Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: KRONPRINZ
NotaPublicado: 16 May 2009 13:20 
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KRONPRINZ: LA HISTORIA DE RUDOLF.

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NotaPublicado: 16 May 2009 13:44 
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La historia se inicia en este hermoso lugar:


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(Fuente: Flickr, galería de Askpang).

Laxenburg, un palacio "de recreo" para los imperiales Habsburgo, que se eleva enmedio de frondosos parajes situados quince kilómetros al sur de Viena.

Allí, el 21 de agosto de 1858, una emperatriz llamada Elisabeth, a la cual le faltaban pocos meses para cumplir veintiún años, se puso de parto por tercera vez desde su matrimonio con Franz Joseph I.

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Elisabeth.


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Franz Joseph.

Elisabeth ya había dado a luz dos niñas, las archiduquesas Sophie y Gisela. Sophie, la primogénita, había muerto antes de cumplir los dos años, en mayo de 1857. Aquella pérdida había afectado terriblemente a Elisabeth, que no podía evitar sentirse culpable porque se había empecinado en llevar consigo a sus dos pequeñas en un viaje oficial a Hungría pese a que ambas se encontraban "delicadas". Al poco de establecerse padres e hijas en el palacio de Ofen, en Budapest, Gisela había enfermado; nada más reponerse ella, los síntomas de la misma enfermedad se habían manifestado con fuerza en Sophie. La visita al país magiar se había interrumpido bruscamente, al producirse la defunción de la niña. Los soberanos habían vuelto a su capital austríaca llevando consigo un diminuto cadáver amortajado en su correspondiente ataúd y otra chiquitina todavía convaleciente. Y si bien nadie en la corte se había atrevido a formularle ningún reproche a Elisabeth, ésta cedió de inmediato a su hija superviviente, Gisela, a la tutela efectiva de la madre de Franz Joseph, la enérgica archiduquesa Sophie. En los meses siguientes, Elisabeth pareció consumirse en una oscura depresión; apenas probaba bocado, se aislaba de cuántos la rodeaban, buscaba un lenitivo a su pena en una práctica intensiva de la equitación y cada noche, al meterse en su cama, se encontraba con que la aguardaba el insomnio.

Que la abatida Elisabeth estaba al borde de un gran colapso nervioso era algo evidente. Por eso, se acogió con enorme alivio la noticia, que se produjo a principios de 1858, de que nuevamente se hallaba en estado interesante. Se esperaba que, ante aquel tercer embarazo, la soberana recuperase el equilibrio y cierta visión optimista hacia el futuro. Sí, había perdido a Sophie, pero aún podía disfrutar de Gisela y...¿tal vez el bebé en camino fuese el ansiado heredero varón? En el círculo de familiares, allegados y cortesanos se aguardaba con creciente expectación al bebé que quizá asegurase la continuidad del linaje de los Habsburgo.

Llegado el momento, una Elisabeth que se había retirado a Laxenburg rompió aguas. En esa ocasión, el proceso resultó largo y no exento de complicaciones, pero, finalmente, se obtuvo el preciado "kronprinz". El emperador Franz Joseph estaba entusiasmado con su "kronprinz": no disimulaba su orgullo ni su complacencia mientras le felicitaban los miembros de la dinastía, los más distinguidos personajes de la corte y los representantes oficiales de la capital. Mientras Franz Joseph acogía con fruición los parabienes, Elisabeth se sentía peor que nunca en su lecho. Había rogado que le permitiesen amamantar a su hijo, pero los ruegos cayeron en saco roto. La archiduquesa Sophie, su suegra, ya se había tomado la molestia de escoger una ama de leche para el niño, una campesina oriunda de Moravia que respondía al nombre de Marianka. Las subidas de leche de Elisabeth le provocaron serios accesos de fiebre en las semanas posteriores a aquel día de agosto.


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NotaPublicado: 16 May 2009 13:59 
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El niño...

...recibió cuatro nombres de pila: Rudolf Franz Karl Joseph. Los tres últimos nombres honraban a su abuelo paterno (el archiduque Franz Karl) y a su padre (el emperador Franz Joseph). Rudolf se había elegido para recordar al fundador del linaje imperial de Habsburgo, el emperador del Sacro Imperio Rudolf I. Para subrayar la conexión, Franz Joseph, reciente padre de su Rudolf, destinó una generosa cantidad de dinero para que se restaurase el sepulcro de aquel Rudolf I, situado en la catedral de Spira.

A las pocas horas del natalicio, el bebé que se hallaba en su cuna...

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Imagen de la cuna del kronprinz.

