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 Asunto: KAISERIN ELISABETH.
NotaPublicado: 10 Sep 2008 17:35 
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In memorian
Elisabeth Amalie Eugenie, emperatriz de Austria, reina de Hungría y reina de Bohemia.
Fallecida por causas no naturales, en Ginebra, Suiza, el día 10 de septiembre de 1898.
Hoy, se cumplen 110 años de su asesinato.


Nota: Y aunque ya sé que se dedican los libros, no los temas en los foros, por mi parte le dedico mis aportaciones en éste a Princesaguaraní, nuestra Patri, que ha sido la única que ha reparado en que hoy se cumplían 110 años del asesinato de la emperatriz Elisabeth...


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NotaPublicado: 10 Sep 2008 18:22 
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La emperatriz Elisabeth parecía un alma en pena vagando de un lado a otro. En noviembre de 1897, se había establecido por un tiempo en Cap Martin, en la Riviera Francesa, para más tarde dirigirse, a través de Marseille, hasta San Remo, en Italia. Después había tomado la ruta a Territet, en Suiza, a principios de marzo. Hacia finales de abril, llega al balneario de Bad Kissingen, uno de sus predilectos: su esposo Franz Joseph se reúne allí con ella, mostrándose horrorizado ante el aspecto enfermizo y la melancolía depresiva que exhibe la soberana. En julio, Elisabeth vuelve a reunirse con Franz Joseph y la hija menor de ambos, la archiduquesa Valerie, en la residencia estival de la familia imperial austríaca: Bad Ischl. De ahí marcha a Munich, para visitar a sus familiares y porque desea intensamente volver a saborear la magnífica cerveza bávara en Hofbräuhaus. Luego, marcha a Bad Neuheim, para otra de sus habituales curas.

Ante de haber finalizado la cura en Bad Neuheim, Elisabeth ya había decidido pasar una temporada en Suiza. Su dama de compañía, Irma Sztáray, y su lector de griego preferido, Frederich Barker, cubren a su lado el trayecto: Mannheim, Hamburgo, Francfort y, finalmente, Territet, en suelo helvético. De Territet se desplazará a Caux.

Con cierta renuencia, Elisabeth abandona Caux con Irma Sztáray para rendir una visita de cortesía a la baronesa Julie de Rothschild en el château de Pregny. A decir verdad, Elisabeth no conoce a la baronesa Julie, pero los Rothschild son "generosos patrocinadores" de una de las hermanas menores de la emperatriz: María Sofía, destronada reina de las Dos Sicilias. En sus largas décadas de exilio, María Sofía se había acostumbrado a llevar un lujoso tren de vida. Las facturas acumuladas las pagaban los Rothschild, que, a cambio, se beneficiaban pudiendo contar en todos sus eventos sociales con la presencia de María Sofía. Para ser sinceros, la visita de Elisabeth a Julie en Pregny venía a constituír un favorcito que la emperatriz le prestaba a María Sofía.

Aún así, Irma Sztáray relataría, posteriormente, que Elisabeth, aquella eterna trotamundos, se había sentido a gusto en Pregny con la baronesa Julie. La anfitriona no había escatimado esfuerzos para agradar y contentar a su invitada. Por ejemplo, se había preparado con esmero un almuerzo variado y apetitoso que incluía los siguientes platos:

Petites Timbales á l´Impératrice
Truite du lac de Bourget
Filet de boeuf jardiniére
Mousse de volaille Périgeux
Chaudfroid de perdreaux de Bellevue
Créme glacée á la hongroise
Spongeade au citron
Manquês au chocolat


Consta que a Elisabeth le resultaron especialmente tentadores los "Petites Timbales á l´Impératrice" y la "Créme glacée á la hongroise". Incluso se bebió una copa de champagne al rematar la comida junto a la afable Julie de Rotschild, que, a continuación, sugirió un paseo por sus bellísimos jardines.

En resumidas cuentas, Elisabeth abandonó Pregny más animada de lo que hubiese esperado a priori. Con anticipación, se había decidido que, dado que la visita a Pregny se alargaría varias horas, no les convenía emprender después el regreso a Caux, sino que les venía mejor quedarse en la cercana ciudad de Ginebra, una de las ciudades preferidas de Elisabeth. Utilizando el pseudónimo que empleaba en ese tiempo la emperatriz, condesa de Hohenembs, se habían reservado unas habitaciones en el hotel Beau Rivage. Antes de irse al Beau Rivage a dormir, para ponerle el broche de oro a la jornada, Elisabeth quiso visitar una de sus confiterías favoritas (era una golosa impenitente...) y se detuvo en una tienda de juguetes a comprar regalos para sus nietos.

Al día siguiente, 10 de septiembre, cuando Elisabeth e Irma abandonaron el Beau Rivage, se dirigieron a un embarcadero en el lago Lemán, para tomar el barco de línea desde Ginebra a Caux. Tenían que estar a bordo para la salida fijada a las 13:40. Durante el breve trayecto, ocurre lo que parece un desagradable incidente: un individuo se abalanza de repente sobre ellas, aparta la sombrilla con la que se cubre el rostro la emperatriz para cerciorarse de su identidad y le asesta un golpe. Elisabeth cae de espaldas al suelo, pero no se hace daño, pues su larguísima y espesa cabellera, cuidadosamente recogida, sirve de amortiguador. La emperatriz tiene la sensación de que aquel tipo "tan desagradable" ha chocado con ella a propósito, quizá con la intención de robarle el reloj. Ayudada por Irma, se reincorpora, se sacude el polvo del vestido negro y sigue su camino. Las dos suben al barco que aguarda meciéndose suavemente sobre las aguas del Lemán.

