeza en el tajo para que la segase de cuajo la guillotina. Había sido amante del general Lazare Hoche, de Gabriel d´Ouvrard y, se daba por cierto, de Paul Barras.

Napoleón se casó con Josephine...


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 Asunto: Re: LA REINA JULIA
NotaPublicado: 18 Ene 2010 19:52 
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Retrato de Josephine, obra de Andrea Appiani:

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El quid de la cuestión es que muchachas del tipo Julia o Dèsirée Clary no podían competir con mujeres de mundo del estilo Thèrése Tallien, Fortunée Hamelin, Aimée de Coigny...o Josephine de Beauharnais. Dèsirée -la delicada, dulce y cándida Dèsirée...- había aparecido a ojos de Napoleón como un partido extraordinariamente ventajoso, porque pertenecía a una respetable burguesía con magníficas perspectivas económicas. Pero Josephine de Beauharnais, la criolla de actitud lánguida y voz melosa, le daba ciento y raya a una Dèsirée Clary, en especial si se partía de la base de que ella aportaba conexiones fortísimas con el Directorio -¿no se trataba acaso de la amiga predilecta de Paul Barras...?- y de que se le presuponía una fortuna antillana -craso error, pero eso lo descubriría el corso una vez celebrada la boda-.

Se sabe que la jovencísima Dèsirée se quedó devastada ante el anuncio del casamiento de su novio Napoleón con la viuda de Beauharnais. La ingenuidad de Dèsirée se hace dolorosamente patente en la cartita que remitió a Napoleón. Aseguraba -y no estaba dramatizando en ese instante...- que él le había partido el corazón, pero ella no podía evitar seguir amándole devotamente, por lo que le deseaba la mayor felicidad en su vida en común con Josephine.

La preocupación de Julia radicaba precisamente en que se le hacía evidente la profunda desolación de Dèsirée. El resto de los Bonaparte, del primero al último, empezando por Letizia la matriarca, finalizando por el pequeño Jerome, estaban dispuestos a detestar fervientemente a la viuda de Beauharnais. Sencillamente, Letizia no podía encajar en sus esquemas mentales que Napoleón hubiese dejado en el olvido a Mademoiselle Clary para casarse con esa Josephine mayor que él, viuda, con dos hijos de su primer marido, con una trayectoria sentimental que la hacía, en su opinión, una "puttana". Letizia nunca, jamás, modificaría su criterio inicial acerca de Josephine. La familia Bonaparte se posicionó radicalmente en contra de Josephine desde el principio. Eso no había forma de arreglarlo.

Las excepciones fueron la esposa de Joseph, Julia, y la esposa de Lucien, Christine. Ninguna de ellas se mostró hostil hacia Josephine, a pesar de que la esposa de Napoleón no tenía nada en común con ellas -de hecho, parecía proceder de otra galaxia-. Josephine se sorprendió de manera especial por la genuína simpatía que le manifestó Julia. Ésta no solamente era la esposa de Joseph -que odiaba a Josephine-, sino la hermana de Dèsirée, víctima inocente del enredo de Napoleón con la viuda de Beauharnais. Se podía pensar que dentro del clan Bonaparte, la que más razones tenía para considerar a Josephine una enemiga a batir era, precisamente, Julia Clary.

Pero Julia veía las cosas desde otro punto de vista. Los juramentos de amor eterno de Napoleón a Dèsirée habían demostrado una absoluta falta de consistencia. Napoleón hubiera podido elegir serle fiel a la palabra empeñada ante Dèsirée; ni una ni mil Josephines le hubiesen apartado de Dèsirée de haber sido auténtico su afecto por la muchacha Clary. Si Napoleón se había dejado arrebatar por la pasión hacia la criolla de sonrisa enigmática (debido a su pésima dentadura, había aprendido a sonreír curvando los labios graciosamente pero sin despegarlos ni un milímetro), que aparte se le había antojado más conveniente que una burguesita marsellesa, Julia pensaba que ya aparecería, cuando sonase la hora, un hombre que quisiese verdaderamente a Dèsirée. Revolverse contra Josephine hubiese sido un absurdo por parte de Julia, según la perspectiva serena y ecuánime de ésta. En otro orden de cosas, Julia era, ante todo, sentimental y compasiva. El que los Bonaparte reaccioanasen en bloque a la aparición en escena de Josephine con una venenosa animosidad le hizo concebir una sincera preocupación por la nueva Madame Bonaparte.


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 Asunto: Re: LA REINA JULIA
NotaPublicado: 18 Ene 2010 20:12 
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A decir verdad, Napoleón y Josephine se habían conocido entre agosto y septiembre de 1795, contrayendo matrimonio ambos el 9 de marzo de 1796. A modo de cotilleo jugoso, se podría decir que, de ponerse alguien tiquismiquis, ese enlace hubiera tenido que ser declarado inválido por una serie de razones. Josephine, alegando que los británicos habían ocupado militarmente las Islas de Barlovento, quiso justificar la no presentación de su partida de nacimiento que hubiera debido expedirse en La Martinica; en principio, para contraer nupcias era indispensable, de acuerdo a la normativa vigente, llevar el dichoso certificado que ella no llevó, lo que, de paso, pudo aprovechar para mentir acerca de su edad, restándose cuatro añitos. Napoleón mintió asimismo en lo que concernía a la fecha de nacimiento, pues facilitó la fecha de nacimiento de su hermano Joseph, afirmando que su llegada al mundo se había producido en París cuando, de hecho, se había producido en Ajaccio, en Córcega. Para rematar las cosas, el funcionario que celebró carecía de poderes para hacerlo, mientras que el oficial del ejército elegido por Napoleón para que actuase de testigo no había alcanzado la mayoría de edad, lo que le convertía, de hecho, en un testigo nulo.

Pero...chismorreos aparte, en el período que rodeó la boda de Napoleón con Josephine, Julia estaba viviendo centrándose casi por entero en otro tema que la atañía de manera directa. Si hacemos memoria, Lucien se había casado con Christine Boyer, de St Maximin, pocos meses antes de que Joseph se casase con Julia. Christine, la cuñada indeseada de Napoleón, enseguida había demostrado su fertilidad, dando a luz una niña llamada Filistine Charlotte el 28 de febrero de 1795. Para Julia era motivo de tristeza su "tardanza" en concebir. No envidiaba la suerte de Christine, pero se moría de ganas de poder anunciar que llevaba en el útero un hijo de Joseph, lo que había ocurrido, finalmente, en el mes de junio de 1795.


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 Asunto: Re: LA REINA JULIA
NotaPublicado: 18 Ene 2010 20:29 
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