...no sólo se vió enaltecido con la concesión del Toisón de Oro. Franz Joseph también le confirió el rango de coronel de los tres ejércitos: infantería, cabellería y la armada. El emperador se manifestó claramente al respecto:

-Quiero que el hijo que me ha sido dado por la gracia de Dios pertenezca a mi valeroso Ejército desde su llegada al mundo.

Una auténtica declaración de intenciones. De momento, para ser sinceros, el trocito de humanidad envuelto en finos lienzos sólo pertenecía a la nodriza Marianka. Pero ya se esperaba de él que asumiese, a edad temprana, un determinado rol. El padre había decidido, firmemente secundado por la abuela paterna. Otros parientes Habsburgo-Lorena apoyaban la moción, porque la inmensa mayoría de los archiduques estaban destinados a ocupar cargos de relevancia en el organigrama militar del imperio. Lo que pudiese pensar la madre carecía de significación. Y eso en el caso de que la madre pensase, pues, como se ha indicado, se encontraba exhausta en su cama, sintiendo que su cuerpo ardía por la fiebre mientras los pechos segregaban leche inútilmente.


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NotaPublicado: 16 May 2009 14:33 
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En los primeros meses de existencia de Rudolf, Elisabeth permaneció postrada por la enfermedad. En parte, desde luego, era una enfermedad puramente física: las fiebres puerperales la habían dejado convertida en un saquito de huesos, débil y fatigada en extremo. Pero también había un elemento psíquico: sentía que la habían utilizado como una yegua de cría, que carecía de control sobre su vida y que la privaban de sus hijos. Al estar confinada, se había perdido la ocasión de retornar a Possenhofen, el bonito palacete a orillas del lago Starnberg, hogar predilecto de sus padres en Baviera, para acudir a la boda de su hermana mayor, Helena, Nené, con el príncipe Maximilian de Thurn und Taxis. La melancolía la devoraba por entero, mientras pensaba que, también en ausencia suya, se había celebrado el casamiento por poderes de una de sus hermanas menores, María Sofía, con el heredero del trono de Nápoles.

El verano cedió paso al otoño, el otoño cedió paso al invierno y ella seguía prácticamente confinada en su alcoba. La preocupación fue "in crescendo". A petición de la resuelta archiduquesa Sophie, la duquesa Ludovika en Baviera, madre de Elisabeth, viajó de Munich a Viena acompañada por sus hijos menores, pero también por el médico "de confianza" bávaro. Resultaba que Elisabeth se mostraba demasiado recelosa y hosca hacia el principal facultativo de la corte austríaca, el doctor Seefried. Todos pensaron que sería menos huraña y considerablemente más receptiva ante el viejo médico llegado de su casa natal, el doctor Fischer.

No existe constancia del diagnóstico que efectuó Fischer, ni del tratamiento que prescribió. Probablemente, aquel hombre tuvo la plena certeza de que el mal que afligía a Elisabeth sólo se curaría si ella pudiese abandonar la corte de Viena. Elisabeth no encajaba en absoluto en aquel ambiente. Cuánto más intentaban sus parientes políticos transformarla en una "verdadera emperatriz", mayor presión se ejercía sobre aquella muchacha de naturaleza hipersensitiva, lo que la enervaba, la deprimía y le hacía experimentar una acuciante ansia de libertad.

Significativamente, Elisabeth únicamente parecía sobreponerse cuando la visitaban sus parientes. En enero de 1859, llegaron a Viena su hermano Ludwig -primogénito de los duques- y su hermana María Sofía. María Sofía disponía de unos días para dejarse agasajar en la corte imperial antes de proseguir su camino, con el consabido séquito bávaro, hacia Trieste, ciudad en la que sería entregada a los representantes del reino de Nápoles en el curso de una enrevesada ceremonia para, a continuación, emprender viaje a Sicilia. Pese a que Elisabeth había estado lamentándose de que le faltaban fuerzas, ante la presencia de María Sofía se encendió en ella una magnífica llamarada de vitalidad. Durante días, la emperatriz planificó con esmero una serie de entretenimientos para la princesa; ambas visitaban la confitería preferida de la mayor (Demel), daban paseos en carruaje o montaban alegremente por el Prater y llegaron a acudir a varias sesiones del circo Renz.

Elisabeth viajó a Trieste con Ludwig y María Sofía. Al lado de Ludwig, estuvo presente en el gran salón del fastuoso edificio del Gobierno Civil de Trieste mientras María Sofía pasaba de manos de la legación bávara a manos de la legación napolitana. La muchacha, que se condujo con sorprendente dignidad, rompería en sollozos cuando, finalmente, hubo de despedirse de sus hermanos mayores en el camarote que se le había asignado a bordo del Fulminante, el buque enviado por su suegro el rey Ferdinand II (re bomba) para conducir hasta Bari a la flamante princesa de Calabria. Ludwig y Elisabeth se quedaron francamente afectados por la lacrimógena despedida. Sabían que la chiquilla marchaba sola, con la única compañía de un diminuto canario, al encuentro de un destino incierto.