El pequeño vapor acababa de levar anclas cuando Irma Szátary emitió un grito: Elisabeth se había desplomado en la cubierta. En un principio, se creyó que se trataba de un desmayo provocado por la impresión retardada que había causado en ella el choque con el "desagradable desconocido". Sin embargo, al desabrochar el corpiño de su vestido para masajearle el pecho, Irma descubrió un agujerito en la camisa de fina batista por la que manaba un goterón de sangre pardusca. De inmediato se avisó al capitán, hasta entonces ignorante de que entre sus pasajeros figuraba una emperatriz asistida por una condesa. El vapor dió un giro para volver a puerto. Unos sillones de terciopelo asentados sobre unos largos remos les sirvieron para improvisar la camilla en la cual se trasladó a la inconsciente emperatriz hasta el hotel Beau Rivage. Para cuando llegó allí el doctor, éste sólo pudo certificar que la augusta señora había fallecido a las 14:40 horas en compañía de su dama húngara.


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NotaPublicado: 10 Sep 2008 18:41 
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Así, de esa forma, concluyó la existencia de Elisabeth Amalie Eugenie, entonces de sesenta años de edad. La noticia supuso un shock traumático más que nada por las circunstancias que habían rodeado su desaparición. El hombre que había chocado con ella nunca había pretendido "robarle el reloj", sino clavarle en el corazón una lima bien afilada. En realidad, no era "nada personal": Luigi Lucheni, anarquista italiano, llevaba tiempo soñando con asesinar a algún personaje de la realeza y, en principio, se había desplazado a Ginebra porque creía que allí podía cumplir su anhelo quitándole la vida a Henri de Orleans. Pero Henri de Orleans había suspendido su prevista visita a Ginebra, dejando a Lucheni compuesto sin víctima. A Lucheni le hubiera encantado irse a Italia a matar al rey Umberto, pero carecía de dinero para sufragarse el nuevo viaje. Estaba rumiando su disgusto y su frustración cuando en un periódico leyó que la emperatriz Elisabeth de Austria, bajo el seudónimo de condesa de Hohenembs, se hallaba albergada en el Beau Rivage, si bien saldría de Ginebra en dirección a Caux al mediodía del 10 de septiembre.

Probablemente, Lucheni consideró la noticia en el periódico un guiño de la diosa Fortuna. Henri se le había escaqueado, Umberto estaba fuera de su alcance, pero Elisabeth se encontraba "a mano". Para lo que él quería -cometer un magnicidio- bien valía la emperatriz de Austria. No importaba que se tratase de una anciana de salud muy deteriorada, tanto física como psíquicamente. Lo que importaba era que se trataba de una "testa coronada", uno de aquellos espantosos "parásitos" que convenía "extirpar de la sociedad".

El consuelo, para quienes querían a Elisabeth, provino de la certeza de que había tenido una muerte rápida e indolora. Ella había sentido que un hombre la empujaba, pero no el estilete clavándose en su corazón. Se había levantado del suelo convencida de que habían querido robarla, no de que le habían asestado una herida mortal. Había caminado por su propio pié cien metros, había subido a la cubierta del vapor y había presenciado cómo levaban anclas. A continuación, había caído redonda al suelo...sin conocimiento. No había habido sufrimiento alguno en su tránsito al otro mundo. Su amiga la reina Elisabetta de Rumanía, famosa en el ámbito literario por el pseudónimo Carmen Sylva, estaba convencida de que ésa era precisamente la clase de muerte que Elisabeth hubiese elegido si se le hubiese concedido la gracia de poder escoger.

En cambio, no se le otorgó el entierro que ella hubiera querido. Tiempo atrás, Elisabeth había declarado que nada le agradaría tanto como ser enterrada en lo alto del monte Agia Kyriaki, cercano a su palacio Achilleion, de la isla de Corfú. El Agia Kyriaki ofrecía unas hermosísimas panorámicas del mar que rodeaba la isla, algo que atraía intensamente a Elisabeth. Pero, desde luego, Elisabeth era la emperatriz de Austria, reina de Hungría y reina de Bohemia. Desde el preciso instante en que se notificó a Viena la noticia de su fallecimiento inesperado, se puso en marcha la compleja maquinaria del protocolo imperial en lo que atañía a las honras fúnebres de los Habsburgo.

Le gustase o no, acabaría yaciendo en la Cripta de la Iglesia de los Capuchinos de Viena después de que se le hubiesen tributado unas exequias acordes con su rango.


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NotaPublicado: 10 Sep 2008 19:58 
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Franz Joseph y Elisabeth, recien comprometidos.

Elisabeth había realizado su entrada en la Historia siendo aún una adolescente. El día 19 de agosto de 1853, cuando se formalizó su compromiso con el emperador de Austria Franz Joseph I, Elisabeth tenía solamente quince años de edad. En una etapa posterior de su vida, declararía en tono corrosivo y amargo:

-El matrimonio es una institución absurda. Una se ve vendida a los quince años y presta un juramento que no entiende, del que luego se arrepiente a lo largo de treinta años...o más...pero que ya no puede romper.

En realidad, la experiencia de Elisabeth refleja que lo que aparenta ser un "cuento de hadas" puede tener un trasfondo bastante desolador.

Pero...volvamos hacia atrás, para comprender mejor el devenir de los acontecimientos.