Porque, en pocas palabras, la península italiana era un polvorín a punto de estallar. El reino de Piamonte y Cerdeña, dominio hereditario de la casa de Saboya, se mostraba como una "potencia emergente" en la zona. Había una aspiración, la de obtener una clara hegemonía en el norte peninsular, para, a continuación, promover de manera decidida un proceso de unificación territorial del que saldrían beneficiados. En ese objetivo, el monarca Vittorio Emanuele contaba con la extraordinaria habilitad política de su ministro plenipotenciario, Cavour, que se había encargado de ganarse el apoyo del imperio francés encarnado en Napoleón III.

Poco a poco, sin prisa pero sin pausa: ése parecía el lema de Cavour, que tenía a Napoleón III bien sujeto gracias a la cooperación de una bellísima parienta suya, Virginia "Nicchia" de Castiglione, enviada a París para que se convirtiese en influyente amante de aquel Bonaparte. Los piamonteses financiaban generosamente a los "patriotas italianos" que mantenían en permanente tensión las regiones de Lombardía y Venecia, en poder del imperio austríaco. En Viena, no se ignoraba que los desórdenes en el Lombardo-Véneto estaban promovidos y patronizados desde Turín. Cavour confiaba en que, en cualquier momento, el emperador de Austria perdería "los nervios" y reaccionaría enviando un ultimatum que serviría de prolegómeno a la guerra. Frente a Austria, Piamonte no estaría solo; contaría con la inestimable cooperación de Francia. De una tacada, si la suerte les sonreía lo justo, los piamonteses se harían con el control de los ducados de Toscana y Módena, gobernados por príncipes de la casa Habsburgo-Lorena, y probablemente obtendrían también al menos una parte relevante del Lombardo-Véneto.

Cavour echó sus cuentas de maravilla. Porque, en abril de 1859, Franz Joseph, efectivamente, cayó atrapado en la tela de araña que había ído tejiendo, en los años precedentes, el audaz ministro de Vittorio Emanuele.


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NotaPublicado: 16 May 2009 15:13 
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Registrado: 17 Feb 2008 20:47
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Aquella guerra supuso un desastre sin paliativos para Austria.

Franz Joseph se metió en la boca del lobo al enviar a Turín aquel ultimatum que Vittorio Emanuele y Cavour esperaban ansiosamente. Enseguida, el imperio austríaco se encontró con que le hacían "un corte de mangas" al que sólo podía responder enviando sus ejércitos a invadir el Piamonte. Así, Austria pareció el país agresor y Piamonte se quedó con la imagen de país agredido. Francia pudo anunciar de inmediato, en estilo épico, que acudía en auxilio de Piamonte porque Austria había atacado.

El emperador Habsburgo buscó apoyos en la miríada de países que conformaban la Confederación Germánica. Al invocar en su auxilio a los reinos y grandes ducados de aquella entidad, contaba con hallar una respuesta positiva. Pero se llevó un chasco. Prusia llevaba tiempo esperando a que Austria cometiese un error, para incrementar su propia influencia a costa del declive de la vieja potencia danubiana. El resto de naciones alemanas siguieron el ejemplo de Prusia, quedándose al margen de aquel conflicto que ni les íba ni les venía. Ni siquiera Baviera se adhirió a Austria, lo que, de por sí, lo decía todo, puesto que la madre de Franz Joseph había nacido princesa de Baviera y también la esposa de Franz Joseph era en origen una princesa de Baviera.

Ese episodio bélico empezó mal...y acabaría peor. Los vieneses se quedaron estupefactos cuando los emperadores, rodeados de archiduques, presidieron nada menos que un gran concurso hípico en el Prater. Les tocó las narices que la bella y elegante emperatriz entregase los trofeos a los vencedores, ante la mirada embelesada del emperador. Porque, previamente, se habían anunciado escalofriantes subidas de impuestos para sufragar una guerra a la que se había enviado a miles de muchachos bajo el mando del general Gyulai. Gyulai había recibido tal encomienda porque se trataba de un íntimo amigo del conde von Grünne, a su vez consejero aúlico de Franz Joseph; pero enseguida se hizo patente que aquel comandante en jefe sólo sumaba derrotas. A medida que se intensificaba el flujo de trenes que cubrían el trayecto desde la Alta Italia hasta Viena abarrotados de soldados heridos, mutilados salvajemente e incluso moribundos, los vieneses empezaron a protestar ruidosamente.