Este retrato de la época muestra a Franz Joseph I, quien había ascendido al trono imperial de los Hasburgo con apenas dieciocho años:

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No ofrecía precisamente una mala estampa: por el contrario, era un mozo bien plantado. Su acceso al poder se había producido en circunstancias que podríamos calificar de dramáticas: el año 1848 se había distinguido por una oleada de revoluciones liberales que habían ído produciéndose en casi todos los países europeos, como si la caída de la primera ficha (en París, desde luego...) hubiese provocado un terrible efecto dominó; Viena no se había librado de su propia sublevación, que había determinado la fuga de la familia imperial a Olmütz, en Bohemia, una fortaleza en la que los Habsburgo habían tenido que tomar medidas expeditivas para que no les ocurriese lo que a los Orleans en Francia. La madre de Franz Joseph, la enérgica archiduquesa Sophie, nacida princesa real de Baviera, había maniobrado inteligentemente. Había acusado al ya anciano canciller Metternich de haber pretendido lo imposible...sostener la estructura imperial en torno a un emperador, Ferdinand I, que todo el mundo sabía que no podía gobernar porque era un retrasado mental que padecía frecuentes crisis de epilepsia. El asunto sólo tenía una posible solución: Ferdinand I debería abdicar, retirarse a algún castillo y dejarse cuidar por su piadosa esposa, María Anna de Saboya; Metternich, cuya época había pasado, también tenía que abandonar la cancillería para que le atendiese su joven tercera mujer, Melanie. La abdicación de Ferdinand I hubiese debido significar el ascenso al trono de su hermano varón, el archiduque Franz Karl; pero Franz Karl era un individuo de pocas luces, letárgico y abúlico, así que, aunque la archiduquesa Sophie hubiese podido hacer y deshacer a su antojo con ese marido suyo en el trono, la augusta dama prefería que ascendiese el hijo primogénito de ambos: Franz Joseph.

Sophie había dirigido cuidadosamente la educación de Franz Joseph, para que, a su debido tiempo, él pudiese ser el perfecto emperador del católico imperio austríaco. Franz Joseph tenía una aguda conciencia de su rango y un enraizadísimo sentido del deber. Pondría al servicio de la corona una extraordinaria capacidad de trabajo: de principio a fín, joven o anciano, se sentaría cada día a las seis de la mañana ante la mesa de su despacho y no se retiraría a sus aposentos, amueblados con espartana sencillez, hasta después de haber dado cuenta de la frugal cena. Sólo se permitiría algunos días de asueto para practicar la caza, su entretenimiento favorito. Nadie jamás pudo echarle en cara que no ejerciese una constante autodisciplina y un elevado nivel de exigencia hacia sí mismo.

Por supuesto, en los albores del reinado de Franz Joseph, Sophie jugó un papel fundamental. En primer lugar, Franz Joseph agradecía los desvelos y afanes de su madre por haberle convertido en emperador. En segundo lugar, Franz Joseph reconocía que se trataba de una mujer firme, enérgica, resolutiva, dentro de una visión político-social bastante conservadora. Puede decirse que Sophie participó activamente en el gobierno del imperio en esa etapa crucial.

Pero Sophie no sólo se preocupaba de que su hijo adquiriese las hechuras y maneras de un emperador que transmitiese de forma clara su autoridad. También le interesaba mantener firmemente encarrilada la vida privada de su hijo. En Viena, con unos habitantes que hacían del cotilleo no sólo una tradición tan digna como el tomarse café con nata sino incluso un arte, se rumoreó que la archiduquesa, consciente de que el chico necesitaba desfogue, le proporcionaba "condesas higiénicas", es decir, muchachas de buen pedigree en perfecto estado de salud. Irse "de putañeo" tenía sus riesgos, empezando por la gonorrea y acabando por la sífilis. Las "condesas higiénicas" garantizaban que el mozo no se vería con pústulas y llagas en su miembro viril, teniendo que someterse a durísimos tratamientos a base de mercurio líquido. Los nombres de las supuestas "condesas higiénicas" flotaban en el aire vienés.

El amor, desde luego, era "otra cosa". A los catorce años, Franz Joseph se había sentido literalmente fascinado por una joven aristócrata, Berta von Marwitz. Berta formaba parte del grupo de damas de compañía de la reina Elisabeth "Elisa" de Prusia, una de las varias hermanas de la archiduquesa Sophie. En un encuentro familiar, Elisa había aparecido en escena con ese séquito que incluía a Berta. Nadie había dejado de advertir el efecto que la chica provocaba en Franz Joseph, pero, por supuesto, a aquello no se le había dado la menor importancia. Luego, cuando Franz Joseph ya era un emperador de veintidós flamantes años, había realizado un viaje a Berlín, dónde reinaba el tío Friedrich Wilhelm IV junto a la tía Elisa. En esa estancia en la corte prusiana, Franz Joseph tuvo el buen gusto de no andar persiguiendo damas de compañía para, a cambio, rondar a la encantadora princesa Anna, sobrina del monarca. Se sabe que Franz Joseph estaba prendado de Anna, tanto que la archiduquesa Sophie escribió extensas y vehementes cartas a su hermana Elisa rogándole que contribuyese a que pudiese formalizarse un noviazgo. Elisa hubiera querido disponer de suficiente influencia para vencer la oposición a una alianza dinástica con los austríacos por parte de la cancillería prusiana; pero el caso es que la cancillería seguía pautas que no íban a alterar para que su reina le hiciese el favor a la hermana archiduquesa. Anna no podría casarse con Franz Joseph.

En un intento por darle a su hijo otra opción conveniente e interesante, Sophie mandó a Franz Joseph a Sajonia. Otra hermana de Sophie, por tanto también de Elisa, era Amalia, esposa del rey Johann I de Sajonia. En Dresde, Johann y Amalia habían formado una gran familia que incluía varias hijas. Entre esas hijas, figuraba Sidonie, a quien, por edad, se veía perfecta para consorte de su primo Franz Joseph. Sin embargo, a Franz Joseph no le agradó Sidonie, una muchacha poco agraciada y enfermiza.