En Magenta, el 4 de junio de 1859, las fuerzas combinadas francesas y piamontesas, dirigidas por el mismísimo emperador Napoleón III ex aqueo con su general de confianza MacMahon, lograron imponerse a las tropas austríacas lideradas por Ferencz Gyulai. Franceses y piamonteses pagaron un precio por la victoria: algo más de seiscientos muertos, así como casi cuatro mil heridos. Pero los austríacos hubieron de afrontar una auténtica masacre: perecieron casi mil cuatrocientos hombres, cuatro mil quinientos recibieron heridas y otros cuatro mil quinientos cayeron prisioneros. Al recibirse la noticia en Viena, la gente se inflamó en cólera hacia el general Gyulai, hacia el conde von Grünne y, de rebote, hacia el emperador Franz Joseph.

Franz Joseph, humillado y avergonzado, sólo vislumbró una salida honorable. Por supuesto, Gyulai caía en desgracia, pero, además, declaró que él en persona le reemplazaría en el mando de las tropas desplegadas en la Alta Italia. Era una decisión que demostraba su profundo sentido del deber, su compromiso hacia sus ejércitos y su pueblo; pero, en otro aspecto, se trataba de una decisión que no tenía ni pies ni cabeza. Franz Joseph estaba muy orgulloso de su instrucción militar; lucía con donosura sus uniformes, plagados de charreteras y galones; pero, en realidad, sólo tenía capacidad para presidir maniobras, no para dirigir una campaña y menos una campaña en la que se encontraban en clara desventaja frente al enemigo.

Pero Franz Joseph se fue a la guerra, llevando consigo a von Grünne (que también necesitaba redimirse...) y creyéndose un nuevo Marlborough. Una Elisabeth completamente aturdida y llorosa acompañó al marido que partía al frente hasta Mürzzusschlag. De Mürzzusschlag regresó a Viena en un lamentable estado, sacudida por los sollozos y deshecha en lágrimas. La niñera imperial, Leopoldine Nischer, se quedó espantada al comprobar que la emperatriz no podía sobreponerse a la angustia ni siquiera en presencia de los chiquillos. Gisela, de tres añitos, se contagiaba del estado de ánimo de su madre. Rudolf, por suerte, sólo contaba un añito. Su tierna edad le mantenía ajeno a la situación, pero Leopoldine juzgaba que no había nada positivo en que tuviese que presenciar la histeria de Elisabeth.

Fue un verano aciago. Antes de la partida de Franz Joseph, durante la primera etapa de la contienda, Elisabeth había tratado de representar el papel tradicional de una emperatriz. En palacio, se habían organizado grupos de damas que dedicaban largas horas a confeccionar vendas o a preparar paquetitos para los soldados, conteniendo picadura de tabaco, pastillas de jabón, ropa, etc. Simultáneamente, había visitado los hospitales en los que se hacinaban los heridos repatriados en tren. Era algo que elevaba la moral de los habitantes de la ciudad, así que se esperaba que siguiese interpretando aquel rol de "ángel caritativo" en ausencia del marido. Sin embargo, Elisabeth reaccionó encerrándose en sí misma. De nuevo dejaba de comer, porque le faltaba el apetito o porque su cuerpo expulsaba los pocos bocados que conseguía tragar; tampoco dormía por las noches. Empezó a dedicarse por entero a montar a caballo, a un ritmo frenético, alocado. En la corte todos se hacían cruces, empezando por la archiduquesa Sophie (que seguía desplegando una gran actividad con el apoyo de la condesa de Esterházy) y el doctor Seeburguer.

Consciente de la situación, Franz Joseph, desde Verona, escribió a su tía y suegra, Ludovika. Le pidió que viajase a Viena o que, si no podía permitírselo, mandase a su hija Mathilde, apodada Spatz. La presencia de Spatz seguramente ejercería un influjo benéfico en Elisabeth. Franz Joseph no estaba en condiciones de ofrecer más soporte a su mujer. Bastante apurado se hallaba en la Alta Italia.

Porque el mando del emperador se reveló calamitoso. Si Ferencz Gyulai la había pifiado en Magenta, Franz Joseph la pifió en Solferino. A nadie se le escapaba que la falta de conocimientos y talento para la estrategia de un soberano había conducido a una sangrienta debacle, con veinte mil hombres muertos, heridos o desaparecidos en el bando austríaco. Los vieneses, enterados de lo acontecido, salieron a las calles para dar rienda suelta a su furia. Sus soldados habían sido "leones", pero "leones conducidos por asnos". Estaba claro a quien se consideraba el mayor de todos los asnos: al emperador. En las algaradas, arreciaban los gritos pidiendo que Franz Joseph abdicase. Y no precisamente a favor del kronprinz Rudolf, sino a favor de uno de los tíos de éste: el archiduque Maximilian, Maxi. Ese hecho envenenaría definitivamente la relación de Franz Joseph con su hermano Maxi.