De vuelta a Viena, Franz Joseph puso sus ojos en una parienta: la archiduquesa Elisabeth Franziska, hija del difunto archiduque Joseph, Palatino de Hungría, con María Dorothea de Württemberg. Elisabeth Franziska estaba considerada "la gran belleza" entre las archiduquesas austríacas de la época. Además, sumaba a su hermosura encanto y una buena dosis de refinamiento que se combinaba con una naturaleza compasiva. Pero Sophie tenía varias pegas que ponerle a Elisabeth Franziska. Para empezar, Sophie no apreciaba nada que tuviese la menor relación con la rebelde Hungría, ni siquiera a la rama húngara de la familia imperial a la que pertenecía Elisabeth Franziska. Aparte, Elisabeth Franziska, se había quedado viuda de su primer marido (otro Habsburgo pero de la rama Austria-Este, Ferdinand Karl) a los diecinueve años y tenía una hijita, María Theresa, a la que llamaban "Dada", de esa unión. A Sophie no se le ocurría ninguna "ventaja" en un eventual enlace de Franz Joseph con Elisabeth Franziska.

Para entonces, la archiduquesa Sophie "se había acordado" de su hermana menor, Ludovica. A Ludovica la habían casado en su momento con su primo Max en Baviera, un simple duque en Baviera. De alguna forma, Ludovica, nacida princesa real, había "perdido lustre" a raíz de esa boda. El resto de sus hermanastras y hermanas habían realizado matrimonios mucho más brillantes, sin lugar a dudas. Por si no bastase, Max era uno de esos Wittelsbach que mezclaba un exagerado populismo con un ramalazo extravagante -lo que, desde luego, hacía fruncir el ceño a su cuñada Sophie en Viena-. Por "culpa" de Max, Ludovica se veía viviendo la mayor parte del año en el "rústico" palacete de Possenhofen, a orillas del Starnbergsee, dónde no se observaba ni el menor protocolo. La etiqueta, allí, brillaba por su ausencia.

Pero Max y Ludovica, pese a la falta de amor en su matrimonio, habían tenido un hatajo de hijos e hijas. Según todos los informes que llegaban a Sophie, la mayor de las hijas, Helena Caroline, apodada Nené, era muy bonita y hacía gala de una perfecta compostura, por no añadir que, por comparación con sus hermanos, había recibido una excelente educación. Sophie pensó que no estaría mal continuar la vieja tradición de bodas entre Austria y Baviera. Decidida a que Helena compartiese el destino de Franz Joseph, la archiduquesa empezó a manejar las cosas para que su hermana Ludovica, acompañada por Nené, acudiese a pasar unos días con ellos en aquel verano de 1853 en Bad Ischl, su resort estival favorito.


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NotaPublicado: 10 Sep 2008 21:18 
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No sabía que Max y Ludovica no hacían un matrimonio feliz... y por cierto, Nené era horrorosa.

Me gusta mucho como has empezado la historia, desde el final.

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NotaPublicado: 10 Sep 2008 21:28 
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No se hace necesaria mucha imaginación para recrear en nuestra mente la reacción de Ludovica ante la invitación de su hermana Sophie. Se sintió inmediatamente transida por una viva emoción y una considerable agitación, pues se daba perfecta cuenta de que se estaba trazando el camino hacia un trono imperial para su hija Helena. Ella había puesto especial cuidado y esmero en la formación de Nené, porque consideraba que podría conseguirse un matrimonio provechoso para la hija mayor. Pero su sobrino emperador de Austria, uno de los más poderosos magnates del mundo entero, suponía un premio mucho mayor del que hubiese podido calcular en sus elucubraciones respecto al futuro de Nené.

Ludovica, ya lanzada, no se quedó con la idea de irse a Ischl llevando consigo a Nené. Decidió que podía añadir, en la expedición, a la siguiente hija: Elisabeth. Lo cierto era que la chiquilla, por naturaleza hipersensible, tenía bastante preocupada en esa época a su madre. Un tiempo antes, la criatura había sufrido intensamente a raíz de la muerte prematura, a consecuencia de una pulmonía, de David Paumgarten, hermano de la mejor amiga de Elisabeth, Irene Paumgarten. En aquel estado de profunda vulnerabilidad, para rematar las cosas, Elisabeth se había enamorado por primera vez, de un conde llamado Richard a quien dedicaba románticos versos. Al descubrirse el enamoramiento "inapropiado" de Elisabeth hacia Richard cuando Ludovica encontró en posesión de su hija un retrato del conde, éste había sido inmediatamente alejado del círculo real y ducal bávaro: se le envió en alguna clase de misión a un lejano país. Para cuando Richard pudo regresar a Baviera, se hallaba gravemente enfermo y no tardó en fallecer. Elisabeth, al enterarse de su triste sino, se sumió en una dolorida melancolía. Apenas tragaba bocado, casi no pegaba ojo, andaba sin ver por dónde andaba mientras se consumía ante la mirada inquieta de su madre Ludovica.

Ludovica pensó que a Elisabeth le sentaría bien acompañarlas a Bad Ischl. Sus hijas apenas habían tenido trato con sus primos imperiales, a excepción de un breve encuentro en Innsbrück unos años atrás. En aquella ocasión, sin embargo, Elisabeth había simpatizado con Carl Ludwig, el tercero de los cuatro hijos varones de Franz Karl y Sophie. Los dos intercambiaban cartas -unas cartas absolutamente inocentes, pero que denotaban un interés...- y el archiduque había llegado al extremo de enviarle a la princesa bávara una bonita sortija a modo de regalo -lo que podía sugerir cierta ternura especial por parte de él-. En la cabeza de Ludovica, brotó la idea de que, mientras Franz Joseph se comprometía con Helena, bien podía ocurrir que Carl Ludwig y Elisabeth avanzasen por la senda de un futuro noviazgo. Dos hijas situadas en la corte imperial, una en calidad de emperatriz, la otra en calidad de archiduquesa, supondrían un triunfo de grandes proporciones para Ludovica.