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NotaPublicado: 16 May 2009 15:29 
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Ésta sucesión de hechos no fue percibida, obviamente, por el pequeño Rudolf. Era un crío, demasiado pequeño para enterarse de lo que acontecía. Én su entorno infantil, todo estaba bien mientras Leopoldine Nischer se encargase de dirigir con eficacia al conjunto de nodrizas y doncellas que se ocupaban de los niños imperiales. Compartía con Gisela los apartamentos, ambos recibían cuidados y atenciones, a ambos se les procuraban distracciones. Aquel verano, a pesar de la guerra, a pesar de las penurias y la atmósfera luctuosa que envolvían el país, los chiquillos fueron felices.

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Gisela y Rudolf, en su carruaje tirado por un poney cuyas riendas sujeta el lacayo.

Y, sin embargo, lo que estaba pasando en la Alta Italia tendría un impacto directo en su existencia.

Franz Joseph tuvo que abatir su orgullo de casta para reunirse, en Villafranca, con Napoleón III. Lo cierto es que los piamonteses hubiesen deseado proseguir con las hostilidades, pero a los franceses ya no les convenía seguir debilitando a los austríacos. En Villafranca, se firmó un armisticio. Los piamonteses que ya se habían hecho meses antes con los ducados de Toscana y Módena, de dónde los Habsburgo reinantes hasta entonces habían tenido que partir apresuradamente para encontrar asilo en Viena, se contentaron con que, ahora, se les entregase Lombardía. Los austríacos se quedarían solamente con Venecia.

Después de estampar su firma en el tratado de paz, Franz Joseph retornó a Viena. Era consciente de que sus súbditos no íban a recibirle con agrado, sino con una ferviente animosidad. Seguían produciéndose algaradas e incluso se fraguaban planes para atentar contra la vida de aquel emperador que no había tenido "el detalle" de abdicar. El ambiente permaneció enrarecido durante semanas, porque, para colmo, salieron a la luz una serie de corruptelas en el ejército. Aquellas revelaciones, escandalosas, llevaron al suicidio mediante degollamiento a un ministro, forzando la remoción de otros compañeros de gobierno y la deposición de una serie de generales.

Pero Franz Joseph se mantenía y tardó en entender que, al menos, debía sacrificar a su consejero aúlico von Grünne. Por poco no lo entendió demasiado tarde, visto el clima político que se extendía como una mancha de aceite por el imperio.


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NotaPublicado: 16 May 2009 15:31 
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Gisela y Rudolf.

Por añadidura, 1860 no sería un año que devolviese las aguas a su cauce y promoviese una atmósfera doméstica apacible. Los dos niños retratados, Gisela y Rudolf, no podían intuír que poco después del regreso de su derrotado padre, una grave crisis haría saltar por los aires el matrimonio imperial...


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NotaPublicado: 16 May 2009 17:42 
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Todavía en la actualidad, sigue siendo objeto de apasionados debates el tratar de establecer los motivos que provocaron "el cataclismo" en el matrimonio imperial. Aunque, en realidad, puestos a especular, quizá a esas alturas se hubiese acumulado tanta tensión que cualquier bagatela podría haber derivado en un gran estallido.

Lo cierto es que Franz Joseph se había comprometido y casado con Elisabeth absolutamente enamorado. Él, un hombre serio y firme, de recios principios, con una intensa autodisciplina, eminentemente práctico, volcado en el trabajo, que sólo se permitía de vez en cuando desconectar de sus obligaciones oficiales por unas jornadas cinegéticas, había quedado prendado por una muchacha que llevaba en las venas sangre real pero había crecido ajena a etiquetas y protocolos, con una formación bastante superficial, disfrutando de una extraordinaria libertad, dando rienda suelta a su hipersensibilidad y su fantasía. Respecto a la propia Elisabeth, es bastante más dudoso que pronunciase sus votos nupciales por amor. Sin duda, cuando Franz Joseph la había distinguido con sus atenciones, se había sentido al principio confusa y sorprendida a partes iguales, después tan halagada como corresponde a una quinceañera. Él había hecho alarde de dulzura y gentileza, en tanto que ella había reconocido que se trataba de un tipo al que podía querer. Ominosamente, había añadido la coletilla de que le querría mucho más...si no fuese emperador. Pero precisamente porque era el emperador, no hubo ninguna posibilidad de que la chica solicitase tiempo para meditar su respuesta en el momento en que se le hizo saber que deseaba hacerla su esposa. La cosa fue más o menos así: la madre de él, Sophie, habló francamente con la madre de ella, Ludovika; las dos egregias señoras, hermanas entre sí, habían estado de acuerdo en que la candidata perfecta para Franz Joseph era Helena, Nené, hermana mayor de Elisabeth, pero, puesto que Elisabeth había atraído a Franz Joseph con la fuerza de un imán a un pedacito de metal, Ludovika debía plantearle ese giro de los acontecimientos a la muchacha. Más adelante, alguien le preguntaría a Ludovika si la muchacha había aceptado por su voluntad y con gusto el noviazgo. Ludovika se limitó a contestar: "Al emperador de Austria no se le dan calabazas".

Con todo, Elisabeth pareció sinceramente ilusionada con su compromiso...aunque la aprensión hizo mella a medida que transcurrían las semanas. La autoritaria madre de Franz Joseph había insistido en que las deficiencias en la educación de la princesita bávara debían solventarse antes de la boda. Un ejército de preceptores se hizo cargo de la tarea, mientras otro ejército de costureras, bordadoras y sombrereras preparaban el "trousseau" de la novia. El panorama resultaba intimidante e incluso amedrantador para Elisabeth. Sin duda, puso voluntad, pero, nada más llegar a Viena tras remontar el Danubio en un vapor maravillosamente engalanado, descubriría que la voluntad que había puesto no se valoraba ni pizca.

Todavía era demasiado inmadura, incluso infantil. Se percibía en ella una naturaleza espontánea y franca que no cuadraba en una corte imperial orgullosa de su intrincado ceremonial "a la española". No sabía disimular ni fingir, en ella no había recámara ni artificio. Estaba mal condicionada para ajustarse a una forma de vida reglada hasta en los más nimios detalles. Que su suegra se empeñase en tratarla como a una niña tonta y díscola no ayudó en absoluto. Sophie tenía la mejor intención: quería extraer una verdadera emperatriz de una princesa "asilvestrada", "recien llegada del campo", "escasamente cultivada" y "a la que se hacía imperativo refinar". Pero sus métodos no fueron los adecuados, considerando la personalidad de la chiquilla. Rodearla de damas simpáticas y agradables que la guiasen con afecto por el intrincado laberinto de normas de etiqueta palaciega quizá podría haber funcionado. En cambio, rodearla de damas de cierta edad, severas e implacables, creó un amargo resentimiento en la muchacha.

Franz Joseph no podía darle a su esposa el soporte emocional que ésta hubiera necesitado. El matrimonio no había empezado bien: ni en la noche de bodas ni en la noche siguiente, pudo él, cuya experiencia sexual se reducía a sus encuentros cuidadosamente planificados con "condesas higiénicas", consumar el vínculo. En la tercera noche, la recien casada dejó de ser virgen, pero la experiencia le resultó tremendamente desagradable y bochornosa. Luego, sucedió que la luna de miel fue demasiado breve: no se les concedió un período de soledad y aislamiento en un paraje encantador, en el que pudiesen dedicarse el uno al otro y poner juntos los cimientos de su relación conyugal. En teoría, los dos estaban de luna de miel en el Laxenburg, pero Franz Joseph acudía cada mañana al Hofburg a despachar sus asuntos de Estado, regresando a Laxenburg al atardecer; entre tanto, durante la jornada, Elisabeth había permanecido sola, en un entorno conformado por damas que la vigilaban para poder chivarse de cualquier falta de protocolo. Ya en edad madura, Elisabeth recordaría con tristeza su luna de miel, en la que no dejó de componer poemas evocando su patria y la libertad perdida.

Los conflictos se incrementaron a raíz del nacimiento de la primera hija, Sophie. La archiduquesa Sophie, abuela paterna, tía abuela por vía materna y madrina de la niña a la que hubo que imponer su nombre, enseguida maniobró para hacerse cargo de la chiquitina. Ahí Sophie tampoco llevaba mala intención: su sobrina-nuera, Elisabeth, aún necesitaba aprender a comportarse como una emperatriz; debía asumir rápidamente una serie de deberes institucionales y de representación, que requerían máxima dedicación; no estaba, por tanto, en condiciones de ocuparse de forma directa de la crianza de una niña. Pero, por supuesto, Elisabeth se tomó las acciones de su suegra como una agresión. Ahí se inició una trifulca, a veces soterrada, otras veces manifiesta, en torno a la tutela de los hijos imperiales. La trifulca alcanzó su culmen después del advenimiento de una segunda niña, Gisela.