Y así empezó todo. La muerte de una parienta bávara en el último momento no retrasó el viaje, pero forzó a Ludovica, Helena y Elisabeth a viajar hasta Ischl llevando trajes de viaje negros en señal de luto. Ese sencillo detalle puede haber sido un factor decisivo para lo que sucedió a continuación. La duquesa, al llegar con sus hijas a la bonita localidad austríaca el día quince de agosto, se dirigió de inmediato al sencillo pero respetabilísimo hotel en el cual habían reservado habitaciones. Su equipaje, que viene en otro coche, aún no ha aparecido, de modo que tienen que contentarse con sacudirse de la ropa el polvo que se les ha adherido durante el largo camino antes de acudir al encuentro de la familia imperial en la villa que éstos alquilan cada verano. Una camarera expresamente enviada por la tía Sophie se esfuerza por arreglar la cabellera de Helena en un magnífico recogido, mientras la adolescente Elisabeth se hace, con sus manitas, un par de apretadas trenzas.

Sophie les aguardaba para tomar el té, con sus hijos y con otra invitada especial: su hermana Elisa de Prusia, que, evidentemente, también era hermana de Ludovica (y, de hecho, madrina de bautismo de Elisabeth). En el momento en que llegaron Ludovica, Helena y Elisabeth, la expectación era máxima. Franz Joseph observó a Helena...y ahí no hubo la menor química. El elaborado peinado y el vestido negro no le sentaban bien a Helena: la hacían parecer mayor de lo que era, imprimían un aire severo y un tanto adusto a su figura. Franz Joseph reconocería que poseía un rostro agraciado y un magnífico porte, pero, sencillamente, ella no le atrajo. En cambio, se quedó literalmente fascinado por Elisabeth...una muchachita que, al no tener encima de sus hombros la presión que sentía Helena por agradar, se mostraba más natural y espontánea pese a su inicial timidez.

Los dados estaban echados, pero no habían caído del lado del que se esperaba que cayeran. En los días siguientes, Sophie y Ludovica observaron, francamente desconcertadas, el manifiesto interés de Franz Joseph hacia Elisabeth. Sólo la reina Elisa de Prusia, madrina de su sobrina tocaya, parecía divertirse, porque, desde luego, ni Sophie ni Ludovica se encontraban a gusto con la situación. Helena parecía confusa y desorientada, en tanto que Carl Ludwig casi no lograba disimular sus celos al presenciar a su hermano mayor cortejando a la menor de sus primas.

¿Qué pensamientos y sentimientos albergaba Elisabeth, la chiquilla a la que llamaban afectuosamente Sissi (aunque algunos autores sugieren que eso fue una derivación posterior de Lissi, debida a que la "L" inicial en la firma de la chica se parece bastante a una "S")? Ella parece haber sido la que más tardó en caerse del guindo. A fín de cuentas, se suponía que estaban allí para que el primo Franz Joseph "se entendiese" con Nené; de repente, Franz Joseph dejaba incluso de salir de caza para poder atender a sus invitadas, pero, curiosamente, le prestaba especial atención a ella, no a su hermana mayor. Se percibía el nerviosismo de Sophie, la inquietud de Ludovica y el progresivo abatimiento de Nené, así como la actitud pelusona de Carl Ludwig. Pero Elisabeth no lograba procesar en su cabeza esa secuencia de acontecimientos.

El momento culminante se produjo en la víspera del cumpleaños de Franz Joseph. Para celebrarlo, se había organizado un baile de gala en la residencia imperial. Sabiendo de antemano, aún antes de emprender el viaje de Munich a Bad Ischl, que ese baile representaría un hito, Ludovica había insistido en que Helena llevase consigo, para lucirlo entonces, un elegante y lujoso vestido de seda blanca. No usaría joyas, pero una diadema confeccionada con hojas de yedra sujetaría sus cabellos sobre la frente, para que cayesen por la nuca una cascada de bucles. La idea general estaba clara: se pretendía conferir a Helena un aspecto romántico que no cuadraba demasiado con su personalidad. En cambio, no se había tomado apenas en cuenta el atavío de la pequeña Sissi. Llevaría un vestido en blanco con aplicaciones en rosa suave, en tanto que una gran peineta retiraría de su rostro la espesa melena trenzada. En conjunto, Sissi ofrecía una imagen infantil.

Pero eso no echó para atrás a Franz Joseph. Encantado con su primita, tenía decidido ya que bailaría con ella el cotillón, pieza de particular significación. Con ese motivo -el baile del cotillón- el emperador ofrecería a la princesa un ramillete de rosas rojas, lo cual constituía una declaración de intenciones en toda regla. En el salón abarrotado de gente, todos contuvieron la respiración mientras se producía esa escena histórica. Pero Sissi seguía sin darse por enterada: más tarde, declararía que había sido "un momento incómodo" por la atención general que había recibido.