Los intentos de Elisabeth por recuperar el control sobre sus hijas la llevaron, por ejemplo, a empecinarse en que ambas la acompañasen en el viaje a Hungría durante el cual cayeron enfermas. La emperatriz, entonces de veinte años, vivió la agonía de su hija mayor y estuvo presente en la muerte de aquella criatura que aún no había cumplido dos años. El golpe emocional fue tremendo. Sin duda, Franz Joseph sufrió no menos que Elisabeth el primer impacto, pero el emperador se resignó antes. La emperatriz cayó de lleno en una depresión.

Luego, por fín, Elisabeth hizo algo bien incluso a ojos de su exigente suegra: parir un varón. Pero los ruegos de Elisabeth para que le permitiesen amamantarle cayeron en saco roto. La salud de la emperatriz quedó seriamente quebrantada a causa de las fiebres puerperales. Cuando empezaba a reponerse físicamente, se produjo la guerra en la Alta Italia. Los nervios de Elisabeth estaban sobrecargados, por lo que no puede sorprender su reacción histérica tras la marcha de Franz Joseph al frente de batalla.

Si las cosas hubieran salido bien...quizá hubiese podido producirse una etapa tranquila. Pero las cosas habían salido espantosamente mal. Austria hubo de retirarse de gran parte de la Alta Italia. Sí, conservaban Venecia, pero habían perdido Lombardía...una de las provincias más prósperas y ricas del imperio. Franz Joseph retornó como un hombre que había apurado hasta la última gota del cáliz de las derrotas y las humillaciones.

Entre tanto, a principios de 1860, aprovechando la pujanza adquirida a partir de las victorias en la reciente guerra, los piamonteses apoyaron de manera resuelta a las tropas garibaldinas que, decididas a acelerar el proceso de unificación italiana, amenazaban con abatirse sobre el reino de Nápoles. Aquello puso a Elisabeth de nuevo en una situación de fuerte ansiedad. El rey Ferdinando II de Nápoles se había muerto mucho antes de lo esperado, con lo que su hijo Francesco había ascendido prematuramente al trono bajo el nombre de Francesco II; con él había ascendido María Sofia, su esposa sólo de nombre, ya que una fimosis de él había impedido hasta entonces la consumación del matrimonio. Francesco II era básicamente honesto e íntegro, un individuo de sólida religiosidad cargado de las mejores intenciones; pero, como no estaba preparado para asumir el gobierno, dependía en exceso de su madrastra, la reina viuda María Theresa, nacida archiduquesa de Austria. María Theresa, una ultrareaccionaria espoleada por su camarilla, proporcionó a Francesco unas pautas que, desde luego, no íban a ser las adecuadas en aquella época turbulenta, cuando se presentía una conflagración decisiva para el futuro del reino meridional.

Elisabeth estaba -naturalmente- muy preocupada por María Sofía. Quería a su hermana, por lo que vivía en un sinvivir a medida que los garibaldinos avanzaban hacia Nápoles. Los intentos de Elisabeth por conseguir apoyo austríaco para los napolitanos no obtuvieron éxito. En realidad, no podían obtenerlo: después de las desastrosas derrotas del año 1859, en 1860 Franz Joseph no estaba en condiciones de meterse en el berenjenal de coaligarse con los Borbones de Nápoles. Franz Joseph no era indiferente a la suerte de María Sofía, su prima y cuñada. Pero, sencillamente, no estaba en situación de intervenir con sus tropas en el Sur de Italia cuando hacía solamente unos meses le habían propinado un formidable varapalo en el Norte de Italia. Puede que, usando la cabeza, Elisabeth lo comprendiese; pero su corazón sangraba profusamente, estaba de nuevo abatida y deprimida.

¿Qué hizo reventar aquella situación? Los rumores circularían después entre los vieneses, que hacían del cotilleo un arte. Esos rumores apuntaban a que Elisabeth habría contraído una enfermedad venérea, leve pero que había necesitado tratamiento. De esa manera tan cruel, Elisabeth se habría enterado de que su esposo se había permitido algunas canitas al aire. Quizá una de las "condesas higiénicas" de ese período no hubiese resultado tan "higiénica" como se presuponía o tal vez hubiese picado fuera del ámbito de las "condesas higiénicas", murmuraban los vieneses. Por supuesto, existe la probabilidad de que haya ocurrido algo parecido, aunque los indicios no parecen apuntar a ninguna enfermedad venérea en el historial de la emperatriz. Incluso sin contagios, ella pudo enterarse de algún modo de que su marido no le había sido absolutamente fiel.

El caso es que, en julio de 1860, Elisabeth cogió a su hija Gisela y emprendió la huída de Viena. Todavía no se había inaugurado la nueva línea ferroviaria que conectaba Viena con Munich, pero era tanta la prisa de Elisabeth por largarse con Gisela que hizo que se preparasen en un santiamén un vagón enganchado a una locomotora para cubrir ese trayecto. Las dos llegaron a Possenhofen en un tiempo récord, para asombrada consternación de la familia de Elisabeth. Esa fuga no íba a pasar desapercibida.