Al día siguiente, dieciocho de agosto, hubo un banquete "familiar" por el cumpleaños de Franz Joseph, seguido de una excursión en calesas a Wolfgang. Haciendo un supremo esfuerzo, Helena participó con entusiasmo en la conversación. Pero Franz Joseph escuchaba a Helena como quien oye llover, porque seguía embelesado con Sissi. Cuando la excursión tocó a su fín, Franz Joseph aprovechó para reunirse privadamente con Sophie: quería casarse con Sissi, sólo se casaría con Sissi. Sophie debía transmitir la solicitud matrimonial a la tía Ludovica, para que Ludovica hablase con Sissi. Franz Joseph tuvo un detalle muy caballeroso: rogó a su madre que no presionasen a Sissi, porque no deseaba que su prima se sintiese forzada a aceptar la petición de mano.

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Franz Joseph y Sissi, en calesa, por los alrededores de Bad Ischl.

Según Sophie, Ludovica quedó absolutamente conmovida y arrobada cuando ella le comunicó los deseos del emperador. La charla entre Ludovica y Sissi, por otro lado, es algo a poner "en tela de juicio". Por un lado se supone que Elisabeth, llorosa, declaró que estaría contenta de casarse con su primo, aunque hubiese preferido mil veces que él no fuese emperador porque le asustaba verse elevada a semejante altura debido a su juventud e inexperiencia. Por otro lado, años después, cuando se le planteaba la cuestión de si su hija adolescente había estado en realidad bien dispuesta a ese enlace, Ludovica se limitaba a encogerse de hombros y repetir la frase:

-Al emperador de Austria no se le dan calabazas.

Es obvio que algo no cuadra. Da la impresión de que Ludovica "manipuló" hábilmente a su hija de quince años, una adolescente completamente "perdida" enmedio de aquel embrollo sentimental que ni había esperado ni había deseado. Franz Joseph la había tratado con una galantería que la complacía y halagaba, por otra parte. Él había dejado de lado la caza para estar con ella, había aguantado horas en el interior de una calesa -algo que no le gustaba ni pizca...- para compartir un largo paseo por las montañas con ella y había pedido que se instalasen columpios en los jardines de la villa para alegrarla a ella. A cualquier chica le impresionaría recibir semejantes atenciones por parte de un emperador joven y apuesto.


Última edición por Minnie el 11 Sep 2008 15:08, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: 10 Sep 2008 21:40 
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sabbatical escribió:
No sabía que Max y Ludovica no hacían un matrimonio feliz... y por cierto, Nené era horrorosa.

Me gusta mucho como has empezado la historia, desde el final.


Max y Ludovica no eran nada felices. De hecho, el rey Maximilian I Josef de Baviera tenía en gran estima a su primo el duque Pío en Baviera, así que los dos habían acordado la boda de la hija menor del monarca, Maximiliane, apodada cariñosamente "Ni", con Max, único retoño del duque. Pero "Ni" se murió con apenas once años de edad, antes de que hubiese podido anunciarse el compromiso. Como un enlace entre la rama principal y la rama secundaria de los Wittelsbach seguía interesando tanto a Maximilian Josef como a Pío, decidieron que sería otra hija soltera de Maximilian Josef, Ludovica, la que se casaría con Max, el hijo de Pío.

Resulta que a Ludovica esa decisión "en famille" le rompió en pedazos el corazón. Durante una visita a la corte imperial de Viena, dónde su hermanastra Caroline Augusta era la cuarta esposa del anciano emperador Franz I y su hermana Sophie era la esposa del archiduque Franz Karl, Ludovica había conocido a un príncipe portugués exiliado: Miguel de Braganza. Miguel y Ludovica estaban muy enamorados, así que el sueño de la princesa era que les permitiesen casarse. Pero la obligaron a renunciar a sus ilusiones para comprometerla con el primo Max.

Para rematar las cosas, Max le dijo a la cara a Ludovica que se casaba con ella "a la fuerza". El duque Pío había puesto a Max entre la espada y la pared, así que el chico se encargó de dejarle claro a su novia que él tenía aún menos ganas que ella de que se celebrase la boda. Max no se calló el hecho de que tenía una amante de extracción burguesa a la que pensaba seguir viendo asiduamente después del casamiento.

Lo cierto es que Max llevó una doble vida que no constituía ningún secreto en Munich, para gran humillación de Ludovica. Él visitaba a sus amantes y engendraba hijos bastardos con ellas mientras su esposa legítima íba dando a luz una larga serie de retoños comúnes. De hecho, a la hora del almuerzo, Max nunca estaba disponible ni para Ludovica ni para los hijos nacidos de su matrimonio con Ludovica, porque convirtió en una tradición el hecho de compartir esa comida con sus hijas ilegítimas, a las que adoraba.

Ludovica confesó a sus nietas que Max había empezado a ser un esposo atento y afectuoso para ella después de que se conmemorasen sus bodas DE ORO. Es decir, al cabo de cincuenta años de vida conyugal bastante desastrosa que convirtieron a Ludovica en una mujer triste, amargada y, al parecer, adicta a la morfina.

En cuanto a Nené, los testimonios de sus coetáneos revelan que en su juventud era muy guapa. Posiblemente, no haya sido fotogénica, que es una cosa distinta. Aparte, algunas de sus fotos se tomaron en una época de su vida en que "se había descuidado". De las hermanas bávaras, Nené fue la más despreocupada con respecto a su apariencia; no ponía especial interés en conservarse fresca y lozana, ni vestía con demasiado gusto.


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NotaPublicado: 10 Sep 2008 22:15 
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Ésta es la primera fotografía que se conoce de Sissi. La muestra con quince años, la edad que tenía cuando se comprometió con el emperador. Franz Joseph nunca apreció esa imagen de su juvenil novia: llegó a declarar que, en ella, Sissi parecía "un monito". Sin duda, es un tanto exagerado decir que parece "un monito", pero la foto refleja lisa y llanamente a una adolescente que aún no mostraba las trazas de la legendaria beldad en la que se transformaría en pocos años.

Hay otro hecho que revela cuán poco se confiaba en el círculo familiar en que Sissi pudiese sacar provecho de su aspecto. Ludovica, la madre, consideraba que su hija estaba demasiado delgada y muy poco desarrollada, lo que no eran puntos a favor precisamente. La combinación de cabellos trigueños y ojos de un tono canela la hacían bonita, pero en absoluto hermosa. En la primavera de 1853, poco antes de recibir la famosa invitación a Bad Ischl que hizo que Ludovica soñase con una doble alianza Helena-Franz Joseph y Elisabeth-Carl Ludwig, la duquesa había estado tanteando terreno para su hija Sissi en Dresde. Su hermana Amalia y su cuñado Johann no sólo tenían varias hijas, una de las cuales era aquella Sidonie que Sophie había tratado de "meterle por los ojos" a Franz Joseph sin ningún éxito. También tenían varios hijos, incluyendo a un príncipe de nombre Georg. Ludovica pensó que Georg podía venirle de perlas a Sissi, pero en sus comunicaciones con Amalia la duquesa no dejó de admitir que su hija "carecía de una belleza de rasgos" que compensase "la falta de una gran dote".

En resumidas cuentas: Sissi era linda, pero no pasaba de ahí. Franz Joseph demostró tener "visión de futuro", porque se metamorfosearía en una mujer francamente espectacular. Pero, en 1853, se trataba de una princesa "grata a la vista" siempre que mantuviese cerrada la boca: la archiduquesa Sophie fue la primera en advertir que su sobrina, y futura nuera, poseía una malísima dentadura.

¿Qué otras cosas podía ofrecer Sissi? Se había criado entre Munich y Possenhofen, en una atmósfera poco convencional. Su padre era un "provocador nato": en su palacio muniqués, ubicado en la Ludwigstrasse, había hecho instalar un "café chantant" de reminiscencias claramente parisinas, mientras transformaba uno de los patios interiores en una pista de circo en la que él podía demostrar sus habilidades a lomos de un caballo a medias entre números de payasos y números de ilusionistas. Possenhofen, el sitio que la familia solía denominar "Possi", suponía una vida sencilla y sin pretensiones, en estrecho contacto con la naturaleza aparte de una constante relación con las familias campesinas de la zona. Sissi podía presumir de ser una excelente nadadora y amazona, de su afición a pescar con anzuelo y de su facilidad innata para el montañismo. Pero, en cambio, su formación sólo podía obtener la calificación de muy deficiente. Hablaba inglés, pero apenas chapurreaba unas palabras en francés, el idioma prioritario en las cortes europeas del siglo diecinueve. No estaba demasiado preparada en historia, ni en genealogía. No sabía desenvolverse con soltura en eventos sociales, ni estaba habituada a observar un complejo entramado de normas protocolarias.

Si uno lo piensa, Franz Joseph había escogido echando en el olvido su proverbial sensatez y su pragmatismo. La archiduquesa Sophie se armó de decisión y coraje esos días de agosto en Bad Ischl: le harían falta ambas cualidades en abundancia, observó, para hacer de su sobrina, una "simple campesina bávara", una auténtica emperatriz austríaca de la cabeza a los pies. Mientras Ludovica enviaba apresuradas cartas a casa, para poner al tanto de lo ocurrido a su esposo Max, y se aguardaba, a la vez, la preceptiva autorización del rey Maximilian II de Baviera (un sobrino de la propia Ludovica...), Sophie ya estaba diseñando un exhaustivo programa educativo para Sissi. Ludovica comprendió enseguida que su hermana Sophie llevaba razón: se había descuidado, y mucho, la formación de Elisabeth, así que habría que recuperar el tiempo perdido antes de que se celebrase la boda en Viena. Pero la mera perspectiva de lo que se les venía encima le provocaba dolores de cabeza. Una serie de preceptores cuidadosamente elegidos por la corte vienesa viajarían a tierras bávaras, para que la niña aprendiese un buen francés, un apropiado italiano, historia y protocolo. ¿Cómo afrontaría Sissi un cambio tan radical en su rutina diaria, cuando le tocase reducir drásticamente el número de horas que dedicaba a sus caballos o a corretear por los bosques para, a cambio, dedicarlas a memorizar el compejo ceremonial español que se estilaba en la corte vienesa?.

Lo cierto es que Sissi aguantó bastante mejor de lo que se podía esperar la sucesión de festejos que siguió en Bad Ischl a su compromiso con Franz Joseph. En la serie de bailes programados, la muchacha se mostró sorprendentemente formal e incluso encantadora al recibir el aluvión de felicitaciones. Ludovica estaba tan cansada que se maravillaba de que Sissi no acusase la fatiga: era un signo alentador que la adolescente aguantase el tirón con una tímida sonrisa en los labios. Sin embargo, había que ver lo que sucedía a medio y largo plazo. Interpretar el papel de flamante novia imperial en el relativamente reducido entorno de personas que abarrotaban la villa de Bad Ischl no carecía de dificultad, pero era una nadería en comparación con tener que hacer el papel de augusta emperatriz en los palacios de Viena, dónde aguardaban cientos de cortesanos con fama de exigentes e implacables.


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NotaPublicado: 10 Sep 2008 22:39 
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El 31 de agosto, llegó el momento de abandonar Bad Ischl.