Elisabeth se mantuvo en Possenhofen con Gisela durante casi un mes. Se la presionó duramente para que retornase a Austria, en concreto a Bad Ischl, al acercarse el 18 de agosto, fecha en la cual se conmemoraba el cumpleaños de Franz Joseph. Tenía tan pocas ganas de reencontrarse con su marido y parientes políticos, que se hizo acompañar por su hermano favorito Carl Theodor "Gackel" y por su hermana Mathilde "Spatz". En Viena, el hecho de que ella hubiese necesitado una escolta para volver a casa suscitó un aluvión de comentarios irónicos.


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NotaPublicado: 16 May 2009 17:46 
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Y ése fue el inicio de la trayectoria errática y errante de Elisabeth. Ese mismo año de 1860, pretextando una grave enfermedad pulmonar, marcharía con un reducido séquito a la isla atlántica de Madeira. Abandonó Viena en noviembre de 1860. No retornó hasta mayo de 1861. Y cuando retornó, se quedó en Viena solamente cuatro días antes de largarse a Possenhofen, en Baviera, para asistir a la boda de Mathilde con Luigi de Trani. Después, aduciendo de nuevo motivos de salud, se dirigiría a la isla griega de Corfú. Hasta octubre permaneció en la isla griega y después viajó a Venecia: allí se reunieron con ella el 3 de noviembre los pequeños Gisela y Rudolf, a quienes había acompañado la condesa Sophie Esterházy.


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NotaPublicado: 16 May 2009 17:49 
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Una vez expuesto, en líneas generales, el panorama de la vida doméstica de Franz Joseph y Elisabeth, volvamos al pequeño Rudolf...

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NotaPublicado: 16 May 2009 18:10 
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Al igual que su hermana Gisela, Rudolf creció prácticamente en ausencia de la madre. Elisabeth era una presencia elusiva en sus vidas, por decirlo de otra forma. De año en año, la emperatriz buscaba mil excusas para marcharse lejos de Viena, incluso lejos de Austria. Necesitaba evadirse de su marido, de su suegra, de sus parientes políticos, de una corte que la sofocaba, de unas obligaciones institucionales que no le interesaban ni un ápice. Pocas veces se dejaba caer por el Hofburg o Schönnbrunn. Cuando aparecía, lo hacía a desgana, lo cual se traducía en que enseguida enfermaba y por tanto se confinaba en sus aposentos. Evidentemente, los niños tenían pocas oportunidades de encontrarse con aquella mamá cuya belleza y rebeldía pasmaban al mundo entero.

Gisela y Rudolf dependían, básicamente, de su abuela Sophie. Sería conveniente no caer en la tentación de hacerse una imagen mental de Sophie basándose sólo en su tensa, conflictiva y en conjunto desdichada relación con Elisabeth.Sophie cometió el error de no empatizar nunca con Elisabeth, pero Elisabeth tampoco se tomó el trabajo de ponerse en los zapatos de Sophie. Puede que Sophie no se lleve los laureles de buena suegra, pero, en honor a la verdad, hay que decir que tampoco Elisabeth ganaría una competición de nueras ejemplares.

De lo que no cabe duda es de que Sophie fue una abuela abnegada y devota. Adoraba a sus nietos, a cada uno de sus nietos. Su "Diario" está plagado de referencias a los niños, reflejando que para ella adquiría gran importancia cualquier acontecimiento en las vidas de éstos, empezando por los dolores de encías y las fiebres producidas por la dentición infantil. Los pequeños progresos de los chiquillos llenaban de satisfacción a la egregia señora. Sí, estaba chapada a la antigua, era notablemente conservadora y tradicionalista, religiosa hasta rayar en la intolerancia hacia quienes no profesaban un firme catolicismo, etc. Pero con sus nietos sacaba a relucir su lado cariñoso y tierno.

Los miembros de la familia Habsburgo se deshacían en elogios hacia los niños, que, en lengua afilada de una archiduquesa, "parecían enteramente hijos de su padre, de tan buenos y obedientes cómo se mostraban".

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Esta es una pequeña exageración, por supuesto, destinada a clavarle la puñalada a Elisabeth. Gisela siempre sería más Habsburgo que Wittelsbach, una niña dócil y complaciente, fácil de llevar. En cambio, Rudolf era muy Wittelsbach. Pero en sus primeros años, seguramente los niños respondían a esa imagen de criaturas perfectamente educadas según las pautas establecidas por su abuela Sophie.


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NotaPublicado: 16 May 2009 18:12 
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Los hermanitos en distintas secuencias...

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