A esas alturas, Ludovica estaba deseando llegar a Baviera. Necesitaba reposo, una pequeña tregua antes de meterse de lleno a preparar el "trousseau" de la novia; aparte, echaba de menos al resto de sus hijos, como era natural. Helena, que se había quedado bastante "tocada" anímicamente por lo ocurrido, también se moría de ganas de volver "a casa" para lamerse las heridas privadamente, lejos de las miradas conmiserativas -o falsamente conmiserativas...- de los que habían asistido a aquel episodio de su vida. La archiduquesa Sophie quiso testimoniar su apoyo a Helena obsequiándole una valiosísima cruz de oro engastda con diamantes y turquesas. Pero el regalo -impresionante- no curaba el desencanto de la joven: sólo el paso del tiempo pondría las cosas en su sitio.

¿Y Elisabeth? Franz Joseph se empecino en acompañar a su tía y primas hasta Salzburgo, dónde la despedida de los novios parece haber sido muy afectuosa. No obstante, es probable que Elisabeth se sintiese aliviada al emprender el retorno a su hogar. En Bad Ischl había tenido que echar mano de sus reservas de serenidad y aplomo para sobrellevar la situación generada por su compromiso. Ahora anhelaba sus queridos paisajes bávaros, los paseos en torno a Possi, las horas nadando o remando en el lago Starnberg, las excursiones a la Isla de las Rosas. Prefería no pensar siquiera en el considerable ajetreo que traería consigo la preparación del ajuar o las exigencias que se le plantearían en el aspecto intelectual. De momento, volvía a su hogar...lo que representaba un gran aliciente para ella, de naturaleza nostálgica.

Elisabeth permanecería en su Baviera hasta el 20 de abril de 1854. En total, un período de ocho meses antes de emprender el viaje que marcaría un giro de ciento ochenta grados a su vida. Si bien al principio ocho meses daba la impresión de ser un lapso temporal generoso para prepararse de cara a la boda imperial, en realidad se quedarían muy escasos. En esos ocho meses, Elisabeth estuvo al tanto de que se negociaba su contrato matrimonial, que suscribiría, en su nombre, el rey Maximilian II de Baviera; también tuvo que participar en una ceremonia oficial de la corte, renunciando en público a sus eventuales derechos sucesorios al trono bávaro; pero básicamente el tiempo se le fue en asistir a una retahíla de clases de francés, italiano e historia y en pruebas de vestuario con las modistas seleccionadas por su madre para confeccionar el ajuar. Franz Joseph la visitó en tres ocasiones: el emperador, haciendo malabarismos con su complicada agenda, pudo acudir al encuentro de su novia desde el 11 al 21 de octubre de 1853 (pasaron los primeros cuatro días en Possenhofen, los siguientes en Munich), en diciembre coincidiendo con el decimosexto cumpleaños de la chica y posteriormente a mediados de marzo de 1854. Franz Joseph escribió cartas extáticas a su madre en cada una de sus estancias en tierras bávaras junto a Elisabeth. En cuanto a Elisabeth, agradecía la presencia de su prometido, un firme punto de apoyo, pero a medida que avanzaban los meses, experimentaba mayor temor respecto al futuro que la aguardaba (no ayudaba la constante presión de las misivas redactadas por la tía Sophie, que la exhortaba a limpiarse mejor los dientes, no montar tanto a caballo y dedicar mayor atención al francés).


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NotaPublicado: 11 Sep 2008 01:29 
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Requiem aeternam dona ei Domine, et lux perpetua luceat ei


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NotaPublicado: 11 Sep 2008 14:41 
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Aquí un formidable retrato de Franz Joseph cuando aún estaba en la plenitud de su juventud...

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¡Faltaban larguísimas décadas para que alcanzase el eterno descanso en la Cripta de los Capuchinos!

El período de ocho meses de prometido con su prima Sissi fue muy dichoso para Franz Joseph. Todos los que le rodeaban se daban cuenta de que estaba más alegre y expansivo que nunca. Tomó alguna decisión guiado por ese excelente humor: por ejemplo, se decidió a levantar el estado de sitio, que estaba vigente desde cinco años atrás, en Viena, Graz y Praga. Algunos de sus allegados arquearon las cejas, temiendo que en un ataque de buena voluntad general echase por tierra el esfuerzo de aquel lustro para apuntalar firmemente una monarquía centralista y conservadora.

El enamoramiento, sin embargo, tenía bastante distraído al monarca. Confesó a su madre, la archiduquesa Sophie, que le costaba mantener la cabeza en su sitio, porque los pensamientos siempre se le escapaban "hacia occidente". Sus ministros se desquiciaban ante la lentitud de reflejos del emperador a propósito de una gran crisis que había estallado en los Balcanes. A primeros de noviembre de 1853, Turquía declaró la guerra a Rusia, que había iniciado la denominada guerra de Crimea al invadir los julio los entonces denominados principados del Danubio (sería lo que luego se llamaría Rumanía...). Las cosas estaban al rojo vivo en el área balcánica, pero el emperador parecía confuso e indeciso. En otro aspecto, se hizo notar que se hallaba "como ausente": durante el amplio programa de festejos que solían caracterizar al Carnaval vienés, Franz Joseph no bailó ni una sola pieza. Viena se tomaba muy en serio su Carnaval, su "Fasching". Bueno, de hecho, Viena todavía se toma muy en serio el Fasching hoy en día, con una serie de bailes en el Hofburg, el Rathaus, etc. Que Franz Joseph no danzase en el Fasching de 1854 causó un notable desencanto entre las damas de la aristocracia austríaca y bohemia con acceso a la corte.


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NotaPublicado: 11 Sep 2008 14:45 
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Registrado: 17 Feb 2008 21:02
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Me está encantando la historia, Minnie. Contada por ti obviamente, todos tenemos una idea muy deformada por culpa de las peliculitas... Seguro que vamos a tener mucho para debatir en este hilo.

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